Pacarina del Sur
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El exilio de dictadores latinoamericanos en la República Dominicana trujillista (1957-1960)

The exile of Latin American dictators in the Trujillista Dominican Republic (1957-1960)

O exílio de ditadores latino-americanos na República Dominicana Trujillista (1957-1960)

Guadalupe Rodríguez de Ita

Instituto de Investigaciones José María Luis Mora, México

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Recibido: 21-08-2019
Aceptado: 10-09-2019

 

 

Consideraciones iniciales

Antes de adentrarse en el objeto de estudio de este artículo, se considera pertinente hacer una breve revisión acerca de lo que se entiende aquí por exilo y cuáles son sus principales rasgos característicos. Se estima que lo primero que hay que apuntar es que, en los hechos, el exilo es un fenómeno migratorio, individual o colectivo, tan antiguo como la humanidad misma, que adquirió mayor visibilidad y relevancia en los siglos recientes al formarse los Estados-nacionales, establecerse las fronteras físicas y las nociones de nacionalidad, patria, ciudadanía, etcétera.

En particular, en América Latina este fenómeno se hizo más evidente y frecuente durante la segunda mitad del siglo XX, contribuyendo a despertar un mayor interés en él en distintas esferas de la sociedad. En el ámbito académico, sobre todo a finales de esa centuria, estudiosos de las Ciencias Sociales y las Humanidades avanzaron en la sistematización del conocimiento del tema y generaron un corpus bibliográfico en el que se hayan análisis de distinta profundidad y alcance, desde monografías individuales hasta amplias obras colectivas, que abordan diversas aristas del fenómeno del exilo. Entre los libros que han salido a la luz en los últimos diez años, en el marco de la historia política –en la que pretende inscribirse este artículo–, sobresale el de los científicos sociales argentinos Mario Zsnajder y Luis Roniger, titulado La política del destierro y el exilo en América Latina, publicado primero en inglés (2009) y luego en español (2013). En sus páginas, entre otras cuestiones, se debate acerca de la definición del término exilo, se revisan las características de los exilados latinoamericanos a lo largo de la historia de los siglos XIX y XX, así como de los lugares de exilo, de las comunidades de exilados y de su activismo político, lo mismo que del retorno a su país de origen o de su integración al de acogida. Por el asunto que aquí interesa, es importante destacar que los autores dedican un capítulo a los “presidentes en el exilo”, donde pasan lista a una gran cantidad de políticos que fueron exilados antes y/o después de convertirse en gobernantes; donde, por cierto, apenas si incluye breves notas acerca de las experiencias de Perón y de Batista en República Dominicana, pero no de Rojas Pinilla y Pérez Jiménez. El libro ofrece aportaciones sustanciales y, si bien se puede estar de acuerdo o no con algunos elementos y se echan de menos otros, es una obra imprescindible para el objeto de estudio que aquí se trata.

Rafael Leónidas Trujillo
Imagen 1. Rafael Leónidas Trujillo. http://amoamao.net

Con base en ese texto y en otros más, bien puede afirmarse que el exilo es un término polisémico que suele fundirse y confundirse con otras expresiones como, por ejemplo: destierro, deportación y expatriación, asilo y refugio, diáspora y éxodo; sin embargo, cada una tiene características propias que las diferencian entre sí, aunque también tienen en común un elemento importante: todas son una forma de migración forzada, en particular por motivos políticos (Rodríguez de Ita, 2015, págs. 51-55; Sznajder & Roniger, 2013, págs. 31-46). En este artículo, el exilo se entiende como la salida forzada del país de origen, pero con cierto margen –casi siempre reducido– de decisión voluntaria, esto es, cada persona resuelve si debe y quiere abandonar su tierra natal; es decir, se trata de una emigración “forzivoluntaria” por razones políticas, como lo señalar incluso varios exiliados.

Entre las personas que salen al exilo se pueden encontrar políticos y sindicalistas, artistas e intelectuales, profesores y estudiantes universitarios, profesionistas y obreros, así como variados miembros de la sociedad civil (Sznajder & Roniger, 2013, págs. 101-120, 172-235, 312-345). Casi todos tienen una filiación y/o una actividad política definida, desde gobernantes dictatoriales o demócratas hasta ciudadanos comunes, pasando por dirigentes, militantes y simpatizantes de alguna corriente político-ideológica, sea de derechas, centro o izquierdas, destacándose de manera cuantitativa y cualitativa los de dos estas últimas.

La salida al exilo puede ser clandestina, sin protección jurídica y hasta sin ningún documento; o bien de manera abierta, con pasaporte. Puede ser con protección jurídica, a través de la figura de refugiado, otorgada por el Alto Comisionado de Naciones Unidas para Refugiados (ACNUR), o por medio de la de asilado concedido por algún Estado firmante de convenciones suscritas al respecto (Rodríguez de Ita, 2011, págs. 256-258, 262-263). Independientemente de la forma de salida y según variadas circunstancias, los exilados tienen como opciones: quedarse en el país receptor, irse a otro o a otros (exilo en serie o serial), regresar al de origen (Sznajder & Roniger, 2013, págs. 45-52). En casi todos los casos, buscan el retorno y se desexilan cuando las circunstancias lo permiten. Otros, ante la prolongación del exilo, se quedan e integran en definitiva en el territorio de acogida.

Dependiendo de diversos factores, el exilo se realiza hacía países que ofrecen cierta apertura; en general, quienes lo necesitan emigran con más frecuencia hacia países limítrofes o cercanos al de origen, y en menores ocasiones a lejanas tierras (Sznajder & Roniger, 2013, págs. 121-171).

Más allá de lo expuesto hasta aquí, los exilados son tal en la media que se identifican a sí mismos con ese término. Sin embargo, no faltan algunos que, aun siéndolo ampliamente, se niegan a aceptarse como tal. De allí que, para entender mejor este fenómeno, hay que seguir estudiando casos particulares que se dan en distintas partes de la región, en varios momentos de la historia.

Tal como ocurrió en los últimos años de la década de los cincuenta del siglo XX, cuando diversas causas internas y externas de América Latina y el Caribe obligaron a varios gobernantes en funciones, calificados de dictadores, a dejar el poder y salir al exilo. Fue el caso del colombiano Gustavo Rojas Pinilla, del venezolano Marcos Evangelista Pérez Jiménez, del argentino Juan Domingo Perón y del cubano Fulgencio Batista y Zaldívar, quienes fueron recibidos en República Dominicana, por entonces dominada por el longevo dictador Rafael Leónidas Trujillo, a quien llamaban –al parecer más por miedo, que por admiración– el Generalísimo, el Benefactor de la Patria y el Jefe. Cada uno de los cuatro exmandatarios arribaron de distinta manera a la isla caribeña y se establecieron por pocos meses o máximo un par de años, lapso en que tuvieron que alternar, en mayor o menor medida, con su anfitrión y fueron atendidos por él de forma diferenciada.

