El epistolario como vehículo de comunicación y cultura: México en las cartas de José Carlos Mariátegui

The correspondence as a vehicle of communication and culture: Mexico in the letters of José Carlos Mariátegui

A correspondência como um veículo de comunicação e cultura: México nas cartas de José Carlos Mariátegui

Ricardo Melgar Bao

RECIBIDO: 12-12-2013 ACEPTADO: 26-12-2013

 

Primera entrada: la carta como documento cultural

Nos sigue pesando como plomo el crónico desencuentro de la antropología social con los epistolarios, el cual continúa enmarcado en lo que Peter Burke (1987) ha llamado con propiedad el olvido antropológico de la dimensión histórica de la cultura. Sin lugar a dudas, se trata de una exageración; en algunas tradiciones académicas nacionales, como la italiana o la de los países andinos, priva la denominada «Antropología histórica», muy crítica de los estrechos límites del «presentismo etnográfico». El mismo reclamo que se le ha hecho a la Antropología podría hacérsele a la Sociología, aunque ya encontramos huellas de un movimiento de rectificación gracias a Michael Löwy[2] y a Osmar Gonzales.[3] Volveremos más adelante sobre esta línea de reflexión, después de presentar la urdimbre epistolar que nos ocupa. Nos referimos a la correspondencia de José Carlos Mariátegui dirigida hacia México, la cual consideramos atípica, tanto por los avatares propios de la proyección de la revista Amauta como las urgencias del exilio peruano, escindido entre el aprismo, el socialismo y el cominternismo. La correspondencia de José Carlos Mariátegui -a pesar de haber sido publicada hace casi tres décadas,[4] no ha motivado a la fecha la publicación de ningún estudio de valía. En cambio, los escritos de Mariátegui acerca de la Revolución Mexicana[5] han generado valiosos trabajos, aunque  desvinculados del material epistolar.[6] Nuestro énfasis analítico se orientará a reconstituir el flujo epistolar de Mariátegui en relación con México, el cual a su vez, no está disociado de un debate mayor sobre el horizonte nacional o transnacional de las ideas y los quehaceres intelectuales.

Este trabajo representa un avance parcial de una investigación mayor que abarcará una muestra epistolográfica de tres intelectuales peruanos: Raúl Porras Barrenechea (1897-1960),[7] Víctor Raúl Haya de la Torre (1895-1977)[8] y José Carlos Mariátegui (1894-1930) en relación con sus corresponsales en México. Con la sola excepción de este último, los personajes nombrados formaron parte de las redes del movimiento de Reforma Universitaria en favor de la unidad continental, si bien dejó constancia de su simpatía y solidaridad, según se desprende de su biografía y de sus escritos de época. Hemos elegido para esta ocasión el análisis de la correspondencia de Mariátegui vinculada a México.

La muy contemporánea práctica de la  correspondencia electrónica[9] que viene mereciendo la atención de los antropólogos obvia toda vinculación o reflexión comparativa frente a la práctica epistolar precedente, centro de nuestro interés. Nos toca hablar de la práctica epistolar a quienes la hemos relevado por la escritura de correos electrónicos, más prolífica y veloz, pero de formas descuidadas y de muy limitada perdurabilidad. Felizmente, para mi tribu disciplinaria, nos llegan noticias alentadoras de rectificación, como el estudio realizado por el antropólogo nipo-americano Lane Hirabayashi (1999) sobre la correspondencia de Tamie Tshuchiyama, doctorante en Antropología durante su estancia en el campo de concentración de Poston, Arizona, durante la segunda guerra mundial,[10] y sus ligas con la Universidad de California (Proyecto JERS) y con los servicios de inteligencia norteamericanos.

 Es halagadora también la noticia de la reedición castellana de las Cartas de una antropóloga (1977) de Margaret Mead, la cual muestra al lugar del trabajo de campo como escenario de producción de dicho género, y por ende, como aleatorio al más conocido género del Diario de campo.[11] Los antropólogos, gracias a sus cartas, siguen nutriendo  la elaboración de sus biografías y la de la historia de la disciplina, pero el legado de  Hirabayashi de considerar a las cartas como  fuente privilegiada de investigación, legitima nuestro propio camino. Una antropología epistolar es posible y necesaria. Los epistolarios que nos ocupan no pertenecen al pequeño mundo de los antropólogos, sino a uno de los rostros de la alteridad: intelectuales y políticos.

Cuando el antropólogo Carmelo Lisón mencionó en 2006 que nuestra disciplina se había abierto al estudio de nuevos horizontes narrativos, incluido el de las cartas, dio en el clavo: la epistolografía no nos debía ser ajena. Las palabras que fueron dichas por nuestro colega español en el marco de un Simposio Internacional en Granada debatían el universo narrativo del capital letrado, pues, nos abrió las puertas para recuperar al género epistolar.[12] Sin embargo, desde el caleidoscopio de las disciplinas humanísticas convergen algunos enfoques como los sustentados por Barthes, Foucault y Derridá que niegan la relevancia del autor y del destinatario, con la finalidad de abonar en favor de la autonomía del corpus epistolar y de las respectivas estrategias hermenéuticas que le corresponden (Ciplijauskaité, 1998: 65). Evidentemente, no compartimos tales puntos de vista toda vez que reivindicamos la dimensión intersubjetiva que le es inherente a la práctica epistolar, así como su relevante función en el tejido de la forma diádica y nuclear de una red intelectual y/o política. Coincidimos con  Ciplijauskaité –apud Mireille Bossis– en sostener que toda carta es el «producto de una colaboración, impensable sin el destinatario, todo epistolario implica pluralidad de perspectivas, aun quedándose en el dominio de la escritura subjetiva» (Ibíd.: 64). De manera convergente, se ha propuesto el concepto de «voz epistolar» para analizar las dimensiones que emergen de las cartas de carácter polimórfico producto de su adecuación a las «nuevas necesidades y situaciones comunicativas» (Bou, 1988: 40). Dicho de otra manera, las mudanzas o variaciones de las cartas, portan los signos culturales de su propia historicidad y de su dialéctica comunicacional. La carta dice el «yo» y el «nosotros» con diferentes énfasis. Es un documento cultural relacional marcado por su tiempo, sus lugares y sus tramas.  La Epistolografía – el arte o práctica cultural de escribir cartas– tiene una historia milenaria y nos remite a varias civilizaciones de la antigüedad con tradiciones no ágrafas tanto de la Europa Occidental como del Asia. La práctica epistolar en Nuestra América no debe olvidar su inserción en un arco temporal mayor, tan antiguo como sus ligas con Occidente. Nuestro punto de partida teórico supone caracterizar a las cartas como significativos  documentos histórico-culturales en el campo intelectual y político continental, cuyas  diferenciadas texturas relacionales no pueden quedar constreñidas al terreno del intercambio de ideas o pareceres. Las interrogantes que nos hacemos solo pueden ser atendidas de manera provisional, ya que demandan un esfuerzo colectivo de mayor investigación y debate. Nos preguntamos por ejemplo: ¿Cuál es el lugar de las cartas en el horizonte histórico-cultural de los intelectuales y políticos de Nuestra América? ¿Qué nos dice este género acerca de los hábitos y condiciones de su producción escritural así como de sus variantes y usos? ¿Qué aristas iluminan la sensibilidad y la vida pública y privada de los corresponsales? ¿Las cartas a qué otros productos culturales o quehaceres quedaron significativamente enlazadas?

Las cartas son analizadas como algo más que documentos privados, revelando la existencia: de un ritual intelectual, más o menos constituido y cultivado, las redes sociales, la dimensión simbólica de sus intercambios, los desplazamientos y mutaciones de la emocionalidad y, a veces, la fricción, el malentendido, el resentimiento, la afrenta y la contienda. Los historiadores y críticos literarios han propuesto la existencia de varios subgéneros epistolares: cartas literarias, filosóficas, políticas, pedagógicas,  científicas, etc., atendiendo a la orientación temática dominante y a  la presencia de rasgos estéticos o no. El género epistolar se ha mostrado durante el periodo estudiado a través de su propia heterogeneidad y sus marcas temporales: cartas, misivas, tarjetas, esquelas, postales y telegramas. En las cartas figuran prácticas dignas de considerar: la escritura de planos  cruzados y yuxtapuestos, tanto en su forma manuscrita, mecano-escrita o mixta. No es desdeñable el analizar los usos simbólicos o estéticos que posibilitan la tinta de las plumas o lapiceros, o de las cintas de las máquinas de escribir. En la correspondencia intelectual y política de filiación aprista figuran: «el lenguaje esópico», la escritura cifrada alfa-numérica, el uso de la tinta invisible, la microescritura y la redacción de cartas en tela de tafetán blanco cosidas por algún sastre o costurera como forro del saco que usaría el mensajero durante sus viajes.

A partir de la segunda mitad de los años veinte constatamos la existencia de una ambivalencia entre la forma manuscrita y la mecanográfica, pero también otro hecho cultural relevante: que los productos epistolares aparecen asociados a otros bienes letrados que los acompañan de cuando en cuando: el libro y la revista, quizás algunos más. En esta dirección la carta debe ser mirada como un vehículo de articulación con otros productos de la tradición letrada, unos más apreciados o relevantes que otros.

Los antropólogos sociales ponemos especial atención en la problemática cultural de nuestro tiempo, aunque a veces solemos incursionar en los acontecimientos o la vida cotidiana del pasado sin renunciar a la parte medular de nuestra tradición disciplinaria. Frente al universo epistolar intelectual optamos por realizar una especie de etnografía del imaginario, la cual nos permite develar la presencia de formas mitológicas modernas o no, asociadas a  representaciones utópicas e ideológicas, fuera de la malla relacional y simbólica que las solventa. Constatamos a través de las cartas, que sus autores se movieron y posicionaron en campos como el intelectual y el político, que guardaron entre sí fronteras difusas durante la primera mitad del siglo XX latinoamericano. Tiene razón Antonio Mestre cuando afirma que en la época actual:

[…] dominada por el teléfono y el correo electrónico, resulta difícil comprender la importancia intelectual, social, literaria y política de la carta. Porque, dentro de la necesidad de comunicarse con otras personas, lejanas y separadas en el espacio, la carta adquirió la más variada gama de formas literarias (Mestre, 2000: 13).

Olvidamos algo elemental: el valor heurístico de las cadenas semánticas de ciertas prácticas culturales frente a sus procesos de transfiguración contemporánea. El epistolario y la correspondencia electrónica no son sinónimos, pero comparten una misma genealogía en el seno del capital letrado. Uno y otro género, en el universo ampliado de las formas de la escritura, comparten la particularidad de ser interactivos o de pretender serlo. La lógica es la siguiente, el remitente de la carta o del mensaje electrónico, tras su intervención comunicacional, pasa a la condición de destinatario de una respuesta. Diversos factores pueden interferir en la realización del arco comunicacional escrito (decisión personal de suspender el intercambio, pérdida, censura y requisa del mensaje). El flujo comunicacional de ida y vuelta puede reactualizarse y repetirse condicionado por los habitus, necesidades, circunstancias y ritmos temporales de transmisión de sus participantes. La práctica epistolar se aproxima a la conversación directa por su compartido sentido interactivo, pero se distancia por el usual cuidado de las formas que ostenta la primera. En general, la conversación entre pares intelectuales o políticos no necesariamente guarda mayor espontaneidad que su intercambio epistolar.  

