Pacarina del Sur
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L'enfant terrible (El Pablo Macera que una vez conocí)

Walter Saavedra

 

«Estoy harto de mi sabiduría (...) he menester manos que hacía mí se tiendan» (Federico Nietzsche).

 

«Quien es capaz de adquirir nuevos conocimientos revisando los viejos conocimientos, está calificado para enseñar» (Confucio).

 

Introducción

El presente trabajo trata básicamente sobre mis recuerdos de los encuentros que tuviera con Pablo Macera en diferentes etapas de mi vida, pero hace ya mucho tiempo. Este texto fue escrito sustancialmente entre el 22 de Junio y el 6 de Agosto de 1996, mucho antes de su incursión en el fujimorato. Lo escribí de manera rápida, como suelo escribir, generalmente. Ahora he aprovechado para darle una revisión somera, y si incorporo algunos elementos referentes a su errática incursión en las filas del fujimorismo, respeto esencialmente lo dicho en el texto original.

Con errores y todo se lo entregué a Pablo Macera. Él le dio una ojeada y me preguntó si quería su autorización para publicarlo. Soberbiamente, le dije que no necesitaba que me autorice a publicar algo mío, que sobre eso era yo quien tenía que decidir. Me miró sorprendido, tan sorprendido, como aquellos jóvenes que trabajaban para él y escuchaban atentamente nuestra conversación. Enseguida me fui, sin agregar nada más, me alejé para no verlo nunca más, personalmente… Bueno sí, lo volvería a ver muchos años después de dejar de ser congresista.

Ahora, después de que Macera se uniera a las huestes de Alberto Fujimori, saliendo elegido para el Congreso, lo doy a conocer por este medio, porque Macera fue muy asediado y aplaudido antes de su infausto apoyo al dictador. Pablo Macera, que siempre se caracterizó por abogar por las causas perdidas, por última vez en su vida lo hacía, uniéndose a un régimen corrupto que estaba ya en las postrimerías, en su fase agónica. Fue la última causa perdida a la que Pablo Macera se afilió, para luego desaparecer... no sin antes postular, sin éxito, al Congreso en la lista de los seguidores de un huido y masivamente repudiado Fujimori.

Yo sé supe nada de Pablo Macera durante mucho tiempo, como que creo nadie lo supo tampoco, porque desapareció casi por completo de los medios. Así como antes era consultado por casi todo, así ahora es ignorado. Pero, debemos reconocer, su contribución a las investigaciones no solamente de Historia sino de las Ciencias Sociales, en general, así como por las publicaciones que realizaba de otros investigadores, por todo eso y más será siempre recordado. Macera no fue un ángel nunca, pero tampoco fue un diablo. No le quitemos el derecho a equivocarse, si es que fue una equivocación la suya...

 Ahora, he realizado algunos cambios en relación al texto que le regalé a Pablo Macera en su momento. Pero lo esencial ha quedado intocado. De muchas cosas que digo, no estoy tan seguro, mis recuerdos no son lo claros que me gustaría. Pero ahí van, otros se encargarán de decir su propia verdad y podremos llegar a tener una visión más clara de lo que pasó en esos tiempos. Se verá, a pesar de lo dicho antes, lo que corresponde a una redacción anterior, aquello que no he querido cambiar. Repito que yo que sí volví a ver a Pablo Macera después de entregarle hacerle llegar este trabajo. Queden muchas de las incongruencias tal cual.

 Lima, 08 de julio de 2003 y 08 de julio de 2005.

New York 15 de setiembre de 20016.

 

L'enfant terrible

No sé cuándo nació. No sé cuándo murió... Porque el hecho es que para ser célebres en el Perú hay que haber muerto. Pablo Macera ha sido todo el tiempo un hombre celebérrimo. Se le ha tratado siempre como si estuviera muerto... ¿Acaso no lo estuviste toda la vida Pablo? ¿No estuviste muerto Pablo desde que naciste? Tú has desafiado a la vida, es pues, de suyo, completamente congruente que hayas desafiado también a la muerte.

Alfredo Torero y Pablo Macera. Playa Bandurria, Huacho, 1970
Imagen 1. Alfredo Torero y Pablo Macera. Playa Bandurria, Huacho, 1970. www.pablomacera.blogspot.com

¿Cuándo conocí por primera vez a Pablo Macera? Era por allá por inicios de los años 70, en plena gobernatura Velasquista. Creo, no estoy seguro, que había publicado recién los cuatro tomos de sus Trabajos de Historia. En San Marcos eso desató toda una reacción repelente entre la mayoría de los estudiantes cuando se supo que INIDE (Instituto Nacional de Investigación y Desarrollo de la Educación) había publicado sus escritos. La mayoría se oponía a Velasco. Pero no todos, porque había una minoría importante que apoyaba al general Velasco y que, por supuesto, defendía a Macera… Yo no recuerdo cuál fue la posición de Pablo Macera frente al régimen de la Junta Militar de Gobierno que presidía Velasco Alvarado.

Por esa época Abimael Guzmán era conocido, entrados los años 70, como Álvaro y sus seguidores eran los "Alvaristas." Los seguidores de Guzmán fueron los que abanderaron las luchas estudiantiles en la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI), donde muchísimos estudiantes fueron expulsados por 1969, yéndose unos a Francia mientras que otros pasaron a las universidades de San Marcos y Huamanga, si no me equivoco (quizás también a la Cantuta).