El objetivo de este artículo es conocer cómo se dio el proceso de exilo de cada uno de los cuatro dictadores recibidos en República Dominicana, en particular las razones y la forma en que llegaron y salieron de la isla caribeña, así como la manera en que fueron tratados o destratados por el denominado Generalísimo. Se parte del supuesto de que esta situación de exilo tiene los rasgos característicos comunes arriba esbozadas, pero también presenta algunos particulares, tanto en cada caso, como en el conjunto de ellos.

Cumplir el objetivo y mostrar los elementos ordinarios y extraordinarios de los casos examinados no es tarea del todo fácil, toda vez que hay muy poca información disponible al respecto, lo que obstaculiza seguir con puntualidad la pista de los exilados, a pesar de que eran figuras públicas notorias. Para superar las dificultades se hizo una amplia búsqueda de materiales en soportes tradicionales y electrónicos logrando encontrar varias fuentes primarias y secundarias. Entre ellas se hallan algunos trabajos periodísticos y blogs de historiadores, sobre los que se practicó una validación lo más cuidadosa posible. También se localizaron entrevistas y memorias de diversos actores, publicadas en distintos momentos y en diferentes formatos, sobre todo en diarios y libros; mismas que presentan varias limitaciones, siendo la principal de ellas la falta de objetividad –involuntaria o no– de los propios actores. No obstante las dificultades, se logró avanzar en el conocimiento de la experiencia planteada como objeto de este estudio, esto es: el exilo de dictadores latinoamericanos en República Dominicana trujillista, entre 1957 y 1960.

 

Gustavo Rojas Pinilla

El general Rojas Pinilla, a quién se le calificó de dictador, gobernó Colombia del 13 de junio de 1953 al 10 de mayo de 1957, tanto su ascenso al poder, como su derrocamiento fueron a través de golpes de Estado. A partir de su destitución, estuvo fuera de su país alrededor de 18 meses, de lo que existe muy escasa y ambigua información. Según algunos indicios su exilo lo vivió en República Dominicana y España. Retornó voluntariamente a su patria para enfrentar un juicio político y, si bien no hay acuerdo en cuanto a la fecha exacta del regreso, se puede establecer que este fue alrededor de octubre de 1958; de lo que sí hay certeza es que el 22 de enero siguiente se presentó a declarar ante las autoridades correspondientes. Desde entonces, no volvió a exilarse; se quedó en su tierra natal y, luego de recuperar sus derechos políticos, volvió a ejercerlos, fundó un partido y, en 1970, se presentó como candidato presidencial en unas elecciones cuestionadas que le negaron el triunfo. Murió en territorio colombiano, en 1975 (boyacultural.com, 2019; EcuRed, 2018; Morales Rivera, 1998; Neira, 2017; Redacción política, 2007; Valencia Gutiérrez, 2011, págs. 17-29).

Acerca de su exilo en la isla caribeña, es difícil encontrar datos precisos; pero hay al menos un par de testimonios que dan cuenta de ello. Por un lado, Joaquín Balaguer (2000, pág. 259), escritor y político dominicano, vicepresidente de su país entre 1957 y 1960, en sus Memorias de un cortesano de la “Era de Trujillo”, hace un escueto comentario indicando que el colombiano fue objeto, por el corto tiempo que estuvo allí, de un tratamiento de la “mayor consideración” por parte del llamado Benefactor.

Por otra parte, Hans Paul Wiese Delgado (2001), dominicano de ascendencia alemana, amigo y administrador de los ingenios azucareros del hombre fuerte de la isla, en sus memorias intituladas Trujillo: amado por muchos, odiado por otros, temido por todos, narra con sumo detalle la anécdota de un encuentro –que afirma haber presenciado– entre Rojas Pinilla y el Generalísimo; anécdota que fue comentada y validada, más de tres lustros después, por el periodista también dominicano José Pimentel Muñoz (2016). Según Wiese Delgado, el colombiano una tarde de septiembre de 1957, varias semanas después de haber llegado, se presentó en el Palacio Nacional. El Jefe ordenó que lo hicieran pasar y –según el administrador de ingenios trujillistas– el encuentro dio inicio de la siguiente manera:

El ex-general Rojas Pinilla, alto, con porte distinguido y altivo, elegantemente vestido de gris claro, entró al despacho. El Generalísimo Trujillo se puso de pie y lo abrazó al entrar. Se notaba que sentía cierta simpatía por el derrocado mandatario colombiano. Ante una señal del Generalísimo, el ex-general Rojas Pinilla tomó asiento. Trujillo me lo presentó como “su gran amigo” (2001, pág. 385).

 

Después de intercambiar opiniones sobre el acontecer de Colombia –continúa el testimoniante–, Rojas Pinilla agradeció que lo hubiera recibido en la isla y procedió a solicitarle que le comprara su residencia en Bogotá, pues tenía una situación económica apremiante, a lo que –según Wiese Delgado:

De repente, saliendo de su tranquilo papel escuchando, Trujillo le increpó diciéndole: “¿y cómo es que usted no tiene dinero? Y entonces ¿qué clase de dictador es usted?”

Rojas Pinilla, impresionado y pálido por las palabras del Jefe dominicano, estaba visiblemente lastimado.

Y Trujillo volvió a la carga: “¿Dictador? Dictador soy yo”. Y lo repitió varias veces.

Cuando se puso de pie para despedirse, el general Rojas Pinilla volvió a agradecerle la nueva muestra de amistad de Trujillo y reiteró que todo su dinero lo había perdido en la lucha por encaminar a su país por los senderos de paz, pero que otros militares ambiciosos lo habían tumbado para enriquecerse.

Entonces, El Jefe, en forma autoritaria, le dijo: “si usted tuviera dinero con que neutralizar a algunos militares de su país, yo lo repondría en el poder. Si usted me dijera que dispone de tal suma de dinero, yo pondría la misma cantidad y usted puede estar seguro de que dentro de muy corto tiempo sería de nuevo presidente de Colombia”.

Rojas Pinilla no abundó nada y se fue del palacio (2001, pág. 386).

 

Acto seguido, Trujillo prosiguió tratando los asuntos azucareros con su administrador, al tiempo que le dijo:

 

¿Qué clase de dictador es ese? ¿A eso le llaman dictador en Colombia? Dictador soy yo, que dispongo de una de las más grandes fortunas del mundo. Dictador soy yo, que solo muerto me sacan del país. Yo no podría vivir nunca en el exilo pues para mí no hay nada como mi país. Solo muerto me sacan del país (2001, pág. 386).