La práctica epistolar cultiva la red cuando sostiene un flujo comunicacional con sus pares sobre temas intelectuales, políticos y culturales compartidos. En otros casos, las cartas aisladas o infrecuentes, coadyuvan a ver los límites de la red, o nos revelan aspectos no considerados de la misma. En 1972, Diana Crane, en una clásica obra de su autoría,  llamó la atención acerca de la importancia de los epistolarios en la tarea de reconstituir lo que llamó los «Colegios invisibles» en la difusión del conocimiento en las comunidades científicas.[13] Crane, en su enfoque sociológico sobre esta entidad informe y extra institucional de los intelectuales, fue más allá de la formal revisión de las redes de citación propuesta por Derek John de Solla Price,[14] la cual obviaba las prácticas de «ninguneo», silenciamiento y piratería. Este enfoque ha sido remozado por Javier Bonilla para el estudio de los intercambios epistolares de principios del siglo XX realizados entre Miguel de Unamuno, José Ortega y Gasset y Gregorio Marañón. Bonilla prueba que dichos epistolarios dan cuenta de una red ampliada, del consentimiento de limitar la confidencialidad de las cartas y de la urdimbre de implícitos y silencios que se deslizan en cada una de ellas.[15] Aun cuando reconocemos que la semiología cultural ha abierto caminos sugerentes para el análisis del corpus epistolar, queda fuera de nuestras preferencias teóricas y metodológicas subordinadas al campo literario.[16]

Desde nuestro prisma antropológico consideramos a los epistolarios intelectuales: por su forma ritualizada de comunicación e intercambio intelectual;  por su textura narrativa abierta a la expresión de emociones y, sobre todo, por su condición de vehículo privilegiado de configuración y desarrollo de redes.

Gracias a las cartas cruzadas circulan dones, se activan, desactivan o cambian las emociones entre los corresponsales, se comparten ideas e informaciones e incluso se criban compromisos, discrepancias o fracturas de los cuales se derivan diferenciadas prácticas. Los rostros de la emocionalidad epistolar son vinculantes por lo que deben ser mejor atendidos, dicen más de lo que suponemos, por ejemplo, pueden traducir el peso de la derrota o del agravio, y otros casos, el fervor individual o colectivo en el líder y el proyecto. El silencio epistolar puede traducir mensajes diversos: violencia simbólica parecida a la que en el lenguaje coloquial se le denomina «La Ley del Hielo», prudencia, desencanto, desinterés, desidia o producto de los problemas que afronta el corresponsal. Interrogar la simulación o verosimilitud de sus expresiones puede llevarnos a cruzar fuentes aleatorias a los epistolarios: las grabaciones o las fotografías de época. La polifonía epistolar nos remite de manera explícita o interlíneas a un momento o circunstancia del «nosotros». Si llegamos a contar con un conjunto de epistolarios que guarde entre sí significativas interrelaciones, nos aproximaremos a lo que Díaz de Castro ha llamado «una especie de autobiografía colectiva a la que todos aportan perfiles y perspectivas complementarias» de una generación –la del 27– circunscrita al horizonte nacional español (1998: 13-14). No es nuestro interés cubrir todo el espectro intelectual de la generación del Centenario en América Latina, aunque  los epistolarios, expresen ese «nosotros» que la caracterizó, más allá de sus diferenciados proyectos y liderazgos.[17]

Claudio Maíz (2008) ha propuesto, para el periodo a estudiar, que se constituyó una comunidad imaginada sin fronteras geográficas nutrida por ideas afines y un mismo idioma, a la cual denomina «patria intelectual», lo cual tiene algo de cierto. Nuestro reparo es la falta de consistencia de la tesis sobre una patria evanescente sin referente territorial, si recordamos las disputas de las ciudades metrópolis que competían entre sí como polos hegemónicos de la vida intelectual, artística o política. La gravitación de nuestros nacionalismos culturales y continentales como los auspiciados por José Vasconcelos, José Ingenieros, Manuel Ugarte, Víctor Raúl Haya de la Torre o Carlos Pellicer poseen como centro una territorialidad cultural identificable, tan puntual como las apuestas más internacionalistas de Henri Barbusse, Romain Rolland o Anatoli Lunacharsky, según consta en sus epistolarios. Tampoco se pueden obviar los límites de los exilios latinoamericanos, proscritos en las publicaciones de sus patrias y aún de las ajenas, sometidas a parecidos gobiernos autoritarios. Lo que sí resulta evidente, tal como lo propone el ensayista argentino, es que los intelectuales se sentían cómodos en compartir espacios de comunicación a través de las cartas, las revistas culturales y políticas de una y otra ciudad latinoamericana o europea, de sus viajes y exilios, signados por nuevas relaciones cara a cara con sus pares de otros países. Tampoco se puede obviar la controversia frente a aquellos núcleos intelectuales que querían hacer de sus ciudades polos de atracción y meridianos de orientación cultural intelectual: París, Londres, Madrid, Nueva York, Buenos Aires y Ciudad de México. Huellas de este debate están presentes en las páginas de las revistas culturales Amauta (Lima), Martín Fierro (Buenos Aires) y Repertorio Americano (San José de Costa Rica). Si estas son las consideraciones generales, veamos ahora su expresión particular a través del epistolario de Mariátegui acotado a sus corresponsales en la Ciudad de México. 

 

Mariátegui y México

El lugar cultural desde donde escribe Mariátegui sus cartas a sus destinatarios no fue  excéntrico a los avatares de la Revolución Mexicana. El epistolario de Mariátegui con México corresponde parcialmente al arco temporal de los gobiernos de Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles, Emilio Portes Gil y Pascual Ortiz Rubio. Los perfiles de estos caudillos de la Revolución mexicana en su proceso de institucionalización fueron atendidos por Mariátegui en sus artículos y muy residualmente en su correspondencia. Mariátegui destacó el pensamiento y la obra de José Vasconcelos y su red intelectual en los países del continente, bajo el paraguas protector del régimen de Álvaro Obregón,[18] más allá de la deportación que hiciese dicho régimen de más de un centenar de cuadros sindicales y revolucionarios latinoamericanos y españoles en 1921. En cambio, el régimen de Plutarco Elías Calles tuvo una política algo más que tolerante frente a los flujos del exilio intelectual y político latinoamericano, considerando su apoyo encubierto a los conspiradores venezolanos interesados en derrocar la dictadura de Juan Vicente Gómez, o su solidaridad con una de las facciones liberales y más tarde con el propio Sandino en Nicaragua. En realidad, Calles capitalizaba a su favor, aquellos emprendimientos revolucionarios o antidictatoriales en América Latina que incidían en su sostenida pugna y negociación con los Estados Unidos. En todo caso, las imágenes construidas por intelectuales, periodistas y  diplomáticos mexicanos y extranjeros en América Latina a favor de Obregón y Calles, fueron solventadas parcialmente con importantes apoyos financieros del gobierno mexicano.[19] Mariátegui veía con interés la política de Calles, por lo que le escribió una carta solicitándole un ejemplar de la compilación de sus escritos, el cual le fue remitido con una amable carta de la Secretaría de la Presidencia. Poco después el escritor peruano publicó un artículo en la revista Variedades, remitiéndole copia al secretario de Educación Pública. Quizás se trató de un guiño, en busca de la promesa de adquisición de medio millar de ejemplares de la revista Amauta que le hubiesen dado suficiente oxígeno financiero para atender su proyecto de ‘crecimiento’ en el medio continental. Esperanza Velásquez Bringas (1899-1980), abogada y escritora mexicana, a la sazón directora de la Biblioteca Nacional y jefa del Departamento de Bibliotecas de la SEP, le escribió a Mariátegui agradeciéndole la nota periodística sobre Calles.[20] Este número especial de la revista Amauta dedicado a México nunca salió publicado, a partir de junio el saldo de la represión de que había sido objeto Mariátegui, la intelectualidad de izquierda y la dirigencia obrera, campesina e indígena sepultó este proyecto. México reapareció en Amauta pero bajo tonos más comprometidos con la izquierda. 

Vista en lo general, la correspondencia de Mariátegui con las figuras emergentes de la intelectualidad mexicana: Diego Rivera, Jesús Silva Herzog, Jaime Torres Bodet y Alfonso Reyes entre otros, ha sido parcialmente recuperada. Hubo otro filón epistolar con México, el dedicado por Mariátegui a sus paisanos que vivían su destierro en la Ciudad de México como Carlos Manuel Cox (1902-1986) y  Esteban Pavletich (1906-1981).  Una tercera veta epistolar concentra la atención de Mariátegui dirigida hacia el venezolano Humberto Tejera (1892-1971), el boliviano Tristán Marof (1896-1979), el argentino José Malanca (1897-1967) y  la uruguaya Blanca Luz Brum (1905-1985). Advertiremos que no toda la correspondencia de Mariátegui sobrevivió a los allanamientos policiales que sufrió en vida durante los conocidos episodios de 1924, 1927 y 1929, a la que se sumó la intercepción de sus cartas a través de la oficina de correos de Lima. No se descartan nuevos hallazgos.

Recordemos que en el imaginario social en el Perú y con mayor énfasis en su capital, dicho proceso revolucionario gravitaba con imágenes fuertes y disímbolas; unas eran atrayentes para amplios sectores intelectuales y sindicales, otras, muy repulsivas para los sectores oligárquicos y católicos. México también era un lugar de referencia en los medios gráficos, disputando sus noticias cablegráficas a las procedentes de otras latitudes, así como lugar de refugio de los perseguidos políticos peruanos y de otros países de la región. México, gracias a su obra plástica, literaria y filosófica, pero también a sus epopeyas y episodios revolucionarios, era motivo de artículos y conferencias, así como de debate. Por ejemplo, los dirigentes de la Federación de Estudiantes del Perú veían con simpatía a México y mantenían lazos de intercambio con sus pares desde 1921. Una carta fechada en México en marzo de 1923 y reproducida parcialmente en la revista Claridad fundada por Haya de la Torre como órgano de la «Juventud Libre del Perú» decía entre otras cosas:

Se ha insistido largamente desde los tiempos de Carranza, hasta ayer, en el acercamiento hacia el Sur. Acabábamos de ir al Brasil y México ha ocupado uno de los tres lugares más importantes de la exposición Universal… Pero la solidaridad hispanoamericana se ha manifestado una vez más en todo su apogeo de bajeza, al asistir a Santiago a la mesa que le ha puesto Yanquilandia.[21] 

Mariátegui, al retornar de su prolongada estancia en Europa iniciada en 1919, dejó huella epistolar de su interés por la obra de José Vasconcelos. El 9 de septiembre le preguntó a Ricardo Vegas García: « ¿Puede Ud. conseguirme los ensayos indostánicos...?», con la pretensión de dedicarle un artículo suyo al filósofo mexicano desde las páginas de la revista Variedades.[22] Sin embargo, su interés  por México iba más allá de la curiosidad y simpatía por tan insigne personaje, el cual bajo el gobierno de Álvaro Obregón y, en su calidad de titular del ramo de Educación, impulsaba las «misiones culturales» en los poblados rurales. Refuerza tal aserto el hecho de que Mariátegui, durante el ciclo de conferencias dedicado a la «Historia de la Crisis Mundial» en la Universidad Popular ‘González Prada’ dedicó su penúltima conferencia –la décimosexta– realizada el lunes 24 de diciembre a la Revolución Mexicana. La saludó como «el primer albor de la transformación del mundo hispano-americano» y reivindicó «la importancia sustantiva de la cuestión agraria». Dio cuenta de las luchas de los caudillos, de los contenidos de los artículos 27 y 123 de la Constitución de 1917 y de la obra educativa de José Vasconcelos. Fue un éxito según reportó el diario nacional La Crónica un día después.[23] Había concurrido un nutrido público obrero y universitario. Al final de la conferencia y con la anuencia de Mariátegui, el líder obrero Octavio Carbajo hizo pública la lectura de una carta que le escribió Víctor Raúl Haya de la Torre que expresaba las primeras impresiones de México. Su lectura motivó cerrados y prolongados aplausos. A continuación, Luis F. Bustamante, dirigente de la Federación de Estudiantes, presentó una moción a los asistentes para que el proletariado organizado se sumase a suscribir un mensaje de saludo a José Vasconcelos, el cual sería entregado personalmente por Haya de la Torre. La carta privada de Haya de la Torre –gracias a la espontánea decisión de su corresponsal obrero– se volvió pública,  sumadas al asentimiento de Mariátegui y a la moción de Bustamante, solventaron la redacción de la carta colectiva, así como la acreditación de Haya como intermediario de esta relación. Curiosa manera de ensanchar la gravitación política de un mensaje epistolar más allá de sus corresponsales.

