Pacarina del Sur
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Pacarina del Sur

Principales movimientos indígenas durante el siglo XVII en Mendoza (Argentina)

Main indigenous movements during the 17th century in Mendoza (Argentina)

Principais movimentos indígenas do século XVII em Mendoza (Argentina)

Martha Eugenia Delfín Guillaumin

Escuela Nacional de Antropología e Historia, México

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Recibido: 05-03-2020
Aceptado: 30-03-2020

 

 

Durante el proceso de araucanización[1] en su primera etapa durante la vida colonial, tenemos que los movimientos indígenas más importantes fueron los que se dieron desde 1658 hasta 1666 en que participaron conjuntamente puelches, pehuenches, araucanos y, en menor medida, huarpes.

Como antecedente directo del movimiento de 1658, tenemos a la serie de invasiones indígenas realizadas en las fronteras del Maule (Chile):

Porque el enemigo hizo entrada por la cordillera a las fronteras del Maule, por parte que jamás se imaginó fuera tratable y en previsión de que intente hacerlo de nuevo, se acordó, en sesión del Cabildo de Santiago, de 21-VIII-1657, de que los vecinos encomenderos de Santiago envíen sus escuderos al Maule (Espejo, 1954, pág. 193).

 

A fines de noviembre de ese año se realizó una segunda reunión de Cabildo en Santiago de Chile en la que se dio cuenta de la carta enviada por el capitán a cargo de las armas del paraje del río Maule, quien notificaba que los indios habían maloqueado veintisiete estancias de la otra banda del dicho río, con pérdida de trescientas personas entre muertos y cautivos.

El día 1° de febrero de 1658 se informó al Cabildo chileno que, gracias a las campañas punitivas exitosas enviadas por el Gobernador de Chile, se lograron rescatar más de veinte cautivos. Sin embargo, el 21 de marzo, en sesión de Cabildo, se anunció que el enemigo de este Reino estaba a punto de pasar a la provincia de Cuyo para destruirla. Se habían recibido noticias provenientes de Mendoza el día anterior informando cómo habían pasado la cordillera cerca de dos mil indios con sus armas y prevención dispuestos a atacar esa provincia. El Fiscal del Reino de Chile había solicitado a los vecinos encomenderos de Cuyo que fueran o enviaran a sus escuderos a combatir a los indios atacantes.

Meses más tarde, el Corregidor de Cuyo recibió una carta fechada en Valle Fértil (norte de San Juan) el 18 de septiembre de 1658 que le comunicaba que Pedro de Bórquez estaba alzado amenazando la tierra hasta Mendoza y que se había parapetado en Guandacal para hacer un fuerte. Sus seguidores habían matado gente española y herido a un fraile con dos flechazos. Los españoles tenían noticia de que el camino de Chorromoros había sido atajado por cincuenta indios, y por ser el Camino Real del Perú, el Gobernador de Tucumán había enviado desde Salta veinte hombres para reconocer el paso. Al mismo tiempo, el gobernador aguardaba la llegada de los refuerzos que enviaba Córdoba para despacharlos contra Pedro de Bórquez, quien se hacía nombrar el nuevo Inca.

El día 24 de ese mismo mes, el Cabildo de Mendoza envió a la Gobernación de Chile una carta en la que notificaban que lo tempestuoso de la cordillera no les había permitido informar acerca del peligro en que se encontraba la ciudad con la venida de los indios pehuenches comandados por el cacique Bartolo. Estos indios habían llegado a veinte leguas de las estancias con “los despojos cogidos en la maloca del Maule y la sotana del fraile jesuita que allí mataron” (Espejo, 1954, pág. 195).[2] Estos indios confederados se habían dirigido a Mendoza cuando se enteraron de la poca defensa con que contaba la provincia; habían obtenido varias victorias, pero cuando estaban a punto de llegar a la ciudad de Mendoza se frustró su entrada porque un cautivo que llevaban logró escapar de sus tolderías y dar aviso a tiempo a los españoles. El 20 de julio de 1658, el Corregidor de Cuyo salió de la ciudad de Mendoza acompañado por 70 personas armadas con cuarenta armas de fuego y escasas municiones. Su propósito era combatir a los indios confederados. El Corregidor logró atrapar a 70 indios y a 3 caciques, contándose entre ellos el toqui puelche Bartolo; de estos indios capturados, algunos fueron ajusticiados en Mendoza.

