Pacarina del Sur
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Mujeres latinoamericanas exiliadas en México. Militancias y activismo de izquierda en la posrevolución (1926-1936)

Latin American women exiled in Mexico. Leftist militancy and activism in the post-revolution (1926-1936)

Mulheres latino-americanas exilado no México. Militância esquerdista e ativismo no período pós-revolução (1926-1936)

Sebastián Rivera Mir[1]

RECIBIDO: 05-08-2015 APROBADO: 10-09-2015

 

Desde principios de la década de 1920, la experiencia revolucionaria mexicana se transformó en un faro que atrajo a los militantes de la izquierda latinoamericana. La reforma agraria, la postura antiimperialista, la apertura educacional, el marcado anticlericalismo y los respectivos esfuerzos propagandísticos fueron algunas de las temáticas que llamaron a atención de estos militantes. Al mismo tiempo, los gobiernos mexicanos del periodo entregaron apoyo directo a algunos de los exiliados del continente que buscaban un lugar desde donde continuar sus luchas antidictatoriales. De ese modo, cubanos, peruanos, venezolanos, chilenos, centroamericanos, haitianos, entre otros, llegaron a la ciudad de México para convertirla en un verdadero emporio revolucionario, como propone Barry Carr (2010)[2]. Estos exiliados no sólo compartieron un espacio en la ciudad, sino que interactuaron entre ellos y con los distintos sujetos de la sociedad receptora, con el fin de avanzar en sus proyectos políticos (Rivera Mir, 2014).

En las distintas oleadas de exiliados latinoamericanos que llegaron a México entre 1920 y 1930, encontramos a algunas mujeres destacadas de la izquierda continental. La peruana Magda Portal, las cubanas Graciela Garbalosa, Ofelia Domínguez y Mirta Aguirre, la uruguaya Blanca Luz Brum, son algunas de las más conocidas. A ellas se unieron otras activistas o simpatizantes que sin estar en la primera línea de los emigrados, desarrollaron un trabajo constante en las organizaciones de los distintos contingentes de exiliados. Participaron en las agrupaciones antiimperialistas; intervinieron en la publicación de revistas y libros; viajaron para establecer redes políticas y culturales; y también colaboraron en los planes revolucionarios armados.

El objetivo de este artículo es problematizar el exilio desde la perspectiva de estas mujeres. En primer lugar se trata de hacer visible una presencia que muchas veces ha sido pasada por alto por la historiografía que ha aceptado con demasiada facilidad la idea de que el exilio del periodo fue exclusivamente masculino. Pero como a mi juicio no basta sólo con visualizar, también se analizarán las problemáticas específicas que tuvieron que enfrentar las mujeres exiliadas para lograr sobrevivir en el exterior. Finalmente, se intentará comprender los quiebres y diálogos que se produjeron entre las exiliadas y el escenario y los actores políticos que encontraron en México. Desde esta perspectiva, el enfoque que debemos adoptar se vincula necesariamente a dinámicas transnacionales, algo que ha comenzado a explorarse con cada vez mayor fuerza en los últimos años (Nadell y Haulman, 2013). La propuesta de Roniger y Sznajder (2009) sobre este aspecto, me parece particularmente acertada. Para estos autores el exilio debe comprenderse como un entramado de cuatro espacios diferentes: el exiliado, el país receptor, el país expulsor y la arena transnacional.


Imagen 1. http://oizquierdo.blogspot.mx

 

Debates silenciados / discusiones presentes

El exilio de mujeres militantes en México durante el primer tercio del siglo XX, ha sido un tema escasamente abordado por la historiografía. De hecho, los exilios en este periodo, salvo excepciones, no han llamado la atención de muchos historiadores latinoamericanos, por lo que la presencia coetánea en México de un exilio femenino, conformado por activistas incansables de numerosos países del continente, el cual estableció diálogos, proyectos políticos y conflictos, no ha sido objeto de la preocupación por parte de los científicos sociales.  

Ahora bien, si ampliamos la mirada hacia todo el siglo XX, podemos encontrar dos grandes grupos de investigaciones que se relacionan con el tema del exilio femenino. El primero corresponde a los trabajos realizados en torno a las emigradas pertenecientes al sector republicano durante la Guerra Civil Española. Así, numerosos investigadores e investigadoras se han ocupado de las escritoras, periodistas y militantes feministas españolas que arribaron a México a fines de la década de 1930. Las perspectivas que han tomado estos estudios han sido diversas y son un campo de producción en constante crecimiento. Por citar alguno de los trabajos, podemos ver el texto de Pilar Domínguez Prat (2009), “La actividad política de las mujeres republicanas en México”, donde la autora analiza las tensiones en el tránsito de la vida pública a la privada por parte de las emigradas.

Por otra parte, la experiencia de las mujeres exiliadas en México durante las dictaduras del Cono Sur en la década de 1970, también ha sido un tema investigado por las ciencias sociales. Los acercamientos nuevamente han sido variados, desde temáticas meramente descriptivas hasta análisis detallados sobre la construcción de la memoria o de las identidades, e incluso ha surgido un cuestionamiento acerca de las propias prácticas historiográficas al enfrentarse a esta historia reciente.

De hecho, es común que al hablar de los exilios del siglo XX en México, sean ambos casos los únicos que se mencionen, algo que está muy lejos de coincidir con las múltiples y constantes oleadas de emigrados que llegaron al país buscando refugio y que aún están por analizarse.  

Desde una perspectiva distinta, esta investigación se vincula con los trabajos que analizan los alcances de la militancia de las mujeres, ya sea en movimientos feministas o en los partidos de la izquierda. Esta fue precisamente una de las principales problemáticas que enfrentaron las emigradas en México, y ha sido un tema candente para la historiografía preocupada por las organizaciones políticas feministas. De hecho, desde la misma década de 1920 no han dejado de aparecer artículos, notas periodísticas y libros en los cuales se aborda esta compleja relación. En su momento, Julieta Kirkwood dedicó numerosos escritos a debatir desde la sociología y también desde la historia, la constante tensión entre “las feministas” y “las políticas”, como solía diferenciarlas. A su juicio, lo que se debía problematizar eran las bases mismas del marxismo y las categorías con las cuales explicaba la subordinación femenina. En su libro Ser política en Chile. Los nudos de la sabiduría feminista (Kirkwood, 1990), enfrentó de manera frontal y muy sugerente esta problemática. Pero también podríamos retrotraer el debate a los escritos de una de las mujeres políticas más importantes del periodo y que precisamente se encontraba en México en aquellas fechas. Me refiero a Alexandra Kollontai, entonces embajadora de la URSS en México, quien llegó a plantear que “la cuestión” de las mujeres no podía existir de manera independiente de la lucha de clases, por lo que sus actividades debían subordinarse a los intereses superiores de la búsqueda del socialismo (Kollontai, 2004).

