Pacarina del Sur
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Ciudadanía integral desde la educación básica en el Perú [I]. El paradigma de la ciudadanía en la educación básica. Un caso de diversificación curricular para la educación de jóvenes y adultos (EBA)

César Hildebrando Delgado Herencia

Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle, Perú

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Recibido: 07-06-2019
Aceptado: 22-07-2019

 

 

Capítulo 1. Marco general de ciudadanía

Socialización, institución, ciudadanía

En las ordenaciones de individuos del reino animal una distinción fundamental con las formaciones humanas es que, en éstas, suceden hechos estructurados dentro de los cuales los humanos realizan acciones arregladas a valores y que de diversas formas son creadas, renovadas, pero también desaparecen. Son las instituciones, con rasgos funcionales definidos y determinados rituales.

Visto en horizonte histórico, a más acumulación de saberes como de reforzamientos, esas instituciones son el rasgo fundamental de la sociedad humana. Esas entidades son en las que se van preparando la personalidad social como individual; un desarrollo histórico diferenciado de las diversas sociedades a través de sistemas para hacer frente con éxito o no a “retos”, “circunstancias”, “desafíos”, “épocas” que la evolución impone, y que, de otro lado, jamás termina.

Luego, la vida humana en las sociedades actuales se desenvuelve en instituciones, desde la cuna a la tumba, nos moldeamos o lo que es más frecuente, somos moldeados por ellas, en muchas ocasiones sin percibir con nitidez el proceso. Toda la vida social se explica finalmente por esos procesos institucionales. Se puede tomar conciencia de su número e importancia en una sociedad en concreto cuando dirigimos nuestra reflexión hacia ellas. Entender este tramado institucional exige mencionar uno de los macro procesos de la sociedad, aquel que atraviesa a todos los individuos: la socialización, por la cual cada agrupación humana organizada desarrolla identidad y heterogeneidad de otras colectividades nacionales, tanto en el progreso de épocas que cruza, como en su interior por regionalismos, localismos.

Esos tres niveles organizacionales -local, regional, nacional- son ámbitos donde se desarrolla la socialización humana (ante la eventualidad remota de otras “humanidades” se tendría una socialización planetaria). Se acciona la identidad conformando territorio, condición identitaria pertrechada de símbolos construidos de subjetividades tanto colectivas como individuales, incluso en el capitalismo globalizado actual, con fuertes referentes de mercado y consumo.

La socialización nacional es el macro proceso esencial de las formaciones humanas, configura patrones de comportamiento social complejos, integrados, duraderos y constituidos, que responden a expectativas y necesidades de colectivos de ese nivel, presentando valores y rituales de afianzamiento de modo de transcender la geografía como las historias propias. Además, en el espacio nacional se desarrollan también las socializaciones regionales y locales, en una suerte de vasos comunicantes que le dan ser a la socialización general.

Para que la socialización general configure consonancia y ser nacional cuenta con el componente institucional primordial: la educación -en su sentido más universal- que trabaje la identidad y como consecuencia, la diferenciación de otras conformaciones sociales, tan es así que algunos autores mezclan socialización y educación. Precisamente, en este contraste se encuentra la función principal de la educación, dado que es una herramienta vital en la renovación de las generaciones y jerarquías de las clases sociales; las va reproduciendo, de modo que a pesar de fases y/o periodos diversos -entre los cuales está el ciclo de nacimiento y muerte de los individuos- esas sociedades básicamente siguen siendo las mismas, adecuadas a los nuevos tiempos. Igual, en este tramo también localizamos que esa “reproducción” no en todos los casos es conservadora, sino en determinados momentos se “transforma” por factores diversos.[1] La educación es el cardinal componente de la socialización en la organización humana, no siendo el único, pero sí el más importante.

Así como la socialización en las diversas épocas no es la misma, sino de acuerdo a condiciones reales de subsistencia, maneras de producción; las sociedades humanas van resolviendo la herencia social cultural de etapas primigenias hacia las siguientes en un proceso de evaluación permanente. Esta primera etapa de desarrollo social es conceptualizada como “comunidad” por F. Tönnies (2011), larga etapa de desarrollo humano, “pacarina” de la siguiente: la sociedad. De la comunidad se mantienen fuertes lazos de interconexión grupal como reconocimiento (derechos en la sociedad) y responsabilidad (deberes en sociedad), grupales al inicio y por diferenciación desde los comuneros, después. Polos que no deben separarse dado que son una unidad dialéctica y cuando la comunidad progresa hacia sociedad, motiva la “ciudadanía”, con inicial conceptualización aristotélica espacial: “…los individuos que viven en la ciudad”.

Imagen 1. Correlación comunidad/sociedad para socialización
Correlación comunidad/sociedad para socialización
Reconocimiento es el antecedente de los derechos, al igual, la responsabilidad de los deberes

Al conformarse la sociedad, la ciudadanía es una afirmación superada desde la comunidad, constituida en la mirada del Otro; les da estatus a todos, dado que entre “ciudadanos” son “iguales”, con ideales, creencias, valores, actuaciones compartidas, los diferencia de los “otros”: campesinos, nativos, etc. Luego, la educación es el proceso clave para la ciudanización, que se realiza en todas las instituciones y que en la escuela alcanza el rango de paradigma de la educación actual –en contradicción al productivista– ambos superando el academicismo de principio del siglo XX-, en esta perspectiva de la formación en la escuela, son los aprendizajes de expectativas recíprocas de vínculos con los Otros, que no quedan sólo en aprendizajes sino lindan a espacios de re/creación de reconocimientos de derechos y responsabilidades en deberes.

La ciudadanía. Las muchas maneras de acercarnos al concepto de ciudadanía nos indica el tono polémico que siempre tiene, precisamente por ser tema central en el contexto político estratégico, dado que está unida a marcos de nacionalidad, republicanismo, así como de identidad en una sociedad concreta; incluso, a pesar de los nuevos desafíos surgidos desde el aceleramiento del proceso de globalización desde el último cuarto del siglo pasado por migraciones no residentadas, hegemonía unipolar del mercado capitalista –en todos los niveles–, pensamiento neo liberal globalizado, estandarización de consumo de bienes, servicios y productos culturales.

Por ello, una primera aproximación a la ciudadanía es comprender que su conceptualización está ligada a cuestiones más generales, de identidad, formas de gobierno, relaciones con el poder, de integración social posible por diferentes niveles de socialización; igualmente, relacionada a intereses grupales, expectativas individuales y necesidades colectivas, entre el nosotros y los otros. Acercando más, se puede distinguir diversas conceptualizaciones, entre ellas del inglés T. Marshall, que inicia la etapa moderna de los arrimos conceptuales de ciudadanía. Todas han producido tipologías que no son antagónicas sino parten de un continuo donde un lado está construido de normas (los reconocimientos y responsabilidades de la comunidad) y en el otro extremo, una visión integral del concepto (nación, democracia, identidad). El primer tipo es formal, el segundo holístico. Determinados intereses políticos incentivan una ciudadanía formal, otras, una ciudadanía integral; entre ambos, una gama de enfoques intermedios, combinados.

