Pacarina del Sur
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Reseña del libro El último Inquisidor, de Jorge Andrés Hernández [1]

Miguel Ángel Beltrán V. [2]

RECIBIDO: 20-06-2014 ACEPTADO: 01-07-2014

 

Desde la publicación del libro el pensamiento colombiano en el siglo XIX del reconocido historiador Jaime Jaramillo Uribe, hace ya más de medio siglo, son pocas  las obras que abocan el estudio de las historia de las ideas políticas en Colombia. Esta escasez de investigaciones en este campo se ha visto compensada, sin embargo, con la publicación de valiosos trabajos que han brillado por su rigor académico. Tal vez sea importante señalar aquí las obras pioneras de Gerardo Molina sobre las ideas Liberales y socialistas en Colombia; el libro de Javier Ocampo López en torno al proceso político e ideológico de la emancipación; y las aportaciones del filósofo Rubén Sierra Mejía en relación a algunos pensadores del Siglo XIX. Sin duda el campo ha ido creciendo con las contribuciones hechas por Renán Silva sobre el pensamiento ilustrado en la Nueva Granada, así como las biografías políticas elaboradas por Renán Vega (& Orlando Villanueva), y James Henderson, la primera alrededor de la figura del anarquista Biófilo Panclasta y la segunda sobre el político conservador Laureano Gómez.

Más recientemente una corriente de jóvenes investigadores ha incursionado por esta ruta investigativa a través de lo que hoy se conoce como la historia intelectual, en la que resultan pioneros los trabajos del ya fallecido filósofo Rafael Gutiérrez Girardot. Cabe destacar aquí las aportaciones de Juan Guillermo Gómez, Rafael Rubiano y Germán Alexander Porras. Es en esta última generación de investigadores donde inscribo el aporte de Jorge Andrés Hernández; quien ha sumado a su actividad como abogado su formación como filósofo. No es un azar que el libro que presentamos lleve en su tapa interior -de manera un tanto discreta y como si las exigencias del mercado editorial así lo condicionaran: las ideas de Alejandro Ordóñez. El último inquisidor; y menos aún, como lo reconoce su autor, que esta publicación haya sido motivada por nuestro apreciado colega Juan Carlos Celis, coorganizador del Congreso de Historia Intelectual celebrado en Medellín.

Ahora bien, aunque el libro que aquí reseñamos se agrega a una tradición ya existente en el campo de la historia de las ideas, hay varios aspectos novedosos que vale la pena resaltar del mismo: en primer lugar el hecho que el autor aboque el estudio del pensamiento de una figura que representa las ideas del campo intelectual de la derecha. Habitualmente los investigadores de las Ciencias Sociales nos hemos inclinado más por el estudio de las ideas que han estado vinculadas a los procesos de cambio y, habitualmente, solemos dejar de lado el estudio del ideario conservador y de la derecha. En parte porque –como lo ha explicado el gran historiador argentino José Luis Romero- este pensamiento de la reacción suele aparecer subsumido tras la acción política directa; pero también por un cierto prurito intelectual que nos ha predispuesto frente a este mundo de ideas, sin que esto signifique que proliferen las investigaciones sobre la misma izquierda.


Ya antes los historiadores James Henderson y César Ayala, han venido incursionando de manera polémica en este campo con las biografías de dos figuras que marcaron la escena política colombiana de la primera mitad del siglo XX: me refiero a Laureano Gómez y Alzate Avendaño respectivamente; pero -y este es el segundo mérito que habría que destacar del libro- Jorge Andrés no centra su interés en un personaje del pasado sino que incursiona en el mundo intelectual de  una figura pública que si bien no tiene las dimensiones intelectuales de los políticos conservadores ya citados, su ideario está presente en el horizonte de la discusión político ideológica actual, por tratarse de un funcionario que desde las instancias de poder ha perseguido y sigue persiguiendo con sus acciones disciplinarias a políticos de la oposición, servidores públicos y académicos críticos.

