Pacarina del Sur
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Redes sociales del exilio andino: consideraciones en torno a la presencia de los bolivianos en Perú y Chile durante los años setenta del siglo XX

El golpismo militar fue uno de los rostros más visibles del acontecer político latinoamericano de la segunda mitad del siglo XX. Las transformaciones nacionales y regionales resultaron por demás cruentas y trazaron nuevas directrices en esferas de lo público y lo privado. La expulsión de miles de personas por razones de tipo político inauguró un periodo de migraciones masivas hacia los distintos países de América Latina y Europa. Nos concentramos en el estudio del exilio boliviano en Perú y Chile luego de instaurarse el gobierno militar de Hugo Banzer en agosto de 1971. A través de las nociones de redes sociales y campo intelectual avanzamos en la identificación del entramado social en el exilio como de algunas de sus prácticas políticas.

“En la desgracia de ser un expatriado se implica la opción de renegar del país y abandonarlo todo, hacer otra vida, dedicarse a buscar el confort y acumular capitales. Uno es puesto a prueba todos los días y en todas las circunstancias. Ser boliviano se vuelve una gran responsabilidad que hay que cumplir con solvencia moral y eficacia de trabajo, porque hay un pueblo que sufre, resiste, espera porque confía”. (Jorge Mansilla Torres, entrevista, Ciudad de México, diciembre de 2006)


La siguiente presentación forma parte de un trabajo más extenso del exilio boliviano en México durante los años setenta del siglo pasado. Antes de su arribo a la Ciudad de México, los bolivianos ya traían consigo la experiencia de haber permanecido en varios países sudamericanos. En su recorrido itinerante recibieron la ayuda de individuos, organizaciones sociales y partidos políticos identificados con la resistencia llevada a cabo en Bolivia. De manera temprana se conformaron grupos de personas que no tardaron en replantear las tareas de solidaridad con la resistencia en su país. Sin embargo, no todos encontraron en su pasado militante, profesional y familiar las ventajas para sobrellevar una contingencia de tal naturaleza. Mientras era construida una sociabilidad distinta a la que se dejaba atrás, sostenida por elementos como la nacionalidad, la identificación ideológica, la solidaridad, etc., un correlato de sobrevivencia fue experimentado casi de manera anónima.

En torno a la nacionalidad y la identificación de objetivos políticos comunes se entrelazaron relaciones que facilitaron tareas de difusión, análisis de la situación boliviana, inserción laboral, retornos clandestinos, entre muchas otras. Presentamos un estudio de algunas organizaciones de bolivianos en el exilio que alcanzaron cierta notoriedad en un breve periodo de tiempo en Chile y, de manera más prolongada, en Perú. Retomamos ambas experiencias sin la pretensión de restarle importancia a lo acontecido en Venezuela, Paraguay y Argentina, países de los que por el momento sólo contamos con referencias generales. Nos apoyamos en las historias de vida y la entrevista antropológica para adentrarnos en la parte testimonial[1], en tanto que nuestra articulación discursiva la realizamos a partir de las nociones de campo intelectual y redes sociales.

Se retoma el concepto de campo intelectual del sociólogo francés Pierre Bourdieu para referirnos a las actividades que desde el exilio realizaron algunos intelectuales bolivianos, sobre todo en Chile y Perú. Sin embargo, intentamos ampliar nuestra valoración hacia las relaciones establecidas en lo marginal que no se sujetaron de manera exclusiva al quehacer político, pero resultaron de enorme valor para la sobrevivencia y solidaridad. A su vez, establecemos una caracterización de un campo intelectual de intensa actividad política en el exilio que mayormente se concentró en una serie de tareas que fueron estructuradas luego del golpe militar de agosto de 1971.[2]

A partir de la recomposición social del exilio boliviano, las actividades llevadas a cabo fuera del escenario nacional conformaron un nuevo espacio que funcionó con una lógica propia al enfrentar las contingencias del ejercicio profesional y la supervivencia. Expulsados de un campo de actividad propio, con una dinámica históricamente estructurada, las nuevas circunstancias impusieron “con una fuerza particular, la actualización del horizonte de referencia que, en las situaciones ordinarias, puede permanecer en estado implícito”.[3]

El esfuerzo por pensar al exilio andino en términos de campo intelectual nos obliga a considerar las formas en que sus agentes intervinieron en la composición y visibilidad del mismo. Las tareas establecidas desde lo marginal sin duda requirieron de personas ajenas a la actividad intelectual. Pensar la sociabilidad de manera más amplia, es decir, fuera del espectro de lo nacional, nos conduce a identificar los lazos de parentesco, amistad, nacionalidad, ideológicos, de solidaridad y humanitarios que permitieron la sobrevivencia de los expulsados hacia los años setenta del siglo pasado. Los trabajos de corte histórico-antropológico de Ricardo Melgar y Eduardo Devés, en términos de redes sociales y exilio, referidos para la primera mitad del siglo XX, aportan una propuesta teórico-metodológica útil para nuestro interés particular.[4]

 

A manera de ubicación histórica.