Toda ciudadanía integral siempre involucra ejercicio político, desde reconocimientos y responsabilidades como rezago de la vida comunal, hasta patrones consensuados de nacionalidad y republicanismo que implican deberes y derechos; asimismo, exige en ambas manifestaciones, desarrollo de dignidades individuales –aunque en muchas ocasiones larvadas por fallas en la socialización debido a debilidades educativas-, contextualizadas por valores de laboriosidad, honestidad, veracidad[2] para el caso nacional, que datan desde tiempos precoloniales; son valores implicantes de virtudes que dan calidad a la nación, democracia e identidad. Cualquier ciudanización que no tenga presente esta axiología de soporte, los recatos individuales derivados carecen de contenido.

Entre las principales dignidades personales para el proceso de ciudadanización:

  • En política: participación, dialogo, respeto;
  • En sociología: libertad, solidaridad, tolerancia;
  • En economía: adaptación, innovación, resiliencia;
  • En pedagogía: crítica, acomodamiento, progresión.

 

Las cuatro disciplinas aportan espacios para las moralidades personales. En política el desarrollo de capacidades para la participación en la vida política del país, el mecanismo de diálogo para las diferencias naturales ante los hechos que la ciudanización implica, así como el respeto a las opiniones de los otros ciudadanos. Todos estos elementos aportan al desarrollo de la democracia.

De otro lado, sin libertad la ciudanización sería ciega, no garantizaría que derechos y deberes dentro de la tolerancia a la discrepancia y entendiendo que del diálogo surgen los consensos, teniendo además en cuenta, el enorme peso comunitario de reconocimientos y responsabilidades que son la base de la tolerancia el resultado de una ciudadanía de baja intensidad o pasiva sería su fruto más preocupante.

Por su parte, desde la ciencia dura de la economía el ciudadano debe presentar sin ambages las capacidades para adaptar experiencias de otros entornos no nacionales, sin calco ni copia como sostuvo J. C. Mariátegui, no permaneciendo en ella, sino realizando esfuerzos para innovar nuevas opciones que implican resiliencia de modo de variar las condiciones reales de existencia.

Dentro de la educación, su ciencia pedagógica reclama al proceso formal de ciudanización el pensamiento crítico que tiene su eje central en el cuestionamiento y herramientas menores como la curiosidad ante los problemas que requieren diversas perspectivas y fuentes de información de las situaciones sociales y políticas, a lo cual tanto el acomodamiento/progresión es una contradicción permanente en los espacios educativos.

Imagen 2. Dignidades personales para ciudanización
Dignidades personales para ciudanización
En cuatro disciplinas la ciudanización está centrada en participación, libertad, adaptación, crítica

Desde fines del siglo pasado y en lo que corre del actual, en las ciencias sociales ha resurgido con especial fuerza la reflexión sobre ciudadanía con renovado interés de análisis por las luchas sociales en sociedades post industrializadas, así como los conflictos con base religiosa en sociedades emergentes o del sur del planeta. Busca reflexionar sobre ciudanizar no solo de forma tradicional –pasiva- sino como ejercicio de resistencia al pensamiento del capitalismo global que reconoce solo la función subsidiaria del Estado y regulación de mercados en los planteamientos cuando en las acciones hacen todo por desaparecerlo.

La información disponible permite agrupar dos enfoques de ciudadanía –ubicados en el continuo aludido-, uno en la tradición liberal con sus antecedentes en la revolución francesa del siglo XVIII y un segundo enfoque socio histórico, sustantivo, sociológico, integral, con mucha fuerza desde fines del siglo anterior. Lo importante, ambos enfoques difieren desde cómo conceptúan y desarrollan la ciudadanía; el primero prioriza el marco de reglas y se expresa en una ciudadanía del mundo ajedrezado por normas, genera pasividad, contemplación. El otro, desde diversos contextos histórico sociales, cristaliza la identidad nacional; con su acceso da fundamento a la ciudadanía globalizada con fuerte raigambre nacional, asentado en la sociedad civil, toma distancia del Estado oligárquico para el cual exige redimensionamiento, sin desconocer la necesidad del cosmopolismo y los derechos humanos, en un mundo cada vez más interconectado y pequeño.

El logro individual en toda extensión y complejidad para la ciudadanía, en una sociedad concreta capitalista, es una fantasía, pero no en el sentido de J Castro de ciudadanía desde la reacción:

Los derechos de ciudadanía en toda su extensión y complejidad, por definición, no pueden ser otorgados a todos, al mismo tiempo que se promueve la expansión acelerada de relaciones capitalistas. Y para seguir con Marshall en su metáfora de la guerra, podemos recordar con Clausewitz que los ataques emprendidos en batalla “no constituyen un ejercicio de la voluntad sobre la materia inerte [...] ni sobre materia viva pero pasiva y endeble [...] sino que en la guerra la voluntad se dirige a un objeto animado que reacciona” [Clausewitz, 1976:149] (Castro, 1999, pág. 57).[3]

 

No existe un “poder” otorgante, de arriba hacia abajo; en las sociedades políticas republicanas el poder en sí mismo se genera desde la presencia del individuo en la sociedad organizada políticamente, el ser humano vivo nace libre con un equipo neuronal dispuesto a aprender las reglas ciudadanas en primer lugar, para que en la medida que siga desarrollando, adquiera los demás rasgos del ser ciudadano en el siglo XXI. Estas potencialidades capacitables para el caso de una ciudadanía formal, son enseñadas y en la medida que las vaya conociendo el poblador, haciéndolas suyas, no implica que las toma en libre albedrio; aquí se ve la importancia de la educación liberadora en el proceso para formar lo que A Gramsci llamó “ciudadanía crítica”, caso contrario se queda en el plano informal, acrítico, tan caro a las oligarquías post coloniales.

La cita de J. Castro (1999), además de la carga de otorgamiento de derechos desde la cima del poder político, de acción y reacción, esas limitaciones conforman un reto permanente de logro ascendente a todos los ciudadanos, dado que también en la medida que evolucionan las sociedades, por la socialización critica van renovando los contenidos de la herencia social cultural, las metas de ayer fueron sobrepasadas, y hoy nuevas se ponen en el horizonte, otras remozadas. Es la utopía permanente como gatilladora del avance social.

 

Enfoque de ciudadanía forma

La ciudadanía entendida como “membrecía plena” en una sociedad post colonial se refiere al lado formal, privado, pasivo, de un conjunto de normas, derechos y deberes positivos -los reconocimientos y responsabilidades de la comunidad-, que determinan el tipo de relación entre los ciudadanos de esa colectividad. Resulta evidente que esta entrada para la ciudadanía, al territorio de la ciudadanía, forma parte del proceso histórico de integración de los individuos en organizaciones sociales cada vez más grandes, por lo que el ejercicio pleno de la normativa constituye para este lado del “continuo ciudadanía”, una inicial forma de ciudanización.

En las sociedades modernas por su polarización social en la mayoría de ellas sólo sectores minoritarios tiene probabilidad de disfrutar el ejercicio pleno de la normativa, mientras que los “otros”, distintas minorías, ni siquiera gozan de los más elementales derechos, incluso están desafiliados del Estado así como excluidos en su sociedad; se puede ubicarlos en el polo de no-ciudadanos, generalmente marginales étnicos sin documentos de identidad –en el enfoque formal condición necesaria para hacer uso de derechos y deberes–; el resto, con normas recortadas o en favor de la estructura de dominación y opresión.

