Pacarina del Sur
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Recepción peruana del Tao Te Ching: testimonio y reflexión

En la segunda mitad del siglo XIX una oleada de migrantes chinos llegó al Perú, huyendo de la hambruna que azotaba este país. Basándose en su propia experiencia, el autor hace una reflexión y análisis de la migración china en el Perú y su recepción en el ámbito cotidiano.

Palabras clave: Tao Te Ching, Lao Tzu, exilio, Perú

 

En 1851 estallaba violentamente el Movimiento Celestial Taiping (o Reino de la Paz Celestial), en cuya represión el gobierno imperial chino mató cerca de 20 millones de personas. Esta gran rebelión se estuvo preparando varios años. En la década de 1840 China pasaba por una gran hambruna. El descontento del pueblo y de los nobles chinos, era muy grande. Germinaba y se desarrollaba ese gran levantamiento contra el emperador.

En los años cincuenta el movimiento dirigido por Hong Xiuquan era un grupo guerrillero y la primera revuelta estalla el 11 de enero de 1851. Para entonces ostentaba Hong Xiuquan el cargo de Rey celestial, habiendo recibido el trono en el sagrado Monte Tai (Taishan), donde tradicionalmente los emperadores eran coronados. Él manifestaba que por ser extranjera la dinastía Ching, el emperador Xianfeng no tenía ningún derecho a gobernar a los chinos.

Es en este contexto que, en 1849, llega la primera oleada china que emigraba hacia el Perú por la hambruna y porque, a su modo, repitieron la gesta de Lao Tzu cuando derrotado tuvo que alejarse de su país. Cómo él, se alejaron forzados para evitar morir. Se fueron con el corazón sangrante. No tenían alternativa si querían vivir…

Cantón era, precisamente, una de las zonas donde más agresivamente la gente se manifestaba contra la dinastía manchú que venía gobernando China desde 1644. De allí salió la mayor cantidad de gente hacia ese destino incierto, doloroso, lleno de sufrimiento que, al menos, le permitiría vivir. Después de 1849, muchas oleadas más vinieron al Perú a trabajar como braceros en las haciendas. Vinieron hombres solos y aquí fueron haciendo sus familias, casándose con peruanas.

En 1890 vino el primer contingente chino que traía dinero para invertir en este país. Entre estas personas vino mi abuelo. De él solamente supe siempre que se apellidaba Ching, pero jamás conocí su nombre chino. Su hermano, que vino después, se llamaba Ching Ko-kin. Mi abuelo se cambió el nombre y jamás quiso que sus hijos aprendieran a hablar chino ni supieran de su familia en china. Nunca contó nada de su país natal y, a cada pregunta que se le hacía, respondía siempre con alguna respuesta graciosa que hacía reír a sus hijos y olvidaban lo que habían preguntado. Mi abuelo era parte de la familia imperial china, era parte de la dinastía Ching cuyo apellido llevaba avergonzado, porque se le conocía como una dinastía corrupta. Los chinos cantoneses de Samanco lo llamaban “Manchuria”. Hacían alusión al origen Manchú de la dinastía a la que pertenecía y también aludían a ese quimérico país (Manchukuo) creado por los japoneses durante la guerra chino-japonesa y cuyo jefe de gobierno era Puyi (el último rey de la dinastía Ching, que siendo muy niño fue derrocado por Sun Yat-sen en 1911, cuando s e instaura la república, aunque siguió viviendo un tiempo más en la Ciudad Prohibida).

Mi abuelo, como todos los demás chinos, era taoísta. El taoísmo tiene como libro fundamental el Tao te Ching escrito por Lao Tzu. Mis recuerdos no son buenos en torno al imaginario chino que había en casa. Sé que lo había pero no lo recuerdo claramente. Claro, a lo lejos sé que he visto, cuando niño, mi casa llena de imágenes de dioses taoístas. Algunos duraron hasta pasada mi adolescencia. Después desaparecieron por completo. Me contaba mi tío materno (Francisco Lobatto) que había una imagen de Buda esculpida en marfil. Quién sabe adónde habrá ido a parar ese Buda. Yo no recuerdo haber visto dicha imagen.