Previamente, los pehuenches que acompañaban a los puelches del cacique Bartolo y que habían sido los que hicieron el saqueo del Maule, se separaron de sus aliados por el recelo que les provocó la fuga del cautivo español. Se habían retirado después de parlamentar en una junta a la que supuestamente habían asistido dos mil indios. Tenían pensado regresar en el mes de febrero (verano) a asolar la tierra, cosa que hubieran realizado a no ser por la muerte del toqui que tomaron como mal augurio. En vista de estos acontecimientos, el Cabildo de Mendoza solicitaba que de Chile enviaran cien hombres armados antes de que se cerrara la cordillera a causa de la nieve.

El 25 de septiembre de ese mismo año se envió un informe al Gobierno de Chile acerca del destino de los indios hechos prisioneros por el Corregidor en el mes de julio. Estos indios habían sido llevados a la ciudad de Mendoza en el mes de agosto en colleras junto con sus hijos y mujeres. Esta gente de chusma los había acompañado en la invasión porque “traían por tan hecha la presa que las mujeres venían por el maíz y ellos por los despojos” (Espejo, 1954, pág. 197). Estos indios pertenecían a varios grupos étnicos confederados, a saber, pehuenches, puelches, mocotanes o paratames. Los pehuenches capturados fueron los menos porque el grueso del grupo se había retirado como ya hemos visto para regresar en el tiempo del maíz, es decir, cuando las aguas de los ríos llevaran menos caudal y fueran más fáciles de cruzar.

Portada de La provincia de Cuyo…, de Juan Luis Espejo (1954)
Imagen 1. Portada de La provincia de Cuyo…, de Juan Luis Espejo (1954)

El Corregidor de Cuyo, por carta fechada en Mendoza el 25 de septiembre de 1658 dirigida al gobernador de Chile, le informaba que aparte de los indios capturados habían logrado recuperar de las tolderías indígenas 152 caballos flacos, y entre las mujeres indias, sedas, jubones, monedas de plata, camisas, vestidos y otras prendas.

Mencionaba en su informe que los puelches que había apresado formaban parte de una división de los grupos indios confederados. Los pehuenches se habían retirado al interior para convocar más gente. Prevenía el Corregidor el peligro que representaría a los españoles que estos indios se lograran comunicar con los calchaquíes del noroeste por el valle de Jaurúa, lo que podría evitarse si se colocaban cien hombres armados en las cercanías del cerro Nevado para amedrentarlos.

Este personaje también comunicaba al gobierno chileno que era imposible sacar gente española de la ciudad de San Juan (norte de Mendoza) para ir a combatir a los indios por ser frontera con los indios calchaquíes, ya que, de hacerlo, la ciudad quedaría a merced de los indios de servicio y existía la posibilidad de que éstos aprovecharan la oportunidad para rebelarse. Señalaba, a su vez, que los vecinos de San Juan no prestaban ayuda pues “los más de ellos se hayan cargados de preeminencia que solicitan por hallarse exentos de cualquier orden y mal se puede acudir con ellos al servicio del Rey” (Espejo, 1954, pág. 199); no había habido en esa ocasión (la de los indios rebelados) vecino ni capitán que se aviase por su propia voluntad para ir a combatir a los grupos indígenas enemigos.

Finalizaba su carta comentando los asaltos indígenas en las provincias de San Luis y Córdoba. En la primera, los indios habían atacado a los alcaldes, y en la segunda, se apoderaban de las carretas de los comerciantes. Todo lo anterior se tornaba cada vez más grave por estar la provincia de Cuyo “escasa de armas” en caso de repetir los indios sus ataques.

Ese mismo día (25 de septiembre de 1658), el Cabildo de la ciudad de San Juan informaba por carta al gobierno de Chile que habían recibido noticias desde Valle Fértil sobre cómo Pedro de Bórquez se había hecho coronar Rey de los Calchaquíes, quemando las iglesias y expulsando a los padres de la Compañía de Jesús que estaban en las misiones, pues tenía convocada a toda la provincia de Tucumán. Lo anterior fue informado a los españoles por una india espía de origen calchaquí a quien aquéllos habían aprehendido cuando se hallaba averiguando si los puelches y pehuenches iban a dar el asalto para que los calchaquíes, a su vez, “se dejaran caer por el otro lado”, es decir, por el norte de la provincia de San Juan. Los cabildantes de San Juan pensaban que las ciudades de San Juan y Mendoza iban a ser atacadas por los indios rebelados del norte y por lo mismo solicitaban el auxilio correspondiente de Chile (Espejo, 1954, pág. 200).