 

Es de apuntar que, muchos años después, una nota de prensa colombiana que daba cuenta de hechos ocurridos en Bogotá, en 1980, informaba: “La sede diplomática de República Dominicana, ubicada sobre la 30 con 46, fue en los años 50 propiedad de Gustavo Rojas Pinilla” (El Espectador, 2008), dato que abre la posibilidad de inferir que el Benefactor hubiera adquirido la casa y la empleara para alojar a su embajada en el país suramericano.

Cabe anotar que las referencias procedentes de las memorias de los dos funcionarios trujillistas, aunque mínimas, muestran que Rojas Pinilla en efecto estuvo exilado en la isla caribeña y sugieren el trato y el destrato que el Generalísimo brindó a un huésped que hasta hacía poco había sido su homólogo.

Gustavo Rojas Pinilla
Imagen 2. Gustavo Rojas Pinilla. http://semanariovoz.com

 

Marco Pérez Jiménez

El general Pérez Jiménez, Jefe Supremo de Venezuela del 2 de diciembre de 1952 al 23 de enero de 1958, fue puesto y depuesto en el cargo por la vía de la fuerza (Gómez Forero, 2019; Guerrero M. , 2016). “Cuentan algunos historiadores que ese día, al darse cuenta de que el triunfo de la revuelta era irreversible, Pérez Jiménez le habría dicho a su ayudante de cámara: ‘Salgamos de aquí, que el pescuezo no retoña’” (AGENCIAS, 2001; Romero Salamanca, 2018). Inmediatamente después de su destitución, él y su comitiva –en la que estaban su esposa, sus tres hijas, su suegra y unos cinco de sus colaboradores más cercanos– se trasladaron al aeropuerto de La Carlota, para abordar el avión presidencial, conocido como la “Vaca Sagrada”, que los conduciría a la República Dominicana (Gómez Forero, 2019; Martínez & Bermúdez, 2018). En su huida, dejó una maleta olvidada que después fue pieza clave para su historia. Según Perozo Padua (2018), periodista venezolano en la actualidad exilado en los Estados Unidos: “Era la señora Flor Núñez de Pérez Jiménez, esposa del dictador depuesto, quien llamaba desde Santo Domingo” para pedirle a un empleado que la buscara, describiéndola de la siguiente manera: “Es una maleta blanca, de piel. Tiene una placa pequeña dorada con las iniciales ‘M.P.J.’ […]”. La mentada maleta fue encontrada y entregada a las nuevas autoridades de Venezuela.

No hay claridad en relación a cuánto tiempo estuvo exilado en la isla caribeña, pero si se sabe con exactitud que el 24 de octubre de 1958 ya estaba en la ciudad estadounidense de Miami, disfrutando de una buena vida, pagada con la riqueza que había amasado durante su mandato; y es que con esa fecha presentó una carta solicitando al gobierno venezolano el envío de la maleta, en la que –como lo señalaba en su carta– había dinero en efectivo, títulos de inversiones y de propiedades inmobiliarias (Catalá, 1969, pág. 42; Perozo Padua, 2018). A partir de esa solicitud las autoridades de su país, no sólo no remitieron la famosa maleta, sino que empezaron un proceso de extradición, que se concretó en agosto 1963. De esta manera fue como regresó a Venezuela, para enfrentar un juicio por especulación y malversación de fondos, que en 1967 lo llevó a prisión (Catalá, 1969). Después de cuatro años fue liberado y volvió a salir al exilo, esta vez a España, donde murió, en 2001 (AGENCIAS, 2001).

Entre las pocas referencias que hay sobre su exilo en tierra dominicana está la del ya citado Balaguer (2000, pág. 259), quien en sus memorias registra de forma lacónica que el corto tiempo que el venezolano estuvo en la isla caribeña fue tratado por el Benefacto “con frialdad y aun con grosería”.

También está la del ya mencionado Wiese Delgado (2001, pág. 186), quien apunta en sus memorias: “En esos días se hospedaba en el mismo hotel el depuesto ex-Presidente venezolano, Coronel Marcos Pérez Jiménez, acompañado de su familia y de sus compañeros de infortunio”.

Por su parte, el historiador dominicano Francisco Berroa Ubiera (2016), anota una cita textual de las Memorias de Flor de Oro Trujillo, hija del Jefe, en la que –según esta– hubo un breve intercambio de palabras del Generalísimo con un colaborador del venezolano, de la siguiente manera: “[…] cuando un asistente del ya derrocado dictador Marcos Pérez Jiménez le sugirió a Trujillo ‘retirarse’, este rey entre los caudillos le respondió bruscamente: ‘Estoy montado sobre un tigre y si me caigo me comerá’ […]”. Referencia que permite inferir que Pérez Jiménez estuvo en la isla y tuvo contacto con el Benefactor.

Marcos Pérez Jiménez
Imagen 3. Marcos Pérez Jiménez. http://joacoramon.blogspot.com

 

Juan Domingo Perón

Perón, el general argentino, calificado por sus antagonistas como dictador, el 4 de junio de 1952 asumió el cargo de presidente para un segundo período para el que fue electo y que no pudo concluir, pues fue destituido por un golpe de Estado el 21 de septiembre de 1955 y en la práctica obligado a salir del país. Entre ese año y 1973 vivió una serie de exilios, por períodos más o menos breves en Paraguay, Panamá, Nicaragua, Venezuela y República Dominicana, así como por un largo lapso en España. Tal cadena de exilios se caracterizó por amenazas, agresiones y atentados en su contra. El 20 de junio de 1973 regresó a su tierra natal para desempeñarse como presidente. Murió en el desempeño de sus funciones, en 1974 (Berroa Ubiera, 2016; Sierra, 2010).

El exilo de Perón en República Dominicana se inició poco después de la caída de Pérez Jiménez en Venezuela, donde se hallaba exilado y de donde decidió salir a sabiendas de que su presencia no era bien vista por los antiperezjimenistas. Acerca de la forma en que se dio su salida y traslado a la isla caribeña hay varias versiones. Una de ellas, publicada en una nota periodística dominicana, afirma que el argentino envió a un emisario con un breve texto escrito de puño y letra, dirigido al doctor Rafael Filiberto Bonnelly, entonces embajador trujillista en Venezuela, que decía: “Estimado embajador: El portador de la presente le explicará mi situación y le dirá mis ruegos. Un gran abrazo, Juan Perón” (Guerrero M. , 2016); el mismo emisario solicitó asilo para Perón en la misión dominicana; Bonnelly concedió el asilo –según esta versión– y puso a Trujillo en conocimiento del caso (Guerrero M. , 2016). En contrapartida, el ya citado historiador dominicano Berroa Ubiera (2016) indica que Bonnelly fue quien transmitió al argentino una invitación del Generalísimo para que dispusiera de la sede diplomática, por lo que Perón se trasladó a ella, con amigos y colaboradores. Por su parte, Balaguer (2000, pág. 259) dejó el siguiente registro: “Nuestra embajada en Venezuela le había abierto sus puertas y le había ofrecido, por órdenes de Trujillo, la protección de la bandera dominicana”.