El alejamiento geográfico al que fueron obligados miles de latinoamericanos adscritos a distintas organizaciones populares, partidistas y gremiales, interrumpió la creciente participación social en la vida política de sus países. En agosto de 1971 Bolivia ingresó al eje de los regímenes militares en Sudamérica que bajo auspicio de los Estados Unidos llevaron a miles de personas a una suerte de confinamiento masivo. Una década de trabajo entre los servicios secretos norteamericanos, la oligarquía cruceña, el gobierno brasileño y argentino antecedieron al levantamiento castrense en contra del general Juan José Torres.[5] Una vez iniciada la asonada encabezada por el coronel Hugo Banzer, se establecieron una serie de prioridades para que la resistencia obrero-popular no lograra articular una estrategia consistente.


El depuesto régimen del general progresista Juan José Torres, colocó en una aparente disyuntiva a las Fuerzas Armadas, quienes no tardaron en pronunciarse a favor de los golpistas, a excepción del regimiento de Los Colorados, quienes formaron parte de la resistencia obrero-popular en la Ciudad de La Paz. Ante el riesgo de una insurrección social generalizada, los militares iniciaron la persecución de partidos políticos, organizaciones gremiales, populares y universitarias. Para el último de los casos, fueron privadas de instrucción pública miles de personas que no tuvieron más opción que sujetarse a una educación oficialista y a la interrupción intempestiva de sus estudios.

Previo a este acontecimiento, las distintas universidades estatales vivieron momentos de gran actividad política, al punto de convertirse en uno de los principales espacios en torno a los cuales se dirimían los conflictos sociales en un nivel menor que en el resto del país. En las universidades era posible encontrar núcleos organizados representativos de la escena política, saber de sus proyectos a través de los cuales articulaban estrategias, ampliaban sus bases y ganaban espacios de representatividad. El mundo universitario, como todos los universos sociales, [se constituía como] el lugar de una lucha por la verdad sobre el mundo universitario y sobre el universo social en general.[6]

En torno al proyecto universitario boliviano que intentó replantear el sentido y la práctica educativa hacia 1970 fueron discutidos problemas como la corrupción de los funcionarios, la ampliación de la representatividad estudiantil y un mayor compromiso en la solución de los problemas del país.[7] La autodenominada revolución universitaria amplió la formación profesional a través del trabajo directo en poblaciones con alto deterioro en su nivel de vida.

Desde cada facultad y carrera hubo una particular expresión en dicha apuesta revolucionaria:

“… la Facultad de Arquitectura, concretamente, llevó una de sus actividades principales a Caranavi, una zona semitropical en La Paz, donde se hizo una experiencia con los estudiantes para que se haga el trabajo de una construcción desde los cimientos hasta la excavación, colocar ladrillos, pero al mismo tiempo vincularse con el medio, medio de pobreza, de necesidades, de todo …”.[8]

Una relación recíproca de enseñanza-aprendizaje entre ciertos sectores sociales y el estudiantado, no podía olvidar el trabajo político a través de reuniones de estudio y el fortalecimiento “del centro de actividad para el sindicato, la federación, con una pequeña posta médica y una biblioteca, el aporte de los estudiantes era ese, y lo que recibíamos era la enseñanza de su vida, de ellos por buscar mejores condiciones…”[9]

Las actividades universitarias adquirían en el día a día enorme relevancia y preocupación en el modelo de seguridad hemisférica diseñado desde los Estados Unidos. Al posicionarse políticamente los cuadros de dirección, las universidades bolivianas conformaron un polo opositor a los intereses económicos que “significaba quitar a los grupos dominantes locales por un centro de irradiación ideológica de la universidad”, es decir, estructurar “un centro de emisión ideológica a favor de las clases dominadas, de transmisión de la ideología de las clases dominadas, concretamente la clase obrera y el campesinado…”.[10]

Al estar inserto en el campo del poder, la confrontación entre los distintos agentes por ganar espacios institucionales y, en consecuencia, incidir en las decisiones universitarias polarizó la situación: “…pronto las oligarquías locales empezaron a llegar a la universidad, a combatir a la universidad, y no eran solamente los grupos dominantes locales, sino también la presión imperialista que procuraba sobre todo hacer que la universidad siga siendo trasmisora de ideas, diremos, conservadoras”.[11] En ese contexto, el régimen banzerista ocupó los recintos universitarios no sin antes enfrentar una endeble resistencia de alumnos y profesores.

