Pacarina del Sur
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Reseña de libro: Driver, Alice. More or less dead. Feminicide, haunting, and the ethics of representation

Sandra Bustillos Durán

Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, México

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University of Arizona Press, 2015, 194 págs.

 

Ciudad Juárez, localidad fronteriza de México con Estados Unidos, es mundial y tristemente reconocida por el feminicidio que ha acabado con la vida de tantas mujeres, pero también, con las de sus familias: ha sembrado luto y lágrimas en la región. Es menos conocida por las voces que se han alzado en contra de estos delitos, por la organización de las mujeres locales para defenderse y protestar, para alzar la voz y ser escuchadas. Gracias a estas valientes mujeres fronterizas, los feminicidios fueron puestos en la mirada pública y propiciaron la visibilización de este doloroso y lamentable fenómeno, que no ocurre solo en México, sino en América Latina.

Alice Driver ofrece una mirada crítica sobre la inequidad de género imperante en nuestras sociedades, evidencia la vulnerabilidad de las mujeres juarenses ante las múltiples formas de explotación a las que están sujetas, cuestiona no solo el empobrecimiento creciente en que viven, sino la forma en que sus muertes son expuestas a través de los medios.

La autora ofrece una perspectiva ético-analítica de la representación de la violencia feminicida en el arte: “las formas en que los cuerpos de las mujeres asesinadas en Juárez han sido presentados en la literatura, el cine y el arte”. Examina la intersección entre la violencia real contra las mujeres y sus representaciones en este ámbito. La violencia extrema, misógina, que resulta en feminicidio, en la muerte de tantas y tantas mujeres en Ciudad Juárez. El libro documenta las maneras en que esta forma de violencia ha sido ficcionalizada: habla del testimonio, el poder de la palabra escrita, la teoría, el análisis y la producción cultural a partir de un hecho doloroso y perverso para quienes habitamos esta ciudad.

Driver fundamente buena parte de su análisis en la propuesta analítica de Monárrez Fragoso, asentada a su vez en las propuestas teórico-conceptuales de Foucault y Arendt: los cuerpos de las mujeres sujetos a normas dictadas por varones, respaldadas por una estructura patriarcal, machista, misógina, violenta, que define y sanciona los comportamientos de los cuerpos femeninos y su tránsito por el espacio público. Presenta y discute una muestra de productos culturales que ofrecen una perspectiva de la reificación de lo que significa ser mujer en el territorio globalizado de la maquiladora del norte de México, en la forma en que se usa, se habita y se construye el territorio, en particular por parte de mujeres pobres y vulnerables.

El texto pretende, a decir de su autora, presentar un análisis etnográfico de los productos culturales que han elaborado los escritores, documentalistas, cineastas, fotógrafos y artistas, pero también las familias de las víctimas sobre este doloroso e impune hecho. Indaga sobre cómo ha sido representado en el quehacer artístico y académico, y se interroga de entrada, sobre la ética de estas representaciones: se representa lo que no está o quienes no están, los otros y las otras, se representa a jóvenes, niñas, mujeres. Se representa la ausencia: de las mujeres víctimas, de la impunidad, de la justicia y del Estado que debería administrarla  pero no lo hace, de los derechos humanos, de los ciudadanos y ciudadanas que han dejado a su suerte a las familias afectadas directamente.

Pero esta representación adolece de una serie de problemas que es necesario mencionar: ¿Cuál es la legitimidad de los artistas para representar a las víctimas y a la situación? ¿Cuál es su posicionamiento ético para erigirse como la voz de quienes aparentemente no tienen voz, pero han sido capaces de enfrentar a un Estado sordo al dolor y al clamor de justicia de las familias, de las madres? ¿Cuál es la ética de la ficcionalización-representación de un fenómeno tan estrujante a través de la literatura, el cine, el arte?

Alice Driver indaga sobre las condiciones bajo las cuales se puede obtener el derecho a la representación, tal como lo como plantea el pensamiento poscolonial: ¿Quién habla por el oprimido? (Spivak). Retoma la discusión de la ética del cuerpo: ¿Cómo escapar a la trampa de la representación-mercantilización de los cuerpos? ¿De las situaciones?  Pero también hace un posicionamiento político: el poder del arte, de las imágenes que produce y nos invita actuar de ciertas maneras, que nos invita a tomar conciencia de lo que ocurre, a veces de manera sutil, a veces de manera más agresiva.

