Pacarina del Sur
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Comunidades en una época de narcisismo

Communities in a time of narcissism

Comunidades em um momento de narcisismo

Hugo Enrique Sáez Arreceygor

Universidad Autónoma Metropolitana, México

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Recibido: 01-08-2019
Aceptado: 25-08-2019

 

 

“La obsesión por la victoria (éxito) es un estado del alma que favorece al oponente”

Sun Tzu

 

¿Qué es eso que llaman comunidad?

Desde que Ferdinand Tönnies (1887) distinguió entre comunidad y sociedad, la discusión sobre estos tipos ideales de agrupamientos humanos marcó un largo período que aún no concluye. No sólo han intervenido sociólogos y filósofos en este foro, sino que también es necesario considerar los estudios empíricos de numerosos antropólogos que ilustran formas históricas de organización existentes en las que predomina la cooperación, la reciprocidad y la igualdad entre sus miembros. El problema sobre la esencia de una comunidad, por lo menos desde el siglo XIX, ha interesado a intelectuales y políticos diversos. Por ejemplo, Vera Zasúlich escribió una célebre carta a Marx en la que le preguntaba si la comuna rural rusa podría servir como un antecedente de una futura sociedad comunista, y la respuesta de aquél fue titubeante y plena de tachones. Por el lado del psicoanálisis, también hubo intentos por definir la subjetividad humana a partir de la hipótesis freudiana acerca del asesinato del padre por parte de la alianza filial en la comunidad antigua.

Quizá el intento más audaz en el afán de valorar el significado de este concepto lo emprendió Marx inspirándose en la Comuna de París de 1871, por advertir en esos breves meses la desaparición del Estado. Lenin lo retomó en El Estado y la revolución para elaborar su teoría sobre el tránsito del capitalismo hacia el socialismo por medio de la revolución violenta, y la posterior transformación hacia una sociedad sin clases. Hoy asistimos a los lamentables resultados de confundir socialismo como escala a una sociedad comunista, cuando en realidad tanto la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) como la China de la “revolución cultural” -según Mao- deben ubicarse en la categoría de capitalismo de Estado. En la mayoría de los casos mencionados à vol d’oiseau, se analiza la comuna sin considerar la sobredeterminación que ejerce la formación social global.

Los antecedentes mencionados nos obligan a retomar la problemática y a fijar una posición sobre qué realidad se debe atribuir a la comunidad y en qué se identifican sus rasgos. En primer lugar, cabe afirmar que en la constitución y funcionamiento de toda comunidad se combinan dos tipos de relaciones que rigen las acciones de los miembros que la integran: la economía de cooperación y los afectos amistosos mutuos. Asimismo, la comunidad requiere un espacio físico o virtual concreto como condición de desarrollo. En todos los casos, existe una relación líder-seguidores, que no necesariamente se formaliza como aparato separado entre ambos elementos. El concepto así enunciado es susceptible de aplicarse a una familia, a un grupo de amigos, a los vecinos de un barrio, a los habitantes de un pueblo, a un espacio de trabajo, a los navegantes de las redes sociales que se comunican en Internet. Una constante de las comunidades es que se dan los vínculos cara a cara, o pantalla/pantalla. A su vez, hay una distribución de funciones y roles que cumplen los individuos reunidos en su interior. En otras palabras, la gente trabaja, se conoce, se comunica, participa de fiestas o encuentros de diversa índole, como las asambleas o las ceremonias religiosas. Por fin, las comunidades a veces sufren deserciones e incluso se disuelven.

En la bibliografía acerca del tema, a menudo se emplea el término comunidad en un sentido algo “romántico” y estático, es decir, se hace referencia a grupos armónicos, solidarios y de cierta igualdad. Cabe aclarar que el dinamismo de una comunidad se manifiesta en las contradicciones generadas entre la economía de cooperación y el vínculo afectivo. Por otra parte, siempre existe una relación mando/obediencia que influye en el interior de la comunidad.

Un cuento de Bruno Traven servirá de improvisado escenario para explicar cómo se puede mantener el tejido social de una comunidad y las amenazas a que se expone por la llegada del progreso “desde arriba”, realizado en nombre del desarrollo como panacea. Si bien se trata de una ficción, la observación minuciosa del autor genera una auténtica etnografía en la que se refleja el conjunto de relaciones vigentes en una sociedad rural de México.

Heidegger en su momento identificó el vínculo ontológico que se establece entre los seres humanos en sociedad. En el parágrafo 37 de Ser y tiempo se distingue con claridad: “Tras la máscara del ´uno para otro´ actúa un ´uno contra otro´” (Heidegger, 1988, pág. 194). La comunidad humana se estructura en torno al “uno para otro”; las relaciones se constituyen mediante la preocupación (Sorge) por el otro, y ello deriva en un compromiso (obligación) mutuo antes que en la participación de una esencia común.

