Pacarina del Sur
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Crisis de la política, ¿almorzando con Mirtha Legrand o cenando con Beatriz Sarlo?

Crisis of politics, having lunch with Mirtha Legrand or having dinner with Beatriz Sarlo?

Crise da política, almoçar com Mirtha Legrand ou jantar com Beatriz Sarlo?

José Miguel Candia

RECIBIDO: 31-10-2016 APROBADO: 18-11-2016

Resumen

Resumen: La degradación del discurso y de la práctica política, son temas que pueden ser abordados desde distintas  dimensiones y a partir de referentes conceptuales diversos. En este ensayo se reflexiona desde dos ámbitos principales,  los cuales, pese a estar vinculados, guardan ciertas particularidades. Por un lado, el papel abrumador de los medios de comunicación masiva, como formadores de la opinión pública, por otro las formas – tanto gestuales como verbales - a través de las cuales los actores políticos se relacionan con su público y se dirigen a un auditorio real o potencial, de seguidores y votantes. De la lectura de este trabajo se verá que el título del artículo no es una ironía gratuita ni un agravio a los protagonistas que son mencionados en el texto. El lector podrá apreciar los estilos de hacer política y el papel asignado a los medios y a ciertas figuras ajenas al quehacer partidario (referentes emblemáticos del mundo de la farándula, deportistas, animadores y locutores de programas comerciales en la televisión). Como se describe, son estas instancias las que operan como canales privilegiados para vehiculizar las propuestas programáticas y encender el imaginario colectivo, sin el cual es inviable cualquier gestión de gobierno. Con el objeto de mostrar similitudes y diferencias, el análisis toma como referentes los mandatos de Carlos Menem, Néstor y Cristina Kirchner y el caso más reciente de Mauricio Macri, triunfador en las elecciones del 22 de noviembre de 2015 y actual presidente de Argentina.

Palabras clave: narrativa, prensa y televisión, banalización, discurso neo-liberal, paradigma nacional y popular.

 

El título, deliberadamente provocador de este ensayo, constituye una especie de atajo “borgiano” – por la vía de la ironía – para abordar el tema que realmente nos preocupa. La rendición de la política ante la frivolidad, las vulgaridades y exabruptos de los medios radiales y televisivos y esa mala costumbre, instalada en las dirigencias partidarias y funcionarios públicos, de buscar en actores, locutores y hasta en deportistas de cierto renombre, el lugar propicio para explicar las medidas de gobierno o disculparse ante la opinión pública cuando el desacierto supera los márgenes previstos. Sin cuestionar la facultad de cada ciudadano para opinar sobre temas políticos, cabe preguntarse: ¿Hay que sobredimensionar los espacios y rendir cuentas ante una ex-actriz de razonamiento primario y frases balbuceantes (Mirtha Legrand) o en una entrevista animada por una ex-vedette con aspecto de sexo-servidora jubilada (Susana Jiménez) o frente a los gritos y arrebatos gestuales de Marcelo Tinelli, promotor de concursos de baile? Algo se degradó en el quehacer político y  para reflexionar sobre estos temas es necesario antes, hacer un poco de historia.

¡Que se vayan todos! ¡Qué no quede ni uno solo! El grito atronador de miles de manifestantes por las calles de Buenos Aires en diciembre de 2001 pareció marcar el inicio de un movimiento de ascenso popular que anunciaba el fin de la democracia representativa en Argentina. Como siempre, en esas coyunturas que nos hacen pensar en el derrumbe de una época, entre la necesidad de tener explicación para todo y la velocidad de los acontecimientos, hubo lecturas apresuradas. Para algunas corrientes de la izquierda era el amanecer del asalto a la Casa Rosada y la gestación de los primeros embriones del poder soviético. Para otros estudiosos de las instituciones, menos optimistas, estábamos en la antesala del colapso de nuestra propia República de Weimar y la instauración de un régimen conservador autoritario. Pero la realidad no cabe en los textos y el proceso social marcó su propio camino, con ello se frustraron las elucubraciones teóricas de los optimistas, sepultureros del capitalismo argentino y de los pesimistas que anunciaban el arribo de una solución “regresiva” de la crisis por la vía de la instauración de un nuevo bloque de poder, concentrado en las grandes corporaciones patronales y  dictatorial en sus expresiones políticas.

