Pacarina del Sur
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La génesis del afán de autenticidad en el pensamiento de Víctor Raúl Haya de la Torre

The genesis of the desire for authenticity in the thought of Víctor Raúl Haya de la Torre

A gênese do desejo de autenticidade no pensamento de Víctor Raúl Haya de la Torre

Gonzalo García[1]

 

Introducción

En febrero de 1927[2], Haya de la Torre publica en La Habana un importante artículo sobre nuestra identidad continental: “La realidad de América Latina no es la realidad de Europa”. Allí sostiene tanto la necesidad de desprenderse del tutelaje intelectual de los revolucionarios europeos como el imperativo de hacerse de un criterio de “realismo sincero” para elaborar una propuesta ideológica adecuada a la propia realidad, bajo el declarado propósito de que ésta debe estar orientada a la transformación de la sociedad, sobre todo atendiendo a su estado de atraso y subordinación económica producto del imperialismo.

La pregunta de este trabajo es ¿cómo Haya arriba a esa conclusión? O más precisamente: ¿de qué manera el viaje por Europa motivó su rechazo a la pretensión de universalidad del horizonte señalado por el socialismo soviético y la necesidad de responder con un pensamiento auténticamente latinoamericano? En efecto, al sostener la hipótesis de una transformación o evolución en sus ideas y planteamientos políticos, cabe mencionar dos momentos claves para 1926; año en que nuestro protagonista funda la primera célula aprista en París y publica, meses después, su famoso texto en Labour Monthly “¿Qué es el APRA?”. Ambos momentos son tributarios de un giro discursivo que remite al viaje a Rusia y a la posterior estancia en Inglaterra, donde su lectura del marxismo-leninismo entró en contacto con el legado del relativismo filosófico y cultural británico[3].

En el curso de un lustro motivado por su primer exilio, en el pensamiento de Haya se hacen presentes ciertos tópicos clásicos de la intelligentsia latinoamericanista, los cuales dicen relación con el despliegue del discurso periférico/identitario (Devés, 2012) al interior del aprismo. En ese sentido -siguiendo a Maiz (2007)-, se trata de un giro discursivo que, en primer lugar, está dado por la aparición de la sospecha identitaria y, en consecuencia, por una actitud de autoafirmación de la identidad continental[4]. Por otra parte, la preocupación por impulsar un pensamiento propio, adecuado a la propia realidad, sobre la base de su relativa inexistencia, puede leerse como un combate al eurocentrismo cominternista que Víctor Raúl denuncia a propósito de un dispositivo ideológico que supone la universalización histórica del capitalismo y, al mismo tiempo, la homogeneidad de sus principios estructuradores en la lucha de clases[5].

Haya de la Torre en 1927
Imagen 1. Haya de la Torre en 1927. http://oizquierdo.blogspot.mx/   

La hipótesis de este artículo afirma que la condición de viajero y/o desterrado del joven intelectual peruano le permitió enraizarse en la intelligentsia latinoamericanista -planteándose temas como: el antiimperialismo en tanto eje político para asegurar los ideales (“todavía no resueltos”) de la independencia de los Estados latinoamericanos; la revitalización de la utopía bolivariana; la necesidad de contextualizar de acuerdo a la especificidad histórica de una región distinta los esquemas teóricos acuñados en los centros modernos; la descripción de la sociedad latinoamericana en permanente transición hacia un ensayo civilizatorio distinto a los centros; y, entre otros, la definición del sujeto histórico adecuado para llevar a cabo dicho ensayo. Y se profundiza precisando que este enraizamiento significó un giro significativo en sus ideas, expresado en su crítica a la inadecuación de la teoría y praxis política del comunismo con respecto a nuestra realidad continental.

La bibliografía tratada comprende principalmente el periodo de 1923 a 1927. Tomamos en cuenta algunos de los artículos periodísticos de Haya compilados en el libro Por la emancipación de América Latina [1927]. En lo que corresponde a la URSS, entre 1924 y 1925, tomamos en cuenta su comunicación epistolar con algunos líderes de la Comintern. Como literatura de viaje, estudiamos la crónica de Rusia (1924). Ésta fue publicada en Chile doce años después con el nombre Ex combatientes y desocupados (notas sobre Europa). Y se puede leer en su prólogo tres ideas fundamentales: i) un rechazo al intento de sovietizar el mundo; ii) una experiencia de extrañamiento frente a la presencia de un mundo que describe como radicalmente distinto; y iii) el llamado a impulsar un pensamiento teórico-ideológico auténtico con la realidad latinoamericana.  

Portada del libro Por la emancipación de América Latina (1927)
Imagen 2. Portada del libro Por la emancipación de América Latina (1927)

De acuerdo a su protagonista, las crónicas del viaje y los distintos artículos que fue publicando en su periplo europeo deben ser tomados en cuenta en su valor documental como las “impresiones de un estudiante pobre y proscrito” (Haya de la Torre, 1936, p. 11). Una requisa policial en Suiza, encargada por el gobierno de Leguía, implicó la perdida de gran parte de las notas de campo y de las reflexiones redactadas en el viaje por la URSS. El objetivo de preparar un informe sistemático sobre la situación rusa fracasó. Lo que se pudo rescatar es lo que conocemos como Las Impresiones de la Inglaterra imperialista y la Rusia Soviética; conjunto de escritos que fueron publicados en el año 1936 en Santiago de Chile bajo el título arriba mencionado.

El prepuesto de este trabajo consiste en tratar dicha serie textual en cuanto permite auscultar los grandes dilemas o antinomias que fueron madurando en el proyecto intelectual y político de Víctor Raúl. Lo cual suscita buscar algunos tópicos recurrentes que se expresan al interior de la literatura de los viajes, como una especie de condicionamiento interpretativo que habla de la intelligentsia latinoamericanista.

Tal aproximación exige aclarar una premisa fundamental en alusión al viejo topos que atraviesa el género literario de los escritos de viaje: la posibilidad del conocimiento del otro -que pueden ser individuos, sociedades, o grupos étnicos-, que solo puede ser aprendido a partir de la propia mirada. Dicho de otro modo: no buscamos poner el énfasis en los escritos de viajero en términos de las coordenadas históricas que reconstruyen la biografía intelectual. Tampoco asumimos la crónica de Rusia en clave etnográfica como si se tratara de aprender de aquella alteridad que nos relata su protagonista en el desplazamiento por la tierra de Lenin. El dilema es que todo registro está dado por el horizonte de sentido de las propias premisas que habilitan al viajero a comprender lo distinto[6]. Interpretamos la crónica no en su carácter de representación o correspondencia que refleja la distintividad del mundo ruso, sino en cómo expresa los prejuicios, las representaciones valóricas, las preocupaciones recurrentes, etc., de un intelectual latinoamericano.

Comenzamos aclarando nuestro presupuesto teórico en torno a la figura intelectual del joven Haya de la Torre (I). En segundo lugar, nos referimos al viaje a Rusia, señalando sus motivos y las referencias recurrentes que componen la “formación discursiva” (Colombi, 2006) del viaje en sí (II). Proseguimos con la plausibilización de nuestra hipótesis a partir del análisis de las fuentes históricas que componen algunas impresiones sobre la URSS (III). Luego, damos paso al despliegue del tópico central de análisis dado en el afán de autenticidad en el pensamiento de Haya (IV). Por último, dedicamos una reflexión final referida a las conclusiones. 

