Pacarina del Sur
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Lecciones imprescindibles de tres maestros chilenos en México: Edgardo Enríquez, Bernardo Baytelman y Jaime Serra

Paul Hersch Martínez[1]

 

Artículo recibido: 10-12-2012; aceptado: 14-12-2012

Se presenta una semblanza de Edgardo Enríquez, Bernardo Baytelman y Jaime Serra, tres obstinados maestros chilenos quienes, en la difícil condición del exilio político, supieron, apoyados en nuevos lazos de fraternidad y trabajo, dar continuidad a su compromiso profesional y político y concretar creativamente, en ese marco, aportes fundamentales en sus campos de acción y reflexión -la formación médica, la etnobotánica medicinal, la antropología médica y la salud pública- que tienen hoy un alcance trascendente y universal.

Palabras clave: Enríquez, Baytelman, Serra, Exilio Político, Salud Pública

 

La muerte está en todas partes,
desde que nos levantamos,
hasta el anochecer;
la vida vive escondida:
quiere que la descubramos
en nuestras acciones y emociones
y renace con la amistad

J. Pérez Siller

 

Afirmaba el escritor alemán Herman Hesse que de todas las así llamadas virtudes, una sola resultaba de su interés, y esa era la obstinación.

Obstinación, se entiende, no como obediencia ciega ni como necedad; obstinación como obediencia, sí, pero no a los dictados externos, sino a la propia convicción.  Obstinación, además, como eso que hoy se denomina resiliencia, lo que quiero entender como la capacidad y ánimo sostenido para enfrentar adversidades no sólo con la frente en alto, sino además en buena disposición, con elegancia, con creatividad. Voy aquí, en un sencillo homenaje, a ocuparme de tres obstinados maestros chilenos que comprometieron su vida en empresas que hoy veo hermanadas entre sí y que trascienden el ámbito geográfico de Chile.

Veo a estos tres obstinados de quienes me voy a ocupar, hoy presentes en muchos rostros jóvenes. Jóvenes que tienen frente a sí enormes desafíos que medirán su valía. Se trata de retos actuales complejos que demandan algún grado de obstinación. La obstinación de estos tres maestros a quienes me referiré coincidió con otro momento difícil para toda América Latina, y se perfiló marcada por una posición que los obligó al exilio a partir del derrocamiento del presidente Salvador Allende en 1973. El privilegio de haberlos conocido es lo que me tiene hoy aquí, en esta buena oportunidad de compartir con ustedes algunas ideas y sentimientos.

 

Edgardo Enríquez

Don Edgardo Enríquez y su esposa Raquel a su llegada de regreso a Chile en 1989
Don Edgardo Enríquez y su esposa Raquel a su llegada de regreso a Chile en 1989

Una mañana de 1978 se anunció a un grupo de estudiantes de medicina en la Universidad Autónoma Metropolitana, una universidad pública de México, la llegada de un nuevo profesor que se ocuparía de darnos clase de anatomía. En el aula nos encontramos con un individuo alto, formal, atento, de voz grave, cuyo acento sudamericano reconocimos “al tiro”, como aquí se dice. Su introducción al tema era impecable, sus conceptos precisos. Una vez iniciada la clase, repentinamente la suspendió para salir con calma del aula y regresar ante nuestro asombro, trayendo consigo una silla para una compañera que acababa de llegar con retraso y no había alcanzado asiento. Puede parecer una banalidad todo esto, pero ese proceder nos resultaba sin duda exótico, y a la suma de estos detalles se añadía esa mañana la alusión hecha por el profesor a ejemplos ilustrativos con los cuales esa anatomía era reiteradamente vinculada a situaciones concretas de la práctica médica y también de la vida social.

Aun recuerdo que esa mañana, en su introducción a la anatomía neurológica, una de las alusiones inesperadas de Enríquez fue, al ligar las estructuras anatómicas relacionadas con el equilibrio y su estudio experimental,  mencionar a los perros en el equilibrio de su marcha, para luego advertirnos que sin embargo, esos perros tan disciplinados que desfilan en las paradas militares eran capaces, en un campo de concentración, de desfigurar a un ser humano hasta la muerte.  Como que la burbuja de la formación universitaria una vez más era rota por la realidad. Yo no sabía que pronto Don Edgardo cobraría el cariño y el respeto que lo hizo padrino de todas y cada una de las generaciones de jóvenes egresados como médicos en nuestra universidad a lo largo de sus años de vida docente, al ser reconocido y admirado por todos los alumnos, indistintamente de la ideología o de las preferencias políticas del estudiantado.

            Las redes vasculares, las estructuras óseas, la conformación de los trayectos nerviosos eran presentados en clase, invariablemente, en asociación con ejemplos provenientes de la clínica, conciliando directamente a la ciencia básica con su dimensión aplicada. Este principio didáctico esencial, correlato necesario entre la teoría y la práctica, anunciaba una capacidad de integración y una integridad personal que fuimos descubriendo en ese profesor atípico y siempre atento a los estudiantes.

Miguel Enríquez en su infancia
Miguel Enríquez en su infancia

A quienes, atraídos por su disposición, tuvimos la oportunidad luego de convivir con él, con doña Raquel su esposa, con su hija y sus nietos, incluida la hija de Miguel Enríquez, se nos desplegó, mediada por la increíble capacidad conversatoria de don Edgardo, un amplia gama de experiencias transmitidas con gracia o en su caso con gravedad, a menudo con esa habilidad para ligar lo particular con lo general y lo biológico con lo social. Sus hijos alcanzaron el compromiso que los caracterizó, criados en un ambiente familiar que estimulaba la reflexión en torno al mundo actual. A la mesa de esa familia en Concepción se sentaban profesores universitarios, artistas e incluso sacerdotes, y los hijos participaban de la conversación con ellos. No en balde, Don Edgardo nos refirió cómo mantenía para sus hijos una cuenta abierta permanente en una importante librería de la ciudad de Concepción.