La persecución tuvo en los catedráticos de las universidades y el estudiantado uno de sus objetivos inmediatos. Al criminalizarse el trabajo intelectual fueron intervenidos los centros de actividad que cumplían una función informativa en prensa y radio. De manera que Banzer “no atacó inicialmente a la dirección obrera ni campesina, sino fue a los intelectuales, entonces los periodistas, los universitarios, las organizaciones profesionales fueron el objeto principal de la persecución, bajo el supuesto de que éramos quienes alimentábamos con nuestro pensamiento las posiciones revolucionarias”.[12]

De fuerte componente intelectual, los primeros exiliados del banzerato optaron por acogerse a las garantías que países como Chile, Perú y, en menor medida Argentina, ofrecieron en los primeros años de la década de los setenta. La frontera compartida y los proyectos políticos que encabezaron tanto Juan Velasco Alvarado como Salvador Allende determinaron que un número importante de los expulsados optaran por la cercanía geográfica y la libertad para reconformar el trabajo opositor a la dictadura.

No sólo quedó reducido el margen de actividad para intelectuales y estudiantes con el cierre y control de las universidades, sino que el cerco se extendió hacia medios de comunicación como la radio, televisión y prensa. Con tales acciones, el campo intelectual dejó de ser un lugar de actividad, asociación, expresión y ejercicio profesional que cedió espacios para el fortalecimiento del terror y la marginación.[13]

 

Perú: entre el tránsito y la estancia.

Distintas situaciones enfrentaron los perseguidos políticos una vez que abandonaron Bolivia. El alejamiento geográfico, la sobrevivencia, el retorno, el clandestinaje, la comunicación familiar y política, fueron parte de una lista interminable de asuntos pendientes.

El exilio boliviano ingresó de nuevo a la agenda histórica de este país andino con la expulsión masiva de personas hacia distintos países latinoamericanos como europeos. Perú junto con Chile fueron tempranamente dos de las opciones más socorridas entre los perseguidos políticos del banzerato. En Lima encontraron refugio una diversidad de bolivianos acechados por su militancia política, trabajo profesional y divergencias personales con el coronel Banzer. Hubo entre ellos una figura insular, Ciro Humboldt, un exiliado de derecha que compartió una doble cartera durante el régimen banzerista pero que tuvo que acogerse a la protección del gobierno militar de Velasco Alvarado al ahondarse sus divergencias con el coronel boliviano.[14] Humboldt vivía su segundo exilio en Lima, el primero se lo debía al general Alfredo Ovando, quien lo obligó a refugiarse en Lima al lado del depuesto presidente emenerrista Víctor Paz Estensoro y otras figuras. Durante su segundo exilio reactualizó sus redes limeñas con el aprismo y desempeñó labores docentes dentro de la cátedra planificación educativa de la Facultad de Educación de la Universidad Garcilaso de la Vega. Una frase dicha a los universitarios garcilasinos sintetizaba en ese entonces su reaccionarismo político. Ciro, para ilustrar el concepto de poder, apoyado en su experiencia de ex ministro de doble cartera, confesó que todo acto de mando “es homologable a un orgasmo.”[15]

La frontera peruano-boliviana pronto cobró notoriedad por los puntos de entrada y salida que se establecieron durante esos años. Sin embargo, las actividades del exilio boliviano desde Lima fueron de mayor solidez después de la caída de Allende hacia septiembre de 1973. Con el arribo de Augusto Pinochet al gobierno de Chile cientos de personas salieron con destino a otros países de América Latina y Europa. Algunos documentos que circularon durante cruenta década de los setenta expresaron parte de las dificultades experimentadas a raíz de la expulsión: “los principales dirigentes pasan penurias actualmente en distintas capitales del mundo, como Buenos Aires, Asunción, Lima, Caracas, México y otras de Europa después de la expulsión de Chile”.[16]

Mientras algunos bolivianos se trasladaban a Lima, diferentes oleadas represivas agudizaban la confrontación con el régimen banzerista, lo que dio como resultado un incremento en las expulsiones. En estas circunstancias fue que llegaron a Lima en 1974 algunos dirigentes de la Confederación Nacional de Profesionales de Bolivia, acontecimiento que fortaleció el trabajo informativo en el exterior. Desde el exilio cobraron notoriedad los actos de denuncia por los abusos en los centros de confinamiento, cárceles, amenazas, torturas, desapariciones y muertes. Las acusaciones ante la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas y la difusión del acontecer nacional fueron dos de sus más caros empeños. De fondo, varias redes sociales nacidas de la expulsión trazaron objetivos y emprendieron acciones comunes, se cubría así la cuota de solidaridad con lo que acontecía en Bolivia.