Sin embargo, nadie que se respetase prestaba verdadera atención a los Alvaristas en nuestra universidad de San Marcos. Ellos eran, en realidad, el hazmerreír. Siempre hablaban citando exagerada y textualmente Pekín Informa (no citaban siquiera a Mao de manera directa) sin tomar en cuenta si venía o no al caso. Sus citas eran tan traídas de los cabellos, considerando el contexto, que no podíamos aguantar la risa. Creo que fue allí, en esa época, cuando ellos sacaban un panfleto de nombre Bandera Roja que, pomposamente, tenía como epígrafe la frase siguiente: "Por el Sendero Luminoso de José Carlos Mariátegui" (frase no exenta de influencia de la China tradicional -de la China de los mandarines- por la terminología, y algo que ellos odiarán que se les diga: influencia también de Confucio).

Tanto se repetía esa frasecilla mencionada, que comenzamos a llamarlos simplemente Sendero Luminoso como burla y también para diferenciarlos del grupo Bandera Roja que lideraba Saturnino Paredes Macedo. Pienso que fuimos los primeros que así los llamamos. El mote pegó enseguida.

Algunos de nosotros no teníamos ninguna militancia partidaria. Participábamos activamente del FER (Frente de Estudiantes Revolucionarios), pero a éste, a pesar de todas las apariencias, se le consideraba un grupo no partidario. Yo lo hice constar así en los primeros estatutos que elaboré y que se aprobaron, algo que posteriormente no se respetó y se modificó. No nos interesaban ni Satuco (Saturnino) Paredes, ni Abimael Guzmán, ni Breñita (Rolando Breña), ni tampoco nadie de ningún partido (a mí particularmente no me interesaban en absoluto).

Carlos Llontop, que había sido la figura principal en Patria Roja, se había apartado justo en 1969 o en 1970. Era un joven dinámico, activo, luchador, reflexivo, orador, escritor, etc. Con él nos nucleamos en el FER especialmente quienes éramos del ciclo básico de Letras.

En ese tiempo no había grupo partidario que nos nuclease a nosotros, quizás por ello es que se daban roces con los partidos que habían actuado antes en San Marcos, aunque en Letras no tenían presencia significativa y en el conjunto de la universidad eran una minoría. Algunos decían que formábamos parte de un grupo conocido como Estrella Roja (escindido de Bandera roja), grupo del que yo, personalmente, jamás escuché hablar mientras estuve estudiando en San Marcos y era parte del FER.

A inicios de los setenta, se comentó mucho la figura de Pablo Macera. ¿Qué es lo que perseguía al publicar sus obras en el Perú precisamente en ese momento y todavía auspiciado por el Velascato, si él siempre había publicado únicamente en el extranjero? Esto es lo que se decía y era suficiente para levantar mil y un anticuerpos contra él entre nosotros, los "intelectuales de izquierda en formación", según reconocíamos ser, discusión de por medio sobre el asunto acerca de los intelectuales.

En realidad, yo me mantenía expectante. Claro, si me preguntaban, en ese tiempo, qué pensaba de Macera, hubiera repetido lo que se decía en los pasillos. Era lo normal. Pero, pensar pensar... ¿qué podía yo pensar de alguien como él? Era alguien desconcertante. No había crítica de sus obras, no había nada, sólo aversión. Y eso, a pesar de todo lo que pudiese decir en ese momento, no era algo que fuese conmigo. Yo quería argumentos. Y no había argumentos. No leí sus libros tampoco, quizás, en un claro afán sectario o, tal vez, porque la historia me interesaba poco en ese momento. No lo sé, realmente no lo sé bien. En realidad, yo leía muchas cosas que podrían demostrar que estaba lejos de ser sectario. Nada nos impedía hacerlo. No teníamos censores, como sí los había en los partidos políticos... como ha tenido ocasión de contar ese gran poeta nuestro: Enrique Verástegui.

En fin, lo único que yo hice fue callar y observar. Desde entonces hacía ya, por mi parte, lo que en antropología se conocía como observación participante. No digo que no fuera yo honesto en lo que pensaba. Siempre he querido el bienestar para todos, especialmente para los pobres. Como lo quiso, por ejemplo, Luis Felipe Alarco, a su manera, siendo acciopopulista. Lo que no disminuye ni un ápice la veracidad de su deseo. Que nosotros no estuviéramos de acuerdo con Acción Popular no quiere decir que todos debían estar de acuerdo con nosotros tampoco. Ni que nosotros tuviéramos el monopolio de la verdad.

El defenestrar a alguien porque no estuviera de acuerdo con lo que decía aquel que estaba en el poder, era muy común en esa época. Pero, también conocíamos, y practicábamos, la experiencia de los personajes egregios quienes permitían discrepar completamente con ellos (a pesar de la dureza que pudieran desplegar en muchos momentos).

No se puede dejar de ver que los grandes polemizan con sus oponentes, por más cólera que les tengan, por más que hayan despotricado de sus adversarios. Saben que solamente la oposición los mantiene vivos. Ellos lo saben. Lo supieron mientras vivían.

Hay que considerar que Lenin le dirigió los peores insultos a Trotsky, pero -se quiera ver o no- reconocía y confiaba, cuando menos, en algunas de sus habilidades y, precisamente por eso, lo puso al frente, para que creara el Ejército Rojo, y cuando estaba ya a punto de morir lo proponía como su sucesor. Son los hechos. Que después Stalin no respetase eso, es otra cuestión.