En la actualidad, Gabriela Cano, para el caso mexicano, es una de las historiadoras que quizás mejor ha problematizado este tema, añadiéndole además las dinámicas generadas por la revolución mexicana. Sin embargo, al respecto podemos encontrar numerosos trabajos provenientes de muchos de los países del continente. En cada uno de ellos la situación adquirió matices propios, y siguió derroteros particulares. Sólo por mencionar otro de los trabajos que me parecen relevantes para esta investigación podemos ver el artículo de Claudia Fedora Rojas Mira (2012) donde se pregunta “¿Mujeres comunistas o comunistas mujeres?”. La recurrencia del debate está aún lejos de agotarse[3].

Ahora bien, en la actualidad, la binarización del problema, que también nos lleva a la lógica naturaleza/cultura, ha comenzado a ser desmontada[4]. Se ha enfatizado en la multiplicidad de miradas y transgresiones a dichas conceptualizaciones genéricas, donde los límites entre ambas prácticas políticas están en constante negociación. A mi juicio, la experiencia de las emigradas latinoamericanas y su perspectiva particular del México de los años veinte, permite precisamente profundizar nuestra comprensión de estos procesos. El exilio podría considerarse una metáfora desde la cual el hablante puede aprovechar su posición disruptiva, que es tanto marginal como central, para generar nuevas formas de enunciación, y por lo tanto reinventar sus prácticas políticas.


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En camino a México

Las mujeres militantes que debieron salir de sus países enfrentaban una situación novedosa a nivel continental. Mientras los espacios políticos comenzaban a ampliarse y se diversificaban los sujetos sociales implicados, los sistemas políticos latinoamericanos continuaban basando su legitimidad en la exclusión de las grandes mayorías. Esta situación no sólo resquebrajó a los estados, sino que en muchos lugares condujo a los gobiernos de turno a emplear la violencia como el principal mecanismo para mantenerse en el poder. Esto significó que aquellos sujetos incómodos a los regímenes enfrentaran la persecución, y en algunos casos, aún reducidos, el exilio. Las mujeres militantes se vieron inmersas en estos procesos y también en algunas ocasiones, se vieron obligadas a emigrar.

La primera opción, como en otras ocasiones, podía ser algún país vecino que facilitara el reingreso clandestino. Sin embargo, hubo un pequeño grupo que optó por enfilarse hacia México, por motivos que veremos a continuación.

En primer lugar, llegar a algún puerto mexicano no era una tarea fácil para los emigrados. Desde Sudamérica, por el Pacífico, las rutas navieras de pasajeros prácticamente no existían. Mientras que por el Atlántico era necesario llegar a Nueva York, Nueva Orleáns o La Habana antes de recalar en Veracruz o Tampico. De ese modo, las posibilidades pasaban por algunos barcos especiales que los propios gobiernos dispusieron ocasionalmente para estos fines o simplemente por someterse a la rigurosidad de un largo viaje en un naviero mercante.

Desde el Caribe o Centroamérica, arribar a México podía ser un poco más sencillo. Sin embargo, para todas las mujeres, más allá de los problemas de rutas disponibles, esta situación se complicaba debido a las disposiciones de muchos países latinoamericanos que no les permitían viajar solas, ya fueran solteras o casadas. Incluso, las viudas encontraban complicaciones en algunos puertos, especialmente cuando estaban acompañadas por sus hijos pequeños. Y si lograban enfilarse hacia México, las leyes migratorias y especialmente sus autoridades aduaneras, fueron una última barrera disuasiva.

Pese a ello, una de las primeras características asociadas a estas mujeres militantes fue algo que Martín Bergel (2009) ha llamado el “exilio serial”. En otras palabras, México no fue ni el primer ni el último de sus exilios, por lo que sus experiencias no pueden asociarse mecánicamente a los dos países implicados, sino que deben comprenderse como un proceso cuyo núcleo fue fundamentalmente transnacional. A fines de la década de 1920, la uruguaya Blanca Luz Brum, entonces activista vinculada al comunismo, llegó a México después de pasar por Argentina y Perú, desde donde fue expulsada. Ofelia Domínguez[5], integrante de la Unión Laborista de Mujeres de Cuba, había vivido en México cuando era una niña, debido a la participación de su padre en la guerra de independencia junto a José Martí. Incluso Magda Portal, una de las fundadoras del APRA, también antes de arribar a la ciudad de México, vivió un tiempo en Bolivia, luego pasó por Panamá y Cuba. Al abandonar México, recorrió Centroamérica, se estableció un tiempo en Costa Rica y después de llegar a Perú, debió salir nuevamente. En 1927, en su primer viaje del exilio escribió el poema “Canto Viajero”:

“Mar ancho hasta el horizonte bordado de belleza

                 estriado asfalto verde

caen las olas     abanicos de plumas

pienso en tu palidez

      y en las líneas oblicuas de nuestros caminos

TU HACIA LA MUERTE

                             YO HACIA LA VIDA”[6].

 

Estas palabras quizás nos explican de una mejor manera cuáles fueron las expectativas de estas mujeres expulsadas de sus países, la tristeza del destierro, pero también la actitud positiva frente a las oportunidades que el nuevo escenario podía brindarles. Por supuesto, en estas apreciaciones hay mucho de construcción social compartida, de reelaboración en conjunto entre todos los compañeros de viaje o incluso con aquellos que les tocó quedarse (Ramos, 1929).

En este aspecto, la historiadora María Pía López es tajante al criticar la postura de Brum respecto a lo que significaba andar de un país a otro. A su juicio, la uruguaya “[...] hizo del viaje un modo de vida y de la aventura un horizonte necesario [...] (López 1999, p. 165)”. Pero nunca dejó de victimizarse y constantemente solicitaba “[...] amparo para su dolor y guía para su transformación en revolucionaria[...] (López 1999, p. 165)”. Para López, la biografía de Brum se parece más bien a una novela por entregas, un tanto patética, llena de sufrimientos y desventuras, donde no hay espacio para la labor de una escritora o para las tareas de una militante.


