Pacarina del Sur
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La guerrilla en México. La memoria oficial soterrada y la memoria popular expresada a través de la literatura y en las imágenes de Lucio Cabañas y Genaro Vázquez como símbolos de lucha

The guerrillas in Mexico. The official buried memory and popular memory expressed through literature and pictures of Lucio Cabanas and Genaro Vazquez as symbols of struggle

Os guerrilheiros no México. A memória enterrado oficial e memória popular expressa através da literatura e imagens de Lucio Cabanas e Genaro Vazquez como símbolos de luta

Judith Solís Téllez e Irma Maribel Nicasio González[1]

Recibido: 23-05-2016 Aprobado: 19-06-2016

Resumen

Resumen: En el ensayo abordamos la memoria oficial creada por el gobierno mexicano sobre la guerrilla en el sur mexicano en la década de los años 60 y 70, de la cual intentó ocultar su existencia tras la apariencia de delincuencia común, recurriendo a una retórica de deshumanización para encubrir los crímenes de Estado. Recuperamos la memoria popular comunitaria en la que se muestra otra versión de los hechos a través de los imaginarios sociales y la cosmovisión, que se expresan en narrativas sobre la guerrilla y en el uso de las imágenes como símbolos de los guerrilleros guerrerenses Lucio Cabañas Barrientos y Genaro Vázquez Rojas. Símbolos de la memoria colectiva que acompañan muchas de las protestas como emblemas de lucha y representaciones de valor para las organizaciones y movimientos sociales contemporáneos.

Palabras clave: memoria oficial, memoria popular, guerrilla, literatura, símbolo.

 

Introducción

La memoria histórica de las décadas 1960 y 1970 en México está ligada a la guerrilla, de la que destacan la Asociación Cívica Nacional Revolucionaria (ACNR) comandada por Genaro Vázquez Rojas, y el Partido de los Pobres (PdlP) encabezado por Lucio Cabañas Barrientos. Ambas guerrillas coincidieron en el tiempo y el espacio del estado de Guerrero, en el sur mexicano.

En este escrito partimos de la memoria oficial de la guerrilla en México, la cual no sólo ocultó los movimientos guerrilleros dándoles el trato de delincuentes comunes y recurriendo a una retórica de la deshumanización para encubrir los crímenes del Estado; y para conocer la contraparte de esa memoria oficial, analizaremos la memoria popular que da su versión de los hechos a través de los imaginarios sociales que se expresan en narrativas con la temática de la guerrilla; así como en el uso de las imágenes de Lucio Cabañas Barrientos y Genaro Vázquez Rojas; a la cuales podemos ver, retomando a Elizabeth Jelin (2002), como vehículos de la memoria colectiva que acompañan muchas de las protestas como símbolos de lucha y representaciones de valor para las organizaciones y movimientos sociales actuales.

 

La memoria oficial expresada en el Informe de la Comisión de trabajo para el esclarecimiento de la Verdad Histórica de la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado (FEMOSPP)

Josefina Cuesta (1993) denomina memoria oficial a la creada por las instancias del Estado –o de organismos oficiales– que intenta la glorificación, la mitificación o la ocultación para elaborar, propagar y mantener una identidad y una memoria “nacionales” (Cuesta, 1993: 44). En México la memoria de la represión de la década 1960-1970 está oculta y soterrada. Como se reconoce en el informe de la FEMOSSP:

La opinión pública se enteró de la guerrilla de manera limitada y distorsionada. La censura de los medios ocultó la información relevante, los hechos que se dieron a conocer fueron presentados como de nota roja y de policía, ajenos a los problemas sociales y de política nacional que estos movimientos buscaban resolver, y sin dar lugar al análisis de los fines políticos de transformación social que pretendían lograr. Quienes buscaban modificar las condiciones sociales en un horizonte de justicia; eran presentados como “gavilleros” o “cuatreros” cuyas acciones no pasaban de ser simples delitos del fuero común o federal. El orden público debía preservarse por encima de los derechos fundamentales, lo que justificaba plenamente todo tipo de represión. Los graves crímenes cometidos por el Estado en contra de los combatientes y de la población civil fueron sistemáticamente callados y ocultados… La estructura del Estado le cerró al pueblo todos los caminos legítimos y legales de solución a sus problemas y fue utilizada para beneficio exclusivo de los intereses de un reducido sector que pretendió perpetuarse como único beneficiario de las riquezas que produce el Estado y de las que se apropia de manera patrimonialista. (FEMOSPP, 2005: 211, 217).

 

El Estado mexicano no ha reconocido por completo su participación en ese periodo represivo, ni siquiera ha emprendido una investigación que lleve al conocimiento de lo que pasó con “alrededor de 1.350 desapariciones forzadas, incluyendo 650 en Guerrero, de las cuales 450 habrían ocurrido en la región del municipio de Atoyac de Álvarez” (ONU-DH, 2012: 22).

El periodo histórico conocido como “guerra sucia” se desarrolló en Guerrero durante el lapso de desarrollo de la guerrilla. El concepto de “guerra sucia” está en debate debido a que cuando se habla de guerra, ésta se da entre grupos que son: “equiparables en términos de logística, armamento, preparación castrense y estrategias de ataque al oponente” (Rangel, 2012: 22), que en este caso no se dieron, pues existió un desequilibrio ente las fuerzas represivas del Estado mexicano y los grupos guerrilleros. La llamada “guerra sucia” también es vista como “guerra de baja intensidad” o, en países en donde se ha reconocido la criminalidad del Estado, como “terrorismo de  Estado”.

Algunos episodios que se desarrollaron durante la guerra sucia son los siguientes. En 1974, año en que mataron a Lucio Cabañas, se llevó a cabo el mayor número de desapariciones forzadas. Los soldados se llevaban a la gente de su casa, de las canchas de basquetbol, de las instalaciones del Instituto Mexicano del Café y de los retenes militares. El caso emblemático es el de don Rosendo Radilla Pacheco, ex presidente municipal de Atoyac, quien fue detenido cuando viajaba con su hijo Rosendo Radilla Martínez de once años de edad.

Los ciudadanos que vivieron de cerca la represión iniciaron una larga lucha, al principio el sólo preguntar por un familiar desaparecido implicaba un gran peligro,  por lo que comenzaron a agruparse en asociaciones de familiares de desaparecidos para llegar a saber el paradero de sus seres queridos. Maurice Halbwachs en su planteamiento sobre la memoria colectiva teoriza que ésta:

tiene como soporte un grupo limitado en el espacio y en el tiempo […] Lo que compone a un grupo es básicamente un interés, un tipo de ideas y preocupaciones, que sin duda se particularizan y, en cierta medida, reflejan las personalidades de sus miembros, pero sin embargo son lo bastante generales e incluso impersonales como para conservar el sentido. (Halbwachs, 2004[1968]: 85, 120-121).

 

En México comenzó a darse la confrontación con la memoria oficial por medio de la búsqueda de la justicia. Como indica Elizabeth Jelin cuando:

El escenario político es de cambio institucional en el Estado y en la relación Estado-sociedad. La lucha se da, entonces, entre actores que reclaman el reconocimiento y la legitimidad de su palabra y de sus demandas. Las memorias de quienes fueron oprimidos y marginalizados –en el extremo, quieres fueron directamente afectados, en su integridad física por muertes, desapariciones forzadas, torturas, exilios y encierros– surgen con una doble pretensión, la de dar la versión «verdadera» de la historia a partir de su memoria, verdad y justicia parecen confundirse y fusionarse, porque el sentido del pasado sobre el que se está luchando es, en realidad, parte de la demanda en el presente (Jelin, 2002: 43).

 

En agosto de 1978, mediante una histórica huelga de hambre en la catedral de México, los familiares de los desaparecidos, encabezados por Rosario Ibarra de Piedra, arrancaron al gobierno de José López Portillo una amnistía para los presos políticos.