Edgardo Enríquez y Salvador Allende en Concepción
Edgardo Enríquez y Salvador Allende en Concepción

Edgardo Enríquez, nacido en 1912, luego de graduarse como médico, inició una dedicada carrera docente universitaria en el ramo de la anatomía, en la Universidad de Concepción, su ciudad de origen.  Yo ignoraba, esa mañana de hace 35 años, que su vastedad de horizontes lo había llevado a desempeñarse no solamente como profesor de anatomía, sino como oficial médico de la marina chilena, como director del Hospital Naval de Talcahuano, como militante del partido radical, como presidente del Colegio Médico de Concepción durante nueve periodos consecutivos, como conspicuo integrante de la masonería chilena, como rector de la Universidad de Concepción, cargo al que fue electo democráticamente por amplia mayoría en 1969 y, en el final del gobierno de Salvador Allende, como ministro de educación de Chile.

Don Edgardo con dos de sus exalumnos chilenos de Concepción, Félix Aliaga y Jaime Ibacache en Mendoza, Argentina, 1984
Don Edgardo con dos de sus exalumnos chilenos de Concepción, Félix Aliaga y Jaime Ibacache en Mendoza, Argentina, 1984

Enríquez había observado el ataque a la Moneda desde su propia oficina en el Ministerio de Educación. Llegaría a México luego de un difícil periplo que inició en calidad de preso político enviado a la Isla de Dawson, en el extremo austral de Chile, donde estuvo internado cuatro meses sin proceso jurídico alguno, sometido junto con otros integrantes destacados del gobierno de Salvador Allende, a graves vejaciones y maltratos por el delito de formar parte de ese equipo de trabajo. Luego de un periodo de profunda incertidumbre, sometido por otros 16 meses más de arresto domiciliario, ante la exigencia de diversos organismos internacionales y a pesar de múltiples obstrucciones del régimen castrense, fue acogido como profesor en la Universidad de Oxford, donde impartió clases por tres años antes de llegar a brindar sus lecciones en México.

A propósito de su expulsión de Chile en 1975, contaba Don Edgardo el modo como había sido subido a un avión por un destacamento de seis soldados que, dirigidos por un capitán, apuntaban a la cabeza del profesor de neuroanatomía con metralletas, cual delincuente peligrosísimo. Tal vez, decía, si hubiese sido profesor de anatomía de otra parte del cuerpo humano, ahí le hubieran apuntado los militares con sus armas.

Don Edgardo Enríquez en Cuernavaca
Don Edgardo Enríquez en Cuernavaca

El maestro Edgardo Enríquez supo, en la difícil condición del exilio político, no solamente sobrellevar con entereza la muerte de su hijo Miguel, fundador del Movimiento de Izquierda Revolucionaria y la de su yerno, Bautista Van Showen, así como la desaparición de su hijo Edgardo, y en general afrontar en su vida personal y familiar y en la perspectiva de su país como un todo, la gravísima agresión que implicó el golpe de estado instrumentado a pesar de la tradición democrática ejemplar que Chile mostraba al mundo antes de 1973.

Un caballero nos había llegado desde el Cono Sur. Hasta la manera como preparaba sus “pisco sower” era motivo de bromas de parte de alguien que además tenía la capacidad de reírse de sí mismo y de aligerar con su agudo humor la gravedad de los ominosos acontecimientos de alcance personal, familiar y colectivo. 

Al llegar a su casa en la ciudad de México, antes de encender las luces corría las cortinas en una medida de sobrevivencia aprendida ante la eventualidad de un atentado perpetrable ordenado desde Chile. A una edad avanzada, seguía llegando muy temprano a la universidad, donde se le encontraba dibujando sus detallados esquemas anatómicos para la siguiente clase o preparando sus modelos de órganos incluidos en parafina. Su motivo de estudio, la estructura anatómica del cuerpo humano, no había cambiado a pesar de las vicisitudes vividas.

Don Edgardo Enríquez nunca dejó de portar un pisacorbatas que decía “VENCEREMOS”. Es el mismo “venceremos” de la utopía humanista, de la justicia, del cuidado, de la entereza y la dignidad, de la obstinación transformadora que hoy tanto necesitamos en todo el mundo.

 

Bernardo Baytelman

En esos mismos años de formación médica en México, el interés por las plantas medicinales y por la medicina que se practica a nivel popular llevó al encuentro con otro exilado chileno: Bernardo Baytelman, conocido cariñosamente como Beco desde antes del destierro. Recuerdo mi primera plática con él, en su “oficina”, entonces ubicada en el Museo Cuauhnáhuac del Palacio de Cortés, en la ciudad de Cuernavaca.

<em>Beco</em> en la sede del Jardín Etnobotánico en Cuernavaca
Beco en la sede del Jardín Etnobotánico en Cuernavaca

Al llegar a preguntar por el profesor Baytelman, nos señalaron un escritorio que tenía encima unas tijeras de jardinero, y recargadas en el mueble, palas y azadones. Estaba Beco en esa época organizando la habilitación de un jardín de plantas medicinales, en un predio histórico de cuatro hectáreas en Cuernavaca que había sido casa de Maximiliano de Habsburgo, fallido emperador que llegó a México amparado por el gobierno francés de Napoleón III y por la clase conservadora mexicana en una de tantas intervenciones de potencias extranjeras sufridas por el país a lo largo de su historia, intervenciones que no han cesado en toda América Latina y que hoy en México son más eficaces y no requieren la llegada de ejércitos, sino la invasión de las mentes y de los corazones, cuando los hay, de la clase política.

