Pacarina del Sur
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Intelectuales, discurso civilizador y clases subalternas en Ayacucho

Intellectuals, civilizing discourse and junior classes in Ayacucho

Intelectuais, discurso civilizador e classes subordinadas em Ayacucho

José María Vásquez Gonzales

Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga, Perú

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Recibido: 07-06-2019
Aceptado: 13-08-2019

 

 

Introducción

El presente artículo se dedica analizar los diversos discursos civilizatorios de los miembros del Centro Cultural Ayacucho; integrado por grandes intelectuales de Ayacucho durante 1934 y 1965, quienes tuvieron como principio difundir sus propuestas y alternativas de solución a los asuntos culturales que vivía la región, en lo referente a los comportamientos de la clase subalterna, a quienes consideraban “incivilizados” e “incultos”, por no saber leer ni escribir. En la percepción de los intelectuales del Centro Cultural Ayacucho (en adelante CCA), el indígena debería tener un cambio radical en sus comportamientos, y para eso, ellos eran los llamados a lograr dicho cambio en la vida cotidiana de los naturales de la región; sobre todo en los espacios públicos que frecuentaban cada fin de semana donde los notables acudían con sus familia a distraerse y al ver a los indígenas rondar por dichos espacios, les era incomodo por sus comportamientos y la manera de vestir de dichos indígenas. Como lo manifiesta Venas Das y Deborah Poole:

Estos sitios no son meramente territoriales: son también (y quizás sea éste su aspecto más importante) sitios de práctica en los que la ley y otras prácticas estatales son colonizadas mediante otras formas de regulación que emanan de las necesidades apremiantes de las poblaciones, con el fin de asegurar la supervivencia política y económica.

[…] El primer enfoque dio prioridad a la idea de margen como periferia en donde están contenidas aquellas personas que se consideran insuficientemente socializadas en los marcos de la ley […] los estados intentan “manejar” y “pacificar” a estas poblaciones, tanto a través de la fuerza como a través de la pedagogía de la conversión intentando transformar a estos “sujetos rebeldes” en sujetos legales del estado […] las poblaciones marginales están conformadas por sujetos “indígenas” o “naturales”, que son considerados, por un lado, el fundamento de identidades nacionales particulares y, por el otro, son excluidos de esas mismas identidades por esa clase de conocimiento disciplinario que los marca como “otros” raciales y civilizacionales (2008, pág. 24).

 

Además, Guillermo de la Peña (1999) nos informa que quienes representaban el progreso eran los rancheros, artesanos y clases medias ilustradas y ascendentes, mestizos todos ellos y cada vez más numerosos y audaces; por ello, el futuro del país dependía de la incorporación al mestizaje de la oprimida raza indígena:

la educación no puede sustituir a “la evolución”: en virtud de sus leyes, para acceder al estadio superior, los indios deberían dejar de serlo.

[…] La dicotomía indio/mestizo quedaba entonces situada en un eje temporal: la otredad del indio se superaría al quedar relegada al pasado. Pero esta otredad también se refería a la falta de integración del territorio, es decir, a la pervivencia de espacios, por así decirlo, “vacíos” de nacionalidad (pág. 16).

 

Desde esta perspectiva, en la revista Huamanga, vocero del Centro Cultural Ayacucho, dichos intelectuales iniciaron una serie de artículos donde su discurso civilizador era la transformación de la clase subalterna en lo referente a sus comportamientos “indecentes”, que se presentaban ante la mirada de dichos notables de la ciudad. Sus discursos civilizadores también referían que la única manera de (re)educar al indígena era la educación. Desde este espacio, los intelectuales del CCA lograrían un cambio en la conducta y actitudes de los indígenas. Por lo tanto, educarlos desde niños era un objetivo prioritario para que la cultura ayacuchana lograra un progreso a ese nivel.

El CCA estuvo conformado por pedagogos, médicos, sacerdotes, abogados, periodistas y militares. Desde su creación en 1934 hasta mediados del siglo XX, sus miembros estuvieron enfocados en representar la historia, geografía, costumbres y tradiciones de Ayacucho, incidiendo en el discurso civilizador, para lograr que los indígenas de la región dejen de lado sus “hábitos” y prácticas, como chacchar coca, tomar aguardiente y desterrar el quechua; actitudes consideradas “incivilizadas” e “indecentes”. Como dice Paulo Drinot (2016), para que los indios pudiesen transformarse debían pasar por un proceso de “desindianización”, cuya concreción consistiría en abandonar un conjunto de comportamientos e ideas que caracterizarían a los indios en el universo mental de las elites. De ahí el hecho de insistir que la clase subalterna tome e imite comportamientos de los notables cultos de la Ayacucho. En ese sentido, Drinot (2016) agrega que aquellos creían que los indios vivan en una situación de aislamiento y exclusión social, por razón de que históricamente habían sido marginados y expoliados, pero que esta situación debía corregirse a fin de rehabilitarse o “regenerarse” como una población normal o “útil”. Esta regeneración incluía aspectos como la educación, la higiene, el abandono de prácticas como el alcoholismo y la violencia familiar y la adopción de valores de moralidad y urbanidad.

Probablemente podría concluirse en que este paquete regenerador contenía una cierta “desindianizacion”, pero seguramente ellos no lo veían así; al contrario, pensaban que estaban extirpando patrones instalados durante el duro régimen del “coloniaje”, que habían desvirtuado lo que serían los caracteres “auténticos” de la indianidad. En este contexto, los intelectuales como Manuel Jesús Pozo, Dr. Pío Max Medina, Dr. Alfredo Parra Carreño, Lucio Alvizuri, Antonio Hierro Pozo, entre otros, que escribían en la revista Huamanga, tenían como propósito lograr que su discurso fuera difundido en escuelas y colegios de la ciudad, aplicada entre los maestros, profesores de las instituciones educativas de la región; sumándose para extensión de este discurso los sacerdotes y autoridades políticas locales para trasformar al indígena. Pero hay que tener en cuenta lo que nos manifiesta Esteban Krotz (1994) al decir que la cultura calificada de “inferior” se encuentra casi siempre al borde de la descalificación completa como cultura es menester aclarar que no existe absolutamente ningún criterio objetivo, y mucho menos científico para establecer este tipo de jerarquías. Al interior de una sociedad, esta jerarquización de subculturas y de expresiones culturales va casi siempre a la par de la estratificación social: las clases ricas y poderosas determinan lo que debe ser llamado “alta” cultura y lo que es solamente cultura “baja”; la primera suele ser vista como la cultura propiamente dicha, mientras que la segunda casi no merece el nombre de cultura. Pero esta clasificación sólo refleja determinada distribución de poder en una sociedad y época dada, no tiene nada que ver con los contenidos culturales respectivos. En este sentido, los miembros del CCA fueron quienes a través de su discurso civilizador diferenciaron a la clase de notables de la clase subalterna, a la clase superior frente a la clase denominada por ellos como inferior, subalterna o clase rústica, que era los indígenas; clase social que debería ser moldeada a su imagen y semejanza.

Nuestro estudio histórico se centra en dar a conocer la influencia que ejercieron los intelectuales del CCA a través de sus artículos, los cuales contenían un discurso civilizador, para lograr los cambios en las conductas de los subalternos de la región ayacuchana. Lo trascendental de sus discursos es que van a ser leídos y escuchados por las autoridades políticas locales, así como por los miembros de la comunidad de notables de la ciudad ayacuchana.

