Pacarina del Sur
Pacarina del Sur
Pacarina del Sur

Pedro Páramo: semiótica de la muerte de un continente

Pedro Páramo: semiotics of the death of a continent

Pedro páramo: semiótica da morte de um continente

Claudia Sánchez Reche

Universidad Nacional de La Pampa, Argentina

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

 

Recibido: 21-07-2019
Aceptado: 15-08-2019

 

 

Juan Rulfo parece querer responder a la pregunta antiquísima de qué es lo que hay cuando termina la vida, cómo es ese tiempo y ese espacio del más allá desconocido y temido. La novela Pedro Páramo, que originalmente iba a llamarse Los murmullos, fue publicada en 1955. En ese momento, gran parte de la crítica literaria la consideró innecesariamente caótica; aunque se trata sin dudas de un rompecabezas donde cada pieza encaja perfectamente en su lugar, por más que no lo parezca a simple vista.

Juan Rulfo
Imagen 1. Juan Rulfo. www.eluniversal.com.mx

La producción literaria de Rulfo es muy breve, además de la novela en cuestión publicó, previamente, el volumen de cuentos El llano en llamas, que reúne algunos relatos escritos en la década anterior, exceptuando La vida no es muy seria en sus cosas (1945), sólo publicado en la revista Pan, de Guadalajara; y una segunda novela publicada en 1980 pero escrita veintidós años antes, titulada El gallo de oro. A pesar de la brevedad de su obra, el autor ha sabido consagrarse como uno de los más memorables cuentistas de México y de nuestro continente. Su narrativa está atravesada por una temática constante: la muerte, en sus más diversas y trágicas formas. Y su estilo ha logrado crear una atmósfera que sitúa al lector en un aquí y ahora de constante desolación, de remordimiento y de culpa: un color amarillo terroso y sofocante como arena en la garganta de cualquiera de sus personajes. Una atmósfera de desengaño, como la tierra prometida por la Revolución que fracasó en sus promesas más elementales; una atmósfera de tiranía, que oprime desgraciando a los eternamente desgraciados.

¿De qué muere Comala? Nos preguntamos en este ensayo, entendiendo que la comarca ficcionalizada por Rulfo alude a América Latina y a cualquiera de sus pueblos. Una lectura semiótica y política nos permite aproximarnos a la respuesta: la causa del deceso fue (y sigue siendo) Pedro Páramo.

Anciana sentada en el umbral de la casa de un pueblo (1950)
Imagen 2. “Anciana sentada en el umbral de la casa de un pueblo” (1950). Fotografía de Juan Rulfo. https://museoamparo.com

 

Los “murientes” de Comala

Empecemos por decir que la novela puede ser dividida en dos partes. La primera corresponde al viaje (¿de iniciación?) de Juan Preciado en busca de su padre, Pedro Páramo, el señor feudal de las tierras de la Media Luna y de toda Comala. En paralelo, la segunda corresponde a la historia y los recuerdos de Pedro Páramo y su amor por Susana San Juan, la única mujer a quien no pudo poseer.

“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera.” Las primeras líneas nos sitúan, a los lectores, en el presente de Comala. El uso narrativo de la primera persona le da al relato un tono testimonial, por supuesto autobiográfico, que también colabora para que el lector se introduzca de lleno en el argumento: Pedro Páramo les debe algo al narrador y a su madre recientemente muerta. No sabemos qué es, ni por qué, pero conocemos el encargo de la difunta y sus razones, “el olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro…” Por un lado, el olvido y el desamparo irán adquiriendo cada vez más significado a lo largo del relato, pero, para Juan Preciado, su padre desconocido significa una extraña esperanza, una ilusión, alrededor de la que fue “formando un mundo”.