El movimiento de resistencia étnica calchaquí había comenzado en diciembre de 1658. Pedro Bórquez Chamijo había convencido al gobernador de Tucumán para que lo dejara usar el título de Inca, con las preeminencias y prerrogativas inherentes a su rango, lo que fue desaprobado por el virrey de Perú quien dio orden de aprehender al Nuevo Inca, acción que, según Morales Guiñazú, originó la sublevación de los indios del Tucumán, misma que al repercutir en Cuyo hizo que los indígenas del sur mendocino comandados por el cacique puelche Bartolo Yogarri y su hermano don Juanillo, con la cooperación de los indios chilenos del toqui araucano Tanaqueupú, se unieran a la rebelión general preparando una invasión a  Mendoza.

Como ya hemos visto, dicha invasión no se llevó a cabo porque el aviso oportuno de la Real Audiencia de Chile hizo que los mendocinos estuvieran prevenidos al ataque y salieron al encuentro logrando capturar a algunos caciques y su gente. Los indios prisioneros fueron procesados y, en consecuencia, muchos de ellos fueron ejecutados contándose al cacique puelche Bartolo entre éstos. Su hermano don Juanillo fue condenado a galeras en el Callao, pero cuando era conducido a Chile, logró fugarse en la cordillera. Don Juanillo se reunió con Tanaqueupú y juntos planearon una nueva invasión a Mendoza pretendiendo asaltar las estancias del sur de la provincia. Esta incursión se realizó en 1660, en la cual los indios asaltaron, robaron y mataron a cuanto español encontraban a su paso. Cuando estaban a 20 leguas de distancia de la ciudad de Mendoza detuvieron su marcha porque sus cabalgaduras se hallaban demasiado cansadas por el largo camino recorrido. De esta forma, la ciudad se salvó de ser saqueada. Los indios en esta ocasión descubrieron una senda antes jamás andada que más adelante les serviría para realizar nuevas incursiones en territorio mendocino. Los indígenas aliados quedaron convenidos para volver otro año con más provisión.

Don Juanillo decidió avanzar por su cuenta hacia la ciudad de San Luis para asaltarla saqueando al pasar varias estancias. Sin embargo, fue muerto cerca de Mendoza por el teniente de Corregidor de esta ciudad, quien, además, tomó prisioneros a muchos de los que acompañaban al malogrado invasor.

Morales Guiñazú comenta que de esa forma finalizó el “levantamiento de indios que mayores inquietudes causó en Cuyo, por el hecho de haberse producido conjuntamente y en combinación con el de los Calchaquíes, que había terminado con la prisión del aventurero Bohorquez en 1659 y su posterior juzgamiento y decapitación en Lima” (Morales Guiñazú, 1938, págs. 30-32).

De lo anteriormente citado podemos deducir que la fuerza que propició el levantamiento de los indios del noroeste argentino fue dada por el Nuevo Inca, rey de los calchaquíes, Pedro de Bórquez (Bohorquez) Chamijo. Su repercusión en Cuyo, según lo visto en el texto de Morales Guiñazú, demuestra la potencia del mencionado movimiento.

¿Podría entonces hablarse de un movimiento socio religioso en el que los indígenas vieron en Bórquez la oportunidad de librarse del yugo español? Si así fuera, podría decirse que se trataba de un movimiento mesiánico. Pereira de Queiroz menciona tres características propias de los movimientos mesiánicos: “Tres elementos indispensables forman la base de todo movimiento mesiánico y lo hacen específico: una colectividad descontenta u oprimida, la esperanza en la venida de un emisario divino, que debe enderezar los entuertos que aquélla sufre, y la creencia en un paraíso al mismo tiempo sagrado y profano” (Pereira de Queiroz, 1969, pág. 22).

