Pacarina del Sur
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Fronteras, exilios y destierros

Jorge Núñez Sánchez

Academia Nacional de Historia del Ecuador

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Recibido: 24-05-2019
Aceptado: 19-06-2019

 

 

Las fronteras son espacios de intercomunicación en los que, a veces, no es fácil definir la línea divisoria entre dos países, al punto de que inclusive puede resultar confusa la nacionalidad de sus habitantes.

Nuestra América está llena de fronteras que se movieron, de regiones que comenzaron perteneciendo a un país y terminaron integradas a otro, de gentes que nacieron a un lado de la frontera y luego se fueron a vivir al otro lado, de familias que tienen una rama en este país y otra en el país vecino, y también de gentes de frontera que, por imposiciones y necesidades de la vida, fueron inscritas como nacidas en un país y luego las inscribieron también en el otro.

A esos casos de confusión identitaria habría que agregar los casos de legalización abierta u oculta de personajes de un país en la nación vecina. Entre los más afamados que hubo en Ecuador, en el tránsito del siglo XIX al siglo XX, estuvieron los casos de dos jefes militares colombianos que tuvieron notable actuación en las guerras civiles ecuatorianas.

El general Julio María Sarasti, pastuso, es decir, colombiano, participó en las guerras civiles del Ecuador, ejerció la jefatura del ejército ecuatoriano en tiempos del “Progresismo” y fue jefe del ejército conservador en la guerra civil de 1895, donde fue vencido por el líder del liberalismo, general Eloy Alfaro, en la decisiva batalla de Gatazo.

Pocos años más tarde, sucedió a Alfaro en la presidencia del Ecuador el general Leónidas Plaza Gutiérrez, un barbacoano -es decir, otro colombiano- a quien los liberales del Ecuador “nacionalizaron” mediante el curioso recurso de falsificar su partida de bautismo, contando para ello con la ayuda de un cura de la provincia de Manabí, que lo registró como nacido en un pequeño pueblo de pescadores llamado Charapotó.

Luego de esta introducción, que busca mostrar el mar de fondo que ilustra nuestro panorama histórico, creo que podemos acercarnos con más tiento y con ojo avizor al análisis del fenómeno que nos interesa, cual es el del exilio, el destierro, la expatriación o la migración forzada habidos entre los países latinoamericanos y par ticularmente entre estos tres países próximos: Ecuador, Perú y Colombia.

General Julio María Sarasti
Imagen 1. General Julio María Sarasti. Foto Enrique Morgan. Archivo Nacional Audiovisual del Ecuador, en adelante ANA.

Llegados este punto, hallo indispensable precisar qué es el exilio, destierro o expatriación. Consiste en el alejamiento de un individuo del lugar de su nacimiento o residencia, generalmente por razones políticas. A veces el exilio o destierro es impuesto por el poder, pero a veces es ejercitado por el mismo expatriado, por temor a ser víctima de la violencia de la autoridad o de poderes fácticos que actúan en su región de origen. En este caso el exilio se emparenta con la migración forzada, aunque esta última definición se refiere más bien a una expatriación por razones económicas o sociales. Existe también el exilio interno, por el que una persona o un grupo social son obligados a vivir en una región determinada, en contra de su voluntad; ese exilio interno, que se define legalmente como confinio, se parece menos al exilio externo y más a una forma de condena penal con libertad vigilada.

El exilio o destierro se halla prohibido por la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en su artículo 9 (ONU, 1948). La Constitución ecuatoriana de 2008 garantiza, en su Art. 66: “El derecho a transitar libremente por el territorio nacional y a escoger su residencia, así como a entrar y salir libremente del país”. Por su parte, la vigente Constitución de Colombia establece, en su artículo 24, que: “Todo colombiano, con las limitaciones que establezca la ley, tiene derecho a circular libremente por el territorio nacional, a entrar y salir de él, y a permanecer y residenciarse en Colombia”.

 

El exilio político en el Ecuador del siglo XIX

El Ecuador, al igual que la mayoría de países latinoamericanos, nació a la vida republicana con la marca del exilio. Cada cambio político, cada confrontación civil y cada revolución traían consigo vientos de destierro para los derrotados. Así, el continente se pobló de exiliados, prófugos, emigrados y desterrados, que iban con su causa a cuestas, con su familia a cuestas, rumiando la soledad de la derrota y el ostracismo.

Empero, el primer personaje desterrado en nuestra naciente república no fue un hombre, sino una mujer: doña Manuela Sáenz, la lideresa quiteña de la independencia, que fuera compañera de vida y luchas del libertador Simón Bolívar y que, en la campaña de independencia del Perú, ganara por méritos de guerra el grado de coronel del Ejército Libertador, además de actuar como archivera del ejército. Tras retornar a Colombia en 1826, paralelamente al regreso de Bolívar, Manuela se instaló en Bogotá y participó activamente en los enfrentamientos políticos entre bolivaristas y santanderistas, en medio de los cuales estos últimos atentaron contra la vida del Libertador Presidente de Colombia, que fue protegido más de una vez por la oportuna y audaz intervención de ella, quien salvó a Bolívar de los puñales asesinos y libró a Colombia del baldón de asesinar al Padre de la Patria. De ahí que esa misma noche, tras el aplastamiento del complot, Bolívar la proclamara públicamente “Libertadora del Libertador”, sobrenombre con que el que pasó a la historia americana.

General Leónidas Plaza Gutiérrez
Imagen 2. General Leónidas Plaza Gutiérrez. www.wikimedia.org

Todo esto terminaría por convertir a Manuela en un personaje público de la mayor significación, que, luego de intervenir activamente en la campaña de independencia, participó decisivamente en la vida política de las nacientes repúblicas sudamericanas, aunque más tarde, en el ocaso de Colombia la Grande, fue golpeada por el torbellino de las venganzas políticas. Acusada de “extranjera indeseable” por los santanderistas, replicó con una frase memorable, digna del bronce: “Mi Patria es el continente de la América, aunque he nacido bajo la línea del Ecuador” (Añazco, 2005, pág. 139).

Luego de la muerte de Bolívar, Manuela seguiría dando combate por la unidad colombiana, hasta que fuera desterrada de Cundinamarca por sus enemigos. Exiliada en Jamaica, buscó instalarse en el Ecuador, su país natal, pero se lo impidió una orden de expulsión del Jefe Supremo del país, Vicente Rocafuerte, estrecho amigo de los liberales bogotanos y quien temía que Manuela viniera a conspirar políticamente contra su gobierno. Entonces, el único país que acogió a la exiliada fue Perú, aunque con la condición de que viviera confinada en el lejano puerto norteño de Paita.

Extinguida la Patria Grande por la que ella luchó, cerrado su acceso a su país de origen, olvidada inclusive por sus familiares, que en ausencia de ella buscaban aprovecharse de sus bienes, vivió en ese pequeño puerto durante veinticinco años, sosteniéndose como traductora y redactora de cartas para los barcos balleneros que ahí recalaban o haciendo bordados y dulces. Pero nunca se aisló del todo de la política. Desde su exilio peruano, se interesaba por los sucesos ecuatorianos, buscaba conocer las ideas y proyectos de los emigrados ecuatorianos, y mantenía comunicación epistolar, de carácter político, con el presidente del Ecuador, el general Juan José Flores.

