Pacarina del Sur
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El Movimiento de 1968 y las tácticas de los estudiantes del Instituto Politécnico Nacional: condiciones de producción del discurso revolucionario de la Liga Comunista 23 de septiembre

The Movement of 1968 and the tactics of the National Polytechnic Institute students: production conditions of revolutionary discourse of the Communist League September 23

O Movimento de 1968 e as táticas dos estudantes National Polytechnic Institute: condições de produção do discurso revolucionário da Liga Comunista 23 de setembro

Itzel López Nájera

Recibido: 01-06-2016 Aprobado: 25-06-2016

Resumen

Resumen: En torno al movimiento de 1968 en México existen distintas interpretaciones de acuerdo al momento en que fueron producidas y a los enunciantes que las plantean. La versión más sedimentada ha estado a cargo de la voz de los ex miembros del Consejo Nacional de Huelga (CNH) quienes han producido una amplia literatura sobre el tema. La mayoría coincide en remarcar el carácter democrático de la movilización y su significado en la construcción de un país más plural y respetuoso de la diversidad política. Sin embargo es posible rescatar de ese cuadro homogéneo un relato, una memoria, un discurso diferente: el referido a la autodefensa politécnica y el combate callejero que también dio forma al movimiento y que influyó en la posterior conformación del discurso de la tendencia armada de la Liga comunista 23 de Septiembre.

Palabras clave: Movimiento estudiantil de 1968; Instituto Politécnico Nacional (IPN); Consejo Nacional de Huelga (CNH); Posición democrática; Posición revolucionaria; Liga Comunista 23 de Septiembre; agonismo; antagonismo; outsider.

 

Introducción

El propósito de este artículo es mostrar la forma en que concibo al movimiento estudiantil de 1968 como una de las distintas condiciones de emergencia del movimiento armado de los años setenta, y en particular, del surgimiento de la Liga Comunista 23 de septiembre; así como la manera en que el 68 fue objeto de disputa discursiva entre los herederos del Consejo Nacional de Huelga (CNH), y los personajes más representativos del mencionado movimiento armado.

Para ello, en el primer apartado abordo la forma como actuaron los politécnicos dentro del movimiento estudiantil y el ejercicio de la violencia que practicaron en la defensa de sus escuelas contra la ocupación militar. Estos episodios conocidos –escasamente- como las “batallas politécnicas” fueron minimizados o descalificados en su momento y aún décadas después, por el relato hegemónico y sedimentado del Consejo, en voz de varios de sus representantes auto-identificados como del ala “democrática”. Ello me lleva a plantear en el segundo apartado la manera como se fue conformando un cuadro unitario, pacifista, de “izquierda legal” y “democrática” dentro del discurso del CNH y cómo, al mismo tiempo en ese proceso, se fue delimitando una frontera que intentó marcar tempranamente las formas “viables” de las “inviables” a la hora de hacer política, ya que para dicho órgano el uso de la violencia o la autodefensa en su mayoría fue cuestión de “policías” o “estudiantes ingenuos” que hacían el juego a lo que ellos llamaban “ infiltrados”.

En el tercer apartado planteo la disputa por la significación del movimiento de 1968 entre la postura “democrática” y la postura “revolucionaria”. Para la primera, el 68 fue un parteaguas en la conformación del pluralismo político y la apertura; para la segunda significó el paso a formas de lucha más avanzadas (de la huelga económica a la huelga política) así como el momento histórico del desarrollo del combate callejero. En este punto, las “batallas politécnicas” adquieren relevancia, pues condensan en gran medida la representación de la táctica política –correcta o incorrecta, según el relato al que nos estemos refiriendo-, así como la influencia decisiva que a la postre tendrán en la conformación de una línea divisoria entre democráticos y revolucionarios. El 68 en general y las acciones de los politécnicos en particular tienen un significado diferente para cada una de las lecturas: mientras para los democráticos el enfrentamiento callejero fue cuestión de “inocentes” e “infiltrados”; para los revolucionarios este tipo de acciones anticipaban ya la insurrección armada y formaban parte de un cuadro más amplio de lucha dentro de la huelga política. Así, rastreo la emergencia de dicho proceso precisamente, desde el movimiento de 1968 y la significación que para a ambas posturas tuvo el Politécnico en la huelga. Esto me permite mostrar que los hechos no hablan por sí solos y que están sujetos a múltiples interpretaciones y lecturas, todas ellas precarias y temporales, y cuya pugna sólo se sedimenta y hegemoniza en función de procesos de poder que permiten que una de las lecturas se difunda y disemine en detrimento de la otra: en este caso, la de los “democráticos”.


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Finalmente, en el último apartado, hago el engarce referente empírico-referente teórico que me permite mostrar en términos analíticos cómo es que la lectura “democrática” representa una izquierda agonista mientras que la “revolucionaria” una izquierda antagonista. En buena medida, el discurso democrático es el que delimita al nuevo enemigo de los años setentas, es decir, a la posición que no dialoga con el Estado mexicano y que busca una transformación radical. Para ello me baso en algunas nociones del Análisis Político de Discurso, la Teoría de la Hegemonía de Ernesto Laclau, y algunas contribuciones de Chantal Mouffe.

 

El papel de los estudiantes politécnicos en el movimiento del 68: enfrentamiento callejero y autodefensa

Sobre el movimiento del 68 se ha hegemonizado, sedimentado y diseminado la versión de la posición que enfatiza su carácter legal y constitucional; que muestra un estudiantado en búsqueda de la solución de los seis puntos del pliego petitorio de manera negociada y mediante el diálogo respetuoso con el gobierno federal; en suma, de la postura que se autodenominó “democrática” al interior del CNH. Esta lectura difundida en buena medida por los miembros del consejo de representantes ha dejado de lado los aspectos que no encajan en la coherencia de un relato pacífico y democrático y que resultan cuestiones alternas a la visión sedimentada; me refiero a la dimensión ofensiva representada en las “batallas” de los politécnicos ante la toma de Ciudad Universitaria por el ejército; los elementos de enfrentamiento callejero; la influencia que ejercerá para la posterior conformación del movimiento armado; y, los componentes violentos altamente vilipendiados por las autoridades gubernamentales y empeñadamente ocultados-silenciados por los protagonistas centrales que son además, en buena medida, quienes han escrito la memoria de dichos acontecimientos.