Es sustrato epistemológico del documento remite a consideraciones teóricas de diverso nivel y alcance. Los diversos textos que revisa y analiza contextualizan la ciudad, el espacio geográfico como lo que en otros textos he llamado una ciudad global periférica, atada a los vaivenes del capitalismo rampante, desde una posición totalmente subordinada, marginal, pero funcional al sistema. La ciudad, contaminada de la avaricia acumulativa del modelo global, que especula con el suelo, relega a los pobres a espacios marginales y pauperizados. El capitalismo voraz, una especie de Midas perverso, cuya búsqueda insaciable de riqueza convierte en desechable todo cuanto toca, incluidas las vidas humanas, en particular las de las mujeres jóvenes y pobres. ¿Quiénes otros más vulnerables existen? Acaso los niños y niñas, que también son víctimas de este modelo, como hemos visto recientemente.

La autora analiza la maquiladora como el engranaje de la ciudad con el  mundo, con el gran capital, en medio de la indiferencia y el desprecio de las autoridades ante la vida de tantas mujeres y niñas desaparecidas y asesinadas, secuestradas, ante la trata de personas, la violencia, en medio de la cultura de la maquiladora cuyo único objetivo es el just in time  y mantener la vida precarizada de miles de obreros y obreras que difícilmente sobreviven con los 75 pesos del salario mínimo y las diez a doce  horas de trabajo diario (incluidas las horas en el transporte).

Ciudad aparentemente caótica, en realidad fuertemente controlada en todos sus aspectos, pero que ofrece la imagen de caos para funcionar en la manera en que ha sido pensada por los artífices de su miseria. Obreros y obreras cuyos cuerpos anónimos son explotados al límite, desde lógicas racializadas, fragmentadas, que convierten la vida humana en algo fácilmente sustituible, desechable, más aún las vidas de las mujeres pobres, jóvenes, morenas.

Los documentales Señorita extraviada, Performing the Border y La Batalla de las Cruces, así como la Exposición museográfica 450+, rescatan esa perspectiva liminal donde los actores y actoras (OSCs, madres, familias, artistas) encuentran una posibilidad de agencia, de resiliencia, construyendo así un mapa de contrageografias urbanas, no la marcada por la mirada panóptica del capital: los memoriales dispersos en los ”huecos” que escapan al control, como los postes de alumbrado público sobre los cuales se han pintado cruces negras en recuadros rosados, las cruces con clavos frente al palacio de gobierno en la capital del estado y en el puente internacional Santa Fe, Juárez-El Paso, los murales dispersos por la ciudad, los performance efímeros, que buscan conservar la memoria a través de la evocación del horror de la muerte, pero también de la alegría de la vida (Las vivas de  Juárez).

Para cerrar, añadiré que considero que los artistas perciben el mundo de manera especial, tienen capacidades negadas a los simples mortales para atisbar el presente y el futuro, para ofrecer una mirada del camino que estamos tomando.  Los artistas, cual modernas casandras, poseen una visión y también una carga maldita, pueden ver, pero no pueden traducir, es el espectador quien deberá traducir, tomar conciencia y también, posicionarse ética y políticamente. Detrás de este complejo esquema aparece el papel del arte.

Ciudad Juárez requiere un ritual de perdón. Para ello es necesario en primera instancia llevar a cabo el rescate de la memoria, de los daños ocasionados por la ola de violencia, de las niñas y mujeres asesinadas a lo largo de estas décadas, requerimos un proceso de sanación pública, que dé lugar, nombre y voz a las víctimas, que su presencia quede grabada en el espacio público que otrora les fue negado. Las madres de las víctimas han mostrado un camino de la valentía, la construcción de memoriales al margen del poder, de reapropiación del espacio público en pequeñas manifestaciones artístico-terapéuticas que nos permitan salir del estupor en que nos encontramos.

Nuestra prisa por olvidar lo vivido puede volverse en contra nuestra, aquel viejo lugar común de quien olvida su historia estará condenado a repetirla puede resultar mortal. La apelación de Alice Driver a la ética de la representación es un argumento poderoso, siempre y cuando  tengamos claro cuál es el sentido de las representaciones (NO PERFORMANCES):  Las prácticas culturales de los últimos años, emprendidas por artistas locales, nacionales e internacionales, por las familias de las víctimas, plantea el derecho a la vida, y se recuerda a las mujeres en entornos familiares, con sus padres, hijos, hijas, amigos y amigas, en el esplendor de la vida, un ejemplo es el de los murales que se han pintado por la ciudad, lado a lado con esos otros eco testimonios que las familias y las activistas han sembrado en la geografía urbana a lo largo de los años.

 

Cómo citar este artículo:

BUSTILLOS DURÁN, Sandra, (2019) “Reseña de libro: Driver, Alice. More or less dead. Feminicide, haunting, and the ethics of representation”, Pacarina del Sur [En línea], año 11, núm. 41, octubre-diciembre, 2019. ISSN: 2007-2309. Dossier 22: Movimientos, grupos, colectivos y organización de mujeres.

Consultado el Lunes, 6 de Julio de 2020.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.com/index.php?option=com_content&view=article&id=1798&catid=67