En ese rincón del Pacífico Sur la visitaron notables personajes, entre ellos el pensador y pedagogo venezolano Simón Rodríguez, quien fuera maestro de Bolívar; el general colombo–irlandés Daniel Florencio O’Leary, a quien proporcionó documentación para que escribiera sus memorias sobre la guerra de independencia; el intelectual peruano Ricardo Palma, que incluyó una crónica sobre ella en sus Tradiciones Peruanas; el escritor norteamericano Helman Melville, autor de Moby Dick, y el patriota y marino italiano Giuseppe Garibaldi, futuro unificador de Italia. Y ahí mismo la sorprendió la muerte el 23 de noviembre de 1856, en medio de una epidemia de difteria que asolaba el puerto. Enterrada en fosa común, junto con sus papeles y recuerdos, Manuela Sáenz ingresó desde entonces al mundo de la historia y la mitología.

Manuela Sáenz junto a Simón Bolívar. Óleo de Angeloni Tapia, en la pinacoteca de la Academia Nacional de Historia del Ecuador
Imagen 3. Manuela Sáenz junto a Simón Bolívar. Óleo de Angeloni Tapia, en la pinacoteca de la Academia Nacional de Historia del Ecuador.

Vistas las cosas en perspectiva histórica, se aprecia que Manuela fue mucho más que la compañera de vida y lucha de Simón Bolívar e incluso más que una heroína de la independencia, con todo lo grande que nos pueda parecer este calificativo. En medio de una sociedad pacata y segregacionista, que marginaba a las mujeres del ejercicio de la vida pública y las confinaba a la monotonía de la vida doméstica o al ascetismo conventual, ella fue también una activa librepensadora, una abanderada de la libertad personal y del amor libre de prejuicios, lo que la convirtió en una adelantada del feminismo, pero le ganó la crítica, el recelo o la malquerencia de muchos de sus contemporáneos.

Una mujer tan agitada y luminosa, que empeñó batalla contra ejércitos enemigos, pero también contra una muralla de prejuicios y segregaciones hacia lo femenino, debía provocar –y provocó, efectivamente– tanto admiración como resistencia, en las gentes de su tiempo y en las de la posteridad. Así, durante casi dos siglos, Manuela ha sido objeto de amor, admiración y alabanza, a la par que de odio, crítica y denuesto. Garibaldi escribió que ella le había parecido “la mujer más interesante de Sudamérica” (Añazco, pág. 159). Ricardo Palma, que la conoció anciana, encontró en ella a una “mujer superior, acostumbrada al mando y a hacer imperar su voluntad”, agregando que era “un perfecto tipo de la mujer altiva” (Añazco, pág. 160).

En ese primer siglo de vida republicana, otros muchos ecuatorianos vivieron la amarga experiencia del exilio, pues tanto los gobiernos conservadores, como los liberales, buscaron silenciar a sus opositores mediante el destierro, visto por algunos como una medida alternativa y hasta piadosa frente al viejo y bárbaro método del fusilamiento.

 El régimen conservador de Juan José Flores (1830-1845) recurrió reiteradamente al destierro como mecanismo para librarse de sus enemigos políticos, siendo la más notoria de sus víctimas el doctor Vicente Rocafuerte, con quien mantuvo una alternativa relación de enemistad, asociación política y nueva enemistad. Pero, a su tiempo, el presidente Rocafuerte también recurrió al destierro como mecanismo de gobierno: además de desterrar a Manuela Sáenz, tomó igual medida contra un antiguo amigo y compañero de luchas, el doctor Pedro Moncayo, e incluso contra un par de frailes intolerantes y enemigos de la libertad de prensa, llamados Andrés Villamagán y Vicente Solano.

Gabriel García Moreno: político desterrado y gobernante desterrador
Imagen 4. Gabriel García Moreno: político desterrado y gobernante desterrador. Fuente: ANA.

Tiempo después, el gobierno liberal del general José María Urbina y su ministro Marcos Espinel usaron igualmente al destierro como mecanismo de acallamiento de sus enemigos y críticos. Así, expatriaron a Colombia a Gabriel García Moreno, Rafael Pólit y José María Cárdenas, fundadores y redactores del periódico de combate La Nación. Y posteriormente desterraron otra vez a García Moreno, en 1854, cuando ya era senador electo. Ante ello, el desterrado protestó desde Paita:

Nombrado Senador por la provincia de Guayaquil y calificada la validez de mi elección, como el Ministro Espinel la ha reconocido, volví al Ecuador para asistir a la última Legislatura; y como gozaba de inmunidad por el artículo 32 de la Constitución, según el cual, desde un mes antes de la instalación del Congreso, los Senadores y Representantes no pueden ser acusados, perseguidos o arrestados, sin previa autorización de la Cámara a que pertenecen, me vi detenido por la fuerza y embarcado en un buque de guerra, que me condujo a las playas de esta República. Aunque hubiese violado no solo una ley, sino muchas; aunque me hubiese manchado con todas las preseas de calumniador asalariado del infame y cobarde tiranuelo, el Poder Ejecutivo no podía perseguirme ni arrestarme, sin obtener primero el permiso del Senado, y sin hollar una vez más la quimérica ley fundamental (García Moreno, 1854).

El general peruano Agustín Gamarra
Imagen 5. El general peruano Agustín Gamarra. www.wikimedia.org

Desde su exilio peruano, García Moreno marchó a Francia, donde cursó estudios universitarios y desde donde solicitó al siguiente presidente, el general liberal Francisco Robles, que le extendiera salvoconducto para volver al Ecuador, lo que le fue concedido, con lo cual retornó a su país a fines de 1856. Poco después, el retornado encabezaba el movimiento insurgente conservador en la nueva guerra civil contra los liberales, que concluyó en 1860 con la victoria y encumbramiento al poder de los alzados en armas. Entonces, García Moreno, que tanto había sufrido la barbarie del destierro y clamado contra ella, recurrió reiteradamente a este mecanismo para alejar del Ecuador a sus enemigos u opositores políticos, a la vez que fusilaba o encarcelaba a otros. Entre las muchas víctimas del destierro durante el largo régimen del “Gran Tirano” se contaron el gran polemista liberal Juan Montalvo, los dirigentes opositores… y los jovencísimos periodistas Federico Proaño y Manuel Valverde, que lo habían criticado con altivez en la prensa. Y el feroz don Gabriel (hoy candidatizado a los altares por la derecha conservadora) también desterró a legisladores en ejercicio de sus funciones, porque no aprobaban las leyes y medidas que él exigía.

Otro gobierno que usó alternativamente tanto el fusilamiento como el destierro contra sus rivales políticos fue el de Plácido Caamaño, personaje que figuraba como miembro del llamado “Partido Progresista” o “liberal católico”, que se suponía haberse formado para atenuar el intermitente conflicto civil entre conservadores y liberales. Uno de ellos fue el poeta y periodista guayaquileño Nicolás Augusto González, redactor de la columna “Gacetillas” del periódico El Telégrafo, quien fue expatriado en 1895 por sus duras críticas al gobierno.

Portada del periódico El Ariete, fundado por exiliados peruanos en Guayaquil, en 1838
Imagen 6. Portada del periódico El Ariete, fundado por exiliados peruanos en Guayaquil, en 1838. Foto del autor.

