Pacarina del Sur
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Argentina: Kirchnerismo ¿otro giro del peronismo?

Argentina: Kirchnerism, another Peronist spin-off?

Argentina: kirchnerismo é outra reviravolta do peronismo?

Carlos Flaskamp

RECIBIDO: 21-12-2013 ACEPTADO: 02-01-2014

Resumen

Resumen: La emergencia del fenómeno “kirchnerista” en el año 2003 abrió múltiples debates e interrogantes acerca de la aparición en el escenario político argentino, de lo que algunos entendieron como una nueva versión de la “voluntad nacional y popular”, encarnada en la candidatura de Néstor Kirchner primero y de su esposa Cristina después. Ni académicos ni dirigentes políticos terminaban de digerir la naturaleza de una fuerza político-electoral que se alimentaba de las banderas históricas del peronismo pero que proponía atractivas innovaciones, acordes a los nuevos tiempos de “globalización”, integración regional y de dura confrontación con el modelo neo-liberal. El debate caminó por dos campos interpretativos principales: a. el “kirchnerismo” no era más que una versión - con “nuevo look”- de algunas de las banderas históricas del peronismo; b. la propuesta del candidato Néstor Kirchner y de los dirigentes del Partido Justicialista que se sumaron a su campaña y se integraron a su gobierno, eran la expresión de un proyecto de largo alcance destinado a recrear y reflotar ese espacio, un tanto laxo, que se denomina “centro-izquierda” a partir de las banderas históricas del movimiento peronista. El texto de Carlos Flaskamp muestra los momentos decisivos de la constitución del fenómeno “nacional-popular” en Argentina y los logros y carencias del gobierno “kirchnerista” en este intento de reconstruir una fuerza de amplia base social desde la cual enfrentar al bloque de poder estructurado alrededor de las políticas neoliberales.

Palabras clave: peronismo; populismo; lucha armada; participación social; sindicatos y mercado interno.

 

En la geometría de construcción política de un movimiento popular, la línea se puede trazar de arriba hacia abajo o de abajo hacia arriba. La más habitual es la primera de estas dos direcciones.

 

Los Actores

El peronismo, esa peculiaridad argentina, se construyó también empezando por el techo. En 1943, una logia militar tomó el poder con objetivos vagamente nacionalistas. Dentro del gobierno de facto, el entonces coronel Perón ocupó posiciones que le permitieron convocar a la clase trabajadora en su apoyo, en base a medidas que mejoraron sustancialmente las condiciones de vida de los trabajadores, a la vez que los integraban  a la ciudadanía: paritarias, convenios colectivos, aguinaldo, sindicalización. Con eso se iniciaba el pasaje hacia un movimiento popular y se fortalecía el mercado interno, base de la industria nacional.

Partamos de un concepto crítico: un movimiento popular no es siempre un movimiento construido desde el pueblo. Puede ser, como en este caso, un movimiento originado en el poder del Estado, que va en dirección al pueblo. Las medidas sociales tomadas tenían gran importancia por sí mismas, por sus efectos en el nivel de vida de los trabajadores[1]. Pero además formaron parte de un proyecto más abarcativo que impulsaba el grupo dirigido por Perón, relacionado con el desarrollo autónomo del país en base a la continuidad del proceso de industrialización orientado al mercado interno.

Otros militares que integraban el gobierno –y en general, la mayor parte de la clase dominante- se opusieron al curso seguido por Perón. Objetaban medidas de política económica, pero lo que más los irritaba en el rumbo del coronel era lo que los académicos definieron más tarde como “el populismo”. Se estaba desencadenando una amplia intervención popular, que trastocaba el escenario político, antes bajo cerrado control oligárquico. Hasta ese momento, la clase obrera había estado excluida de la vida política. Esa convocatoria de Perón a los trabajadores rompía los moldes sociales, generando un agudo antagonismo entre el nuevo movimiento y todos los círculos privilegiados de la sociedad.

El punto de partida del peronismo fue el aparato del Estado, en particular el ejército. De ahí –y de sus entornos civiles- partieron los grupos que formaron parte del movimiento y de su gobierno. Era gente que se había formado en las instituciones del país semicolonial y no aspiraba a cambiarlas mucho. Pero algunos cambios les parecían necesarios. El compromiso con el proceso de industrialización y defensa de los recursos naturales tenía adeptos en el ejército.