En este sentido, El último inquisidor es un libro valiente que asume seriamente el compromiso ético del intelectual de contribuir con  sus reflexiones al análisis de la realidad social, en un país donde este ejercicio crítico es cada vez más difícil por la preponderancia de un pensamiento hegemónico, que no se mide a la hora de aplicar mecanismos para silenciar a quienes piensan de manera diferente. Esta preocupación por arrojar luces sobre el momento actual está expresada en las primera páginas de la obra donde el autor expone claramente que uno de sus objetivos es “contribuir a una mejor comprensión social y política del momento histórico colombiano, que se debate entre dilemas trascendentales: paz o guerra, pluralismo o unanimidad moral, democracia autoritarismo, reformas o reacción” (p.24).

No se trata pues de un libro que  se haya escrito desde la postura del intelectual que encerrado en la torre de marfil de su conocimiento contempla pasivamente la sociedad. Por el contrario es un texto de batalla, que recurre a la ética del diálogo, en el mejor espíritu habermasiano, que considera que “las argumentaciones van per se más allá de los distintos mundos de vida particulares” y que está convencido de la universalidad dialógica que incluya “en su seno a todos los sujetos capaces de actuar y de hablar…”

Pero este compromiso con el presente –y aquí resalto otra de las grandes virtudes del libro- no le hace el juego a las trampas de un análisis coyuntural que desligado de las consideraciones de larga duración, no ve más allá de lo que Braudel calificaba “la espuma de la historia”, sino que proyecta su mirada a un horizonte muy amplio que nos  remite hasta los confines mismos del ocaso del proyecto medieval y el surgimiento de la modernidad. Esa misma que el sociólogo alemán Max Weber asoció con el desencantamiento del mundo y de la cual Carlos Marx sentenció en el Manifiesto Comunista había destruido “las abigarradas ligaduras feudales que ataban al hombre a sus superiores naturales”

El libro parte de una imagen muy apropiada que de manera inmediata atrapa al lector: la boda  de Nathalia (sic) Ordoñez Hernández, hija del Procurador Alejandro Ordoñez, con Daniel Palis productor ejecutivo de RCN. Con habilidad narrativa el autor va develando en el seguimiento de este ceremonial los símbolos del poder, a través de sus ausentes y asistentes; del escenario y de los rituales que la acompañaron para concluir que “fue una demostración de poder contundente y explícita. [donde] El escenario sagrado (festividad de la Purificación de la Santísima Virgen María, templo colonial virreinal, misa tradicional, música sacra e imperial, autoridad eclesiástica, ángeles y demonios con gustos musicales excelsos) sirvió de marco exquisito para expresar una idea muy propia de un lefebvrista católico como Alejandro Ordoñez” (p. 32).

Sin duda la “boda real” como intitula nuestro autor esta parte introductoria del libro, nos evoca aquellas escenas surrealistas del “discreto encanto de la burguesía”, donde el mundo de la realidad parece confundirse con el universo de los sueños, en este caso el universo onírico de un personaje de carne y hueso, que en pleno siglo XXI se quedó atrapado en las coordenadas temporales del medioevo; y cuyas fantasías restauradoras cobran vida en una ceremonia a la cual asisten los más excelsos representantes de las élites políticas confirmando una vez más que la  modernidad en Colombia sigue siendo un proyecto postergado.

En las páginas siguientes, el autor nos ofrece un marco contextual que resulta fundamental a la ahora de comprender cabalmente el pensamiento de Alejandro Ordoñez; se trata de la contraposición entre el orden cristiano medieval y la modernidad. En la reconstrucción de estas coordenadas históricas la presencia del ya citado historiador argentino José Luis Romero resulta visible, particularmente por su interpretación de las tesis desarrolladas en sus conocidos estudios sobre la mentalidad burguesa y la Edad Media y la revolución burguesa en el mundo feudal.

