Pacarina del Sur
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Las Memorias del Coronel Manuel Baigorria

The Memoirs of Colonel Manuel Baigorria

As Memórias do coronel Manuel Baigorria

Cristina Guzzo

Sociedad Argentina de Escritores, Argentina

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Recibido: 04-06-2019
Aceptado: 01-07-2019

 

 

Publicadas por primera vez en 1938 en la Revista de la Junta de Estudios Históricos de Mendoza, en una treintena de páginas, las Memorias de Manuel Baigorria llamaron la atención desde el principio tanto por la desprolijidad de su hechura como por lo colorido y veraz de la narración sobre la vida en la frontera durante el siglo XIX. Para el Padre Meinrado Hux, prologuista y anotador de la última edición de estas Memorias por la editorial El Elefante Blanco de 2006, son comparables por su interés histórico, por el lugar de los hechos y por los personajes que intervienen a Una excursión a los indios ranqueles de Lucio V. Mansilla. Y hay muchos críticos e historiadores a quienes no se les escapa la contemporaneidad de las Memorias con el Martin Fierro de José Hernández, poema nacional de la Argentina.

Las memorias fueron escritas por el Coronel Baigorria en Río IV, Córdoba, en el año 1868 cuando se retira de la actividad militar con el cargo de Jefe del Regimiento Séptimo de Caballería de Línea, dentro del Ejército. Desde el inicio surge el enigma sobre su escritura: ¿son obra de puño y letra de Baigorria o fueron dictadas? No hay lugar donde fehacientemente se aclare el punto; Hux manifiesta que no pudiendo encontrar los originales estuvo impedido de reconocer una caligrafía que diera pistas sobre la autoría de las memorias (Baigorria, 2006, pág. 8). Pero hay varias circunstancias que hacen suponer que el autor las dictó a un ayudante o a un familiar cercano.  Sabido era que Baigorria tenía mala letra, además de una rústica narrativa donde no consignaba puntuación alguna por lo cual utilizaba los servicios de un escribiente para la confección de sus escritos militares. Por lo tanto, ya retirado, es muy probable que dictara sus memorias a uno de sus hijos, Gabriel Baigorria, que vivía con él. Avalan esta hipótesis el hecho de que están escritas en tercera persona, el escriba habla de “El”, de “El Coronel Baigorria” que cuenta su vida y no coincide con la persona que está escuchando el relato y escribiendo: “El Coronel Baigorria, en la villa del Rio Cuarto, a seis días del mes de mayo de 1868, no teniendo en que distraerse se ocupa en recordar ligeramente su pasada y agitada vida” (Baigorria, 1975, pág. 43).

El escribiente parece reproducir textualmente lo dicho por el Coronel y así anota a poco de comenzar las Memorias: “Videla [Gobernador de San Luis], que había sido protector del que habla” (ibíd.). No dice del que “escribe” sino del que “habla”; es claro aquí que Baigorria está dictando sus recuerdos. Aunque en estas mismas Memorias cuenta que cuando Corro, un enviado por Urquiza con un mensaje para él, le ofrece ayuda para escribir la respuesta, él le responde: “Mi amigo, le doy las gracias, a usted no le he de tener siempre a mi lado y yo quiero hablar mi lenguaje”. Y luego dice: “Baigorria escribió con trabajo una pequeña nota de mala letra y sin ortografía ninguna…”, que reproduce y que comienza así:

Excm. Señor: el que firma ha recibido la nota de V. E. y jamás había duda que el cielo, mirando con espanto a Rosas y a sus satélites marchar por el camino de la sangre que tenían edificado sobre la República Argentina, dejase de elegir algunos de sus hijos para salvarla (ibíd., pág. 114).

 

Apreciamos que la sintaxis está distorsionada, pero la ortografía no es incorrecta. Cabe entonces preguntarse si Baigorria conservaba una copia de esta Nota enviada a Urquiza, si fue así la original y si la misma fue corregida en algún momento por alguien más.

Mucha ha sido la tentación para los editores de corregir a Baigorria –o al escriba–poniendo mano aquí y allá. La primera edición en la revista de Mendoza de 1938 y la realizada por Hachette en 1975 con prólogo de Félix Luna, copia de la anterior, resultan las más auténticas. Aunque es evidente que también en esta última edición se ha corregido puntuación y sintaxis. Acerca de los manuscritos de las Memorias  Meinrado Hux informa que eran más largos que lo publicado por la Revista de la Junta de Estudios Históricos y que fueron propiedad del doctor Laureano Landaburu quien los descubrió y acercó a la revista, pero lamentablemente años después dejaron de estar en posesión de la familia Landaburu y se les pierde el rastro (Baigorria, 2006, pág. 9).[1]

La redacción de las memorias es apretada, difícil de seguir, con frases sin sujeto, con elípticos avances y retrocesos que llevan a perderse en su lectura y en la cronología de los hechos. Es que lo que tenemos es pura oralidad.  Baigorria recuerda, habla en la intimidad de su casa, cuenta familiarmente sus andanzas. Y produce así testimonio histórico de las guerras civiles y de la vida en “tierra adentro”, donde los indígenas conviven con otros individuos como él, exiliados de la sociedad blanca.

Archivo General de la Nación
Imagen 1. Archivo General de la Nación (Argentina).

Por otra parte, Baigorria, que sabía leer y escribir, sentía cierta veneración por la letra impresa al punto de que los indios solían regalarle libros y diarios obtenidos en los malones y había armado una biblioteca en su casa donde atesoraba un ejemplar del Facundo, su lectura favorita (Baigorria, 2006, pág. 22). Tal manejo libresco le daba naturalmente un manto de prestigio entre la indiada y hay constancia de su influencia sobre los jóvenes cautivos,  como es el caso de Santiago Avendaño,[2] quien dejara uno de los retratos más completos acerca de la vida ranquelina en las pampas.