Las reticencias para tomar parte activa en la segunda guerra mundial estaban también muy extendidas. Algunos tendían a una posición “neutralista” inspirados en el nacionalismo, a otros los animaban simpatías con el Eje, a otros una marcada fobia anticomunista. En conjunto, estos grupos lograron mantener la neutralidad argentina hasta poco antes de la caída de Berlín.

En lo que estaba interesado Perón es en su proyecto para la Argentina, que era un frente nacional poli-clasista, y utilizaba la política exterior como un medio para servirlo. De la misma manera usaba las ideologías: pudo haberse presentado por momentos como un “socialista” y por momentos como un aprendiz del Duce, dependiendo del perfil político qué le conviniera a su proyecto. Pero éste era siempre un proyecto nacional y popular, que a lo largo de sus treinta años de vida política cambió poco.

El rechazo al “populismo” peronista condujo a una alianza electoral de los partidos antiperonistas, inspirados desde mayo de 1945, por  Mr. Spruille Braden, el embajador norteamericano, bajo el nombre de Unión Democrática. Estos grupos no tenían sus raíces propiamente en el Estado, pero estaban bajo la influencia de la clase dominante. Eran los partidos políticos tolerados por los conservadores que habían gobernado fraudulentamente hasta el golpe militar de 1943. Predominaban entre ellos partidos que habían sido opositores al régimen conservador, como radicales, comunistas y socialistas. Pero eran opositores de “buena conducta”, que no generaban en la oligarquía el odio que supo despertar Perón.

Ese odio está originado en antagonismos irreductibles y no se puede deponer. Está en la base de la polarización y de los enfrentamientos extremos que dominan en la sociedad desde entonces. El esquema binario, tan criticado después de la última dictadura[2], es sin embargo apropiado para describir una confrontación en la que están en juego opciones polares. Cuando la lucha se aproxima a su desenlace, hay siempre sólo dos opciones posibles.


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Nunca faltan grupos e individuos que intentan asumir posiciones intermedias, pero ellos se ven involuntariamente arrastrados hacia un polo o hacia el otro. Sin embargo, las corrientes que confluyen en cada bando son frecuentemente heterogéneas por su origen y  también por sus referentes ideológicos. Pero en el momento de la opción, son blancas o son negras. No hay grises.

En 1945, la opción fue “Braden o Perón”. ¿Quién la inventó? Nadie registró autoría, pero indudablemente la fuente es peronista, ya que los términos nacionalistas de esa consigna sugerían claramente tal respuesta. Los enemigos de Perón eran naturalmente amigos de Braden, pero por un elemental y obligado patriotismo no podían alardear de esa pertenencia.

Y actuaban respondiendo a esa fórmula. No se admitían medias tintas en la alternativa. El peronismo era percibido como una amenaza y una ofensa para el orden semicolonial.

Estaban, naturalmente, otros partidos que veían con ojos críticos la dominación conservadora de la década infame[3], pero no estaban dispuestos a convulsionar al país por eso. Se mostraban más tolerantes con los conservadores que con el peronismo. Eran lo mejor que tenía la oligarquía para enfrentar electoralmente a Perón. Cuando nació el peronismo, esos partidos se pronunciaron categóricamente contra el nuevo movimiento, uniéndose sin vacilaciones con las fuerzas conservadoras de la sociedad.

La situación hizo crisis cuando los enemigos de Perón forzaron su renuncia y posterior arresto en octubre de 1945. Esto desencadenó la irrupción de la clase obrera. Los trabajadores, principalmente obreros del cordón industrial, invadieron masivamente la ciudad de Buenos Aires y otras, obligaron a dar marcha atrás a quienes intentaban forzar el alejamiento de Perón, y aseguraron la legalidad de su candidatura en las inminentes elecciones presidenciales.

 

El Partido Peronista

Puesto en la necesidad de dar forma a un movimiento nuevo, Perón echó mano a dirigentes que, como él mismo, provenían de las instituciones estatales y de la vieja política: algunos militares que lo habían acompañado, políticos que se adhirieron al peronismo desde el radicalismo y desde el conservadorismo, gremialistas que hasta entonces militaban en el socialismo o en la corriente llamada sindicalista (una izquierda moderada y desvinculada de los partidos). Con esas huestes, pero en los carriles de la ligazón que había establecido con los trabajadores, Perón armó el movimiento peronista.