En este contexto epistolar, el filósofo mexicano, el régimen de Obregón y el propio Haya de la Torre fueron beneficiarios de una respuesta positiva, colectiva e impensada.[24] Desconocemos si hubo una contestación. Lo que sí se hizo público, un mes y medio más tarde, fue la carta de Vasconcelos a los estudiantes peruanos de la Universidad de Trujillo en agradecimiento de su designación como maestro de la juventud. Su contenido fue una clara advocación en favor de la insurgencia de la juventud contra la tiranía política reinante en el Perú, signo de una red en construcción:

La situación actual del Perú es penosa y amarga […] Organicen ustedes el movimiento salvador […] Yo que conozco la nobleza del carácter peruano, pienso que tal vez no sea necesario llegar a la violencia; me imagino que bastaría una protesta sostenida y numerosa para que la fuerza de la opinión pública se impusiera rápidamente. Lo que importa es que no sea un grupo el que proteste, sino la nación entera. [25]

La relación epistolar de Vasconcelos y Mariátegui da la impresión de haberse extraviado, aunque ha subsistido una carta breve pero de tono muy amistoso:

A mi querido y admirado Mariátegui:

Muy bien por Amauta.- Magnífico y muy gracioso «El Juicio Sumario».

Pronto le mando mi libro: Indología – le mandaré también de cuando en cuando algún artículo que pueda ser digno de Ud. Con un abrazo quedo su afmo.

J. Vasconcelos. [26]

Lo cierto es que dicha correspondencia reiteró lo que es para nosotros casi una certeza, que fue una práctica intelectual común, la cual tenía como objetivos: intercambiar ideas, afectos y dones (libros y revistas),  muy apreciados de parte a parte. Muchas veces cumplió el papel de intermediación en la red ensanchando su irradiación. La correspondencia de Mariátegui con Vasconcelos, aún en su versión incompleta, nos prueba su entrecruzamiento con las redes estudiantiles e intelectuales peruanas, parcialmente mediadas por Haya de la Torre. La relación epistolar entre el director de Amauta y el filósofo mexicano, según el parecer del segundo, transitó de la afinidad a la distancia ideológica y por ende, al enfriamiento epistolar. El mexicano dejó constancia en sus memorias que Mariátegui en su momento secundó al escritor Edwin Elmore en su abierto disenso contra el poeta José Santos Chocano. La cuestión Elmore-Chocano quedó inserta en una malla de relaciones más amplia. Recordemos que Vasconcelos había militado junto con Chocano en las filas maderistas en 1911, pero no le perdonaba al poeta, que años más tarde, fungiese de obsecuente colaborador del dictador Estrada Cabrera en Guatemala. Las críticas de Vasconcelos a Chocano subieron de tono cuando se convirtió en el victimario de Elmore, siendo recibidas con beneplácito por Mariátegui y los líderes del movimiento estudiantil peruano. El filósofo dejó testimonio del punto de quiebre en sus relaciones con Mariátegui y el movimiento estudiantil: «En Lima, durante algún tiempo, mi nombre fue bandera de los radicales jóvenes. Nos distanció, a la larga, la inclinación de Mariátegui hacia el marxismo…» (Vasconcelos, 1968: 232-233).

En el epistolario de Mariátegui, los mexicanos, su Revolución y sus productos intelectuales se encuentran más diseminados de lo que uno se imagina. Se trata de una urdimbre temática y relacional que demanda considerar aquellas cartas destinadas a México, pero también aquellas otras que, fuera de su destino, muestran la amplitud de dichas relaciones. En otros casos, cuentan los viajeros y diplomáticos mexicanos. Así por ejemplo, Mariátegui le escribió a su amigo Alfonso Reyes, ministro de la Legación de México en París y este le respondió con tono amistoso agradeciéndole el envío de su libro La Escena Contemporánea (1925).[27] El epistolario muestra de parte de los residentes en México intereses e informaciones variadas  acerca de los escenarios sudamericanos en materia política, artístico-literaria y ensayística.  

El año de 1929, el pensador peruano en una de sus cartas a José Malanca, artista plástico argentino, le expresó su parecer sobre lo que podría entenderse –según su línea de razonamiento- como un injustificado desencuentro entre México y los demás países del continente:

Me explico que en México se conozca deficientemente el movimiento social e intelectual de Sud-América. Me ha parecido siempre que a la Revolución Mexicana le ha faltado conciencia de acontecimiento continental, lo que delataría precisamente su incurable fondo pequeño-burgués. La ley de ciudadanía continental y otros gestos, no han bastado, no bastan como expresión de solidaridad con los pueblos latino-americanos. Los revolucionarios de Hispano-América nos hemos interesado siempre por la Revolución Mexicana mil veces más de lo que ésta se ha interesado por nosotros. Los que ahora representan verdaderamente la Revolución Mexicana, tienen el deber de rectificar estas limitaciones del nacionalismo de México. A Montevideo han ido últimamente Siqueiros y otros representantes de la nueva central sindical mexicana. Sé por los delegados de varios países latino-americanos que han hecho ahí excelente impresión.[28]

El juicio de Mariátegui fue eminentemente político, lo cual lo llevó a diferenciar las iniciativas gubernamentales como la ley de la ciudadanía continental de 1926, de las que emergieron de las organizaciones obreras y del propio movimiento revolucionario, tan celebradas por el aprismo. Sin lugar a dudas, el autor de 7 Ensayos… apreciaba más las segundas, por sentirlas más próximas a su ideario y expectativas políticas. 

Cuatro coordenadas orientaron la correspondencia de Mariátegui con México: la de su proyecto editorial (la revista Amauta y la edición de libros) con la finalidad de sumar lectores, colaboradores y  distribuidores; la de una política de canje e intercambio de revistas y libros; la de su proyecto político socialista con el objetivo de atraer a sus filas a los desterrados peruanos y establecer vínculos de solidaridad con organizaciones afines como la Liga Antiimperialista y Manos fuera de Nicaragua; y por último, como campo lugar de la controversia y la contienda.

Invertiré el orden de su desarrollo para relievar el lugar del conflicto en la trama epistolar.    

 

Fricciones y deslindes

Los epistolarios, además de ser vehículo de intercambios de ideas, de críticas fraternas, del talante festivo o bromista, de las frases cálidas, a veces muestran la cara áspera de la injuria, la intriga, el  sarcasmo, la confrontación velada o abierta, privada o pública. Las cartas, sus momentos y tramas del conflicto, son el espejo que reproduce muchas veces, las tensiones que sus autores, venían acumulando a través de sus compartidas redes intelectuales o políticas. Las cartas no son ajenas tampoco a las experiencias y estilos como polemistas librados por los corresponsales en los espacios públicos, sea vía las páginas de diarios o revistas, sea en tribunas académicas, políticas o sociales. Las cartas cruzadas entre Mariátegui y  Haya de la Torre fueron un buen ejemplo de ello, pero poco antes, merece mencionarse, la controversia epistolar que sostuvo el director de la revista Amauta con el escritor mexicano Jaime Torres Bodet. Una y otra contienda epistolar se enmarcaron en mismo un proceso y escenario supranacional, signado por líneas de diferenciación, afinidad, distanciamiento y ruptura por razones estéticas, identitarias y políticas entre los años de 1927 y 1928.  

La construcción de un campo intelectual continental fue un tema muy importante para la generación vanguardista nacida durante la última década del siglo XIX, la cual comenzó a producir sus primeras obras, concluida la primera Guerra Mundial e inaugurado el Canal de Panamá. Este último facilitó los viajes, las comunicaciones y los intercambios intelectuales internacionales. El nuevo tejido y ritmo de las relaciones intelectuales y políticas cobró mayor visibilidad en los epistolarios y  las revistas culturales, propiciando no solo fraternidades, sino también debates, distanciamientos y rupturas. Ejemplo de ello, fue el desencuentro entre José Carlos Mariátegui y Jaime Torres Bodet, que involucró a muchos otros personajes que fueron tejiendo un escenario de contiendas múltiples como  Guillermo de Torre, Leopoldo Lugones, José Santos Chocano, José Vasconcelos, Alberto Hidalgo, Jorge Luis Borges y Joaquín García Monge. Este último fue receptor de las cartas que le dirigieron De Torre, Mariátegui y Torres Bodet, enlazadas a dicha confrontación.

A finales de 1926, Alberto Hidalgo, Vicente Huidobro y Jorge Luis Borges, publicaron una obra oportuna aunque polémica, la cual presentó a los que ellos consideraban los nuevos poetas del continente. Seguramente la selección de autores mexicanos lastimó el ego de los que quedaron excluidos. La muestra mexicana incluyó a Juan José Tablada, que pertenecía a otra generación, al guatemalteco, Luis Cardosa y Aragón, a dos figuras notables pertenecientes a la corriente estridentista como Germán List Arzubide y Manuel Maples Arce y a un par de representantes del grupo que llamaremos Ulises-Contemporáneos, dada la línea de continuidad existente entre dichas revistas literarias: Salvador Novo y  Carlos Pellicer. Fue un caso aparte la presencia de Rubén Romero, cuya poesía fue disonante y ajena a toda motivación vanguardista. El prólogo de Alberto Hildago, contenía juicios desmedidos México y su futuro:  

Nada podrá para evitarlo la política de lloriqueo y adulación que México desarrolla en el sur para que lo defendamos contra el norte. ¡Basta ya de farsas! No es posible enmendarle la plana a la naturaleza. Nuestro continente, en cumplimiento de quién  sabe qué secreto designio, está formado del modo, que toda una parte debe ser sajona; toda la otra latina [léase América del Sur] (Hidalgo, et. al., 1926: 6).

