Pacarina del Sur
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1909/2009: Escenas de la descomposición de un régimen

El pueblo de México vive por su voluntad y por su memoria. Y acumula agravios con la esperanza de que un cambio de circunstancias, tal vez una mano salvadora, o la acción de miles puedan redimir su sufrimiento y hacerle justicia. Hoy, que el duopolio televisivo festeja cada acto del poder y destruye, repitiendo cientos de veces sus consignas sobre los privilegios de los trabajadores, la tontería o locura de los opositores al régimen, desde cualquier punto de la geografía nacional se puede hacer el recuento de agravios sin fin, de exigencias que no han tenido respuesta.

Palabras clave: impunidad, concentración de riquezas, despojo, revolución, discriminación

 

Empezamos castigando el robo con pena de muerte y apresurando la ejecución de los culpables en las horas siguientes de haber sido aprehendidos y condenados. Ordenamos que donde quiera que los cables telegráficos fueran cortados y el jefe del distrito no lograra capturar al criminal, él debería sufrir el castigo; y en el caso de que el corte ocurriera en una plantación, el propietario, por no haber tomado medidas preventivas, debería ser colgado en el poste de telégrafo más cercano. No olvide usted que éstas eran órdenes militares.

Eramos duros. Algunas veces, hasta la crueldad. Pero todo esto era necesario para la vida y el progreso de la nación…”[1]

 

Tal es la pregunta que nos hacemos millones de hoy ante la inminencia de la conmemoración del centenario de la Revolución y el bicentenario de la Independencia. ¿Será que nos encontramos a la víspera de un gran cambio revolucionario, de una  transformación profunda de la vida pública de México? ¿O es que lo que vivimos es sólo el fondo de un pozo oscuro que, de tan profundo, sólo alcancemos a ver algunos, aunque la falta de agua ahogue a la mayoría?

Sumidos en la incertidumbre de tiempos muy malos, que se anuncian peores para el pueblo de México,  se nos informa que existe un boquete financiero de cerca de quinientos mil millones de pesos debidos a la crisis económica,[2] y que éste sólo puede cubrirse mediante un sustantivo incremento de impuestos. Esto significa sumar  pobres, más pobres, seis millones más ya en este sexenio, hasta alcanzar cincuenta millones, poco menos de la mitad de los habitantes del país.[3] Y no puede sino ganarnos la indignación, cuando sabemos que poco más de cuatrocientas empresas son depositarias en el país de privilegios fiscales increíbles y que su sola aportación permitiría recuperar ese déficit y más.[4]

Y cuando expresamos nuestra inconformidad,  viene el golpazo seco a la soberanía nacional, a los derechos de los trabajadores con el cierre de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro.[5] Sesenta mil familias lanzadas a la calle de un día para otro; cuarenta mil trabajadores especializados en sus casas,  y nuestra seguridad, la de nuestras escuelas, hospitales, calles, en manos de unos contratistas improvisados que no tienen idea de cómo resolver los apagones que su inexperiencia y la soberbia del régimen espurio han provocado.[6]

Y más, cuando nos informan que en enfrentamientos violentos han muerto quince mil personas este año; que el gasto de seguridad es el mayor del gobierno;[7] y que a la educación se le disminuirán no menos de siete mil millones de pesos.[8] Entonces es que volvemos a preguntarnos en qué fase estamos e interrogamos a una historia de la que ya sabemos el desenlace, pero que mucho nos enseña sobre lo que ocurre cuando, en un país, se han perdido las señales de todo decoro, de todo respeto a los derechos colectivos y gobiernan la falta de escrúpulos, la sinrazón, la fuerza temible de cuerpos armados conducidos por un hombre tan insignificante y mezquino, como feroz en su debilidad.

He aquí nuestro recuento de cómo podemos leernos, sí, nosotros, los mexicanos, hace un siglo, y cómo se veían entonces las tal vez no tan oscuras y cargadas nubes del porvenir.

