Pacarina del Sur
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El sentido de “La Cultura” en la salud: un análisis desde la Antropología y los aportes de la Epidemiología Crítica[1]

The meaning of "culture" in health: An analysis from the contributions of anthropology and critical epidemiology

O significado da "Cultura" em Saúde: uma análise a partir da Antropología e das contribuções da Epidemiologia Crítica

María Belén Bertoni [2]

Recibido: 12-11-2014 Aprobado: 23-12-2014

 

Introducción

Los procesos migratorios trasnacionales que constituyen las sociedades contemporáneas conllevan cambios poblacionales y culturales que pujan a repensar las formas de intervenir en salud. En Argentina reside población migrante limítrofe de diferentes países, entre ellos, los/as llegados/as de Bolivia constituyen un porcentaje altamente representativo. Del total de población nacida en el extranjero y que vive en Argentina en el 2010, el 81% son nacidos en el continente americano y de ese total de población nacida en el continente americano, el 84,62%. Y de la población nacida en países limítrofes de la población nacida en países limítrofes, la población nacida en Bolivia representa el 27,73% y de ese total 42,8% vive en la provincia de Buenos Aires.

En el sudoeste de la provincia de Buenos Aires, la población migrante de Bolivia, se inserta en dos nichos productivos principales: en la producción ladrillera y en la producción hortícola, en condiciones de desigualdad estructural. Consideramos que las características en que se desarrollan dichas actividades laborales producen efectos en las condiciones de salud de las poblaciones implicadas.

En este sentido, consideramos importante profundizar en el análisis de las representaciones que los trabajadores de Atención Primaria en Salud (APS) poseen sobre las condiciones laborales y los factores socioculturales de los/as migrantes limítrofes. Analizamos qué construcciones de sentido e imaginarios reproducen discursivamente sobre  “la cultura” de los migrantes y su relación con el trabajo que realizan en la zona. Consideramos que las marcaciones de la bolivianidad (Pizarro, 2012) que operan en los discursos del personal de APS puede sesgar las condiciones de clase que afectan a la salud de la población en cuestión e individualizando la responsabilidad sobre los determinantes sociales de la salud.

Para estos análisis nos apoyaremos en los aportes teóricos de la Antropología Sociocultural y en los presupuestos de la Epidemiología Crítica que desestructuran algunos aspectos de la Epidemiología Tradicional. Como metodología implementamos el análisis etnográfico de notas de campo y de entrevistas en profundidad a personal del campo de la salud que intervienen en contextos donde migrantes bolivianos/as ocupan puestos de trabajo en hornos de ladrillos y quintas, a las cuales accedimos por “bola de nieve”.

Este escrito se estructura en cuatro apartados principales. En el primero, describimos el contexto en el que enmarcamos nuestro análisis: las migraciones limítrofes en Argentina, específicamente aquellas llegadas desde Bolivia hacia el sudoeste bonaerense. En el siguiente apartado, haremos una revisión teórico-epistemológica crítica del concepto de cultura en la antropología y sus implicancias en los procesos de salud, enfermedad y atención (s-e-a). En el tercer apartado, analizamos entrevistas etnográficas y en el cuarto apartado, teniendo en cuenta las revisiones realizadas, analizamos fragmentos de entrevistas en los que se refiere a la cultura de los migrantes y sus condiciones de salud/enfermedad. Finalmente, esbozaremos algunas reflexiones.

 

Contexto de análisis

Si bien los movimientos poblacionales en la región sudamericana existieron antes del la formación de los Estado Nación modernos (Domenech y Magliano, 2007), la migración limítrofe en Argentina, particularmente boliviana, adquiere intensidad a partir de la década de los 70´ y más fuertemente en los 90´ que se producen desplazamientos desde las regiones fronterizas hacia el sur y hacia las grandes ciudades y sus zonas periurbanas (Benencia, 2004, 2005 a y b; Grimson, 2006, 2011; Goldberg, 2010 a y b; Hernández, 2010; Pizzarro,2013; Mallimaci, 2012) (ver figura 1). Esto se debe a que la pobreza y la pauperización producida por las reformas neoliberales aumentó los flujos migratorios, tomando particularidades laborales específicas, bajo las condiciones estructurales que marca el capitalismo neoliberal.

Figura 1: Población limítrofe por año de llegada a Argentina.

Nacidos en Bolivia y viviendo en:

Población limítrofe

Año de llegada a Argentina

Hasta 1969

1970-1979

1980-1989

1990-2002/3

Ciudad de Buenos Aires

5.135

3.600

11.611

29.129

Partidos del Gran Buenos Aires

14.635

11.082

13.932

29.990

Gran San Salvador de Jujuy

5.305

1.788

2.499

1.075

Gran Salta

4.253

1.805

3.178

2.020

Fuente: INDEC. Encuesta Complementaria de Migraciones Internacionales. Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas 2001.

El Decreto Supremo 21.060 de agosto de 1985 en Bolivia, implicó la puesta en juego de reformas neoliberales de apertura externa y disminución del rol Estatal. Esto llevó a la privatización de las minas, el despido masivo de trabajadores y la consecuente crisis de las economías rurales que abastecían a los centros mineros, produciendo la exclusión de vastos sectores de la economía nacional, lo que impactó en los flujos migratorios internos y externos (Domenech y Magliano, 2007).[3]

En el Sudoeste de la provincia de Buenos Aires, los/as migrantes llegados/as de Bolivia, algunas veces tras transitar sucesivos puntos migratorios a los que suelen llegar por redes familiares (Zalles Cueto, 2002; Benencia, 2005b; Torres, 2011; Hernández, 2013), se asientan principalmente en el partido de Villarino, Bahía Blanca y Patagones (ver figura 2). Donde desarrollan dos actividades laborales principales: en la producción hortícola y en la producción de ladrillos, actividades en base a las que también, en su mayoría, organizan su residencia en pequeñas habitaciones precarias ubicadas en el lugar de trabajo (Kraser y Ockier, 2007; Torres, 2011; Ferrelli et.al., 2011; Pizarro, 2012). Así también, el reclutamiento de la mano de obra actúa bajo redes migratorias.


Figura2: ubicación de Bahía Blanca, Patagones y Villarino.
Fuente: elaboración propia de http://www.creebba.org.ar/

En la localidad de Bahía Blanca existen hornos de ladrillo y quintas en la zona periurbana y a más de 10 km. por ruta. Por su parte, al sur del partido de Bahía Blanca, se encuentra el partido de Villarino, donde la población llegada de Bolivia, trabaja en la producción agrícola cebollera. (Ver imágenes) En el espacio urbano los migrantes ejercen actividades laborales en verdulerías, negocios, trabajo doméstico, polo petroquímico (Hernández, 2010; Kraser y Ockier, 2007) y en la construcción principalmente. Es importante destacar que no se presenta una permanencia única a una labor sino un pasaje continuo entre una y otra.



