Pacarina del Sur
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¿“Buenos vecinos” o “enemigos”? Estados Unidos en el discurso de Cuadernos Americanos 1942-1968

The “good neighbors” or “intimate enemies”? United States in the speech of Cuadernos Americanos 1942-1968

“Bons vizinhos” ou “inimigos”? Estados Unidos no discurso de Cuadernos Americanos 1942-1968

Ma. Margarita Espinosa Blas

Universidad Autónoma de Querétaro, México

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Ezequiel Fabricio Barolín

Universidad Autónoma de Querétaro, México

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Recibido: 26-11-2019
Aceptado: 01-04-2020

 

 

Introducción

Ya finalizada la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos dejó de lado la política exterior hacia América Latina denominada como “Política del Buen Vecino”, e implementó como modo de relacionamiento internacional lo que se ha denominado “Política de Contención”. Aunque destinada principalmente a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), inevitablemente afectó a toda América. El objetivo del artículo es reflexionar sobre la transformación del discurso implementado en Cuadernos Americanos en relación al comportamiento de Estados Unidos en la región latinoamericana. Se tuvieron en consideración dos variables: por un lado, los principales acontecimientos internacionales que se relacionaron con la Guerra Fría y tuvieron su origen en América Latina, reflejándose en la preocupación de la intelectualidad nucleada en Cuadernos Americanos, y por otro; los distintos subperíodos de la política exterior norteamericana que condicionaron la relación con nuestra región. Como fuente primaria principal se utilizó la publicación Cuadernos Americanos, revista bimestral fundada en México en el año 1942, que se erigió como un testigo de su época. Mediante el estudio general de la publicación, se observaron las transformaciones que sufrió el posicionamiento inicial en relación a las declaraciones sobre Estados Unidos. Se sostiene que hubo una mutación del discurso: de ser pro-estadounidense, antifascista y alineado a los países occidentales aliados, a uno antinorteamericano y antiimperialista, que se consolidó como un discurso antiintervencionista y pro-tercermundista. Tal transformación respondió a las actitudes tomadas por Norteamérica y a los acontecimientos internacionales relacionados con el conflicto latente entre Estados Unidos y la Unión de República Socialista Soviéticas.

El artículo se dividió para su mejor comprensión, en cuatro partes, la primera refiere brevemente al acercamiento teórico-metodológico utilizado y a las peculiaridades generales de la publicación que caracterizaron las líneas editoriales de la Revista y, por ende, su discurso. La segunda sección, toma en consideración el discurso de Cuadernos Americanos respecto a Estados Unidos previo a la Guerra Fría (1942-1947), teniendo en cuenta las dos variables mencionadas. En la tercera parte, se avanza en las distintas etapas de la política exterior norteamericana de posguerra, y los acontecimientos más trascendentes a nivel latinoamericano para, a partir de allí, describir cómo el posicionamiento de Cuadernos Americanos fue mutando paralelamente a la línea de conducta de política exterior estadounidense. Finalmente, se concluye con algunas reflexiones generales en torno a la identificación a Estados Unidos como enemigo y las condiciones temporales e históricas de esta construcción.

Portada del número 1 de Cuadernos Americanos
Imagen 1. Portada del número 1 de Cuadernos Americanos. www.cialc.unam.mx

 

Cuadernos americanos: acercamientos teórico-metodológicos e históricos

Al acercarnos al estudio de Cuadernos Americanos como corpus, nos concentramos en la sección llamada “Nuestro Tiempo”, destinadas a temas de actualidad, principalmente referidos a Latinoamérica, y no a todo el contenido general de la publicación. Del mismo modo, se hace una selección de aquellos artículos que consideramos más relevantes a los objetos de la materia, al hacerlo, los trabajamos desde una perspectiva cualitativa. El análisis del discurso lingüístico se inscribe dentro de lo que Miguel Valles llama “paradigma interpretativo” (2000) y que como perspectiva teórica y metodológica “estudia la conversación y el texto en contexto” (Van Dijk, 2000, pág. 24) o, en otras palabras, estudia el discurso relacionado con las condiciones de su producción que nosotros identificamos con el plano internacional y la intelectualidad nucleada en torno a la revista.

Julieta Haidar (1998) plantea ocho propuestas para realizar dicho análisis, siguiendo estas posibilidades consideramos sólo aquel referido a la relación discurso-coyuntura, debido a que el interés que nos convoca, de acuerdo a nuestro objetivo de investigación, es reflexionar cómo el discurso sobre Estados Unidos en Cuadernos Americanos ha ido cambiando en consideración a los acontecimientos internacionales regionales que impactaron en la intelectualidad nucleada en torno a la publicación, así como la política exterior estadounidense condicionada por su vinculación con la URSS.

En lo que respecta a Cuadernos Americanos (Revista del Nuevo Mundo), es necesario realizar algunas observaciones generales sobre su origen, su conducción y su posicionamiento editorial. Si bien fue fundada en 1941, su primer número empezó a circular en 1942, correspondiente al bimestre de enero-febrero. Sin embargo, su historia se remonta más allá de ese año fundacional. Adalberto Santana sostiene que “no se puede hablar de su origen sin mencionar otra revista que la inspiró y a cuyo espíritu daría continuidad: España Peregrina, órgano de difusión de la Junta de Cultura Española en el exilio” (2012) que por cuestiones económicas sólo tuvo nueve números. Algunos de los miembros de la Junta, como Juan Larrea y León Felipe solicitaron ayuda a Jesús Silva Herzog, funcionario de la Secretaría de Hacienda, y a partir de aquellas conversaciones se conformó un proyecto editorial que daría a luz a Cuadernos Americanos.

Silva Herzog recordará:

La revista nació al calor de tres conversaciones de sobremesa entre los poetas Juan Larrea, León-Felipe, Bernardo Ortiz de Montellano y el que esto escribe. Resolvimos en nuestro entusiasmo editar una revista de ámbito continental, ante la urgencia de enfrentarnos con los problemas que reclamaba la continuidad de la cultura en aquellos años dramáticos de la Segunda Guerra Mundial. Pero ninguno de los cuatro teníamos recursos para tamaña empresa. Entonces acudimos a un buen número de amigos, de mediana y buena posición económica, solicitando su ayuda financiera. Tuvimos éxito completo, puesto que así reunimos la suma de treinta mil pesos. Todos cooperaron sin pedir nada en cambio, con desinterés y generosidad que cumplidamente agradecimos. Por eso yo he dicho muchas veces, siempre que viene a cuento, que Cuadernos Americanos es un milagro de la amistad (Silva Herzog, 1973). 

 

La revista se presentó frente a un grupo de importantes personalidades, entre los que destacaron los discursos de Alfonso Reyes y León-Felipe. En su nacimiento, ya podemos encontrar elementos que caracterizarían a la publicación. Frente al contexto de guerra mundial y la supuesta “cultura perdida” que se manifestaba en la contienda bélica producida en la cuna de la civilización occidental, América es interpelada. Al respecto, Alfonso Reyes afirmó: “Entendemos nuestra tarea como un imperativo moral, como uno de tantos esfuerzos por la salvación de la cultura, es decir, la salvación del hombre [...] La cultura no es, en efecto, un mero adorno o cosa adjetiva, un ingrediente, sino un elemento consustancial del hombre [...] Conservarla y continuarla es conservar y continuar al hombre” (1942, pág. 7). Frente al caos imperante, América es llamada a guardar y transmitir “las conquistas de la especie, cuanto es cultura en suma” (pág. 8). La coincidencia de inmigrantes europeos y americanos confluyeron en lo que Juan Larrea consideró un “producto de la estrecha colaboración creadora de hispanoamericanos y españoles, con miras a preparar el advenimiento de una cultura más universal y humana” (Larrea, 1992, pág. 31). La primera imagen del número, es acompañada de dos frases: “América es el porvenir del mundo” y “América, tú eres mi esperanza, tú estás llamada a salvar el mundo”, pertenecientes a Rubén Darío y Francisco Pi y Margall, respectivamente; mientras que la ilustración (el continente americano visto desde el aire e iluminado como por un reflector) es adjudicada a J. Renau. El “americanismo” es una presencia fuerte y constante en la publicación, al igual que la misión salvífica. La manera de salvar al mundo del caos y la catástrofe, será a través del diálogo, “mediante la cooperación de un puñado de hombres de buena voluntad” (Reyes, 1942, pág. 10) que conformaron, en este caso: Cuadernos Americanos.  El título no distingue América Latina, la envuelve, la cobija y considera parte integrante de un continente marcado por la unidad de la historia que ha considerado a las “Américas”, un nuevo mundo.