El repudio popular de esas jornadas estuvo marcadamente orientado a las dirigencias políticas partidarias, a los banqueros y empresarios corruptos que abandonaban sus empresas después de decretar la quiebra. En la calle confluyeron vastos contingentes de la clase media golpeada por la inflación y el bloqueo de sus ahorros bancarios, y miles de desocupados y trabajadores precarios sin prestaciones ni cobertura social, las principales víctimas de las políticas neoliberales del presidente Carlos Menem, de su sucesor Fernando de la Rúa y del ministro ejecutor, Domingo Cavallo.  

Desde esos años para acá, la expresión crisis de la política se ha vuelto tan frecuente que se fue vaciando gradualmente de contenido. ¿A qué nos referimos con una definición tan laxa como manoseada en los medios de comunicación, en los ámbitos académicos y en la abundante producción  que generan en cataratas los estudiosos de las ciencias políticas? Podemos pensar que apuntan principalmente, hacia las estructuras partidarias formalmente constituidas y a las limitaciones y miserias de las clases dirigentes. Y de algún modo estaríamos en lo cierto, pero el problema desborda esos espacios y arrastra cuestiones ideológicas y sobre todo culturales, que hacen más amplio y relevante el campo de estudio.

No es bueno personalizar en la figura de un líder o mandatario, el inicio de procesos sociales cuyos límites resultan siempre difusos, tampoco es conveniente marcar con fechas precisas el arranque de movimientos colectivos que si bien detonan en determinado mes y año, son el resultado de un camino sinuoso que recorren fuerzas encontradas. Son actores sociales que pueden convivir, bajo ciertas condiciones, en situación de equilibrio inestable – catastrófico en términos de Gramsci - y que en contextos alterados por variables que escapan del control de los actores sociales o se modifican por factores externos, imposibles de manejar para los gobiernos, desbordan los cauces que marcan las instancias jurídicas e institucionales encargadas de fijar las reglas del juego y se expresan en las calles con espíritu confrontativo.

Sin embargo, en el caso argentino – el que nos ocupa en este ensayo - la realidad política que se construyó a partir de la restauración democrática en 1983 (gobierno de Raúl Alfonsín) ofrece dos momentos de particular relevancia por la magnitud de la ruptura que trajeron aparejada en las formas de gestar y exponer las formulaciones programáticas, elaborar la narrativa esperanzadora sin la cual toda propuesta de gestión pública se muere de tristeza y de incomprensión, y sobre un factor no menor, aunque en principio pueda verse como menos significativo: los ámbitos a los cuales acuden los actores políticos para dar a conocer sus propuestas, seducir a sus potenciales votantes y mostrarse como “ciudadanos de a pie” a los  cuales las circunstancias han colocado en ese espacio particular de la vida pública que es la lucha por el logro de la administración de los asuntos del Estado. Este último punto remite a otra cuestión de especial significación en la sociedad contemporánea: el papel de los medios de comunicación masiva, de manera particular el rol abrumador y enajenante de la televisión comercial.


Imagen 1. http://www.diariouno.com.ar/

Dos momentos, dijimos, a los que les podemos poner fecha: 1989, por el triunfo electoral del candidato Carlos Menem, de origen peronista, y la ya señalada debacle institucional de diciembre de 2001 con miles de manifestantes en las calles duramente reprimidos por la policía, y la imagen patética del entonces presidente  de la Rúa, huyendo en helicóptero de la Casa Rosada.