Las Memorias de Manuel Baigorria se inscriben dentro de la serie de la literatura de frontera del siglo XIX y participan de todos los cruces que el género convoca: literatura de viaje, tratado antropológico, testimonio, cuadernos militares, parte diario, relato autobiográfico, crónica. La ensayista Claudia Torre en su libro Literatura en tránsito de 2010 denomina “narrativa expedicionaria” a los textos sobre el tema que se producen a partir de 1870 dentro del marco de las campañas militares en la frontera interior. En esos libros intervienen tanto el registro de la escritura militar como el científico, el literario, el político. Y caracteriza a estas obras en que:

Están escritas en primera persona. He aquí su especificidad: el dispositivo de enunciación está atravesado por la tensión entre el yo y la institución y ésta puede leerse en el plano de la escritura (Torre, 2010, pág. 12).

 

Pero las memorias de Baigorria son atípicas respecto a ese corpus identificado por Torre: están escritas en tercera persona y, por otra parte, el motivo de su escritura es evidentemente el deseo de reivindicar su actuación personal durante las guerras civiles, una actuación dramática y zigzagueante, siempre en los bordes.

Los testimonios de los expedicionarios oficiales llevaban la firma de las instituciones de la Nación: se trataba de los escritos de un General, de un Perito, de un eclesiástico que dejaban constancia de su entrada al territorio inhóspito de la frontera para cumplir la misión civilizadora, en un tono laudatorio y como cumplimiento de frecuentes encargos (ibíd., pág. 26). Y no es esa la posición de la escritura de Baigorria. En su caso el relato autobiográfico parece surgir de la necesidad de obtener reconocimiento y justificar episodios conflictivos de su vida pasada. A mitad de camino entre la legitimación de la Nación y el proyecto de exclusión del aborigen, no siendo parte de ninguno de los dos estereotipos, ni del militar genocida ni del indio salvaje y concurriendo a ambos sectores, Baigorria produce una discursividad híbrida donde se manifiesta el Otro. Esto es un discurso que resulta de su doble marginalidad, la del exiliado político y la del blanco viviendo entre aborígenes. Baigorria se ocupa, durante sus veintidós años con los ranqueles de Trenel en que se convierte en Cacique Blanco, de no perder su identidad cristiana, “civilizada”.  Mantiene a un sacerdote en las tolderías, el padre Simón Echeverría, a quien le hace dar misa y celebrar bodas. Hace construir ranchos de barro para sí y a su alrededor, no conformándose con las tiendas de pieles. En todo momento tiene presente que corre peligro de transformarse en un “salvaje” y lo resiste. En La cuestión del otro, Tzvetan Todorov describe tres posibilidades en la relación con el otro: un primer plano de valoración o desvalorización del otro; un segundo movimiento de acercamiento o alejamiento al otro en que me puedo identificar, adoptar sus valores; y por último aceptar o ignorar la identidad del otro (1987, pág. 195). El pasaje gradual por esos ejes epistemológicos importa un proceso de aculturación que atravesó sin duda Manuel Baigorria, viviendo en el borde móvil del territorio argentino en las décadas decimonónicas, en que se disputaba ideológica y materialmente con los naturales cada metro cuadrado de pampa.  Durante el período anterior a 1870, lejos estaba la frontera de presentar solo indios y militares enfrentados, en realidad en el “desierto” existía una sociedad compleja en la que convivían distintas tribus y nacionalidades, blancos cautivos y blancos refugiados en el aduar, desertores, criminales, exiliados políticos, hacendados vecinos, viajeros, expedicionarios, religiosos, comerciantes, que en rigor de verdad hacían a la emergencia de la cultura mestiza del país. Este es el escenario de las Memorias.

La escenificación elegida por los libros oficiales que eran propagandísticos, ponía el acento en el estereotipo del salvaje y el horror del malón. Esa serie se escribe principalmente entre 1872 y 1876 a favor de las campañas que llevará a cabo Roca y que culminarán triunfalmente en 1879.  Las obras son encargadas muchas veces por el mismo gobierno que se ocupa también de su publicación con la Editora del Estado. Los textos presentan el tema de la frontera como un problema nacional y propician una solución definitiva que supere la política de negociaciones mantenidas con los caciques durante décadas. Según Claudia Torre las publicaciones emblemáticas de ese corpus serían:  Consideraciones sobre fronteras y colonias (1869) de Nicasio Oroño, Fronteras y territorios federales de las pampas del sur (1872) de Álvaro Barros, La Patagonia y las tierras australes del continente americano (1875) de Vicente Gil Quesada, Sobre la guerra con los indios y la defensa de la frontera en la pampa (1875) de F. J. Melchert,  La guerra contra los indios (1876) de Álvaro Barros, Mis exploraciones y descubrimientos en la Patagonia (1877) de  Ramón Lista, La nueva línea de frontera  (1877) de Adolfo Alsina y La conquista de quince mil leguas  (1878) de Estanislao Zeballos (Torre, 2010, pág. 41). Zeballos (1854-1891), un típico hombre orquesta de la generación del 80 que fue militar, político e intelectual, escribió la trilogía sobre el país de los araucanos que le valió la mayor parte de su fama. Esas obras fueron Callvucurá y la dinastía de los piedra (1884), Painé y la dinastía de los zorros (1886) y Relmú, reina de los pinares (1888), un compendio etnográfico sobre las costumbres indígenas. Zeballos tomó en muchas ocasiones los testimonios del cautivo Santiago Avendaño (2004) –sin revelar la fuente– pero exacerbando la ferocidad de la vida en las tolderías con un interés político manifiesto y de un modo casi pictórico.