Panorámica de la ciudad de Huamanga en la década de 1920
Imagen 1. Panorámica de la ciudad de Huamanga en la década de 1920. Archivo del autor.

 

El discurso civilizador de los intelectuales del Centro Cultural Ayacucho

Durante la tercera década del siglo XX, un conjunto de intelectuales y notables, entre ellos pedagogos, sacerdotes, militares y abogados, constituyeron el CCA y crearon su revista Huamanga, que se convirtió en difusora de sus ideales y planteamientos para el progreso y desarrollo de Ayacucho; asimismo, buscaban una transformación en los comportamientos y actitudes de los indígenas de la región, los cuales se lograrían décadas más adelante, adoptando comportamientos más “decentes” en los espacios públicos de la ciudad capital  y así los notables se sintieran más confortables a la hora de acudir a la Alameda o Plaza Mayor, sin tener que observar conducta “incivilizadas” por parte de niños y adultos indígenas. Estas aspiraciones no se lograron en su totalidad; pero, su discurso civilizador tuvo influencia notable en el sector educativo, donde se lograron cambios en los niños indígenas de la ciudad; El discurso civilizador de los intelectuales se dirigía especialmente a la transformación de las costumbres y tradiciones que los indígenas practicaban cotidianamente en la ciudad de Ayacucho, sobre todo, en la periferia urbana y barrios tradicionales, como Carmen Alto, Santa Ana, Conchopata, Andamarca. Costumbres que fueron consideradas “bárbaras” e “incivilizadas”, especialmente las corridas de toros, pelas de gallos, juegos de cartas y carnavales. De ahí que sus discursos lleven un mensaje trasformador y civilizado.

En ese sentido, los discursos pronunciados por estos intelectuales a la hora de inaugurar el Centro Cultural Ayacucho en octubre de 1934, se encaminaban por esos objetivos civilizadores en la vida cotidiana, en las costumbres y tradiciones de la clase subalterna, reflejado en la voz de su primer director Manuel Jesús Pozo:[1]

¿Con que fin se ha inaugurado el Centro? […] iniciamos preservando en nuestros estudios, en nuestras investigaciones, para procurar, que algo del primado intelectual y artístico, que disfrutara la capital… se nos trasmita. Intentaremos así descentralizar la cultura y tenga un carácter más provincial […].

 

La visión provincial del Manuel Pozo, se sustentaba en que el Centro Cultural Ayacucho, realice sus propios estudios regionales y así desde Ayacucho se difunda por todo el Perú para el conocimiento de sus habitantes y del mismo modo, sus investigaciones sean imitadas por otros intelectuales de los departamentos cercanos, como Huancayo, Cuzco y Huancavelica. Deseaban que desde las provincias dicha irradiación cultural se expandiera por todo el territorio nacional. Aspiraciones que fueron difundidas a través de la Revista Huamanga.

Manuel Pozo, manifestaba que “el Centro Cultural debe convertirse, en agente de los movimientos de curiosidad y despertar intelectual, y en los trabajos que emprenda… solo a lo que refiera la ciudad, la que tiene problemas, necesidades y de un alcance local, que debemos estudiarlos preferentemente” (Pozo, 1934). Su discurso fue claro y no descartó que las investigaciones regionales de quienes integraban el CCA debían plantear alternativas de solución a los problemas y necesidades de la región ayacuchana; ya que para él eran los intelectuales ayacuchanos quienes conocían mejor la situación y las dificultades por la que atravesaba la ciudad capital del departamento, y debía ser la primera en lograr su progreso y seguida. De una manera paulatina, el resto de provincias y departamentos del Perú.

Pero Pozo hizo énfasis en la historia de Ayacucho y en la importancia de los denomino como “provincialismo cultural” para el progreso:

Vivimos en un punto geográfico. Él tiene pasado y también porvenir. En él hay producciones de todos los reinos de la naturaleza…para velar por la cultura de nuestro lugar, escriban su historia (…) para que nuestra ciudad se distinga, por un provincialismo cultural que contribuya al progreso de la nación (Pozo, 1934).

 

Por otro lado, refiriéndose al indígena del Ayacucho, Pozo, propone:

que los artistas que pertenecen al Centro, inicien una labor provincialista; que los músicos consideren, que el indio trae a la vida una herencia secular de penas y dolores que no pudiendo emitirlos de palabra, los expresan en la quena, la antara y en sus cantos; que capten el arte musical que permanecen autóctonos en nuestras altiplanicies (Pozo, 1934).

 

Pozo consideró al indígena un ser “inculto”, que no sabe leer ni escribir y que su nostalgia lo manifiesta en la música vernácula; en ese sentido, nuestro intelectual en su “discurso” tiene un tono “civilizador” para con el natural de la región, porque su deseo es que el propio indígena sea educado y pueda lograr expresar dichas penas no sólo a través de la música sino también aprenda a leer y escribir; por eso un llamado a los profesionales de la música para que les enseñen a los indígenas a expresar mejor no sólo mediante la música sino también por medio de la escritura, que permita cambios en su vida cotidiana, así como en sus fiestas y celebraciones populares.

El segundo discurso le pertenece al Dr. Pío Max Medina,[2] quien pronuncia lo siguiente en la inauguración del Centro Cultural Ayacucho:

La labor del Centro Cultural es amplia. Entre nosotros se impone, el estudio de nuestra historia local, pues cierto es que estamos todavía por conocer, documentalmente, nuestro pasado. La verdad histórica de Ayacucho se está por escribir…pueblo que no se preocupa de su historia, es en cierta manera pueblo sin tradición y sin experiencia. Colectividad que de continuo improvista, repite tristemente errores y avanza, desorientada e insegura, por las rutas del mundo. Por este motivo, hagamos nuestra historia propia […] para ello, tenemos nuestros archivos, bibliotecas, cartas y periódicos que guardan celosamente nuestro pasado (Medina, 1940, pág. 14).

 

Pio Max Medina consideró la necesidad de construir una identidad propia a través de la historia local de Ayacucho, mediante una investigación propia del pasado histórico para evitar errores que podrían llevar al atraso y al desconocimiento de la tradición local. De este modo, incentiva a los miembros del Centro Cultural a la investigación a través de los archivos, bibliotecas y periódicos locales que están ocultos y a espera del investigador para salir a luz del sótano de la “ignorancia”.

Si bien Medina nos conduce a reconocer que a través de la historia se podía lograr el avance y progreso de una sociedad, también es necesario aclarar que, en su discurso, hace un gran llamado a otros profesionales para “civilizar” al indígena de la región ayacuchana:

en la noble misión que se impuesto el Centro Cultural, los sacerdotes, médicos y maestros, quienes, desde el púlpito, el consultorio y el pupitre, respectivamente, tratarán de desarraigar y disipar las ideas supersticiosas predominantes en nuestras masas populares; creencias supersticiosas trasmitidas por tradición de generación en generación, desde el incanato hasta nuestros días y que no sólo están reñidas con la cultura actual sino infligen daño positivos a la convivencia social; señores tengamos fe y confiemos en que el resultado satisfactorio coronará nuestros esfuerzos (Medina, 1940, págs. 18-19).

 

Muy claramente, Medina, exhortó que los profesionales miembros del Centro Cultural debían esforzarse a eliminar las ideas supersticiosas de los indígenas, caracterizados por constituir una masa analfabeta y supersticiosa pertenecientes a la clase subalterna y que debía ser instruida con una gran labor del Centro Cultural.