De acuerdo con varias versiones, la sede de la representación dominicana, como casi toda la ciudad de Caracas, era un hervidero humano, donde se alternaban escenas de celebración y violencia; esta última se acrecentó alrededor de la propia misión diplomática, debido a la presencia del asilado argentino y generó protestas y manifestaciones. En medio de la presión social, unos días después, el nuevo gobierno venezolano otorgó el salvoconducto respectivo y le permitió a Perón abordar un avión con rumbo a la isla caribeña (Berroa Ubiera, 2016; Gestar, 2018; Sierra, 2010). Según un periódico dominicano, el diario caraqueño El Nacional informó que “Perón había abandonado el país ‘nervioso’ y ‘llorando’, bajo los gritos de la multitud que se había aglomerado en los alrededores de la embajada gritando ‘¡Muera el tirano!’, ‘¡Abajo Perón!’ y ‘¡Abajo Trujillo!’” (Guerrero M. , 2016).

Es de mencionar que, de acuerdo con el mismo diario dominicano, que sostenía la línea de que el Bonnelly no había avisado de su proceder al Jefe, al llegar a la isla prácticamente fue reprendido por el Generalísimo por haber dado asilo a un político asilado, lo que iba en contra de las normas de la política exterior del país; como respuesta el diplomático dijo que sólo se había limitado “[…] a dar asistencia a un hombre que temía por su vida”. La respuesta –afirma el periódico– satisfizo a Trujillo, quien le dijo: “Así actúan los hombres” y lo felicitó (Guerrero M. , 2016).

Múltiples y diversas fuentes coinciden en señalar que el Benefactor recibió y acogió con beneplácito a Perón y le dio muy buen trato durante el par de años que este estuvo en suelo dominicano. Según parece las atenciones empezaron desde el arribo y se prolongaron hasta la salida del argentino de la isla. Al respecto, Balaguer (2000, pág. 259) hace la siguiente referencia: “Desde su llegada al país, provisto del salvoconducto correspondiente, fue rodeado de la mayor consideración por parte de Trujillo y de su gobierno”.

 De esta manera, al inicio Perón y su comitiva fueron instalados en el entonces lujoso Hotel Jaragua en la capital dominicana, cuyo costo –según una versión– era cubierto por el propio Generalísimo (Busti, 2013; Guerrero, 2004). Relacionado con esto, Berroa Ubiera (2016) trascribe un fragmento de una entrevista hecha al argentino, publicada en 1967 en el diario mexicano Excélsior, donde declaraba que no se sentía muy a gusto allí y afirmaba lo que a continuación se apunta:

En Santo Domingo me alojé en el Hotel Jaragua, que era demasiado lujoso para mí y estaba lleno de americanos, y como los americanos me producen alergia y además no tenía dinero, me fui a ver a Trujillo apenas llegó Isabelita a Santo Domingo.

Cuando me recibió Trujillo, me trasladó a un Hotel del gobierno que se llamaba hotel Pax –luego Hispaniola–, donde vivían los funcionarios, y allí estuve un año. Me cansé y fui a verle. “Mire Jefe –le dije– voy a alquilar una casita para vivir en las afueras”, y él me ofreció una quinta a orilla del mar, una quinta maravillosa, donde viví como en el paraíso terrenal. ¡Por la mañana paseaba entre palmeras con Isabelita y llegábamos hasta el mar! ¡Era una maravilla!

 

Además, de acuerdo con diversas fuentes, en varias ocasiones el Jefe le proporcionó dinero y de manera permanente le proveyó un asistente militar y un médico internista también militar (Berroa Ubiera, 2016; Galasso, 2005, pág. 861; Guerrero, 2004).

Por su parte, con la finalidad de hacerse grato ante el dominicano, el argentino con frecuencia le brindaba consejos políticos que aquél oía, pero en general ignoraba (Guerrero, 2004). Acerca de lo cual también hay varias versiones. Por ejemplo, de acuerdo con la mencionada entrevista de 1967, citada por Berroa Ubiera (2016), Perón le sugirió al Generalísimo que llevara a cabo algunas reformas sociales, lo que este rechazó tajante, pero con cortesía, con base en argumentos cargados de racismo, diciéndole:

 

Mire usted, Perón, la obra social que usted realizó en su país no puede hacerse en Santo Domingo porque la República de Argentina es muy diferente. En la Argentina la población es blanca y procede de países europeos, mientras que en Santo Domingo el 80 por ciento es negro, y al negro no puede ayudársele con una obra social porque la destruye, la descompone enseguida. La Argentina es un país bastante evolucionado, donde las instituciones para el bienestar social pueden funcionar normalmente. En Santo Domingo hay que hacer algo así como una justicia social, paternal, y eso es lo que yo hago. Yo he creado mis fundaciones. Doy trabajo y hago trabajar a la gente. Regalo tierras. He comprobado que esto último no vale en Santo Domingo porque las tierras que yo regalo a los negros las venden al cabo de un año.

 

Siguiendo con la misma fuente y con la ruta de la situación interna de la isla, Perón refirió que en alguna de sus conversaciones: “Me preguntó Trujillo un día si yo notaba bienestar en la vida de Santo Domingo, y le conteste afirmativamente. ‘Pues ese bienestar –me dijo– es el único que nosotros podemos dar y es conforme con las condiciones especiales de la población que nosotros tenemos’” (Berroa Ubiera, 2016).

Por otro lado, el historiador argentino Néstor Galasso (2005, pág. 859) afirma que en el libro de memorias Con Perón en el exilo, de Américo Barrios, su compatriota periodista –quien acompañó al entonces expresidente conosureño en su exilo–, se menciona que este sugirió al dominicano realizar una reforma agraria, lo que era un tanto osado y, al mismo tiempo, ingenuo, toda vez que el Benefactor era el propietario de las mejores tierras del país; no obstante –según Barrios–: “A Trujillo le gustó la idea, y prometió llevarla a cabo”. En un sentido similar, Balaguer (2000, pág. 260) señala en sus memorias que en ocasiones el Generalísimo aceptó los consejos del argentino; como cuando le recomendó no dejar mucho tiempo a los funcionarios en los mismos cargos, pues “[…] se envalentonan y llegan a creerse necesarios si se les deja envejecer en sus puestos”.

