Pacarina del Sur
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El silencio en Eugenia (1919)

The silence in Eugenia (1919)

O silêncio na Eugenia (1919)

Alfredo Bojórquez Cámara[1]

RECIBIDO: 17-10-2016 APROBADO: 10-12-2016

Resumen

Resumen: En la presente investigación, siguiendo algunas sugerencias de Gayatri Spivak en ¿Puede hablar el subalterno? (1998), hago un contraste entre los personajes que tienen la posibilidad de hablar en Eugenia (1919) de Eduardo Urzaiz, la primera novela mexicana de ciencia ficción. Con ello reviso de qué manera el discurso cientificista, la eugenesia y el racismo operaban en la utopía del psiquiatra que fundó la Universidad Autónoma de Yucatán y fue parte fundamental del socialismo de Felipe Carrillo Puerto.

Palabras clave: Utopía, eugenesia, ciencia ficción, narrativa, racismo.

 

Introducción

Ts’o’ok u jayikuba áak’ab t óok’ol, le soots’o’ jach u ts’aamaj

u yóol u p’áa’t ch’ench’enkilil, taak u kaxtik wa máakalmáak

ti’ in náayo’ob chéen etas ku popokxiik’o’ob utia’al u ts’u’uts’ej,

ba’ale’ in k’aa xa’ak’bes u tuukul, u k’aayil ikil in wúuntik tin

k’aan u taakil in wok’ol tumeen ma’ bíin chakchajak ten u nak’ ka’ani’.

U y’ook’otilo’ob áak’ab, Isaac Esau Carrillo Can.

 

Sobre la novela Eugenia. Esbozo novelesco de costumbres futuras (1919) del médico yucateco Eduardo Urzaiz Rodríguez sólo se supo lo que indicaban los prólogos a sus diferentes ediciones tanto en Yucatán como en la Ciudad de México durante todo el siglo XX. Empieza a mencionarse en algunas historias de la ciencia ficción mexicana (Fernández Delgado, 2001; Fernández B, 2010; Haywood Ferreira, 2011) a principios del siglo XXI. Por ejemplo, en Visiones Periféricas, la antología de Fernández Delgado (2001: 8), se considera la “primera novela mexicana de ciencia ficción”, y que “son inquietantes las semejanzas de esta obra con Un mundo feliz, de Aldouz Huxley”, teniendo en cuenta que la última fue publicada 13 años después.

Además de la investigación sobre “Los inicios de la novela de ciencia ficción en México. La obra narrativa de Eduardo Urzaiz y Diego Cañedo” que publicó en 2015 Javier Ordiz Vázquez; sólo existe un ensayo que atiende exclusivamente nuestro tema de investigación: “Eduardo Urzaiz’s Eugenia: Eugenics, Gender, and Dystopian Society in Twenty-Third-Century Mexico” de Aaron Dziubisnkyj  publicado en 2007.

Los trabajos de Dziubinskyj y Ordiz Vázquez tienen en común considerar Eugenia una novela de ciencia ficción distópica y racista, proveniente de las propuestas del control estatal que nacen en una tradición literaria, en el sentido de Antonio Candido, que puede tejerse, como también lo señala Fernández Delgado, desde La República de Platón. Como veremos más adelante, esta investigación está de acuerdo con la crítica en cuanto al tema racial, sin embargo, Eugenia aquí es considerada una utopía.

Dziubinskyj ubica Eugenia dentro de las 42 narraciones de ciencia ficción eugenésica que se publicaron a finales del siglo XIX y principios del XX, agrupadas por Everett F. Bleiler (1990), con las que Eugenia comparte la desaparición del estado para darle paso a una única federación, el darwinismo social, la veneración al género femenino y la humillación de razas no-caucásicas. Ordiz la coloca en medio de En la sangre (1887) de Eugenio Cambaceres y Castigo! (1926) de Félix Palavicini. Tomando en cuenta ambas tradiciones, este trabajo pretende sumar la relación de la novela con la literatura naturalista sudamericana y el pensamiento nuestroamericano.

