Pacarina del Sur
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La fauna sagrada de Huarochirí[i]

The sacred fauna of Huarochirí

O sagrado animais Huarochirí

Emiliano Ricardo Melgar Tísoc

Artículo recibido: 19-03-2013; aceptado: 25-03-2013

Este reciente libro escrito por Luis Millones y Renata Mayer está dedicado a la nutrida fauna que aparece referida en Dioses y hombres de Huarochirí,crónica anónima redactada en quechua a inicios del siglo XVII que fue recogida por Francisco de Ávila, la cual es considerada uno de los textos más importantes que hay para conocer la cosmovisión andina.

            El libro consta de 162 páginas y está dividido en cuatro capítulos.  También cuenta con 51 ilustraciones a color en la parte final del texto, las cuales complementan de forma adecuada e interesante muchos de los aspectos y funciones del bestiario fantástico señalado en el escrito.

Debido a que la temporalidad en que se narran las acciones y sucesos de este escrito corresponden a los tiempos primigenios que dieron origen a todas las cosas, la aparición y participación de dioses y animales son considerados sagrados o divinos. Si bien el título de esta obra parece remitirse exclusivamente a la fauna y el papel sobrenatural que desempeñan en este documento colonial, los autores amplían su análisis a los espacios reales o imaginarios en que suceden estos acontecimientos, así como a tratar de explicar o interpretar los elementos simbólicos de la mayoría de los personajes (dioses, humanos y animales) señalados en el relato. De esta manera logran una relectura más acuciosa y extensa de este documento histórico, además de que realizan comparaciones y contrastaciones muy interesantes entre las tres distintas traducciones publicadas que hay de esta obra hechas por José María Arguedas, Gerald Taylor y George Urioste, cuya información cruzan con relatos y pasajes en otros documentos andinos e incluso mesoamericanos, así como con datos obtenidos en las excavaciones arqueológicas y en trabajos de campo etnográficos y antropológicos. También contó con el apoyo de un equipo académico integrado por Víctor Cárdenas, Ladislao Landa y Walter Pariona, todos antropólogos quechuahablantes, para cotejar la semántica quechua y las traducciones del documento de los distintos autores que permiten comparar las lecturas e interpretaciones de este texto sagrado. Y finalmente, otro punto a resaltar a lo largo de este libro es la comparación en las representaciones de determinados animales referidos en el escrito de Huarochirí, con piezas cerámicas, pinturas murales o dibujos.

Así, en el primer capítulo, titulado “Los dioses del manuscrito de Huarochirí”, Millones y Mayer abordan la aparición de las deidades en el relato, pero también los espacios sagrados en que suceden los acontecimientos, en especial la cuenca del río Lurín y sus alrededores. Cabe señalar que la perspectiva del documento es de la etnia checa, oriunda de Huarochirí y ajena a la élite imperial de la capital incaica, el Cuzco. Por ejemplo, el Sol, padre de los incas, carece de un papel relevante en este documento quechua, siendo opacado por el culto a Pariacaca y al siempre misterioso Cuniraya Viracocha, quienes son las cabezas de familia (hermanos, hijos y esposos) de la mayoría de las divinidades de Huarochirí. A partir de este carácter provincial es posible entender por qué varias de las principales divinidades del Tawantinsuyu están ausentes en el escrito y por qué la presencia de los incas es secundaria a los acontecimientos locales y está subordinada a la voluntad de las deidades de Huarochirí. A partir de ello, el texto narra un conjunto de relatos míticos, en el que los distintos personajes son seres divinos con distintas categorías y poderes diferentes y cambiantes.

Un aspecto interesante que señalan los autores en este capítulo es una primera división de los animales en dos grupos: los silvestres (salqa) y los domesticados (uywa), habiendo equivalencias entre ambos. En el primer grupo tenemos al zorro, el cóndor, el puma. En el segundo grupo están el perro, la llama, las gallinas y los gatos.

Sin embargo, uno de los temas principales de este apartado se centra en los animales sacrificados como ofrendas a lo sagrado y que constituyen un tema recurrente en el manuscrito de Huarochirí, siendo de los predilectos las llamas en tiempos antiguos y los cuyes en tiempos posteriores. Las llamas eran elegidas cuidadosamente, buscando que fueran camélidos que no hubieran tenido crías o estériles, dependiendo la versión traducida. Los autores destacan que en estos sacrificios nunca se menciona a los perros. Estos últimos pocas veces son referidos en otras partes del documento y se emplean como término denigratorio y de maltrato. Incluso uno de los castigos a Huallallo Carhuincho, dios que perdió la batalla con Pariacaca, es condenado a comer perros y como los huancas también ofrendaban estos animales, por extensión se les llamaba come perros.