Mural de Josué Sánchez en Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Unión Social, Perú
Imagen 1. Mural de Josué Sánchez en Lugar de la Memoria, la Tolerancia y la Unión Social, Perú.  https://lum.cultura.pe

En el ocuparse del otro (Sorge) se revela el lado afectivo (amistad) de una comunidad, uno de los puntales que la sostiene ante las amenazas. Al respecto, existen dos tipos de violencia que perturban la existencia de una comunidad basada en el ´uno para otro´: la que ejerce el homólogo al perseguir el mismo objeto del deseo, y la del extraño, que desea apropiarse de los objetos del nativo. Según el relato empleado en este caso, un turista estadounidense descubre en un pueblito de Oaxaca, México, unas maravillosas canastitas de paja decoradas con vivos colores y diseños muy atractivos. Al negociar con el indio que las elabora y vende en la puerta de su casa logra un precio increíble, equivalente a diez centavos de dólar por cada pieza. De regreso a su país, Mr. Winthrop, así se llama el turista, entra en contacto con una compañía de confiteros para venderles hasta mil docenas de esas canastitas, que en este caso se destinarían a envase de los dulces comerciados por la empresa. Es obvio que el precio pactado con los confiteros significa casi veinte veces el que pretende lograr con el artesano indígena.

Exultante de ambición regresa a Oaxaca para cerrar la operación; en contra de lo esperado, el tranquilo estado de ánimo del indio no varía ante la oferta de comprarle la enorme cantidad de canastitas, cuyo precio, calculado por el artesano, en lugar de descender ahora llega casi a los dos dólares por pieza. Con desesperación, Mr. Winthrop no entiende cómo es que se viole una ley básica del mercado: a mayor cantidad de piezas adquiridas, el precio unitario se abarata. El artesano le responde de esta manera:

-Bueno, patroncito, ¿qué es lo que usted no comprende? La cosa es bien sencilla. Mil canastitas me cuestan cien veces más trabajo que una docena y doce mil toman tanto tiempo y trabajo que no podría terminarlas ni en un siglo. Cualquier persona sensata y honesta puede verlo claramente. Claro que, si la persona no es sensata ni honesta, no podrá comprender las cosas en la misma forma en que nosotros aquí las entendemos. Para mil canastitas se necesita mucho más petate que para cien, así como mayor cantidad de plantas, raíces, cortezas y cochinillas para pintarlas. No es nada más meterse en la maleza y recoger las cosas necesarias. Una raíz con el buen tinte violeta, puede costarme cuatro o cinco días de búsqueda en la selva. Y, posiblemente, usted no tiene idea del tiempo necesario para preparar las fibras. Pero hay algo más importante: Si yo me dedico a hacer todas estas canastas, ¿quién cuidará de la milpa y de mis cabras?, ¿quién cazará los conejitos para tener carne en domingo? Si no cosecho maíz no tendré tortillas; si no cuido mis tierritas, no tendré frijoles, y entonces ¿qué comeremos? (Traven, 1999, págs. 24-25).

 

La idea de comunidad no se basa en una suma de personas que comparten algo, sino que se revela como un tejido de mutuas obligaciones que une a sus miembros, que desempeñan funciones y roles complementarios. No se trata de participar en una esencia común ni de una igualdad económica; se trata de una convivencia espontánea que posee sus propios mecanismos de negociación para resolver las diferencias cuando la mutua obligación falla. Fracasó la preocupación teórica de Rousseau y de Kant por encontrar un fundamento común a los individuos para que ese uno solitario se fundiera en el uno universal. En cambio, este ejemplo literario revela que la comunidad es posible mediante un mutuo cuidado; es decir, el Mitsein (el ser con) se preserva cuando sus miembros integrantes ejercen una cura (Sorge) mutua, frente a la violencia que proviene de fuera, de la tentación monetaria. La violencia se descarga tanto sobre el gemelo, el que ambiciona lo mismo que el victimario, como contra el diferente que perturba el orden interno.

Aun así, el confundido exportador, que no entiende la peculiaridad de esa organización humana, no ceja en su intento y argumenta que con el dinero obtenido por la venta de las canastitas el artesano podría comprar todo eso y mucho más. Por otra parte, lo quiere convencer de que ponga a trabajar a parientes y a otros indios de la zona para que lo ayuden. La respuesta es transparente: el desastre sería total porque nadie atendería las milpas ni las cabras, y comprar la comida en el mercado significaría un incremento notable de los precios porque los productos se importarían de otras partes. La comunidad reducida a los intereses individuales que no contemplan a los demás sino a través de “derechos y obligaciones”; y esos átomos, fragmentados, sometidos a un poder extraño.

Una última razón del indio para no hacer canastitas en serie es que él con canciones pone en ellas parte de su alma, y si accediera a mecanizarse, su corazón caería en pedazos. Se plantea la diferencia entre el artículo industrial producido en serie y la pieza artesanal singular. El estadounidense regresó a Nueva York indignado y fue a deshacer el contrato con los confiteros despotricando contra esos “condenados indios”, que no tienen remedio ni su país tampoco. La comunidad indígena privilegia las relaciones “cara a cara” y se niega a aceptar su integración como base de una pirámide con vértice en Nueva York. Más relevante aun es el papel central que desempeña la colaboración entre sus miembros.

