Pacarina del Sur
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Mauricio Macri. Después de mí, el diluvio

José Miguel Candia

Universidad Nacional Autónoma de México

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Recibido: 01-09-2019
Aceptado: 20-09-2019

 

 

Parafraseando a Mario Vargas Llosa, podemos preguntar: ¿Cuándo se jodió el gobierno de Mauricio Macri? La pregunta admite una diversidad de respuestas tan amplias como relativamente acertadas sobre el deterioro del régimen conservador que gobierna Argentina desde diciembre de 2015. Pero podemos señalar un punto de inflexión, un hecho emblemático que se encargó de desbaratar el trabajo ideológico pacientemente armado por los escribas del gobierno. La mañana del sábado 18 de mayo y mediante una grabación de poco más de 30 segundos, Cristina Kirchner sacudió el tablero y arruinó la fiesta. Los vacunó, como dijo con gran sentido del humor el escritor Jorge Asís. Contra la mayoría de los pronósticos designó como candidato a la presidencia de la república a Alberto Fernández reservando para ella el cargo de candidata a la vicepresidencia.  Todo el fuego de artillería mediática previsto para demoler la figura de la expresidente debió reorientarse con el fin de apuntar contra un nuevo enemigo.

La mayoría de los analistas se preocupan en poner el acento en los factores de carácter económico, todos relevantes a la hora de explicar la degradación material de la sociedad argentina y el creciente desprestigio del gobierno. Nadie puede cuestionar que la suba descomunal de las tarifas de los servicios básicos, las tasas de inflación descontroladas, la caída de la actividad industrial, el deterioro del poder adquisitivo de los salarios y la fuerte devaluación de la moneda constituyen motivos, más que sobrados, para incubar un extendido malestar social y el marcado repudio popular a la gestión de un gobierno que prometió corregir lo hecho por las administraciones anteriores, sin sacrificar el nivel de vida de la población.

Sin embargo, el dato político que mencionamos –la fórmula presidencial Alberto Fernández-Cristina Fernández de Kirchner (CFK)– cambió de manera súbita todo el entramado institucional y mediático que el gobierno del presidente Macri preparó con el fin de asegurar su propia sucesión. Haciendo uso de un complejo dispositivo electoral y de prensa, la alianza oficialista Cambiemos, abonó el terreno con el fin de asegurar su continuidad en el manejo del Estado. Se trató de ofrecer al universo de votantes, una visión binaria del proceso eleccionario que se desarrollará este año en tres etapas: el 11 de agosto la elección primaria, conocida en la nomenclatura institucional por la abreviatura PASO (Primarias abiertas, simultáneas y obligatorias), el 27 de octubre la primera vuelta y de ser necesario, una segunda vuelta o ballotage a fines de noviembre de este mismo año.

El armado discursivo del gobierno tenía un eje que articulaba el resto de los argumentos y propuestas: el enemigo de la democracia es la corriente política que expresa la exmandataria Cristina Fernández de Kirchner (CFK), figura en la cual se condensan – al menos de manera simbólica -  los valores de la disolución nacional y del encono político que fractura la sociedad argentina. La construcción cultural de la “grieta” – una expresión que popularizó el periodista Jorge Lanata, reconocido vocero del oficialismo – le sirvió al gobierno para machacar las conciencias populares contra el riesgo que supuestamente representa el posible regreso del peronismo y en particular, de la versión “kirchnerista” de ese vigoroso movimiento popular.

Las cosas parecían estar claras para los ideólogos y publicistas del oficialismo. La difusión hasta el hartazgo, de los actos de corrupción cometidos por algunos funcionarios de los gobiernos de CFK (2007-2015) con imágenes y audios cuidadosamente editados, más la aureola de supuesta intolerancia política atribuida a la exmandataria, constituían un reaseguro inviolable contra cualquier posible regreso de ciertas formas demagógicas de gobierno y de manejo inescrupuloso de los recursos públicos.

Pero la vaca se volvió toro. La mañana del pasado sábado 18 de mayo – un día poco asociado con las noticas políticas – el gobierno de Macri se encontró con un escenario electoral impensado, la candidata no era Cristina Kirchner por lo cual la línea argumental de Cambiemos, formulada por Jaime Durán Barba y Marcos Peña, dos supuestos “imbatibles” de las batallas eleccionarias, y cuyo núcleo duro se centraba en la satanización de la expresidente, sufrió una fisura argumentativa de la que no logra recuperarse.