Comienzo aquí a mencionar algunos de los testimonios de los politécnicos involucrados en los enfrentamientos callejeros y posteriormente expongo la forma como fueron denostados por la postura democrática, no sin antes mencionar que para Raúl Jardón

Un aspecto que prácticamente nadie ha querido rescatar en el análisis o en el relato sobre el 68, es la enorme voluntad de resistencia mostrada por los estudiantes al ejercer la violencia de masas para defender sus escuelas. Sobre esto, la mayoría de los autores ha guardado pudoroso silencio[1], tal vez motivado por el horror y el coraje ante la desproporcionada e injustificable magnitud de la represión gubernamental, pero la verdad es que los combates callejeros de los primeros días del movimiento, durante los ataques que sufrió la Vocacional 7 en la Batalla del Casco de Santo Tomás, y otros en los que no pocas veces los jóvenes vencieron a las superiores fuerzas policiacas (cosa no frecuente en la historia moderna de México) también forman parte no aislada, sino esencial, de la historia y la experiencia que dejó el movimiento estudiantil (Jardón, 1998:22)

A raíz de la entrada del ejército a ciudad universitaria el 18 de septiembre, se suscitaron constantes aprehensiones y encuentros violentos en varios puntos del Distrito federal. El 21 del mismo, los estudiantes del IPN intentaron realizar un mitin en el parque de la Ciudadela y los granaderos se presentaron a disolverlo. Ya por la tarde los cuerpos policiales se desplegaron en las instalaciones de la Vocacional número 7 de Nonoalco Tlatelolco lo que propició una trifulca de granaderos contra estudiantes, habitantes de dicha unidad, y alumnos de otras escuelas. En esa ocasión los granaderos perdieron el encuentro

Al llegar el sábado 21 de septiembre supimos que otra vez venían los granaderos. Nos preparamos desde la mañana para enfrentarlos. Considerábamos que la represión no tenía posibilidades si era a través del enfrentamiento. Ese sábado nos dedicamos a preparar un enfrentamiento con los granaderos, a provocarlos para que se acercaran. En la vocacional 7 confeccionamos bombas molotov y las fuimos subiendo a los techos de Tlatelolco (García Reyes, Jaime en Álvarez & Guevara,1998:84).

El 23 de septiembre se inició otro enfrentamiento entre jóvenes politécnicos y cuerpos policiales en distintos planteles: la vocacional número 7 ubicada en Tlatelolco; el Casco de Santo Tomás, y Zacatenco, en el norte de la ciudad. Desde el inicio del movimiento se gestó la solidaridad entre los estudiantes de la vocacional 7, los habitantes de dicha unidad y zonas aledañas, razón por la cual la defensa de las escuelas, principalmente en este punto de la ciudad, se llevó a cabo con la participación de los vecinos. Además: “De esas colonias salieron durante el movimiento jóvenes lumpen que también tenían mucho contra la policía y participaron en los comités de lucha con nosotros, trabajando, repartiendo volantes… ellos se fajaban con nosotros a la hora de los enfrentamientos” (Hernández Zárate, Fernando, en Álvarez & Guevara, 1998:87).

El propósito de provocar una gresca en dicha escuela era distraer a los cuerpos policiales de las agresiones que llevaban a cabo en Zacatenco y hacer que los granaderos dirigieran su atención hacia el plantel de la vocacional 7, cuyos alumnos estaban preparados de antemano para la trifulca. Quemaron autobuses, patrullas, y un jeep de tránsito; interrumpieron el tráfico a la altura de san Juan de Letrán; y en paseo de la reforma rompieron varios semáforos. A las seis de la tarde, como se esperaba, llegaron los granaderos “y se inició una de las batallas más terribles que hayamos tenido contra ellos, y con un saldo positivo para nosotros” (García Reyes, Jaime en Álvarez &Guevara, 1998:84).

Los estudiantes se colocaron en los exteriores de la escuela y desde ahí recibieron a la policía, la cual no pudo ingresar en ningún momento al plantel. Los niños y vecinos del lugar escarbaron para extraer piedras que usaron como proyectiles mientras los politécnicos lanzaban agua caliente y bombas molotov a los granaderos. El enfrentamiento se extendió hasta la zona de Peralvillo, Tepito y otros rumbos céntricos donde los pobladores simpatizaban con el movimiento y apoyaron a los estudiantes. Los adolescentes de la prevocacional número 4 también ubicada en Tlatelolco y los de la secundaria 83 se sumaron al enfrentamiento con una “agresividad pasmosa”. La gresca duró hasta la medianoche, hora en que los granaderos fueron “derrotados”. Al día siguiente los jóvenes mostraban las huellas de la refriega a los vecinos y curiosos que depositaban un donativo para la causa a cambio de poder recorrer el plantel. Dada la imposibilidad de los granaderos y la montada para sofocar la movilización, el ejército ocupó las instalaciones la madrugada del 24 de septiembre.

Ese mismo día 23 de septiembre “en la mañana los granaderos también son provocados en Zacatenco” (Vega, David en Álvarez y Guevara, 1998:85). Debido al tamaño de la unidad del norte de la ciudad los estudiantes pidieron refuerzos a los politécnicos de otros planteles.  Los ferrocarrileros les habían enseñado a lanzar tuercas con hondas y lo aprovecharon en la defensa de su escuela. Para los politécnicos, las escuelas eran como sus hogares, de ahí la dimensión de su defensa.

Es muy diferente a la actitud del universitario, no por menospreciar… cuando sale el ejército nos volvemos a posesionar de los planteles para cuidar nuestras bancas, los laboratorios… en el Politécnico nunca hubo la idea de rendirnos. Frente a la fuerza, nunca se nos ocurrió decir “vamos a rendirnos”, sino “vamos adelante, vamos adelante”. Esto se mantuvo incluso después del 2 de octubre. (Vega, David en Álvarez & Guevara, 1998:90)

En el Casco de Santo Tomás, una de las tres escuelas en donde se llevaron a cabo los enfrentamientos, los estudiantes instalaron barricadas alrededor del plantel con treinta camiones de servicio público que habían tomado, abrieron zanjas y derribaron postes. Cuando arribaron los granaderos para rodearlo, los politécnicos incendiaron los camiones y los recibieron con bombas molotov y bazucas de fabricación casera. Nuevamente, ante la férrea defensa por parte de los jóvenes y la imposibilidad del cuerpo policial para sofocar el encuentro e ingresar al Casco, el ejército se presentó para tomar las instalaciones

  Cuando la resistencia del Casco de Santo Tomás, con los antecedentes de Zacatenco y Tlatelolco, nuestra actitud frente a los granaderos había cambiado mucho. En vez de sentirnos siempre reprimidos, avanzábamos, los enfrentábamos cada vez más. Si en Tlatelolco nos habíamos preparado para enfrentarlos, los habíamos provocado, cuando se da la defensa del Casco de Santo Tomás ya los estábamos esperando (García Reyes, Jaime, en Álvarez & Guevara, 1998:88).