Esta autora afirma que como trasfondo de todo movimiento mesiánico existe una situación de desgracia o crisis. La promesa mesiánica, al igual que la milenarista, no se dirige a individuos sino a colectividades. Al parecer dichas condiciones se cumplen en nuestro caso, pero desgraciadamente carecemos de mayores datos para seguir ahondando en este sentido.[3]

La veta interpretativa que estamos planteando ut supra es inédita dado que por lo común el movimiento de resistencia indígena de 1658 es explicado por “motivos económicos y deseo de autoconservación” (Prieto, 1983, pág. 243).

Prieto menciona la conexión existente entre los ataques y las fluctuaciones climáticas, especialmente las precipitaciones. Según esta autora, durante el siglo XVII se produjeron muy pocos ataques a las estancias y poblaciones españolas de Mendoza, quizás debido a la abundancia de pastos y de cacería en esta centuria. Nos parece oportuno aclarar este tipo de observaciones para evitar una recaída en las posiciones decimonónicas del “determinismo geográfico” o en las más recientes explicaciones mecanicistas de la historia. Por supuesto que las condiciones físico-geográficas tienen un rango importante para concurrir a la interpretación de los fenómenos sociales, pero ello no debe conducir a negar la dinámica propia y específica de las iniciativas políticas. Una sequía o la abundancia de lluvias resultan significativas de acuerdo con la importancia (siempre subordinada) que adquieran para las necesidades de organización que tiene un grupo social. En este contexto utilizamos el término iniciativas políticas para referirnos a la lucha por organizar cualquier sociedad ya sea india o no india.

Prieto también apunta que los movimientos indígenas de 1658-1668 estuvieron relacionados con “un estado de intranquilidad general de los indígenas de esa parte del continente” (Prieto, 1983, pág. 243). Esto último ayuda a sustentar nuestra hipótesis de que los movimientos indígenas de 1658-1659 no solamente estuvieron motivados por razones económicas, sino de otra índole como podrían ser las propias de un movimiento socio religioso mesiánico.[4]

Ni los puelches, ni los pehuenches o araucanos se dieron cuenta del todo de lo que estaba ocurriendo, es decir, de la magnitud del suceso, pero si se supone que planeaban juntarse con los calchaquíes rebelados, es que algún tipo de relación debió existir entre ambos movimientos (el calchaquí y el cuyano).

Otros factores intervinieron para impedir que los planes de los indios se llevaran a cabo, como fue el hecho de parecerles un mal presagio la muerte de su toqui (Bartolo Yogarri), lo que motivó la suspensión de las operaciones de combate a pesar de su supuesta superioridad numérica (presuntamente 2,000 indios, aunque suponemos que su número era mucho menor).

En el expediente que trata acerca del juicio que se llevó a efecto para juzgar a los indígenas capturados aparecen muchos datos de tipo etnográfico interesantes. Uno de ellos sería el que indica que el cacique Bartolo obtuvo tal cargo no tanto por linaje sino por prestigio, ya que era indio ladino (además del puelche hablaba la lengua araucana y la castellana) y poseía grandes cualidades como guerrero.

Canals Frau, cuando analiza las características lingüísticas del proceso, señala que los indios puelches del cacique Bartolo no pudieron ser interrogados directamente por los intérpretes que conocían el araucano y el huarpe millcayac, sino que se tuvo que proceder indirectamente por medio de dos lenguaraces distintos: uno español que conocía el millcayac, y otro huarpe que, además de su propia lengua, dominaba el puelche.

La traducción se hizo en el siguiente sentido:

Lo anterior nos hace suponer que en la segunda mitad del siglo XVII los puelches eran identificados como tales y que buena parte de ellos conservaba su propia lengua ignorando en gran medida la araucana.

En la documentación del juicio aparecen varios indígenas con nombre cristiano: Bartolo, Juanillo, Francisco (uno de los indios chiquiyanes interrogado), entre otros. Esto indica su relación con el grupo español, “Francisco indio encomendado, su cacique se llama Juan… preguntádole si ha estado con los españoles, dijo que una vez y no más los ha visto…” (Canals Frau, 1953, pág. 367).

Este vínculo fue efímero porque las encomiendas de indios puelches casi siempre fracasaron debido al carácter rebelde que hacía que éstos huyeran de sus encomenderos españoles. De cualquier forma, el nombre cristiano de muchos de esos indios obedeció al hecho de que durante el siglo XVII los mismos habían sido bautizados por misioneros ambulantes que pasaron por sus tierras o por haber estado encomendados.