La literatura a favor del avance de la frontera interior tuvo un antecedente con la publicación de “Cuestión de indios” del chileno Santiago Arcos (1860), editado en Buenos Aires en 1860 que Torre también registra (ibíd.). Arcos, amigo de Lucio V. Mansilla, vivió una larga temporada en la Argentina y se involucró en la política local. Interesado en la problemática de la frontera abogaba por una política más enérgica respecto al corrimiento de las tribus y diseñó un camino para la ejecución de las campañas a través del Río Negro, que es el que seguirá Roca veinte años después. El ensayo de Arcos va a ser publicado posteriormente más de una vez por la Policía Federal de Argentina.

Esta literatura, que se multiplica en la década de 1870, lleva el sello de la construcción de la Nación y se proyecta hacia el futuro. Las Memorias de Baigorria, en cambio, miran los hechos inmodificables de su pasada vida “tierra adentro” y espejan la complejidad socio política de aquellos territorios donde se produjo la guerra civil entre federales y unitarios en la que también participaron los indios. En esas rendijas cambiantes de lucha permanente, creció y llevó su existencia el coronel aindiado, ora como parte del ejército regular, ora como un cacique más a la cabeza de violentos malones. En sus reminiscencias sobresale la convicción de haber servido a la patria como unitario desde el frente en que le resultaba posible. No fue el único militar exiliado en los toldos, fueron muchos más los blancos que buscaron refugio entre los indios por razones políticas. Los hermanos Saá, puntanos y unitarios como Baigorria, también se estacionaron en los toldos de Painé hasta que Rosas, con mañosa diplomacia, les permite volver a San Luis.

Manuel Baigorria se inició en las luchas fratricidas junto al general José María Paz alrededor de 1829 y 1830 cuando tenía casi veinte años.  Gracias a una presentación de su esposa Lorenza Barbosa para solicitar una pensión a su muerte, se comprueba que Baigorria había nacido en San Luis en el año 1809 (Baigorria, 1975, pág. 19).  Algunos historiadores como Vicente Cutolo afirman erróneamente que se enroló en el ejército en 1824 (1968, pág. 296). Sin embargo, sobre los años anteriores a su ingreso a las fuerzas de Paz dice el propio Baigorria en su biografía: “El año 27 y 28 se había consagrado en la frontera de San Luis, su país, al cuidado de quinientas vacas y algo más de toda especie que había adquirido con su trabajo” (1975, pág. 43).  Y de Diego, que realiza una Cronología Comentada de las Memorias, muestra que el coronel Gorordo, quien se incorporó también al ejército de Paz en 1829, deja constancia de que Baigorria estuvo presente en la batalla de Oncativo en noviembre de 1830 con el grado de alférez, “en el ejército que mandaba el ilustre General Don José María Paz contra el terrible Quiroga” (pág. 22). Daila Prado, que noveliza con rigor histórico las memorias de Baigorria en el libro La cicatriz, ubica su incorporación a las filas de Paz en Capilla de Cosme, en el “verano de 1830” (2008, pág. 40). Desde entonces Baigorria se mantendrá dentro de las filas unitarias y culpará a Rosas de todos sus males.

El 28 de marzo de 1831, después del sitio de Rio IV por los federales, tiene lugar la batalla de Chacón –actual ciudad de Santa Rosa– en la que Videla Castillo, jefe de Baigorria, se enfrenta con Facundo Quiroga quien resultó vencedor. Baigorria cayó prisionero de Quiroga junto a algunos compañeros –otros desertaron pasándose a los federales– y fueron encarcelados en Mendoza. Todos son fusilados menos Baigorria: con este episodio comienza su leyenda; algunos dicen que alguien lo escondió y lo salvó, otros que se quedó dormido y no lo vieron (Franco, 1967, pág. 38). Él mismo lo cuenta así:

Como he dicho, la casualidad, cuando anunció el ronco clarín la muerte de sus compañeros, él salió al corralón con el peine en la mano; se moja el pelo y sigue paseándose en el recinto cuando entra un oficial con cuatro hombres y entra a la prisión, y no encontrando en ella ningún oficial sale, y entonces un oficial de Quiroga le dijo en voz alta: vea, capitán, allí está un oficial puntano. Entonces el buen soldado volvió [la] frente y con ironía le dijo: calle usted, su adulón, que yo llevo lo que se me entrega: he aquí la vida de un hombre esta vez (Baigorria, 1975, pág. 54).

 

Liberado de la cárcel en la que estuvo tres meses, Baigorria vagó escondiéndose de sus enemigos, acercándose secretamente a San Luis, entrando a la casa de su madre disfrazado de mujer y pergeñando fantasías de huir a Chile o la Banda Oriental junto a su amigo Chamorro, uruguayo, que nunca concretó (1975, pág. 55). Con Chamorro siguieron rastrilladas en busca de compañeros, enfrentaron la intemperie, vivieron de prestado en alguna estancia o en el caserío de un viejito amigo que los recibiera. Esto es, desterrado, despojado de toda pertenencia, impedido de volver a San Luis porque la ciudad había sido tomada por su enemigo Quiroga, Baigorria aprendió a sobrevivir en el desierto como un indio, o como un gaucho. Sus andadas junto a Chamorro no están lejos de los personajes que años después inmortalizará José Hernández en el Martín Fierro (1872).[3]   

Para 1833, durante la “campaña del desierto” de Rosas, Baigorria ya había buscado refugio en el campamento ranquelino de Trenel, actual provincia de La Pampa.  Yanquetruz (Llanquetruz en la grafía de las Memorias), entonces cacique de los ranqueles, le dio la bienvenida y allí vivió auto exiliado por más de veinte años (1977, pág. 11). Le llamaban Lautraman (cóndor petizo) y lo respetaron. Llegó a comandar una fuerza de más de trescientos hombres entre indios y cristianos a quienes les daba adiestramiento militar y con quienes participó tanto de malones como en las filas de los ejércitos regulares. Alcanzó notoriedad y fue convocado por Urquiza para luchar contra Rosas. Fue después de Caseros que Baigorria pudo reingresar finalmente al ejército nacional y a la vida familiar en San Luis.