La actitud frente al elemento “violencia” fue muy diferente entre alumnos politécnicos y alumnos universitarios. A decir de Héctor Barrena, representante de la Escuela Nacional de Arquitectura ante el CNH:

Los politécnicos eran más enérgicos en sus planteamientos; eran más radicales en cuanto ir a la raíz de las cosas y desenmascarar la farsa que eran las instituciones públicas, el gobierno, la presidencia. La UNAM era un poco más intelectual, un poco más romántica… ese intelectualismo que existía hacía que, desde mi punto de vista, se viera como la línea blanda a la Universidad y como la línea dura los del Politécnico, aunque esto no era del todo cierto (Jardón, 1998:261)

 

Por su lado, los voceros del CNH se empeñaron en mostrar un cuadro pacífico y democrático del movimiento; constantemente apuntaron el aspecto constitucional de sus demandas -condensado en el pliego petitorio de seis puntos-, y llevaron a cabo un deslinde del uso de medios no aprobados por el Consejo como acciones reprobables que no tenían cabida en la huelga. No sólo se reiteró el uso de la violencia como un medio ilegítimo o un no-medio político, sino que se señaló a quienes hicieron uso de ella o de un discurso dispuesto a emplearla como sujetos víctimas de un arrebato político irracional y no compartido por la gran mayoría involucrada en el movimiento. Este discurso tuvo distintos momentos de construcción pues cada determinado tiempo es posible releer los mismos acontecimientos a la luz de nuevas interpretaciones[2].

 

La significación del recurso “violencia” por parte de la lectura democrática del CNH

En el apartado anterior expuse la manera en que los alumnos del Poli y vecinos de las colonias aledañas intentaron defender los planteles escolares de la ocupación policíaco-militar. En esta parte desarrollaré la forma como fueron significadas estas acciones (o este tipo de acciones) por el CNH en aras de mantener un cuadro pacifista del movimiento.

Como mencionó Raúl Jardón, la historia de las batallas en el politécnico son hechos que “prácticamente nadie ha querido rescatar en el análisis o en el relato sobre el 68” y asegura que la mayoría de los autores ha guardado “pudoroso silencio” al respecto. Aunque esta afirmación corresponde a un texto del año 1998 y existe ahora un poco más de bibliografía que retoma esta parte del movimiento, me interesa destacar cómo es que por años se fortaleció sólo un relato del 68, aquél que influyó durante toda la década siguiente (los años setenta) en la delimitación de la izquierda “válida”.

En el mismo sentido se ubican las afirmaciones de Hugo Hiriart cuando nos dice respecto a la toma de la UNAM y del Politécnico por parte de la policía y ejército que “La primera, que fue enteramente incruenta, tranquila y sin incidentes, está documentada a la perfección y se cuentan de ella mil anécdotas; de la otra, que fue una batalla casi homérica en extremo dramática y esforzada, casi no se sabe nada” (Álvarez & Guevara, 1998:77). A su parecer la explicación tiene un componente clasista: lo que le ocurría a la clase media era noticia, mientras lo que le pasaba al proletariado y a la clase media baja se olvidaba, se escondía, era invisible. Desde mi perspectiva y con base en mis herramientas analíticas, ese ocultamiento puede entenderse como una operación política de la izquierda agonista, de aquélla que se ha asumido como la representante válida de los intereses de las distintas posiciones articuladas que delimita una frontera de exclusión con respecto a otros discursos de izquierda distintos al suyo, razón por la cual la actuación violenta de los politécnicos, vecinos y “pandillas” que repelieron a los granaderos, se aminora en relación al discurso hegemónico pacifista.

Así, los enfrentamientos en las instalaciones politécnicas han sido ocultados, minimizados o descalificados en aras de defender la versión pacífica-victimista del movimiento. Por ejemplo, para Guevara Niebla:

Durante la toma del Casco de Santo Tomás hubo policías de los dos bandos. Es algo difícil de comprobar. Pero Toto Torrecillas, Zárate y otros estaban ligados al PRI… el Gobierno consiguió su objetivo político en la toma del Casco de Santo Tomás: matar estudiantes. Había que suscitar enfrentamientos entre el ejército y estudiantes armados (Álvarez &Guevara, 1998:66)

 

No sólo se dice que hubo “infiltración” en las movilizaciones, sino que se insinúa que la presencia de armas fue, precisamente, a causa de dicha “infiltración”. El autor, uno de los que más ha escrito sobre el 68, vocero del Consejo durante la huelga, preso político del dos de octubre, y  reconocido como una de las voces autorizadas sobre el tema por la historiografía contemporánea, insiste en que la violencia existente fue generada por la policía e “infiltrados” entre el estudiantado.

Una opinión ilustrativa que de los estudiantes politécnicos tenían los representantes del CNH es la siguiente “Los líderes sabían hasta dónde se podía llegar o no, tenían experiencia, y los jóvenes de la Facultad de Medicina o de Comercio y Administración o del Politécnico, que en su vida habían hecho política, eran extremistas… los extremistas no estaban dentro del liderazgo, sin que esto implique que no hubiera dos o tres provocadores” (Jardón; 1998: 226)

Por su parte, Rufino Perdomo, delegado de la Facultad de Filosofía y Letras (FFyL), coincide con los señalamientos que ubican el uso de métodos violentos como parte de una “infiltración policíaca” y afirma que eran éstos quienes destruían autobuses y llevaban a cabo actos que califica como “vandálicos”; los estudiantes sólo caían en provocaciones montadas por aquéllos (Jardón, 1998: 235). Sin embargo, ello no coincide con los testimonios de los politécnicos anteriormente expuestos, quienes han reivindicado el carácter defensivo y en ocasiones incluso ofensivo de sus acciones.

En general, a los críticos internos del movimiento se les ha denominado “infiltrados”, miembros de “sectas radicales”, “inconscientes”, “minorías”. No es tarea de mi investigación indagar si “x” personaje pertenecía realmente o no a la policía; o si había infiltración en los actos más “violentos” realizados en el contexto de la movilización; lo que me interesa destacar es cómo el discurso hegemónico anti-violencia del CNH –como organismo de poder de la izquierda- ejerció efectivamente un rol delimitador de lo que contaba como válido y lo que no, a la hora de manifestarse políticamente. Esta operación va marcando en el campo simbólico de la izquierda nacional la manera correcta y la manera incorrecta de manifestarse (moralización y racionalización de la política) desde una posición de poder desnivelada. Y sobre todo, hay que tomar en cuenta, que a pesar de la descalificación por el desacuerdo en los métodos, sí existieron posiciones distintas al interior del movimiento, y no sólo se trata de sujetos que hayan actuado de manera autómata ante la menor provocación de una supuesta “infiltración” sino que eran individuos conscientes de su propia lectura política.

