Pacarina del Sur
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“Los funerales de la mamá grande”, de Gabriel García Márquez. Algunos problemas de su “solución artística” y poética carnavalesca[1]

Francisco Xavier Solé Zapatero

Recibido: 07-03-2015 Aceptado: 19-03-2015

 

En cada libro intento tomar un camino diferente [. . .]. Uno no elige el estilo.

Usted puede investigar y tratar de descubrir cuál es el mejor estilo para un tema.

Pero el estilo está determinado por el tema, por el ánimo del momento.

Si usted intenta utilizar algo que no es conveniente, apenas no resultará.

Entonces los críticos construyen teorías alrededor de esto y ven cosas que yo no había visto.

Respondo solamente a nuestro estilo de vida, la vida del Caribe.[2]

 

Mi problema más importante era destruir la línea de demarcación

que separa lo que parece real de lo que parece fantástico.

Porque en el mundo que trataba de evocar, esa barrera no existía.

Pero necesitaba un tono inocente, que por su prestigio volviera verosímiles

las cosas que menos lo parecían, y que lo hiciera sin perturbar la unidad del relato.

También el lenguaje era una dificultad de fondo, pues la verdad no parece verdad

simplemente porque lo sea, sino por la forma en que se diga.[3]

 

[. . .] creo que la imaginación no es sino un instrumento de elaboración de la rea­lidad.

Pero la fuente de creación al fin y al cabo es siempre la realidad.

Y la fantasía, o sea la invención pura y simple, a lo Walt Dis­ney,

sin ningún asidero en la realidad, es lo más detestable que pueda haber. [. . .] //

No hay en mis novelas una línea que no esté basada en la realidad.[4]

 

[. . .] una novela es una representación cifrada de la realidad,

una especie de adivinanza del mundo.

La realidad que se ma­neja en una novela es diferente a la realidad de la vida,

aunque se apoye en ella. Como ocurre con los sueños.[5]

 

El coronel no tiene quien le escriba, La mala hora

y muchos cuentos de Los funerales de la Mamá Grande

son libros inspirados en la realidad de Colombia,

y su estructura racionalista está determinada por la naturaleza del tema.

No me arrepiento de haberlos escrito, pero constituyen un tipo de literatura premeditada,

que ofrece una visión un tanto estática y excluyente de la realidad.

Por buenos o malos que parezcan, son libros que acaban en la última página.

Son más estrechos de lo que yo me creo capaz de hacer.[6]

Gabriel García Márquez

 

“La muerte de la Mamá grande” (1962), como todas las obras de Gabriel García Márquez, resulta muy difícil de analizar, en especial, por la manera en que está configurada. De aquí que haya que buscar un mecanismo que permita ingresar a este templo del saber oral/escritural mítico-carnavalesco con el fin de dar cuenta de la “solución artística” utilizada por el autor implicado (en y por el texto), a través del narrador, para hacerlo. Evidentemente, no se trata de encontrar la “solución”, sino de buscar la manera de ir comprendiendo la forma que pareciera organizarlo,[7] ya que viejos y nuevos lectores, viejas y nuevas obras, y la relectura de ambas, sean de él o de otros escritores, nacionales o extranjeros, aportarán nuevas posibilidades.

De aquí que hayamos propuesto una posible forma de lograrlo, a la cual hemos llamado proceso de aproximaciones sucesivas acumulativas, la cual plantea irse acercando al texto por planos o niveles hasta poder dar cuenta de algunos problemas de la poética del texto en cuestión.[8] Para ello, dicho muy breve y de forma profundamente esquemática, consideramos necesario revisar tres planos en el texto: el de la representación, por cuanto objeto de la imagen en movimiento que vemos; el de la expresión, por cuanto un narrador va relatando, con la ayuda de los personajes, lo que oímos y vemos, y el de la configuración que articula los dos anteriores, el cual forma parte de la solución artística del narrador, producto de la organización composicional o poética del autor (implicado), de acuerdo con el oyente-lector (implicado) al que se dirige. Sin duda, en este proceso complejo es necesario ir buscando todas las referencias (socio-históricas, literarias, etc.) que allí van apareciendo, como resultado de la relación dialógico-cronotópica (heterogéneo-transcul-turada) que el autor mantiene con otros textos, sean orales o escritos, sean literarios o no, y sean propios de nuestra cultura o ajenos a ella, es decir, los problemas de su poética autoral e histórica.

Para ello, partimos de una serie de niveles o planos que pueden servirnos de mojoneras para comenzar a intentarlo. Así, en el plano de la representación (ver): acontecimiento(s), personajes, tiempo y espacio, etc.; en el plano de la expresión (oír): voces personajes, voces narrador(es), etc.; en el plano de la configuración: capítulos, apartados, epígrafes, títulos de los capítulos, etc. Esto implica que deben ser analizados los elementos de cada nivel, así como cada nivel, por separado, uno por uno, e ir buscando las relaciones que entre ellos se van manifestando, para finalmente articular los tres planos entre sí.

Evidentemente, dado que cada texto puede contener instancias no mencionadas aquí (si bien las sugeridas resultan generalmente imprescindibles, aunque algunas de ellas puedan faltar), estas deben ir siendo propuestas por el propio investigador, en función de las particulares demandas que cada texto le presente y a medida que va avanzando en su lectura.[9]

Más aún, no hay que olvidar, por supuesto, el imprescindible diálogo con los textos críticos que nos preceden, pues esto nos permite, tanto dialogar con sus posturas de lectura/ escritura, como encontrar planteamientos que amplíen nuestras propuestas. No obstante, debe ser realizado, hasta donde ello sea posible, una vez que hayamos terminado nuestro trabajo de análisis, con el fin de evitar la posibles distorsiones y contaminaciones que esto pueda producir.

Podemos sintetizar brevemente lo anterior, a partir del texto que aquí vamos a abordar, de la siguiente manera:

Se trata de realizar algunos acercamientos a la postura desde la que el Autor (implicado) articula las instancias del proceso narrativo (poética) para permitir al narrador encontrar una posición y una perspectiva autocentrada (de acuerdo con su espacio de experiencias y horizonte de expectativas) —en este caso, la “visión costeño-caribeña colombiana”— que le permita dar una “solución artística” —la cual toma en cuenta la respuesta del receptor (oyente-lector implicado) al que se dirige— al proceso de expresión y representación dialógico-cronotópica, heterogéneo-trans-culturada, de los movimientos de tiempos y espacios de la heterogeneidad sociocultural y la transculturación narrativa de la costa atlántica de Colombia del siglo XVI al siglo XIX y de la primera mitad del siglo XX. Esto en función de la posible relación que establece con otros textos, orales o escritos, literarios o no-literarios, nacionales o internacionales, sea que formen parte de sus tradiciones narrativas (poética autoral e histórica), sea que formen parte de las tradiciones culturales y contraculturales (cognitivas, éticas y estéticas) con las que dialoga. Tal el caso de “La marquesita de la Sierpe” y “En el velorio de Joselito” del propio García Márquez, y de La marquesa de Yolombó de Tomas Carrasquilla y de Mamita Yunai de Carlos Luis Fallas, entre otros muchos.

Estamos convencidos de que este proceso de lectura, no sólo permite una forma novedosa de acercarse a los textos narrativos, sino que repercute inevitablemente en el espacio de experiencias y el horizonte de expectativas del presente histórico del lector real.

Pero pasemos de los dichos a los hechos. Sin embargo, antes de iniciar es importante mencionar que este trabajo forma parte de una investigación de mayor envergadura que está en proceso de elaboración, por lo que aquí nos limitaremos a dar cuenta de dos cuestiones básicas: por un lado, de algunos elementos del complejo sustrato sociocultural e histórico que subyace al texto, y por otro, de cómo uno de estos sustratos sirve de base para exponer algunos de los problemas de su “solución artística” mítico-carnavalesca.

Lo anterior tiene como base el hecho de que, si bien la crítica especializada ha dado cuenta de importantes cuestiones al respecto, estas resultan muy limitadas y permanecen muy alejadas de la “solución artística” y poética del texto. Entre ellas se puede mencionar, por ejemplo, “el golpe de gracia al discurso anquilosado que había predominado en la literatura colombiana”, gracias a lo cual “se elabora un nuevo lenguaje literario imbricado en la oralidad”,[10] de tal manera que “‘Los funerales de la Mamá Grande’ representa la muerte de un lenguaje literario envejecido y el nacimiento de una nueva forma de expresión en la literatura colombiana”.[11] Como también el hecho de que

Gabriel García Márquez subvierte la historia oficial de Colombia a nivel de los temas y de la periodización, a nivel de la enunciación del discurso y a nivel de la interpretación de los eventos y textos canonizados por los historiadores oficiales como “históricos” y “literarios” [. . .] [Y esto] mediante la elaboración de discursos irreverentes y desacralizadores que tienen el fin de re-presentar (traer otra vez al presente en forma de texto literario) aspectos históricos tanto de la conquista, colonia e independencia de la Nueva Granada, como de la Colombia contemporánea. [. . .] [Dicha] subversión [. . .] es realizada por García Márquez, mediante la designación de narradores de sus relatos que presentan características de cronistas e historiadores.[12]

De manera que, si bien la crítica ha percibido los problemas que subyacen al texto, no ha sido capaz de señalar, más que de manera general, el múltiple y entreverado sustrato sociocultural e histórico que le subyace, el cual, tal como lo menciona García Márquez en el quinto epígrafe, determina el carácter mítico-carnavalesco (estructura racionalista)[13]con que se expresa y representa, se relata y se configura.

Mas, para poderlo demostrar, hay que tener presente que, así como en Cien años de soledad “el tiempo ficcional de la novela y el tiempo cronológico de la historia no se corresponden, pues, Melquíades: ‘[. . .] no había ordenado los hechos en el tiempo convencional de los hombres, sino que concentró un siglo de episodios cotidianos, de modo que todos coexistieran en un instante’ “,[14] se puede suponer que en “Los funerales de la Mamá Grande” acontece algo similar. Y de hecho, es así. Si bien, como veremos, de manera un tanto diversa. Por esta razón, aquí nos concentraremos en la vida de la Mamá Grande y en el periodo denominado La Violencia (1948-1958), el cual, como trataremos de mostrar, es el sustrato básico movilizado y vehiculado, que sirve para relacionarlo con los otros, razón que tal vez explique por qué García Márquez considera que se trata de “un tipo de literatura premeditada, que ofrece una visión un tanto estática y excluyente de la realidad”.

Y que esto es así se constata al observar el título del cuento, el cual, más que referirse como tal a la Mamá Grande, remite como centro a sus Funerales, y por tanto, a la muerte y nacimiento de una nueva época en Colombia (aunque tal vez, a nivel histórico, igual de nefasta o peor que el anterior, si bien en ese momento García Márquez no podía saberlo, aunque pudiese intuirlo), cuestión que el propio narrador, al final del texto, menciona: “Algunos de los allí presentes [en el funeral] dispusieron de la suficiente clarividencia para comprender que estaban asistiendo al nacimientode una nueva época”.[15] No obstante, con el fin de no limitar demasiado la propuesta del texto, iremos señalando algunas cuestiones del profundo y complejo sustrato que le subyace.

Así, no resulta muy difícil observar que el texto tiene una especie de introducción y una breve conclusión, y que el resto puede ser dividido en cinco apartados: a) la agonía y muerte de la Mamá Grande, b) la respuesta de los habitantes y políticos de la capital ante este hecho; c) la actitud de las autoridades del Vaticano al respecto y el viaje del Papa a Macondo; d) la espera para que se tome la decisión que permita asistir al Presidente al entierro, y finalmente, e) los funerales de la Mamá Grande. Sin embargo, al observar que acontece en cada uno de ellos, nos damos cuenta que casi no sucede nada. Helo aquí:[16]

a) En abril, la Mamá Grande comprende que va a morir.[17] En junio,[18] el médico, requerido por la Mamá Grande, atraviesa la plaza en pijama, apoyado en dos bastones, y se instala en la alcoba de la enferma. En la primera semana de dolores, la entretiene con cataplasmas de mostaza y calcetines de lana. Cuando comprende que agoniza, hace llevar un arca con pomos de porcelana y durante tres semanas embadurna a la moribunda por dentro y por fuera con toda suerte de emplastos, julepes y supositorios. Después, la madrugada del día en que muere, le aplica sapos ahumados en el sitio del dolor y sanguijuelas en los riñones, enfrentando la disyuntiva de hacerla sangrar por el barbero o exorcizar por el padre Antonio Isabel. Sin embargo, la enorme mansión de dos plantas se paraliza una semana antes. En este lapso, los peones duermen amontonados en el corredor central, esperando la orden de ensillar los caballos para divulgar la mala noticia en los ámbitos de la hacienda; los nueve sobrinos velan en torno al lecho y el resto de la familia permanece en la sala, guardando un luto cerrado, suma de incontables lutos superpuestos. Entonces, Nicanor manda a buscar al párroco, quien está a punto de cumplir cien años. Diez hombres lo llevan desde la casa cural hasta su dormitorio, y allí permanece, hablando solo, para no tener que bajarlo y volverlo a subir en el minuto final. Al amanecer de ese día, pide que la dejen a solas con Nicanor para impartir sus últimas instrucciones. Durante media hora, se informa de la marcha de los negocios, hace formulaciones especiales sobre el destino de su cadáver, y se ocupa de las velaciones. Un momento después, a solas con el párroco, se confiesa, y más tarde, comulga en presencia de los sobrinos. En la extremaunción, el padre Antonio Isabel pide ayuda para aplicarle los óleos en la palma de las manos, pues tiene los puños cerrados. De nada vale el concurso de las sobrinas. En el forcejeo, la moribunda aprieta contra su pecho la mano constelada de piedras preciosas y fija en las sobrinas su mirada, diciendo: “Salteadoras”. Luego ve al padre Antonio Isabel y al monaguillo y murmura: “Me estoy muriendo”. Se quita el anillo con el Diamante Mayor y se lo da a Magdalena, la novicia, a quien corresponde por ser la heredera menor. La campanilla del Viático en el amanecer de setiembre es la primera notificación a los habitantes de Macondo. Pide, entonces, que la sienten en el me-cedor, para expresar su última voluntad. Nicanor, el sobrino mayor, va en busca del notario. Aquel ha preparado ya, en 24 folios, la relación de sus bienes. Con el médico y el padre Antonio Isabel por testigos, la Mamá Grande dicta al notario la lista de sus propiedades.[19] Mientras tanto, las muchedumbres empiezan a concentrarse frente a la casa. Haciendo un esfuerzo supremo, la Mamá Grande se yergue y dicta al notario la lista de su patrimonio invisible.[20] Necesita tres horas para enumerar sus asuntos terrenales y morales. Estampa su firma y debajo estampan la suya los testigos. Cuando sale el sol, la placita frente a la casa parece una feria rural. No alcanza a terminar. Ahogándose, emite un sonoro eructo y expira.