Como señala Francisco Ávila en el año 2000 el Partido Acción Nacional (PAN) ganó la presidencia de la república, a la par que se creaban las condiciones para legitimar el cambio político partidista, se desclasificaron los expedientes del CISEN [Centro de Investigación y Seguridad  Social] que pertenecieron a las extintas policías políticas, la DFS [Dirección Federal de Seguridad] y la DGIPS [Dirección General de Investigaciones Políticas y Sociales], así como del propio ejército (Sedena) [Secretaría de la Defensa Nacional] … “por primera vez se abrió un litigio y escrutinio público que sacó de las cloacas del Estado el tema de la guerra sucia” (Ávila, 2012: 287).

Este logro fue producto de la lucha de los familiares de los cientos de desaparecidos y de organizaciones tales como el Comité Eureka o el Comité del 68, entre otras. El presidente de la alternancia, Vicente Fox Quezada creo la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado (FEMOSPP) en 2001, de la que se esperaba la aclaración de los crímenes cometidos por representantes de distintos niveles de gobierno estatales y federales; sin embargo, el mayor logro fue un informe incompleto donde queda clara la responsabilidad del Estado mexicano en crímenes comunes y de lesa humanidad.

 

El caso Rosendo Radilla Pacheco 

Rosendo Radilla Pacheco Nació en Las Clavellinas, municipio de Atoyac de Álvarez, Guerrero el 1 de marzo de 1914. Fue campesino, ganadero, cafeticultor y líder comunitario en el municipio de Atoyac, de donde fue presidente municipal (junio de 1955 al 31 de agosto de 1956) participó en organizaciones de cafeticultores y campesinos. Fue músico, por lo que componía corridos y los interpretaba, varios fueron dedicados a episodios de la represión en Atoyac y a favor de los guerrilleros Lucio Cabañas y Genaro Vázquez. Fue Secretario General del Comité Regional Campesino (1956-1960). El 25 de agosto de 1974 fue detenido en un retén militar cuando se trasladaba de Atoyac a Chilpancingo con su hijo menor, desde entonces se encuentra desaparecido.

Después de agotar su búsqueda en las distintas instancias militares y civiles del país, sus familiares, conjuntamente con la Asociación de Familiares de Detenidos Desaparecidos y Víctimas de Violaciones a los Derechos Humanos en México (AFADEM), presidida en Atoyac por Tita Radilla Martínez, y la Comisión Mexicana en Defensa y Promoción de los Derechos Humanos (CMDPDH), llevaron el caso hasta la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CoIDH). El 23 de noviembre del 2009 la CoIDH emitió una sentencia en la que encontró culpable al Estado mexicano por la desaparición forzada o “involuntaria” (el término que utiliza la ONU) de don Rosendo Radilla Pacheco. Este logro fue posible por la amplia documentación del caso, en el que participó su hija Andrea Radilla Martínez con la elaboración de la investigación biográfica y documentación de su desaparición.  Como lo señala Pilar Calveiro:

Las sociedades guardan memoria de lo que ha acontecido, de distintas maneras. Puede haber memorias acalladas y que sin embargo permanecen e irrumpen de maneras imprevisibles, indirectas. Pero también hay actos abiertos de memoria como ejercicio intencional, buscado, que se orienta por el deseo básico de comprensión, o bien por un ansia de justicia; se trata, en estos casos de una decisión consciente de no olvidar, como demanda ética y como resistencia a los relatos cómodos. En este sentido, la memoria es sobre todo acto, ejercicio, práctica colectiva, que se conecta casi invariablemente con la escritura. (Calveiro, 2006: 377).

 

Andrea Radilla con la escritura del libro Voces Acalladas. Vidas truncadas. Perfil biográfico de Rosendo Radilla Pacheco (2007, [2002]) enfrentó la estela de olvido a la que ha apostado el Estado mexicano. En esta biografía conocemos a un hombre comprometido con su tiempo; su vida familiar, sus diversas tareas públicas, como presidente municipal de Atoyac y presidente de la asociación de padres de familia de la escuela Modesto Alarcón; su cercanía con Genaro Vázquez, las letras de sus corridos: a Genaro Vázquez, a Lucio cabaña, sobre el mitin del 18 de mayo de 1967 en Atoyac, cuando Lucio Cabañas dejó de ser profesor y se convirtió en guerrillero. Así como fotografías que lo muestran participando en diversas actividades con su comunidad. Judith Solís (2011) destaca que: “La importancia del libro de Andrea trasciende la documentación de la memoria del padre, da a conocer también el dolor de los familiares cercanos, la lucha de las asociaciones de familiares de desaparecidos, es una búsqueda por dignificar la memoria de los desaparecidos durante la Guerra Sucia en Guerrero, México y en el mundo” (Solís, 2011: 123).

El caso de Rosendo Radilla Pacheco es emblemático porque evidencia los procedimientos usados por el Estado mexicano, su modo de operar y la fuerte represión ejercida por el ejército hacia la población civil durante el periodo en que se desarrollaron los hechos. La contraparte es que se trata de un solo caso de entre cientos de desaparecidos de esa época, y que no se ha logrado tener un impacto real en el enjuiciamiento de los responsables; en la elaboración de normas penales y militares en las que se considere la desaparición forzada y su sanción a quienes la cometan, y evitar la jurisdicción militar en caso de violación a los derechos humanos; no obstante, este acontecimiento abre el camino para que empiece a llegar la justicia a los familiares de los desaparecidos: “de los sin rostros, de los que en su calladez son la espina. Sí de ellos; los lluviosos, los sin nombre, de los que no se fueron, de los que se llevaron” como los nombra el poeta Jesús Bartolo Bello (2004:20).

 

Manifestaciones populares y guerrilla en México 

Entre las décadas de 1950 y 1960, en México se dieron diversas manifestaciones sociales para demandar mejores condiciones laborales y una mayor participación democrática, por parte de mineros, maestros, médicos y ferrocarrileros que fueron violentamente reprimidas por el gobierno.

En el estado de Guerrero, a principios de 1961, fue destituido el gobernador, el general Raúl Caballero Aburto, por un movimiento social de fines de 1960, en el que participaron los integrantes de la Asociación Cívica Guerrerense (ACG). En donde coincidieron dos líderes de movimientos de la sociedad civil, quienes posteriormente, debido a la represión, se convertirían en guerrilleros: Genaro Vázquez Rojas ─uno de los dirigentes de la Asociación Cívica Guerrerense─ y Lucio Cabañas Barrientos, quien estudiaba en la Normal Rural “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa.[2] En esta protesta, también participaron decididamente los estudiantes del Colegio del Estado quienes demandaban la transformación del Colegio en la Universidad de Guerrero, al igual que la sociedad civil, se sumaron a la rebelión por el abuso de poder del gobernador.

En Morelos, en 1962 fue asesinado el líder campesino Rubén Jaramillo junto con su familia. En Chihuahua surgió uno de los primeros movimientos guerrillero de la década, el Grupo Popular Guerrillero (GPG), dirigido por el maestro rural Arturo Gámiz García y por el médico, Pablo Gómez Ramírez; su lucha fue contra los tala montes y por la obtención de tierras para los campesinos. Los jóvenes guerrilleros ejecutaron un asalto al cuartel militar en Madera, Chihuahua, en 1965, en el cual perecieron los principales dirigentes.

En 1967 se llevó a cabo un mitin en la plaza de Atoyac, con la participación de maestros y padres de familias de la Escuela “Juan Álvarez”, fue reprimido por la policía estatal en la plaza de Atoyac, muriendo cinco padres de familia. Este evento fue el detonante para que el profesor Lucio Cabañas se remontara a la sierra donde fundó el grupo guerrillero Partido de los Pobres (PdlP).

El año de 1968 fue crucial por dos hechos. El 22 de abril fue liberado Genaro Vázquez Rojas de la prisión en Iguala, Guerrero, el líder de la Asociación Cívica Guerrerense (ACG), tomó las armas y transformó la Asociación Cívica Guerrerense, pública y masiva, en la Asociación Cívica Nacional Revolucionaria (ACNR), organización guerrillera. El 2 de octubre se reprimió con una gran violencia el movimiento estudiantil en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, en la ciudad de México.

El 2 de febrero de 1972 es asesinado Genaro Vázquez Rojas por el gobierno, continuando en la lucha armada dos años más el Partido de los Pobres.