¿Qué ocurrió con la sufrida democracia argentina – esa tarea de Sísifo como la definió con acierto algún politólogo - para pasar de la prudencia republicana y el esmero en el cuidado de las formas por parte del mandatario Raúl Alfonsín, al bastardeo del discurso y la degradación de los protocolos que instaló el presidente Menem durante sus diez años de gestión (1989- 1999)? Al período de gobierno iniciado en 1983 – las primeras elecciones generales después de la dictadura – se le pueden reprochar muchas cosas pero nadie puede poner en duda la defensa de los mecanismos republicanos. Le caben, sin duda, otros reclamos, en particular una gestión pública timorata e ineficaz; tibieza en la toma de ciertas decisiones que requerían audacia y compromiso (en particular la crisis con las fuerzas armadas y frente al desafío de las grandes corporaciones); incapacidad de control de las variables macro-económicas que generaron las condiciones para la hiperinflación de febrero de 1989 y los saqueos de tiendas y supermercados por pobladores de barriadas humildes. La entrega prematura del gobierno al candidato triunfante – Carlos Menem – en mayo de ese año, fue el cierre bochornoso para una experiencia de administración democrática que asumió las funciones públicas cobijada por el entusiasmo que depositaron los millones de votos que expresaban, entre otras cosas, la búsqueda de nuevas formas de convivencia y el alivio esperanzador de una sociedad que venía de la peor experiencia del terrorismo de Estado de toda su historia.

Pese a las adversidades económicas, y al duro golpeteo de un sindicalismo que procuraba recuperar espacios como interlocutor político y principal demandante de los reclamos por un reparto más equitativo de los ingresos, Alfonsín intentó salvaguardar las estructuras y los canales, desde los cuales se gestan las propuestas políticas y se defienden los postulados programáticos que le dan sustento. El papel de los partidos políticos, el rol del Poder Legislativo y la autonomía del Poder Judicial son valores de fuerte arraigo en la Unión Cívica Radical (UCR) el agrupamiento político centenario en el cual se formó y construyó su carrera el presidente Alfonsín.

 

Menem Presidente: política y farándula

El triunfo electoral del candidato de origen peronista, tres veces gobernador de La Rioja y cargado de una mochila de indudables pergaminos “populares”, representó el apoyo esperanzado de amplias franjas sociales que sintieron, en carne propia, qué con la democracia se vota pero no siempre se come. ¿Quién pondría en duda al nuevo gobierno nacido de las entrañas del mayor movimiento social argentino como el peronismo? Sin embargo, una vez más, las cosas no salieron como se pensaban.

Bajo el paraguas de un enunciado tan vasto como elusivo, expresado en la consigna de campaña “Siganme, no los voy a defraudar…” buena parte del electorado marchó detrás del nuevo mesías. La hiperinflación y el desempleo devoran los ingresos y diluyen el imaginario de justicia y progreso que suele acompañar el discurso político, es posible que esto explique porqué nadie se detuvo a preguntarle al candidato Menem a donde había que seguirlo. En mayo de 1989 asumió la presidencia de la República y puso en marcha el plan de reestructuración económica de carácter neo-liberal, que ni la propia dictadura militar se atrevió a impulsar. En esencia, las políticas aplicadas por su régimen eran la negación del referente “intervencionista” y generoso en el reparto del ingreso, clásico de los populismos latinoamericanos. La privatización de bienes públicos como parte de la reforma del Estado, la desregulación de las leyes laborales, las políticas impositivas y crediticias destinadas a favorecer la concentración del gran capital, fueron parte del paquete de instrumentos que se  aplicaron y que dejaron al Estado argentino sin petróleo, sin ferrocarriles, sin correo ni teléfonos y sin el manejo de los fondos para el pago de jubilaciones y pensiones. La generación de energía eléctrica y  la misma producción de agua potable, pasó a manos del capital privado.