 

Adiós a la estabilidad. El derrumbe de la economía

La batalla cultural no era solo de las fronteras hacia adentro, el gobierno de Macri insistió y en buena medida lo logró, en mostrarse ante los ojos de los organismos financieros internacionales, como parte de esa nueva derecha latinoamericana que supo dejar atrás el horror de los regímenes dictatoriales y que es capaz de administrar los asuntos públicos sin necesidad de violentar el orden institucional. La cercanía y apoyo del mandatario brasileño Jair Bolsonaro, en un gesto de injerencia electoral pocas veces visto y las manifestaciones explícitas de respaldo a Cambiemos de Sebastián Piñera de Chile y de Iván Duque de Colombia, recomendando a los electores argentinos sobre la orientación del voto, generaron un panorama electoral un tanto inusual para la Argentina. Esta cargada mediática de la derecha internacional, fue rubricada por el respaldo del presidente Donald Trump y de Christine Lagarde, directora del Fondo Monetario Internacional (FMI).

Alberto y Cristina Fernández
Imagen 1. Alberto y Cristina Fernández. www.adnsur.com.ar

Tanta lambisconería con los grandes centros capitalistas dio sus frutos. A mediados de 2018 el presidente Macri y su ministro de Hacienda Nicolás Dujobne pudieron anunciar eufóricos, la aprobación de una línea de crédito de una magnitud que resulta descomunal para los antecedentes argentinos y para buena parte de los países afiliados al FMI. Este organismo crediticio lo materializó a través de un crédito que supera los 57 mil millones de dólares. Más de la mitad de los recursos disponibles de ese organismo fueron comprometidos para paliar la escasez de divisas y sustentar el programa económico de ajuste que impuso el presidente Macri. Este hecho no deja de ser otro acto de curiosa solidaridad financiera con un gobierno que empleó, buena parte de esa deuda, en sostener la paridad cambiara peso/dólar y permitir como testigo mudo, la fuga de divisas que ingresaban a través de ese préstamo.

La corrida hacia el dólar de grandes y medianos inversionistas que se vivió a principios de 2018, y que elevó la paridad cambiaria de 24 a 45 pesos, puso en cuestión todo el programa económico del gobierno. Si los agentes económicos determinantes en la operación de los mercados, escapan hacia la divisa extranjera y optan por sacar las ganancias con rumbo a otras plazas más confiables, es evidente que las políticas macro de ajuste del gobierno macrista resultaban insuficientes y poco creíbles. El gobierno no lo entendió así y optó por hipotecar todo su capital político en la ratificación de los principales lineamientos de política económica. Un ejercicio comparativo, que sonaba casi infantil, de las variables macro económicas argentinas con otros mercados emergentes castigados por la hiperinflación –la situación de Venezuela fue la más socorrida– resultó el atajo argumentativo del gobierno para explicar el hundimiento de la paridad cambiaria y el descontrol de las tasas de interés. El gobierno afrontó el proceso electoral de 2019 con un eje discursivo central: solo un programa neoliberal de ajuste puede garantizar el manejo responsable de las finanzas públicas y sentar las bases para un futuro desarrollo económico, la meta que debía lograrse durante un hipotético segundo mandato de Mauricio Macri.

 

Los límites de la narrativa conservadora

La batalla en el plano mediático y de la confrontación de las ideas adquirió especial virulencia desde el mismo momento en el cual el gobierno macrista asumió la responsabilidad de administrar los asuntos del Estado.

El discurso oficial se articuló a partir de tres ideas rectoras: a. La denuncia de la corrupción de los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner corporizada en la figura de algunos exfuncionarios y de manera particular en lo actuado y dicho por la propia exmandataria; b. El fantasma de la “grieta” –un eufemismo para denominar la natural división de los ciudadanos según sus preferencias políticas– como un factor de alto riesgo asociado a la confrontación de los argentinos y al germen de una posible disolución nacional. Según los argumentos de la narrativa oficial la mayor responsabilidad de las discordias ciudadanas eran una deriva “inevitable” de la prédica disolvente y confrontativa de los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner. Durante el segundo gobierno de CFK (2011-2015) se vivió un conflicto público que alcanzó enorme repercusión, entre el equipo gobernante y el corporativo mediático del diario Clarín que incluye radios y canales de televisión. La aprobación de la Ley de Medios, uno de los instrumentos jurídicos de mayor relevancia en la búsqueda de la democratización de la emisoras radiales y televisivas, fue la manzana de la discordia que detonó el conflicto y que llevó a instrumentar un “periodismo de guerra” –según la definición de los propios articulistas de Clarín– contra el gobierno de CFK; c. La maquinaria cultural del gobierno desplegó una campaña sistemática destinada a estigmatizar a los movimientos populares de Argentina y de la región, como responsables de la crisis económica y de la enemistad que se gestó entre algunos estados latinoamericanos y los grandes centros financieros del mundo. Uno de los cargos más reiterados en la prédica oficial fue responsabilizar a los gobiernos “kirchneristas” de haber alejado a la Argentina de los mercados y de haber privilegiado las relaciones comerciales con economías alternativas, en particular Rusia, China, Venezuela y Cuba. La propuesta bolivariana de la unidad latinoamericana fue satanizada como responsable de la reducción de la inversión extranjera directa en las economías de región y de la confrontación geopolítica con Estados Unidos. El enemigo ideológico y cultural a vencer era el peronismo en el caso argentino, y las expresiones populares de Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, Lula en Brasil, Chávez y Maduro en Venezuela.

