Pacarina del Sur
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Vivas nos queremos: feminicidio y resistencia feminista en tres ciudades latinoamericanas

Vivas nos queremos: femicide and feminist resistance in three Latin American cities

Vivas nos queremos: feminicídio e resistência feminista em três cidades latino-americanas

Marisol Anzo-Escobar

Universidad Autónoma Metropolitana, México

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Recibido: 15-05-2019
Aceptado: 15-07-2019

 

 

Tuve miedo. Tengo miedo. A causa del miedo reforcé el amor, alerté a todas las fuerzas de la vida, armé al amor, con alma y con palabras, para impedir que ganara la muerte. Amar: conservar viva: nombrar.

Hélène Cixous

 

Preámbulo

Los asesinatos de mujeres por razones de género se han convertido en una dolorosa cotidianidad en toda Latinoamérica. Si bien el problema no es nuevo y, por el contrario, fustiga a la región desde hace décadas, en los últimos años su impronta se ha hecho cada vez más evidente. De acuerdo con la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, en la región se encuentran 14 de los 25 países donde se cometen más feminicidios en el mundo (CEPAL, 2018), lo que significa que decenas de mujeres son privadas de la vida cada día. A causa de esta grave situación se han modificado las leyes de 18 países latinoamericanos (Costa Rica en 2007, Guatemala en 2008, Chile y El Salvador en 2010, Argentina, México y Nicaragua en 2012, Bolivia, Honduras, Panamá y Perú en 2013, Ecuador, República Dominicana y Venezuela en 2014, Brasil y Colombia en 2015, Paraguay en 2016 y Uruguay en 2017), para reconocer legalmente al crimen y tipificarlo como feminicidio, femicidio u homicidio agravado por razones de género[1] con el objetivo de otorgar justicia a las víctimas y sancionar a los perpetradores, escenario que se ve lejano considerando los altos niveles de impunidad que caracterizan a nuestros territorios.

Estas reformas legales no son producto de la generación espontánea, tras de ellas se encuentra el esfuerzo de miles de mujeres que, desde la academia, las calles y/o las curules, han luchado incesantemente para visibilizar los feminicidios, desnaturalizarlos y exigir la intervención del Estado y la sociedad para erradicarlos. En la actualidad, este problema constituye uno de los principales ejes de reflexión-acción de los feminismos latinoamericanos, que al unísono reclaman el respeto a la vida y a la dignidad de todas las mujeres, ante un panorama que constantemente pone en entredicho no sólo nuestra autodeterminación sino también nuestro derecho a existir. Así, mostrando la capacidad de escucha, diálogo y articulación del movimiento feminista, se han entretejido alianzas para resistir el proyecto de muerte que se nos impone y, contraviniendo el mutismo que la violencia pretende instaurar, de la pérdida y el dolor han florecido voces que resuenan a lo largo y ancho del continente para exigir “Ni una más” y “ni una menos”,[2] dando pie a pactos políticos insospechados, que trascendiendo fronteras han generado formas otras de organización y lucha contra el olvido, por el recuerdo y por la vida, por la memoria de las que se llevaron y por la libertad de las que quedamos.

Precisamente en este texto reflexiono acerca de las formas que adopta la resistencia feminista ante los asesinatos de mujeres por razones de género en Latinoamérica. Para ello, primero esbozo brevemente la genealogía del término feminicidio y establezco las implicaciones de este crimen para las mujeres del sur global. Luego, presento diferentes momentos de la protesta contra el feminicidio en Latinoamérica, a partir de la reconstrucción etnográfica de tres movilizaciones en las que participé en Ciudad de México, Montevideo y Ciudad Juárez entre septiembre de 2017 y febrero de 2018. Finalmente, poniendo en perspectiva cada una de las manifestaciones, discurro sobre las especificidades de esta renovada ola de lucha en las calles y las nuevas formas de apropiación del espacio público que han conllevado.

 

Feminicidio, una definición crítica feminista

Detrás de aquellos conceptos que tienen un origen político existe una genealogía que invita a ser explorada. Por esta razón, hablar del término femicide nos conduce a reconocerlo como un legado de las académicas feministas anglosajonas, pues fue Diana E. H. Russell quien en 1976 lo usó por primera vez cuando se presentó ante el Tribunal Internacional de Crímenes contra las Mujeres para testificar sobre un asesinato misógino (Radford & Russell, 1992). Del mismo modo, una de las primeras definiciones se la debemos a Jane Caputi y Diana E. H. Russell quienes en el artículo Speaking the Unspeakable, lo definen como “el asesinato de mujeres realizado por hombres motivado por odio, desprecio, placer o un sentido de propiedad de las mujeres” (1993, pág. 34); un par de años después, Jill Radford introduce el elemento de la misoginia al aclarar que se trata del “asesinato misógino de las mujeres por los hombres, como forma de violencia sexual” (Radford & Russell, 1992, pág. 3).