¿Cómo sostener a un auditorio que lo apoyó con su voto cuando se cambian radicalmente las acciones de gobierno en relación a la matriz “nacional-popular” de la cual se jactaba Menem hasta poco antes de asumir la presidencia? Pueden identificarse dos factores que contribuyeron a generar el consenso – o la aceptación pasiva – de un sector importante de la población: el manejo acertado del proceso inflacionario, desbocado durante el último año de gestión alfonsinista, y el control de la paridad cambiaria que igualó el valor del peso con el dólar, el llamado “plan de convertibilidad” según la definición del ministro Domingo Cavallo. Ambos factores ofrecieron certidumbre a los inversionistas y contribuyeron a instalar en la sociedad una noción cercana al sentido común, “no hacer olas” cuando los asuntos públicos parecen tomar su cauce. Si el pasado inmediato había sido el  horror lo que sigue debe ser, por lo menos, una tierra de oportunidades.

Quedaba por resolver el manejo de los espacios de gestación de la política y de contención de las movilizaciones sociales. Y en esto el “menemismo” también supo innovar. Bien asesorado en materia de “mercadotecnia y construcción de imagen”, su gobierno optó por una estrategia comunicacional destinada a potenciar tendencias que ya se manifestaban desde años anteriores y que consistía en la utilización de los espacios de la televisión comercial sin reparar en la naturaleza y contenidos de la programación. De esta manera, los chismes del mundo de la farándula, los concursos de baile o competencias de canto y el universo, siempre apasionado y controversial del fútbol, fueron los ámbitos privilegiados en los cuales funcionarios y dirigentes partidarios exponían sus ideas sobre determinados temas o anunciaban y fundamentaban medidas de gobierno de aplicación inmediata o destinadas a ser tratadas por el Poder Legislativo.

Por este camino se cubrían algunos de los objetivos centrales del discurso neo-liberal. En primer lugar, dejar la sensación de que aún las medidas más audaces del gobierno se gestaban y decidían en espacios abiertos - la televisión - y que los presuntos cuestionadores y voceros de las demandas ciudadanas, son actores, cantantes, deportistas o productores de espacios comerciales, “fiel reflejo” del interés de la población por conocer la marcha del país.

La distribución generosa de cargos públicos y de puestos de elección popular, más la cooptación económica de ciertos líderes del Partido Justicialista, hicieron el resto. Por esta vía se domesticó a los sindicatos y se ganó la lealtad de las dirigencias más renuentes del peronismo histórico.

La búsqueda de las “celebridades” del espectáculo cubre otro flanco débil de las dirigencias partidarias: diluir la sospecha de corrupción y malos manejos que suelen salpicar la trayectoria de los funcionarios públicos. Actores, deportistas y animadores pueden ser cuestionados por ciertos desbordes de su vida privada, pero resulta difícil interpelarlos por el mal uso de los bienes o recursos del erario. Por lo general, no provienen de la esfera estatal ni de las estructuras propiamente políticas, el espacio privado se rige por otras reglas y con ello libran los cargos sobre posibles corruptelas o favores económicos con amigos y socios del poder.

Existe otro atributo engañoso de los espacios mediáticos de carácter comercial, pueden mostrarse ante la ciudadanía como instancias libres de toda contaminación ideológica. Sobre esta coartada se monta la propuesta neo-conservadora, la frivolidad televisiva no tiene partido, procura expresar intereses y expectativas universales y de fácil resolución. Detrás de este razonamiento se oculta una lectura manipulada pero de indudable eficacia, asignarle a la programación cuyo formato de apariencia periodística gira en torno del atractivo de ciertas celebridades televisivas,  el papel de ser el principal soporte para dar la batalla cultural y propagandística de las políticas neo-liberales.