b) El Presidente de la Republica recibe un telegrama informándole de su muerte. Sorprendido por la noticia cuando se dirige al acto de graduación de los nuevos cadetes, sugiere al ministro de la guerra que concluya su discurso con un minuto de silencio. Él hace lo mismo, esa madrugada, en la alocución que dirige a sus compatriotas a través de la cadena nacional de radio y televisión.[21] Esa tarde, los habitantes de la capital ven el retrato de una mujer en la primera página de las ediciones extraordinarias. En los autobuses, en los ascensores de los ministerios, en los salones de té,[22] se susurra con veneración y respeto de la autoridad muerta en su distrito, cuyo nombre se ignoraba en el resto del país hacia pocas horas. Una llovizna menuda cubre a los transeúntes de recelo y de verdín. Las campanas de todas las iglesias tocan a muerto. Desde su automóvil, el Presidente de la República alcanza a percibir la silenciosa consternación de la ciudad: sólo permanecen abiertos algunos cafetines de mala muerte y la Catedral Metropolitana, quien se está alistando para nueve días de honras fúnebres. En el Capitolio Nacional, donde los mendigos duermen envueltos en papeles, están encendidas las luces del Congreso. Cuando el primer mandatario entra a su despacho, conmovido por la visión de la capital enlutada, sus ministros lo esperan, de pie, más solemnes y pálidos que de costumbre. A pesar de su aparato de oficiales condecorados, el Presidente de la República, al pasar en el crepús-culo por el jardín interior de cipreses oscuros, ubicado entre la sala de audiencias de Palacio y el patiecito adoquinado,[23] no puede reprimir un ligero temblor de incertidumbre, si bien aquella noche, el estremecimiento tiene la fuerza de una premonición, la cual le permite adquirir plena conciencia de su destino histórico: decreta nueve días de duelo nacional, y honores póstumos a la Mamá Grande en la categoría de heroína muerta por la patria en el campo de batalla.[24] Mas, tan altos propósitos tropiezan con graves inconvenientes: la estructura jurídica del país no está preparada para acontecimientos como los que empiezan a producirse. Entonces, doctores de la ley ahondan en busca de la fórmula que permita al Presidente de la República asistir a los funerales.[25] Días de sobresalto se viven en las altas esferas de la política, el clero y las finanzas. En el vasto hemiciclo del Congreso, la evocación de la Mamá Grande alcanza proporciones insospechables, mientras su cadáver se llena de burbujas en el duro septiembre de Macondo. Horas interminables se llenan de palabras, que repercuten en el ámbito de la República, aprestigiadas por la letra impresa. Hasta que alguien en aquella asamblea de jurisconsultos interrumpe el blablablá histórico para recordar que el cadáver de la Mamá Grande espera la decisión a 40 grados a la sombra. Nadie se inmuta. Se imparten órdenes para que sea embalsamado el cadáver, mientras se encuentran la fórmula que permitan al Presidente de la República asistir al entierro.

c)Tanto se ha parlado, que los parloteos trasponen las fronteras, trasponen el océano y atraviesan las habitaciones pontificias de Castelgandolfo. Repuesto de la modorra del ferragosto reciente, el Sumo Pontífice está en la ventana, viendo en el lago sumergirse los buzos que buscan la cabeza de la doncella decapitada.[26] En las últimas semanas, los periódicos de la tarde no se ocupan de otra cosa, y el Sumo Pontífice no puede ser indiferente a ello. Pero aquella tarde, en una sustitución imprevista, los periódicos cambian las fotografías de las posibles víctimas, por la de una sola mujer de veinte años. “La Mamá Grande”, exclama el Sumo Pontífice, al reconocer al instante el borroso daguerrotipo que muchos años antes le había sido ofrendado con ocasión de su ascenso a la Silla de San Pedro. “La Mamá Grande”, exclaman a coro en sus habitaciones privadas los miembros del Colegio Cardenalicio, y por tercera vez en veinte siglos hay una hora de desconciertos, sofoquines y correndillas en el imperio de la cristiandad, hasta que el Sumo Pontífice está instalado en su larga góndola negra, rumbo a funerales de la Mamá Grande. Quedan detrás los sembrados de melocotones, la Via Apia Antica, con tibias actrices de cine dorándose en las terrazas sin todavía tener noticias de la conmoción, y después el promontorio del Castelsantangelo en el horizonte del Tíber.[27] Al crepúsculo, los dobles de la Basílica de San Pedro se entreveraron con los bronces de Macondo. Desde su toldo, el Sumo Pontífice oye toda la noche la bullaranga de los monos alborotados por el paso de las muchedumbres. En su itinerario nocturno, la canoa pontificia se va llenando de costales de yuca, racimos de plátanos verdes y huacales de gallina, y de hombres y mujeres que abandonan sus ocupaciones habituales para vender en los funerales de la Mamá Grande. Esa noche, su Santidad padece la fiebre de la vigilia y el tormento de los zancudos. Pero el amanecer sobre los dominios de la Gran Vieja borran de su memoria los padecimientos del viaje y lo compensan del sacrificio. Entonces, Nicanor es despertado por tres golpes en la puerta, que anuncian el arribo inminente de Su Santidad.

d) La muerte ha tomado, pues, posesión de la casa. Inspirados las alocuciones presidenciales, por las controversias de los parlamentarios que han perdido la voz y continuaban entendiéndose por medio de signos convencionales, hombres y congregaciones de todo el mundo se desentienden de sus asuntos y colman con su presencia los corredores, los pasadizos, las buhardas de la casa. Quienes llegan con retardo, se trepan y acomodan en barbacanas, palenques, atalayas, maderámenes y matacanes. Mientras tanto, en el salón central, momificándose en espera de las decisiones, yace el cadáver de la Mamá Grande, bajo un promontorio de telegramas. Allí, los nueve sobrinos velan el cuerpo, extenuados por las lágrimas. Y en el salón del consejo municipal, el Sumo Pontífice padece un insomnio sudoroso. Este, en las noches, se entretiene con la lectura de memoriales y disposiciones administrativas, y durante el día, reparte caramelos italianos a los niños que se acercan a verlo por la ventana y almuerza bajo la pérgola con el padre Antonio Isabel, y ocasionalmente con Nicanor. Así vive semanas y meses, hasta que Pastor Pastrana se planta con su redoblante en el centro de la plaza y lee el bando de la decisión: se declara turbado el orden público, tarrataplán, y el Presidente de la República, tarrataplán, dispone de las facultades extraordinarias, tarrataplán, que le permiten asistir a los funerales de la Mamá Grande, tarrataplán, rataplán, plan, plan. El gran día ha llegado.

e) En las calles congestionadas de ruletas, fritangas y mesas de lotería, y hombres con culebras enrolladas en el cuello y en la placita abigarrada donde las muchedumbres han colgado sus toldos y desenrollado sus petates, ballesteros despejan el paso a la autoridad. Poco antes de las once, la muchedumbre, contenida por una élite de guerreros uniformados, lanza un rugido de júbilo. Dignos, solemnes, el Presidente de la República y sus ministros, las comisiones del parlamento, la corte suprema de justicia, el consejo de estado, los partidos tradicionales y el clero, y los representantes de la banca, el comercio y la industria, hacen su aparición por la esquina de la telegrafía. El Presidente de la República desfila frente a las muchedumbres, entre los arzobispos y los militares. En segundo término, lo hacen las reinas nacionales. El Sumo Pontífice se sobrepone al calor con un abanico. Entonces, un aleteo ocurre en el caballete de la casa, cuando se impone el acuerdo en la disputa de los ilustres, hasta que se saca el catafalco a la calle en hombros de los más ilustres. La sombra de gallinazos sigue al cortejo por las callecitas de Macondo, y al paso de ellos, estas se van cubriendo de un rastro de desperdicios. Los sobrinos, ahijados, sirvientes y protegidos de la Mamá Grande, cierran las puertas tan pronto como sacan el cadáver, y desmontan las puertas, desenclavan las tablas y desentierran los cimientos para repartirse la casa. En el fragor de aquel entierro, se oye el estruendoso suspiro de descanso que exhalan las muchedumbres cuando se cumplen los catorce días de plegarias, exaltaciones y ditirambos, y la tumba es sellada con una plataforma de plomo.

Resultará, pues, más que evidente el carácter carnavalesco[28] de lo que allí acontece. Sin embargo, cabría preguntarse ¿qué quiere comunicarnos García Márquez con todo ello? Puesto que todo pareciera está alejado del mundo histórico. No obstante, antes de descifrar esta onírica realidad, tal como lo señala García Márquez en el cuarto epígrafe, no olvidemos que algunos acontecimientos que se manifiestan en el pasado, es decir, antes de su agonía y muerte, carnavalizan aún más el relato, y hacen todavía más difícil de resolver esta especie de adivinanza del mundo. (Ibíd.)

Tal el caso de la tarde en que María del Rosario Castañeda y Montero asiste a los funerales de su padre, y regresa por la calle investida, a los 22 años, en la Mamá Grande;[29] el privilegio que posee, mientras es abanicada por algún miembro de la autoridad civil, de no arrodillarse durante la misa mayor, ni siquiera en el instante de la elevación, para no estropear su saya y pollerines; su rechazo, hasta los 50 años, de los más apasionados pretendientes, lo que la hace morir soltera y sin hijos; la forma en que cerca su fortuna y su apellido con una alambrada sacramental, resultado de su rigidez matriarcal, lo que acarrea que los tíos se casen con las hijas de las sobrinas, y los primos con las tías, y los hermanos con las cuñadas, hasta formar una intrincada maraña de consanguinidad que convierte la procreación en un círculo vicioso, de la cual sólo escapa Magdalena, la sobrina menor, quien, aterrorizada por las alucinaciones, se hace exorcizar por el padre Antonio Isabel, se rapa la cabeza y renuncia a las glorias y vanidades del mundo en el noviciado de la Prefectura Apostólica; la descendencia bastarda que circula entre la servidumbre, sin apellido, a título de ahijados, dependientes, favoritos y protegidos de la Mamá Grande, producto del derecho de pernada de los varones; las fiestas que esta realiza cada año por su cumpleaños, hasta cumplir los 70 años, donde concierta los matrimonios para el siguiente año y sale al balcón para clausurar el jubileo arrojando monedas a la muchedumbre (si bien esta tradición se haya visto interrumpida, tanto por los duelos sucesivos de la familia, como por la incertidumbre política de los últimos tiempos); el cobro de los arrendamientos que todos los años, como único acto de dominio, en vísperas de su onomástico, ejerce la Mamá Grande durante tres días, lo cual impide el regreso de las tierras al estado, mientras la muchedumbre, bajo los almendros polvorientos, lugar donde acamparon las legiones del coronel Aureliano Buendía la primera semana del siglo, pone en venta múltiples productos, incluido estampas y escapularios con su imagen;los tres baúles de cédulas electorales falsas que forman parte de su patrimonio secreto, los que han garantizado la paz social y la concordia política de su imperio;[30] la voluntad hegemónica de la Mamá Grande que, en tiempos de paz, le permite acordar y desacordar canonjías, prebendas y sinecuras, así como velar por el bienestar de los asociados, aunque tuviera que recurrir para lograrlo a la trapisonda o al fraude electoral, y en tiempos tormentosos, contribuir en secreto para armar a sus partidarios, y socorrer en público a sus víctimas, celo patriótico que la acredita para los más altos honores.

Habría que agregar a esto otros acontecimientos que parecieran ser un tanto marginales, tales como los de su abuela materna, quien en la guerra de 1875 se enfrenta a una patrulla del coronel Aureliano Buendía, atrincherada en la cocina de la hacienda; la historia del doctor, quien es un médico hereditario, laureado en Montpellier,[31] contrario por con-vicción filosófica a los progresos de su ciencia, a quien la Mamá Grande le concede la prebenda de que se impida el establecimiento de otros médicos en Macondo, sinecura que le permite en un tiempo recorre el pueblo a caballo, visitando a los enfermos al atardecer, concediéndole la naturaleza el privilegio de ser padre de numerosos hijos ajenos, cuando menos hasta que la artritis le anquilosa un chinchorro y termina por atender a sus pacientes sin visitarlos, por medio de suposiciones, correveidiles y recados; la historia de Magdalena, quien, al haber renunciado a su herencia en favor de la Iglesia, se convierte en el final de la tradición familiar, al no poder recibir el anillo que la Mamá Grande le ofrece en su lecho de muerte; la historia de Nicanor, quien, además de ser el sobrino mayor, titánico y montaraz, vestido de caqui, botas con espuelas y un revólver calibre 38, cañón largo, ajustado bajo la camisa, ejerce, a través de ella, su autoridad; o también la existencia de tres vasijas de morrocotas enterradas en algún lugar de la casa durante la guerra de Independencia, que no han sido halladas en periódicas y laboriosas excavaciones, si bien un plano levantado de generación en generación, y por cada generación perfeccionado, facilita cada vez más el hallazgo del tesoro enterrado; el que en los alrededores de los caseríos, merodeen un número nunca contado y menos atendido de animales herrados en los cuartos traseros con la forma de un candado, hierro hereditario que, más por el desorden que por la cantidad, se ha ido haciendo familiar en remotos departamentos, donde llegan las reses desperdigadas en verano muertas de sed, hasta convertirse en uno de los más sólidos soportes de su leyenda; el hecho de que, por razones que nadie se ha detenido a explicar, en los últimos tiempos las extensas caballerizas de la casa se hayan ido vaciado progresivamente desde la última guerra civil [1899-1902] y se hayan instalado en ellas trapiches de caña, corrales de ordeño, y una piladora de arroz; etc.