Por su parte, algunas investigaciones afirman que la castellanización del concepto y su incorporación a la discusión feminista latinoamericana se remonta a la década de 1980, cuando en Centroamérica comenzaron a emplearlo para referirse al asesinato de mujeres por razones de género (Pola, 2008). Cabe señalar que no existe consenso en cuanto a la traducción del vocablo femicide, por lo que en algunos países de habla hispana se usa el término femicidio y, en otros, feminicidio. No obstante, si se sigue el análisis etimológico presentado por Julia Monárrez (2009), observamos que la palabra tiene dos raíces latinas que son fémina (mujer) y caedo o caesum (matar), por lo que el vocablo apropiado para referirse al asesinato de una mujer sería feminiscidium, esto es, feminicidio.[3] Dicha apreciación es importante en tanto se clarifica que el concepto no es una voz homóloga de homicidio, sino que alude a un crimen contra las mujeres cometido en función del género (Lagarde de los Ríos, 2005).

En México, la primera alusión al término remite al año 1994 cuando Marcela Lagarde lo introduce al debate académico (Monárrez, 2009); sin embargo, el concepto cobra relevancia a partir de 1998, cuando Julia Monárrez lo retoma para explicar el fenómeno en Ciudad Juárez,[4] a la luz de una investigación empírica de largo alcance que, entre otras cosas, permite identificar las especificidades del feminicidio en el contexto mexicano a través del concepto feminicidio sexual sistémico, cuya proeza es señalar todos los elementos de la relación inequitativa entre los sexos que confluyen en el asesinato de una mujer, destacando que no sólo se asesina su cuerpo biológico sino la construcción cultural de lo femenino, donde la tolerancia del Estado, que a su vez es amparada por grupos hegemónicos, refuerza un dominio patriarcal que mantiene a familiares de víctimas y a todas las mujeres en un estado de inseguridad latente que se fortalece con la impunidad, pues en la mayoría de los casos no se sanciona a los responsables, lo que constituye el primer obstáculo para acceder a la justicia (Monárrez, 2009).

La comprensión del feminicidio implica tomar en cuenta las condiciones históricas que han generado prácticas sociales violentas hacia las mujeres, materializadas en distintas y constantes formas de maltrato hacia ellas, incluyendo la socialización de la indefensión, en sentido estricto y figurado (Lagarde de los Ríos, 2005). Las posibilidades que se abren para comprender el feminicidio en estos términos son múltiples porque no se problematiza interrogando ¿Por qué un hombre determinado asesina a una mujer determinada?, sino preguntando porqué un grupo social asesina a otro (Cameron, 1987), lo que permite conectar “los motivos con los actos violentos de los criminales y yuxtaponerlos con las estructuras sociales de determinada región y las diferencias en la jerarquía del poder sexual” (Monárrez, 2009, pág. 49).

Así, otro de los factores a considerar para entender el feminicidio, remite a los cambios estructurales dados en una sociedad determinada y la forma en que éstos impactan aumentando o disminuyendo las brechas de desigualdad entre mujeres y hombres en el ámbito económico, político y social (Monárrez, 2009; Arteaga & Valdés, 2010). De este modo, en algunos contextos sociales en transición (Arteaga & Valdés, 2010) las mujeres se convierten en “encarnaciones del mal” (Monárrez, 2009), pues salen del espacio doméstico que les es asignado como natural para existir, transfigurándose en “mujeres públicas”, contaminadas socialmente y causantes de los daños que puedan sufrir al ocupar un espacio (público) que no les corresponde y de los males que aquejan a la comunidad (Wright, 2007).

En consecuencia, se configura una necropolítica de género (Sagot, 2013) en la que las estructuras de desigualdad, los discursos y prácticas que éstas generan, son letales para las mujeres, explicitando un biopoder basado en la soberanía, es decir, “en la capacidad de definir quién importa y quién no, quién es desechable y quién no” (pág. 7). Así, la necropolítica de género produce una “instrumentalización generalizada de los cuerpos de las mujeres, construye un régimen de terror y decreta la pena de muerte para algunas” (ibíd.), es decir, representa una forma de pena capital que tiene la finalidad de controlar a las mujeres, obligándolas a aceptar las reglas masculinas para preservar el statu quo genérico.