En fin, hemos de anotar que Ecuador no solo fue un país generador de exilios y destierros, sino también tierra de amparo a perseguidos políticos de los países vecinos. Así, en este país se refugiaron desterrados o perseguidos políticos de Perú y Colombia, muchos de los cuales usaban al país receptor como base de preparación para nuevas acciones políticas en su país de origen. En general, el asilado era un ser en desgracia, al que manos caritativas o simpatizantes ideológicos ayudaban para que sobrellevara su dura situación. Pero, tanto en Ecuador como en sus países vecinos, hubo asilados que contaron con la activa protección de fuerzas políticas locales, cuando no con la embozada ayuda del propio gobierno receptor.

En tiempos del presidente Vicente Rocafuerte llegaron a Guayaquil, en condición de desterrados políticos, el general Agustín Gamarra y el periodista Manuel Ferreyros, líderes de la oposición peruana al gobierno de la Confederación Perú-Boliviana, que dirigía el mariscal boliviano Andrés Santa Cruz, en calidad de Protector. En este puerto ecuatoriano, Ferreyros (que fuera colaborador de los caudillos militares Agustín Gamarra, Felipe Salaverry y Ramón Castilla y que ejerciera los ministerios de Gobierno y Relaciones Exteriores de su país) fundó el periódico El Ariete, que entre 1838 y 1839 combatió al gobierno confederal, contando con el apoyo financiero del representante diplomático chileno en Ecuador, Ventura Lavalle. Por razones políticas y para evitar complicaciones al gobierno de Rocafuerte, el nombre de Ferreyros no apareció nunca en la publicación, aunque todos sabían que ella era un arma propagandística montada contra el gobi erno de Santa Cruz por sus enemigos peruanos y chilenos.

Mariscal Andrés Santa Cruz, retratado por José Gil de Castro
Imagen 7. Mariscal Andrés Santa Cruz, retratado por José Gil de Castro. www.wikimedia.org

La cosa fue más allá: Chile presionó entonces al Ecuador para que se uniera a una alianza contra la Confederación Peruano-Boliviana. Fracasado en su empeño, buscó que Ecuador permitiese, al menos, la organización de una fuerza naval insurgente para atacar al gobierno confederal. Mas el presidente Rocafuerte evitó comprometerse en esa aventura político-militar, presionado por el jefe del ejército y expresidente Juan José Flores, amigo y coideario de Santa Cruz; a lo más que accedió fue a permitir la publicación de El Ariete, periódico que, en su última edición, del 19 de marzo de 1839, publicada cuando Santa Cruz ya había sido derrotado, anunció su cierre diciendo: “Este periódico […] queda arrumado como un instrumento bélico que ya no tiene objeto útil y adecuado”.

El Manifiesto de Santa Cruz publicado en Quito, en 1840
Imagen 8. El “Manifiesto” de Santa Cruz publicado en Quito, en 1840. Foto del autor.

Poco después, durante el nuevo gobierno de Juan José Flores, el mariscal Santa Cruz se refugió en Guayaquil, luego de ser derrotado en la batalla de Yungay, el 20 de enero de 1839, por un ejército combinado de fuerzas chilenas y peruanas, dirigidas por Manuel Bulnes y Agustín Gamarra. Luego fue invitado a radicarse en Quito, la capital ecuatoriana, para evitar suspicacias del nuevo gobierno peruano por su presencia en el puerto. Para entonces habían pasado 17 años de su primera llegada a Quito, que la hizo en 1822, en calidad de libertador, dirigiendo la División Peruana enviada por el gobierno del Protector José de San Martín, para contribuir a la independencia de la Audiencia de Quito. Ahora, que volvía vencido, Ecuador lo recibió con respeto y hasta con afecto. Es más, el general Flores lo alojó en una casa de su propiedad, ubicada en el actual parque de La Carolina. Por su parte, el asilado dejó un testimonio elogioso para el Ecuador:

Afortunadamente para el honor del nombre americano ecsiste un pueblo que respeta el infortunio, venera los principios y sabe agradecer los servicios prestados a la causa de la independencia: afortunadamente imperan las leyes en este pueblo… Siendo yo un general de Colombia, desde la batalla de Pichincha, a que tuve la fortuna de concurrir dirijiendo a las huestes peruanas, ¿cómo han podido imaginar y menos esperar los restauradores, que mi suerte fuese del todo indiferente a los ecuatorianos? … Todo el poder de mis enemigos no será bastante a impedir que yo viva seguro en esta tierra de libertad: que viva tranquilo bajo la salvaguardia de sus leyes (Santa Cruz, 1840, págs. 98-99).

El afamado ensayista y polemista Juan Montalvo. Retrato al óleo en la Casa de Montalvo, Ambato, Ecuador
Imagen 9. El afamado ensayista y polemista Juan Montalvo. Retrato al óleo en la Casa de Montalvo, Ambato, Ecuador.

En fin, con todo lo cruel que fue ese lamentable fenómeno del exilio, tuvo una contraparte positiva, que fue el conocimiento mutuo entre nuestros pueblos, quienes, tras el atardecer de los grandes sueños unitarios de la independencia, habían caído en una suerte de nacionalismo estrecho, por el que cada cual miraba su propio ombligo y se aislaba voluntariamente del panorama hispanoamericano. Eso también contribuyó a la universalización de algunos de nuestros escritores y pensadores. En el exilio escribió el ensayista y polemista ecuatoriano Juan Montalvo algunas de sus obras más notables, como aquellos “Capítulos que se le olvidaron a Cervantes” (1895), que le darían fama universal, y gracias al exilio se formaría esa su conciencia universal de El Cosmopolita.

En el exilio fueron escritas también muchas de las obras de José Martí, otro de los grandes exiliados de nuestra América, quien, además, reflexionó largamente sobre las crueldades y dolores del destierro. Estando en México, anotó: “Arbusto solitario es el alma del hijo enamorado de la patria, que lejos de su amada sufre sin consuelo: manera de morirse es esta de vivir alejado de la patria” (1991, pág. 422). En otras ocasiones y lugares, consignó: “Sólo cuando se está en el extranjero, se conoce lo que quiere decir patria”. “Los años que pasan lejos del suelo nativo son muy largos”. “Al árbol deportado se le ha de conservar el jugo nativo para que a la vuelta a su rincón pueda echar raíces”. En Nueva York exclamó un día: “¡Oh, patria de mi amor! ¡Tú eres bendita a través del alejamiento y la amargura!” “No hay más patria, cubanos, que aquella que se conquista con el propio esfuerzo”. “El único suelo firme en el universo es el suelo donde se nació” (Leyva, 2011).

Así, pues, con toda la crueldad y angustia vital que llevaba consigo, el exilio coadyuvó a la popularización de muchas de las grandes causas políticas de nuestra vida republicana. Pienso al menos en dos de ellas: el surgimiento del internacionalismo liberal, que contribuyó al triunfo de la Reforma en casi toda América Latina, y el crecimiento de la solidaridad con la independencia de Cuba.