La personalidad de Baigorria se manifiesta a lo largo de las Memorias. Su fuerte carácter, su templanza, su habilidad para manejar subalternos y el alto concepto que tenía de sí mismo se muestran claramente en su relato. En un pasaje, por ejemplo, dice “Baigorria, con su genio acostumbrado, le preguntó al individuo: usted ¿para dónde va?” (1975, pág. 54). En otro momento recuerda que en una marcha hacia La Rioja le toca proteger al Comandante José A. de la Cuadra, chileno, y le indican avanzar con cincuenta hombres. Baigorria, entonces:

[…] se lanzó al gran galope y consiguió proteger a de la Cuadra, llegando a un alto que encubría el campo del choque, y en los momentos que a de la Cuadra le doblaron [es decir: lo superaron por] el costado izquierdo, Baigorria tocó a degüello y fue lo suficiente para triunfar (ibíd., pág. 49).

 

Estanislao Zeballos así lo pinta en Mendoza estando preso: “Se presentó a Quiroga y pidió altivamente su libertad que le fue concedida” (1961, pág. 89). Baigorria se regodea con el impacto que causa su persona. Dice en Memorias:

Tomando su lanza primero y acercándose a los ocho soldados les dijo: a caballo, el enemigo viene detrás de nosotros y mejor es morir peleando que en sangre fría. Entonces todos subieron a caballo y dijeron: ¡Viva el alférez Baigorria! (1975, pág. 71).

 

No se debe suponer, además, que las memorias sean siempre fidedignas. Seguramente el autor ha querido embellecer algunas páginas de su pasado a la vez que otros episodios de su vida quedan oscuros, posible resultado de confusión o selección. Por ejemplo, J. A. de Diego señala en su “Cronología Documentada” a la edición de Hachette, que en 1827 Luis Videla no era el gobernador de San Luis como afirma Baigorria, sino presidente de la Legislatura, aunque era cierto que Videla fue su protector y lo empleó como mozo de mandados para tareas políticas y para su hacienda (ibíd., pág. 22). Por otra parte, hay determinados temas en que su palabra no es tenida en cuenta por los comentaristas y se privilegia la fabulación. Por ejemplo, su famosa cicatriz en la cara ha sido motivo para novelar y poca atención se le puso a lo que testimonió el propio Baigorria al respecto.

Lucía Gálvez, quien se asoma al cariz sentimental de la vida de Baigorria en Historias de amor de la historia argentina atribuye, como muchos otros y seguramente siguiendo a Zeballos, el corte en la cara de Baigorria a un sablazo de Juan Saá en la batalla de Laguna Amarilla, batiéndose como enemigos. Y así lo pinta en tono melodramático:

Indios y cristianos dejaron de pelear para rodear en un círculo a “los jinetes que ya son leyenda”. El choque fue tremendo. En el tiempo de un relámpago el sable de Juan Saá había dibujado una sangrienta herida en la cabeza y rostro de Baigorria. Un borbotón de sangre cubrió sus ojos… (Gálvez, 1998, pág. 252).

 

Es fácil ver en Gálvez el resultado de la génesis de una ficción. Luis Franco (op. cit.) por su parte, ubica la escena en San José del Morro durante un malón capitaneado por Painé y Baigorria. Los Saá, antiguos camaradas de las tolderías salieron a enfrentarlos y “se trabó una gran refriega de la que Baigorria salió con un fantasmal sablazo en la cara, propinado por Saá” (ibíd., p. 43).

Vicente Cutolo privilegia también “Laguna Amarilla, donde Juan Saá le partió la cara de un sablazo” (1968, pág. 296). Y Hugo Chumbita menciona la leyenda ubicando el episodio del sablazo (como Franco) durante un malón ranquel de 1848, que los Saá salieron a reprimir enfrentando a Baigorria y a Painé. Pero, explica, que el propio Baigorria relata en sus memorias que la herida se la causó el capitán Sebastián Domínguez en otro combate (Chumbita, 2009, pág. 116).

De Diego aclara que el mismo Landaburu no podía dar una fecha exacta de la batalla de Laguna Amarilla que ubicaba tentativamente en 1849. Y que el mismo historiador puntano en su análisis de las Memorias que hizo publicar en la Revista de Estudios Históricos de Mendoza en 1938 “refutaba con exhaustivo acopio de datos las insólitas, reiteradas y equívocas contradicciones desparramadas por los comentaristas, narrando una fabulosa pelea entre Juan Saá y Manuel Baigorria” (Baigorria, 1975, pág. 26), señalando en cambio que la pelea había sido con el capitán Sebastián Domínguez en el combate de Cuchicorral. Así lo narraba el propio coronel en sus memorias: “Baigorria, se topó con el […] capitán D. Sebastián Domínguez, este último recibió primero un hachazo en la cabeza” (ibíd., pág. 82). Y continúa: “Baigorria recibió un balazo en la cara y cayó desmayado” (págs. 83-83). Narra entonces que fue asistido hasta despertar, pero que “Panchito, cuando vio a su amigo en el estado que estaba, perdió la esperanza, […] al verle los dos brazos heridos y la cara colgando a extremo de tener la lengua en el aire” (pág. 83).    