En el caso peruano, la ciudadanía formal siempre fue/es un concepto legal introducido en las constituciones políticas desde 1823,[4] en el nacimiento de la república; permanentemente relacionado a la condición de elector, adquisición y ejercicio periódico de votación de autoridades, que implica dos exigencias jurídicas: libertad e igualdad legales –tomados de la revolución francesa, la fraternidad está fuera del concepto de ciudadanía peruana–, atados al enfoque formal, de cumplimiento de un sistema de normas. Desde este plano J. Ciurlizza adelanta un primer acercamiento de la ciudadanía en este enfoque:

podemos entender a la ciudadanía como el medio por el cual todo ser humano goza de los derechos y las libertades reconocidos y reconocibles, en razón de su propia naturaleza y sin discriminación alguna... (Ciurlizza, 1999, pág. 307)[5].

 

La teoría moderna sobre ciudadanía se inicia en 1949 en Inglaterra con el enfoque formal, que como vemos en la cita del abogado sería un medio que pretende asegurar a cada individuo un trato como ciudadano de acuerdo a norma, en una sociedad de iguales legalmente, con énfasis en reglas, puramente pasivas, que no oculta la necesidad de requisitos para la participación en la vida pública; incide en deberes de auto suficiencia para ganarse el “derecho” a ser interrelacionado. Y de aquí, el uso político liberal del concepto cuyo objetivo de ciudadanía es alcanzar la igualdad en la norma frente al Estado como si este fuera una entelequia y no respondiera a intereses políticos, concretados en la participación esporádica para elegir autoridades cada cierto tiempo; tan es así, que en los años de república la definición de ciudadanía sigue ligada al sufragio, como se desprende de la última parte del artículo constitucional “…su ejercicio requiere…”,que el individuo joven o adulto se haya registrado con datos generales y obtenido el documento nacional de identidad.

La ciudadanía formal significa entonces, la potencial conquista de derechos individuales, económicos y políticos, a su vez negación del derecho divino de los reyes, derechos de “iguales” ante la ley, como remembranza de la lucha de clases entre la burguesía y los señores feudales que apoyaban la monarquía divina. Esta posición implica determinado patrón no coercitivo de ciudadanía, una práctica dentro de reglas no por fuerza sino una propuesta de cooperación y auto control del poder privado, aquí tiene asiento el reclamo constante del pensamiento neo liberal por la educación dentro de la socialización en libertad…, para seguir conservando la situación de dominación y opresión, no por la dictadura sino por la dictablanda de la colaboración (colaboradores les llaman los empresarios a sus trabajadores), así como fomenta un ascetismo personal para accesar a bienes y servicios del sistema capitalista global, “quien estudia triunfa” por los medios de comunicación constantemente repetido.

En este siglo XXI el acercamiento a la comprensión de la ciudadanía ya no es formal –sin quitarle la importancia que tiene el ejercicio pleno de reglas, cuando se realiza, es el primer peldaño de ciudadanía integral, sustantiva, en normas vinculadas a los derechos humanos, sin negar la nacionalidad ni republicanidad; la ciudadanía formal es todavía una ciudadanía de reconocimientos/responsabilidades, cuando son concedidos. Esa evolución natural de carácter político en la ciudanización mejora parcialmente comportamientos, también expectativas de justicia y pertinencia comunitaria, no exclusivamente en el marco formal, también con el vínculo comunal que es de siempre la fuente de toda sociedad organizada políticamente, de forma relacionada a una comunidad específica, en un sistema político también particular, incluyendo avances de otras comunidades.

 

Enfoque de ciudadanía formal basado en derechos y deberes

 La renovación del interés por la ciudanización renace de los fenómenos sociales de migración transnacional, internacionalización del trabajo y la territorialidad y residencia de fines del siglo XX
Imagen 3. La renovación del interés por la ciudanización renace de los fenómenos sociales de migración transnacional, internacionalización del trabajo y la territorialidad y residencia de fines del siglo XX

Así el concepto de ciudadanía se acrecienta, reconociendo a las minorías también como ciudadanos, con derechos poli étnicos y de representación de modo que estas colectividades sean contenidas en la comunidad nacional, implica la afirmación a sus autonomías. Hay un nuevo modo de ser ciudadano en el mundo actual, que se rastrea desde los consumos como apunta C. García, pero que no niega esta necesidad telúrica por territorio (en algunos casos re territorialización) y uso de lengua propia (re-valoración de la lengua materna), no niega otras identidades que son transterritoriales como metalingüísticas, que inicialmente por condicionamiento de los mercados intentaron hacer a un lado al Estado y falsamente oponerlo a la sociedad civil.

Por ello, es explicable que en décadas anteriores en Latinoamérica con las políticas de reformas estructurales definidas en los Consensos de Washington y Santiago del siglo XX; la salida de los gobiernos militares estuvo marcada por acciones de ciudanización formal, impulsando sectores sociales de educación, salud, como concreción de derechos básicos, pero con el límite del pensamiento conservador en la mirada del capitalismo global, una axiología que institucionaliza una ciudadanía con techo normativo, sin cuestionamiento de base a las contradicciones de clase como de la misma distribución y redistribución de la riqueza producida socialmente. Estos valores en realidad originan el trastrocamiento de aquéllos, y contrario sensu relativizan la propia meta de institucionalización; está fuera de toda reflexión el carácter progresivo de la ciudanización que por propia epistemología formal cierra la asunción de reglas a las aprobadas en el juego político institucional; los neo liberales de la ciudadanía formal hablan de generación de derechos y desde T Marshall plantean una tipología, citada por C. Sojo:

Para él [T. Marshall] los derechos civiles están compuestos por “los derechos necesarios para la libertad individual”: libertad de expresión, de pensamiento y religiosa, derecho a la propiedad privada y a la conclusión de contratos y el derecho a la justicia. Los derechos políticos se relacionan con el derecho a participar en el ejercicio del poder político, como miembro de un cuerpo investido de autoridad política o como elector de los miembros designados para integrar tales cuerpos. Los derechos sociales, finalmente, por su expansión y por la mayor flexibilidad en su diseño debido a los diferentes problemas que pueden confrontar, son definidos dentro de un rango que va “desde el derecho al bienestar y la seguridad económica hasta el derecho a compartir con el resto de la comunidad la herencia social y a vivir la vida como un ser civilizado de acuerdo con los estándares prevalecientes en la sociedad” [Marshall, 1992, p. 8] (Sojo, 2002, pág. 27).

 

Esa clasificación generada en el contexto socio político inglés y llevada a las diversas realidades de sociedades postcoloniales del feudalismo tardío español, además de ser ilusoria para un gran porcentaje de la población es la base de conflictos controlados por las oligarquías, que se cuidan de “conceder” derechos. Siempre en la óptica de reglas que para ser positivas deben pasar una serie de filtros y candados, normativa que configura el Estado oligárquico, que no es de todos. Es un trabajo de jurisconsultos, encapsulando la reflexión de ciudadanía a un entorno legal, formalista, pasivo, abstracto, reglado. No tiene en consideración el mundo real, lo trasmuta por la pauta, norma, regla, ley, canon, constitución (T. Marshall lo intuyó no dándole salida válida a la contradicción entre la formalidad y el mundo real).

