Viernes, 19 de Diciembre de 2014

Memorias y representaciones de la matanza de trabajadores de Aztra 1977

Se buscará conocer las memorias que se fueron construyendo alrededor de la matanza de Aztra por haberse transformado en un acontecimiento que se caracterizó por ser arena de lucha en la legitimación de las memorias que de ella se ha tenido.

Palabras clave: historia cultural, memoria, Aztra, legitimación, huelga, represión

 

 

Introducción

El 18 de Octubre de 1977 en el ingenio azucarero Aztra (Azucarera Tropical Americana) ubicado en La Troncal provincia del Cañar, tuvo lugar una huelga de trabajadores que fue duramente reprimida por la policía, bajo el mando del gobierno militar del triunvirato, que dejó un saldo de más de 26 muertos y una decena de desaparecidos.

Desde entonces, a este hecho se lo denominó la matanza de Aztra, y ha sido considerado  un hito, no solo por haber sido un evento que conmocionó a la sociedad ecuatoriana de entonces, sino porque persistió como un emblema de las luchas sociales y obreras, entre diferentes memorias y actores involucrados.[1]

Pese a su importancia histórica, la historiografía reciente no ha abordado un análisis especifico de la matanza, por lo que los trabajos sobre el tema se remiten a aquellos realizados durante las décadas de 1970 y 1980  que  la incorporaron en un análisis general sobre el movimiento obrero, bajo un enfoque primordialmente marxista[2]. Desde esta perspectiva, la matanza fue presentada como uno de los hitos representativos en la historia de la lucha del movimiento obrero por sus reivindicaciones de clase[3]. Estos trabajos llevan implícita la noción de que el Estado “burgués” encarna los intereses de la clase dominante y como tal usaría la violencia como medio de reprimir la lucha obrera. En este esquema, el sujeto queda adscripto por  su pertenencia a las estructuras económicas y a la clase a la que pertenecen.

El principal problema de esta tendencia historiográfica es que ha tendido a naturalizar los hechos históricos, así como a reproducir las diferencias sociales en un esquema binario de dominantes y dominados que a la larga no cuestiona el uso de la violencia indiscriminada.

El presente trabajo, pretende distanciarse de esta visión en la medida que se busca poner como eje central de análisis al sujeto y su agencia, es decir de los distintos actores: el gobierno militar, agrupaciones sociales de izquierda, la prensa, los obreros y sus familiares, etc, en el acontecer histórico de la matanza, y el contexto de relaciones de poder en el que interactuaron. Se retoma para esto los aportes de la historia cultural[4], como el interés por conocer el entramado de significados culturales que los propios sujetos construyeron, se apropiaron, o a los que resistieron, y con esto el sentido que dieron a su presente.

Se entiende por memoria, siguiendo a Jelin, como una representación socialmente construida, una huella de algo que ya no está en el presente y que se evoca para darle un sentido al pasado y que se articula en función de marcos sociales desde los cuales se recuerda[5]. Estos marcos constituyen los elementos que subyacen en las versiones hegemónicas y contestatarias sobre los hechos que se fueron construyendo alrededor de la matanza y sus memorias[6].

En el caso de la matanza de Aztra, el entramado de significados que circularon socialmente fueron conformando diferentes memorias sobre los hechos, construidas por los distintos actores involucrados: el gobierno militar, agrupaciones sociales de izquierda, la prensa, los obreros y sus familiares. Cada uno de ellos se situó en un lugar diferente en cuanto al lugar y poder de enunciación desde el cual articularon sus narrativa sobre los hechos, siendo las representaciones sobre los sujetos subalternos o sectores populares el núcleo más relevante en la disputa por la apropiación de significados. Así también el lugar que cada uno de los actores tuvo en las relaciones de poder, les permitió no solo articular una política de representación específica, construir memorias hegemónicas o contestatarias, sino también materializar prácticas concretas y diferenciadas en el contexto de un hecho de extrema violencia como fue la matanza.

Para descifrar las practicas, representaciones y memorias, de los actores involucrados, se eligen tres narrativas, entendidas como huellas del pasado y de la memoria de periodos específicos: la primera es el boletín de prensa que emitió el gobierno del Triunvirato un día después de la matanza, a partir del cual se construye la versión oficial que servirá de marco narrativo para las argumentaciones más conservadoras. La segunda fuente es la publicación de un folleto dedicado a la matanza publicado por el CEDEP en 1983, que recoge información diversa, pero principalmente testimonios de trabajadores del ingenio, y las representaciones recurrentes de sectores de izquierda. La tercera narrativa, es en un soporte visual, las fotografías que fueron publicadas junto con un reportaje realizado por la revista Vistazo en su fascículo de noviembre de 1977.

