Pacarina del Sur
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De la imprescindibilidad de los imposibles[1]

Alfredo Gurza

Recibido: 14-07-2014 Aceptado: 01-08-2014

 

Una “masa propositiva” llama el maestro Alberto Híjar a las reflexiones que ofrece en “Los torcidos caminos de la utopía estética”, el ensayo inicial de La praxis estética, Dimensión estética libertaria; una masa de materiales fruto de una laboriosa extracción, provechosamente dispuesta para orientar líneas teórico-prácticas, demarcar dominios ideológicos y desmontar formaciones discursivas.

Cabalmente advertido de la necesidad siempre presente de aprontar las herramientas de la crítica, trazando la trayectoria de los conceptos y combatiendo sus usos viciados, en tanto que concretan una toma de posición y una tendencia en la teoría, en ese ensayo y en todos los que conforman “La praxis estética, Dimensión estética libertaria”, se ocupa de desbrozar el terreno donde tiene lugar su intervención, con precisiones iluminadoras de las cargas ideológicas que imantan los argumentos y sus términos, así como los indicios, los rastros y los ecos de su potencial libertario.

Se trata de otro modo de producción teórica. Un modo marxista de hacer filosofía, empeñado por lo tanto en transformar y no sólo en interpretar. Para ello echa mano de la erudición y del rigor analítico, atemperados por el cuidadoso afán comunicativo. Basta leer su trazo del itinerario del concepto de la estética o su exposición de las Tesis sobre Feuerbach, para admirarse de esa rara fusión de amable claridad y sustanciosa reflexión, siempre a las vivas contra la generalización que desdibuja y la minucia empirista que ni levanta ni halla dónde engarzarse.

Las dificultades de la apropiación y la exposición de lo real complejo y contradictorio exigen valerse de rodeos y rebusques también en el arcón de las filosofías. Que esto rinda frutos y no se quede en la mera polimatía, en la sabiohondez casuística y la combinatoria ocurrente, requiere de tendencia. Intervenir con tendencia en los procesos es una tesis-consigna que apunta a la necesidad de adoptar el punto de vista de la transformación para orientar los esfuerzos de abstracción y recuperación teórica.

Para todo esto hay también una lección en las reflexiones del Maestro Híjar en torno a la cuestión de los niveles de abstracción. Al rechazo de toda elaboración teórica que caracteriza al comunismo tosco, instintivo y reacio a la organización y al pensamiento, hay que oponer la minuciosa labor de atender las condiciones de producción teórica libertaria y de su reproducción ampliada al interior del movimiento en construcción. Niveles de abstracción en la elaboración y en la exposición de una teoría que se halla bien establecida en lo general (la determinación en última instancia de la base económica, el papel de la ideología dominante en la reproducción del sistema, la réplica de las ideologías dominadas, etc.) y ayuna de precisiones en lo particular histórico-concreto (cómo, cuándo, en dónde, quiénes, etc.).


A la etapa descriptiva de una teoría materialista de la subjetividad, de tanteos y primeras intuiciones, se avienen bien los recursos propiamente estéticos: analogías, metáforas, tópicas, pues en un primer momento se trata de hacer ver, de señalar, de sugerir. Es la fase de transición en la construcción de la teoría. Después hay que pensar lo que aquellos recursos apuntan apenas. Hay que llevar la savia de la imagen al concepto. Aquí surge el riesgo señalado por Althusser de que los elementos puramente descriptivos bloqueen el desarrollo de la teoría, por el peso mismo de las evidencias ideológicas que acumulan, por el efecto de certeza que producen.

El punto de partida es la producción material y sabemos con Aristóteles y Althusser que la materia “se dice de muchos modos”. La materialidad de la dimensión estética –ese territorio de la percepción, la sensibilidad, la sentimentalidad y la imaginación, explorado por Marcuse y recuperado fructíferamente por Alberto Híjar- es la llave de la praxis estética, por la vía de la crítica de sus dominios y sus réplicas, de sus articulaciones y soportes, en su concreción histórico-específica problematizada. Sólo así puede imaginarse el libre despliegue de todas las potencias humanas, para burlar la condena a la bestialidad y la fragmentación, disfrazada de destino fatal, y oponer las leyes de la belleza a las de la precariedad degradante.

En palabras de Alfonso Reyes, hay que dar el “estrujón a la estética” y “promiscuar” con tendencia en la teoría, para no quedarse en la dogmática mecanicista que limita todo al paralelismo y la determinación unívoca, por un lado, y el puro palomear el repertorio de novedades filosóficas, empeñadas en descubrir en tediosa sucesión el hilo negro y el agua tibia, por el otro. De esos dos procederes, podemos decir con Lenin que “ambos son peores”.