Llegó finalmente a su escritorio un hombre cuyos ojos claros proyectaban una mirada vivaz y atenta. Sacaba de su bolsa su dispensador de salbutamol y luego lo alternaba displicentemente con un cigarrillo. Le llamó la atención que unos estudiantes de medicina se interesaran por la medicina popular que entonces se entendía y se sigue entendiendo aun en muchos circuitos universitarios y profesionales como algo propio de los primitivos, de los ignorantes, de los supersticiosos. Ese exótico interés nuestro lo tenía a él tan intrigado como a nosotros su proyecto, sus palas y en particular su atención enteramente vertida en nosotros. Se estaba ahí con Beco por completo: disponía de tiempo, porque él estaba completamente ahí, denodadamente presente. No había teléfonos celulares, mensajitos, interrupciones, dinámicas paralelas de comunicación, exclusiones o atenciones selectivas posibilitadas por la telefonía móvil que es hoy indudablemente un recurso de gran utilidad. Pero como que el recurso éramos todos nosotros. En ese ámbito de vertirse por completo, Beco presentaba su proyecto con el entusiasmo de quien se apasiona sin medida por algo, de alguien que sabe que el tiempo pasa, y a veces hasta muerde.

<em>Beco</em> dictando una conferencia
Beco dictando una conferencia

En ese sentido, Baytelman no conocía los escrúpulos , si atendemos al origen de esa palabra, que significa tener pequeñas o ásperas piedras que impiden caminar. Tan no tenía piedras en los zapatos que utilizaba su insuficiencia respiratoria como llave para entrar en contacto, en calidad de paciente, con curanderos, parteras, hierberas, campesinos recolectores de hierbas, sobadores, hueseros y brujos. Beco venía también de ese país lejano, Chile. Confesaba que cada día le era precioso para avanzar en el proyecto que lo tenía prendado hasta la médula. Al despertar estaba ya impaciente por lo que se habría de hacer ese día irrepetible. Beco estaba impulsado por la vehemencia característica del obstinado, guiado por la brújula no solo de sus convicciones, sino, en particular por una sensibilidad humana que, como sabemos, está siempre mucho más allá que las ideologías.

Beco impartía algunas horas de clase en la facultad de ciencias políticas de la Universidad Nacional Autónoma de México; a sus alumnos dejaba como lectura obligada en su curso la de “El arte de amar”, de Erich Fromm, en un rasgo inusual que delataba justamente el tipo de aproximación que entablaba ante los temas y problemas que eran de su interés.

Poeta, actor de teatro y sociólogo vertido a la antropología, Bernardo Baytelman, padre de la famosa actriz Shlomit Baytelman, se encontraba en septiembre de 1973 a cargo de la radio y la televisión universitaria en Santiago y se vió obligado a buscar asilo en la embajada venezolana.  Su condición de enfisematoso hacía particularmente difícil su situación, y fue lo que lo llevó finalmente al benigno clima de Cuernavaca, en México. Pronto, y gracias a la hospitalidad y al apoyo que ahí encontró, supo apreciar los innumerables vericuetos culturales del país y acercarse con cada vez mayor intensidad al tema de la medicina tradicional y de las plantas de uso curativo, no sólo mediante la lectura detenida de los textos históricos de los cronistas y de la literatura antropológica, sino en particular a través del contacto con las personas involucradas en esos saberes. Fue así que propuso la formación del Jardín Etnobotánico y del Museo de Medicina Tradicional y Herbolaria en dicha ciudad, ambos con un claro cometido de beneficio colectivo, los cuales tienen ya funcionando más de treinta años y forman parte esencial del Instituto Nacional de Antropología e Historia en el estado de Morelos y en el país.

Por supuesto, una persona así, lejos de ser monotemática, combinaba una gama tan amplia de mundos, que veía a los demás como a sí mismo: no solamente como profesionistas en formación o como informantes, sino, sin intromisiones, como seres humanos con una vida interior meritoria de atención. No podía Beco reducir a sus interlocutores, en particular a los jóvenes, a una condición de vacío de su dimensión afectiva o emocional, como a veces se pretende en los medios laborales y burocráticos, donde la despersonalización de los trabajadores implica a menudo la limitación de su potencial y la anulación de su creatividad.

Ceremonia luctuosa en memoria de Beco, oficiada en Cuernavaca por don Sergio Méndez Arceo, presente don Edgardo Enríquez
Ceremonia luctuosa en memoria de Beco, oficiada en Cuernavaca por don Sergio Méndez Arceo, presente don Edgardo Enríquez

En los pocos años que le quedaron de vida en México, tal vez en virtud de esa obstinación que iba a contracorriente con la adversidad del exilio, y ante al apremio de saberse afectado por una enfermedad crónica muy incapacitante, Baytelman supo concretar un proyecto visionario, abriendo al público el primer jardín etnobotánico y el primer museo de medicina tradicional y herbolaria de México y posiblemente de América Latina, fundamentado en un sistemático trabajo de campo en diversas regiones del estado de Morelos y en una profunda contextualización temática. Así, adelantaba con ello el reconocimiento de los saberes inherentes a la medicina popular como parte del patrimonio cultural y biológico del país, pero además lo hacía en el marco de una perspectiva integral que no soslayaba los determinantes sociales de esos saberes ni de los recursos implicados en ellos. No era la suya una investigación folclorista. Se trataba no solamente de investigar la realidad, sino de generar espacios permanentes de difusión e investigación con una proyección social y académica, las cuales hoy atestiguan, en su continuidad como instancias ya consolidadas, la pertinencia de su propuesta.

Indagando en el saber popular, Beco tenía sin  embargo en su escritorio un pequeño letrero que decía: “nos enfermamos, nos morimos de sociedad”. Era la suya una perspectiva que hoy sigue vigente, lejana a ciertos énfasis actuales que preconizan una interculturalidad descafeinada, cuando hace a un lado o minimiza las dinámicas estructurales de desigualdad social, al focalizar las dinámicas culturales sin contexto, como si éstas se encontrasen al margen de otras tensiones dinámicas de clase, de territorio, de género.