Queda así demarcada categóricamente la lucha de ideas que enfrenta las concepciones teocéntricas, basadas en la presencia de una mentalidad trascendente; la visión de una sociedad dual y jerárquica; la persecución a la herejía, el ensalzamiento del espíritu cruzado y la persecución inquisitorial; con aquellas concepciones asociadas a la modernidad signadas por las visiones antropocéntricas; el reconocimiento de la ley positiva y la dignidad humana; la secularización de la sociedad, la mentalidad profana, la apuesta por una transformación social, la separación de la Iglesia y Estado, la consagración de las ideas democráticas y la consagración del tribunal de la razón como criterio de verdad.

Jorge Andrés nos ilustra punto a punto como la mentalidad del señor procurador, a través de sus actuaciones y su nostalgia antimodernista, enfrenta los rasgos fundamentales del proyecto moderno. Esto se observa claramente en su rechazo a las visiones que ubican al hombre como centro del universo, su defensa del origen divino de las normas, el rechazo a la supremacía del orden constitucional como ley fundamental y superior; su condena al homosexualismo y a la libertad sexual que califica como expresión del “libre desarrollo de la animalidad”; sus consideraciones de que el mundo y la sociedad son desiguales por naturaleza; su apuesta por reconciliar las ideas católicas y el Estado;  el sometimiento de las autoridades terrenales a las autoridades divinas; el rechazo a la voluntad popular, y sus consideraciones acerca de que la democracia no puede ser un estándar moral. Para concluir que Ordoñez sostiene al igual que sus maestros espirituales cómo la soberbia de la razón ilustrada constituye un desafío a Dios y un intento por colocarse a su nivel.

Luego de trazar este contexto histórico ideológico, que sirve de brújula a los lectores para adentrarse en los tres capítulos siguientes Jorge Andrés elabora una instantánea de las ideas del procurador Alejandro Ordoñez, a partir de tres ejes ordenadores:  como fundamentalista católico, como monarquista carlista y como cruzado contra la democracia liberal. Es precisamente en estos tres acápites donde se nos revela con fuerza y profundidad la radiografía mental del procurador Alejandro Ordóñez.

En relación al primer aspecto, esto es su fundamentalismo católico, no estamos ante un simple epíteto que pretende descalificar las convicciones religiosas del procurador, pues si algo caracteriza el libro de Jorge Andrés es su rigurosidad a la hora de justificar teóricamente y con hechos cada una de sus afirmaciones. Es por ello que sus alusiones al fundamentalismo van más allá de las nociones que el uso del lenguaje cotidiano le atribuye, para rastrear los orígenes del concepto mismo, en su raíces etimológica latinas y que permiten asociar el fundamentalismo con la defensa de un principio (fundamento) como el único verdadero y ampliar sus connotaciones a su acepción más precisa que lo define como una postura religiosa o ideológica “que se posiciona contra la modernidad y pide un regreso a las raíces (fundamentos) de dicha religión o ideología”(p. 60 y 61).

En ese sentido el autor relaciona el fundamentalismo con el debate teológico interno de la iglesia protestante de Estados Unidos a finales del siglo XIX y principios del XX y por esta vía trata de desentrañar los planteamientos del fundamentalismo católico, en ese mismo período, como expresión de una fuerte tensión entre la fe católica y la modernidad; debates éstos que cubren un poco más de un siglo, desde la celebración del Concilio Vaticano I convocado por Pio IX, y el aggiornamento de la Iglesia católica que, desde finales de los años cincuenta y comienzo de los sesenta, abre las puertas para un diálogo con las nuevas realidades sociales, a través de las polémicas decisiones tomadas por el Concilio Vaticano II y sus reacciones conservadoras en cabeza de Marcel Lefebvre quien invocando “la fidelidad a la tradición y los fundamentos ‘eternos’ de la doctrina y la práctica de la Iglesia Católica” defiende la misa tridentina y rechaza de manera categórica el ecumenismo, la  libertad religiosa y la democratización de la Iglesia”, consagradas por este último Concilio.

