Pacarina del Sur
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En la construcción del “Para que nunca más” en Perú. Un ensayo en torno al libro  Memorias de un soldado desconocido de Lurgio Gavilán Sánchez

Mirian Adriana Paredes Tavera[1]

Recibido: 30-08-2016 Aprobado: 10-09-2016

 

“el estado de emergencia en que vivimos
no es la excepción, sino la regla.”
Walter Benjamin, Cap. VIII de Tesis sobre la Historia

Al tomar en cuenta que Walter Benjamin escribió a principios del siglo pasado, y ya para esa altura era evidente que el estado de emergencia era la regla, cabe preguntarse qué se ha hecho al respecto un siglo después, en donde el estado de emergencia se ha automatizado a grado tal, que muchos de los actos violentos y devastadores que vive la humanidad son percibidos como algo normal. Basta mirar las primeras planas de los periódicos, en la mayoría de las cuales se encuentran imágenes de muerte, sangre y decapitados, y se les mira como si se estuviera contemplando el paisaje de un atardecer.

Sin embargo, ¿en realidad qué tanto se sabe de esos desaparecidos, de esos muertos, de esos decapitados, de los cuerpos deshechos con ácido, de las mujeres violadas y torturadas, de los cuerpos en descomposición que se han encontrado en las miles de fosas? Es claro que por voz de ellos ya no se sabrá nada, pero esas primeras planas expresan que algo sucede, más allá del morbo y del amarillismo, y que podrían utilizarse de incentivo para que esos cuerpos y no cuerpos funjan como estandarte de una memoria de lucha, para que nunca más algo como eso vuelva a suceder.

Esto último es el motor de la escritura de Lurgio Gavilán Sánchez, peruano que de niño formó parte de la guerrilla de Sendero Luminoso, para luego estar en las filas del ejército peruano combatiendo a dicha organización, y quien posteriormente se insertaría en la orden de los franciscanos, donde encontró su vocación como antropólogo social. Por sobrevivientes como él, a través de sus memorias, se puede tener una noción y un acercamiento a lo que fue la vida de aquellos que no lograron sobrevivir.

Ahí es en donde radica la importancia de los testimonios, porque a partir de éstos se recupera la voz y se puede conocer la vida de quienes la Historia oficial ha relegado a las sombras, arrojándolos a una suerte de camposanto de historias “irrelevantes” sobre el cual ha echado cimientos la enemiga Historia con mayúscula, y es que, como sentenció Benjamin: “tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo, si éste vence. Y este enemigo no ha cesado de vencer.” (Benjamin, s/a: 22). Así, el testimonio es una manera de salvar a los muertos a través del ejercicio de la memoria, pues, tal como sostiene Hugo Achúgar:

El testimonio se constituye como una forma de narrar la historia de un modo alternativo al monológico discurso historiográfico en el poder (…) Por lo mismo la historia no oficial sólo surgirá como una respuesta ante los silenciamientos realizados por la versión hegemónica (2002: 65-66).

 

Varios han sido los esfuerzos públicos para fisurar el monológico discurso historiográfico al que se refiere Achúgar. Para tales fines, en América Latina se instauraron las Comisiones o los Comités de Verdad[2]. No obstante, a pesar de esos esfuerzos, hay aspectos y detalles que no se encuentran registrados en los documentos de dichos Comités. Es por ello que, en palabras de Yerko Castro, un ejercicio autobiográfico como el de Lurgio “nos provee de un marco ideal (...), para observar a los hombres y a las mujeres donde antes solo veíamos cifras y estadísticas.” (2012: 21-22). Además, en el caso específico de Perú, estas Comisiones no han logrado mucho en materia de justicia y de defensa de derechos humanos, a causa del manto de impunidad que protege a los actores que perpetraron todos los actos de violencia.

Por todo lo anterior, la autobiografía de Lurgio es un testimonio valioso, porque en ella se encuentra la narración de hechos poco conocidos o inexplorados por quienes vivieron desde otros horizontes la historia reciente de Perú y por quienes la han estudiado. Ejemplo de ello son las complejidades y atrocidades que toda guerra, es el caso del siguiente acontecimiento:

La compañera Martha se había robado un atún y tres galletas antes de ir a la vigilancia (…) En el partido no debía existir ningún ratero, pero nosotros sí podíamos robar a los comuneros. Nuestro mando nos preguntó sobre cómo debería morir Martha. Cada uno contestábamos diciendo: fusilada, con la soga, apedreada, colgada. “¿Y tú cómo quieres morir?”, le preguntó a Martha. No respondió nada. Así, fue ahorcada con la soga. No pudimos enterrarla porque estábamos en retirada (…) la dejamos en una casa abandonada sin techo, corroída por el tiempo. A los pocos días, cuando pasamos por allí, los perros peleaban por su carne putrefacta (Gavilán, 2012: 78).