Aunque ambos ensayos tienen un enfoque historiográfico e intertextual que fundamenta el contexto literario en el que se encuentra la novela, los investigadores arrojan luz sobre otras problemáticas del texto. Dziubinskyj (2007:468) se pregunta si Eugenia está escrita desde el punto de vista satírico con el que el Dr. Urzaiz solía burlarse de los religiosos en su columna “Novísimo año cristiano comentado por un libre pensador” en la revista La hoja de parra, una de las preguntas que este estudio intenta resolver; sin embargo, el investigador mencionado se equivoca al creer que Eugenia es el único trabajo de ficción del autor, pues existen varios cuentos de su autoría. Por su parte, Ordiz resalta la ausencia de los indígenas en la obra, otro aspecto sobre el que busca ahondar el presente trabajo.

Además de lo anterior, esta investigación parte de la ausencia de tesis o libros completos sobre la novela. Lo mismo le pasa a la biografía del autor, pues sólo se cuenta con la que escribió su hijo, Carlos Urzaiz Jiménez: Oficio de mentor, publicada en 1996 por la Universidad Autónoma de Yucatán, que, junto al Gobierno del Estado, se ha encargado de las reediciones que se hicieron de Eugenia en 1947 y 1976 en Yucatán, año en el que gobierno de Yucatán también hizo una antología de sus colaboraciones a Orbe, que fue la revista de la Universidad Autónoma de Yucatán durante sus primeras décadas de existencia. A éstas hay que sumarle las ediciones de Eugenia que realizó la Matraca en 1982, y la Colección Licenciado Vidriera de la UNAM en 2002, en la Ciudad de México. El trabajo periodístico de Eduardo Urzaiz tampoco ha sido estudiado, pues su columna en La hoja de parra y sus colaboraciones a Tierra, el periódico oficial del Partido Socialista del Sureste, no se han recopilado ni estudiado; lo mismo sucede con los artículos científicos y los cuentos de Eduardo Urzaiz, que la crítica no conoce. Esta investigación, además de responder algunas de las preguntas del estado de la cuestión,  tiene el propósito de contextualizar algunos argumentos, personajes y espacios de la novela. Esto con el fin de ubicar las coordenadas que la crítica no ha podido identificar, y sus diferentes planos en el panorama literario y argumentativo de la época. Este trabajo buscar colocar un ladrillo más en los cimientos de la historiografía literaria de la ciencia ficción mexicana.

 

El texto

No es ilusión la utopía, sino el creer que los

ideales se realizan sin esfuerzo y sin sacrificio.

Pedro Henríquez Ureña

 

La novela está situada en el año 2218, en la ciudad de Villautopía, que puede reconocerse sin mucha dificultad como Mérida, presentada dentro del texto como la capital de la Subconfederación de la América Central. Se trata de un triángulo amoroso. Ernesto y Celiana viven un romance que se interrumpe cuando él conoce a Eugenia. El embarazo de la última es el motor del abandono de Celiana, quien se refugia en el consumo de mariguana para sobrellevar la ruptura. Eugenia (1982: 76) se publica al terminar la “gran guerra europea de principios del siglo XX” y la Revolución Mexicana, y cuando el Partido Socialista del Sureste triunfó en Yucatán. El autor contrasta este momento histórico en su relato, pues se trata de una sociedad del futuro que apostó por la paz. Quedan abolidas las fronteras, el nacionalismo, se vive “el desarme universal”, desaparecen las religiones y en su lugar se coloca el Neoteosofismo[2]. El dinero que los villas se ahorran en la guerra está destinado al progreso social. La explotación y distribución de los recursos está controlada por un Estado poderoso y económicamente equitativo. Es por eso que Ordiz asegura que Eugenia se encuentra dentro de las utopías socialistas equiparándola a Looking backward: 2000-1887 (1888) de Edward Bellamy.