A Santo Akon (no he podido recordar su nombre chino original), una deidad taoísta, no recuerdo haberlo visto tampoco, pero mi madre sí recordaba haberlo tenido en casa, aunque también desapareció junto con el Buda, imagino. Hace algunos años me compré una imagen de esa deidad y la tengo en casa. Mi madre lo reconoció cuando lo vio.

Se me contó que mi abuelo Ching tenía tierras y animales en Samanco, el lugar donde había llegado a vivir. Samanco era un puerto importante en la zona, quizás el más importante en una época en que aún no existía el boom de la harina de pescado, que hiciera de Chimbote el primer puerto pesquero del mundo. Samanco era el puerto por donde la hacienda San Jacinto embarcaba sus productos para el extranjero.

Mi bisabuelo también tenía una fonda. A ella llegó un día una linda rubia, de ojos verdes, descendiente de alemanes. Me digo que han de haber sido de los primeros alemanes que llegaron y que por la zona de la serranía ancashina se dirigían hacia la selva. Unos pocos de ellos se quedaron en algunos pueblos serranos. Quizás por eso mi bisabuela nació en Sihuas. Ella apellidaba Vidal. No es muy raro ese apellido, quien sabe si tendría algo que ver con el dios germano Vidar (dios del silencio y la venganza, hijo de Odín).

Lao Tzu
Fuente: www.elquecorreconlobosii.blogspot.com
Llegar mi bisabuela a la fonda de mi abuelo y él enamorarse de ella, fue algo que sucedió muy rápidamente. Mi bisabuelo la pidió en matrimonio y ella aceptó, pero con una condición: el tenía que bautizarse. Mi bisabuelo jamás había pensado en semejante eventualidad. Pero estaba tan enamorado que aceptó. Bautizarse significaba cambiar de religión, cambiar el nombre y los apellidos y, por supuesto, tenía que cortarse la coleta. Mi abuelo lo aceptó todo. El sacerdote que lo bautizó le dio su apellido y le puso como nombre Ildefonso, Ildefonso Lobato. Una vez casado, mi bisabuelo jamás volvió a cortarse el cabello. Llevaba la coleta escondida bajo un gorrito que jamás se quitaba de la cabeza.

Yo, la verdad nunca supe mayormente nada de mi bisabuelo, algunas de las cosas que aquí cuento es porque comencé a preguntarle a mi tío Francisco Lobato –el porqué su apellido se escribe “Lobatto” es otra historia graciosa, si se quiere, porque quien estaba encargado de registrar su nacimiento no quiso ponerle “Lobato”-, quien me contó algunas de las cosas que he relatado y mi madre –Irma Lobatto- me las confirmó. Comencé a preguntar porque un día me desperté recordando haber soñado algo que me dejó muy sorprendido: había soñado con mi bisabuelo, a quien jamás vi ni siquiera en foto. En el sueño, él me decía simplemente: quiero regresar al Tao. Yo era ya antropólogo pero jamás me había preocupado de nada relacionado con las ideas y creencias de los chinos. Por curiosidad comencé a preguntar y me enteré que había un templo taoísta en Barrios Altos, Lima. Fui y me sucedieron una serie de cosas curiosas las veces que me dirigí a ese templo.

La cuestión es que después de eso me comencé a familiarizar, por una pareja (hija de un chino) que tuve poco después, con el I Ching o Libro de las transformaciones. Y algo me impulsó muy fuertemente a ir a visitar la tumba de mi bisabuelo, en el lugar donde realmente nací: Samanco (porque en mi partida de nacimiento figura Chimbote).