Todos esos hechos contribuyeron a un fenómeno todavía mayor y más interesante: la creación de un activo espacio cultural en América Latina, donde en los diversos países empezaron a leerse por igual autores como los ecuatorianos Olmedo, Montalvo, Mera y Llona, los colombianos Isaacs, Pombo, Silva y Vargas Vila, los peruanos Salaverry, Palma, González Prada y Matto de Turner, los cubanos Casal, Valdés, Avellaneda, Heredia y Martí, los mexicanos Acuña, Alamán, Díaz Mirón, Peza y Gutiérrez Nájera, los argentinos Sarmiento, Carriego, Echeverría, Hernández y Obligado, o los chilenos Lastarria, Blest Gana, Bilbao y Tocornal.

El gran pensador y escritor cubano José Martí. Retrato fotográfico hecho en Nueva York, en 1885
Imagen 10. El gran pensador y escritor cubano José Martí. Retrato fotográfico hecho en Nueva York, en 1885.

 

El exilio político en el Ecuador del siglo XX

El siglo XX coincidió en el Ecuador con la presencia de la Revolución Liberal, iniciada en 1895. Esa revolución triunfó tras una dura guerra civil, en donde la alta cúpula eclesiástica llamó a una “Guerra Santa” contra el liberalismo. El resultado inevitable fue que varios obispos, especialmente los extranjeros, terminarían por expatriarse del Ecuador o serían expulsados de este país por el liberalismo triunfante. Entre ellos estuvieron el Obispo alemán de Portoviejo, un antiguo capitán del ejército prusiano, llamado Pedro Schumacher; el Obispo español de Loja, José María Massiá, y el Obispo de Riobamba, Arsenio Andrade. El primero se auto exilió en Pasto y los dos restantes en Lima, donde Massiá murió en 1902. En 1897 Massiá había sido expulsado del país y tiempo después fueron expulsados los sacerdotes extranjeros Leonardo Daidy, lazarista, y los franciscanos Miguel, Lorenzo y Luis, que habían participado en conspiraciones armadas en la Provincia de Loja. Varios capuchinos, a su vez, se expatriaron en Pasto.

El sanguinario obispo de Pasto, Ezequiel Moreno Díaz, hoy santo de la Iglesia Católica
Imagen 11. El sanguinario obispo de Pasto, Ezequiel Moreno Díaz, hoy santo de la Iglesia Católica. Fuente: ANA.

Amparados y ayudados por el Obispo de Pasto, Ezequiel Moreno Díaz, los religiosos emigrados a Colombia instigaron continuas invasiones contra el Ecuador, que en general fueron repelidas en la frontera, aunque a una de ellas se la dejó penetrar hasta el nudo de Sanancajas, cerca de Riobamba, donde casi todos los invasores fueron exterminados por el ejército liberal del Ecuador. Es más, esos religiosos exiliados en Colombia buscaron reiteradamente, con sus actos, provocar una guerra entre Ecuador y Colombia.

El gobierno del Ecuador protestó reiteradamente ante el de Colombia por esos actos de agresión cometidos desde territorio colombiano. En una de ellas, del 6 de mayo de 1899, dirigida al Gral. Carlos Cuervo Márquez, Ministro de RR. EE. de Colombia, el Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario del Ecuador, Luis Felipe Carbo, le expresaba la preocupación de su Gobierno por  “el estado floreciente en que se encuentra la proyectada nueva expedición vandálica contra mi Patria” y protestaba por “la manera cómo había sido recibido en la ciudad (de Pasto), entre vítores y aplausos, uno de los militares ecuatorianos derrotados en la última expedición contra mi país” (1899, pág. 19).

Agregaba luego el diplomático ecuatoriano: “Como hemos convenido ya, nos es posible, Señor Ministro, que el mundo civilizado siga presenciando el grotesco espectáculo internacional que esos revolucionarios han estado dando en los últimos tiempos,  V. E. Sabe bien que ese círculo acéfalo, compuesto de elementos heterogéneos y sin prestigio alguno en mi Patria, enarbola la bandera de la religión, que nadie ataca, para lanzar a sus secuaces contra el Ecuador, quienes, después de cometer toda clase de crímenes y cuando la dignidad nacional herida los rechaza, se regresan a Colombia cargados con el inmenso botín que a su paso han recogido en las poblaciones indefensas, pues, como es notorio, V. E. mandó devolver dos mil cabezas de ganado a sus legítimos dueños” (ibíd.).

Finalmente, el diplomático mostraba su extrañeza por el hecho de que “dos de los principales expedicionarios” contra el Ecuador estuviesen “de autoridades colombianas en la frontera”, lo que significaba un implícito reclamo al gobierno colombiano por participar o auspiciar esos ataques contra su país. Por todo ello, exigía “un acto de sanción que impidiera en lo sucesivo se repitiesen esos procedimientos agresivos, condenados por la moral de las naciones” (pág. 20).

El gobierno de Colombia respondió el 5 de mayo de 1899 a las protestas del diplomático ecuatoriano, afirmando que deseaba “mantener y estrechar los vínculos de amistad que le unen con Ecuador, porque cree que las relaciones de los dos países no se fundan en motivos pasajeros y efímeros, sino en causas más altas… Propónese igualmente mi Gobierno seguir cumpliendo estrictamente con los deberes que le imponen la buena mistad que cultiva con el Gobierno del general Alfaro y las prescripciones del Derecho Internacional, a las cuales ha procurado ajustar siempre su conducta… Si a pesar de la franca amistad que reina entre los dos Gobiernos, los revolucionarios del Ecuador han podido encontrar simpatías y apoyo subrepticio en territorio colombiano, a despecho de la acción de nuestras autoridades, esto depende… de las dificultades, a menudo insuperables, que ofrece la vigilancia de una frontera tan extensa, habitada, de uno y otro lado, por gentes a quienes ligan vínculos de amistad y aun de familia, relaciones comerciales y afinidades políticas y religiosas” (pág. 21).

Continuaba dando garantías al Ecuador de que su gobierno mantendría una restricta neutralidad frente a los sucesos ecuatorianos y que su Despacho era del concepto de “tomar medidas de carácter urgente a fin de averiguar la responsabilidad en que hayan incurrido las autoridades o ciudadanos en los acontecimientos últimamente ocurridos, a fin de proceder a infligir los castigos que le ley señale y prevenir en adelante toda violación a la neutralidad”. Y terminaba informándole que había “pedido al Ministerio de Gobierno que se sirva decretar la internación, a gran distancia de la frontera, de los cabecillas enumerados en la nota de V. E.” (pág. 22) e igualmente que había sido removido de su cargo el alcalde Alberto Vélez y se estaba haciendo lo propio con el funcionario de aduanas, ambos colaboradores de los emigrados ecuatorianos en sus ataques al Ecuador.