En este breve párrafo hay una frase clave: el indio defiende su forma de entender las cosas, que es diferente a la lógica del visitante, y muestra que la supervivencia de una comunidad se apoya en la cooperación mutua. Un elemento clave en la conformación de una comunidad humana es comprender la realidad desde un punto de vista compartido. En otras palabras, una lógica económica y social va acompañada de una comprensión del mundo, que en la historia relatada implica una relación con la naturaleza distinta a la que supone convertir a sus familias extendidas en productores individuales de una fábrica. Una economía basada en el trabajo artesanal convertida en una economía mercantil resiente cambios que afectan hasta el equilibrio emocional de sus habitantes. No obstante, el modelo de relación directa con la naturaleza no es el único referente para ilustrar una comunidad humana, en particular cuando por doquier se constituyen comunidades virtuales en torno a los más diversos intereses. Las llamadas redes sociales cada vez adquieren mayor protagonismo en acontecimientos mundiales.

 

Narcisismo, cinismo, violencia, impunidad en el capitalismo financiero

Por desgracia, estas comunidades de base en las sociedades capitalistas se hallan en peligro de extinción y sustitución por otro tipo de relaciones impersonales e individualistas, a causa del crecimiento del continente virtual de las pantallas en un sentido eminentemente mercantil. Dado que toda comunidad ocupa un espacio en la base de una formación social y, por ende, se halla acechada “desde arriba” por fuerzas orientadas a controlar y apropiarse de sus recursos y poco a poco, o a gran velocidad, son subsumidas a las organizaciones empresariales y políticas. Empleando términos de Marx (1983), se desarrolla un proceso de subsunción de las comunidades de base a la competencia capitalista.

Como sabemos, la subsunción es formal o material. En una formación social se entremezclan distintos modos de producción. Cuando predomina el capitalismo, la mercancía se expande como medio de intercambio e invade a los modos de producción pre-capitalistas. La subsunción formal de las comunidades de base se realiza cuando éstas dependen de la compra-venta monetaria de una parte de los medios de subsistencia o de trabajo, aunque se conserven muchos rasgos ideológicos y costumbres de sus miembros. En el ejemplo de la comunidad campesina aludida se distingue, por una parte, la producción de autoconsumo (agrícola-ganadera) y por otra, la presencia de bienes elementales que se adquieren en el mercado. En su interior, la comunidad funciona en contacto con la naturaleza, a punto tal que el artesano busca en la selva los tintes para producir sus canastitas. Se supone el funcionamiento de una comunidad de autoconsumo que lanza al mercado el excedente o bien los productos locales, como las artesanías.

Ahora bien, el mismo artesano le plantea al cliente lo que sucedería si se dedicara a la mono-producción centrada en las artesanías: desaparecerían agricultura y ganadería, y todos los bienes de consumo tendrían que adquirirse en el mercado, con dinero y a precios más elevados. Estaríamos en presencia de la subsunción material: hasta las prendas de vestir que se elaboraban en los hogares se convertirían en mercancías fabricadas por empresas en que se practica el trabajo asalariado. De hecho, en algunos estados del sur de México está ocurriendo este fenómeno. Las parcelas se han reducido a su mínima expresión y el cultivo del maíz se suplanta por el de la amapola o de la marihuana, que sirve a los cárteles de la droga. Al principio, cuando comenzaba la desarticulación de la comunidad, el remedio parcial era la migración hacia las ciudades o a los Estados Unidos. Las remesas enviadas desde allí auxiliaban a las familias para subsistir mientras algunos miembros se incorporaban a los servicios o a la industria de la construcción.

En consecuencia, la desarticulación ilustrada con un escenario literario es susceptible de extenderse a otro tipo de comunidades existentes en las ciudades, principalmente la familia. La competencia económica que rige en las actividades primarias, secundarias y terciarias se trasmina a las relaciones personales. Así, entre miembros de la alta burguesía se firman acuerdos prenupciales que fijan los derechos y deberes en caso de divorcio. Precisamente, el índice de divorcios crece a un ritmo inusitado y las parejas jóvenes se unen sin legalizar su convivencia, a sabiendas de que las relaciones humanas tienden a ser cada vez más efímeras. En consecuencia, el sujeto social está programado como sujeto económico vía medios de comunicación y se comporta de acuerdo con pautas de empresario.

Así como una historia relatada por Bruno Traven respaldó un análisis de las comunidades, en la caracterización del neoliberalismo se empleará la película Match point de Woody Allen para mostrar la extrema violencia que acarrea el predominio de la mercancía como significante de los sujetos sociales.

A continuación una síntesis de su argumento. Chris Wilton es un joven tenista profesional que trabaja como profesor de tenis en un club londinense frecuentado por familias adineradas. Allí conoce a un millonario tenista aficionado de similar edad, Tom Hewett, con quien traba una amistad que le permite introducirse en la vida de las familias más ricas de Londres, donde conoce a Chloe Hewett, la hermana de Tom. También le presentan a la bella Nola Rice, protagonizada por Scarlett Johansson, una actriz estadounidense sin recursos que había sido pareja de Tom pero que era rechazada por la familia Hewett. A diferencia de Nola, Chris se gana la confianza de esta familia y comienza un noviazgo con Chloe, producto de un evidente cálculo para navegar en el ambiente de riqueza y lujo que su ambición siempre deseó. Con cinismo, el hábil personaje mantiene un romance secreto con Nola Rice, que prosigue después de la boda de Chris con Chloe.