Producto de todas estas experiencias fue que comencé a estudiar a Lao Tzu. Incluso tuve la suerte de estudiar –algún tiempo después- el taoísmo en un posgrado de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, que era dictado por el taoísta Guillermo Dañino (así lo habían reconocido oficialmente los taoístas en China, donde ha vivido desde mediados de los años setenta del siglo pasado… y aún sigue viviendo). Fruto de todas estas experiencias y lecturas son estas reflexiones del Tao te ching de Lao Tzu, de quien leí como siete versiones españolas y algunas más en inglés.

Por todo esto, no considero lo dicho en este escrito algo que se refiera simplemente a China. Comenzando porque yo no soy chino. Y, como peruano, todas mis ideas -aunque yo no lo quiera-, se manifiestan de acuerdo a la cultura en la que me he criado, en la que he vivido. Soy plenamente consciente de que si los chinos leen este texto lo considerarán extraño a ellos, porque así es.

Todo lo que hace una persona, por más que estudie cualquier cultura del mundo, tiene la impronta del lugar donde pertenece. Es de ese lugar, no de ningún otro. Por eso es que ésta no es una interpretación china del Tao te Ching, sino que es una interpretación peruana, hecha desde el Perú por alguien que desciende de un chino pero que jamás fue a China. Lao Tzu mismo no eran tan chino como se pretende. Sus ideas se acercan a lo occidental más de lo que podamos pensar.

 

Lao Tzu

Lao Tzu nació en Hunan. Ese no fue su verdadero nombre. Y si significaba Viejo Maestro, era solamente un eufemismo, porque tampoco fue viejo cuando salió de China. Por eso es que se dice que la traducción más adecuada sería la de Joven Viejo. Era de origen noble, por ello es que estaba encargado -durante los últimos tiempos de la dinastía Zhou, por el rey Wu-, de la Biblioteca Real, de los archivos imperiales, donde tuvo la oportunidad de dedicarse a estudiar los libros más importantes allí contenidos. La calidad y la cantidad de lo leído por este personaje, debe haber sido inmensa, porque no a cualquiera se le confería el cuidado de una biblioteca.

Los estudios de Lao Tzu se centraron en aquellos libros que estaban dedicados al Tao. La filosofía más antigua de China es precisamente la taoísta y utiliza en esencia el Tao te ching escrito por él (Guillermo Dañino dice que es el libro más leído actualmente en China). Al estudiar esta filosofía antigua, pudo comprender que el Tao es sólo, o básicamente, el conocimiento del ser humano y de la naturaleza, de las leyes que los rigen.

Lao Tzu fue un pensador que estaba en el lado opuesto de aquel otro personaje que destacó en su tiempo y que se conoce como Confucio. Todo su trabajo es una polémica contra las concepciones confucianas. Solamente teniendo en cuenta esta polémica se puede entender muchos de los pasajes del Tao Te Ching. Confucio luchaba por recuperar títulos nobiliarios perdidos, glorias familiares pasadas, por llenarse de riquezas, etc., y siempre se destaca su egolatría, ambición e ignorancia (especialmente, aunque no únicamente, en “Las analectas”). Destacó, en los últimos años de su vida, el I ching (el Libro de las transformaciones), diciendo quería dedicarse a este libro solamente. Pero los comentarios que hizo a ese libro, cuando los leemos, en ellos podemos apreciar su falta de originalidad. Todo lo que dice es casi repetición exacta de los anteriores comentaristas. En realidad lo que quería decir Confucio es que deseaba dedicarse sólo a adivinar el futuro. Porque el I ching se puede leer de múltiples maneras, y siempre será diferente de acuerdo a la persona que pide una consulta.

Confucio llegó a estar satisfecho de su situación porque llegó a conseguir –en esencia- lo que se proponía, es decir tener una situación de poder. Por eso es que el presente ya no le interesaba, sino sólo para conservar lo que había logrado. Con esta finalidad comenzó a mirar el pasado y planteaba el mantenimiento de los ritos. El futuro era para él simplemente una extensión que le permitía mantener su posición de poder. Esto es lo que le daría la estabilidad que precisaba y, por eso, tenía que preocuparse de mantener bien posicionados tanto su doctrina como a quienes serían sus herederos en el futuro.