En este capítulo algunos lectores quisiéramos ver reflejados con mayor intensidad los debates que a este respecto se suscitaron en el seno de la sociedad colombiana y que comprometió entre otros políticos y eclesiásticos  a Miguel Antonio Caro, Rafael María Carrasquilla y Rafael Uribe y Uribe. Este último autor de un conocido escrito: De como el liberalismo político colombiano no es pecado; y que desde sus párrafos iniciales advierte  a su lectores que “la sola enunciación del tema que habrá de ser materia de este trabajo podría hacer sonreir en otro país que no fuese Colombia, pero aquí sabemos que no se trata de una disertación teórica sino de la cosa más seria del mundo, directamente conexionada con la vida real, inquieta, dolorosa y miserable que se hace llevar a una gran parte de la población de nuestro país” (Rafael Uribe Uribe, 1912, p. 3)

Una preocupación que un siglo después sigue siendo válida en un país que hasta 1991 estuvo consagrado al sagrado corazón de Jesús y donde hoy día las  tarea de “vigilar el cumplimiento de la constitución, las leyes, las decisiones judiciales y los actos administrativos; proteger los derechos humanos y asegurar su efectividad, y defender los intereses de la sociedad” (Art. 277 de la Constitución Nacional) se encuentra en manos de un activo militante de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, y discípulo del arzobispo Marcel Lefebvre cuyos fallos y decisiones están  profundamente condicionados por su fanatismo religioso, como lo coloca de presente este libro que aquí presentamos.

Pero este retrato quedaría incompleto si no se complementa con el perfil monarquista carlista de Alejandro Ordoñez, quien en el 2008 fuera nombrado “caballero de la orden de la legitimidad proscrita por parte de ‘su altea Real” don Sixto Enrique de Borbón, líder de la agrupación Política Comunión Tradicionalista”. Justamente este es el objetivo que se propone el autor en este segundo capítulo, donde se  examina el ideario monarquista y restaurador de Alejandro Ordoñez.

Para estos efectos, Jorge Andrés nos traza primero las líneas argumentales del derecho divino de los reyes defendido por el mundo cristiano occidental que parte de considerar el origen sagrado e incuestionable de toda autoridad y que ha tenido continuidad en el grupo carlista hispánico Comunión Tradicionalista en el que milita Ordoñez. Las páginas dedicadas a esta reflexión Ilustran con lujo de detalles esta ideología jurídica de Ordoñez en contra vía al constitucionalismo colombiano de 1991, tesis que ha defendido vehemente en sus cátedras impartidas en las Universidades Santo Tomás, Católica de Colombia, San Martín y Sergio Arboleda.

El autor demuestra como esta fundamentación jurídica que defiende el procurador conduce al desacato del “orden constitucional y las decisiones del máximo tribunal constitucional colombiano para imponer su ideología personal so pretexto de actuar bajo misión divina” (p.98). Su convicción jurídica de que cuando se exige “algo que repugna abiertamente al derecho natural o al derecho humano, pues se debe obedecer a Dios antes que a los hombres” lo ha llevado a desafiar abiertamente la jurisprudencia de la corte constitucional en temas como el aborto y la igualdad de parejas homosexuales.

Finalmente, en un último capítulo Jorge Andrés nos hace una exhaustiva presentación de Alejandro Ordoñez como “un cruzado contra la democracia liberal”, trayectoria que se manifiesta desde sus años juveniles cuando participó en la quema pública de libros considerados “libertinos e impúdicos”, en el parque San Pío X de Bucaramanga; explora luego el ideario de la agrupación “Tradición, Familia y Propiedad”, impulsora de este acto de bibliocastia, a través del pensamiento del periodista y escritor brasileño Plinio Correa de Oliveira, quien fuera el fundador de esta organización  que rechaza abiertamente el igualitarismo, el agnosticismo y el socialismo moderno, y que ha liderado campañas contra el aborto, el matrimonio de homosexuales, la reforma agraria y el comunismo.