Esta conducta de Chris se mantiene hasta que, repentinamente, Nola le informa que ha quedado embarazada de él. Espantado por la posibilidad de que la poderosa familia de Chloe descubra su infidelidad, y se derrumbe así su posición económica en empresas del patriarca Hewett, Chris exige a Nola que aborte, pero ella se niega, insistiendo en que deben criar ambos al futuro bebé, previo divorcio de Chris. La solución que encuentra el tenista es asesinarla simulando un robo a la vecina de Nola, que también muere. En definitiva, el crimen es atribuido a un vagabundo hallado muerto que tenía en su poder un anillo del que se había desecho Chris, que celebra el nacimiento de su hijo con Chloe. Es interesante que Woody Allen muestre la culpa emocional del principal protagonista, que entre sueños recibe la visita de sus víctimas reprochándole la crueldad extrema de su conducta.

Una sociedad en la que se privilegia el interés individual en lugar del comunitario, suplanta al sujeto persona anclado en Eros por el sujeto jugador adorador de Thanatos, que calcula cada movimiento en función de la acumulación económica como símbolo de poder. La relación entre los humanos involucrados se entiende como competencia en todos los ámbitos de la vida, determinada por el cálculo. El espacio de esa competencia se halla atomizado en innumerables mónadas, ajenas a la solidaridad y a cualquier sentimiento que incluya al otro.


Imagen 2. www.concienciaeco.com

Hasta aquí la parte sustancial de la historia. El ascenso económico y social del tenista se apoya en lo que podría llamarse “sociedad del espectáculo”, es decir, en su dominio de un deporte de élite apreciado por las familias poderosas, que marcan una línea de separación frente a la actriz fracasada que representa Nola. Entonces, cabe distinguir la familia rica que mantiene su unidad mediante valores clasistas que expulsan a quienes no pertenecen a su condición elitista. En este caso, la familia representa una comunidad de base instalada en el pináculo del poder económico, social, político y cultural. Las relaciones entre sus miembros están determinadas por el mantenimiento del patrimonio familiar. En otro terreno, los advenedizos individuos aislados de relaciones familiares: Chris, irlandés ambicioso y cruel; Nola, una aspirante a actriz pobre que proviene de los Estados Unidos.

Estos últimos reproducen su existencia como “empresarios de sí mismos”, en términos de Byung-Chul Han. Compiten con sus respectivos capitales culturales (la expertise en tenis de Chris, y las habilidades histriónicas de Nola) sumados a su capital erótico (ambos cuerpos son atractivos y responden a los gustos hegemónicos en cuanto a la belleza). En ese sentido, explotan y venden su cuerpo físico, con éxito en el caso de Chris y rotundo fracaso en Nola.

Un concepto clave del arsenal teórico del filósofo coreano Byung-Chul Han se halla en la idea de “empresario de sí mismo”, como sujeto distintivo de esta fase de la historia humana dominada por el homo economicus. Según sus argumentos, el sujeto de obediencia de etapas anteriores del desarrollo capitalista se sustituye en el neoliberalismo por un sujeto de rendimiento como valor primordial. Este cambio en los parámetros dominantes de las sociedades no es inocuo, sino que en contrapartida arrastra una serie de consecuencias patológicas.

El comienzo del siglo XXI, desde un punto de vista patológico, no sería bacterial ni viral, sino neuronal. Las enfermedades neuronales como la depresión, el trastorno con déficit de atención con hiperactividad (TDAH), el trastorno límite de la personalidad (TLP) o el síndrome de desgaste ocupacional (SDO) definen el panorama patológico de comienzos de este siglo. Estas enfermedades no son infecciones, son infartos ocasionados no por la negatividad de lo otro inmunológico sino por un exceso de positividad. De este modo, se sustraen de cualquier técnica inmunológica destinada a repeler la negatividad (Han, 2010, págs. 11-12).

 

Como se advierte, el autor no plantea una utopía ni una distopía. Si bien considera que el sujeto de rendimiento no está amarrado a un dominio externo que lo obligue a trabajar o incluso lo explote, también destaca las consecuencias patológicas de la época. La incorporación al sistema que lo tienta con la realización de sus sueños repercute en enfermedades que podríamos llamar neuronales, y que conducen al exterminio personal cuando se fracasa, el polo negativo del éxito. Al final de la película se sugiere que el éxito de Chris se transmuta en inquietud emocional. En este contexto libertad y coacción terminan coincidiendo. Sartre ya había vislumbrado este panorama al declarar que estamos obligados a ser libres.