Imagen 1: cortesía de la Dra. Graciela Hernández

 




Imagen  2 y 3: de la autora

En la labor hortícola y en los hornos, existe una escasa mecanización de los procesos laborales, de modo que requieren de un trabajo no calificado que implica un considerable uso de la fuerza y resistencia corporal.  Pizarro (2012), retomando a Chávez Molina y Raffo (2003) y de la Garza Toledo (2011), describe el trabajo en los hornos de ladrillos como un trabajo precario, inseguro, flexible y no estructurado porque carece de un contrato de trabajo escrito, no se realizan los aportes previsionales y el Estado no asume un rol fuerte en la protección del trabajo. La autora también describe el proceso productivo en los hornos de ladrillos, este es al aire libre y requiere un gran esfuerzo físico. Pizarro destaca que los trabajadores bolivianos, en calidad de jornaleros temporales no registrados, son quienes ocupan las posiciones más precarias, como cortadores, moldeadores o quemadores, a diferencia de los argentinos que se desempeñan como trabajadores permanentes organizando la fuerza de trabajo o manejando el tractor, y asimismo, suelen ser registrados por sus patrones.[4]


Imagen 4: http://www.iprofesional.com

Esta misma segmentación y jerarquía étnico-laboral se evidencia en la producción hortícola y se hace más evidente en el subsector cebollero del sudoeste bonaerense en Argentina, donde las actividades laborales también aparecen jerarquizadas. Siendo que están aquellos migrantes que trabajan como peones de cuadrilla que es la actividad más precaria, la realizan aquellos recién llegados a la zona o los más empobrecidos. La mayor intensidad de las labores se realizan en lo que se llama “época de la cebolla” que es de diciembre a marzo, período en la cual los pueblos se llenan de “cuadrilleros” –colectivos viejos- que transportan los peones que van a trabajar a los campos que quedan de 7 a 70 km de distancia, salen entre las 4 y las 6 de la mañana y regresan a partir de las 19 horas, aunque muchas veces llegan a las 21hs y más tarde aun cuando se rompen los colectivos[5].



Imagen 5: de la autora

En las zonas de trabajo no tienen transporte público para volver o movilizarse en caso de urgencia y en la mayoría de los campos tampoco hay agua potable, baño o zona de descanso.  El contrato de trabajo es  “a destajo”, esto quiere decir, que se paga por unidades surcos o tablones realizados, desyuyados/desmalezado o apilados (de cebolla cosechada que se apila para secarse), o por unidades de bolsas de cebolla descolada y embolsada. Los contratos se establecen de palabra a la hora de subir a la cuadrilla y generalmente se paga al terminar el día o la semana.[6] Algunas veces, los trabajadores no reciben el pago.

Luego está aquel grupo de migrantes lograron “independizarse”[7] y arriendan campos pero no tienen peones sino que trabaja toda la familia y muchas veces deben dejar la cebolla apilada para ir a trabajar a otros campos con objeto de juntar el dinero que adeudan a las agronomías. Algunas veces cuando vuelven se encuentran que los camiones brasileros se llevaron la producción. Luego están aquellas familias que tienen campos más grandes y también tienen o contratan cuadrillas, en este caso las labores más pesadas las hacen sus “paisanos”[8] y tienen movilidad propia.

La cebolla se destina en menor medida para el mercado interno y mayor cantidad está dirigida fundamentalmente a Brasil, aunque la cebolla morada y la blanca se destinan a Europa. Para el mercado internacional la selección y el embolsado se hace en los galpones de empaque instalados en los pueblos. En estos galpones, se empaca la cebolla de exportación. Este trabajo se considera como menos pesado que en los campos y suelen hacerlos las mujeres migrantes y criollas del lugar. Sin embargo no deja de ser perjudicial para la salud por las exigencias que presenta y las condiciones en las que se realiza.

En este sentido, resulta interesante el análisis realizado por Holmes (2007) el autor revisa las jerarquías/segmentación laborales que existen en una plantación de bayas en Estados Unidos donde trabajan inmigrantes campesino/indígenas mexicanos, latinos nacidos en EEUU y anglosajones. El autor descubre que las jerarquías laborales de los trabajos más precarios, que requieren un desgaste excesivo del cuerpo, se correlacionan con marcaciones étnico-raciales y de nacionalidad. Tanto los trabajadores como los patrones, reproducen marcaciones culturales y corporales que funcionan como legitimadores de la jerarquía laboral establecida. Estas segmentaciones laborales, residenciales y de poder condicen con segmentaciones étnicas que existen en la sociedad y, Holmes las analiza como una forma de “violencia simbólica” (Bourdieu, 1997, 1998; Bourdieu y Wacquant 1992 en Holmes, 2007) que implica la internalización de las asimetrías sociales y la consecuente naturalización del orden social.

Siguiendo esta misma línea, Cynthia Pizarro (2012) estudia las (des)marcaciones de la bolivianidad que existen en los hornos de ladrillos en dos ciudades de Argentina, Córdoba y Buenos Aires, tanto por parte de los patrones como por parte de los mismos trabajadores bolivianos. La autora también concluye que existen características racializadas atribuidas a inmigrantes bolivianos que naturalizan y legitiman la posición laboral de los inmigrantes bolivianos (Pizarro, 2012). La naturalización de determinada “bolivianidad” normaliza la situación de desigualdad y  explotación.

Por su parte, Vargas (2005), reflexiona sobre la vinculación que existe entre la adscripción a un grupo étnico y la realización de un tipo de trabajo, lo cual deriva en un círculo porque se configura una “red social de trabajo” que les posibilita la inserción laboral en determinadas actividades en el país receptor. Siguiendo esta línea de análisis, Bruno (2008) refiere al concepto de “segmentación etno-nacional vertical” (Benencia y Karasik, 1995; Vargas, 2005) para explicar la contratación de inmigrantes paraguayos en la construcción y paraguayas para el trabajo doméstico en Buenos Aires. Este concepto supone la división de grupos de trabajo (de acuerdo a los diferentes tipos de tareas) donde el contratista-capataz que lo encabeza tiene una pertenencia étnica determinada (paraguayo, boliviano o argentino) y cuya lógica de reclutamiento deviene de esa pertenencia étnica. De manera que el contratista  paraguayo recluta trabajadores de su misma nacionalidad; lo que supone (sumado a las “recomendaciones” por parte de otros “paisanos”) la “garantía” de lealtad y buen comportamiento en la obra.

Podemos ver que estas dos tendencias suceden en el caso analizado, donde los migrantes llegan a trabajar a los campos, a las quintas u a los hornos en los que están trabajando sus parientes o paisanos conocidos, como jornaleros, medieros, parceleros o dueños. Los “pioneros” (Mallimaci, 2012) traen a sus connacionales a realizar el trabajo en las quintas, en los hornos o en los negocios. Aunque ello no refiere a una actividad laboral que el/la migrante hubiera estado desarrollando previamente en su país de origen.