Imagen 2. http://www.elintransigente.com/

Otro aspecto que se cubre con la “farandulización” de la política, es la construcción de la imagen del político profesional como un ciudadano común, con las mismas pasiones y debilidades que agobian el andar cotidiano de quienes viven la realidad desde sus casas y frente al televisor. No debemos olvidar que el discurso neo-liberal procuró rodearse de una aureola “societal”, frente a las ineficiencias y corruptelas del Estado desarrollista, la nueva propuesta se ofrecía como un paquete de acciones cargadas de ciudadanía y eficacia administrativa. Menos Estado y más mercado, la oferta y la demanda de bienes y servicios, confronta a productores y consumidores, sin mediaciones institucionales que desvirtúen la relación que deben sostener estos dos actores fundantes del conjunto de la sociedad.

También el contenido y las formas de transmitir el discurso sobre los asuntos públicos fue reformulado. Pocas palabras lanzadas a modo de spot junto a imágenes bien elaboradas que tienen el fin último de mostrar las bondades de las nuevas políticas: superar viejos antagonismos – tan caros a las raíces ideológicas del conglomerado nacional-popular – enaltecer los emprendimientos privados en la economía y en la educación y reducir la política a las responsabilidades básicas del Estado: impartición de justicia, seguridad interior e integridad territorial. Fuera de este espacio todo es gerenciable y competencia de las iniciativas individuales. El gobierno no requiere de militantes partidarios, no “agita” a la opinión pública salvo ocasiones muy puntuales, el modelo es el ciudadano que cumple con sus obligaciones personales sin molestar a terceros ni perturbar las actividades cotidianas.

Hubo causas estructurales que explican el éxito de estas políticas durante los años noventa. La reestructuración del aparato productivo (las privatizaciones de empresas públicas, entre otras disposiciones), los ajustes presupuestales en rangos sustantivos como salud y educación y el aumento del desempleo, la precariedad laboral y la pobreza actuaron como factores disciplinadores de la fuerza de trabajo. Los sindicatos pierden base social y el nivel de conflictividad por motivos salariales, tiende a disminuir o se vuelve menos beligerante, ante la ofensiva patronal. Se potencian, en cambio, los reclamos territoriales por servicios básicos y vivienda, durante los gobiernos de Menem y de su malogrado sucesor, Fernando de la Rúa (1999 - 2001) se expandieron los movimientos de trabajadores desocupados (piqueteros), jubilados y pensionados, agrupaciones barriales y organizaciones populares de carácter regional. No obstante, la historia no se había terminado y sobre los escombros que dejaron las políticas de modernización económica y reforma del Estado, se construyó la mayor alternativa de recomposición popular que se haya vivido en Argentina después de la aparición del peronismo en 1945.

 

2003-2016: Del Gobierno Popular a la Restauración Conservadora

El triunfo electoral del entonces poco conocido Néstor Kirchner – de modesto perfil en la política nacional, casi una anomalía en el escenario partidario de ese momento - y su arribo al gobierno en mayo de 2003, abrió una etapa de recomposición del campo popular que sorprendió a propios y extraños. El vuelco de las políticas públicas y la producción de los ejes discursivos convocantes, viraron 180 grados con respecto al ciclo anterior. El nuevo gobierno salió en defensa de las antiguas banderas del “crecimiento con inclusión social” y para ello impulsó medidas reactivadoras de la industria nacional, mejoró la capacidad adquisitiva del salario y promovió un vasto programa de subsidios en las tarifas de los servicios básicos y entrega de apoyos económicos como una vía de ayuda suplementaria, destinada a las familias de más bajos ingresos, cuyos integrantes suelen ser trabajadores precarios o gente con ocupación temporal. El sistema  previsional se amplió como no se tenía registro desde las primeras presidencias de Perón (1946-55), la moratoria sancionada por los gobiernos de Néstor y Cristina extendieron la cobertura a todas aquellas personas que teniendo el límite de edad cumplido, eran deudoras de su aporte al sistema de seguridad social. También pudieron jubilarse las amas de casa, aún sin contar con los aportes requeridos, ya que el gobierno consideró que las tareas domésticas eran una forma de trabajo injustamente no reconocido como tal.