La expulsión al Perú del entonces dirigente Manuel Morales Dávila, por sus actividades en defensa de la integridad de los presos en cárceles y centros de confinamiento, no interrumpió el trabajo de la Confederación de Profesionales de Bolivia. En tanto el relevo en la dirección del organismo agudizó los señalamientos a un cuerpo de magistrados sin independencia y entregados al régimen, también se difundían desde Lima parte de las acciones represivas emprendidas de manera conjunta con los militares chilenos y argentinos: “los dirigentes detenidos masivamente, en número que sobrepasa el de un centenar, han sido exiliados a la república de Chile, es decir, al país caracterizado por su falta de respeto a los derechos de la persona humana, que en este caso, lejos de brindar asilo político a los exiliados bolivianos, los ha residenciado en diversas poblaciones del sur, donde tienen la condición de detenidos”.[17]

Sin embargo, el núcleo de profesionales que en el exilio logró conformarse y tener notoriedad regional no representó la totalidad de las historias que discurrieron desde Lima. Quienes optaron por la internación a Perú sin ningún amparo legal y con los riesgos de ser apresados por su situación migratoria, compartieron una suerte similar a la de aquellos que fueron secuestrados por la policía boliviana y liberados en algún punto de la frontera. Condenados al ocultamiento, sus actividades se redujeron a la sobrevivencia y a evitar cualquier altercado con las autoridades peruanas: “Perú fue un momento de sorpresa frente a una circunstancia que no había conocido nunca, el exilio en condiciones muy difíciles donde había que ir a comer a los comedores populares, no teníamos ingreso, no teníamos documentos, queríamos estabilizarnos y esto limitaba la posibilidad de trabajo”.[18]

Adheridos a algún grupo de exiliados o alejados de todo contacto con bolivianos, las relaciones construidas en tales circunstancias tuvieron como base el núcleo familiar y se extendieron por vía del trabajo profesional: “En el Perú, permanecí un tiempo trabajando más como en periodismo con el concurso de alguna gente que conocí, don Francisco Moncloa que era un excelente periodista, [además de] historiadores, en fin, que me permitieron sobrevivir, digamos, como actividad periodística para luego irme a Chile…”[19]

Un esfuerzo adicional al de la adaptación les fue requerido a quienes buscaron abrirse camino a través de su experiencia laboral. El carácter de extranjería no fue de menor peso pues existía una desventaja real en la competencia por algún puesto de trabajo: “tuve que dar tres exámenes, una era una entrevista, la otra era presentar un plan para educación y el tercero dando una clase práctica con maestros peruanos... me fui y no estaba segura porque eran 145 peruanos que estaban presentando para dos puestos, y cinco extranjeros… así me quedé a trabajar en el Instituto de Educación Augusto Salazar Bondy”.[20]

En los medios universitarios limeños dos bolivianos destacaron por su erudición y capacidad comunicativa: Ñuflo Chávez, ex ministro emenerrista de Reforma Agraria tras la Revolución boliviana de 1952, y un economista de izquierda de apellido Arce. Uno y otro impartieron sendas cátedras de El Capital en dos recintos universitarios de Lima. Ñuflo en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y Arce en la Universidad Inca Garcilaso de la Vega. Ñuflo participó en más de un debate teórico sobre la crisis mundial de los energéticos así como sobre la viabilidad del concepto de Modo de Producción Asiático para las sociedades andinas prehispánicas. Ambos gozaron durante su permanencia en Lima de una creciente estima de docentes y alumnos. Sin embargo, Ñuflo sobresalía en las filas de exilio boliviano, por su carisma y dotes de orador, también por su erudición en historia continental y economía internacional. Entre sus pares académicos de San Marcos, se reencontró con Agustín Barcelli, intelectual trotskista peruano que acompañó a la Revolución boliviana desde las filas del POR.[21]

A excepción de las redes sociales conformadas alrededor de la Confederación de Profesionales de Bolivia, el registro de otras organizaciones de exiliados, así como de sus historias individuales y familiares, no han sido exploradas a profundidad. Un carácter anónimo que permea buena parte de ellas alude, por una parte, a la sociabilidad construida en el lugar de procedencia, los alcances de la misma, y por la otra, a los proyectos individuales asumidos antes de la expulsión. La traducción de ambos factores en el país receptor sin duda estuvo sujeta a las condicionantes impuestas a los exiliados políticos y a las posibilidades reales de sobrevivencia material.