La otra vertiente de esta malla de relaciones en conflicto expresada a través del libro mencionado, quedó enlazada indirectamente a la contienda librada por los editores de la revista argentina Martín Fierro y la peruana Amauta contra La Gaceta Literaria de Madrid, signando un segundo momento del conflicto intelectual. El quincenario intelectual español, había publicado una editorial redactada por Guillermo de Torre,[29] en la cual atacaba directamente a la que llamó la corriente ideológica latinoamericanista y latinista y filió equívocamente como pro-francesa o filo-italiana. El autor del llamamiento hispanista tuvo mayor resonancia continental, gracias a que su solicitud epistolar a Joaquín García Monge, director de Repertorio Americano, de reproducción de su artículo fue atendida el 3 de septiembre. La carta resumía elogiosamente su tesis, la cual contenía:

[…] referentes a un nuevo y más eficaz sistema de relaciones intelectuales entre España y América –prescindiendo de los rodeos y desviaciones «latinistas»- no creo excesiva mi pretensión de que dicho artículo merecerá su atenta lectura y aun la reinserción en ese admirable «semanario de cultura hispánica» que Ud. dirige.[30]

Guillermo de Torre, quién era - en ese entonces-  un audaz joven crítico literario español, terminó polarizando a la comunidad intelectual hispanoamericana. Su editorial-manifiesto pretendía que los intelectuales nativos de las excolonias de España reconociesen a Madrid como su meridiano cultural, a pesar de la  dictadura de Primo de Rivera, la censura y el exilio español. El primer argumento subrayaba el criterio idiomático como determinante de la adscripción identitaria continental:  

 No hay, nuestro juicio, otros nombres lícitos y justificados para designar globalmente –de un modo exacto que selle los tres factores fundamentales: el primitivo origen étnico, la identidad lingüística y su más genuino carácter espiritual- a las jóvenes Repúblicas de habla española, que los de Iberoamérica, Hispanoamérica o América Española. Especialmente, cuando se aluda a intereses espirituales, a relaciones literarias, intelectuales o de cultura. Ya que en la América hispanoparlante –he ahí, en rigor, la denominación exacta para estos fines, puesto que los vínculos más fuertes y persistentes no son los raciales, sino los idiomáticos-, puede afirmarse paladinamente que todos los mejores valores de ayer y de hoy –históricos, artísticos, de alta significación cultural-, que no sean españoles, serán autóctonos, aborígenes, pero, en modo alguno, franceses, italianos o sajones.[31]

De Torre, al sostener que el referente idiomático era el determinante de la identidad, soslayaba el papel que cumplía la etnicidad, la cual para él estaba biologizada y era  equivalente al término de raza, según la gastada semántica positivista. Continuó su argumentación presentado un diagnóstico negativo acerca del campo intelectual continental y, a partir de él, como medida alternativa y de salvación espiritual, invitó a los intelectuales de las excolonias americanas a sumarse a su bando. Así escribió:

Frente a los excesos y errores del latinismo, frente al monopolio galo, frente a la gran imantación que ejerce París cerca de los intelectuales hispanoparlantes tratemos de polarizar su atención, reafirmando la valía de España y el nuevo estado de espíritu que aquí empieza a cristalizar en un hispanoamericanismo extraoficial eficaz. Frente a la imantación desviada de París, señalemos en nuestra geografía espiritual a Madrid como el más certero punto convergente del hispanoamericanismo equilibrado, no limitador, no coactivo, generoso y europeo…[32]

Frente a estas pretensiones hegemonistas en el campo intelectual, la revista Martín Fierro de Buenos Aires reaccionó en contra y levantó, como decía Ernesto Jiménez Caballero, director de La Gaceta Literaria, una «tormenta» que duró largo, entre artículos, epístolas cruzadas públicas y privadas, y debates cara a cara. José Carlos Mariátegui, director de Amauta, tomó posición al lado de Martín Fierro y sus animadores. Tras el contacto que tuvo Mariátegui con Oliverio Girondo y su lectura de los primeros números de Martín Fierro, no obstante su aprehensión frente a lo que consideraba síntomas de aburguesamiento y confusión estética e ideológica en torno a lo nuevo y lo decadente, defendió su réplica frente al proyecto hegemonista reaccionario de La Gaceta Literaria de Madrid. Las palabras de Mariátegui fueron entusiastas y precisas a favor del voto martinfierrista:

 […] me complace en grado máximo la cerrada protesta de los escritores de Martín Fierro contra la anacrónica pretensión de la Gaceta Literaria de que se reconozca a Madrid como ‘meridiano intelectual de Hispanoamérica’. Esta actitud nos presenta vigilantes, despiertos y combativos frente a cualquiera tentativa de restauración conservadora. Contra la tardía reivindicación española, debemos insurgir todos los escritores y artistas de la nueva generación hispanoamericana.[33]

El debate identitario de América Latina ya inquietaba a varios jóvenes intelectuales vanguardistas peruanos como Edwin Elmore, Haya de la Torre, César Falcón y Antenor Orrego. Decir Indoamérica, Indo-Latina, América Indoibérica, con sus matices y divergencias, eran construcciones emergentes que iban ganando presencia y debate en el campo intelectual y político continental. Decir Hispanoamérica o Iberoamérica, además de decadente, era considerada anacrónica para Mariátegui, no para Jaime Torres Bodet. América Latina también fue una nominación controversial, pero menos objetada que las filohispanistas.

El ríspido y denso episodio epistolar entre Mariátegui y Torres Bodet se libró con motivo de la publicación en Amauta del controversial prólogo de Hidalgo – escritor vanguardista peruano residente en Buenos Aires signando su tercer momento de conflicto intelectual– al Índice la nueva poesía americana.[34] El mexicano consideró las frases de Hidalgo inaceptables para México y los mexicanos, así como censurable la actitud permisiva de Amauta al cobijarlo en sus páginas, en un artículo suyo, intitulado «Iberoamericanismo Utilitario», publicado en Revista de Revistas en la Ciudad de México.[35] Mariátegui, en carta abierta defendió a Amauta y  su programa revolucionario y minimizó el exceso poético de Hidalgo, por lo que le demandó  a Torres Bodet una rectificación. La réplica del mexicano no se dejó esperar ratificándose en sus asertos sobre Hidalgo y Amauta. De fondo se ponían en cuestión tres asuntos: las licencias literarias de los vanguardistas condensadas en el controversial prólogo de Alberto Hidalgo; la política editorial a seguir frente a las colaboraciones, la cual borda los límites de la selección y la censura en las revistas culturales y políticas; y, por último, la solidaridad con México. Con respecto a este último punto, la revista Amauta cubrió algunas estaciones. La más conocida e importante correspondió al mes de septiembre de 1928,[36] por lo que la controversia de su director con Torres Bodet coincidió con la fase de su mayor amplitud intelectual, llamada también de expresión y definición ideológica, durante la cual se establecieron «demarcaciones provisionales, por razones contingentes de topografía y orientación».[37] La política cultural de los intelectuales estaba a debate. Torres Bodet, al igual que la mayoría de los de su grupo en México se declaraba apolítico y, por ende, contrario a quienes como los muralistas y los escritores estridentistas o socialistas de su país, defendían sus compromisos revolucionarios.  Por lo anterior, no podía simpatizar con la orientación de la revista Amauta, ya que auspiciaba ese tipo de vanguardismo que le era ajeno. Sin embargo, el escritor mexicano, al igual que sus amigos, recibía los generosos apoyos financieros de la élite gubernamental callista.[38]   

Mariátegui, al enterarse de dicho ataque se incomodó y así lo comunicó en una carta dirigida al intelectual hondureño Rafael Heliodoro Valle,[39] director de Revista de Revistas, solicitándole la publicación de una carta abierta dirigida a Torres Bodet demandándole una rectificación. Valle le respondió al peruano, anunciándole bajo promesa, la próxima publicación de su carta replicante.[40]

La reacción de Torres Bodet fue excesiva y equívoca. No sólo contra Mariátegui e Hidalgo, haciéndola extensiva a la intelectualidad sudamericana que, al igual que sus pueblos, trataban con indiferencia o mal parecer a México. Homologó los prejuicios antimexicanos de Leopoldo Lugones a los ataques de José Santos Chocano contra José Vasconcelos, así como a los de Alberto Hidalgo, amparados por Mariátegui y Amauta, convirtiéndolos en expresiones del «Iberoamericanismo utilitario», «que es el único de que disponen para nosotros los escritores del Sur y va más allá del límite que se marcó a sí misma la doctrina Monroe».[41] El otro iberoamericanismo, el genuino –asumido retóricamente por Torres Bodet en nombre de los mexicanos– era: «Representar a estos pueblos tan orgullosamente seguros y, sin embargo, tan débiles, es nuestra misión espiritual y también nuestro compromiso geográfico indeclinable».[42]

Torres Bodet exageró el desencuentro entre los intelectuales mexicanos y los sudamericanos, en las páginas de las revistas culturales y políticas de ambas latitudes, así como en los epistolarios correspondientes sobresalen las señas de hermandad y reciprocidad. La solidaridad de la intelectualidad sudamericana de vanguardia con México entre 1911 y 1927, aunque ha sido largamente documentada,[43] no puede ser enlodada por las frases hirientes de Lugones, Chocano e Hidalgo. No fue casual que Mariátegui, en su carta replicante pusiese el acento en este punto.  

La polémica, se extendió por las páginas de Revista de Revistas (México), Repertorio Americano (Costa Rica) y la propia Amauta en el Perú. La defensa de Mariátegui frente a los ataques de Torres Bodet optó por centrarse exclusivamente en Amauta:

Diga lo que piense de Amauta, bueno o malo –no le guardaremos por esto ningún rencor– pero no coloque en nuestro programa político, abierta y seriamente revolucionario, las arbitrarias y personales frases del bizarro poeta de Simplismo.[44]

La contienda epistolar se reprodujo en las páginas de Repertorio Americano, a casi dos meses de la censura de que fue objeto Amauta y de la detención policial de su director, al igual que varios intelectuales y dirigentes sindicales obreros bajo el cargo de participar en un imaginario «complot comunista». La carta aclaratoria de Mariátegui a Torres Bodet fue publicada en la edición del 6 de agosto de 1927 de la revista que dirigía desde San José de Costa Rica Joaquín García Monge. Un mes más tarde, Repertorio Americano, bajo el título de «Cartas alusivas»  publicó la que Torres Bodet le dirigiese a su director con fecha 2 de septiembre solicitándole «por una razón de estricta equidad, la hará usted aparecer en el mismo sitio de Repertorio en que halló acomodo a la que dio origen».[45] El escritor mexicano, como lo hizo constar en su carta a García Monge, era conocedor de que Mariátegui, bajo las condiciones políticas ya anotadas, no estaba en condiciones de responderle ni una línea más por lo que pretendió dar por cerrado a lo que llamó un «incidente». Se sentía ganador y condescendiente frente a él y a los intelectuales peruanos que llegaron en condición de exiliados a suelo mexicano: «Ante la nobleza y el sacrificio de estos espíritus sinceros ¡cómo palidecen las diferencias que tiñe la oportunidad! Y no queda, en el corazón y en la inteligencia, sino el despertar de un alto afecto humano».[46]

Torres Bodet reclamó con ego alzado ser un adalid del iberoamericanismo alternativo frente al llamado por él mismo «utilitario» o al liderado por Mariátegui: «no quisiera que nadie me ganará el lugar de voluntario vehemente que ocupo».[47] Implícitamente se refería al debate que propició la Gaceta Literaria de Madrid de proclamar a la capital española como meridiano de la cultura hispanoamericana, a la cual le salieron al frente la revista argentina Martín Fierro, animada por Jorge Luis Borges y en la que colaboraba Alberto Hidalgo. Por un lado, Amauta celebró la postura crítica de la revista argentina, al mismo tiempo que declaraba insolvente a Madrid de ser faro de las letras en lengua castellana, considerando la censura reinante impuesta por la dictadura de Primo de Rivera que llevó a la cárcel y al exilio figuras prominentes como Miguel de Unamuno. Mariátegui reconoció la existencia de dos polos culturales en el continente: Buenos Aires y ciudad de México, pero si había que elegir por uno, optaba por México. Por su lado, Torres Bodet al igual que el ala no nacionalista de la intelectualidad vanguardista mexicana congregados en torno a la revista Ulises dirigida por Salvador Novo, abonaba en otra dirección a favor de un México cosmopolita capaz de disputar la hegemonía en dicho campo cultural en formación, cuestionando a Martín Fierro, por no tener la mínima enunciación de un nosotros continental o hispanoamericano, es decir, anclada en su horizonte nacional. Esta misma orientación se mantendría en las páginas de la revista Los Contemporáneos a partir de 1928 (Reverte, 1986: 262). 