 

Jóvenes intelectuales

El bautismo público del término intelectual se remonta a las últimas décadas del siglo XIX en el contexto del famoso debate que dividió a la sociedad francesa en torno al “caso Dreyfus”[7]. No remite sin más a una minoría selecta dedicada al cultivo del pensamiento y la opinión pública, como si se tratara de pertenecer a los estamentos privilegiados de la sociedad para reclamar su envestidura.  Por otra parte, no basta con señalar una condición de mera virtuosidad individual, ya que hablar de intelectuales es hablar de un estatuto social específico. Estatuto que definimos bajo la categoría de élite.

La figura del intelectual condensa en cierto sentido el prejuicio de autoridad, entendido a la manera de Gadamer, es decir, en el reconocimiento relativo de quien está “por encima de uno en juicio y perspectiva” (2003, p. 347). Versa entonces sobre un estatuto social atribuido a determinadas figuras públicas cuya toma de palabra debe ser tomada en cuenta -al menos como un punto de vista especializado que merece ser rebatido. Si ha de hablarse de su primacía social, en ello radica su legitimidad, pues expresa una condición cultural que no se ha adquirido por derecho de casta o por revestido el acto de pensar en una estrategia estatutaria de diferenciación o ascenso social. Reconocemos en los intelectuales una altura de juicio y perspectiva que no se construye de manera instrumental, tomando atajos argumentativos ni apelando lugares comunes, muy por el contrario, en la renuncia a domesticar el pensamiento a la hegemonía de lo fáctico, al consenso complaciente y a la formulación de verdades singulares en condiciones fáciles de imponer[8].

En el acontecer histórico cabe destacar la función ética del intelectual en cuanto élite[9]. Para decirlo en el vocabulario Haya: la labor de infundir los ideales de justicia social y de la lucha antiimperialista (“el sentido del verdadero camino”) con el propósito de movilizar al conjunto de la sociedad. Gaos (1996, p. 276) se refería a esta función como una de las misiones distintivas del pensador hispanoamericano: el ejercicio de un magisterio social y político en la escena pública y específicamente en la vida nacional e internacional. En el caso del joven líder peruano, este magisterio asume un carácter contrafáctico de signo de ruptura generacional.

No por casualidad, el camarada y por entonces amigo Antonio Mella, al referirse al Haya que conoció en su primer periplo por México[10], pronuncia: Víctor Raúl Haya de la Torre, “arquetipo de la juventud latinoamericana”, “sueño de Rodó hecho realidad” y nada menos que “Ariel”[11]. Corría el año 1923 y la evocación al personaje del drama de Shakespeare señalaba la carga simbólica del espíritu epocal que había hecho del Ariel [1900] de Rodó el testamento de la nueva generación. El mismo Rodó lo había anunciado en las primeras páginas de su ensayo: “América necesita grandemente a su juventud” (1963, p. 42). Bajo el propósito de la interlocución intelectual se llama a la “juventud americana” a tomar conciencia de su primacía social; a constituirse en el sujeto por excelencia llamado a trascender el contexto histórico. Y es lo que intenta Ariel en su primera parábola: forjar intelectualmente a este sujeto con el objetivo de llevarlo una comprensión de sí mismo. Eso define el espíritu del juvenilismo nacido de la reforma universitaria de 1918, es decir, la asunción de una condición de actor social (Biagini, 2009). 

Tal es la consideración que asume Haya como parte de un grupo de avanzada histórica que viene a combatir el viejo orden en nombre de una renovación política y cultural a escala continental:  

Ante el problema social de Perú -decía el Víctor Raúl- hay dos categorías de apreciación: la de los hombres de ayer: la de los viejos, educados por la falsa ciencia del “civilismo”, agudamente españolizantes, con mentalidad extrajera y antiindígena, que ven en el hombre de la clase explotada al esclavo táctico, la víctima necesaria, histórica, obligada; y el concepto nuevo de los jóvenes, de los estudiantes, de los trabajadores manuales e intelectuales que desde hace tres años hemos agitado la voz de admonición (1927, p. 45). 

 

El viaje a la URSS 

Una vez finalizado el destierro de un semestre en México, en el que pudo reafirmar su posición articuladora de redes intelectuales transfronterizas y afianzar su papel de liderazgo continental de las nuevas generaciones universitarias, Haya parte a Rusia[12]. Puede decirse que era un viaje de peregrinaje cívico (Maiz, 2007), motivado por un interés intelectual bajo las credenciales de la Juventud Comunista de México y de la Federación Obrera Local de Lima. Estas últimas testificaban al “personero genuino de la vanguardia revolucionaria e iluminador de la conciencia proletaria del Perú”. El objetivo era estudiar el proceso de construcción del socialismo proletario y preparar un informe sobre este. Se dedicó, pues, a constatar in situ el acontecimiento histórico del momento, reuniéndose con las figuras más importantes de la revolución. Así, lo narra su protagonista:

A mí me interesaba ver el “material” con que el comunismo había contado para realizar su tarea gigantesca; un país inmenso, rico como pocos o como ninguno, bien ajustado nacionalmente por la obra de los zares “juntadores de tierra”, y una raza fuerte, sana, tonificada por los inviernos inexorables que acaban con todos los físicamente incapaces para resistirlos, habían sido sus elementos primarios” (Haya de la Torre, 1936, p. 11).  

 

¿Qué hizo? A penas arriba a Moscú -a fines de junio de 1924-, asiste al V Congreso Mundial de la Comintern. En un periodo de 3 meses se dedica al estudio de la educación soviética, visitando varias escuelas bajo la guía de Lunacharski; toma parte en el III Congreso de la Internacional Sindical Roja; también participa en la inauguración del Congreso Mundial de las Juventudes Comunistas; se conoce y entrevista con campesinos y varios líderes influyentes[13]

Haya de la Torre rodeado por los obreros de una fábrica en Nidgi Novgorod
Imagen 3. Haya de la Torre rodeado por los obreros de una fábrica en Nidgi Novgorod. Reproducida en: Revista Oriente (Buenos Aires), 1925

¿Por qué Rusia? Porque para la conciencia progresista de la época representaba un testimonio de transformaciones radicales cuyo potencial de irradiación histórica lo hacía solo equiparable al impacto de la revolución francesa en el mundo. El proyecto del viaje era formarse una opinión veraz de este nuevo mundo que estaba naciendo de las ruinas de la gran guerra -un énfasis recurrente en el relato del joven líder peruano. La gesta soviética sintonizaba, además, con la sensibilidad de la intelectualidad latinoamericanista de los años veinte: la irrupción de la nueva generación y los ideales de justicia social[14].

¿Por qué Haya? Siguiendo el estudio de Lazar y Víctor Jeifets (2013): “los expertos del Comité Ejecutivo de la III Internacional identificaron una carencia grave en el movimiento comunista latinoamericano, la ausencia casi absoluta, de líderes”. Por eso sus dirigentes intentaron atraer ciertas figuras consideradas claves para emprender la lucha internacional del proletariado. El joven peruano era visto como un potencial aliado y propagandista de la puesta en marcha de la revolución mundial que suponía la centralidad de la URSS a través de su maquinaria internacionalista. Sus condiciones de liderazgo y capacidad gestora de redes intelectuales, obreras y estudiantiles, lo hacían un candidato ejemplar para afianzar el vínculo de los países latinoamericanos con la Comintern.  