Quizá sí haya ido Confucio a visitar la Biblioteca real donde trabajaba Lao Tzu. Quizás se entrevistase con él, pero no porque fuera éste un anciano -que no lo era-, sino por los conocimientos que había obtenido de los libros y que sabía exponer y aplicar hábilmente a la vida. Quería conocerlo, mostrarse superior, con esa elocuencia que solamente los fatuos pueden desplegar. Claro que no se puede negar que tuviera conocimientos y que fuera muy hábil para utilizarlos. En sus libros encontramos muchas enseñanzas y reflexiones que nos resultan útiles, incluso, por supuesto en “Las analectas”. Pero él conocía también sus limitaciones. Por eso sus discípulos se empeñan en negar que hubiese tenido lugar tal encuentro.

La polémica con Confucio recorre todo el libro de Lao Tzu de manera palmaria. Lo que nos quiere decir que sus vidas sí han de haber coincidido en el tiempo, aunque nunca coincidieron en sus ideas y en sus objetivos. La vida que llevaron ambos y el final que tuvieron así lo muestra. Esta polémica también podría ser una evidencia más del encontrón que habrían tenido ambos. Por supuesto, los encontrones entre los chinos no son tan violentos como suelen ser entre nosotros, los peruanos.

Que Confucio no veía con buenos ojos a Lao Tzu, lo demuestra el hecho de que el Tao te ching jamás fue puesto entre los clásicos chinos (que él escogía). Ni siquiera fue puesto entre esos libros por los sucesores confucianos. Además, su lenguaje salía completamente del que utilizaban los pensadores más destacados de la tradición china. La forma expositiva de este libro tiene parecido más con el pensamiento occidental moderno que con el pensamiento chino tradicional. Es por eso, esencialmente, que no se le comprendía… además, estaba ordenado al revés (se tiene que leer comenzando por el capitulo 81 y terminando por el primero).

Pasado el tiempo, para poder utilizarlo -puesto que no podían ignorarlo-, los representantes de la intelectualidad oficial china, tuvieron que hacer una mezcla, es decir, unir lo que no se podía unir: a Lao Tzu con Confucio. Solamente así comenzaron a leerlo e interpretarlo. O a pretender interpretarlo, porque lo que decían era de lo más  contradictorio y absurdo. Se castró al pensamiento de Lao Tzu de su lado más incómodo para los sectores gobernantes contra los cuales él había insurgido y sacrificado tanto. Se castró este libro de su lado rebelde.

Durante su vida -cuando se dedicaba a cuidar la Biblioteca Real-, la sociedad de su tiempo se debatía en muchas guerras. Por esto es que ese tiempo se llamó “El Periodo de los reinos combatientes”. El rey y su corte solamente tenían cuidado de acumular tesoros y hacer la guerra para obtenerlos, sin preocuparse en lo más mínimo de la seguridad y del bienestar de sus súbditos, que pasaban tantos males y maltratos ocasionados por la ambición y deseo de poder de sus gobernantes. Los mejores miembros de los sectores populares, los jóvenes, eran obligados a incorporarse a los ejércitos y a participar en una guerra que no solamente no querían, sino que no comprendían ni, mucho menos, consideraban suya y, sobre todo, incrementaba aún más la miseria en que se encontraban.

La separación entre el pueblo y el rey era tan clara que las rebeliones se sucedían unas tras otras. Pero todas fracasaban. Lao Tzu pensaba -como lo enseñaba la historia-, que el rey tenía como función más importante y destacada, ocuparse del bienestar y de la seguridad de sus súbditos. Si no era así, derrocarlo era lo que se debía hacer, según enseñaban los antiguos.