Además de controlar los recursos naturales, el Estado de Villautopía controla la natalidad del modo que lo soñó la eugenesia: esterilizan a los deformes, o quienes representen algún tipo de problema de nacimiento, mientras que a los mejores dotados genéticamente se les obliga a fecundar a mujeres seleccionadas. Pero Urzaiz va más allá en su novela: el óvulo fecundado se encuentra en el varón, quien se encarga de desarrollar el embarazo. La eugenesia, filosofía social recurrente en los científicos de la época de Urzaiz y a la que se le debe el nombre de la novela, logra vaciar las cárceles de Villautopía. Lo mismo en hospitales y manicomios, prácticamente erradican las enfermedades y la desaparición de la maternidad abre paso hacia la suplantación de la familia por el grupo, consolidado por afinidad de intereses como veremos más adelante en los artículos del doctor Urzaiz. El grupo al que pertenecen los protagonistas aparece en el capítulo II:

Celiana era la inteligencia directora, el centro del sistema; Ernesto, la cifra de todos sus cariños; Consuelo y Federico eran el rayo de sol, la poesía de la casa, y Miguel, el amigo seguro y leal; el consultor que resolvía los casos difíciles con su admirable sentido práctico y su gran experiencia en la vida. El bienestar económico suavizaba los ejes de este sencillo mecanismo y facilita su armónico funcionar. (Urzaiz, 1982: 26)

Eduardo Urzaiz
Imagen 1. Eduardo Urzaiz. www.informaciondelonuevo.com/

Así quedan delineados dentro de la novela el grupo que protagoniza la trama. En un inicio Miguel es el amante de Celiana, pero en el segundo y tercer capítulo lo empieza a ser Ernesto. Miguel es un poco mayor que todos los demás; Ernesto, Federico y Consuelo rondan la misma edad. Del fragmento señalado, la última frase deja ver cierta perspectiva de clase social en el narrador. Pues sin el privilegio económico, nos sugiere, el mecanismo difícilmente sería armónico. Perspectiva que, como después revisaremos, nos sugiere la visión política de Urzaiz.

 

El autor y su época

y viniste a refugiarte en mis palmares
bajo el cielo de mi tierra, de mi tierra tropical.

“Peregrina”, Palmerín y Rosado Vega

 

Eduardo Urzaiz Rodríguez nació en Guanabacoa, Cuba, en 1876 y falleció en 1955 en Mérida, Yucatán. Por cuestiones de espacio no entraremos a la discusión de si se trata o no de un autor mexicano, mas Eugenia fue producida en México, y como lo ha hecho la crítica hasta ahora, la consideramos una obra mexicana, además de que aclarar una cuestión como esa no aportaría argumentos útiles a los objetivos de esta investigación.

Como científico y educador, Eduardo Urzaiz fue colaborador de los gobiernos constitucionalistas y socialistas de Yucatán: el de Salvador Alvarado (1915-1917) y el de Felipe Carrillo Puerto (1922-1924). Fue parte del Partido Socialista del Sureste toda su vida. Combatió el dogma religioso desde una postura cientificista, como puede verse en la columna mencionada por Dziubisnkyj, donde se burlaba de religiosos y conservadores. Por eso fue acusado de “ateo, hereje, anda metido en tratos con el diablo” por las personas que, -según señala su hijo, Urzaiz Jiménez (1996: 40) -, nunca le perdonaron el establecimiento de la educación mixta. Él estaba completamente consciente de esto, como se deja ver en el prólogo de la novela:

Estoy seguro de que muchos individuos, de esos que se consideran los únicos usufructuarios legítimos del sentido común, exclamarán escandalizados al leer mi libro: “¡Pero está es la obra de un loco!”