 

Contexto  histórico y antecedentes

En 1976 la Dictadura del Triunvirato sustituye el gobierno de Rodríguez Lara, con un programa de gobierno que tiene como meta la transición a la democracia. Su discurso gira en torno al respeto al marco legal y la defensa de los derechos humanos[7]. En el ámbito económico las políticas del régimen están dirigidas hacia el apoyo a los grandes grupos económicos, como por ejemplo la producción de azúcar y con esto a los más importantes ingenios, mediante exoneración de impuestos, y la privatización del comercio de azúcar.[8] Así también sostendrá políticas fuertemente autoritarias con sectores populares y “(...) una escalada represiva del movimiento obrero (que tuvo su expresión más bárbara en la masacre cometida contra los trabajadores del ingenio azucarero Aztra, el 18 de Octubre de 1977) igual que contra movimientos populares como el de maestros y estudiantes (...)”[9]

Por otra parte el movimiento sindical, a nivel nacional,  había fortalecido su organización y capacidad de movilización durante la década de 1970, logrando en mayo de 1977 que tres centrales sindicales se unieran para realizar un segundo paro nacional, donde participaron trabajadores pertenecientes a los sectores de ferrocarriles, ingenios azucareros, telecomunicaciones, bancos, obreros industriales, profesores, estudiantes, organizaciones campesinas, que fue duramente reprimido y que incluyó encarcelamiento de dirigentes[10]


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El sindicato y comité de empresa de Aztra (organización de trabajadores) consiguieron en el segundo (1974) y tercer contrato colectivo (1976), la disposición gubernamental de obtener el 20% de utilidades anuales de la empresa.[11]

La empresa Aztra (con casi cuatro mil trabajadores) que había pasado a ser casi en su totalidad propiedad del Estado en 1972[12], incumplió el pago de utilidades a los trabajadores durante un año (desde septiembre de 1976), pese a que en agosto de 1977 se decretó una nueva alza de precios del azúcar y posteriormente en septiembre, la supresión del 20% de participación a los trabajadores.

En este contexto, en septiembre de 1977, los trabajadores presentan un pliego de peticiones, en el Ministerio del Trabajo, siendo el pago de utilidades la principal demanda, además de estabilidad laboral y tabla de remuneraciones[13].

Las demandas laborales como el aviso de huelga que pronunciaron los trabajadores del ingenio, siguieron el derrotero legal pertinente, tanto en Quito como Azoguez, donde las autoridades competentes dieron prerrogativas posponiendo la viabilidad de los trámites legales.

Ante esta situación, los obreros declararon una huelga pacífica el 18 de Octubre de 1977. Durante la jornada estuvieron reunidos en el ingenio de forma apacible, y a horas de la tarde, en momentos en los que arribaron numerosos familiares de los trabajadores llevando alimentos, también llegó un escuadrón de la policía que dio un aviso de dos minutos para el desalojo de las instalaciones, tras lo cual, casi inmediatamente empiezan a lanzar bombas lacrimógenas. A partir de ese momento el caos se generaliza y un grupo de trabajadores tratando de huir de las bombas cae en los canales de riego, de donde se sacaron en los siguientes días, 26 cadáveres (cifra oficial), que según la versión oficial murieron ahogados.

Los acontecimientos posteriores están envueltos en una serie de relatos contradictorios principalmente en cuanto a la cantidad de muertos, causas de las muertes, reclamos de los familiares por los cuerpos, y los pedidos de justicia que aclare quienes son los culpables.

Las organizaciones sindicales, partidos de izquierda, universidades y estudiantes reaccionaron inmediatamente repudiando los hechos a través de comunicados de prensa protestas, marchas, huelgas, etc.

Con la vuelta al régimen democrático se intentó abrir el caso, pero las autoridades argumentaron que al haberse dictado autos de sobreseimiento definitivos, era imposible su apertura jurídica.

 

Memorias Hegemónicas. Versión Oficial

En un comunicado oficial del ministerio de gobierno, dirigido a los medios de comunicación el 19 de octubre de 1977, el gobierno formuló lo que se podría denominar “los marcos narrativos de la versión oficial”, que se convierte en una de los discursos más significativos y partir del cual se va configurando lo memorable y al mismo tiempo el escenario de luchas por las distintas interpretaciones de los hechos.

Las ideas centrales de esta versión son[14]

1.      “Mil ochocientos trabajadores fueron azuzados por conocidos agitadores que se tomaron la instalaciones”

2.      “El desalojo se llevó a cabo por la ilegalidad de la huelga y para precautelar los intereses del Estado, la intranquilidad y la inseguridad”

3.      “Ciento cincuenta policías cumplieron la orden para precautelar las instalaciones siguiendo los siguientes pasos:

§   Pedido reiterado de abandono de instalaciones que fue respondido con palabras y actitudes desafiantes

§   Agotado el recurso se procedió al lanzamiento de gases lacrimógenos

§   Los trabajadores empezaron a abandonar las instalaciones cuando los dirigentes los guiaron en forma sospechosa a que el abandono lo hagan por la vía a los canales de riego, donde mueren ahogados seis zafreros, cuando lo lógico es que salgan por la puerta que conduce al carretero

De esta argumentación se deslinda elementos claves que nos remiten a los marcos sociales y representaciones desde los cuales se articula la versión oficial, con la pretensión de convertirse en hegemónica: la legalidad de la acción gubernamental; el desplazamiento de los culpables de los acontecimientos a “conocidos” agitadores; y la autoridad de formular una política de representación sobre los obreros, y con ellos a los sectores populares[15].