También se sabe, gracias al expediente mencionado, que los indios confederados se habían movilizado con “todas sus chusmas”:

Aaa Ítem si saben que el dicho don Bartolo con todos sus indios y los que venían entre los dichos venían con toda su chusma de hijos y mujeres y los más de los hijos mamando, indios ciegos, viejas a los quales les hallaron en su toldería como lo han de uso y costumbre cuando andan cazando para poderse sustentar (Michieli, 1978, pág. 11).

 

Estas chusmas servían a los guerreros con sus gritos que les infundían valor seguramente. De igual manera resulta interesante observar cómo los “cristianos cautivos” participaban en los malones lo que les aseguraba parte del botín y la comida. Uno de los españoles cautivos (Pedro García) que acompañaba a los indios confederados del referido movimiento de 1658, logró evadirse un día antes del planeado malón,[5] y ese hombre, al ser interrogado por las fuerzas militares de Mendoza, declaró que los indígenas invasores “venían por diversas partes, para juntarse en una laguna grande que hay delante del cerro Nevado, entre el dicho cerro y la cordillera que llaman de Payen” (Rusconi, 1962, pág. 444).

Los caciques puelches cuyos nombres aparecen en los documentos del juicio eran Bartolo Yogarri (morcoyán), Cayla (oscoyán), Juan (chiquiyán); los jefes pehuenches eran Colemaguida, Matián, Sonsón (o Velín); el cacique araucano era Tanaqueupú. Al parecer, el toqui o cacique principal a cargo de la invasión era Bartolo.

Otro aspecto rescatable del material revisado es la forma como los indios se organizaron para realizar la operación. Al parecer el cacique Bartolo y su hermano Juanillo habían llegado a Mendoza junto con el cacique araucano Tanaqueupú después de su incursión en el Maule. Su propósito era asaltar las estancias del valle de Uco y Jaurúa para luego pasar a la ciudad de Mendoza.

Entre los indios aliados había puelches (chiquiyanes, oscoyanes y morcoyanes), pehuenches y araucanos, quienes se reunieron en parlamento para elaborar el plan de ataque.

Parece ser que la junta guerrera se llevó a cabo en Malar, “donde llaman El Corral, en la Laguna Grande [Llancanelo] que está hacia Payen” (Rusconi, 1962, pág. 445). Allí el cacique Bartolo se puso de acuerdo con los pehuenches que, según Cabrera, tenían fama de “valientes, indómitos, astutos, rapaces y crueles, como sus vecinos, pero más industriosos y sedentarios que ellos” (Cabrera, 1929, pág. 350), para ponerse de acuerdo en la forma de realizar la incursión.

Otro aspecto interesante del proceso es la existencia de pagas que se hacían los indios al reunirse en parlamento. Es decir, el cacique que convocaba a la reunión tenía que obsequiar a sus invitados con regalos y comida logrando de esta forma agradarlos y convencerlos para que lo ayudaran a efectuar el malón. El cacique anfitrión, además de las pagas, ofrecía a sus invitados una serie de razones (argumentos) para animarlos a la lucha. En cuanto a los regalos, éstos generalmente eran en especie (mantas, camisetas, hilados -mollca-, sobrecamas, etc.), una variante del potlatch de los indios del noroeste americano, en el que dar-recibir-devolver se convierte en dar regalos y comida, recibirlos o aceptarlos, y devolver alianza y fidelidad durante la campaña guerrera a realizar. El prestigio (el rostro) de los unos al dar, se manifiesta en los otros al devolver.[6] La confianza mutua y el honor quedarían como mediadores del trato. El parlamento no estaba exento de un clima mágico religioso. Los machis o hechiceros ayudaban a convencer a los presentes para aliarse y luchar contra los enemigos (en este caso el grupo español). Exacerbaban los ánimos asegurándoles que en medio de su trance (dentro de las ceremonias que realizaban), hablaban con los espíritus y que éstos les ordenaban que matasen o robasen a los españoles. El mismo cacique Cayla tenía fama de machi y los indios seguramente lo seguían por su prestigio y el respeto que les infundía.