En la reiteración ad nauseam de vaguedades, las palabras se reducen a cáscaras vacías pero tóxicas: desarticulan y paralizan. Híjar alerta sobre las ideologías a la moda, que legitiman la reducción de la imaginación creativa a una danza macabra en la casa de espejos de la pura interpretación florida. Fugas verbales que no intentan transformación alguna. Ensimismadas en lo cursi-bello del rizoma, la diseminación y el cuidado de sí, ignoran intervenciones como las del Ché, de Faysal Yachir, de Mario Payeras.

Los significantes decaen, se erosionan y vacían.  Los imperativos de la lucha de clases generan lo que Althusser llama el terrorismo ideológico, la táctica de aturdir y pasmar a modo de impedir el pensamiento, machacando palabras para arrojarlas al cesto del desprestigio y enclaustrar el sentido en el dispositivo.

Palabras como “lucha de clases”, “revolución”, “dictadura del proletariado”, “pueblo”, “materialismo dialéctico”, son dejadas de lado por obsoletas. El proceso totalizante de subsunción a la ley del valor las reduce al lumpenaje cognoscitivo. El decreto de su obsolescencia oculta el hecho de que al renunciar a ellas se renuncia también a la toma de posición que implican y a la tendencia que orientan.

Para impedir ese saqueo conceptual, y disponernos a pensar lo nuevo por nosotros mismos, habría que valerse de la catacresis, ese recurso por el que se dota de sentido traslaticio a un término para significar algo para el que ya no hay, o no hay aún, un nombre especial. Los noemas, la paráfrasis y la glosa intencionada se suman también a ese arsenal de recursos retóricos, para deslizarse como a hurtadillas, por la espalda de los conceptos calcificados y desvirtuados, bastardizados, y ocupar zonas del lenguaje desnombradas por las campañas ideológicas de tierra arrasada. Hay que ser hacedores de palabras.

Y de paso habría que desempolvar y recircular con toda su carga polémica y provocadora epítetos compuestos que nos legaron los anónimos traductores de la editorial Progreso de Moscú, tales como  “paniaguados”, “momias de la huera fraseología” y “becarios criados del erario”.

Algo se contribuiría así a contener la pauperización del lenguaje y la consiguiente parálisis de la imaginación crítica, atenazada por la banalidad que tan claramente se concreta en el guiño, ese dispositivo ideológico por excelencia, que materializa la complicidad entre quienes se reconocen y se saben reconocidos en la ideología y obsequian a su vez su reconocimiento al proceso mismo de constitución ideológica de los sujetos.

La matriz común de signos, tradiciones y costumbres de cada formación social se disputa en la lucha de clases en la dimensión estética. La reproducción revela las necesidades: a ellas atienden los procesos de constitución y significación de la subjetividad. Sujetos específicos para relaciones sociales específicas. La ideología interpela para sujetar, en los dos sentidos de constituir sujetos y de enjaezarlos a sus diversos dispositivos. Las réplicas a estos dominios significantes evidencian los procesos materiales que rigen el orden de la reproducción.

La desculturización y la progresiva pérdida de la capacidad de abstracción, por ejemplo, no son la consecuencia natural de pretendidas taras raciales, sociales o de género. Son requisitos estructurales del sistema de explotación mundializada, que hay que precisar en la materialidad de sus ordenanzas y de sus efectos. Con precarios recursos de réplica, se interioriza la sumisión y la dimensión estética es expropiada. Así se cumple la terrible sentencia de Walter Benjamin: “La muerte ya no aguarda al borde de la existencia: El presente es el desastre”. Lo que aquí está en juego es una disyuntiva histórica: reproducir el orden de la dominación y su subjetividad correspondiente e imprescindible, o construir el sujeto histórico capaz de tejer relaciones sociales libertarias.

Esto requiere de una imaginación de combate, para organizar los esfuerzos, plantear los objetivos, disponer los medios, fijar la estrategia y derivar de ahí las tácticas más adecuadas. Una imaginación creativa para detonar en todas partes el consenso ideológico, ese turbio humor vítreo de la reproducción social, que nubla la vista ante las realidades del carácter imperialista del sistema mundial.