Por lo tanto, si se lee con cuidado encontramos que el hachazo en la cabeza lo propinó Baigorria a Domínguez, y que este le pegó un balazo a Baigorria que le dejaría el rostro marcado para siempre.


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El origen de las fabulaciones sobre esa herida parece generarse en la rivalidad que hubo entre Baigorria y los Saá. Los tres hermanos Saá eran jóvenes puntanos educados e influyentes y por ello despertaron gran interés tanto en Painé como en Rosas cuando paraban entre los indios. Baigorria, que los había recibido en su campamento como a iguales en desgracia, comenzó a recelarlos, sobre todo cuando los Saá abandonaron primero sus toldos para irse con Painé y después escaparon del aduar del cacique robándole gran cantidad de caballadas para enfilar hacia San Luis. Estos movimientos se explicaban por el curioso salvoconducto que les otorgara Rosas en 1846, indultándolos y permitiéndoles retornar a San Luis con todos sus derechos. Lo que siguió fueron negociaciones entre los Saá y las filas federales y Baigorria no les perdonaría nunca la “traición”.

El “sablazo” en la cara se transformó en realidad en un ícono que definiría la figura ficcional del personaje Baigorria. Así es que la escritora Daila Prado elige el título de La cicatriz (2008) para su novela histórica sobre Baigorria, que se expande por el difícil contexto político de las guerras civiles. Prado subraya la importancia de esa cicatriz como estigma y señal de la violencia en que vivió Manuel Baigorria y de su tiempo.

El primer retrato literario que se conoce de él es el que ofrece Estanislao Zeballos en Calfulcurá y la dinastía de los piedra, donde menciona el corte en su mejilla:

Su cara estaba cruzada de frente a barba, al sesgo, por la ancha cicatriz de un sablazo y no lo miraban los soldados cuando recorría los fogones, sin exclamar: _ ¡Qué seco le han pegado al coronel!  (1961, pág. 101).

 

Y sin dudarlo, Zeballos incurre en el equívoco: “El hachazo recibido por Baigorria en Laguna Amarilla, cuando en 1847 se batió con Saá, comenzaba a producir resultados políticos de trascendencia” (1961, pág. 106), dice, en relación a la invitación que le haría Urquiza para sumarse a los ejércitos confederados. La descripción física que realiza Zeballos será paradigmática, todos los autores repetirán luego que Baigorria era bajo, magro, chueco y que tenía unos ojos desabridos como “bolitas de vidrio” (pág. 87).

Las destrezas y el carácter de Lautramán, como le llamaban los indios, son presentadas por Zeballos en Painé y la dinastía de los zorros al reproducir textualmente el diálogo que tiene el ex cautivo Santiago Avendaño con el coronel, cuando este le aconseja sobre el modo de escaparse de los indios. Baigorria conoce el desierto, lo maneja, y puede aconsejar y proteger a quienes son más débiles que él. El episodio, narrado originalmente por Avendaño en sus propias memorias, es apropiado por Zeballos y utilizado en un registro ficcional. En este caso, a diferencia de otros, como lo hace notar en su tesis doctoral María Laura Pérez Gras (2013, pág. 174), Zeballos revela su fuente en nota de pie de página: “Manuscrito del teniente coronel Avendaño. He copiado esta conversación del Coronel Baigorria textualmente del original” (2007, pág. 363).  Aunque la confección del diálogo entre Baigorria y Avendaño no le pertenece, el gesto de Zeballos de incorporarlo a una ficción le da una dimensión nueva a la figura de Baigorria, lo introduce en una categoría literaria ficcional y refuerza la creación de su leyenda.

Zeballos deposita en el personaje una carga melodramática exagerada, funcional a sus objetivos, y que no se corresponde a la realidad que presenta Baigorria. Por ejemplo, Baigorria relata su arribo a los toldos de Yanquetruz mostrando sus reparos y cuenta cómo es presentado al cacique cuando llega buscando refugio a una zona de contacto donde, él sabe, debe moverse con prudencia (1975, págs. 76-77). No obstante, Zeballos relata el episodio de modo novelesco y colorido:

El coronel Baigorria, como la fiera acosada en la ceja de un monte, lanzó un grito de amargura y de ira, y dando el último adiós a las tierras de su vida y a los sublimes anhelos de la libertad, desapareció en el seno ignorado de la selva ranquelina (1961, pág. 89).

 

Otro motivo recurrente que se genera sobre el protagonista Baigorria es su afición por las mujeres, que él no desmiente, pero alude al tema con galante respetuosidad. Desde el comienzo, cuando se va a los indios y lo hace acompañado de su amante, su caballerosidad va a ser materia de nota. En sus Memorias rememora el hecho del modo siguiente:

Baigorria le dijo entonces a la muchacha […] tú, hija, vuélvete también; yo me voy a los indios, no sé cuál será mi destino. Ella contestó, llorando: no me vuelvo. Baigorria replicó, tú no sabes lo que haces. Si yo fuera desgraciado, tú quedarías cautiva con los indios (1975, pág. 74).

 

La joven retruca que prefiere ser cautiva de los indios que quedarse a servir a los federales. Pero se hace claro que Baigorria se comporta como galán y, también, que enfoca todos los aspectos de su vida a través del enfrentamiento entre federales y unitarios.