Estos elementos nos permiten leer el feminicidio como una “política sexual letal que busca controlar a las mujeres que interiorizarán la amenaza y el mensaje de dominación, permitiendo límites a su movilidad, a su tranquilidad y a su conducta, tanto en la esfera pública como en la privada” (Sagot, pág. 8), evidenciando al patriarcado como “una institución que se sustenta en el control del cuerpo y la capacidad punitiva sobre las mujeres” (Segato, 2013, pág. 3). En este sistema, poder y masculinidad son sinónimos, lo que genera un ambiente social misógino en el que predomina el desprecio por lo femenino y lo feminizado. De este modo, los feminicidios son crímenes de poder que pretenden mantenerlo y reproducirlo, por lo tanto, son expresivos y no solamente instrumentales, lo que presupone el reconocimiento de interlocutores más importantes que las propias víctimas (Cf. Segato, 2013).

Toda esta problematización nos permite observar que el feminicidio es una definición crítica aportada y nutrida por la academia feminista (Monárrez, 2017). Fionnuala Ni Aolain (2000) señala que estamos ante una definición crítica cuando ésta: a) permite a las víctimas reconocer el daño que han sufrido, b) posibilita que otros entiendan el daño causado en las víctimas; y c) funciona como catalizadora para otorgar justicia a las víctimas en el marco legal. En este sentido, el término feminicidio ha permitido nombrar el asesinato de mujeres como resultado de las violencias estructurales que padecen, al mismo tiempo ha posibilitado la comprensión del daño causado a la víctima en una escala social y, gracias a su tipificación, debería garantizar impartición de justicia, reparación del daño y sanción a los responsables. Pero, además, como veremos a continuación, esta definición crítica ha dado paso a que las mujeres se organicen para manifestar su rechazo a este crimen letal cometido en su contra.

 

Imágenes momentáneas: tres estampas de la protesta feminista latinoamericana contra el feminicidio

Las condiciones que han posibilitado la articulación de una respuesta feminista contra el feminicidio en Latinoamérica surgen del esfuerzo llevado a cabo por distintas mujeres para visibilizar, desnaturalizar y nombrar el problema. Esto se debe a que los feminismos comparten una raíz política que no sólo pretende teorizar de una manera distinta, sino también intervenir en el mundo para lograr una transformación social profunda. De ahí que entre las reflexiones y las acciones no medie una gran distancia, sino se mantenga un intercambio permanente que las fortalece en igual medida, mostrando rutas inexploradas para la actuación y razonamientos inéditos surgidos a la luz de la experiencia colectiva. Precisamente uno de los objetivos de este texto es mostrar algunas imágenes momentáneas de la protesta contra el feminicidio mediante una reconstrucción etnográfica de tres manifestaciones en las que participé entre septiembre de 2017 y febrero de 2018, con el objetivo de destacar que entre las principales fortalezas del movimiento feminista latinoamericano encontramos su enorme capacidad de diálogo y organización ante los problemas comunes y su recursividad.

 

Indignación nacional por el feminicidio de Mara Fernanda

Mara Fernanda Castilla Miranda fue asesinada la madrugada del 8 de septiembre de 2017, luego de abordar una unidad de Cabify que contrató para que la llevara a salvo a su domicilio tras salir de una reunión con amistades en The Bronx, bar ubicado en la ciudad de Cholula, Puebla, México.[5] Durante una semana permaneció en calidad de desaparecida, hasta que su feminicidio se dio a conocer oficialmente el 15 de septiembre de 2017, a través de la cuenta de Twitter del gobernador constitucional del estado.

Inmediatamente después de saberse la noticia, las mujeres, feministas o no, comenzaron a manifestar su preocupación por el caso a través de las redes sociales, señalando que la violencia en su contra había alcanzado tal grado que ni siquiera contratar un servicio de transportación privada podía mantenerlas seguras. Muy pronto la indignación dio paso a la organización de una marcha por la memoria de Mara Fernanda y en contra del feminicidio, la cual se convocó el día 17 de septiembre de 2017 en más de quince ciudades del país.[6]

En Ciudad de México, la cita fue al medio día en inmediaciones del zócalo capitalino. A la apacibilidad de un domingo en la mañana, se sumaba el silencio que viene luego de una festividad oficial, pues el 15 y 16 de septiembre se había celebrado un aniversario más de la Independencia nacional. Quizá por ello la presencia de todas esas mujeres ataviadas con prendas de color morado y pancartas en mano irrumpió tan drásticamente el panorama y el ruido rabioso por el feminicidio de Mara Fernanda se escuchó más que otras veces.