Así se construyó un movimiento nacional de arriba hacia abajo, partiendo de sectores que ya ocupaban posiciones expectantes en la sociedad y alentaban un proceso de transformaciones o se adhirieron a él, y abarcando a las clases populares, que desde abajo aportaron al movimiento la fuerza de masas y la mística.

Sobre esa base se practicaron las grandes transformaciones del primer período peronista: nacionalización de los servicios públicos, integración política y sindical de la clase obrera, defensa del mercado interno y política proteccionista de sostén de la industria nacional[4]. El pueblo se alineó mayoritariamente tras esas medidas y en primer lugar dando su apoyo al gobierno que las impuso. De esta forma, la conducción de Perón se consolidó como un fenómeno de liderazgo unipersonal.

La denominación actual del partido como “Partido Justicialista” fue asumida después de los años de proscripción, para sacarle un poco de personalismo al nombre de este agrupamiento electoral. No obstante, el liderazgo de Perón siguió siendo indiscutido.

 

La Resistencia Peronista

El escenario cambió mucho en 1955, a partir de la “revolución libertadora”, que cortó ese proceso y tras nueve años de gobierno peronista se propuso restaurar las condiciones anteriores a 1943.

El peronismo, tras el derrocamiento de Perón, quedó alejado del poder. Más aún, por espacio de casi dieciocho años quedó proscripto. Ya no fue oferta electoral. Para el núcleo duro del peronismo, no quedó otro recurso que organizar la resistencia desde abajo[5]. No había otra, aunque este método de lucha iba a contramano de la tradición peronista, un movimiento que desde el poder había conquistado el apoyo popular.

Desvalidos, la mayoría de los dirigentes del aparato político, que no estaban formados para organizar una lucha desde la base, se anotaron en lista de espera hasta que se les abriera una oportunidad en las instituciones.

En realidad, la mayoría de los dirigentes partidocráticos estaban lejos de ser militantes populares. Eran hombres y mujeres que, con buena intención o por arribismo, se plegaron al partido gobernante, reclutados por intendentes y punteros que vivían de la política pero no tenían mayor vínculo doctrinario con la causa de Perón. Éste es el tipo predominante de políticos que después pudieron integrar el peronismo menemista y el peronismo kirchnerista. Las cuestiones ideológicas nunca los inquietaron.   

Los que eran gremialistas tenían algo más que defender: los sindicatos, que con el gobierno peronista se habían hecho masivos. Los sindicatos, al ser únicos por rama de producción, representaban a todos, pero eran peronistas [6]. Tras el derrocamiento de Perón, todos ellos fueron intervenidos por el gobierno militar del general Aramburu, reemplazándose a las conducciones sindicales por interventores militares[7].


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Ante esa ofensiva, los sindicalistas abrieron otro frente de resistencia: gremio por gremio, ellos reconquistaron desde la base el poder gremial perdido y pasaron a ocupar desde entonces un lugar junto a las demás instituciones del sistema. Los sindicatos no podían ser proscriptos del mismo modo que el partido. Eran organizaciones gremiales de los trabajadores. Los principales gremios industriales fueron repetidamente intervenidos, pero luego eran siempre recuperados. Y se emplearon para luchar y para negociar[8].

“Luchar para negociar” fue un emblema que se adjudica al dirigente metalúrgico Augusto T. Vandor. Los militantes más radicalizados del peronismo revolucionario le atribuyeron la recurrencia a la táctica de movilizar las bases en la lucha, para después traicionarlas pactando en condiciones favorables la vuelta al trabajo. Vandor  -y muchos de los llamados vandoristas- pueden haber sido traidores, pero ese reproche en particular pasaba por alto que es tarea de los sindicatos negociar con los empresarios y el Estado para mejorar las condiciones de trabajo de sus representados. Y lo habitual es que las negociaciones –y también los conflictos- concluyan con un acuerdo. Que es transitorio, como todas las cosas.

No todos lo veían así. Con el partido peronista proscripto, muchos militantes combativos pensaban que los sindicatos debían instrumentarse para la lucha por la vuelta de Perón. Vandor y otros sindicalistas estuvieron comprometidos en esa jugada.