 

Si Lurgio no hubiera narrado este hecho, jamás se sabría que existió alguien llamada[3] Martha, quien murió asesinada, a causa de mal saciar su hambre, en manos de sus camaradas. Pasados ya varios años del fin del conflicto, ¿quién habla por los asesinados dentro de la guerrilla y dentro del ejército?, ¿quién señala las condiciones infrahumanas que se llegaron a vivir al interior de dichas organizaciones? Es evidente que Lurgio, a través de su experiencia narrada, les da voz a todos aquellos de los que ya jamás se supo algo. Como Martha, varios fueron los compañeros asesinados sobre los que Lurgio cuenta la historia del cómo, del dónde y del porqué los mataron. Al contar esto, Gavilán es consciente y deja ver que en cualquier momento él pudo haber sido el asesinado, a causa del “estipulado reglamento imaginari  o” que tenía el Partido.

Estas historias de muertes olvidadas son fundamentales para ampliar la memoria del conflicto. Así, sin dejar de lado las atrocidades que cometieron tanto el ejército como la guerrilla, nunca se debe perder de vista de que los combatientes caídos (aun a manos de sus propios compañeros) también son vidas que importan, que tienen derecho a ser narradas y conocidas, y de las que se debe aprender, para evitar que ese terror se repita de nuevo, porque en palabras de Judith Butler:

No es como si un “yo” existiera independientemente por aquí y que simplemente perdiera a un “tú” por allá, especialmente si el vínculo con ese “tú” forma parte de lo que constituye mi “yo”. (…) ¿Qué “soy”, sin ti? (…). En un nivel, descubro que te he perdido a “ti” sólo para descubrir que “yo” también desaparezco (2006: 48).

 

Teniendo en mente la idea anterior, hay que decir que las manifestaciones de odio y de repudio en contra de guerrilleros y de integrantes del ejército han sido innumerables, de tal suerte que existen ciertos recovecos de la historia que aún parece difícil abordar sin que esto implique una suerte de sanción o censura. Sin embargo, es pertinente reflexionar sobre las condiciones que permitieron la creación de un grupo guerrillero tan radical y, al mismo tiempo, preguntarse por qué el gobierno, en lugar de entablar diálogos, respondió a la violencia con más violencia. ¿Acaso no es el reflejo de una sociedad, en particular, y de una humanidad, en general, incapaz de comunicarse y de reconocer al otro como su igual, con los mismos derechos y con las mismas necesidades? Parece ser que la humanidad ha perdido consciencia sobre el hecho de que no somos seres aislados, sino seres sociales que deberían de importarse por lo que le sucede al otro, ya que ese otro y esos otros, a través de la convivencia, soy yo. Lo que te duele a ti debería de dolerme a mí, porque tus necesidades también son mías. Se podría aventurar a decir que quizá, esa falta de consciencia y de reconocimiento sobre lo otro es uno de los factores que ha producido el estado de emergencia en el que nos encontramos hace ya más de un siglo.

Respecto a lo anterior, en el testimonio de Lurgio se puede leer que esta desvalorización era sinónimo de heroicidad disfrazada de dignidad, la cual, en palabras de Jean Améry, retomado por Todorov, “es una forma de reconocimiento social: es la sociedad la que declara que un individuo es digno o no lo es. El individuo se engaña si se imagina que puede pasar más allá de esas estimaciones por su solo juicio.” (Todorov, 1993: 66). Esto es relevante porque en una parte de la autobiografía, Lurgio escribe lo siguiente:

Entonces entendí que más allá de los sentimientos fraternos consanguíneos estaba primero obedecer los mandatos del partido. Ir donde te manden y ofrecer tu vida en nombre del PCP, y tu nombre permanecería grabado e impreso por los siglos de los siglos en la memoria colectiva como héroe guerrillero (2012: 73).