En 1974, el 2 de diciembre fue asesinado Lucio Cabañas en el municipio de Tecpan, en Guerrero.

El gobierno mexicano respaldó a la guerrilla cubana al no sumarse al cerco promovido por Estados Unidos en el bloqueo a la isla después de la revolución, y mostró una política de puertas abiertas para los disidentes de otros países latinoamericanos; sin embargo en su territorio reprimió las manifestaciones populares en su contra.

 

Memoria popular e intervención de la literatura en los debates políticos y sociales

Frente a la memoria oficial que es, según Giménez: “la memoria de la clase dominante que se organiza bajo la cobertura y gestión del Estado” a la cual el autor enfrenta con la memoria de las clases populares, por medio de la cual se intenta mantener o liberar su memoria de mil maneras, “oponiendo otros relatos, otra épica, otros cantos, otros espacios, otras fiestas, otras efemérides y otros nombres a los impuestos por las clases dominantes o por el poder estatal.” (Giménez, 2005: 108-109).

Como es el caso de la temática de la guerrilla, al margen del análisis sociopolítico, se manifiesta en formas de expresión, como la literatura, la música o las imágenes, de manera que es posible identificar a través de esta vertiente otra serie de elementos que no se evidencia desde otras disciplinas o formatos: el imaginario, los sentimientos y emociones, entre otros. Coincidimos con Giménez al considerar la literatura como una expresión de la memoria popular, ya que una obra literaria expresa el espíritu de su época.

Patricia Cabrera y Alba Teresa Estrada en el libro Con las armas de la ficción. El imaginario novelesco de la guerrilla en México (2012) plantean la hipótesis de que el imaginario de la guerrilla es el modo específico de la literatura para intervenir en los debates políticos y sociales de su tiempo: 

El fenómeno de la guerrilla puede ser analizado desde varios ángulos y enfoques teóricos: como movimiento armado, como desafío al Estado; como fenómeno ideológico o como expresión simbólica de un imaginario colectivo. El abordaje que aquí nos interesa del movimiento armado socialista de los años sesenta y setenta en México, se ubica en el ámbito simbólico y se expresa como imaginario. Pero, dado que es producto de un proyecto interdisciplinario que tiene como eje la novelística de la guerrilla en México, el abordaje que hacemos en este texto toca tres vertientes: 1) el imaginario social de la guerrilla (la percepción, los estereotipos y los lugares comunes que evoca el término para la mayoría de la gente), que reconocemos alimentado en buena medida por su tratamiento mediático; 2) el imaginario que moviliza a los combatientes y alumbra a buena parte de la izquierda en general en esos años; y 3) el imaginario que plasman los escritores, en tanto que narradores, en torno al fenómeno de la guerrilla como “realidad ficcional”. (Cabrera y Estrada, 2012: 25).

 

Literatura sobre la guerrilla en México

En México existe una novelística o narrativa sobre la guerrilla moderna del siglo XX, así lo afirman Cabrera y Estrada en la obra citada:

En la historia literaria mexicana la novela sobre la guerrilla se estudia como parte de la narrativa política surgida tras el movimiento estudiantil de 1968. Gracias a que este sucedió en la capital de México, se le reconoce como el momento climático del descontento acumulado en la era del “desarrollismo”; como el estallido social encabezado por las nuevas generaciones letradas contra el autoritarismo del régimen del PRI. Por lo tanto la narrativa sobre la guerrilla no goza de un enfoque exclusivo—salvo de unos cuantos críticos— sino que se la asimila a la llamada “saga del 68”. (Cabrera y Estrada, 2012: 114).

 

Sin embargo, las autoras identifican que la novelística sobre la guerrilla ha ido adquiriendo reconocimiento de modo que en el Diccionario de literatura mexicana. Siglo XX ya está incluida la entrada “Narrativa de la guerrilla” (Pereira, 2000: 243-244):

Explicando que a causa de que desde el sexenio de Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970) surgieron grupos guerrilleros en México y aumentaron en el sexenio siguiente, emergió desde los años setenta “una serie de novelas” al respecto, paralela a la “literatura del 68” y también ligada a las clasificaciones “novela política”, “narrativa de la revolución”, “narrativa de la posrevolución”, “narrativa cristera” y “literatura de contenido social”. El tema adquiere dimensiones “épicas y literarias” (Cabrera y Estrada, 2012: 116).

 

Las novelas analizadas en la obra mencionada —como lo expresan las investigadoras— son aquellas que mantienen una postura izquierdista. Entre ellas se encuentran las novelas de Juan Miguel de Mora: La fórmula, Si tienes miedo (novela con apéndice), Gallo Rojo; El infierno de todos tan temido de Luis Carrión Beltrán; La revolución invisible de Alejandro Íñigo; Guerra y sueño de Salvador Mendiola; las novelas de Salvador Castañeda: ¿Por qué no dijiste todo?, La patria celestial, El de ayer es Él; de Carlos Montemayor: Guerra en El Paraíso, Las armas del alba y La fuga; de Fritz Glokner: Veinte de cobre. Memoria de la clandestinidad y de Francisco Pérez Arce, Septiembre.   

Esta diversidad de novelas sobre la guerrilla se puede agrupar en dos bloques, proponen las autoras, en el primero se distinguen “las novelas que idealizan a los guerrilleros y les inventan historias y tramas, y un segundo bloque que agrupa aquellas novelas cuyo correlato histórico es evidente y que tienen como propósito la memoria. (Cabrera y Estrada, 2012: 76).

 

La temática de la guerrilla en las letras guerrerenses

También en la literatura escrita por autores guerrerenses encontramos el tópico de la guerrilla, y pese al centralismo del país, consideramos que el tema parte de los movimientos guerrilleros encabezados por Genaro Vázquez Rojas y Lucio Cabañas Barrientos y no del movimiento estudiantil de 1968, además de la existencia previa de la guerrilla de Arturo Gámiz desde 1963 en Chihuahua, y su derrota en el asalto al cuartel Madera en 1965. En este sentido, Baloy Mayo (2000) en un relato evoca dicha acción (que a su vez rememora el ataque al cuartel Moncada en Cuba), pero en la ficción los guerrilleros triunfan, a pesar de las bajas, logrando abastecerse de armamentos.

La novela más famosa sobre la guerrilla del Partido de los Pobres es Guerra en El Paraíso, de Carlos Montemayor (1991), quien presenta al personaje de Lucio Cabañas atado a su destino, a manera de un héroe trágico.

Entre las primeras publicaciones literarias sobre la represión en Guerrero podemos mencionar la obra de teatro de Felipe Galván, La historia de Miguel (1980), cuya primera edición fue paralela en Cuba y en México. La atmósfera de esta obra es de mucha tensión, porque la gente de un pueblo costeño siente un gran peligro debido a la presencia de los militares que irrumpen en su vida cotidiana y que los consideran sospechosos de tener contactos con la guerrilla de Lucio Cabañas. Todos tienen miedo, y con razón, porque saben que el ejército se los puede llevar, torturar y desaparecer. Por cualquier incidente doméstico se puede estar en peligro. En la pequeña tienda de abarrotes de Margarita y su esposo Miguel, son sospechosos por no tener dinero para dar “cambio” (monedas) o porque no encuentran latas de atún, los militares piensan que están ayudando con dinero o con alimento a los guerrilleros, e incluso a la gente que trabaja en el campo les quitan sus machetes, pretextando que son armas. Después llegan tres soldados vestidos de paisanos y se llevan a Miguel de su tienda con su bebé en brazos, a su pequeña hija la recuperan, pero él ya no regresa.

La dramaturgia de Felipe Galván gira en torno al terrorismo de Estado, la represión ejercida contra el movimiento estudiantil del 68, y el cerco a la guerrilla, afectando a la población inocente. Entre sus obra podemos mencionar Cóndor a la luz de la luna (2002) y Héroes convocados (Manual para la toma de poder) (2008).