 

Entre la cultura y la salud: aclarando cuestiones conceptuales

Consideramos que las racializaciones, marcaciones o delimitaciones culturales que se realizan desde posiciones de autoridad socialmente construidas, neutralizan las condiciones de clase e invisibilizan el sufrimiento social (Holmes, 2007) están sustentadas por posturas epistemológicas, teóricas y políticas del concepto de cultura que las y los antropólogos han venido analizando críticamente. En este apartado nos proponemos revisar brevemente los aportes teórico-epistemológicos de las Cs. Antropológicas para formular una comprensión crítica del concepto de cultura y el lugar de los actores sociales en la misma.

La categoría de “Cultura” es un concepto polisémico, ya que las culturas son construcciones sociales expuestas a reformulaciones y manipulaciones que participan de la complejidad social, no son algo dado ya que no pueden independizarse del contexto relacional (Cuche, 2007). Para esto es necesario entender que los conceptos tienen un contexto de surgimiento y otro de olvido, y es necesario hacer visible la historia de surgimiento de los conceptos para evitar el vacío de contenidos (Menéndez, 2010).

La antropología como disciplina científica otorgó diferentes sentidos al concepto de cultura en diferentes contextos históricos. Hacia fines del s. XIX y comienzos del s. XX, en el marco de procesos de colonialismo occidental, dominaba el paradigma evolucionista bajo la hegemonía de la filosofía positivista[9], el evolucionismo suponía que la Humanidad podía alinearse siguiendo un ordenamiento evolutivo racional que se encaminaba hacia el progreso[10]. En esa única línea de evolución cultural existían estadios culturales más evolucionados –civilizados- que otros –salvajes y bárbaros-. Las diferencias culturales se basaban en diferencias temporales/evolutivas del desarrollo de la cultura en el marco explicativo de una supuesta ley universal sobre el progreso humano: desde lo simple a lo complejo.

El evolucionismo es criticado por las corrientes antropológicas clásicas del s. XX, principalmente por el funcionalismo, particularismo histórico y el estructuralismo, que buscaron mostrar la diversidad cultural desde posturas relativistas y compartieron algunos presupuestos. Entre ellos, la unidad de análisis era la totalidad de la pequeña y distante comunidad nativa y su lógica interna, como un todo integrado sin conflictos. Para combatir el etnocentrismo, estas escuelas aplicaron el relativismo cultural que, si bien relativizó el lugar de la sociedad occidental como parámetro de análisis de todas las prácticas socioculturales. En contrapartida, presentó una visión atomizada de la diversidad, donde cada cultura se constituyó en una totalidad en sí misma, como un sistema social aislado, cerrado, autosuficiente, integrado y homogéneo. Ese análisis ahistórico, sincrónico y descriptivo de grupos “auto-contenidos” hizo perder de vista su subordinación a las distintas potencias coloniales y descontextualizo y esencializó la diversidad. Es interesante destacar que en estas teorías, la “otra cultura” es una totalidad que encierra simbólica y espacialmente a los individuos que forman parte de ella. Se presupone que existe una separación tangible entre la cultura del investigador y la cultura objeto de estudio y no se piensan procesos sociales y culturales condicionados por relaciones de poder y desigualdad.

A partir de los 60´, con los procesos de descolonización y la crisis del paradigma clásico en antropología, (Vázquez, 1993) se entiende que la otredad, la diversidad como objeto de conocimiento de la antropología, no es una cosa dada que existe en sí, sino que es una “relación conceptual construida” (Gravano, 2010:37). Al mismo tiempo, a partir de los estudios africanistas y de la teoría del conflicto con influencias marxistas, se comprende que los pueblos no estaban en situación de equilibrio e integración orgánica ni antes ni luego de la colonización. Se incorpora una mirada histórica, se visibilizan los procesos de poder y conflicto.

A partir de los 80´, en el marco del “giro posmoderno” emergen  movimientos conceptuales deconstructivistas, no homogéneos, que produjeron un quiebre en la forma de entender la cultura, las identidades, la política: “desde los años ochenta se enfatizaron los contextos históricos y políticos donde los agentes sociales específicos crean o recrean pasados, y postulan el anudamiento de categorías identitarias a los significados del ser, de las costumbres, de las ideas y de los sentimientos” (Grimson, 2011:17) Frente a los hechos sociales como cosas, ficciones que “crea” el investigador, frente a naturalidades, construcciones históricas y culturales.

Detrás de estos debates teóricos existe un debate epistemológico sobre cómo entender la sociedad y las ciencias sociales, por un lado, el objetivismo, y en el extremo opuesto, el subjetivismo. Grimson (2011) plantea una tercera posición superadora de la polaridad subjetivismo-objetivismo: “intersubjetividad configuracional”, concepto a través del cual vincula configuración cultural y contextualidad radical. El concepto de contextualidad radical permite ver que la relación entre el sujeto y la estructura social se enmarca en un tiempo y en un espacio determinado y determinante. Y la configuración cultural como tramas simbólicas compartidas en una contextualidad radical en la que hay “horizontes de posibilidad, hay desigualdades de poder, hay historicidad”:

“Se trata de una noción útil contra la idea objetivista de que hay culturas esenciales, y contra el postulado posmoderno de que las culturas son fragmentos que solo los investigadores ficcionalizan como totalidades. La noción de configuración busca enfatizar tanto la heterogeneidad como el hecho de que ésta se encuentra, en cada contexto, articulada de un modo específico” (Grimson, 2011:28)

Hoy en día los debates teóricos continúan y se reactualizan, volviendo a reflexionar sobre el objeto/sujeto de estudio de la antropología. Díaz de Rada (2010) nos invita a clarificar el concepto de cultura para poder hablar de diversidad cultural, considera que es necesario tener un adecuado concepto de cultura cuando trabajamos con la diversidad, para no caer en la “diversidad racial”. El autor reflexiona que la cultura no está acotada a fronteras ni es correlativa a un grupo humano definido, tampoco a un territorio. Asimismo, no es una propiedad biológica de las personas sino una propiedad de acción de las personas que poseen agencia social y que tienen posibilidad de transformar el sentido de sus acciones, en determinadas situaciones. Sin embargo, algunos atributos de nuestra acción están ligados a nuestro cuerpo: color de piel, edad biológica, acento de habla, género, complexión, son atributos que acompañan la acción y sobre los que se tiene limitada capacidad de agencia (Díaz de Rada, 2010). Es pertinente entender que algunos de los sentidos dominantes que adquieren estas características, “obtienen un significado de enclasamiento social en una larga historia de relaciones políticas de colonización o de dominación” (Díaz de Rada, 2010: 252)

Estos procesos producen estereotipos que derivan en encasillamientos que “aniquilan el concepto de cultura” porque anulan la capacidad de agencia de las personas y reifican y obnubilan la diversidad de las formas de acción. En este sentido Díaz de Rada (2010) reflexiona que el concepto de cultura nos capacita para apreciar las diversas formas de acción humana pero no a atribuir rígidos esquemas de clasificación a las personas, porque, como aclara el autor cada persona es agente de múltiples culturas, toda persona es un agente intercultural y “negocia con las diferentes máscaras que componen el juego de sus identificaciones” (Díaz de Rada, 2010:253)

Sin embargo, qué pasa cuando se entiende a “la cultura” como causante del padecimiento de determinados conjuntos sociales.