La condena y oposición a las corrientes totalitarias (fascismo italiano, nazismo alemán y franquismo español) fue expresa: para Silva Herzog todos estos movimientos niegan “la dignidad del hombre, los principios más elementales de la humanidad y las más altas conquistas de la civilización” (1973, págs. 7-8). Manuel Sierra, por su parte, considera que “gran parte de Europa se hunde en una acentuada desintegración moral, América es la única esperanza de salvación […ya que en nuestro continente se encuentran...] las reservas espirituales que encadenando la barbarie posibilitarán la resurrección de Europa” (1942, pág. 31). La tarea destinada a América “es salvar la continuidad de la civilización occidental” [y para ello se debe unir y organizar] “las profundas reservas de la fuerza cultural” (Frank, 1942, pág. 29).

A este marcado americanismo y misión salvífica de América se encuentra intrínseca la visión humanista de la publicación. La dignidad del hombre, es ultrajada por el contexto bélico internacional. La cultura, al igual que la guerra, es creación del hombre, y por tanto aquélla es la única capaz de recuperar el lugar del ser humano: “Gracias a nuestra América” [agrega Sierra, retomando a José Martí] volverá a iniciarse la marcha de la humanidad hacia una nueva era de libertad y civilización” (Sierra, 1942, pág. 32). Del mismo modo Silva Herzog agrega:

Todos han olvidado al hombre que es lo fundamental. Que no nos hablen de la ciencia por la ciencia ni del arte por el arte, sino del arte y de la ciencia al servicio del hombre. Que no nos hablen del progreso, de la cultura o de la civilización con alejamiento del interés concreto de la especie humana. El hombre es periferia y centro, medio y fin, irradiación y foco luminoso de él mismo. [...] Empero, todos lo han traicionado y han hecho del hombre su propia víctima sangrienta, su propio verdugo y el autor de su largo martirio [...] Al hablar del hombre pensamos en plural [...] nos referimos al hombre en todos sus variados aspectos y contenido múltiple, al hombre en su total integridad. Y al bienestar, a la felicidad y a los destinos superiores de ese ser complejo y contradictorio precisa subordinar toda actividad creadora: la estructuración económica, los sistemas políticos y sociales, la investigación científica y la obra de arte. Hay que buscar en un nuevo humanismo los materiales para construir el mundo del mañana (Silva Herzog, 1942, pág. 15).

 

Así, el humanismo proclamado se resume en colocar al hombre, su bienestar y su felicidad como prioridad. Por sobre lo material, se encuentra la cultura al servicio de la humanidad. La crítica indirecta hacia Europa, es que ha usado su creatividad, el progreso técnico y la ciencia para la destrucción. Ubicar al hombre en este contexto implica darle la prioridad que se merece, sin distinción de raza o género. América, frente al fin de Europa, toma la posta por su experiencia histórica, su potencia cultural y reservorio de humanismo que el viejo continente ya no tiene.  

 

Estados Unidos: el “buen vecino”

Cuadernos Americanos empezó a circular a principios de 1942, en un contexto marcado por la Segunda Guerra Mundial. Los discursos inaugurales, así como el contenido de sus primeros artículos, manifestaban el sentir general de sus miembros: la esperanza en el hombre, en la cultura y en América.  Y aunque existe cierta duda de que el “grito salvador” pueda provenir de los Estados Unidos “porque lo apagarían las voces imperativas de los financieros” (Silva Herzog, 1942, pág. 15), la percepción de Norteamérica no es necesariamente negativa. Por el contrario, se observa la esperanza generalizada de una América que incluye a la región sajona a partir de la construcción de la solidaridad continental “como norma definitiva en la conciencia de América” (Sierra, 1942, pág. 32). Tal construcción es racional y voluntaria, y exige que se sustituyan, como sostiene Sierra, 

para siempre en las relaciones de los Estados Unidos con la América Hispánica los sistemas imperialistas por la mutua colaboración; la ambición de hegemonía política y económica por un esfuerzo común hacia la leal consideración de los problemas de interés general y los atropellos de la fuerza por el imperio de la ley (1942, pág. 31).

 

Las “Américas” se relacionan con la idea de dos “medios mundos” donde “cada uno necesita lo que el otro tiene” [...] “revela una tierra común, un destino común (Frank, 1942, pág. 38). Es decir, se espera que Estados Unidos continúe con la línea de conducta de solidaridad y apoyo hacia el subcontinente, y reemplace definitivamente la actitud histórica caracterizada por la intervención directa, la imposición y la actitud de superioridad.

Desde 1933, el presidente Franklin D. Roosevelt había inaugurado una política exterior con características muy distintas a las aplicadas hasta entonces (Doctrina Monroe, Diplomacia del dólar y del Gran Garrote, por ejemplo). La estrategia diplomática implementada se caracterizó por la no injerencia y la no intervención en los asuntos domésticos de los países latinoamericanos. Buscó estimular el intercambio comercial y los acuerdos bilaterales en condiciones de igualdad, y dio por cancelado la diplomacia de las cañoneras.

Desde la VII Conferencia Interamericana en Montevideo (1933), Estados Unidos empezó a mostrar una actitud más favorable hacia las naciones latinoamericanas y suscribió la Convención sobre Derechos y Deberes de los Estados, que contenía el principio de no intervención en los asuntos internos, (aunque con reservas). En la Conferencia de Consolidación de la Paz en Buenos Aires (1936), esas reservas desaparecieron al adherirse al Protocolo Adicional relativo a la no intervención, que declaraba "inadmisible la intervención (de cualquiera de las partes) directa o indirectamente y sea cual fuere el motivo, en los asuntos interiores o exteriores de alguna de las otras partes". Estados unidos también suscribió la Declaración sobre Solidaridad y Cooperación Interamericana, que proponía las consultas y colaboración en caso de guerra internacional fuera del continente. En 1938, en la VIII Conferencia Panamericana de Lima, se firmó la Declaración de Principios Americanos que fomentó la confianza en Latinoamérica de que Estados Unidos había aceptado el principio de igualdad jurídica de los Estados, la independencia y una posición favorable a la no intervención.

Los acercamientos entre las Américas, se consolidaron a partir de la Segunda Guerra Mundial. Latinoamérica se inclinó a favor de Estados Unidos, especialmente desde la Conferencia de Río de 1942 donde se recomendó la ruptura con los países del Eje. El contexto global unificó a la región tras la causa aliada, frente a esta situación, la posición de Cuadernos Americanos fue clara: apoyo irrestricto a Estados Unidos con la delimitación de un enemigo determinado: el totalitarismo.[1] Sierra expresaba que: “El espíritu que animó a la Conferencia fue no sólo el de buscar los medios más expeditos para la defensa del Continente sino para coadyuvar al triunfo de la causa que los Estados Unidos defienden” (1942, pág. 47). 