A través de escritos y documentos  salidos de la precaria pluma del Procurador, Jorge Andrés nos demuestra las simpatías que ha tenido Alejandro Ordoñez por los regímenes dictatoriales y su abierta condena a los valores democráticos, de los cuales afirma que “Como consecuencia de estos falsos principios vemos hoy en los estados modernos, la pornografía imperando sin trabas, toda censura teatral, cinematográfica o de prensa rechazada como algo medieval y cavernario, la homosexualidad reclamando sus derechos y el aborto ya aceptado en muchas naciones como el derecho a la libre maternidad”(p.128)

Esta última cita que he transcrito textualmente es tomada de su tesis de grado “Los presupuestos fundamentales del estado católico”, presentada para optar su título de Derecho en la Universidad Santo Tomás en 1979,  la cual tiene como marco conceptual la teología política y que constituye una de las fuentes documentales privilegiadas por nuestro autor para rastrear el pensamiento de Ordoñez, junto con otra serie de escritos como “El Nuevo Derecho, el Nuevo Orden Mundial y la Revolución Cultural” y su libro “Hacia el Libre Desarrollo de Nuestra Animalidad”

Para cerrar la presentación de este libro, no quisiera terminar sin referirme al breve prólogo que acompaña esta edición y que ha sido encargado al hoy restituido alcalde de Bogotá, Gustavo Petro. Nuestra solidaridad incondicional y nuestro repudio por la infame persecución de que ha sido objeto por parte de la Procuraduría General de la Nación, no nos exime de expresar nuestros planteamientos críticos frente al mismo, ya que allí básicamente se ocupa de reiterar los argumentos que llevaron a respaldar con su voto la elección del actual procurador general de la Nación. En él afirma que lo hizo “convencido de que se trataba de una apuesta decidida por la defensa del pluralismo político y como punto de partida para los acuerdos allí planteados” y agrega que en sus ponencias y sentencias como magistrado del Consejo de Estado no encontró “evidencias de su fanatismo religioso”. Sorprende que haya sido así, y nos parece legítimo preguntarnos si para el 2008, cuando la bancada parlamentaria del ex presidente Álvaro Uribe, decidió esta elección eran tan desconocidas las actuaciones públicas del entonces ex magistrado y ex presidente del Consejo de Estado, Alejandro Ordoñez. Una rápida revisión de la prensa del momento refuta dichos argumentos.

Finalmente quiero señalar  que esta corta reseña del libro de nuestro colega Jorge Andrés no pretende sustituir su lectura y sí llamar la atención sobre un serio trabajo de investigación y reflexión que nos arroja luces sobre las matrices de ideas que han configurado la cultura colombiana en la última centuria. Alguna de sus tesis, sin duda son polémicas  y otras podrían tener una mayor sustentación, pero ¿Qué libro que aspire a dejar su huella intelectual –y estoy seguro que el de Jorge Andrés está destinarlo a serlo- podría sustraerse de estas consideraciones?



[1] Bogotá: Ediciones B, 2014, 157 págs.

[2] Profesor Asociado, Departamento de Sociología Universidad Nacional de Colombia. Sociólogo, Maestría en Ciencias Sociales (Flacso-México). Doctor en Estudios Latinoamericanos; Universidad Nacional Autónoma de México. Coordinador del Grupo de Investigación: “América Latina: Transformaciones, Dinámicas Políticas y Pensamiento Social”.

 

Cómo citar este artículo:

BELTRÁN V., Miguel Ángel, (2014) “Reseña del libro El último Inquisidor, de Jorge Andrés Hernández”, Pacarina del Sur [En línea], año 5, núm. 20, julio-septiembre, 2014. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Viernes, 23 de Agosto de 2019.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.comindex.php?option=com_content&view=article&id=993&catid=12

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