 

Sin embargo, esa memoria de la que habla Gavilán sólo se podría formar en un entorno en el que la aprobación o el triunfo del PCP-SL fuera masivo, al grado de que las distintas memorias de lo sucedido convergieran en una narrativa heroica ampliamente aceptada socialmente. A partir de los escasos testimonios que existen sobre el auge de la época del terror en Perú, es posible sostener que en la memoria colectiva los guerrilleros no son héroes en lo absoluto. Aquella idea de heroicidad sólo era reconocida e introyectada por quienes formaban parte de la guerrilla, más allá de ese círculo, su imagen fue cambiando a grado tal que, más que como “luchadores sociales”, los senderistas son recordados como “terroristas”. Así, mientras que los militantes sentían dignidad al morir por la causa, para buena parte de la sociedad peruana los individuos que conformaban el movimiento de Sendero Luminoso no representaban dignidad alguna. El caso de las Fuerzas Armadas fue en algunos momentos similar dado el terrorismo de Estado que aplicó, sin embargo, éstas han tenido mayor posibilidad de posicionarse públicamente respecto a sus acciones durante el conflicto.

En nombre de la heroicidad y de ofrecer la vida por el PCP murieron varias personas de las que se desconoce todo, y de quienes no se tiene registro en la Historia oficial porque pareciera ser que son “vidas insignificantes”, entre ellas se encuentra el hermano de Lurgio:

A las seis de la tarde llegó la noticia de la muerte de mi hermano. Lloré. (…) Una lanzagranada había destrozado la cabeza de mi hermano. Esa misma tarde lo habían llevado para que lo enterraran envuelto con la bandera roja. Nunca encontré la tumba de mi hermano. Sólo me decían “allí está” (76).

 

Al analizar el fragmento anterior, desde el psicoanálisis, se puede percibir que este fue un hecho casi inenarrable para Lurgio; en primer lugar porque son frases cortas, no hay uso de comas que le den continuidad, su discurso está entrecortado como cuando se intenta hablar mientras se está llorando, además, no se nota la misma fluidez con la que narró el asesinato de su compañera Martha; en segunda instancia, hay una repetición constante de “mi hermano”, como si quisiera enfatizar, dejar claro y no olvidar jamás su lazo afectivo y familiar, contrario a  aquella consigna de que “más allá de los sentimientos fraternos consanguíneos estaba primero obedecer los mandatos del partido”. Asimismo, ya al margen del psicoanálisis, se puede percibir el grado de violencia con la que el Estado terrorista hizo frente a esta organización, “volando cabezas con lanzagranada”. Por todo esto, el sentimiento de dolor fue tan grande y tan fuerte que Lurgio lloró, y eso es algo que recuerda hondamente. 

Me interesa profundizar en el acto de llorar, porque es un hecho bastante significativo. Gavilán narra en la autobiografía que era muy común llorar dentro de la guerrilla cuando un camarada moría o cuando se despedían porque los rotaban hacia otro sitio. Más allá de la imagen que se tenga de estos militantes, se debe apuntalar que el acto de llorar es una de las cosas más humanas, porque está aunado al dolor físico, pero sobre todo al sufrimiento. Al momento en que Lurgio narra este detalle que pareciera ser insignificante, dota de humanidad a los miembros del PCP-SL, hace evidente que ellos sufrían de igual forma, que la vida que llevaban no era paradisiaca y que los “terrucos” también lloran.

En la narrativa de Lurgio encontramos personas de carne y hueso que sienten y que necesitan, y no sólo números y estadísticas. Lo interesante de ese acto de llorar dentro del PCP-SL, radica en que al interior del ejército eso era impensable. Gavilán cuenta que a un recluta que se quejó, lo masacraron y lo hicieron “desertar a propósito, avisándole bien que el cuartel era para hombres no para llorones.” (119), porque “[e]n el Ejército se cumplían las órdenes sin llantos ni murmuraciones” (120).

Así también, en este pasaje de su vida dentro de dicha institución, Lurgio da testimonio de muchos actos de violencia cometidos por las Fuerzas Armadas, y que fueron falsamente adjudicados a Sendero Luminoso. Por este tipo de informaciones, el testimonio se vuelve relevante y necesario, ya que es un medio a partir del cual se puede cuestionar a la Historia oficial, es una herramienta que evidencia las mentiras y las falsedades que se encuentran dentro del discurso monológico del poder, y un instrumento que contribuye a la reescritura de la Historia, al darle lugar a la pluralidad de voces y de vivencias.