Tomar parte por los aliados, no significaba ignorar las debilidades en el sistema político norteamericano que se apoyaba en los “arcaicos principios de la democracia política y de la libertad política también” (Silva Herzog, 1942, pág. 14) y que había beneficiado sólo a una minoría. Sin embargo, el totalitarismo, encarnaba algo peor: el expansionismo territorial y el rechazo a las instituciones y a los valores liberales entre los que se encuentran la condena al autoritarismo, el respeto al sistema constitucional y al imperio de la ley o libertades tales como la libertad de opinión, la libertad política, de expresión, etcétera (Hobsbawm, 1998, pág. 117).

El totalitarismo “trata de ocupar todos los espacios geográficos” proclamando “la superioridad de una raza sobre todas las demás” (Silva Herzog, 1942, pág. 14) y es la imposición quien construye el derecho, basado en la voluntad del jefe del Estado, siendo la figura del líder, fundamental en su funcionamiento. Tal sistema tiene como característica central el autoritarismo: “consagra la fuerza y la coloca por encima de todos los derechos” (pág. 14). En el caso particular de Estados Unidos, se supone que ya satisfizo sus ambiciones territoriales, su “espacio vital” se encontraba consolidado. El interés “casi febril” era “el desarrollo del intercambio comercial con las naciones americanas y en que éstas, en un momento dado, puedan eficazmente coordinar sus fuerzas y articularlas con las de los Estados Unidos en un plan de defensa común” (Sierra, 1942, pág. 18). No sólo la actitud intervencionista y expansionista norteamericana había, aparentemente, cambiado, sino también su política económica hacia la región y la consideración de una necesaria solidaridad continental. La idea de unidad atraviesa la publicación, a veces como realidad, y otras como potencia, pero en ambos casos, destacadas en términos positivos. En otros términos: “La unión de las Américas es necesaria y buena en sí y por sí” (De la Selva, 1942, pág. 52). Se trata de un apoyo moral, político y económico, no necesariamente militar. La Conferencia de Río (1947) recomendó la ruptura de relaciones con los países del Eje, pero no exigió la declaración de guerra. La unidad se basó en lazos de solidaridad y apoyo conjunto.

Cuadernos Americanos condenó el fascismo italiano, el régimen franquista y en menor medida, (por ser hasta entonces un aliado), el régimen soviético. La defensa de la integridad territorial americana, de los valores de la humanidad y la cultura se hacían uno en el ideario de los miembros de la Revista. Por otra parte, el contexto internacional marcado por el ingreso formal de la guerra al continente a partir de los ataques de Pearl Harbor (1941), permitía divisar un “peligro común [que] une a los pueblos” (Sierra, 1942, pág. 30) en pos de la seguridad, la paz y la conservación de la cultura y el humanismo. Las “Américas” se necesitaban, así lo hacía notar Waldo Frank: “Tenemos algo más que la tierra común. La necesidad común de nuestras fuerzas vecinas para vencer nuestra debilidad” (1942, pág. 38).

Finalmente, Sierra reconoce que “los ideales superiores [también] poseen la virtud de coaligar a su alrededor naciones aún de las más disímbolas características. Los principios democráticos que precedieron a la independencia de las colonias inglesas y españolas de América, creando entre ellas un nexo espiritual, vuelven a ser nuevamente su lazo de unión” (1942, págs. 30-31). No se trataba de considerar las diferencias históricas sino las similitudes basadas en la condición de humanidad, primero, y en la solidaridad continental, después, sostenida en la cercanía geográfica y la idea de una misión salvífica como reservorios de cultura, cultura que en Europa desvanecía la guerra.

 

El fin de la Guerra ¿y ahora qué?

Manuel Sierra sostenía que el valor de la “Política del Buen Vecino” dependía de su continuidad (1942, pág. 30). La figura que había potenciado la imagen de Estados Unidos en términos favorables fue el presidente Franklin Delano Roosevelt. No sólo había dado forma y contenido a la política exterior estadounidense tras la crisis del 29, sino que, de su mano, la guerra se aproximaba a su fin. Tal era su nivel de aceptación política, que fue reelegido para un cuarto mandato. En este contexto, América Latina podía sentirse segura, no obstante, el mundo tras la finalización de la guerra no sería el mismo, y Estados Unidos en este nuevo escenario, tampoco. Los primeros cambios se observaron en el desarrollo de las Conferencias de Chapultepec realizadas en México, del 21 de febrero al 8 de marzo de 1945. Daniel Cosío Villegas advirtió claramente las diferencias entre América Latina y Estados Unidos en un contexto de transformación internacional mundial. Las distancias principales respondieron a las cuestiones económicas que trajo aparejado el reordenamiento de posguerra, sin embargo, estas divergencias también respondieron al nuevo papel que adquiriría los Estados Unidos: de potencia regional a indiscutible potencia mundial, de aislamiento tradicional a intervención en asuntos de carácter global, de prioridades económicas a una agenda marcada también por la “securitización”. Se lamentaba Cosío Villegas:

quien ha expresado la angustia de América Latina, masa informe atada a la causa de Estados Unidos resueltos ya a intervenir en todo el juego peligrosísimo de una política de poder universal. En la Conferencia misma han sido los norteamericanos los encargados de advertirlo con ese regocijo de última hora que le ha entrado al asegurar que, al fin son ahora global minded. […] El problema era que “Estados Unidos, contrario a su política tradicional de siglos, intervendrá en todos los aspectos del juego político internacional” (Cosío Villegas, 1949, págs. 157- 158).

 

Lo que, para América Latina, por su experiencia histórica, era un presagio de peligro. Asimismo, Cosío Villegas agregaba:

Para un país como Estados Unidos o Inglaterra, la meta de la “seguridad” puede, en efecto, ser la primera y si se requiere la única; pero es muy distinta la situación de los países hispanoamericanos, de una economía semifeudal y estática. A ellos apenas va llegando el eco de la “revolución social más grande de la historia”: la Revolución industrial del siglo XVIII” (Cosío Villegas, 1949, pág. 157).

 

La diferencia entre Estados Unidos y América Latina era abismal: mientras que el primero ya era un país desarrollado, el subcontinente recién daba los primeros pasos para salir de una economía atrasada y agrícola.

El ascenso de Norteamérica era ineludible, y la reorganización del mundo bajo su influencia, inevitable. La situación que se perfilaba, abría dudas en cuanto al lugar que ocuparía Latinoamérica en la política exterior de la nueva indiscutible potencia. Roosevelt había declarado ante el Congreso de su país en 1943 su intención de extender la “Política del Buen Vecino” al mundo entero como siguiente paso lógico. Frente a tal afirmación, su reelección en 1944 trajo cierta tranquilidad a América Latina, no obstante, esa paz se rompió con su muerte repentina, el 12 de abril de 1945. Harry Truman, su vicepresidente, ocupó su lugar. El año 1945 fue un año bisagra, pues

comienza a perfilarse ya [sostenía Francisco Ayala] el fundamental cambio de la estructura política del mundo que ha de ser el resultado de la actual compulsación bélica. El cierre de las operaciones militares -previsiblemente próximo- anuncia la organización del planeta alrededor de una breve constelación de potencias mundiales (cuatro según declaraciones oficiales, de hecho tres, o quizá tan sólo dos) (1945, pág. 49).