El argumento de la legalidad permite al gobierno el poder de hablar desde un lugar de autoridad, y credibilidad social, al ser un régimen que se avoca a la vuelta a un Estado de derecho en un ambiente de defensa de la paz social.

La “inocencia” del Estado, se traduce de forma reduccionista y de ejercicio absoluto del poder, a encontrar los culpables en los agitadores que están imbuidos de ideas “subversivas y comunistas”, argumento reiterativo de las dictaduras militares de América Latina del siglo XX para referirse a los “enemigos de la nación”, en este caso integrantes y dirigentes obreros, en un momento que el movimiento obrero tiene una alta convocatoria. Por otra parte se presenta una noción “subalternizada” de sujeto, en la que los trabajadores no tuvieron agencia propia, sino que fueron inducidos a ser parte de la huelga. Así lo confirma la versión del Ministerio del Trabajo:

“(...) los dirigentes azucareros azuzadores e interesados en el caos (...) obligan a los zafreros que son los trabajadores eventuales a mantener una actitud de paro, a la vez que les arengan despertándoles odio y pasión (...)[16]

Los marcos narrativos para pensar a los sujetos se inscriben en un complejo social de relaciones sociales jerárquicas y asimétricas donde la clase y lo étnico, determinan su posición. Así los obreros, cuyo componente étnico es diverso, pero con fuerte migración de indígenas de la sierra, solo pueden tener acciones orientadas por el odio y la pasión, además de ser victimas manipulables por la acción de unos “agitadores” que no actúan por el interés del orden de la nación sino por ideologías foráneas y subversivas.

Al mismo tiempo que se legitiman los discursos sobre la legalidad e inocencia del Estado, este va configurando una política de representación, que se visualiza en las valoraciones de los discurso arriba citados al referirse a los sectores populares. Los comunicados de prensa muestran no solo el lugar de enunciación desde el cual el Estado se arroga la autoridad de representar, sino también una dicotomía o dualismo, entre mente- cuerpo, racional-irracional, político- no político, en tanto les da a los sectores populares, un estatus de anonimato y un universo simbólico regido por la pasión, odio, manipulación, etc., que supuso una forma de despolitizar los reclamos sociales y vaciar al sujeto de agencia.

Estas representaciones políticas subalternizadas de los sectores populares, si bien fueron apropiadas por el Estado para legitimar el uso de la violencia, circulaban socialmente y se reprodujeron y manifestaron en distintos soportes que constituyen huellas de una política de representación de los cuerpos de los subalternos.

Dichos discursos fueron retomados y apropiados por el Estado y con estos legitimó el ejercicio de la violencia sobre los cuerpos. Esta violencia, entendida como una acción de agresión tanto simbólica como física, en las practicas, se materializó en instancias como el poder eliminar físicamente a los obreros en aras de proteger los “intereses nacionales” y reprimir los reclamos de los familiares por los cuerpos de los obreros muertos.

Por otra parte, la violencia simbólica que se manifestó sobre los cuerpos, no es explícita, ya que se teje en los discursos de maneras sutiles y metafóricas en las que son presentados y violentados. En dichos discursos subyacen operaciones que establecen analogías entre lo irracional, lo anónimo, lo popular, lo emotivo, lo sensorial, y por lo tanto en la expresividad de lo que está fijado en la materialidad del cuerpo. Como afirma Porter, en el pensamiento occidental[17] existe una subordinación y dualismo del cuerpo por oposición y frente a la importancia que tiene la mente, así: “Este dualismo ha sido una fuerza que ha configurado profundamente el uso lingüístico, los esquemas de clasificación, la ética y los sistemas de valores. A la mente y al cuerpo se les han asignado tradicionalmente atributos y connotaciones distintas. La mente es perceptivamente superior a la materia”. [18]

En los sistemas de valores sociales, y el político como parte de estos, están inscriptas las analogías sobre el cuerpo y la mente. Lo altamente valorado como lo racional en la política corresponde a las representaciones de la mente, mientras que lo irracional, infravalorado y despolitizado, está representado en el cuerpo y sus manifestaciones emotivas.

De esta manera se reactivan dispositivos vigentes sobre las representaciones estigmatizadas[19] de los sectores populares, que quedan subalternizados, convertidos en cuerpos emotivos, desposeídos de agencia política y deslegitimados en su capacidad de representarse.

 

La versión de las imágenes

Tras la matanza, los medios de prensa escrita y publicaciones periódicas[20], de mayor circulación del país cubrieron los hechos y conformaron un espacio en el que se fueron produciendo también representaciones de los hechos y de los sectores populares con una amplia repercusión a nivel nacional en la construcción de una memoria ampliada. Si bien reconstruyeron e interpretaron narrativamente los hechos y reflejaron las opiniones emitidas por distintos actores sociales y políticos, por otra parte reprodujeron representaciones sobre los subalternos socialmente legitimadas y en estrecha relación con la versión oficial del gobierno.

La información y las narrativas están en la mayoría de los casos acompañadas con imágenes que pretenden complementa o reforzar lo afirmado en la textualidad, pero sobretodo pretenden ser un reflejo de la realidad.