 

Haya de la Torre y la violencia epistolar

La segunda contienda epistolar, librada por Mariátegui con Haya de la Torre cubre del mes de noviembre de 1927 a abril de 1928 e involucra a varios personajes, varios de ellos, peruanos en el destierro. La presencia de Haya de la Torre en la Ciudad de México entre noviembre de 1927 y mediados de 1928 había atraído a las filas de la APRA a la mayoría de los exiliados peruanos, con la excepción de Nicolás Terreros y de Jacobo Hurwitz. El punto más álgido de la confrontación se había librado entre Mariátegui y Haya de la Torre entre el 16 de abril y el 20 de mayo de 1928.[48] Los puntos dirimentes fueron: alianza o partido, revolución o campaña electoral, marxismo o aprismo. La diseminación de esa controversia epistolar suscitó un abanico complejo y contradictorio cruzado entre Perú y México, mediado por las células de militantes peruanos en el destierro en muchos países de América Latina y algunos de Europa.

El asunto de la APRA aproximó a Haya y Mariátegui en su explícita defensa, pero hay que recordar la distinción de enfoques y matices. Mariátegui habla del «movimiento del A.P.R.A.», y la caracterizó como «una organización anti-imperialista latinoamericana»,[49] no lo llamó  partido. Además, el director de Amauta le asignaba un programa que no calzaba punto por punto con el enunciado por Haya, y no por omisión o liviandad: «Contra el imperialismo yanki, por la unidad política de América Latina, para la realización de la justicia social».[50] Mariátegui, frente a cualquiera de las dos versiones de Partido Nacionalista, cuestionaba la exaltación de un liderazgo caudillesco como el de Haya, su carencia de núcleo doctrinario socialista y su pragmatismo táctico.

A partir del 2 de octubre de 1927 el distanciamiento entre Haya y Mariátegui comenzó a mostrar sus primeros signos a través de las cartas cruzadas del primero con Carlos Manuel Cox y Esteban Pavletich. El fundador de la APRA se encontraba en Nueva York tejiendo la nueva estructura orgánica, justificada por una revisión arbitraria y vertical de las consideraciones tácticas que anulaban los presupuestos iniciales del frente único. Haya usó como artilugio retórico, que dicho planteamiento táctico no era una novedad, toda vez que ya estaba presente en sus cartas remitidas en el curso de los tres últimos años, lo cual no se ajustaba a la realidad de los hechos. Haya reclamó en general no ser comprendido por vía epistolar, entre su duda sobre su propia falta de claridad y la opción de que fuesen sus propios corresponsales los responsables de no comprender sus contenidos, se inclinó por lo segundo. Bajo tal lógica argumental, el dirigente aprista transfería a los otros la confusión, la palabrería y los errores políticos. En la misma línea de pensamiento mañosamente le atribuyó a Mariátegui tal responsabilidad; afirmó que no supo orientar la lectura de sus cartas entre los presuntos adherentes a la APRA existentes en la ciudad de Lima: «No sé cómo hayan leído mis cartas. No sé, y ahora estoy dudando, si yo soy capaz de hacerme entender por carta […] ¿no se leían mis cartas? ¿Mariátegui no les hacía entender a los demás?» [51]

La APRA, como proyecto antiimperialista latinoamericano de frente único, recibió la aceptación de Mariátegui a fines de 1926, por lo que le abrió un lugar a través de las páginas de la revista Amauta hasta el número 12 (febrero de 1928)[52]. Dos meses antes, el director de la revista le había enviado a Haya una extensa carta en la que criticaba sus posturas,[53] respondiendo así a otra que éste le había remitido.[54] Dicha pieza epistolar no figura en la correspondencia del fundador del socialismo peruano pero se pueden entrever algunos de sus contenidos, a través de las cartas intercambiadas con otras figuras afines o divergentes en dicho periodo. De su consulta se desprende que Mariátegui reivindicaba el carácter de frente único de la APRA y su contenido programático antiimperialista como eje articulador de la misma, no su conversión en partido u organismo bifronte y menos sus extravíos por razones tácticas o propagandistas. Tampoco aceptaba el caudillismo que alimentaba Haya en torno a su propia persona por considerarlo un legado de la gastada cultura política oligárquica. Otro tipo de dirección colectiva y plural era necesaria y viable para el director de Amauta. La carta fue dirigida a la dirección postal que Haya de la Torre le dio en la ciudad de Washington, pero éste hacia un mes que había partido con dirección a México, por lo que su recepción debe haberse materializado a principios de enero de 1928. En ese lapso, la candidatura de Haya a la presidencia de la república del Perú era ya conocida, aunque corría en paralelo con la opción de preparar un plan insurreccional. Este último, implicaba un presunto desembarco armado en las costas de Talara nutrido con voluntarios mexicanos de filiación zapatista acompañados de un par de cuadros apristas. Talara era un puerto construido por la empresa norteamericana International Petroleum Company para la exportación naviera del crudo peruano. En ella se encontraba un importante campamento de trabajadores petroleros sindicalizados que recibían el influjo de la prédica socialista liderada por Luciano Castillo. 

Haya de la Torre, encontrándose en la Ciudad México, un 4 de abril de 1928, le envió una carta a Eudocio Ravines, figura importante para los exiliados y estudiantes peruanos adherentes de la APRA radicados en París, arremetiendo nuevamente contra Mariátegui:

Sigo creyendo que ha sido un error y una estupidez de Mariátegui el enviar en estos momentos y en las condiciones en que lo hizo a nuestros compañeros a Moscú […] Ahora estoy terminando un folleto o pequeño libro titulado El Imperialismo y el Apra, con parte polémica para los comunistas y parte expositiva. Queda demostrado por angas y por mangas que el Apra es un Partido. Rebate sin mencionar las capciosidades de Mariátegui.[55]

La lectura de estas líneas epistolares demuestran que las preocupaciones de Haya giraban en torno al liderazgo creciente de Mariátegui en la lucha antiimperialista y su acercamiento a la Internacional Comunista, en circunstancias en que él profundizaba sus distanciamientos iniciados en el Congreso Antiimperialista Mundial celebrado en Bruselas en febrero de 1927. El viaje de Julio Portocarrero y de Armando Bazán a Moscú era de conocimiento de Haya y de los apristas y socialistas peruanos residentes en París, lo cual fortalecería el polo ideológico-político contrario a la nueva orientación aprista. Frente a ello, decidió que la elaboración de su folleto sobre el Apra debía centrar sus baterías no sólo contra Mella, sino contra Mariátegui, con ánimo de probarle que la APRA además de Alianza debería ser Partido.  

Mientras tanto, Haya continuó prolongando su silencio epistolar con Mariátegui, el cual por haber durado cinco meses nos merece algunas reflexiones. Dicho silencio transmitía un mensaje, carecía de neutralidad o asepsia, al ubicarse en el curso de una controversia conocida a través de las redes compartidas. Haya dio por concluida la fase silente de su relación con Mariátegui, consideraba que había ganado tiempo a favor de su organización, proyecto y liderazgo de cara al Perú, y decidió remitirle una carta fechada el  20 de mayo de 1928. En ella le dice haberle escrito previamente sin precisar detalle de fecha, lo cual no resulta verosímil por dos razones: el cotejamiento con los comentarios que Haya solía compartir con sus otros corresponsales no hace mención de ella, y segundo, porque él mismo se encarga de auto desmentirse cuando escribió: «Recibí su carta. No la contesté [sic] porque la noté ya infectada de demagogia tropical, de absurdo sentimentalismo lamentable. Dejé que se enfriará Ud. Preferí hacerla pedazos y echarla al canasto. Ud. está lleno de europeísmo».[56]

Algunos pasajes de la carta del líder están enlazados a los contenidos presentes en la carta de Mariátegui del 16 de abril de 1928 dirigida a la célula de la APRA en México. Haya en su respuesta epistolar, al descalificar las ideas de Mariátegui por su presunto «europeísmo», recurrió a un adjetivo muy usado por él contra los cuadros cominternistas a partir de 1925 de querer remedar sus tesis y experiencias del viejo continente universalizándolas y por ende, pretender aplicarlas a la problemática continental. Haya le espetó a Mariátegui: « ¡Qué distinto efecto ha producido Europa en Ud. y en mí!».[57] En realidad, Haya sabía que los comunistas venían discutiendo la cuestión latinoamericana según los caminos seguidos en Oriente y particularmente en China. Era conocedor de que la unidad de los países coloniales y semi-coloniales desde el prisma marxista había aproximado la problemática latinoamericana a la asiática incidiendo en los virajes de la Internacional Comunista, en la maduración del punto de vista de Mariátegui y en las reflexiones de Haya sobre el Kuomintang incorporadas a su proyecto aprista. Por lo anterior, su artilugio polémico de acusar de «europeísmo» a Mariátegui era inconsistente. Líneas más adelante caricaturizó a su oponente epistolar convirtiéndolo en «literato moderno y elegante», preso de cierta paranoia y celos subconscientes contra su liderazgo, soterrando atender sus razonados puntos de discrepancia política: «Yo sé que en el fondo –subconscientemente diría Freud- Ud. reacciona contra mí. Haya es el blanco de la suspicacia escondida. Pero Haya es más revolucionario que nunca, vale decir, más realista que nunca».[58] El llamado y celebrado «realismo» significó a esa conjunción de intuición, pragmatismo y reacomodo táctico que caracterizó su accidentada vida política. Se dibujó  con claridad cuando afirmó:

La candidatura no es nuestra. La aprovecharemos y la aprovecharemos. El manifiesto no es nuestro. Nuestro Partido Nacionalista es otro. ¿Por qué no leyó bien? La literatura que Ud. ataca desde un admirable punto de vista de literato moderno y elegante, tampoco es nuestra. ¡Calma, amigo Mariátegui! Yo no soy engendro de Mussolini. ¿Ya leyó el Plan?[59]

La discrepancia central con Mariátegui fue resumida por el propio Haya de la Torre como: socialismo o antiimperialismo. En eso fue certero. Haya le reclamó a Mariátegui que según reportaba la crónica de la revista Amauta sobre la celebración de la Fiesta de la Planta en Vitarte –el más importante campamento obrero textil de la ciudad de Lima– hubiese vivado al socialismo y no a la lucha antiimperialista: «Yo sé que está contra nosotros. No me sorprende. Pero la revolución la haremos nosotros sin mencionar el socialismo pero repartiendo las tierras y luchando contra el imperialismo».[60]

Haya cerró sus andanadas de ataques a Mariátegui con hirientes comentarios que rayaban en la difamación y el sarcasmo, sin sustento real: «¡Qué poderosa es la mentalidad reaccionaria infiltrándose hasta en los elementos nuestros! Lo digo por la semejanza de sus afirmaciones con las de La Prensa»; «Olvídese de Lima»; «Está Ud. haciendo mucho daño por la falta de calma»; «No se caiga en la izquierda o en el izquierdismo (zurdismo le llamo yo) de los literatos de la revolución»; «Nos dice Ud. que escribió la carta afiebrado… desde las primeras líneas lo supuse».[61]