Un siglo más tarde, un soldado español relata cómo los pehuenches amigos de los españoles consultaban a sus agoreros para saber si les convenía i no emprender una expedición contra los indios enemigos huilliches del Neuquén:

El indio después de hacer mil aparatos y simplezas aparentó que hablaba o que se le introducía el diablo, digo que aparentó por qe tal me persuado yo qe sucede, pero los indios todos creen que efectivamente habla con el espíritu maligno y qe es su amigo y así tiene al Mache en una reputación grande, finalmente les dijo qe el éxito de la jornada sería feliz (Sosa Morales, 1965, pág. 96).

 

Al parecer de Prieto, los indios carecían de una integración local y de una jefatura poderosa lo que impidió la existencia de una verdadera organización militar, que era esporádica y limitada a circunstancias particulares. Se trataba generalmente, continúa esta autora, de ataques aislados con el sólo fin del pillaje. De esta forma, apunta, el débil nivel de integración social fue la causa básica del escaso sentido unitario, hecho que impidió la consecución de un frente único de lucha contra los españoles. Puntualiza que “la supremacía española era más visible en relación al sistema de reclutamiento y a la constitución de cuerpos eficaces de guerreros, es decir al sistema organizativo en general, que este tipo de bandas no lograba consolidar” (Prieto, 1983, pág. 240).

Sin embargo, en 1658, los indígenas no solamente habían celebrado parlamentos para elegir líder y planear la expedición, sino que su número era mucho mayor que el de los españoles (se supone que eran cerca de dos mil indios confederados, dato exagerado sin duda pero que demuestra que no se trataba de una incursión común). De no haber sufrido la pérdida de su toqui quizás la historia hubiese tenido otro final.

Nosotros suponemos que los cambios producidos al interior de los distintos grupos étnicos al intensificarse el proceso de aculturación (araucanización y mayor contacto con los españoles por vía guerrera o pacífica) en el sur mendocino, pampa y Patagonia argentina, fueron los que, a fin de cuentas, proporcionaron mayor cohesión a las diversas parcialidades: identificación con el grupo al que pertenecían, una idea de territorialidad (mapu) más definida, reafirmación de alianzas (creando igualmente nuevas alianzas o haciendo surgir odios intergrupales).

Tratar de comparar los dos sistemas guerreros (español e indígena) para determinar la superioridad de uno sobre otro, nos parece tarea estéril; es ahistórica porque no pone en la balanza los procesos anteriores que configuraron el poderío español y, además, tiende a ver en la superioridad técnica (ejemplo, reclutamiento español) un factor al margen de las relaciones sociales que posibilitaron la colosal expansión imperial hispana. Por último, se trata de un análisis de hechos consumados, no se detiene en las particularidades que condujeron a la victoria de los invasores y sería inaplicable a otros casos históricos como Vietnam en donde los nativos expulsaron al invasor con inferior capacidad de fuego, con menor cantidad de recursos, etc.

Retomando el proceso de 1658-59, se sabe que el botín rescatado por los españoles de las tolderías indias incluía monedas de plata, polleras (faldas), jubones blancos (especie de corpiño), camisas y vestidos de paño de procedencia europea.

Las armas utilizadas por los indios fueron el arco y la flecha principalmente, pero también espadas y machetes (utilizadas por los caciques), machetones, fustes araucanos, cosoletes y celadas. Según Prieto, “si a este material bélico – fundamentalmente de procedencia hispana – se le agrega el caballo, se podría afirmar que la diferencia en cuanto a tecnología de guerra era prácticamente nula con respecto a la utilizada por los españoles de Mendoza, obsoleta y escasa de por sí” (Prieto, 1983, pág. 240). Opinión que no compartimos puesto que las armas hispanas empleadas por los indígenas eran escasas (si a los españoles les faltaban, a los indios con mayor razón), y además, los españoles tenían armas de fuego y pólvora, inclusive más adelante, llegaron a tener cañones.

Los puelches para movilizarse usaban los caballos obtenidos del trueque con los huarpes que vivían cerca del río Diamante, a quienes daban a cambio plumeros, pellones y plumas coloradas. En este intercambio también obtenían yaguas y mulas, así como los perros que seguramente les servían como guardianes y para la caza (Prieto, 1983, pág. 239). De todas maneras, gran parte de los indios se trasladaban a pie. Dice Rusconi que con el uso del caballo se empezaron a emplear más la tacuara[7] y las boleadoras, pero eso no significó que dejaran de utilizar el arco y la flecha (sobre todo los que iban a pie) (Rusconi, 1962, pág. 448).