 

Chile: algunos meses de respiro

Un breve periodo de tiempo bastó para que los bolivianos lograran estructurar una organización de exiliados en la capital chilena. Con excepción de la Ciudad de México, en Santiago un número importante de personas provenientes del país andino encontró cobijo en partidos políticos, organizaciones sociales y el gobierno de Salvador Allende.

Entre los exiliados la experiencia socialista chilena era parte del referente continental que alimentaba las aspiraciones del retorno, pues había que oponerse desde cada país a la escalada intervencionista de los Estados Unidos. Fue así que apoyar el proyecto chileno era fortalecer uno de los pilares de la revolución latinoamericana: “esto me llevó a Chile el año 73, principios del 73, donde sí se continúa la actividad política vinculada al Partido Socialista, en Chile una identificación total con el proceso que vivía en ese momento con la conducción de Allende… estábamos organizando siempre la forma de avanzar, de apoyar en la formación en los sindicatos…”[22]

El gobierno de la Unidad Popular fue de gran beneficio para resguardar la vida y rearticular el trabajo político con miras a sostener la oposición clandestina en Bolivia. La cercanía del exilio con las organizaciones partidistas, sindicales y el régimen de Allende, contribuyó no sólo a la inserción social de los bolivianos en distintas actividades, sino que facilitó las tareas encaminadas a darle consistencia orgánica a partidos de reciente creación en Bolivia como el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y el Partido Socialista (PS).

Desde Santiago el exilio se agrupó por filiación política y en una asociación más amplia de bolivianos denominada Frente Revolucionario Antimperialista (FRA). Una organización de tales proporciones, que incluía a las distintas expresiones de la izquierda boliviana, genero más expectativas de las que se lograron cubrir por los acontecimientos políticos en Chile y las dificultades de establecer una estrategia común: “… hubieron varios comités, hubo el FRA, que se organizó en Chile, que era un frente político donde estaban todas las organizaciones de izquierda. Ofrecían muchas perspectivas pero lamentablemente también las divergencias tácticas no funcionaron. Estuvo funcionando un año, hasta el golpe, aglutinaba a toda la izquierda, incluido los militares que habían salido con el general Torres”.[23]

Dicha organización cumplió una doble tarea: mantener informados a sus miembros de la situación nacional y analizar las dificultades a raíz del golpe de Estado: “había una agrupación formal de exiliados bolivianos en Chile, donde todos pertenecíamos por igual sin distinción de ser miembros de un partido y opinábamos dentro de esa organización como personas…, se analizaban tanto los temas económicos como sociales de manera individual, naturalmente que todos sabíamos a que partido correspondía cada quien”.[24]

Entre los líderes políticos que formaron parte de la asociación de exiliados se encontraron Hernán Siles del Movimiento Nacionalista Revolucionario de Izquierda (MNR-I); Marcelo Quiroga Santa Cruz del PS; Jaime Paz Zamora, Antonio Aranibar y René Zavaleta del MIR; Marcos Domich del Partido Comunista; así como Juan Lechín Oquendo, líder minero. Tanto el PS y el MIR boliviano tuvieron que cubrir parte de sus tareas en el exilo, para el primero de los casos Marcelo Quiroga dedicó gran parte de su actividad en Santiago a fortalecer la naciente organización. De manera que las invitaciones a colaborar dentro del gobierno de Allende ocuparon un lugar secundario. Quiroga Santa Cruz consideraba prioritaria la sobrevivencia del proyecto socialista que lideraba, por esta razón también rechazó los ofrecimientos de diversas universidades chilenas a integrarse como catedrático, por lo que se dedicó enteramente a las labores que le demandaba el PS y a escribir el ensayo titulado El saqueo de Bolivia.[25]

Quienes tuvieron a su vez problemas similares fueron los miristas, que de igual forma encauzaron esfuerzos en un doble trabajo: fortalecer a la organización y apoyar las actividades clandestinas. Sin embargo, la interrupción del gobierno de la Unidad Popular hacia septiembre de 1973 los tomaría en una discusión que terminó por hacer evidente dos posiciones dentro del MIR boliviano. Por un lado la encabezada por Jorge Ríos Dalenz y Jaime Paz, de orientación demócrata cristiana y, por el otro, la representada por René Zavaleta y Alfredo De la Rúa, de orientación marxista. Desde las representaciones regionales situadas en países como México y Venezuela se aprestaron a establecer comunicación con Chile para salvar la eminente ruptura. Lejos de permanecer unido, el MIR sufría su primera división en el exilio y la deserción de algunos de sus miembros fundadores, quienes continuaron solidarizándose con la resistencia en Bolivia pero alejados de toda militancia política.[26]