 

Primeras escenas: los yaquis de entonces; los tzotziles de ahora

El desprecio a los pueblos originarios ha sido un rasgo infame de la cultura heredada de los conquistadores. Fenómeno que se acentúa en períodos críticos de nuestra historia, la discriminación, el racismo se viste con muchas caras: de la atribución de ignorancia o fanatismo a los que mantienen su cultura y tradición;  a la suposición llana de que los pueblos que se rebelan son tontos o salvajes. Porfirio Díaz consideraba que “Los indios, que son más de la mitad de nuestra población, se ocupan poco de la política. Están acostumbrados a guiarse por aquéllos que poseen autoridad, en vez de pensar por sí mismos.” Indiferentes, pasivos, hasta amables y agradecidos. Todos, sentencia Díaz, menos los yaquis y los mayas.


La verdad es que, quienes, desde el norte, vivieron el brutal despo jo de sus tierras, no tuvieron otra opción que la rebelión contra los caciques y el gobierno. El alcohol, el empobrecimiento y el hambre crónica no lograron vencer a los orgullosos yaquis, cientos de los cuales se refugiaron en las sierras, antes que dejarse vencer por sus modernos conquistadores: terratenientes, empresarios mineros, dueños de ferrocarriles que surcaron ése su territorio fronterizo.

La guerra de los yaquis duró más de veinte años. Una resistencia heroica de todo un pueblo, brutalmente castigado con el exterminio y con un exilio forzado.[9] Un oficial del ejército mexicano, entrevistado por John Kenneth Turner, describía así los pormenores de esa guerra:

“Durante los últimos tres años y medio -me dijo-, he entregado exactamente en Yucatán quince mil setecientos yaquis; entregados, fíjese usted, porque hay que tener presente que el gobierno no me da suficiente dinero para alimentarlos debidamente y del diez al veinte por ciento mueren en el viaje. Estos yaquis -continuó- se venden en Yucatán a sesenta y cinco pesos por cabeza; hombres, mujeres y niños. ¿Quién recibe el dinero? Bueno, diez pesos son para mí en pago de mis servicios; el resto va a la Secretaría de Guerra. Sin embargo, esto no es más que una gota de agua en el mar, pues lo cierto es que las tierras, casa, vacas, burros, en fin, todo lo que dejan los yaquis abandonado cuando son aprehendidos por los soldados, pasa a ser propiedad privada de algunas autoridades del Estado de Sonora.[10]

En diciembre de 1908, ciento cincuenta yaquis, comandados por Luis Mates, segundo del jefe Bule,  ocupan Torin,  Alamos, Sonora con banderas blancas y exigen pacificación. Hacia fines de ese mes, ciento sesenta y seis hombres armados, al mando de tres capitanes yaquis solicitan audiencia con el comandante Barrón, encargado de operaciones en la Sierra el Bacatete. Luego de conferenciar con el gobernador, según cuenta El Imparcial,

“se despojaron de su calzado y sus sombreros, se cruzaron de brazos y comenzaron a hablar en nombre de todos los demás indios alzados. Pidieron garantía de su vida, que no se les molestara por delitos pasados, y ofrecieron volverse a su casa. Pidieron también por el regreso de deportados a Yucatán y que se les permitiera seguir con sus prácticas religiosas. El Gobernador accedió a sus peticiones y ofreció que sus capitanes se incorporaran a su escolta. Los ancianos consultaron a todos sobre los acuerdos, y unánimente, éstos contestaron “gehui, gehui”. Cuando se concluyó el acuerdo, numerosos (soldados) nacionales se lanzaron a abrazar a los indios, y éstos correspondieron con afectuosas demostraciones.

No hubo justicia para ellos y sus familias,  cárcel a sus agresores, ni cesó la invasión de sus tierras.