Habiéndose empapado de lo que decían los libros, consideró que tenía que ir a conocer directamente la sociedad: tenía que estudiar a los hombres y el medio en el que se movían, en el que vivían. Debía estudiar la sociedad pero también la naturaleza que lo rodeaba y que el ser humano utilizaba de muchas maneras. Luego de estudiar los libros, la naturaleza, la sociedad, quiso poner en práctica todo aquello que había aprendido en sus estudios. Tenía que corregir lo que estaba mal en la sociedad china. Era lo que determinaba el Tao que se tenía que hacer. Eso era buscar el Tao: buscar el bienestar de las personas y el equilibrio de la naturaleza. A fin de cuentas todo era buscar el equilibrio de lo existente, teniendo como centro al ser humano.

Para conocer mejor a los hombres, tenía que conocerse también a sí mismo. No era el conocer a éste, a aquél o a sí mismo. Ninguna de esas cosas era lo primordial, lo único o lo primero. El objetivo era conocer a la sociedad, al hombre y a sí mismo, en un proceso holístico indesligado del conocimiento de la naturaleza, que servía para que el ser humano fuese mejor y viviese acorde con los designios de la naturaleza humana. El asunto era conocer a los demás y conocerse a uno mismo, conocer el medio en que vivía y saber cuidarlo y aprovecharlo.

Recorrió muchos lugares, especialmente los que estaban en la ribera del río Yang tse, el más grande de China. Bordeó los mares. Mucho fue su peregrinar. Tenía propiedades familiares que se ubicaban en los valles del gran río chino. Mucha gente trabajaba en esos valles: sus súbditos. Lo que comprendió viajando por esos diferentes lugares, visitando muchos pueblos, fue la situación tan difícil en que éstos vivían por culpa de los señores que los despojaban de sus riquezas. Pudo apreciar el cruel despojo de los productos agrícolas de que eran objeto los campesinos. Pudo ver cómo se les arrebataban los productos de su trabajo con impuestos antojadizos. Observó la leva forzada de los jóvenes, para integrar los ejércitos que eran enviados a luchar lejos de su patria, de sus pueblos, y donde la gran mayoría moría. El conocimiento de todo esto, y mucho más, lo llevó al convencimiento de que la única manera de solucionar los problemas existentes en ese entonces, era derrocar al rey, que no cumplía sus funciones. Que era vicioso y ambicioso, que despojaba a sus súbditos de sus bienes y de sus vidas. No era el único que eso pensaba. Campesinos y nobles tenían el mismo pensamiento. Es por eso que los movimientos rebeldes eran muchos por esos tiempos.

Lao Tzu puso manos a la obra. Se sabía líder, y tenía los conocimientos necesarios para conducir la lucha al éxito. Se puso al frente de uno de esos movimientos, apoyado por muchos miembros de la nobleza, descontentos de la actitud y las acciones del rey y su corte. Él era el líder. Nadie le disputó ese liderazgo. Sus condiciones y sus dotes  no podían negarse. También había estudiado, se había empapado, acerca de los conocimientos militares en los libros. Tenía solamente que aplicarlos, ahora que conocía la sociedad y la naturaleza, como ordenaba el Tao.


Se le plegaron más y más miembros de la nobleza y de la plebe. Todo iba bien. Todo se desarrollaba de una manera que hacía presagiar el triunfo. Pero, no se percató de que podía ser delatado, o quizá la excesiva confianza lo hizo descuidarse. Demasiado rápido creció el movimiento que lideraba. No era posible controlarlo todo. Y aconteció lo que tanto se temía y se teme en todo movimiento rebelde. Hubo una infidencia. Un comerciante, delató el movimiento, lo contó todo para conseguir hacer un negocio. No lo dijo directamente a las autoridades, pero sí a alguien que tenía conexión con esas autoridades. No lo hizo con malas intenciones. No quiso ser un delator. Habló para obtener ganancias. No sabía lo que hacía pero las consecuencias fueron funestas para el movimiento al que se había plegado. Lamentablemente, en China como en tantos otros lugares, por lo general los comerciantes tenían muy pocos escrúpulos y fue un gran error no haberse percatado de este simple hecho, de ese error, que resultó muy importante a su debido momento.