La apuesta de los comunistas por Haya tenía entonces un valor estratégico visto en sus rasgos de liderazgo intelectual y político con vocación de magisterio social. De ahí que los procuradores de su peregrinaje a la Meca del socialismo proletario aparezcan los nombres de Bertram D. Wolfe -quien lo acompaño en algunas de sus visitas al interior de Rusia- y M. Díaz Ramírez; dos figuras claves vinculadas a las redes del comunismo latinoamericano. Detrás de esta apuesta había una decidida intención de cooptar al joven líder, sumándolo a las filas de la Internacional Comunista y consiguiendo el apoyo financiero para su viaje[15]. Por lo pronto, el viaje a Moscú suponía un insumo a favor de su conversión ideológica, conociendo en persona el proceso revolucionario y estableciendo contactos personales con los jefes directos de la Comintern.   

No obstante, dicha conversión no prosperó. Al contrario, en vez de volver convertido en el líder que iba a animar a los jóvenes mexicanos a escribirle a Moscú[16] y que iba a constituirse en un apoyo estratégico para la lucha llevada a cabo por el PC mexicano (Jeifets y Jeifets, op. cit.), Haya vuelve a México como una figura polémica cuya prioridad está puesta en la formación de su propio partido en medio de una disputa directa con los comunistas. Concluye que la experiencia soviética constituye una iniciativa excepcional, la cual supo encontrar entre las propias circunstancias históricas un terreno propicio para mover “el teatro de la Historia Universal”. En otras palabras: concluye la irreplicabilidad de la gesta soviética hacia otros territorios del mundo, por ende, su carácter intransferible para América Latina[17].

Durante aquel viaje comprendí las proyecciones universales de la Revolución Rusa, pero me di cuenta de que se trataba de un fenómeno intransportable e intransferible. Sovietizar y rusificar al mundo, tal como desde hace diecinueve años lo vienen proclamando propagandistas pueriles, es un romanticismo tan sincero como ingenuo, producto necesario de todos los impresionantes fenómenos históricos que se ponen de moda (Haya de la Torre, 1936, pp. 12-13).   

 

Asimismo, entiende que el clima de “exaltación” soviético-revolucionario en nuestro continente responde más bien a una moda de nuestra “adolescente mentalidad literaria” (1936, p. 14); una que ha fallado en el cometido de “encontramos a nosotros mismos” al no poder dar cuenta de lo distintivo de la propia realidad. De modo que -continua-, surgen “las generalizaciones más simples y se plantean audazmente ecuaciones tan enfáticas como falsas: “Rusia e Indoamérica son idénticas”; “nuestro indio y el mujik, la misma cosa”, “nuestro incipiente proletariado y el proletariado ruso, hermanos, gemelos” (1936, p 13).

En ese sentido, el viaje a Rusia fue provechoso en otro aspecto: le permitió a Víctor Raúl establecer importantes contactos con dirigentes de la Comintern con los cuales mantuvo una interacción epistolar mientras seguía en Europa. De esta comunicación -como veremos más abajo- resaltan las cartas con Edgar Woog (de seudónimo Stirner) hacia 1924. Allí, por cierto, comienza a dibujarse el proyecto de un nuevo partido y algunos de los principales elementos que motivan su toma de distancia con los comunistas en favor de un gran movimiento político o frente único de raigambre popular. En esa línea argumental, destacamos la correspondencia sostenida con otro importante dirigente bolchevique: el camarada Losovsky[18].  

 

Topos de las impresiones sobre la URSS 

La revolución rusa tuvo un alto impacto en América Latina[19], motivando la atención de varios políticos e intelectuales comprometidos con la causa del socialismo. Ésta representaba tanto la evidencia del triunfo de las clases trabajadoras sobre el capitalismo -tal como lo había pronosticado Marx (2011)-, como el testimonio de una realización utópica que fue capaz de sobreponerse a los desafíos de las circunstancias históricas. Lo acontecido supuso una referencia histórica mundial, detonando el movimiento revolucionario de mayor alcance que ha conocido la historia moderna. Dicho movimiento se consolidó sobre la base de su ramificación al resto del mundo, convirtiendo el modelo de la URSS y, sobre todo, del partido, en una supuesta condición sine qua non para garantizar la revolución a escala mundial. 

La pretensión de universalizar la revolución -o al menos para el resto de Europa- fue uno de las apuestas centrales del programa impuesto por Lenin desde el inicio. En los primeros años que siguieron a la toma de poder por parte de los bolcheviques, la señal de una oleada revolucionaria mundial parecía clara y encendía la esperanza de los comunistas[20]. Sin embargo, en el momento que ingresa Haya a Moscú, la idea de prolongar la revolución en el frente occidental europeo había fracasado. Aunque no de manera abierta, esto constituía una evidencia en la conciencia de los comunistas después del tercer Congreso Mundial de la Comintern -celebrado entre junio y julio de 1921 en Moscú. Más bien, las esperanzas de replicar el estallido de octubre estaban depositadas en Asia Oriental, tal como lo registraba la alianza entre el partido comunista chino y el Kuomintang liderado por Sun Yat Sen. 

El denominador común de las Impresiones sobre Rusia puede entenderse como un prolegómeno al tópico central que nos interesa indagar. El caso es que en estas notas no está presente un argumento teórico sobre la especificidad de la realidad social latinoamericana, sino más bien la confirmación de un extrañamiento fenomenológico en la medida que el autor se somete a la alteridad del mundo eslavo. Desde la primera a la última nota se destacan las diferencias de los lugares que visita, desde elementos como la psicología del pueblo ruso, las distintas realidades socio-culturales, las condiciones climáticas y geográficas, entre otras. Tal como nos ubica la primera nota: “He saltado de un mundo a otro. En lo que llevo visto, nada hay que permita siquiera la más leve referencia con nuestra América. Esta es otra latitud y otra longitud” (1936, p. 22).

En estas impresiones resaltan dos cosas: la experiencia de extrañamiento y un reparo permanente ante el escaso conocimiento que exhibían los lideres revolucionarios sobre América. No hablamos desde algún tipo de jerarquía entre ambos elementos, sino más bien de un gesto discursivo que decanta en la percepción del peruano de estar en un lugar muy distinto y que, por lo mismo, pone en cuestión los supuestos de extender la revolución de octubre al resto del mundo.

El hecho es que el viaje a la URSS motiva la sospecha en el pensamiento de Haya en cuanto al valor universal de la revolución rusa como un modelo a seguir y, en consecuencia, la necesidad de cotejar su pertinencia de acuerdo a la propia realidad. Por ejemplo, en la primera nota (titulada “Desde Rusia”) leemos un fragmento de una carta dirigida a un compañero de destierro: 

“Día a día comprendo mejor que Europa es Europa y América es América… pero esto no basta. Hay que analizar la raíz misma de las diferencias reales y las analogías aparentes y hay que saber descubrir el fondo universal y humano que une en su remoto germen todos los problemas históricos de la tierra. Hay que ver mucho para descubrir el ritmo de la historia, porque para eso los libros no bastan” (1936, p. 24).