Como fuese, resultara evidente, con todo lo anterior, por qué la Mamá Grande se convierte, como lo fueron en el pasado sus hermanos, sus padres y los padres de sus padres, en el centro de gravedad de Macondo, producto de una hegemonía que ya colma dos siglos hasta el punto de que la aldea se funda alrededor de su apellido. Es por esto que, cuando se sienta a tomar el fresco de la tarde en el balcón de su casa, parece en verdad infinitamente rica y poderosa: la matrona más rica y poderosa del mundo, lo que la convierte en una verdadera leyenda. Y si bien es cierto nadie conoce el origen, ni los límites ni el valor real del patrimonio, todo el mundo se ha acostumbrado a creer que la Mamá Grande es dueña de las aguas corrientes y estancadas, llovidas y por llover, y de los caminos vecinales, los postes del telégrafo, los años bisiestos y el calor, y que tenía además un derecho heredado sobre vida y haciendas. De aquí que esta visión medieval pertenezca, no sólo al pasado de la familia, sino al pasado de la nación.

Sin duda, en una primera instancia, pareciera que todo lo reseñado no es más que pura y simple invención del tipo Walt Disney, como dice García Márquez en el tercer epígrafe, ya que, o no cuenta con asideros en acontecimientos históricos concretos: no ha existido jamás en Colombia una Mamá Grande que tenga tanto poder, ni que hay movilizado al poder supremo de la capital, y mucho menos que haya asistido el Sumo Pontífice a su funeral, o estos aparecen de manera tan vaga y dispersa, que parecieran no tener ninguna filiación definida ni ninguna articulación especial entre sí. Esto es, justamente, lo que ha llevado, en general, a los críticos garciamarquianos a convertir este material en producto del realismo mágico del autor,[32] es decir, en una simple etiqueta que poco dice y que finalmente nada explica. De aquí que debamos rastrear qué sucesos socio-históricos, políticos y culturales parecieran subyacerle, explicar por qué aparecen representados de esta manera, entender la razón por la que son expresados y representados de esta forma, y dar cuenta de cómo es que se vuelven verosímiles para el oyente-lector, en función de la “solución artística” mítico-carnavalesca utilizada por el narrador para hacerlo, como producto de la configuración poética del autor, de acuerdo con el sustrato sociocultural e histórico que le subyace, tal como nuestro autor lo menciona en el segundo epígrafe

Sin embargo, a este complejo entramado de problemas hay que agregar uno más: lo que expresa el narrador en esa especie de introducción y conclusión con que abre y cierra el texto. Helo aquí:

Ésta es, incrédulos del mundo entero, la verídica historia de la Mamá Grande, soberana absoluta del reino de Macondo, que vivió en función de dominio durante 92 años y murió en olor de santidad un martes del setiembre pasado, y a cuyos funerales vino el Sumo Pontífice.

Ahora que la nación sacudida en sus entrañas ha recobrado el equilibrio; ahora que los gaiteros de San Jacinto, los contrabandistas de la Guajira, los arroceros del Sinú, las prostitutas de Guacamayal, los hechiceros de la Sierpe y los bananeros de Aracataca han colgado sus toldos para restablecerse de la extenuante vigilia, y que han recuperado la serenidad y vuelto a tomar posesión de sus estados el presidente de la república y sus ministros y todos aquellos que representaron al poder público y a las potencias sobrenaturales en la más espléndida ocasión funeraria que registren los anales históricos; ahora que el Sumo Pontífice ha subido a los Cielos en cuerpo y alma, y que es imposible transitar en Macondo a causa de las botellas vacías, las colillas de cigarrillos, los huesos roídos, las latas y trapos y excrementos que dejó la muchedumbre que vino al entierro, ahora es la hora de recostar un taburete a la puerta de la calle y empezar a contar desde el principio los pormenores de esta conmoción nacional, antes de que tengan tiempo de llegar los historiadores.[33]

Algunos de los allí presentes [en el Funeral] dispusieron de la suficiente clarividencia para comprender que estaban asistiendo al nacimiento de una nueva época. Ahora podía el Sumo Pontífice subir al Cielo en cuerpo y alma, cumplida su misión en la tierra, y podía el presidente de la república sentarse a gobernar según su buen criterio, y podían las reinas de todo lo habido y por haber casarse y ser felices y engendrar y parir muchos hijos, y podían las muchedumbres colgar sus toldos según su leal modo de saber y entender en los desmesurados dominios de la Mamá Grande, porque la única que podía oponerse a ello y tenía suficiente poder para hacerlo había empezado a pudrirse bajo una plataforma de plomo. Sólo faltaba entonces que alguien recostara un taburete en la puerta para contar esta historia, lección y escarmiento de las generaciones futuras, y que ninguno de los incrédulos del mundo se quedara sin conocer la noticia de la Mamá Grande, que mañana miércoles vendrán los barrenderos y barrerán la basura de sus funerales, por todos los siglos de los siglos.[34]

Como se observa, se articulan el principio y final del relato en forma circular, con evidentes problemas temporales en su configuración (“ahora que el Sumo Pontífice ha subido a los Cielos”; “ahora podía el Sumo Pontífice subir al Cielo”, etc.), dando cuenta con ello de su postura periodística-oral-escritural literaria frente a la de los historiadores.

Mas estos problemas no concluyen aquí, pues si bien el objeto de la representación se constituye con el antes (premoción y agonía), el durante (día de la muerte) y el después del fallecimiento de Mamá Grande (la espera de la decisión para enterrarla, los Funerales y el sellado de la tumba), cuestión que se complementa con hechos anteriores de su vida (todos ellos relacionados, como veremos, con la historia de Colombia, de Latinoamérica y del mundo), lo que acontece en Macondo el día de su muerte se empalma temporalmente con la reacciones que se manifiestan en Bogotá, y lo que sucede mientras se espera que se tome la decisión en la capital, lo hace tanto con la respuesta del Vaticano como lo que acontece en Macondo. Dicho de otra manera, mientras la Mamá Grande está arreglando sus asuntos terrenales y espirituales y muere [1], en Bogotá el Presidente de la Republica anuncia su muerte y empieza a tomar conciencia histórica del hecho [2], y mientras aquí se está tomando la decisión de si este puede o no asistir a los funerales [2], la gente de la Santa Sede se sobresalta [3] y el Papa viaja del Vaticano hasta Macondo, acompañado de la gente que vive en los alrededores del río Magdalena, donde permanecen hasta que se tome la decisión, del mismo modo que lo hace gente y congregaciones de todo el mundo [4],hasta que finalmente llega el Presidente y otras múltiples y variopintas personalidades a Macondo, incluidas las reinas de la belleza, y se realizan las pomposas y pintorescas exequias. [5][35]

Y esto permite observar y justificar la doble manera de contabilizar el tiempo: una al estilo del narrador, la cual está basada en la manera de ver el mundo de la gente de la Costa Atlántica, a la que llamaremos convencionalmente “visión costeño-caribeña colombiana”, que es a la que muchas veces hace referencia el propio García Márquez,[36] y otra al estilo “occidental”: lineal, “racional” e histórica, la cual subyace a la primera y que sirve de base para tratar de explicar y comprender aquella. Sin olvidar, por supuesto, que ambas interpretaciones dialogan entre sí de forma paródico-carnavalesca.

Evidentemente, para entender esta compleja estructura espacio-temporal (cronotópica), se requiere de un profundo conocimiento de la historia sociopolítica e histórica, así como cultural de Colombia, y especialmente de la región de la Costa Atlántica, de la cual, para ese entonces (1962), no se contaba casi con ningún tipo de información escrita,[37] ya que lo que subyace al antes, durante y después de la muerte de la Mamá Grande está evidentemente relacionado con las luchas, primero, entre encomenderos, indios y esclavos negros, después entre terratenientes, estancieros y comerciantes, más tarde entre centralistas y federalistas, y finalmente entre liberales y conservadores. Estas dos últimas trajeron como consecuencia las múltiples Guerras Civiles que se fueron produciendo durante el siglo XIX, así como los graves y dramáticos acontecimientos de la primera mitad del siglo XX, en especial durante el periodo de La Violencia (1948-1958).

Al respecto, mencionemos brevemente que la popularidad de Jorge Eliécer Gaitán lo proyectaba como candidato del partido liberal y gran exponente para ganar las elecciones de 1946, pero el temor de la clase política lleva a Gabriel Turbay a lanzar su propia candidatura. Como consecuencia, llega al poder el conservador Mariano Ospina Pérez (1946-1950), del partido conservador. Sin embargo, la proyección de Gaitán, quien se consolida como jefe único del partido liberal, sumada a la mayoría liberal en el congreso, no permite al conservatismo desarrollar cabalmente sus políticas. Finalmente, el 9 de abril de 1948, Gaitán es asesinado, desatándose un levantamiento popular conocido como El Bogotazo.[38] Este, que buscaba forzar a Ospina a renunciar, termina fortaleciendo al presidente, quien empieza a desarrollar más y más políticas represivas. Así las cosas, en 1950 el partido liberal no participa de las elecciones, dejando vía libre para que el conservador Laureano Gómez (1950-1951) gane la presidencia. Sin una oposición política legal, este incrementa la serie de políticas represivas. De hecho, la oposición lo acusa de utilizar medidas autoritarias y de implementar un esquema de represión contra miembros y simpatizantes, tanto del Partido Liberal Colombiano, como del Partido Comunista de Colombia. Es más, se le atribuye a su gobierno amplia responsabilidad por las acciones de la fuerza secreta de civiles armados (apodada en las áreas rurales como Policía Chulavita), quienes perseguían a los liberales radicales, comunistas denominados “bandoleros”, y en general a los partidarios de la izquierda, lo que les permitía destruir haciendas y fincas, ade-más de incautar bienes y terrenos a los perseguidos. Tan lejos llega el asunto, que a esta fuerza secreta se le atribuyen numerosas desapariciones de liberales y opositores. En respuesta a ello, una parte de la dirigencia liberal ordena a sus militantes a alzarse en armas contra la presidencia de Gómez, dando lugar a lo que se conoce como La Violencia, periodo que termina oficialmente el 13 de junio de 1953,cuando este es derrocado por el general Gustavo Rojas Pinilla, quien ofrece una amnistía a los guerrilleros liberales. De manera que este es bien recibido por muchos sectores del país, lo que le permite desarrollar una serie de reformas económicas y políticas, incluyendo la creación del servicio de Televisión (1954). Sin embargo su presidencia de facto persigue la libertad de expresión, y promueve su imagen a través de la seducción y la manipulación televisiva y radiofónica, además de que es muy laxo con los restos de violencia política, particularmente la ejercida por los conservadores contra los liberales. La crítica de estos casos, lleva al cierre de varios periódicos y a una radicalización de la clase política en contra de Rojas. Un paro cívico, ordenado por la clase empresarial y política, obliga a Rojas a renunciar el 10 de mayo de 1957. La oposición a la presidencia de facto une a dirigentes de los partidos liberal y conservador en contra del dictador. Es entonces que el liberal Alberto Lleras Camargo y el conservador Laureano Gómez firman el pacto de Benidorm (1956) que da inicio al Frente Nacional (1957). Depuesto Rojas, una junta militar asume el poder durante un periodo de transición (1957-1958). Finalmente, en 1958 se reanudan las elecciones democráticas, siendo elegido Alberto Lleras Camargo (1958-1962)[39] como el primer presidente del Frente Nacional.[40] De este modo, por los siguientes 16 años la presidencia se verá alternada entre los dos partidos tradicionales, los cuales conformarán gobiernos de unidad, repartiendo los ministerios y la burocracia entre ambos partidos. El Frente Nacional marca así el fin de la violencia partidista que aqueja a Colombia por más de un siglo. Sin embargo, el esquema cerrado de este régimen acuna la violencia guerrillera y el conflicto armado colombiano que se desata posteriormente, la cual se amplia, por un parte, con el triunfo de la Revolución Cubana (1959), y por una otra, con la Alianza para el Progreso (1961). Baste con recordar que, desde la época de Rojas Pinilla, empiezan a aparecen las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia - Ejército del Pueblo (FARC-EP); en 1964 el Ejército de Liberación Nacional (ELN) o Unión Camilista - Ejército de Liberación Nacional (UC-ELN), y en 1974, al culminar el Frente Nacional y como consecuencia del supuesto fraude electoral en los comicios presidenciales de 1970 contra el entonces candidato a la presidencia: nada más ni nada menos que el general Gustavo Rojas Pinilla, aparece el Movimiento 19 de abril (M-19), así como el narcotráfico y el lavado de dinero, con la consecuente guerra en su contra.[41]

Por otra parte, cabe también recordar otras cuestiones históricas de épocas anteriores. Así, con todas las complejidades del caso, que la Nueva Granada correspondía al territorio bajo la jurisdicción de la Real Audiencia de Santa Fe de Bogotá (1550-1718), bajo la égida de los Habsburgo (Casa de Austria), y posteriormente al Virreinato de Nueva Granada (1718-1819), cuya sede fue Santa Fe de Bogotá, como parte de la nueva política de los Borbones. Creado este por Felipe V, fue suspendido en 1724 por problemas financieros, y reinstaurado en 1739, hasta que en 1810 el movimiento independentista lo disuelve una vez más. Posteriormente, en 1815, el territorio es reconquistado y restaurado por el ejército del rey Fernando VII, y disuelto definitivamente en 1819 por el ejército rebelde al consolidar la independencia del poder español.