Médico soy de locos, y nada tendría de extraño que, en los catorce años largos que llevo tratando a diario con ellos, algo se me hubiese pegado de sus delirios y manías. Yo, como es natural, me tengo por sano y cuerdo; y como, por otra parte, he conocido y conozco enajenados que escriben muy bella y razonadamente, ni me asombro ni me ofendo porque mi obra sea calificada de tal manera. (Urzaiz, 1982: 11)

 

Eduardo Urzaiz se graduó de la Facultad de Medicina con una tesis titulada “Desequilibrio Mental” que lo hizo merecedor de un apoyo estatal con el que estudió psiquiatría en Nueva York. Tenía una relación particular con los desequilibrios mentales. A lo largo de su vida fue profesor de la Escuela Normal Superior, maestro de la facultad de medicina y unos de los precursores de la cesárea en México y América Latina. Urzaiz, es un médico a la manera en que Ángel Rama lo señala en la Ciudad Letrada, “los médicos, frecuentemente más entrenados en las artes literarias que en la anatomía o la fisiología humanas”[3]. Siguiendo a Rama y, como se verá detenidamente después, encontramos que esta particularidad explica el uso de una lengua cortesana, que también tenía una función pública, en las letras del médico yucateco.

Por otro lado, los autores de la novela naturalista a finales del siglo XIX en Argentina, -del mismo modo que Urzaiz en Yucatán al inicios del XX-, “no eran escritores profesionales, sino ‘políticos, militares y diplomáticos, estancieros abogados o médicos, catedráticos, periodistas’. y la mayoría de ellos desempeñaban varias funciones a la vez”[4] Dicho de otro modo, “la literatura no era oficio sino privilegio de la renta. Eran, pues, gentlemen-escritores”[5]

Puesto que muchos autores naturalistas eran médicos y juristas [al igual que Urzaiz], la realidad extraliteraria estaba transformándose, asimismo, por su actuación pública. La mayoría de los autores naturalistas provenía del sector dominante de la sociedad o se identificaba con ella, pero adoptaron posiciones distintas: una posición crítico-cultural de índole reformista y otra de índole conservadora[6]

 

De lo anterior “resulta la particularidad de que el capital simbólico adquirido con la literatura tenía en Hispanoamérica igualmente valor en los otros campos – el campo político, científico, jurídico, etcétera”[7] En esa tónica, Urzaiz, “como Podestá y Sicardi, [tenían] puestos directivos en dependencias de salud pública, en hospitales y asilos mentales”, lo cual nos invita a pensar en la función que ha tenido, para el caso particular de Eugenia, la ficción científica como válvula de escape de la divulgación científica o la participación política, como también sucedió en Yucatán con Sizigias y cuadraturas lunares (1775)[8], del Manuel Antonio de Rivas, que según Dziubisnkyj es el primer cuento de ciencia ficción de América Latina[9].

La novela naturalista hispanoamericana no afirma solamente la modernización, sino que la pretensión científica vincula la modernidad estética estrechamente a la tecnológico-social, y los autores comparten el deseo y el objetivo de participar activamente en la modernización/modernidad hispanoamericana: la muerte de los enfermos, decadentes, degenerados y demás marginados restablece la armonía que constituye la base necesaria para la modernización[10]

 

Urzaiz también es partícipe de la modernización de Yucatán; fue funcionario público de la educación y la salud, y fundador de la Universidad Nacional del Sureste, que después será la Universidad Autónoma de Yucatán. Es decir, la perspectiva del futuro y los rasgos modernizantes que se encuentran dentro de la novela son una apuesta que le interesaba, con otras condiciones, desde el nivel político e institucional. Los paralelismos con los escritores naturalistas latinoamericanos también se traducen en un forma específica de publicación, pues, como sucedió con Eugenia en 1919, “en los últimos años del siglo [XIX] prevalece todavía la ‘edición de autor’, que constituye una aventura económica que muy pocos se atreven a intentar”[11]. Esto, sucedía debido a que los trabajos, de estos gentlemen-escritores, les permitían costear este tipo de publicaciones, de manera análoga al citado “bienestar económico” que  trae la armonía al grupo protagonista del texto.