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Una vez en México, la búsqueda del sustento cotidiano podía transformarse en la barrera más importante para que las militantes continuaran con su trabajo político. Aunque precisamente las redes generadas a partir del activismo podían impedir que los apremios económicos fueran insuperables, lo que no significaba que las emigradas salieran de la condición de precariedad[7]. Volviendo a Ofelia Domínguez, su forma de ganarse la vida durante sus años en México fue primero como profesora de física (materia que declaraba desconocer) en una primaria del Distrito Federal y posteriormente dictando clases de Hechos Económicos en la Escuela Normal de Tacubaya. Graciela Garbalosa escribía para algunos periódicos, pero como eso no era suficiente, más de alguna vez organizó veladas poéticas para recaudar fondos, tanto para ella como para las organizaciones en las que participaba. En octubre de 1927, realizó un evento en el Anfiteatro de la Escuela Nacional Preparatoria. Al parecer la velada fue un éxito, salvo por el hecho de que el encargado de cobrar el arriendo del lugar le solicitó reiteradamente a la poetiza cubana que pasara por las cajas de la institución a pagar el dinero acordado. Según el expediente no consta que Garbalosa haya resuelto esta situación[8].

Así, la mayoría de estas mujeres vivió en un inestable equilibrio financiero, donde la búsqueda del sustento diario no puede considerarse un detalle menor, sino parte relevante de sus prácticas políticas, pues en buena medida las condiciones económicas las limitaron o las posibilitaron.

Una vez que las emigradas lograron establecerse en México se encontraron con que el escenario político, inmediatamente después de la fase armada de la revolución, estaba marcado por lo que se ha llamado el desarrollo de masculinidades hegemónicas. Conceptos como la virilidad, la hombría y los valores del macho mexicano adquirieron una centralidad política que se reflejó en los distintos espacios constitutivos del orden posrevolucionario. Sin embargo, muchas de las mujeres emigradas, en sus países habían desarrollado discursos y prácticas que buscaban la ampliación de sus derechos no sólo políticos, sino civiles, culturales o económicos. Entre los “problemas” que habían tenido con sus autoridades encontramos precisamente el negarse a acatar el modelo de sociedad que las obligaba a cumplir una función subordinada. Este mismo debate, con sus especificidades, se desplegaba a través de los espacios públicos y privados del México posrevolucionario. Las denominadas “pelonas”, o flappers mexicanas, desafiaban los mecanismos de control y dominación masculina desde sus nuevas formas de vestir, de cortarse el pelo, pero, sobretodo, al repensar su lugar en la sociedad. Al mismo tiempo, las organizaciones feministas demandaban mayores espacios políticos. La reconfiguración de géneros impulsada por los procesos revolucionarios continuaba estimulando debates y nuevas prácticas políticas (Cano, Vaughan y Olcott, 2009).

De ese modo, el lugar social desde donde las exiliadas enfrentaron su nueva vida tuvo particularidades y especificidades que requieren un análisis detallado. No es casualidad que una de las primeras publicaciones que realizó Graciela Garbalosa cuando llegó a México fuera: Una mujer que sabe mirar (1927). Esta novela detalla los conflictos que las militantes feministas encontraban en un mundo político que las relegaba a un tercer o cuarto plano.

Las palabras que la uruguaya Blanca Luz Brum dedicó a su estadía en México son suficientemente claras para ejemplificar las dificultades que pudo representar esta situación: “...en esta tierra cochina, de hombres torvos, lujuriosos y egoístas!... querido qué bluff es México! [...] así todo, caca y pura caca, che!”[9]. Por supuesto, la multiplicidad de experiencias obedeció a la forma en que cada cual se insertó en el medio mexicano. Sin embargo, la mayoría de quienes dejaron testimonio tuvieron apreciaciones de disconformidad[10].

De este modo, podemos preguntarnos hasta qué punto las mujeres latinoamericanas exiliadas encontraron en México un lugar propicio para continuar con sus prácticas políticas. En otras palabras, ¿cómo construyeron espacios que les permitieran articular sus actividades con las dinámicas que encontraron en su nuevo destino?

Antes de avanzar sobre estos cuestionamientos me parece necesario volver sobre el título de libro de Garbalosa y tratar de dilucidar qué significaba este “saber mirar” (Garbalosa, 1927). No fue casualidad que la mayoría de las mujeres latinoamericanas exiliadas que arribaron a México durante el periodo, se desempeñaran como periodistas o escritoras, trabajos que por lo demás no estaban completamente disociados[11]. Marie-Eve Thérenty (2013) ha planteado que la introducción de las mujeres en la prensa francesa en el siglo XIX se valió fundamentalmente de un recurso asociado “simbólica y políticamente” a su género: saber mirar. Para esta autora esto significa no sólo una preocupación por el detalle, algo que ha sido trabajado por algunas antropólogas, sino también por la capacidad de empatía con el otro, principalmente con la víctima. El resultado, para Thérenty, fue finalmente el surgimiento de un “periodismo de inmersión”, que se basaba en tomar el lugar del otro y que envolvía un carácter trasgresor[12]. Precisamente en este punto comienza la definición de “saber mirar” que utiliza Garbalosa. Para ella, no es suficiente con describir los acontecimientos en detalle, al contrario, es necesario tener una actitud revolucionaria, que cuestione aquello que se considera establecido. A su juicio, la tarea de la protagonista debía realizarse “...sin ayuda ni estímulos, valerosamente, batiéndose con la existencia y los prejuicios” (Garbalosa, 1927, p. 79)[13].        

Con esta actitud frente a lo que las rodeaba, los relatos de las mujeres exiliadas profundizaron en su experiencia vivencial, sin limitarse a los elementos políticos de su estadía, y fueron capaces de percibir matices complejos de la sociedad que las recibía[14]. Por este motivo nos presentan una imagen profunda de lo que significaba llegar a México, que van desde análisis políticos, pero también incluyendo situaciones cotidianas, aspectos urbanos, e incluso temáticas personales[15]. Pero estas apreciaciones sólo fueron posibles en la medida en que desarrollaron una “apropiación” del proceso revolucionario mexicano. Garbalosa describe oníricamente esta situación, mezclando en sus textos los relatos de la cultura popular mexicana, con la poesía militante cubana, con las experiencias contadas por algunas mujeres revolucionarias y con las apreciaciones apresuradas de una emigrada (Garbalosa, 1931)[16]. Magda Portal, en cambio, recurrió a elementos menos literarios, más relacionados con la economía, y se transformó en una verdadera propagandista del nuevo régimen. De México salió hacia Puerto Rico, después a Cuba, a Santo Domingo, a Colombia, dando conferencias sobre los procesos que enfrentaba México y su relación con la lucha antiimperialista en el continente. Al apropiarse de la Revolución Mexicana, la peruana convirtió lo local/nacional en un problema de índole global. Escribió un breve texto titulado “Defensa de la Revolución Mexicana”[17], el cual tenía como objetivo desvirtuar la propaganda en contra de México impulsada por los Estados Unidos. En este artículo destacó la naturaleza autóctona de la revolución mexicana y especialmente su carácter indoamericano. Pero al mismo tiempo incluyó en este relato su experiencia personal en la Casa del Estudiante Indígena y en algunas escuelas rurales.