Una historia distinta vivieron aquellos bolivianos cuyas razones de exilio no estuvieron condicionadas a una adscripción partidaria o gremial. La distancia que guardaron con sus coterráneos en Santiago no era más que el resultado de las diversas lecturas de la realidad y el compromiso con un país en conflicto. Al cambiar el contexto en que se desenvolvían de manera individual y colectiva, el núcleo familiar resultó fundamental en la ampliación de las relaciones hacia actividades profesionales y de amistad. Ante un panorama en el que las posibilidades de beneficio laboral estaban sujetas a los antecedentes del expulsado, es decir, a las redes que en su pasado familiar, estudiantil y profesional alcanzaron cierta consistencia, no hubo más opción que abrirse camino con las competencias derivadas de la preparación universitaria: “…hubo un concurso de médicos para la cátedra de medicina legal, a la que concursé y gané por méritos, y entonces me fui a Chile, donde desempeñé las funciones de catedrático en la Universidad de Chile y luego fui médico forense del Distrito Judicial de Santiago”.[27]

A la caída de Allende las redes del exilio boliviano tuvieron un papel determinante en la salida de Chile, en aparente dispersión eran valoradas las posibilidades de salida y el aseguramiento de sus refugios. Se dependió en última instancia de una serie de personas cuyas tareas fueron establecer contacto con las embajadas, organismos de carácter humanitario e informar de las detenciones.

 

Consideraciones finales

En tanto creadores de un campo intelectual marginal y transfronterizo, los agentes que en él intervienen logran incidir en un campo controlado por los grupos de poder económico y militar. Lejos de representar un espacio impenetrable bajo resguardo de la clase dominante, es decir, la oligarquía boliviana, los militares en turno y los intereses norteamericanos, el campo intelectual mostró una permeabilidad en dos sentidos. Por una parte logró la recomposición de organizaciones como la Confederación Nacional de Profesionales de Bolivia en el exilio y, a su vez, contó con el relevo generacional de un estudiantado que no tardó en encabezar las primeras formas de resistencia dentro del campo universitario y con gran incidencia en el campo político.[28]

Mantener una realidad a través de la violación de los derechos humanos en Bolivia requirió de articular un sistema de control político regional con la puesta en marcha de la Operación Cóndor, financiada y dirigida desde los Estados Unidos. Una de las primeras tareas que se impuso el régimen de Banzer fue la desarticulación de la oposición política expresada en las universidades, sindicatos, partidos políticos, organizaciones campesinas, prensa, etc., Las actividades de terror tuvieron que articularse regionalmente en países como Brasil, Chile, Argentina, Paraguay y Bolivia. De tal suerte que en Sudamérica uno de los pocos países que brindó alguna seguridad para el exilio boliviano fue Perú una vez que Salvador Allende es depuesto por Augusto Pinochet en 1973.

Las condiciones en las que se continuó con el trabajo opositor a Banzer fuera de Bolivia sin duda que no fueron las más optimas. Sin embargo, un campo intelectual estructurado en la marginalidad se encaminó a realizar tareas de denuncia ante la violación de los derechos humanos y en prestar ayuda humanitaria a quienes continuaron saliendo del país.

Las redes sociales creadas tanto en Perú como en Chile tuvieron su base en el trabajo profesional, la afinidad política y la comunicación con exiliados radicados en México, Venezuela y Europa. El campo intelectual en el exilio trascendió las actividades estrictamente profesionales, estableció una lógica propia, distinta a la confrontación entre agentes por la legitimación de una obra en un campo cultural determinado por las instancias de reconocimiento. Al no existir como prioridad el reposicionamiento individual y colectivo del trabajo intelectual en el exilio, los agentes que intervinieron en la conformación de un nuevo campo replantearon tareas y valoraron alcances de un quehacer fuera del horizonte nacional. Lo transfronterizo alude al transito de personas entre los límites de políticos de un país y otro, al recorrido de la cartografía latinoamericana sin desvinculación con el trabajo político nacional al que se pertenece y a la conformación de nuevos espacios de sociabilidad.

El campo intelectual transfronterizo ganó consistencia en tanto la participación de sus agentes estuvo determinada por una serie de tareas compartidas en el marco de una discusión desde la adscripción política de tipo personal o grupal. El nivel de confrontación se determinó de acuerdo a las aspiraciones que cada agente o grupo de agentes consideró prioritarias dentro del campo intelectual en el exilio.

