Pacarina del Sur
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Carlos Illades y Las otras ideas en México: 1850-1935

Carlos Illades, destacado historiador mexicano, nos agasaja con su libro Las otras ideas, fecundo y reflexivo acerca de las ideas y movimientos socialistas emergidos en el seno de las clases y grupos culturales subalternos a lo largo de ocho décadas, o más exactamente, de diecisiete lustros. Es decir, de 1850 a 1935. Nuestro historiador al tener en su haber un conjunto de valiosas obras publicadas sobre el socialismo y el mundo del trabajo en México durante el siglo XIX[nota]1[/nota], estaba en aptitud de forjar una síntesis crítica como la que ahora nos entrega.

[inset image="images/stories/pacarina/0046.jpg" imgwidth="250" side="left" title="" width="250"][/inset]La creciente acogida de las obras de Illades que ya lo acreditaba como la figura más versada sobre el socialismo originario en México, nos daba cierta garantía sobre la calidad de Las otras ideas…  Y no nos ha defraudado. En esta ocasión, el autor traza un puente entre el socialismo del siglo XIX y el existente a principios del siglo XX. Hemos considerado que nuestra reseña se guíe por las líneas de reflexión que nos suscitó su libro: qué significa historiar el socialismo pos derrumbe de la URSS; cuáles fueron las primeras historias del socialismo; cual es el perfil de la obra, con sus interrogantes, pendientes y puntos de debate.

 

Historiar el socialismo

Contamos con argumentos razonables para sostener que la historia del socialismo en el México de hoy, representa algo más que un ejercicio inútil y nostálgico, por lo que  reivindicamos el meritorio esfuerzo plasmado en esta obra. Disentimos de quienes postulan que la crisis del socialismo real agotó el ciclo histórico del socialismo en el mundo, y que, por ende, volvió irrelevante todo esfuerzo investigativo al respecto. Nada que haya modelado la vida de la mitad de la población mundial a lo largo de medio siglo puede serlo. Resulta curioso que posturas extremistas de este tipo pretendan sembrar temas tabú y sigan gravitando en nuestros espacios académicos. Otros colegas neoconservadores, algo más complacientes, creen ver el nacimiento de un  nuevo género, el de la  historia de los derrotados. En realidad se trata de ¿sólo derrotas? La historia de los procesos concretos  dicen algo más que eso.

En segundo lugar, aunque resulta evidente que la crisis de 1989 generó muchos desencantos y puso en evidencia los lastres autoritarios y errores del socialismo real, al situarla en un arco temporal mayor, queda enlazada a otras crisis del socialismo. En la historia, todas las crisis sin ser homologables en sus dimensiones ni particularidades, han marcado los principales hitos del socialismo mundial, entre reflujos y virajes.

A diez años de la crisis del socialismo real que fue muy europea, los países socialistas en Asia (China, Vietnam y Corea) subsisten. China, con su heterodoxo modelo, es un referente clave para entender el nuevo escenario mundial. Cuba, contra todos los pronósticos, ha sobrevivido en nuestro continente a la caída de su sostén soviético y a la mayor dureza del bloqueo norteamericano. Muchas preguntas siguen flotando sobre este curso desigual y contradictorio de los socialismos reales en el mundo.

Todo parece indicar que asistimos al inicio de una fase de rearticulación, cambio y gradual presencia socialista. El actual escenario latinoamericano es un laboratorio de ello. En otras latitudes, fenómenos parecidos se vienen dando. Y no es casual que de muchos modos aparezcan enlazados al Foro Social Mundial, en cuyo seno se vienen expresando las preocupaciones de los liderazgos de los movimientos sociales en desarrollo, pero también de quienes explícitamente están adheridos a las corrientes críticas del socialismo.

Las crisis precedentes estremecieron los cimientos del socialismo: el quiebre  del ciclo revolucionario de 1848; la caída de la Comuna de París;  la fractura  de la Primera Internacional. En el siglo XX acaeció: la bancarrota de la Segunda Internacional frente a la Primera Guerra Mundial y el agotamiento de sus programas reformistas;  el increíble y decepcionante pacto Molotov–Ribbentrop (23/8/1939) que preanunció la disolución de la Tercera Internacional; la escisión de Yugoslavia del bloque soviético (1948); la insurrección de Hungría  y el derrumbe del culto a Stalin (1956); la escisión sino-soviética(1962-63); la Revolución Cultural China; la invasión soviética a Checoeslovaquia (1968) y la guerra sino-vietnamita (1978). Luego vino 1989.