Por supuesto, este “saber mirar” se dotaba de las herramientas metodológicas disponibles, y era parte de una práctica política construida por las propias militantes. Así, por lo menos pensaba la mexicana Matilde Rodríguez Cabo, una de las feministas más activas del periodo, cuando se refería a Ofelia Domínguez: “[...] aplicando la dialéctica escudriñadora de la ideología que sustenta, no se conforma con narrar y describir sino que, analizando y disecando, las situaciones que narra y hurgando las raíces de esas mismas situaciones, nos expone claras y diáfanas la etiología y la patogenia sociales de las lacras que exhibe” (Domínguez Navarro, 1937, p. 3). Estas palabras no sólo se referían a la militancia comunista de Domínguez, sino a sus actividades académicas y profesionales.    

De ese modo, las distintas posturas frente al proceso de apropiación del nuevo contexto, implicaron tanto elementos de orden político, como motivaciones culturales y personales, las cuales a su vez reforzaron su carácter transnacional.


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Para Magda Portal la gira mencionada también significó enfrentar una serie de cuestionamientos por parte de los opositores al régimen. La prensa conservadora la acusó sistemáticamente de no cumplir con su función de madre, dejando abandonada a su suerte a su pequeña hija, mientras se dedicaba a dar conferencias subversivas[18]. La labor política que estas mujeres desarrollaron y sus cuestionamientos a los modelos tradicionales de familia, causaban rechazo especialmente entre aquellos sectores católicos, particularmente recalcitrantes en el contexto de la guerra cristera. Sin embargo, las críticas hacia ellas no sólo provinieron de sus opositores, sino que algunos de sus propios correligionarios también se encargaron de cuestionar sus prácticas políticas.

Esta situación encontró un punto culminante en la acusación de espionaje que sufrieron estas mujeres. Madga Portal fue inculpada por otros militantes de delatar a los revolucionarios venezolanos que preparaban una invasión a su país[19]. Blanca Luz Brum, a juicio de El Machete[20], trabajaba para el Departamento Confidencial de la Secretaría de Gobernación y le entregaba información sobre el Partido Comunista[21]. Para algunos cubanos, Ofelia Domínguez era una espía al servicio del dictador Gerardo Machado, quien la había enviado a México a desbaratar sus planes revolucionarios (Domínguez Navarro, 1971, p. 275). Ninguna de estas acusaciones ha podido ser verificada.

La asociación de las mujeres con el espionaje durante el periodo, evidentemente, se volvió más compleja. Las propuestas de los expertos en inteligencia política, fundamentadas en los prejuicios de género del periodo, recomendaban reclutarlas debido a su capacidad para atraer la confianza de sus víctimas y ser “invisibles” en los espacios políticos. El Departamento Confidencial de la Secretaría de Gobernación, o sea la policía política posrevolucionaria, recurrió a varias mujeres para infiltrar los grupos cristeros, mientras algunas militantes de la CROM se ofrecían públicamente para desarrollar trabajos de esta índole a favor del gobierno. Debido a esta misma “invisibilidad”, Anita Brenner pudo consultar durante meses el archivo de dicho Departamento, para sus trabajos periodísticos.

Sin embargo, las acusaciones en contra de las emigradas latinoamericanas se debieron precisamente a lo opuesto, a su presencia destacada en las organizaciones, a su participación política, la cual no coincidía con ese modelo de invisibilidad que muchos esperaban que acataran.

El caso de Ofelia Domínguez me parece que nos ayuda a clarificar esta situación. Sobre su llegada a la ciudad de México en 1933 expuso en su autobiografía: “Entonces Bonachea me habló con entera franqueza, enterándome que entre los cubanos exiliados en México, había circulado la versión de que yo había venido a México enviada por Machado” (Domínguez Navarro, 1971, p. 275). Inicialmente su exilio comenzó en Yucatán, donde Domínguez no había refrenado su activismo, y desde Mérida, habían llegado a la capital las noticias de sus conferencias, de los mítines y problemas que ocasionaba a las autoridades federales y locales. El gobierno del presidente Abelardo Rodríguez había prácticamente prohibido cualquier tipo de manifestación que incomodara las relaciones entre México y Cuba. Y esta prohibición había sido acatada perentoriamente por una parte importante de la comunidad cubana. De ese modo, para los emigrados era más fácil aislarla, que aceptar los reproches que les hacía por su inmovilidad y falta de compromiso político. Además el Departamento Confidencial, la seguía de cerca por lo que era mejor mantener distancia con la militante, para no caer en desgracia con las autoridades mexicanas[22]. Citando nuevamente su autobiografía, la cubana escribió: “todo el dolor y la amargura que me causó esa noticia, no he vuelto a sentirla nunca en mi larga vida de luchadora” (Domínguez Navarro, 1971, p. 275)[23].

Por su parte, Blanca Luz Brum, pareja en aquel entonces de David Alfaro Siqueiros, se vio inmersa en los problemas que tenía el Partido Comunista Mexicano en su interior y que condujeron con una nueva purga. Estos conflictos fueron en parte debido al inicio del tercer periodo, o la etapa llamada Clase contra Clase, en la cual la Internacional Comunista decidió romper cualquier alianza con sectores de la pequeña burguesía. Aunque los conflictos internos también se alimentaron de los problemas generados por la falta de conducción política, precisamente cuando el Estado mexicano comenzaba a reprimir sus actividades, y peor aún, algunos de sus aliados comenzaban a abandonarlos, como fue el caso de la Liga Nacional Campesina. “El Partido –escribió Brum- es un antro de alcahuetería y divisionismo, nadie le guarda la espalda a nadie, la historia de México es una triste historia de sucesivas traiciones y madrugadas a quien le madruga a quien, y eso llaman valor y desprecio por la vida... ajena digo yo”[24]. Este texto, a modo de catarsis, fue realizado por la uruguaya en los momentos más complejos de su estadía en México. Siqueiros había sido detenido, y con su hijo pequeño a cuestas, su único soporte financiero eran los dibujos del artista que podía sacar a escondidas de la cárcel cada vez que lo visitaba. Según Brum, en sus textos autobiográficos, su situación era desesperada (Brum, 1931)[25].