Norbert Elías señala que “el párroco y el profesor son, de hecho, los dos representantes más claros de esta intelectualidad de funcionarios de clase media; dos figuras sociales que han tenido la participación más decisiva en la difusión y en la formación del nuevo idioma culto” (1994, pág. 74). En ese sentido, son dichos profesionales serían quienes tendrían la gran misión de “civilizar” y “culturalizar” al subalterno y en el caso de Ayacucho, al indio. Estamos seguros que fueron los intelectuales del Centro Cultural Ayacucho, quienes teniendo el conocimiento suficiente sobre lo que significa la civilización y querer lograr que el indígena llegue a ser un sujeto civilizado, tomaron en cuenta diversos libros que les sirvió para fomentar y difundir dicho pensamiento occidental en los miembros del CCA y así conocer como los intelectuales de Ayacucho planteaban sus ideales de decencia y civilización a la clase subalterna. Pero qué es “civilización” o “civilizar”:

 

“Civilización”, proveniente del francés, es una voz que se empieza a emplear en el siglo XVIII […] se describe a los logros materiales y culturales […] como adjetivo “pueblo no civilizado”, se usa para descalificar a los grupos sociales que no proceden de la tradición occidental; en particular se alude a las singularidades del cuerpo de los indígenas […] los productores y consumidores son una minoría letrada, urbana y occidentalizada que se auto percibe, sin problemas, como legitima representante de una sociedad mayoritariamente iletrada, indígena y rural (Aljovín de Losada & Velázquez, 2017, pág. 81).

Entonces, los miembros de la “comunidad de notables” conformado por los intelectuales del Centro Cultural Ayacucho, se auto percibía como los llamados a “civilizar” al indígena ayacuchano, quienes aún tenía en sus hábitos costumbres negativas para la sociedad urbana, como el chacchar coca, tomar aguardiente o consumir chicha.

En este sentido, ser civilizado es asumir las formas sociales de esas comunidades europeas, principalmente los valores modernos encarnados en sus elites y la misión civilizadora que se asignan así mismas. Así pues, las costumbres ancestrales que practicaban los indígenas desde la colonia en fiestas y diversiones públicas como la corrida de toros o los carnavales huamanguinos deberían ser desterradas de sus tradiciones. Paralelamente, los hombres que se denominan civilizados poseen una alta expectativa del futuro por su conciencia de estar viviendo tiempos nuevos (Aljovín de Losada & Velázquez, 2017) y así lo creían los miembros del CCA. 

En su proceso “civilizador” de la cultura, no sólo se tenía en cuenta conocer el pasado colonial del cual la clase notable se enorgullecía sino también el pasado indígena, sus costumbres y su vida cotidiana que trascurría en la ciudad capital; desde este punto de vista conocer a profundidad sus creencias supersticiosas y así poder, a través de la educación, cambiar su forma de pensar y de creer. En otras palabras, “civilizarlo” para la vida culta, que profesaban los miembros de la comunidad de notables de Ayacucho.

El tercer discurso es de la señora Magdalena F. de Castro, integrante del CCA, quién manifestaba que el Centro Cultural era una entidad de carácter netamente cultural, y era necesario para el bienestar colectivo de la sociedad. También se refirió a las mujeres que demostraban sus esfuerzos en el campo intelectual:

Las mujeres, que en pleno siglo XX demostramos que nuestro esfuerzo, dentro del campo intelectual, no es estéril, y que por el contrario constituimos un factor de reconocida importancia dentro del avance superlativo de las sociedades, somos de las primeras en apreciar al resurgimiento intelectual de Ayacucho (De Castro, 1934, pág. 20).

 

Así, como resaltaba el gran aporte intelectual de la mujer de clase notable ilustrada también señaló que el nacimiento del Centro Cultural era necesario en una ciudad civilizada:

Es la primera vez que Ayacucho puede ostentar con legítimo orgullo una institución de esta índole necesaria e indispensable, en toda ciudad civilizada. En ella se cristalizará la preponderancia intelectual de este pueblo (De Castro, 1934, pág. 21).

 

El discurso civilizador de los intelectuales se centra en escribir sobre la cultura, tradición y costumbre que se practicaban en toda la región ayacuchana, para el conocimiento de su pasado y así lograr la superación cultural de Ayacucho.

La labor CCA era múltiple, por eso en el discurso del Dr. Alfredo Parra Carreño,[3] manifiesta:

amar lo nuestro no es retroceder, es confrontar para valorizar…es medir la distancia de los momentos culturales en que vivieron los antepasados y que nos llegaron a nosotros a través de las generaciones (…) nuestro primer intento en la superación cultural, debe ser conocernos a nosotros para conocer mejor a los demás; esto es sistematizar nuestra cultura comenzando por todo lo que sea de nosotros (Parra Carreño, 1936, pág. 24).

 

Si bien Parra Carreño, habló sobre conocer lo “nuestro”, se refería a conocer el pasado, tradiciones, costumbres del pueblo ayacuchano, es decir, las prácticas culturales de la clase subalterna para luego conocer a los demás. También se refirió a cómo los antepasados les había legado momentos culturales a través de las generaciones pero que, en esos momentos culturales debían ser “seleccionados” para ser investigados y buscar en el momento civilizador, la superación cultural de Ayacucho.

Si nos centramos en estos cuatro discursos de los notables intelectuales del Centro Cultural Ayacucho, vemos cómo usan el pasado y el presente, para justificar sus propuestas e ideales, incentivando a los otros miembros de dicha institución a investigar la historia local de Ayacucho y dentro de ella a la gran masa indígena a la que tenían que moldear y, a través de la educación al mundo “civilizado”, a la costumbre de la propia clase dominante, es decir, lograr en ellos la decencia y los buenos modales de comportamientos en sus festividades y celebraciones que los indígenas tenían y participaban.

Estos discursos se notarían más claramente en las “voces” de otros intelectuales que empezarían a escribir en la revista Huamanga, que veremos a continuación, sobre el indigenismo en Ayacucho. Lucio Alvizuri[4] escribe:

Las provincias de Huamanga, Cangallo, Víctor Fajardo, Huanta, La Mar, están pobladas de un mestizaje, a todas luces saltante…esta raza constituye el NUEVO INDIO de estos lugares. Este mestizaje tiene fundamentos básicos para su manera de ser (…) la formación del mestizaje aumenta en Cangallo y en Paras (…) el neo indio, por su raza mestiza no puede llamarse tal, sino en atención a su falta de educación, al desconocimiento del idioma castellano y sobre todo a su vestimenta singular, formada por pequeñas indumentarias rezagos de cuanto usaron los súbditos del inca, como son el chuco (sic), el chumpi(sic) y las ojotas (sic), teniendo por lado como parte de su vestido actual, el saco o chamarra y el pantalón españolizado, e inseparable poncho (sic); estos nuevos indios son gentes que han sentido la necesidad de la instrucción, son los braceros de todo trabajo, tanto en las labores de tierra como en los centros poblados…ellos con una adecuada enseñanza, fácilmente se incorporaran la masa civilizada del país y una vez en ese medio no existirá diferencias entre estos y los civilizados, no contando con el color de raza, que puede establecer distingos odiosos (Alvizuri, 1935).

