Pacarina del Sur
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Brisas

Carta a las y los firmantes del Pacto Nacional Ciudadano por la Paz con Justicia y Dignidad en Ciudad Juárez

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Pronunciamiento de escritores y escritoras, artistas de teatro, danza, música, fotografía, escultura y pintura, ante el asesinato de Facundo Cabral en Guatemala. Honrar la vida

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Una visita por el albergue cañero de Olintepec, Morelos

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Estamos hasta la madre...
(Carta abierta a los políticos y a los criminales)

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Dios y decir dos

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No hay que odiar a Arguedas

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Estampas ecuatorianas.
Las sombrereras de Sigsig

En Sigsig, un pequeño pueblo de la provincia del Azuay al Sur de Ecuador, las manos de las mujeres tejedoras de sombreros no descansan ni cuando aquellas caminan. Cargan paquetes en el rebozo– así se le llamaría en México- enredado en la cintura y simultáneamente sus dedos van dejando una fina red de paja toquilla, con la que se confeccionan los famosos sombreros conocidos en el mundo como “Panamá”, aunque es en ésta y en las otras regiones ecuatorianas de Montecristi y Jipijapa, dónde se originaron y se han producido durante siglos.

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De diestros y siniestros

Hasta no hace mucho, ser zurdo era algo pecaminoso, malo, equivocado, torcido. ¿Cuántas historias refieren la persecución familiar y social contra los zurdos, esos tipos (y tipas) malhechos, a los que es necesario corregir, por su bien?

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Toda una vida

He empezado a forzar el útero de mi mamá para salir y siento mi corazón latir más fuerte cada vez. La grasa en mi cabeza, la sangre, el agua del vientre me permiten deslizarme poco a poco. Somos ella y yo, los dos en un mismo cometido: la vida. Mi cabeza, untada en la grasa sabia de la naturaleza, se abre paso al universo nuevo, distinto, que me espera afuera.

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Quince, dieciocho burros posan erguidos, flanco contra flanco, allá arriba, a la orilla del cantil rojizo. Observan atentos cómo nos acercamos cautelosos, con paso lento y sin balancear los brazos para no espantarlos, como si fuésemos tres cardones más de los pocos que sobreviven en este desierto. Una rara llovizna de dos horas que terminó antes del amanecer  permitió a nuestro rastreador seguir con facilidad las huellas frescas de la manada. Por el flanco derecho va elevándose el sol para recortar en negro el perfil de la sierra de San Francisco y pintar de amarillo la enorme planicie de El Vizcaíno que se extiende hasta el azul Pacífico, desde donde siguen llegándonos con la brisa, algodonosos manchones de neblina.

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