La vitriólica escritura de Haya de la Torre contra su oponente, llevó inevitablemente a la ruptura definitiva. La violencia simbólica ejercida epistolarmente por Haya contra Mariátegui puso punto final a la comunicación, no al debate doctrinario, programático y orgánico en las redes compartidas. Mariátegui optó por escribirle una carta a la Célula de la APRA en México con fecha 16 de abril de 1928. No obstante que habían transcurrido dos semanas de la remitida por Haya, la carta no había llegado a sus manos según dejó constancia de ello cuando escribió: «No había contestado hasta hoy la carta de la célula suscrita por Magda Portal, en espera de una carta de Haya de la Torre que me precisase mejor el sentido de la discrepancia: ‘Alianza o Partido’.[62] La carta de Mariátegui salió en camino motivada por las noticias preocupantes que le llegaron desde México:

…de que ustedes están entregados a una actividad con la cual me encuentro en abierto desacuerdo, y para lo cual ninguno de los elementos responsables de aquí ha sido consultado, quiero hacerles conocer sin tardanza mis puntos de vista sobre sobre este nuevo aspecto de nuestra discrepancia. [63]

La importancia de esa carta colectiva radicaba no solo en que expresaba el parecer de los desterrados apristas residentes en la Ciudad de México, así como el del propio Haya de la Torre, quién aunque no la rubricó, participó en su redacción. Hubo de parte de Mariátegui un silencio epistolar hacia dicha célula, explicable según él mismo da cuenta porque esperaba la respuesta de Haya de la Torre y porque la acusación que se le hacía de ser un repetidor de la campaña antiaprista emprendida por el Secretariado Sudamericano de la Internacional Comunista, la Liga Antiimperialista de las Américas (LADLA) y la Unión Centro Sud Americana y de las Antillas (UCSAYA) le parecía gratuita, prejuiciada, lábil. Mariátegui, como era de conocimiento público, por esas fechas, resentía la requisa de su correspondencia y el acoso policial. Mal podía recibir publicaciones periódicas extranjeras como El Libertador, La Correspondencia Sudamericana o La Batalla:

Solo recientemente he vuelto a recibir El Libertador, desde que la censura ha comprobado que en mi casilla no intercepta sino correspondencia intelectual o administrativa, sin importancia para sus fines. Por otra parte, creo haber dado algunas pruebas de mi aptitud para pensar por cuenta propia. De suerte que no me preocuparé de defenderme del reproche de obedecer a sugestiones ajenas. [64]

Volviendo al punto central de la nueva discrepancia política con Haya y la Célula del APRA en México que dejó atrás el debate sobre el «Apra: alianza o partido», cuestión por lo demás resuelta puesto:

…que el Apra se titula alianza y se subtitula frente único, pasa a segundo término, desde el instante en que aparece en escena el Partido Nacionalista Peruano, que ustedes han decidido fundar en México, sin más consenso de los elementos de vanguardia que trabajan en Lima y provincias. [65] 

Las razones de Mariátegui para oponerse fueron concisas y contundentes y que con fines exclusivamente didácticos ordenamos numéricamente:

1)      «…siento el deber urgente de declarar que adheriré de ningún modo a este Partido Nacionalista Peruano que, a mi juicio, nace tan descalificado para asumir la obra histórica en cuya preocupación hasta ayer hemos coincidido. …»

2)      Creo que nuestro movimiento no debe no debe cifrar su éxito en engaños ni en señuelos. La verdad es su fuerza. No creo como Uds. Que para triunfar haya que valerse de ‘todos los medios criollos’. La táctica, la praxis, en sí mismas son algo más que forma sistema. Los medios, aun cuando se trate de movimientos bien adoctrinados, acaban por substituir a los fines. …

3)      Me opongo a todo equívoco. Me opongo a que un movimiento ideológico, que, por su justificación histórica, por la inteligencia y abnegación de sus militantes, por la altura y nobleza de su doctrina ganará, si nosotros mismos no lo malogramos, la conciencia de la mejor parte del país, aborte miserablemente en una vulgarísima agitación electoral».[66]

Mariátegui colocó en la agenda el reiterado argumento de su antagonista epistolar acerca de la «táctica», despojándolo de su función legitimadora de cualesquier viraje político por carecer de fundamentación consistente y por evadir además del debate, socavar las bases para un acuerdo político y orgánico. Hubo sí cierta debilidad en su crítica al no diferenciar los dos partidos que moldeó propagandísticamente Haya de la Torre desde fuera del país: el Partido Nacionalista Peruano y el Partido Nacionalista Libertador del Perú. Ambos tuvieron  mucho de invención efectista en la campaña de propaganda de su liderazgo político. Fue en base a esto que Haya le reclamó a Mariátegui en su carta que los hubiese confundido. Arguyó que el primero no era suyo, pero que lo aprovecharía, en tanto que el segundo tenía su plena adhesión. En realidad los dos partidos de Haya fueron las almas gemelas de su crisol táctico: la agitación electoral devino era el equivalente de la amenaza de una aventura militar y viceversa.

                                                                                                                                    

La red político-intelectual: intercambios y lealtades  

Mariátegui puso especial empeño en ampliar sus relaciones intelectuales con México, tomando la iniciativa de escribirles con la finalidad de ampliar la red de colaboradores y lectores de la revista Amauta y, en segundo término, de sus libros. A fines de 1926, el escritor peruano se ilusionó con la promesa mexicana de apoyar a la revista, transmitida epistolarmente por Pavletich:

El anuncio que me hizo Ud. en su primera de la posibilidad de colocar quinientos ejemplares en la Secretaría de la Educación Pública de México causó entre los compañeros gran entusiasmo. Ha sido uno de los estímulos que de fuera nos han venido. Creo que hasta en alguna parte se ha publicado la noticia, difundida con rapidez fantástica. –Ud. me ha confirmado su esperanza.[67]

En la misma carta, Mariátegui aceptó la crítica de Pavletich de que a la revista Amauta le faltaban artículos antiimperialistas, en parte porque consideraba que «no es posible disciplinar aún a los colaboradores, obteniendo que cada uno cumpla con su función». Pero aclaró que él mismo desde las páginas de la revista Variedades trató muchas veces dicha cuestión dejando a otros cubrir su tratamiento en Amauta. Manifestó su esperanza en que los asistentes al Congreso Antiimperialista Mundial (Bruselas, febrero de 1927), brindarían a la revista «bastante material antiimperialista». Hecha la aclaración, Mariátegui alentó a Pavletich a seguir impulsando el desarrollo de la red de colaboradores en México:

Espero la colaboración de los escritores y artistas de vanguardia de México. Gestione para Amauta algo de Rivera, de Orozco y de algún otro artista revolucionario. Gracias por las fotografías y frescos de Rivera. Su publicación ha tenido gran efecto en el ambiente artístico juvenil. [68]

La carta de Mariátegui a Pavletich concluyó con el envío de abrazo y un saludo para sus camaradas en el exilio: Hurwitz, Terreros y Lecaros.

El epistolario y algunos testimonios sueltos dan cuenta de que Mariátegui logró que dos librerías de la Ciudad de México ofrecieran la revista y los libros editados bajo su dirección. La Librería de los Hermanos Navarro, fundada en 1925 en la calle Moneda de la Ciudad de México y la librería Biblos de J. López Méndez.[69] Los canjes de revistas y libros representaban una fuente inestimable de actualización sobre los nuevos valores intelectuales y sus aportes de cada país. Mariátegui vio en ello un motivo para redactar selectivamente cartas a los intelectuales que en México tenían alguna competencia en estos dominios. En atención a una solicitud de Mariátegui, fechada epistolarmente el 2 de marzo, Rafael Heliodoro Valle le respondió un mes después, informándole de que aceptaba el canje de la revista Amauta con la dirigida por él.[70] Por otro lado, Carlos Gaytán, director de la revista USECOP, vocero quincenal de la Unión Sindical de Empleados de Comercio y Oficinas Particulares de la Ciudad de México, le remitió a Mariátegui un ejemplar de su publicación (agosto de 1927) proponiéndole un canje con la revista Amauta.[71] Estas tipo de cartas al director de Amauta fueron, sin lugar a dudas, potenciadas por la lectura de la revista. Nuevamente revista y práctica epistolar se dan la mano.

Mariátegui fijó un buen motivo para ensanchar su red intelectual con la preparación de un número especial de la revista Amauta dedicada a México. El hondureño Rafael Heliodoro Valle, con fecha 16 de agosto de 1928 le escribió a Mariátegui agradeciéndole la invitación que le formuló el 14 de julio para colaborar en el número dedicado a México, así como el envío de ejemplares de la revista Amauta. Para el peruano el envío de la revista representaba algo más que una carta de presentación intelectual, era en cierto sentido, la entrega de un bien simbólico. Valle, por último, se exculpó de gestionar el canje con Excélsior y Revista de Revistas por ser de competencia de la gerencia, no de los redactores como él.[72] El 8 de noviembre, Valle  le escribió a Mariátegui disculpándose de la demora por sus «múltiples quehaceres» y que por la misma causa le fue «imposible enviarle la colaboración para la edición especial de Amauta en honor de México». Por último, le agradeció la remisión de una respuesta al cuestionario sobre escritores peruanos encargado por el Departamento de Bibliotecas a su cargo.[73]

El boliviano Tristán Marof, a quién Mariátegui conoció a su paso por Lima, escala de su accidentado periplo como desterrado político, le escribió desde México con fecha 6 de agosto de 1928, manifestándole su preocupación por su salud, tras haber recibido noticias poco halagüeñas en conversaciones sostenidas con algunos desterrados peruanos. Marof le ofreció a Mariátegui remitir una colaboración suya para la revista Amauta además de invitar a sumarse a tal emprendimiento a sus amigos mexicanos: los hermanos Bohórquez, Andrés Molina Enríquez y Diego Rivera, y «enviarle tan pronto tenga en mi poder los manuscritos». Le informa de su larga conversación con Haya de la Torre, realizada vísperas de su partida a Guatemala:

Algunos puntos de vista me agradan; tal vez estaríamos de acuerdo en todo si Haya a última hora no hubiera insistido en cierto reformismo. Esta actitud ha abierto cierta pugna entre comunistas y apristas. Desde luego una cosa lamentable en un periodo pre-revolucionario. [74]

La triangulación epistolar de Mariátegui con los desterrados peruanos a través de intelectuales sudamericanos no quedó constreñida al papel de mediación cumplido por Marof; se le suman dos figuras más: el pintor argentino José Malanca y la poetisa uruguaya Blanca Luz Brum.

 José Malanca, a su paso por Lima, había estrechado vínculos con el grupo de la revista Amauta orientado hacia el socialismo y liderado por Mariátegui, hasta su partida el 10 de diciembre de 1928 con destino a Nueva York y más tarde a la Ciudad de México.  Mariátegui le entregó una solidaria carta de presentación dirigida al escritor norteamericano Waldo Frank residente en Nueva York, en la que le decía: «Malanca es un mensajero de esa Indo-América que Ud. quiere conocer (…) Tiene absolutamente la simpatía de cuantos trabajamos en Amauta».[75] Nuestro viajero prolongó su estancia en Nueva York y, el 23 de marzo de 1929, le escribió anunciándole su partida a México el día siguiente en busca de un mejor porvenir para la presentación y venta de sus pinturas, ya que en Nueva York no le ha ido nada bien:

Voy con el aliento de hombre que ha recibido una paliza. Pues mi experiencia no fue lo que esperé. Hubo demasiados gastos; voy pobre. Llevo casi todos los cuadros por si se venden con el tiempo.