 

Es aquí donde se consolida el discurso “civilizador” que para el autor y sociólogo Norbert Elías, se refiere, “al desarrollo del conocimiento científico a las ideas religiosas y a las costumbres” (1994, pág. 57) del pueblo; así que Lucio Alvizuri, considera que estos nuevos indios o los mestizos, deberían ser “civilizados y el medio más eficaz para su logro es la educación impartida en las escuelas y colegios de la ciudad de Ayacucho; y con el tiempo sean considerados en la sociedad decente y culta de la región ayacuchana; pero de igual forma deben ser “cultivados” en sus comportamientos y buenos modales que deben asumir los subalternos y lograr ingresar al círculo civilizado de los notables. En ese sentido, para Elías el término “cultivado”, es “muy próximo al concepto occidental de civilización. Hay seres humanos, y hasta familias, que pueden ser “cultivados” sin que hayan “realizado” nada desde un punto de vista cultural…cultivado se refiere en primer término a la forma de comportarse o de presentarse de los seres humanos. El concepto designa una cualidad social de los seres humanos, su vivienda, sus maneras, su lenguaje, su vestimentas” (Elías, pág. 58). Entonces, las evidencias sugieren que en su discurso Lucio Alvizuri, esperaba que algún día el neo indio pueda tener un lenguaje adecuado a través del castellano, una mejor vestimenta y sobre todo sus comportamientos estén a la altura de los hombres “cultivados” en los buenos modales.

Tuvo que pasar cuatro décadas para comprender que el proceso civilizador de los intelectuales del Centro Cultural produjo frutos. Los miembros de la clase subalterna comprendieron que era necesario hacer trasformaciones y rupturas en sus comportamientos y modales ancestrales que los conducía, aún a ser “incivilizados” en su vida cotidiana; esta cotidianidad debería entonces transformarse, a través de la educación que los intelectuales del Centro Cultural planteaban asumir en la búsqueda de la reeducación de los indígenas desde niños; para eso contaron con la enseñanza de la Escuela Nueva, que había influenciado en los miembros de esa institución y que era una obligación aplicarla para transformar las conductas y hábitos de los hijos de los indígenas que estudiaban en las escuelas y colegios de la ciudad de Ayacucho.

Al ingresar al año de 1936, Alfredo Parra Carreño, dice que el Centro Cultural ha logrado parte de sus fines, pero que falta mucho. Algunos de sus miembros verán a la gran celebración del IV Centenario de la Fundación de Huamanga, como el “caballito de batalla” para plasmar sus ideales y proyectos culturales; y, a la vez, cumplir con obras que se dejaron de lado durante el Centenario de la Batalla de Ayacucho de 1924, planteando al mismo tiempo nuevos proyectos para el “proceso civilizador”, en especial al acervo cultural e industrial de Huamanga:

 

(…) trabajaremos intensamente, antes de llegar a la meta que en cultura cada vez más se aleja…para llegar a la cumbre de una montaña debéis pasar primero por la sombra de los valles” (…) el Centro velará por los fueros y la gloria de Ayacucho…el próximo Cuatricentenario un local propio para el Centro, como hogar intelectual. La oportunidad de hacer algo se presenta con motivo de aquella efeméride (…) el problema del agua y desagüe no es cosa difícil…el establecimiento de una Cuna Maternal cerca al mercado “Andrés Vivanco”, para que sirva como depósito de niños, durante las horas de trabajo que tienen las madres en el mismo abasto (…) el establecimiento de algunas sucursales de banco y del banco Agrícola (…) la salvación de Ayacucho mediante la vialidad, está en la ruta Ayacucho-Abancay-Cuzco. La carretera hacia las montañas de La Mar será el respaldo de nuestra industrialización (Parra Carreño, 1936, pág. 4).

Para Parra Carreño, abogar por la implantación de los servicios básicos como agua y desagüe era fundamental para la ciudad; de igual forma, tener una cuna para que los niños o bebes de las madres trabajadoras era indispensable, con la finalidad de que las trabajadoras puedan acudir a su centro de trabajo sin preocuparse del cuidado del su hijo; y finalmente, propone nuestro intelectual la construcción de una carretera hacia la montaña para su conexión con otros departamentos cercano a Ayacucho.

No obstante, su discurso estuvo direccionado hacia la modernización de las instituciones educativas de la ciudad de Ayacucho, considerada el pulmón del progreso para la región:

(…) necesitamos imperativamente construir locales escolares, cuando menos dos en cada distrito de la provincia de Huamanga. El Colegio nacional de “San Ramón”, necesita nueva edificación por haber formar cerebros rectilíneos (sic) que han figurado en distintas actividades de la vida del país. Hubo larga época en que nuestro colegio prestó servicio regional, atendiendo la educación e instrucción de los escolares de Ica, Apurímac y demás provincias del departamento. Es llegada la hora de hacer un local moderno para este establecimiento que ha forjado hombres de saber y de acción (Parra Carreño, pág. 4).

 

Entonces, el discurso “civilizador” y cultural, se encamina a seguir con la labor educacional de los miembros principalmente niños y niñas de la sociedad, futuros de todo un país y sobre todo de Ayacucho. Elogia a que del colegio “San Ramón” hayan salido grandes intelectuales que han servido al Perú, razón por la cual merecía un reconocimiento y la construcción de un nuevo local para seguir por la senda “civilizadora” de construir un mejor porvenir cultural de la región. “Desde esa perspectiva, la instrucción pública buscaba disciplinar al pueblo y formar ciudadanos respetuosos de la ley y del orden político, es decir, una sociedad civilizada” (Aljovín de Losada & Velázquez, 2017, pág. 94).

Por otro lado, Parra, plantea un gimnasio infantil para el juego de la niñez; así como seguir con la producción artística. Y para plasmar todo el acervo cultural contenido en la niñez y la juventud plantea la construcción de un teatro municipal, para que los niños de origen indígena y mestizos puedan desarrollar su creatividad con el apoyo de sus maestros.

Panorámica de la ciudad de Huamanga en la década de 1920
Imagen 2. Panorámica de la ciudad de Huamanga en la década de 1920. Archivo del autor.

Es interesante saber que el Centro Cultural como difusor de la cultura tuvo logros y propuestas que formular y exponer, las cuales se materializarán en años posteriores; pero, lo interesante de todo esto es que también sus discursos del “proceso civilizador cultural, también influyeron en los miembros del poder local, quienes al oír sus “voces” reivindicativas, les dieron su apoyo. Así, la comunidad de notables y autoridades políticas locales se sumaron a las propuestas e ideales de los miembros del CCA. De lo contrario, sus “voces” no hubiesen “retumbado” los oídos de los miembros del poder político local. En ese sentido, toda marcha cultural, que quiera alcanzar sus logros y fines-como la del Centro Cultural- tiene que tener respaldo político, de lo contrario, sus “voces” y discursos se disolverán en el aire.

Al llegar 1937, algunos miembros del Centro Cultural Ayacucho fueron los invitados especiales, para brindar sus discursos en el cuarto año del Comité, donde ellos evocarán, lo siguiente:

asumiendo el ejercicio de las funciones que les incumben, puso en práctica un plan eficaz de acción. Consideró […] el comité para sus logros, tuvo la colaboración, cooperación de las señoras, señoritas y caballeros ayacuchanos que residen en Lima […] nuestras paisanas de la capital […] sin vacilación se han constituido en un subcomité organizándose de manera eficaz, con el propósito de defender los derechos del pueblo que les vio nacer […] el comité central debe insistir en sus solicitudes al Sr. Presidente, para que se digne atender a nuestros deseos, lo ya expresado (Pozo, 1937).

 

En las palabras de Pozo, se ve la importancia de integrar a las mujeres huamanguinas que se encontraban en Lima para lograr los fines del Comité Pro IV Centenario de la Fundación de Huamanga e insistir y de insistir al gobierno para que las obras pendientes y las propuestas se hagan realidad para dicha fecha cuatricentenaria.