El 13 de agosto de 2009, la llamada Suprema Corte de Justicia, liberó a 26 indígenas chiapanecos, confesos de asesinar a 45 tzotziles en Acteal, Chiapas, en diciembre de 1997, por presuntas irregularidades en el proceso de su detención.

“´Indignación´, fue la primera palabra con la que sobrevivientes de la matanza de Acteal describieron sus sentimientos tras la decisión de la Suprema Corte de Justicia de la Nación de liberar a los responsables de ese ´crimen de lesa humanidad´.

La ´desesperanza´y el ´miedo´siguieron en el orden de las sensaciones de los integrantes de la organización civil Las Abejas…”

El presidente de la mesa directiva de las Abejas, Sebastián Pérez, comunicó la información a sus compañeros.

Habló en tzotzil, con la mirada dispersa y la voz entrecortada. Quienes escuchaban, pero no hablan ni comprenden esa lengua originaria, no tardaron en adivinar la resolución de los ministros. La reacción de las mujeres, por cuyos ojos y mejillas se asomaron hilos de lágrimas, representó esa señal: se había consumado la liberación de los victimarios.

Por varios minutos mantuvieron sus miradas perdidas, frías, desconcertadas; los ministros decidieron ´apoyar a los criminales´, sentenciaron.”[11]

El mismo desprecio, la burla siniestra, la flagrante injusticia. Nuestros pueblos originarios hoy, como hace cien años, claman por que se reconozcan sus derechos. Sólo reciben amenazas, exclusión, agresiones, muerte.

 

Segundas escenas: ricos y muy ricos: los excesos del poder, entonces y ahora

Hoy, que el país se debate en una crisis económica sin precedentes, el desgobierno federal presenta, de acuerdo con informaciones publicadas (y no desmentidas) en el diario El Universal, un presupuesto inicial para las conmemoraciones del Centenario y Bicentenario del orden de $1,576,000,000.[12] Desde la instalación de una planta de quesos hasta un reloj monumental, cursos y concursos de oratoria, publicación de libros,  la construcción del Monumento del Bicentenario.

No son, desde luego, los únicos excesos de un régimen que se pudre en corrupción y arbitrariedad. Durante la conmemoración del 130 aniversario del natalicio de Emiliano Zapata, el entonces titular de la hoy desaparecida Secretaría de Reforma Agraria afirmó que se apoyará a ejidatarios que decidan ejercer el dominio pleno sobre sus parcelas para convertirlas en propiedad privada y destinarlas a los proyectos que requiere el desarrollo del país, como la refinería de PEMEX. “Los ejidatarios mexicanos tienen todo el derecho a decidir qué hacer con sus tierras y nosotros, como gobierno, y otros como inversionistas, tenemos que aprender a respetarlos. Esa es la libertad que reclamó el general Zapata”, subrayó en un acto, como todos los del régimen, ausente de campesinos y protegido por un fuerte dispositivo de seguridad.[13] Tierra y libertad significa, para este funcionario y el desgobierno que representa, libertad para vender las tierras. Nada menos.

En Tixtla, Guerrero, por su parte, la 227 conmemoración del natalicio de Vicente Guerrero se llevó a cabo en medio de un sitio de más de 500 militares, presididos por el subsecretario de Defensa, Humberto Alfonso Guillermo Aguilar. Relata el diario: “Por la excesiva presencia militar… los ciudadanos se rehusaron a salir de sus casas y dejaron solos a los funcionarios estatales y militares, y solo abarrotaron las calles para presenciar el desfile, cuando aquellos se habían retirado…” Menos de media hora requirió una ceremonia, y menos de cinco minutos el discurso conmemorativo. La funcionaria encargada, titular guerrerense de la Secretaría de la Juventud, interpretó: “Hoy por eso decimos que es necesario exigir que sean respetadas las garantías individuales de los ciudadanos en esta cruzada contra el crimen organizado”.[14] De no creerse.