El tópico de la tortura aparece en el poema “¿Hubo una vez alguien llamado Alicia?” de Alejandra Cárdenas (1985), donde la poeta compara la trama de Alicia en el país de las maravillas y el drama de una mujer detenida y torturada, con el mismo nombre:

Aquella noche Alicia/ se equivocó de hongo/ y en vez de alucinar/ el país de las maravillas/ descendió —imprevisiblemente—/ al mundo del terror y la tortura/ Y allí estaban ellos/ los sin cara/ los sin ojos/ sin amor/ sin angustia/ los sin sueños/ los de mano-garrote/ los de sexo picana/ los de carne-pocito/ Alicia/ nunca vio la sonrisa de un niño/ de la flor reventada de su vientre/ brotó un feto rojo/ mariposa ensartada en un suelo lechoso/ a filo de machete/ pau de arara/ pau de arara/ los pasos/ pau de arara/ la reja/ Y Alicia no volvió de los infiernos. (Cárdenas, 1985).

 

De Victoria Enríquez es Bajo el polvo de arroz (1987), con dos relatos basados en testimonios, que hacen uso de la primera persona, con un lenguaje coloquial. En “Tal vez…un día”, la protagonista sostiene una relación con un joven involucrado en la guerrilla, a quien llama Roberto, aunque no es su verdadero nombre y con quien espera reunirse algún día, cuando el regrese de la sierra. El argumento de “Entrando en la noche” trata sobre una pareja a la que cuatro hombres, con una gran violencia, se llevan de su hogar en la madrugada. Quien cuenta la historia es el personaje masculino y da cuenta de los tipos de tortura a que lo someten y de la violación de su esposa. Pese a su infortunio, logran sobrevivir.

El dolor por la pérdida de los seres queridos —por el hijo, por el padre desaparecido— se expresa en el poema de Arturo Martínez Reyes: “Perdidos en la guerrilla” (2004): “Madres, con gotas del alma/ huelen la sonrisa/esperan de sus vástagos, la silueta o los huesos”. También Jesús Bartolo Bello López en su libro No es el viento el que disfrazado viene. (Poema en cuatro actos y una coda) (2004) enuncia su amargura: “Mi padre es una colección de fotos que no llegan a diez. Es sólo la preocupación perpetua de la abuela. Un rostro inmóvil del cual no sé su sonrisa”. Versos que reflejan el dolor de un hijo a quien le desaparecieron al padre pero, sin duda, es también la voz que representa la pérdida de muchos. Jesús Bartolo rememora el tiempo de la infancia, de los cambios en el paisaje evocado por la memoria. Por medio de la línea amarilla, metáfora de la carretera llega la ocupación militar, la desconfianza, la orfandad para muchos hijos de desaparecidos. Con los militares llega la tristeza, la cruda represión a una población compuesta primordialmente de pequeños comerciantes y campesinos.

El imaginario que se va construyendo en el libro tiene que ver con lo oculto, lo secreto. La pregunta sobre el destino del padre y las posibles respuestas de lo que pudo ocurrir a los desaparecidos: torturados, enterrados en algún cementerio clandestino, arrojados al mar. La guerrilla como tal no aparece en esta obra de Bartolo, pero sí se alude a su combate por el ejército y sus terribles consecuencias. Se encuentran “los armados verdes”, “los pesados camiones verde olivo”. Está el dolor, la orfandad, la pérdida del paisaje, los intentos suicidas, la nostalgia de lo que se perdió. La imagen del padre desaparecido como muerto viviente. Las emociones de dolor, impotencia e injusticia.

 

Poética e imaginarios de la guerrilla

La poética de la guerrilla se va construyendo con diversos imaginarios. La definición de poética en el diccionario de Helena Beristáin (2010) remite a la función lingüística, a la retórica y a los géneros:

La función poética es “la tendencia hacia el mensaje como tal”, pues en ella el signo artístico se refiere a sí mismo; […] Por ello la función poética sobrepasa los límites de la poesía, […] y por ello el análisis lingüístico de la poesía no puede limitarse al estudio de su función poética. […] En la actualidad suele llamarse retórica solamente a […]: la “elocutio”, el lenguaje figurado; es decir, a la parte denominada “electio” que normaba la elección de los giros verbales que individualizan el discurso y determinan la producción de efectos estilísticos. […] El desarrollo de la “elocutio” retórica, ligada a la poética o teoría de la literatura, hace a ésta intrincada e impulsa el desarrollo del proceso literario. Género: Clase o tipo de discurso literario —determinado por la organización propia de sus elementos en estructuras— a que puede pertenecer una obra. Espacio configurado como un conjunto de recursos composicionales, en el que cada obra “entra en una compleja red de relaciones con otras obras” (CORTI) a partir de ciertos temas tradicionales y de su correlación, en un momento dado, con determinados rasgos estructurales (prosa, verso, narración, etc.) y con un específico registro lingüístico. (Beristáin, 2010: 225, 231, 428, 435).

 

La poética, pues, tiene que ver con las diversas estructuras del discurso literario que pueden estar determinadas por el género, la temática y el estilo del autor.

La poética de la guerrilla tiene una parte heroica, los guerrilleros que exponen su vida por la causa, por buscar mejores condiciones de vida para los desfavorecidos. La dignidad de una sepultura para el guerrillero caído. Es también fantasmagórica, soterrada y cualquiera puede ser sospechoso de subversivo. La atmósfera de secreto, de lo oculto de lo que pudieron hacerle a los desaparecidos.

Otro imaginario es el antagonista del guerrillero, el soldado. Hay dos cuentos cuyos protagonistas son militares; “El tercer soldado” (2007) de Felipe Fierro Santiago y “Soldado” (2005) de Roberto Ramírez Bravo. En ambos cuentos los personajes centrales son de menor rango y obedecen órdenes. Aparecen como represores. En el “El tercer soldado” se ficcionaliza la tortura, pero el verdugo no es frío, ni indiferente, para poder realizar su tarea necesita drogarse, lo cual ocasiona cambios en su personalidad y así pasa de ser un personaje sensible y piadoso a convertirse en bestia, cruel. El protagonista de “Soldado” comete de manera insensible diversos crímenes: viola mujeres, incendia pueblos, mata “indios”. Acerca de lo que está implícito en la orden ha reflexionado Pilar Calveiro: “vale la pena detenerse un momento en el proceso orden-obediencia, grabado a fuego en las instituciones militares. Cuanto más grave es la orden, más difusa, “eufemística”, suele ser su formulación y más se difumina también el lugar del que emana, perdiéndose en la larguísima cadena de mandos”. (Calveiro, 2008: 11)

Como expresa Claudia Hilb, “El criminal más terrible… [Es] aquel que, carente de la imaginación que requiere el pensar, no sufre de remordimientos porque ha acallado el diálogo consigo mismo anulando la pluralidad del dos en uno en su seno. La expresión por medio de clichés, de frases hechas, es la manifestación más visible de la ausencia del diálogo propio del pensar” (Hilb, 2012: 44). Sin embargo, siguiendo los planteamientos de Hilb, se puede decir que los personajes militares de ambos cuentos recuperan el diálogo consigo mismos y sienten remordimientos por sus acciones, pero ya no es posible cambiar sus actos. Aquí retomamos el papel de la memoria que, como expresa Todorov (2008), cuando el individuo no puede superar acontecimientos traumáticos puede enloquecer. En el cuento “Soldado”, éste enloquece después de matar a un indio indefenso; una vez que comete el crimen es cuando comprende que mató a alguien similar a él; por lo que decide abandonar el ejército, pues aunque se lo ordenen ya no puede seguir matando gente indefensa, aunque se les deshumanice con la palabra “indios”, que hace presente la discriminación que se vive en nuestro país.

 

Los paquetes de la guerra sucia

La palabra “paquetes” se utilizó para hacer referencia a las personas detenidas ilegalmente por el ejército mexicano en su combate a la guerrilla de Lucio Cabañas en la sierra de Atoyac. En donde la población fue tratada como sospechosa de pertenecer a la guerrilla o de ayudarla. En el informe histórico de la FEMOSPP se localiza a partir de 1973 el uso del término “paquete”. También en textos literarios, de aparición más reciente, se alude a la actuación ilegal del Estado mexicano y su ejército con términos que cosifican al prójimo, además de “paquetes”, “bultos”, “subversivos”, “indios” e incluso “basura”. Dichos vocablos deshumanizan al otro, lo transforman en objeto al que se puede hacer cualquier cosa. Es lo que ocurre en los cuentos “El tercer soldado” (2007) de Felipe Fierro Santiago y “El silencio de Eri Camira” (2015) de Roberto Ramírez Bravo.