El imperialismo realmente existente es el referente ineludible, pero hay que explicitar sus condiciones de reproducción efectivas y las contradicciones que esto genera. De ahí el rodeo por las consideraciones de Negri y Hardt en torno al Imperio y la Multitud, escritos con mayúscula obligada para lograr el efecto, como dice Lenin, de lo “espantosamente terrible”, y la necesaria réplica planteada por Samir Amin, quien no tiene paciencia para el reduccionismo político de quienes quisieran evitarse la pena de la crítica de la economía política. Toca a los filósofos radicales trazar rutas sobre el tejido ontológico del comunismo, entre el materialismo aleatorio y la ley del valor mundializada.

Así como Mach y Avenarius explotaron ideológicamente el pasmo ante la supuesta desaparición de la materia en los albores de la física cuántica, los teóricos de la Multitud –esa masa incierta- derivan consecuencias generalizadoras a partir de la desaparición del proletariado en su forma clásica. Eurocéntricos militantes, literalmente no ven los mecanismos de la acumulación a escala mundial, del intercambio desigual, de la renta imperialista, procesos que subsidian la armónica indiferencia en el centro del sistema, al tiempo que establecen un apartheid en la periferia, con millones de seres sin uso, desechables en términos de las necesidades del capital. Esto no tiene nada que ver con la infeliz consciencia que se afana en hallar arcadias marginales, pobladas por el buen salvaje.

A las novísimas banalidades del “capitalismo cognitivo”, de la “producción inmaterial”, de la  “sociedad en red”, y en general del socialcivilismo cuajado en su para sí, sin ánimo de dar el salto cualitativo a la sociedad política, Amin opone la rigurosa crítica de las relaciones de explotación a escala mundial. Al culturalismo, la noción de culturas políticas. Al Imperio y su pretendido “mundo descentrado”, el imperialismo y la dinámica centro-periferias, significada por la contradicción entre la acumulación a escala mundial y la lógica de los poderes localizados. A la Multitud congregada tan sólo para el acontecimiento, efímero y parcial por definición, la construcción de bloques de masas con objetivos de ruptura y desconexión a corto, mediano y largo plazo. Como decían los románticos, al azoro frente a la apariencia hay que oponer la conciencia de la esencia.

Samir Amin señala así una necesidad urgente de la praxis: la de aprender a leer, según su bella fórmula, la marca de agua en el papel en que escribe la Historia. Hay que asomarse a los intersticios, hurgar en las irregularidades y las excepciones, teniendo presente la máxima del polígrafo Menéndez y Pelayo de que “hay nadas que lo son todo”. Al afán represivo de cercar la marginalidad de manera infranqueable, hay que oponer la explosividad subversiva del marxismo, que hoy radica justamente en las márgenes del sistema mundial, en la invisibilidad de Garabombo, por ejemplo. Ahí donde hay, a pesar de mucho, algo que existe y resiste.

De modo que esto es cuestión de lucha larga y afanosa. No cabe aquí la morosidad de quienes esperan la crisis catastrófica que zanje las cuestiones de un sopetón, ni la indiferencia de los descomprometidos que se ajustan al “estado de cosas” imperante. Apragmosyne llamaron los griegos a esa condición de apartarse de la tarea común, hacerse de la vista gorda, no darse por aludido cuando campea el horror y abstenerse de la praxis, es decir, de la esforzada transformación del mundo.

San Agustín dio con una imagen elocuente para proseguir la conceptualización de esta problemática del desajuste del pensar y el actuar, de la renuencia al compromiso y la coherencia. Se trata de la figura del Homo incurvatus in se, el ser humano encorvado, volcado sobre sí mismo, empobrecido en sus necesidades banalizadas y atrofiada la potencialidad de su ser-para-la-especie. Es el ser humano distópico.

Como en tantas otras cuestiones, los ideólogos posmodernos hacen una virtud de lo que para los antiguos era un vicio despreciable. No se trata de aguardar con elegante desapego la revelación dramática en el último acto de la tragedia, la anagnórisis que lo aclare todo y dé orden y sentido al reino del desconcierto, al imperio del caos. Lenin advirtió la futilidad de querer “resolver todo por exorcismos”, y no es casual que Engels haya ironizado acerca de quienes cifran sus esperanzas en “el hada maravillosa del amor” y en “el arte de birlibirloque de la violencia”. No es magia. Se debe acometer la tarea de problematizar contradicciones específicas y explotar las peripecias, es decir los puntos de inflexión en la superficie de la totalidad significante.

La desconexión es figurada en las ideologías bajo los signos heteróclitos de la tabula rasa de la sinrazón armada y la nostalgia del edén prelapsario. De la crítica de Marcuse a las aporías de la utopía y a su perennidad como horizonte de la dimensión estética, Alberto Híjar recupera elementos para contribuir a una ontología materialista de la ruptura.