 

 

Bibliografía.

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Bourdieu, Pierre, “Campo intelectual y proyecto creador”, en Jean Pouillon, et. al., Problemas del estructuralismo, México, Siglo XXI, 1973, pp. 134-182.

________, “El poder simbólico”, en Intelectuales, política y poder, Buenos Aires, Eudeba-Universidad de Buenos Aires, 2000, pp.65-72.

________, “Objetivar el sujeto objetivante”, en Cosas dichas, Barcelona, Gedisa, 2000, pp.99-101.

De Garay, Graciela, coord., Cuéntame tu vida. Historia oral: historia de vida, México, Instituto Mora, 1997.

Guber, Rosana, El salvaje metropolitano, reconstrucción del conocimiento social en el trabajo de campo, Buenos Aires, Paidós, 2004.

Melgar, Ricardo y Devés, Eduardo, “Redes teosóficas y pensadores (políticos) latinoamericanos, 1910-1930”, en Devés, Eduardo, Redes intelectuales en América Latina, hacía la constitución de una comunidad intelectual, Santiago, Instituto de Estudios Avanzados, 2007, pp. 75-92.

Morales Dávila, Manuel, Los derechos humanos en Bolivia (1971-1977), Exilio, s/e, 1978.

Soria Galvarro, Carlos, Coati 1972, relatos de una fuga, La Paz, Centro de Documentación e información (CEDOIN), 1997.

 

Testimonios.

Augusto Siles Aguirre, entrevista realizad en Cochabamba, Bolivia, mayo de 2007.

Carlos Carvajal Nava, entrevista realizada en La Paz, Bolivia, agosto de 2007.

Javier Torres Goitia, entrevista realizada en La Paz, Bolivia, abril de 2007.

Jorge Mansilla Torres, entrevista realizada en la Ciudad de México, abril de 2006.

Pablo Ramos Sánchez, entrevista realizada en La Paz, Bolivia, agosto de 2007.

Soledad Quiroga, entrevista realizada en La Paz, Bolivia, abril de 2007.

 

 


* Mtro. en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México. Sus investigaciones versan sobre la historia política peruana de la primera mitad del siglo XX, las relaciones diplomáticas de México con el área andina y el exilio boliviano en México. Participante del seminario de investigación Historiografía crítica de las comunidades filosóficas latinoamericanas en la primera mitad del siglo XX, UNAM-DGAPA-CIALC, Torre II de Humanidades, piso 3, Insurgente Sur, Ciudad Universitaria, México, Distrito Federal, mail: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

[1] Básicamente retomamos lo expuesto en las siguientes publicaciones: Graciela De Garay, coord., Cuéntame tu vida. Historia oral: historia de vida, México, Instituto Mora, 1997, y Rosana Guber, El salvaje metropolitano, reconstrucción del conocimiento social en el trabajo de campo, Buenos Aires, Paidós, 2004.

[2] Bourdieu señala que “El campo intelectual, a la manera de un campo magnético, constituye un sistema de líneas de fuerza: los agentes o sistemas de agentes que forman parte de el pueden describirse como fuerzas, que al surgir se oponen y se agregan, confiriéndole su estructura específica en un momento dado del tiempo… dotado de una autonomía relativa, está determinado en su estructura y su función por la posición que ocupa en el campo del poder”. Pierre Bourdieu, “Campo intelectual y proyecto creador”, en Jean Pouillon, et al., Problemas del estructuralismo, México, Siglo XXI, 1973, p.135.

[3] Pierre Bourdieu, “El poder simbólico”, en Intelectuales, política y poder, Buenos Aires, Eudeba-Universidad de Buenos Aires, 2000, p.65.

[4] Ricardo Melgar y Eduardo Devés señalan para el estudio de las redes intelectuales en América Latina que: “1. Se entiende por red el conjunto de relaciones recíprocas que se extienden por un tiempo relativamente largo (años) y expresada en: contactos personales, correspondencia, citaciones recíprocas, referencias, prólogos, homenajes, escritura y lectura de los mismos medios, ideas-objetivos y categorías similares; 2. Cercanía con otros exilios. 3. Pertenencia del exilio a una red boliviana o latinoamericana; y 4. Rastreo en obras de las aproximaciones entre las personas sobre la base de alguna afinidad ideológica o programática”. Ricardo Melgar y Eduardo Devés, “Redes teosóficas y pensadores (políticos) latinoamericanos, 1910-1930”, pp. 78-79, en Eduardo Devés, Redes intelectuales en América Latina, hacía la constitución de una comunidad intelectual, Santiago, Instituto de Estudios Avanzados, 2007. Las cursivas son adaptaciones a nuestro interés temático y temporal.