No pueden dejar de mencionarse los diversos libros testimoniales y de tipo biográfico que han aparecido y siguen apareciendo. Entre los autores que han publicado algunas obras en esta línea podemos mencionar a: Baloy Mayo (1980), Arturo Gallegos (2004 y 2009), Simón Hipólito (1982), Arturo Miranda Ramírez (2006 y 2011) y Fernando Pineda Ochoa (2003). Asimismo, desde principios de la década 1970 hay publicaciones de tipo periodístico sobre Genaro Vázquez y Lucio Cabañas y, más recientemente, sobre Carmelo Cortés; así como también algunos libros colectivos que tratan sobre la desaparición forzada en Atoyac,  sobre la “Guerra sucia” y acerca de los 43 normalistas de Ayotzinapa.  

En estos textos cobra un lugar importante la memoria, acerca de la cual Todorov reflexiona: “Cuando los acontecimientos vividos por el individuo o por el grupo son de naturaleza excepcional o trágica, tal derecho se convierte en un deber: el de acordarse, el de testimoniar… Para que la colectividad pueda sacar provecho de la experiencia individual, debe reconocer lo que ésta puede tener en común con otras (Todorov, 2008: 26, 64).

A continuación se presenta un breve análisis de dos cuentos en donde los guerrilleros son protagonistas.

 

El símil del guerrillero como un Cristo

En el cuento “Él”, de Roberto Ramírez Bravo (2005), la lucha del guerrillero por los pobres se asimila con la vida de Jesucristo, quien es seguido por multitudes en su lucha contra la pobreza y por los milagros que puede hacer. Debido a la exageración de las acciones puede verse como una parodia tanto de los actos guerrilleros como de los militares. El protagonista vive fuera de la realidad, y sus logros guerrilleros al principio son vistos como milagros. También las acciones militares son excesivas, parecen de ciencia ficción; transforman el paisaje, cambiando el curso de los ríos y moviendo montañas para poder atrapar a los guerrilleros, con cuyos cadáveres rellenan barrancas.

El amigo que cuenta la historia le hace contrapeso al protagonista. Uno es imaginativo; el otro, realista a semejanza del Quijote y Sancho Panza. Recuerda, asimismo, la leyenda de Robin Hood que les quita a los ricos para darles a los pobres.

El argumento de esta narración trata sobre dos amigos de infancia y adolescencia que estudian juntos la secundaria y se interesan por las mismas lecturas. El más soñador se queda en el pueblo “del olvido” y mantiene correspondencia con el narrador-personaje que abandona el pueblo al concluir los estudios.

Otra etapa que podíamos señalar como “la huida”, ocurre cuando el protagonista también se va del pueblo y se convierte en leyenda. Esta huida puede verse a la vez como un encuentro simbólico con su padre,  ya que su vida está marcada por su abandono, pese a ello él se siente orgulloso de su progenitor porque piensa que anda en la búsqueda de una paz luchando por una mejor vida, o al menos eso es lo que cree, porque el narrador-personaje da la información de que su padre no luchaba por la paz del mundo sino que los había abandonado a él y a su hermana y había muerto cuando, borracho, cayó a un precipicio. Vagando por el mundo es como encuentra su destino:

Se decía que encontró por accidente los secretos originales heredados por Jesucristo a sus apóstoles y que los había usado en su provecho, se dijo que arrastraba consigo los años de insomnio y de hambre y abandono que le habían hecho agraciado a los ojos de Dios y que hacía milagros y curaba a los enfermos con sólo tocarlos y que su voz tenía un tono de santidad, de modo que dejaba en todo lugar que visitaba un remanso de paz y cada día eran más los seguidores que abandonaban lo que no tenían para marchar tras él, y se decía también que nunca usaba sotana ni besaba la cruz ni rezaba las oraciones por todos conocidas, sino que hablaba de la libertad que Dios puso en cada persona y de la naturaleza divina de todos los seres del planeta, pero al mismo tiempo explicaba que nadie es pobre por naturaleza ni el sufrimiento es sinónimo de dignidad. (Ramírez, 2005: 71-72).

 

Él es visto como un sucesor de Jesucristo: ayuna, hace milagros y cura enfermos; lo cual lo compromete con los pobres y es por eso que decide tomar las armas para recuperar lo que considera que les han robado:

Lo reconocieron todos, pero supieron que no era el mismo; su mirada era serena y su paso tranquilo, y su voz solemne y majestuosa, y tenía la expresión de alguien que ha viajado por todos los caminos. Llegó con unos cien campesinos de los pueblitos más pobres y arrumbados de la región, venían sudorosos, extenuados, con azadones y hoces, y machetes y martillos en las manos y más bien parecían el ejército más pobre y más triste del mismo infierno (Ramírez, 2005: 72).

 

Después de que los militares terminan con los rebeldes el narrador-personaje recibe una carta de su madre en donde le comunica que su amigo pudo escapar de los militares y al ver sus sueños destruidos, a sus hombres muertos volvió a su melancolía y se dejó atrapar por el alcohol y que “murió de viejo y de borracho en el abandono silencioso de un monte cuya geografía había sido modificada sólo para apresarlo a él.” (Ramírez, 2005a: 76).

El final queda abierto ya que el narrador-personaje informa que su amigo no murió sino que se encuentra con él y piensa volver. Así, aunque lo que se cuenta es la represión, por la adjetivación va adquiriendo una atmósfera de sueño o pesadilla. Y al final queda la esperanza del regreso del amigo. Lo cual también recuerda las leyendas de guerrilleros. El hecho de que la gente no crea que hayan muerto y de que pueden regresar, como se dice de Emiliano Zapata, Genaro Vázquez y Lucio Cabañas.

 

La muerte de Lucio Cabañas en el cuento “El silencio del viento”

Esos momentos de gran tensión cuando el profesor Lucio Cabañas decide tomar el camino de las armas, hasta su muerte van a ser rescatados por Felipe Fierro Santiago (2010) en su libro, con el mismo título del cuento, “El silencio del viento” a través de dos personajes femeninos, tomados de la realidad, quienes cuentan sobre el día de la muerte del guerrillero y la frustración de no poder velarlo y enterrarlo que compensan convirtiéndose en guardianas de su tumba.

La narración está escrita en tercera persona y es contada por un narrador omnisciente que conoce todo sobre los personajes. El tiempo en el que nos ubica es lo que ocurre el 2 de diciembre de 1974, el día en el que mataron a Lucio Cabañas en El Otatal, municipio de Tecpan de Galeana. Una de las protagonistas es Elizabeth, de quien se nos da, brevemente, la descripción física: “[…] los cabellos canos, se acomodó los lentes de vidrio grueso y el rebozo tejido de hilo de seda negro con puntos blancos que apenas sobresalían —semejaba carrillera de cuero en su menudo cuerpo” (Fierro, 2010: 19).

El referente de este personaje es Elizabeth Flores Reynada, quien fue una luchadora social. Formó parte de la Asociación Cívica Guerrerense, hermana del líder agrarista David Flores Reynada, y madre de crianza de su sobrina Hilda Flores Solís, quien fuera compañera de lucha, en el magisterio, de Lucio Cabañas.

Por medio de retrospecciones se revisa el pasado, cuando Lucio Cabañas hacía reuniones en la vieja casa y el día en que dejó de ser profesor para convertirse en guerrillero, el 18 de mayo de 1967, cuando Cabañas era el orador principal del mitin y pensaba regresar a su salón de clases en la Escuela Primaria Modesto Alarcón.