Los actores sociales, entre tiempos de afirmación y crisis ideológica y política,  hicieron suyas las ideas, esperanzas y prácticas socialistas contribuyendo a modelar la nación, así como a varios proyectos de alto y positivo impacto social, por ejemplo, la legislación laboral. En lo general, los diversos caminos de construcción y representación del interés y bien común tienen deudas profundas con la tradición socialista, heterogénea y activa. Recordemos que entre la Revolución mexicana y el gobierno de Lázaro Cárdenas varios proyectos florecieron y compitieron por las sendas del socialismo teórico y práctico, entre posturas reformistas y otras muy radicales.


Manifestación 1º de mayo 1890 Estocolmo

 

 

Una tradición historiográfica

Toda tradición historiográfica debe rememorar sus orígenes. Si la historia concreta del socialismo en México, América Latina y el mundo abarca los tres últimos cuartos del siglo XIX, sus primeros registros historiográficos fueron hechura del siglo XX. Bajo ese panorama, la obra de Carlos Illades ha recuperado magistralmente los orígenes del socialismo mexicano, tarea que se hizo visible a partir de 1987 en nuestros medios académicos, dos años antes de la hecatombe del socialismo real en Europa. Mirando a distancia el lugar de las obras de Illades, nos motivan a recuperar algunos germinales intentos historiográficos, más allá de sus debilidades.

Recordemos que las primeras  historias del socialismo escritas y difundidas en el mundo hispanoamericano nacieron con el siglo XX. Fue obra pionera la de Francisco Mora intitulada Historia del socialismo obrero español desde sus primeras manifestaciones hasta nuestros días (1902). Gracias a los traductores  conocimos en nuestro idioma obras como la de Augustin Hamon, Compendio de la historia del Socialismo (1908). Estas primeras historias del socialismo que llegaron a México y América Latina eran europeas. El socialismo mexicano y continental del siglo XIX llegó al siglo XX sin registros históricos.

En lo general, entre estas publicaciones del ciclo auroral del pensamiento socialista occidental y las que le siguieron, podemos diferenciar los pesos, límites y significados de la historia-tradición o militante y la historia generada por la academia, sin negar la existencia de una zona liminar.

Antecedieron al libro de Illades dos hitos y obras, en tiempos del cardenismo: el viejo librito de 1935 de José María González quien nativizó la presencia socialista en México. Y le siguió el quehacer de un historiador profesional comprometido con la familia socialista, legándonos una obra perdurable por su impacto académico y político en nuestro medio en tiempos de la guerra fría. Por esos años, los interesados en la historia del socialismo supieron del influjo del clásico y monumental estudio del George Douglas Howard Cole (1889-1959), titulado Historia del Pensamiento Socialista (1957) editado por el Fondo de Cultura Económica, el cual se agotó antes de cerrar el año. Fue obvia la avidez por el conocimiento de la genealogía socialista. La obra de Cole integraba a todas las corrientes en un continuum histórico gestado a lo largo de más de una centuria, y en su exposición realizó algunos guiños hacia América Latina. En 1958, el FCE lanzó la segunda edición en español de la erudita obra de Cole, en circunstancias en que la guerra fría alcanzaba su primer clímax continental. Habían incidido en tal dirección, la Revolución Boliviana de 1952 y la caída de Jacobo Arbenz en Guatemala en 1954, todavía no podía prever el inminente triunfo  de la Revolución cubana de 1959.

Bajo la atmósfera legada por el movimiento estudiantil del 68 nos tocó recibir el libro de Gastón García Cantú, Socialismo En México: Siglo XIX (1969). Y en estos tiempos, en que el neoliberalismo y el mundo unipolar resienten el inicio de su invierno, es decir, de su obsolescencia, Carlos Illades nos brinda una lectura reflexiva y polémica, por lo que afirma o deja pendiente.