La visión aún pertinente de Baytelman se refleja en el planteamiento que fundamenta al Proyecto Etnobotánico por él propuesto, en líneas que incluso parecen moderadas ante el neoliberalismo actual en México, ante el negocio galopante de los seguros médicos y la vulgar comercialización de la atención médica:

La salud del ser humano ha sido, en todos los tiempos […] no sólo una de las principales preocupaciones, sino uno de los principales poderes de ciertos grupos sociales […] Nuestra sociedad se define, precisamente y por encima de todo, como una competencia productiva. Afirmación que en cuanto a medicinas y farmacología, constituye una evidencia aterradora: se cura a los heridos de los campos de batalla, a los que caen en el trabajo, a los que reciben el golpe de un infarto por problemas de negocios, a los que se enferman de gastroenteritis por contaminación de las aguas, a los que adquieren enfermedades pulmonares por el esmog, a aquellos individuos que el sistema ha creado y definido como consumidores: en suma, a los que sirven para la producción y reproducción de lo establecido. Este sentido positivista del progreso encierra un razonar maniqueísta de lo verdadero y de lo falso, que atribuye a la cultura occidental el valor de lo verdadero, y a las demás culturas el de lo falso. La prepotencia colonialista, que nos hace razonar con estas categorías, nos ha conformado una lógica que acepta como unidad taxonómica los valores del capitalismo, o si se quiere, los valores de la sociedad de consumo. Y además, en lo que se refiere a América Latina, el imperialismo tecnológico nos obliga a copiar los modelos culturales de los países desarrollados sin tomar en cuenta las verdaderas necesidades nacionales.

Desgraciadamente no ha cambiado en muchos países un ápice lo que describe Baytelman:

[…] la educación primaria, secundaria y universitaria es eminentemente urbana, orientada hacia lo empresarial y dueña de un espíritu individualizante y competitivo. Como un ejemplo, podemos recordar que los programas de las escuelas de medicina de la mayoría de nuestros países han sido copiados de modelos alemanes, franceses y norteamericanos, que reflejan un concepto mecanicista y metafísico de la comprensión del cuerpo humano y de sus enfermedades, que centran su atención nada más que en el sistema curativo de la medicina, y que ocultan así la verdadera dimensión de una problemática que excluye la responsabilidad de la salud en beneficio de la enfermedad. El acentuado interés de la medicina hospitalaria de alta tecnología por una orientación de tipo individual hace que el servicio de la profesión se dirija, básicamente, a los sectores que pueden darse el lujo de pagarlo, y cuya calidad dependerá, precisamente, de dicha remuneración […] Por otro lado, el caso de la farmacología –mucho más evidente que el de la medicina-, se presenta con ribetes macabros. La industria respectiva, también centrada en el espíritu de la competencia y de la productividad ha llegado aún a transformar la medicina, convirtiéndola en una de las herramientas de sus fines de lucro. Es así como se subsidia a los médicos que recomiendan sus productos mediante premios o incentivos […] (1981: 23). 

Pero hay algo más que cabe destacar en el obstinado Beco, señalado con tino por su viuda, la escritora Eliana Albalá, quien sigue residiendo en Cuernavaca y continua su prolífica actividad creativa y docente; Eliana, por cierto originaria de Temuco, escribe algo que me permito citar textualmente respecto a la figura de Baytelman:

…siempre que lo nombramos, o recordamos sus expresiones agudas, humorísticas, cálidas, pertenecientes al inmenso caudal de su conocimiento del mundo, da la impresión de que sólo ayer hubiera estado con nosotros. Cada día se halla más cerca y más inolvidable. Muy aparte de otros factores decisivos relacionados con su indiscutible capacidad académica tuvo –como condición natural privilegiada- ese tipo de simpatía que se asemeja tanto al carisma de los líderes. Sin esa simpatía y esa atracción directa sobre las personas, sus investigaciones no habrían alcanzado la enorme gama de información abierta y espontánea que las caracterizan…

Pero Eliana añade además algo fundamental:

…La sola simpatía y el atractivo carismático no son en realidad bastantes para el antropólogo. Ninguno de sus dos libros hubiera sido posible si Beco –como todos sabemos- no fuera un estudioso serio y un poeta excelente. Ser poeta, en su caso, significó dos cosas fundamentales para la transmisión de la experiencia antropológica. Un modo atractivo de expresión; directo e intuitivamente plasmado. Pero, sobre todo, mirar el mundo y descubrir sus ángulos insólitos…

Vista desde el Museo de Medicina Tradicional y Herbolaria, Cuernavaca
Vista desde el Museo de Medicina Tradicional y Herbolaria, Cuernavaca

Un día pudimos reunir a Beco Baytelman y a Don Edgardo Enríquez en una velada memorable. En esa ocasión, la humorística capacidad de Beco para expresarse idiomáticamente como un campesino chileno mantuvo en vilo a todos los asistentes.

            Entonces estamos hablando, al recordar a Beco, de la posibilidad para hacer confluir las diversas capacidades y sensibilidades de un ser humano y de armonizarlas en una integridad que trasciende la visión unilateral que vamos cultivando a veces sin reparar en ello, como efecto de la atomización de perspectivas que desdeña dimensiones humanas sustantivas. No somos una sola capacidad, una sola profesión; no somos una entidad unidimensional: la optimización de nuestras posibilidades y capacidades se ejerce desde la realidad inmediata de la vida cotidiana, y, además, como se desprende del actuar de Beco Baytelman y de tantos otros, se ejerce con los demás, porque crecemos y nos encontramos en el otro.  Así, en el caso de Beco, su trabajo no hubiera sido posible sin el aporte generoso de numerosos curanderos y parteras, sin el marco institucional que lo acogió, sin el apoyo de sus ayudantes y jardineros y, por supuesto sin su tesón inacabable, reflejo intenso de una convicción interna, que a fin de cuentas forma parte también de su legado para nosotros.