Cabe señalar, puesto que finalmente también tiene relación con la Mamá Grande y su imperio, que este cambio tiene lugar por el proceso de decadencia, paulatino agotamiento y desgaste sufrido por la Monarquía Hispánica a lo largo del siglo XVII, durante los reinados de los denominados Austrias menores (los últimos reyes de la Casa de Austria: Felipe III, Felipe IV y Carlos II), que la hizo pasar de ser la potencia hegemónica de Europa y la mayor economía del mundo en el siglo XVI, a convertirse en un país empobrecido y semiperiférico. Como se sabe, la interpretación historiográfica de las causas de la decadencia ha sido uno de los asuntos más tratados, y en muchas ocasiones se han atribuido a la leyenda negra:

[La leyenda negra está] presente en la propaganda antiespañola desde mediados del siglo XVI: el orgullo de casta cristiano viejo, la obsesión por una hidalguía incompatible con el trabajo y propicia a la violencia en la defensa de un arcaico concepto de honor, la sumisión acrítica (por superstición o por temor más que por fe) a un poder despótico, tanto político como religioso, adepto de la versión más cerrada del catolicismo, que le abocaba a aventuras quijotescas en Europa contra los protestantes y a una cruel imposición a los indígenas americanos de la evangelización y el dominio de los conquistadores.[42]

Si bien también se menciona que la causa fue la endogamia y excesiva consanguinidad de sus matrimonios, que acabaron por dar un rey completamente disminuido e incapaz de gobernar: Carlos II, “El hechizado” (1661-1700). Más aún, a consecuencia de la desesperación de la corte por no lograr descendencia para continuar la dinastía, esta llegó a someter al rey a exorcismos.[43] No obstante, otros dicen que hubo pocos matrimonios de este tipo en la línea austríaca, de manera que las muertes de las jóvenes herederas por viruela fue la causa mayor. Como fuese, en 1700, Carlos II muere sin descendencia y comienza la Guerra de Sucesión en Europa entre los Habsburgo y los Borbones de Francia, la cual finaliza con la paz de Utrecht en 1713. De este modo, los Borbones obtienen la corona de España y su imperio de ultramar, quedando a cargo el rey Carlos III, y la nueva dinastía decide aplicar una serie de medidas para revertir su decadencia, para lo cual aplican algunas reformas políticas, militares y eclesiásticas, las cuales repercutieron en el progreso económico de las colonias.

De mismo modo es necesario conocer algunas mínimas cuestiones sobre la historia del Vaticano,[44] especialmente durante el reinado del Papa Pio XII[45] (1939-1958), de las cuales para ese entonces (1958/1962) tampoco se sabía nada.[46] De hecho, al momento de su muerte (la mañana del 9 de octubre de 1958), tan poco se conocía al respecto, que sus funerales[47] fueron la mayor congregación de los romanos hasta ese momento,[48] al considerarlo no sólo un gran Papa italiano, sino, tal como acontece con la Mamá Grande, un “héroe en tiempos de guerra”,[49] quien murió en “olor de santidad”.[50]

De hecho, el acontecimiento que dio origen a la imagen controvertida del papa (leyenda negra),[51] resultado de su relación con Benito Mussolini y Adolfo Hitler, que dio lugar al Tratado de Letrán (1929)[52] y al Concordato Imperial (1933),[53] su antisemitismo y su silencio ante el Holocausto, sin olvidar su feroz anticomunismo, entre otras cuestiones, fue la publicación y puesta en escena de la obra de teatro El vicario (Der Stellvertreter), del alemán Rolf Hochhuth, en 1963.[54]

No está de más recordar, dada su compleja relación con la imagen de la Mamá Grande, que el médico de Pío XII, Ricardo Galeazzi-Lisi, informó que el cuerpo del pontífice fue embalsamado en la sala donde murió mediante un nuevo proceso inventado por el Dr. Oreste Nuzzi. Sin embargo, el embalsamamiento para preservar eficazmente el cuerpo resultó impedido por el intenso calor de Castel Gandolfo durante el proceso, hasta el punto de no poder reconstituir el rostro, lo que obligó a recurrir a la aplicación de una máscara de cera. Mas aún, “las exequias se vieron ensombrecidas por la rapidísima putrefacción del cadáver, que dio lugar a toda suerte de escenas grotescas y desagradables durante los funerales”.[55]

Mas, por si pudiera haber duda que se trata de la imagen del Papa Pio XII, cabe señalar que la alusión en el texto al ferragosto reciente,[56] a los buzos que buscan la cabeza de la doncella decapitada, así como el que durante semanas los periódicos de la tarde se ocuparan de ello, no sólo fueron hechos que realmente acontecieron,[57] sino que incluso permiten relacionarlos con el famoso “caso Montesi”, con su intrincada y virulenta trama, y con la Cumbre de Ginebra, hechos todos ellos acontecido en 1955.[58] Evidentemente, todo esto sirve de base al entreverado sustrato sociocultural e histórico que subyace a “Los funerales de la Mamá Grande” los cuales se asocian de manera particular con la subida al poder, “decapitación” del dictador y el juicio de Rojas Pinilla, y la consecuente conforma-ción del Frente Nacional y la llegada al poder de Alberto Lleras Camargo.

Pero hay otras cuestiones importantes a señalar que también son fundamentales para entender el relato. Una de ellas es tener presente la historia de la Casa de Mier y especialmente de María Josefa Isabel de Hoyos y Hoyos, segunda Marquesa de Torrehoyos, la cual seguramente dio pie la leyenda de la Marquesita de la Sierpe[59] en la Costa Atlántica, especialmente en la zona sur de Bolívar, y que pareciera dar cuenta también de la imagen de la Mamá Grande: María del Rosario Castañeda y Montero.[60] Helo aquí:

La Casa de Mier es una casa nobiliaria fundada por el Conde Vela Jiménez (o Ximenez) hacia el año 1030. El nombre deriva de la localidad de Mier (Asturias), cuyo apellido tomaron los descendientes del Conde Vela, quienes a su vez eran descendientes de los Duques de Aquitania. [. . .] / Cuatro ramas de los Mier emigraron a América, cada una a diferentes zonas: Perú, Colombia, Chile y México, siendo este último el lugar de donde descienden la mayor parte de los Mier americanos. [. . .][61]

Por lo que respecta a los Mier colombianos, el primero de ellos fue Juan Bautista de Mier y de la Torre, colonizador de la zona norte de la actual Colombia, quién llegó a esas tierras en 1714 y a quien se le concedió el título de Marqués de Santa Coa. El marquesado comprendía la hacienda Santa Bárbara de las Cabezas (¿42.000 hectáreas?), que fue muy conocida en la época colonial. Tuvo dos hijas solamente, Ignacia Andrea casada con un sobrino, Julián de Trespalacios y Mier, segundo Marques de Santa Coa, y Juana Bartola casada con otro sobrino, José Fernando de Mier y Guerra, personaje principal del Nuevo Reino de Granada en el siglo XVIII, fundando más de veinte poblaciones (el Banco, San Sebastián de Buenavista, Cerro de San Antonio, Pedraza, etc., poblaciones de la margen derecha del río Magdalena desde Mompox hasta el mar Caribe), y quien inició las gestiones para fundar el Marquesado de Torrehoyos, quedando éste constituido por su sobrino Gonzalo José de Hoyos y Mier, casado a su vez con una descendiente directa (bisnieta) de Juan Bautista de Mier y de la Torre y nieta de Julián de Trespalacios y Mier, María Ignacia de Hoyos y Trespalacios. [. . .]. Dentro de las pro-piedades pertenecientes al Marquesado de Torrehoyos se incluía las tierras de Loba (Lova, que significa Jaguar en la lengua de los nativos), de una extensión de 210 leguas cuadradas (más de 650.000 hectáreas, los linderos iban desde las goteras de Mompox, aguas arriba al río Magdalena hasta la quebrada Norosi, subiendo por ella hasta el río Cauca, y aguas abajo nuevamente hasta Mompox, que constituyen lo que es hoy el sur de Bolívar, un territorio en donde se produce gran parte del oro de Colombia). Igualmente estaba la hacienda Calenturas, de 49.000 hectáreas, en donde se descubrió la mina de carbón térmico La Loma de Calenturas, que produce 5 millones de toneladas anuales. El título de Marqués de Santa Coa lo llevaron dos de sus parientes lejanos no descendientes directos, Manuel Faustino de Mier y Joaquín de Mier y Benítez, quinto y último Marqués de Mier, quien fuera el más estrecho colaborador de Simón Bolívar y en cuya hacienda de San Pedro Alejandrino cerca a Santa Marta falleció [este].[62]

María Josefa Isabel [Juan Bartola de Hoyos y Hoyos, segunda Marquesa de Torrehoyos (1779-1848), hija de María Ignacia], quien era mujer voluntariosa y altiva, enterró con roda pompa a su padre: hubo parada militar costeada por ella, oficiaron 32 curas en la misa de difuntos, y la tumba se cavó en el presbiterio de la iglesia de Santo Domingo, la más antigua de Mompox.[63] Pero interrumpió el duelo el 4 de noviembre del mismo año de 1805 para casarse en primeras nupcias con Mateo de Epalza y Santa Cruz, mariscal de campo de los Reales Ejércitos y regidor del cabildo de Mompox. [. . .][64]

Otra más es recordar el que el 25 de julio de 1958, la colombiana Luz Marina Zuluaga fue elegida Miss Universo en Long Beach, California. La ceremonia estuvo sintonizada por radio y televisión y toda Colombia estuvo participando en ella. Sin embargo, cuando Luz Marina tiene que regresar a su país, la situación allí era tan delicada, que la soberana mundial de la belleza tiene que esperar unos días para hacerlo, tras lo cual fue recibida con todos los honores en Bogotá y en Manizales.

Finalmente, cabe tener presente también que Simón Bolívar, Presidente de la Gran Colombia (1819-1830) y dictador del Perú (1824-1827), después de un largo y tormentoso viaje por el río Magdalena (narrado magistralmente en El General en su laberinto), de ser acompañado durante su enfermedad por su doctor de cabecera, Alejandro Próspero Reverend, quien estuvo presente, conjuntamente con el notario, durante la elaboración de su testamento, y de haber sido visitado por el obispo Estévez, después de cuya plática dijo a su servidor, José Palacios: “¿Carajos, cómo voy a salir de este laberinto?”, muere el 17 de diciembre de 1830 en Santa Marta, en la Costa Atlántica, y es enterrado en un sarcófago de plomo, mismo material con que es sellada la tumba de la Mamá Grande.[65] Si bien cabe señalar que en 1947, Andrés Eloy Blanco sostiene ante el Congreso que los restos de Bolívar no deben estar en un sarcófago de un material tan innoble como el plomo y aboga por una urna de cristal, hecho que durante la Revolución Bolivariana, promovida por Hugo Chávez a partir de 1998, se hizo realidad, con todas las complejidades el caso, por haber profanado su tumba.

Basta con esto, si bien habría mucho más que decir, para observar el complejo y profundo referente sociocultural e histórico que subyace al relato de “Los Funerales de la mamá grande” y la importancia de dar cuenta de él para comprender su “solución artística”, texto que, sin duda, preconiza y anuncia su obra capital: Cien años de soledad.

Pasemos, pues, ahora, brevemente, a tratar de dar cuenta de lo que subyace a la vida de la Mamá Grande y a observar cómo el periodo de La Violencia (1948-1958) sirve de base primaria para relatarlo y configurarlo, así como para dar cuenta de su carácter mítico-carnavalesco.

 

Fin de la primera parte



Notas:

[1] Este texto fue originalmente publicado en: Monstruos y grotesco. Aproximaciones desde la literatura y la filosofía, Carmen Álvarez Lobato, coordinadora, Secretaria de Investigación y Estudios Avanzados-UAEM y Casa Aldo Manuzio, 2014, pp. 167-192. El presente es una versión revisada y ampliada del mismo.

[2] Marlise Simons, “Gabriel Marquez on love, plagues and politics”, en The New York Times, 21 de febrero de 1988, en:

http://query.nytimes.com/gst/fullpage.html?res=940DEFD61E30F932A15751C0A96E948260

[3] Jorge Campos, “García Márquez: fábula y realidad” (Reseña a Cien años de soledad), en Revista Ínsula, 258, Madrid, 1968, p. 11.

[4] Plinio Apuleyo Mendoza García, El olor de la guayaba. Conversaciones con Gabriel García Márquez, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1982; La oveja negra, Ed. Diana, Ed. Bruguera, 1982, pp. 31 y 37.

[5] Ibíd., pp. 35-36.

[6] Ibíd., p. 60.

[7] “Texto y obra no son términos equivalentes. El primero remite a las propiedades objetivas —lingüísticas y formales— del resultado material de un trabajo de objetivación y formalización de la experiencia del sujeto de la escritura. La segunda consiste en el esfuerzo de restitución, por parte del lector, de la unidad de propósitos artísticos que la anima: es el ‘lugar’ del encuentro y el dialogo del lector concreto con el texto. En el caso de las obras de ficción, este tránsito fundamental del ‘texto’ a la ‘obra’ no puede prescindir de la poética narrativa que les confiere unidad. Ha de pasar por el reconocimiento del papel que desempeña este “lenguaje segundo” que, en su nivel más abstracto, Bajtín entiende como doble sistema de correlaciones cronotópicas y dialógicas. [. . .] / El texto es por completo abierto y cerrado; abierto sobre el presente de la cultura en devenir por los diversos lenguajes (las visiones cronotópicas en diversos grados de elaboración) que incorpora y convierte, implícita o explícitamente, en su propio interior; y cerrado por la elaboración, la jerarquización y la organización específicas que les confiere la unidad de propósitos artísticos que conforma la obra. Ninguno de estos movimientos de apertura y clausura pueden cancelarse sin que la obra se vaya vaciando de toda sustancia y vaya perdiendo así su capacidad de desafiar y nutrir la sensibilidad y la inteligencia del lector. Es decir sin que el texto deje de ser obra”, Françoise Perus, De selvas y selváticos. Ficción autobiográfica y poética narrativa en Jorge Isaacs y José Eustasio Rivera, Bogotá, Plaza & Janes Editores, Universidad Nacional de Colombia, Universidad de los Andes, 1998.