Si bien, en las declaraciones y documentos “oficiales” del Consejo se proyecta un cuadro unitario y consensual en torno a dicho órgano de representación, las lecturas posteriores fueron delimitando cada vez más un panorama distinto en cuanto a las relaciones internas al movimiento. Con el paso del tiempo, los “líderes” fueron reconociendo las divisiones, e incluso condensando en ellas la posibilidad de la represión. Así, durante los meses que duró el movimiento, el cuadro discursivo armónico se sostuvo, con el fin de representar un movimiento unificado. A lo largo de las tres décadas posteriores comenzaron a diseminarse las lecturas que señalaban el divisionismo como causa de la derrota:

Tras la ocupación de Ciudad Universitaria, las escaramuzas y choques entre estudiantes y policías se multiplicaron, pero en ellos tuvieron un papel destacado los provocadores infiltrados entre las filas estudiantiles, al punto de que el agredido se convirtió en agresor: no era ya la policía la que ejercía su acción en contra de las brigadas, sino los estudiantes quienes aparentemente se lanzaban en contra de la policía. La primera acción ocurrió el 20 de septiembre, dos días después de la toma de Ciudad Universitaria, cuando cerca de trescientos estudiantes incendiaron un camión de granaderos en Zacatenco, lo que dio origen a un zafarrancho de casi dos horas (Guevara, 2004: 292)

 

Las acciones politécnicas que he venido comentando, si bien fueron reivindicadas por el estudiantado de dicha institución incluso treinta años después de su realización, fueron sostenidas por la versión democrática como acciones instigadas por agentes “provocadores”, o por personas “radicalizadas” que buscaban desviar los cauces del movimiento; o bien, una combinación de ambas, es decir, que los “infiltrados” se aprovecharon de la inocencia política de los jóvenes para alentarlos a cometer actos violentos al defender sus escuelas de una posible ocupación militar (Guevara, 2004:292-297). Cualquiera que sea la versión por parte del sector más visible del Consejo, dicha lectura, analíticamente hablando, refuerza la construcción de la frontera de exclusión donde la posición más “radicalizada” es equiparada con la “infiltración policial”, y por lo mismo señalada como inválida e inviable

Junto con los radicales se alinearon agentes encubiertos, policías y militares infiltrados en el seno del CNH con el fin de socavar al movimiento, desprestigiarlo, dividirlo, exhibirlo como un foco ilegal, agresivo, comunista y, sobre todo, llevarlo a desbordar los marcos de la legalidad, debilitarlo ante la opinión pública y crear las condiciones para liquidarlo (Guevara, 2008:76)

 

La “infiltración policial gubernamental” y el actuar radical “voluntarista” fueron discursivamente conformadas como equivalentes en aras de mantener un cuadro congruente del movimiento por parte de los representantes del Consejo. Incluso, la “radicalización” del movimiento estudiantil fue significada como la causa de la represión sufrida el dos de octubre: “Los estudiantes cometimos errores en 1968 y, en efecto, Tlatelolco pudo ser evitado. Quienes forzaron ese desenlace fueron las autoridades, los provocadores al servicio del ejército y la Dirección Federal de Seguridad y, de nuestro lado, la izquierda radical” (Guevara, 2008:60).

 

La disputa por la significación del movimiento de 1968: demócratas vs revolucionarios

La vía armada, como construcción discursiva ilegítima, emerge, en parte, del discurso de la izquierda democrática, y, como he venido exponiendo, tiene uno de sus antecedentes en la huelga que encabezó el CNH de julio a diciembre de 1968 ¿Cómo significó la izquierda democrática a la izquierda armada? ¿Cómo se construye este trazado de fronteras entre una izquierda agonista y otra antagonista? El proceso de construcción del discurso fronterizo de parte del sector democrático comprendió dos momentos cronológicos: el primero se fue conformando a lo largo del movimiento del CNH, en el cual se denunciaba a los grupos “radicalizados” como parte de la “infiltración” del gobierno hacia el movimiento; como estudiantes ingenuos que veían un proceso revolucionario donde no había condiciones para ello. Posterior al año 68, es decir, entre 1969 y 1971 el discurso se modificó y se le presentó como la parte extremista que poco a poco fue empobreciendo al movimiento estudiantil, y que derivó en una posición terrorista, a veces, o controlada por el gobierno, en otras. La posición “radical” fue señalada primero, como promotora del divisionismo dentro del CNH; después, como desviación de los principios fundamentales del 68; más adelante, como parte de un proceso de descomposición consecuencia de la represión gubernamental, y, posteriormente, como origen de un movimiento armado ilegítimo.


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Así, es posible observar cómo desde el movimiento estudiantil del 68 se conformó un discurso limítrofe a partir del cual se pretendió señalar las formas acertadas de hacer política desde las instituciones de educación superior, marcando con ello, al mismo tiempo, implícita y explícitamente, las maneras incorrectas de practicarla. La forma correcta estuvo representada, para el sector democrático, en la conciliación, la búsqueda del diálogo, la representación de las “masas”, y la demanda a los sectores gubernamentales; en cambio, “El sector más extremista se unió con la insurgencia armada. En su mayoría, los guerrilleros urbanos del México de los setenta rechazaron toda negociación –la desdeñaban como un ‘juego mediatizador’- y se opusieron a la lucha democrática” (Guevara, 2008:25).

Ello resulta en una reducción de la diversidad de diferencias políticas disponibles; es decir, en una contradicción dentro del mismo discurso democrático que postula la existencia de las distintas posiciones. Sin embargo, este proceso puede analizarse como políticamente necesario, pues una vez que los “democráticos” se instituyen como el adversario reconocido y legal, marcan una frontera que delimita cuál es el nuevo enemigo, en este caso, el movimiento armado. Así, la lectura de la izquierda democrática señala un nuevo enemigo dentro de la izquierda misma, la cual, por lo que se desprende de la cita anterior y a su parecer, se encuentra “promovida por fuerzas gubernamentales”: “Pero las secuelas mayores del movimiento estudiantil aportaron cambios en profundidad a la cultura política… del seno de esa oposición brotaron el terrorismo y la guerrilla urbana que ensombrecieron a México entre los años 1971 y 1976” (Guevara, 2008:127). El nuevo enemigo es, en buena medida, remarcado y señalado por el discurso de la izquierda “democrática”.