Lo fundamental, desde luego, es una monumental concentración de la riqueza y del poder. No sólo se exime del pago de impuestos a los grandes empresarios, sino que se les permite pagar a la tercera parte la luz que consumen y, en algunos casos, como expuso el dirigente electricista Martín Esparza, a no pagarla en absoluto.[15] Y, mientras el ochenta por ciento de las escuelas del país incumplen requisitos de seguridad, según reveló el entonces director general del Instituto Nacional de la Infraestructura Física Educativa del país (ahora también destituido),[16] el presupuesto público para el campo es utilizado para financiar a altos funcionarios públicos, empresarios, y hasta narcotraficantes. Los campesinos pobres reciben, en promedio, $2,000.00 por cosecha, pero más del 70% del presupuesto de PROCAMPO se destina a beneficiar a los productores más ricos del país. El programa, dice un investigador de la Universidad de Santa Cruz, California, “está diseñado para repartir algo entre muchos y mucho entre pocos. O lo que es lo mismo, “algunas migajas para los pequeños y fuertes trozos del pastel para los grandes”.[17]

Como todos sabemos, Porfirio Díaz celebró a su manera el centenario de la Independencia. La construcción de la emblemática columna fue sólo una parte de las numerosas conmemoraciones patrióticas, que incluyeron aniversarios del regreso de las tropas liberales a la ciudad de México, de la muerte de Benito Juárez -a quien se construyó el hemiciclo, que hoy conocemos-, y, desde luego, del plan de Tuxtepec. Porfirio Díaz asistía constantemente a banquetes, desfiles, homenajes. Y procuraba minimizar ante el Congreso la reducción de ingresos y exportaciones, mientras que su Secretario de Hacienda hacía cuentas para demostrar cómo la deuda externa no sólo no había crecido, sino que había disminuido. La crisis internacional de 1906 y 1907 también a ellos les había parecido un “catarrito”.[18]

De acuerdo con diversos especialistas, la inversión extranjera creció unas treinta veces durante el porfiriato. En el México de 1909, esto significaba, entre otros,  el control de los ferrocarriles, los bancos, la industria textil, las empresas de bienes raíces y de servicios públicos, las minas, la industria petrolera y la electricidad.[19] Prácticamente ninguna actividad económica importante era sostenida por empresarios nacionales o el Estado.

"Favorecemos y protegemos el capital y la energía del mundo entero en este país. Tenemos un campo para inversionistas como quizás no se halle en ninguna otra parte. Pero al mismo tiempo que somos justos y generosos con todos, vigilamos que ninguna empresa llegue a constituirse con detrimento de nuestro pueblo.

"Por ejemplo: pasamos una ley que previene que ningún propietario de yacimientos petrolíferos tiene derecho a venderlos a ninguna otra persona sin previo consentimiento del gobierno. No quiero decir con esto que objetemos la explotación de nuestros campos petroleros por el rey americano, el petróleo, sino que estamos resueltos a que nuestros pozos no sean suprimidos para prevenir la competencia y mantener el precio del petróleo americano.”[20]

En el México de hoy, no quedan prácticamente bancos mexicanos y las más importantes industrias están en manos privadas, a excepción del petróleo y la energía eléctrica, por cuya defensa se ha mostrado un amplio movimiento en el país. El lenguaje empresarial es moneda corriente entre los empresarios, y hasta los libros de texto de la primaria hablan hoy de indicadores económicos, crecimiento, mercado. Todo parece dispuesto a comprarse y venderse. Y la promesa de empleos y riquezas acompaña, como en el caso de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro, medidas de despojo y desempleo de miles de trabajadores de carne y hueso.

 

Terceras escenas: Los caminos de la resistencia, entonces y ahora

En el año de 1909, todo lo que realmente ocurría en México era prácticamente subterráneo. El gobierno de Díaz informaba al Congreso: “Se han verificado elecciones ordinarias de poderes locales en los estados de Guerrero, Hidalgo, México y Tlaxcala, y extraordinarias de Gobernador en el de Morelos. La tranquilidad pública se ha conservado en todo el país.”