Haciendo un balance histórico podemos darnos cuenta de que las ideas de Urzaiz son bastante avanzadas. La Sociedad Mexicana de Eugenesia para el Mejoramiento de la Raza (SME) parte de la  sección especial de eugenesia de la Sociedad Mexicana de Puericultura el 21 de septiembre de 1931 con “130 miembros, científicos y médicos, estrechamente relacionados con el grupo en el poder y con las autoridades de salud pública”.[12] Los temas sobre los que hacían investigación giraban en torno a problemas de selección matrimonial; alcoholismo, toxicomanías y enfermedades venéreas; certificado médico prenupcial obligatorio; cuidados infantiles y selección de inmigrantes con orientación eugénica. Toda esta apuesta científica con el fin de disminuir el “comportamiento antisocial, como la delincuencia, el pauperismo, la locura, la debilidad mental y la prostitución […] principal argumento para postular la esterilización con fines eugenésicos”[13]. Como señala Suárez y López:

Existe una generalizada asociación del discurso de los médicos de este tiempo entre las toxicomanías, las enfermedades infecciosas y las enfermedades hereditarias que, se considera, afectan la salud física y mental; todo esto refleja que no hay una clara distinción entre la trasmisión hereditaria y el contagio[14]

 

Por lo anterior resulta evidente las carencias que esta filosofía científica tenía en el campo de la genética. La “eugenesia positiva”, la más arraigada en la ciencia mexicana, procuraba la educación y nutrición de los progenitores para mejorar la descendencia. Para la “eugenesia negativa”, de aterradores ecos de supremacía blanca, “la única ley de esterilización se promovió en el estado de Veracruz en julio de 1932” y estuvo vigente hasta el año siguiente. A pesar de que la eugenesia negativa en Alemania generó un enorme impacto en todo el mundo, “en el caso de México y otros países latinoamericanos, el interés por promoverla, por parte de juristas y médicos eugenistas radicales, permaneció hasta inicios de los años sesenta”[15] y este el caso, como veremos con sus artículos, de la insistencia de Urzaiz con la eugenesia hasta casi mediados del siglo XX.

Todo esta fuerza de la ciencia estaba apoyada por la teoría de la defensa social, visible sobre todo en los códigos penales de 1929 y 1931, que como señala Urías Horcasitas:

Su propuesta central era que había que aplicar «medidas de seguridad» —antes que penas— a aquellos individuos que estaban comprendidos dentro del «estado peligroso» (los locos, los toxicómanos, los alcohólicos), argumentando que la sociedad tenía derecho a protegerse de los individuos inclinados a atentar contra ella.[16]

 

La eugenesia, como podemos darnos cuenta, estaba apoyada por el derecho penal en su lucha contra los vicios, los indígenas y los enfermos mentales en los años posteriores a la revolución. La novela está situada en el contexto de una serie de leyes y prácticas, dentro de la ciencia y el derecho, en búsqueda de una mejoramiento social consecuente con muchas de las ideas de modernización del pensamiento posrevolucionario.

La segunda resolución del tema quinto, referente a “los preceptos de moral societaria” del Congreso Obrero Socialista, celebrado en la ciudad de Izamal, Yucatán en 1921, señala: “Abstinencia de las bebidas alcohólicas y del tabaco, demostrando que el alcohol y el tabaco son venenos”[17]. Es decir, que aunado a la eugenesia y los códigos penales, el alcoholismo también era mal visto en el partido político en el que militaba el autor.