A veces, esta operación discursiva de construcción de frontera tiene que ver con el señalamiento de la otra posición como ilegítima e irracional; pero otra forma de marcar esta línea es a partir de la victimización: “De 1968 a 1975 se perseguía a los demócratas en las universidades. Quienes pedían elecciones eran satanizados; la guerrilla perseguía a los demócratas, y eso hay que decirlo, no sólo el gobierno. Mataron a muchos líderes estudiantiles, maestros, etcétera.” (Álvarez & Guevara, 1998:152)

He venido presentando cómo poco a poco se fue conformando el discurso anti guerrilla de la postura democrática desde el movimiento del 68, y el contexto del pos 68; ahora me referiré a la concepción propia del movimiento armado, y específicamente respecto al grupo que me interesa: la Liga Comunista 23 de Septiembre.

El discurso de la posición de la izquierda revolucionaria tiene a dos representantes emblemáticos: Raúl Ramos Zavala e Ignacio Arturo Salas Obregón (Oseas). El primero atribuye un papel relevante en la conformación de la izquierda revolucionaria al movimiento estudiantil del 68: “En nuestra discusión se incluye necesariamente la acción del movimiento de masas, pero especialmente los combates del 68. En la acción de 1968 todas las organizaciones de izquierda que existen en México fueron puestas a prueba” (Salas, 2003:12). Remarca la importancia de “los combates” como parte de una respuesta que dio el estudiantado puesto “a prueba” en ese contexto. Mientras estos hechos fueron ocultados o minimizados por el relato democrático hegemónico del CNH, e incluso fueron calificados como actos vandálicos o instigados por provocadores; el relato revolucionario del 68 reivindica las denominadas “batallas politécnicas”. Dicha reivindicación es mucho más fuerte por parte de “Oseas”, como lo veremos un poco más adelante.

La importancia del 68 para la conformación de la vertiente revolucionaria es así explícitamente reconocida por uno de los fundadores y representante del discurso de la Liga

Este proceso de afirmación revolucionaria no ha sido sencillo. Todo lo contrario; ha sido el resultado de luchas internas y aproximaciones sucesivas hacia planteamientos comunes, derivados de la necesidad de operar cambios reales en la acción y concepción de la izquierda revolucionaria en México. El efecto catalizador de este proceso indudablemente lo ha sido la acción de 1968 (Ramos, 2003: 61)

 

Ignacio Arturo Salas Obregón redacta en buena medida los documentos más representativos del movimiento armado de la Liga; uno de ellos es el Cuestiones fundamentales del movimiento revolucionario, también conocido como Manifiesto al proletariado. De éste texto, escrito entre marzo de 1973 y abril de 1974, extraigo las citas representativas sobre lo que significó el 68 para la lucha armada.

La postura revolucionaria también señala su frontera respecto de otras opciones políticas. Para ésta, el movimiento del 68 forma parte de un proceso de concientización que tiene sus raíces en el movimiento ferrocarrilero del 56, en el asalto al cuartel de Madera en 1965, y que desemboca en la insurrección armada después de 1971. La revolución mexicana de 1910 es significada desde este relato como un acontecimiento que finalmente fue hegemonizado por la “burguesía”, el cual,  sin embargo marca el comienzo del proceso que desemboca precisamente, con el movimiento armado de la Liga. El 68 forma parte de dicho proceso de maduración del proletariado que va de 1910 a 1973:

Si históricamente era necesaria la consolidación de las relaciones de producción burguesas para que el proletariado alcanzara su madurez, esta sin embargo, no habría de irse alcanzando efectivamente sino como resultado del desarrollo de la lucha que ha emprendido del 56 a la fecha. El ascenso del movimiento de masas ha ido creando las condiciones políticas para que el proletariado alcance su madurez (Salas, 2003: 46)

 

La importancia del movimiento de masas para el ascenso del proletariado incluye el paso de formas inferiores a formas superiores de lucha: “Los revolucionarios no pueden contemplar pasivamente el desarrollo de la experiencia del proletariado en México; deben extraer de tales experiencias todo aquello que le permita a la clase obrera acrecentar y fortalecer su lucha” (Salas, 2003:56). Todas las movilizaciones del siglo XX le significan a la lectura revolucionaria una oportunidad de maduración, de toma de conciencia, de enriquecimiento de los métodos de lucha, desde los cuales se nutre la postura armada; pero es de suma importancia la experiencia de 1968: “La movilización en su conjunto adquiere cada vez más la forma de una guerra de guerrillas… Y si bien la guerra civil aún no se ha generalizado en el país, podemos sin embargo afirmar que cada movilización, pero fundamentalmente las movilizaciones que tienden a ser envolventes como la del 68, hablan claramente de esta tendencia” (Salas, 2003: 57). El 68 representa el paso cualitativo de la huelga de reivindicaciones meramente económicas, a la huelga política de masas: 

Si las movilizaciones de 1958-59 y diversidad de movilizaciones posteriores a la misma, pusieron en el centro de la lucha como forma fundamental el desarrollo de la huelga económica, la del 68 habría de poner a la huelga política… La huelga política que apareció en el 68 como forma fundamental de lucha del movimiento de masas, continúa apareciendo en las movilizaciones posteriores, pero principalmente en las del 72 y lo que va del 73. El desarrollo actual de la movilización habla de la posibilidad en un futuro no muy lejano, de huelgas políticas más amplias y de mayor alcance que la del mismo 68. El grado de exacerbación de la lucha de clases, el desarrollo político alcanzado por el proletariado, el mismo desarrollo de la crisis económica y política, hacen que el actual ascenso de la lucha de resistencia se manifieste como un verdadero ascenso revolucionario (Salas, 2003: 58)

 

Para la postura democrática el movimiento del 68 fue estudiantil y de reivindicaciones pacíficas e institucionales centradas en el pliego petitorio; para la versión revolucionaria, éste fue más que un movimiento estudiantil, una movilización de masas que dio al proletariado herramientas de lucha que lo orientaron hacia la vía armada.