El formidable blindaje mediático con que contó el gobierno de Cambiemos y la ofensiva ideológica contra la “vieja política” – solo comparable a la campaña de antiperonismo que se instrumentó después del golpe de Estado de 1955 – rindió sus frutos en vastos sectores de la clase media tradicionalmente adversarios del peronismo y dispuestos a aceptar que la expresidente era el principio y el fin de todos los males argentinos. En las elecciones legislativas de 2017 la alianza Cambiemos pudo capitalizar en votos el temor a un regreso del pasado cercano asociado al personalismo político y al manejo clientelar de la economía.

Los vaivenes de las finanzas públicas durante 2018 redujeron la base material del gobierno y obligaron a devaluar la moneda y entablar una negociación salvadora con el Fondo Monetario Internacional. El ministro Nicolás Dujobne se transformó en el héroe moderno del salvateje financiero y Christine Lagarde, la directora del FMI, en una entrañable y protectora amiga de la economía argentina. Pero el crédito de 57 mil millones de dólares, sideral para un país emergente, fue pan para hoy y hambre para mañana. El propio FMI violando uno de sus preceptos fundamentales, autorizó al gobierno a destinar parte de los recursos en sostener la paridad cambiaria afectando con ello las reservas del Banco Central.

 El descalabro de los mercados continuó pese a la ayuda externa y algunas variables rectoras de la marcha de la economía, como la tasa de inflación y los intereses para bonos públicos y plazos fijos, escaparon del control del gobierno. Una moneda devaluada es un factor de riesgo que castiga el nivel de precios de los bienes y servicios y lesiona la capacidad adquisitiva de los salarios.

Christine Lagarde y Mauricio Macri
Imagen 2. Christine Lagarde y Mauricio Macri (2018). http://www.lavozdesanjusto.com.ar/

 

Las PASO y el mandato de la realidad social

No obstante, y frente a ese panorama, el gobierno no percibió o no quiso entender, el creciente deterioro del empleo y el incremento del trabajo precario, tampoco acusó recibo de la quiebra de miles de pequeñas y medianas empresas, del aumento de la pobreza y del extendido disgusto de los sectores de ingresos medios que sufrían el deterioro de su capacidad de consumo.

Los ejes argumentativos con los que Cambiemos afrontó la campaña con la cual se buscó un resultado favorable en las elecciones primarias del domingo 11 de agosto, mantenían el mismo tono de “demonización” del adversario que había orientado la propaganda oficial desde el inicio de su gestión. Un razonamiento binario ocupó el centro de la propaganda oficial. Los votantes debían optar entre “democracia o populismo”, “república o dictadura”, “corrupción o juicio a los corruptos” “libertades o Venezuela”. La realidad del país era otra y la prédica machacona sobre el tema venezolano o la reiteración al infinito sobre los casos de corrupción de los exfuncionarios del gobierno de CFK, eran significantes que habían perdido eficacia y sentido político. Los electores daban señales de agotamiento y que estaban menos dispuestos a definir su voto a partir de ese llamado.

La estrategia que diseñaron el asesor Jaime Durán Barba y el jefe de gabinete Marcos Peña, pareció no haber medido la profundidad del deterioro material de la sociedad y la escasa disposición de los votantes a seguir acompañando al gobierno de Macri y su programa de ajuste económico. Ni las encuestas – algunas preparadas a modo – ni los estudios cualitativos de opinión a la que son tan afectos los publicistas modernos de la política, dieron cuenta del río revuelto en el que había que pescar los votos. El viernes 9 y el sábado 10 de agosto algunos datos previos de fuentes supuestamente insospechadas, alentaban a los candidatos del oficialismo con un empate o con una derrota ajustada de dos o tres puntos porcentuales, un resultado fácil de revertir en la primera vuelta del 27 de octubre.