Más allá de que se trate de las instituciones estatales o de las organizaciones privadas, los actores sociales son interpelados como productores de un mercado en el que maximizan su rendimiento. Las facultades del cuerpo representan la mercancía con que se establecen relaciones en el entorno social. Cualquier empleado de banco se capacita por medio del coaching y se lo evalúa para calificarlo por la gerencia en función de la clientela que incrementa o pierde. Un académico recibe su remuneración acorde con los puntos obtenidos por sus publicaciones o por los proyectos que consigue. El ranking de las selecciones de futbol o el rating de un programa de televisión son elementos que reflejan el rendimiento en el terreno de esas actividades. Y la enumeración podría continuar.

Quizá esta categoría sea la innovación más singular del autor en cuanto al análisis social, cultural y político. No obstante, su efecto queda amputado, por decirlo de alguna manera, por el hecho de que no se menciona ni se plantea que el sujeto de rendimiento actúa en mercados diversos -figura que tiende a subordinar incluso la organización de las relaciones familiares- y que por ende entrega un producto que se valoriza en empresas e instituciones muy distintas en cuanto a su poder y operación. Por una parte, el enfoque exclusivo sobre el sujeto que se constituye en amo y esclavo de sí mismo ignora a los millones de desocupados e indigentes marginados en todos los países del mundo. Por otra parte, desvía la atención sobre la tremenda desigualdad imperante en cuanto al poder negociar con los monopolios sembrados sobre la faz de la tierra, verdaderas clases dominantes a escala planetaria. Según la organización humanitaria OXFAM (diario La Jornada, 18-01-2016), las 62 personas más ricas del mundo, poseen exactamente lo mismo que la mitad más pobre de la población global. Hay de empresarios a empresarios: un barrendero de las calles no podría compartir la mesa con un CEO de Berlín.

La tesis con que en este escrito se intenta explicar el tremendo poder del capitalismo financiero para destruir las comunidades de base se compone de varios aspectos centrales. Cabe subrayar que el “empresario de sí mismo” sí está sometido a un poder ajeno, que como todo poder se define por la relación de intercambio entre protección (la riqueza de la familia de Chloe) y obediencia (adaptación pasiva a las tareas gerenciales que se le asignan al profesor de tenis). El ingreso y permanencia en ese sistema (in put–out put) están determinados por distintos criterios de selección de sus participantes y de certificación del producto a ofrecer. En el caso de Chris, si se hubiera descubierto su traición amorosa corría el riesgo de ser expulsado del círculo familiar al que había ingresado.

Asimismo, no hay homogeneidad en cuanto a los mercados, que presentan distintos tamaños como reflejo de su capacidad de liderazgo o sometimiento respecto de otros mercados. Los monopolios sofocan la producción en pequeña escala o incluso la hacen desaparecer al absorber su clientela. O bien, como acaba de ocurrir con una casa de modas internacional, plagian las creaciones artísticas de las tejedoras mexicanas y las aplican a sus productos. Chris logra ubicarse en la cúspide de los mercados poderosos económica y socialmente. Su triunfo lo instala en un laberinto de aburrimiento y doble vida. Cuando nace su hijo, él se aleja del bullicio familiar y de los planes futuros de la familia. Quizá una relación sexual clandestina lo rescatará del juego sin sentido en que se involucró.

Es importante considerar que continúa vigente la diferencia entre la producción de medios de producción y la producción de medios de consumo. En particular, la denominada “ciudad global” por Saskia Sassen (2012) centraliza y controla la generación de nuevas tecnologías en materia de información y comunicación, cuya mayor utilidad se halla en la expansión del capital financiero. Sus productos son insumos para generar bienes de consumo, como aplicaciones en la red o el mismo aparato de computación. El desarrollo de la inteligencia artificial amenaza con incluir al mundo entero en el continente virtual, desde el que se controlarían los mínimos movimientos de los habitantes del planeta. De hecho, Facebook ya ha vendido información sobre quienes participamos en esa red.

A su vez, la producción inmaterial condiciona el movimiento de la economía real (es decir, la producción de objetos tangibles, para decirlo en términos sencillos), de modo que esta última se diseña a partir del modelo digital. Por otra parte, la automatización derivada de la digitalización prescinde de mano de obra humana y arroja al desempleo grandes masas que están excluidas de convertirse en “empresarios de sí mismos”, o bien se insertan -si pueden- en el trabajo informal.

En el actual nivel de la globalización, la relación entre los Estados está determinada por la relación entre los mercados. Los mercados tutelan a los Estados en un vínculo dialéctico entre ambos. Por una parte, los acuerdos de libre comercio representan un poder legislativo por encima de las fronteras nacionales; tratados que en principio dieron lugar a tres regiones de prosperidad en cuyo interior han surgido las cuarenta metrópolis que integran el complejo de la ciudad global: América del Norte, Unión Europea, Asia del Pacífico. Además, tanto las Naciones Unidas (por conducto del Banco Mundial) como el Fondo Monetario Internacional, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico y la Organización Mundial de Comercio se encargan de la regulación de los mercados en el plano internacional, e imponen sus reglas por encima de la soberanía nacional. En el plano estrictamente político, el Grupo de los Ocho acuerda la voluntad de los poderosos.