Cabe destacar que en este capítulo también se señalan ampliamente espacios sagrados y fenómenos meteorológicos, como el mar, la luna, las montañas, cuevas, lagunas, huacas, el día y la noche, arco iris, rayos, relámpagos y truenos, lluvias e inundaciones. En el caso de las montañas o cerros, éstos se relacionan con deidades protectoras de las comunidades llamadas apus o wamanis y sirven de marcadores territoriales e identitarios. También las montañas se perciben como reservorios de plantas y animales que pueden integrarse al universo de los humanos, al mismo tiempo que al conferirles sacralidad, se les dedican ofrendas y rituales que hacen patente dicha veneración. Ello puede apreciarse no solamente entre los grupos que habitaron bajo el dominio incaico, sino también en culturas anteriores como lo demuestran los hallazgos arqueológicos entre los mochicas.

Las montañas también se relacionan con lagunas y manantiales y sirven de lugares de contacto entre el mundo habitado por los humanos (kay pacha)con el mundo interior o uku pacha, habitado por seres muertos y los gérmenes o promesas de vida futura. Según Millones y Mayer, esta relación simbiótica entre lagos y montañas se muestra explícitamente en el documento de Huarochirí en el pasaje en que Pariacaca peleó contra Huallallo Carhuincho, reflejando el continuo batallar entre las etnias por los espacios y recursos. En la batalla final, el segundo se convirtió en fuego para quemar a su oponente, quien se transformó en lluvia y lo anegó, formando la laguna de Mullucocha. En el interior de ésta quedó sumergido el dios Huallallo Carhuincho y su santuario como fuego latente.

Es notable que la Mullucocha sea un cuerpo de agua continental que guarda en su interior una energía divina ígnea; sin embargo, su nombre, como lo señalan Millones y Mayer, alude al mullu, concha marina de tonalidad roja o colorada. Sin embargo, cabe señalar que aunque los autores del libro no profundizan en la relación que pueden tener estas conchas con el topónimo de esta laguna, una lectura alternativa de este pasaje mítico permite apreciar los juegos metafóricos a los que fueron tan aficionadas las sociedades prehispánicas de América, que fundían elementos opuestos y complementarios: una concha, fría y acuática por excelencia, con el color rojo, relacionado con el fuego y el calor. Es  probable que el nombre Mullucocha se refiera a ese fuego latente, sumergido en las profundidades del agua de la laguna.

Continuando con el libro, en el capítulo II, titulado “La fauna sobrenatural”, se aborda ampliamente a los animales como reflejos de la divinidad y no como mero retrato de los animales del mundo de los humanos, como el sapo, el zorro de arriba y el zorro de abajo, entre otros. Así, el tema central de este apartado son las características sagradas otorgadas a varios de los animales de acuerdo con su participación a favor o en contra de los dioses, así como su presencia en rituales y ceremonias.

Los autores nos indican que algunos animales fungen como servidores de las divinidades, como las aves tropicales, loros y caquis, que eran parte del cortejo de Huallallo Carhuincho y que a raíz de su derrota son expulsados a los bosques tropicales. Debido a que representan tiempos primigenios y el espacio selvático, las aves tropicales de colores siguen empleándose vivos o muertos en ritos actuales como parte de las vestimentas y atavíos de los chunchos.

Otro dios relacionado con las aves es Cuniraya Viracocha, quien puede tomar la apariencia de ellas y en un pasaje del escrito de Huarochirí se señala que introdujo su semen en un fruto de lúcuma para preñar a la diosa Cahuillaca, deseada por todas las otras deidades masculinas. Una comparación interesante de este pasaje que hacen los autores es con el Popol Vuh, donde también una diosa virgen resulta embarazada con el semen arrojado desde un árbol.

En este capítulo se resalta una segunda división de los animales en gratos e ingratos para el dios Cuniraya Viracocha en su búsqueda de Cahuillaca. Así, el cóndor, el puma y el halcón le dieron esperanzas de alcanzarla, mientras que la zorrina, el zorro y los loros le dijeron que no lo lograría. A partir de ello el dios bendijo a los primeros con beneficios y rituales que ahora gozan, mientras que maldijo a los segundos con problemas. Los autores también resaltan los animales entregados como tributo a los favorecidos, al puma le ofrece llamas como alimento, al cóndor le entrega vicuñas y guanacos muertos o cualquier animal silvestre y al halcón le promete que comerá picaflores y otros pájaros.