Los resultados fueron catastróficos para el gobierno, la fórmula del Frente de Todos, Alberto Fernández – Cristina Kirchner alcanzó el 49 por ciento de los sufragios contra el 32 por ciento del binomio de Juntos por el Cambio, Mauricio Macri - Miguel Ángel Pichetto. Ni la incorporación del Senador Pichetto –un experonista tránsfuga que se sumó a las filas neoliberales como candidato a vicepresidente– le alcanzó al macrismo para calmar las aguas y mantener la base electoral de noviembre de 2015, cuando derrotó al kirchnerista Daniel Scioli por algo más de un punto porcentual.

El discurso que ofreció el presidente Macri la noche del domingo 11 de agosto, reconociendo la derrota, pero sin ofrecer datos que confirmaran la magnitud del descalabro, resultó patético. Había enojo con los votantes y un reproche nada disimulado por las preferencias políticas de los electores.

Si lo del domingo 11 resultó lamentable en la imagen de un presidente que pretende reelegirse, lo del lunes 12 de agosto fue el acabose. Ante los medios locales e internacionales justificó la devaluación de la moneda y el pánico en los mercados financieros por el temor que inspira en los inversores el triunfo del candidato peronista Alberto Fernández. Para el gobierno la devaluación de 45 a 62 pesos por dólar, y la incertidumbre económica eran el justo castigo que se merecía una sociedad que había votado por el “retorno a un pasado repudiable”. La visión apocaliptica del gobierno – después de mi el diluvio - lo aleja de la cuidada imagen de modernidad conservadora con la cual se quiso seducir a la sociedad argentina y a los principales mandatarios de Europa y Estados Unidos. Recordemos la temprana visita de Barack Obama en marzo de 2016 y los reiterados elogios del presidente Donald Trump en plena negociación con el FMI.

La designación tardía de Hernán Lacunza en el Ministerio de Hacienda y la aplicación del cepo cambiario, son manotazos de ahogado con el fin de llegar a diciembre con una situación económica relativamente controlada. Macri que arribó al gobierno para desregular los mercados financieros se despide con la aplicación de un instrumento que siempre combatió.


Imagen 3. http://www.lalinea.org

Las condiciones en las cuales surgió la alianza electoral Cambiemos a mediados de 2015, integrada por dos expresiones políticas de reciente creación, Propuesta Republicana (PRO) del propio Macri, la Coalición Cívica de la diputada Elisa Carrió más el valioso concurso territorial de una fuerza centenaria como la Unión Cívica Radical, marcaron dos objetivos fundamentales, uno de corto plazo, competir y ganarle al kirchnerismo y otro de carácter estratégico destinado a resolver un problema histórico de la derecha argentina: consolidar una expresión político-electoral estable que sea capaz de plasmar, en el terreno de los votos, el predominio que los grandes corporativos tienen en el espacio de la economía y las finanzas. Dicho de otra forma, gestar un referente simbólico y partidario mediante el cual un agrupamiento partidario que hace de la defensa explícita del mercado y del capitalismo el eje de su plataforma, pueda competir y ganar sin ocultar sus propósitos.

Es posible que los resultados de la elección primaria del pasado 11 de agosto se repitan y que en la primera vuelta del próximo 27 de octubre la fórmula Alberto Fernández-Cristina Kirchner resulte ganadora. ¿Qué quedará entonces de Cambiemos? ¿Será otra experiencia fallida de la derecha argentina? ¿Es una nueva demostración de la incapacidad de la burguesía para darse formas políticas que resulten competitivas en términos electorales? ¿Hay posibilidad de construir el postmacrismo y darle continuidad al esfuerzo de 2015?

Por ahora, no tenemos respuestas para esas interrogantes. Mientras tanto, habrá que esperar el 10 de diciembre de este año, para conocer la capacidad de convocatoria y la fuerza política que demuestre el gobierno del Frente de Todos y pueda emprender la tarea titánica de levantarse de las ruinas y sacar adelante un país y una sociedad que merecen mejor destino.

 

Cómo citar este artículo:

CANDIA, José Miguel, (2019) “Mauricio Macri. Después de mí, el diluvio”, Pacarina del Sur [En línea], año 11, núm. 41, octubre-diciembre, 2019. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Domingo, 26 de Enero de 2020.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.com/index.php?option=com_content&view=article&id=1821&catid=15

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