Sin embargo, como huella de una forma de presentar e interpretar los hechos, las imágenes responden a una lógica diferente a la textualidad. Si bien puede tener (o no) una correlación con lo escrito, las características del soporte implican diferencias importantes en tanto “El ver y el representar son actos “materiales” en la medida en que constituyen medios de intervenir en el mundo. No “vemos” simplemente lo que está allí, ante nosotros. Más bien, las formas específicas de como vemos –y representamos- el mundo determina cómo es que actuamos frente a éste y, al hacerlo, creamos lo que este mundo es.”[21]

Los aportes de Pool, permiten cuestionar la idea de que las imágenes son una forma objetiva y mimética de presentar la realidad y que por el contrario, las imágenes operan bajo un régimen de visión que está atravesado por complejos sistemas de significados, políticos y culturales que ordenan, jerarquizan y dan sentido a la forma de presentar y consumir las imágenes.[22]

Tal es el caso de las fotografías que fueron publicadas junto al reportaje realizado por la  revista Vistazo en su fascículo de noviembre de 1977[23].

En este reportaje, además de narrar los acontecimientos en un formato de texto, presenta una narrativa en imágenes que se centra en fotografías sobre el funeral del único muerto oficialmente reportado en el momento que fue realizado el artículo; así como en las imágenes de las protestas de los familiares de las víctimas por el reclamo de los cuerpos. En la economía del espacio dado a las imágenes, predomina la presencia de subalternos, en expresiones de sufrimiento, y la narrativa textual refuerza estos contenidos.  Destaca la foto de portada del artículo: una mujer indígena, (familiar del difunto velado), que llora con gestos de dolor y súplica.

La manera en cómo está organizada y presentada la narrativa visual, nos permitirá analizar la política de representación de las imágenes a la cual se adscriben las fotografías, en tanto se enuncia en este caso, desde un régimen de visión que representa a los sujetos desde un enfoque subalternizado.

La revista de circulación masiva dirigida a un público de clase media principalmente urbano, se caracteriza por artículos de actualidad y por mostrar los acontecimientos “relevantes” de la vida social ecuatoriana.

Nuevamente los aportes de Pool sobre el valor de uso y valor de cambio[24] de las imágenes, permiten ver las dimensiones que adquiere en la economía de visión las representaciones visuales de la fotografía mencionada. Así, el valor de uso, o la finalidad que tiene la fotografía de la portada, es la de representar “la realidad”[25], en este sentido, pretende reflejar la crueldad de la represión de la matanza, y como ésta es sufrida por los familiares de los muertos.


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Por otra parte el valor de cambio o los usos sociales de la imagen permiten entender los contenidos de la narrativa visual, por cuanto son las representaciones vistas o consumidas y que “adquieren valor a través de los procesos sociales de acumulación, posesión circulación e intercambio”[26]

Al ser los sectores medios el principal público que consumía la revista Vistazo, sus imágenes y contenidos discursivos estaban organizados para establecer una red de significados compartidos con estos grupos sociales.

Por una parte en el artículo se manifiesta, en el discurso textual, repudio hacia la matanza, y con esto una “denuncia” a los actos del gobierno, y un cuestionamiento a la política de coyuntura que se vive en 1977, en el proceso de transición de la dictadura a la democracia.

Para esto, en un preámbulo donde narra los antecedentes de la matanza, da cuenta de las irregularidades que tuvo el gobierno militar a nivel empresarial. Así la prensa se arroga el poder de denunciar y reclamar por justicia como portavoz amplio de los “supuestos” intereses de la ciudadanía, idea que convoca principalmente a las clases medias. El orden de la narrativa continúa describiendo los acontecimientos más relevantes de la matanza, y recoge distintas versiones de los hechos, entre ellos los testimonios de los familiares de las víctimas.

En esta línea de la narrativa textual, se pretende establecer un paralelismo o acompañamiento en imágenes, sin embargo, se puede observar que existe otra lógica de representación en las fotografías. Éstas sostienen más bien una crónica “amarillista” de los eventos, realzando los elementos sensacionalistas, “emotivos” y corporales de los sujetos presentados, la mayoría subalternos.

En las imágenes, no habría la protesta de la “ciudadanía”, que señala el discurso textual, ni una denuncia sobre la violencia ejercida por el gobierno, sino que se prioriza representar a los familiares en gestos y posiciones corporales de dolor y sufrimiento.

La relación que subyace con el discurso oficial del gobierno antes mencionado, es la de presentar a los sectores populares en analogías y metáforas con lo irracional y lo emotivo que se deslinda del sufrimiento y el dolor en la expresividad de lo que está fijado en la materialidad del cuerpo.

Esto se evidencia en la presentación de la imagen de portada del artículo, una mujer, indígena familiar de uno de los muertos. La imagen se presenta atravesada por una triple subalternización, de género, étnica y de clase, a lo que se suma su despolitización. Esto se demuestra al elegir presentar a una mujer, que por su vestimenta denota que es indígena, y cuya  posición de su cuerpo establece  la metáfora emotividad-irracional-mujer-cuerpo. Esta red de significados expresan una inferiorización en la que se representa a un sujeto que pierde su agencia política, ya que no hay ni un posicionamiento con respecto a las estructuras de poder dominante, ni un reclamo o participación de demanda de justicia “ciudadano”, sino un gesto de súplica y dolor. Su cuerpo mismo se convierte en espacio de disputa política[27], en el que  se prioriza la subalternizacion de los sectores populares, en la disposición y relevancia que se da u omite a los personajes, sus gestos, posiciones y sinónimos de lo corporal con formas de actuación política.