Holmes (2007) oportunamente analiza los procesos por los cuales se naturaliza el sufrimiento social de los agricultores mexicanos en Estados Unidos a partir de percibir ciertas diferencias corporales y culturales, que sesgaran las desigualdades sociales. Es decir, el trabajo produce sufrimiento y enfermedades específicas, que son justificadas y naturalizadas por los mismos presupuestos culturalistas que legitimaron dichas jerarquías étnico-laborales, y que correlativamente despolitizan el sufrimiento social y tienden a culpabilizar a los pacientes individuales por el padecimiento. Entonces, las jerarquías raciales que actúan en la segmentación laboral son re-significadas bajo el paradigma hegemónico de la biomedicina que descontextualiza el sufrimiento social (Holmes, 2007).  Retomando las reflexiones de Eber (1995), el autor refiere a que el sufrimiento individual está estructurado socialmente aunque ello no es visto por los profesionales de la salud ya que, el sufrimiento es simbólicamente descontextualizado: “transporting it from the realm of inequality and power to the realm of the individual, biological body” (Holmes, 2007:23)  y así vuelve sobre los estereotipos del sentido común, reforzando la naturalización de las desiguales posiciones, oportunidades y enfermedades.

Sin embargo, Holmes profundiza la reflexión y afirma que esto no es causa de la intencionalidad individual de los dueños de la finca en la que realiza trabajo de campo o de los trabajadores de la clínica que atiende a migrantes, sino que, es una forma estructural de violencia que coadyuva a que se retroalimente el círculo de la explotación. La “racialización cultural” y su internalización y reproducción por los diferentes sujetos sociales (Holmes, 2007; Pizarro, 2012), cumple un papel justificador y legitimador en la explotación laboral para la acumulación del capital transnacional.

 

Entre la antropología y la salud: ampliando el concepto y el abordaje en salud.

En este apartado nos proponemos retomar los aportes teóricos de la Epidemiología Crítica Latinoamericana, la Ecoepidemiología y la Antropología de la Salud para plantear un concepto amplio y complejo de salud. Esto nos permitirá analizar críticamente entrevistas realizadas a profesionales de la salud de APS[11], trabajadores de las Unidades Sanitarias (US) más cercanas a los nichos laborales, sector de hornos y sector de quintas, a los que referimos en el primer apartado.

Las sociedades actuales latinoamericanas que constituyen un campo sociocultural heterogéneo, el proceso de salud, enfermedad y atención implica la existencia de diferentes formas de desigualdad y estratificación social, las cuales suponen no sólo la presencia de relaciones de explotación económica y de transacciones en el marco de relaciones de hegemonía/subalternidad en términos ideológico-culturales, donde la biomedicina es hegemónica (Menéndez, 1994). Siguiendo esta línea, Menéndez (1994) señala que el antropólogo médico debe dar cuenta cómo los procesos de s-e-a que se juegan reproduciendo las causales de muerte en las sociedades latinoamericanas. Dar cuenta y explicitar las relaciones sociales, económicas y políticas que reproducen criterios sesgados para “dejar morir o hacer vivir” como criterios de segregación[12] y jerarquización social donde lo viviente adquiere un valor de utilidad que garantiza las relaciones de dominación social y explotación económica (Foucault, 1992)

“Dejar morir o hacer vivir” es parte de un proceso por el cual “la vieja potencia de muerte, en la cual se simbolizaba el poder soberano, se halla ahora cuidadosamente recubierta por la administración de los cuerpos y la gestión calculadora de la vida” (Foucault, 1992: 169) Esto constituye e instituye un proceso de violencia estructural, de eugenesia positiva y negativa investidas de racismo, y de desigualdad social que se expresa en parámetros biológicos y somáticos pero que al ser interpretada por la medicina como síntoma, las “enfermedades de la opresión” que son el producto de la estructura social de las relaciones opresivas y desiguales, son individualizadas, medicalizadas y despolitizadas en la consulta y la diagnosis médica (Singer, 2004; Holmes, 2007).

Si bien en Argentina la salud es un derecho y a su vez, en el Primer Nivel de Atención se supone una concepción amplia en salud y sus formas de abordarla, cuando refiere a la diversidad, existen supuestos culturalistas sedimentados en el sentido común que sesgan los determinantes sociales de la salud. Y por ello, impiden abordajes realmente efectivos, estableciendo restricciones en el ejercicio del derecho a la salud en su sentido amplio y complejo.

En Argentina, a finales de 2003, se deroga la ley de política migratoria Nº 22.439, la “Ley Videla”, sancionada en 1981 durante la última dictadura militar, de carácter represivo y discriminatorio (Jelin y Grimson, 2005). Esta se invalida por la nueva Ley de Política Migratoria Nº 25.871, reglamentada por el Decreto 616/2010. A partir de la misma, se establece a la salud es un derecho que no se puede negar a nadie, por ello, se debe brindar el acceso a la salud y a la información a todo ser humano (Jelin y Grimson, 2005; Abel y Caggiano, 2006).  Así, el Sistema Público de Salud en Argentina se basa en la equidad y universalidad y a su vez, y posee diferentes “niveles” de atención, según la complejidad de lo que se aborda y la tecnología implementada, desde US hasta Hospitales de  alta complejidad. (Jelin y Grimson, 2005).

Diversos autores señalan que, aunque no exenta de insuficiencias y de contradicciones,  la APS constituye un componente importante en el campo de la salud (Menéndez, 1988 y 1994; Jelin y Grimson ,2005; Abel y Caggiano, 2006). Ya que se basa en una visión integral en tanto tiene en cuenta la influencia de los factores sociales, el entorno físico y la calidad de vida como determinantes del estado de salud de las personas. Por otro lado, se presupone que los profesionales de los centros de APS tienen más predisposición a solventar dificultades de comunicación que los médicos en los hospitales (Jelin y Grimson, 2005), y supone una visión abarcativa de lo que implica la salud. En este sentido, en las entrevistas a profesionales de APS se relevó la importancia que se le da al vínculo con la comunidad, a diferencia de la “actitud hospitalaria”. En las entrevistas en US sanitarias se refiere al tiempo que se dedica a la comunicación con los/as pacientes y a la necesidad de abordar la salud “desde otro lugar”. Nos comenta una enfermera que las US no solo se trabaja “puertas adentro”, donde se tiene una concepción en salud que intenta superar una visión restringida en lo biofísico, nos relata una enfermera:

“ la idea de salud que yo tengo es una idea en la cual la persona tenga una satisfacción… a ver cómo lo puedo explicar… que se encuentre satisfecho en todos sus eh… su razón de ser… desde todos los aspectos, lo biológico, lo social, lo cultural, lo… también lo generacional, lo que tenga que ver con su rol, si es madre, o si es trabajador,  si es anciano, o si es jubilado, o  si es niño… que puedan sentirse satisfechos… que sientan que tienen una vida plena.” (Entrevista enfermera- 12/06/13)

Esta enfermera plantea una concepción de salud teniendo en cuenta múltiples variables más allá del aspecto orgánico-biológico. Estas características de la APS posibilitan trascender algunos supuestos presentes en la Epidemiología Clásica de fines del s. XX y la Biomedicina. Los cuales se caracterizan por una serie de rasgos estructurales: biologismo, ahistoricidad, individualsmo, pragmatismo, mercantilismo, asimetría, autoritarismo, participación subordinada y pasiva del paciente, exclusión del conocimiento de los actores sociales, profesionalización formalizada, identificación con la racionalidad científica (Menéndez, 1978 y 1983 en Menéndez, 1985, Menéndez, 1988; Ayres, 2002; Granda, 2004).