 

En efecto, políticamente, el Consejo de Seguridad de las flamantes Naciones Unidas (ONU) se estructuró en torno a cinco potencias, mientras que militar, ideológica y económicamente, se consolidó un sistema bipolar: un nuevo periodo histórico conocido como Guerra Fría,[2] que condicionó las relaciones de Estados Unidos con el resto del mundo. La “Política del Buen Vecino” se fue transformando radicalmente hasta el lanzamiento de una nueva estrategia política exterior al calor de la Guerra Fría: la política denominada “contención”.[3]

La misma, fue elaborada por George Kennan, quien había trabajado en la Embajada estadounidense en Rusia entre los años 1944-1946. Para explicar la visión rusa del mundo, envió un telegrama hacia Estados Unidos en 1946 (conocido como “Telegrama Largo”) con los elementos fundamentales que la estrategia de vinculación con la URSS debería poseer. Más tarde, publicaría un artículo bajo el seudónimo de Mr. X en Foreign Affairs con los lineamientos básicos de su propuesta: el fundamento de cualquier política exterior debía estar sostenida en una “contención de largo plazo, paciente, firme y vigilante de las tendencias expansivas rusas” (1947).

La influencia soviética en los Balcanes, especialmente en la Guerra Civil Griega, llevó a Harry Truman a pronunciar su famoso discurso en el Congreso de Estados Unidos. El 12 de marzo de 1947 se estableció la doctrina que llevaría su nombre, la misma consistió en prestar ayuda a los pueblos libres que resisten intentos de subyugación por minorías armadas o presiones extranjeras. “El punto central recogido en esta doctrina es, por lo tanto, la necesidad de contener el avance del comunismo en aquellos puntos con un interés estratégico para Estados Unidos, de forma similar a lo planteado por Kennan en su famoso artículo” (Tovar Ruiz, 2011, pág. 169).  Hay que destacar, sin embargo, que la actitud de Truman estuvo marcada por la prudencia y no permitió “cruzadas por la democracia”, así, la estrategia norteamericana se desarrolló en una forma selectiva y flexible (pág. 170). Las consecuencias prácticas a la realidad del momento fueron la conformación de numerosas instituciones de enorme importancia para la seguridad internacional como el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), producto de la Conferencia de Río de 1947, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), considerada por Tovar como la

piedra angular de las relaciones transatlánticas durante mucho tiempo, el Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos, el Departamento de Defensa, el Plan Marshall –donde intervino el propio Kennan– o, indirectamente, la propia Comunidad Económica Europea (CEE) (pág. 171).

 

La selectividad y flexibilidad mencionadas, impidieron que Estados Unidos se impusiera en América Latina. No obstante, las palabras que Truman expresó, dejaban entrever su intención intervencionista, principio histórico por el cual la región había luchado. Paralelamente, podía observarse una profunda desatención en las cuestiones económicas hacia la región latinoamericana, poco a poco la visión que Estados Unidos adquirió fue la de los viejos y tradicionales matices negativos.

Silva Herzog albergaba la esperanza de que la “Política del Buen Vecino” fuese un “anhelo sincero de justicia internacional” [al punto de] “convertirse en doctrina con arraigo profundo en el corazón de todos los pueblos del Continente” (Silva Herzog, 1945, pág. 64), no obstante, los hechos demostraron que tales deseos no eran más que una inocente ilusión. Gustavo Polit, un año después declaraba: “La política del “Buen Vecino” proclamada por Roosevelt [...] parece hoy algo que perteneció a una edad ya enterrada bajo el polvo de los siglos” (1946, pág. 24). Tenía razón.

Cartel alusivo al Tío Sam
Imagen 2. Cartel alusivo al Tío Sam. www.loc.gov

 

Otra vez el imperialismo yanqui                  

A partir de los cambios mencionados, Estados Unidos dejó de ser visto como ese “buen vecino” que la política exterior de Roosevelt permitió construir. No obstante, no existieron acciones directas que llevaran a definirlo en las antípodas de esa imagen, es decir, como un “mal vecino” o un Estado imperialista clásico: en el periodo no existieron intervenciones de tipo tradicional ni presiones abiertas. Las críticas estuvieron más bien relacionadas al soslayo estadounidense de la situación económica de América Latina, existiendo una desconsideración a la región en ese aspecto, no así en términos estratégicos militares (el TIAR y la OEA son ejemplos tal importancia). La prioridad se concentró en las zonas devastada de Europa y Asia a las cuales se destinó el Plan Marshall, mientras que de América Latina se esperaba su recuperación basada en la afluencia de capitales privados y en la desregulación del mercado. Se trataba de un imperialismo de tipo económico. Estados Unidos ya no es comparable a un “buen vecino” sino a “una presa que se desborda”. Silva Herzog explica que:

los países superindustrializados han menester para continuar su línea ascendente, tanto de mercados para sus productos como de materias primas. Con tal propósito adquieren en las naciones atrasadas materias primas baratas por medio de la explotación de los trabajadores indígenas y logran la venta de mercancías a bajos precios, lo cual es obstáculo para la industrialización de estas naciones. En otros términos, los capitales excedentes se desbordan e invaden las zonas geográficas vecinas o lejanas, de la misma manera que el agua, cuando en abundancia se precipita por las corrientes que surten la presa que la contiene, sobrepasa la cortina y cae y fluye, inundando las comarcas próximas o distantes. Esto es lo que es imperialismo económico [...] (1947, pág. 65).

 

Es, en términos de Lenin (recuperado por Silva Herzog), la etapa superior del capitalismo. La percepción positiva de la “Política del Buen Vecino” llega a su fin. La denominación de “imperialismo económico” es destacada por varios intelectuales de la Revista también, como Mariano Picón Salás (1947, pág. 67), y Fernando Ortiz (1947, pág. 70). Mientras que Ezequiel Martínez Estrada refiere a tal problema como “imperialismo típico norteamericano” (1947, pág. 80), Daniel Cosío Villegas, Gustavo Polit (1946, pág. 29) y Waldo Frank simplemente lo llaman “imperialismo” (1947, pág. 87; 1947, pág. 87), y Joaquín García Monge lo considera de modo ampliado como “imperialismo espiritual” (1947, pág. 69). En todos los casos, se trata de demarcar el fin de una situación (“Política del Buen Vecino”) y el inicio de otra, distinta al colonialismo clásico, pero igual de injusta: el “imperialismo”.

Estados Unidos se había alejado de la región, desinteresándose en ella y poniendo atención primordialmente en la reconstrucción de Europa y Asia, lo que lo convirtió en un foco de crítica por parte de la intelectualidad nucleada en torno a Cuadernos Americanos. No sólo por tal desprecio hacia Latinoamérica, sino por la “hipocresía” del Departamento de Estado al sostener, apoyar y fomentar dictaduras afines a sus intereses económicos e ideológicos sin correlación con un discurso basado en la democracia y la libertad, sin consideración de las necesidades del subcontinente. Silva Herzog lo denuncia de la siguiente manera: “Paz, libertad y democracia. Hermosas palabras que van perdiendo su auténtico significado. Se pronuncian en voz ronca e insegura en medio del pantano” (Silva Herzog, 1951, pág. 70). Y agrega:

ninguna persona honrada puede negar, que las armas entregadas por los Estados Unidos a las dictaduras latinoamericanas para la defensa del continente, para la defensa de la justicia, la democracia y la libertad se han utilizado para asesinar en sus propios territorios la libertad, la justicia y la democracia (Silva Herzog, 1952, pág. 62).

 

Frente al pragmatismo estadounidense que sólo vela por sus intereses y contradice sus discursos con sus acciones. Silva Herzog se pregunta: “¿Es que hay dos balanzas y dos medidas? ¿Es que sólo cuentan los intereses económicos y estratégicos y [qué, de] los intereses supremos del hombre? [...] ¿y la democracia? ¿y la libertad?” (Silva Herzog, 1951, pág. 71).