Ya sea en grupo o solas, miles de mujeres se presentaron para cumplir con la ineludible cita e inmediatamente organizaron el contingente que marcharía con destino a la Procuraduría General de la República. A diferencia de otras manifestaciones, en las que se identifica claramente a las convocantes, ésta tuvo una lógica propia, sin figuras que estipularan los términos en que había de darse, de alguna manera fue mucho más espontánea pues la necesidad de exigir justicia y reclamar el cese de las violencias cotidianas era el elemento común de las participantes.

La marcha comenzó con la rechifla de un grupo de hombres que se encontraban en el lugar, según algunas de las asistentes éstos fueron enviados por el jefe de gobierno capitalino para fustigar la concentración. Rápidamente, ese ruido burlón fue acallado por el sonido de los tambores de la batucada feminista que acompañó a los contingentes durante todo su recorrido y por el coro de voces que al unísono gritaba “ni una más, ni una más, ni una asesinada más”, “se ve, se siente, Mara está presente”, “porque vivas se las llevaron, vivas las queremos”; el miedo había detonado en rabia.

Marcha por el feminicidio de Mara Fernanda llevada a cabo el 17 de septiembre de 2017 en Ciudad de México
Imagen 1. Marcha por el feminicidio de Mara Fernanda llevada a cabo el 17 de septiembre de 2017 en Ciudad de México. Fuente: archivo personal de la autora.

Mujeres de todas las edades desfilaron por las calles del centro histórico con rumbo a, la que en teoría es, una de las máximas sedes de procuración de justicia en el país, ya no con la esperanza de que algún funcionario atendiera las demandas que han sido archivadas por años, sino para hacerle saber al Estado que la indolencia e indiferencia recibidas por décadas han sido transformadas en un acuerpamiento[7] amoroso que tiene como objetivo resistir el embate patriarcal del feminicidio y las violencias machistas.

Un cúmulo de emociones flotan en el ambiente: algunas mujeres no pueden contener el llanto por el miedo de convertirse en la siguiente o por la rabia que la impunidad deja a su paso; otras sonríen tras encontrarse con amigas durante la marcha, se saludan efusivamente, se abrazan; varias se muestran burlonas y confrontativas ante las miradas que juzgan su cuerpo o su atuendo; unas más muestran un gran entusiasmo al intervenir calles, monumentos y casetas telefónicas con marcadores, esténciles y aerosoles.

Intervención realizada durante la marcha por el feminicidio de Mara Fernanda en la fuente de la glorieta del Caballito
Imagen 2. Intervención realizada durante la marcha por el feminicidio de Mara Fernanda en la fuente de la glorieta del Caballito. Fuente: archivo personal de la autora.

Pasadas las dos de la tarde la multitud comienza a congregarse en las inmediaciones de la Procuraduría General de la República ubicada en la avenida Paseo de la Reforma. Algunas mujeres aprovechan las pancartas para formar un papel tapiz que cubre la parte más visible de las paredes del edificio, otras hacen pintas con frases como “vivas nos queremos” y “yo soy Mara”. Los tambores siguen acompañando las consignas al tiempo que se ondean banderas moradas con el lema “ni una menos”.

Mientras, algunas compañeras van tomando una a una la palabra. Lo que dicen suena familiar, hablan de las violencias machistas que sortean día con día y del Estado patriarcal que sostiene una conveniente impunidad, pero también de la determinación de no formar parte de las cifras de feminicidio, de la voluntad de vivir libres de temores, de las acciones que, en caso de ser necesario, llevarán a cabo para conservar la vida resumidas en frases como “machete al machote” o “mata a tu macho”. Se rememora a otras víctimas detonando así una catarsis colectiva. Después, el grupo comienza a dispersarse poco a poco.

 

Alerta feminista por el feminicidio de Alison Patricia

Alison Patricia Pachón Toranza fue asesinada el 6 de diciembre de 2017 a manos de su pareja, quien le disparó en cuatro ocasiones, mientras se encontraba en el comedor de su casa, ubicada en el barrio Tres Ombúes en la ciudad de Montevideo, Uruguay. La tarde de ese mismo día la prensa dio a conocer el caso.