El biologicismo es el rasgo dominante en la práctica médica y en la práctica epidemiológica, y tiende a excluir o limitar la incidencia y el reconocimiento de la importancia de los factores históricos, económicos, políticos y socioculturales en la producción y solución de los problemas de salud/enfermedad (Menéndez, 1988 y 1994). Bajo estos supuestos, la Salud Pública encuentra limitaciones para abordar la relación de incidencia entre enfermedad y modo de vida/trabajo de los sujetos sociales. Sin embargo, estos rasgos estructurales se encuentran en crisis desde los 60´ (Menéndez, 1988)

Entonces, si bien entendemos que la Epidemiología es la disciplina de la Salud Pública y de la Salud Colectiva, es necesario aclarar qué se entiende por su objeto de estudio, determinar sus conceptos principales y su sustento epistemológico (Mojica Perilla, 2009). Retomaremos algunos de los planteos epistemológicos de la Epidemiología Crítica/Social, la Ecoepidemiología[13] y la Antropología de la Salud, dichas corrientes teóricas comparten algunos presupuestos: buscan explicar la multidimensionalidad del proceso de salud/enfermedad. A través de abordajes holísticos y comprometidos con las Ciencias Sociales, entienden que el proceso de salud/enfermedad no es exclusivamente biológico e individual sino que también es sociocultural, político, económico y ético (Ariza et. al, 2004).

Jaime Breilh (2010; 2011), exponente de la Epidemiología Crítica Latinoamericana, afirma que la misma recupera categorías de las Ciencias Sociales -clase, etnia, género, sistema económico, trabajo- en un intento de visibilizar las vinculaciones de la salud con la estructura social. Se entiende que la salud es un proceso que implica múltiples dimensiones sociales, económicas, políticas. Por ello, las dimensiones locales de distribución y segregación de calidades de vida, no se pueden comprender sin atender a las  relaciones económicas del sistema de acumulación global (Breilh, 2010). Por su parte, Granda (2004) afirma que la salud poblacional se debe mirar “en su matriz histórica, en su matriz contextual, en su fundamentación vital y no solo como descuento de enfermedad” (Granda, 2004:1)

La Ecoepidemiología (Ariza, 2004; Mostrangelo y Salomón, 2010) también busca superar el paradigma hegemónico de la epidemiología o paradigma de la “caja negra” en los que se individualiza el riesgo de enfermar suponiendo que no está socialmente determinado: “los estilos de vida y los comportamientos se consideran de libre elección individual y disociados de los contextos social que los moldean” (Ariza, 2004:141). Frente estos presupuestos, la Ecoepidemiología  busca entender la relación-hombre ambiente bajo un “enfoque multinivel territorialmente situado” (Mostrangelo y Salomón, 2010:7) integrando conocimientos de disciplinas diversas y entendiendo el ambiente en su sentido físico y social.

Mostragelo y Salomón (2010) realizaron un estudio en Ecoepidemiología aplicando los métodos y la teoría de la antropología social para comprender la relación hombre-ambiente en ocasión de un brote epidémico de Leishmaniasis Tegumentaria Americana (LTA) en 2004. Los autores descubren que, las representaciones sociales sobre la enfermedad, el vector, las causas de la enfermedad, los espacios de riesgo, las formas de prevención,  etc. constituyen saberes previos que deben ser relevados para determinar cualquier práctica educativa de prevención centrada en la evidencia que mantenga “una coherencia entre los espacios-actividades discriminados por el discurso biomédico preventivo y aquellos socialmente denotados por la población realmente expuesta.” (Mostranjelo y Salomón, 2010:12) e incida en las prácticas cotidianas y reales de riesgo.

Desde la Antropología diversos autores (Cerrutti, 2005 en Jelin y Grimson, 2005; Abel y Caggiano, 2006; Goldberg, 2010a y b), estudiaron la relación migración-salud. Frente a imaginarios de “enfermedades importadas” por ejemplo, el cólera o la tuberculosis, los autores descubren que la situación en salud de los migrantes limítrofes es la misma que la de otros argentinos en situación de riesgo, debido a factores estructurales que se producen en Argentina: hacinamiento, precariedad laboral, informalidad, etc. Aunque se la atribuya a “enfermedad importada”/ “enfermedad cultural”, son las condiciones en que se desarrollan los procesos migratorios los que condicionan transmisión de enfermedades: el factor determinante son las condiciones socio-sanitarias en los países de destino.

En este sentido, en el trabajo etnográfico nos interesó relevar el conocimiento de los contextos socioeconómicos en los que los migrantes/pacientes de las US desarrollaban su vida cotidiana. Descubrimos que los profesionales de la salud tienen conocimiento del contexto socioeconómico, las condiciones en que migraron, las actividades laborales y las características de las residencias de los migrantes que llegan a sus salas médicas. Es decir, no solo su condición de pacientes/individuos como conjunto de órganos, sino ciudadanos trabajadores en determinado contexto laboral/residencial:

M: ellos lo que hacen es trata de personas, no hay prostitución pero si hay explotación laboral, te das cuenta enseguida. Por mil ladrillos te pagan algo de 100pe. Es explotación laboral, con las condiciones ambientales del lugar en donde están son muy precarias eh…

(Entrevista médico 21/05/13 Destacados propios)

C: Como los hornos están en la zona ya rural, entonces los dueños de los hornos construyen, yo te diría, los palomares de cuando yo era chica eran mejores construcciones que esas. Son habitáculos que son una pequeña unidad funcional, sin ventanas, con una sola puerta, sin piso. Y ellos tienen familia numerosa. Entonces, y… y tienen… no tienen gas… y bueno, qué se yo… vienen en condiciones de máxima precariedad…

 (Entrevista a trabajadora social del área de salud de US 17/09/13)

Los relatos también describen el trabajo, tanto en los hornos de ladrillo como en el cultivo hortícola, como intensivo, con jornadas laborales diarias de 12hs, por los cuales los migrantes reciben pagos mínimos, siendo necesaria la presencia de familiares colaborando para cubrir con el trabajo requerido. Nos cuenta una agente de salud cómo afectan las condiciones laborales en la salud:

C: (…) porque hay también mujeres que van a ayudar al hombre, a los hombres. Y los niños también van, obviamente al estar expuestos a la intemperie días de  mucho calor, por ahí el no tomar líquido por ahí se deshidratan o se insolan. Eh… por ejemplo días así nublados, y viento y frío, obviamente. Sí que te vas a enfermar 

(Entrevista enfermera US 28-5-13)

M: vos fijate que empiezan a trabajar como a las 5 de la mañana de corrido hasta la noche, ponen el cuerpo para trabajar, desgasta mucho el cuerpo, eso genera inmuno-depresión, de alguna manera hay una… las condiciones habitacionales no son las más adecuadas, no comen de la mejor manera, no tienen todos los alimentos de alta calidad y mucho menos para descansar y demás. Predispone a un estado inmunológico bajo.