 

En la última nota (“El último ruso de mi viaje”), Haya relata una conversación en el viaje de vuelta hacia Estocolmo con un joven universitario -“ciento por ciento ruso”, como lo caracteriza. Sugiere una interesante figura para referirse a la imagen que trae de Rusia; un pueblo de “atuendo y miseria”. Dicho de otro modo: un pueblo de contrastes que observa desde el ancho de su tradición cultural y la miseria de gran parte de la población. Manifiesta su percepción del candor y la ternura de los rusos que considera el “verdadero plasma” de la revolución. Según su relato, esta conversación le termina de confirmar su impresión de que la revolución es auténticamente rusa. Así, hace eco de las palabras de su interlocutor: “nada más nacional que la revolución rusa, nada más esencial y sustancialmente ruso, dice con el mismo orgullo eslavo que anima su lenguaje cada vez que habla de las glorias artísticas y espirituales de Rusia” (Haya de la Torre, 1936, p. 93). De este modo, el líder peruano resume su impresión del modelo socialista que fue a constatar. A su juicio, lo que ha hecho la revolución soviética es haber modulado el impulso de un ethos cultural y de una coyuntura histórica que los bolcheviques bien supieron aprovechar; encontraron, en ese sentido, la puerta de un camino abierto en la historia.         

Otro aspecto relevante del viaje es la decepción que le provoca el desconocimiento sobre América Latina en los líderes revolucionarios. Haya describe una primera reunión con el Comisario del Exterior ruso, cuyas preguntas, además de dar cuenta de un gesto de ignorancia sobre nuestro continente, le da la impresión -y con mucha razón- de que el interés principal por entones de los bolcheviques está con Europa y China. La misma sensación de decepción la confirma un encuentro con los delegados del partido comunista estadounidense -conocido como el Workers Party-, quienes no parecen tener idea alguna sobre la agenda imperialista de su país en América Latina. En efecto, el camarada William Z. Foster no había incluido una sola palabra sobre el tema en el marco de su candidatura a la presidencia de EEUU.

Un tercer episodio que refleja lo anterior nos remite al registro biográfico de Luis Alberto Sánchez (1936). En el marco de una conferencia dictada en la Universidad de Moscú, en julio de 1924, el líder estudiantil se refiere a “la situación de América”. Ahí es interrumpido por un asistente que afirma que, en Perú, la Comintern contaba, según los informes oficiales, con unos 20.000 afiliados, ante lo cual Haya replica enfáticamente: “Los están engañando a ustedes miserablemente sus enviados: no tienen ni 1.000 inscritos en todo México.” (1936, p. 121).

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Imagen 4. Haya de la Torre entre estudiantes y obreros rusos. Reproducida en: Revista Oriente (Buenos Aires), 1925

Con todo, frente a la europeización y desconocimiento más o menos obvio en la conciencia de los comunistas rusos, Haya apunta a su efecto alienante en el hombre latinoamericano:  

El gran error de nuestros intérpretes, excesivamente europeizados, es éste, en mi opinión: vienen al Viejo Mundo y no han visto su América. Sienten por ella el desdén del ignorante. Desprecian lo que no conocen y generalizan con un simplismo que pasma. Esto ocurre a los mexicanos respecto de la América del Sur y a los sudamericanos respecto de México y demás pueblos hermanos. Por eso -y esta es mi crítica a México- cuando el empuje popular los lleva a realizar grandes cosas -como la revolución mexicana-, no se dan cuenta de su propia obra o quieren venir a preguntarle a Europa, si todo aquello está bien; si está de moda… (1936, p. 23).

 

Denuncia un rasgo de mentalidad colonial, ligado al desconocimiento y la falta de valorización de la propia identidad histórica. Recordemos que el significado de la revolución mexicana ya constituía una clara contribución en la conciencia política del joven peruano, vista en su sentido ideal como iniciativa popular enraizada en el imaginario indoamericano. Bien lo registra Melgar (2005), en el entendido de que la Revolución mexicana captó la atención de Haya como espejo para repensar política y culturalmente las iniciáticas de transformación del Perú y América Latina[21].   

 

El afán de autenticidad

El criterio de autenticidad se manifiesta en el rechazo de Haya a lo que denuncia como el intento de “sovietizar al mundo”, producto de un comportamiento intelectual que asume irreflexivamente los presupuestos teóricos y políticos generados en Europa. Éste comienza a brotar en sus diversas cartas y artículos escritos en el transcurso del periplo por Europa; la convicción de que la revolución en América Latina no debe tener como espejo la experiencia rusa, sino ser un esfuerzo genuino. De lo que se trata -argumenta el peruano-, es de responder al desafío del verdadero marxista que no es otro que estar a la altura del ejercicio intelectual y político llevado a cabo por Lenin:

En la falta de una auténtica interpretación marxista de la historia moderna, radica la desorientación. Rusia había seguido su curso porque aprendió a poner en práctica el pensamiento dialéctico de Marx. A negar lo que es necesario negar. A ajustar los principios a la realidad, y no la realidad a los principios. Pero, muy ocupada en estructurar su obra revolucionaria, Rusia no ha sabido formar líderes para otros pueblos europeos (1936, p. 14). 

 

La autenticidad de un pensamiento que ha declarado su propósito en la acción política tiene que ver con que el mismo devenga el resultado de la confrontación con la realidad concreta y su problemática. En caso contrario, se trataría de una mera transferencia de presupuestos teóricos y problemáticas sociales que responden a circunstancias historias distintas a las vividas en nuestro continente. Es así como Haya denuncia la carencia de realismo de los comunistas latinoamericanos que, en vez de descubrir las condiciones de posibilidad de la realidad social y su transformación, la ocultan bajo la transferencia de las modas teóricas que aparecen en los centros modernos. 

Su adhesión política -previa al viaje- a la predica comunista está presente en su comentario a Manuel Ugarte. En un artículo publicado en 1923[22], Haya confiesa haber cobrado conciencia sobre el problema del imperialismo figurado en la política injerencista de EEUU y lo que acusa como “la ingenuidad” de las oligarquías criollas frente a este peligro; toma de conciencia que atribuye a su itinerario por Centroamérica y México, como también a la respectiva lectura de El Destino de un Continente del pensador argentino. 

En dicho comentario, reconoce el mérito de Ugarte en la advertencia del peligro que significa para los pueblos que “desatienden o desconocen los lineamientos de una amenaza definitiva para los destinos latinoamericanos” (1927, p. 25). Acepta, en ese sentido, el despliegue de un plan de subordinación que se articula con los intereses históricos en el ejercicio del dominio social de las clases gobernantes, cuyo modus operandi se basa en la apropiación de las fuentes de riqueza de los países débiles y en la conquista (vía medios de comunicación) de su opinión pública. Se trata, pues, de la vía privilegiada de la expansión imperialista que encarna Estados Unidos: la conquista militar y del sentido común de las masas, la alianza con las oligarquías locales y luego la subordinación económica a través de la penetración capitalista en los “países débiles”[23]. Pero, en lo que no sigue la lectura del pensador argentino es en el ámbito de la respuesta política al problema, a su juicio:

[Ugarte] no esconde el vacío de una solución clara, concorde con la conciencia de la época y tendiente no sólo a impedir el avance de los dominadores sino también a extirpar la delincuencia de los cómplices. Mirar el problema del imperialismo simplemente como una amenaza y pretender que la unidad de nuestra América sea un producto más o menos diplomático que pueda constituir valla infranqueable a tan gigantesca fuerza, me parece ingenuo (Haya de la Torre, 1927, p. 27).