Transcurrió el año 1970. Nosotros, los estudiantes teníamos el poder de decidirlo todo en San Marcos. Cambiábamos de profesores a cada momento, cambiábamos de cursos a cada instante... solamente los cursos que queríamos permanecían. ¿Qué permaneció? Nada: desaparecieron Castellano, Sicología, Historia del Arte, Estética del cine, Historia Universal, Filosofía y qué sé yo qué más. Establecimos los cursos relacionados casi únicamente con el materialismo, y se los impusimos a los mismos profesores que no estaban de acuerdo con ese criterio. En este sentido fuimos una especie de dictadores, aunque no nos gustase reconocerlo, lo que al final terminó perjudicándonos a la gran mayoría de nosotros cuando comenzamos a buscar trabajo.


Imagen 2. www.elperuano.pe

Entre los profesores, había quienes no eran marxistas, y quizás ni siquiera les interesaba, pero algunos de ellos tuvieron que estudiarlo para enseñárnoslo. Algunos veían lo que leíamos (porque nosotros leíamos mucho) y sobre eso hablaban en sus cursos, para no tener problemas. No tanto por la censura en sí misma (o quizás sí, temiéndola), sino porque la discusión era tremenda. Los alumnos vivían en la universidad todo el día, paraban en la biblioteca, discutían, asistían a eventos culturales, etc. Éramos alumnos a tiempo completo.

Un profesor (cuyo nombre no deseo traer a colación, aunque no porque no lo respetase, sino que lo respeto incluso ahora), llegó a decirnos que nosotros mismos nos pusiéramos las notas... y no muchos, creo, tuvieron notas altas aunque ellos mismos se las ponían, lo merecieran o no. Algunos acostumbrábamos decir que en San Marcos no existían maestros, maestros verdaderos, y casi no teníamos ninguna relación estrecha con ninguno. Otros grupos sí tenían una relación bastante cercana con un grupo de profesores, y, naturalmente, no estaban de acuerdo con nosotros (recuérdese que hablo a partir del grupo al cual yo pertenecía).

Cuando llegamos al quinto ciclo de estudios de Ciencias Sociales Integradas, alguien se le ocurrió que había un profesor que brillaba con luz propia. Ese profesor podría enseñarnos Historia. Ese profesor no era otro que Pablo Macera. ¿Por qué? No lo sé. A pesar de todo debo decir que no lo sé. No recuerdo lo que se discutió al respecto (aunque quizás no estuve presente en tales discusiones, cosa nada rara en mí). Invariablemente todo se aprobaba luego de una discusión. La uniformidad de pensamiento era casi unánime a pesar de los matices políticos existentes y los "desacuerdos" encarnizados… No pocos eran los que se sorprendían y lo negaban cuando yo les hacía ver tal unanimidad (y yo contemplaba sonriendo sus rostros estupefactos cuando me escuchaban decirlo).

¿Quién sería el que nos propuso a Macera? No lo sé. Por ese tiempo Macera enseñaba en la facultad de historia. Nosotros estudiábamos con alumnos de esa especialidad, a los que él les enseñaba o enseñó... No lo recuerdo bien. Sí, creo que un amigo de historia nos lo propuso. No sería raro, pienso ahora, que el mismo Pablo pudiera haber creado la necesidad de que lo llamaran; no, no sería nada raro en él (lo cierto es que en Macera todo era posible).

Como quiera que fuese, se "citó" pues a Macera en la cafetería del patio de Letras, que quedaba en el sótano que está debajo de la rampa y que ya no es más una cafetería. Allí conversamos. Sí, estuve presente, aunque no dije esta boca es mía. Yo miraba a ese profesor con mucha curiosidad. Era... era un tipo desafiante a pesar de su ecuanimidad, era diferente, había cierto amaneramiento en él que vestía un pañuelo de seda en el cuello, camisa y pantalón claros y caros. Era blanco, estaba esmeradamente peinado. Sus maneras eran muy refinadas. Todo en él hacía honor a sus apellidos italianos.

Y, por si fuera poco, ¡mascaba chicle! No, no en general: él tenía la "desfachatez" de mascar chicle hecho en “yanquilandia”, pues el sour que utilizaba aún no se conocía (o recién se estaba introduciendo, en todo caso en nuestro país) por entonces aquí; él tenía la desfachatez de exhibir paquetes de ese producto, tan usado por los norteamericanos; con gran desaliño, se sacaba el chicle -con el que había llegado- de la boca pues se le había acabado el dulce y, pomposamente, se metía otro haciendo un alarde de desafío a esos chicos que pretendíamos ser tan irreverentes, tan “antiyanquis”.

En el lapso de la conversación cambió de chicles tantas veces que no sabría contarlas. Nadie le dijo nada. Muy por el contrario, le pidieron que enseñara, casi le rogaron... él miraba desafiante y desdeñoso... Yo lo miraba a él con curiosidad incesante. ¡Se complacía en mostrarnos cierto amaneramiento a nosotros, los chicos que odiábamos a muerte el amujeramiento!

No dije nada de nada en aquella ocasión. Macera me llamaba la atención. Algo en él no estaba... algo en él carecía de lógica. Las cosas no eran como se presentaban, eso era algo que yo intuía más que pensaba. Pero sólo me dedicaba a observar. Además, ni siquiera sabría fundamentar por qué me encontraba allí puesto que no era (al menos no en ese instante) dirigente estudiantil ni nada por el estilo. En muchos eventos similares me encontré participando sin comprender por qué. Quizás porque era amigo de los dirigentes, nada más.