Encontré un poema de Beco que trata del exilio y que me permitiré leérselos; desemboca en el llamado apremiante a fundamentar nuestras esperanzas en la realidad:

 

Exilio  número  tres

Hoy nací  comiéndome  las  manos.
Y, abierto el molino de la angustia,
trituro  sueños, aviento  los veranos
dando y dándole vueltas a la piedra
de que estamos más presos que en la cárcel
en este farallón de  los caminos.
De que nuestros trigos ya están vanos.
Y que esta harina de este tal molino
no alimenta la luz de  mis  hermanos.
Con pequeños  rencores cotidianos
vamos royendo  el corazón del trigo,
pequeña división iconoclasta,
la voz existencial sembrando vientos
mientras el barco se hunde y nos aplasta.
Hoy en día el futuro no es como antes.
Nos han desparramado por caminos
pequeños, sucios, delirantes,
divididos en clases, pergaminos,
buscando en egocéntricos destinos
el equilibrio fácil, tolerante.
Hoy  nací comiéndome las manos.
Soy estatua de sal, miro el pasado
con Sodoma y Gomorra tan cercanos
y la herida que no ha cicatrizado.
Hay que ensillar urgente a Rocinante,
montarlo luego y preparar las lanzas.
No se puede esperar detrás del  vidrio.
Para  fundamentar  las esperanzas
hay  que saber el ancho del peligro.

 

Jaime Serra

Jaime Serra a su salida de Chile
Jaime Serra a su salida de Chile

En septiembre de 1973, el golpe de estado encontró a un joven pediatra y sanitarista trabajando en la sala de urgencias de un hospital de Santiago, lugar del cual saldría días después para dirigirse a su domicilio en un barrio de clase media alta. Al llegar ahí, Jaime Serra encontró que muchos de sus vecinos habían desplegado en sus ventanas y balcones banderas chilenas en claro apoyo al golpe militar.  La inminencia del exilio para salvar la vida colocó a Jaime en la encrucijada de solicitar asilo político y dirigirse a algún país europeo, a los Estados Unidos, al Canadá… pero él, a pesar del consejo de otros colegas que partían a Europa, prefirió definir su destierro quedándose en un país de América Latina. Ese país fue Costa Rica, prestigiado por no contar con ejército y por dedicar una importante proporción del presupuesto gubernamental a una educación pública accesible y de alta calidad y a un sistema de salud ejemplar entonces en Centroamérica. Así, un día se encontró el doctor Serra desempacado en una de las principales avenidas de San José, topando casualmente con la sede de un congreso médico. Al entrar al recinto, conocería a Juan Guillermo Ortiz, dando por resultado este encuentro un afortunado giro para la salud pública latinoamericana. Eran los primeros días de su llegada a Costa Rica.

Juan Guillermo Ortiz Guier, fundador del Hospital sin Paredes
Juan Guillermo Ortiz Guier, fundador del Hospital sin Paredes

Fue en Costa Rica donde tuve el privilegio de conocer en 1979 al obstinado Jaime Serra. Una corriente de simpatía mutua se estableció entre él y un estudiante más que llegaba como interno de pregrado a realizar su bloque de medicina interna en el “Hospital sin Paredes”, de la ciudad de San Ramón. Ahora me pregunto si no sería una contradicción pretender aprender medicina interna en  un hospital desprovisto de muros, pero así era el asunto. Ese hospital se llamaba formalmente “Hospital sin Paredes” reflejando precisamente la idea de un establecimiento sanitario ligado a su entorno orgánicamente: abierto, vinculado. La experiencia de este hospital, que ganó una mención especial por parte de la Organización Mundial de la Salud, es sin duda antecesora fundamental del actual Programa de Internado Rural Interdisciplinario de la Universidad de la Frontera en Temuco.

Este hospital y el programa de medicina comunitaria adscrito al mismo fueron fundados por otro peculiar obstinado: el doctor Juan Guillermo Ortiz Guier, un cirujano-poeta costarricense visionario, quien supo, tal vez gracias a su ojo clínico, captar “al tiro” el potencial del doctor Jaime Serra a su llegada a Costa Rica.  Serra no sabía que el mismo día de su encuentro con Ortiz sería llevado de inmediato por él a San Ramón.

Fue en ese entorno médico expansivo y progresista y en el seno de la realidad del campo costarricense que el doctor Serra pudo desarrollar el programa de auditorías sistemáticas de los fallecimientos de menores en toda el área geográfica de cobertura del hospital de San Ramón. La noción clave de evitabilidad en la morbimortalidad, aunada a una perspectiva de participación social impulsada por Juan Guillermo Ortiz, imprimió un sello distintivo a la propuesta. Durante varios años, todo fallecimiento en menores de cinco años fue investigado siguiendo un protocolo básico que involucraba a un equipo de diversos profesionales abocados a analizar retrospectivamente la génesis de esa muerte, y cuyo interrogante era uno y básico: ¿se pudo haber evitado esa muerte? 

Serra y Ortiz en San Ramón
Serra y Ortiz en San Ramón

Para acceder a esa respuesta se requería la conjunción de diversas disciplinas, atendiendo justamente a la dimensión múltiple y contextual de la morbimortalidad. Diversos elementos eran en ese marco metodológico puestos de relieve y examinados: la condición socioeconómica y cultural del entorno familiar del fallecido; su dinámica familiar; el hecho de que ese embarazo hubiese sido o no deseado; la atención prenatal brindada o no antes de su nacimiento; si había cursado el parto con una distocia; la atención obstétrica y perinatal recibida; la situación nutricional de la madre; las condiciones y procedimientos de atención hospitalaria y médica de campo; la nutrición recibida por el menor; su acceso a los esquemas vigentes de vacunación, etcétera.