Comala parece ser ese mundo formado. El pueblo que está en bajada alguna vez les dio esperanza a sus pobladores y hacía suspirar a Doloritas, la madre de Juan Preciado. Pero hoy, en el presente de la enunciación, se ha transformado en un caserío que se ve muy triste por culpa de “los tiempos” y al que se accede con la guía de un arriero, el pobre de Abundio. En un cruce de caminos llamado “Los Encuentros” es que se conocen estos dos hermanos, hijos del mismo padre, como muchos más habrá allá abajo, y emprenden el viaje acompañados, pero en un solitario silencio.

Comala está abajo, allí hace un calor sofocante que se va anunciando a medida que los caminantes se acercan, en un itinerario descendente como las catábasis de Orfeo, Odiseo o Eneas. “Un puro calor sin aire”, en palabras del narrador, las brasas de la tierra, el pueblo al que los recién muertos vuelven del infierno por su cobija. Comala es el mismo infierno, es el valle cuya imagen nos recuerda a la plancha que se utiliza para cocinar, el comal, porque allí la gente parece esperar ser devorada.

Se trata, como ha dicho Dorfman (1970), de “esa pesadilla de los cadáveres, ese remontar el pasado anclados en su propio presente de tumbas, es la manera en que son y serán las acciones para siempre jamás” (pág. 185). El tiempo es el eterno presente, y los personajes son los muertos cuyas carnes se pudren ya, pero que recuerdan sus tiempos de esplendor viviente. En ese punto, es que se entrelazan la vida y la muerte, y es que se comprende la idea filosófica de que la muerte es parte de la vida, como es tan común para las culturas indígenas mexicanas.

Los pobladores ahí son almas en pena, por eso vagan por las calles del pueblo, por los rincones de las casitas abandonadas moviéndose como si aún estuvieran vivos, son las señoras que aparecen y desaparecen como si no existieran. No pueden descansar en paz en sus tumbas, porque han pecado, y salen a recordar, lo que es a seguir sufriendo.

Lamentos, remordimientos, voces que son ni ruidos ni silencio, son murmullos. Juan Preciado lo relata: “(sentí) que si yo escuchaba solamente el silencio, era porque aún no estaba acostumbrado al silencio; tal vez porque mi cabeza venía llena de ruidos y de voces” (Rulfo, 2006, pág. 14). Allí, la voz de la madre se oye más claro, tal como ella lo había vaticinado, sin embargo, Juan todavía no puede escuchar ni siquiera el caballo del difunto Miguel Páramo que viene de regreso.

Pero, a medida que avanza la narración, parece que Juan Preciado va desarrollando esa capacidad de escucha: “Uno oye. Oye rumores; pies que raspan el suelo, que caminan, que van y vienen” (pág. 29). El punto más álgido de la percepción, es aquel momento en que la señora Eduviges, la “casi” madre del narrador, se retira de la habitación que le había preparado al recién llegado, y éste queda solo, escuchando los gritos de un condenado a muerte, Toribio Alderete. Allí aparece otra de las mujeres en escena, Damiana Cisneros, quién también puede ser considerada una madre para el narrador, ya que lo cuidó cuando era pequeño, según relata. “Este pueblo está lleno de ecos. Yo ya no me espanto”, Damiana le advierte que no se asuste cuando oiga los ecos, los más viejos o los más recientes, porque es normal allí. En ese momento, el narrador se da cuenta de que está solo, de que todos aquellos con los que habló desde que comenzó su bajada a Comala están muertos.

Juan Preciado tiembla de miedo en la habitación que comparte con los hermanos incestuosos, y entonces es cuando muere, dice él que por el ahogo, pero Dorotea, con quien está ahora enterrado le hace confesar que fueron los murmullos los que lo mataron. Luego de dos noches sucesivas, desde su llegada al pueblo, se detiene el tiempo de la narración y se establece un presente eterno, que es el de la muerte. El cementerio es el lugar de enunciación, desde allí Juan Preciado relata, y allí mismo se entrecruzan las historias de las tumbas contiguas, como ha dicho Carlos Fuentes (1990). Todas las voces murmuran allí, y especialmente cuando les llega la humedad a los cuerpos, los “murientes” se quejan y recuerdan, construyendo su parte de la historia de Comala.