De inmediato, el Ministro de Gobierno de Colombia, Rafael M. Palacio, movido por un pedido de su Ministerio de Relaciones Exteriores y atendiendo al hecho de que el Jefe de la Legación Ecuatoriana había solicitado la internación de los refugiados ecuatorianos y “demostrado ante la Cancillería de Colombia la justicia que entraña(ba) su solicitud”, resolvió conceder “la internación de los señores doctor Aparicio Ribadeneira, Julio Fierro Almeida, Teófilo Landázuri, Amador Rivera Escandón, Julio Fierro Rosero, General José María Sarasti, C. Camilo Daste, Joaquín Riofrío, N. Donoso Herboso, N. Grijalva Patiño, Coronel Ricardo Cornejo, doctor Clemente Ponce, N. Navarrete, Melchor Costales y doctor Alejandro Ponce Elizalde” (pág. 23), disponiendo que el grupo de los cinco primeros fuera internado a la ciudad de Buga, el grupo de los cinco siguientes a la ciudad de Cali y el de los últimos, a Cartago. También disponía que se comunicase todo esto al Gobernador del Cauca, para su cumplimiento. 

Eloy Alfaro, ilustre exiliado y capitán de desterrados. Retrato al óleo por Angeloni Tapia
Imagen 12. Eloy Alfaro, ilustre exiliado y capitán de desterrados. Retrato al óleo por Angeloni Tapia, existente en la pinacoteca de la Academia Nacional de Historia del Ecuador.

Eso vino a atenuar un poco la agresividad de los emigrados contra el gobierno ecuatoriano, aunque no la eliminó del todo. Entre tanto, mientras menudeaban esos ataques y amagos de agresión desde el exterior, al gobierno de Alfaro le salió en el interior un aliado inesperado, que fue el obispo de Ibarra, monseñor Federico González Suárez. Lastimado su espíritu patriótico por la descarada intervención extranjera en los asuntos internos de su país, el prelado dirigió a los sacerdotes y fieles de su jurisdicción una carta en la que les advertía: “Cooperar de un modo u otro a la invasión colombiana, sería un crimen de lesa Patria; y nosotros los ecuatorianos no debemos nunca sacrificar la Patria para salvar la Religión: el patriotismo es virtud cristiana y, por lo mismo, muy propia de sacerdotes” (Núñez Sánchez, 2008, pág. 54).

José Peralta, un avanzado pensador antimperialista
Imagen 13. José Peralta, un avanzado pensador antimperialista. Fuente: ANA.

La actitud del Obispo de Ibarra, cuya jurisdicción eclesiástica abarcaba toda la región fronteriza del Ecuador con Colombia, produjo la exasperación de fray Ezequiel Moreno y sus áulicos, que se prodigaron en ofensas contra González Suárez. Mediante folletos y pasquines le dijeron “apóstata”, “oportunista”, “infame”, “tonto”, “turiferario del crimen victorioso”, etc. El más afiebrado insultador del Obispo de Ibarra fue el Obispo de Portoviejo, don Pedro Schumacher, quien, según el mismo González Suárez, lo había “perseguido con encarnizamiento” desde años atrás, por revelar en su Historia General de la República del Ecuador la corrupción eclesiástica existente en la época colonial (Núñez Sánchez, pág. 54). Y se dice que la facción exiliada en Pasto llegó incluso a planear el asesinato del prelado ecuatoriano.

Una década más tarde, tras la masacre del general Eloy Alfaro y sus tenientes, y el asesinato del general Julio Andrade, el placismo triunfante desterró a algunos notables personajes radicales que se salvaron de la masacre de 1912. Entre ellos estuvieron Abelardo Moncayo, José Peralta y José de Lapierre, que permanecieron exiliados durante tres años en Lima, donde entablaron amistad con grandes políticos y pensadores peruanos, como Ricardo Palma y Manuel González Prada.

El periodista e historiador Alfonso Rumazo González
Imagen 14. El periodista e historiador Alfonso Rumazo González. Fuente: ANA.

A partir de 1920 hubo unos pocos casos aislados de destierro, que merecen citarse. Pienso en el que afectó al todopoderoso banquero Francisco Urbina Jado, el jefe indiscutible de la “bancocracia” liberal de comienzos del siglo XX, que saqueó al país mediante emisiones de dinero sin respaldo, y a quien la Revolución Juliana apresó y desterró a Chile en 1926, donde murió al año siguiente.

 

El exilio a partir de los años veinte: causas y consecuencias

Caso número uno:

Durante el gobierno de Isidro Ayora fue expatriado del país un gran liberal–radical de tiempos del alfarismo, el doctor José Peralta, quien había sido ministro de Educación y de Relaciones Exteriores. Su crítica a la contratación de la Misión Kemmerer fue la causa que motivó su expatriación a Panamá. Pero allá, en medio de la canícula tropical, este anciano de tierra fría tuvo la calma y lucidez necesarias para reflexionar sobre el fenómeno del imperialismo, que entonces recién emergía y no era fácil de diferenciar del tradicional expansionismo estadounidense. Fue así que escribió su luminoso opúsculo La esclavitud de la América Latina (1991) en el que formuló una teoría latinoamericana del imperialismo, antes de que se hubiese traducido al español o circulara en Hispanoamérica el afamado libro de Lenin titulado El imperialismo, fase superior del capitalismo.

 

Caso número dos:

Poco tiempo después, durante la dictadura del ingeniero Federico Páez, fue desterrado del Ecuador un joven opositor de ideas progresistas, llamado Alfonso Rumazo González, quien se asentó en Cali con su familia y comenzó en esa ciudad colombiana la dura tarea de sobrevivir en el exilio. Hombre inteligente y bien educado, se vinculó a un periódico local y ahí mostró los primeros vuelos de su pluma.  Pero, a diferencia de otros exiliados políticos, que viven tras la obsesión del retorno a la tierra natal, Rumazo optaría por afincarse definitivamente en Colombia, país donde halló calor de amigos y amplio espacio para su labor periodística. Así, mientras laboraba como redactor cultural de El Relator, de Cali, y ejercía la cátedra de Literatura, fue adentrándose en los estudios de la historia y la cultura grancolombianas.

El presidente ecuatoriano Carlos Arroyo del Río, exiliado e hijo de exiliados
Imagen 15. El presidente ecuatoriano Carlos Arroyo del Río, exiliado e hijo de exiliados. Fuente: ANA.

Por entonces, alguien le acusó de ignorar la historia de Colombia, lo que lo motivó a una empresa singular: escribir una biografía del gran estadista liberal Enrique Olaya Herrera, a quien Rumazo admiraba precisamente por ser un hombre surgido de los más humildes estratos sociales, que se había elevado, gracias a su esfuerzo y talento, hasta las cumbres más altas del pensamiento y la primera magistratura de su país, que ejerció entre 1930 y 1934. Con esa biografía, que se publicó en 1940 y mereció elogiosos comentarios en toda Colombia, Rumazo entró con pie firme en el que había de ser en adelante, y ya para siempre, el género predilecto de su labor historiográfica y literaria: la biografía.

Cuatro años más tarde culminó una investigación de seis años y publicó otra biografía, dedicada a la primera exiliada política de nuestra América: Manuela Sáenz, la Libertadora del Libertador (1944).  El éxito de esta nueva obra fue realmente espectacular: se vendieron dieciocho mil ejemplares en apenas dos meses, la prensa colombiana la elogió abundantemente y finalmente mereció la alabanza de la mayor autoridad en asuntos bolivarianos, el historiador venezolano Vicente Lecuna, quien dijo que el libro de Rumazo era “una obra maestra”.