Se decidió el rescate de las antiguas empresas y entes públicos enajenados por el gobierno de Menem y fueron recuperadas, entre otras atribuciones, la gestión de los fondos de pensiones y jubilaciones que regresaron a manos del Estado. El nivel salarial establecido por las negociaciones paritarias estuvo siempre por encima de la tasa de inflación, aún en los años en los cuales el índice de precios se disparó más allá de los cálculos oficiales.

La política de derechos humanos – verdadero ejemplo para América Latina - merece un tratamiento especial que escapa a los objetivos de este ensayo. Por el momento, cabe consignar que una de las primeras medidas del gobierno de Néstor Kirchner (2003-07) fue ordenar la derogación de las leyes de “obediencia debida” y “punto final” y reabrir los juicios por los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura (1976-1983). En la actualidad, Argentina es uno de los países del continente que mayor número de juicios y castigos carcelarios impuso a exintegrantes de las fuerzas armadas y de seguridad.

En el plano del análisis que nos interesa, hay que señalar que las formas de diálogo y participación volvieron a la liturgia cercana a los rituales del antiguo peronismo. Se regresó a la plaza pública y al diálogo directo con el pueblo, Néstor y de manera aún más notoria Cristina Kirchner, acudieron a las transmisiones en cadena nacional y a las concentraciones en los espacios abiertos y estadios con capacidad para recibir multitudes. Las conferencias de prensa y las entrevistas en exclusiva, se volvieron más selectivas, la asistencia a los programas  de la farándula, fue cuidadosamente evaluada y tuvieron el propósito de llegar a un sector específico del auditorio para explicar cuestiones puntuales. La entrevista concedida por Cristina al animador Jorge Rial – responsable de un espacio que difunde intimidades y chismes sobre la vida privada de los artistas – obedeció a la necesidad de contrarrestar la cargada mediática de la prensa radial y televisiva conservadora, en relación a la disposición del gobierno de poner límites a la compra de dólares y establecer una doble paridad cambiaria. Unos años antes, la asistencia de Néstor Kirchner al programa de Mirtha Legrand también pagó tributo al rating televisivo. El candidato triunfante buscó un espacio que le permitiera enviar un mensaje tranquilizador a los sectores medios, no habría revancha de las organizaciones derrotadas en la década de los setenta, su gobierno sería el inicio de un proceso de crecimiento económico con  inclusión social y fuerte vocación latinoamericanista.


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La formulación de un discurso público más frontal posibilitó al gobierno kirchnerista definir mejor el campo “amigo – enemigo” y hacer llegar, de manera más llana, el contenido y alcances de algunas medidas programáticas. Pero, hay que admitirlo, también contribuyó a potenciar las rivalidades entre propios y adversarios. Parecía estar cumpliéndose la caracterización de Ernesto Laclau, los gobiernos de perfil “nacional-popular” fincan su permanencia – y ganan legitimidad -  en el sostenimiento de la confrontación con sus oponentes. La narrativa oficial se encarga de delimitar los espacios y fija la dinámica que se espera de los actores políticos, se buscan militantes y plazas con multitudes, jóvenes encuadrados en agrupaciones como La Cámpora, mientras se transmiten enunciados que funcionan como referentes doctrinarios. Al decir de Beatriz Sarlo - la más brillante estudiosa de los fenómenos político- culturales argentinos – el agitar de las manos y las uñas de Cristina en las pantallas de los televisores, eran una forma de marcar el paso del movimiento social y señalar, al mismo tiempo, el camino a recorrer por las fuerzas propias.