Más allá de las organizaciones sindicales –aunque a veces con su apoyo- las agrupaciones militantes del peronismo revolucionario se organizaron en la resistencia desde abajo, agitando, pintando paredes y haciendo estallar bombas caseras. Los militantes de la Resistencia  eran los peronistas más sacrificados, los que se jugaban la vida por la vuelta de Perón[9].

Pero no dejaban de ser un cuerpo extraño en un movimiento construido desde el poder, que arrastraba siempre consigo características propias de su origen. De ahí que esos grupos vivieran una cierta tensión entre la lealtad a Perón y la lealtad a la causa revolucionaria.

 

Lucha Armada en los Setenta

La historia del peronismo comprende distintas etapas. No obstante, existe una esencia común a todas: el carácter de movimiento nacional y popular. Pero cada etapa presenta rasgos distintivos.

Los años setenta fueron los del auge montonero. Esto no quiere decir que todo el peronismo haya sido montonero en esos años. Hubo otras corrientes combativas, y uno de los mayores errores de esa organización consistió en subestimarlas. Pero es un hecho innegable que la organización Montoneros, concebida como proyecto de vanguardia, jugó un rol significativo que antes no había jugado nadie y después tampoco.  

Las organizaciones político-militares de los años sesenta y setenta, tanto las peronistas como las de izquierda, se construyeron desde el llano, enteramente alejadas del poder.

Tomaron el modelo leninista de un “partido revolucionario construido desde fuera” de las instituciones, con hombres y mujeres provenientes de las clases dominantes (los intelectuales revolucionarios en la tradición marxista), que se plegaban al campo popular. Identificada con los intereses históricos del campo obrero y popular, la militancia revolucionaria sintió que se podía constituir así en vanguardia del pueblo.

Este intento debe entenderse en el marco de la efervescencia revolucionaria que se vivía en América Latina, incluyendo a nuestro país, bajo la fuerte influencia de la Revolución Cubana y la figura del “Che” Guevara. Las condiciones internacionales empujaban a los enemigos del imperialismo en una dirección, anclándose y cuajando en algunas realidades más que en otras. Las ideas y el ejemplo del Che Guevara tuvieron profundas repercusiones en la Argentina, entre los militantes de izquierda y en el peronismo revolucionario.

Muchos cuadros adhirieron –adherimos- a estrategias que hacían una amalgama de las dos cosas: la resistencia peronista y la lucha armada antiimperialista. El cuadro era el de una lucha de liberación nacional con perspectiva socialista[10].

Ese planteo arrastró a un gran número de militantes, pero encontró un violento rechazo en círculos del peronismo más ligados a las tradiciones policiales y militares represivas propias de los orígenes del movimiento. Para la derecha peronista, siempre afín al modo de vida occidental y al capitalismo “humanizado”, identificar las reivindicaciones peronistas con la marcha hacia una patria socialista era señal de infiltración marxista.    

En 1972 y 1973 hubo un importante triunfo político, que determinó la retirada a los cuarteles de una dictadura militar. Para llegar a ese desenlace, la participación montonera fue un aporte sustantivo, como un sector vigoroso del campo popular.

Esa participación no se limitó a las acciones guerrilleras. También fue exitosa en la organización y movilización de los barrios populares, alcanzando niveles inusuales de movilización. La Juventud Peronista expresó el avance montonero en el movimiento peronista. El ascenso popular estaba llamado a verse coronado por el regreso de Perón.

 Pero cuando le tocó volver a gobernar, el peronismo estalló en pedazos. El enfrentamiento fue total y sangriento entre los sectores conservadores del Justicialismo que con el aval de Perón controlaron las estructuras del movimiento,  y el peronismo revolucionario, entonces hegemonizado por  la organización Montoneros.

El bloque peronista que controló el gobierno se sectarizó agudamente. Los primeros expulsados fueron los montoneros y sus agrupaciones de superficie. Pero después de la muerte del líder, el elenco gobernante rompió también con el sector empresario nacional de José Gelbard[11] y luego con la burocracia sindical, quedando reducido a poco más que una camarilla: el llamado entorno de Isabel. A esta altura, al gobierno le quedaba poco de popular, más allá de las tradiciones peronistas y los referentes simbólicos de 1945.

Los montoneros, marginados del movimiento, vieron también sus fuerzas vertiginosamente reducidas. Enfrentados abiertamente por Perón,  no supieron buscar aliados en el peronismo residual y quedaron aislados en su propio espacio. Finalmente, volvieron  a la clandestinidad y se centraron otra vez en el armado de esa alternativa revolucionaria desde la cual pensaron que podrían enfrentar a todo el sistema. El sistema los exterminó[12].