 

Lo revelador de este reproche es la solución ofrecida por Haya que lo ubica en el carril ideológico de la Internacional Comunista:

Si el imperialismo yanqui es de recia médula capitalista, el problema queda involucrado dentro del otro grande e ineludible de la lucha de clases, que tanto preocupa al mundo actual. El carácter de todos los Estados burgueses de la tierra es semejante (op. cit.)

 

Apuesta a la revolución proletaria que, en su defensa de los intereses universales de la clase obrera, ha de sobrepasar las fronteras de los países y de las razas, combatiendo la trampa de los chauvinismos culturalistas e internacionalizando la unidad de la lucha del proletariado contra el Estado burgués. El desafío queda planteado: “¿Cómo pretender que los Estados actuales de nuestra América, pertenecientes indirectamente a esa tentacular internacional económica, ejecuten procedimientos francos, contrarios a su interés?” (op. cit.). Dicho de otro modo: si el capitalismo profundiza las asimetrías de clase al interior de los Estados latinoamericanos en favor de las clases dominantes pertenecientes a “la internacional del capitalismo”, ¿cómo poder combatir la relación fáctica de dominación impuesta por el imperialismo norteamericano que explicaría nuestra debilidad económica? Siguiendo el punto de vista del líder peruano, una respuesta ilusoria para renunciar a cualquier intento de trascender la subordinación y el atraso de nuestros países, ha sido el discurso de las clases gobernantes que justifica la sujeción oficial a los centros modernos con el argumento de “dejarse arrastrar por el más fuerte”, de modo que el desarrollo pendiente vendrá como consecuencia.

El error de dicha interpretación es que no considera las diferencias esenciales en la matriz cultural norteamericana en comparación a la Indoamérica; la de una nación burguesa por antonomasia y otra respectivamente feudal. Sumado a la convicción respecto de la lucha de clases y al vocabulario proletario internacionalista, se hace presente otro elemento primordial en la conciencia del joven líder peruano, a saber: el diagnóstico social de que se trata de una realidad atrasada, semifeudal y de primitivismo económico, que precisa de una inyección modernizadora siguiendo el horizonte de progreso indicado por EEUU.

Años después -en Teoría y táctica del aprismo (1931)-, una vez consolidado el proyecto del nuevo partido, manifiesta su distancia de la posición comunista al rechazar como condición para la revolución la primacía de la lucha de clases y del sujeto obrero. Y lo hace reclamando el sentido de adecuación ideológica a la realidad social del continente:     

… o la lucha contra el imperialismo es una lucha de clase y de clase proletaria únicamente dirigida por partidos de esa clase a los que sólo temporalmente pueden aliarse otras clases; o la lucha contra el imperialismo en su etapa presente es una lucha de pueblos coloniales o semicoloniales oprimidos, movimiento de liberación nacional que debe dirigir en frente único de todas las clases directamente afectadas por la agresión imperialista (citado en Puiggrós, 2016, pp. 191-192). 

 

La preferencia por un frente único integrado por diversas clases expresa la tensión que nos interesa recalcar en torno a la filiación marxista que reclama Haya: el cómo hacerse cargo de un dispositivo teórico que ha sido pensado en (y para) Europa en el contexto de una constelación histórica distinta como es América Latina. En ese sentido, la sospecha de nuestro protagonista es doble. Por un lado, hacia la validez que puede tener la concepción de la teoría y de la praxis revolucionaria del marxismo-leninismo en un continente económicamente atrasado, carente de industria, sin una auténtica clase burguesa y, por ende, con una clase obrera minúscula. Por otro, hacia la concepción del partido de vanguardia instalada por los bolcheviques y defendida por los comunistas latinoamericanos que privilegia la dirección de los obreros. Tomando distancia de ambas ideas, Haya llega a la formulación de que un partido concebido en la lógica aprista sería lo más pertinente de acuerdo a las condiciones históricas concretas de la realidad social. 

Desde que sale de Rusia hasta que publica (en diciembre de 1926) el famoso texto “¿Qué es el APRA?”, Haya redacta una serie de cartas y artículos a través de los cuales expresa sus definiciones políticas y reparos frente al carácter eurocentrista del comunismo latinoamericano y, a la vez, perfila la idea de que la “sovietización” sería un esfuerzo revolucionario estéril para nuestra tierra. En la correspondencia con Stirner, advierte:

El programa máximo y mínimo del Partido será el de los principios comunistas, pero no usará la palabra para evitar de echarse encima la ofensiva mundial contra el comunismo que no podría soportarse en América por el grado de debilidad de las fuerzas obreras (citado en Jeifets y Jeifets, 2013).

 

Sin embargo, más allá de este consejo semántico parece haber una preocupación de fondo por mantener distancia con la Comintern. Lo que Haya señala como la necesaria “autonomía para nuestros procedimientos y desarrollos” ante “la falta absoluta de sentido político adaptado [que han evidenciado los distintos PCs americanos] a las circunstancias de sus propios países” (op. cit.). Esta precaución es advertida en otra carta dirigida Stirner, fechada el 25 de febrero de 1925, donde se toca una premisa fundamental que será retomada, luego, por el aprismo: “Cada día me convenzo más que la revolución de los trabajadores americanos debe ser “obra de ellos mismos” sin intervenciones o tutelas de Europa… Aquí en Europa no sólo se ignoran nuestros problemas sino que no se les da importancia” (citado en Gonzales y Melgar, 2014, pp. 33-34).  

La exigencia de autenticidad argumenta a favor de una orgánica ideológica adecuada a la propia realidad, la cual no tenga que esperar la aprobación de los revolucionarios europeos. Respecto a lo segundo, existe una explicita preocupación por distanciarse de los presupuestos teóricos y procedimientos políticos de los comunistas. Haya habla de la búsqueda de un camino genuino a partir de la adaptación de la táctica y de la teoría, evitando extranjerismos y abriendo paso a la libertad de la  acción política: 

La literatura europea aplicado a América es una necedad. Sólo en cabezas de piedra cabe que una revolución en América se hará con literatura de Europa (…) hay que usar tácticas más hábiles y más realistas. Toda la sección de Perú, Ecuador, Bolivia, Colombia, Venezuela, responderá a nuestro llamamiento. Estoy seguro. Por eso queremos formar un partido de masa, que responda a América (…) Indudablemente que si nosotros esperamos hacer la revolución con ayuda de Rusia tendríamos que esperar la revolución de Europa es decir mucho más tiempo del que necesitamos para tomar el poder en el Perú. Por eso necesitamos una orientación y que nos dejan libres (op. cit.)   