[5] Una serie de intereses geopolíticos y económicos estaban detrás de la aparente neutralidad asumida por el presidente argentino Alejandro Lanusse y la abierta intervención Brasileña en el plan subversivo iniciado en el oriente boliviano. Desde la propia embajada norteamericana con sede en La Paz, Ernest Siracusa coordinaba las reuniones conspirativas dentro y fuera de Bolivia, mientras el militar norteamericano Landy realizaba una labor de convencimiento en las distintas guarniciones del país. Una mayor explicación del plan conspirativo puede consultarse José Luis Alcázar, et al, Bolivia: otra lección para América, México, Era, 1973.

[6] Pierre Bourdieu, “Objetivar el sujeto objetivante”, en Cosas dichas, Barcelona, Gedisa, 2000, p.99.

[7]Carlos Carvajal Nava, entrevista realizada en La Paz, Bolivia, agosto de 2007.

[8] Augusto Siles Aguirre, entrevista realizada en Cochabamba, Bolivia, mayo de 2007.

[9] Ibid.,

[10] Pablo Ramos Sánchez, entrevista realizada en La Paz, Bolivia, agosto de 2007.

[11] Ibid.,

[12] Rolando Costa Ardúz, entrevista realizada en La Paz, Bolivia, agosto de 2007.

[13] Uno de los sectores mayormente castigados por la dictadura banzerista fue el de la comunicación, quienes hasta antes del golpe sobrepasaban los 400 trabajadores en ejercicio. Cálculos establecidos por el propio gremio estiman que 68 periodistas fueron expulsados entre 1971 y 1977 y la represión alcanzó a un 25 por ciento de sus compañeros. En Luis Espinal, El delito de ser periodista. La Libertad de prensa en Bolivia: Documentos y testimonios 1971-1977, s/f, s/e, (1977), preámbulo, Cfr. Carlos Soria Galvarro, Coati 1972, relatos de una fuga, La Paz, Centro de Documentación e información (CEDOIN), 1997, p. 96.

[14] Ciro Humboldt, al decir de Ñuflo Chávez quien poco después arribaría al Perú, se apellidaba originalmente Zavala, pero sus filias progermánicas lo llevaron a optar por asumir el mismo apellido del noble y naturalista alemán que realizó investigaciones en los países sudamericanos ribereños del Pacífico. Comunicación personal de Ricardo Melgar, 8-3-2009.

[15] Declaraciones de Ciro Humboldt para el Consejo de Redacción de la revista universitaria Comentarios, a pocos días de arribar al Perú e integrarse a la planta docente de la Universidad Garcilaso de la Vega

[16] Manuel Morales Dávila, Los derechos humanos en Bolivia (1971-1977), Exilio, s/e, 1978, p.25.

[17] Ibid., pp.48-49.

[18] Augusto Siles, entrevista citada.

[19] Rolando Costa, entrevista citada.

[20] Diva Arratia Del Río, entrevista realizada en La Paz, Bolivia, abril de 2007.

[21] Comunicación personal de Ricardo Melgar, 8-3-2010.

[22] Augusto Siles Aguirre, entrevista realizada en Cochabamba, Bolivia, mayo de 2007.

[23] Pablo Ramos, entrevista citada.

[24] Javier Torres Goitia, entrevista realizada en La Paz, Bolivia, agosto de 2007.

[25] Soledad Quiroga, entrevista realizada en abril de 2007, La Paz, Bolivia.

[26] Hacia 1972 Pablo Ramos Sánchez, miembro fundador del MIR y exiliado en México, tenía programado viajar a Chile para evitar la división del partido, sin embargo el golpe militar terminó con las aspiraciones de la regional mexicana de pugnar por la unidad y no por el divisionismo. Una vez declarada la creación de una fracción independiente del MIR, Pablo Ramos renunció al partido.

[27] Rolando Costa, entrevista citada.

[28] De acuerdo a las valoración de Bourdieu, resulta imposible la sobrevivencia intelectual fuera del espacio institucionalizado en el que se compite y por lo tanto de incidir desde lo marginal en la alteración de dicho orden de cosas, en una de sus aseveraciones lo refiere en los siguientes términos: “Empujados hacia artes “marginales” por una posición marginal en el campo intelectual, estos individuos aislados y desprovistos de toda garantía institucional … nunca logran tener mayor alcance …”, Pierre Bourdieu, “Campo intelectual y proyecto creador”, Op. cit., p.165.

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