También se señala el origen de ciertos animales o características que tienen a partir de eventos sagrados. Por ejemplo, los peces se multiplicaron en el mar al arrojarlos Cuniraya al no encontrar a Cahuillaca por estar escondida en el fondo de ese espacio acuático. Por su parte, el zorro, al tratar de salvarse de la inundación que acabaría con el mundo, se mojó la cola, razón por la cual ella se ve más oscura que el resto de su piel.

Así mismo, algunos animales aparecen como profetas o mensajeros de eventos divinos, como la llama que avisó a su dueño que en cinco días el mar se desbordaría. Los autores relacionan este suceso con el diluvio universal, pero también podría estarse refiriendo a un tsunami, ya que es el mar desbordado y no la lluvia quien acabaría con el mundo.

También los animales intervienen en las pruebas que tiene que enfrentar Huatyacuri (hijo de Pariacaca) con su cuñado. Primero se convierte en un guanaco muerto para arrebatarles al zorro y a la zorrina la chicha en un porongo (vasija de forma globular), la antara y la tinya o tambor. Con estos instrumentos derrota en una prueba a su cuñado. Después con una multitud de serpientes y aves construye su casa y gana otra prueba. También los gatos monteses le ayudan al espantar al cuñado, destruir las cargas y tirar las llamas al precipicio. Todo ello hizo que el cuñado, asustado, se convirtiera en venado, subiendo a las alturas y desde entonces tiene vida montañosa. Relacionado con ello, también se indica que antes los venados devoraban hombres, pero a raíz de un suceso mítico, cambiaron los roles y ahora los seres humanos comen a estos animales. De esta manera, Millones y Mayer nos muestran los distintos giros y vueltas que da la historia sagrada y los valores y simbolismos que tienen muchos animales en el documento quechua.

En el capítulo III, “El puma, el cóndor y la serpiente”, los autores destacan que en el escrito de Huarochirí a estos tres animales se les concede especial importancia, pero en este apartado amplían y profundizan el papel que desempeñan en el relato mítico.

El puma fue beneficiado por Cuniraya para comerse las llamas de los hombres culpables y será muy amado. Si lo matan usarán su cabeza como disfraz en las fiestas y lo harán cantar o bailar y le dedicarán una llama sacrificada cada año. El detallado análisis filológico de los autores destaca que el acto de cantar o bailar del puma difiere de acuerdo con la traducción hecha por Arguedas o Taylor del verbo takiy, señalando que los vocabularios coloniales y otros documentos históricos permiten apoyar la versión de Arguedas en este evento.

Otro suceso en que el puma aparece como personaje principal es durante una de las destrucciones periódicas de la humanidad prehispánica, ya que al salvarse los animales, el primero en ser nombrado en el escrito es este felino. En otro evento posterior, las competencias de Huatyacuri y su cuñado, ambos aparecen acompañados de varios felinos para respaldar su poderío. El cuñado se presenta rodeado de pumas, pero el hijo de Pariacaca llega con un puma rojo que surge del fondo de un manantial, apreciándose la riqueza simbólica de los colores y relaciones entre fauna y espacios sagrados en el escrito de Huarochirí. Nuevamente el análisis filológico permite apreciar diferencias entre la versión de Arguedas y de Taylor con respecto a la contiendo de cantos con los felinos. En el primero se señala que cuando Huatyacuri y el puma rojo vivo cantaron, apareció un arcoíris, mientras que en el segundo autor, el hijo de Pariacaca usa la piel del felino rojo. En el párrafo citado por ambos traductores no aparece el concepto de “piel de puma” (pumapa qaran), por lo cual el uso de las pieles es una interpretación de Taylor que no está respaldada en la paleografía del documento.

También destacan la ausencia del jaguar en el relato mítico, lo cual podría deberse a que el puma simboliza a los Andes, el día y el sol por sus hábitos diurnos y su piel dorada, mientras que el jaguar se vincula a la selva amazónica, la noche, lo oscuro y lo húmedo por su hábito nocturno y su piel moteada. Llama la atención esta ausencia, ya que en objetos arqueológicos y representaciones en murales sí aparece el felino selvático, así como su mención en otros documentos coloniales, por lo cual su omisión del relato sagrado de Huarochirí puede deberse a un acto intencional del autor o autores del mismo.

En el caso del cóndor, se destaca su carácter sagrado por ser una de las aves más notorias del espacio andino. Millones y Mayer destacan que curiosamente aparece en el texto en tiempos de crisis, como cuando estaban por llegar los españoles referidos como huiracochas. También se presenta cuando Cuniaray Viracocha trata de alcanzar a Cahuillaca y le da esperanzas de lograrlo. Así mismo, el cóndor es de los animales que tenía dedicada una estrella en el firmamento.