En el relato se ficcionaliza parte de la realidad. Para la trama del relato son importantes los dos personajes femeninos: Elizabeth e Hilda, quien por medio de la enunciación oral con apariencia de diálogo habla con Elizabeth, alternando con el narrador en tercera persona que cede la palabra a los personajes: 

Su hija Hilda lloraba desconsolada en la banca que le robaba espacio al regordete guardarropa: “¡Madre, es él! ¡Es él!, me lo confirmó el alcalde, lo llevaron los militares a identificar el cuerpo” —La hija dejaba escapar las lágrimas que había mantenido escondidas durante siete años” ¡Ya me lo dijo el alcalde!; los militares lo llevaron a reconocerlo ¡Si voy me agarran! Lo sé, me lo dijeron” —gemía suplicante la mujer que treintañera había sido cesada de su escuela por motivos políticos. (Fierro, 2010: 20).

 

En la narración se muestra el valor de Elizabeth, quien pese a su miedo, enfrenta a los militares y solicita velar y enterrar el cuerpo de Lucio Cabañas, sin pensar en las represalias en su contra: “— ¿Qué era para usted el bandido? —Exigió la voz de un oficial que sonriente mantenía en la mano el periódico vendido por la mañana— “¡Era amigo y compañero de mi hija en el magisterio” —dijo Elizabeth sin bajar la mirada—“Denme el cuerpo para velarlo y enterrarlo como dios manda!” —volvió a insistir la madre de Hilda.” (Fierro, 2010: 21-22). Esta narración abona otro personaje que rememora la tragedia griega, Elizabeth que reclama el cuerpo de Lucio Cabañas para darle sepultura y lo hace a pesar del temor que siente al enfrentarse a los militares, quienes detenían, torturaban y desaparecían personas impunemente. Elizabeth recuerda el personaje de Antígona, quien se propone enterrar por la noche el cuerpo de su hermano Polínices, a pesar de la pena de la pena de muerte decretada por Creonte, gobernador de Tebas, para quien se atreva a enterrarlo.

Como información extra textual en esa fecha de la muerte de Lucio Cabañas, Hilda Flores Solís estaba en la cárcel, ya que el gobierno la relacionaba con el movimiento guerrillero de Genaro Vázquez. Desde luego en la ficción es completamente válida la presencia de Hilda. El sitio en donde fue enterrado Lucio Cabañas fue autorizado por el presidente municipal de ese tiempo, en un terreno de Elizabeth Flores Reynada; después encima de la tierra se hizo la tumba de un sobrino de ella.

Felipe Fierro considera sus narraciones “como un reclamo por lo que se ha escrito, es un reclamo ante la versión oficial.”[3] 

Carlos Montemayor el 2 de diciembre de 2002, cuando se llevó la urna con las cenizas de Lucio Cabañas a su obelisco en el zócalo de Atoyac, consideró que:

A partir de la dignidad de Lucio Cabañas nuestro país es más grande, más puro, más orgullosamente vivo. Esta dignidad no desaparece como la sangre que se derrama, no desaparece como la corrupción que se oculta, no desaparece como los desaparecidos, perseguidos y reprimidos que los policías y ejércitos de nuestro país y de todo el mundo desaparecen. Esta dignidad se acrecienta cada día. Desaparece la memoria de aquellos gobernantes y de aquellos asesinos que lo quisieron llamar gavillero, ladrón, delincuente, asesino” (Montemayor citado por Misael Habana y Jesús Saavedra, 2002).

 

Lucio Cabañas Barrientos y Genaro Vázquez Rojas como símbolos de lucha

En este apartado vinculamos la memoria con la simbolización de los dos guerrilleros emblemáticos de Guerrero, a partir de las imágenes que sobre ellos existen y de la forma como aparecen en el imaginario colectivo.

La memoria que aparece como icono de los guerrilleros surianos, Lucio Cabañas Barrientos y Genaro Vázquez Rojas, se da en el espacio de lo político, y es cuando representan una “lucha contra el olvido,” como dice Elizabeth Jelin, porque es “recordar para no repetir” (Jelin, 2002: 6) pero además, quien usa las imágenes de los guerrilleros, las recupera para destacar los valores o causas con las que coinciden en el presente. Los grupos o sectores sociales construyen una autovaloración para tener o incrementar su confianza en sí mismo(s) o en el grupo (Jelin, 2002: 10).

En el ejercicio de la memoria colectiva es importante considerar el contexto sociocultural, éste establece sesgos que toman los recuerdos individuales, volviéndose significativos cuando se está con otros que comparten o conocen el mismo código cultural (Jelin, 2002: 21-22), en espacios como la familia, la religión, la clase, en palabras de Halbwachs (2004), y agregamos, los espacio geopolíticos como la comunidad, la localidad indígena o la región.

Al considerar a los iconos o sujetos sociales en un contexto indígena, las distintas dimensiones de un símbolo –el tiempo, espacio, cuerpo o lugar– pueden cambiar o sufrir una metamorfosis. El cambio se puede generar no sólo en el tiempo y el espacio, sino también en lo corpóreo, en lo material. En este sentido, aparece otro elemento de análisis que es la cosmovisión. La memoria colectiva indígena incorpora aspectos de su interpretación del entender y sentir el mundo, que en palabras del historiador Alfredo López Austin (2015) consiste en un: “Hecho histórico de producción de procesos mentales inmerso en decursos de muy larga duración, cuyo resultado es un conjunto sistemático de coherencia relativa, constituido por una red colectiva de actos mentales, con la que una entidad social, en un momento histórico dado, pretende aprehender el universo en forma holística” (López, 2015: 44).

Entre la población na’a savi (mixteca) y m’e phaa (tlapaneca) de Guerrero, el maestro-guerrillero Genaro Vázquez Rojas ha sido visto en distintos lugares, vestido de diferentes maneras o disfrazado; aparece como un joven o un anciano canoso que anda en el monte cuidando chivos o simplemente se para junto a un árbol y desaparece (Nicasio, 2015: 218).

La memoria también tiene relación con las emociones de los distintos actores sociales, al respecto Alejandro Baer (2010) reflexiona sobre la relación de las emociones con la cultura, debido a que tanto la memoria viva como la auténtica forman parte de la memoria del testigo, quien es un actor social involucrado en mantener la memoria. (Baer, 2010: 145). Estos actores sociales relacionados con los guerrilleros, estuvieron a favor o en contra de su movimiento, de ahí que sus imágenes al ser representaciones de dos personas que tuvieron una vida personal y una identidad sociocultural, evocan emociones de dos tipos: un tipo de emociones individuales, tienen que ver con quienes conocieron o compartieron algún momento de su vida (familia, amigos, paisanos, vecinos, compañeros de trabajo y organización); el otro tipo, las emociones colectivas o sociales (en un mitin, grupo, sector o clase social), lo experimentan quienes recuperan su imagen para expresar demandas o causas comunes, que es lo que hace coincidir en la distancia del tiempo y el espacio. Los primeros rememoran a partir de recuerdos y de fotografías que han empezado a compartirse y hacerse públicas a más de 40 años del asesinato de ambos guerrilleros.

Baer también menciona la “memoria hegemónica y oficial”, como la encargada de ordenar el pasado y el presente de una sociedad (Baer, 2010: 134); desde nuestro punto de vista como contraparte se crean memorias subalternas, en plural, como versiones de los distintos grupos que conforman una sociedad amplia, para presentar su versión de memoria. Desde esta perspectiva, las figuras de los guerrilleros evocan la represión, desaparición forzada, abusos de autoridad, operaciones clandestinas, cuerpos policiacos y militares, entre los aspectos más relevantes que caracterizan el periodo histórico conocido como “guerra sucia”, vivido particularmente en Guerrero. Sus imágenes como símbolos en la memoria representan la parte dura de la experiencia de la represión, así como los aspectos que destacan valores, prácticas, vivencias de la calidad humana y las altas expectativas colectivas de una sociedad, articulando sectores sociales en los niveles comunitario, regional, estatal o nacional.