[8] Es de observar que no se trata de un método más que pude aplicarse de manera predeterminada, sino precisamente una mínima serie de elementos posible que nos orienten en la lectura del relato. Para ello hay que tomar en cuenta que el texto no es un objeto, sino un sujeto, el cual se dirige al interlocutor de la época en que fue creado [autor (narrador) - texto - (oyente) lector], de manera que nosotros, como críticos, no somos más que testigos de la comunicación que allí se está manifestando y debemos respetar la manera particular que cada autor tiene de vehicularlo y manifestarlo. De aquí que sea necesario dejar hablar al texto, y no proponer de antemano lo que esperamos encontrar en él. Los métodos existentes no son más que guías para pensar los problemas que se nos presentan al hacerlo y no esquemas prestablecidos aplicables que debamos utilizar indiscriminadamente para lograrlo.

[9] Sin duda, lo aquí mencionado se refiere al proceso de la investigación (Texto) puesto que los resultados de la misma requieren la relaboración y restructuración de todo lo encontrado (Obra). No obstante, no hay que perder de vista que lo fundamental radica, no tanto en la información manifestada y vehiculada por el autor implicado (abierta), sino la forma en que es organizada o estructurada por él (cerrada) —si bien una no puede existir sin la otra—, cuestión que propio García Márquez menciona y que queda mínimamente manifestado en los cinco epígrafes de este ensayo.

[10] Germán Castaño Restrepo, “Cultura popular, oralidad y literatura en ‘Los funerales de la Mamá Grande’”, en Anales de Literatura Hispanoamericana, 2007, vol. 36, p. 257.

[11] Ibídem. “Los conceptos de historia y literatura ‘nacionales’ fueron creados en Colombia en el siglo XIX por prominentes intelectuales ‘oficiales’, quienes, al imitar el modelo europeo de canonización histórica y literaria, seleccionaron (incluyeron y excluyeron los libros que describían el pasado cultural colombiano, erigiendo así obras de la Colonia (s. XVI-XVIII) y de la Republica (s. XIX) en textos ‘fundacionales’, ‘literarios’ y ‘nacionales’. En este proceso de selección-canonización, los intelectuales oficiales colombianos articularon sus ideologías liberal y republicana —las cuales entronizaban el catolicismo, el hispanismo y el nacionalismo— en las instituciones culturales estatales que dirigieron y en los manuales de historia y literatura que escribieron”, en Nelson Arturo González-Ortega, “Canon y canonización en la obra literaria, periodística y cinematográfica de García Márquez”, en Tropelías, Revista de Teoría de la literatura y literatura comparada, núm. 9 y 10, 1998-99, pp. 240 (cursivas mías). Por su parte, Luis Harss menciona: [. . .] “Inventario de muertos”, llama [García Márquez] a la literatura de su país. Y la verdad es que prácticamente desde los días de la traumática La vorágine de Rivera, la literatura Colombiana ha parecido estar permanentemente en su último suspiro. La razón podría estar esa especie de estancamiento arcaísta que distingue a la vida colombina en todos sus niveles. Colombia es el baluarte del conservadurismo católico, el museo del tradicionalismo político y el purismo literario. Sus escritores han sido académicos y gramáticos. Hubo excepciones, y de las más honorables, sobre todo en la época romántica. Todos los escolares de América Latina se han paseado alguna vez con lágrimas en los ojos en los senderos idílicos de María [1867]. Han sudado con las hipersensibilidades de José Asunción Silva y se han rascado la cabeza con el modernismo antiséptico de Guillermo Valencia, para no hablar de las profecías penumbrales del excéntrico Porfirio Barba. Pero en el campo de la novela, Colombia se ha destacado por producir algunas de las peores obras del continente. Basta recordar las extravagantes lucubraciones tropicalistas de Vargas Vila, el de la eufemística Flor de fango, tan inmensamente populares a comienzos del siglo por su feliz combinación de exotismos y pornografía. Más presentable, aunque algo tendenciosa, y destinada al anacronismo, fue la obra de Tomas Carrasquilla, el inventor de la novela costumbrista en Colombia. Con su realismo escénico nace el reflejo condicionado en la literatura colombiana. Lo explota con fines didácticos, ya en pleno naturalismo, el enérgico J. S. Osorio Lizarazo. Y allí quedan las cosas, hasta que el tiempo, que cura todos los males, va revelando una quinta columna con la que por fin se incorpora Colombia al panorama literario latinoamericano. A la cabeza está García Márquez. [. . .]”, Luis Harss, “Gabriel García Márquez o la cuerda floja”, en Los nuestros, México, Editorial Hermes, 1981, pp. 381-382 (cursivas mías). Finalmente, Daniel Samper Pizano explica: “Los historiadores, los académicos y los vendedores de libros consideran que 1967 es el año estelar de la literatura colombiana. En esa fecha, más exactamente el 26 de abril, salió a la venta la novela que muchos califican por debajo solo del Quijote: Cien años de soledad. [. . .] Ocurre que exactamente cien años antes de ella, en 1867, se produjo en nuestra letras una conjunción sin precedentes y sin repeticiones: en el mis-mo calendario se publicaron María, la más importante novela romántica escrita en castellano; la Historia de la literatura en Nueva Granada, primer intento por recopilar, analizar y ordenar el pasado literario de Colombia; y una Gramática latina para uso de los que hablan castellano escrita en Bogotá por dos jóvenes cachacos, que se convirtió en texto de la lengua romana en numerosos países de lengua hispana y en un clásico de la filología en español. / Como si fuera poco, comenzó a imprimirse uno de los tratados capitales de la lingüística en nuestro idioma: las Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano. [. . .] [N]adie podrá negarle al año 1867 su trascendencia en el almanaque de nuestra historia literaria, solo superado cien años de relativa soledad después”, en Revista Credencial, domingo 7 de octubre de 2011, en http://www.eltiempo.com/re vistacredencial/ARTICULO-WEB-NEW_NOTA_INTERIOR-9130541.html.

[12] Germán Castaño Restrepo, “Cultura popular, oralidad y literatura en ‘Los funerales de la Mamá Grande’”, en Anales de Literatura Hispanoamericana, ibíd., p. 259 (cursivas mías).

[13] Comentario evidentemente irónico y polémico.

[14] Nelson Arturo González-Ortega, “Canon y canonización en la obra literaria, periodística y cinematográfica de García Márquez”, ibíd. Véase Gabriel García Márquez, Cien años de soledad, penúltima pagina.

[15] Gabriel García Márquez, “Los funerales de la Mamá Grande”, ibíd, pp. 156-157 (cursivas mías.) Véase apéndice. En primer mapa se puede observar la gente que asiste al funeral, con sus regiones correspondientes y la forma que García Márquez los menciona y los distribuye. Cabe señalar que entre ellos se distinguen, entre otros, los gaiteros de San Jacinto, que refiere, tanto a los habitantes de esa zona, como a una agrupación musical de Colombia, la cual conserva la música tradicional de gaitas y tambores heredada del mestizaje indígena, africano y español, y los mamadores de gallo de La Cueva, el famoso lugar de reunión del Grupo de Barranquilla, cuyos “mamadores de gallo” se ganaron un lugar en Cien años de soledad, y cuyos representantes más visibles eran Alfonso Fuenmayor, Álvaro Cepeda Samudio, Germán Vargas, Gabriel García Márquez (quienes conformaron el grupo en 1950) y Alejandro Obregón, todos ellos bajo la tutela de Ramón Vinyes. De hecho, el “mamagallismo costeño” adquirió carta de ciudadanía justamente en “Los funerales de la Mamá Grande”.

[16] Dado que se trata de una especie de crónica oral/escritural, forma genérica que sirve de base para configurar el relato, resulta muy difícil separar los acontecimientos propiamente dichos, de la información y los comentarios expresados por el narrador. Es más, al tratar de aislarlos, se pierde de vista mucho del carácter carnavalesco del texto. De manera que tendremos que combinar ambas instancias narrativas, si bien tratando de ordenar la información que allí se (nos) brinda.

[17] Si bien en el texto se dice que “Sólo en abril de este año comprendió la Mamá Grande que Dios no le concedería el privilegio de liquidar personalmente, en franca refriega, a una horda de masones federalistas”, Gabriel García Márquez, “Los funerales de la Mamá Grande”, ibíd., p. 137. No obstante, también se menciona que “[a] nadie se le había ocurrido pensar que la Mamá Grande fuera mortal, salvo a los miembros de su tribu, y a ella misma, aguijoneada por las premoniciones seniles del padre Antonio Isabel. Pero ella confiaba en que viviría más de 100 años, como su abuela materna [. . .]”, ibíd., pp. 136-137.

[18] Es decir, catorce semanas antes de su muerte (o sea tres meses y 6 días [junio = 30, julio = 31 y agosto = 31: 92 + 6]: en total 98 días), la cual tiene lugar en septiembre. Dice el texto: “Hace catorce semanas. . .”, ibíd., p. 134. Más adelante veremos la importancia de esto.

[19] “Reducido a sus proporciones reales, el patrimonio físico se reducía a tres encomiendas adjudicadas por Cédula Real durante la Colonia, y que con el transcurso del tiempo, en virtud de intrincados matrimonios de conveniencia, se habían acumulado bajo el dominio de la Mamá Grande. En ese territorio ocioso, sin límites definidos, que abarcaba cinco municipios y en el cual no se sembró nunca un solo grano por cuenta de los propietarios, vivían a título de arrendatarias 352 familias. [. . .] Sentada en el corredor interior de su casa, ella recibía personalmente el pago del derecho de habitar en sus tierras, como durante más de un siglo lo recibieron sus antepasados de los antepasados de los arrendatarios. [. . .] En realidad, ésa era la única cosecha que jamás recogió la familia de un territorio muerto desde sus orígenes, calculado a primera vista en 100.000 hectáreas. Pero las circunstancias históricas habían dispuesto que dentro de esos límites crecieran y prosperaran las seis poblaciones del distrito de Macondo, incluso la cabecera del municipio [. . .]”, ibíd., pp. 142-143.

[20] “[. . .] la Mamá Grande se irguió sobre sus nalgas monumentales, y con voz dominante y sincera, abandonada a su memoria, dictó al notario la lista de su patrimonio invisible: / La riqueza del subsuelo, las aguas territoriales, los colores de la bandera, la soberanía nacional, los partidos tradicionales, los derechos del hombre, las libertades ciudadanas, el primer magistrado, la segunda instancia, el tercer debate, las cartas de recomendación, las constancias históricas, las elecciones libres, las reinas de la belleza, los discursos trascendentales, las grandiosas manifestaciones, las distinguidas señoritas, los correctos caballeros, los pundonorosos militares, su señoría ilustrísima, la corte suprema de justicia, los artículos de prohibida importación, las damas liberales, el problema de la carne, la pureza del lenguaje, los ejemplos para el mundo, el orden jurídico, la prensa libre pero responsable, la Atenas sudamericana, la opinión pública, las lecciones democráticas, la moral cristiana, la escasez de divisas, el derecho de asilo, el peligro comunista, la nave del estado, la carestía de la vida, las tradiciones republicanas, las clases desfavorecidas, los mensajes de adhesión. / No alcanzó a terminar. La laboriosa enumeración tronchó su último viaje. [. . .]”, ibíd., 145 (cursivas mías). Al respecto cabe señalar que “Durante muchos años, Bogotá fue conocida internacionalmente como la Atenas Suramericana. Este calificativo se lo dio el humanista español Marcelino Menéndez Pelayo, quien en 1892, en su libro Antología de la poesía latinoamericana. Allí escribió que la cultura literaria de Santafé de Bogotá era tan importante y tan arraigada en sus gentes que esta ciudad estaba ‘destinada a ser con el tiempo la Atenas de la América del Sur’. [. . .] / Pero no fue el único en avizorar esa calidad de ciudad culta. En su momento, el escritor y diplomático argentino Miguel Cané dejó consignado en sus memorias de viaje por Colombia y Venezuela, publicado en 1884, que los bogotanos se jactaban y enorgullecían de hablar el mejor español del mundo, y que ‘cualquier ciudadano de a pie recitaba los poemas de Víctor Hugo’. / El viajero francés Pierre d’Espagnat también la bautizó, en 1898, como la Atenas del Sur, un elogio que décadas atrás, inclusive, el propio barón Alexander Von Humboldt había concedido a Bogotá al llamarla ‘ciudad griega’, haciendo honor a las numerosas instituciones culturales y científicas que encontró durante su periplo por la Nueva Granada”, Archivo de Bogotá, en http://www.bogota.gov.co/archivo/libreria/php/decide.php?patron=01.090201 (cursivas mías). Por otra parte, la nave del estado, pude hacer alusión al poema de Horacio: Carminum I, 14 (La nave del estado): ¿Te llevarán al mar, oh nave, nuevas olas? / ¿Qué haces? ¡Ay! No te alejes del puerto. / ¿No ves cómo tus flancos están faltos de remos / y, hendido el mástil por el raudo Ábrego, / tus antenas se quejan, y a duras penas / puede aguantar tu quilla sin los cables / al cada vez más agitado mar? [. . .]”. o más probablemente al poema de Alceo de Mitilene La nave del estado: “1. / Me desconcierta la revuelta de los vientos. / De aquí llega rodando una ola y por allá / otra, y nosotros en medio arrastrados / nos vemos en nuestra nave negra, / afligidos por la muy enorme tempestad. [. . .]”, en Juan Ferrate, Líricos griegos arcaicos, Sirmio, Barcelona, 1991, dadas sus evidentes relaciones con lo que acontece en “Los Funerales de la Mamá Grande”.

[21] “El 13 de junio de 1954 es inaugurada oficialmente la Televisión en Colombia, como un servicio prestado directamente por el Estado, en el marco de la celebración del primer año de gobierno del General Gustavo Rojas Pinilla. [. . .] / La Televisora Nacional fue la institución que desde los inicios de la Televisión coordinó todo lo relacionado con el medio de comunicación, el ente era de carácter estatal. Para el 20 de diciembre de 1963 se crea el Instituto Nacional de Radio y Televisión el organismo dependía entonces del Ministerio de Comunicaciones, que tendría autonomía patrimonial, administrativa y jurídica”, en “Historia de la televisión en Colombia”, en http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/exhibiciones/historia_tv/historia.htm.