También el cóndor aparece como parte de un topónimo muy importante en el nacimiento de Pariacaca, ya que de los cinco huevos incubados en Condorcoto nació esta deidad, la cual a su vez puso cinco huevos en una montaña de la que salieron cinco halcones. Estas aves se transfiguraron en cinco hombres que se echaron a andar y fundar cultos.

Aunque sobre esta majestuosa ave no se profundiza mucho en el relato sagrado, los autores también destacan el papel que tiene en varias fiestas y ceremonias religiosas en los Andes, destacando la famosa yawar fiesta. También explican a qué se refieren en la zona andina cuando uno “come con boca de cóndor”, ya que esta ave come con tanto cuidado y deja totalmente limpios los huesos de los animales muertos de los que se alimenta, que es una cortesía ineludible de parte de los invitados imitar esta conducta.

Finalmente aparece la serpiente como un ser poderoso pero subordinado a los dioses mayores y no siempre eficaz, como cuando Cuniraya encuentra a las hijas del dios Pachacamac resguardadas por este reptil. También se le asocia con los males que padecía el suegro de Huatyacuri, ya que una serpiente vivía en la cima de su casa como castigo por adulterio. Revelado el secreto, logran extraer y matar a dos serpientes (no una). Así mismo, las serpientes ayudan al hijo de Pariacaca a construir su casa en una sola noche para ganarle una prueba a su cuñado. Estas sierpes también ayudan en la construcción y trazado de un acueducto que Pariacaca ordenó que se hiciera para hacer fluir el agua sobre tierras para la agricultura.

La participación de los ofidios también se da en la batalla entre Pariacaca y Huallallo Carhuincho, cuando este último hizo surgir a la serpiente amaru de dos cabezas para tratar de derrotar a su oponente, pero Pariacaca la atravesó con su bastón y la enfrió hasta convertirla en piedra. Millones y Mayer destacan que amaru también se refiere a un concepto de dimensiones sagradas que no siempre se refiere a las víboras, sino también a otros animales colorados o de color rojo (cerdos, toros, lagartos y lagartijas) que emergen de lagos, manantiales o cuevas. Así, representan animales sagrados del borde oriental de los Andes, pero también a viejos rivales de los incas por su color y asociación a Huallallo Carhuincho y el fuego dentro del agua.

También nos señalan las transformaciones semánticas y simbólicas que han tenido estos tres animales durante la colonia y la época actual en los Andes, considerándolas dañinas o demoniacas, en especial las serpientes.

Finalmente, en el último capítulo que son las conclusiones, Millones y Mayer destacan las dificultades que tuvieron los españoles al querer establecer equivalencias entre lo que conocían en el Viejo Mundo y el Nuevo Mundo, las cuales se volvían abismales sobre todo cuando querían abordar lo sobrenatural.

También destacan varios aspectos temáticos del relato sagrado de Huarochirí, como el simbolismo de los colores y sus jerarquías, en especial el rojo, ya que éste aparece relacionado con los eventos más importantes del relato y ello le confiere una predilección entre los dioses y hombres. Quizás ello explique por qué los dioses prefieren comer el mullu (conchas rojizas de Spondylus procedente de las aguas tropicales al norte de Tumbes)como Macahuisa y Pariacaca, o que les dediquen ofrendas en este material como a Huallallo Carhuincho.

Los autores dejan abierta la pregunta sobre cuál habrá sido la escala de preferencias de los otros colores y la presencia de algunos seres fantásticos que no se sabe a qué se refieren en la realidad, como el hui, un animal misterioso que apareció en las montañas de Pariacaca por mandato de Huallallo Carhuincho y que fue apresado y muerto por un hombre de Checa, lo que le confirió el poder de especialista religioso.

Para concluir, podemos destacar que este libro, de ágil lectura, es una ventana al bestiario fantástico del mundo andino y que la riqueza de información tanto del relato de Huarochirí como de las fuentes históricas, etnográficas y arqueológicas empleadas por Millones y Mayer para reforzar o complementar las interpretaciones que hacen de distintos pasajes del mito, permiten apreciar y esbozar el simbolismo otorgado a la fauna sagrada andina y que ello puede remontarse en el tiempo a la época prehispánica.



[i] Luis Millones y Renata Mayer,  Lima, IEP-IFEA, 2012.

 

Cómo citar este artículo:

Melgar Tísoc, Emiliano Ricardo, (2013) “La fauna sagrada de Huarochirí”, Pacarina del Sur [En línea], año 4, núm. 15, abril-junio, 2013. ISSN: 2007-2309. Consultado el

Consultado el Domingo, 18 de Agosto de 2019.
. Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.comindex.php?option=com_content&view=article&id=702&catid=12

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