Como interno que formara en algunas ocasiones parte del equipo a cargo de las auditorías, la experiencia en entrar en contacto con esta propuesta fue en definitiva determinante para comprender un enfoque de salud pública incluyente y aplicativo. No fue en el terreno del discurso ni de la perorata ideológica donde se jugaba la propuesta, sino en la práctica combinada, individual y colectiva, crítica, centrada en lo concreto y en lo propositivo.

Se trataba justamente de un ejercicio sintético que plasmaba de una manera precisa y aplicativa una respuesta tangible respecto al sentido y dirección de las investigaciones, sobre su pertinencia y su articulación con los servicios y las políticas sanitarias, sobre la relevancia de la dimensión estructural de los daños a la salud.

Todo ello, además, en el contexto de un proceso compartido de reflexión, no sólo por parte de los profesionistas o los investigadores sobre una comunidad siempre plena de contradicciones y dinámicas internas, sino con ella, pues el proceso de investigación y su desenlace se llevaba a cabo en diálogo con el entorno familiar y comunal del fallecido. Y, ante la respuesta generada por la investigación en torno a si esa muerte podía o no evitarse, el desenlace era la toma de medidas técnicas de diverso tipo en un procedimiento categórico de retroalimentación dirigido a mejorar los servicios pero también las medidas preventivas en el ámbito extrahospitalario. Con ello, el método se subordinaba a la realidad y no al revés. Es decir, la calidad instrumental de la investigación se plasmaba en medidas de salud pública implicando, además de la incidencia en la práctica de los servicios y de los programas preventivos, una dimensión educativa fundamental. El clásico postulado de integrar el servicio, la enseñanza y la investigación dejaba el terreno discursivo para convertirse en una realidad tangible.

Así, la sesión donde se presentaba el caso y en la cual cada integrante del equipo iba aportando lo inquirido y analizado, se coronaba con el informe de la necropsia presentado por el patólogo proveniente de San José, la capital, para finalmente determinar, ese grupo en su conjunto, la respuesta a la pregunta única y eje del proceso: ¿Era o no evitable esa muerte?

Hay que señalar, además, que dichas sesiones eran públicas y a ellas asistía el personal médico y paramédico y los pobladores de la comunidad implicada. A la respuesta, seguían entonces las recomendaciones puntuales y operativas. Tal vez era previsible lo que luego sucedió, pues años después, y es que a pesar del carácter profesional y respetuoso del ejercicio, el Colegio de Médicos de Costa Rica solicitó que dichas sesiones de auditoría se llevaran a cabo a puerta cerrada. Sin embargo, el ejercicio y el método ya estaban consolidados. ¿Es evitable la desgracia?  Se trata de una pregunta esencial, universal, definitoria, política.

Jaime Serra con un equipo sanitario interdisciplinaria en salida a campo, San Ramón
Jaime Serra con un equipo sanitario interdisciplinaria en salida a campo, San Ramón

Cuando en 1983 Jaime Serra publica en Costa Rica, en conjunto con el sociólogo Carlos Brenes un reporte sobre la experiencia del programa de salud comunitaria “Hospital sin Paredes” es claro al afirmar en unas líneas significativas justamente su posicionamiento respecto al sentido de la investigación, preocupado no solamente por precisar qué es lo que hay que medir respecto a la salud y la enfermedad, sino para qué medirlo y para quién medirlo, reconociendo la pretensión de no ser “neutro” respecto a esas precisiones, a ser hechas, en su caso, “desde la perspectiva de los sectores populares para cuyo beneficio y legítimos intereses deben de acumularse los conocimientos transformadores, que faciliten el imprescindible cambio de las injustas estructuras actuales”, advirtiendo a su vez que lo reportado era “el fruto colectivo de un equipo de salud interdisciplinario, de lo aprendido por éste en el diario contacto con su pueblo”.

Salida del equipo de salud a campo, Cantón de Palmares, Costa Rica
Salida del equipo de salud a campo, Cantón de Palmares, Costa Rica

  Jaime, al igual que el doctor Juan Guillermo Ortiz, supo identificar a lo largo de los años la relevancia capital de la vertiente organizativa en su trabajo como sanitarista.  No se trataba ingenuamente, sin embargo, de una organización para sí misma, sino del desarrollo de organizaciones de carácter popular, cuya dirección habría de estar en manos o protagonizada por miembros de los sectores populares aunque su concreción fuese de difícil factura. Al respecto, Serra planteó desde entonces la pertinencia referencial de las propuestas de investigación-acción, señalando entre sus rasgos la necesidad de devolver sistemáticamente a los sectores populares información no exclusivamente periodística o educacional formal, sino conocimiento científico capaz de crear conciencia de clase revolucionaria y de disolver la alienación que impide a los sectores más afectados por la morbimortalidad evitable, entender la realidad y articular su lucha y defensa colectiva, dotando de recursos ideológicos e intelectuales a dichos conjuntos sociales para que asuman concientemente su papel como actores de la historia (1983: 281).

Egresado de la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Chile, Jaime tenía bien presente, dentro y fuera de su país, la frase que me mostró alguna vez plasmada en bronce a la entrada de la institución en Santiago y que dice: “La salud pública es la ley suprema”.

La salud pública es la suprema ley

¿Qué quiere decir esto?  ¿Acaso se trata de una reivindicación corporativa por parte de los salubristas, que no contentos con ubicar a su ramo por encima de toda la ciencia médica ahora lo colocan por encima de toda profesión y de toda ley?  No. Muy lejos de ello, se trata de una precisión sobre la globalidad determinante de la salud pública, que reconoce en ella la íntima imbricación de una multitud de factores heterogéneos y de procesos dinámicos, y que por ello involucra un todo.  Esta visión acompañaría a Jaime a lo largo de toda su vida profesional y no profesional, y preside, como alguna vez me lo comentó, al mismísimo Programa de Internado Rural Interdisciplinario que fundara luego en esta Universidad de la Frontera.