 

Aislamiento y Exterminio

Es habitual que portavoces de la pasada dictadura sostengan que el golpe de Estado de marzo de 1976 y la represión ilegal fueron necesarios para enfrentar la amenaza de la subversión. Otra variante consiste en hacer a la “subversión” corresponsable de la represión[13]. Estas argumentaciones justificatorias son desechadas por algunos investigadores y analistas con el aserto de que la guerrilla estaba ya prácticamente liquidada antes del golpe.

Quienes así hablan, parecen pensar que las estrategias contrainsurgentes podrían justificarse, pero que al no haber ninguna insurgencia, la contrainsurgencia pierde sentido. La “lucha contra la subversión” sería así sólo un pretexto para otra cosa: para una represión vana.

Las dos afirmaciones tienen más de mentira que de verdad. Los montoneros fueron derrotados políticamente por Perón y habían perdido la lucha interna del peronismo. Por estas razones políticas, que no entendían, ya no tenían ninguna posibilidad de imponerse. Pero eran aún una organización político-militar, que desde una concepción vanguardista se hacía ilusiones de revertir la situación.

Su derrota política no se había llegado a cristalizar aún en una contundente derrota militar. Y su conducción creía poder “aguantar lo que viniera”. Borrar del horizonte esa posibilidad fue tarea de la dictadura militar. Su procedimiento fue el exterminio físico.

El método de la desaparición forzada de personas está pensado para aniquilar organizaciones clandestinas urbanas. La represión persigue a un enemigo que está presente en su mismo terreno y necesita identificarlo. La tortura y la información obtenida lo hacen posible.  En la Argentina, ese método  fue trágicamente eficiente.

El golpe de Estado no se hizo principalmente para aniquilar dos o tres organizaciones guerrilleras, pero su acoso y destrucción formaron parte de los escenarios del enfrentamiento que se estaba librando entre el campo popular y las grandes corporaciones patronales, expresadas estas últimas por la conducción de las fuerzas armadas.

Con la división y dispersión del peronismo, sellando el fracaso de su segunda experiencia de gobierno, el campo nacional y popular quedó sin rumbo. El desconcierto popular perduró hasta pasada la dictadura. Frente al radicalismo que encabezaba Raúl Alfonsín, el peronismo logró en 1983 la hazaña histórica de perder electoralmente por primera vez en comicios limpios y sin proscripciones.


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El Peronismo Menemista

Lo que siguió fue una etapa de la claudicación total. El justicialismo se puso a tono con la tendencia que se imponía en Occidente, liderada por Thatcher y Reagan. No fue una aparición del todo nueva en el peronismo. Ya con Isabel Martínez [14]y su ministro Celestino Rodrigo se había esbozado ese camino, pero la resistencia obrera lo desbarató.

En los años noventa, derrotadas las diversas variantes que ofrecía la historia peronista, llegó el momento propicio para el neoliberalismo. El vuelco se hizo con audacia, sin vacilaciones. El peronismo llegó a ser, con Menem, el partido más fiel a la oligarquía, haciendo tabla rasa con muchas de las conquistas nacionales del primer peronismo.

El gobierno de Menem logró controlar la inflación igualando el valor del peso al del dólar y después lanzó toda una batería de medidas neoliberales: privatizaciones, precarización laboral, desindustrialización, incremento sideral de la deuda externa, sumisión a las política exterior norteamericana [15].

En esta tarea, el aparato del Partido Justicialista acompañó a Menem, con muy pocas fisuras. Es cierto que en ese entonces todo el mundo parecía apuntar en esa dirección, pero la historia del peronismo señalaba la dirección contraria.

Paradójicamente, el peronismo seguía representando para muchos al movimiento nacional y popular, pero su política fue la de la oligarquía y del Fondo Monetario. Fue un rol en el que la Alianza que lo sucedió (1999-2001) se esforzó después por imitarlo. Sin éxito. El gobierno de Fernando de la Rúa se derrumbó con la crisis del 2001.

El fantasma de una deuda externa colosal e impagable planeaba sobre un país cuyo gobierno ponía los recursos nacionales al servicio del pago de los intereses y la renovación perpetua de los créditos, aceptando todas las imposiciones del Fondo Monetario Internacional. 