El imperialismo norteamericano es el responsable de convertir a Estados Unidos en “malos vecinos”. Se condena la falsa retórica de la defensa de la democracia que contrasta con la actitud de sus “funcionarios belicistas” y “los multimillonarios dueños de acciones de las grandes trust industriales, bancarios o comerciales, cuyos pequeños grandes intereses se hallan simbolizados en el nombre de una calle estrecha y vacía: Wall Street” (Silva Herzog, 1950, pág. 10). El capitalismo salvaje transformó la relación de los Estados Unidos con el resto de América evocando trágicamente, angustia, explotación y muerte a costa del desarrollo económico norteamericano (ídem.). La Guerra Fría trajo consigo relaciones frías entre Estados Unidos y América Latina, una nueva política exterior que no sólo excluye a la subregión, sino que también proclama el unilateralismo estadounidense disfrazado en el consenso de organismos internacionales. Desde entonces, ya no se volverá a hablará del “buen vecino” como tal.

 

Volvieron los “malos vecinos”: tiempo de intervenciones

Las intervenciones de Estados Unidos en Guatemala (1954), Cuba (1961) y República Dominicana (1965) se enmarcan en la contención del comunismo, no obstante, la política exterior norteamericana hacia la región en cada una de las coyunturas contiene matices.

En términos generales, Carbone afirma que:

al observarse signos de ‘peligrosos’ giros a la izquierda (evidenciados por políticas de neutralidad internacional, nacionalismo económico, reforma agraria, etcétera.), las “políticas de contención” se centraron en presiones y represalias económicas y/o políticas, y -como último recurso - contemplaron la intervención de los “marines” o del accionar de la CIA (Central Intelligence Agency); pero sin que ello significase para Washington una mayor preocupación (2006, pág. 8).

 

La excepción, será el caso cubano en la crisis de los misiles del año 1962.

En resumen, se buscó consolidar la solidaridad hemisférica para salvaguardar al continente de la agresión externa, un apoyo estratégico defensivo propio de los intereses norteamericanos. Los partidos llamados comunistas que existían en América, eran partidos minoritarios que carecían del apoyo popular o de una base organizativa sólida. En consecuencia, Valeria Carbone considera que no existían razones para la elaboración de una política exterior dirigida específicamente a la región. Se hizo hincapié en la cooperación, el mantenimiento del statu quo y la protección de los intereses de las empresas estadounidenses (Carbone, 2006, pág. 9).

Dwight Eisenhower llegó a la Casa Blanca en enero de 1953. Consideraba a América Latina como una región subordinada e importante sólo en términos geoestratégicos. El nuevo modelo de vinculación internacional[4] fue denominada New Look, y contuvo un principio fundamental: el de la represalia masiva, es decir que no se permitiría el avance de la URSS bajo ningún aspecto, utilizando el poderío militar, especialmente el nuclear, se disuadiría cualquier intento de cambio en las relaciones de fuerza entre las potencias.

Guatemala en 1954, es el primer ejemplo de intervención indirecta en el marco de la Guerra Fría. Haciendo uso de la asociación del reformismo que se estaba produciendo en ese país, con el comunismo, se interrumpió el proceso revolucionario. En realidad, lo que se estaban afectando eran los intereses económicos de empresas estadounidenses. La CIA dio apoyo logístico, financiero y material.

El caso de Cuba, también ingresa dentro de la categoría de intervención encubierta. No obstante, el desembarco en Bahía de Cochinos (1961) fue un verdadero fracaso. La operación en la Isla fue heredada a la nueva administración de John F. Kennedy (1961-1963) por Eisenhower. Sin embargo, los resultados de la misma, obligarían a Estados Unidos a colocar a la región en un lugar de mayor importancia, priorizando los aspectos económicos y los vínculos cordiales. 

La Revolución Cubana desde sus inicios en 1959, marcó fuertemente a Cuadernos Americanos y al mundo. El fracasado desembarco en Playa Girón, la declaración de ser una “revolución socialista” posterior, la crisis de los misiles, el asesinato de Kennedy, y la construcción de Cuba como símbolo de bastión antiimperialista, llevaron al nuevo presidente Lyndon B. Johnson (1963-1969) evitar cualquier tipo de revuelta o revolución similar en su área natural de influencia. Frente a un caso semejante, el de República Dominicana, la intervención norteamericana, fue directa.

A continuación, mencionaremos el posicionamiento general de Cuadernos Americanos respecto de cada caso:

 

Guatemala

Existe una mirada positiva del proceso democrático iniciado en Guatemala con la caída de Jorge Ubico en 1944, que coloca los acontecimientos en un nivel análogo a los sucedidos en México con la Revolución. El proceso se entiende como un “fenómeno sin correlación” en América, y es descrito, además, como una “isla de esperanza” (Monteforte Toledo, 1951, pág. 7). En un artículo previo al golpe de Estado, se dedican numerosas palabras a expresar las bondades de las transformaciones que se produjeron en Guatemala, se pone foco en la necesidad de una reforma agraria y en la enorme influencia de la United Fruit Company (UFCO) en el país, esperanzados en que Jacobo Árbenz, nuevo presidente electo, cumpla con ese pendiente (ídem.).

La solidaridad de Cuadernos Americanos con Guatemala se manifestó antes de la invasión encabezada por Castillo Armas y orquestada por la CIA. Así, el 9 de enero de 1954, en la cena anual del decimotercer aniversario de la fundación de la publicación, fue invitado Luis Cardoza y Aragón, intelectual y político guatemalteco protagonista directo del movimiento democrático que experimentaba su país. Su discurso, fue publicado en el número 2 correspondiente a los meses marzo-abril de 1954, con una introducción que expresaba el sentimiento generalizado de empatía. Se relata que: “al tocar su turno a Cardoza, los asistentes se pusieron de pie y aplaudieron durante varios minutos como justo homenaje a la hermana Guatemala, víctima de ataques calumniosos inspirados por turbios intereses económicos” (AA.VV., 1954, pág. 55). El miedo al intervencionismo tradicional de Estados Unidos, llevó a que Cuadernos Americanos pusiera énfasis en los logros alcanzados por los gobiernos de Arévalo y Árbenz, y a criticar el papel perjudicial de la UFCO en el país, que se había convertido en “un Estado dentro del Estado” (Cardoza y Aragón, 1955). Las cifras confirmaban la legitimidad de las reformas, y anulaban cualquier asociación con el comunismo internacional.

La defensa de la no-intervención, la autodeterminación, la exaltación de la democracia popular y el antinorteamericanismo como corolario del antiimperialismo se hicieron patentes. El temor a que la “primavera guatemalteca” se convierta en invierno se volvió real.

La contención al comunismo por parte de Estados Unidos, sirvió como excusa para justificar la interrupción de cualquier movimiento democrático, social y político que afectase los intereses económicos de las empresas norteamericanas. Todo movimiento subversivo y nacionalista contrario a la estrategia estadounidense fue etiquetado de inspiración comunista y condenado directamente. La Revista, desde entonces, ve a Guatemala como un ejemplo frustrado e interrumpido de nacionalismo revolucionario y popular y es una remisión constante asociándolo con el caso cubano.

 

Cuba

El caso cubano es un proceso que atraviesa a la revista de diversos modos. Identificamos cuatro hitos. Primeramente, la Revolución Cubana de 1959, en segundo lugar; el desembarco fallido en Bahía de Cochinos el 16 de abril de 1961 y la posterior declaración del carácter socialista de la Revolución; en tercer lugar, la Conferencia de Punta del Este donde se lanzó la Alianza para el Progreso (agosto del mismo año); y en último lugar, la Crisis de los Misiles de octubre de 1962. El tratamiento que hace Cuadernos Americanos de la Revolución Cubana merece un artículo de tratamiento exclusivo, por lo cual aquí sólo resumiremos el impacto de estos hechos.