[22] “[. . .] Salones de Té famosos como, el ‘Monteblanco’, el ‘Yanuba’, el ‘Crem Helado’, muchos de estos salones han sobrevivido al paso del tiempo y aún funcionan en Bogotá”, “La vieja Bogotá”, en https://www.ameri canbusinessusacorp.com/store/cards/nosotros.cfm?do=detail&id=94.

[23] “Entre la sala de audiencias de Palacio y el patiecito adoquinado que sirvió de cochera a los virreyes, mediaba un jardín interior de cipreses oscuros donde un fraile portugués se ahorcó por amor en las postrimerías de la Colonia”, Gabriel García Márquez, “Los funerales de la Mamá Grande”, ibíd., p. 148. ¿A qué y a quién se refiere?. . .

[24] Obsérvese la aparente contradicción: el presidente de la república decreta nueve días de duelo nacional, después de que la iglesia ya se está preparando para nueve días de honras fúnebres. Y no es la única.

[25] “Los acontecimientos de aquella noche y las siguientes serían más tarde definidos como una lección histórica. No sólo por el espíritu cristiano que inspiró a los más elevados personeros del poder público, sino por la abnegación con que se conciliaron intereses disímiles y criterios contrapuestos, en el propósito común de enterrar un cadáver ilustre”, Gabriel García Márquez, “Los funerales de la Mamá Grande”, ibíd., p. 147 (cursivas mías).

[26] Por un lado, está el fraile portugués que se ahorcó por amor en las postrimerías de la Colonia, por el otro, la doncella decapitada en el lago de Catelgandolfo. Más adelante volveremos a ello.

[27] Véase apéndice.

[28] Para una revisión de lo carnavalesco y de la literatura carnavalizada, véase Francisco Xavier Solé Zapatero, “La muerte y la muerte de Quincas Berro Dágua: problemas de su solución artística”, en Revista La Colmena 72, octubre-diciembre de 2011, Universidad Autónoma del Estado de México (UAEM), pp. 30-46, y para el sustrato histórico que le subyace, dada su similitud con el de los ““El destronamiento como carnavalización de Quincas Berro Dágua: intertexto histórico-político”“, su continuación en Revista La Colmena 76, octubre-diciembre de 2012, Universidad Autónoma del Estado de México (UAEM).

[29] “Los ancianos recordaban como una alucinación de la juventud los doscientos metros de esteras que se tendieron desde la casa solariega hasta el altar mayor, la tarde en que María del Rosario Castañeda y Montero asistió a los funerales de su padre, y regresó por la calle esterada investida de su nueva e irradiante dignidad, a los 22 años, convertida en la Mamá Grande”, Gabriel García Márquez, “Los funerales de la Mamá Grande”, ibíd., p. 147.

[30] “Los varones de la servidumbre, sus protegidos y arrendatarios, mayores y menores de edad, ejercitaban no sólo su propio derecho de sufragio, sino también el de los electores muertos en un siglo. Ella era la prioridad del poder tradicional sobre la autoridad transitoria, el predominio de la clase sobre la plebe, la trascendencia de la sabiduría divina sobre la improvisación mortal”, Gabriel García Márquez, “Los funerales de la Mamá Grande”, ibíd., p.137.

[31] “Aparecida alrededor del año 980, la ciudad de Montpellier se convierte en un punto de encuentro e intercambio entre las culturas occitana, cristiana, judía y musulmana, y su vocación universitaria se confirma inmediatamente. [. . .] / En el siglo XIII se edifica la muralla de la ciudad, se pone en circulación una moneda y se construyen tres universidades: una de medicina, una de derecho y una de arte. La escuela de medicina de Montpellier se convierte oficialmente en la más antigua del mundo occidental. [. . .] / A partir del siglo XIII, la reputación de Montpellier y sobre todo su arte de curar llega hacia los confines de Europa, atrayendo numerosos personajes [. . .] Podemos citar a Arnau de Vilanova, Nostradamus, François de Lapeyronie, François Rabelais y Ramón Llull”, en Marléne Raucoles, “Montpellier, Ciudad Universitaria”, El mundo de Sophia, Revista de difusión cultural de la Fundación Sophia, en http://www.mundosophia.com/montpellier-ciudad-universi-taria. / “Michel de Nôtre-Dame (dependiendo de la fuente 14 o 21 de diciembre de 1503 - 2 de julio de 1566), usualmente latinizado como Nostradamus fue un médico y consultor astrológico provenzal de origen judío, considerado uno de los más renombrados autores de profecías. Su obra profética Les Prophéties fue publicada por primera vez en 1555. / Desde la publicación del libro, muchas personas se han visto atraídas por sus misteriosos versos (comúnmente escritos en cuartetas). La mayoría de sus seguidores afirman categóricamente que Nostradamus predijo todas las catástrofes del mundo, desde su época hasta el futuro año 3797, fecha en que supuso que acontecerá el fin del mundo. También colaboró con la aristocracia francesa, elaborando horóscopos para la reina Catalina de Médici y, finalmente, siendo asignado como médico de la corte real por Carlos IX”. [http://es.wikipedia.org/wiki/Nostradamus] / “François Rabelais. (La Devinière, Francia, h.

 1494 - París, 1553) Escritor y humanista francés. Escasean los datos sobre la primera parte de su vida. Se considera habitualmente que nació en la finca de su padre, abogado en Chinon, pero la fecha exacta de su nacimiento es incierta. [. . .] A partir de 1530, frecuentó, como alumno, la facultad de medicina de Montpellier, y a pesar de no tener el título de  médico ya se le reconocían  grandes

méritos. / Atravesó entonces un periodo de dificultades económicas que lo indujeron a trasladarse a la ciudad de Lyon, donde también ejerció como médico, aunque no estuviera todavía titulado. En 1532 publicó, además de una traducción de los Aforismos de Hipócrates, el primer libro de su sátira Pantagruel, cuyo éxito fue espectacular, aunque La Sorbona lo condenó en 1533 por obsceno y herético. En invierno del mismo año acompañó al obispo y diplomático Jean du Bellay a Roma, en calidad de médico. [. . .] / En 1535, su segunda gran obra, La vida inestimable de Gargantúa, padre de Pantagruel, fue publicada por François Juste en Lyon. Tras una nueva estancia en Roma, a partir de 1536 fue dispensado de sus votos eclesiásticos y llevó, durante diez años, una vida aventurera, dedicándose sobre todo a la medicina. Finalmente graduado por la Universidad de Montpellier, en 1537, fue introducido en la corte y se benefició de la protección de Guillaume du Bellay, hermano de Jean. / El tercer libro de Pantagruel, publicado en 1546 y dedicado a Margarita de Navarra, fue condenado como herético por La Sorbona, que lo incluyó en el Índice de los libros prohibidos, junto con Gargantúa, tras lo cual Rabelais se refugió primero en Metz y después en Roma. Los primeros capítulos del cuarto libro de Pantagruel aparecieron en 1548. En 1549 regresó definitivamente a París, donde vivió de la prebenda que le había sido otorgada. Del quinto libro de Pantagruel, los dieciséis primeros capítulos se publicaron en 1562, nueve años después de su muerte; los demás fueron añadidos dos años más tarde, pero se duda de su autenticidad. / Su obra constituye un gran fresco satírico de la sociedad de su época, rico en detalles concretos y pintorescos que contribuyen a una descripción humorística, a menudo exacerbada y paródica, de la Francia de su tiempo. Las sátiras de Rabelais se dirigen ante todo contra la necedad y la hipocresía, como también contra cualquier traba impuesta a la libertad humana, lo cual lo enfrentó a menudo con la Iglesia, al parodiar su dogmatismo y sus aspiraciones ascéticas. Se manifestó contrario a la educación tradicional y optó por ciertas reformas que lo relacionaron con Erasmo”, en http://www.biografiasyvidas.com/biografia/r/rabelais. htm]

[32] Plinio Apuleyo: “El tratamiento de la realidad en tus libros, especialmente en Cien años de soledad y en El otoño del patriarca, ha recibido un nombre, el de realismo mágico. Tengo la impresión de que tus lectores europeos [y habría que agregar, los propios latinoamericanos] suelen advertir la magia de las cosas que tú cuentas, pero no ven la realidad que las inspira. . .” / García Márquez: “Seguramente porque su racionalismo les impide ver que la realidad no termina en el precio de los tomates o de los huevos. La vida cotidiana en América Latina nos demuestra que la realidad está llena de cosas extraordinarias. A este respecto suelo siempre citar al explorador norteamericano F. W. Up de Graff, que a fines del siglo pasado hizo un viaje increíble por el mundo amazónico en el que vio, entre otras cosas, un arroyo de agua hirviendo y un lugar donde la voz humana provocaba aguaceros torrenciales”. Plinio Apuleyo Mendoza García, El olor de la guayaba. . ., ibíd., p. 36 (cursivas mías).

[33] Gabriel García Márquez, “Los funerales de la Mamá Grande”, ibíd., pp. 135-136 (cursivas mías).

[34] Ibíd., pp. 156-157 (cursivas mías).

[35] Para mayor claridad, esto se puede esquematizar de la siguiente manera:

[36] “En el Caribe, al que pertenezco, se mezcló la imaginación desbordada de los esclavos negros africanos con la de los nativos precolombinos y luego con la fantasía de los andaluces y el culto de los gallegos por lo sobrenatural. Esa aptitud para mirar la realidad de cierta manera mágica es propia del Caribe y también del Brasil. [. . .] [Véase nota 28] [C]reo que el Caribe me enseñó a ver la realidad de otra manera, a aceptar los elementos sobrenaturales como algo que forma parte de nuestra vida cotidiana. El Caribe es un mundo distinto cuya primera obra de literatura mágica es el Diario de Cristóbal Colón, libro que habla de plantas fabulosas y de mundos mitológicos. Sí, la historia del Caribe está llena de magia, una magia traída por los esclavos negros de África, pero también por los piratas suecos, holandeses e ingleses, que eran capaces de montar un teatro de ópera en Nueva Orleans y llenar de diamantes las dentaduras de las mujeres. La síntesis humana y los contrastes que hay en el Caribe no se ven en otro lugar del mundo. Conozco todas sus islas: mulatas color de miel, con ojos verdes y pañoletas doradas en la cabeza; chinos cruzados de indios que lavan ropa y venden amuletos; hindúes verdes que salen de sus tiendas de marfiles para cagarse en la mitad de la calle; pueblos polvorientos y ardientes cuyas casas las desbaratan los ciclones, y por otro lado rascacielos de vidrios solares y un mar de siete colores. Bueno, si empiezo a hablar del Caribe no hay manera de parar. No sólo es el mundo que me enseñó a escribir, sino también la única región donde yo no me siento extranjero”, Plinio Apuleyo Mendoza, El olor de la guayaba. . ., ibíd., pp. 55 y 57, cursivas y negritas mías. Y si bien no es exactamente lo que hace García Márquez, pues juega más con la imagen que con el lenguaje, Antonio Cornejo Polar menciona al respecto: “[. . .] he querido auscultar desde la decisoria escisión y el rudo conflicto [. . .] entre la voz de las culturas ágrafas andinas y la letra de la institución literaria de origen occidental, con su abigarrada e inestable gama de posiciones intermedias, hasta la transcripción de la palabra hablada en el testimonio o la construcción del efecto de oralidad en el discurso literario, pasando, como era inevitable, ciertas formas de bilingüismo y disglosia. [. . .] / En más de una ocasión creo haber podido leer los textos como espacios lingüísticos en los que se complementan, solapan, intersectan o contienden discursos de muy variada procedencia, cada cual en busca de una hegemonía semántica que pocas veces se alcanza de manera definitiva. Ciertamente, el examen de estos discursos de filiación socio-cultural disímil conduce a la comprobación de que en ellos actúan tiempos también variados; o si se quiere, que son históricamente densos por ser portadores de tiempos y ritmos sociales que se hunden verticalmente en su propia constitución, resonando en y con voces que pueden estas separados entre sí por siglos de distancia”. Antonio Cornejo Polar, Escribir en el aire. Ensayo sobre la heterogeneidad socio-cultural en las literaturas andinas, Lima, Centro de Estudios Literarios Antonio Cornejo Polar (CELACP) / Latinoamericana Editores, 2003, p. 11.

[37] Los primero aportes al respecto son los de Orlando Fals Borda, quien comienza con sus libros Campesinos de los Andes (1955) y El hombre y la tierra en Boyacá (1957), trabajos originalmente presentados para obtener la maestría y el doctorado, respectivamente, en los cuales buscaba comprender al campesinado a partir de “los cambios que se estaban operando en la sociedad rural y la capacidad de respuesta de la élite dirigente a los retos que ofrecía una sociedad en transición. Tales inquietudes se desarrollaron en Latinoamérica cuando el problema de la reforma agraria suscitaba candentes debates entre intelectuales y políticos”, en Marta Herrera Ángel, “Fals Borda, Orlando”, Biografías Gran Enciclopedia de Colombia del Círculo de Lectores, en http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/biografias/falsorla.htm (cursivas mías). Posteriormente escribe el libro Historia de la cuestión agraria en Colombia (1975), y más tarde su Historia doble de la Costa (1979-1986), en cuatro tomos, que reflexiona justamente sobre sobre los problemas socio-culturales históricos de la Costa Atlántica. [Orlando Fals Borda, Historia doble de la Costa 1. Mompox y Loba, Bogotá, Carlos Valencia Editores, 1979; Historia doble de la Costa 2. El Presidente Nieto, Bogotá, Carlos Valencia Editores, 1981; Historia doble de la Costa 3. Resistencia en el San Jorge, Bogotá, Carlos Valencia Editores, 1984; Historia doble de la Costa 4, Retorno a la tierra, Bogotá, Carlos Valencia Editores, 1986. (Los cuatro tomos: Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, Banco de la República, El Áncora Editores, 2002)]. Reflexiones, sea dicho de paso, que nos fueron muy útiles para empezar a comprender y poder explicar algunas de las cuestiones que subyacen a “Los funerales de la Mamá Grande”.