Durante las primeras horas del 7 de diciembre, la Coordinadora de Feminismos[8] lanza la convocatoria para llevar a cabo una nueva Alerta Feminista para denunciar el feminicidio de Alison Patricia. Ésta es una iniciativa que surge en 2014, su objetivo es denunciar públicamente cada uno de los feminicidios ocurridos en Uruguay, mediante concentraciones y/o marchas que se convocan a través de Facebook en un lapso no mayor de 48 horas después de haberse cometido el crimen. Se cita ese mismo día a las 19:30 horas en la Plaza Libertad, ubicada en el centro de la ciudad. En la imagen que hacen circular en redes sociales se enfatiza que con éste suman 33 feminicidios en lo que va del 2017, es decir, alrededor de 32 concentraciones previas.

Por lo menos 30 minutos antes de la hora especificada, mujeres y hombres jóvenes comienzan a llegar a la Plaza Libertad, se sientan en las bancas o en el piso, ceban mates, mantienen charlas informales mientras acomodan las pancartas que han llevado. Apenas da la media, algunas comienzan las maniobras para cerrar la Avenida 18 de julio, que es por donde avanzará la marcha. La organización se da casi automáticamente: al frente mujeres con una manta de gran tamaño que dice “todas en alerta y en las calles”, luego aquellas que llevan carteles con los datos de cada mujer asesinada en el año, después otro grupo de mujeres y al final los aliados, esto es, aquellos varones que se suman a la causa feminista suscribiendo sus preceptos teórico-políticos y sus acciones; quizá una manifestación de 500 personas es más fácil de manejar y el orden establecido entre participantes, pensado así para visibilizar a las mujeres en su propio movimiento, se mantiene hasta el final.

Feminicidios son evitables el gobierno es responsable, pancarta en la Alerta Feminista por Alison Patricia realizada en Montevideo, Uruguay
Imagen 3. “Feminicidios son evitables el gobierno es responsable” pancarta en la Alerta Feminista por Alison Patricia realizada en Montevideo, Uruguay. Fuente: archivo personal de la autora.

El sonido de los tambores va marcando el camino, al tiempo que se gritan consignas como: “señor, señora, no sea indiferente, se mata a las mujeres en la cara de la gente”, “frente a los machismos acción directa, ninguna agresión sin respuesta”, “tocan a una, tocan a todas”, “se va a acabar, se va a acabar, esa costumbre de matar”, “fuego, fuego, fuego al patriarcado”, “olé olé, olé olá, ni una menos, ni una más, este sistema es opresor y patriarcal”. Apenas unas 10 calles después, se encuentra la Plaza de los Treinta y Tres que es el destino de la movilización; una vez ahí, las mujeres y asistentes en general comienzan a dejar un gran círculo en el centro y se acomodan en los extremos, preparando el terreno para lo que está por ocurrir.

Alerta feminista por Alison Patricia llevada a cabo el 7 de diciembre de 2017 en Montevideo, Uruguay
Imagen 4. Alerta feminista por Alison Patricia llevada a cabo el 7 de diciembre de 2017 en Montevideo, Uruguay. Fuente: archivo personal de la autora.

A continuación, reparten hojas tamaño media carta con la “proclama” hecha para ese día, después una compañera toma micrófono y le da lectura, el resto de las asistentes también la leen en voz alta. El texto leído es el siguiente:

 

Otra vez…
Otra vez la noticia desgarradora
Otra vez el nudo en la panza, la asfixia en la garganta y el llanto en los ojos
Otra vez nos roban la vida
Otra vez una mujer
Otra vez una niña
Otra vez esa impotencia
Otra vez esas ganas de nadar en llanto mientras quemamos todo
Otra vez un feminicidio, el de Alison Pachón de 20 años, asesinada a disparos por su ex novio

Otra vez el “te abrazo compañera” por redes, esperando para abrazarnos, como si no nos fuésemos a soltar nunca…
Como buscando curarnos, como buscando fuerza.
Como queriendo no dejar ir ese pedacito de alma que nos matan.

Otra vez la hipocresía
Otra vez el “algo habrá hecho”
El “pero los varones también sufrimos”
Otra vez volviéndonos a matar con la culpa lo que ya mataron con sangre y se desecha por ahí cual bolsa de basura
Como si nada importase, como si ella solamente fuese un soldadito caído de algún videojuego y no una mujer y no una niña y no una cuerpa muerta y no una puñalada, de herida punzante, en nuestras cicatrices de otras miles puñaladas anteriores.