Pasaron los años. Llegó 1973 Y me encontró como delegado de mi aula en Antropología. Mi elección tuvo lugar en de 1972, estando aún en el tercer año integrado de ciencias sociales. Fue una cosa muy curiosa. Un amigo –uno de aquellos con quienes fui a conversar con Macera para que fuese nuestro profesor- me propuso que postulase a la delegatura de Antropología. Creo que no conocían a otro que pudiera serlo o algo así. Yo era el único candidateable y fui elegido sin nadie que me hiciera competencia... simplemente no había nadie más que yo allí ¿dónde estaba el resto? No lo sé. Las cosas eran algo arbitrarias, es lo que pienso ahora, pasado el tiempo porque en esa época ni me llamó la atención.

Mi amigo me dijo: "Habla tú primero". Yo entendí que debía hacerlo para que no me tomaran mucho en cuenta puesto que él sería el plato fuerte con su disertación. Él postulaba a delegado de Sociología. Y bien. Yo –único candidato a la delegatura de Antropología- hablé. Improvisé. Hablé enfervorizadamente. Al terminar de hablar, mi amigo declinó de dar su discurso. La estudiante que competía con mi amigo en Sociología, curiosamente, hizo lo mismo... su mirada la recuerdo como si fuera ayer nomás que hubiera pasado todo.

Y, claro, salí elegido, aunque no sé si alguno de mis compañeros de Antropología estuvo presente en la votación, pero luego me aceptaron. Nadie nunca me dijo nada sobre esto. Ni a favor ni en contra. Callaron. Como siempre sucedió posteriormente cuando les entregaba algún escrito mío... que invariablemente terminaba perdido, después de cumplir los fines para los que fueron escritos. Creo que muy pocos supieron que yo los escribía. Muchos pensaron que otro los escribía.

  1. Estábamos pues ya en especialidad. Era, como ya dije, el delegado. Lo fui durante los dos años que siguieron. Según dije antes, nadie intentó cuestionarme la delegatura... Sí, una persona lo quiso: fue una chica, esposa de un profesor con quien discutí mucho y por eso ahora es el profesor que más recuerdo, y con mayor aprecio Rodrigo Montoya. Ahora ella, que destacó mucho durante su vida profesional, ya ha fallecido, joven: Ana Uriarte. Lamentablemente, se han comenzado a alejar de esta vida algunos de nuestros amigos, aunque persisten los recuerdos...

Mientras fui delegado, hacía únicamente lo que mis compañeros deseaban o lo que yo consideraba que era lo mejor para todos, nunca fui arbitrario y en no pocas veces fui incluso contra mis mismas ideas o contra mis mismos deseos, aunque no supe nunca si mis compañeros sabían esto. Lo que yo quería se los proponía antes a ellos, claro, cuando era posible hacerlo, si no lo decía después. Alguna vez fui el único que salió perdiendo por obtener algo que todos querían (pero a lo que yo me oponía). Recuerdo especialmente un enfrentamiento con los profesores durante una práctica de campo. Ellos consideraron que, como yo defendía el asunto tan enfervorizadamente, era yo quien había sido el instigador de esa cuasi rebelión. Y fui castigado, de manera bastante sutil pero dolorosa. Pero yo nunca me quejé, nunca lo dije, sino hasta hace poco.

Volviendo a 1973. Algo, que no me acuerdo pues qué era, debía solicitar yo a las autoridades universitarias que tenían sus oficinas en el edificio Kennedy. Era algo relacionado con las aulas... ya, ahora me acuerdo: tenía que solicitar un aula en el pabellón de Letras. En ese entonces las aulas de antropología estaban en Derecho (antes estuvieron donde hoy es la vivienda universitaria). Recuerdo que quienes utilizaban esas aulas -las que ¿yo quería?, las que los feristas querían aunque quizás no los estudiantes de Antropología, mis compañeros, que, creo, no se enteraron de nada y yo, en verdad, no le veía la trascendencia- eran los estudiantes de Filosofía. Siempre las utilizaron ellos. Tuve que enfrentarme, para conseguir lo que me proponía, a uno de los profesores de filosofía -los alumnos nunca dijeron nada de esta su característica-, se trataba del profesor que era el más gruñón, el que era el más temido: el Dr. Ferro. Pero lo hice y conseguí lo que ¿yo quería?

Aunque no el siguiente semestre quisimos lo mismo y tuve que ir a parar en el rectorado, donde me encontré con Macera, según se verá luego. La cuestión es que me salí ¿con mi gusto? ese semestre en que me enfrenté con el Dr. Ferro, pero no el siguiente que fui a ver a las autoridades que me negaron el pedido y yo no insistí más porque no me interesaba y a mis compañeros de Antropología tampoco les interesaba… Ya me acuerdo que a quienes les interesaba que Antropología permaneciese en Letras eran los dirigentes del FER de letras. ¿Por qué razón les interesaba? Porque querían que Antropología fuera siempre controlada políticamente por ellos y eso a mí ya no me interesaba. Por eso, acepté tranquilamente la negativa del rectorado y con el resto de mis compañeros, en ese segundo semestre del cuarto año de estudios, me fui tranquilamente al Pabellón de Derecho, donde teníamos las aulas a nuestra disposición. Bueno, sí, había mucha arbitrariedad ya por entonces, cosa que no recuerdo haber visto en los dos primeros años, no de esa manera al menos.