Producir un espacio para aquello que no lo tiene, ni lo puede tener bajo el orden de la sumisión, un espacio para el pleno despliegue de las potencias humanas en relaciones sociales libertarias, requiere precisamente de la praxis que liquide la ley del valor, desdomesticando a los sujetos, advertidos de los modos precisos en que las ideologías vehiculan modos de ser en el mundo, y de la necesidad planteada por el proceso mismo de transformación, de cultivar una póiesis comunista en sentido estricto, es decir un saber creativo, subversivo, apasionado, generador de lo común, de lo compartido, constructor de sensibilidades y sentimentalidades liberadoras, según la formulación que el maestro Híjar dedicó en otra parte “a los nietos”.

Giorgio Agamben piensa esta misma estrategia bajo el signo de la inoperancia festiva, la praxis que desactiva dispositivos represivos para abrirlos a nuevos usos comunes, impredecibles de antemano, tan sólo definidos en negativo respecto de la racionalidad productiva dominante, que subsume todo al valor de cambio. Por eso alerta sobre el riesgo de confundir lo no-racional con lo irracional, los no-saberes con la ignorancia. Con el eco del “can-can en la cuerda floja del sentido” que proponían los dadaístas, Agamben puntualiza que “la relación con una zona de no-saber es una danza”. Así pues, un baile en territorio liberado.

La praxis estética se bate así contra el monopolio que detenta el Gran Sujeto de la Ideología sobre la definición de lo real, de lo admisible, de lo imaginable, de lo que ha lugar. Opone la potencialidad apenas intuida de la plenitud libertaria, contra el reduccionismo en cuerpo y alma, por que no vuelva a suicidarse el deseo. Alberto Híjar demarca la utopía como el sitio donde se juega al fuera de lugar y se asienta el empeño por producir objetos insufribles, es decir indóciles a la subsunción bajo el orden represivo, y generar significantes elocuentes que se hagan oír por encima del estruendo de la mendacidad insidiosa.

Pensar la utopía supone denunciar el prejuicio a favor de lo “real”, de lo “actual”, en demérito de lo “imaginario” o “fantasioso”, que es una de las modalidades ideológicas de la explotación de la dimensión estética para constituir subjetividades a modo para reproducir la sumisión.  “Lo que existe es casi nada comparado con la totalidad de objetos del saber”, sentenció sorpresivamente el ontólogo austriaco Alexius Meinong en plena eclosión decimonónica de los saberes imperialistas, para proceder enseguida a resaltar escandalosamente el valor cognitivo de las emociones, las sensaciones y los sentimientos. Imaginar la dimensión estética libertaria pasa también por estos rebusques de ecos e indicios inesperados.

Promiscuando con provecho, esta recusación de los dispositivos que merman y fragmentan las potencias humanas incorpora recursos variopintos, que van, por ejemplo, del más fogoso anti racionalismo romántico hasta el adusto argumento de la indispensabilidad de los impossibilia, trastocado para nuestros fines, para pensar los “objetos imposibles”, vedados por la lógica del discurso dominante, pero indispensables como premisa asumida de aquella ontología del comunismo, de la multiplicidad de rupturas y avistamientos del círculo cuadrado, del móvil  perpetuo, del olmo que da peras, de las relaciones sociales liberadoras, de los seres humanos plenos.

En la jungla de Meinong, esa comarca de prodigios que podemos cartografiar en el Vietnam de nuestro imaginario,  conviven por decreto filosófico los objetos imposibles pero indispensables, de una indeterminación rica en sugerencias, libres del corsé del tercio excluso, índices de lo otro intuido y deseado, del “como si fuese” del libre juego de las facultades.

La utopía que figura Alberto Híjar, inmanente, transhistórica, la praxis para significar la vida de otro modo, elevándola a la potencia libertaria, se alza contra la indigna tolerancia a la necesidad del dolor, contra la cotidiana rendición. Es la rebelión que, como dice Marcuse, “hasta la maldición arroja en nombre de Eros”. La revolución por la vida plenamente humana y “la permanencia de la dicha”.



[1] Texto para la presentación del libro de Alberto Híjar, La praxis estética, Dimensión estética libertaria, Ciudad de México, INBA, 2013.

 

Cómo citar este artículo:

GURZA, Alfredo, (2014) “De la imprescindibilidad de los imposibles”, Pacarina del Sur [En línea], año 5, núm. 21, octubre-diciembre, 2014. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Jueves, 18 de Julio de 2019.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.comindex.php?option=com_content&view=article&id=1048&catid=12

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