Generalmente las incursiones indígenas a “tierras de españoles” se realizaban durante el verano, pero en aquella ocasión (1658) se hallaban en pleno invierno. Por eso quizás los pehuenches tenían planeado regresar en el “tiempo del maíz” cuando los ríos llevaban bajo caudal y resultaba más fácil cruzarlos.

Según informa Verdaguer, los huarpes, “gente pusilánime y sin bríos”, sirvieron en los movimientos de 1858-60 a los indios rebeldes como guías de la tierra (Verdaguer, 1920, pág. 48), es decir, proporcionaron un apoyo logístico al movimiento.

La última movilización importante de indios durante el siglo XVII se realizó en 1666-68. Los indígenas pehuenches, puelches y araucanos de chile invadieron en 1666 la estancia de los jesuitas ubicada en los valles de Uco y Jaurúa a dieciocho leguas de la ciudad de Mendoza. Allí los pehuenches dieron muerte al Rector del Colegio jesuita de Mendoza, el padre Lucas Pizarro, que se hallaba en la estancia.

Los indios confederados eran pehuenches de Chile e indígenas de los llanos de Mendoza. Conformaban una fuerza considerable. Los indios pehuenches habían llegado de Chile y habían convencido a los puelches para atacar a los españoles de Mendoza tal como ellos habían hecho con los de Chile. Los indios confederados estuvieron un mes ocultos en los montes para prepararse y luego usaron a los indios cuyanos como guías hasta el valle de Uco. Al atacar la estancia jesuita, un indio pampa que había sido bautizado con el nombre de Antón, viendo que lo querían dejar vivo al padre Pizarro para llevarlo cautivo a sus tolderías (de los pehuenches), “les dijo que no hicieran tal, sino que lo matasen, diciendo que era hechicero y engañador con falsa doctrina, que predicaba embustes y mentiras y que les privaba a los indios de sus gustos y placeres que tenían en su vida de gentiles; por lo que se resolvieron a matarle” (Verdaguer, 1931, págs. 155-156). Después saquearon el altar de la capilla y descabezaron a la imagen de la Virgen que allí estaba.

En 1668 ocurrió una nueva invasión de indios a Mendoza. El 2 de agosto de ese año, los puelches y pehuenches entraron a las estancias del valle de Uco y cautivaron catorce o quince personas, casi todas indias e indios, a excepción de una pareja de españoles. También se llevaron a los caballos y mulas que había en el valle. El Corregidor de Cuyo organizó una expedición punitiva con gente de Mendoza y San Juan, sin embargo, no se llevó a efecto porque los cabildantes de Mendoza consideraron que tal acción resultaría contraproducente para los habitantes de la ciudad de Mendoza. Suponían infructuosa la salida del Corregidor porque los indios enemigos una vez que hacían la presa, se retiraban rápidamente y se dispersaban sin podérseles dar alcance.[8]

Los españoles de Mendoza carecían de suficientes cabalgaduras, lo que hacía más difícil la expedición porque sin ella no se podían buscar a los indios con la diligencia que el caso requería. Además, con la salida de los hombres reclutados quedaba desprotegida la ciudad, lo que permitiría a los indios atacantes invadirla y saquearla como había ocurrido en otras ocasiones que los españoles salían a buscar a los indios y éstos aprovechaban su ausencia para entrar a la ciudad.

Los cabildantes pensaban que se hacía necesario tener bien resguardada a la ciudad de Mendoza para evitar dichos asaltos y que, en caso de organizarse cualquier salida, se debía dejar “gente de resguardo en ella”.

Otro inconveniente era que los españoles ignoraban cuántos indios habían cometido la invasión, lo que acrecentaba la dificultad de organizar la expedición punitiva y llevarla a feliz término (para los españoles). Por otro lado, los vecinos de Mendoza estaban ocupados en sus sementeras. En caso de que el Gobernador y Capitán General del Reino de Chile enviara auxilio a Mendoza, no habría mantenimientos con los que abastecerlos porque si los vecinos descuidaban sus siembras perderían la cosecha. De esta forma, los capitulares del Cabildo mendocino le pidieron al Corregidor que esperara mejor ocasión para llevar a efecto la expedición contra los indios. Le proponían los cabildantes al Corregidor que, si quería enviar gente a “reconocer el valle”, de una casa en que hubiera dos hombres sacara sólo a uno y dejara al otro para cuidar las siembras.