El año 2001 es recordado en muchas conmemoraciones, como el año de la crisis. Lo fue, y especialmente para las capas populares, que fueron las que más tuvieron que sufrir la recesión y el rebrote inflacionario. En realidad ya la sufrían, pero en ese año colapsó el sistema bancario y cayó el gobierno de Fernando de la Rua.  Esto es lo que hoy muchos lamentan de lo ocurrido en el 2001, cuando sería más razonable festejarlo como el inicio de la salida de la crisis.

Por decisión del presidente provisional Adolfo Rodríguez Saa[16], la Argentina declaró la cesación de pagos de la deuda externa. Se continuó pagando a los organismos internacionales, pero se cancelaron efectivamente, los pagos a los tenedores privados de bonos.

Pero también fue el año de la reacción popular que quebró la sucesión de gobiernos serviles al gran capital y abrió la posibilidad de volver a empezar partiendo de otros paradigmas.

Quien se animara a gobernar, tenía que hacerlo teniendo en cuenta la voluntad manifestada en las calles en diciembre de 2001 con el grito amenazante de que se vayan todos.

 

2003: Surge el “Peronismo Kirchnerista”

 Néstor Kirchner gobernó entre 2003 y 2007. Fue sucedido por su esposa Cristina Fernández de Kirchner, que es presidenta desde entonces. Kirchner murió en 2010.

El kirchnerismo partió de la misma cúspide gubernamental. Néstor Kirchner fue impulsado por Duhalde[17], que ocupaba la presidencia provisional, para lanzar su candidatura, capturar el gobierno, y ganar desde allí el control del Partido Justicialista -hasta ahí mayoritariamente menemista- y el respaldo electoral. Tras algunas jugarretas, Kirchner logró encaramarse en el poder ejecutivo, donde al estilo peronista de gobierno se ratificó con medidas populares. Y el compromiso con Duhalde quedó atrás.

No fue una decisión errónea, porque la política que después se llevó adelante es la de Kirchner y no la de Duhalde. Pero la diferencia profunda entre la una y la otra no es visible para la mayoría de la población. ¿Un problema de comunicación o de indiferenciación?

Néstor Kirchner y ahora Cristina Fernández se siguen manejando principalmente a partir de las instituciones estatales y contando con el aporte de dirigentes que nunca promovieron la movilización popular. A ellos se suman otros que sí la promovieron y la siguen impulsando. Estos últimos, que anidan sobre todo en el movimiento juvenil,  corporizan una potencial radicalización, pero hasta ahora no son hegemónicos[18].

Los métodos de hacer política del oficialismo son similares a los de las demás fuerzas políticas. Los aparatos políticos son manejados por alianzas de gobernadores e intendentes, que se oponen electoralmente a “roscas” similares de los demás partidos. La diferencia es de contenido, no de métodos. Quien los vea actuar en los barrios, no encontrará diferencia entre los distintos partidos.

Pero a diferencia de partidos como la Unión Cívica Radical, el gobierno nacional al que apoyan los kirchneristas impulsa una política nacional y popular, retomando algunas de las banderas del primer peronismo, abandonadas por el presidente Menem.

Fundamental para las medidas sociales subsiguientes fue la estatización de los fondos del sistema jubilatorio, fondos que desde la privatización del sistema en los años noventa estaban en manos privadas y eran indirectamente controlados por los bancos. Con esos fondos, además de ampliarse la red jubilatoria, se dispuso la Asignación Universal por Hijo, subsidio no dependiente de la regularidad del empleo.

Se restablecieron las paritarias [19]para impulsar las negociaciones salariales y de condiciones de trabajo. Se reestatizó la empresa petrolera Yacimientos Petrolíferos Fiscales, así como Aerolíneas Argentinas, Agua y Energía y el Correo Argentino. El Estado asumió con el kirchnerismo, un papel de rectoría  en materia económica.

Se negoció una quita para la parte de la deuda externa que estaba en manos de los bonistas privados. El arreglo es muy discutido internamente, porque el monto de la deuda en definitiva se ha incrementado. Pero se redujo mucho la parte en dólares de esa deuda y también su peso comparativo en relación con el producto bruto nacional.