(Entrevista a médico 21/05/13)

Una trabajadora social destaca la relación entre el tipo de afecciones y el tipo de trabajo:

G: los cuerpos de ellos tienen un desgaste que se enferman, se enferman. Los hombres se enferman el 90% de la columna vertebral por eso que hacen con la carga y el corte con los ladrillos. Así que ellos se enferman, entonces son traídos por sus mujeres… bueno… igual siguen trabajando así como están, como pueden… (…). Eh… las enfermedades más comunes que les aparecen son enfermedades respiratorias. Eh… enfermedades de chagas (…)

(Entrevista a trabajadora social del área de salud US 17/09/13)

Sin embargo, en el apartado siguiente analizaremos cómo son re-significados estos conocimientos sobre el trabajo que realiza la población migrante en relación con presupuestos totalizantes y esencializantes de “la bolivianidad”.

 

Entre lo dicho: el sentido culturalizado de las implicancias socioeconómicas y las desigualdades estructurales en la salud.

“Entonces… como es cultural que ellos trabajan y trabajan, entonces no cuidan su salud”

En las entrevistas a los profesionales de la salud, se describió una situación de enfermedad-  tuberculosis en un trabajador de nacionalidad boliviana que derivó en el conocimiento de un horno de ladrillo y en la intervención del mismo para su saneamiento. Un médico, encargado del Programa Provincial de Lucha contra la Tuberculosis, nos relató que durante el año 2012 llega al Hospital Interzonal de Alta Complejidad “Dr. José Penna”, ubicado en el partido de Bahía Blanca, un paciente boliviano con tuberuculosis meníngea. El mismo era trabajador y residente, junto con su familia, en un horno de ladrillos ubicado a más de 10km de distancia de la US. El médico puntualizó la causa de la enfermedad en la migración, en tanto provienen de un país no se aplica gratuitamente la vacuna de la tuberculosis:

B: y entonces la relación tuberculosis-trabajo? 

M: Tiene que ver más con una cuestión migratoria, como puede traer esto, pueden traer dengue, pueden tener otro tipo de enfermedades pero lo que sí tenemos es una población en donde su ciudad de origen, su lugar de origen, tiene más circulación del Bacilo de Koch, que es el bacilo de la tuberculosis, que en Argentina.

(…)M: la mayoría de la gente que viene con la enfermedad, casi nunca se da cuenta que tiene la enfermedad porque nunca consulta en Bolivia

(Entrevista a médico  21/05/13. Destacados propios)

Vemos como el médico visibiliza la nacionalidad del sujeto social, y su condición de migrante, por sobre el hecho de que el bacilo de la enfermedad hizo tumor en el contexto del trabajo en el horno, cuyas características de trabajo han sido descriptas en los apartados anteriores. Aun así, el horno se interviene desde la US y hasta toma el nombre del sujeto que enfermó, “Horno Puma Germán”. El punto nodal de la intervención y relacionamiento por fuera de la institución radica en la visibilización de la enfermedad en el contexto hospitalario y, el objetivo de la intervención de la US es el  saneamiento ambiental y la vacunación del grupo poblacional es evitar el contagio al resto de la población.

C: Bueno, eh… en ese momento cuando empezamos a trabajar específicamente con este caso  del señor Puma que era un paciente con TBC meníngeo. Eh… cuando le dan el alta tenemos que hacerle el seguimiento y la aplicación de la medicación. Entonces ahí empezó a gestarse una idea de que bueno, realmente es un área muy compleja, con grandes distancias, y la comunidad o la población que tenemos el cargo, no tenemos la movilidad para llegar. Entonces, se elaboró una estrategia, desde la secretaría de salud ponernos un móvil y nosotras íbamos todos los días a hacerle la aplicación de la medicación. Entonces cuando llegamos que tuvimos el primer contacto con la gente descubrimos que no había una sola familia. Habían más, por lo tanto, cuando los atendíamos en la unidad sanitaria, no conocíamos la realidad.

(Entrevista enfermera US 28-5-13 Destacados propios)

Por otro lado, la misma enfermera afirma:

C: si yo tengo la mirada acá y en la otra no, obviamente que la otra población se me va a enfermar y me va a transmitir la enfermedad a la otra comunidad. Si?

(Entrevista a enfermera de la US 28/5/13 Destacados propios)

Cabe señalar que la enfermera hace está afirmación señalando dos puntos de ubicación en el espacio, por un lado, la población de los hornos en las afueras del partido y, por otro, la población residente en la zona céntrica urbanizada. Se marca una clara relación “nosotros-otros”, donde el “nosotros” es el que, como objetivo final, se quiere mantener sano. Por otra parte, la intervención tiene como objetivo el saneamiento ambiental y la vacunación de los cuerpos migrantes que se construyen como peligrosos para el resto de la población, por provenir de Bolivia. Así, sin ser una actitud consciente sino que se pone en juego con categorías de pensamiento del sentido común, se esencializa y luego estigmatiza su nacionalidad como enferma y peligrosa para el “nosotros-argentinos”.

En este sentido resulta interesante el aporte de Jelin et. al. (2005) cuando destaca que la posibilidad de atención no existe en su mayoría porque es un derecho ciudadano sino para evitar la proliferación de enfermedades, evitar los focos de contagio de poblaciones sanas y que la persona ingrese en un estado más crítico en la institución, produciendo más costos, días de internación y de trabajo a profesionales del Estado.

Si bien en una de las entrevistas se refirió a que se deben manejar otras variables en la intervención del horno, esto se caracteriza como “demasiado complejo” por cuestiones burocráticas y luego se termina justificando por las características del “modo de vida” del “ser boliviano”:

 M: es complejo el  tema, nosotros con este caso, fue emblemático porque nosotros tuvimos una reunión  con el secretario de salud y  otros subsecretarios, el director de derechos humanos. Participaron gente del hospital, gente de la unidad sanitaria. Digamos que en este mismo lugar, 20 personas. Donde empezamos a hablar, incluso siendo Estado Municipal, de alguna manera representantes directos, funcionarios de este Estado Municipal… era casi inabordable el tema porque hay muchas cuestiones ponele… manejamos 25 hipótesis, una de las que manejamos en ese momento es, ¿qué hacemos? Denunciamos. El Estado Municipal es denunciable, no es agente fiscalizador de condiciones laborales porque para eso está el Ministerio de Trabajo de la provincia, no es agente de fiscalización en términos de fiscal, de económico, en relación a los impuestos. Pero sin embargo podría haber hecho una denuncia. Pero qué hacemos con esas personas. Vos fijate que  por horno a veces hay treinta personas…