La verdad era otra: en Morelos, por ejemplo, en la elección a gobernador había sido la expresión fehaciente de la frivolidad y arbitrariedad del régimen. El candidato impuesto por los científicos y empresarios afectos a Díaz, Pablo Escandón, se enfrentó con el apoyo del ejército y la policía al candidato Patricio Leyva, hijo de uno de los dirigentes liberales más respetados en el estado. Emiliano Zapata y el Consejo de Anenecuilco apoyaban esta candidatura.

Ante la inminencia de cambios políticos anunciados en la entrevista de Díaz con Creelman, se produjo en el mes de diciembre de 1908, la fundación del Partido Democrático, que postularía la candidatura a la vicepresidencia de Bernardo Reyes; a inicios del mes de abril de 1909 se formalizó el lanzamiento de la candidatura de Díaz y Corral a la Presidencia y Vicepresidencia de la República; y en el mes de mayo hizo su aparición el Centro Nacional Antirreeleccionista, encabezado  por Emilio Vázquez y Francisco I. Madero.

Las actividades públicas de la oposición se habían iniciado en Coahuila en el mes de febrero de 1909. Madero fundó entonces el Centro Democrático en San Pedro de las Colonias. Se preguntaba:

“La República Mexicana está pasando actualmente por una de las épocas que tendrán más trascendencia en su historia. Hace más de treinta años que los ciudadanos no hacen uso de sus derechos. Hasta ahora, apenas se ha sentido la falta que hacen los derechos políticos, pues el Gral. Díaz que rige los destinos de la Patria con mano firme, es un hombre sin pasiones, que se ha dedicado a organizar el país económicamente, por cuyo motivo no se ha sentido el peso de su gobierno a pesar de que no siempre obra de acuerdo con la Constitución. Sin embargo, si con un hombre como el Gral. Diaz la actual situación política es perfectamente tolerable, ¿quién nos garantiza que así mismo suceda con su sucesor?”

No parecía entonces poner en duda la obra de Díaz, ni su autoridad, pero no pasó mucho tiempo para que, con la oposición democrática a la reelección, comenzara a referirse a este gobierno, tal como lo había hecho años antes Ricardo Flores Magón, como una dictadura.[21] “A nadie se le oculta que el único medio de evitar la prolongación de la Dictadura, es que el espíritu público despierte y la República se organice en partidos independientes que con virilidad y honradez encarnen las aspiraciones nacionales”, afirmaría Madero poco después. A partir del mes de junio, La sucesión presidencial se anunciaba todas las semanas en el Diario del Hogar.[22]

En el mes de junio, la persecución a partidarios de Bernardo Reyes, quien nunca confirmó plenamente sus aspiraciones a la vicepresidencia de la República, se manifestó con gran crudeza, en la “deportación” de jefes militares que declararon apoyarlo. En esos mismos días, se formalizaban la dirección y el lema del Centro Antirreeleccionista: “Sufragio efectivo, no reelección”. Madero daba inicio a su gira nacional: Veracruz, Campeche, Mérida, Monterrey. En todas partes se le recibía con entusiasmo. La situación del país, sin embargo, distaba de ser motivo de regocijo:

“La justicia ampara al más fuerte; … la instrucción pública se imparte sólo a una minoría de quienes la necesitan; … los mexicanos son postergados a los extranjeros aun en compañías en donde el gobierno tiene el control, como en los Ferrocarriles Nacionales, … los obreros mexicanos emigran al extranjero en busca de más garantías y mejores salarios, … se han emprendido guerras sangrientas, costosas e inútiles, contra los yaquis y los mayas; … se han hecho concesiones peligrosas al extranjero, como la relativa a la Bahía de la Magdalena; y por último, … el espíritu público está aletargado, el patriotismo y el valor cívico deprimidos, y no debemos olvidar que el ideal de los pueblos debe ser fomentar esas virtudes, únicas capaces de salvarlos en las grandes crisis.