Las fotografías son producidas al igual que el texto, reforzando el significado y el lugar que deben tener los sectores populares en las estructuras sociales y de poder, en un discurso social de la diferencia que al circular, activa representaciones que legitiman indirectamente la violencia sobre sus cuerpos.

La imagen mencionada apela al sistema de valores sociales y político imperante, en el que subyacen no solo posiciones asimétricas de poder, sino también dicotomías y analogías sobre el cuerpo y la mente, y donde los subalternos, indígena, mujer está infravalorado y despolitizado

Los periodistas y fotógrafos se enuncian desde un lugar de autoridad y legitimidad para hablar e interpretar a los subalternos, ellos establecen cuando y porque los sectores populares sufren o son víctimas de la injusticia.

 

Memorias “contestatarias”

Las interpretaciones contestatarias a la versión oficial fueron numerosas y diversas[28]. Particularmente interesa la versión que se realizó en 1983, en el contexto de un gobierno democrático, por parte del CEDEP[29] que con la publicación de un folleto educativo, plantea su interpretación en los siguientes términos:

“En los últimos años el acto de represión más salvaje cometido contra nuestro pueblo es la masacre de Aztra (...) La versión de los hechos difundida por el gobierno a través de medios de comunicación tendían a tergiversar completamente la verdad y a minimizar la real magnitud de la masacre, afirmando que los muertos eran 26 y que perecieron ahogados, acusando al comunismo internacional a ser responsable de los hechos aciagos. Ocho años después, los culpables de la masacre han quedado en la completa impunidad, y en la memoria de nuestro pueblo se desdibuja este hecho por el peso de la desinformación. Por esto y por la importancia histórica de la masacre y su significado para el movimiento popular, es necesario que la enseñanza que nos legaron aquellos valerosos zafreros perdure en las futuras generaciones como un ejemplo de heroísmo y convicción, para que sea tomada en cuenta en el momento en que los obreros y campesinos hagan justicia.”[30]

Las ideas que se deslinda de esta “presentación” sugieren que la memoria funciona aquí como un “trabajo” para conjurar la impunidad, para resignificar los hechos en un marco social cambiante,  “(...) en un presente que se tiene que acercar y alejar simultáneamente de esos pasados recogidos en los espacios de experiencia y de los futuros incorporados en horizontes de expectativas.”[31] Así se le da un sentido al pasado, al proyectar la memoria en “enseñanza para generaciones futuras”, se combate por apropiarse de las representaciones para tener una versión contestataria que además es “verdadera”, en dos planos: en el número de muertos y en las causas de matanza.

¿Quiénes son actores “autorizados” para construir la versión verdadera? El texto presenta una polifonía de voces, siendo los trabajadores que vivieron los hechos quienes tienen el mayor protagonismo. Sin embargo, este sujeto está enunciado desde una “sobre” agencia, mitificado por la ejemplaridad del “heroísmo” de sus acciones.

Los marcos narrativos para pensar a los sujetos tienen un afluente en los discursos sociales de la izquierda latino americana de los años setenta y ochenta, donde los trabajadores y los sectores populares, son la clase portadora de la emancipación. Por su papel en una versión teleológica de la historia, son un grupo anónimo, compacto y homogéneo, portadores de los más altos valores de la modernidad: la verdad, la justicia, lo heroico, etc. La matanza se presenta como un hito más en la historia del movimiento obrero[32].

 

La violencia, los muertos y los culpables

El documento producido por el CEDEP, ofrece una serie de relatos o testimonios que es posible indagar para intentar entender el escenario desde el cual los protagonistas recuerdan y olvidan, en tanto que lo memorable se convierte en los significativo para los testigos en un momento de extrema violencia, como menciona Beverly: “ La situación del narrador en el testimonio siempre involucra cierta urgencia o necesidad de comunicación que surge de una experiencia vivencial de represión, pobreza, explotación, marginalización, crimen, lucha”[33]

De las múltiples evocaciones sobre los acontecimientos de la matanza, podríamos enunciar tres temas que combaten por tener un sentido y significación preponderante en los actores: los culpables de la masacre, la violencia, y el número de muertos.

Según la versión oficial, la “masa” de los obreros no son los culpables de la matanza sino víctimas de un grupo de agitadores, mientras que las versiones de los grupos de izquierda acusan al gobierno de autoritario y represor. En un tercer plano encontramos a los obreros, que en sus testimonios buscan significar su agencia en un plano más concreto:

“Hay un comentario que decían a favor de la empresa (...) que hemos estado borrachos (...) todo es falso. Pasamos el día tranquilos. (...)  La huelga es hecha por los trabajadores que ya no resistíamos más el engaño de los patronos que nos decían que esperen, que esperen. Que lo nuestro se va a arreglar de un momento a otro. No ha habido dirección de sindicatos ni de comité de empresas, ni de organizaciones sindicales. Absolutamente no ha habido nada de eso. Fue de puro trabajadores. Porque ya estábamos indignados” [34]


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El número de muertos constituye en las narrativas, un elemento altamente disputado en cuanto significa la relevancia y dimensiones otorgadas al acontecimiento. Si por un lado la versión oficial señala 26 “ahogados”, las denuncias o versiones contestatarias presentan un número de más de cien desaparecidos[35]. Esto abre múltiples aristas de interpretación que corresponden al núcleo de memorias sobre los hechos, en tanto el gobierno declara que fue un desalojo sin violencia en el marco del respeto por los derechos humanos, todos los relatos hablan de una matanza con grados extremos de violencia, represión y muerte.