Respecto a su relación con las mujeres la realidad es que viviendo en las tolderías practicó la poligamia al modo de los indígenas, tomó esposas buscando la conveniencia de emparentarse con el poder ranquel, cumplió en otras ocasiones con los mandatos del sacramento cristiano y, además, se enamoró auténticamente. Así pinta su entorno Estanislao Zeballos, apropiándose de las memorias del cautivo Avendaño (Pérez Gras, 2013, págs. 50, 170) en Painé y la dinastía de los zorros:

Había también un núcleo de mujeres notables que, por su belleza y posición, eran el mosto de aquella sociedad transitoria y singular. Conocí tres esposas sucesivamente del Coronel Baigorria. La primera fue una arrogante y fina mujer, cautiva en una mensajería el año 1835, cerca de la Esquina de Ballesteros, posta del camino de Rosario a Córdoba (Zeballos, 1955, pág. 139).

 

Luis Franco (1967, págs. 39-40) detalla con orden sus sucesivos matrimonios: anota como primero el casamiento con la hermosa actriz cautivada en el trayecto de su viaje a Córdoba, “legalizadas las nupcias por don Simón Echeverría [sacerdote]” en 1835. Esta mujer, de quien nunca se conoció su nombre, aceptó casarse con el enamoradísimo Baigorria en agradecimiento al buen trato que le prodigaba; años después murió de melancolía sin poder regresar a la civilización y dejó recuerdo imborrable de su imagen estrafalaria, la de una belleza vestida a la europea y adornada con joyas en medio del desierto. Su figura llega a la ficción en la conmovedora novela Finisterre (2005) de María Rosa Lojo, en la cual también aparece la figura de Baigorria como personaje.

Siguiendo a Franco, Baigorria mostró nuevamente su espíritu generoso devolviendo a su familia de Cruz Alta en Córdoba, a la joven Luciana Gorosito, viuda de un militar exiliado que había ido a refugiarse a su rancho. Luego habría tomado como concubina a Adriana Bermúdez, quien fuera cautivada de niña por Yanquetruz en el Salto. Después vendrían las esposas indias, el parentesco con los caciques y la alta diplomacia hasta llegar al palacio de Rosas en Palermo, ya en manos del triunfante Urquiza. Vuelto a San Luis en la etapa post rosista, se casó con Lorenza Barbosa, única esposa legal.

En las Memorias pueden reconocerse tres etapas bien diferenciadas de la vida de Manuel Baigorria: la primera corresponde a su juventud en San Luis bajo la protección del caudillo Luis Videla y como soldado del manco Paz; la segunda es la etapa de su madurez entre los Ranqueles, aindiado y jefe de una fuerza; la tercera es la de su reconciliación con la sociedad blanca y el ejército nacional, siendo nombrado Coronel y Jefe de la Frontera Sur, cargo que ejerció desde el fortín Tres de Febrero. Lo curioso en las Memorias es que Baigorria muestra una auténtica empatía en la parte del relato correspondiente a su vida con los indios. A medida que profundiza su vínculo con Yanquetruz su discurso se torna más emotivo, desde que es aceptado en los toldos hasta cuando se prodigan cuidados amorosos, estando ambos enfermos.  

Cuenta así que, teniendo que irse el cacique y estando enfermo Baigorria lo deja al cuidado de las indias más ancianas a quienes les dice “con aire amenazador: que vuelva yo y lo halle enfermo, sabré lo que he de hacer” (1975, pág. 79). Las indias le harán baños de vapor con hierbas y lo curan.

“Más tarde, Llanquetruz cayó a la cama tullido”, relata Baigorria (ídem.). Es el anticipo de un agónico viaje hacia Mendoza con toda la familia que el cacique, sintiendo su final, quiso realizar. A su muerte, quedando la familia desprotegida y en gran necesidad, Baigorria todavía convaleciente, no duda en ir a rescatar a los deudos:

¿Cuándo todavía no puedes subir solo a caballo, y te animas a marcharte a unas distancias tan largas […]? Baigorria le contestó con aire de desagrado: señor, yo nunca he omitido sacrificio por mis bienhechores. Sé que la familia de Llanquetruz anda muriéndose de necesidad; él ya no existe y a mí me toca sacrificarme por ella en recompensa que tantas veces han prolongado mi vida… (1975, pág. 81).

 

Cuando los encuentra hay gran emoción en todos. Allí estaban desconsoladas “la vieja, mujer de Yanquetruz [a] quien llamaba madre y una cautivita […] enajenadas se precipitaban en sus brazos, ansiosas de reconocer sus heridas” (pág. 85).

De su permanencia entre los indios Baigorria dejará un importante testimonio sobre las costumbres y formas de vida de los ranqueles, así como de la lengua que llegó a manejar con soltura. Cuando cena por primera vez con Yanquetruz, confiesa que ya conoce la forma ritual en que los indios brindan por haberlo visto una vuelta anterior, con un vaso al que llaman igué (pág. 77), pero que todavía necesitaba de un traductor para comunicarse con el cacique (pág. 76). A él sus parientes lo llaman chescuí, cuñado. A Yanquetruz lo llaman malli, una palabra derivada de malliñ, lago, pero que alude a la autoridad. Cuando fallece le reemplaza su hijo Pichún, con quien Baigorria ha establecido una relación fraternal; se tratan de “cumpa”, por compañero (pág. 119).

El lenguaje propio del campo es el que maneja Baigorria. Dice “julepe”, “sestearon”, pide “que los indios campeen” (pág. 97), usa el “vos” (pág. 94) indistintamente, reproduce el “trais” por traes, que usa Calfucurá (Zeballos, 1961, pág. 142). Pero también utiliza la jerga militar que ha conocido como soldado: dice que sus hombres “contramarcharon” hasta alcanzar el “medio campo” (Baigorria, 1975, pág. 84). Respecto a su ropa viste como gaucho, describe él mismo que usa calzoncillos, camisa, poncho, sombrero. Su cama en la intemperie es una “carona de potro” (pág. 93).