B: por horno

M: por horno, y hay hasta 30 hornos… para que te des una idea estamos hablando de 300 personas en ese momento. ¿qué hacemos con esas 300 personas? Las deportamos? No les damos ninguna solución… osea, esto se da en el marco de un grupo de personas que tiene ganas de pensarlo de alguna manera. Y bueno, la mejor asistencia que podíamos dar en este momento era ayudarlo de esta manera. El resto es muy difícil porque sinceramente, los entes nacionales y provinciales están por arriba y son los que fiscalizan esos hornos. Que han hecho inspecciones, pero que no llegan a ningún lado. Para el Estado tener los hornos es carísimo, la construcción que dan esos hornos en la ciudad de bahía blanca es carísimo porque el Estado es el que sostiene esta situación. Los tipos no pagan impuestos, los dueños de los hornos. Traen gente en condiciones de trata, esclavitud y explotación laboral, sin pagar impuestos  y además el Estado interviene para garantizar la escolarización, garantizar la salud. Que es lo que corresponde pero la situación es muy compleja desde lo  legal, desde lo político, desde todos lados, como para tener intervención y es así… haces la denuncia, van los medios, clausuran… Si pero qué hacemos con esas personas que de alguna manera es su forma de vida

(Entrevista a médico 21/5/13 Destacados propios)

En el relato citado se reseña la situación laboral de explotación pero ello luego es naturalizado por corresponder a una determinada “forma de vida” sobre la cual si no se puede hacer nada. Se legitima y justifica el sufrimiento social que produce la condición de clase, en su “mismidad nacional”/ “otredad cultural”:

“En Argentina, la ubicación de los inmigrantes bolivianos en ciertos lugares posibles de identificación en relación con una mismidad nacional imaginada y postulada como blanca, europea y moderna, y en contrapunto con ella (Segato, 2007; Briones, 1998 y 2005), opera a través de la marcación de su aloctonía y exotismo cultural y la desmarcación de las relaciones de desigualdad social en las que ciertos inmigrantes se articulan como sectores subalternos. Estos procesos de administración de la diferencia y la desigualdad son justificados en términos étnico-raciales” (Pizarro, 2012: 25)

Entendemos que estas construcciones -asentadas en reduccionismos culturalistas que sesgan las múltiples condiciones de la problemática- actúan como barreras –estigmas- a la hora de ejercer intervenciones efectivas desde un paradigma alternativo con perspectiva intercultural compleja ya que niega la posibilidad de acción de los sujetos sociales por su pertenencia cultural y por otro lado, culpabiliza esa pertenencia cultural descontextualizando y dehistorizando, discursivamente, las condiciones de salud/enfermedad. En este sentido, una enfermera construye la siguiente relación entre cultura y trabajo:

C: entonces bueno, de esa manera se fue gestando con este caso y nos topamos con una comunidad que si tienen dificultad para llegar, no todos van a llegar a la consulta óptima, no todos se van a ir a vacunar, no todos van a.. Por el trabajo que ellos tienen, que comienzan a la mañana y terminan a la tarde. Entonces, como es cultural que ellos trabajan y trabajan y trabajan, entonces, no atienden su salud. Entonces por lo tanto, uno tiene que prever… digamos, hacer prevención y promoción de la salud. Desde la función de enfermería o el rol de enfermería, sería que toda la comunidad o la población esté vacunada para evitar que se enferme

(Entrevista a enfermera de la US 28/5/13 Destacados propios)

La enfermera referencia a “la cultura” como factor determinante del trabajo y como consecuencia, el factor que termina limitando la posibilidad del cuidado. Entonces, bajo el papel de la educación para la salud, las diversidades socio-económicas, cultural e históricamente constituidas, se deben supeditar a la civilización y la moral de la ciencia médica, perteneciente a un “nosotros”: las colectividades “irracionales” se convierten en objetos de vida del médico Estado. En este sentido, se relevaron una serie de marcaciones  sobre el trabajo y la forma de vida que sería propia de la “bolivianeidad”, por un lado el trabajo que realizan y por otro lado, su propia imposibilidad cultural se salirse del ese círculo de explotación. Nos comenta un médico:

M: Hacer trabajar a una persona 12 horas por día es muy parecido a hacerla prostituirse nada más que durante la noche. Hay muy  poca diferencia. Y la persona que es dueña saca mucha más plata que la persona que pone el cuerpo para trabajar y muchas veces ellos no tienen opción de elección. Desde lo simbólico no tienen forma de plantearlo porque ya están acostumbrados. O sea, de alguna no quiero decirlo así, pero es su forma de vivir también en Bolivia…

(Entrevista médico 21/5/13 Destacados propios)

Por otro lado, una enfermera comenta:

Porque el hombre te va a decir, culturalmente que te van a decir, no, no, estoy bien, sigo trabajando.

(Entrevista enfermera 28/5/13 Destacados propios)

Las marcaciones y (des)marcaciones de la bolivianidad reproducen y resignfican operatoriarias que organizan la diversidad y la diferencia e invisibilizan aspectos relacionados con la posición de clase (Pizarro, 2012) Esto muchas veces deriva en la “necesidad” de educar para “buenas prácticas en salud” a los sujetos “ignorantes”. Donde las jerarquías raciales operantes en la segmentación laboral, se vuelven a resignificar en la relación de asimetría que existe entre el médico como portador de saberes y el paciente portador de la enfermedad: para la medicina clínica tradicional, el individuo tiene que supeditarse tanto en la comprensión como en la acción a los dictámenes del médico[14] y los profesionales de la salud, los salubristas, se comportan como interventores técnicos-normativos, que buscan logros técnicos-prácticos, principalmente, el descuento de la enfermedad (Granda, 2004).

En este marco, es interesante el aporte de la Antropología de la Salud en su concepción multicausal de la enfermedad, que complejice los abordajes causales biologicistas e indague cómo el proceso de salud-enfermedad-atención se desarrolla en el marco de determinadas relaciones sociales y no otras (Menéndez, 1994; Goldberg, 2010b). Abordajes que superen el foco puesto en el migrante como sujeto individual determinado por una cultura determinante de sus prácticas y padecimientos y visibilicen el sistema social de fondo.

 

Reflexiones preliminares

Los procesos migratorios que constituyen las sociedades contemporáneas conllevan cambios poblacionales y culturales que permiten repensar las formas de intervenir en salud. Se presenta la necesidad de entender las condiciones de socioeconómicas y políticas en que se desarrolla la vida cotidiana de los sujetos de dicha intervención, llevándonos necesariamente a repensar en términos de desigualdad, exclusión y discriminación.  

A lo largo de este trabajo reflexionamos sobre los procesos migratorios desde Bolivia a Argentina y  las condiciones de inserción laboral y residencial de los migrantes en  el sudoeste Bonaerense. Luego, revisamos los aportes de la antropología para pensar el concepto de cultura y los aportes de la antropología de la salud y la epidemiología crítica para pensar un concepto amplio de salud. Una vez planteada nuestra postura teórico-epistemológica, pudimos analizar las entrevistas etnográficas realizadas a profesionales de APS en contextos de migración boliviana y referidas a una situación específica.