En 1945, tras la “Revolución del Veintiocho de Mayo”, Rumazo fue designado agregado cultural de la embajada ecuatoriana en Montevideo, país donde mantuvo su habitual actividad periodística, además de redactar una biografía del general José Fructuoso Rivera, primer gobernante uruguayo (1830–1834), quien gobernó su país en dos oportunidades. Empero, esta biografía no tendría igual suerte que las anteriores y se quedaría inédita.

Tras su estancia diplomática en el Uruguay, Rumazo emprendió nuevos viajes, que lo llevaron a Chile, Perú, América Central y Europa, todos los cuales lo ayudaron a dimensionar y comprender mejor la realidad latinoamericana. Al fin, su erranza de auto exiliado lo llevó a Venezuela, a donde llegó invitado precisamente por el maestro Lecuna, quien lo vinculó a los principales centros académicos venezolanos. De esta manera, don Alfonso renunció para siempre a las labores diplomáticas y se asentó definitivamente en la que sería su segunda patria.

Allá, en la Caracas de los cincuentas, rebosante de riqueza y de creación intelectual, Rumazo desplegó desde el inicio sus dotes de maestro y periodista. Fue designado profesor de la Universidad Central de Venezuela, en la que ejercería las cátedras de Historia de América, Historia de la Cultura y Arte Contemporáneo, a la par que desarrollaba una notable actividad periodística en diversos medios venezolanos. Sostuvo diariamente su columna “Rumbos” en el diario Ultimas Noticias, durante cuatro años (1955 –1958), y por cinco años en el periódico La Esfera, hasta la extinción del mismo. Y su columna “Derroteros” apareció tres veces por semana en El Nacional y El Universal, durante diez años completos.  Todo ello le ganó un sitio de respeto entre el público venezolano, que admiraba su buen decir y mejor escribir.

Pero entre clase y clase, artículo y artículo, don Alfonso seguía laborando silenciosamente en su labor biográfica, recopilando datos, reconstruyendo tiempos y mentalidades, rescatando imágenes históricas desvaídas por el olvido, restaurando con mano maestra los caracteres de sus personajes. Porque el biógrafo es muchas cosas a la vez: un historiador que indaga datos objetivos y reconstruye personajes y circunstancias del pasado, un sociólogo que investiga mentalidades colectivas, un sicólogo que se adentra en el alma de gentes ya fenecidas, para desvelar sus ideas, pasiones, anhelos y temores, pero también un artista que restaura imágenes y las rodea de la luz o del claroscuro necesarios para destacarlas. A veces, cuando la pobreza de la información impide reconstituir satisfactoriamente la verdad, es también un novelista que recompone, arregla y completa con imaginación creadora aquellos espacios vacíos de la historia. Pero siempre, bajo cualquier circunstancia, el biógrafo es un escritor que ha asumido para sí el reto de revivir con la magia de las palabras a un personaje del ayer y sacarlo a pasear entre las gentes de hoy.

Velasco Ibarra al retornar del exilio en Colombia, en 1944
Imagen 16. Velasco Ibarra al retornar del exilio en Colombia, en 1944. Fuente: ANA.

Si el personaje de Manuela Sáenz, la primera exiliada de nuestra América, lo había cautivado con su desenvoltura y desparpajo, el esfuerzo de escribir aquella biografía lo aproximó al personaje latinoamericano por antonomasia: Simón Bolívar. Es más, simbólicamente hablando, la misma imagen biográfica de su Manuela se habría quedado incontrastada si Rumazo no hubiera levantado junto a ella su complemento masculino, la imagen del Libertador. Y luego, estudiada ya la pareja histórica, para revivir el ideal alquimista del andrógino hermético, otras nuevas biografías vinieron en seguidilla, para completar el panteón de los libertadores de nuestra América: Sucre, Miranda, Simón Rodríguez, O’Leary, San Martín, Andrés Bello, José Martí.

 

Caso número tres:

En los años previos a la Revolución Liberal ecuatoriana vivía en Guayaquil, en calidad de exiliado político, el político liberal payanés don Manuel María Arroyo y Arroyo, quien se casó aquí con la dama guayaquileña Aurora del Río, igualmente descendiente de una familia de políticos colombianos exiliados en el Ecuador. El suyo era un hogar sumamente modesto, pero de esa unión nació en Guayaquil, el 27 de noviembre de 1893, Carlos Alberto Arroyo del Río, más tarde afamado jurista y político liberal ecuatoriano, que entre los años treinta y cuarenta lideró el partido liberal, fue jefe de la Cámara del Senado y Presidente del Congreso, actuó como encargado del poder entre el 17 de noviembre y el 11 de diciembre de 1939 y finalmente fue elegido Presidente de la República para el período de septiembre de 1940 a agosto de 1944, aunque fue derrocado por una revolución popular de corte nacionalista, conocida como “La Gloriosa”, el 28 de mayo de este último año.

Una vez derrocado se asiló en Colombia y se radicó en Bogotá, donde vivió en calidad de exiliado entre 1944 y 1946. Aquí escribió dos tomos de memorias políticas, tituladas Bajo el imperio del odio (1946) y avanzó en un libro de combate a Velasco Ibarra titulado En plena vorágine (1948). Siendo desde antes abogado de empresas extranjeras, especialmente norteamericanas, en 1947 se radicó en Nueva York, donde trabajó en su profesión. Regresó al Ecuador en 1948, tras el derrocamiento de Velasco Ibarra, y retomó el libre ejercicio profesional.

 

Caso número cuatro:

Al mismo tiempo que Arroyo caía en el Ecuador y se asilaba en Colombia, emprendía retorno a este país el más famoso exiliado político de la historia ecuatoriana del siglo XX: el doctor José María Velasco Ibarra, quien había sido derrocado en 1935 por un alzamiento militar, en respuesta su intento de proclamarse dictador; eso lo llevaría a afirmar más tarde: “Me precipité sobre las bayonetas”.

Al momento de producirse la revolución del 28 de mayo de 1944, conocida popularmente como “La Gloriosa”, Velasco Ibarra se encontraba en Colombia, donde ejercía el rectorado del Colegio de Sevilla, en el departamento del Valle. De inmediato se trasladó a Ipiales, desde donde una caravana de vehículos ecuatorianos, dirigida por políticos de todo color y militares, lo llevó en triunfo hacia Quito, quien volvió al poder en hombros del pueblo y aclamado como el salvador de la patria. Empero, apenas dos años después rompió con quienes lo habían encumbrado, se proclamó dictador y persiguió a los mismos izquierdistas que le entregaran el mando. ¡Miserias de nuestra política criolla!

El doctor José María Velasco Ibarra, cinco veces presidente del Ecuador
Imagen 17. El doctor José María Velasco Ibarra, cinco veces presidente del Ecuador. Archivo del diario El Telégrafo, Guayaquil.

No terminarían ahí los exilios de Velasco Ibarra. El 23 de agosto de 1947 fue derrocado por su Ministro de Defensa, coronel Carlos Mancheno Cajas, y salió nuevamente al exilio, esta vez en Chile.

Velasco volvió al poder tres veces más. En 1952 ganó las elecciones y logró gobernar con un gabinete derechista-populista hasta el fin de su periodo. En 1960 regresó por cuarta vez al mando, pero en 1961 estalló una crisis política que terminó en el apresamiento del Vicepresidente y de los legisladores de oposición. Al fin, las fuerzas armadas lo forzaron a abandonar el país e impusieron en el sillón presidencial al Vicepresidente Carlos Julio Arosemena, que pasó del panóptico al palacio presidencial. Velasco marchó al exilio en la República Argentina, país natal de su esposa Corina del Parral.