[38] Cuestión a la que también remite La hojarasca (1955), México, Club Bruguera, 1980, y, de forma paródica, en “El velorio de Joselito” (1950), en Obra periodística 1. Textos costeños 1948-1952, México, Editorial Diana, 2010. En este “son diversos los rasgos que hay que destacar. Pero limitémonos a uno: el carácter carnavalesco que tiene el texto en cuanto tal [. . .]. / [. . .] baste subrayar, por ejemplo, que un ritual de tanta solemnidad como es la cámara ardiente —que, por una parte, solo está destinado a personajes de elevada dignidad y merecedores del más severo respeto; y que, por otra, suele celebrarse en lugares augustos, como palacios parlamentarios o catedrales primadas— se le dedica en este caso a un personaje ‘estrafalario y disparatado’ como Joselito y se lleva a cabo en un ‘mostrador de mala muerte’, empleando no ‘las cuatro velas cristianas sino un montón de velas baratas, trasnochadas’, con las que se ejecuta una ‘cumbiamba funeraria’, razón por la cual resulta ser una ‘Ardiente cámara de grito y aguardiente’. / Además, tal ceremonia no se realiza allí, como ocurre en la realidad normal, en honor o en homenaje del finado, sino todo lo contrario: se hace para profanarlo y agraviarlo, de tal manera que el rosario que se le reza consiste en ‘siete avemarías de maldiciones por cada padrenuestro de vituperio’ (con lo cual, de contera, se desacraliza esta santa oración). / Digamos, por último, que la caracterización burlesca del ritual de la ‘cámara ardiente’, de la que con frecuencia son objeto líderes políticos que, una vez muertos, son oficialmente considerados próceres de la patria, queda refrendada en las referencias en metáfora de político que el texto hace de Joselito. Así, habla de ‘los incautos que tuvieron fe en la desenfrenada demagogia pirotécnica’ de este personaje; y también de ‘Los que creyeron en su oratoria populachera, los que admitieron su redentora política de candidato a la primera magistratura del disparate’”, en Joaquín Mattos Omar, “García Márquez y el Carnaval”, El Heraldo, 3 de marzo de 2012, en http://www.elheraldo.co/revistas/dominical/la-letra-y-la-herida/garcia-marquez-y-el-carnaval-55751 (cursivas mías). Y si bien “[e]l carnaval de Barranquilla es quizá la fiesta folclórica y cultural más importante de Barranquilla y de Colombia”, en la cual “[a] manera de cierre se lleva a cabo el entierro de Joselito Carnaval, el cual simboliza el fin de las festividades”, donde “se realizan jocosos ‘entierros’ de Joselito, personaje que simboliza la alegría de las fiestas, quien había ‘resucitado’ el sábado de carnaval y ‘muere’ el último día cansado y ‘enguayabado’, para ‘resucitar’ el año siguiente en el próximo carnaval”, cabe señalar que a “Gaitán no se le pudo hacer un funeral adecuado y sus familiares en gesto de protesta se negaron a llevarlo a un cementerio hasta que el gobierno de turno cayera, velándolo en su propia casa. En la actualidad su cuerpo se encuentra en la que fuera su última residencia de la calle 42, núm. 15-52, de Bogotá (Casa Museo Jorge Eliécer Gaitán) un sitio de acceso público”, en http://es.wikipedia.org/wiki/Carnaval_de_Barranquilla y en http://es.wikipedia.org/wi ki/Jorge_Eli%C3%A9cer_Gait%C3%A1n (cursivas mías).

[39] Que el texto refiere a este Presidente se confirma por los comentarios del propio Gabriel García Márquez: “En ‘Los funerales de la Mamá Grande’ cuento un inimaginable, imposible viaje del Papa a una aldea colombiana. Recuerdo haber descrito al presidente que lo recibía como calvo y rechoncho, a fin de que no se pareciera al que entonces gobernaba al país, que era alto y óseo. Once años después de escrito ese cuento [1973], el Papa fue a Colombia y el presidente que lo recibió era, como en el cuento, calvo y rechoncho”, en Plinio Apuleyo Mendoza García, El olor de la guayaba. Conversaciones con Gabriel García Márquez, ibíd., p.

36 (cursivas mías). He aquí la imagen del liberal Alberto Lleras Camargo, donde se observa claramente que era alto y óseo.

[Alberto Lleras Camargo. Oleo de Marcos Salas. Portada de “Cromos”, 20 de julio de 1945, en http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/ revistas/credencial/abril1998/10001.htm].

[40] Más adelante retomaremos lo dicho aquí y lo complementaremos con el fin de dar cuenta de su relación directa con “Los funerales de la Mamá Grande”.

[41] Por supuesto, cualquier semejanza con nuestra actual realidad mexicana, así como de algunos países latinoamericanos, es pura coincidencia.

[42] En http://es.wikipedia.org/wiki/Decadencia_espa%C3%B1ola. Es importante señalar que en Colombia existen varias leyendas de este tipo: la leyenda negra de la separación de Panamá de Colombia (1903), la leyenda negra de la dictadura del teniente general Gustavo Rojas Pinilla (1953-1957), etc. Ambas aparecen, especialmente la segunda, en “Los funerales de la Mamá Grande”: “En Panamá se ha denominado ‘leyenda negra’ a las interpretaciones de los acontecimientos del 3 de noviembre de 1903 que muestran el papel jugado por la intervención norteamericana en la separación de Colombia” (Olmedo Beluche, “La separación de Panamá de Colombia. Mitos y falsedades”, en http://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/ar/libros/panama/cela/tareas /tar122/06beluche.pdf:) y “[Existe] una ‘memoria negra’, promovida por el propio Frente Nacional, en cuya construcción desempeña un papel fundamental la Gran Prensa y, en particular, el periódico El Tiempo (Ayala, 2010, pp. 26-27). Esta ‘memoria negra’ hace énfasis en los aspectos negativos del régimen, como es el caso de la muerte de los estudiantes el 8 y el 9 de junio de 1954, la masacre del Circo de Toros el 5 de febrero de 1956, la explosión de los camiones cargados con dinamita en Cali el 7 de agosto de 1956, la censura de prensa que se instaura casi desde el principio del gobierno, la persecución a los opositores políticos, entre muchos otros aspectos. La representación de una ‘dictadura atroz’ se superpone a la trama compleja de las circunstancias del período” (Alberto Valencia Gutiérrez, “El juicio a Rojas Pinilla y la construcción de la memoria colectiva de los años cincuenta en Colombia”, en http://revistas.javeriana.edu.co/index.php/univhumanistica/arti cle/view/2144/1388. También, del mismo autor, La invención de la desmemoria. El juicio político contra el general Gustavo Rojas Pinilla en el Congreso de Colombia (1958-1959), en http://www.academia.edu/8433268/ La_invencion_de_la_desmemoria._El_juicio_político_contra_Rojas_Pinilla_en_Colombia_1958-1959_).

[43] “Su sobrenombre le venía de la atribución de su lamentable estado físico a la brujería e influencias diabólicas. Parece ser que los sucesivos matrimonios consanguíneos de la familia real produjeron tal degeneración que Carlos creció raquítico, enfermizo y de corta inteligencia, además de estéril (se sospecha que sufría el síndrome de Klinefelter). [. . .] Según el médico forense, el cadáver de Carlos ‘no tenía ni una sola gota de sangre, el corazón apareció del tamaño de un grano de pimienta, los pulmones corroídos, los intestinos putrefactos y gangrenados, tenía un solo testículo negro como el carbón y la cabeza llena de agua’”, en http://es.wi kipedia.org/wiki/Carlos_II_de_Espa%C3%B1a (cursivas mías). “Los exorcismos a que se sometían Carlos II y su segunda esposa, Mariana de Neoburgo, en la última década del siglo XVII, es por creer que las constantes enfermedades del Rey, deforme y maltrecho a causa de la endogamia austriaca, así como la esterilidad del matrimonio, se debían a hechizos y encantamientos”, en http://www.dospassos.es/upload/ficheros/autores/ 201101/dossierreinasdeespanalosaustrias.pdf. Véase también al respecto: Mar Rey Bueno, El hechizado. Medicina, alquimia y superstición en la Corte de Carlos II (1661-1700), Zaragoza, 1998.

[44] “Los Estados Pontificios o ‘Estados de la Iglesia’ estuvieron formados por un conglomerado de territorios básicamente centroitalianos que se mantuvieron como un estado independiente entre los años 752 y 1870 bajo la directa autoridad civil de los papas, y cuya capital fue Roma. [. . .] / En 1870 el rey italiano Víctor Manuel II capturó la ciudad de Roma y la declaró capital de Italia el 1 de enero de 1871, terminando así con los Estados Pontificios”, en http://es.wikipedia.org/wiki/Historia_del_Vatican. “El Estado Vaticano, tal como lo conocemos hoy, nace con la firma del Tratado de Letrán el 11 de febrero de 1929, pero para llegar hasta ahí el trono de San Pedro tuvo que atravesar un prolongado periodo de decadencia a lo largo de 59 años que a punto estuvo de comprometer su existencia. La salida de aquella situación vendría de la mano de Pío XI, que no dudó a la hora de pactar con el mismo diablo, encamado en la figura de Benito Mussolini, para salvar a la Santa Sede de la ruina”, Santiago Camacho, Biografía no autorizada del Vaticano. Nazismo, finanzas secretas, diplomacia oculta y crímenes de la Santa Sede, Madrid, Ediciones Martínez Roca, 2005, p. 17. “En las elecciones de marzo que siguieron a la firma del Tratado de Letrán, el Vaticano animó a los sacerdotes de toda Italia a apoyar a los fascistas, y el Papa habló de Mussolini como de ‘un hombre enviado a nosotros por la Providencia’ “, John Cornwell, El Papa de Hitler. La verdadera historia de Pío XII, Barcelona, Editorial Plantea, (1999) 2006, p. 135. “El dinero de Mussolini fue sólo el comienzo de un colosal imperio económico que creció en poco tiempo alrededor de la Santa Sede. El artífice de este milagro económico fue Bernardino Nogara, un hábil financiero que no vaciló un instante a la hora de implicar al Vaticano en toda clase de negocios: desde el comercio de armas a las actividades que, hasta aquel momento, la doctrina católica había considerado como usura”, Santiago Camacho, Biografía no autorizada del Vaticano. Nazismo, finanzas secretas, diplomacia oculta y crímenes de la Santa Sede, ibíd., p. 43.

[45] Eugenio Maria Giuseppe Giovanni Pacelli (Roma, Italia, 2 de marzo de 1876 - Castel Gandolfo, Italia, 9 de octubre de 1958).

[46] Es de hacer notar que García Márquez, en julio de 1954 es enviado, por el periódico El Espectador, donde trabajaba, a Europa para cubrir la Conferencia de los Cuatro Grandes celebrada en Ginebra. Sin embargo, una semana después de su llegada, recibe la encomienda de trasladarse a Roma para darle seguimiento a la enfermedad del Papa Pio XII, quien tiene un ataque de hipo, del cual poco después se recupera: “El Papa enfermó tan gravemente, que creyó que habían llegado sus últimos días”. Monseñor Tardini recordó: ‘Sus sufrimientos fueron indecibles. Fue su hipo, su ininterrumpido, lacerante hipo; un temblor convulsivo agitando continuamente su garganta, su pecho, todo su cuerpo. Él no podía comer, ni beber, ni dormir. No obstante, su intelecto estaba como siempre, claro y luminoso. Su serenidad seguía imperturbable, su piedad ejemplar. Siempre tenía en su corazón, y a menudo en sus manos, el libro de Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, ¡y parecía consolarse y consolar a sus visitantes repitiendo con gran devoción la hermosa plegaria: ‘Alma de Cristo, santifícame!’”, en http://panoramacatolico.info/articulo/ese-oscuro-espisodio-en-la-vida-delarzobispo-montini. Producto de esta experiencia, Gabriel García Márquez escribe su cuento “La Santa”, en http://www. ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/ggm/santa.htm.

[47] Cabe señalar que otro funeral de esta magnitud fue el de la Reina Victoria del Reino Unido (1819-1901), y a quien se alude también en el texto: “Hasta cuando cumplió los 70, la Mamá Grande celebró su cumpleaños con las ferias más prolongadas y tumultuosas de que se tenga memoria. [. . .] Las festividades comenzaban la antevíspera y terminaban el día del cumpleaños, con un estruendo de fuegos artificiales y un baile familiar en la casa de la Mamá Grande. [. . .] Para clausurar el jubileo, la Mamá Grande salía al balcón adornado con diademas y faroles de papel, y arrojaba monedas a la muchedumbre”. Recordemos que “[l]a reina Victoria celebró su cincuenta aniversario hasta después de completar el año cincuenta de su reinado, el 21 de junio de 1887. [. . .] Más tarde llegaría a conocerse como el ‘jubileo de oro de la reina Victoria’”, en http://es.wikipedia. org/wiki/Jubileo_de_oro (cursivas mías). Otro más fue el de Eva Perón, quien “[m]urió a la edad de 33 años, el 26 de julio de 1952. [. . .] Tras su muerte la Confederación General del Trabajo (CGT) declaró tres días de paro y el gobierno estableció un duelo nacional de 30 días. Su cuerpo fue velado en la Secretaría de Trabajo y Previsión hasta el 9 deagosto que fue llevado al Congreso de la Nación para recibir honores oficiales, y luego a la CGT. La procesión fue seguida por más de dos millones de personas [. . .]. / Su cuerpo fue embalsamado y mantenido en exposición en la CGT. Mientras tanto, el gobierno empezó las obras del Monumento al Descamisado, que se había proyectado con base a una idea de Evita y que, según un nuevo plan, sería su tumba definitiva. Cuando la Revolución Libertadora derrocó a Perón el 23 deseptiembre de 1955, el cadáver fue secuestrado y hecho desaparecer durante 14 años”, en http://es.wikipedia.org/wiki/Eva_ Per%C3%B3n (cursivas mías).