Perón también puso a disposición de su anfitrión sus presuntas dotes de curandero, lo que fue más aceptado por este, quien era un tanto cabalista e impresionable (Guerrero, 2004).

Según la antedicha entrevista del argentino, citada por Berroa Ubiera (2016), allí queda constancia de que entre Perón y el Jefe se dio una relación fluida, o al menos así lo consideraba, al afirmar: “Yo he vivido en Santo Domingo, junto a Trujillo, y si hay alguna persona que le conozca soy yo. Comíamos juntos una vez por semana y hablábamos horas enteras. Le conozco a fondo”.

Por otra parte, el ya mencionado Galasso da cuenta de algunos de los diversos temas que el argentino trataba en sus conversaciones con el Benefactor y de la estima que este mostraba por aquél. Por ejemplo, anota –transcribiendo un párrafo de las memorias de Barrios– que en una ocasión: “Trujillo se queja y blasfema contra el Departamento de Estado, a lo que Perón le reprocha ‘tal vez su error, Generalísimo, ha sido el de ser excesivamente amigo de los gobiernos norteamericanos. En política se obedece mucho a la ley de la necesidad’ […]” (2005, pág. 859). En tanto que, en otra conversación, el dominicano le dijo:

 

Usted, Perón, dijo una vez que el año 2000 nos verá unidos o esclavos. ¡Eso creo yo! ¿Por qué no me ayuda, Perón, ¿y hacemos algo grande en ese sentido? Pídale a Frondizi que lo designe a usted embajador en las Naciones Unidas. Si lo hace, yo también iré de embajador. Dejemos este juego chico. Se imagina lo que usted y yo juntos podemos hacer en las Naciones Unidas. Desenmascararemos a los poderosos que hacen la desdicha. de los pueblos, enfrentaremos a la mentira, haremos triunfar a la verdad (Galasso, 2005, pág. 860).

 

Poco a poco, según algunas versiones, la vida de Perón en República Dominicana se hizo rutinaria y aburrida; al mismo tiempo un tanto incómoda por tener que compartir exilo con los dictadores Pérez Jiménez y Batista (Busti, 2013; Gestar, 2018). Además, hacia finales de 1959 la situación de Trujillo se tornó muy difícil, según se enteró el argentino, a través de sus contactos, en los propios Estados Unidos se gestaba un complot para terminar con la vida del Generalísimo (Gestar, 2018). Por alguno de estos motivos o por estos y otros más, el Perón decidió dejar la isla, realizó gestiones ante el gobierno de España para exilarse allá; en enero de 1960 tales gestiones fructificaron llevando al argentino al país europeo en un avión, cuyos pasajes fueron pagados por el dominicano (Berroa Ubiera, 2016; Galasso, 2005, pág. 882; Gestar, 2018).

El respeto y la admiración entre Perón y Trujillo al parecer fueron mutuos y se expresaron en dichos y acciones de ellos mismos e, incluso, de algunos de sus colaboradores. Así, por ejemplo, el dominicano Wiese Delgado (2001, pág. 378), en sus memorias, describió al argentino, a quien conoció en la isla, de la siguiente forma: “[…] Era un hombre fuerte, alto, deportista, de carácter afable, conversador y con una clara inteligencia. Se le llamaba ‘dictador’ en su país, pero si se le comparaba con otros de su tiempo, resultaba ser muy ingenuo”. Por su parte, el ya citado Barrios, con base en su experiencia de vida en territorio dominicano, anota en su libro de memorias lo que parece una valoración positiva de algunos elementos del trujillismo, anotación que es probable coincidiera con la visión de Perón al respecto, al apuntar: “Trujillo había dotado al país de un ejército, ya que antes de él solamente había policía. Lo había independizado, porque cuando asumió el ejercicio del poder tenía las aduanas intervenidas por Estados Unidos de Norteamérica. Él había creado instituciones fundamentales […]” (Gestar, 2018).

Por otro lado, de acuerdo con algunas crónicas de Berroa Ubiera (2016), el Generalísimo dio muestra de gran consideración con su huésped invitándolo a acompañarlo en el palco de honor, para presenciar el desfile conmemorativo del 25 aniversario de la adopción de su título de “Benefactor de la Patria”. Por su parte Perón, en la varias veces aludida entrevista de 1967, describió de la siguiente manera a su anfitrión:

Siempre le vi admirablemente vestido, y sus ademanes eran también pulcros y correctos. Si iba de uniforme nadie llevaba mejor el uniforme, y me decía, por ejemplo: “Yo sé que algunos me llaman ‘Chapita’ porque me visto mucho de uniforme, me pongo condecoraciones y, si voy de paisano, llevo trajes impecables. Pero si hago tanto uso de mis uniformes es porque soy El Jefe del Ejército y quiero que los oficiales de aquí, que son más bien dejados y abandonados, me imiten y vayan correctamente vestidos. Me gustaría andar por la ciudad y por las calles con un pantalón y una camisa colgando como un ‘atorrante’. Iría más cómodo. En este calor tropical para mí es un verdadero sacrificio ponerme todas las condecoraciones sobre mi uniforme, pero yo soy el general y tengo que dar ejemplo a mis oficiales y soldados, y cuando el general anda mal vestido, los soldados y los oficiales van hechos unos zarrapastrosos” (Berroa Ubiera, 2016).

 

Por lo que puede verse el trato entre Trujillo y Perón fue en general de mutuo y gran aprecio.

Juan Domingo Perón
Imagen 4. Juan Domingo Perón. www.alternativasnoticiosas.com

 

Fulgencio Batista

El mayor general Batista, a quien en su natal Cuba le llamaban el Hombre, se impuso como dictador y ejerció como tal a lo largo de casi toda la década de los cincuenta del siglo XX. El 10 de marzo de 1952 propinó un golpe de Estado y asumió un gobierno de facto hasta el 1º de enero de 1959, cuando dejó el poder y huyó, ante el inminente triunfo del ejército rebelde comandando por Fidel Castro. Se exiló por escasos diez meses en República Dominicana, luego por otro breve período en Portugal y al final por muchos años en España, donde murió en 1973 (Domingo, 2015; Hernández Serrano, 2010; Leyva, 2014).

Acerca de la salida de Batista de Cuba hay varias versiones que coinciden en algunos puntos y que difieren en otros, en particular en el hecho de si se trató o no de una fuga planeada y llevada a cabo con minuciosidad y discreción. Hay coincidencia en que unas horas antes de abandonar su país, el Hombre acudió al salón de la residencia presidencial, ubicada en el Cuartel Columbia de La Habana, a las 12 de la noche del 31 de diciembre de 1958, donde se celebraba el brindis de fin de año con cincuenta invitados, entre los que estaban jefes militares, miembros del gabinete, líderes del Congreso, empresarios, amigos y familiares. Un par de horas después se reunió con los principales mandos militares en su despacho y aceptó presentar su renuncia ante ellos (Campa, 1999; Hernández Serrano, 2010).