En cuanto a los inicios de la Revolución, la misma es vista de manera positiva. Antes de su triunfo, se presenta a Cuba como “vergüenza y ejemplo”. Vergüenza en tanto que Fulgencio Batista era la muestra de la peor “dictadura a la latinoamericana”, y ejemplo; dado la lucha que su pueblo había emprendido en el afán de liberarse de su régimen dictatorial de sus hombros” (Echanove, 1958, pág. 55). Las dictaduras son condenadas por la intelectualidad en torno a Cuadernos, y se exalta la democracia. Independientemente de una postura pacifista, la lucha armada en este sentido, es justificada. Cuba era una luz en la oscuridad del autoritarismo latinoamericano y demostraba, que “por fortuna, no en toda la América Latina las dictaduras [podían] imperar impunemente” (ídem.).

El optimismo que permea la publicación es notorio.[5] El nuevo gobierno cubano aplicó la reforma agraria expropiando tierras. También inició los primeros pasos hacia la expropiación de las empresas privadas y las propiedades extranjeras, y emprendió contactos con la URSS para contrarrestar la influencia norteamericana.[6] Tales decisiones afectaron los intereses económicos de empresas estadounidenses en Cuba, así como la idea de “seguridad” que tenía Estados Unidos. Kennedy heredó el proyecto de invasión a la Isla de Eisenhower, no obstante, el fiasco que el desembarco representó, acentuó el latinoamericanismo de la revista y afianzó a Cuba como un símbolo del antiimperialismo. Cuadernos se colocó en la cúspide de la defensa de la libertad, la soberanía y la autodeterminación de los pueblos, en contra de la intervención, el sometimiento y la manipulación de los intereses mundiales. Se destacó el “noble principio de la reforma agraria” que sostiene que “debe entregarse la tierra a quien la trabaja” (1960, pág. 46) con el fin de beneficiar, según sostiene Roa Kouri, a “la población rural y al proletariado agrícola [que había sufrido por años] desempleo, subalimentación, analfabetismo, enfermedades, muerte prematura y estancamiento” (pág. 46). Cuadernos Americanos defendió la revolución y destacó sus logros, tanto de la reforma agraria como en los aspectos culturales y sociales.[7] Esta defensa encuentra un paralelismo en los ideales fundadores de la Revista, que consideraron a la cultura y a la ciencia como elementos integrales de la superación moral e intelectual del hombre. A la luz de las reformas educativas y sociales aplicadas en Cuba, Jesús Silva Herzog recuerda esta concepción propia de la publicación respecto de la cultura:

queremos que nuestros pueblos no sólo se desarrollen en el terreno material, sino paralelamente en lo que atañe a los altos valores del espíritu, de aquí la importancia que hay que conceder a la difusión de la alta cultura, por supuesto, sin menoscabo de la educación popular. No hay que olvidar que la cultura superior no es ni debe ser patrimonio de pueblos ricos, sino de todos aquellos que no están dispuestos a quedarse a la zaga de la civilización (Silva Herzog, 1961, págs. 12-13).

 

Como observamos, la defensa de Cuadernos Americanos de la Revolución Cubana no era solamente en sus aspectos económicos, sino también una defensa en sus aspectos socio-culturales, una batalla simbólica por la cultura, es decir, una lucha cultural. Loló de la Torriente en este mismo sentido reafirma a Cuba como “trinchera”, encaminada a transformar las mentalidades de las generaciones cubanas por venir, y que - según esta perspectiva - permitirían sacar a Cuba del “enquistamiento semi-feudal y colonialista al que por años había estado sometida, para alcanzar así su plena libertad material y espiritual” (De la Torriente L. , 1960, pág. 23). En este primer momento, Cuadernos Americanos mantendrá su defensa de la Revolución Cubana, sosteniendo que no existía motivación adicional por parte de Cuba que conquistar “la soberanía nacional, la independencia económica y el bienestar social” (pág. 13).

El deterioro de las relaciones norteamericano-cubana se profundizaron: en junio de 1960, Cuba compró petróleo crudo a la URSS y las compañías petroleras extranjeras se negaron a refinarlo, el resultado fue la expropiación y la cancelación de la cuota azucarera por parte del gobierno estadounidense como respuesta. Castro radicalizó sus medidas expropiando todas las grandes empresas norteamericanas en el país, y Estados Unidos endureció su postura prohibiendo el comercio exterior con la Isla. En julio de 1960, la URSS y Cuba firman un acuerdo militar para impedir la intervención norteamericana. Cuadernos Americanos mantuvo su postura de defensa del gobierno revolucionario, acentuando su discurso antinorteamericano. La asociación que hacía Estados Unidos del gobierno cubano con el comunismo, fue rechazada, y considerada una estrategia para la intervención, remembrando el caso guatemalteco. Así se expresaba Alfredo L. Palacios:

Las fuerzas contrarrevolucionarias y primordialmente la plutocracia norteamericana, atacan al movimiento de liberación con infundios despreciables. Acusan de comunistas a los líderes, así como a las medidas básicas: reforma agraria, ley de alquileres, de minas y especialmente de petróleo. Antes, con el mismo pretexto [...] se aplastó a Guatemala [...] No se trata de infiltración del comunismo, pues el gobierno de EUA sabe mejor que nadie que no existe, ni del restablecimiento de las relaciones diplomáticas con la URSS que existe en todos los países civilizados, lo que hay es la pretensión del fuerte que quiere mantener al pueblo cubano en la sumisión (1960, pág. 37).

 

En enero de 1961, Estados Unidos rompe relaciones diplomáticas con Cuba, y en abril se produce el intento fracasado de invasión con la posterior declaración del carácter socialista de la Revolución. El hecho generaría enormes críticas hacia el gobierno norteamericano, aumentando el fervor revolucionario en el continente y la defensa de la Revolución Cubana que se conformaba cada vez más, como un símbolo de resistencia antinorteamericana y antiimperialista. En la Revista, se publicó el discurso de Luis Padilla Nervo, delegado mexicano en las Naciones Unidas, que manifestaba su preocupación por la tensión entre el gobierno norteamericano y cubano, y que defendía la libre determinación de los pueblos, la no intervención, el derecho a la integridad territorial y la independencia política de los Estados (1961). Cuadernos Americanos, también publicó una carta firmada por varios profesores de la Universidad de Harvard (previamente publicada en New York Times) que criticaba y denunciaba a Estados Unidos. La invasión de Bahía de Cochinos y la actitud hostil estadounidense había colocado al “antinorteamericanismo como tema central de la política latinoamericana” (AA. VV., 1961, pág. 33).

La administración Kennedy, en razón de tal malestar, se vio obligado a cambiar su política exterior hacia América Latina y aumentar su importancia. Ejemplo de ello es la Alianza para el Progreso (ALPRO) que contemplaba la inversión de 20,000 millones de dólares durante un periodo de diez años, para fomentar el crecimiento económico, la estabilidad política y el desarrollo. Latinoamérica, pasó a ser una zona de alta prioridad en la agenda de contención del comunismo. No obstante, el antinorteamericanismo y el escepticismo de las buenas intenciones de Estados Unidos ya era un hecho. La necesidad de contar con el apoyo para comerciar con “precios justos” siguió siendo un reclamo (Silva Herzog, 1963, pág. 17). Paralelamente, el gobierno norteamericano implementó una política de contrainsurgencia, dirigida a acabar con las guerrillas de la región, que surgieron al calor del ejemplo cubano. Washington proporcionó adiestramiento y equipo a militares latinoamericanos con el objetivo claro de evitar insurrecciones o casos similares al cubano.

En la Conferencia de Punta del Este de 1961, se lanzó la ALPRO, se expulsó a Cuba de la OEA afirmando que el marxismo-leninismo era incompatible con los principios democráticos del sistema interamericano y se puso de manifiesto la importancia de la región. Cuadernos Americanos no estuvo de acuerdo con la expulsión cubana y justificó su posicionamiento en el hostigamiento que Estados Unidos había provocado. Del mismo modo negó el carácter real del “marxismo-leninismo” de Castro, ya que fueron las circunstancias opresivas que empujaron a Cuba hacia ese camino (AA. VV., 1962).