[48] “El cardenal Angelo Roncalli escribió en su diario el 11 de octubre que, probablemente, ningún emperador romanohabía disfrutado tanto de un triunfo, que él consideraba como un reflejo de la grandeza espiritual y la dignidad religiosa de Pío XII”, en http://es.wikipedia.org/wiki/P%C3%ADo_XII (cursivas mías). Véase el video: “Funeral de Sua Santidade Pio XII”, en http://www.youtube.com/watch?v=H2iLka5mZqk (cursivas mías)

[49] “En tiempos tormentosos, la Mamá Grande contribuyó en secreto para para armar a sus partidarios, y socorrió en público a sus víctimas. Aquel celo patriótico la acreditaba para los más altos honores. [. . .] / El presidente de la república [. . .] adquirió plena conciencia de su destino histórico, y decretó nueve días de duelo nacional, y honores póstumos a la Mamá Grande en la categoría de heroína muerta por la patria en el campo de batalla”. Gabriel García Márquez, “Los funerales de la Mamá Grande”, ibíd., pp. 148 y 149.

[50] “Ésta es, incrédulos del mundo entero, la verídica historia de la Mamá Grande, soberana absoluta del reino de Macondo, que vivió en función de dominio durante 92 años y murió en olor de santidad un martes del setiembre pasado, y a cuyos funerales vino el Sumo Pontífice”, ibíd., p. 133 (cursivas mías).

[51] Para mayor información al respecto, pueden consultarse, entre otros, tres libros verdaderamente apasionantes e interesantes sobre el tema: Saúl Frieländer, Pio XII y el III Reich, Barcelona, Ed. Nova Terra, 1965, Madrid, Ediciones Península, 2007; John Cornwell, El Papa de Hitler. La verdadera historia de Pío XII, ibíd., y Santiago Camacho, Biografía no autorizada del Vaticano. Nazismo, finanzas secretas, diplomacia oculta y crímenes de la Santa Sede, ibíd.

[52] “El Tratado Lateranense, redactado y negociado por su hermano mayor, Francesco, con todas sus medidas para paralizar el catolicismo político y social, contenía ya todo lo que Pacelli anhelaba de un concordato con el Reich”, John Cornwell, El Papa de Hitler. La verdadera historia de Pío XII, ibíd., p. 135.

[53] El Concordato Imperial (o Reichskonkordat) fue un concordato firmado el 20 de julio de 1933 entre la Alemania Nazi y el Vaticano, con el que se buscaba regular las relaciones entre ellos en materias de mutuo interés. Fue firmado por el Presidente de Alemania, por aquel entonces Paul von Hindenburg, a través del Vicecanciller Franz von Papen y el Cardenal Eugenio Pacelli, en nombre del Papa Pío XI. A esto habría que agregar el Concordato, llamado con el tiempo Concordato Español de 1955, de Pío XII con el general Francisco Franco, y el que estableció con el dictador Rafael Trujillo, de la República Dominicana, en 1954, representante de una de las dictaduras más sangrientas del siglo XX. Por otra parte, es importante recordar que en Colombia el Presidente Rafael Núñez Moledo firmó un concordato con el Papa León XIII en 1887, el cual fue ratificado por el Presidente Misael Pastrana Borrero con el Papa Pablo VI en 1973.

[54] Rolf Hochhuth, El vicario, Grijalbo 1964, 444 pp. (Der Stellvertreter. Ein christliches Trauerspiel. [Rolf Hochhuth, Karl Jaspers, Walter Muschg, Golo Mann]). La pieza se estrenó en Berlín el 20 de febrero de 1963, bajo la dirección de Erwin Piscator. En 2002 fue realizada por el cine estadounidense la versión fílmica de El vicario, dirigida por Costa Gavras, titulada Amen (Amén).

[55] Santiago Camacho, Biografía no autorizada del Vaticano. Nazismo, finanzas secretas, diplomacia oculta y crímenes de la Santa Sede, ibíd. p. 131 (cursivas mías).

[56] “Ferragosto es una fiesta italiana de carácter laico celebrada el 15 de agosto y que suele ir acompañada de éxodos masivos hacia lugares de playa o montaña. / El término Ferragosto deriva de la locución latina Feriae Augusti (vacaciones de Augusto) que fue una festividad instituida por el emperador Augusto en el año 18 a.C. y que se unía a unas festividades antiquísimas que el mismo mes celebraban el fin de las labores agrícolas. / En la tradición católica el día de Ferragosto coincide con el día de la Asunción de la Virgen María a los cielos”, en http://es.wikipedia.org/wiki/Ferragosto. “En la memoria popular queda la imagen de Vittorio Gassman vagando por las calles de Roma en busca de un paquete de cigarrillos y de un teléfono en la película La escapada (Il sorpasso, 1962), de Dino Risi. / Un filme que refleja la sociedad italiana de aquellos años sesenta en plena recuperación económica, pero que también podría ser un fotograma de cualquier ciudad italiana actual en el día de ‘Ferragosto [. . .]”, en http://www.finanzas.com/noticias/empresas/2010-08-14/3313 72_fiesta-ferragosto-deja-vacias-ciudades.html. “[. . .] [D]esde la visión histórica de Europa, se finaliza ‘simbólicamente’ los esfuerzos de la cosecha para un año nuevo. Por eso, muchos de los rituales que se hacen en diversas regiones aluden a la muerte o a la fertilidad. / Para la iglesia católica, el Ferragosto da paso a la nueva vida”, en http://sobreitalia.com/2010/07/29/ferragosto-fiesta-tradicional-de-italia (cursivas mías).

[57] “Repuesto de la modorra del ferragosto reciente, el Sumo Pontífice estaba en la ventana, viendo en el lago [de Castelgandolfo] sumergirse los buzos que buscaban la cabeza de la doncella decapitada. En las últimas semanas los periódicos de la tarde no se habían ocupado de otra cosa, y el Sumo Pontífice no podía ser indiferente a un enigma planteado a tan corta distancia de su residencia de verano”. Gabriel García Márquez, “Los funerales de la Mamá Grande”, ibíd., pp. 150 y 151 (cursivas mías).

[58]1955. La decapitata di Castelgandolfo: Orrore allo stato puro. Un delitto capace di sconvolgere e di terro-rizzare anche la pubblica opinione più disincantata, più avezza alle turpitudini del crimine, più morbosamente attratta dagli atroci particolari della cronaca. / Correva l'anno 1955. Il 10 luglio, sulle rive del lago di Cas-telgandolfo —da sempre residenza estiva papale— sotto un tappeto di giornali recanti la data di cinque giorni prima, viene scoperto il cadavere nudo di una donna, età indefinibile, compresa —stabilirono i periti (sbaglian-do)— tra i 18 e i 26 anni, statura approssimativa: 1 metro e 60. Unico segno di riconoscimento: un orologino da polso marca Zeus. Null'altro: neppure la testa. / Comincia così uno dei più misteriosi casi di nera della storia italiana del dopoguerra. La storia della decapitata di Castelgandolfo. [. . .] / Sono queste le domande che per due intere settimane i giornali si pongono [. . .]”. Antonietta Longo, Archivio Il Messaggero, en http://www.mis teriditalia.it/altri-misteri/decapitata. “La ola de calor y la ola de misterio. 92 personas han muerto a consecuencia de las tormentas. Roma 27 (Crónica de nuestro corresponsal). Con las temperaturas tropicales y los violentos temporales provocados por el calor, que en Roma han bordeado los cuarenta grados a la sombra, 92 muertos en Italia son el tributo del tórrido verano que padecemos. No obstante el aplanamiento de los cuerpos y la pereza de la mente, se vive con la curiosidad aguzada y la estupefacción en los ojos no por el resultado de la Conferencia de Ginebra, sino por que al misterio feroz, concienzudo y obcecado de la mujer decapitada en Castelgandolfo, que sigue ocupando el primer plano de la atención general del país, se han añadido en tres enteras páginas de los periódicos —casi un extraordinario de información sin precedentes— las conclusiones a las que ha llegado el famoso juez Sepe con el no menos famoso “caso Montesi” ordenado el proceso contra Piero Piccioni, Hugo Montagna, el ex jefe de la policía Saverio Polito y los guardianes de la finca de ‘Capocotta’ y determinando que la vista tendrá lugar en Roma en el próximo octubre. Toda la historia entera, que teje la cenefa policiaca y judicial del misterio de la muerte de la desgraciada Wilma, se presenta en todos sus pormenores por la labor paciente e insistente de este magistrado de 140 kilos que ha terminado su delicado y dificilísimo en el trabajo en el interno de la más extraña y peligrosa jungla de intereses y bastardías inconfesables que haya conocido Italia desde 1870, en que se convierte en nación unitaria, a hoy”. Diario ABC, jueves 28 de julio de 1955, edición de la mañana, p. 25, en http://hemeroteca.abc.es/nav/Navigte.exe/ hemeroteca/madrid/abc/1955/07/28/025.html (cursivas mías). Véase al respecto, Gabriel García Márquez, “El escándalo del siglo (El caso Wilma Montesi)” (1955), en Crónicas y Reportajes. Santafé de Bogotá, Editorial La Oveja Negra, 1982, en http://www.elespectador.com/noticias/cultura/medios/articulo-258543-muerta-wilma montesi-pasea-elmundo. Curiosamente, allí escribe: “El 2 de octubre de 1953, los peritos dieron respuesta al cuestionario, en la siguiente forma: “1) La muerte de Wilma Montesi había ocurrido el ‘nueve de abril’”, es decir, el mismo día y mes que Eliecer Gaitán. Como complemento, cabe recordar que “Durante la Cumbre de Ginebra de 1955 el Presidente de los Estados Unidos Dwight D. Eisenhower propuso al líder soviético Nikolái Bulganin que ambas potencias permitiesen vuelos de reconocimiento mutuo para asegurarse de que ninguno de los dos preparaba algún tipo de ataque contra el otro. Los miedos y recelos propios de la Guerra Fría llevaron al Secretario General soviético Nikita Jrushchov a rechazar el proyecto de Eisenhower. 34 años después, el Presidente George H. W. Bush retomó la idea como manera de aumentar y reforzar la confianza entre los miembros de la OTAN y del Pacto de Varsovia”, en http://es.wikipedia.org/wiki/Tratado_ de_Cielos_Abiertos.

[59] “Los más viejos habitantes de La Sierpe oyeron decir a sus abuelos que hace muchos años vivió en la región una española bondadosa y menuda, dueña de una fabulosa riqueza, representada en animales, objeto de oro y piedras preciosas, a quien se conoció con el nombre de La Marquesita. Según la descripción tradicional, la española era blanca, y rubia, y no conoció marido en su vida. Pero más que por su bondad y su valiosa hacienda, La Marquesita era admirada, respetada y servida porque conocía todas las oraciones secretas para hacer el bien y el mal; para levantar del lecho a un moribundo no conociendo de él nada más que la descripción de su físico y el lugar preciso de su residencia, o para enviar una serpiente a través de los tremedales, a que seis días después diera muerte a un enemigo determinado. La Marquesita era una especie de gran mamá de quienes le servían a La Sierpe. Tenía una casa grande y suntuosa en el centro de la que ahora es conocida como Ciénagas de La Sierpe. ‘Una casa con corredores y ventanas de hierro’, según la describen ahora quienes hablan de aquella extraordinaria mujer, cuyo ganado ‘era tanto que duraba pasando más de nueve días’. La Marquesita vivía sola en su casa, pero una vez al año hacía un largo viaje por toda la región, visitando a sus protegidos, sanando a los enfermos y resolviendo problemas económicos”. [. . .] / “La leyenda dice que La Marquesita vivió todo el tiempo que quiso. Y según la versión más generalizada, quiso vivir más de 200 años. Su muerte estuve precedida de signos celestes, de trastornos telúricos, de malos sueños de los habitantes de La Sierpe. Antes de morir, La Marquesita comunicó a sus servidores preferidos muchos de sus poderes secretos, menos el de la vida eterna. Concentró frente a su casa sus fabulosos rebaños y los hizo girar durante dos días en torno a ella, hasta cuando se formó la ciénaga de La Sierpe, un mar espeso, inextricable, cuya superficie cubierta de anémonas impide que se conozcan sus límites exactos. [. . .]”, Gabriel García Márquez, La Marquesita de La Sierpe (1978), México, Editorial Grupo Plantea, 2010.

[60] El personaje principal de La Marquesa de Yolombó, de Tomás Carasquilla se llama: Bárbara Caballero y Alzate, quien es hija del alcalde de Yolombó, aristócrata por sangre y marquesa de Yolombó por título real.

[61] “Las dos estirpes principales de los Mier en México fueron los Mier-Noriega, y los Mier-Terán. Los Mier mexicanos fueron figuras claves de muchos acontecimientos históricos. Así, por ejemplo, podemos destacar a fray Servando Teresa de Mier, uno de los protagonistas de la independencia del citado país. Mención especial merece Antonio de Mier y Celis, fundador del Banco Nacional de México y a quien el papa Pío IX le concedió el título de Duque de Mier”, en http://es.wikipedia.org/wiki/Casa_de_Mier.

[62] http://es.wikipedia.org/wiki/Casa_de_Mier.

[63] “María del Rosario Castañeda y Montero asistió a los funerales de su padre, y regresó por la calle esterada investida de su nueva e irradiante dignidad, a los 22 años, convertida en la Mamá Grande”. Gabriel García Márquez, “Los funerales de la Mamá Grande”, ibíd., p. 140.

[64] Orlando Fals Borda, Historia doble de la Costa 1. Mompox y Loba, ibíd., p. 133A. Véase también: http://es.wiki pedia.org/wiki/Santa_Cruz_de_Monpox.

[65] “[L]a tumba fue sellada con una plataforma de plomo”; “[L]a única que podía oponerse a ello y tenía suficiente poder para hacerlo había empezado a pudrirse bajo una plataforma de plomo”, Gabriel García Márquez, “Los funerales de la Mamá Grande”, ibíd., pp. 156 y 157.

 

Cómo citar este artículo:

SOLÉ ZAPATERO, Francisco Xavier, (2015) ““Los funerales de la mamá grande”, de Gabriel García Márquez. Algunos problemas de su “solución artística” y poética carnavalesca”, Pacarina del Sur [En línea], año 6, núm. 24, julio-septiembre, 2015. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Miércoles, 19 de Junio de 2019.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.comindex.php?option=com_content&view=article&id=1179&catid=14

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