El último gobierno velasquista se extendió de 1968 a 1972, período populista en el que reprimió duramente al movimiento estudiantil, a la vez que tomaba algunas medidas políticas interesantes: dictaba una suerte de ley de reforma agraria, llamada “Ley de abolición del trabajo precario en la agricultura”, nacionalizaba la empresa norteamericana de telecomunicaciones “All American Cables & Radio” y se enfrentaba con las empresas pesqueras piratas, sobre todo norteamericanas, que saqueaban el mar territorial ecuatoriano, en la que se denominó “La guerra del atún”.  Empero, finalmente fue nuevamente derrocado otra vez por un grupo de militares, estos de corte nacionalista, que querían ir más allá y que luego instalaron el “Gobierno Revolucionario Nacionalista de las Fuerzas Armadas”. Velasco fue expulsado a Panamá, desde donde pasó luego a vivir su último exilio en Buenos Aires.

 

La migración forzada

Aunque este fenómeno tiene características propias, que en varios aspectos lo diferencian del fenómeno del exilio, nosotros estimamos que hay puntos de contacto entre estas realidades. Si bien el exilio o destierro es un fenómeno más bien político y afecta preferentemente a un individuo y su familia, no hay que olvidar que hay auto exilios o auto expatriaciones que se parecen a la migración forzada como una gota de agua a otra. La diferencia que va quedando es la motivación del emigrado, que puede ser política o social, aunque lo que denominamos “migración social” casi siempre tiene una motivación política, directa o indirecta.

Pienso, al respecto, en el caso de un joven colombiano que, como muchos otros, migró al Ecuador a fines de los años cuarenta, en medio de la violencia desatada por el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. Formalmente fue a estudiar medicina en el país vecino, pero no es menos cierto que este hijo de liberales antioqueños fue enviado por sus padres al país vecino por temor de que se viera envuelto en la violencia existente y que eventualmente terminara muerto. Ese joven se instaló en Guayaquil, donde se casó con una hermosa guayaquileña y tuvo tres hijas, antes de volver a Colombia en 1960, ya graduado como médico. Se llamó Fabio Londoño González y fue el padre de mi actual esposa, Jenny Londoño López.

Ya para cerrar este artículo, traigo a la luz una crónica periodística colombiana de hace cuarenta años, que muestra la panorámica del último gran exilio ecuatoriano en Colombia, ocurrido en tiempos del gobierno del general Guillermo Rodríguez Lara, un militar nacionalista que dirigió una “dictablanda” y no una dictadura.

Políticos ecuatorianos desterrados al Paraguay en 1965, por la dictadura militar
Imagen 18. Políticos ecuatorianos desterrados al Paraguay en 1965, por la dictadura militar. Archivo de la extinta revista Nueva.

El día martes 16 de diciembre de 1975, el diario El Tiempo, de Bogotá, abría su primera página con un gran titular a cuatro columnas que decía: “Conspiración desde Bogotá. Expulsan a 30 exiliados políticos ecuatorianos”. La noticia iba encabezada con las fotografías de los ex presidentes ecuatorianos José María Velasco Ibarra y Carlos Julio Arosemena Monroy y del general Raúl González Alvear, indicando a estos dos últimos como parte del grupo de expulsados de Colombia.

El texto de la noticia, redactado por el periodista Javier Ayala, se desarrollaba en parte en esa primera página y luego continuaba en la página seis, y expresaba:

Desde el piso 12 del llamado Edificio Azul, en el Centro Internacional de Bogotá, destacados líderes ecuatorianos han venido ejecutando un plan que tiene por objetivo inmediato derrocar al presidente de su país, general Guillermo Rodríguez Lara.

Todo el operativo se puso al descubierto cuando los cuerpos secretos del país se vieron precisados a notificar la expulsión de 30 de los principales dirigentes del movimiento, entre quienes figuran el ex presidente Carlos Julio Arosemena, el general Raúl González Alvear (jefe del frustrado golpe del 1 de septiembre pasado), Guillermo Cabrera, jefe del Partido Socialista del Ecuador, por habérseles comprobado participación en aquellas actividades contra el gobierno del vecino país.

La “Operación del Edificio Azul” se venía cumpliendo en forma por demás silenciosa. En ella venían participando los ex presidentes Carlos Julio Arosemena y Camilo Ponce Henríquez (sic) y estaba siendo coordinada por Leónidas Plaza, ex militar, hermano del ex Secretario de la OEA, Galo Plaza. El grupo, bajo el nombre de Junta Cívica Nacional, mantiene estrecho contacto con el ex presidente José María Velasco Ibarra, quien a última hora desistió de su proyectado viaje a Bogotá.

En el Edificio Azul se discutían las diferentes actividades que se debían cumplir en Guayaquil, en la frontera colombo-ecuatoriana, en Quito, en Argentina y en Panamá.

El cuartel general de quienes intentan dar el golpe contra Rodríguez Lara, fue visitado la semana anterior por los ex presidentes Arosemena y Pone Enríquez. Allí se acordó lo siguiente:

“Antes de terminar el año se hará la marcha hacia la conquista del poder para los civiles del Ecuador. Para ello se cuenta con el respaldo de militares en Quito y en Guayaquil. La operación se llevará a cabo por la frontera colombo-ecuatoriana y por Guayaquil. Será coordinador general el ex general Leónidas Plaza, quien en el momento de triunfar el movimiento será presidente provisional, con el propósito de convocar a elecciones para antes de cuatro meses”.

Para el plan del Edificio Azul se cuenta con estrategas militares como el coronel Jorge Ceballos Salazar (quien fuera el oficial que se tomó el palacio presidencial ecuatoriano el 1º de septiembre) y el coronel Jaime Sáenz Ceballos.

Mientras tanto, en las horas de la noche se conocía que el general Raúl González Alvear, exiliado en Chile, también llegó a Bogotá para formar parte del escuadrón principal que se alista a entrar a Ecuador.

En fuentes vinculadas al movimiento se indicó que “le ahorraremos problemas al gobierno de Colombia y renunciamos al asilo, para irnos a la frontera a luchar para tumbar a Rodríguez Lara”.

… En la preparación de las alternativas políticas para Ecuador –en caso de que ahora sí triunfe la rebelión contra el general Rodríguez– han participado, además de los ex presidentes Henríquez (sic), Arosemena y Velasco Ibarra, el dirigente socialista Guillermo Cabrera; el ex ministro y sobrino de Velasco Ibarra, Jorge Acosta Velasco, Pablo Agustín Dávalos y Rodrigo Viteri.

Todos ellos están en la lista de los 30 dirigentes que el servicio secreto de Colombia tuvo que notificar la expulsión en guarda de la tradición colombiana de no intervenir en asuntos internos de otros países.

Igualmente, se indicó que las autoridades colombianas tenían indicios de que el movimiento que se gestó secretamente en Bogotá “es en grande”, pero se negaron a señalar las proporciones del mismo en lo que se refiere a Colombia.