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La huelga política aparece así como la táctica de lucha más acabada. La huelga económica centrada en meras reivindicaciones laborales no basta, desde la lectura revolucionaria de la Liga, para llevar a cabo una concientización masiva y cuestionar a profundidad las instituciones que componen al Estado capitalista; en cambio, la huelga política permitió, a partir del 68, la articulación de formas de lucha que potenciaron el camino hacia la toma de las armas y la conformación de un ejército popular. Concretamente, las batallas politécnicas y los enfrentamientos callejeros son parte de esta huelga política del 68, y es algo que se reivindica; contrario al ocultamiento y silenciamiento que de aquéllos hechos llevó a cabo la posición democrática

Pero la huelga política… aparece indisolublemente ligada al combate de calle. Veamos pues como se desarrolla esta forma auxiliar. La huelga política pone a disposición del proletariado una gran fuerza. Esta fuerza se abocó fundamentalmente a tareas de agitación, propaganda y hostigamiento, el desarrollo de la contra ofensiva político-militar burguesa obligó a las masas a organizar la resistencia armada prácticamente desde los primeros días de la movilización. Esas condiciones dan cabida a la transformación de las formas de realización de la agitación y la propaganda (Salas, 2003: 64)

 

Así, se reivindica el combate callejero y la “resistencia armada” como dos formas de lucha  que ocurrieron desde los primeros días del movimiento, en oposición a la lectura democrática para la cual la huelga estudiantil fue pacífica en todo momento, excepto, por la esporádica acción de “infiltrados” e “ingenuos”. Para los revolucionarios “la manifestación política ‘pacífica’ demuestra no solo ser insuficiente para el desarrollo de las aspiraciones políticas de las masas, sino que demuestra estar apoyada en una táctica militar que solo conduce a los dos de octubre y 10 de junio” (Salas, 2003: 65). El pacifismo impide que las masas ejerzan la autodefensa, con lo cual se convierten en presa fácil de la represión. A ésta, la Liga antepone la autodefensa y la lucha armada, pasar de la defensiva a la ofensiva: “los primeros combates de barrio aparecieron como combates fundamentalmente defensivos, y en muy poco tiempo, el movimiento tuvo capacidad para tomar la iniciativa y desplegar también por propia cuenta una ofensiva” (Salas, 2003: 65). Es decir, durante los meses que duró la huelga, de julio a diciembre, se ejercieron ambos tipos de lucha violenta, y se pasó de lo defensivo a lo ofensivo. Esto fue así porque “la huelga política genera condiciones para el desarrollo de la lucha armada; esto es pues, de manera inmediata, preludio de la guerra civil revolucionaria, de la insurrección armada contra la burguesía” (Salas, 2003: 66).

¿Cómo es posible, desde un posicionamiento revolucionario, que una huelga política como la del 68 haya derivado en movimiento armado? ¿Cómo es que se constituyó como la condición de emergencia de este tipo de lucha? La clave está en las formas de lucha “superiores” que de éste derivaron: “no solo engendró condiciones para el desarrollo de la lucha armada, sino para la realización de ésta de acuerdo a una táctica específica y particular; la táctica de guerrillas” (Salas, 2003: 67). El combate callejero desarrollado durante los meses de huelga política, permitió que la autodefensa y la ofensiva se instalaran como una forma de lucha. En ello, las “batallas” de los politécnicos tuvieron un papel relevante. La huelga política permitió la ejecución de combates callejeros, que derivaron en la instalación de la guerra de guerrillas, aunque propiamente en el 68 predominó la primera.

La huelga política del 68 permitió la consolidación de las siguientes formas de organización: la brigada, el Consejo de Representantes, el Comité Coordinador de Brigadas, y el Comité de Lucha

A pesar de que la dirección oportunista logró la dominación del CNH, los brigadistas mantuvieron una posición crítica ante las posiciones de los “máximos dirigentes”, coordinaron y dirigieron movilizaciones con las cuales nunca estarían de acuerdo los “héroes del 68”. La manera como se desarrollaron los combates callejeros, y de manera especial esa filigrana militar que fue la batalla del Casco; el que la agitación y la propaganda se llevara siempre fuera del marco estrecho de la “explicación de los 6 puntos”, y de las peticiones “demócratas” de “cese a la represión”, el jaque en que se mantuvo en diversidad de ocasiones al cuerpo de granaderos (Salas, 2003: 113)

 

Los representantes del CNH reivindicaron el papel central de dicho órgano y redujeron el papel de las brigadas. Éstas, desde la lectura revolucionaria, representaron la acción más independiente al Consejo, y llevaron a cabo acciones que no se encuadraban al discurso de los dirigentes, como es el caso de las batallas politécnicas en Zacatenco, el Casco y la Vocacional número 7. Las brigadas resultaron en ese contexto la expresión más “combativa” del movimiento, pues, respecto al Consejo de representantes

A pesar de que la clase había creado tal órgano en el CNH, no pudo mantener su dominación sobre el mismo. Las posiciones revolucionarias no lograron ser dominantes en el CNH; todos sabemos la historia de tal organismo: construido por la clase, en su devenir es dominado totalmente por el oportunismo demócrata al grado de que las directrices que provenían de tal órgano, a la altura del 1º de septiembre, eran ya antagónicamente contradictorias con las necesidades de desarrollo de la lucha, con los intereses del proletariado y de las masas populares (Salas, 2003: 122)

 

Por “directrices contradictorias” hay que entender la insistencia de los miembros del Consejo en enarbolar hasta el final los seis puntos del pliego petitorio, así como el recurso del pacifismo y la no violencia, cuando los estudiantes estaban siendo agredidos físicamente y se requería, según los revolucionarios, de una respuesta adecuada al desarrollo de la lucha de las masas y el proletariado, es decir, con violencia organizada. No sólo eso, la violencia no se concibió únicamente como una forma de responder a la violencia ejercida por el Estado, sino que se enmarcó en un discurso de toma de conciencia de clase que se orientaba hacia un proceso de consolidación del socialismo en el proletariado: “el pliego petitorio quedó a fin de cuentas como una formulación propia del oportunismo demócrata, mientras que en la conciencia de las masas se arraigaba la idea de la necesidad de destrucción del Estado burgués y de sus órganos represivos (Salas, 2003:136-137).