Por supuesto, que debemos matizar las apreciaciones negativas sobre el México Posrevolucionario. Para algunos, como Graciela Garbalosa, sus vivencias apenas podían transformarse en relato. Escribió: “...en la escasa dimensión de una crónica de oportunidad, es imposible darle al lector siquiera un pálido boceto de aquellos tiempos maravillosos: juventud, talento, carácter, convicciones, anhelos dignificantes, la fiebre de un ideal humano y desinteresado” (Garbalosa, 1933, p. 59). Garbalosa estuvo en México desde 1926 hasta principios de 1929, por lo que no presenció la oleada represiva del gobierno posrevolucionario inaugurada en 1929. Este proceso fue denominado el Termidor Mexicano, e involucró, entre otros elementos, la recomposición de las relaciones de México con Estados Unidos, la instauración del PNR y la consiguiente persecución en contra de quienes entorpecían dichos procesos.

 

Los espacios políticos

Para estas mujeres emigradas la construcción de sus propios espacios políticos significó también una rearticulación de sus prácticas cotidianas, en un contexto donde muchas veces se vieron aisladas y donde su presencia incomodó tanto a sus opositores como a sus “compañeros de ruta”.

Aunque esto fue algo que afectó a la mayoría de las mujeres militantes, hubo otras que se acomodaron perfectamente a las dinámicas del país receptor. Una de las mujeres emigradas latinoamericanas que utilizó con éxito los esquemas propuestos por el México posrevolucionario fue la venezolana María León, opositora a la dictadura de Juan Vicente Gómez. A través de su cercanía con María Tapia, esposa de Álvaro Obregón, pudo atraer su atención hacía los problemas de los venezolanos en el exilio e incluso llegaron a establecer en conjunto una organización de solidaridad, después de la ruptura de relaciones diplomáticas entre ambos países en 1923. En 1926, María León, junto a la mexicana Elisa Ramos Pedrueza y a la estadounidense Amalia Allen[26], figuraron como fundadoras del Partido Revolucionario Venezolano (PRV), organismo que tuvo entre sus principios: “La mujer venezolana como la de todo el mundo, tiene derecho natural a participar en las cosas que interesan a toda la nación, a su ciudad o a su gremio. Hasta ahora todos los derechos eran para los hombres, y para las mujeres más obligaciones que derechos. El P.R.V. se propone levantar el valor y la condición de la mujer venezolana”[27].

Las fuentes relacionadas con su participación en el PRV son escasas, pero la recepción de los venezolanos por parte de los gobiernos de Obregón y después de Plutarco Elías Calles fue quizás la que envolvió un mayor despliegue financiero y político[28]. De tal grado fue el apoyo a los venezolanos, que en 1931 el vapor Superior zarpó desde Veracruz con la intención de derrocar al dictador Juan Vicente Gómez, con un contingente entrenado al alero del General Francisco J. Múgica en las Islas Marías.


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Pero este caso fue más bien excepcional. Al contrario, la mayoría de las mujeres tuvo que enfrentar variados desafíos y sacrificios para dedicarse a la política.

Según los biógrafos de Magda Portal, una vez comenzado su exilio en México, Víctor Raúl Haya de la Torre la presionó para que dejara la poesía vanguardista y la literatura y se enfocara en estudiar economía política (Reedy, 2000; Weaver, 2009). Frente a las dificultades para acceder directamente a la universidad, esta labor la realizó de manera autodidacta. De hecho, las conferencias antiimperialistas que desarrolló en algunos países del Caribe se debieron a estos nuevos conocimientos adquiridos[29]. Esta experiencia fue plasmanda en un diario personal, mediante recortes de prensa, cartas de amigos, escritos propios o fotografías. Portal en lugar de utilizar un cuaderno o libreta en blanco, recurrió como soporte al libro El sistema de Escuelas Rurales en México publicado por la Secretaría de Educación Pública en 1927. De ese modo, pareciera expresar la tensión que debió atravesar después de abandonar la poesía. Sus apreciaciones sobre el viaje, dialogan con las ilustraciones de Diego Rivera, los espacios en blanco y las fotos oficiales, que se encontraban en el libro de la SEP. Este objeto se parece más a una pieza artística que al archivo de la avezada política en la que se transformó[30].  

La autoformación de la aprista fue utilizada posteriormente como propaganda por la organización peruana. “Su ausencia ha sido fecunda y provechosa, pues ha ganado cultura y saber del conocimiento de la propia América. Es una lección para todos aquellos intelectualitos extranjerizantes”[31], se declaraba en un texto que le daba la bienvenida a Perú, después de cuatro años de exilio. Pese a los aplausos que generaba en las filas apristas, su renuncia a la literatura fue un problema irresuelto para Magda Portal, durante el resto de su carrera política.

En todo caso, el carácter heroico que adquirió la posteriormente llamada “pasionaria peruana”, también recayó sobre las otras mujeres militantes que sufrieron el exilio[32]. Como plantea K. Lynn Stoner (2003) para el caso cubano, la recomposición de los límites retóricos que regulaban la designación social de las “heroínas”, abrió espacio para las militantes feministas, activistas radicales y aquellas vinculadas a los movimientos estudiantiles. Aunque esta apertura no fue lo suficientemente ancha para que se transformaran en “heroínas nacionales”, sino solamente en ejemplo para sus círculos políticos, radicales e intelectuales. Me parece que a las características de las nuevas heroínas enunciadas por Stoner deberíamos agregar dos elementos centrales. En primer lugar, el concepto de sacrificio, muy vinculado a la exclusión política que sufrieron estas mujeres, pero también a la cultura católica latinoamericana: la represión, el exilio, la negación de sus derechos, son argumentos que se destacaron al momento de su asunción a la categoría de heroínas. Una segunda característica que me parece relevante es su actividad periodística. Su vinculación con los medios de comunicación precisamente en un momento donde se comenzaba a consolidar “lo masivo” jugó un papel determinante en esta rearticulación de lo heroico. Por supuesto, finalmente también hay que considerar los esfuerzos personales y conscientes de cada una de ellas por ocupar una posición destacada en los movimientos que integraron[33]. Brum se cuestiona: “¿No crees que podría llegar a ser una pequeña Rosa Luxemburgo?” (Brum, 1931, p. 19). Esto fue también una forma de construir un espacio político propio y autónomo.