Recuérdese que la conformación de “empresarios de sí mismo” no abarca al conjunto de la producción ni de la sociedad mundial, porque no todas las economías son de acumulación dineraria. El capitalismo subordina formas de producción diversas, algunas comunitarias, otras de supervivencia, así como no monetarias.

Por fin, el culto de los objetos de consumo por parte de las personas se asimila a las conductas propias de una religión, la religión capitalista, que se constituye a partir de una trascendencia (la valorización de dinero y mercancías) que otorga sentido a las conductas inmanentes. Ello no significa la disolución de las religiones históricas sino su transformación para adquirir mayores espacios en el nuevo contexto mundial; en algunos casos, se desatan auténticas guerras en nombre de sus creencias, como los enfrentamientos entre chiítas y sunitas. El catolicismo entró en crisis por la corrupción de sacerdotes pederastas y por los escándalos financieros, además de la vergonzosa alianza del papa Wojtyla con los grupos más reaccionarios de la política mundial. En otros, sus ministros se adecuan a las formas de comunicación que brinda la televisión, como los cubiertos por histriónicos personajes que prometen salud y bienestar a los espectadores. Por último, el fanatismo sionista preside una campaña de exterminio palestino. No obstante, la lógica de desarrollo eclesial se halla más influida que nunca por la economía capitalista y su ética individualista.

 

Capital erótico, una clave de la sociedad del espectáculo

Ahora bien, la comunidad, así como las múltiples formas en que se manifiesta no son entidades autónomas, sino que están determinadas por fuerzas externas al espacio material en que se desenvuelven, fuerzas que a una mayoría pasan inadvertidas porque viven la ilusión de la libertad individual, que en realidad es la ilusión que se proyecta a consecuencia de la programación masiva de las conductas. De acuerdo con Wittgenstein (2003), los límites del léxico que empleamos marca los límites del mundo en que vivimos. A menor riqueza de vocabulario se impone una menor comprensión de las causas que determinan la conducta. La masa impersonal del neoliberalismo se conforma con un capital lingüístico no superior a las trescientas palabras.

Las comunidades humanas resienten el efecto de un sistema global constituido por cuatro subsistemas muy bien coordinados para ejercer el poder de una minoría sobre una masa de individuos que luchan a diario por sobrevivir: se trata de los subsistemas económico, social, cultural y político. En los individuos que conforman una comunidad, los mencionados subsistemas se expresan en la forma de capital que poseen como arma para seguir adelante los miembros individuales. Es decir, la percepción sensible de estos subsistemas se refleja en la forma de capital a disposición o no disposición de capital por cualquier individuo.

Con miras a aclarar este párrafo, paso a exponer las distintas formas de capital que plantea Pierre Bourdieu (1997), y estos conceptos nos ayudarán a sistematizar las razones de la violencia provocada por la competencia.

En primer lugar, hay un capital económico, integrado por la propiedad de bienes monetarios o bien de valores tangibles como una casa o un automóvil, un yate de lujo, o en todo caso un jacal, dependiendo de las personas y las clases.


Imagen 3. http://historiadelartedecaysv.blogspot.com

En cuanto al capital social, se define por la compleja o simple red de relaciones humanas con que nos movemos como conocidos: la propia familia, los amigos, los que están ubicados en puestos relevantes de las instituciones. En general, la función del capital social consiste en ser un instrumento para apoyarse en las relaciones humanas. “Tengo que ir al SAT”, pregunta alguien, y agrega “¿conoces a alguien que me eche una mano?”. Las relaciones sociales son recursos que se emplean para pedir ayuda, para invitar a la boda o a un cumpleaños. Las oligarquías perpetúan su reproducción heredando no sólo fortunas sino también ubicando a sus descendientes en posiciones de poder.

¿En qué consiste el capital cultural? Se integra mediante el conjunto de nuestras habilidades, conocimientos, viajes que ilustran, objetos artísticos que se poseen, o en todo caso una pantalla de TV. Si el imperativo categórico de la productividad no se puede cumplir, el individuo se siente en deuda con la sociedad, y deuda en alemán (Schuld) -lo remarcaba Freud- también significa culpa. Y la peor culpa del sujeto es sentir que no vale como mercancía, que nadie se interesa en él. El cansancio producido por los esfuerzos para no perder el carro de la economía arroja en la culpa, y la culpa acumulada se transfigura en depresión, la plaga de nuestro tiempo. El amo habla por las pantallas de los medios de programación de masas. Entiéndase masa en un sentido muy específico, no se la confunda con una aglomeración de personas en la calle. Así lo entiende esta autora:

Basta con que muchas personas invistan libidinalmente a un mismo objeto, lo ubiquen en el lugar del ideal del yo, y se identifiquen entre sí para que se sometan y obedezcan a ese ideal, formando una estructura jerárquica estable y carente de libertad: una masa de autómatas que cumplen órdenes (Merlin, 2017, pág. 30).