Finalmente, podemos resumir la significación del movimiento del 68 para la postura revolucionaria en la siguiente cita del Manifiesto:

Si hasta antes del 68 aparecía en la conciencia de las masas la necesidad de arrancar a la burguesía mejores condiciones para su propio desarrollo político, después del 68 esto daría paso a la comprensión de que la única forma viable para la realización de lo anterior es la construcción de su propio poder político militar y el hostigamiento permanente del poder de la clase enemiga (Salas, 2003:138)

 

La izquierda democrática agonista y la izquierda revolucionaria antagonista

En este apartado final presentaré las herramientas analíticas que me permiten hacer la distinción entre una izquierda agonista representada en el discurso democrático del 68 y una antagonista representada en la posición revolucionaria para poder entonces explicar el trazado de la doble frontera de exclusión y la marcación del nuevo enemigo. Primero, algunas definiciones ¿Qué es un antagonismo? Para Ernesto Laclau, el antagonismo social no tiene que ver con la oposición real ni con la contradicción lógica. En la primera, los elementos A – B tienen positividad propia independientemente de su relación con el otro, y refiere al campo de los objetos reales. De tal forma un objeto físico que choca contra otro objeto físico no generan antagonismo alguno; es decir, un enfrentamiento entre dos posiciones (un policía y un manifestante) no representa por sí mismo un antagonismo social.

En la contradicción, la relación se expresa A –no A, y tiene lugar en el campo de la proposición, es decir, posee un carácter lógico-conceptual. Pero tampoco la contradicción, instaurada en el seno de lo real, nos ayuda a caracterizar los antagonismos sociales: “Todos participamos en numerosos sistemas de creencias que son contradictorios entre sí y sin embargo, ningún antagonismo surge de estas contradicciones” (Laclau, 2011:167). La imposibilidad de que éstas constituyan un antagonismo, se debe a que ambas comparten algo: son relaciones objetivas, son relaciones entre objetos constituidos conceptuales o reales, es decir, entre identidades plenas; en cambio, para que se genere un antagonismo, es necesario no sólo que haya una negación recíproca, sino también, la imposibilidad de la identidad

En el caso del antagonismo… la presencia del Otro me impide ser totalmente yo mismo. La relación no surge de identidades plenas, sino de la imposibilidad de constitución de las mismas. La presencia del Otro no es una imposibilidad lógica, ya que existe… En la medida en que hay antagonismo yo no puedo ser una presencia plena para mí mismo. Pero tampoco lo es la fuerza que me antagoniza: su ser     objetivo es un símbolo de mi no ser y, de este modo, es desbordado por una pluralidad de sentidos que impide fijarlo como positividad plena. La oposición real es una relación objetiva – es decir, precisable, definible entre cosas-; la contradicción es una relación igualmente definible entre conceptos; el antagonismo constituye los límites de toda objetividad –que se revela como objetivación, parcial y precaria (Laclau, 2011:168)

 

Así, si no es un objeto identificable, ni una relación meramente conceptual ¿cómo se muestra un antagonismo? ¿Cómo se visibiliza? Aquí entra el proceso de construcción de Hegemonía. En una relación entre distintas posiciones de sujeto (aunque conservan sus especificidades propias) logran establecerse equivalencias entre ellas; esta articulación se conforma a partir de la identificación con una de las demandas que logra interpelar y convencer a las demás de su justeza. Dicha demanda constituye un significante en vaciamiento, es decir, no tiene un contenido único, representa a todas las posiciones en su generalidad y con ello, se conforma en un punto nodal, en un significante que condensa amplia variedad de significados y convoca a la diversidad. Este proceso delimita un marcamiento de fronteras: lo que se articula, excluye necesariamente lo que queda fuera de dicha relación. Pero no todo lo excluido conforma un antagonista, ya que, como mencioné previamente, la negación de la objetividad plena del otro, o bien, la imposibilidad de la propia, es conditio sine qua non para el mismo. Así, identificar una relación antagónica implica el reconocimiento de una negación mutua (la imposibilidad de una identidad plena); la articulación equivalencial que marca lo que queda fuera; y el consecuente trazado de frontera de ésta. El agonismo, en cambio, es un antagonismo domesticado. En palabras de Mouffe

Mientras que el antagonismo constituye una relación nosotros/ellos en la cual las dos partes son enemigos que no comparten ninguna base común, el agonismo establece una relación nosotros/ellos en la que las partes en conflicto, si bien admitiendo que no existe una solución racional a su conflicto, reconocen sin embargo la legitimidad de sus oponentes. Esto significa que, aunque en conflicto, se perciben a sí mismos como pertenecientes a la misma asociación política, compartiendo un espacio simbólico común dentro del cual tiene lugar el conflicto. Podríamos decir que la tarea de la democracia es transformar el antagonismo en agonismo (Mouffe, 2011:27)

El agonismo entonces implica el reconocimiento del otro como un interlocutor válido, una posición con la que se puede dialogar. Ello no implica el reconocimiento de un diálogo racional que suture lo social, pues esto llevaría a negar al antagonismo como fundante de la relación política; pero sí significa que habrá posiciones con las que se podrán establecer acuerdos en aras de mantener un régimen vigente.

Así, en términos analíticos, observo en la conformación del movimiento estudiantil universitario representado por el CNH una articulación hegemónica en la cual las diversas posiciones de sujeto se unificaron en torno a las seis demandas condensadas en el punto nodal del pliego petitorio, haciéndose equivalentes entre sí las peticiones de cada grupo y escuela (manteniendo al mismo tiempo sus diferencias), y marcando con ello una frontera con el gobierno federal. El Consejo buscó interlocución permanentemente con las autoridades, quienes se negaban en un principio a reconocerlos como figura válida con la cual negociar, llegando al extremo de ejecutar la matanza de Tlatelolco el dos de octubre; sin embargo, finalmente hubo un proceso de domesticación del antagonista, en el cual, el gobierno reconoció cierta legitimidad de los estudiantes al citarlos reiteradamente a canalizar sus peticiones en las instancias correspondientes (entiéndase con ello a las secretarías de Estado); concediendo la libertad de los presos políticos, y finalmente, ofreciendo la llamada Apertura Democrática ya con Luis Echeverría Álvarez en la presidencia de la República. Dicha apertura representó la oportunidad para los jóvenes estudiantes de crear partidos políticos con registro oficial en el padrón electoral, así como la posibilidad, de ejercer política independiente al Estado. El antagonista se convirtió en una figura institucionalizada, incorporada a la legalidad democrática, y por ello fue que muchos de los cuadros del CNH llegaron a obtener cargos públicos y puestos de gobierno; así como a militar en organizaciones; crear revistas y periódicos de su propia tendencia; y conformar frentes y partidos opositores al priísmo. Sin embargo, la izquierda representada por el CNH llevó a cabo un proceso de marcaje doble de frontera, no sólo respecto a las autoridades con las que finalmente coexistió durante la década de los setenta, sino también respecto a su propia figura antagónica: el estudiante que ejercía la autodefensa y hacía uso de la violencia para evitar la toma de los planteles por parte del ejército; el que hacía uso del enfrentamiento callejero; el que instalaba barricadas y quemaba camiones; aquél que tenía un discurso revolucionario y no democrático; en buena medida, el estudiante politécnico.