Este discurso lleno de entusiasmo, nos conduce a ver como los miembros del Centro Cultural no solo tenían presencia en los actos oficiales, sino que eran los “ilustres” intelectuales en quienes recae la responsabilidad cívica-patriótica y cultural de hacer de la celebración una fiesta “emblemática” y llena de prosperidad y de progreso para Ayacucho. Para lograr todo esto, dice Pozo:

[…] creemos que debe aumentarse la plenitud de las funciones del Comité, que los señores que le forman, espacialmente los jóvenes de él, que se hagan amigos de los que componen la CLASE POPULAR, y que después se CONVIERTAN EN SUS CONDUCTORES, no para fines demagógicos o políticos, sino para este efecto; de hacerles saber que nuestra ciudad, en breve, cumplirá el cuatricentenario de su fundación, y que deben también aportar sus entusiasmos (Pozo, 1937).

 

La celebración del IV Centenario de la Fundación de Huamanga fue aprovechada por estos intelectuales para dar sus recomendaciones. Por ejemplo, Pozo sugirió a los jóvenes del Comité que debería “hacerse amigos” de los miembros de la clase subalterna para que su bajo nivel de cultura y para que también puedan contribuir con dicha celebración emblemática de la ciudad capital del departamento, por ser el segundo evento más importante de la región, luego de la celebración del Centenario de la Batalla de Ayacucho que se llevó a cabo en 1924, en que se consiguió construir una mejor infraestructura de la ciudad y obras públicas, pero no se lograron grandes beneficios económicos y muchos menos en el aspecto cultural de la región. Es por eso que Manuel Pozo insistía en que los jóvenes miembros del comité deberían ser los “conductores” del progreso de Ayacucho en esta tercera década del siglo XX pero, sobretodo, conductores de la gran masa indígena analfabeta que habitaba el departamento y que desconocían el significado de una nueva celebración como era la futura fiesta cuatricentenaria de Huamanga que se llevaría cabo en 1940.

Por otro lado, el profesor José Antonio Escarcena, miembro del CCA, anotaba más claramente el discurso civilizador y la inclusión de la clase subalterna, elemento al que tenían que moldear, manifestó:

[…] finalmente, a realizar estas actuaciones públicas, otras de carácter privado, pero siempre de índole cultural, para vivir en contacto espiritual perenne no solo con la clase social selecta sino entre los mismos asociados y también con el elemento obrero i clase popular, convirtiendo para esto el recinto del modesto local que nos sirve de colmena de trabajo, en un verdadero HOGAR INTELECTUAL, de ambiente familiar i sencillo, despojando de la severidad der los centros de índole académico, donde se aborden temas de estudio al alcance de todos, para llenar así los fines de extensión cultural (Escarcena, 1938).

 

Evidentemente, tenían que incorporar en sus actuaciones artística a la gran masa subalterna, porque como dice Escarcena, ellos eran los “conejillos de indias” a los que debería llegar el mensaje “civilizador” para moldearlos, de ahí su inclusión, en diferentes actuaciones del Centro Cultural, porque Escarcena refiere que hay espacios públicos para actos artísticos pero también espacios privados para los socios del Centro Cultural; y era obvio que debería ser así, porque existían espacios para las reuniones privadas de los notables, algunas veces con actuaciones públicas y otros espacios para los subalternos, como las barriadas, o cantinas, o las corridas de toros, donde asistían los “incultos”, según los intelectuales. Pero, Escarcena manifestaba que era necesario que la masa subalterna participe para conocerlos más de cerca y lograr sus fines y objetivos a través de la extensión cultural que el Centro se había planteado realizar durante años atrás.

Para tener una idea clara de quiénes eran considerados indígenas o mestizos, es fundamental considerar a Rosa Escarcena Arpaia,[5] intelectual del CCA y quien escribe un extenso artículo, para clasificar al indio ayacuchano y establecer pautas de cómo se le debería “moldear” a través del proceso educativo “civilizador” que se impartía en las escuelas y colegios de la ciudad de Ayacucho.

Rosa Escarcena dice que “el indio gracias al mestizaje resultante de su cruzamiento con las razas conquistadoras de América; y a su contacto con los centros civilizados que se formaron posteriormente, ha llegado a constituir en factor étnico…creando problemas sociológicos que preocupan seriamente a los estadistas […] es posible distinguir cada uno de los variados colores que las forman, asimismo son nítidamente diferenciables los diferentes grupos indígenas, bajo el punto de vista de su grado de cultura, vestidos, condiciones bio-psíquicas, sus aptitudes artísticas, sus industrias e idioma” (Escarcena Arpaia, 1937/1938). Para la autora, el contacto con centros “civilizados” permitiría que el indígena pueda transformar sus variadas formas de comportamientos y aptitudes dentro de la sociedad “culta” ayacuchana; por lo tanto, era necesario conocer su clasificación y así tener una idea más objetiva de la clase subalterna que vivía por la década de los treinta y cuarenta del siglo XX. La clasificación realizada por Escarcena es la siguiente:

  • Indio rústico, llamado generalmente purun runa.
  • Indio semicivilizado, campesino, llamado chacra runa, que está en las comunidades, también en los pagos y pequeñas aldeas, además son los yanaconas de las haciendas. Los hombres visten casi como el indio rústico […] hombres y mujeres usan la coca, beben chicha, aguardiente de caña, i los hombres fuman cigarrillos ordinarios […] vive en chozas de paja […] el idioma es el quechua, pero hay algunos que entienden el castellano […].
  • Indio civilizado, llamó así al indio poblano, de distritos, villas i aldeas; muchos de estos se infiltran entre los habitantes de las capitales de provincia…no obstante de que viven ya en contacto con centros habitadas por hombres que practican las COSTUMBRES DE LA CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL, sin embargo, tienen bastante arraigo a los hábitos de los medios campesino, pero algunos que hablan castellanos […] (Escarcena Arpaia, 1937/1938).

 

Está clasificación, nos hace notar que en el mundo subalterno del indígena también había una clasificación como la diferencia que existe entre el indio rústico frente al indio semicivilizado o “civilizado”, como lo expresa la autora; por lo tanto, el indio civilizado era el que habitaba en las villas, distritos y las pequeñas ciudades como Ayacucho, donde el indígena había aprendido el castellano y habla muy poco el quechua; la autora utiliza la categoría “civilizado” porque son indígenas que habitan conjuntamente con los notables de la ciudad, pero en los barrios tradicionales como Carmen Alto o Santa Ana. En este caso, Escarcena tienen una manera de clasificarlos y diferenciarlos en capas sociales a los propios indígenas ayacuchanos.

Además, dice que “[…] estos compatriotas nuestros, son todavía los ilotas de nuestrotendrá el Servicio Social un vasto campo de acción, para incorporarlos en forma efectiva a la civilización, haciendo de ellos factores útiles a la sociedad i a la patria” (Escarcena Arpaia, 1937/1938); confirmando así, que dentro de la propia clase subalterna existía una jerarquización. :

Por otro lado, Rosa Escarcena, también clasifica al indio mestizo, diciendo:

[…] ahora debo haceros conocer dos nuevos tipos de nuestros indígenas; que se diferencian de los anteriores descritos no sólo por sus costumbres, hábitos de vida i actividades industriales sino también su mentalidad i por lo que ellos significan como factores de nuestra nacionalidad; estos son los mestizos indios que se dan la mano con los otros mestizos blancos que descienden de los criollos, los primeros mantienen el sello de la raza quechua al paso que los segundos conservan el de la raza blanca conquistadora del Imperio de los incas.