Yo le escribiré desde México. Me parece que la revolución son de hombres no más.[76]

Un mes más tarde, Malanca le volvía a escribir a Mariátegui informándole de sus desencantos ideológicos y artísticos frente a sus pares mexicanos, así como de su polémica con Diego Rivera en torno del papel de los intelectuales y sobre el curso del comunismo en la América del Sur, manifestándole además su proximidad ideológica con Tristán Marof. Este desencuentro recurrente entre al argentino y los mexicanos, nos invita a reflexionar sobre sus propios códigos culturales de comunicación. A Malanca lo abrumaba la seriedad del compromiso, frente a las representaciones y prácticas de la bohemia roja. Se horrorizaba y condenaba a Diego Rivera por su pasión hedonista por las borracheras y las piernas macanudas. Malanca, por último, le reportó a Mariátegui su apreciación sobre lo que considera la debilidad política y orgánica del aprismo: «Aquí el APRA y Víctor Raúl le conocen algunos peruanos nomás. Todo esto tiene que morir como el ‘comunismo mexicano’».[77]

El 11 de junio de 1929 Mariátegui le respondía a su amigo argentino. A dos meses y medio de la estancia de Malanca en la Ciudad de México, es dibujado epistolarmente con el perfil  de un militante internacionalista. Sorprende la confianza que el director de la revista Amauta deposita en Malanca frente a los «camaradas peruanos de México». Mariátegui no sabe si ya ha tomado contacto con ellos. Le interesa en particular que sea el intermediario en la entrega de una carta dirigida a Esteban Pavletich, pero también le confía unos ‘informes’ políticos reservados y un papel dirigente:

La labor que Ud. puede realizar cerca de los compañeros de México, en el sentido de coordinarlos, y de explicar a los que incurrieron en ella, la necesidad de superar y rectificar la desviación «nacionalista» que ha liquidado teórica y prácticamente al Apra. Le seguiré escribiéndole e informándole, seguro de que Ud. hará uso correcto de esos informes, reservándolos a los interesados. [78]  

El 2 de julio del mismo año, Mariátegui le escribía nuevamente a Malanca, informándole del próximo arribo a la Ciudad de México de la poetisa uruguaya Blanca Luz Brum, colaboradora de Amauta, y de una carta adjunta para ser entregada a Carlos Manuel Cox, excolaborador de la revista y militante aprista quien se había sumado a las filas de los desterrados peruanos residentes en la capital mexicana. Ocho días más tarde, inquieto por la falta de noticias, le escribía de nueva cuenta, inquiriéndole acerca de la recepción de las cartas remitidas el 2 de julio. En esta ocasión, le adjuntó un documento político solicitándole que después de que lo haya leído tenga a bien compartirlo con «Pavletich o Cox». Aprovechaba la ocasión para, a través suyo, hacerle llegar sus saludos a su paisano Hurwitz, a Humberto Tejera y a Tristán Marof.[79] Por esos días Tejera redactó y publicó una reseña muy elogiosa  de 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana en las páginas de la revista dirigida por Jesús Silva Herzog, copia de la cual se la remitió Tristán Marof a Mariátegui como material anexo a su carta. [80]

En octubre de 1929, Blanca Luz Brum le escribió a Mariátegui exasperada por sus experiencias políticas en la Ciudad de México. El sexismo de los comunistas mexicanos la agobiaba. Los efectos de la intolerancia reinante en el PCM, que ha llevado a la expulsión a figuras de primer orden como Fritz Bach, Diego Rivera y Salvador de la Plaza se sumaban al acoso político y sexual que padece. Reprodujo la misma queja cultural expresada por Malanca frente a los mexicanos, a la que se agregó una cierta cuota de xenofobia contra los conosureños.[81] En una segunda carta fechada el mismo mes, Blanca Luz le comunicaba a Mariátegui la enemistad entre Malanca y Siqueiros.[82] Esta carta abona en contra de la red intelectual y política de Mariátegui, al sufrir fisuras impensadas y significativas como esta.

Pocos días más tarde su pareja, David Alfaro Siqueiros será expulsado del PCM acusado de mantener relaciones con Blanca Luz, quien había sido señalada como agente trotskista. Otra versión, da cuenta que Hernán Laborde, el secretario general del PCM, despechado en sus intentos de conquistar a Blanca Luz, practica un ajuste de cuentas orgánico contra Siqueiros (Brum, 1931).  

La confrontación del proyecto socialista liderado por Mariátegui y el abanderado por Haya de la Torre suscitó entre varios de los desterrados peruanos oscilaciones y ambivalencias.

 

Cierre de palabras

La correspondencia de Mariátegui con México, a diferencia de la sostenida con otros lugares y destinatarios, nos ha permitido explorar la manera en que se fueron modelando los contornos de una intersubjetividad signada entre el campo intelectual y el político al ritmo sostenido de sus intercambios. En este caso, el abanico epistolar muestra otras bondades: las triangulaciones entre los personajes que operaron como remitentes, destinatarios o aludidos, sosteniendo, haciendo crecer o mellando el tejido de una red intelectual y política como la que animaba Mariátegui, entre el Perú y México.

Las cartas cruzadas y analizadas nos muestran los vasos comunicantes que las unían a importantes revistas culturales de la época y a algunos libros, sobre todo durante las tramas de conflicto intelectual y político. Destacamos la centralidad que tuvo en dicha red la revista Amauta, la cual fue acompañada por la trama y contienda epistolar librada entre socialistas y apristas. El papel articulador de Mariátegui en esa urdimbre fue visible y  ha sido refrendado a la luz de las cartas referidas, incluidas la de Haya de la Torre, su principal antagonista.  El epistolario de José Carlos Mariátegui abre más interrogantes que certezas. Exige mucho más de lo que este ensayo se ha permitido brindar.



Notas:

[1] Murra, John V. Las cartas de Arguedas. Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú, Fondo Editorial, 1996; El río y el mar. Correspondencia José María Arguedas-Emilio Adolfo Westphalen (1939-1969) Lima: Fondo de Cultura Económica, 2011.

[2] Löwy, Michael. Para una sociología de los intelectuales revolucionarios: la evolución política de Lukács, 1909-1929. México: Siglo Veintiuno editores, 1978.

[3] Gonzales, Osmar, «Epistolarios. Una mirada a correspondencias de intelectuales» [en línea]: http://www.librosperuanos.com/autores/articulo/00000002175/Epistolarios.-Una-mirada-a-correspondencias-de-intelectuales, consultada el 10/6/2013.         

[4] Mariátegui, José Carlos, Correspondencia, 1915-1930. Lima: Empresa Editora Amauta, 1984. (Compilación y presentación de Antonio Melis).

[5] Véase: Temas de Nuestra América, Lima: Empresa Editora Amauta, 1988, pp. 39 y 70, 78-99; Historia de la Crisis Mundial, Lima, Empresa Editora Amauta, 1959, pp. 166-168.

[6] Véase: Paoli Bolio, Francisco José, Mariátegui, intérprete de la revolución mexicana. México: Universidad Autónoma Metropolitana, División de Ciencias Sociales y Humanidades, 1979; González Calzada, Manuel, La Revolución Mexicana ante el pensamiento de José Carlos Mariátegui, México: Consejo Editorial del Gobierno del Estado de Tabasco, 1980; Falcón, Jorge. Mariátegui y la revolución mexicana y el estado ‘anti’-imperialista, Lima: Empresa Editora Amauta, 1980; Caseta, Giovani, «La revolución mexicana en el pensamiento de José Carlos Mariátegui», Historias, núm. 2, México, INAH, octubre-diciembre de 1982, pp. 23-40; Yankelevich, Pablo, «La revolución mexicana en el debate político latinoamericano: Ingenieros, Palacios, Haya de la Torre y Mariátegui», Cuadernos Americanos, México, núm. 111, 2005, pp. 161-186; Ferreyra, Silvana G. «La interpretación de José Carlos Mariátegui sobre la revolución mexicana», Iberoamericana, núm. 43, Frankfurt, 2011, pp. 41-59.

[7] Hemos concluido el proceso de digitalización de las cartas inéditas de Raúl Porras Barrrenechea cruzadas con Rafael Heliodoro Valle, el conocido escritor hondureño residente en Ciudad de México, vinculado a la red intelectual de José Vasconcelos.

[8] Melgar Bao, Ricardo y  María Esther Montanaro Mena (editores).  V.R. Haya de la Torre a Carlos Pellicer: cartas indoamericanas. México: Sociedad Cooperativa del «Taller Abierto», 2010.

[9] Ricardo Faura fue uno de los antropólogos pioneros en precisar los particularismos del correo electrónico en su ensayo «La cultura local en el Ciberespacio» en: Alonso, Graciela, Leonela Cucurella Editora), Antropología del ciberespacio. Quito: Ed. Abya-Yala, 1999, pp. 113-114.

[10] A través de las cartas de Tamie, Hirabayashi determinó cinco temas: 1)   los retos físicos que atravesó en su vida cotidiana y en su trabajo de campo en Poston; 2)   los retos emocionales de un trabajo de campo semi-clandestino; 3)  sus reacciones ambivalentes frente a los japo-americanos recluidos en Poston; 4)   una tensión entre su deseo de llevar a cabo una investigación independiente a los deseos del proyecto JERS y 5)   la presión ejercida por la Dra. Dorothy Thomas, directora del proyecto JERS, para que se enfocara exclusivamente a cubrir la información del proyecto.

[11] Las cartas de Margaret Mead  dirigidas a sus amigos están agrupadas conforme a sus  temporadas de trabajo de campo (Samoa, Manus en las Islas Almirantazgo, Reservación del pueblo Omaha y Nueva Guinea)  realizadas entre los años de 1925 a 1953 y las que corresponden a los 1964 a 1975. Mead, Margaret, Cartas de una Antropóloga, Barcelona: Bruguera, 1983.

[12] Lisón Tolosana, Carmelo (editor)  Antropología: horizontes narrativos. Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Departamento de Antropología de España y América, 2006.

[13] Crane, Diana, Invisible Colleges: Diffusion of Knowledge in Scientific Communities, Chicago; University of Chicago Press, 1972.

[14] Solla Price, Derek J, «Networks of Scientific Papers. The pattern of bibliographic references indicates the nature of the scientific research front», Science, núm.149, July 30, 1965, pp. 510-515.

[15] Zamora Bonilla Javier «Posibles lecturas de los epistolarios», Revista de Estudios Orteguianos, núms. 16-17, Mayo / Noviembre 2008, pp. 225-246.

[16] Corno, Darío, «La palabra solicitada, semiología y didáctica de la literatura», Adversus, núm.1, Roma- Buenos Aires, Junio de 2004, pp. 33-40.

[17] Véase: Machuca Becerra, Roberto, América Latina y el Primer Congreso Internacional de Estudiantes de 1921 (La generación de la Reforma Universitaria), México: Tesis de licenciatura en Estudios Latinoamericanos de la UNAM, 1996.