Así, el CNH pasó de ser el enemigo público al agonista domesticado, y,  al mismo tiempo, éste fue creando discursivamente un nuevo antagonista público: el estudiante que hacía uso de la violencia para hacer escuchar sus peticiones. A la larga, este discurso se sedimentó y pasó a constituir una frontera entre las izquierdas. A mi parecer, la izquierda “legítima” en su proceso mismo de constitución como izquierda “válida”, delimitó a la izquierda “ilegítima”, y con ello, la figura del nuevo enemigo público.

Una vez que el antagonista fue domesticado (léase el CNH) y dado que el antagonismo es constitutivo, debía formarse una nueva exclusión que le diera identidad al discurso de la Apertura Democrática. La figura antagónica que fue configurándose durante el movimiento universitario se sedimentó años después en el movimiento armado urbano, ampliamente conformado por jóvenes universitarios que no veían en el sexenio entrante una solución satisfactoria a sus demandas. A este nuevo antagonista es a lo que yo denomino como Outsider, una categoría que me permite mostrar la especificidad de la posición de sujeto ocupada por el guerrillero urbano de la década de los setentas, y al mismo tiempo, denota la exterioridad constitutiva ineliminable, incluso, cuando se ha logrado institucionalizar al antiguo demandante. El Outsider en este caso es antagonista con respecto a la posición de sujeto democrático quien le reprocha su romanticismo idealista; y también con respecto al gobierno federal, quien lo desaparece literalmente hablando del mapa de la política posible en la siguiente década.

Finalmente, es preciso anotar, que también el discurso guerrillero delimita su frontera respecto a la postura democrática. Aunque no hegemonizó dentro del CNH, y más bien fue el discurso de los líderes más visibles el que se sedimentó y diseminó, puede afirmarse que también estuvo presente, definiendo a través de su exclusión el discurso más aceptado sobre el relato sesentayochero. El hecho de que el antagonista también marque su distancia respecto al agonista, nos habla de una frontera ambivalente, construida desde distintos niveles de irradiación discursiva, es decir, de poder. Un discurso tuvo mayores repercusiones que otro, y el hecho mismo de que uno fuera conciliador y el otro transformador, nos habla ya del por qué uno prevaleció y el otro fue extinguido.

 

 

Notas:

[1] El resaltado es mío.

[2] Conviene aquí mencionar el trabajo titulado Presentes pasados del 68 mexicano. Una historización de las memorias públicas del movimiento estudiantil, 1968-2007 de Eugenia Allier, quien plantea la recuperación de memorias diversas en torno al movimiento del 68 a partir de una visión “menos centrada en el pasado que en los sucesivos presentes políticos y sociales que lo han condicionado” (Allier, 2009:289), es decir, que en torno a dicho evento se construyen diversas memorias por diferentes grupos. Por ejemplo, ella recoge la manera en que fue significado el 68 en cada conmemoración del dos de octubre y en cada momento decisivo de política nacional. Conceptualiza dos tipos de memorias: la de demanda y la del elogio, ambas coexistentes con diverso grado de intensidad dependiendo del momento específico referido (por ejemplo, en un inicio la memoria de denuncia visibilizó la represión padecida. En la huelga del Consejo Estudiantil Universitario (CEU) de 1986 y en proceso electoral de 1988, la memoria operó en mayor sentido desde una dimensión de elogio. Ya con Vicente Fox en el gobierno la memoria de denuncia alcanzó un clímax con la creación de la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado (FEMOSPP), etc.). Así, desde otro posicionamiento onto-epistemológico pero en concordancia fundamental con Allier, podría decirse que este trabajo, si bien no refiere a construcción de memorias como categoría fundamental de análisis, sí intenta mostrar que las “batallas politécnicas” oscilaron entre el silenciamiento y ocultamiento; la justificación por parte de algunos bajo la consigna “manifestación sin policía, manifestación pacífica”; la descalificación; y más recientemente el cuestionamiento de por qué no se han abordado en su justa dimensión.

 

Bibliografía:

  • Allier, E; (2009). Presentes-pasados del 68 mexicano. Una historización de las memorias públicas del movimiento estudiantil, 1968-2007. Revista Mexicana de Sociología, 71. 287-317.
  • Álvarez Garín, R; (1998). La estela de Tlatelolco. Una reconstrucción histórica del Movimiento estudiantil del 68, Grijalbo, México.
  • Álvarez Garín, Raúl y Gilberto Guevara Niebla coord. (1998). Pensar el 68, Cal y Arena, México.
  • Guevara, G; (2004). La libertad nunca se olvida. Cal y Arena, México.
  • ---------- (2008). 1968 Largo camino a la democracia. Cal y Arena, México.
  • Jardón, R; (1998). 1968 El fuego de la esperanza, Siglo XXI, México.
  • Laclau, Ernesto y Chantal Mouffe (2011) Hegemonía y estrategia socialista. Hacia una radicalización de la democracia. Fondo de Cultura Económica (FCE), Argentina.
  • Mouffe, C; (2011). En torno a lo político. Fondo de Cultura Económica (FCE), Argentina.
  • Ramírez, R; (1969a). El movimiento estudiantil de México. Julio-diciembre de 1968, Tomo I. Análisis, cronología, Era, México.
  • ----------- (1969b) El movimiento estudiantil de México. Julio-diciembre de 1968, tomo II. Documentos, Era, México.
  • Ramos Zavala, R; (2003). El tiempo que nos tocó vivir, Editorial Huasipungo, México.
  • Salas Obregón, I; (2003). Cuestiones fundamentales del movimiento revolucionario, Editorial Huasipungo, México.

 

Cómo citar este artículo:

LÓPEZ NÁJERA, Itzel, (2016) “El Movimiento de 1968 y las tácticas de los estudiantes del Instituto Politécnico Nacional: condiciones de producción del discurso revolucionario de la Liga Comunista 23 de septiembre”, Pacarina del Sur [En línea], año 7, núm. 28, julio-septiembre, 2016. Dossier 18: Herencias y exigencias. Usos de la memoria en los proyectos políticos de América Latina y el Caribe (1959-2010). ISSN: 2007-2309.

Consultado el Sábado, 18 de Noviembre de 2017.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.comindex.php?option=com_content&view=article&id=1330&catid=58

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