En cuanto a las diferencias, el periodista e historiador cubano Luis Hernández Serrano (2010), uno de los partidarios de la presunción de que Batista preparó su fuga, señala algunos indicios, encontrados a partir de una investigación que realizó en distintas fuentes, entre los que estaban: el envío previo de varios de los hijos del Hombre al extranjero, apenas un par de días antes del fin de año, acompañados por el administrador de la Aduana de La Habana; el registro de un mayor ajetreo de altos oficiales en la residencia presidencial, de un inusual repiqueteo de teléfonos y de un constante ir y venir de automóviles con dirección a la principal fortaleza militar del país, así como de sospechosas confluencias entre jefes militares y jerarcas civiles.

Por su parte, de acuerdo con lo transcrito por el periodista mexicano Homero Campa (1999), el propio Batista en su libro de memorias intitulado Respuestas rebatió categórico esa versión y lo hace de la siguiente manera:

Nada se preparó para la salida, como malintencionadamente se ha dicho. En palacio quedaron los vestidos, los trajes, los juguetes de los niños, los trofeos de saltos hípicos ganados por el mayorcito, los valiosos regalos hechos a la prole en sus aniversarios, cuadros y obras de arte, joyas y prendas de la primera dama y las mías personales. […]

En los bancos quedaron las acciones, bonos, valores y efectivo que representaba la fortuna básica de la familia.

[…] desde el local en que nos encontrábamos reunidos, mandé aviso a la señora. Bajó con Jorge, Fulgencito y Martha María (16, cinco y un año de edad) […]

Le di un beso y le comuniqué que saldríamos hacia el extranjero

—Pero ¿no íbamos para palacio? La ropa de los niños, la mía —repuso ella.

Mi respuesta fue otro beso e imprimiéndole una suave presión en el brazo, le indiqué que trajera a los muchachos Nos reuniríamos en el aeropuerto militar.

 

En el mismo sentido, Jorge Batista, el hijo mayor del segundo matrimonio del dictador, refiere a Arnaldo Varona (2014), periodista cubano formado en los Estados Unidos, que aquella última noche de 1958, él entró a la habitación de sus padres, quienes se encontraban discutiendo, y enseguida su madre le dijo de modo llano: “Nos marchamos de Cuba. Ve a despertar a tus hermanos”.

Entre tanto, una versión intermedia entre las dos anteriores, ofrecida en una nota de prensa escrita por el militar y diplomático colombiano Julio Londoño Paredes (2017), señala que a las dos de la mañana del primer día de 1959, el Hombre, su familia y un grupo de colaboradores salieron con bastante discreción por la puerta de atrás del palacio presidencial, mientras en este seguía el festejo de fin de año; detalla que las señoras iban todavía con “vestidos largos”, los oficiales del ejército con uniformes de gala, y los funcionarios vestidos de etiqueta; subraya que ni siquiera el embajador dominicano en Cuba, Porfirio Rubirosa, yerno del Generalísimo, sabía de la fuga y se quedó en la fiesta disfrutando de la música de una de las mejores orquestas cubanas.

Las convergencias y divergencias de versiones continúan en lo relativo a los medios de transporte para abandonar la isla y la organización de los mismos. En las fuentes consultadas, hay cierta coincidencia en que se formó una caravana de autos, fuertemente escoltada, que condujo a la comitiva batistiana hasta el hangar presidencial, donde los esperaba una flotilla de aviones lista para partir; dado que ninguna de las versiones aclara si ese era el protocolo usual de seguridad, abre el camino para suponer que si hubo preparación previa para la fuga. En cualquier caso, para algunos “Era la caravana de la derrota” (Campa, 1999). Acerca del número de aeronaves que formaban la flotilla otra vez surgen discrepancias: unos apuntan que eran cuatro, otros que cinco y hasta seis las aeronaves que estaban allí (Campa, 1999; Gómez Bergés, 2008; Hernández Serrano, 2010; Londoño Paredes, 2017).

De acuerdo con fragmentos del testimonio del capitán Alfredo J. Sadulé, ayudante personal del dictador cubano, publicados en un periódico dominicano (Diario Libre, 2017) y en un libro del profesor y escritor cubano exiliado en España (Prieto Blanco, 2017), primero salió el avión presidencial, conocido como el “Guáimaro”; luego una segunda aeronave con 46 personas donde iban el Hombre, su familia y el propio Sadulé; y, por último, un tercer avión con otros familiares del presidente; según el informante, la idea inicial era volar a Daytona en Florida de los Estados Unidos, donde tenían casa, o bien, a Nueva Orleans; así lo hicieron el primero y el tercero de los aviones, no así el segundo. Según Sadulé, ya en pleno vuelo, cuando el piloto informó la altura, la velocidad y el destino, el exmandatario cubano reclamó sin alterarse: “¿Quién le dijo eso?”; a lo que el piloto respondió que la torre; entonces Batista respondió: “¡Qué torre ni que ocho cuartos! Vamos a Santo Domingo”. El ya mencionado Campa (1999), basado en las memorias batistianas, confirma el testimonio del asistente del Hombre, en los siguientes términos:

[…] la propuesta hecha por el Departamento de Estado a través del embajador Smith: “Usted puede ir directamente a su casa de Daytona, si lo desea; pero parece más conveniente que pase los primeros meses [del exilo] en España, por ejemplo, con objeto de evitar los ataques que sin duda originaría ir inmediatamente a Estados Unidos”. Por eso, y ante la “exclamación” de sus acompañantes, afirma que ordenó: “Giren en redondo y tomen la dirección de la República Dominicana”.

 

Por otro lado, otro punto en el que en parte coinciden varios autores es el hecho de que Batista llevó consigo varios maletines cargados con millones de dólares; sin embargo, no hay acuerdo en cuanto al monto: los cálculos más conservadores señalan que este era de alrededor de 100 millones de dólares, pero otros mencionan cifras de entre 300 y 600 millones de dólares (Campa, 1999; Domingo, 2015). Tal hecho, independientemente de la discusión de la cantidad de dinero que se llevó en los maletines, pone en entredicho la afirmación de que el dictador cubano había partido de manera imprevista y sin haberlo planeado. Como sea, el pie de foto de una nota de prensa que da cuenta de ello fue demoledora al apuntar: “Lo llamaban ‘el Hombre’ y huyó como un cobarde” (Hernández Serrano, 2010).