Lao Tzu fue delatado, queriendo o no queriendo, por el comerciante. No había otro como él, no había otro de sus características. No se precisaba decir su nombre. Se supo que él era el jefe de un movimiento rebelde de mucha fuerza, pero aún no preparado suficientemente, aún sin mucha cohesión interna. Conocido el movimiento antes de poder estar en condiciones, tuvo que abortar. Lao Tzu se vio en una disyuntiva: seguir como se lo pedían algunos que querían inmolarse en la lucha, o desbaratar todo para preservar la vida de quienes no eran aún conocidos, mientras que él y un séquito muy cercano -que eran los conocidos-, huían, al exilio. ¡Qué castigo tan terrible para quien amaba por encima de todo a su pueblo!

Todo estaba perdido, sus colaboradores iban siendo apresados unos tras otros. Pero él y sus principales colaboradores no pudieron ser habidos. El rey, no pudiendo capturarlo, tomó como medida borrar por completo su nombre y toda referencia a su persona y a su familia de los registros imperiales. Por eso ahora nada se conserva de él, aparte de algunas leyendas y datos imprecisos que n os han legado algunos historiadores tempranos chinos. Algunos de esos historiadores de su vida son… confucianos.

Lao Tzu optó, pues, por el exilio. Era doloroso. Era muy doloroso para un chino abandonar China, era muy doloroso. Se fue con su familia, compuesta por su esposa y tres o cuatro hijos pequeños. Mucho era el camino que tenían por delante. El dolor lo llevaba dentro: el dolor del fracaso, el dolor de la responsabilidad por quienes se quedaban y por quienes iban con él. No podía inmolarse, morir luchando, porque moriría también la familia de quienes quedaban con él, de quienes lo acompañarían o de aquellos que por ser desconocidos se quedaban. No podía ir a buscar refugio donde sus propios familiares porque en la vivienda de éstos sería donde primero buscarían. Sería condenarlos a muerte a todos irremediablemente. Había que cuidar a quienes ninguna culpa tenían pero que pagarían con su vida la rebelión de los miembros de la familia. Se marchó con algunos de sus más cercanos seguidores.

Dejaba el suelo patrio con mucho dolor, se dirigía hacia la India, donde encontraría un suelo que lo acogería y le permitiría vivir dedicándose a cultivar su espíritu. Se fue cruzando las montañas, hacia el oeste. Llegó al paso Hsien-ku, donde vivía una persona de confianza: el guardián de una de las puertas, en las montañas que llevaban al Tíbet. Un conocido le había recomendado a Yin Xi, jefe del pueblo que se ocupaba de cuidar una de las puertas que daban acceso al gran imperio chino. Todos se turnaban para cuidar la seguridad de China, en ese lugar fronterizo. Esta población tenía sus propios terrenos de cultivo ya que se procuraba sola sus alimentos.

En la época en que Lao Tzu y su séquito llegaron, ese pueblo fronterizo estaba de fiesta. Presuntamente era la fiesta de la cosecha. Había alegría, bailes, comida abundante, etc.  Le ofrecieron no solamente hospitalidad para el momento, sino para el resto de su vida. Supieron ver en él al hombre superior en conocimiento y en inteligencia. No aceptó quedarse. Mucha era la responsabilidad. No sabían en qué se estaban metiendo con esa propuesta. ¿Cómo podría ponerlos en peligro? Lo que sí hizo fue dejar a sus hijos con esas personas que tan bien lo habían tratado. Su primogénito se quedaría. Al menos en ese lugar viviría seguro, aunque –y precisamente por ello mismo- nadie conociese su nombre real, porque tuvo que cambiárselo: viviría en su familia, que se quedaba.