Unas páginas atrás mencioné la poca actividad de los emigrados cubanos en los primeros años de la década del treinta. Sin embargo, hubo un pequeño grupo que mantuvo cierto activismo, aunque tratando de no llamar la atención. En esta pequeña organización encontramos a las hermanas Juana Luisa, Teresa y Caridad Proenza y a Mirta Aguirre. Todas ellas fueron cruciales cuando en agosto de 1933 se decidió repatriar las cenizas de Julio Antonio Mella, asesinado a principios de 1929. No sólo asumieron los preparativos, organizaron la cremación del cuerpo, y recolectaron el dinero necesario, sino que ocuparon un lugar destacado en los mítines, dirigieron las asambleas e incluso, trazaron los planes para evadir a la policía mexicana, la cual buscó evitar esta repatriación.  

Mirta Aguirre había compartido militancia junto a Ofelia Domínguez en la Unión Radical de Mujeres y coincidieron brevemente en la ciudad de México[34]. Mientras que las hermanas Proenza también habían destacado en la lucha antimachadista, y la represión que había sufrido su familia fue uno de los casos emblemáticos de la crudeza del régimen. Este pequeño grupo de mujeres llegó a la capital mexicana, después de permanecer algún tiempo en Centroamérica, y se integraron a las distintas organizaciones comunistas que subsistían pese a la represión gubernamental. La Federación de Estudiantes Revolucionarios (FER) y la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR) fueron sus primeros espacios de militancia mexicanos. Mirta Aguirre también colaboró con el periódico El Machete, que circulaba de manera clandestina. Sin embargo, después de la caída de Machado en Cuba en 1933, y con la perspectiva de cambio de gobierno en México, lograron establecer organizaciones orientadas hacia su propio país. De ese modo, participaron en la fundación del Comité Manos Fuera de Cuba, el cual tuvo como objetivo (al igual que el Comité Manos Fuera de Nicaragua en 1928) denunciar la intervención de Estados Unidos. Después organizaron el grupo Rubén Martínez Villena, adscrito al Socorro Rojo Internacional, con el fin de defender a los presos políticos en Cuba (Castillo Vega, 1988).

La posibilidad de continuar con la militancia comunista, dado especialmente su internacionalismo, simplificaba la búsqueda de espacios políticos para algunas militantes. Aunque esto podía acarrear tanto un riesgo personal en la medida en que el PCM también era perseguido, como un costo político, al subordinar el activismo a las necesidades locales. El desarrollo posterior de organizaciones y prácticas orientadas hacia el país de origen evidencia la tensión que seguramente existió en todas las militantes, al no poder inmediatamente apuntar sus actividades hacia donde querían. Sobre esto volveremos en breve.

Una forma de inserción diferente fue la que desarrolló Blanca Luz Brum. Una de sus principales labores, junto al peruano Esteban Pavletich y al boliviano Tristán Marof, fue la corresponsalía de la revista Amauta, dirigida en Perú por José Carlos Mariátegui. El intercambio epistolar entre ambos es profuso y da cuenta de las acciones que debió llevar a cabo la escritora uruguaya. A pesar de que mucho del trabajo se relacionaba con temas burocráticos o comerciales, Mariátegui también estaba interesado en influir en los debates políticos continentales que tenían precisamente uno de sus epicentros en la ciudad de México. De ese modo, Brum se transformó en una intermediaria en este proceso. Aunque hay que destacar que entendió su labor de intermediaria no como una simple correa transmisora, sino como parte integral de los debates y diálogos. Así, la tribuna que utilizó para continuar desarrollando su militancia política, en lugar de reorientarse solamente hacia México, amplió sus márgenes a los conflictos entre el aprismo y los sectores adscritos a la Internacional Comunista; a las querellas entre aquellos que bogaban por un indoamericanismo autóctono y quienes apelaban a un latinoamericanismo internacionalista.

Volvamos sobre las tensiones que significó la reorientación de la militancia. Ninguna de las mujeres arribadas a México y que militaban en organizaciones feministas, continuó haciéndolo en este nuevo país. La explicación podemos buscarla en varios factores: la urgencia dictatorial que obligaba a derrotar al tirano; la precariedad de los vínculos entre las militantes feministas latinoamericanas; la represión gubernamental. Esto no quiere decir que estas mujeres olvidaran esta parte de sus actividades políticas. Muchas continuaron escribiendo y aprovecharon la distancia para reelaborar sus ideas. Magda Portal, una vez de regreso en Perú en 1931, publicó Hacia la mujer nueva, un texto donde recupera los aprendizajes de su exilio relacionados con el feminismo. Este libro se transformó en la base programática del APRA en esta materia, entidad que declaraba entender el “problema de las mujeres” como un tema económico social y proponía que gracias a la “virginidad” política femenina, las ideas de este movimiento se desarrollarían entre ellas con velocidad. Escribe Magda Portal: “[La mujer] No estaba preparada para comprender su propia situación de esclavitud, ya que por su incipiente cultura y por lo retrazado del medio, las ideas sociales llegan aquí tamizadas y vagas” (Portal, 1933, p. 11). Por este motivo, el programa incorporaba dar el voto calificado (o sea, restringido) para las mujeres. De ese modo, la mirada continuaba padeciendo de cierto machismo paternalista y otorgaba derechos ciudadanos limitados.  

En otros casos, la trayectoria de las exiliadas fue muy diferente. El impacto de los procesos represivos sobre los militantes de izquierda es un verdadero caleidoscopio y quizás lo único que pueda plantearse con cierta certeza es que ninguno atravesó por ellos sin verse afectado de alguna manera. Ofelia Domínguez Navarro (1937) relata en su libro De 6 a 6. Las prisiones políticas en Cuba, cómo transita de militante feminista, cercana al liberalismo, hacia posiciones marxistas, lo que concluye, finalmente con su adscripción al Partido Comunista Mexicano. La clandestinidad, la cárcel y el destierro fueron experiencias que impactaron sucesivamente en la forma en que la cubana interpretaba su realidad. El trauma que significaron estos sucesos fueron reasumidos por Domínguez e incorporados en un nuevo proyecto político, cada vez más amplio. Por estos motivos, en su segundo exilio en México en 1936, no estuvo dispuesta a reducir su activismo a la lucha contra el nuevo régimen cubano. Al contrario, participó en múltiples debates, sin obedecer a ningún tipo de limitación. Las posibilidades y tolerancia que abrió el cardenismo a “ciertos sectores de izquierda”[35], permitió incluso a Domínguez inmiscuirse en los debates internos mexicanos. Esto fue particularmente complejo cuando presentó una ponencia en la que defendía el derecho de las mujeres a abortar desde una perspectiva marxista. En su propuesta criticaba directamente a las autoridades mexicanas y cuestionaba la idoneidad de las leyes. La publicación de sus ideas causó revuelo, sin embargo, en el nuevo escenario, su participación en la política mexicana fue tolerada (Domínguez Navarro, 1936)[36].    