Siguen pendientes la parte de la deuda que ata el país a los fondos buitres[20] y también la deuda con el Club de París. Si bien toda esta situación externa muestra serios puntos vulnerables, lo cierto es que ha mejorado drásticamente. Contribuyó a eso el pago de la deuda con el Fondo Monetario Internacional, que liberó al país de las inspecciones y los condicionamientos del FMI.

 

La Respuesta Pendiente   

Las medidas que han tomado desde el inicio de su gestión los gobiernos kirchneristas, tienden a la autonomía nacional y a la redistribución de la riqueza, bajo el lema de desarrollo con inclusión. Esta política apunta a recuperar las consignas  que durante el primer peronismo se sintetizaron en la propuesta de independencia económica, soberanía política y justicia social.

Esas medidas muestran a un gobierno que realmente ha recuperado una parte importante del “Estado de Bienestar” que había instaurado Perón en su primer gobierno y que después fue arrasado por la reacción  neoliberal. Queda otra parte mayor por recuperar y los avances del gobierno nacional en ese sentido son lentos. Pero lo ya realizado marca una importante diferencia con lo que se puede esperar de todos los partidos hoy opositores si algún día dejaran de serlo.

El rumbo es bueno, pero comparando esta situación con la del primer peronismo, se puede ver que ahora es muy limitada la presencia popular. Y es insuficiente el entusiasmo en la clase trabajadora. Si el pueblo viene recuperando conquistas que durante medio siglo estuvo perdiendo, es de esperar un posicionamiento más enérgico en la base. Y una búsqueda en ese sentido desde la conducción. Pero no hay tal cosa. Muchos dirigentes y funcionarios parecen creer que una base activa y crítica dificulta la conducción del aparato institucional.

Sigue siendo cierto que los cambios son necesarios arriba y abajo. Pero en la etapa actual casi todo lo que se hace, se hace desde arriba. A lo sumo, abajo se aplaude. O se ignora. Electoralmente, el peronismo kirchnerista tiene un piso relativamente sólido del 30% del electorado. Como la polarización es hoy muy limitada, más allá de ese 30% hay una cifra importante que es fluctuante: puede sumarse a los votos del peronismo o a los de sus adversarios, por un descarrilamiento de trenes o por un corte de luz. Puede ser decisiva la comunicación del gobierno nacional con ese sector, pero ella es, por ahora, escasa y deficiente.

No hay un movimiento que marque el rumbo revolucionario del gobierno desde fuera del aparato del Estado, para que todos sepan en qué dirección se va. El apoyo de  ese movimiento al gobierno no implicaría cooptación. Se puede apoyar cada paso táctico de un gobierno, aún los retrocesos,  y además cuestionar los yerros, cuando hay claridad sobre los objetivos finales. El movimiento independiente del Estado es el que puede interactuar con el pueblo y construir poder popular.

De lo contrario, con la población relegada a una función pasiva, la posibilidad de que se establezca una identificación entre ese pueblo y el grupo gobernante depende de dos cosas: 1) que las acciones de ese grupo gobernante sean visiblemente distintas y superiores a las de cualquier otra de las agrupaciones políticas existentes, y 2) que esta diferencia sea reconocida y valorada por el pueblo desde la tribuna. Si alguna de estas dos condiciones se da deficientemente, lo más probable es que la reacción popular sea la indiferencia.

A esto se llega cuando la gente agrupa a tirios y troyanos bajo el despectivo rótulo de “los políticos”. Este etiquetamiento, reaccionario porque expresa un rechazo general a la política, tiene sin embargo una base real en la uniformidad de la actividad de los dirigentes medios de los partidos enfrentados. En eso son todos iguales.

La lucha por el poder es legítima y necesaria. Pero si el pueblo no ve diferencia entre el poder de unos y el de los otros, ¿hay que culpar al pueblo? ¿O bien a los que buscan ser reconocidos, sin hacer todo lo que se requiere para lograrlo?

Existen teorías que afirman que sólo los movimientos construidos desde abajo son auténticamente populares[21]. Pero un camino unilateral en ese sentido no es aconsejable. Hay centros del poder económico y social, a los cuales sólo se puede llegar desde el poder político. Y hay medidas trascendentales que sólo un gobierno central puede tomar. Es necesario que el campo popular, que tiene otra base, también en ese terreno se imponga. Y también es necesario que los esfuerzos que se hagan en ese sentido sean tales que deban ser reconocidos como parte de una lucha popular.