  • Indio mestizo plebeyo: Son los que constituyen núcleos de elementos de cierta cultura en las pequeñas poblaciones de distritos, así como de las provincias…en su propio mestizaje lo denunciando [sic] sus apellidos, que corresponden a Rivera, Calderón, Martínez, Suárez, Paredes, Cordero, López, Pizarro, con bailes i comidas en carpas especiales o en sus casas…
  • Indio mestizo culto: Es el que establece el enlace entre el indio culto, civilizado, con las clases sociales descendientes de los criollos del coloniaje. En cuanto a su idioma, costumbres, régimen de vida, alimentación, vivienda e instrucción, casi en nada difieren de los mestizos. Los hombres visten de casimir de manufactura nacional i para los días de fiesta de casimires extranjeros, usan el vestido que todo conocemos, con camisa blanca, cuello i corbata, Conocen el uso del reloj de bolsillo o de pulsera, usan sombrero extranjero fino, calzados de hule o de cuero fino i calcetines. Proscriben el empleo de la coca; su mesa es la de cualquier hombre civilizado, beben vino, cerveza, coñac i aguardiente de uva. Las mujeres mestizas, constituyen a la mestiza huamanguinas, mujer de tipo atrayente, de tez blanca o ligeramente morena, de ojos grandes i negros […] estos mestizos llegan a adquirir una instrucción más completa, pasan por la segunda enseñanza, llegando a ingresar muchos de ellos a la Universidad i escuelas especiales” (Escarcena Arpaia, 1937/1938).

 

La autora, nos hace conocer la diferencia que existiría entre estas dos capas sociales subalternas, una más superior: indios mestizos, plebeyos y cultos- en contraste a la otra, que es inferior: indios rústicos o semicivilizados; en este sentido, esta sociedad de notables, constituida por autoridades como prefecto, subprefecto, alcalde, gobernador y por intelectuales que incluyen periodistas, médicos, sacerdotes, maestros, abogados, comerciantes regionales y extranjeros-, será la del protagonistas de la transformación de los miembros de la clase subalterna. Por lo tanto, al conocer dicha clasificación de los indígenas de Ayacucho, podemos tener una idea cabal de los que significaban para los intelectuales en el discurso civilizador del Centro Cultural. En otros términos, el texto de Rosa Escarcena sintetiza lo que significaba el indígena en la percepción de los miembros del CCA.

 

Otro intelectual del Centro Cultural Ayacucho, es el maestro Antonio Hierro Pozo[6], quien en su artículo nos manifiesta:

(…) el progreso es de orden material moral o intelectual (…) las enseñanzas de estas actividades a los alumnos y al pueblo son tan necesarias para saber vivir como el saber alimentarse y vestirse (…) la cultura de nuestros maestros preceptores es simplemente instructiva y didáctica, en cuanto a sus actividades indicadas, pero es posible el perfeccionamiento de sus conocimientos bajo la hábil dirección de los profesionales representativos del Estado (Hierro Pozo, 1939).

 

Hierro Pozo, propone que, si la enseñanza del maestro es sólo instructiva, entonces se hace necesario que se lleve a la práctica dichos conocimientos impartidos en las aulas escolares; y si a los preceptores les falta mayor conocimiento entonces deben tener mayor conocimiento de la vida cotidiana del indígena que va a la escuela. En este estado de situación educacional, la niñez y juventud no podía progresar y forjar un porvenir dentro y fuera de Ayacucho, se hacía necesario que los maestros sigan capacitándose para lograr el cambio en la clase subalterna en lo referente a su comportamiento dentro y fuera de las aulas escolares y lograr así el proceso civilizador que tanto pregonaban en sus artículos. El artículo de Hierro es llamativo porque emplea en su discurso los problemas que el Centro Cultural debería resolver; asimismo, tenían la gran labor trasformadora de mejorar dicho proceso civilizador en el proceso de enseñanza y aprendizaje de sus alumnos.

Por otro lado, en su nuevo discurso por la renovación de cargos del CCA, Pío Max Medina, exclama:

[…] la experiencia que, según la expresión de un notable pensador, es: “pulir de los años y sucesión de acontecimientos, que tornan en razonamiento cuidadoso la impresión de sucesos”; la experiencia, repito, nos enseña que en los pueblos que han alcanzado cierto grado de civilización, se organizan sociedades con fines humanitarios, sociales, industriales y políticos. Pero esta misma experiencia nos dice, también, que las instituciones que siguen, sin solución de continuidad, llenando la razón de su ser o la finalidad de su existencia, son las que responden a un sentimiento predominante de cohesión social […] el sentimiento de perfección humana y el anhelo de progreso y mejoramiento moral, ser logró consolidar merced a la acción fecunda y salvadora de la religión cristiana, de la cultura y de la civilización. Pero, parece que en estos momentos catastróficos para la cultura y la civilización, la fuerza y la violencia han decretado la inutilidad e ineficiencia de los grandes postulados que constituyen la salvadora de la humanidad en los intentos de retroceso a la barbarie. […] no hay una sola persona entre los presentes que no crea que en nuestras ciudades se siente, hoy como ayer, la necesidad […] de una mayor difusión de la cultura, en sus múltiples aspectos, con tendencias al mejoramiento de la vida colectiva […]  después de 6 años de fundación del Centro, podemos afirmar, que esta institución, por su actividades sociales, justifica plenamente su existencia […] (Medina, 1940).

 

Es así como Pio Max Medina realiza una comparación entre una sociedad civilizada con otra que aún está en dicho proceso de civilización, como lo era Ayacucho para la tercera década del siglo XX. En ese sentido, Medina señala que toda persona culta siente la necesidad de la expansión de la cultura para mejorar la vida colectiva del poblador ayacuchano. Es así como el Centro Cultural Ayacucho, al renovar su junta directiva, también renueva sus planteamientos en torno a la cultura manifestando que la difusión de la cultura sería en todos los aspectos de la vida: educación, economía, social; esforzándose el Centro con espíritu de tolerancia, de mutuo aprecio, de nobles sentimientos; de respetuosa consideración hacia las personas aptas y calificadas” quienes era los difusores del cambio de la cultura subalterna a través de su discurso civilizador.

En 1941, Alfredo Parra Carreño, al escribir el editorial en la revista Huamanga manifestaba su preocupación sobre el progreso de la nación y de la ciudad de Ayacucho, manifestando que:

En estos terribles momentos en que el mundo se estremece con oleadas de sangre…América se une como un puño para defender su libertad y con ella a la democracia, haciendo renacer […] la conciencia nacional […] en estos momentos es justo […] cada hombre debe contribuir a la fórmula del progreso i de la unión, comenzando en el terruño para extenderse en la nación entera […] Huamanga ha querido investigar lo propio, hurgando sus valores históricos, literarios i artísticos. Ha comprendido que su labor cultural debe comenzar por lo nuestro y lo ha hecho venciendo obstáculos […]Su carácter netamente cultural ha merecido respecto i reconocimiento […] como decimos al principio, en momentos en que los pueblos necesitan de más unión i de órganos que defiendan la civilización y la cultura, se pone obstáculos. Parece que este fuera obra de personas que no quieren el progreso de la ciudad. […] olvidan que Huamanga hace una labor cívica para que las generaciones venideras encuentren datos concretos para la formación del gran libro de los pueblos que se llama Historia (Parra, 1941, pág. 1).