El relato neo-conservador, por su parte, se alimenta de dos vertientes principales, una proviene del espacio mediático, con un nivel de elaboración relativamente sencillo y cabalgando sobre lugares comunes, muletillas lanzadas a modo de consigna y razonamientos lineales, cercanos a los prejuicios más arraigados del sentido común. Las figuras generadoras de referentes descriptivos de fácil difusión suelen ser periodistas – en el mejor de los casos – animadores de programas de entretenimiento, actores y actrices, devenidos de manera súbita, en analistas políticos. La otra usina ideológica nace de gente del mundo académico, con sólida formación profesional, desencantados de la izquierda y reciclados hacia los nuevos paradigmas del pensamiento conservador posmoderno. El citado caso de Beatríz Sarlo constituye, tal vez, la expresión más emblemática de este tipo de intelectual “a modo” para los nuevos tiempos. De paso reconocido en agrupaciones marxistas de variados matices – su última experiencia militante fue en las filas de una organización maoísta – viró primero hacia lo que prometía ser la versión criolla de la social-democracia, vinculándose al gobierno de Raúl Alfonsín y más tarde, a las páginas del diario conservador La Nación. Desde esta histórica  trinchera periodística, emprendió una ofensiva inclemente contra el gobierno de los Kirchner, con inusual dureza contra la gestión de  Cristina Kirchner, y la denuncia del “populismo” como una forma “envilecida” de ejercer la democracia representativa.

Por tratarse de un referente intelectual reconocido, Beatriz Sarlo no presta gratuitamente su nombre al gobierno “macrista”. Puede aceptar las entrevistas de un exrelator de fútbol, como Alejandro Fantino, ahora dócil expositor de las políticas de Cambiemos o de un  reconocido confidente del aparato de inteligencia, como el periodista Joaquín Morales Solá – también colaborador de La Nación – y al mismo tiempo deslizar observaciones moderadamente críticas del gobierno de Macri (entre otras cosas afirmó: este presidente me aburre; Macri no entusiasma a la ciudadanía; el presidente es un neo-populista de derecha; Código Político, Canal TN, 13/X/2016). Tampoco se priva de asistir a programas diseñados especialmente, para exaltar los logros de la gestión “macrista”, y señalar que la estrategia mediática para explicar el incremento de las tarifas de los servicios públicos, fue una chambonada que pone en evidencia la ineptitud política del equipo del presidente Macri y de su gabinete.

 

El triunfo de la alianza Cambiemos. Nuevas políticas y nuevos discursos

El ajustado triunfo electoral de Mauricio Macri como candidato de la alianza conservadora Cambiemos, el 22 de noviembre de 2015, modificó radicalmente el rumbo de las políticas públicas y la gestación y divulgación de la narrativa que sustenta su programa de gobierno. La misma consigna de campaña – Sí se puede…- es un híbrido enunciativo que dice poco y recuerda el siganmé de Carlos Menem en 1989. Desde el vamos, el propio presidente Macri y su gabinete formado por altos ejecutivos reclutados en el sector privado, procuraron desprenderse del tufillo “populista” del gobierno anterior. En poco tiempo se fijaron las coordenadas de un  programa económico neo-liberal: fuerte ajuste de las tarifas de los servicios públicos y desmantelamiento – o recorte -  de algunos de los programas sociales; quita de prestaciones para los sectores sociales no contribuyentes y con débil inserción en el mercado laboral; cesantía de miles de empleados públicos; devaluación de la moneda frente al dólar; eliminación de retenciones a las grandes corporaciones mineras y agroindustriales; acuerdo con los llamados fondos buitre tenedores de bonos de la deuda externa. En el terreno internacional Macri procuró abanderar el bloque de países “anti-chavistas” y proponer sanciones al gobierno de Nicolás Maduro, mientras habría canales de negociación para abandonar el Mercosur y sumarse a la Alianza del Pacífico (México; Colombia; Perú y Chile).