“Lo que actualmente pasa en nuestro país causa pena y vergüenza. Los mexicanos tienen miedo de ejercitar sus derechos, porque creen que las autoridades no lo permitirán. Ese miedo que por tantos años han paralizado las manifestaciones del valor cívico, paralizará igualmente las del patriotismo, y el día en que la Patria esté en peligro, no encontrará defensores que la salven.[23]

A fines de julio, un mitin anunciado por el club reeleccionista en el Teatro Degollado, de Guadalajara, no pudo siquiera iniciarse debido a la oposición de multitudes que, dentro y fuera del teatro, gritaban: ¡Viva Reyes!” La batalla con piedras, palos y balas entre partidarios de Reyes y policías y miembros del ejército provocó escándalo y temor en una población poco acostumbrada a manifestaciones opositoras. El Diario del Hogar se hacía estas certeras y dramáticas reflexiones:

El pueblo se ha forjado un símbolo, un gran símbolo de exterminio del cacicazgo, y eso es lo que proclama. Si como se gritó: ´General Reyes´ se hubiera gritado cualquier otro nombre capaz de ser fuerte, capaz de ser una bandera del dolor exasperado contra el verdugo ensoberbecido, ese nombre sería aclamado. En el fondo, el reyismo es impersonal porque es una reacción, una ansia, un espasmo social. El noventa por ciento de los que gritan ´¡viva Reyes!´ no saben en realidad quién es Reyes. Apenas lo sabemos los que estamos dedicados a estudiar la historia de nuestros hombres.

Pero si no saben quién es el candidato saben lo que es la candidatura, es decir, algo contrario a lo existente, y como para ellos lo existente es el dolor, lo proclaman a oscuras; como los presos de una galera secundarían la voz, que en medio de las tinieblas de la noche gritara desde la puerta ´¡Afuera todos!´”.

A partir del mes de agosto de 1909, comenzó a desplegarse la crisis política nacional los opositores al régimen eran salvajemente reprimidos en los procesos electorales locales; en los diarios se escenificaban auténticas batallas campales entre partidarios y antagonistas a la reelección presidencial. Opositores moderados, como Madero, apelaban todavía a la sensibilidad y el razonamiento del régimen, para que dejara su lugar a un gobierno plenamente democrático. Díaz, mudo, continuaba escenificando actos públicos rodeado por elementos del ejército y El Imparcial clamaba:

“Una revolución en México es absolutamente imposible. La Paz está asegurada por los grandes elementos del gobierno: la sociedad mexicana repugna de la revolución, la condena con toda la energía de que es capaz, porque sabe que cualquier intento para renovar el poder público por medio de la violencia, traería consigo el total naufragio de todos los elementos que han favorecido el indiscutible progreso económico; eliminaría la confianza que en el país tienen los otros Estados extranjeros, y provocaría nuevamente hasta el peligro de la pérdida de nuestra nacionalidad.”

Con todo, en su informe ante el Congreso, Díaz reconocía a mediados de septiembre que “no todas las manifestaciones de propaganda electoral han estado dentro de las formas pacíficas del derecho, y a impulsos de agitadores movidos por intereses personales, se han producido algunos desórdenes”. En el país bullía la violencia y la sed de venganza de los agravios de muchos años.