Los años inmediatamente anteriores a la publicación a la novela son años en los que las idea del socialismo utópico (Salvador Alvarado y la fundación del Partido Socialista del Sureste) y el anarquismo (la Casa del Obrero, Tomás Pérez Ponce y los primeros años y las lecturas que Felipe Carrillo Puerto hizo de Proudhon y Kropotkin) permearon el pensamiento en Yucatán al grado de llevar el socialismo al poder en 1918. En esta época las ligas de resistencia están tomando una enorme capacidad de organización y fuerza. Tres años antes se lleva a cabo el primer Congreso Feminista de México. Como se puede ver en el cuarto capítulo IV de El socialismo olvida de Yucatán de Paoli y Montalvo[18], el año de publicación de Eugenia es un momento clave en el proceso hacia la radicalización del socialismo yucateco que instaura Felipe Carrillo Puerto. Meses antes de su publicación hubo represión y persecuciones contra los socialistas debido al enorme peligro que representaba la lucha de clases para la clase dominante: los hacendados. En 1921 los socialistas quemaron centenares de hectáreas de haciendas y al año siguiente, Felipe Carrillo Puerto, el líder indígena, toma el poder en Yucatán.  La utopía de Urzaiz se publica en plena crisis del henequén, el inicio de la caída del sistema que esclavizó a los mayas de Yucatán hasta bien entrado el siglo XX.[19]

 

Vínculos con el naturalismo sudamericano

La historia intelectual de la disidencia se compone de colisiones, cismas,

 mutaciones; y a menudo se tiene la sensación de que las semillas,

en estado latente, del radicalismo político se encuentran en su seno, dispuestas

a germinar siempre que se siembren en un contexto social benéfico y esperanzador.

E.P. Thompson.

 

El naturalismo es una corriente literaria de finales del siglo XIX que parte de la teoría y novelística de Emile Zola, paralela al realismo en tanto rechazo del romanticismo. Se fundamenta principalmente en lo que manifiesta Zola en el prólogo de su novela Thérèse Raquin en 1867. La teorización de esta forma de literatura se ensancha más de una década después, en su ensayo Le roman expérimental (1880) y se demuestra a lo largo de las 20 novelas del autor francés, publicadas entre 1871 y 1893, conocidas como Les Rougon-Macquart.


Imagen 2. https://upload.wikimedia.org/ 

En Latinoamérica y el Caribe podemos encontrar múltiples ejemplos de novela naturalista que, como demuestra Sabine Schlickers (2003:373), tiene una forma específica de proyectarse dentro de las circunstancias en las que se publicó: “el afán de (pro)crear la nación, el racismo concomitante, la concepción de América como continente del futuro son temas particulares de la novela naturalista hispanoamericana que no tienen nada que ver con el Naturalismo francés”. Entre las decenas de ejemplos que podrían mencionarse para ilustrar el peso que esta corriente estético-literaria tiene en Nuestra América, destaca el éxito de novelas como Santa (1903) de Federico Gamboa en México y En la sangre (1887) de Eugenio Cambaceres en Argentina. Schlickers ofrece varias pistas que entretejen el naturalismo con Eugenia. El paralelismo ofrece un panorama con, por lo menos, cuatro aristas: el naturalismo francés, el argentino, la ciencia ficción eugenésica anglosajona y la novela de Urzaiz. Cada uno con sus peculiaridades, pues responde a diferentes contextos.

En Latinoamérica, la ciencia cumplía la función de hacer avanzar el país y crear instrumentos de reforma (Leys Septan 1991:45) y estas dos funciones resaltan, asimismo, en el Naturalismo hispanoamericano: los médicos encontraron en la novela naturalista otro medio de intervención que les permitía ‘llegar a donde ni si quiera el Estado había podido: al sexo y al medio interior’ (Nouzeilles 1994: 91). (Schlickers, 2003: 88).

 

A propósito del prefacio de Germinie Lacerteux (1864) – considerado el “primer manifiesto del Naturalismo”-, Edmond y Jules de Goncourt la definen como “una novela (con pretensión) auténtica y científica, conforme con los discursos extraliterarios y en oposición a la novela sentimental/trivial” (Shlickers: 28). La investigadora aclara que el naturalismo aborda problemas locales: la inmigración en Argentina y se desarrolla paralelo al modernismo latinoamericano, a finales del siglo XIX y principios del XX. En el caso de Urzaiz en Yucatán, se trata del tema del indígena maya. El cotejo entre los artículos científicos y de ficción del médico yucateco nos dejará ver lo que Schlickers reflexiona sobre la novela naturalista hispanoamericana.