El tono y la densidad del discurso “macrista” tienen un decir más leve y recorre dos caminos principales, de alguna manera, fundantes del mensaje que se quiere transmitir a la población. La palabra de la nueva derecha procura no adoctrinar ni amenazar, solo persuadir, aunque para ello deba acudir a los argumentos más duros del arsenal teórico neo-conservador. Hay que pasar del país de la crispación política a la república de los buenos modales. Es necesario que quede claro, el gobierno de Cambiemos vino para normalizar la sociedad que se desbalagó con la hecatombe del 2001 y que se dividió con las políticas “beligerantes” de los Kirchner. La alegoría de la grieta, archifrecuentada en los medios adictos al neo-liberalismo, expresa esta idea de sanar heridas. Ya no se requieren militantes ni discursos adoctrinadores, es suficiente con el buen uso de los espacios que ofrecen los medios de comunicación masiva. Para ilustrarlo alcanza con un titular del diario Clarín, “Insólitas declaraciones de un funcionario de Macri: La política no le interesa a nadie”, (Buenos Aires, 02/X/2016). La afirmación – que nos exime de todo comentario – es de Julián Gallo, Director de la Estrategia Digital del Gobierno Nacional.

Al referirse a este tema, el analista Edgardo Mocca sintetizó el alcance de una definición de este tipo. En una nota publicada en el diario Página 12, “Propaganda estatal contra la política” (Buenos Aires, 09/X/2016) este columnista manifestó: “A la política hay que erradicarla porque el proyecto político del neoliberalismo no es otra cosa que la resignada conformidad de muchos al poder crecientemente concentrado de pocos o, lo que es lo mismo, el temor reverencial a las respuestas del orden a cualquier proyecto emancipador. Ese no es un rasgo secundario del neoliberalismo sino su corazón”.

En otras palabras, ajuste económico y modernización capitalista sin cargada cultural ni discursiva, ya no hay regaños públicos ni manos presidenciales que se agitan en las pantallas de los televisores. La política comunicacional de Cambiemos se completa con la manipulación de la iconografía y lo hace deslizando imágenes hacia espacios de aparente neutralidad ideológica. Los nuevos billetes, emitidos por el gobierno de Macri, sustituyen antiguas figuras, de marcado sentido ideológico y valores políticos confrontativos, por contornos menos provocadores. En lugar del rostro de Eva Perón se ofrece un paisaje patagónico, la cara de un puma o la figura tierna de una ballena. La fauna y la flora no crean antagonismos y tal vez, en ese mundo bucólico, la recesión, el desempleo, el endeudamiento público y la pobreza, puedan diluirse y hacer menos agobiante la espera de tiempos mejores.

La imagen de peluche de Hernán Lombardi – Director del Sistema Nacional de Medios – y del propio presidente, junto al animador Daniel “La Tota” Santillán, ensayando pasos de baile y entonando la letra de canciones tropicales en el Festival de Cumbia, parece despejar cualquier duda. Nada que afecte a los intereses populares puede nacer de gobernantes que expresan tanta empatía con los aspectos más simples de la vida.

El bastardeo y la degradación de la política, cierra su círculo con la figura del presidente Macri recibiendo en la residencia oficial de Olivos – con la cobertura mediática de una visita oficial - a Marcelo Tinelli, animador de un popular programa de concursos de baile y cotizado espacio para ventilar asuntos de vida íntima y escándalos personales de cantantes, modelos y artistas.

La imagen del snapchat que se tomaron el presidente y el conductor de televisión, fue la nota del año y es quizás, la mejor respuesta que se puede enviar, desde el poder, a la opinión pública. Ya nadie podrá poner en duda que en Argentina,  la política transita por los inocentes caminos del entretenimiento y la comedia, lejos del veneno ideológico que inocularon Néstor y Cristina Kirchner.

 

Cómo citar este artículo:

CANDIA, José Miguel, (2017) “Crisis de la política, ¿almorzando con Mirtha Legrand o cenando con Beatriz Sarlo?”, Pacarina del Sur [En línea], año 8, núm. 30, enero-marzo, 2017. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Lunes, 21 de Agosto de 2017.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.com/index.php?option=com_content&view=article&id=1426&catid=14

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