 

Esta solicitud de orientación apunta, más que a una orientación ideológica, a una solicitud estratégica e incluso de carácter financiero para promover la agitación social en el Perú. Tengamos presente que Haya consideraba la posibilidad de que, una vez tomado el poder en su país de origen, el proceso revolucionario habría de propagarse al resto del continente incitando la unidad contra el enemigo común: el imperialismo y las clases que han acaparado para sí el ejercicio del dominio social y económico al interior de los Estados latinoamericanos -esto es: la casta oligárquica latifundista y la pseudo-burguesía junto a los agentes del imperialismo. Si bien, la idea de un movimiento revolucionario de masas con proyección internacional es afín a la línea de acción revolucionaria de la Comintern, la diferencia radica en la composición que se tiene del mismo. La conjetura es que la respuesta más adecuada consiste en la formación de un frente único capaz de integrar diversas fuerzas revolucionarias dentro de una alianza amplia y de composición heterogénea.  

Haya de la Torre en Munich
Imagen 5. Haya de la Torre en Munich. http://pielagodeotono.blogspot.mx

De manera insistente, la tensión radica en la definición de la táctica política. Si para los comunistas, siguiendo el dictum de Marx, la cuestión versa en radicalizar las contradicciones de clase para decidir a favor de la clase oprimida, para Haya será precisamente su ausencia el problema, es decir, la ausencia del proletariado. La pregunta que queda es ¿sino al sujeto obrero, a quién apostarle entonces? O Bien: en el camino de impulsar un pensamiento adecuado con la sociedad/realidad latinoamericana ¿cuál sería el sujeto/agente socialmente apto para llevar a cabo la utopía revolucionaria? Para responder a esta pregunta nos remitimos a la correspondencia con Losovsky.

En una carta dirigida al camarada Losovsky, fechada en abril de 1927, Haya reafirma su simpatía con la concepción clasista de la lucha como una convicción presente antes del viaje a la URSS -el que por entonces ya evalúa como un fiasco en función de las expectativas de acercar la revolución de octubre a los países latinoamericanos. Dicho sea de paso, en la carta también confiesa ser un estudioso de la obra de Marx y Lenin, pero con una importante salvedad: “Precisamente -dice- porque me considero un buen marxista y leninista he adoptado siempre una perspectiva realista y estoy seguro que únicamente una perspectiva realista puede alejar al movimiento antiimperialista de errores y tropiezos” (2014, p. 140). Tal criterio de realismo el que sostiene respecto al “cómo hacerlo”, evitando europeísmos y acercándose a una perspectiva asiática.

Visto bajo el cometido de enraizar el pensamiento y la acción política, el caso de las Ligas Antimperialistas de las Américas (LAA) es mencionado como un contraejemplo de lo que no hay que hacer. En la carta citada, esta organización es presentada como un error táctico de la lucha contra el imperialismo en América Latina. La causa de ello es atribuida a su condición de mera sucursal de la Comintern -de hecho, fue creada en el marco del V Congreso de la Internacional Comunista en julio de 1924. Haya denuncia a las Ligas como “una organización comunista y no un Frente Único de fuerzas populares antiimperialistas” (op. cit). Y señala algunos de sus errores: el haber revelado su estrategia contra el enemigo declarando su filiación ideológica; la carencia de un programa político conducente a la revolución que habría de otorgar el APRA en su reemplazo; y, sobre todo en virtud de su carácter de sucursal, el error de caer en la ilusión de haber supuesto condiciones para la revolución proletaria mundial donde no las hay. 

Por otra parte, la idea de un frente único de clases que se acerca al Kuomintang resultada de la simpatía a través de la cual el joven peruano observa los recientes progresos de la revolución en China. Considera la gesta liderada por Sun Yat Sen como un testimonio mucho más cercano a las posibilidades de América Latina[24]. Bien se destaca dicha simpatía en la reseña biografía de Cossío del Pomar. Allí, Haya responde a un periodista norteamericano sobre el símil del APRA con el Kuomintang:

pues estamos en el período crítico de transición que ha sufrido China, al pasar de un estado conservador a uno progresista…. La revolución china no es sólo el resultado de la lucha entre la cultura occidental y la oriental. Es el esfuerzo neutralizador contra las culturas invasoras, la capacitación de la cultura china, tomando de las culturas europeas las armas necesarias para oponerse al imperialismo que amenaza destruirlo”. Luego Haya explicitaba todavía más la similitud o la inspiración en el caso chino: la revolución china “lleva a cabo la transformación dialéctica de esas normas… normas adquiridas a través del desarrollo gradual de 5000 años, que no pueden ser sobrepujados por la cultura occidental (citado en Devés y Melgar, 2005, p. 11).

 

La afinidad estaría dada por la condición de transición que describe una especie de ensayo creador dado tanto por el reservorio histórico-cultural chino como el latinoamericano. Transición que versa sobre la base de redescubrir o revalorizar la propia identidad sin que ello signifique una renuncia a asimilar los desarrollos de la civilización occidental. La empresa común para América Latina ha de seguir a la china revolucionaria en el gesto de “tomar prestado” los elementos del influjo cultural de los centros modernos para indicar el propio camino civilizatorio y para unificar las fuerzas bajo la bandera de una misma lucha. Visto así, el Kuomintang es un notable ejemplo de la unidad que adoptan las distintas fuerzas dentro de un solo movimiento político. El testimonio de su eficacia y pertinencia para nuestro continente suma a favor de las intenciones de formar un frente único de trabajadores manuales e intelectuales con un claro objetivo antiimperialista, es decir, el APRA.

Igualmente, al tocar el tema de la necesidad de una fuerza movilizadora capaz de encarnar la conciencia de las masas, la experiencia China vuelve a ser presentada como un ejemplo extraordinario:    

China renace por sí misma y la libertad del pueblo chino es obra de los chinos mismos. Las figuras de la juventud revolucionaria china que dirige la acción, que luchan en las batallas, que gobiernan las grandes secciones del país conquistadas por la revolución, son eminentes figuras directoras, hombres que encarnan profundamente la conciencia en rebelión de su pueblo y que, tomando la inspiración extranjera, se aprovechan de ella sin dejarse aprovechar por ella. Hasta hoy, China había sido aprovechada por los extranjeros. El movimiento del Kuomingtang (Kuo: nacional, ming: popular, tang: partido) representa justamente un movimiento de independencia de toda sujeción, usando para este fin de todos los medios y de todas las ayudas (Haya de la Torre, 1927, p. 204).

 

La idea de un movimiento, frente único o alianza popular, de “todos los medios” a escala continental, no excluye, pues, la posibilidad de sumar elementos burgueses en su interior. El objetivo es que la pequeña burguesía nacionalista pueda sumarse, junto a los sectores populares, indígenas y obreros, más los jóvenes intelectuales de vanguardia comprometidos con las ideas socialistas, en un proyecto colectivo de gran capacidad de organización contra el enemigo externo (el imperialismo) e interno (las clases gobernantes). En otras palabras: la iniciativa revolucionaria no puede centrarse en la pura organización de la conciencia de clase del proletariado. El esfuerzo de latinoamericanizar la teoría y praxis responde a una perspectiva que se hace cargo de las distintas fuerzas presentes. Queda inscrita entonces la tensión entre el modelo homogenizante representado por los comunistas, y otro que pone atención en lo concreto existente, representado por el aprismo.