Imagen 3. www.pablomacera.blogspot.com

Nos fuimos a Derecho. Sí pues, ya no hice nada para que nos quedásemos en el local de Letras. Tal vez por el altercado que tuve con un profesor de mi especialidad que era sumamente autoritario y no aceptaba propuesta alguna que proviniera de los estudiantes. Me le enfrenté y, frente a los estudiantes todos, obtuve lo que yo deseaba, lo que el resto de los estudiantes deseaba y nadie se atrevía a decirlo abiertamente. Pero me afectó tanto ese enfrentamiento que no pude hacer bien mi examen y fui desaprobado. Y fui desaprobado en fechas sucesivas mientras ese profesor estuvo al frente del tal curso. ¿Por qué? No lo sé. Perdí el interés. Me matriculaba en el curso y nunca asistía. En algunas ocasiones, solamente en algunas, me presenté al examen sin estudiar ni siquiera mínimamente. En otras ni me presenté. Me sentía muy mal con ese profesor (Luis Millones), a quien guardé rencor durante mucho tiempo y, seguramente, también él a mí, pero ahora ya todo eso desapareció en mí, pero ha tardado bastante…

Cuando se trató, para el segundo semestre de 1973, de obtener el aula de Letras, que mencioné hace un momento, fui al edificio Kennedy, no sé si solo o me acompañaba mi amigo Máximo Echevarría (quien siempre andaba conmigo). Recuerdo que había algunos profesores allí. Mientras estábamos haciendo antesala para que nos atendieran, entró Pablo Macera. Todos lo saludaron con gran reverencia. También yo lo saludé, claro. Era ya una “Vaca Sagrada”. Comenzó a hablar con tono doctoral. Todos lo escuchaban contritos, sin decir nada, sin atreverse siquiera a respirar. Macera seguía hablando, monologando. Monologando.

Yo, irreverente como era con los profesores, le escuché decir ciertas cosas con las que no estaba de acuerdo. O no sé qué… Hablé pues. Le contesté. Expuse mis puntos de vista. Macera no salía de su asombro ¡tan acostumbrado estaba a que no se le dijera nada, dijese lo que dijese! Observé esa sorpresa. No me amilané. Seguí hablando. ¿De qué? No sé, ya no me acuerdo ¿es eso importante? Quizás yo dijese simplemente tonterías. Lo cierto es que quienes también estaban en la sala se encontraban... no, no sorprendidos, estaban con temor, temían la explosión de la "Vaca Sagrada". Macera no explotó. Su sorpresa fue mayor que su... ¿desagrado? No, no creo en absoluto que lo que hice le haya desagradado. Creo que se sintió complacido, sorprendido y complacido. Ya no me acuerdo qué más hizo el reconocido historiador. Solamente sé que se fue tranquilamente. Pero no me olvidó ¡Oh no! No me olvidó.

Pasó un año. Yo frecuentaba mucho al gran autodidacta Emilio Choy. Un día estaba conversando con don Emilio -que fuera Padrino de mi promoción- y le dije que estaba haciendo un trabajo sobre las características de la antropología. "Yo te puedo recomendar una obra muy buena", me dijo. "Esa obra -agregó Choy- la tiene Pablo Macera, ve en mi nombre y se la pides".

Me apresuré a ir a la casa de Macera. Me vio. Me reconoció. Lo sé. Me miró. No dijo nada. Le expuse lo que quería. "Espérame un momento, por favor", me dijo, con esa amabilidad en la que no se ve ya nada superficial, nada artificial, ningún amaneramiento. Era diferente al Macera que yo había visto antes en esa reunión donde se le pedía que fuera nuestro profesor (y fue el único a quien se le pidió semejante cosa tan solemnemente, según recuerdo). Él estaba vestido más sencillamente. No porque estuviera en su casa, sino porque así era él siempre. Correspondía a su personalidad.

Ahora que Pablo Macera ha sido elegido congresista, por –según dicen- obtener una pensión "honorable" para su vejez, él se ha apagado completamente. Indudablemente que eso no anula sus trabajos, sus aportes, sus frases ingeniosas y sus locuras. Pero, me han contado , hace algún tiempo, que se le ve amargado, que está insociable, que sus vecinos lo repudian, que ha sido invitado a enseñar y contesta que no puede, porque "ya no sé ni quién soy"...

Macera siempre estuvo defendiendo a quienes estaban por perder, por eso perdió muchas cosas. Hasta el rectorado de nuestra Universidad de San Marcos perdió. Quizás por eso mismo se unió a Fujimori en el momento en que éste estaba ya desacreditado. Hay cierta lógica... Ya no se sabe bien cuáles de sus poses eran ciertas y cuales simplemente eso: "poses".

Como iba diciendo, Macera entró a su casa y lo esperé en la puerta. Al poco rato salió con un paquete: Eran todos los ejemplares de la obra, que le pedí, eran todos los que tenía. "Repártelos entre tus compañeros de estudios", musitó. Solamente le había pedido un ejemplar y me dio todos los que tenía. Nos despedimos sin decir nada más. Fui a la universidad y regalé el folleto a mis compañeros, que lo recibieron contentos.