La publicación de México bárbaro y Los grandes problemas nacionales[24] fueron objeto de escarnio por la prensa y los organismos conservadores. No había signo alguno de búsqueda de acuerdos, ni conciliación posible de intereses contrapuestos. El abismo se había vuelto insalvable.  Díaz produjo entonces una escenificación monumental: un viaje a El Paso, Texas, para la firma de un tratado de amistad con el Presidente norteamericano, William Taft. Sería uno de sus últimos esfuerzos por mantener la imagen de legitimidad y control de que había hecho gala tantos años. El Imparcial retaba, orgulloso:

Digan esas multitudes, espontáneamente agrupadas en torno del tren presidencial, si el nombre y la obra del gobernante no han llegado hasta el corazón del pueblo; digan esas aclamaciones ininterrumpidas, a través de lo largo del trayecto, si la voluntad nacional no es la de que el Presidente continúe ocupando el puesto que ha ennoblecido con tan altos merecimientos; digan esas ovaciones, rayanas en el delirio, si en el actual momento político existe otro hombre que sustituya al general Díaz en el afecto de sus conciudadanos.”

“…en cada estación, en cada capital de Estado, en cada cabecera de distrito, ¿qué decimos?, en cada villorrio, en cada ranchería, se arrojaban montones de seres humanos, hombres, mujeres, niños, representantes de todas las clases y categorías sociales, interponiéndose a la marcha del triunfal convoy, ensordeciendo el aire con sus aclamaciones y disputándose un lugar, un apretón de manos, un saludo que llevar como trofeo de su victoria.”

Los procesos electorales son, como entonces, determinados por los partidos del poder; los órganos electorales y el poder judicial son cómplices cínicos de atropellos sistemáticos a los derechos ciudadanos, y la desesperanza invade todos los territorios. La resignación o complicidad de los espectadores de la tragedia nacional contrasta terriblemente con las escenas verdaderas de la ruptura profunda de lazos con quienes ostentan el poder. Nosotros seguimos confiando en la inteligencia organizada de este pueblo extraordinario y en su aspiración a lograr transformaciones de manera pacífica. Nadie puede refutar la honestidad y valor de quien recorre los caminos del país buscando organizar el descontento y cambiar, desde abajo, la vida pública del país. Miles acompañamos, desde muchos frentes, este empeño de la esperanza.

 


[1] Porfirio Díaz (Creelman, 1908).

[2] Poder ejecutivo federal, 2009ª; González, 2009

[3] Cruz Martínez, 2009

[4] López Obrador, 2009; Garduño, 2009

[5] Poder ejecutivo Federal, 2009b

[6] Almazán, 2009; Vargas, 2009

[7] Venegas, 2009

[8] Poder ejecutivo federal, 2009c

[9] Abbondanza, 2008a, b

[10] Turner, 1909

[11] Olivares, 2009; National Security Electronic Briefing Book, 2009

[12] Gómez, 2009

[13] Baltazar, 2009

[14] Cervantes, 2009

[15] Vargas, 2009

[16] Avilés, 2009

[17] Hernández, 2009

[18] Limantour, 1909; Knight, 1986

[19] Ceceña; Knight, 1986

[20] Díaz, cit.

[21] Flores Magón, 1906

[22] Madero, 1908

[23] Centro Antirreeleccionista de México, 1909

[24] Turner, 1909; Molina Enríquez, 1909

 

Bibliografía:

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Abbondanza, Ermanno, “Cuestión yaqui versus cuestión yori: la otra cara del proceso de nation-building. Noroeste mexicano (1890-1909), Antropología Social no. 10, enero-diciembre de 2008.

Almazán, José Antonio. “¿Porqué tanta saña?”, La Jornada, 17 de octubre de 2009.

Avilés, Karina, “Incumplen requisitos de seguridad 80 por ciento de escuelas del país”, La Jornada, 22 de junio de 2009.

Baltazar, Fernando, “Más seguridad que campesinos en festejo del natalicio de Zapata”, La Jornada Morelos, 9 de agosto de 2009.

Ceceña Gámez, José Luis, “La penetración extranjera y los grupos de poder en el México porfirista”, Problemas del Desarrollo, I, 1969.

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Traducción al español por Mario Julio del Campo, México, 1963.

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Womack, John, Zapata y la Revolución Mexicana, México, Siglo XXI, 1992 [1969].

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