Imagen 3. www.eacnur.org

 A partir de ese momento, el discurso, además de antinorteamericano y anti-intervencionista, consolida los matices antiimperialistas, incluyendo bajo la etiqueta de imperialista también a la Unión Soviética y ampliando la idea de imperialismo a aspectos más allá del económico. Discurso que se acentúa después de la Crisis de los Misiles de octubre de 1962, donde Estados Unidos y la URSS llegan a acuerdos bilaterales para desmantelar los misiles colocados en Cuba, sin consulta alguna a Fidel Castro.

Los Estados Unidos han ampliado su potencia económica combatiendo al comunismo; al mismo tiempo que la URSS amplía su influencia política mostrando los atropellos a que puede llegar el capitalismo pretextando luchar contra el comunismo. En América Latina se ha vivido esta doble presión, este juego en el que los contendientes obtienen ventajas, no tanto a costa del adversario como a costa de los pobres países que sirven de premio o botín. Aquí la Guerra Fría [...] ha servido para frenar toda demanda de reivindicación nacionalista [...] pretextando que la misma no era sino una forma de presión del comunismo internacional que habría que resistir (Zea, 1960, pág. 14).

 

En el contexto de crisis de los misiles, Cuba nuevamente encontró el apoyo y defensa de Cuadernos Americanos. Se argumentará que los misiles fueron colocados allí en carácter defensivo y se justifica el apoyo soviético de la siguiente manera: [a la URSS] “le asiste el derecho legal de proporcionar ayuda militar a Cuba para objetivos defensivos, lo mismo que el gobierno norteamericano le asiste el derecho de dar este tipo de ayuda a sus aliados…” (Shick, 1963, pág. 119). Esta condena a la política imperialista se venía condensando frente al actuar de la URSS en los Estados rebeldes de su bloque como los conocidos casos de Yugoslavia en 1948 y Hungría en 1956. Silva Herzog cuestionaba: [Si se] “discrepa en algo de la política internacional del Departamento de Estado, se le cataloga de comunista. Del otro lado, si el mismo sujeto critica en alguna forma a la Unión Soviética se le moteja de lacayo del imperialismo. ¿Y cómo puede una misma persona al mismo tiempo ser comunista e imperialista? (Silva Herzog, 1960, pág. 44). Se observa, en términos generales, una defensa de Cuba, de su revolución legítima, pero también el malestar de la intervención norteamericana. El imperialismo se divisa en las actitudes soviéticas y norteamericanas, por lo cual la defensa es de los pueblos en su sentido amplio, independientemente de los aspectos ideológicos. 

 

Dominicana

En diciembre de 1962, Juan Bosch es elegido presidente de República Dominicana. La esperanza democrática fue efímera siendo derrocado y dando origen a una profundización de la crisis económica, social y política. La situación era tal, que un grupo de “leales” (ex trujillistas) formaron una junta encabezada por el coronel Pedro Benoit y pidieron la intervención estadounidense a la embajada norteamericana. Benoit afirmó que el movimiento constitucionalista estaba dirigido por “comunistas” y castristas. Johnson, sucesor de Kennedy tras su asesinato en 1963, no permitiría una nueva Cuba y ante el fantasma soviético avaló la intervención directa. Sin dudas, es el parteaguas en las relaciones de Estados Unidos con América Latina. Cuadernos Americanos mantuvo la defensa de la libertad en nuestra región, pero la hace extensiva a todo el mundo, especialmente el llamado “Tercer Mundo”. Así se expresaba Leopoldo Zea:

Sorprende ver en la mitad de este siglo XX nuestro, la conciencia que sobre la libertad del hombre y la soberanía, como expresión de la libertad de las naciones, han tomado hombres y pueblos de todo el orbe. Asia, África y Oceanía se estremecen ante las demandas de libertad que se hacen y por las cuales se lucha (Zea, 1965, pág. 7).

 

Hay una identificación en la lucha por libertad y la independencia que justifica la unidad frente a la presión de los dos grandes bloques mundiales (Zea, 1965, pág. 10). El caso de Guatemala primero, Cuba y Dominicana después, demostraron que no interesaba el sentir de los pueblos sino el control mundial y la seguridad de las grandes potencias. También se observa y denuncia el modus operandi de los Estados Unidos que asociaba cualquier revolución nacionalista contraria a sus intereses, al “comunismo internacional” interviniendo para mantener su statu quo. Se preguntaba Zea: “¿Cómo frenar el golpe? Pura y simplemente haciendo de esa insurrección popular una expresión de la guerra fría” (ibíd., pág. 66). La intervención directa era volver a los antiguos métodos norteamericanos que arrasaron Latinoamérica en las décadas previas a Franklin D. Roosevelt. Hasta la “distensión” como nuevo modo de vinculación internacional entre Estados Unidos y la URSS en el año 68 era ya claro que todos los problemas serían enfocados y resueltos en función de la Guerra Fría.

La razón o pretexto era la defensa de la civilización occidental y cristiana, mientras que el enemigo verdadero o potencial era el “comunismo internacional” (Carrión, 1965, pág. 22). La OEA, antigua esperanza y ejemplo de solidaridad continental, también es duramente criticada por avalar la intervención con la posterior conformación de la Fuerza Interamericana de Paz.

Cuadernos Americanos reaccionó rápidamente frente a la intervención reproduciendo el pronunciamiento de un grupo de latinoamericanos, hombres de ciencia y de letras preocupados por la situación en Dominicana, llamando a sus colegas de toda América a protestar por la situación en la Isla. Del mismo modo, reprodujo los posicionamientos en contra, de intelectuales norteamericanos, que criticaba la simplificación del gobierno estadounidense entre “procomunistas” y “anticomunistas”.

Manifestando su clara oposición, también difundió las palabras pronunciadas por el embajador mexicano ante la OEA defendiendo la no intervención y la autodeterminación de República Dominicana, y el cablegrama del Dr. Jottin Cury (Ministro de Relaciones Exteriores de la Isla), solicitando difusión de los acontecimientos ocurridos (JSH, 1965, págs. 7-18).  Las comparaciones con Guatemala son recurrentes, ya que se considera que es un caso testigo de la intervención de Estados Unidos (Guillén, 1966, pág. 12-16) no obstante, la URSS no es un ejemplo a seguir ya que ha actuado de la misma manera que Norteamérica en su área de influencia. Lo que surge es una identificación creciente con los países libres de Asia, África y Oceanía, que se acentúa lentamente desde la Conferencia de Bandung de 1955. Posteriormente a la intervención de República Dominicana, no queda nada por decir a favor de Estados Unidos, ahora son los pueblos del “Tercer Mundo” los aliados naturales y lógicos de América Latina. “Los unen lazos comunes: el hambre y el colonialismo” (Carrión, 1965, pág. 21). Esta misma actitud lleva a afirmar a los miembros que la solidaridad que los une se sustenta en un enemigo: el imperialismo norteamericano, pero que “no descarta otros imperialismos” (Córdova, 1966, pág. 75) como el soviético.