Hubo de suceder tres procesos contemporáneos en la relación Norte/Sur para que emerjan las contradicciones de la ciudadanía formal, pero reconociéndole siempre la figura del primer peldaño de ciudanización:

Migración transnacional, mayormente no residentada en el país receptor; producto de la revolución en el transporte de personas y las crisis periódicas del capitalismo global que empujó a millones de individuos a salir de sus sociedades, asumiendo rasgos de una comunidad mundial, cosmopolita, informándose de otras ciudadanías; en algunos casos, integrándose pero en otros reafirmando la propia, por comparación viendo sus vacíos, avances; además de acuerdo a los vaivenes económicos, volviendo a su natal pacarina;

Internacionalización del trabajo legal, con limitaciones en las equivalencias de habilidades; consecuencia de la migración. Los migrantes mayormente son personas con profesiones u oficios para los cuales las habilidades aprendidas en sus sociedades de origen deben ser reconocidas en los Estados de recepción, con las correlaciones que tiene el trato laboral que va desde servicios adyacentes como pensiones para los migrantes retornados; las reglas válidas en el país de recepción que siguen vigentes pero abren un nuevo significado a la ciudadanía formal, que resulta más compleja de lo que internamente en la nacionalidad se había informado;

Relación territorialidad y residencia, extendiéndose hacia espacios simbólicos. Este fenómeno lo entendemos por los vínculos del ciudadano migrante y su necesario desdoblamiento de pertenencia a su comunidad y la que lo aloja en situación temporal, que como se puede tomar conciencia, no queda sólo en una analogía telúrica sino escala a niveles de conciencia, generando sentimientos y arraigo/desarraigo que se expresan en símbolos que se generan desde el propio ambiente hasta en el equipo axiológico.

La ciudadanía formal no tiene respuestas satisfactorias a esas nuevas situaciones, se queda corta a los retos de las nuevas realidades, pero además a la propia evolución del sistema socio económico que implican estos cambios en el mundo actual. Todo producto de la revolución de las comunicaciones y transporte, ensanchamiento de los mercados, insuficiencias del modelo neo liberal por sus continuas crisis. Las repercusiones de estos hechos cuestionan el abstraccionismo de la ciudadanía formal, incluso al interior de las sociedades receptoras: migraciones internas aceleradas por la posibilidad de mejores condiciones de vida, información de derechos laborales como consecuencia del crecimiento de sistemas educativos nacionales, cobertura mediática a los conflictos sociales, patrón residencial de archipiélago de los pobladores –fenómeno también acelerado de patrones de asentamiento pre coloniales que se reproduce a escala transnacional–.

Esos sesgos en la conceptualización de la ciudadanía formal fomentan una identidad formal con base en el consumo de mercancías, unilateral ciudadanía del mundo cercana al pensamiento anarquista del siglo XIX, que no implica necesariamente el retiro del Estado, sino en muchos casos un cambio de forma, de un Estado cada vez más chico… La acción ciudadana ahora es mucho más compleja que a mitad del siglo anterior, remite a un proyecto político específico, no acabado, sino como horizonte a alcanzar, que cuando más cerca se esté de él, se aleja en un ritmo permanente o continuo, a lo largo y ancho de toda la vida; esto es, la ciudanización es ir más allá de reconocimientos y responsabilidades comunales convertidas en el primer tramo de la teoría de ciudadanía en derechos y deberes.

El proyecto ciudadano del siglo presente tiene que ver con algo más grande que la normativa, pero aquél, es la puerta de entrada a la ciudadanía integral. Supone tanto reivindicar derechos como acceder y pertenecer a un sistema socio político no sólo para seguir pautas sino participar en su transformación, definir en qué territorio se quiere ser incluidos y con qué lenguaje comunicarse; es un tema de identidad, nacionalidad y republicanismo, como triada del proceso de ciudanización integral. Con esto se está ingresando en el otro extremo del continuo de la teoría ciudadana, el concepto secular de ciudadanía, que implica derechos, capacidad para ejercerlos con niveles de participación (mejor, intervención) creciente en las acciones cívicas, políticas, sociales, esto es, una mirada más política que el cumplimiento de la normativa en que se agota finalmente la ciudadanía formal.

 

Enfoque de ciudadanía integral

El enfoque integral en la teoría ciudadana germina de reconocer que ser ciudadano no es únicamente pertenecer a una estructura social formal, garantizada por su registro de identificación personal. Indica –principalmente– un estado de la lucha entre clases sociales por el bienestar común, acceso a bienes y servicios para vivir dignamente, así como el reconocimiento de los “otros” como individuos con aspiraciones y expectativas válidas, identificable por si, con valores pertinentes y demandas legítimas al bienestar por solo el hecho de nacer seres humanos; intereses unidos en convergencia de identidades diferentes pero no desunidos en la idea de una integral nacionalidad, en un marco político democrático de tipo republicano.

Debido a ello, la corriente histórica social desarrolla otra entrada a la ciudadanía, progresiva, en el continuo de ciudadanía, la cual inicia –como se vio– T. Marshall como fundador de la reflexión ciudadana de fines del siglo anterior, en el capitalismo globalizado actual exige una deliberación holística, total. La cavilación sociológica de la ciudadanía se basa más en la dinámica de integración que en la interacción social, identificando diversas formas de exclusión en los entornos comunitarios que aparentemente son homogéneos, iguales, libertarios. En este marco, a la ciudadanía integral la define la inclusión/exclusión del sistema político, dado que formar parte del sistema es un asunto de práctica de la normativa, primeramente, que sigue a su también reconocimiento y responsabilidad como ser político completo y no sólo prudente.

La ciudanización para ser integral empieza con la normativa pero también asume que las formas de participación, nacionalidad, republicanismo, identidad, cultura, en la vida política, económica y social no se encuentran garantizadas solo por el registro al Estado, y como se ve en la práctica diaria, su ejercicio está condicionado a determinaciones de distancia social; en particular, a diferencias de clase social, étnicas, así como otras consideraciones de género, opción sexual, entre las más conocidas. Así los componentes de este enfoque de ciudadanía se resuelven en el vigor del republicanismo democrático y nacionalidad integral, no dependen solamente de la mirada legal de su estructura básica, sino principalmente del:

  • sentimiento de identidad y su percepción de las formas potencialmente conflictivas de identidad nacional, regional, étnica o religiosa;
  • su capacidad de tolerar y trabajar conjuntamente con individuos diferentes;
  • su deseo de participar en el proceso político con el propósito (de) sostener autoridades controlables;
  • su disposición a auto limitarse y ejercer la responsabilidad personal en sus reclamos económicos,
  • así como en las decisiones que afectan su salud y el medio ambiente…” (Kymlicka & Norman, 1997, pág. 6).