Y otra vez y otra vez y otra vez... un varón mata, el patriarcado muestra sus dientes, se lleva otra de nosotras y nosotras desde desde ese dolor gritamos que estamos hartas. Desde ese dolor aquí estamos otra vez y estaremos mil veces hasta que seamos libres.

NI UNA MUERTA MÁS NI UNA MUJER MENOS
TODAS JUNTAS TODAS LIBRES[9]

 

Una vez concluida la lectura colectiva, la mujer al micrófono comienza a nombrar a cada una de las víctimas de feminicidio, dice su edad, su lugar de origen, la forma en que fue asesinada y menciona quién la asesinó; al mismo tiempo, algunas de las asistentes se van tendiendo al centro del círculo que se hizo previamente, hasta que en el suelo hay 33 mujeres emulando a las compañeras cuya vida ha sido arrebatada.

Lapa y Sirena Negra para rebelArte
Imagen 5. Lapa y Sirena Negra para rebelArte. www.rebelarte.info/ALERTAS

Después de algunos minutos de silencio, las mujeres del centro se ponen de pie, se toman de las manos y comienzan a formar un caracol mientras cantan “somos las nietas de todas las brujas que nunca pudieron quemar”, van integrando poco a poco a las manifestantes que se encuentran en los extremos, hasta que la mayoría se encuentra bailando y cantando, todo finaliza con un abrazo multitudinario, entre lágrimas y risas, moviéndose por todo el espacio, eso es a lo que llaman “el abrazo caracol”.

 

Marchar contra el olvido: en conmemoración de la desaparición [y feminicidio] de Idaly

Idaly Juache Laguna desapareció el 23 de febrero de 2010, sin embargo, fue hasta el 16 de abril de 2012 cuando los restos de su cuerpo fueron hallados en los alrededores del arroyo El Navajo, en el Valle de Juárez, Chihuahua, México.[10] Su asesinato, junto con el de otras 11 jóvenes, se relaciona con redes de trata y prostitución que operaban en Ciudad Juárez.

Como cada año, el 23 de febrero es una fecha oscura para Norma Laguna, madre de Idaly, y sus familiares cercanos, pues un día como ese, pero de 2010, fue cuando la vieron viva por última vez. La marcha se convocó no sólo para recordarla sino para renovar la exigencia de justicia al Estado mexicano, por éste y otros tantos casos que han quedado en la impunidad. La convocatoria se lanzó en redes sociales, se invitaba a la comunidad a reunirse a las 11 de la mañana en la plaza comercial que se encuentra en el cruce de las calles Constitución y Vicente Guerrero, donde Idaly fue vista por última vez, para marchar con destino al sitio donde ella y otras jóvenes estuvieron privadas de su libertad.

Un grupo de mujeres llegan puntualmente con prendas moradas y rosas, pancartas, cruces y un féretro del mismo color hecho de cartón y adornado con una cruz de flores negras. Media hora más tarde, y en vista de que no llegará nadie más, las 50 personas que se manifiestan, en su mayoría amas de casa y niños, comienzan a caminar con rumbo al centro de la ciudad. En el lugar hay otras 40, pero éstas son fotógrafos, reporteros y agentes de la policía que tienen la misión de resguardar la marcha. Los dos grupos pueden identificarse desde lejos.

Marcha en memoria de Idaly Juache Laguna llevada a cabo el 23 de febrero de 2018 en Ciudad Juárez, Chihuahua
Imagen 6. Marcha en memoria de Idaly Juache Laguna llevada a cabo el 23 de febrero de 2018 en Ciudad Juárez, Chihuahua. Fuente: archivo personal de la autora.

Si bien la marcha fue poco concurrida, eso no impide que en las calles se escuchen consignas como “son nuestras hijas, no mercancía”, “porque vivas se las llevaron, vivas las queremos”, “hija escucha, tu madre está en la lucha”, “donde están, dónde están, nuestras hijas dónde están”. Así, el contingente se va abriendo paso entre miradas esquivas y automóviles que se alejaban a toda velocidad de la escena de dolor hasta llegar al edificio abandonado en donde se encontraba el Hotel Verde, lugar en el que Idaly fue retenida en contra de su voluntad para ser prostituida.