Un movimiento puede iniciarse desde el poder o desde el llano. La cosa es cómo evoluciona. El peronismo comenzó desde el poder en 1943 y supo llegar al pueblo. Más conflictivo fue construir a partir del pueblo, cuando fue necesario hacerlo. Ahora el kirchnerismo volvió a arrancar desde el poder. Es hora de que desde abajo también se construya algo.



[1] Louise M. Doyon, (2006), : Perón y los trabajadores, los orígenes del sindicalismo peronista 1943-1955, Buenos Aires, Siglo XXI Editora Latinoamericana

[2] Pilar Calveiro, (2005), Política y/o violencia, una aproximación a la guerrrilla de los años 70, Buenos Aires, Grupo Editorial Norma

[3] Se ha impuesto la designación como “década infame” del período que va desde el 6 de setiembre de 1930, fecha del derrocamiento por un golpe militar del primer presidente democrático, Hipólito Yrigoyen, hasta el 4 de junio de 1943, en que otro golpe militar derrocó a Ramón Castillo, último presidente de ese ciclo. A lo largo de ese período el fraude primó en todas las elecciones presidenciales y los gobernantes fueron conservadores

[4] Víctor Sukup, (1992): El peronismo y la economía mundial, Modelos de inserción económica internacional del peronismo: 1946-1955, 1973-1976, 1989-?, Buenos Aires, Grupo Editor Latinomericano

[5] Ernesto Salas, (2003) Uturuncos, el origen de la guerrilla peronista, Buenos Aires, Editorial Biblos

[6] Ésta es una de las paradojas peronistas

[7] Daniel James, (2006), Resistencia e Integración, El peronismo y la clase trabajadora argentina, 1946-1976, Buenos Aires,  Siglo XXI Editores

[8] Ernesto Salas, (2006), La resistencia peronista, La toma del frigorífico Lisandro de la Torre, Buenos Aires, Retórica Ediciones

[9] John William Cooke, (1973), Peronismo y Revolución, El peronismo y el golpe de Estado, Informe a las bases, Buenos Aires, Granica Editor

[10] Norberto Galazo, (2005), J.W. Cooke: de Perón al Che, Una biografía política, Buenos Aires, Ediciones Nuevos Tiempos

[11] María Seoane, (1998), El burgués maldito, La historia secreta de José Ber Gelbard, Buenos Aires, Planeta. Gelbard fue dirigente de la Confederación General Económica y ministro de Economía de Perón

[12] Juan Gasparini, (1999), Montoneros, Final de cuentas, La Plata, Ed. de La Campana

[13] Hugo Vezzetti, (2009), Sobre la violencia revolucionaria, Memorias y Olvidos, Buenos Aires, Siglo XXI Editores

[14] Isabel Martínez fue la “viuda negra” de Juan Perón, que lo sucedió después de su muerte en 1974

[15] Esto fue llamado por Menem “relaciones carnales” con los Estados Unidos

[16] Rodríguez Saa gobernó por unos días elegido por una Asamblea Legislativa por renuncia de De la Rua

[17] Eduardo Duhalde ocupó provisionalmente la presidencia después de renunciar sucesivamente cuatro presidentes anteriores a partir de la crisis de diciembre de 2001

[18] Gonzalo Pedano, (2013), La generación del Bicentenario, Democracia o corporaciones, Buenos Aires, Ediciones Nuevos Tiempos

[19] Reuniones de representantes empresarios y sindicalistas convocados por el Estado, para negociar salarios y condiciones de trabajo

[20] Una minoría de acreedores internacionales no entró en el arreglo. Mayoritariamente se trata de empresas financieras que compran a bajo precio bonos de países en crisis para después revenderlos al 100% de su valor nominal, llamados fondos buitres

[21] Jorge Luis Cerletti, (2003), Políticas Emancipatorias, Crítica al Estado, las vanguardias y la representación, Buenos Aires, Editorial Biblos

 

Cómo citar este artículo:

FLASKAMP, Carlos, (2014) “Argentina: Kirchnerismo ¿otro giro del peronismo?”, Pacarina del Sur [En línea], año 5, núm. 18, enero-marzo, 2014. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Domingo, 17 de Diciembre de 2017.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.comindex.php?option=com_content&view=article&id=885&catid=3

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