Observamos que, si bien, los profesionales de la salud visibilizan las condiciones de desigualdad laboral y de precariedad habitacional en las que se encuentran la mayoría de los migrantes. Cuando se refieren al cuidado de la salud parecen no tener en cuenta estas cuestiones. Estos mismos profesionales naturalizan los factores estructurales de clase en la pertenencia cultural, a una “bolivianeidad” esencial. Al resaltarse la diferencia, en términos de distancia cultural, se sesgan los determinantes sociales de la salud y se individualiza la responsabilidad sobre el cuidado.

Si bien el primer nivel en salud plantea un abordaje amplio, ya que tiene en cuenta la forma en que los sujetos sociales desarrollan su vida cotidiana, plantea trabajos con la comunidad y se presupone una actitud de escucha que re-subjetiviza al paciente. Cuando nos referimos a la diversidad-salud, es acertado reflexionar sobre los supuestos dominantes anclados en el sentido común, así evitar posturas que cosifiquen (por lo tanto deshistoricen y descontextualicen) la diversidad y simplifiquen los procesos sociales, económicos y políticos más amplios.

Para concluir retomamos a Menéndez (1994 y 2003), quien señala otras líneas con respecto al aporte de la antropología al campo de la salud. Advirtiendo que debe reforzar la autonomía de los grupos sin abdicar de la responsabilidad del Estado de brindar atención de buena calidad oportuna y accesible a todas las poblaciones. O en otras palabras:

La permisividad y legitimación de los recursos médicos populares por parte de los aparatos médicos sanitarios, sin que se mejoren sustantivamente las condiciones de vida y de salud de los grupos étnicos latinoamericanos, no constituye para nosotros un objetivo prioritario. Como tampoco es prioritario impulsar el saber popular exclusivamente en términos de integrador cultural, ajeno al mantenimiento de altas tasas de mortalidad, desnutrición o violencia en dichos grupos.

Por supuesto que ambos tipos de objetivos no son antagónicos; más aún, según algunas orientaciones, la integración cultural sería una condición casi necesaria para posibilitar el abatimiento de determinados daños a la salud. Aunque no negamos dicha posibilidad, debe quedar suficientemente claro es que la autonomía cultural per se y desvinculada de procesos económico-políticos, no necesariamente soluciona los problemas de salud más graves que afectan a las etnias americanas.

La escisión entre economía y cultura debe ser reemplazada por una perspectiva –asumida por el Estado y por los conjuntos sociales– que asegure simultáneamente la reproducción sociocultural y biológica de los grupos étnicos. (Menéndez, 1994: 81)



Notas:

[1] Una versión preliminar de este artículo fue presentada VIIJornadas Santiago Wallace de Investigación en Antropología Social  que tuvo lugar entre el 27, 28 y 29 de noviembre de 2013 en Buenos Aires. Agradezco los valiosos comentarios y sugerencias de las participantes. También, la lectura atenta de Graciela Hernández y la traducción al inglés de Yanina Boschetti.

[2] Ma. Belén Bertoni estudió Cs. Antropológicas en la Universidad de Buenos Aires (UBA) donde participó de grupos de investigación referidos a la educación intercultural y al turismo rural, y fue pasante en el Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano (INAPL). Actualmente posee una beca de posgrado de la Comisión de Investigaciones Científicas (CIC) para trabajar los procesos de salud y la migración, cursa seminarios de doctorado y participa de equipos de investigación interdisciplinarios en la Universidad Nacional del Sur (UNS) referidos a las migraciones limítrofes y al cambio climático. Contacto: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

[3] Sin embargo, cabe destacar que la coyuntura política actual de Bolivia, discursivamente y bajo el Plan Nacional de Desarrollo se presenta favorable para tratar la cuestión migratoria como un problema estructural, generando fuentes de trabajo, distribución de tierras, nacionalización de hidrocarburos, etc. (Domenech y Magliano, 2007)

[4] Cuando en los hornos, todos los trabajadores son bolivianos, algunos son medianeros, trabajadores permanentes, y obtienen un porcentaje de las ganancias, consiguen y pagan la mano de obra, que generalmente es de su mismo origen nacional. Finalmente, existen también fábricas de ladrillos cuyos propietarios son bolivianos y la mano de obra que contratan es generalmente boliviana. (Pizarro, 2012)

[5] Son colectivos viejos, viejos transportes de línea local, no tienen baño ni aire acondicionado y muchas veces se transportan más personas de las que pueden ir sentadas.

[6] Deberán analizarse los cambios o  no y las complejidades que presentan las  recientes intervenciones del Ministerio de Trabajo bonaerense, la cartera de Trabajo Empleo y Seguridad Social de la Nación, la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP), el Registro Nacional de Trabajadores y Empleadores Agrarios (RENATEA) y la Agencia de Recaudación de la provincia de Buenos Aires (ARBA).

[7] Categoría nativa

[8] Categoría nativa

[9] El positivismo busca la explicación a través de la observación de los hechos sociales buscando  generalizar y predecir.         

[10] Lineal, acumulativo y unidireccional.

[11] Uno de los fragmentos de entrevista que se retomarán será de una entrevista realizada a un agente municipal del sector de salud que, si bien no es trabajador directo del primer nivel de atención, si trabaja vinculando con este sector para el tratamiento de la tuberculosis.

[12] Como dice Menéndez (1994) la enfermedad, los padecimientos y los daños “constituye un fenómeno generalizado a partir de tres procesos: 1) la existencia de padecimientos que refieren a significaciones negativas colectivas; 2) el desarrollo de comportamientos que necesitan ser estigmatizados y/o controlados, y 3) la producción de instituciones que se hacen cargo de dichas significaciones y controles colectivos, no sólo en términos técnicos, sino socioideológicos.” (Menéndez, 1994:72).

[13] Si bien, Mojica Perilla (2009) advierte que la Ecoepidemiología analiza los múltiples niveles que afectan los procesos de salud/enfermedad interpretándolos bajo relaciones causales y explicativas. Aún así retomamos esta perspectiva teórico-epistemológica, en tanto se han desarrollado estudios (Mostrangelo y Salomón, 2010) que aplicando presupuestos desde la Antropología, son sumamente enriquecedores al análisis de problemáticas sociales de salud.

[14] Para la Salud Pública el proceso de curación se pone en marcha la tecnología positivista controlada desde el Estado, que se configura como el médico de la sociedad que explica el riesgo y previene la enfermedad (Granda, 2004). 

 

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Cómo citar este artículo:

BERTONI, María Belén, (2015) “El sentido de “La Cultura” en la salud: un análisis desde la Antropología y los aportes de la Epidemiología Crítica”, Pacarina del Sur [En línea], año 6, núm. 22, enero-marzo, 2015. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Miércoles, 17 de Julio de 2019.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.comindex.php?option=com_content&view=article&id=1076&catid=14

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