[18] Véase: El proyecto político-nacional del México pos revolucionario, su proyección y significación en Guatemala. El papel de los intelectuales (1920-1932) de María del Carmen Díaz Vásquez, tesis doctoral en Historia, Universidad de Costa Rica, 2004; Taracena Arriola, Arturo, «Vasconcelos y sus agentes en la recepción guatemalteca de la Revolución mexicana», Regiones, suplemento de antropología, núm. 43, octubre-diciembre de 2010, pp. 25-3. Yankelevich, Pablo, Miradas australes: propaganda, cabildeo y proyección de la Revolución Mexicana en el Río de la Plata, 1910-1930, México: Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, 1997.

[19] Melgar Bao, Ricardo, «El exilio venezolano en México», Memoria núm.110, México, abril de 1998, pp.19-31; Yankelevich, Pablo «José María Vargas Vila: el poeta y los príncipes sonorenses», Regiones, suplemento de antropología, núm. 43, octubre-diciembre de 2010, pp. 32-37; Yankelevich, Pablo, La revolución mexicana en América Latina: intereses políticos e itinerarios intelectuales. México, D.F.: Instituto Mora, 2003.

[20] De Velásquez Bringas, Esperanza, a José  Carlos Mariátegui. México, D. F. 3 de agosto de 1927, reproducida en: Correspondencia, tomo I, p. 300.

[21] «El México de esta hora», Claridad, núm.1, primera quincena de mayo de 1923, pp. 24-25.

[22] Mariátegui, José Carlos a Ricardo Vegas García. Miraflores, 9 de septiembre de 1924, reproducida en: Correspondencia, tomo I, p. 52.

[23] La Crónica, núm. 4233, Lima, 25 de diciembre de 1923, p.15.

[24] En los archivos mexicanos consultados no ha sido posible ubicar la carta de respuesta.  Consulté la biblioteca personal de José Vasconcelos en poder de la familia Ahumada. Según los familiares, fue el propio Vasconcelos quien destruyó toda su correspondencia epistolar.

[25] Vasconcelos, José, Mensaje a los estudiantes peruanos. [México] 13 de febrero de 1924, reproducida en: Discursos 1920-1950, p. 75.

[26] De José Vasconcelos a José Carlos Mariátegui. París, 3 de febrero de 1927, reproducida en: Correspondencia, tomo I, p. 233.

[27] De Alfonso Reyes a José Carlos Mariátegui. París, 19 de febrero de 1926, reproducida en: Correspondencia, tomo I, p.137.

[28] De José Carlos Mariátegui a José Malanca. Lima, 2 de julio de 1929, reproducida en: Correspondencia, tomo II, p. 601.

[29] «El primer gran trueno lo provocó nuestro Editorial ‘Madrid, meridiano intelectual de Hispanoamérica’ (15 de abril de 1927), escrito por Guillermo de Torre, rechazando el galicismo de latinoamérica [sic]. La revista Martín Fierro que creo dirigía Jorge Luis Borges, futuro cuñado de Guillermo, arremetió contra nosotros seguido por bastantes escritores, y luego otras publicaciones hispanoamericanas. Duró mucho aquella tormenta» (Jiménez Caballero, 1981: 63).

[30] Citado por: Rodríguez Monegal, 2003,  p. 53.

[31] «Madrid, meridiano intelectual de Hispanoamérica», La Gaceta Literaria, Madrid, núm. 8, 15 abril 1927 p. 1.

[32] Ibíd.

[33] Mariátegui, José Carlos, «La batalla de ‘Martín Fierro’», Variedades, 24 de setiembre de 1927, reproducido en: Temas de Nuestra América, pp.116-117.

[34] Hidalgo, Alberto, et. al. «Índice de la nueva poesía hispano-americana». Amauta, núm. 4 (sección Libros y revistas). Lima, diciembre de 1926.

[35] De Mariátegui, José Carlos a Jaime Torres Bodet. Lima, 27 de abril de 1927; De Torres Bodet, Jaime a José Carlos Mariátegui. México, D. F., 21 de mayo de 1927. Ambas reproducidas en Correspondencia tomo I, pp. 270-271; 284-285.

[36] «El trabajo de definición ideológica nos parece cumplido. En todo caso, hemos oído ya las opiniones categóricas y solícitas en expresarse. Todo debate se abre para los que opinan, no para los que callan. La primera jornada de Amauta ha concluido. En la segunda jornada, no necesita ya llamarse revista de la ‘nueva generación’, de la ‘vanguardia’, de las ‘izquierdas’. Para ser fiel a la Revolución, le basta ser una revista socialista». «Aniversario y balance [editorial]», Amauta, año II, núm. 17, Lima, septiembre de 1928.

[37] Ibíd.

[38] Jaime Torres Bodet (1902-1974) y Enrique González Rojo (1899-1939), colaboraban con Bernardo J. Gastélum, Secretario de Salubridad, mientras que Salvador Novo (1904-1974) trabajaba con José Manuel Puig Causaranc, titular del ramo de Educación (Blázquez Espinoza, 2002: 152).

[39] De Rafael Heliodoro Valle a José Carlos Mariátegui, México, D.F., 24 de mayo de 1927, reproducida en: Correspondencia tomo I, p. 286.

[40] Ibíd.

[41] Torres Bodet, Jaime, «Iberoamericanismo utilitario», Revista de Revistas, México, núm. 880, 1927.

[42] Ibíd.

[43] Yankelevich, 1997.

[44] Mariátegui, José Carlos, «Entendámonos», Repertorio Americano (San José C.R.), Tomo XV, núm. 5. San José, Costa Rica, 6 de agosto de 1927, p. 79.

[45] Torres Bodet, Jaime, carta de Joaquín García Monge, México, 2 de septiembre de 1927, Repertorio Americano, septiembre de 1927.

[46] Ibíd.

[47] Ibídem.

[48] De José Carlos Mariátegui a la célula aprista de México. Lima, 16 de abril de 1928; De Víctor Raúl  Haya de la Torre a José Carlos Mariátegui, México, 20 de mayo de 1928; De Víctor Raúl  Haya de la Torre a José Carlos Mariátegui, México, 20 de mayo de 1928, reproducidas en Correspondencia, tomo II, pp. 371-373 y 378-379.

[49] La Correspondencia Sudamericana, núm. 29. Buenos Aires, 15 de agosto de 1927.

[50] Ibíd.

[51] Haya de la Torre, Víctor Raúl, a Carlos M. Cox y Esteban Pavletich, Nueva York, Octubre 2 [1927] en: García Rodríguez, 2002: 8.

[52] Melgar Bao, Ricardo, “Definiciones en la revista Amauta: símbolos, redes intelectuales y proyecto socialista en 1928”, en Revistas en América Latina: proyectos literarios, políticos y culturales, de Regina Crespo (coord.), UNAM/CIALD/DGAPA, ediciones León, 2010.

[53] «…no tengo hasta hoy ninguna aclaración de Haya, a quién escribí extensamente, planteándole cuestiones concretas, - por la vía de Washington-, en diciembre –…» Mariátegui, José Carlos a la Célula Aprista de México (García Rodríguez, 2002: 17).

[54] «Como se refiere Ud. A una carta enviada por mí por la vía Washington...» Haya de la Torre, Víctor Raúl, a José Carlos Mariátegui, México, 20 de mayo de 1928 (Ibíd.: 21).

[55] Haya de la Torre, Víctor Raúl a Eudocio Ravines, México, abril 4 [1928] (Ibídem.: 13-14).

[56] Haya de la Torre, Víctor Raúl, a José Carlos Mariátegui, México, 20 de mayo de 1928 (García Rodríguez, 2002: 21).

[57] Ibíd. p.20.

[58] Ibíd. p. 21.

[59] Ibíd.p.22.

[60] Ibíd. p.23.

[61] Ibíd.pp.22-23.

[62] Mariátegui, José Carlos a la Célula Aprista de México, Lima, 16 de abril de 1928 (García Rodríguez, 2002: 16).

[63] Ibíd. p.17.

[64] Ibíd., pp. 16-17.

[65] Ibíd., p. 17.

[66] Mariátegui, José Carlos a la Célula Aprista de México, Lima, 16 de abril de 1928 (García Rodríguez, 2002: 16-20).

[67] De Mariátegui, José Carlos, a Esteban Pavletich, Lima,  8 de marzo de 1927, reproducida en: Correspondencia, tomo I, p. 242.

[68] Ibíd. p. 243.

[69] López Méndez le escribió a Mariátegui con fecha 17 de diciembre de 1927, mencionándole contradictoriamente que los lectores mexicanos «se interesan mucho por la revista»  para luego decirle que «han quedado ejemplares sin vender» en base a una explicación no convincente: falta de regularidad de la revista, lo cual no se ajusta a los hechos y la censura y requisa que recibió su número del mes de junio de 1927.  Le pide con desmesura  a Mariátegui que le conceda «la exclusiva para la República Mexicana» al mismo tiempo que limita los pedidos de libros a tres ejemplares por título y a cinco de los próximos números de Amauta. Posiblemente resentía la competencia de la Librería Navarro al mismo tiempo que mostraba su propia debilidad o impericia como librero.  Véase: Correspondencia, tomo I, p. 317.

[70] De Rafael Heliodoro Valle a José Carlos Mariátegui, México, D.F., 1 de abril de 1927, reproducida en: Correspondencia, tomo I, p. 259.

[71] De Carlos Gaytán a José Carlos Mariátegui, México, D.F. 18 de agosto de 1927, reproducida en: Correspondencia, tomo I, p. 301.

[72] De Rafael Heliodoro Valle a José Carlos Mariátegui, México, 16 de agosto de 1928, reproducida en: Correspondencia, tomo II, p. 417.

[73] De Rafael Heliodoro Valle a José Carlos Mariátegui, México, 8 de noviembre de 1928, reproducida en: Correspondencia, tomo II, p. 470.

[74] De Tristan Marof  a José Carlos Mariátegui, México, 6 de agosto de 1928, reproducida en: Correspondencia, tomo II, pp. 408-410.

[75] De José Carlos Mariátegui a Waldo Frank, Lima, 10 de diciembre de 1928, reproducida en: Tarcus, 2001: 154.

[76] De José Malanca a José Carlos Mariátegui, Nueva York, 23 de marzo de 1929, reproducida en: Correspondencia tomo II de José Carlos Mariátegui, p. 536.

[77] De  José Malanca, a José Carlos Mariátegui, México, 23 de abril de 1929, reproducida en: Correspondencia, tomo II, p. 548.

[78] De José Carlos Mariátegui a José Malanca, Lima, 11 de junio de 1929, reproducida en: Correspondencia, tomo II, p. 579.

[79] De José Carlos Mariátegui a José Malanca, Lima, 10 de julio de 1929, reproducida en: Correspondencia, tomo II, p. 604.

[80] De Tristan Marof  a José Carlos Mariátegui, México, 14 de junio de 1929, reproducida en: Correspondencia, tomo II, p. 607.

[81] De Blanca Luz Brum a José Carlos Mariátegui, México, 18 de octubre de 1929, reproducida en: Correspondencia, tomo II, p. 651-652.

[82] De Blanca Luz Brum a José Carlos Mariátegui, reproducida en: Correspondencia, tomo II, p. 688.

 

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Cómo citar este artículo:

MELGAR BAO, Ricardo, (2014) “El epistolario como vehículo de comunicación y cultura: México en las cartas de José Carlos Mariátegui”, Pacarina del Sur [En línea], año 5, núm. 18, enero-marzo, 2014. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Martes, 16 de Julio de 2024.

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