Fotograma de la película Pedro Páramo (1967)
Imagen 3. Fotograma de la película Pedro Páramo (1967).

 

Un rencor vivo

En América Latina ha existido una figura particular que ha marcado las relaciones políticas en todos sus países, se trata del caudillo. Florencia Ferreira (1993) enumera algunas de las características de estos personajes. Se trató de la herencia del personalismo hispánico que se tradujo en el predominio del liderazgo personal y que despertaba en las masas un fanatismo casi inexplicable, gracias, sobre todo, a su carisma. La autora inscribe este fenómeno dentro de uno mayor en nuestra historia, como es el liderazgo autoritario que se enmarca en el proceso revolucionario que a principios del siglo XIX produjo la quiebra del Liberalismo. Capitullum en latín, o la “cabeza”, se refiere a un líder militar que ha sido capaz, en tiempos violentos, de demostrar su superioridad para mandar a quienes serán sus subordinados.

Desde España, y resumida en la imagen del Mio Cid, nos viene aquella tradición, especialmente durante la Edad Media, cuando entre señores feudales, reyes y guerreros emergieron los caudillos, quienes en muchos casos eran también maestros que enseñaban a luchar contra los enemigos. En esta parte del mundo, durante la conquista y colonización, eran esos guerreros enviados por la corona quienes asumieron el rol de líderes de y contra los indios. Mucho más adelante, en los procesos independentistas y las posteriores guerras civiles, surgieron las guerrillas, tropas irregulares comandadas por líderes audaces e improvisados (los “cabecillas”). De esta larga y heterogénea tradición proviene el caudillismo como proceso histórico, que en Latinoamérica se inauguró hacia 1830.

Eran hombres de acción, rápidos, seguros y eficaces, que no se permitían dudar y afrontaban las consecuencias de sus decisiones. En ese carisma residía el poder político de estos personajes, aquella forma de seducción, de comunicación no verbal que convence y “arrastra” a las masas. Por este rasgo, tuvieron una marcada tendencia al autoritarismo, y en muchos casos, según la autora, devinieron en dictadores y tiranos.

Pedro Páramo se erige como uno de esos caudillos devenidos en tiranos, un personaje que encarna las características esenciales del alma mexicana, según uno de los más importantes estudiosos del tema, Blanco Aguinaga (1969): “la violencia exterior y la lentitud interior”. Se trata del patriarca, el cacique, el patrón, que consigue lo que desea, caprichosamente, ya sean mujeres, tierras, voluntades, u hombres para su propia revolución. Pero, en su interior parece ser un romántico que suspira por un amor imposible, la única mujer a quien nunca siquiera tocó, y cuya presencia en este mundo se desvanece cada vez, por causa de la locura: Susana San Juan. En medio de las conversaciones entre el narrador y la señora Eduviges, o más adelante con Dorotea, existen interpolaciones que relatan algunos pasajes de la vida de Pedro Páramo. En ellas es donde podemos evidenciar su amor frustrado y en ellas, nos figuramos la imagen de su madre llorando apoyada en una pared, porque alguien había asesinado a su padre.

Susana San Juan murmura, se queja desde su tumba, la que está ubicada justo al lado de la de Juan Preciado y Dorotea. La última esposa de Pedro Páramo, de quien éste se enamoró en su infancia cuando aún vivía ella en Comala, se ha vuelto loca, quizás por la relación incestuosa que se sugiere con su padre, quizás por la muerte del hombre al que amó, Florencio. Lo cierto es que se retuerce en su cama bañada de sudor todas las noches, porque ya ha muerto, mucho antes de su muerte física. Cuando ésta finalmente ocurre el 8 de diciembre, las campanas repicaron en el pueblo durante tres días, y poco a poco, entre la gente de los pueblos vecinos y un circo llegado de casualidad, se armó una fiesta en el pueblo. No hubo ofensa más grande para Pedro Páramo, que Comala no estuviera de luto por la muerte de “la señora”, de ahí que decida vengarse de los pobladores:

 

La Media Luna estaba sola, en silencio. Se caminaba con los pies descalzos; se hablaba en voz baja. Enterraron a Susana San Juan y pocos en Comala se enteraron. Allá había feria. Se jugaba a los gallos, se oía música; los gritos de los borrachos y de las loterías. Hasta acá llegaba la luz del pueblo, que parecía una aureola sobre el cielo gris. Porque fueron días grises, tristes para la Media Luna. Don Pedro no hablaba. No salía de su cuarto. Juró vengarse de Comala:

_Me cruzaré de brazos y Comala se morirá de hambre.

Y así lo hizo (Rulfo, 2006, pág. 64).

 

Es posible entender a este personaje, según Dorfman, como una “tragedia americana moderna”. El patriarca se hace poseedor de todas las tierras de Comala, controla las relaciones entre las personas y también decide quién muere y quien vive (y quien mata), porque ha querido controlar su mundo frente a lo incontrolable: la muerte que le arrebata a su padre, el amor (de otro) que le arrebata a Susana. Todos los personajes son movidos como marionetas en ese pueblo, y quien los mueve es Pedro Páramo. Ellos nunca se revelan en contra de ese poder opresor, de ahí que todos estén muertos aún antes de morir. Comala está condenada a morir, porque está en manos de otro, del tirano.

Para Ruffinelli (2009), Pedro Páramo no solo es el cacique de una estructura económica neofeudal como es el Porfiriato,[1] sino que es también un Ulises de piedra y barro, y su tierra calcinada es un edén invertido. Este hacendado es tan astuto que hasta es inmune a la revolución, logra manipular a los revolucionarios prometiéndoles dinero, pero, como es de esperar, jamás les cumple.

Pedro Páramo es la representación del Estado, que se supone debería velar por los más desamparados, los indios y los pobres. Según Abundio, todos en Comala son hijos del tirano, pero se trata de un padre/estado ausente. Su ausencia, ése es el motivo que le da comienzo al relato, aquel pedido de Doloritas a su hijo: algún día hay que cobrarle caro al padre (al Estado) el olvido en que nos tuvo. Las palabras de la difunta madre bien pueden dirigirse a cualquiera de nosotros. Cualquiera de nosotros puede ser Juan Preciado, porque la empresa es y será siempre la misma.

Sólo Abundio, aunque borracho, es el único que se atreve a ir en contra de Pedro Páramo: lo mata porque aquél no quiso darle una ayuda para así poder enterrar a su esposa muerta, Refugio. Abundio, quien conduce al otro hijo al centro del infierno, al encuentro con el padre, es quien mata desorganizada y espontáneamente al tirano, al Estado opresor, a la ley injusta que recae sobre los pobres. Este carácter circular del relato es lo que abre, entre otras cosas, la posibilidad de continuidad en el tiempo: Pedro Páramo está siempre siendo asesinado, aunque antes (y siempre) se dejó matar Comala.

Pedro Páramo es el único que no habla desde su tumba. Su voz, en vida, fue la que más poder tuvo. Pero el relato se construye a través de este concierto de voces que salen de las tumbas en el presente eterno de enunciación. Así se construye literatura, un discurso a menudo contra hegemónico, marginal, que ha sido silenciado desde el poder. Por eso, la voz del poderoso, que es, en cambio, la que ha construido la Historia, aquí no es bienvenida. Quizás ésa sea la venganza de Rulfo.