 

El día anterior, la agencia norteamericana AP, había cursado desde Quito una noticia sobre el viaje de Velasco Ibarra para entrevistarse con exiliados en Bogotá, mostrado como “un paso coordinado de la oposición para derrocar al jefe de gobierno, general Guillermo Rodríguez Lara.” Agregaba que “los círculos políticos rechazaron en general la oferta de Rodríguez Lara de anunciar para el 16 de febrero próximo un plan encaminado a devolver al país el imperio constitucional por etapas.” También señalaba que “en círculos independientes se comentó que resulta anacrónico que el octogenario (Velasco) trate ahora de sustituir al militarismo por el velasquismo.”

Y finalizaba indicando que “los militares y políticos ecuatorianos congregados en Bogotá creían que Velasco Ibarra podía encabezar con éxito una “marcha cívica” desde el puente de Rumichaca, en la frontera colombiana, hasta Quito, en oposición a Rodríguez Lara.” Como puede verse, el grupo de exiliados trataba de reeditar la “Gloriosa marcha de Rumichaca a Quito”, de 1944, de la que hemos hablado antes.

Más abajo, en la misma página seis, se incluían los comunicados del DAS que fijaban las razones de la expulsión, la nómina de los exiliados ecuatorianos expulsados y los plazos que les fueron dados para salir de Colombia. Los expulsados eran:

Grupo primero: Gral. Raúl González Alvear, general Galo Latorre, doctor Carlos Julio Arosemena Monroy, doctor Francisco Acosta Yepes (sic), coronel Jorge Ceballos Salazar, teniente coronel Jaime Sáenz Ceballos, doctor Rodrigo Viteri Córdoba, doctor Guillermo Cabrera Izquierdo. Estos debían salir en el término de 48 horas, menos Sáenz, que debía hacerlo en 72 horas.

Grupo segundo: doctor Jorge Acosta Velasco, Doctor Pablo A. Dávalos Dillon, coronel Luis E. Guevara Vaca, señor José Vicente Ortuño. Debían salir en el plazo de cinco días.

Grupo tercero: Formado por dieciocho ciudadanos ecuatorianos más, que debían abandonar Colombia “en fecha de enero próximo que se comunicará oportunamente”, según decía el segundo comunicado del DAS, formado por el Mayor General José Joaquín Matallana Bermúdez.

Para quienes conozcan algo de la historia ecuatoriana de los últimos tiempos, esta crónica periodística no deja de ser interesante y hasta graciosa, por la entremezcla de personajes que en ella aparecen, unos verdaderamente patéticos y otros que parecieran salidos de la novela picaresca española.

Por ejemplo, se dice en la crónica que esta conspiración de 1975 la encabezaban los ex–presidentes Velasco Ibarra y Arosemena Monroy, pero no se dice que, apenas una docena de años antes, ellos habían protagonizado una grave crisis política, en la que el presidente Velasco apresó al vicepresidente Arosemena y este último, apoyado por la Fuerza Aérea, derrocó finalmente a Velasco y lo envió exiliado a la Argentina.

Por otra parte, en la nota de prensa figuran los nombres de varios militares que habían intentado poco antes derrocar a Rodríguez Lara mediante el “Golpe de la funeraria”, llamado así porque sus fracasadas operaciones militares fueron dirigidas por el general Raúl González Alvear desde una sala mortuoria, de la que previamente sacaron a los muertos que estaban velándose. Todos esos militares habían apoyado el golpe de Estado contra Velasco Ibarra en 1972 y la instauración de la dictadura militar, aunque luego fueron dejados de lado y no recibieron los altos cargos políticos a los que aspiraban. Y no hay que olvidar que los militares del “Carnavalazo” de 1972 no derrocaron a un Presidente Constitucional, sino a un dictador civil, puesto que Velasco Ibarra había roto la Constitución en 1971 y se había proclamado Jefe Supremo de la República.

Abdón Calderón Muñoz, líder político liberal desterrado por una dictadura militar y asesinado por otra
Imagen 19. Abdón Calderón Muñoz, líder político liberal desterrado por una dictadura militar y asesinado por otra. Retrato de propiedad de su familia.

Falta por detallar que el general González Alvear había intentado derrocar al general Rodríguez Lara por incitación del “Plan Cóndor” de las dictaduras del Cono Sur, que acusaban al gobierno militar ecuatoriano de no colaborar con ellas y de haber convertido al Ecuador en un refugio para exiliados chilenos, argentinos, uruguayos y otros. Ese vínculo quedó probado cuando González Alvear, una vez fracasado su alzamiento, huyó del escenario de los hechos en un vehículo diplomático chileno, se asiló en la Embajada de Chile y luego halló refugio territorial en ese país, de donde salió unos meses después para Colombia, para preparar la conspiración reseñada por la prensa colombiana.

Igualmente es necesario precisar que otro exiliado en Bogotá, el general Galo Latorre, había sido Ministro de Gobierno del general Rodríguez Lara, aunque luego fue sacado de esa función por sus acciones conspirativas y más tarde fue exiliado a Panamá. Hace poco tiempo, gracias a las revelaciones hechas por Wikileaks, se ha conocido que el embajador de los EE. UU. en Ecuador durante aquel tiempo, Robert Brewster, informó al Departamento de Estado, en cable del 12 de marzo de 1975, que el general Latorre había preparado un golpe militar contra el jefe de Estado ecuatoriano, pero que previamente había pedido a los norteamericanos le entregaran la suma de cuarenta mil dólares para asegurar su futuro en caso de que fallara el complot.

En fin, la crónica recoge el detalle de que los exiliados ecuatorianos en Colombia habían proclamado el 12 de diciembre, unos días antes de su detención, la formación de una “Junta Cívica Nacional”, organismo que, según ellos, debía convertirse en un gobierno interino del Ecuador, presidido por el mayor retirado Leónidas Plaza Lasso, luego del derrocamiento de la dictadura de Rodríguez Lara.

La realidad impuso otra salida política. Luego de cuatro años en el poder, Rodríguez Lara fue reemplazado por otro gobierno militar institucional, formado por los tres jefes de las Fuerzas Armadas. Este gobierno se plegó en parte al Plan Cóndor y cometió crímenes de Estado, como el asesinato del líder político liberal alfarista Abdón Calderón Muñoz y la masacre a los trabajadores del Ingenio Aztra. Empero, en su seno actuaba todavía una pequeña pero activa tendencia militar nacionalista, que impuso la nacionalización de la GULF y que finalmente impulsó un plan de retorno al orden constitucional. Liderada en su última parte por el general Richelieu Levoyer, que actuaba como Ministro de Gobierno, esta tendencia militar promovió la emergencia de nuevos partidos y figuras políticas, en busca de reemplazar a los carcomidos partidos tradicionales; tras ello convocó a un referéndum para escoger una nueva Constitución y, por fin, llamó a nuevas elecciones y entregó el poder a los civiles en 1979.

 

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Cómo citar este artículo:

NÚÑEZ SÁNCHEZ, Jorge, (2019) “Fronteras, exilios y destierros”, Pacarina del Sur [En línea], año 11, núm. 41, octubre-diciembre, 2019. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Miércoles, 19 de Febrero de 2020.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.com/index.php?option=com_content&view=article&id=1815&catid=8

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