 

Panorámica

La prosa desplegada por Carlos Illades es ágil; posee cierta cuota de amenidad, propia de quien maneja bien el arte de la escritura. Obviamente domina el tópico estudiado; vaya si lo conoce. Estaba fresca nuestra memoria por la lectura de una obra suya previa, dedicada a explorar el trabajo de los artesanos y de otras categorías laborales existentes en la ciudad de México durante el siglo XIX, así como de sus formas organizativas. Cerraba dicho libro  exponiendo la recepción subalterna de los idearios liberal, socialista y anarquista.

El libro Las otras ideas… se suma bien a lo ya publicado por nuestro historiador en torno a la historia del primer socialismo mexicano. Justo es decirlo, en esta obra que reseñamos, el autor muestra su interés por explorar el socialismo en el siglo XX hasta su punto de quiebre con la afirmación y hegemonía del comunismo cominternista. El tratamiento dado a la recepción de las tradiciones fourieristas y saintsimonianas es inmejorable. Cuentan también los notables registros sobre la resonancia de la Primera Internacional y la recuperación de los influjos proudhonianos y bakuninistas en nuestro país, dudas y problemas aparte.

La textura de la obra a lo largo de sus 327 páginas y sus nueve bien hilvanados capítulos sobre el primer socialismo mexicano, nos lleva de la mano a los más diversos contextos. Destaca el afán del autor por recuperar a los personajes, sus ideas y proyectos en sus puntos de afirmación, viraje, crisis y desencanto. Sobresale la presencia del socialismo como objeto de análisis en el pensamiento liberal, al recuperar los comentarios, entre distancias y deslindes, expresados por Guillermo Prieto, Francisco Pimentel, José María Luis Mora e Ignacio Manuel Altamirano. Además de ello, Illades recupera cierta vena liberal  en el seno de la familia socialista mexicana. Se trata de ese liberalismo heterodoxo que ha llevado a Krauze a una fácil exclusión y adscripción socialista, el cual es tratado por Carlos Illades con mayor rigor y menos prejuicios, tanto en sus tensiones como en sus ambigüedades ideológicas y políticas. Nuestro autor, indirectamente ha marcado sus distancias frente a la postura de Reyes Heroles, quien abrió un capítulo en su conocido libro sobre el liberalismo mexicano para no dejar fuera a esas curiosas bastardías que reunió bajo el nombre de liberalismo social. A nuestro historiador tampoco le convenció el agrupamiento lábil que proponía García Cantú para estos pensadores o líderes insumisos. Illades en su obra no escamotea esfuerzos ni oculta las vallas propias a la filiación ideológica de cada uno de los personajes. Prefiere explorar otras posibilidades como el desencuentro entre: ética y economía política, la cuestión social y el régimen de propiedad y trabajo, la libertad y la justicia social. El eclecticismo aunque es nombrado reiteradamente por nuestro autor, va con sus asegunes, no lo convence su debilidad interpretativa. Nuestro Historiador está consciente de que está pisando las arenas movedizas de un debate creciente sobre el complejo proceso de recepción latinoamericana de las ideologías. Las otras ideas… exhiben otra virtud, visualizar las redes y las discontinuidades, más que los disensos y rupturas en el seno de la tradición socialista, viva y heterogénea.

 

Líneas e interrogantes emergentes

En esta obra se pueden delinear algunos pendientes. Todo esbozo o  aproximación así lo sugiere. Nuestro autor es posible que ya esté pensando a partir de ello, prepararnos una nueva entrega de calidad. Por lo anterior, le sugerimos atender con más detalle las ligas mexicanas con la Segunda Internacional, así como la federalización de los partidos socialistas estatales y regionales en México. Estos últimos todavía cuentan con escasos estudios monográficos sobre Guerrero, Yucatán y Chiapas, los cuales fueron tomados en cuenta por el autor. La tendencia federalista con motivo de la segunda convención nacional de partidos socialistas (1926), dio visos sobre la maduración del proyecto unitario que asumiría el nombre de Partido Nacional Revolucionario (1929). Recordemos que todavía entrado el año de 1930, las entidades socialistas adscritas al PRI auroral no se decidían a renunciar totalmente a su anterior adscripción. Durante el cardenismo, más allá de la polémica Caso-Lombardo, fue notoria la reactualización de las tradiciones socialistas frente a la cuestión educativa, la colectivización agraria y la estatización del petróleo.