 

Heráclito afirmó que nunca te bañas en el mismo río, enfatizando el transcurso en que el tiempo modifica el presente. Hace unos ayeres grabé un video en un arroyo y a veces lo miro para disfrutar el deslizamiento de la corriente sobre las piedras. No es el mismo río, es un objeto congelado en una imagen móvil a disposición del consumidor. Los medios difunden la idea de que todas las épocas están presentes en el presente. Y no es así. Se trata de que los seres humanos mismos nos hemos convertido en átomos repetibles e intercambiables. Los cuerpos se producen mediante la incorporación de programas que condicionan la conducta.

En realidad, el capital simbólico es más difícil de definir. Un Ferrari es un objeto que se asocia con la importancia del que porta tan inútil carro en una ciudad donde manda la delincuencia y te lo quita en un abrir y cerrar de ojos, o te lo chocan, como le ocurrió al Tuca Ferreti en Monterrey y casi muere del coraje. Los objetos de consumo combinan su valor de uso (transportarse, por ejemplo) con su papel de simbolizar la imagen de quien los porta. El narcisista no está enamorado de sí mismo sino de la inaprehensible imagen de sí mismo, que en la actualidad se construye mediante la propiedad de objetos de consumo. En sentido contrario, en un cartón de Mafalda -esa creación de Quino- se observa un antiguo automóvil Citroën y ella comenta: “Es uno de los pocos autos en que lo importante sigue siendo la persona”. Las fiestas sirven para exhibir el poder, y la fiesta posee un valor simbólico. Y las fiestas también están estructuradas por el capital económico.

Por último, un valor que yo he elaborado a partir de la idea de un amigo. ¿Se han preguntado si existe el capital erótico?

La pregunta es pertinente en sociedades donde el significante “mercancía”, como unidad del capital económico, predomina en el establecimiento de relaciones diversas entre sus miembros. César Gálvez,[1] entre sus extravagancias, proponía con entusiasmo la creación del concepto “práctica erótica”, inspirado en la “práctica teórica” desarrollada por el autor de Pour Marx. La idea no era tan descabellada como aparenta a simple lectura. Yo la retomo y trato de desarrollarla desde la teoría de Pierre Bourdieu acerca de los capitales ya mencionados.

En la actual etapa del capitalismo financiero, se abren mercados para todo tipo de actividades, en especial las que ofrecen placer, dado que estamos sujetos a la dictadura de la felicidad establecida por el neoconductismo a través de las terapias, la publicidad, la política, las redes sociales y libros de autoayuda, así como un arsenal de eslóganes. Precisamente, en el mercado de la sexualidad se compite con el capital erótico que se posee. ¿En qué consiste el capital erótico? Se llama capital erótico al conjunto de propiedades físicas y anímicas que ofrece el cuerpo para suscitar e intercambiar placer en el terreno sexual. Por lo menos desde la aparición de la pastilla anticonceptiva en el decenio de 1960, el cuerpo humano es objeto de producción, proceso en el que han colaborado la química y las cirugías. Por ende, los cuerpos se programan con miras a incrementar su valor.

En primer lugar, de alguna manera la tendencia predominante es ajustar la existencia de los individuos a los estereotipos hegemónicos considerados más valiosos: cierta altura, cierto peso y cierta masa muscular en ambos sexos; cierto desarrollo de los senos y de los glúteos en la mujer, ciertas dimensiones del pene en el hombre, ciertos conocimientos sobre las posiciones más satisfactorias. La sociedad del espectáculo ha participado en este proceso generando dichos estereotipos, ya sea mediante “concursos de belleza” o privilegiando físicos masculinos y femeninos con características que los convierten en estereotipos.

Un síntoma de estas transformaciones relativas al cuerpo y a las prácticas eróticas a las que da lugar es la aparición pública de movimientos que luchan por el reconocimiento de sus derechos al diferenciarse de la heterosexualidad, en particular después de la violenta irrupción de la policía en un bar gay del Grennwich Village de Nueva York el 28 de junio de 1968, fecha que luego fuera declarada para reivindicar el orgullo homosexual. En los últimos decenios han aflorado movimientos reivindicadores de distintas condiciones frente al género. Así, la abreviatura LGBTTTI abarca a quienes se identifican como lésbicas, gay, bisexual, transexual, transgénero, travesti e intersexual; las primeras tres (LGB) son orientaciones/preferencias sexuales, las siguientes (TT) corresponden a identidades de género; la siguiente T corresponde a una expresión de género y la intersexualidad corresponde a una condición biológica. En general, estos movimientos han luchado por igualdad de los derechos para las minorías y a favor de suprimir tanto la violencia de los varones sobre las mujeres, así como por el reconocimiento de desempeñar roles antes restringidos para sus miembros.

En los años setenta David Cooper había vislumbrado estos cambios en los hábitos sexuales con prístina claridad.

Hacer el amor es algo bueno en sí mismo, y tanto mejor cuantas más veces ocurra de cualquier manera posible o concebible, entre el mayor número posible de personas y durante el mayor tiempo posible (Cooper, 1971, pág. 84).