 

Cinco ideas resumidas en identidad, tolerancia, participación, responsabilidad, decisión; algunas subjetivas como también otras aludidas a la base material de la sociedad. Como se nota, no niegan los antecedentes comunitarios como los desarrollos normativos de derechos y deberes posteriores en el enfoque formal. Pero tienen una mirada política, adelantándose de este modo al formalismo, que debe ser puesto en el marco de lo distintivo de valores y expectativas nacionales. Un elemento clave, son los nuevos espacios de intervención que el enfoque integral abre a los ciudadanos, dado que abre lugares a los movimientos sociales populares y de movilización colectiva, sea de redes informales convocadas por la Internet como asociaciones formales y de solidaridad comunitaria, las cuales ponen en duda la visión estrecha individualista tanto del mercado como del propio Estado, y se ubican más cerca a la sociedad civil, pero no simplemente en las formas viejas de las instituciones (sindicatos, partidos, ateneos, etc.) sino desde los medios de comunicación masiva, que controlan básicamente las oligarquías, en el Estado actual.

Esas ideas del enfoque integral de ciudadanía no nacen con el equipo neuronal de los individuos, son enseñadas/aprendidas, aunque el neoliberalismo para la ciudadanía sostiene que los verdaderos enseñantes son o el mercado o la familia o las asociaciones de la sociedad civil –incluso en relación entre ellas–, agentes educativos que tienen roles en la socialización de los nuevos miembros de la sociedad pero no suficientemente efectivos ni eficaces como eficientes para que la población aprenda informalmente o no formalmente, sea por el consumo, el comportamiento primario o en el discurso público. Necesita de otra agencia social, una institución que pueda sostenerse en el tiempo en un sistema mayor y auxiliado de la ciencia pedagógica, esto es, la escuela y el sistema educativo.

La escuela ciudaniza o desciudaniza de acuerdo a intereses dominantes en una sociedad en concreto, éstos se observan en las políticas educativas públicas o corporativas; en el enfoque sociológico de ciudadanía, al incorporar el tipo de razonamiento crítico y mirada moral que define una racionalización pública, como lo escribe W. Kymlicka citando a Amy Gutman:

los muchachos en la escuela “no sólo deben aprender a comportarse según lo establecido por la autoridad sino también a pensar críticamente acerca de ella, si se espera que vivan de acuerdo al ideal democrático de compartir la soberanía en tanto ciudadanos”. La gente que sólo es gobernada por el hábito y la obediencia... es incapaz de construir una sociedad de ciudadanos soberanos [Gutmann, 1987, pág. 51] (Kymlicka & Norman, pág. 20).

 

El pensamiento crítico desarrollado desde la escuela de educación básica y ampliado en sus fundamentos en la etapa superior es garantía de esa ciudadanía soberana, “crítica”, que no queda en el primer peldaño del continuo, de derechos y deberes –que son importantes, pero no suficientes- sino, al calor de los tiempos, escale a ideas de transformación y liberación; para el caso, del proceso de ciudanización en sociedades postcoloniales, con mayor exigencia, dado los siglos de exclusión que en el país viene desde la invasión española, y redefinida a los intereses de las oligarquías desde el nacimiento de la república.

Una singular posición en Latinoamérica es la asumida por N. García Canclini con el consumo como interrelacionador social supra nacional, él sugiere un tipo de ciudadanía producto del mercado globalizado. Postula que la condición de consumidor es lo que interrelaciona comunidades transnacionales y cuyos supuestos para una ciudadanía contemporánea están en la oferta vasta, calidad de los productos, participación en la decisión del consumo. Todos estos supuestos después de las crisis del capitalismo global de fines del siglo anterior al contrario han fortalecido precisamente el sentido de lealtades y espacios nacionales, de diferentes formas, que el mercado en aquella visión decía licuar la territorialidad como la historia política de cada país.

El ciudadano soberano, integral, no puede ser reducido a una formación para acceder a bienes materiales, a gastar; por el contrario, el rasgo central de la ciudadanía es que este acceso sea el camino que permita que todos ingresen en el mundo cultural y asuman decisiones estructurales que afectan sus vidas, no solo económica, también, su ser nacional como identidad diferenciada, que implica un entorno político democrático en régimen republicano, dado que no es súbdito ni vasallo ni esclavo.

Lo que esa mirada de ciudadanía aporta finalmente es una nueva escena cultural que exige redefiniciones de instituciones, territorialidad, identidad, pertenencia, representación. Procesos que se efectúan entre los dos enfoques y la afectación de intereses de la lucha de clases…, por la constante competencia entre el capital/trabajo para poder vivir mejor tanto el ciudadano empoderado como las generaciones venideras; de ciudadanos no sólo iguales ante la norma sino iguales en el acceso a la riqueza material y simbólica, igualdad condicionada por capacidades y habilidades desde las aptitudes personales.

El determinismo económico con la que plantea esa ciudadanía el autor mexicano, además de la fugacidad por lo pletórico de la oferta en el mundo capitalista, es una estrecha visión de elección personal de lo que los pobladores consideran valioso; hay un sesgo tanto para la integración social como diferenciación cultural de cada sociedad. La transitoria pérdida de eficacia y efectividad de las instituciones, fuertemente cuestionadas, no están dirigidas a su desaparición, más bien buscan una redefinición, que pasa por transformarlas y emanciparlas, cuyo actor central son los grandes grupos ciudadanos que están siendo sometidos a propagandización consumista, desde los medios de comunicación masiva como de la propia escuela de educación básica. El mismo N. García Canclini lo afirma:

En los países latinoamericanos se transmiten en promedio más de 500 mil horas anuales de televisión, mientras los de la Europa latina cuentan sólo con 11 mil; en Colombia, Panamá, Perú y Venezuela hay más de una videocasetera por cada tres hogares con televisión, proporción más alta que en Bélgica (26.3%) o Italia (16.9%). Somos subdesarrollados en la producción endógena para los medios electrónicos, pero no en el consumo (1995, pág. 11).

 

Categorías del enfoque de ciudadanía integral

Las cuatro ideas principales del enfoque integral deconstruyen/construyen una ciudadanía activa, militante, entera
Imagen 4. Las cuatro ideas principales del enfoque integral deconstruyen/construyen una ciudadanía activa, militante, entera

Por el sistema de relaciones de dominación del capitalismo global impuesto en los países post coloniales la ciudadanía normativa es una “concesión” de las élites oligárquicas, el centramiento de una ciudadanía des territorializada, sin fronteras, sin nación ni pacto político nacional, con una identidad difusa como el ser multinacional está cercana a una concepción de ciudadanía funcional al pensamiento del capitalismo global. De aquí al estímulo de la competencia entre instituciones frágiles que también son funcionales a los intereses de los dominadores, resulta coherente la formación de consumidores en lugar de ciudadanos, sea por el mercado, la familia, así como el control sobre los medios masivos de comunicación, pero también en las escuelas de educación básica como en las instituciones de formación de profesionales de la etapa superior de educación; es la política educativa de los mínimos de aprendizajes en la formación integral de la personalidad del educando en la etapa básica; del pensamiento pragmático en los estudios básicos, para minimizar o eliminar los saberes humanistas, el arte y cultura porque son poesía, en la etapa superior universitaria. Y la realidad del mercado debe imponerse…, dado que sin ella no seremos desarrollados…

La ciudadanía integral cobija cuatro categorías fundamentales:

Participación en la ciudadanía integral. Una de las categorías centrales de la ciudadanía es la participación que interpretamos como intervención en el plano educativo en un sistema social dado; empero por su calidad de categoría admite muchas formas de conceptualización, para el enfoque formal si el ciudadano participa no hay necesidad de mayores luchas, dado que ha llegado al tope de la ciudanización, es la meta final de este enfoque. El mayor ejemplo de esta conceptualización son las elecciones periódicas que abren situaciones precisas en el desarrollo y en modalidades concretas, por ejemplo, contra la pobreza, “no hay que dar pescado sino enseñar a pescar”.