Illades tiene muy claro que historiar el socialismo en la actualidad, implica reconocer sus condicionantes. Sin lugar a dudas, el socialismo fue hechura de la modernidad, pero tuvo frente a ésta una orientación contradictoria entre la asimilación y la crítica radical. En estos días grises en que asistimos al cierre epocal del trabajo humano representados por  artesanos y obreros calificados como nos lo recuerda el autor, vemos  consternados el desborde depredador del capital sobre el capital humano y ambiental, así como una irresponsable y globalizada celebración del mercado y del desbordamiento inhumano de las nuevas figuras de la propiedad. Los excesos actuales no pueden disociarse de la crisis y el colapso del socialismo real, es decir de los proyectos socialistas. Durante el último cuarto de siglo, la crítica posmoderna de las utopías socialistas ha incidido en su revisión y debate, aunque se olvide de sus otras expresiones políticas y engarces ideológicos no modernos o antimodernos. El autor certeramente subraya que ésta lógica tiene que ver con el poder, en particular con ejercicio de la  nominación, en el cual, los académicos muchas veces cumplimos la función de correas de transmisión. Dice nuestro autor: “...este libro trata de un tiempo en que las utopías eran comprensibles y parecían verosímiles. “(p.16).

En la historia del socialismo, la tensión entre sus formas utópicas y sus formas ideológicas fue tan recurrente como la existente entre sus utopías y sus proyectos.  Historiar las utopías socialistas, debe aclararse, supone ir más allá de los relatos cerrados como sistemas de relojería, pensamos,  por razones de economía textual, en autores como Karl Mannheim y Ernst Bloch. Carlos con agudeza nos dice: “cabe señalar que las utopías decimonónicas se llevaron a la práctica y obtuvieron victorias parciales, en su tiempo o después. “ (p. 21).

La historia del socialismo, llámese el primer socialismo mexicano al modo de Carlos Illades, nos presenta una primera dificultad considerando los actuales modos adjetivados o parcelados del oficio de historiar. El reclamo de los campos de especialización historiográfica por sus respectivas competencias, dejan fuera la opción de una mirada holística sobre el socialismo. Desde nuestro prisma, reivindicamos la vigencia de la categoría de totalidad sostenida por Marx para el estudio del socialismo. Dejamos constancia, según nuestra lectura, que Illades ha sabido moverse con habilidad en los intersticios de los feudalizados campos de la historia adjetivada. A veces, algunos pasajes de la obra nos dan la impresión que sin decirlo, el autor opta por hilar fino en una zona fronteriza del quehacer de dicha disciplina. Notamos que con cierta plasticidad le hace un guiño a la historia conceptual de Koselleck sin dejar de sentirse más próximo a la historia intelectual sin renunciar al legado de la historia social.


Mitin socialista argentino 1929

 

Cerrando con los nudos visibles de la malla

La historia del socialismo mexicano como la del latinoamericano y mundial, nos revela una malla intrincada de relaciones. Gracias a esta obra, la configuración de los intelectuales en el universo socialista y en el seno de las clases y grupos culturales subalternos, tendrá que ser nuevamente discutida. Nuevas líneas de reflexión e investigación suscitan su lectura. El papel y perfil de los intelectuales tradicionales en contextos multiculturales y multiétnicos como el mexicano, demanda nuevos esfuerzos. Gramsci en su tiempo nos ofreció útiles coordenadas interpretativas al respecto que siguen teniendo pertinencia más allá de la cuestión italiana. En ese marco es pertinente la pregunta: ¿los intelectuales llamados modernos, lo son realmente, por haber emergido de las profesiones liberales y de las instituciones de educación superior?  Claro, una adhesión darwinista, o positivista no deja lugar a dudas. Pero, si entra en juego la Geomancia en el pensamiento de Patricio Guevara, la Teosofía en Nicolás Pizarro, el Providencialismo en Juan Nepomuceno Adorno o el Romanticismo en otros, la razón queda bajo cuerda y con ella el espíritu ideológico de la modernidad.