Imagen 4. Foto: @ChristianBerist

 

La chingada, el violador y los huérfanos

Octavio Paz (1981) ha analizado el habla de los mexicanos y parte de la soledad en la que ese pueblo está inmerso, carácter que se evidencia en el insulto que nadie se atreve a decir en voz alta: “hijo de la chingada”. Es interesante su análisis porque pone esta noción como eje articulador de la historia mexicana y sus procesos. La chingada es la mujer ultrajada, violada, y su hijo es aún más indigno que el de la puta, porque aquella madre es impotente, siempre penetrada a la fuerza y luego avergonzada. La chingada es la india madre de Latinoamérica que sufre los ultrajes desde hace más de quinientos años, y sus hijos somos nosotros. Lo chingado es lo estropeado, lo roto o arruinado: nuestro continente ha sido chingado a partir de 1492. La soledad del mexicano, del latinoamericano, en palabras de Paz, comenzó cuando tuvimos que despegarnos de nuestra madre violada y caer en la cuenta de nuestro delito: el sólo hecho de haber nacido.

Vemos que, en la novela, el tirano ha violado a casi todas las mujeres de la comarca, procrea hijos indeseados, de los que se olvida y a quienes abandona, haciéndolos huérfanos. Los personajes de Rulfo han cometido el delito de nacer, por eso su destino es tan a menudo trágico, signado por la venganza o el rencor.

El contexto en el que se desarrollan los acontecimientos en el relato son los últimos años de la Revolución Mexicana, momentos de la Rebelión Cristera, que duró tres años, y que en la novela aparece encarnado en la figura del padre Rentería. Este último hecho histórico marcó definitivamente la vida de Rulfo, ya que su familia murió por esos tiempos, y la violencia que se vivió en su tierra natal, Jalisco, como ha dicho en algunas entrevistas[2], sólo se compara con la violencia de la conquista española. Jalisco fue paulatinamente despoblándose, los campesinos y campesinas se exiliaron de sus tierras porque los corrió la violencia, la pobreza, la infertilidad de sus tierras, las promesas incumplidas de la revolución.

Ese fenómeno explica la desolación de Comala. Porque Comala es Jalisco, es México y es también América Latina. En la novela, Eduviges se queja de que todos los que se fueron la escogieron para dejar en su casa los tiliches, pero nunca regresaron por ellos. La hermana de Donis asegura que éste no regresará jamás, porque allí todos se van y no vuelven. Incluso la propia Doloritas se fue para nunca regresar. Es un pueblo de muertos o exiliados, que aún mantienen la comunicación a través de los ecos.

De eso se trata la soledad de los pueblos americanos, cuyos pobladores vagan sin rumbo, quizás hacia las ciudades para ser devorados por la maquinaria capitalista, porque ya no son dueños de sus tierras ni de sus vidas. Ese proceso, el éxodo rural, ha marcado la historia latinoamericana del siglo XX.

Vemos entonces, que además de un intrincado argumento ficcional, de atmósfera fantasmagórica, de personajes ensombrecidos y cadavéricos, y del estilo literario magistral de su autor, existe un trasfondo histórico y político que es insoslayable para una lectura completa de la novela.

En este sentido, nos son útiles las palabras de Valentín Voloshinov (1976) respecto de la relación entre la literatura y los procesos sociales. Para el autor, cualquier hecho de la vida social y artística es un signo, y en tanto signo, refleja y refracta una realidad exterior, porque todo signo es ideológico y significa algo dentro de una comunidad. Y la palabra es un indicador de cambios de conciencia que luego se traducen en transformaciones sociales. Esto explica la potencia revolucionaria (o reaccionaria en algún caso) de toda una obra literaria.