Las memorias evocan de forma no lineal y a veces con “errores” de precisión los eventos, sin embargo reparan en los siguientes acontecimientos:

Tras el aviso de la policía de dos minutos para el desalojo de las instalaciones, lanzaron bombas lacrimógenas y se dió la orden de disparar. Los policías además, habrían golpeado brutalmente a los obreros, y habrían empujado a los canales de riego a muchos heridos y muertos por las balas, encontrándose las vías de acceso cerradas y custodiadas.

“No podíamos nosotros cómo defendernos. En eso cayeron muchos compañeros y también esposas, niños al agua”[36]

“(...) decían a los compañeros trabajadores que les encontraban medios vivos les han botado al caldero. El resto de la masacre han sido echados al agua”[37]

“Ahí había estado vendiendo una mujercita cigarrillos, caramelos, chicles. Con una bebecita. Ella ha venido al ingenio y ha puesto este negocio. (...) Comenzó el movimiento de la gente y ella trató de cogerle a la niña y a tiempo le cayó una bomba de gas al lado. Ella ese rato soltó a la criatura y ella también rodó por ahí. De esa señora no se sabe si fue muerta en el canal. O botada a los calderos.”[38]

La heterogeneidad de personas que estuvieron presentes en la huelga dista mucho de ser únicamente obreros de planta, se encontraban sus familiares (esposas, hijos, hermanos, etc) que fueron al ingenio a llevar comida a los trabajadores en huelga. Así también había en el lugar pequeños comerciantes ambulantes, trabajadores temporales que migraban a la zona para periodos de zafra, etc. Estos “otros” presentes y recordados, conformaron un número indeterminado de desaparecidos, ya que se desconoció si murieron, huyeron o no fueron reclamados por familiares.

Al día siguientes de la matanza, se cerraron las instalaciones del ingenio y se transportaron los cadáveres a Azoguez donde fueron entregados a los familiares, los “26 ahogados”.

“Entregaban sólo los cadáveres que sean de Quito, de Azoguez, de Cuenca, menos de La Troncal”[39]

Los familiares que reclamaron los cuerpos en Azogues recibieron la información oficial en base a las autopsias que determinaban las muertes por ahogo y por ataque cardíaco. Las respuestas fueron irónicas y de enojo:

“La casa del doctor Ullaguari ha sido atacada por el pueblo, porque este doctor ha puesto que habían muerto por ataque cardíaco. Esta declaración está por la prensa. O sea que habían habido muchos cardíacos. Esto calentó al pueblo y fueron a derribar la casa, La gente decía: ya que el doctor ha hecho la autopsia de los cadáveres, nosotros vamos a hacer la autopsia de la casa de él”[40]

De esta manera los testimonios dan cuenta de unos marcos narrativos diversos y mediados por la violencia del acontecimiento, donde la lucha de significados radica en el combate a la versión oficial. La memoria de la violencia y la muerte de parientes, compañeros, y unos “otros familiares” se constituye en la trama que da sentido al recuerdo del pasado

 

Conclusiones

El presente trabajo ha pretendido dar luces sobre como un acontecimiento como la matanza de Aztra de 1977 que fue uno de los episodios de mayor violencia de la historia contemporánea del Ecuador, puede generar versiones altamente ideologizadas que se transforman en memorias oficiales que homogenizan los marcos narrativos desde los cuales se reproducen y piensa los hitos históricos de la nación y los gobiernos dictatoriales.

El grado de “éxito” de estas versiones se traduce en que socialmente la memoria ha realizado un desplazamiento u olvido de lo violento, hacia una zona neutral que naturaliza estos acontecimientos y que al mismo tiempo invisibiliza a los actores y los vacía de agencia.

Estas versiones se encuentran atravesadas por representaciones que se pueden encontrar en el discurso oficial, la prensa escrita y las imágenes fotográficas, que se constituyeron en huellas de una política de representación de los cuerpos de los subalternos para reforzar un discurso y practicas violentas en tanto ponen a los sujetos en un lugar de enunciación que los subalterniza, despolitiza y vacía de agencia. El espacio desde los cuales operan dichos discursos son los cuerpos, metáforas de los elementos más desvalorizados del sistema de valores sociales y de las relaciones de poder.

Así se refuerza la política de representación de los cuerpos de los subalternos en un discurso que se autoproclama como verdadero, en tanto convoca a una red de significados que a su vez excluye nuevamente a los subalternos a participar o tener voz en las versiones de los acontecimientos.