En la misma dirección, el  autodidactismo merece ser tomado en cuenta. Éste se potenció en las fronteras en que se posicionaron los intelectuales tradicionales frente a los modernos, generando perfiles que ganaron  autonomía y legitimidad entre las plebes urbanas y rurales. Los autodidactas abrevaron en las fuentes del capital letrado gracias a proyectos editoriales de alcance transoceánico como el Garnier (París), Sempere (Valencia), Maucci (Barcelona), recordados por nuestro autor. Es destacable el inventario crítico de periódicos socialistas reseñados sobre el primer socialismo mexicano. Los periódicos, más que lo libros definieron el capital letrado de las subculturas socialistas en México y América Latina. Los autodidactas socialistas, y no sólo ellos, supieron del valor de la experiencia propia y ajena de las comunas utópicas vía la oralidad, así como de los movimientos sociales que surgieron a su influjo. A Carlos Illades no se le escapa el asunto del lenguaje socialista, aquel que le permite discutir la familia socialista (p.  28). Toma atención de lo que dicen al respecto, Pocock, Burrow y Jones, entre otros autores.

El asunto del lenguaje y la retórica socialista sigue siendo controversial. En el borde izquierdo de la familia socialista se ubica el anarquismo, cuyo lenguaje, al decir de  André Rezler ha distado de quedar entrampado en la tradición conceptual, tan cara a las lecturas de Koselleck. Por lo anterior, consideramos que debemos prestar más atención a las imágenes y a los símbolos, a fin de sortear el riesgo de anacronismo. Flirtear con la historia de las ideas o la historia conceptual en el caso de los anarquistas no lleva por la pendiente de los equívocos y de las omisiones. Sin embargo, existe otro camino, el de los tropos de identidad discursiva. Hayden White, por ejemplo, ha filiado al socialismo por la presunta hegemonía del tropo de la metonimia, acuñando un estigma retórico.

El Lenguaje y el pensamiento socialista han dibujado una problemática compleja que ya había concitado la atención de Hamon en 1894. Illades en su obra precisa con acierto  que el lenguaje fija en cierto plano la unidad y la identidad de la familia socialista, más allá de sus adscripciones nacionales. Coincido plenamente con él cuando afirma que: “Esto valdría tanto para versiones nacionales (el socialismo francés, mexicano, argentino, etcétera), como para pensadores diversos que comparten lenguajes, problemáticas, enfoques y horizontes parecidos, y que están discutiendo dentro de una misma tradición, que asumen reglas básicas más o menos condensadas, apelan frecuentemente a las autoridades y textos de rigor, y suelen identificar a enemigos ideológicos comunes. Vaya, se entienden porque se mueven en el mismo universo discursivo, en “juegos de lenguaje” comprensibles para los que están dentro, por hasta cierto punto, -como dice Pocok-, cada uno de los lenguajes “selecciona y prescribe el contexto dentro del cual debe reconocérselo”, permitiendo de acuerdo con Burrow, entablar “conversaciones” (p. 28.).

La lectura de este libro nos induciría a desarrollar muchos comentarios más, pero debemos concluir. Los lectores sabrán descubrir otros méritos y bondades de la obra. Diremos por último, que la tesis de Illades en la historiografía latinoamericana es renovadora y marcha a contracorriente de los modos más convencionales de la  periodización y abordamiento del socialismo. Por tal razón, y por los argumentos que solventan su propuesta, la recomendamos como referente guía para los demás países de América Latina. La heterogeneidad ideológica, generacional, social y étnica del  primer socialismo, amerita profundización y comparación con otras experiencias nacionales.

 

Fuente:

Carlos Illades, Las otras ideas. El primer socialismo en México 1850-1935, Editorial Era-UAM-Cuajimalpa, México, 2008, 327 pp.

 


[notar]1[/notar] Véanse: Bibliografía comentada del movimiento obrero mexicano, México: Instituto de Investigaciones Bibliográficas, 1987; Hacia la república del trabajo: la organización artesanal en la Ciudad de México, 1853-1876, México, D.F.: Colegio de México, Centro de Estudios Históricos: Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa, 1996; (en coautoría) Ciudad de México: instituciones, actores sociales y conflicto político, 1774-1931, Zamora, Mich.: El Colegio de Michoacán, 1996; Estudios sobre el artesanado urbano del siglo XIX, [México]: El Atajo, 1997; Rhodakanaty y la formación del pensamiento socialista en México, Rubí, Barcelona : Anthropos Editorial ; México : Universidad Autónoma Metropolitana, 2002; Nación, sociedad y utopía en el romanticismo mexicano, Xoco, México, D.F. : CONACULTA, 2005.

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