Una vez ahí, Norma Laguna toma el micrófono y relata la historia de su hija, su sueño de ser modelo y el infierno que vivió mientras estuvo cautiva, también habla de la larga travesía que ha implicado su búsqueda por la justicia; mientras, algunas madres de desaparecidas o víctimas de feminicidio la reconfortan tocándole la espalda o abrazándola y otras, en un acto simbólico, pegan pesquisas en las paredes del viejo edificio con la información de sus hijas, madres, hermanas o familiares desaparecidas. Los vecinos también participan, algunos se apersonan directamente y otros se asoman desde sus puertas y ventanas.

Hotel Verde, Ciudad Juárez, Chihuahua
Imagen 7. Hotel Verde, Ciudad Juárez, Chihuahua. Fuente: archivo personal de la autora.

Al menos una decena de medios de comunicación se encuentran filmando, tomando fotografías y/o grabando el discurso que pronuncia, una vez que éste concluye, los reporteros se abalanzan sobre ella para hacerle las preguntas que, con toda seguridad, le realizan en cada oportunidad, sin embargo, su expresión es amable y su tono de voz tranquilo, va contestando a cada uno hasta despacharlos a todos, mientras ellos se despiden y retiran. No mucho tiempo después se da por concluida la movilización, las asistentes se retirar rápidamente arguyendo que tienen que ir por sus hijos a la escuela o a resolver pendientes, los vecinos poco a poco regresan a sus hogares y para Norma se reanuda la espera por la justicia y por otro 23 de febrero.

 

¡Vivas nos queremos!

Acordamos vivir y como para nosotras vivir es luchar, pues acordamos luchar cada quien, según su modo, su lugar y su tiempo.

Las Mujeres Zapatistas

 

El lema “Vivas nos queremos” se popularizó a partir de la movilización en contra de las violencias machistas denominada #24A, misma que se llevó a cabo en más de 40 ciudades mexicanas el 24 de abril de 2016 (Meyra, 2016; Zeiske, 2016). Como ha ocurrido en otros casos, la consigna se propagó en Latinoamérica y otros países de habla hispana, adoptándose como un nuevo lema de lucha contra del feminicidio. Esto fue posible porque, además de compartir una agenda política en torno al tema, el movimiento feminista puso en práctica la capacidad de escucha y la disposición al diálogo, lo que resultó en la fuerte resonancia violeta que nos envuelve hoy en día.

Esta atmósfera posibilitó una crítica fundamental a cierto discurso feminista que asegura que en la actualidad las mujeres ya gozamos de todos los derechos y libertades posibles, evidenciando una dura realidad: nuestro derecho a la vida se encuentra seriamente en entredicho; por lo que al día de hoy su defensa es una reivindicación compartida por los feminismos del sur global y que, entre otras cosas, ha abierto un espectro reflexivo que problematiza las formas en que nuestra existencia ha sido instrumentalizada para beneficiar a un proyecto capitalista y heteropatriarcal de cosificación de la vida que, mediante la colonialidad del género y una serie de estrategias biopolíticas de las que somos objeto, evidencia la escala corporal que sus procedimientos de muerte han alcanzado.

Las tres imágenes momentáneas que presenté son singulares no sólo por las ciudades en que ocurrieron, sino por la impronta feminicida que tiene cada una: si bien en Ciudad de México el feminicidio no es un tema nuevo, el asesinato de Mara Fernanda tocó profundamente a miles de mujeres que hasta entonces no habían salido a las calles y que desde ese momento no las han abandonado para exigir justicia; por otro lado, la Alerta Feminista en Montevideo se convierte en una muestra tangible de la fuerza política que sostiene un movimiento, al marchar por cada mujer asesinada y con ello presionar a la elaboración de un duelo público; finalmente, Ciudad Juárez se erige como un lugar resiliente que se niega a olvidar, donde las y los sobrevivientes de las víctimas de feminicidio han optado por politizar la memoria de las vidas arrebatadas.

Las protestas guardan mucho en común: el dolor de la pérdida, la rabia ante la injusticia y el deseo de recobrar la alegría para revitalizar la lucha. No son casuales las formas que toman las manifestaciones hechas por mujeres, mucho menos aquellas influenciadas por el feminismo, pues en éstas se advierte el anhelo de dejarse afectar por el dolor, por la rabia, por la alegría; no sólo se pone el cuerpo, sino que se acuerpa. Erróneamente se cree que las feministas nos ponemos en los zapatos de la otra, pero más bien nos ponemos a su lado, admitimos compartir su dolor, lo sentimos en carne propia, asumiendo una actitud de duelo ante el mundo (Das, 2016), porque frente a un escenario de muerte como en el que nos encontramos ¿Qué otra cosa podríamos hacer sino duelar públicamente, haciendo visible nuestra vulnerabilidad, pero también nuestra fuerza? ¿Cómo podríamos soportar el peso del dolor si no es compartiéndolo entre todas?