Luego ya no he tenido contacto con Macera (en realidad, mucho tiempo después de escribir este texto, tuve una reunión muy bonita con él que en otro texto comente). He escuchado mucho hablar de él a mis amigos cuando yo enseñaba en San Marcos. La más de las veces negativamente. Sobre todo, le criticaban que tuviera gente que trabajase para él buscándole material para hacer sus libros. ¿Era eso malo? No, no lo era. No lo es. Publicaba trabajos en su Seminario de historia rural andina y algunos decían que no les pagaba. Lo curioso es que todo el mundo (metafóricamente hablando, por supuesto) iba a que él le hiciera una introducción a sus trabajos, y según me parece haber escuchado, nunca se negó.

Claro que por esa época, inicios de los años setenta, los estudiantes queríamos hacerlo todo para –y por- nosotros mismos. El común denominador era que se leyera vorazmente. Y escribíamos, o tratábamos de escribir. Esta era la característica del movimiento estudiantil en su conjunto, no de éste o aquél grupo en particular. Buscábamos desarrollar nuestros propios trabajos, ansiábamos ir a las fuentes para elaborar los datos que nos procurábamos…

Recuerdo que estábamos en Derecho en una de nuestras clases de Antropología, esta vez era con un profesor que ya falleció: Emilio Mendizábal Losack. El profesor dejó como trabajo que le lleváramos fichas de determinado libro. Yo me di cuenta de que él estaba trabajando sobre el particular. Me opuse. Dije: "Nosotros lo que queremos es que nos deje un trabajo para elaborar y no simples fichas". Fundamenté el pedido porque yo había estado buscando ese libro en diferentes bibliotecas y en las librerías porque había querido leerlo, pero no lo encontré porque deseaba comprarlo. En realidad solamente había un ejemplar en la Biblioteca de Ciencias Sociales y ese ejemplar no sería suficiente para que trabajemos todos, y menos en el tiempo que se nos daba. El profesor aceptó mi fundamentación y concedió mi pedido. No hubo imposición. Nadie más intervino...


Imagen 4. www.peru21.pe

Después, al yo volver de México (en la primera mitad de los ochenta seguramente), leí algunos trabajos de Pablo Macera. No, no; lo que más me agradó, lo que leí bebiendo cada cosa que decía, fue Las Furias y las Penas. Tiene el mismo nombre de un libro de Pablo Neruda ¿por qué será? Yo no he leído el libro de Neruda, pero con todo esto que digo ha de ser interesante leerlo. Y creo que hay un libro griego que lleva ese título o en el que está dicha frase... me lo han dicho, porque yo no lo he leído tampoco.

Ese Macera que veía en Las Furias y las Penas me entusiasmó tanto y tanto. No pude, en ese momento, comprenderlo completamente, como lo hago hoy, como creo comprenderlo hoy, a la distancia (en el tiempo) de esa lectura. Pero, aún no digamos qué ha suscitado en nosotros esa lectura y todos los acontecimientos que de él nos llegamos a enterar.

Viajé al extranjero por mi propia cuenta en 1979. Se me metió en la mollera la idea de saber por qué tanta gente migraba a EEUU, con todos los riesgos que se contaba existían. Reproduje el mismo camino, con las mismas condiciones, y llegué a EEUU y viví dos años en Nueva York ilegal… Colombia. Estados Unidos. México… Aprendí mucho en esos y otros lugares donde estuve. Regresé con un criterio diferente al que tuve mientras era estudiante, o mientras era profesor -que no fue nunca lo mismo en mí como sí pareció serlo para otros profesores-, en San Marcos.

Mientras enseñaba en la Universidad San Martín, ya a mediados de los 80, estudié una maestría de antropología en la Católica. 1986 - 1987. Conocí gente interesante, leí obras más interesantes todavía. Estando en esas circunstancias, me enteré que Pablo Macera postulaba al rectorado de San Marcos. Me entusiasmó la cosa. Pero perdió. Macera no salió elegido porque postulaba en la lista de los que ya se sabía que iban a perder. Macera nunca se había identificado antes con ese grupo ¿por qué lo hacía ahora? Creo que hubiera sido el rector que se precisaba entonces.

Recuerdo que cuando dejé la Universidad San Martín, en la primera mitad de los 90, hubo un concurso en la Universidad Nacional de Ingeniería. Se pedía un antropólogo. Era, si no recuerdo mal, para asesorar al grupo de danzas o algo así. Me presenté. El día de la entrevista, yo ya sabía que Macera sería quien evaluaría. Me llamaron luego de varios antropólogos. Al entrar a la sala donde estaban los miembros de la comisión evaluadora lo vi. Pablo Macera era el jurado. Seguramente habría otros jurados, pero solamente se le veía a él, solamente se le percibía a él. Yo le sonreí con familiaridad. Él seguramente se sorprendió. Él se sorprendió. ¿Me recordaría? No lo creo. Francamente no lo creo. Había pasado mucho tiempo después de nuestros fugaces encuentros. Me hizo una pregunta simple tendiente a que yo me explayara acerca de lo que había escrito. Le respondí de la misma manera con que él me hablaba: Con cortesía, como que ya lo conocía desde hacía muchísimo tiempo. Desde hacía miles de años lo conocía.

Por entonces Sendero Luminoso hacía estragos con su terrorismo demencial parapetándose tras las demandas de eliminar el hambre, la pobreza, etc., existentes en el Perú. En estas circunstancias, tenemos a un Pablo Macera dando declaraciones incendiarias sobre Sendero Luminoso, declaraciones que podrían haber sido tomadas como "apologías" a ese grupo sedicioso (dejemos de lado, por ahora, los adjetivos con que se le nombraba).