 

En este sentido, Parra Carreño, manifiesta su preocupación  no sólo por los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial sino porque según él existía ciudadanos que no deseaban que la revista siga difundiéndose; esa preocupación de uno de los fundadores del CCA, hacía que haga un llamado a dichos “enemigos” de la cultura y de la civilización del pueblo ayacuchano, para que reflexionen y no pongan obstáculos a la difusión del proceso civilizador que el Centro Cultural se había planteado con fines de transformar la manera de pensar de la clase subalterna que no participaba de la vida cultural de la ciudad. Es por eso que, desde su discurso civilizador, llama a la unidad y a la defensa de la libertad, incidiendo en seguir difundiendo la historia y cultura de Ayacucho por todo el Perú a través de su revista Huamanga.

Pero el Centro no solo fue el difusor de la cultura, sino que fue más allá, formó un Centro Geográfico integrado por algunos miembros de la institución:

Con disposiciones emanadas de la Sociedad Geográfica de Lima, se ha reorganizado el Centro Geográfico de Ayacucho. El día 6 se reunieron varias personas en el Club “9 de diciembre”, con el objeto de elegir al personal de su Junta Directiva, la que se constituyó en la siguiente forma:

Aaa Presidente. Dr. Pío Max Medina

Aaa Vicepresidente: Br. Alfredo Parra Carreño.

Aaa Secretario Bibliotecario: Dr. Edmundo Vidal Olivas

Aaa Tesorero: Sr. Manuel Bustamante (Parra, 1941).

 

Así es como los miembros del CCA continuaron su difusión en el aspecto geográfico. El nuevo director del Centro Cultural Ayacucho, Ernesto Navarro del Águila, señaló que hace once años, se había iniciado la labor cultural y que, por lo tanto, “asistimos a grandes transformaciones sociales” (Navarro, 1945, pág. 39). Y agregó “que las familias ayacuchanas no sufran las consecuencias de la desunión por obra de las pasiones i por los que se infiltran trayéndonos vicios i costumbres de lugares extraños…detengamos el predomino de los grupos sobre los otros […] que en Ayacucho las razones no se encaden i los hijos de nuestros hijos reciban la herencia espiritual, llena de luces” (pág. 40). En consecuencia, el imperativo que no haya vicios y costumbre ajena a la de los ayacuchanos, por eso traía desánimo y conflictos culturales, por lo tanto, llamaba a que no existan distinciones de clases. Todo esto sugiere que los discursos de los intelectuales del CCA estaban orientados a transformación de la conducta de la clase subalterna.

 

Durante la primera mitad del siglo XX (1950), Juan José del Pino, miembro del CCA, hace un análisis de la situación cultural en la que se encontraba la región décadas atrás, manifestando que:

La vida cultural de nuestra cuatricentenaria ciudad languidece […] hace tres años había en la ciudad intensa actividad cultural. Se abrían ciclos de conferencias con recitales de música de canto y baile y de poesía y se realizaban veladas literarias musicales con estreno de obras teatrales ayacuchanas. Fuera de la biblioteca municipal que es muy poco concurrida, no tenemos bibliotecas populares (…) pero a pesar de que todo está por hacer sufrimos el atraso y el primitivismo de nuestra ciudad con musulmana resignación […] desde está columna hacemos un llamado a los hombres maduros y a los jóvenes para que despertemos de nuestro letargo y hagamos algo por el progreso de nuestra ciudad (Del Pino, 1950).

 

Juan José del Pino se refiere a que la clase notable de la ciudad ya no difundía actuaciones culturales para el pueblo y que el discurso civilizador no estaba rindiendo sus frutos; por lo tanto, era necesario hacer nuevos ciclos de conferencias, teniendo como base el canto y el baile; la queja es más que nada hacia los propios notables de la ciudad y no tanto así los subalternos, que no habían logrado cambiar sus costumbres en su totalidad; pero sí habían sido civilizados para ir a la escuelas, colegios y sobre todo ir a misas los domingos; pensamos que es posible que en el aspecto cultural no se logró mucho en el aspecto cultural , fue mayor el avance en la construcción de obras públicas e infraestructura de la ciudad capital del departamento. De todos modos, el llamado era para que los notables de la ciudad puedan seguir la ruta del progreso cultural que el Centro Cultural tanto difundió décadas atrás.

Pero este letargo cultural, se terminó, cuando el CCA cumplió sus Bodas de Plata –25 años–. Por esos tiempos, la Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga, comenzó a funcionar nuevamente, luego que fuera clausurada en 1886. Después de todo, para entonces tendría nuevos brillos como lo aseguro José Medina:

Los que seguiremos las huellas de quienes nos legaron un deber sagrado que cumplir. En pro de la cultura regional, al celebrar hoy este acontecimiento, 25 años de vida institucional, hacemos una renovación […] cual es el grado de cultura cada vez superior de Ayacucho (Camino Brent, 1959).

 

Y respecto a las acciones y vínculos del CCA en el proceso de reinicio y funcionamiento de la Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga, Medina señalo:

El Centro Cultural ha designado un miembro de su institución que integre la Corporación Comunal de la Universidad de San Cristóbal de Huamanga, a petición muy gentil del Rector, designación que recayó en mi persona […] (Camino Brent, 1959).

 

Como vemos en la cita, Medina, conformó como nuevos miembros del CCA. En ese sentido, manifestó lo siguiente:

[…] Hemos tenido la suerte de incorporar al seno de nuestra Institución, como socios activos al Sr. Fernando Romero Pintado, y Enrique Camino Brent, quienes con su sólida cultura, harán que nuestra institución se enrumba por horizontes mejores. Las puertas del CCA, están abiertas, para todos aquellos que tengan el espíritu y propósito de superación intelectual y cultural (Camino Brent, 1959).

 

El nuevo escenario hizo que el Centro Cultural reinicie su nuevo proceso civilizador, pero desde entonces, apoyado por intelectuales procedentes de la Universidad. En esta nueva coyuntura cultural, la labor civilizadora del CCA continuaría en la (re) educación del indígena con fines de transformar sus comportamientos y conductas en los espacios públicos y en las celebraciones en las que participaban en la ciudad de Ayacucho.

En este recorrido por el Centro Cultural Ayacucho, podemos afirmar, que muy aparte de algunos descensos culturales, lo más importante es que, los intelectuales lograron ser escuchados antes las autoridades locales de la ciudad; asimismo, su logro fue político, porque llegaron ser diputados, senadores o alcalde de la propia ciudad de Ayacucho y desde ahí contribuyeron a su desarrollo y progreso. Por ejemplo, Manuel Jesús Pozo, fue alcalde en 1924; Pio Max Medina, Senador por Ayacucho durante el gobierno del Oncenio de Legía y el profesor Alfredo Parra Carreño llegó hacer Ministro de Educación. Por lo tanto, el proceso y discurso civilizador que ellos iniciaron a través de la revista Huamanga logró,  sus propósitos porque se implantó, por ejemplo, los métodos didácticos de la Escuela Nueva en el proceso de enseñanza-aprendizaje en las aulas escolares; esto, fue posible porque muchos de los intelectuales del CCA, eran maestros de escuela y de colegios, como Lucio Alvizuri, Alfredo Parra Carreño, Manuel Bustamante, Gustavo Castro Pantoja, Manuel Hierro Pozo; quienes lograron que sus alumnos no sean simple receptores de la enseñanza del maestro sino participes de los nuevos métodos activos que sus maestros había renovado..