En contraste a estas memorias, se ha querido también dar relevancia a los testimonios de los trabajadores, que combatieron la versión oficial, tratando de desarticular sus principales argumentos. Así también los testimonios permiten visualizar otras memorias, imbricadas en marcos narrativos complejos, que deben ser leídos en su propia lógica que no está exenta de contradicciones, fisuras y experiencias compartidas en su diversidad.

La matanza de Aztra fue un tema abordado en las Ciencias Sociales como parte de las luchas del movimiento obrero, sin embargo en distintos períodos y para distintos grupos, representó una arena de lucha por apropiarse de sus sentidos y significados.

Cabe aclarar, que en el presente ensayo solo se trabajó una cantidad limitada de fuentes primarias y secundarias que abordan el tema, por lo cual un mayor contraste de fuentes ayudaría a profundizar el análisis sobre la matanza de Aztra, principalmente considerando las versiones construidas por los propios subalternos, tarea que esperamos se realice en un futuro próximo.

 


Notas:

[1] Los actores sociales se refiere principalmente a quienes se sentían identificados con el significado de la matanza: sectores de izquierda, obreros, sindicales, estudiantes, docentes, organismos de derechos humanos, etc.

[2] Del análisis de la bibliografía especializada en el tema (ver cita N°3)  se deduce que ésta, en términos generales, partía del supuesto de que la “clase” obrera cumplía un rol teleológico en la historia universal, ya que como clase y con ella toda la sociedad, conseguirá emanciparse, del dominio capitalista.

[3] Ver: Víctor Granda Aguilar, La masacre de Aztra, Publicación de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Cuenca, Cuenca, 1979; Jorge Oviedo, “El movimiento obrero  ecuatoriano entre 1960 y 1985” en  Ayala Mora Enrique  Nueva historia del Ecuador. Época Republicana IV. Volumen 10. Corporación Editora Nacional. Quito 1983.; Osvaldo Albornoz Peralta,  Historia del movimiento obrero ecuatoriano, Edit. Letra Nueva, Quito, 1983;  Agustín Cueva,  El proceso de dominación política en el Ecuador, Edit. Planeta, Quito, 1998.

[4] Roger Chartier, El orden de los libros: lectores, autores, bibliotecas en Europa entre los siglos XIV y XVIII, Barcelona, Gedisa, 1994.

[5] Elizabeth Jelin, Los trabajos de la memoria Madrid, SXXI, 2002. Cap. 2

[6]I Alessandro Portelli, La orden ya fue ejecutada, Buenos Aires, FCE, 2003, pp. 14 y 15

[7] Laura Buitrón y otros, Aztra Perdón y Olvido de una Masacre, Revista del CEDEP (centro de educación popular), N º 14, Serie Educación Popular, Quito, 1985. p.21. En este texto se cita las declaraciones del gabinete de gobierno en un artículo del diario El Comercio del 26 de Octubre de 1977 titulado “El gabinete rechaza acusaciones contra ministros por Aztra” donde de declara: “(...) el gobierno seguirá resguardando la paz, el orden y respetando los derechos humanos que han sido norma de su gobierno, alcanzando por ello el reconocimiento internacional e interno”.

[8] Agustín Cueva.: El proceso de dominación política en el Ecuador, Edit. Planeta, Quito, 1998. p.84

[9] Ibdem, p.84

[10] Osvaldo Albornoz Peralta.: Historia del movimiento obrero ecuatoriano, Edit. Letra Nueva, Quito, 1983  p.100

[11] Víctor Granda Aguilar.: La masacre de Aztra, Publicación de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Cuenca, Cuenca, 1979

[12] Revista Vistazo, Noviembre 1977. El gobierno de Rodríguez Lara adquirió las acciones del grupo Isaías, el 91% del paquete accionario de la empresa ante su inminente quiebra, a través de Comisión Nacional de Valores.

[13] Ibidem Laura Buitrón y otros. p.42

[14] Diario “El Mercurio”, Cuenca , 20 de Octubre de 1977

[15] El concepto de política de la representación se toma de Poole Deborah, Visión, raza y modernidad: una economía visual del mundo andino de imágenes, Edit. Sur Casa de Estudios del Socialismo, Lima 1997. pp. 13- 16, en tanto significa una forma de organizar las representaciones en torno a relaciones de dominación.

[16] Diario El Universo. “Versión del Ministerio de Trabajo sobre el conflicto laboral Azrtra”, Cuenca, Octubre de 1977

[17] El autor se refiere específicamente a “la cultura europea tradicional”. Sin embargo en el presente trabajo se considera que las operaciones sobre la relación cuerpo- mente están vigentes en los sistema de valoraciones sociales aceptadas y legitimadas, presentes en los discursos y fuentes sobre el caso Aztra en Ecuador, como se intentará demostrar.

[18] Roy Porter, "Historia de los cuerpos", en: Peter Burke, ed., Formas de hacer historia, Madrid. 1991. p. 265

[19] Ponciano del Pino, “Uchuraccay: memoria y representaciones de la violencia política en los Andes” en C.I. Degregori, Edit., Jamás tan cerca arremetió lo lejos. Memoria y violencia política en el Perú, Lima, I.E.P., 2003. Se toma del autor la noción de estigmatización de lo étnico

[20] Por ejemplo Diario “El Mercurio” de Cuenca, Diario “El Comercio” de Quito, Diario “EL Universo” de Guayaquil.

