Pacarina del Sur
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El sacrificio público en tiempos mediáticos

 

Dice Bataille que la interdicción del homicidio –contenida en el antiguo mandato “no matarás”- contempla sus excepciones: el caso del duelo singular, la vendetta, la guerra. Yo agregaría el derecho a la rebelión en contra del tirano, que la revolución francesa de 1789 celebró en la guillotina con Luis XVI y María Antonieta. Luego, depende del derecho dominante en qué ocasiones la muerte provocada por un sujeto se juzga como simple asesinato o en una determinada comunidad se la admite como el ejercicio legítimo de la violencia. Tras el atentado que derrumbó las Torres Gemelas en Nueva York, allá por el 2001, y causó casi 3000 víctimas fatales, fueron motivo de escándalo y ofensa unas fotos en las que aparecían palestinos alborozados festejando lo que visto desde la perspectiva mayoritaria era un crimen atroz. Ahora se repiten las escenas de festejo pero en este caso protagonizadas por ciudadanos estadounidenses que consid  eran consumada la venganza en contra de Osama bin Laden, muerto en medio de una espectacular acción del cuerpo de elite de la marina comandada por el presidente Barack Obama, operación que despierta muchas sospechas de abuso y de ilegalidad. Quede claro que no se duda sobre la figura de feroz carnicero de humanos que poseía la víctima caída en Pakistán. Se cuestiona el armado de vericuetos legales con que un complejo militar-económico-político se atribuye el rol de policía global e interviene con total impunidad en un territorio de otro estado. Pensar los hechos políticos exige desechar la senda de las superficiales opciones binarias (sí/no, a favor/en contra) que a menudo emplean las estadísticas de opinión.

Cabe apuntar que los gastos militares de los Estados Unidos en la última década se han incrementado en 81%, y en 2011 superarán los 700,000 millones de dólares, cantidad que representa el 43% del presupuesto militar mundial (de alrededor de 1.6 billones de dólares), al tiempo que duplica la suma desembolsada en el mismo rubro por China, Federación de Rusia, Reino Unido y Francia. En el transcurso de esa década el Pentágono se enfrentó al financiamiento de las invasiones militares a Afganistán e Iraq, en un desplazamiento de inmensos contingentes armados que en buena medida explican el abultado presupuesto destinado a poner en movimiento el valor de uso de las armas: la destrucción de infraestructura enemiga y la eliminación de personas. Ya en 2010 el presupuesto militar de este país ascendía a 687,000 millones de dólares, y la mitad de ese monto se destinó a sostener las guerras de Afganistán e Iraq.

El significativo rearme observado desde el gobierno de George Bush junior, con el pretexto de perseguir el terrorismo, determinó que los gastos militares llegaran a representar el 4.8% del producto interno bruto estadounidense, si nos atenemos a datos del Instituto para la Investigación de la Paz (SIPRI) con sede en Estocolmo. La exposición de estas cifras se efectúa con un objetivo principal: mostrar hasta qué punto el rubro militar representa un gasto suntuario para las sociedades y poner al descubierto los sutiles mecanismos de producción del consenso hacia la guerra.


El antropólogo Marcel Mauss estudió el don como una variante “arcaica” del intercambio, y su principal artículo al respecto se basa en un análisis del potlatch, ceremonia de los indígenas nootkas en la costa suroeste de Canadá. En dicho festejo, el anfitrión ofrecía a los invitados numerosos objetos valiosos o bien los destruía ante la mirada llena de asombro de los asistentes. El fondo de este ritual consistía en desafiar a los jefes presentes para que emularan en otra ceremonia el ofrecimiento de bienes, en una clara puja por el prestigio de los dirigentes tribales. En muchas fiestas religiosas actuales se practica un consumo ostentoso de comida y diversión para agasajar a quienes deseen participar. Yo he asistido en Xochimilco a la celebración de una imagen del niño Dios conocido como “el Niñopa” y los anfitriones presumían el hecho de haber alimentado ese día a siete mil personas. Max Weber ubicaba el origen del capitalismo en países protestantes por la importancia que éstos asignaban al ahorro, en contraste con los católicos, orientados al gasto suntuario de la fiesta. Por supuesto, la generalización del sociólogo ha sido cuestionada y en particular no nos sirve para explicar cómo el país capitalista más desarrollado del mundo despilfarra tantos recursos en una actividad improductiva como es la militar.

¿Cuánto costó la cacería de un solo hombre en el lapso de una década, basándonos en las cifras de los gastos militares ya referidas? El líder de Al  Qaeda fue abatido por los Navy Seals en una operación quirúrgica realizada en la residencia de lujo que aquel habitaba. El mundo entero mira las fotografías de Obama y Hillary Clinton que junto con miembros del Estado Mayor miran a su vez ese video de 40 minutos filmado en vivo. Primero se hizo referencia a la resistencia armada del fugitivo y a su cobardía por escudarse en una mujer. Luego se aclaró que el muerto no portaba arma alguna y que tampoco se cubrió con el cuerpo de su esposa. Entonces, ¿de qué se trata? Fue una ejecución. Un sacrificio público, aunque no lleguemos a conocer sus imágenes, clasificadas como secreto militar.


El poder a escala planetaria sigue apelando a ceremonias presuntamente “arcaicas” para acumular más poder. Como resultado de este “triunfo”, de inmediato la popularidad del presidente Obama escaló 9 puntos en las preferencias de los electores. El beneficio para el ciudadano aún es impalpable, salvo el consuelo simbólico de los familiares de las víctimas del 11-S, que experimentan una parcial compensación a su dolor. No obstante, la venganza no es justicia. La justicia tendría que basarse en un juicio a los criminales, con el correspondiente derecho a la defensa y la condena adecuada a la magnitud del delito. Se argumentará sobre la imposibilidad de emplear este recurso por las reacciones masivas que podría generar. Entonces, no habríamos penetrado a las causas profundas que alimentan el terrorismo y sólo nos conformaríamos con sus destructivas manifestaciones. Hay terrorismo porque la desigualdad económica, social, política y cultural es abusiva en el globo terráqueo.  Y esta afirmación no apunta a justificarlo sino a identificar las fuentes de las que se alimentan las mentalidades criminales para escenificar sus propios sacrificios. Se presentan como vengadores desafiantes del poder inconmensurable de las oligarquías plutocráticas, aunque sus propios dirigentes gocen de fortunas inmensas. Y esa actitud combativa despierta admiración y hasta adhesiones que nublan el carácter elitista de los grupos armados del terrorismo.  ¿Será posible emprender políticas efectivas para extirpar la miseria, la marginación, el sufrimiento de grandes masas de población, y desnudar la falsa bandera que enarbolan los terroristas? ¿No es el gasto social una medicina mucho más eficaz que el gasto militar para acabar con la violencia? Son preguntas que bien vale la pena reflexionar.

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