Salida del equipo de trabajo sanitario a campo, San Ramón
Salida del equipo de trabajo sanitario a campo, San Ramón

Antes de los nuevos e importantes desarrollos que acompañaron su proceso final de acción creativa en Chile, Jaime Serra planteó en los hechos y a partir del Programa de Salud Comunitaria en San Ramón, superar la distinción entre sujeto investigador y objeto investigado, perfilando a la población capaz de enfrentar orgánicamente el riesgo y donde los sectores populares recobrarían su papel como protagonistas principales y como hacedores conscientes de historia. El cometido de crear y poseer conocimiento en salud se habría de cumplir en la propia acción de los responsables de salud, de los comités de salud, de las organizaciones populares. Al recobrar el papel significativo de las organizaciones populares en salud, se recuperaba el papel mismo de la medicina popular, articulando su defensa en torno a la lucha por la salud colectiva.

Esta terminología pareciera hoy pasada de moda, como si la lucha por la salud no tuviera una dimensión colectiva imprescindible, como si la alienación de los sectores populares no persistiera e incluso como si la alusión a éstos fuese ya un mero artificio discursivo y anacrónico.  Jaime Serra plasmó con su trabajo, generado siempre en el seno de equipos interdisciplinarios, una propuesta que no ha perdido vigencia por su alcance múltiple: investigativo, educativo y de servicios. La vieja aserción de Virchow, el padre de la medicina social, acerca de la medicina como dominio esencialmente político renace una y otra vez en figuras como la del doctor Jaime Serra.

Sesión de auditoría de mortalidad infantil, San Ramón
Sesión de auditoría de mortalidad infantil, San Ramón

El daño evitable, sostuvo Serra, es aquel daño que ocurre pese a que existe el conocimiento, los recursos económicos y sociales capaces de enfrentarlo de manera positiva y superarlo. Una conclusión sintética del programa de auditorías llevado a cabo en Costa Rica durante la fr uctífera estancia de este obstinado chileno en el exilio fue, a partir de datos numéricos sistematizados, que la evitabilidad refleja la desigualdad social. En ese sentido, como demostró Jaime y su equipo en Costa Rica a partir de un trabajo de seguimiento y análisis sistemático, el fenómeno de la mortalidad evitable se manifiesta de manera diferencial al existir sectores que por poseer recursos y conocimientos, o bien por el control y poder sobre ellos, logran de hecho, incluso hasta sin ser concientes de ello, estar menos expuestos al daño en salud. Frente a estos sectores, afirmaba Jaime, se encuentran precisamente los sectores populares, que no tienen acceso ni a los recursos ni al conocimiento, o bien, no tienen el poder y control sobre éstos, con los que podrían evitar su daño en salud.  En síntesis, quedó expuesta  la dinámica socioeconómica como la determinación fundamental en la ocurrencia diferencial del daño a la salud.

¿Ha cambiado esencialmente, a treinta años de ello, la situación en América Latina en general?  Sigue vigente, en mayor o menor grado, la relevancia de la categoría de evitabilidad del daño determinada socialmente, lo que demanda construir una respuesta que involucre orgánicamente a los sectores populares, en acciones sanitarias cuya práctica y perspectiva interdisciplinaria recupere en su totalidad tanto lo biológico como lo social, defendiendo y ampliando espacios de articulación con los sectores populares que involucren la participación de los egresados universitarios.

Responsables de salud del programa de salud comunitaria de San Ramón
Responsables de salud del programa de salud comunitaria de San Ramón

El Programa de Salud Comunitaria del Hospital sin Paredes contaba con 46 puestos de salud como nivel primario de atención; dichos puestos habían sido generados de acuerdo con las necesidades locales y por las presiones de las propias comunidades, quienes habían aportado mayoritariamente los recursos para su construcción. El recurso humano eje de los puestos de salud eran auxiliares de enfermería preseleccionadas y preseleccionados por sus propios pueblos. Todas las casas eran visitadas al cien por ciento tres veces al año por dichos auxiliares. Determinados grupos eran sujetos a énfasis particular: eran aquellos que social y/o biológicamente habían sido definidos como de alto riesgo, aunque la cobertura de atención era universal, no discriminativa, y en varios aspectos y tareas, desarrollada en el mismo domicilio de las familias.  Al equipo de auxiliares de enfermería que habían nacido y vivían en sus propias comunidades, se sumaba un equipo de salud interdisciplinario, responsable de las enfermedades y muertes ocurrentes en sus sectores, en un proceso de descentralización de recursos que permitía el seguimiento de los individuos en todas las etapas de desarrollo, con una atención integral, precoz, oportuna y periódica. En ese contexto, y sin con ello pretender la ausencia de aspectos problemáticos en la ejecución de la propuesta, las actividades de fomento y protección a la salud eran básicas, con lo cual resalta su componente educativo fundamental.

Pedí llevar a cabo otro bloque de internado en San Ramón y tuve con ello oportunidad de ahondar un poco más, no solo en el programa comunitario, sino en mi relación con el obstinado. Las ferias de salud eran geniales, como lo era Valeriano Pueblo, peculiar personaje al cual le faltaban algunos dedos que perdió como obrero de la industria de la caña. Valeriano Pueblo era conocido también como el “mago de la salud” y era además el cantor popular que con los dedos que le quedaban tocaba la guitarra y amenizaba las ferias educativas en los poblados rurales.