Respecto del concepto de imaginario social, Backzo lo define como una representación colectiva e idea-imagen, que está vinculado a símbolos y mentalidades, que son las representaciones de elementos de la realidad y producto de cada sociedad. En el contexto de la guerrilla, Lucio Cabañas Barrientos y Genaro Vázquez Rojas, se convirtieron en símbolos que aparecen como imágenes, símbolos, iconos, recuerdos, nombres y mitos comunitarios, recuperados y rememorados en movimientos sociales, eventos, protestas, murales, carteles, entre otros eventos y formatos. (Nicasio, Solís y Alarcón, 2016: 1239).

Las imágenes de los dos maestros-guerrilleros surianos representan valores, esperanzas, luchas y demandas de distintos sectores sociales a nivel regional, estatal y nacional; se reconfiguraron como símbolos de imaginarios sociales, después de más de 40 años, en que los paradigmas de lucha social han cambiado. No ha ocurrido lo mismo con algunos de los procedimientos utilizados en la “guerra sucia”, ya que la detención, desaparición forzada, tortura y asesinato de actores políticos de organizaciones sociales campesinas, indígenas, urbanas o ecologistas, es el modus operandi de los distintos tipos de fuerzas del Estado.

Comprender a los dos guerrilleros como símbolos, parte de entenderlos como tales, según lo define Jean Chevalier (1986):

La percepción de un símbolo es eminentemente personal, no sólo en el sentido de que varía con cada sujeto, sino también de que procede de la persona entera. Ahora bien, semejante percepción es algo adquirido y a la vez recibido; participa de la herencia bio-fisio-psicológica de una humanidad mil veces milenaria; está influida por diferencias culturales y sociales propias de su medio inmediato de desarrollo, a las cuales añade los frutos de una experiencia única y las ansiedades de su situación actual. El símbolo tiene precisamente esta propiedad excepcional de sintetizar en una expresión sensible todas esas influencias de lo inconsciente y de la conciencia, como también de las fuerzas instintivas y mentales en conflicto o en camino de armonizarse en el interior de cada hombre (Chevalier, 1986: 16).

 

Las razones por las cuales se organizaron los movimientos guerrilleros en el campo y la ciudad no han cambiado, en el 2016 quizás se ha transformado la forma de pobreza, autoritarismo y control político-partidista, ahora la lucha es por el respeto a los grupos de policía comunitaria entre pueblos indígenas y mestizos, contra los distintos proyectos mineros y las reformas estructurales del Estado; por la presentación de los 43 normalistas desaparecidos y los otros miles de desaparecidos en Guerrero, entre otras demandas. Los actores sociales, líderes, organizaciones y movimientos sociales contemporáneos, continúan recuperando y reconfigurando la figura de los guerrilleros, como parte de una memoria viva y lacerante, debido a las injusticias y a la enorme violencia que se vive en la actualidad.

 

Las imágenes de los guerrilleros surianos Lucio Cabañas Barrientos y Genaro Vázquez Rojas

En la década 1960 las fotografías que se podían tomar eran pocas por el costo que tenían las cámaras fotográficas en zonas rurales pobres, además del proceso de revelado de los rollos fotográficos, ya que era un procedimiento que se llevaba a cabo en ciudades. Con el paso del tiempo la situación cambió y se pudieron sacar fotografías de celebraciones o eventos familiares o públicos. Este es el contexto en el que se generan algunas de las instantáneas donde aparecen los maestros rurales, que posteriormente se hicieron guerrilleros. Con el paso del tiempo han ido apareciendo poco a poco más fotografías en posesión de lugareños, donde trabajaron y participaron con la comunidad los maestros-guerrilleros.

 Las fotografías que se tomaron de los profesores ya alzados se realizaron en la sierra guerrerense, en la zona donde llevaban a cabo sus actividades; éstas fueron usadas como prueba de que los grupos guerrilleros existían, que estaban armados, y de quienes los lidereaban: Lucio Cabañas y Genaro Vázquez. Para los guerrilleros las imágenes confirmaban su existencia, a pesar de la insistencia del gobierno en negarlo, tratándolos como “robavacas” o delincuentes comunes.

El símbolo de Lucio Cabañas surgió de una fotografía que le tomaron en la sierra guerrerense. Es una fotografía en blanco y negro, yace con un joven guerrillero. Ambos con un rifle entre las manos, vestidos con ropa humilde y deteriorada, Lucio con botas y el miliciano a su izquierda, Pedro Hernández Gómez, con huaraches. Junto a él, a su izquierda (Comverdad, 2014). De esta fotografía se recortó la imagen del joven campesino-guerrillero y se dejó sólo al maestro-guerrillero.

 

Lucio Cabañas Barrientos

Lucio Cabañas Barrientos (1936-1974) nació en El Porvenir, municipio de Atoyac de Álvarez, en la región de la Costa Grande de Guerrero. Realizó sus primeros estudios en su comunidad, para continuar con la primaria se trasladó al municipio de Tixtla de Guerrero, a la Normal Rural “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa, donde culminó la primaria y después se incorporó a la normal. Por el liderazgo que tuvo entre los normalistas, formó parte de la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México (FECSM), lo que le permitió conocer a los líderes de las demás normales rurales de su tiempo, distribuidas en el país. En 1960 participó con la Asociación Cívica Guerrerense, lidereada por Genaro Vázquez Rojas, para expulsar al gobernador en turno, general Raúl Caballero Aburto; lo que se consiguió en 1961, después de una masacre de civiles en Chilpancingo. Al egresar como maestro fue a trabajar en la educación primaria de su municipio, Atoyac, donde era conocido por su participación social con las organizaciones regionales, y magisterial. El Movimiento Revolucionario del Magisterio (MRM) dirigido por otro guerrerense, éste de la región de la Montaña, Othón Salazar Ramírez, quien en su momento también fue egresado de la normal de Ayotzinapa. Fue militante del Partido Comunista Mexicano, con el que mantuvo relación ya como guerrillero. En 1967 participa en el mitin de maestros en la cabecera municipal  de Atoyac de Álvarez el 18 de mayo, concentración que fue reprimida por la policía del Estado,  lo que hizo que se fuera a la sierra como guerrillero creando el Partido de los Pobres (PdlP), junto con la Brigada de Ajusticiamiento (BDA). Fue emboscado por el ejército el 2 de diciembre de 1974 en El Otatal, municipio de Tecpan de Galeana, Guerrero.

Imagen 1. Lucio Cabañas Barrientos y Pedro Hernández Gómez. Anónimo.
Imagen 1. Lucio Cabañas Barrientos y Pedro Hernández Gómez. Anónimo.

 

Genaro Vázquez Rojas

Genaro Vázquez Rojas (1931-1972)[4] nació en la cabecera del municipio de San Luis Acatlán, Guerrero, en la región de la Costa Chica de Guerrero. Tuvo ascendencia indígena mixteca por el lado materno, y también afromestiza. Su formación docente la tuvo en la Normal Superior de Maestros en el Distrito Federal, donde mantenía relación con otros guerrerenses radicados ahí por trabajo y estudios. En 1959 participa en la fundación de la Asociación Cívica Guerrerense (ACG), una organización campesina, ciudadana y estudiantil, cuyos intereses se centraban en demandas por la democratización estatal y nacional mediante procedimientos político-jurídicos. La ACG promovió el movimiento para quitar al gobernador Raúl Caballero Aburto, además participaron las organizaciones de campesinos y pequeños productores de la Costa Chica y Costa Grande, de Iguala y de Acapulco; ciudades en donde tenía presencia la organización y la protesta social en Guerrero.

Genaro Vázquez militó en el Partido Revolucionario Institucional (PRI), del que se separó. En 1968 fue detenido y encarcelado en Iguala de la Independencia, Guerrero, de donde se fugó con el apoyo de la ACG, escapando hacia la sierra donde la ACG se transformó en Asociación Cívica Nacional Revolucionaria (ACNR). Murió en un aparente accidente en la carretera México-Morelia, el 2 de febrero de 1972.

Imagen 2. Genaro Vázquez Rojas. Foto. Lenin Salgado Salgado.
Imagen 2. Genaro Vázquez Rojas. Foto. Lenin Salgado Salgado.