Así como el CCA fue el difusor del discurso civilizador también fue el que encamino al cambio de conducta de la clase subalterna de la región. Este fue el punto clave del proceso civilizador del CCA, pero por otro lado, no sólo en el ámbito cultural sino también en la mejora de infraestructura  en la ciudad y construcción de más vías de comunicación, la construcción de escuelas escolares, de un teatro municipal, de un gimnasio para los niños; mejora del fluido eléctrico, construcción de un hospital, estadio, aeropuerto, pavimentación de las calles faltantes, instalación de agua potable domiciliaria, etc. Es decir, el CCA contribuyó al desarrollo y progreso de Ayacucho. Tuvo eco en las autoridades políticas que apoyaron sus iniciativas logrando que Ayacucho salga del atraso y del letargo en la que se encontraba durante muchas décadas. Asimismo, la importancia que tuvieron los miembros del CCA con el poder local, fue amplia, porque muchos de ellos eran invitados para dar conferencias y charlas en el municipio huamanguino y la prefectura, espacios que, al mismo tiempo, eran aprovechados para enviar sus mensajes de progreso y desarrollo cultural a las autoridades locales. Lo importante fue que sus propuestas e ideales, fueron siempre escuchadas en la escena política para el logro que ansiaban los intelectuales, tanto en el aspecto material como en el aspecto cultural,

 

Conclusiones

Como se ha podido leer en nuestro artículo, el discurso “civilizador” de la comunidad de intelectuales, mantuvo influencia a nivel político, porque recibió el apoyo unánime del poder local. Las autoridades invitaban a los miembros del CCA a dar conferencias y charlas sobre la historia, costumbres, tradiciones, desarrollo y progreso de la región; alternativas que eran tomada en las sesiones que se llevaban a cabo en la municipalidad huamanguina, para posteriormente dirigirlas al gobierno central y así obtener obras públicas para el desarrollo de la región. Además, el discurso civilizador del CCA fue tomado para (re) educar al indígena y transformarlo en un ser humano más culto y decente, sobre todo a los niños y adolescentes que cursaban el nivel primario y secundario, para desde ahí poder enfocarse en un cambio en el indígena adulto, quien era visto como el más resistente a dichas transformaciones. Era importante para el CCA, implantar los buenos modales en los indígenas que frecuentaban los espacios públicos de la ciudad; sus discursos se dirigían mayormente a un cambio radical de sus malos “hábitos” considerados por los intelectuales y notables de la ciudad como “incultos”, “incivilizados” y bárbaros”. Esta manera de enfocar su discurso tuvo una influencia gracias a la aplicación de los métodos didácticos de la Escuela Nueva; influencia que sirvió para transformar a la clase subalterna y convertirlos en una clase “decente”, lográndose dicha transformación por las décadas de los sesenta y setenta del siglo XX.

Convertir al indígena en una persona más civilizada, fue una labor ardua, en los adultos; pero con mucha más facilidad en los niños y adolescentes que frecuentaban las escuelas y colegios de la ciudad de Ayacucho; logro que se dio por que muchos de los intelectuales del CCA era maestros de dichas instituciones educativas, quienes pusieron en práctica su discurso civilizador en el interior de las aulas escolares. Jóvenes que décadas más adelante, llegarán hacer ciudadanos decentes, con comportamientos más civilizados en los espacios públicos de recreación, como la Alameda, parques y plazoletas de la ciudad de Ayacucho, demostrándose que el discurso civilizado dio sus frutos.

Concluimos en manifestar que el logro de los intelectuales del CCA, si influyó en los cambios que se operaron en los comportamientos de los indígenas de la ciudad.

 

[1] Nació en Huanta, el 15 de octubre de 1861. Estudió en la Universidad Nacional de San Marcos (Lima). Fue abogado. Miembro del Partido Demócrata y fundó el Partido Liberal en Ayacucho en 1895-1899. Director de la revista Huamanga. Decano del Colegio de abogados de Ayacucho. Periodista, quien escribió en el periódico El Debate. Entre sus obras intelectuales tenemos Historia de Huamanga; Lo que hizo Huamanga pro la Independencia; el periodismo en Ayacucho; las afueras de Huamanga deben ser irrigadas, etc. Falleció el 2 de febrero de 1939.

[2] Nació el 5 de mayo de 1879, estudió Ciencias políticas en la UNMSM-Lima. Obtuvo su Grado de Doctor en Jurisprudencia. En 1914 fundó el periódico “La Era” en Ayacucho. Fue Decano del Colegio de Abogados, Vocal de la Corte Superior de Justicia de Ayacucho. Alcalde del Consejo Provincial de Huamanga en 1924. Miembro de la Sociedad Geográfica de Lima y uno de los fundadores del Centro Cultural Ayacucho en 1934. Sus obras intelectuales fueron: Ayacucho (1924); la ciudad prócer de Ayacucho (1955), y su obra cumbre “Monumentos coloniales de Huamanga en 1942. Falleció el 17 de julio de 1957.

[3] Nació el 24 de agosto de 1905 en la ciudad de Ayacucho. Sus estudios superiores los realizó en la UNMSM y en 1933 optó el Grado de Bachiller en Jurisprudencia. Al volver para su tierra natal de Ayacucho, se dedicó a la docencia. Entre 1944 a 1948, asumió la dirección del Colegio Nacional “San Ramón” (Hoy Mariscal Cáceres). Fue diputado por Ayacucho entre 1956 a 1962. Fue Ministro de Educación en el gobierno de Manuel Prado. Fundador del Centro Cultural Ayacucho. Escribió “Huamanga en la campaña de restauración”; “Historia primitiva de Huamanga”.

[4] Nació el 11 de febrero de 1904 en la ciudad de Ayacucho. Estudio en la Escuela Superior Normal de Varones en Lima. Fue profesor de Aritmética en el Colegio Seminario “San Juan Bosco” y en el Colegio “Mariscal Cáceres” de Ayacucho. De igual forma impartió enseñanzas en los cursos de Geografía, Historia del Perú y castellano. Fue Presidente del Instituto Antropológico del Perú-filial Ayacucho. Uno de los fundadores del Centro Cultural Ayacucho y Director de la Revista “Semilla pedagógica” de Ayacucho.

[5] Profesional de Servicio Social quien estudió en la ciudad de Lima y llegó a ser profesora de aula en Ayacucho.

[6] Nació en la ciudad de Ayacucho en 1883. Estudio en la Escuela Superior Normal de Varones, maestro de profesión. En 1907 escribió artículos en la revista “Escuela”. En 19010 fue promovido al cargo de Inspector de Instrucción pública en Huanta y La Mar del departamento de Ayacucho. Organizó la primera escuela rural andina del Perú. Publicó algunas obras, como: “Colonias escolares de niños indígenas en haciendas”; “Ensayos de pedagogía andinista”; “El aborigen de América y la instrucción primaria”; “La decadencia de Huamangas y su resurgimiento” y “La Escuela rural andina”.

 

Referencias bibliográficas:

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Cómo citar este artículo:

VÁSQUEZ GONZALES, José María, (2019) “Intelectuales, discurso civilizador y clases subalternas en Ayacucho”, Pacarina del Sur [En línea], año 11, núm. 41, octubre-diciembre, 2019. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Miércoles, 19 de Febrero de 2020.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.com/index.php?option=com_content&view=article&id=1813&catid=6

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