De ahí que en la consigna fundacional del APRA esté presente la idea de “unir en el frente a todas las fuerzas” sobre la base de la acción revolucionaria contra el imperialismo y sus agentes, ya que el mismo peligro las vincula como clases explotadas. La dominación social, política y económica se ejerce de manera transversal en los distintos sectores de la sociedad. Y así lo expresa Haya en su carta a Losovsky, arguyendo a una realidad amalgamada que presenta distintos estratos y momentos de desarrollo social en comparación a los centros modernos y que, a su vez, dice conocer de manera personal.

El carácter común del imperialismo en América Latina como dominio clasicista es así: los obreros campesinos, clases medias y pequeños propietarios y comerciantes (pequeña burguesía), son explotados por los grandes trust y monopolios imperialistas. Estas clases son oprimidas y explotadas. Los únicos aliados del imperialismo con los terratenientes y la burocracia (en ocasiones)… En América Latina el porcentaje de obreros industriales es mínimo (citado en Gonzales y Melgar, 2014, p. 141).     

 

Conclusiones

Lo que intentamos probar es que el viaje a Europa instigó la aparición del tópico al cual tratamos de apuntar. La autenticidad representa una problemática inherente a todo el desarrollo del pensamiento intelectual y político latinoamericano[25]. La manera en que el pensamiento de Haya lo ilustra es en su reparo permanente al acto de importar sin más esquemas teóricos y conceptos generados en otro contexto. Es por ello que en su diagnóstico que hace del discurso comunista advierte reiteradamente su carácter de “copia servil” (1936, p. 117), en el entendido que el desafió para la elaboración de “una autentica interpretación marxista” consiste, precisamente, en traducir lo importado sobre la base de un criterio de realismo adecuado a la realidad concreta de los países latinoamericanos, donde apostar al proletariado y la lucha de clases más bien parece una ficción teórica.

Haya se acerca a la problemática en cuestión y ofrece una respuesta en el plano de la acción política -quedaría por estudiar si pudo hacerlo intelectualmente, es decir, si efectivamente arribó a una respuesta teórica en cuanto al desafío de impulsar una auténtica interpretación marxista que sea capaz de resolver la tensión entre lo universal y particular. Por cierto, la propuesta del frente único estaba presente antes del viaje a Rusia. Lo importante fue que en el transcurso de este viaje esta propuesta es reforzada bajo el argumento de su pertinencia a una realidad sui generis en comparación al grado de desarrollo alcanzado por los centros modernos; una realidad cuya excepcionalidad presenta la coexistencia “de la vida primitiva y moderna, las etapas todas del progreso económico del mundo” (Haya de la Torre, 1936, p. 118).

En el plano metafórico, el pueblo ruso es visto por el intelectual peruano como una cultura “devoradora” de lo foráneo -identificado a la civilización occidental-, que en ese acto lo recrea como algo nuevo que lleva inscrito el espíritu eslavo y es devuelto al patrimonio de la cultura universal. Y la revolución de octubre no escapa a esta regla; los rusos son marxistas a su modo y ese es el espíritu que debe ser imitado. 

En primer lugar, la idea acerca de la particularidad o distintividad de América Latina[26], representa un tópico que antes del viaje a Europa no parece estar presente en su pensamiento. No obstante, consideramos que con esta constatación no es suficiente. A nuestro juicio, el reto consiste en examinar bajo qué aspectos se despliega como una preocupación por la búsqueda de lo auténtico.

En segundo lugar, cuando nuestro protagonista es invitado a México por Vasconcelos -en el contexto de su exilio peruano bajo el régimen de Leguía-, no solo hace parte de una importante red vinculada a la teosofía y mestizofilia (Devés y Melgar, 2007) que es activada en su vuelta al país a fines de 1927, sino también de las redes del partido comunista mexicano que luego reedifica en la URSS[27], y con las cuales rompe en la vuelta indicada.  

En tercer lugar, la preocupación por la autenticidad brota en el pensamiento de Haya en la medida que se va perfilando la idea de un partido antiimperialista y de composición social heterogénea. Entre 1924-1927 esta idea fue madurando en el diseño de un movimiento político auténticamente latinoamericano. Cuando lo hace, el APRA establece como sus banderas la unidad de los pueblos contra el imperialismo yanqui -la unidad de los trabajadores manuales e intelectuales, de campesinos, indígenas, obreros, e intelectuales jóvenes de vanguardia, etc., todo expresada en un frente único- y la autonomía como movimiento político ante cualquier intervención o influencia extranjera. 

 

Anexo: influencias intelectuales (América Latina/Europa)
influencias intelectuales

 

Notas:

[1] Antropólogo, Universidad Austral de Chile. Magister en Estudios Latinoamericanos, Centro de Estudios Latinoamericanos (CEL/UNSAM). E-mail: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.. Este trabajo es el resultado del seminario de especialidad “Viajes e ideas en América contemporánea: viajes intelectuales, redes y circulación internacional de las ideas”, impartido por el profesor Eduardo Devés (IDEA/USACH), agosto-noviembre 2017. Agradezco las contribuciones de Ricardo Melgar Bao, cuyos énfasis dan cuenta del corpus bibliográfico de (y sobre) Haya de la Torre aquí trabajado. Y no por último, a los comentarios y sugerencias de Andrés Kozel.

[2] Entre 10 y el 15 del mismo mes, se celebró en Bruselas el Congreso Mundial contra la Opresión Colonial y el Imperialismo, instancia que marcó la ruptura de nuestro protagonista con la Internacional Comunista (o Comintern) y su brazo antiimperialista en América Latina: la Liga Antiimperialista de las Américas. Ahí se definieron claramente las posiciones del APRA frente a los presupuestos del comunismo y el movimiento socialista internacional respecto del carácter que debía seguir la revolución y la lucha contra el imperialismo en América Latina. Acerca de este episodio liminal de las contiendas ideológicas entre comunistas y apristas véase Sánchez (1988), “Apuntes para una biografía del APRA”, (pp. 404-412).      

[3] Tengamos presente que Haya se matriculó en 1925 en la London School of Economics. Repasando la trayectoria de sus estudios resume de manera categórica algunas de tempranas conclusiones: “Tres años de vida de estudio y de actividad indesmayable, me han llevado al convencimiento de que es estúpido, antimarxista y reaccionario, querer implantar tácticas europeas en la lucha social de América. Hay que descubrir la realidad social, ha dicho Engels, y no querer edificar en nuestro país la Utopía de Tomas Moro, el Falansterio de Fourier, o los siete cielos de Kropotkin. La pasada generación revolucionaria ha cumplido su misión. Sus errores nos sirven a los jóvenes. Los grandes males de los viejos luchadores han sido el divisionismo y el europeísmo. Han vivido en países americanos primitivos, agrícolas, semimedievales, coloniales, sonando que se encontraban en la industrial Inglaterra, en la organizada Alemania…” (Citado en Sánchez, 1936, p. 124).