Finalmente se celebró un cabildo abierto en el que el pueblo manifestó su opinión sobre la mejor forma de defender la ciudad; acordaron mandar centinelas al valle de Jaurúa para montar guardia permanente en este sitio y avisar enseguida en caso de aproximarse los indios “enemigos”. Estos centinelas se encontraban bajo las órdenes del alcalde de la ciudad de Mendoza. Los pobladores debían darles “cada un mes dos indios de satisfacción aviados de lo necesario para su sustento” (JEHM, 1945, págs. 424-425 y 433).

 

Notas:

[1] Proceso de araucanización entendido como la infiltración y establecimiento del grupo chileno araucano (mapuche) en la pampa y Patagonia argentina durante los siglos XVII y XVIII principalmente.

[2] La tardanza en el envío de las noticas se debía al hecho de que durante la época invernal (que podía durar más de seis meses) los pasos intercordilleranos quedaban cerrados por la nieve.

[3] En 2020 se puede leer sobre este personaje en la obra Ana María Lorandi, De quimeras, rebeliones y utopías: la gesta del inca Pedro Bohorques (1997).

[4] Aclarando que no son nunca -al decir de Pereira de Queiroz- movimientos religiosos “puros”, sino movimientos de rebelión, que utilizan la religión para llegar a la solución de un problema sociopolítico o socioeconómico.

[5] Al malón indígena se le entiende como una incursión violenta por guerra o saqueo.

[6] Acerca de las maneras de intercambio entre los grupos étnicos véase Mauss, “Ensayo sobre los dones. Razón y forma del cambio en las sociedades primitivas”, en Sociología y Antropología, 1971, pp. 195-222. Este principio de dar-recibir-devolver se puede apreciar en la costumbre ranquel que Mansilla cita en su libro Una excursión a los indios ranqueles escrito en 1869-70, de dar y pedir con vuelta.

En cierta ocasión que Mansilla se hallaba en los toldos del cacique ranquel Baigorrita, los indios mandaron traer una vaca para carnearla. Mansilla se extrañó de que la trajeran de lejos y preguntó a uno de los indios del cacique la razón de tal hecho:

“- ¿Y qué, mi compadre no tiene vacas gordas aquí? – le pregunté a San Martín.

“- No señor, si está muy pobre – me contestó.

“- ¿Muy pobre?

“- Sí, señor.

“- ¿Y cuánto vale una vaca?

“- No tiene precio.

“- ¿Cómo no tiene precio?

“- Cuando es para comercio, depende de la abundancia; cuando es para comer no vale nada; la comida no se vende aquí, se le pide al que tiene más.

“- ¿De modo que los que hoy tienen mucho, pronto se quedarán sin tener qué dar?

“- No señor; porque lo que se da tiene vuelta.

“- ¿Qué es eso de vuelta?

“- Señor, es que aquí el que da una vaca, una yegua, una cabra o una oveja para comer, la cobra después; el que la recibe, algún día ha de tener.

“- ¿Y si se le antoja no pagar?

“- No sucede nunca.

“- Puede suceder, sin embargo.

“- Podría suceder sí señor, pero si sucediese, el día que a ellos les faltase nadie les daría.” (1940, págs. 218-219).

[7] Lanza provista en la punta de una jabalina de piedra, una punta de madera dura y aguzada. Cuando los indios conocieron el hierro a la llegada de los españoles utilizaron ese metal para hacer las hojas o puntas.

[8] Táctica similar a la de la guerrilla que luego de realizar la operación, los atacantes no se retiran en bloque o cuerpo sino diseminados.

 

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Cómo citar este artículo:

DELFÍN GUILLAUMIN, Martha Eugenia, (2020) “Principales movimientos indígenas durante el siglo XVII en Mendoza (Argentina)”, Pacarina del Sur [En línea], año 11, núm. 43, abril-junio, 2020. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Lunes, 13 de Julio de 2020.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.com/index.php?option=com_content&view=article&id=1879&catid=6

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