Su incorporación a la vida tribal es completa; él ha pedido protección, pero a cambio ha ofrecido su experiencia militar, su capacidad para dirigir fuerzas. La lealtad a los indios era la condición de su sobrevivencia. Pero esa completa asimilación lo lleva a un punto donde se va a sentir “entre la espada y la pared” (ídem.). Porque, como revela con simpleza “Después de tanto tiempo [de convivir con los indios] y algunas invasiones, Baigorria andaba siempre en todas”, refiriéndose, claro está, a los malones contra los cristianos en que participó. En las batallas, donde se destacaba por su valor y por ello hasta se le consideró un factor determinante en el triunfo de Pavón, podía vérsele también con “lanza de indio” (pág. 106). Pero, cuando en 1839 se pliega junto a Pichún y Painé a un proyecto de La Madrid para ocupar la ciudad de San Luis, llegados al poblado donde residían sus propios familiares “Baigorria que conocía como eran los indios y más cuando eran en número de 500, no quería hacerlos entrar en el pueblo” (pág. 94). En esta ocasión en que fueron desplazados los federales del gobierno, se decidió entre los jefes ranqueles y los militares conducir a los indios hacia las estancias para que saquearan ganado y así contentarlos sin que entraran a saquear las casas de los vecinos.

En las tolderías, donde Baigorria actuaba como cacique, había muchos cristianos protegidos por él, fueran cautivos o refugiados, que de tanto en tanto lograban volver a la civilización. Esto hacía desconfiar a los indios de que Baigorria dejaba huir a los blancos y que luego también se iría él. Para tranquilizarlos, Baigorria “Tomó partido de casarse con una hija del país. Su amigo Coliqueo fue el de los afanes para esta operación” (pág. 109). El testimonio de Baigorria revela en efecto, la conflictiva de vivir entre dos registros culturales diferentes, en una zona de contacto donde él es parte de una cultura y de la otra. Baigorria se asimiló indudablemente a las costumbres indígenas, pero mantiene a conciencia los códigos de su origen. Sabe manejarse con astucia entre ambos grupos, pero, tironeado por valores disímiles no llega a inspirar completa confianza en ninguno de los dos. Su lugar es el del sujeto interétnico, se mueve en la frontera como pez en el agua, su identidad es justamente la interetnicidad.  A Baigorria no le impresiona la vida de “tierra adentro” como a quien se adentra a investigar, sino que se entrega a ella como a una fatalidad, acostumbrado al paisaje de penurias y violencias del país. El entorno que describen las Memorias presenta una perspectiva diferente a la del relato de viajeros o militares que se aventuran en la frontera. Su mirada es opuesta a la de los exploradores que ven la naturaleza como nueva; Baigorria está en su suelo. Circula por el escenario de las guerras civiles y esas tierras le son propias.

Son los territorios, además, que fueron atravesados por los cronistas desde la época de la colonia. “Ese camino había sido muy transitado durante el período del gobierno colonial español”, sostiene M. L. Pratt (2011, pág. 275). Un camino trazado sobre la tradición cultural que consistía en el desembarco europeo en Buenos Aires, el internarse en las pampas, aventurarse al encuentro con los indios, avistar la inmensidad patagónica y alcanzar la cordillera (pág. 274). Es el trazo de Darwin y de los naturalistas. Pero la ideologización de ese escenario junto a su condimento romántico y a su “contemplativa y estetizante retórica del descubrimiento” (pág. 275), es desconocida por Baigorria. Del mismo modo que ignora la retórica de conquista utilizada al modo de E. Zeballos.


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En Baigorria no hay extrañeza respecto a la realidad que lo rodea. No tiene que esforzarse para reconocerla, es baqueano. Es parte del hábitat, allí vive, se emborracha, amansa a sus caballos, adiestra militarmente a los indios, negocia la política, tiene mujer e hijos. Su testimonio muestra la cruda cotidianeidad en que el eje lealtad–traición decide entre la vida y la muerte. Es ese realismo lo que hace especialmente valiosas a las Memorias, por ellas conocemos la vida en la frontera tal como era a mediados del siglo XIX. Una vida rural en que las tribus mantenían una activa relación con la comunidad blanca, un intercambio permanente con las poblaciones que muestra que ambos mundos se necesitaban recíprocamente. Esa frontera real puede verse en la novela La cicatriz de Daila Prado, cuando presenta a los hermanos Videla de San Luis como comerciantes que intercambian bienes con los indios en las pulperías (pág. 17). Silvia Ratto afirma que:

Tanto las negociaciones diplomáticas como los intercambios estaban asentados en relaciones personales. Las partidas de comercio indígenas se dirigían puntualmente a la casa de negociantes conocidos permaneciendo varios días en el poblado, en ocasiones en las mismas casas de los vecinos […] De esa manera entendían los indígenas la relación interétnica (2011, pág. 70).

 

En tiempos de paz la actividad comercial no consistía solamente en la búsqueda de pertrechos en los almacenes del pueblo, sino en la compra y venta de hacienda, participando los indios incluso en los remates a la par de los criollos.   

Después de la caída de Rosas, no solo Baigorria sino la mayoría de los caciques van a pasar a depender de la autoridad de Urquiza. Este intentará contentar a las tribus con una política de pacificación parecida a la que habían tenido con los federales, e igualmente los utilizaría como fuerza de choque, ahora a favor de la Confederación. Es así que el 24 de febrero de 1853 una partida de cuatro mil indios saqueó estancias de Buenos Aires llevándose las caballadas para incorporarlas al ejército, se entiende que esto era un ataque contra los porteños.