La toma del espacio público para nombrar a aquellas que ya no están y el estallido en las calles para gritar que queremos vivir, han resultado del trabajo que se realiza cada hora de cada día, el cual consiste en replantearlo todo, incluyendo el enojo y el dolor. En el primer caso para habitar la digna rabia y en el segundo para salir del terreno de la violencia e imaginar una vida diferente, vivible (Rivera Garza, 2011). En ello radica la potencia transformadora de los feminismos, pues nos insta a hablar en lugar de callar y nos exhorta a reivindicar el gozo y la alegría, incluso después de enfrentarnos a experiencias dolientes como el feminicidio, para dejar en claro que “nuestra lucha es por la vida”.

 

Notas:

[1] En el siguiente apartado explicaré a que se deben las diferentes denominaciones.

[2] En 1995, la activista y poeta mexicana Susana Chávez Castillo acuñó la consigna “Ni una muerta más” que desde entonces se convertiría en emblema de la lucha contra en feminicidio, primero en la localidad fronteriza de Ciudad Juárez y luego en todo México (Cervantes, 2011). Veinte años más tarde, el 3 de junio de 2015, miles de mujeres argentinas alzaron la voz para reclamar el cese de la violencia feminicida con el lema “Ni una menos”, evidenciando la vigencia de la demanda y abrigando una nueva etapa de la lucha en toda Latinoamérica (Colectivo Ni Una Menos, 2015).

[3] Siguiendo este argumento, opto por utilizar el término feminicidio a lo largo de este trabajo.

[4] Ciudad Juárez es una localidad fronteriza que se encuentra en el estado de Chihuahua al norte de México y colinda con los Estados Unidos. Alrededor de 1993, se volvió tristemente célebre a nivel mundial después de que se reportaron múltiples hallazgos de mujeres torturadas sexualmente, asesinadas y abandonadas a la intemperie. Esta situación inédita sacudió al país y a la región entera, propiciando investigaciones que posibilitaron conocer las dimensiones involucradas en el fenómeno.

[5] Para conocer más detalles del caso se puede consultar el siguiente enlace: https://bit.ly/2Y6s7DF.

[6] Durante 2017, en México se registró un promedio de siete feminicidios al día (CEPAL, 2016); debido a esta situación, las noticias de asesinatos de mujeres por razones de género se han convertido en parte de la cotidianidad nacional, esto hace inusitada la reacción al caso de Mara Fernanda. Una posible explicación tiene que ver con que haya generado una gran identificación por sus características: era una joven de 19 años, universitaria, de clase media y foránea que fue atacada por un desconocido en el que depositó su confianza para llegar con bien a su domicilio. 

[7] De acuerdo con Lorena Cabnal (2015) el acuerpamiento es “la acción personal y colectiva de nuestros cuerpos indignados ante las injusticias que viven otros cuerpos. Que se auto convocan para proveerse de energía política para resistir y actuar contra las múltiples opresiones patriarcales, colonialistas, racistas y capitalistas. El acuerpamiento genera energías afectivas y espirituales y rompe las fronteras y el tiempo impuesto. Nos provee cercanía, indignación colectiva pero también revitalización y nuevas fuerzas para recuperar la alegría sin perder la indignación”.

[8] La Coordinadora de Feminismos surge en 2014, luego del “I Encuentro de Feminismos de Uruguay”, con el objetivo de “poder articular un movimiento feminista fuerte, activo y efectivo” (Coordinadora de Feminismos UY, 2019).

[9] Texto elaborado por la Coordinadora de Feminismos y difundido el día de la marcha.

[10] Para conocer más detalles del caso se puede consultar el siguiente enlace: https://bit.ly/2XPXgw5

 

Referencias bibliográficas:

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Cómo citar este artículo:

ANZO-ESCOBAR, Marisol, (2019) “Vivas nos queremos: feminicidio y resistencia feminista en tres ciudades latinoamericanas”, Pacarina del Sur [En línea], año 11, núm. 41, octubre-diciembre, 2019. ISSN: 2007-2309. Dossier 22: Movimientos, grupos, colectivos y organización de mujeres.

Consultado el Miércoles, 23 de Septiembre de 2020.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.com/index.php?option=com_content&view=article&id=1794&catid=67