Aunado a esto, otro capítulo importante para el Perú, y del cual casi no se habla, es el caso de las charlis, nombre con el que se les conocía a las prostitutas del ejército, quienes llegaban a los campos con la finalidad de que los integrantes de las Fuerzas Armadas dejaran de violar a las mujeres de los lugares que patrullaban. Este hecho marcó tanto la historia de Perú que Mario Vargas Llosa escribió una novela respecto al tema, Pantaleón y las visitadoras. Se trata de historias silenciadas, acaso debido a la dimensión de género en su relación con la moralidad imperante; en otra novela peruana se pude observar la complejidad cultural de los efectos que tenían situaciones similares como las violaciones:

Chacaltana se preguntó qué hacer con las solteras violadas en el ordenamiento jurídico. Al principio, había pedido prisión para los violadores, conforme a la ley. Pero las perjudicadas protestaban: si el agresor iba preso, la agredida no podía casarse con él para restituir su honra perdida (Roncagliolo, 2007: 21).

 

Se puede ver que el asunto de las violaciones iba más allá del delito, detrás de él había importantes implicaciones sociales que repercutían en la estructura familiar, y la familia es la base de esa sociedad. Para poner fin a ese problema, el gobierno lo intentó “resolver” con otro problema: la red de prostitución, la cual trajo consigo un sinfín de violaciones a los derechos humanos y un nulo reconocimiento de los derechos de las trabajadoras sexuales, además de la precaria condición laboral en la que se encontraban. Todo esto se puede leer en el testimonio de Lurgio, como en el siguiente pasaje: “Alguna vez venía una charli con su hijito, y mientras el niño jugaba su madre trabajaba. Otras veces, a otras charlis las hacían emborrachar y las violaban” (110).

Inmerso en este contexto, un día mientras Lurgio patrullaba junto a unas monjas misioneras, una madre le dijo que él podía ser sacerdote, Gavilán pensó lo siguiente, y fue un incentivo para abandonar el Ejército:

Las palabras de la madre hasta me hicieron soñar (…) reconciliando a los de SL con los militares.

Pero, más que los sueños, ésa parecía ser la oportunidad que estaba buscando desde niño. Hacer algo por los que no tienen, por mis paisanos que tanto habíamos maltratado, robándoles y violando a sus mujeres (127).

 

De esta manera, motivado por una necesidad de redención, Lurgio llegó a la orden de los franciscanos. En este capítulo de su vida, Gavilán da testimonio sobre “el río veraniego de Mantaro, contaminado por la mina de Oroya” (Ibid.: 139), ecocidios que tampoco son nombrados por la Historia oficial, y que sin embargo repercuten en la calidad de vida de la sociedad, determinando el rumbo de su Historia.  Lurgio también consigna en su testimonio la compleja situación de los niños asháninkas[4], también borrados de la historia . Lurgio tuvo contacto con los asháninkas cuando se fue de misionero, así, será después de esta labor que, posiblemente por el contacto con esos niños y al percatarse de las carestías materiales y “espirituales” de su gente, Gavilán sintió la necesidad de “tener una familia, quizás un hijo, y salir al mundo como cualquier persona.” (156). Por lo que, finalmente, decidió estudiar antropología.

Me atrevo a decir que el último capítulo de su libro, en el que 20 años después Lurgio regresa a los lugares por los que anduvo, con la finalidad de buscarse en los rastros, es la parte más significativa de su testimonio, ya que se puede leer al niño guerrillero-joven del ejército-antropólogo que repiensa y concientiza, con “distancia”, el ser humano que es, lo valioso de su vida y lo relevante de poder dar testimonio de lo que vivió. También reconoce, en la escritura misma, que hay partes que aún no puede narrar por lo difícil que es tratarlas. Al hacer el recuento de lo vivido, Lurgio reflexiona y externa lo siguiente:

Mis recuerdos nunca se borraron, estaban ahí dentro de mi ser, a veces para hacerme daño, a veces para simplemente recordar, y otras veces para hacerme hundir en lágrimas. Pero no hay más, es todo cuanto he vivido y las respuestas están ahí; no es preciso saber más, un silencio es la mejor respuesta, nunca se entenderían, y sólo el que ha vivido esta historia la siente viva en su cuerpo (172).