 

Palabras finales

Blanca Luz Brum escribió años después sobre su experiencia en México: “Entendí que en un país donde desde sus orígenes más remotos se rendía tanto culto a los ídolos, iba a ser muy difícil para mí despojar a los que me rodeaban de aquella idolatría ancestral” (Brum, 2002, pp. 186-187).

Estas palabras pesimistas nos exponen en primer lugar el choque entre las militantes feministas y la realidad que encontraron en México. Sin embargo, es necesario nuevamente enfatizar que esto no fue sólo a consecuencia del país receptor, sino que las prácticas de los exiliados en su conjunto fueron las que articularon estas tensiones. La reorientación de su activismo político fue clave en este proceso, pues finalmente el espacio que político que las recibía, al igual que aquel que las había expulsado, tenía como parte de sus componentes la exclusión de las mujeres. Por lo tanto, sus prácticas significaban un cuestionamiento sin importar el lugar desde donde las emprendieran.

Las palabras de Brum, remitidas a los ídolos y al espectro religioso mexicano, parecieran también dialogar con las ideas de Anita Brenner, expuestas en la misma fecha en Idols behind Altars. La mirada de la uruguaya se vuelve en contra de los nuevos dogmatismos que el régimen posrevolucionario intenta consolidar. Esos nuevos ídolos, llamados ahora virilidad, machismo o “desprecio por la vida”, son cuestionados como proyecto político, no sólo por Brum o Brenner, sino por una parte importante de las mujeres militantes del periodo, fueran mexicanas o extranjeras. Esto lentamente irá cristalizando en organizaciones y propuestas alternativas, aunque hasta el día de hoy los espacios políticos son excluyentes y la participación femenina minoritaria.  

Desde el plano de la historiografía, si bien en este trabajo se intentó penetrar en la compresión del quehacer de las militantes, aún la tarea continúa en construcción. Mientras las fuentes escritas son predominantemente masculinas, podemos ver muchas fotografías donde la presencia femenina es relevante, especialmente en aquellas que no fueron tomadas pensando en ser utilizadas políticamente. Uno de los principales problemas de la historia de los exilios es que continúa siendo en buena medida la historia de sus capas dirigentes. Evidentemente la idea de este trabajo fue comenzar a desmontar este tipo de perspectiva historiográfica, aunque la mayoría de las mujeres arribadas a México como parte de las oleadas de exiliados se mantiene en el anonimato.

Finalmente, quisiera reiterar que en el espacio conflictivo que representaba la ciudad de México sirvió para que estas militantes se relacionaran estrechamente con otras mujeres, tanto locales como de otros países del continente, las cuales comenzaban también a organizar sus propios proyectos políticos. Este tipo de diálogos, difíciles de pesquisar, influyó no sólo en dotar de contenido un discurso latinoamericanista, sino que también generó situaciones de intercambio concretas. Como ejemplo de estas fructíferas relaciones podemos mencionar el trabajo que desarrollaron la mexicana Matilde Rodríguez Cabo y la cubana Ofelia Domínguez, quienes avanzaron en la conciliación del marxismo y los derechos de las mujeres durante la década de 1930.

De ese modo la estancia en México de militantes de numerosos países permitió que se produjeran encuentros que nutrieron las experiencias locales o nacionales y al mismo tiempo constituyeron un escenario transnacional de intercambios. De todas maneras no hay que olvidar que en algunas ocasiones, los contactos que se produjeron entre las emigradas y quienes las recibieron, derivaron en conflictos abiertos, en desencuentros o simplemente en la indiferencia.

 

Notas:

[1] Licenciado en periodismo por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Licenciado en historia por la Universidad de Chile. Doctor en historia por el Colegio de México. Su tesis se intitula "Militantes radicales de la izquierda latinoamericana en México, 1920-1934. Prácticas políticas, redes y conspiraciones". Principales publicaciones: “‘Latin American news agency should be formed…’ Las agencias de noticias internacionales en el México posrevolucionario, 1920-1934”, "A la deriva en tierras inestables. Exiliados chilenos navegando por Latinoamérica (1927-1931)" y "La Librería Navarro y su proyecto Ediciones Frente Cultural. De la teoría revolucionaria al éxito de ventas (1934-1939)", en proceso de dictaminación. Como parte de su investigación también ha desarrollado el proyecto: Poesía desde Los Andes. Gabriela Mistral en México, donde junto con el músico Juan Carlos Saá, ha explorado la vida de la poetisa en este país. 

[2] A este respecto ver también Sznajder y Roniger (2009) y Melgar Bao (2013). Estos autores plantean la necesidad de estudiar el exilio retomando una perspectiva que enfatice el espacio urbano por el cual se movieron los emigrados.

[3] Ver por ejemplo, Olivé (2014).

[4] En alusión a Judith Butler, ver por ejemplo, el libro Patricia Alvarenga Venutolo (2012), en el cual la autora utiliza el concepto de identidades en disputa, para analizar las reinvenciones del género que se dieron en la primera mitad del siglo XX en Costa Rica.

[5] Una breve biografía en Stoner (1998).

[6] Portal (2010). Publicado originalmente en Revista de Avance, La Habana, 1927.  

[7] Blanca Luz Brum, por ejemplo, hizo su primera aparición en México en una fiesta con Tina Modotti, Diego Rivera y Carlos Mérida. También estaba Joseph Freeman representante de la Agencia de Noticias Soviética Tass en México.

[8] AHUNAM, Fondo Departamento Administrativo, caja 11, exp. 252 (1927), sin foliar.

[9] “Carta de Blanca Luz Brum a José Carlos Mariátegui”, México, 18 de octubre de 1929, en Mariátegui, 1994, p. 2038.

[10] Esta situación no sólo fue sufrida por las mujeres exiliadas, sino que afectó a la mayoría de los emigrados y a muchas otras mujeres extranjeras en México. Gabriela Mistral se fue apesadumbrada después de trabajar un par de años en la Secretaría de Educación Pública, sin ni siquiera firmar como autora algunos libros que produjo. Ver Cano (1996). El también poeta Juan Marinello retomó las palabras de Federico García Lorca para describir su paso por México en 1933: “La primera vez, no te conocí. La segunda, sí. Ver Marinello, Juan, “Misión de México”, en Repertorio Americano, tomo XLIV, No. 21, 30 de enero de 1949, p. 322.