El arribo a República Dominicana, según el sociólogo y gestor cultural Cholo Brenes (2013) no fue terso, pues Trujillo no se mostró muy bien dispuesto con el Hombre, y lo “[…] dejó volando en la aeronave que andaba hasta que se pusieran de acuerdo con el dinero que Fulgencio debía entregarle al Generalísimo por su estancia en el país [alrededor de 4 millones de dólares]. Una vez acordado el teórico pago la nave aterrizó […]”. Un par de fuentes periodisticas, basadas en el relato del capitán piloto retirado de la Fuerza Aérea Dominicana, Ricardo Antonio Bodden López, ofrece detalles del aterrizaje de los aviones en los que llegó la comitiva batistiana (Fors Garzon, 2011; Gómez Bergés, 2008).

Acerca del alojamiento de dicha comitiva hay varias versiones. Por ejemplo, con base en el testimonio del ya aludido Sadulé, el periódico dominicano Diario libre (2016; 2017)  afirma que, a pesar de que no esperaban la llegada de los cubanos, los dominicanos los atendieron muy bien: Batista y su familia fueron hospedados en el Palacio Nacional, y el resto en el Hotel Jaragua. Mientras que, basados en el testimonio del mencionado Bodden López, una periodista cubana y un abogado y escritor dominicano, señalan que los recién llegados fueron hospedados en un palacete y en el mejor hotel dominicano (Fors Garzon, 2011; Gómez Bergés, 2008). Por otro lado, se afirma que el Jefe tuvo que prestarle hasta ropa interior al Hombre (Diario Libre, 2017); en tanto que los demás cubanos tuvieron que salir a comprar ropa interior porque habían salido con lo puesto (Varona, 2014).

Luego de la aparente deferencia en términos de hospedaje, Trujillo tardó más de 48 horas en concederle audiencia a Batista, el resultado de esta fue un desencuentro que marcó la relación de ambos en adelante. Siguiendo con el testimonio de Saludé, publicado en Diario Libre (2016; 2017), en dicha audiencia el Generalísimo llevó al Hombre a visitar un campamento militar, donde había varias centenas de elementos bien armados, carros de combate, artillados y aviones, etc. todos con la bandera cubana. Al preguntar de que se trataba aquello, la respuesta fue: “Presidente Batista, estos 3.000 hombres es lo que mi país, la patria de Duarte, le ofrece para recuperar a Cuba de manos de esos facinerosos”. Ante ello, el cubano se negó a aceptar la ayuda argumentando, con la mayor cortesía que le fue posible:

[…] no sabe cuánto mi país le agradece este esfuerzo, pero no puedo aceptarlo. Las fuerzas armadas de mi país han decidido que no quieren pelear, y no puedo aceptar su oferta. Además, aunque aprecio en todo lo que vale su oferta, esto no sería un acto patriótico, sino un ataque militar de una potencia extranjera, pues estos hombres son dominicanos (Diario Libre, 2017).

 

Por su parte, Campa (1999) agrega que el Jefe le dijo al Hombre: “Yo quiero hacerle la guerra a Fidel Castro. Si usted pone un millón de dólares, yo pongo dos. Si usted pone cinco, yo pongo diez […]”, a lo que el Hombre también se negó. Lo que sí aceptó e, incluso, se auto propuso fue para promover y costear un atentado contra Fidel Castro, el jefe de la Revolución cubana (Varona, 2012). Como sea, la negativa a aceptar la ayuda militar trujillista le mereció al Hombre el enojo del Benefactor, quien lo tildó de cobarde (Campa, 1999). La conversación se tensó, cuando cada uno insistió en su respectiva posición. A su regreso del campamento, Batista tuvo que abandonar el Palacio Nacional, se mudó al Hotel Jaragua con su familia y envió a sus ayudantes al Hotel La Paz (Diario Libre, 2016; 2017). De allí en adelante, el dominicano destrataría al cubano y a su comitiva.

Según las memorias Wiese Delgado (2001, pág. 391), en alguna ocasión el Jefe le dijo “iracundo” al pasar por una residencia en Santo Domingo: “¡Mírelo ahí! ¡Ahí al frente está Fulgencio Batista, después de tantos años permitiendo que las emisoras de radio de su país acabaran conmigo! Ahora viene a pedirme asilo y protección después que salió ‘juyéndole’ […]”.

El maltrato infringido al Hombre por parte del Generalísimo llegó al punto del encarcelamiento de aquél y de uno de sus colaboradores, debido a la falta de pago de unas carabinas que el gobierno de Cuba, encabezado todavía por Batista, había comprado al dominicano para enfrentar a las fuerzas rebeldes catristas. El exmandatario cubano se negó a pagar esa deuda argumentando que las armas habían sido compradas por el gobierno de su país y no por su persona (Diario Libre, 2016; 2017). De acuerdo con diversas fuentes, con la finalidad de cobrar la deuda, el dominicano hizo que el cubano fuera en dos ocasiones al Palacio Nacional. En una primera entrevista apeló al valor y la hombría, en tanto que en una segunda al dinero (Varona, 2012). Ante la negativa batistiana, el Jefe le mandó al Hombre elementos del ejército, al menos un par de veces, para disuadirlo de realizar el pago. En la segunda visita, el emisario trujillista indicó que tenía instrucciones de llevarlo a Palacio, pero en lugar de trasladarlo a ese destino, lo paseó por toda la capital y ya cuando oscurecía lo sacó de la ciudad y lo llevó a la cárcel (Diario Libre, 2016; 2017). Casi dos días después el jefe de los ayudantes trujillistas fue a rescatarlo y a ofrecer disculpas por lo que calificó de una extralimitación del personal que así lo hizo. Como sea, Batista regresó al hotel y de inmediato pagó la deuda requerida por el Generalísimo (Campa, 1999; Gómez Bergés, 2008; Raful, 2015; Varona, 2012). No conforme con esto, al poco tiempo Trujillo le pidió un millón de dólares para sufragar las actividades anticubanas y el Hombre le extendió el cheque sin chistar (Campa, 1999; Raful, 2015; Varona, 2012).

Ante esta situación –e incluso antes y después de ella– el cubano buscó con afán irse a los Estados Unidos, pero el gobierno de ese país fue muy poco receptivo. De acuerdo con Ivette Leyva (2014), periodista cubana exilada en Miami, basada en documentación de la Colección Fulgencio Batista Zaldívar de la Cuban Heritage Collection de la Universidad de Miami, desde 1957 la relación entre ambas partes estuvo caracterizada por “intrigas, traiciones y desconciertos”, resultado de lo cual nunca se permitió su ingreso a suelo estadounidense. Después de varios meses de la estancia de Batista en territorio dominicano, el gobierno estadounidense decidió ayudarlo y le gestionó, a través de la cancillería brasileña, asilo en Portugal, donde pasó una breve temporada para luego irse a radicar a España (Domingo, 2015; Leyva, 2014; Varona, 2012).