[21] Poole Deborah,       Visión, raza y modernidad: una economía visual del mundo andino de imágenes, Edit. Sur Casa de Estudios del Socialismo, Lima 1997. p. 15

[22] Idem. pp. 13-16

[23] Al autor del reportaje se lo menciona como la redacción de la revista y las fotografías son tomadas por Hugo Vera.

[24] Poole Deborah,       Visión, raza y modernidad: una economía visual del mundo andino de imágenes, Edit. Sur Casa de Estudios del Socialismo, Lima 1997. p. 20

[25] Idem. pp. 19-20

[26] Idem. p 20

[27] Arlette Farge Efusión y tormento. El relato de los cuerpos. Historia del pueblo en el siglo XVIII. Edit. Katz, Madrid, 2007.Introducción.

[28] Cabe destacar las conmemoraciones realizadas por sindicatos y obreros a lo largo del país durante los tres primeros años después de la matanza. Así también el libro de Víctor Granda, arriba citado, que es el estudio más sistemático que se ha realizado y que conlleva una interpretación histórica de los hechos desde un enfoque de marxista y ampliamente documentada.

[29] Ibidem. Laura Buitrón y otros

[30] Ibidem. Laura Buitrón y otros. (Las cursivas son nuestras). Presentación. pp.2 y3. El texto señala lo siguiente que tiene como base: “una publicación anterior elaborada en la época de la masacre por el equipo “Lucha Socialista”. Se incluye los testimonios logrados por compañeros en ese entonces y además se actualiza y amplían algunos otros.” Se incluye además de testimonios, noticias, editoriales datos históricos, manifestaciones de solidaridad, etc.

[31] Ibidem. Jelin. P 13

[32] Oviedo Jorge: “El movimiento obrero ecuatoriano entre 1960 y 1985” en  Ayala Mora Enrique  Nueva historia del Ecuador. Época Republicana IV. Volumen 10. Corporación Editora Nacional. Quito 1983.

Muchos textos académicos del período (p.j.Albornoz Peralta, Oviedo), contienen la Matanza de Aztra, en la “cronología” de los momentos mas importantes de las luchas obreras.

[33] John Beverley, “Anatomía del testimonio”, Del Lazarillo al Sandinismo (Minnesota).

[34] Ibidem. Laura Buitrón y otros. p. 9. En el texto no se señala quien es el obrero que testimonia, ya que en la primera parte del folleto se presenta varios testimonios en formato de un solo testimonio.

[35] Se puede inducir que la versión este número viene de la toma de listas que realizaron los mayordomos del ingenio en días posteriores, donde faltaban más de cien obreros.

[36] Ibidem. Laura Buitrón y otros. p. 11. Los relatos señalan diversas formas de agresión.: Culetazos, balas, machetazos., insultos, etc.

[37] Ibidem. Laura Buitrón y otros. p. 13

[38] Ibidem. Laura Buitrón y otros. p. 12

[39] Ibidem. Laura Buitrón y otros. p. 15

[40] Ibidem. Laura Buitrón y otros. p. 18

 

Bibliografía

Albornoz Peralta Osvaldo, 1983 Historia del movimiento obrero ecuatoriano, Quito, Edit. Letra Nueva.

Beverley, John, “Anatomía del testimonio”, Del Lazarillo al Sandinismo (Minnesota).

Buitrón Laura y otros, 1985, Aztra Perdón y Olvido de una Masacre, Revista del CEDEP (centro de educación popular), N º 14, Serie Educación Popular, Quito.

Chartier Roger, 1994, El orden de los libros: lectores, autores, bibliotecas en Europa entre los siglos XIV y XVIII, Cap.1: Comunidades de lectores, Barcelona.

Cueva Agustín, 1998,            El proceso de dominación política en el Ecuador, Quito, Edit. Planeta.

Del Pino Ponciano, 2003,“Uchuraccay: memoria y representaciones de la violencia política en los Andes” en C.I. Degregori, Edit., Jamás tan cerca arremetió lo lejos. Memoria y violencia política en el Perú, , I.E.P. Lima.

Farge Arlette, 2007, Efusión y tormento. El relato de los cuerpos. Historia del pueblo en el siglo XVIII. Edit. Katz, Madrid.

Granda Aguilar Víctor, 1979,            La masacre de Aztra, Cuenca, Publicación de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Cuenca.

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Jelin Elizabeth, 2002, Los trabajos de la memoria, Madrid, Edit. S. XXI

Jorge Oviedo, 1983,   “El movimiento obrero  ecuatoriano entre 1960 y 1985” en  Ayala Mora Enrique,  Nueva historia del Ecuador. Época Republicana IV. Volumen 10, Quito Corporación Editora Nacional.

Poole Deborah, 2000  Visión, raza y modernidad: una economía visual del mundo andino de imágenes, Edit. Sur Casa de Estudios del Socialismo, Lima.

Portelli Alessandro, 2003, La orden ya fue ejecutada, Buenos Aires, FCE.

Porter Roy, 1991, "Historia de los cuerpos", en: Peter Burke, ed., Formas de hacer historia, Madrid.

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