 

A propósito de esta interpelación al goce sin límites, en el cuento de Pinocho hay una interesante alegoría sobre el consumismo que llama a obtener cualquier objeto más allá del placer con fundamento en el sintagma “lo quiero”. Un grupo de alegres niños son invitados a comer "lo que quieran" de helados y golosinas. Disfrutan sin límite atraídos por un explotador despiadado que los convierte en burros, es decir, unos ignorantes dispuestos a obedecer hasta que caen en la cuenta, demasiado tarde, de la miserable existencia a la que están condenados. En esta materia son obsoletas tanto la moral de base cristiana como la ética kantiana. En ambas, las acciones se rigen por su adecuación a las normas, mientras que en este mundo cruel las acciones imponen la fuerza como excepción de la norma. Se actúa justificando el fin por encima de los medios, partiendo de una concepción pragmática: es lo que “se hace”, es lo que “se dice”.

Quizá en otras épocas, los requisitos del capital erótico eran similares; la novedad en nuestros días es que los cuerpos están sujetos a una producción (como si fuera un bien material más entre otros) en los gimnasios, por medio de las dietas, sometiéndose a una variedad inacabable de cirugías o bien consumiendo medicinas con efectos potenciadores. La familia nuclear deja de ejercer su papel orientador de las conductas sexuales, obligada a admitir las relaciones sexuales, mientras que la función paterna se desplaza a los medios de programación de masas. El objetivo es competir frente a los demás miembros de la comunidad en que se mueve el/la agente sujeto a las propiedades eróticas. Dado que la competencia es continua, las relaciones suelen ser efímeras o bien se aceptan relaciones abiertas.

El impacto de ejercer la competencia de capitales eróticos se resiente en el aparato emocional. La violencia se incrementa a raíz de las distintas estrategias con que se actúa para obtener éxito, lo que refleja que el capital erótico también está subordinado al capital económico que se posea y está determinado por las relaciones sociales que frecuentamos, los objetos simbólicos que exhibimos (¿se está a la moda o no?), el tono de la voz denota un capital cultural. En fin, todas las formas de capital se hallan estructurados en una jerarquía que hace prácticamente imposible que la historia de Cenicienta se reedite en la vida real, pese a que las telenovelas sigan ilusionando masas con historias que la plagian. El fracaso conduce a la depresión, a las adicciones, al suicidio, el asesinato, y otros trastornos de la personalidad. La industria farmacéutica y la psiquiatría hacen pingües negocios para atacar los daños ocasionados en la población.

Como colofón de este capítulo, cabe aclarar que el capital erótico no se circunscribe a la posibilidad adulta de practicar el coito, sino que abarca todas las edades. Al igual que Freud (2002) sostenía que la libido está presente en el ser humano desde el nacimiento y distinguía entre una sexualidad genital y pre-genital, el erotismo inviste al sujeto humano en todas sus edades. Se advierte en las empresas que lideran el mercado de la moda que hay una temprana erotización del cuerpo infantil y la desintegración de la familia nuclear adelanta las experiencias de la primera cópula a veces más allá de la pubertad. En consecuencia, el concepto de capital erótico no se ciñe con exclusividad a la vida adulta de los individuos, sino que opera desde el nacimiento, hecho reflejado en el placer que provoca al infante la succión de la leche materna.

 

Notas:

[1] César Gálvez, filósofo amigo y colega en la Universidad Michoana de San Nicolás de Hidalgo, era un ferviente seguidor del pensamiento del filósofo francés Louis Althusser, a quien incluso le envió como regalo de cumpleaños unos ates morelianos. Lamentable fue su muerte a los 27 años cuando en la carretera vieja de México a Puebla chocó su Volkswagen Sedan con un camión materialista.

 

Referencias bibliográficas:

  • Bourdieu, P. (1997). Razones prácticas. Sobre la teoría de la acción. Barcelona: Anagrama.
  • Cooper, D. (1971). La muerte de la familia. Buenos Aires: Paidós.
  • Freud, S. (2002). Tres ensayos para una teoría sexual. Barcelona: Biblioteca de los Grandes Pensadores.
  • Han, B.-C. (2010). La sociedad del cansancio. Barcelona: Herder.
  • Heidegger, M. (1988). El ser y el tiempo. México: Fondo de Cultura Económica.
  • Marx, K. (1983). El Capital (Vol. Libro I. Capítulo VI [Inédito]). México: Siglo Veintiuno.
  • Merlin, N. (2017). Colonización de la subjetividad. Los medios masivos en la época del biomercado. Buenos Aires: Letra Viva.
  • Sassen, S. (2012). Una sociología de la globalización. Madrid: Katz Editores.
  • Tönnies, F. (1974). Comunidad y sociedad [1887]. Buenos Aires: Losada.
  • Traven, B. (1999). Canasta de cuentos mexicanos. México: Selector Actualidad Editorial.
  • Wittgenstein, L. (2003). Investigaciones filosóficas. México: Universidad Nacional Autónoma de México.

 

Cómo citar este artículo:

SÁEZ A., Hugo Enrique, (2019) “Comunidades en una época de narcisismo”, Pacarina del Sur [En línea], año 11, núm. 41, octubre-diciembre, 2019. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Miércoles, 19 de Febrero de 2020.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.com/index.php?option=com_content&view=article&id=1801&catid=14

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