[4] Esto puede rastrearse a partir de las redes intelectuales latinoamericanistas en las que Haya de la Torre participó entre los años 1920s y 1930s. Devés (2012, p. 347) destaca, por ejemplo, los nombres de José Vasconcelos, Gabriela Mistral, José Ingenieros, José Carlos Mariátegui, Pedro Henríquez Ureña, Víctor Raúl Haya de la Torre, Manuel Ugarte, Joaquín García Monge y la revista Repertorio Americano

[5] Aricó observó este dilema en el modo predominante en que la teoría marxista fue leída en América Latina a través del lente del movimiento socialista internacional. Un modo que al procurar la homogenización de la realidad fue incapaz de captar la especificidad histórica de la sociedad latinoamericana y su potencial revolucionario. En su lugar, más bien se impuso una caracterización de la sociedad inspirada en la experiencia histórica de los centros modernos, tal como había sido gestada la teoría. Bajo estos presupuestos fue posible reducir el propósito heurístico de Marx a la fundamentación teórica de una visión teleológica de la evolución social que acepta la necesidad y progresividad del capitalismo (“tal como se configuró en concretamente en Europa occidental”) como un criterio ideológico de desarrollo (2010, p. 115). 

[6] Toda construcción de la otredad parte de una serie de prejuicios mediados por el lugar y la cultura de procedencia. Esto lleva a la pregunta: ¿de qué manera podemos distinguir que es la alteridad lo que aparece efectivamente en los textos o, por el contrario, se trataría de la prolongación de la experiencia de un narrador que, por lo demás, no comparte la misma matriz cultural con el otro? Este asunto constituye el problema clásico de la antropología (Geertz, 2003) y el pensamiento postcolonial (Said, 2007). Tal vez fue la tradición de la hermenéutica con Gadamer (2003) la que ha ofrecido una de las respuestas más radicales. La hermenéutica filosófica plantea la imposibilidad de restituir el sentido del autor del texto. Además, introduce al binomio texto/autor la figura del interprete.

[7] Cf. Carlos Altamirano (2013), “Nacimiento y peripecias de un nombre” (pp. 17-36).  

[8] En ese sentido, estamos cerca de las tesis de Mannheim (1963) sobre el “punto de vista de la totalidad” de los intelectuales y de la figura del “intelectual comprometido” de Said (1996). 

[9] Sobre esta aproximación, de manera más exhaustiva desde la sociología, cf. Chávez y Mujica, 2015.

[10] Cf. Kohan (2000, p. 92).

[11] Sobre aquello llama la atención la autoría de Mella, quien precisamente será el encargado de denostar públicamente el liderazgo de Haya cuando vuelven a encontrarse en México hacia fines de 1927. Una vez que el líder peruano logra volver a América Latina, Mella orquesta una decidida contienda ideológica contra el APRA, considerado como una verdadera amenaza para el proyecto del PC mexicano. Cf. Melgar (2013), “Huellas, rondas y lances” (pp. 55-100). 

[12] El viaje salió en barco desde Nueva York. Sin escala en los centros europeos, hizo su primera parada en Escocia. Siguió la ruta por el Mar del Norte y, luego, por el Mar Báltico, desembarcando finalmente en Copenhague desde donde nuestro protagonista siguió por tierra su camino a Moscú, partiendo en tren desde Riga.

[13] Véase anexo.

[14] Aníbal Ponce, a propósito de la simpatía de la joven generación a la revolución de octubre, decía en alusión a su maestro José Ingenieros: “La Revolución Rusa señala en el mundo el advenimiento de la justicia social. Preparémonos a recibirla; pujemos por formar en el alma colectiva, la clara conciencia de las aspiraciones novísimas” (Citado en Löwy, 2015, p. 97). 

[15] Haya militó en las filas del PC mexicano bajo el nombre de Francisco Haya de la Torre y participó como tal en la primera Conferencia Nacional del partido realizada en abril de 1924 en la ciudad de México. Años después, confesaría que dicha militancia se debía al hecho de la ausencia del partido comunista en el Perú, cuya formación era parte de su misión (Gonzales y Melgar, 2014, p. 26).

[16] En una carta de Stirner (fechada en octubre de 1924) decía: “Espero mucho que cuando tu regreses animarás a los muchachos para que tenga más aliento en la lucha y también para recordarles que aquí hay alguien que de cuando en cuando espera recibir noticias de México” (citado en Gonzales y Melgar, 2014, p. 30). 

[17] Haya consideraba que una fuerte evidencia de su irreplicabilidad era el fracaso de formar el siguiente Estado comunista en Alemania, país de proletariado culto, industrializado y de tradición socialista. Pero, en su lugar, ante la agitación social aparece la contrarevolución nazi-fascista.   

[18] Arnold Losovsky (1878-1952), quien por entonces se desempeñaba como secretario general de la Internacional Sindical Roja. En 1926 formó parte del Buró del Comité Ejecutivo de la Comintern y fue responsable de las relaciones sindicales con América Latina, teniendo la responsabilidad de atender las relaciones entre dicho continente y Moscú (Gonzales y Melgar, 2014, p. 13).     

[19] Para el impacto de la revolución en el contexto epocal que nos interesa véase Löwy (2015): “El periodo revolucionario” (pp. 70-145). 

[20] Cf. Hobsbawm (1998): “La revolución mundial” (pp. 62-91).

[21] Siguiendo el exhaustivo estudio de Melgar (2005), en su primera estancia en México (1923-1924) es posible rastrear los motivos centrales del pensamiento de Haya; tales como el antiimperialismo, la idea del frente estudiantil, obrero e intelectual -que toma del ideario anarquista de González Prada-, como así también la bandera de la reforma agraria -vinculada al comunismo-, y su vocación bolivariana y socialista, entre otros. 

[22]  “La unidad de América latina es un imperativo revolucionario del más puro carácter económico” (Haya de la Torre, 1927, pp. 23-29). 

[23] La sintonía con esta interpretación del problema del imperialismo y su solución puede comprobarse en los documentos redactados por el Comité Ejecutivo de la Comintern sobre la revolución y la lucha de clases en América. Ambas iniciativas son propuestas como una nota de la revolución proletaria mundial cuyo camino ha de ser el señalado por los distintos partidos locales afiliados a la Internacional Comunista. Cf. Löwy (2015) “Documentos del Comintern Leninista (1921-1923)”, (pp. 81-91).    

[24] Véase Devés y Melgar (2005), en cuanto a la importancia que tuvieron los movimientos revolucionarios y nacionalistas de Asia en la nueva generación intelectual latinoamericana en la década de los años veinte.  

[25] Para este famoso tópico en la tradición del pensamiento latinoamericano y su vigencia en la actualidad, cf. Luquín (2016).     

[26] Tomando en cuenta lo dicho más arriba, si bien Rusia constituye una realidad periférica en comparación a los centros europeos de la época (Inglaterra, Francia y Alemania), entendemos su condición relativa de centro para la periferia latinoamericana en el sentido de marcar el horizonte del socialismo. 

[27] Véase en anexo.

 

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Cómo citar este artículo:

GARCÍA, Gonzalo, (2018) “La génesis del afán de autenticidad en el pensamiento de Víctor Raúl Haya de la Torre”, Pacarina del Sur [En línea], año 9, núm. 34, enero-marzo, 2018. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Jueves, 20 de Septiembre de 2018.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.com/index.php?option=com_content&view=article&id=1587&catid=5

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