Cuando leí las declaraciones de Macera, me pareció que estaba a favor de Sendero Luminoso. Pero tenía mis dudas. Esto ponía a Macera en el extremo de los acontecimientos. Corría él un gran riesgo haciéndolo. Era una época en que se capturaba a troche y moche a la gente calificándolas de "apologistas de Sendero". Pero, nada se hizo contra él. ¿Qué lo protegió? ¿Su prestigio internacional? ¿Su fama de "loco"? ¿Qué lo protegió? Macera se mostraba más cuerdo que nunca. Cada cosa que decía iba seguida de la adecuada fundamentación. Pero eso no era suficiente para mantenerlo alejado del calificativo temido de apologista del terrorismo… Y luego apareció postulando por el grupo de Fujimori para el Congreso. Nada parecía tener lógica, como siempre.

¿Se acuerdan de cuando dijo que "Lima era un burdel"? Levantó mucho polvo esa declaración. Yo traté de utilizar esas palabras, cuando trabajaba en la revista Gente, cuando escribía un artículo acerca de la prostitución infantil en Lima, con datos aportados por Jorge Torres Cerna. Sí, el mismo fotógrafo que se salvó de ser masacrado en Uchuracay por no tener cupo en el carro en que iban los otros periodistas asesinados. Nos hicimos muy buenos amigos Jorge Torres y yo. Aunque una vez lo grité en pleno canal 5 y frente a Pilar Brescia y otras personas. Él se sintió muy lastimado. A Jorge Torres lo encontré muchos años después, hablamos un momento, vimos cómo habíamos cambiado, y quedamos en vernos otra vez... vez que nunca se presentó.

Hace mucho tiempo que no oigo hablar de Pablo Macera… No sé por qué razón he estado pensando en ti Pablo precisamente ahora. Recordando, al pensar en ti, todos los acontecimientos de que fui testigo, presencial o no. Me vienen a la mente las palabras de Julio Ramón Ribeyro quien en su Diario (que no he leído, mal que me pese) escribe que, cuando eras estudiante, decías que llegarías a ser Rector de San Marcos, según me han contado los que decían haber leído el mencionado Diario.

Lo primero que se me ocurre es que Macera siempre ha sido un hombre a quien le ha gustado desafiar, desafiarlo todo y a todos. Ha sido un hombre que le gustaba enfrentarse. Ha sido un hombre que buscaba respuestas. Ha sido un hombre insatisfecho de todo. Mas, pienso que nunca (hasta ahora) se sintió insatisfecho de sí mismo, sino de las circunstancias en que se ha visto precisado a vivir...

Pablo Macera ha sido un hombre a quien le ha gustado vivir peligrosamente. Ha sido un Zaratustra moderno en busca del "Súper Hombre" Nietzscheano. No, no estoy hablando de nazismo, ni de cosas que se le parezcan, me estoy remitiendo a la concepción original del genial y atormentado Nietzsche: Del Hombre Creador. ¿Lo sabía Macera? ¿Sabía las similitudes que ha tenido con Zaratustra? No tengo la menor idea. Pero, eso no es lo más importante por ahora.

Macera, Macera... Sí, sí... Preguntémonos antes que nada ¿Por qué escogió ser historiador si hablaba de todo, si en todo se metía irreverentemente? Rigurosamente hablando, Macera no fue nunca un historiador, fue... fue... ¿un filósofo? ¿Podemos decir que él ha sido un filósofo Luis Felipe Alarco? Quizás me equivoque, pero errarum humanun est ¿no? ¿así se dice Gustavo Gutiérrez? En buena hora obtuviste el premio que reconoce tu labor de toda la vida.

Voy a alucinar un poco con lo que digo enseguida: Macera escogió historia, porque era una carrera a la que prácticamente nadie iba. En historia estaban los fantasmas de dos monstruos: Raúl Porras Barrenechea y Jorge Basadre. Y eran dos fantasmas que recorrían los pasillos de la universidad con su omnipresencia permanente. Pocos se les podían enfrentar. Era todo un desafío por eso. Incluso después de fallecidos seguían estando "físicamente" presentes.

Macera adoraba los desafíos. Se hizo historiador pues. Pero, él no fue, no ha sido nunca un simple émulo de aquellos dos insignes historiadores. Pablo Macera conversó con Basadre, es cierto, ¿y qué? Una manera más de probarse a sí mismo, y de probar a los demás, hasta dónde podía llegar, hasta dónde habían llegado sus conocimientos, de hacer ver lo versátil que podía ser.

Pablo siempre fue diferente, muy diferente. Claro que le gustaba, siempre le gustó, la historia. Claro que se dedicó a la historia. Eso no se puede dudar ni un momento. Claro que destacaba como historiador. Pero también le gustaban muchas otras cosas.

Bien. Macera quiso insurgir desde la nada -lo que Ribeyro (dicen) menciona en su Diario da precisamente esa impresión-. Escogió publicar en el extranjero según las ideas que corrían en San Marcos. ¿Por qué escogió publicar en el extranjero? Porque en el Perú no tenía tribuna suficiente, y menos una suficientemente calificada donde participasen quienes él pensaba podían ser sus contendores.

Quien quisiera leerlo, lo encontraría siempre en las publicaciones extranjeras. Pero... tendría que saber idiomas. ¡Oh sí! Y no todos los idiomas eran accesibles, según me parece recordar, a los intelectuales peruanos, la mayoría de los cuales sólo sabía español.