Cabe apuntar que, según una versión, antes de que el Hombre abandonara la República Dominicana, el Jefe le arrebató otra fuerte cantidad de dólares por el permiso de salida (Campa, 1999; Varona, 2012). También es de mencionar que los montos pagados por el cubano al Generalísimo es un asunto no esclarecido del todo y acerca del cual las diversas fuentes anotan distintas cifras, pero ninguna refuta que se hicieran tales pagos.

En fin, de los dictadores exilados en territorio dominicano, sin duda, Batista fue el que recibió el peor trato por parte de Trujillo. Así lo reconoce en sus memorias el entonces vicepresidente Balaguer (2000, pág. 259) al anotar, breve y contundente, que el Hombre fue recibido “con frialdad y aun con grosería” por el Generalísimo.

Fulgencio Batista
Imagen 5. Fulgencio Batista. www.eltiempo.com

 

Consideraciones finales

Como todo exilo, el de Rojas Pinilla, Pérez Jiménez, Perón y Batista tuvo motivos políticos e, incluso, armados (golpes de Estado, revuelta y revolución) que los obligó a renunciar o simplemente a dejar el poder y luego a adoptar, hasta cierto punto de modo libre, la decisión de abandonar su país de origen o residencia. Es decir, los cuatro emigraron de manera forzivoluntaria por razones políticas, a finales de los años cincuenta del siglo XX.

Tal como suele ocurrir con las personas que toman el camino del exilo, una vez que resuelven dejar su lugar de nacimiento o residencia, la forma de salida de cada uno de los cuatro gobernantes, calificados de dictadores, siguió su propia ruta. Así, algunos indicios permiten inferir que Rojas Pinilla abandonó su natal Colombia sin protección jurídica, pues de haberla tenido hubiera quedado alguna huella, por lo que es posible que lo hiciera clandestinamente; también se presume, por al menos un registro, que viajó con su familia nuclear y con escaso dinero. Por otra parte, hay testimonios que indican que Pérez Jiménez y Batista huyeron de manera clandestina, acompañados de familiares y colaboradores, con documentos y cuantiosa fortuna, utilizando de modo indebido aeronaves propiedad de la nación de la que huían. Entre tanto, hay diversos registros de que Perón se marchó de Venezuela, donde entonces residía, con pocos recursos económicos, pero contando con la protección de la figura de asilado político otorgada por el gobierno dominicano, protección que no fue suficiente para que viajaran juntos su entonces pareja y otros allegados, quieres lo hicieron por separado.

En cuanto al país receptor, como en la mayoría de las experiencias de exilo sucede, estos cuatro exmandatarios latinoamericanos, en el período que aquí se revisa, buscaron exilarse en un lugar cercano al de origen o residencia, como lo era República Dominicana a relativamente poca distancia de Colombia, Venezuela y, sobre todo, Cuba. En esa media isla del Caribe, por entonces dominada por el más longevo dictador de la región, encontraron cierta apertura. Cabe mencionar que la situación bastante atípica de que el anfitrión no fuera un gobierno democrático, puede entenderse y explicarse por el hecho de que Trujillo, de alguna manera, era homólogo con los exilados, es decir, todos eran dictadores.

En el caso de los cuatros exgobernantes el ideal de casi todos los exilados de no vivir mucho tiempo fuera de su país natal y regresar a él a la brevedad, se cumplió a medias. Si bien la estancia en la isla caribeña no fue muy prolongada, esto es, de poco menos de un año hasta un máximo de dos, con lo que cumplirían ese ideal, en la práctica ninguno de ellos retornó de inmediato a su patria, sino que siguieron la ruta de un exilo serial hacia uno o dos países más, donde la España dominada por el también generalísimo Francisco Franco se destacó como receptora. La disposición de los mandatarios dominicano y español para recibir a estos exilados muestra que, al menos en estos casos, hubo cierta solidaridad entre dictadores, lo que no deja de ser interesante y digno de análisis y reflexión.

El tiempo de exilo en República Dominicana de los políticos aquí estudiados estuvo relacionado, entre otras cosas, con el trato o destrato que Trujillo les dio: ambiguo con Rojas Pinilla, indiferente con Pérez Jiménez; atento y cordial con Perón, desafecto y hasta agresivo con Batista. En tales actitudes del Generalísimo hacia quienes habían sido sus homólogos son notorios diversos elementos objetivos y subjetivos, entre los más sobresalientes se tienen: el dinero y el poder, el voluntarismo y la discrecionalidad, todos muy propios y habituales del Jefe, que no en vano acuñó este sobrenombre a través de treinta años de dictadura en la isla caribeña. Cabe mencionar que esos elementos aplicados por el Benefactor a los exilados no son privativos de este, sino que otros gobernantes y sociedades también los emplean en mayor o menor medida.

Como se mencionó arriba, otro rasgo característico del exilo es que las personas que pasan por esa experiencia tienen permanentemente en su horizonte el retorno para lo que suelen esperan anhelantes las condiciones adecuadas y, en general, hasta estas se dan, emprenden el desexilo. Con excepción de Perón, los otros tres exilados quedaron lejos de ese rasgo. El argentino regresó a su país para hacerse cargo de la presidencia, en un evidente ambiente bastante triunfal para él. Rojas Pinilla retornó a su patria de modo voluntario y hasta cierto punto honroso, para afrontar un juicio político que le permitió recuperar sus derechos políticos. Pérez Jiménez fue todavía menos afortunado, pues volvió por la fuerza, vía extradición, a Venezuela, donde fue juzgado y encarcelado; al quedar libre salió de nuevo al exilo. Batista nunca pudo desexilarse. No está demás señalar que los dos primeros murieron en sus respectivos países y los otros dos lo hicieron en territorio español.

Con lo expuesto hasta aquí es posible afirmar que en esta situación de exilo, hasta ahora poco explorada en términos académicos, se presentaron tanto rasgos característicos de este tipo de migración forzivoluntaria por motivos políticos, como particularidades propias de cada caso, lo que muestra luces y sobras de un mismo fenómeno que invita a seguir estudiando, para entender mejor sus diferentes aristas.

 

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Cómo citar este artículo:

RODRÍGUEZ DE ITA, Guadalupe, (2019) “El exilio de dictadores latinoamericanos en la República Dominicana trujillista (1957-1960)”, Pacarina del Sur [En línea], año 11, núm. 41, octubre-diciembre, 2019. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Miércoles, 19 de Febrero de 2020.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.com/index.php?option=com_content&view=article&id=1814&catid=8

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