Esa mirada lleva a una participación burocrática, donde el Estado pequeño neo liberal fije atribuciones y funciones de intervención como formas de canalizar las expectativas de las poblaciones, en tanto encapsula los comportamientos dentro del sistema socio económico. En Latinoamérica tenemos muchos ejemplos de esta “participación plena”, en el Perú el velasquismo de 1968-75. De otro lado, también reconocemos que la participación no es una abstracción, adquiere condiciones y elementos concretos, pero nunca debe dar paso a la arbitrariedad como al manejo político de expectativas e intereses.

Y el tema torna a la sostenibilidad de la participación como eje central de la ciudadanía integral, y una de estas formas democráticas es la apropiación del proceso participativo por parte de los ciudadanos, para lo cual no hay recetas ni procedimientos dado que cada sociedad, con su geografía e historia, lo aprenderán como un valor de su propia cultura política, dependerá mucho del conocimiento sobre la historia del país, sus claros como oscuros, victorias o derrotas, así como del desarrollo político de la sociedad real; de las acciones que deriven democráticamente todos y cómo las asuman, que implica un proceso de ciudanización ligado a valores, a la identidad y ser nacionales.

De ahí que los elementos para una integral participación ciudadana –aplicando las ideas de L. Verdesoto– deben estar alrededor del:

  • compromiso de la población con su intervención, participar significa implicarse con los destinos de la sociedad;
  • demanda una ciudadanía que no se quede en signos, superar progresivamente la ciudadanía formal hacia la ciudadanía integral;
  • supervisión de la gestión pública por agentes activos, estar atento a los sucesos públicos diarios, que atañen a todos;
  • representación entre la masa y la vanguardia, redefinición de la intermediación matriculada en la ciudadanía y el liderazgo transformacional;
  • formalización de la participación, el consenso de la normativa nace en las bases y no es impuesta desde arriba;
  • acercamiento de las decisiones estructurales al ciudadano, en las organizaciones más próximas a la acción;
  • contenidos descentralizadores, reforzamiento de autonomías reemplazando el centralismo burocrático por el centramiento democrático;
  • conformación de élites nacionales/regionales, reinventar liderazgos con sentido de identidad y ser nacional;
  • transformación política pre existente, la participación es un proceso con antecedentes, exige cambios previos, tanto en la visión como aplicaciones en la vida socio política.

 

Pero, además, para sociedades post coloniales como las andinas, la participación es una práctica compartida tanto en la comunidad y sociedad, reconociendo que en la comunidad es pre ciudadana, pero en este tipo de colectividades es elemento articulador, homogeniza el territorio dado que por desarrollo interno el comunero es ciudadano. La ciudadanía integral tiene en el proceso participativo una potente herramienta educativa por la cual los estudiantes adquieren habilidades normativa y apertura su intervención política, mentaliza en la cultura de derechos y deberes pero también en la identidad nacional así como en prácticas democráticas entre los individuos y grupos, los familiariza con los intereses y expectativas particulares y los entornos personales, los alienta a que los asuntos públicos también sean materia de su atención preferente.

 

Identidad nacional en la ciudadanía integral. En el enfoque integral de ciudadanía la identidad nacional es la clave significativa para su compresión profunda, que no queda en la territorialidad material sino, y en especial, en el territorio simbólico, es la asociación de ambas dimensiones que expresan rasgos singulares, así como autoconciencia de ser iguales en la diversidad. En este enfoque convergen tres niveles para la obtención de estas subjetividades;

  • el político, expresado en la práctica diaria desde la interacción personal hasta la representación de autoridad, aquí tienen un rol destacado los medios de comunicación social, así como la Escuela como iniciadora de la conducta política;
  • el nivel económico de producción para el bienestar de todos, que no sólo es local sino también mundial; transformación de las relaciones entre el capital y el trabajo, sin descuidar la función tuitiva del Estado;
  • el nivel social, la comunidad organizada políticamente con su dimensión normativa, el sistema político y la organización partidaria, también el asociacionismo en las diversas esferas de la vida nacional.

 

Ahí se relaciona la identidad con la participación dado que una intervención integral con igualdad apela a identidades primarias sociales de la comunidad y desde aquí los ciudadanos desenvuelven su vocación interactiva, sin mayores mediaciones, directamente; siempre los ciudadanos buscan intervenir en una relación más íntima, subjetiva, como muestra de identidad. Luego, la ciudadanía no es solo un estatus legal, es fundamentalmente identidad como expresión de pertenencia a una comunidad o sociedad política territorializada.[6]

Las asociaciones para obtener rasgos diferenciados de colectividad respecto a otra no están en la base material, del mercado, del consumo, que si bien pueden dar pie a una interpretación, son puertas de ingreso, la identidad es histórica y la historia no puede ser borrada –aunque si alterada– por el creciente consumo mundial de bienes y servicios; pero la ciudadanía y el ser nacional están en el plano de la conciencia, no depende de lo que el poblador posee, sino de lo que imagina, siente, desea, expecta. Sí hay una oposición entre lo propio y lo ajeno colectivo en el pacto social, dado que el sentimiento de pertinencia es más profundo que las crisis económicas, que además de ser periódicas, son oportunidades para un nuevo paso histórico y ambiental para instalarse en las comunidades políticas. La economía es importante, será suficiente cuando va unida a la política.

Existe en la ciudanización integral una construcción performativa de la identidad nacional, atendida de múltiples procesos culturales propios en el concierto de diversas regionalizaciones como localismos, productos de múltiples negociaciones que performan una representación particular, –que no es personal sino grupal, de grandes grupos– de identidad y ser nacionales. Un claro proceso de performación ciudadana desde esta mirada suscribe un rol preponderante a la formación básica del poblador. La nueva escuela –la de siempre, de Encinas, Arguedas, Caro en el Perú- y los maestros cuya función magisterial es la formación de ciudadanos integrales, de siempre tuvo este rol, adormecido por el pensamiento único neo liberal que reduce todo a la economía, el éxito personal, el consumo, a la norma…

Nacionalidad en la ciudadanía integral. Resulta interesante que la idea de nación sea contemporánea a la de ciudadanía en términos modernos, así como fue la palanca que utilizó la población de la alta edad media en Europa para oponerse al feudalismo y la autocracia. No podía ser de otro modo, dado que la vida política siempre tiene dimensión nacional –no en extensión sino en profundidad–, de fronteras adentro como la racionalidad de los poderes (en cada sociedad las autonomías no son las mismas, en algunas existe incluso jerarquización entendible solo en el contexto de la nacionalidad) y sus componentes claves: la lengua, con modismos a cada una de ellas, “peruanismos”, “mexicanismos”, etc.; acción de la justicia, no del derecho que relativiza su contenido desde tiempos inmemoriales; la administración del Estado, cuando existe aunque en las sociedades post coloniales la organización política de la sociedad es más “calco que creación heroica” pero también el calendario de festividades públicas, con patrones y santos occidentales que se sintetizan con las creencias pre coloniales.