La intromisión encubierta a Guatemala, el intento fallido de acabar con la Revolución Cubana y la intervención directa a República Dominicana, son algunas de los acontecimientos que radicalizaron y transformaron al discurso de la Revista. En el aniversario 25 de Cuadernos Americanos, Alfredo Duque reprodujo las palabras de Jesús Silva Herzog. En su condición de director-fundador de la publicación resume el carácter general de Cuadernos como “progresista” y condensa el ideario que ha movido su conducta: destaca el humanismo (el arte, la ciencia y la técnica deben mirar por el bienestar del hombre, su felicidad y su superación), la difusión de una cultura “auténtica” y el acercamiento cultural entre “los hombres de nuestra estirpe idiomático” (Duque, 1967, págs. 57-60), la actualización del ideal bolivariano de unión americana, y la defensa de valores tales como la libertad, la dignidad, de la justicia, etcétera. Finalmente condensa aquellas cosas a las cuales se opone, que es la explotación “del hombre por el hombre”, las dictaduras, la guerra. “En fin [resume] estamos en contra de todo lo que rebaja al hombre, de todo lo que lo deprime, de todo lo que lo reduce, de todo lo que lo daña, estamos en contra de la injusticia, de la maldad, del crimen” (ídem.).

Lo interesante es que, en esta descripción, no existe el panamericanismo sino el “iberolatinoamericanismo”. Estados Unidos queda relegado, y concentra todo aquello que la Revista manifiesta estar en contra. Norteamérica se ha movido en los límites de la maldad, de la injusticia, mantiene dictaduras, provoca guerras y participa en ellas, explota al hombre, denigra a los pueblos, destruye su dignidad. Estados Unidos pasa a ser considerado una amenaza y así lo expresa Silva Herzog: “Hay que estar alerta ante el destino manifiesto y la acción agresiva de la Potencia Nórdica. […] hay que oponer el iberoamericanismo al panamericanismo artificioso y mendaz” (Duque, 1967, pág. 59). La relación que une a Iberoamérica es la lengua similar, la misma historia y los mismos problemas que resolver, mientras que, a Estados Unidos, bajo esta percepción, no hay unión posible.

 

Reflexiones finales

Para finalizar, destacamos que el presente artículo se circunscribe al discurso general utilizado en Cuadernos Americanos, y debe ser matizado en un contexto de transformación constante de avances y contramarchas, debido a que no puede negarse ni solaparse que los cambios son procesos que ocurren en distintos ritmos. En el mismo se realizó un recorrido general por el contenido de la publicación pudiendo observarse como la postura de la Revista se transformó respecto a los Estados Unidos. Estos cambios respondieron tanto a la política exterior norteamericana como a los acontecimientos internacionales que afectaron especialmente a la región, particularmente el derrocamiento de Jacobo Árbenz, la Revolución Cubana y la intervención en República Dominicana.

La II Guerra Mundial facilitó el entendimiento bajo el consenso de un enemigo común, con la esperanza de un panamericanismo en beneficio de los pueblos latinoamericanos. Con la “Política del Buen Vecino”, el entendimiento primó en las relaciones interamericanas. El discurso es proestadounidense en la medida que Estados Unidos defiende al hombre, la justicia y la libertad en contra de los países del Eje. Las críticas son realizadas principalmente al totalitarismo y las actitudes son de alineamiento. La URSS es aliada norteamericana, por lo cual, las consideraciones negativas hacia la misma son solapadas.

Durante la posguerra, Estados Unidos modificó su política exterior dando prioridad a la “contención” de la expansión “comunista”. América Latina ya no fue una prioridad para el Departamento de Estado, sino sólo en la medida que pueda ser redituable para los intereses económicos de los norteamericanos. Bajo esta premisa se produce el golpe de Estado encubierto en Guatemala que agita el fantasma del intervencionismo. Cuadernos Americanos se erigió rápidamente como defensor de los pueblos y de su soberanía. Las críticas hacia Estados Unidos empezaron a sentirse con fuerza, el discurso se describe como antiintervencionista y popular. El antiimperialismo también cobró fuerza, pero se trata de un antiimperialismo económico, que con la Revolución Cubana y la intervención dominicana se transformó poco a poco en antiimperialismo en su sentido amplio. Se observa un progresivo endurecimiento del antinorteamericanismo, y con ello la necesidad de ampliar la defensa de los pueblos de todo el mundo, en un contexto donde los movimientos tercermundistas adquieren fuerza. La identificación con la explotación y marginación de los pueblos de Asia, África y Oceanía levantan las banderas de la independencia, la soberanía, la solidaridad extracontinental, y especialmente, el antinorteamericanismo. América dejó de ser un “continente de salvación” como se planteó en los primeros números de Cuadernos Americanos, sino más bien, un subcontinente (América Latina o incluso Iberoamérica) que hay que salvar de la avidez de su vecino del norte. Así, Estados Unidos se convirtió en enemigo virtual de Cuadernos Americanos, no sólo porque su política exterior marginó a América Latina de sus verdaderas necesidades de desarrollo (con excepción de la pálida iniciativa de la ALPRO), sino también porque sus actitudes fueron contrarias a sus ideales discursivos de democracia, libertad y paz. Mientras que la dignidad humana era exaltada por la publicación, Norteamérica se ocupaba “de aplastarla” impidiendo el desarrollo material de los pueblos bajo la excusa del “comunismo”. A la idea de unidad latinoamericana, Estados Unidos imponía su unilateralismo que se hizo patente con la intervención dominicana. Los vínculos culturales, históricos e idiomáticos ya no englobaban a América anglosajona como lo hacían los discursos durante la Gran Guerra. El comportamiento de Estados Unidos se coloca en la antítesis del ideal de la Revista, y la identificación de América Latina con los Estados del Tercer Mundo, consolidó las banderas de la independencia, la soberanía y la libertad.

 

Notas:

[1] No es nuestra intención debatir conceptualmente respecto al uso del término “totalitarismo”. Siguiendo a Enzo Traverso, “la historia de la idea de totalitarismo puede ser dividida en dos grandes fases: la primera va de los años veinte a los fines de la Segunda Guerra Mundial, la segunda corresponde a la Guerra Fría [...] Durante la primera fase [...] éste término desempeña esencialmente un papel crítico frente a los sistemas políticos dominantes en Italia, Alemania y Unión Soviética” (Traverso, 2005, pág. 101). Nosotros lo usamos sólo en ese sentido. En la publicación no se observan desarrollos conceptuales al respecto. Incluso, el franquismo es llamado fascismo y asociado al totalitarismo también. Véase: Carmona Nenclares (1942).

[2] No existe consenso en cuanto al origen de la Guerra Fría. Nosotros la ubicamos temporalmente en 1947, con el lanzamiento de la nueva política exterior de Estados Unidos, destinada especialmente a la URSS. 

[3] La Contención fue dividida en sub periodos: contención selectiva (1946-1949), global (1950-1953), asimétrica (1953-1960) y simétrica (1961-1968). Véase: Insulza (1982).

[4] Nótese, que la política exterior en términos generales es la denominada “Contención” (1947-1968), sin embargo, en cada presidencia estadounidense adquiere diferentes matices.

[5] Véase, por ejemplo, González Pedrero (1959, págs. 34-35) y Loló de la Torriente (1959, pág. 58).

[6] Los primeros contactos con la URSS se realizaron en junio de 1959, sin embargo, fue hasta fines de ese año e inicios de 1960 que los vínculos entre ambos comenzaron a cobran mayor importancia. En febrero de 1960, el viceprimer ministro soviético visitó Cuba y firmaron una serie de acuerdos bilaterales.

[7] Véase, por ejemplo, Raúl Roa Kouri (1960) y Loló de la Torriente (1960).

 

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Cómo citar este artículo:

ESPINOSA BLAS, Margarita; BAROLÍN, Ezequiel Fabricio, (2020) “¿“Buenos vecinos” o “enemigos”? Estados Unidos en el discurso de Cuadernos Americanos 1942-1968”, Pacarina del Sur [En línea], año 11, núm. 43, abril-junio, 2020. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Lunes, 13 de Julio de 2020.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.com/index.php?option=com_content&view=article&id=1874&catid=14

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