Como dijimos, la infancia de Rulfo estuvo marcada por un hecho fundamental como fue la Rebelión Cristera, en el marco de la Revolución Mexicana, proceso por el cual el destino de su familia fue la muerte y la crueldad. Y Jalisco se transformó en una tierra arrasada por esa violencia. El autor es uno de los desencantados con la revolución, porque este proceso derramó la sangre de los pobres en pos de los intereses de una clase. Las estructuras feudales anteriores a la toma del poder por Madero, Obregón, Calles o cualquiera de los caudillos que emergieron en ese entonces, ni siquiera tambalearon. El Porfiriato y las relaciones verticalistas establecidas durante ese largo mandato de Díaz, se reprodujeron al interior de todo México en forma de feudos gobernados por patriarcas abusivos. La reforma agraria y el Plan de Ayala, redactado por Emiliano Zapata, jamás entraron en vigencia. Y así, la revolución se traicionó a sí misma una y otra vez, aunque claro, “en nombre de los pobres”.

Los pobres viven muertos en Comala, la revolución, en este universo ficcional, está a la venta, y Pedro Páramo es el único personaje que tiene el poder de comprarla. Una lectura política permite percibir estos signos como profundamente ideológicos: cualquier pueblo está condenado a muerte por sus pecados, mientras no se rebele en contra de su padre violador y ausente, mientras su destino esté trazado por una ley que lo somete al sufrimiento.

Si los Estados latinoamericanos, en cualquiera de sus formas, se llaman Comala, sus hijos tenemos algunos futuros posibles: exiliarnos, perpetuar la tradición abusiva, cometer el parricidio, o contar la historia. En otras palabras, tomar el control de nuestro destino colectivo, o seguir vagando para siempre como almas en pena.

 

Notas:

[1] El Porfiriato fue el proceso político que tuvo lugar entre 1876 y 1910 en México, se había caracterizado por mantener y exaltar una entidad territorial nueva, la hacienda. Se trataba del sistema latifundista que "absorbió" gradualmente las tierras de los campesinos, quienes resultaron siendo esclavos de esos amos, despojados de sus tierras por el sistema de deudas ancestrales, convertidos en obreros agrícolas e industriales y desmovilizados por las fuerzas de seguridad de Porfirio Díaz. El resultado: hacia 1910, el 90 por ciento de los campesinos mexicanos no tenía tierra, y el 98 por ciento de las tierras mexicanas pertenecía las haciendas.

[2] Una de las entrevistas a Juan Rulfo que consultamos, fue la realizada por Joseph Sommers, publicada en el año 1973.

 

Referencias bibliográficas:

  • Blanco Aguinaga, C. (1969). Realidad y estilo de Juan Rulfo. Buenos Aires: Paidós.
  • Dorfman, A. (1970). En torno a Pedro Páramo de Juan Rulfo. Santiago de Chile: Editorial Universitaria.
  • Ferreira, F. (1993). Líderes y Caudillos en la Historia de América. Mendoza: Universidad Nacional de Cuyo.
  • Fuentes, C. (1990). Valiente mundo nuevo. Épica, utopía y mito en la novela hispanoamericana. México: Fondo de Cultura Económica.
  • Paz, O. (1981). El laberinto de la soledad. México: Fondo de Cultura Económica.
  • Ruffinelli, J. (2009). Obra completa de Juan Rulfo. Caracas: Biblioteca Ayacucho.
  • Rulfo, J. (2006). Pedro Páramo / El llano en llamas. Buenos Aires: Booket.
  • Sommers, J. (1973). Los muertos no tienen tiempo ni espacio (un diálogo con Juan Rulfo). Siempre! La cultura en México(1051), VI-VII.
  • Voloshinov, V. (1976). El signo ideológico y la filosofía del lenguaje. Buenos Aires: Nueva Visión.

 

Cómo citar este artículo:

SÁNCHEZ RECHE, Claudia, (2019) “Pedro Páramo: semiótica de la muerte de un continente”, Pacarina del Sur [En línea], año 11, núm. 41, octubre-diciembre, 2019. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Martes, 14 de Julio de 2020.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.com/index.php?option=com_content&view=article&id=1802&catid=14

Si deseas colaborar con nosotros, lee las indicaciones para publicar