Publicar en el extranjero, solamente en el extranjero obras sobre el Perú. Ese sí que era un reto. Había connotados especialistas en otros países. Ya no puedo ir más allá en mis reflexiones en este punto. Dejemos esto allí.

¿Cuándo decide publicar Macera en el Perú? Cuando el general Velasco Alvarado y su séquito nacionalizador subió al poder. Yo no soy extranjerizante, por si acaso Raúl Vásquez, economista amigo. Él, un historiador que siempre había publicado en el extranjero, que se presentó, en el Perú "revolucionario", con ademanes extranjerizantes, con costumbres norteamericanizadas, con ademanes amanerados. Él precisamente, decide publicar en el Perú de Velasco. Y lo hace en la editorial que crea el gobierno, editorial dependiente del Ministerio de Educación: INIDE. Si tuvo amigos allí, no lo sé. ¿Qué importancia tiene eso? Ninguna. Pero, de todas maneras criticarlo a él era exponerse a la furia del Señor Gobiernos.

¿Dónde estaba este irreverente, este Enfant Terrible, como se le llegó a conocer? Estaba en San Marcos precisamente. ¿Por qué no llegó a la Católica? Porque San Marcos era todo un desafío. Había mucha discusión, mucha polémica. Todo se ponía en tela de juicio. En la Católica no sucedía eso.

A San Marcos llegaba, en esa época, gente de todos los sectores sociales, predominando los de origen provinciano, pobre y medio. Y todos los que eran de los sectores acomodados se vestían y portaban como "proletarios", siguiendo una moda que nadie evadía. Él llega a ese ambiente y desafía. Eso hace. Llega y desafía. Siempre, siempre desafía. Siempre está en la minoría. La mayoría no le interesa. El busca oponerse. Pero no precisamente como Manuel González Prada. No, él no copia. Él es original.

Cuando no encuentra ya oposición a la cual oponerse, se recluye en las investigaciones. Se aísla. No enseña. Investiga. Se "apolilla", por así decirlo. Es la soledad. La misma soledad que buscó Zaratustra. La soledad del dolor. La soledad de la decepción. Y, como Zaratustra, de esa soledad buscó salir porque necesitaba del contacto con la gente. Necesitaba buscar... Ahora sigue buscando.

Mucho tiempo me dije: Macera seguirá buscando. ¿Cuándo aparecerá nuevamente con otra de sus originalidades? No lo podía saber. Acaso él mismo tampoco lo sabía. Estaba cansado. Mucho había trajinado. No había encontrado lo que buscó con tanto afán. Lo que siguió buscando con mucho afán a pesar de todo... La desesperación había de combatirse con los libros. Leer transporta a otros reinos. En el Congreso estuvo también metido entre libros.

Acaso Macera ha sido, en nuestro tiempo, un orgulloso caballero medieval que combatió apasionadamente por una idea... ¿y por un amor? Acaso él, de estar en el Medioevo, donde tanta importancia tenían los caballeros andantes, hubiese sido... ¡un intelectual! Pero vistiendo armadura. Participando en los torneos caballerescos. Desafiando a todo el mundo con su espada empuñada en el erguido brazo y trotando por el mundo en su caballo.

Acaso Macera no fue ni será nunca de este siglo tan poco romántico, tan frío, tan... Macera será como Don Quijotesiempre, siempre será Macera como Cervantes: un hombre de otro tiempo, un hombre que se burla de su época porque no lo comprenden, y que se burla con los elementos que esta época le entrega, ni más ni menos. Cuando Don Quijote fue derrotado y murió para la imaginación de Alonso Quijano, llevó a la muerte también a éste y a Miguel de Cervantes. Al postular al Congreso el Don Quijote que llevaba Macera ¿murió...? y Pablo... Pablo... ¿aún vive? ¡Ya ni se sabe quién es él! ¿Aún vive?

Macera siempre fue un intelectual con alma de caballero andante... Su caballo era un libro, su adarga y su espada eran los conocimientos, su armadura fue... su cara bonachona pero pétrea. Macera Atacaba con una sonrisa irónica en sus labios... sus estocadas eran siempre mortales. Ni el mismo Napoleón Bonaparte podría imaginar mayor infantería ni mayor caballería atacadoras que... una sonrisa irónica.

¡Pablo, maestro, tú me enseñaste qué es ser MAESTRO sin que nunca hayas sido mi profesor! No lo quisiste. He aquí un tributo a esas enseñanzas. He aquí una interpretación personal que hago de tu vida. Ahora puedo reconocer varios maestros, pero solamente quiero mencionarte a ti.

Si me equivoco en la visión que de esa tu vida doy, has de saber, Pablo, que ella es también mi vida ¿o es solamente mi vida vista a través de un pretexto? Eso tú has de saberlo... ahora que no sabes ni siquiera quién eres.

Revisado el lunes, 03 de noviembre de 2003, a las 9:54 p.m.

Vuelto a revisar un 15 de setiembre de 2016.

 

Cómo citar este artículo:

SAAVEDRA, Walter, (2016) “L'enfant terrible (El Pablo Macera que una vez conocí)”, Pacarina del Sur [En línea], año 8, núm. 29, octubre-diciembre, 2016. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Lunes, 27 de Marzo de 2017.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.com/index.php?option=com_content&view=article&id=1399&catid=5&Itemid=9

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