Según el informe de los pobladores […] el malón era dirigido por Calfucurá, Baigorria, Pichuín y los indios iban dando la voz de que lo hacían mandados por Urquiza y Lagos con la orden de llevarse el ganado de esa parte de la provincia (Ratto, 2011, pág. 60).

Estos malones se hicieron sobre los pueblos de Rojas y Mercedes pero ocurrió que algunas partidas de indios después de alzarse con el ganado no volvieron donde estaba Baigorria y los caciques, sino que se fueron a sus toldos con los animales (Baigorria, 1975, pág. 131). La cuestión que se suscitó fue si los indios eran o no “soldados de Urquiza” (Ratto, pág. 65). Este es el momento en que a Baigorria le cabe manejar la diplomacia. Hará las veces de un embajador de la Confederación ante las tribus; es un intermediario entre Urquiza y el lonco mapuche Calfucurá que no duda en negociar la paz y sus reclamos con las nuevas autoridades. La correspondencia que entabló con Calfucurá son prueba de esos tratos, donde puede leerse que Baigorría le asegura al cacique que “el Señor Presidente y yo nunca dejaremos de hacer los oficios de amigos” (Cartas de Manuel Baigorria al General Juan Calfucurá. Cit. Maguire, 1968, pág. 143).

En la última etapa de su vida Baigorria sale del ostracismo.  Urquiza lo nombra Jefe de la Frontera Sur que incluía San Luis, con asiento en el Fortín Tres de Febrero, sobre el río Quinto. Ejerce el cargo secundado por la amistad con los caciques Coliqueo y Calfucurá. En 1856 es nombrado Coronel. Pero el presidente Derqui lo reemplazará por su archienemigo Juan Saá. Y por este y otros motivos pierde confianza en los confederados y se alinea junto a Mitre. En 1861 concurre a la batalla de Pavón con las fuerzas de Coliqueo y se destaca por su legendario valor. En los años finales de su actividad militar luchó contra los últimos caudillos federales y en 1867 participó de la campaña contra el catamarqueño Felipe Varela. En 1873, ya retirado del Ejército, acompañó como baqueano de la compañía del General Arredondo a Julio Roca en su reconocimiento de la frontera.

Las Memorias, escritas –o dictadas– por Baigorria, eran más extensas según informe del historiador Landaburu que las hizo publicar en 1938.  No obstante, hacia el final de las que conocemos encontramos una aclaración de Baigorria donde manifiesta:

[Baigorria] por no hacer injuria a su patria al dejar escrita su vida ha omitido referir innumerables hechos de armas, como de aventuras que obtuvo en los veinte años que permaneció entre los salvajes, y también las repetidas veces que con su discurso y posesión, que con los años había tomado sobre las costumbres, salvó a sus amigos los indios de conflictos de que infaliblemente iban a traer tristes resultados (Baigorria, 1975, pág. 166).

 

Las páginas finales de sus memorias las dedica a estos, “sus amigos los indios”. Y entonces recuerda las historias de un indio muy pobre que se había casado con una viuda, de otro indio de Buenos Aires que quería casarse con la hija de un cacique chileno y no lo dejaban, de un parlamento en un toldo donde se presentaban los regalos de los abuelos de una novia por casar. Y finalmente, como logró que se perdonara la vida de dos mujeres a quienes se acusaba de hacer daño, cerrando con humor: “Con matar esas dos pobres chinas no salvaremos la vida de él ni la nuestra, si es que ya se nos ha llegado el tiempo de morir. […] Las chinas salvaron y siguieron tomando la chicha” (pág. 169).

Las Memorias de Manuel Baigorria sufrieron un larguísimo ostracismo. Probablemente, no solo a causa de su desprolija sintaxis. Es posible también que no despertara interés mostrar unas historias biográficas que descubrían toda la complejidad de la población de la frontera de un modo más realista y fuera del canon oficial que se había impuesto y consagrado.

 

Notas:

[1] Las Memorias fueron publicadas en la Revista de la Junta de Estudios Históricos de Mendoza (Buenos Aires), tomo X, 1938, págs. 479–601.

[2] Santiago Avendaño (1834–1842). Cautivado desde los siete a los catorce años por un capitanejo de las tribus ranqueles. Escribió unas Memorias de las que publicó fragmentos en la Revista de Buenos Aires en 1866 y 1867 sobre la historia y costumbres indígenas y sobre la muerte del cacique Painé. Tuvo el cargo de Mediador de Indígenas y fue ejecutado a causa de luchas internas entre parcialidades del Cacique Cipriano Catriel de quien era secretario. Sus Memorias fueron editadas en 2004 por Meinrado Hux, en editorial El Elefante Blanco. Los manuscritos de esta obra se encuentran en el Museo de Luján después de haber estado en posesión de Estanislao Zeballos quien las utilizara para escribir algunas de sus novelas.  

[3]  Félix Luna, en su Prólogo a la edición de las Memorias de Baigorria por Solar-Hachette de 1975, afirma que en Baigorria están los grandes temas que aparecerán en Martin Fierro y que, aunque no existe prueba de que J. Hernández y Baigorria hayan coincidido y conversado, cree que es probable que Hernández hubiera escuchado relatos sobre Baigorria durante su estadía en Paraná (1975, pág. 20).

 

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Cómo citar este artículo:

GUZZO, Cristina, (2019) “Las Memorias del Coronel Manuel Baigorria”, Pacarina del Sur [En línea], año 10, núm. 40, julio-septiembre, 2019. ISSN: 2007-2309

Consultado el Sábado, 19 de Octubre de 2019.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.com/index.php?option=com_content&view=article&id=1771&catid=5

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