Los iconos de los guerrilleros tienen un significado mayor entre los guerrerenses, por ser originarios de la entidad y son conocidos por la incorporación que se hace de ellos en los movimientos y materiales que se elaboran para usar en las marchas y movimientos sociales. El magisterio independiente es quien más usa las imágenes, como símbolo de la lucha del magisterio consciente y comprometido; en la memoria de no pocos profesores aún sigue viva la figura de los dos maestros, porque fueron compañeros de lucha, ya sea política o guerrillera.

Estas dos imágenes son usadas en la elaboración de mantas, afiches, volantes, convocatorias, entre otros medios de propaganda y difusión. Se usan los iconos de uno o ambos guerrilleros, agregando las imágenes de otros personajes, logotipos, siglas o mensajes. Los personajes asociados también son iconos de otras luchas conocidas, con lo que los textos escritos se refuerzan, imprimiéndoles, por una parte, mayor fortaleza, y por otra, brindando gamas de matices a las demandas por las que se lucha. (Nicasio, 2016: 1241).

 

En la memoria de la población, lo que simbolizan tanto las imágenes como sus nombres aparece reflejado en logotipos, afiches, mantas; nombres de escuelas, casas de estudiantes, calles, colonias, ejidos y municipios. Aparecen junto a otros personajes históricos, independentistas (Miguel Hidalgo y Vicente Guerrero) y contemporáneos (Ché Guevara) o logotipos y siglas de organizaciones o movimientos (CNTE (Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación), CETEG (Coordinadora Estatal de Trabajadores de la Educación de Guerrero), Coordinadora Regional de Autoridades Comunitarias-Policía Comunitaria (CRAC-PC), lo que habla de un movimiento simbólico fuerte, en el que se conjuntan las fuerzas o poderes representados por los personajes a los que se les dota de valores políticos, éticos, y en algunos casos, religiosos.

Entre la población la presencia de los guerrilleros es a través de la evocación, es la rememoración o el recuerdo como se trae a la memoria los arquetipos, como símbolos, relatos o cosmogonía, como lo define Mircea Eliade (2001). En el recuerdo, los guerrilleros aparecen como símbolos y mitos; dentro de los primeros están sus nombres e imágenes, dentro de los segundos se relacionan a vivencias, historias y acontecimientos; en el caso de la población indígena, se asocian a la cosmovisión comunitaria, particularmente en el caso de Genaro Vázquez con presencia en las regiones de la Costa Chica y Montaña, entre los na’a savi (mixteca) y me’phaa (tlapaneca). Ahí se mezcla en la memoria la historia regional con la cosmovisión de origen mesoamericana, dando lugar a nuevos símbolos, imaginarios y memorias colectivas. Los guerrilleros en sí se han convertido en mitos para la población, son parte de la memoria, pero también aparecen con otra apariencia incorporados a sus culturas y contextos sociopolíticos, en las narraciones literarias, la historia oral y las expresiones musicales, a través de la letra de canciones, corridos, y otros géneros musicales (Cárabe, 2015); así como en la literatura, donde aparecen en cuentos, novelas o poemas (Solís, 2015).

 

Reflexiones finales

En Guerrero, el periodo conocido como “guerra sucia” forma parte central de los distintos tipos de memoria que se han definido para el análisis desde las ciencias sociales: la memoria colectiva, la memoria popular, la memoria social, la memoria subalterna y la memoria oficial. Es una memoria fresca, porque los participantes directos o indirectos en los grupos guerrilleros, así como la población que vivió en las zonas donde se desarrolló la acción represiva del Estado viven, tienen recuerdos, vivencias que les permiten rememorar para evitar que vuelva a pasar.

La versión oficial de la memoria sobre la “guerra sucia”, en la cual mucho tuvo que ver la prensa, no sólo disfrazó los movimientos guerrilleros dándoles el trato de delincuentes comunes y ladrones de vacas, incluso recurrió a una retórica de la deshumanización para encubrir los crímenes de Estado. En esta lógica, los detenidos por el ejército llegaron a ser considerados simples “paquetes” a los que se les podía aniquilar, torturar, violar, humillar de cualquier manera o arrojar al mar como bultos desde los helicópteros.

Frente a la memoria oficial la literatura y la simbolización de los guerrilleros, permite el rescate de la utopía, de los motivos de la lucha armada en contra de un Estado sordo y ciego, aliado de los intereses de los poderosos que no tomaba en cuenta las necesidades de apertura democrática, ni le importaban resolver las injusticias o la pobreza de las mayorías empobrecidas. Las banderas de la dignidad que fueron enarboladas en las causas de los guerrilleros, quienes arriesgaron sus vidas por sus ideales, se rescatan a través de los imaginarios que se van construyendo en los textos literarios y en los símbolos.

En el caso del Estado mexicano, al no hacer uso de la memoria como una lección, siguiendo la propuesta de Todorov, ha propiciado un incremento alarmante en los crímenes de lesa humanidad en la segunda década del siglo XXI, con una lista oficial de más de 27,000 desaparecidos y cifras escandalosas de asesinatos. Consideramos que esto se debe a la lectura de impunidad que se ha creado al pretender olvidar el terror del pasado, éste se ha multiplicado de manera exponencial, aunado a la violencia del narcotráfico. Este hecho genera en Guerrero una aparente continuidad de la “guerra sucia”, pero es más compleja la situación por la presencia del narcotráfico y la violencia que conlleva, sin embargo la chispa de la guerrilla también se mantiene, con nuevos grupos que continúan con las viejas demandas, porque el cambio aún está pendiente.

En cuanto a los familiares de los desaparecidos de los años setenta, al desconocer el destino de sus parientes, viven con un duelo permanente, con las secuelas de la desprotección a que fueron sometidos al perder a un familiar, transmitiendo una serie de emociones a sus descendientes y a la sociedad en su conjunto.

Hay una verdad oculta por el gobierno mexicano que une a los desaparecidos de ayer y a los de hoy, como es el caso concreto de los 43 normalistas desaparecidos de Ayotzinapa y de los cuerpos que cada día aparecen en las fosas clandestinas, no sólo en Guerrero, en todo el país, sin que se investigue y castigue a los responsables. Las protestas de hoy se unen a las del pasado a través de los símbolos de Lucio Cabañas Barrientos y Genaro Vázquez Rojas, los dos guerrilleros guerrerenses más conocidos, con una vigencia plena, no sólo en Guerrero sino a nivel nacional. En este sentido, los imaginarios sociales que se han elaborados de ambos personajes, han generado una serie de formas diversas en las que aparecen como símbolos, imágenes, iconos, evocaciones, nombres y mitos. Estas formas en que ciudadanos, grupos y movimientos sociales recrean y recuperan a los maestros-guerrilleros es lo que los mantiene vivos y actuales.

 

Notas:

[1] Profesoras-investigadoras en la Unidad Académica de Filosofía y Letras y la Unidad Académica de Antropología Social, respectivamente, de la Universidad Autónoma de Guerrero, México.

[2] La Escuela Normal Rural “Raúl Isidro Burgos” donde se formó Lucio Cabañas, que se encuentra en Tixtla, Guerrero, es la misma donde estudiaban los 43 normalistas detenidos-desaparecidos en Iguala, Guerrero, el 26 y 27 de septiembre de 2014.

[3] Entrevista de Judith Solís a Felipe Fierro en Atoyac, Guerrero, el 7 de junio de 2011.

[4] Recuperamos el año de nacimiento que señala Laura Castellanos, por considerarla una fuente seria. Los datos se encuentran en la bibliografía.

 

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Cómo citar este artículo:

SOLÍS TÉLLEZ, Judith; Nicasio González; Irma Maribel, (2016) “La guerrilla en México. La memoria oficial soterrada y la memoria popular expresada a través de la literatura y en las imágenes de Lucio Cabañas y Genaro Vázquez como símbolos de lucha”, Pacarina del Sur [En línea], año 8, núm. 29, octubre-diciembre, 2016. Dossier 19: Herencias y exigencias. Usos de la memoria en los proyectos políticos de América Latina y el Caribe (1959-2010). De Chihuahua a los Andes. Huellas y caminos de las rebeliones en la sierra. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Domingo, 23 de Julio de 2017.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.com/index.php?option=com_content&view=article&id=1377&catid=59