Por tanto, la noción de ciudadanía integral se corresponde “formalmente” con la nacionalidad, estamos ante una ciudadanía soberana, dado que es el denominador común al sistema político que contiene la “nación”, que conlleva consideraciones ideológicas de base, que como se veía empata con el tema de la identidad y ser nacional. En esta parte del continente americano la nacionalidad en las etapas de la independencia del colonialismo español no estuvo ligada firmemente a la ciudadanía, dado que las organizaciones políticas no fueron construcciones libres y voluntarias, sino exportaciones no nacionales. Corrieron muchos años para que se fuera forjando la idea de ciudadanía dentro de la nación como construcción teórica de un espacio propiamente político ni estatal ni privado sino más cerca a la sociedad civil, con organizaciones e instituciones amalgamadas, frágiles o fortalecidas, según las circunstancias históricas. El proceso se inició con la ciudadanía performal en los escritos legales fundacionales restringido a sectores alfabetizados, urbanos y de la burocracia republicana naciente, que paulatinamente ha ido consolidando por contradicciones tanto externas como internas, pero como se ve en la ciudadanía integral configura un territorio más cultural, social, que mercantil.

Aparato cultural derivado del espíritu común en cada una de esas sociedades, en sentido mariateguiano, que conduce a la unidad intelectual y del hecho que los ciudadanos compartan historias, costumbres, tradición, prácticas culturales, imaginarios, reglas de creación literaria, arte, así como valores éticos y morales. En algunas sociedades con mayor maduración, en otras todavía a pesar de los años transcurridos, no cristalizadas. La ciudanización así aunada a la nacionalidad integral cimenta la identidad y ser nacional, se puede entrever el enorme rol de la educación por su valor pedagógico e ideológico, teniendo además en consideración el poliglotismo de muchas sociedades nacionales.

Aunque algunos autores apuntan con entusiasmo la declinación del Estado/nación en la etapa del capitalismo global, por la existencia de empresas multinacionales como corporaciones multilaterales, en realidad es un “hipo” del proceso socio político donde la Nación/estado ha empezado a retomar el control, sobre todo ante la presencia detrás de estas posesiones de los imperialismos, que juegan su rol perturbador.

Republicanismo en la ciudadanía integral. Los antecedentes de la tradición cívico-republicana se remiten a J Rousseau y N Maquiavelo, se resuelven en una forma extrema de democracia participativa con los cuales hace casi 200 años sólo en los caracteres se inició en sociedades post coloniales no sajonas en Latinoamérica. La extraña –por lo austriaca– colonización “española”, estuvo presente en las nacientes repúblicas con su carga errática; toda la cultura política en formación tuvo antecedentes virreinales, las decisiones (como algunos autores siguen afirmando sucede en la actualidad) tanto políticas como económicas las tomaban las oligarquías desde seducciones inmediatistas, comerciales, de intereses personales. Estas repúblicas tuvieron en el discurso un ciudadano en el papel, abriendo una “cuestión ciudadana” que hasta esta segunda década del siglo XXI se observa, dando pie a posiciones del pensamiento neo liberal con un republicanismo a medida de sus intereses.

La relación del republicanismo con el proceso de ciudanización integral entró en crisis desde mediados de la década de 1960 cuando el capitalismo global cuestionó el Estado de bienestar, basado en un esquema democrático de representación electivo de acuerdo a tiempos establecidos; el hecho se complicó con la lucha de clases de las siguientes décadas –negada por el pensamiento neoliberal–, ese tipo de república no lograba distribuir y redistribuir la riqueza, ingresando en conflicto con la ciudanización, ahondando espacios de lucha simbólica en la imposición de significados, reducidos a ciudadanía formal, electorera, que tan bien había funcionado en el pasado. Esta crisis genera dos prácticas ciudadanas, de los ciudadanos integrales y de los ciudadanos formales, agravada cuando además presenta la exigencia de reconocimiento de minorías étnicas, de género, orientación sexual, incluso del derecho de las nuevas generaciones –o las que vienen– por un medio ambiente limpio, esto es, en la república con una ciudadanía integral son evidentes la necesidad de nuevos actores políticos.

La república organizada en Estado tiene como consecuencia natural estar inducida por el ciudadano no ligado al poder oligárquico, de aquellos que detentan posiciones en el bloque de poder; en la medida que es negada a los grandes grupos ciudadanos, se vuelve una república de carácter elitista en democracia. Esta situación no puede ser superada por el enfoque de ciudadanía formal, dado que en el fondo la definición normativa es también campo de lucha social, enfrentamiento político; la ciudadanía republicana es un proceso continuo de desarrollo profundamente tocado por condiciones externas, nuevos problemas; un factor central en esta definición es la contradicción entre la estructura desigual socio económica y las consecuencias en la organización capitalista de la república. El clamor ciudadano por la igualdad se ve desde la revolución francesa, de modo particular, la conciencia ciudadana requerida para lograr satisfacer las necesidades básicas de todas las poblaciones en las diversas etapas del desarrollo político.

Pensar la ciudadanía integral republicana remite a un proyecto político específico, sea como utopía o ansiada como una idea concreta, en ambos es cimiento de determinado tipo de sociedad democrática, que incluso atraviesa la propia diversificación de gustos para la belleza, la visión artística no está fuera de la auto percepción de la ciudadanía. En la república la ciudadanía integral exige la convergencia de tres mediaciones:

  • compartir los bienes materiales, mediante la distribución en el proceso de producción y redistribución desde el Estado con función tuitiva de la riqueza generada, según el principio de a cada quien según sus capacidades y de cada quien según sus habilidades;
  • participar de los bienes simbólicos a través de la cultura, en la mirada de la identidad nacional de valores, creencias, expectativas, reconociendo diferencias en la unidad finalmente del ser nacional;
  • ejercer derechos políticos y sociales en el plano de la normativa, con el juego democrático de reconocimientos y responsabilidades como grupo humano.

 

Notas a la cuestión ciudadana en el Perú

Otra consecuencia de la guerra del salitre de fines del siglo XIX fue el descubrimiento de la “cuestión ciudadana” como elemento fundamental de la problemática nacional, nacido desde la necesaria participación de las masas rurales en la resistencia al invasor del sur, dado que la ciudanización quedaba en ámbitos urbanos con la gradiente que el enfoque formal funcionaba sólo para los estratos altos de la sociedad peruana, no así para los sectores subalternos peri urbanos o rurales.

El licenciamiento de los montoneros una vez concluido el conflicto fue reclamo de éstos, para ser considerados “ciudadanos”, una de las promesas de los caudillos militares a los esfuerzos de la resistencia. Lo que evidenció esa guerra, desde la mirada de ciudadanía, fue la ausencia del Estado en ámbitos rurales y periurbanos; hasta ese momento la población rural (indígenas) no ejercía derechos ciudadanos (quedaban para los gamonales o los “mistis” de las ciudades provinciales).