[11] Repertorio Americano, Amauta y otras revistas culturales recibieron textos de las emigradas. Pero también escribieron para diarios como El Nacional o El Ilustrado.

[12] Nellie Bly es a su juicio una de las primeras mujeres en practicar esta estrategia periodística. Ver Thérenty (2013).  

[13] En este libro el uso de la ironía es clave como estrategia narrativa.

[14] Mauricio Tenorio Trillo desarrolla esta idea para el caso de las mujeres radicales estadounidenses que llegaron a México en este mismo periodo. Ver Tenorio Trillo (2012).

[15] Ver por ejemplo, Garbalosa (1941). En esta novela, la autora describe épicamente la experiencia de un grupo de estudiantes cubanos exiliados en México a fines de la década de 1920. Su protagonista Pedro Pablo (Julio Antonio Mella), se encuentra en la capital mexicana con exiliados chilenos, venezolanos, centroamericanos, los cuales se “apropian” de la ciudad para sus actividades revolucionarias.

[16] Ver su libro Más arriba está el cielo (1931), escrito durante su estadía en México.

[17] Reproducido en Reedy, Daniel R., Magda Portal. La pasionaria peruana. Biografía intelectual, Ediciones Flora Tristán, Lima, 2000.

[18] Ver Magda Portal Papers, en Nettie Lee Benson Manuscripts Collection, The University of Texas at Austin.

[19] “Carta de Salvador de la Plaza al Compañero Escalona (Manuel Zúñiga Cisneros)”, Ciudad de México, del 2 al 6 de septiembre de 1929, en Rodríguez Galad (1992).

[20] “David Alfaro Siqueiros expulsado del Partido Comunista”, en El Machete, abril de 1930, p. 4.

[21] En el archivo del Departamento Confidencial no he encontrado ningún expediente que la mencione como agente. Sin embargo, cuando muchos de los latinoamericanos militantes fueron perseguidos, encarcelados y expulsados por las autoridades mexicanas, la literata permaneció inmune pese a su reconocida militancia. Incluso, cuando se menciona su nombre en algún expediente del Departamento Confidencial, los datos que le adjudican están incompletos o son erróneos. El expediente de Antonio Vivanco, agente No. 8, dice que es “chilena”. AGN, DGIPS, caja 62, exp. 27. (1930). El de Sofía Mercado, agente No. 22, con una lista detallada del lugar donde viven varios extranjeros comunistas, deja en blanco la dirección de Brum. AGN, DGIPS, caja 61, exp. 15. (1929). En una declaración judicial Siqueiros declaró que Brum era amiga de Francisco Delgado, jefe del Departamento Confidencial.

[22] Archivo General de la Nación (México), Fondo Investigaciones Políticas y Sociales, Caja 320, exp. 56, “Ofelia Domínguez Navarro, cubana, radicada en Mérida. Se solicita investigación”. Según el expediente estuvo a punto de ser expulsada por extranjera perniciosa, aunque la Secretaría de Relaciones Exteriores, en disconformidad con la postura de Gobernación, pidió que no fuera devuelta a Cuba. Esto finalmente diluyó la posible expulsión.

[23] La autora incluso plantea que el estudiantado mexicano le reprochaba a los emigrados cubanos su inmovilidad.

[24] “Carta de Blanca Luz Brum a José Carlos Mariátegui”, México, 18 de octubre de 1929, en Mariátegui, 1994, p. 2038.

[25] Este libro recopila las cartas que la uruguaya le escribió a Siqueiros en la cárcel. El título se refiere al recorrido del bus que debía tomar para ir a visitarlo.

[26] Elisa Ramos Pedrueza era la esposa de Rafael Ramos Pedrueza un político y diplomático vinculado al Partido Comunista. Amalia Allen, por su parte, era la esposa de José Allen, uno de los fundadores del PCM, aunque también espía de los servicios de inteligencia estadounidenses.

[27] “Explicación de algunos de los puntos de los principios básicos de la revolución venezolana”, en El pensamiento político venezolano del siglo XX. Documentos para su estudio. Tomo 12, El comienzo del debate socialista, Congreso de la República, Caracas, 1983.

[28] El exilio femenino provocado por la dictadura de Juan Vicente Gómez, fue amplio y numeroso. Aún faltan estudios específicos al respecto. Podemos por ejemplo mencionar a Carmen Gil en Cuba o a Josefina Juliac en Nueva York, ambas insertas en los debates transnacionales de este periodo.

[29] En estos viajes Magda Portal conoció al venezolano Rómulo Betancourt, y éste le pidió que escribiera el colofón de su obra En la huella de la pezuña, sobre la lucha estudiantil en contra de Juan Vicente Gómez.

[30] Ver Magda Portal Papers, en Nettie Lee Benson Manuscripts Collection, The University of Texas at Austin.  

[31] Magda Portal Papers, en Nettie Lee Benson Manuscripts Collection, The University of Texas at Austin, exp. 10.10, f. 1.  

[32] Desde las páginas de Amauta se impulsaba la figura de Blanca Luz Brum, mientras que Ofelia Domínguez adquiría una estela heroica gracias a su presencia en el escenario cultural cubano de los años 30. Otras mujeres, no tan vinculadas a la militancia política, también utilizaron la tribuna que ofrecía México en el plano editorial, como por ejemplo la hondureña Clementina Suárez, que aprovechó su estancia para publicar tres libros de poesía en 1931. Ver Gold (2001).

[33] En el caso de Blanca Luz Brum, María Pía López ha investigado como la poetisa desarrolló un constante esfuerzo por sostener una presencia destacada, aún a costa de construirse una biografía parecida a una novela por entregas. Ver López (1999), pp. 159- 172.

[34] Sobre ella y su hermano Sergio, Marcia Castillo Vega escribe: “Participan en atentados dinamiteros, tánganas y en otros actos de protesta contra el régimen machadista” (1988, p. 8).

[35] Por supuesto, otras mujeres, como Calixta Guiteras, asociada a la Joven Cuba, eran ahora observadas y perseguidas por los organismos de seguridad del gobierno mexicano.

[36] Domínguez Navarro (1936). Una apreciación amplia sobre esta situación en Cano (1990).

 

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Cómo citar este artículo:

RIVERA MIR, Sebastián, (2015) “Mujeres latinoamericanas exiliadas en México. Militancias y activismo de izquierda en la posrevolución (1926-1936)”, Pacarina del Sur [En línea], año 7, núm. 25, octubre-diciembre, 2015. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Viernes, 22 de Marzo de 2019.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.comindex.php?option=com_content&view=article&id=1220&catid=5

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