El guardián -impresionado por su sabiduría- le pidió que escribiera un libro para dejarle sus enseñanzas. Lao Tzu -que había adoptado este nombre para ser conocido allí-, aceptó, pensando que así quedarían sus pensamientos para que sus hijos lo conocieran en el futuro. Pensaba que de esa manera legaría sus pensamientos a la posteridad. Sus ideas militares, expuestas a sus seguidores de manera oral mientras los preparaba para el gran levantamiento, habían sido escritas por quienes recibieron sus enseñanzas después que pasó todo esto. Fueron publicadas con un nombre ficticio: Sun Tzu. Nadie relacionó a Sun Tzu con Lao Tzu y así “El arte de la guerra” fue consultado y aplicado por quienes lo perseguían, ganándose, por derecho propio, un lugar en la historia militar de China y del mundo.

En las reuniones que tenía con el portero Yin Xi, en las conversaciones con él y con sus allegados, en medio del jolgorio de la fiesta, en medio de la tristeza de la partida, iba escribiendo sus pensamientos en todo lo que tenía más a mano (servilletas, papeles ocasionales, etc.). Escribía en su habitación, durante las caminatas por los alrededores del pueblo, durante las conversaciones que mantenía con sus amigos del pueblo que lo acogía o con sus compañeros de camino.

Sus escritos muestran todos los estados de ánimo que lo agobiaban, las ideas contradictorias que tenía, el dolor de la inevitable partida, el deseo –que a veces lo asaltaba- de pedir el perdón al emperador por su rebelión truncada sólo para poder regresar, sólo para que se perdone la vida a sus hijos aunque perdiese la propia vida. Se puede observar también el reconocimiento de que no había posibilidad de dar marcha atrás. Se puede ver aceptación de que no tenía perdón. Sabía que ni su muerte salvaría a su familia ni a las familias de sus seguidores.

En la escritura hecha de manera tan irregular es donde está el origen del carácter disperso de las ideas que existen en el libro (no solamente de un capítulo a otro, sino, en ocasiones, en un mismo capítulo). Por eso, el Tao te ching no es un texto orgánico. Lo que le da orden es que allí se relata su vida de manera sintética. No quería que se supiera claramente lo había pasado ni quién era. Nadie debía saber de quién descendían sus hijos. Tenía que irse y se fue. Se fue con un inmenso dolor. Se fue con grandes vacilaciones. Se fue sabiendo que irse era la única manera de salvar a su familia y a las familias de sus más cercanos seguidores.

El alejamiento de su lar nativo era una especie de muerte mucho más terrible para él y su séquito de fieles, que no lo abandonarían nunca y harían lo que él decidiese, incluso sacrificar su vida si tuvieran que quedarse. Lao Tzu superó las vacilaciones y se hizo fuerte en el dolor. Se hizo fuerte por él mismo, por sus hijos, por su séquito de amigos y servidores fieles. Se fue hacia ese destino desconocido que hasta ahora se ignora. Se fue hacia el horizonte, hacia donde muere el sol… como su alma moría. En su patria solamente se supo que se había alejado hacia el oeste, adentrándose en los lugares donde los caminos desaparecían, donde la naturaleza dominaba.

Se tejieron muchas leyendas sobre su partida. Una de las versiones más conocidas lo retrata montado en un buey, yendo hacia donde nadie jamás llegó a saber.  Para imitarlo, muchos taoístas se volvieron ermitaños...  ¿eran sus seguidores realmente? En realidad, los ermitaños huían de una sociedad que les era repugnante por las deformaciones que tenían los gobernantes. Pero no luchaban, se aislaban. No conocían realmente lo que le había pasado. A su manera creían reproducir la huida de su mentor, puesto que no conocían realmente adónde había ido. Pasó el tiempo y algunos le siguieron la pista pacientemente, logrando llegar hasta el paso Hsien-ku. Pero Yin Xi no conocía lo que había sucedido antes, ni sabía tampoco lo sucedido después. Definitivamente se perdió su pista.

Nadie conoce hasta hoy en día el nombre real de Lao Tzu. Algunos historiadores han pensado –siglos después- que el nombre era Li Erh. Lo que sí sabemos es que nos dejó dos libros: Tao te ching y El arte de la guerra, cuyas similitudes son más que coincidencias.

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