Un indicador clave de esa exclusión de ciudadanía formal fue la percepción para la elección de autoridades nacionales, hecho que recién concede la oligarquía a los analfabetos en 1980 –un siglo después de aquella nefasta guerra-, este que es un derecho político fundamental en el enfoque de ciudadanía formal, ni que decir de los otros derechos sociales o de bienestar de la tipología de T. Marshall. F Mallon citando al parlamentario Carvallo en 1895, escribe:

En su documento, Carvallo subrayaba el atraso, la ignorancia, la ociosidad y la falta de educación de los indígenas, achacando estos problemas a la tenencia comunal de tierras. Decía que los indios se encontraban en el mismo estado en que habían vivido durante el período colonial. Esos seres inferiores obviamente no podían ser ciudadanos. Sólo a través de una combinación de privatización de la tierra y de instrucción pública llegarían a serio. en la formación de una buena ley electoral, de conformidad con los principios democráticos que sirven de base á nuestro sistema constitucional, se toca con el embarazo que presenta la poca cultura de nuestras masas populares, cuya mayoría no sabe leer ni escribir, y carece del conocimiento de las más triviales nociones de los derechos y obligaciones del ciudadano [Perú. Congreso Ordinario de 1892: 436-437, 719-33; Congreso Ordinario de 1895: 442] (Mallon, 1994, págs. 48-49).[7]

 

Parte de la explicación de la presencia de masas indígenas en la resistencia contra el invasor del sur fue adquirir derechos ciudadanos en un contexto de Estado nacional. El mariscal Cáceres hizo la promesa que a cambio de armas y reclutas recibirían libertad, autonomía local y libre elección de autoridades políticas, así como el derecho a participar en el mejoramiento general del comercio, la industria, la educación y la justicia. Pasado el conflicto nada de esto Cáceres cumplió y esas masas de indios siguieron estando en el polo de los no-ciudadanos, la oligarquía terrateniente del segundo militarismo que iba a gobernar los siguientes cien años logró transformar al “ciudadano-soldado” en “bárbaro-otro”, los esfuerzos de guerra por reivindicarse como ciudadanos y soldados habían sido enterrados, por la misma estructura de poder que data desde el colonialismo español.

A mitad de siglo XX el general M. Odría impulsó una ciudanización formal compulsiva que en su primera etapa era la carnetización de los migrantes sin el cual no podían desplazarse por el territorio nacional. Una segunda etapa estuvo a cargo de la escuela ligada a la militarización de los escolares, pero siempre en términos formales, dado que los contenidos del mismo enfoque formal de ciudadanía quedaban siempre como deseos, o letra escrita. El indio –campesino en el lenguaje actual– estuvo excluido de la ciudadanía formal hasta el último quinto del siglo XX, lo sigue estando de los otros derechos sociales y económicos; sin embargo, la historia política nacional contiene en todos esos años su permanente reclamo por ciudadanía.

En el país el sistema político incipientemente diseñado desde formalidades de ciudadanía que no tiene en cuenta ni la nacionalidad, republicanismo y en consecuencia una frágil identidad nacional, no ha logrado consolidar un modelo político estable de régimen capaz de asentarse en una democracia moderna, sólida, estable, igualitaria, articulada a las expectativas y aspiraciones del pueblo mayoritario. Lo que se ha tenido en casi doscientos años de república es un sistema oligárquico de formas aristocráticas y de procesos cortos de ciudanización en asunción de derechos formales, que nunca tocan el quid del asunto del poder político-económico; su rasgo más saltante es la desinstitucionalización y, en consecuencia, una débil socialización nacional.

Eso, en parte explicable porque la ciudadanía implantada en el país por los “republicanos” (sic) que anteriormente fueron vasallos, proviene de un tipo de colonialismo fomentado por la corte austriaca, diferente a la corte inglesa; los colonialistas peninsulares no vinieron a quedarse y construir país, sino su propósito fue enriquecerse y volver a España para comprar nobleza y vivir de lo obtenido en estas tierras. Por ello, el producto desigual de la invasión colonial americana tiene corolario en la imitación, asimilación y reinvención de ideas políticas occidentales.

La ciudadanía en países como el Perú, sigue siendo una promesa incompleta y aspiracional para ingresar en la ciudadanía formal, en camino hacia la integral. Un canal privilegiado por manejar las categorías de la socialización y la triada aludida es la educación en ciudadanía desde el enfoque sociológico, desde la gradiente pedagógica para educación básica y sus particularidades en la educación de jóvenes y adultos. Además del correlato de la pedagogía aplicable para que las cuatro categorías del enfoque integral sea práctica en los espacios educativos, como así mismo, de los ámbitos familiares y comunales.

 

Notas:

[1] La reproducción de las condiciones anteriores en el campo escolar se logra mediante la “violencia simbólica”, en la educación formal de P. Bourdieu no es necesariamente mecánica ni determinista, no es una copia y pega de la anterior sociedad.

[2] También amor a la tierra, trabajar bien y educación continua, según M. Góngora.

[3] El subrayado es nuestro.

[4] El artículo 30 de la Carta de 1993 dispone “…Son ciudadanos los peruanos mayores de dieciocho años. Para el ejercicio de la ciudadanía se requiere la inscripción electoral…”.

[5] El subrayado es nuestro.

[6] Sin embargo, según J. Habermas la ciudadanía no puede estar asociada a la identidad nacional entendida como rasgos culturales o biológicos, sino desde el punto de vista político, es decir comparte objetivos democráticos de participación y comunicación. Como la tratamos en este estudio.

[7] El subrayado es nuestro.

 

Referencias bibliográficas:

  • Castro, J. (1999). El retorno del ciudadano: los inestables territorios de la ciudadanía en América Latina. Perfiles Latinoamericanos, 8(14), 39-62. Obtenido de http://perfilesla.flacso.edu.mx/index.php/perfilesla/article/view/361
  • Ciurlizza, J. (1999). Elementos jurídicos e históricos para la construcción de un concepto de ciudadanía en el Perú. En E. Bardález, M. Tanaka, & A. Zapata (Edits.), Repensando la política en el Perú (págs. 301-326). Lima: Red para el Desarrollo de las Ciencias Sociales en el Perú.
  • García Canclini, N. (1995). Consumidores y ciudadanos. México: Grijalbo.
  • Kymlicka, W., & Norman, W. (1997). El retorno del ciudadano. Una revisión de la producción reciente en teoría de la ciudadanía. La Política: Revista de estudios sobre el estado y la sociedad(3), 5-40.
  • Mallon, F. E. (1994). De ciudadano a "otro". Resistencia nacional, formación del Estado y visiones campesinas sobre la nación de Junín. Estudios y Debates(1), 7-78.
  • Sojo, C. (2002). La noción de ciudadanía en el debate latinoamericano. Revista de la CEPAL(76), 25-38. Obtenido de https://www.cepal.org/es/publicaciones/10799-la-nocion-ciudadania-debate-latinoamericano
  • Tönnies, F. (2011). Comunidad y asociación: El comunismo y el socialismo como formas de vida social. Madrid: Biblioteca Nueva.

 

Cómo citar este artículo:

DELGADO HERENCIA, César Hildebrando, (2019) “Ciudadanía integral desde la educación básica en el Perú [I]. El paradigma de la ciudadanía en la educación básica. Un caso de diversificación curricular para la educación de jóvenes y adultos (EBA)”, Pacarina del Sur [En línea], año 11, núm. 41, octubre-diciembre, 2019. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Martes, 14 de Julio de 2020.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.com/index.php?option=com_content&view=article&id=1807&catid=10

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