 

En conclusión, después del acercamiento al testimonio de Lurgio, se hace evidente que aún quedan muchas historias por contar. Es necesario e imprescindible aproximarse a este tipo de trabajos para reconstruir, a través de la memoria colectiva, una Historia incluyente y pluridiscursiva en la que se encuentren verdades, por más dolorosas y aberrantes que puedan llegar a ser, con la finalidad de gestar futuras sociedades conscientes, que eviten la reproducción de atrocidades y sean capaces de reconocerse en el otro, al evadir visiones, acciones, sentires e ideologías intolerantes y excluyentes. Es indispensable escuchar, leer y abrirse a este tipo de textos para no olvidar lo que se ha hecho como humanidad. El silencio que se guarda sólo alimenta el individualismo sordo, ciego, mudo e indolente que carcome y aniquila. Debe ser el trabajo colectivo el que vele por los intereses de las mayorías, porque estas (re)escribirán la Historia de otra manera. Se debe poner un alto a esas intolerancias que normalizan la violencia cruel contra las diferencias, contra las y los otros. Urge que este estado de emergencia deje de ser la regla. Es necesario trabajar en conjunto, recordar en pluralidad para que nunca más se silencien voces, se derrame sangre y se apaguen vidas.

 

[1] Mirian Adriana Paredes Tavera es pasante de la licenciatura de Estudios Latinoamericanos y de la licenciatura en Lengua y Literaturas Modernas Portuguesas (FFyL-UNAM). Contacto: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

[2] Para tener un panorama general sobre esto, se puede consultar el artículo de Esteban Cuya, Las Comisiones de verdad en América Latina, en http://www.derechos.org/koaga/iii/1/cuya.html, consultado: 01-06-16.

[3] Hay que señalar que todos los integrantes del movimiento guerrillero cambiaban su nombre cuando se incorporaban a él. La cabeza del Partido era Abimael Guzmán, quien se autodenominó Gonzalo y se le conocía como el presidente Gonzalo. Lurgio, a su vez, se hizo llamar Carlos. Con certeza, Martha era el nombre de lucha de esta mujer.

[4] Niños indígenas huérfanos por la guerra que no se pudieron adaptar al modo de vida de otras familias asháninkas, y fueron acogidos por la Misión Franciscana.

 

Bibliografía:

Butler, Judith, Vida precaria. El poder del duelo y la violencia, trad. Fermín Rodríguez, Paidós, Buenos Aires, 2006.

Castro Neira, Yerko, “Antropología de la violencia. Entre los estudios del sufrimiento social y la antropología de la paz”, en Gavilán Sánchez, Lurgio, Memorias de un soldado desconocido. Autobiografía y antropología de la violencia, Universidad Iberoamericana, México, 2012.

Cuya, Esteban, Las Comisiones de verdad en América Latina, en http://www.derechos.org/koaga/iii/1/cuya.html, consultado: 01-06-16.

Gavilán Sánchez, Lurgio, Memorias de un soldado desconocido. Autobiografía y antropología de la violencia, Universidad Iberoamericana, México, 2012.

Roncagliolo, Santiago, Abril Rojo, Punto de Lectura, Madrid, 2007.

Todorov, Tzvetan, Frente al límite, trad. Federico Álvarez, Siglo XXI, México, 1993.

Walter, Benjamin, Tesis sobre la Historia y otros fragmentos (PDF), trad. Bolívar Echeverría, en http://www.bolivare.unam.mx/traducciones/Sobre%20el%20concepto%20de%20historia.pdf, consultado: 02-06-16.

 

Cómo citar este artículo:

PAREDES, Mirian Adriana, (2016) “En la construcción del “Para que nunca más” en Perú. Un ensayo en torno al libro Memorias de un soldado desconocido de Lurgio Gavilán Sánchez”, Pacarina del Sur [En línea], año 8, núm. 29, octubre-diciembre, 2016. Dossier 19: Herencias y exigencias. Usos de la memoria en los proyectos políticos de América Latina y el Caribe (1959-2010). De Chihuahua a los Andes. Huellas y caminos de las rebeliones en la sierra. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Domingo, 23 de Abril de 2017.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.com/index.php?option=com_content&view=article&id=1380&catid=59&Itemid=82