Jaime, Magdalena y Valeriano Pueblo, mago de la salud
Jaime, Magdalena y Valeriano Pueblo, mago de la salud

El “mago de la salud” captaba inmediatamente con su voz y su atuendo a los niños y no pocos adultos, quienes ahí congregados veían cómo éste personaje iba inflando poco a poco un enorme globo, y en cada soplido narraba cómo se construía una muerte infantil evitable soplando entre cada frase: “este niño tenía a sus padres sin trabajo”, “su madre se embarazó sin quererlo”, “ella no se controló el embarazo”, “no le dieron pecho materno al chiquillo”, “no recibió vacunas”… aparece inflado entonces un globo donde está dibujada la cara de un niño triste y arrugado. Valeriano Pueblo grita, saca una aguja enorme como de un metro de largo, anuncia con voz estentórea: “¡llega de pronto la enfermedad y!”… y súbitamente rompe el globo con la aguja, que estalla ruidosamente ante el espanto de todos los asistentes. Luego, toma otro globo y lo infla a soplidos de embarazo deseado, de control prenatal, de buenos ingresos familiares, de acceso a servicios, de armonía entre los padres, de lactancia materna, de vacunas. Aparece ahora la cara de un niño feliz en el globo, y el mago, sacando la enorme aguja de nuevo, anuncia que ha llegado la enfermedad. Intenta entonces reiteradamente tronar el globo sin lograrlo y la audiencia se maravilla.

Jaime Serra exponiendo el programa PIRI en Palenque, Chiapas
Jaime Serra exponiendo el programa PIRI en Palenque, Chiapas

Años después, Jaime optó por regresar a Chile y no fue fácil. Figuraba aun en la relación de proscritos. Las puertas se abrieron con dificultad. Sin embargo, ya en su patria inició un proceso de auditorías, ahora a casos de mortalidad materna. Me refería años después que todavía recordaba con vivo pesar algunos de esos casos particulares, y que esperaba contar con tiempo suficiente para analizar ese material casuístico con detenimiento suficiente, una vez que se hubiera retirado de algunas responsabilidades docentes y administrativas en Temuco. Al llegar a la Universidad de La Frontera, Serra detectó que las alumnas, si quedaban embarazadas, eran excluidas de la institución. No era de extrañarse que una de las iniciativas que asumiera Jaime junto con otros profesores fuese no sólo la lucha por revertir semejante medida, sino por establecer, como de hecho sucedió, un servicio universitario de apoyo a dichas estudiantes.

Vino a México Jaime; era un niño desatado en busca presurosa de conchas y restos marinos. La vista de caracoles, de corales, de estrellas de mar lo transformaba en un ávido pirata, en un vehemente buscador de tesoros, sin disposición alguna de cederlos a nadie. Y los encontró, sin duda, a lo largo de su vida, porque el tesoro de su infatigable agudeza, de su sensible creatividad lo impulsaba sin tregua desde dentro.

Los comentarios críticos de Jaime a temas de común interés fueron iluminadores de nuevo. Al subrayar la necesidad de dejar de enfatizar en los factores de riesgo y en pensar más bien en los horizontes compartidos de riesgo, al destacar la relevancia del territorio en cualquier iniciativa de salud pública, al recomendar no abandonar la práctica clínica, seguía vertiendo un saber que también ha trastornado a otros en nuestro país.

Un obstinado en el rumbo de su convicción: Jaime en ruta para acompañar a sus Piris en Chile
Un obstinado en el rumbo de su convicción: Jaime en ruta para acompañar a sus Piris en Chile

A veces, cuando las cosas se ponen difíciles, el recuerdo de Don Edgardo, de Beco, de Jaime, el recuerdo de ellos en su entereza, en su generosa universalidad, en su luminosa disposición, lejos de ser un asunto nostálgico, emerge como una realidad operativa que permite relativizar y superar esas dificultades. Estos obstinados siguen vivos.

Ante los embates ciertamente inevitables en la vida -algunos devastadores- hay quien se yergue y no sólo sigue en pie con entereza, sino que trastorna ese libreto ominoso de los atropellos y crea a contrapelo caminos y horizontes, con mirada de aliento y de futuro. Esto hicieron, entre otros obstinados en otros momentos y lugares, Edgardo Enríquez, Bernardo Baytelman y Jaime Serra. A ellos hoy, en su tierra, rindo un emocionado homenaje de gratitud.



[1] Instituto Nacional de Antropología e Historia. Conferencia impartida en la Universidad de La Frontera, Temuco, Chile, el 22 de noviembre de 2012

 

Bibliografía

Albalá, Eliana (1993), “Prólogo”, en: Baytelman, Bernardo, Acerca de plantas y de curanderos. Etnobotánica y antropología médica en el estado de Morelos. Instituto Nacional de Antropología e Historia, México, pp. 7-10.

Baytelman, Bernardo (1993), Acerca de plantas y de curanderos. Etnobotánica y antropología médica en el estado de Morelos. Instituto Nacional de Antropología e Historia, México (edición póstuma).

Enríquez Frödden, Edgardo (1994), En el nombre de una vida. Universidad Autónoma Metropolitana Xochimilco, México.

Ortiz Guier, Juan Guillermo (2007), Del libro de mi vida y también del programa de mi vida “Hospital sin Paredes” en H.C.L.V.V. y región de Occidente. Edición del Autor, San José de Costa Rica.

Serra Canales, Jaime y Carlos Brenes (1983), “Recuperación crítica de indicadores socioeconómicos. La experiencia del Programa de salud comunitaria Hospital sin Paredes”, en: Iyer. R. Ramalinga; Ramírez, G.; Raabe, C.; Molina Chocano, G.; Reuben, S. et al, Centroamérica. Indicadores socioeconómicos para el desarrollo. Ediciones Flacso, San José de Costa Rica, pp. 269-313.

 

Cómo citar este artículo:

HERSCH MARTÍNEZ, Paul, (2013) “Lecciones imprescindibles de tres maestros chilenos en México: Edgardo Enríquez, Bernardo Baytelman y Jaime Serra”, Pacarina del Sur [En línea], año 4, núm. 14, enero-marzo, 2013. ISSN: 2007-2309. Consultado el

Consultado el Miércoles, 22 de Mayo de 2019.
. Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.comindex.php?option=com_content&view=article&id=605&catid=10

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