Ya en el título, que sugiere la importancia de la eugenesia en la obra de ficción – y científica - de Urzaiz, es visible la similitud de las intenciones de la literatura de esas dos latitudes, pues “en vez de  cambiar la estructura económico-social, los rioplatenses trataron –al igual que los franceses- de cambiar el modelo demográfico, es decir, controlar la tasa de natalidad” (Shlickers: 63). En este aspecto, las cuatro aristas buscan cierta intromisión en la vida privada como forma de controlar (e instruir) a la sociedad, como veremos más adelante con los artículos de Urzaiz y el uso que le da a los personajes y el narrador en Eugenia.

Como en Francia, “es igualmente observable en Argentina: la ‘patologización’ de la sexualidad en los discursos literarios y científicos médicos se explica sobre este trasfondo” (Shlickers: 63). Eugenia es, en ese sentido, un ensayo sobre la eugenesia puesto en boca de varios personajes de ficción; pero si lo recortamos, encontraremos entre los diálogos la visión eugenésica precisa de Urzaiz y todo ese movimiento científico. Como veremos, los argumentos de la novela se encuentran en los artículos que escribe décadas después.

 

El pensamiento de Urzaiz

Veintiséis años después de su única novela, en 1945, Urzaiz publica el artículo “El hogar del porvenir”, en el que sigue defendiendo pública y científicamente su lucha contra la familia y, en gran medida a favor del amor libre, ideas que antes fueron el marco del triángulo amoroso de su novela:

Los moralistas románticos y pseudopuritanos, amigos fieles de la hipocresía y defensores eternos de todos los convencionalismos, nos han inoculado un concepto del matrimonio, que queriendo ser cristiano, resulta pagano y gentil. Reconociendo sin quererlo la supremacía panteísta del EROS heleno, pretenden cimentar la unión conyugal sobre la base del amor, base deleznable de blanda cera, que se derretirá tanto más pronto cuanto más intensa sea la llama que arde en la antorcha simbólica.

La monogamia absoluta y verdadera sólo suele observarse en circunstancias que bordean los límites de lo patológico o que son francamente pasionales [Pues] ni biológica ni sentimentalmente tiende el hombre a la monogamia. (Urzaiz, 2006: 127).

 

En el segundo párrafo citado se concreta el modo, no ficcional, en el que Urzaiz, al igual que escritores como Cambaceres, patologiza la sexualidad de la que habla Schlickers. Urzaiz juzga la monogamia como algo antinatural. De ahí la propuesta de un amor libre, que en la actualidad conocemos como unión libre, pero agregando un estado totalitario y controlador que proteja las consecuencias:

Una condición indispensable para que este nuevo hogar sea realmente monógamo (a lo menos mientras dure) es que la coyunda sea ligera, libre de toda coacción oficial y fácil de disolverse en cuanto dejen de existir sus componentes la armonía y el mutuo aprecio a que debió su formación (…) Es necesario también que el estado garantice y asegure el porvenir de la prole en caso de existir; pues, como ya dijimos, es este el papel que le corresponde y lo único que justifica su intervención en el matrimonio. (Urzaiz, 2006: 136)

 

Precisamente la estructura social que el científico instauró en la capital utópica de la Subconfederación de América Central del siglo XXIII, subdivisión de la Confederación de las Américas, que junto con la Europeo-Asiática, conforman la geografía de la novela. Como se tratará posteriormente, no es casual que África y Oceanía no aparezcan en esta propuesta. El artículo anterior teje una relación intratextual directamente con el cuarto capítulo de Eugenia, cuando Miguel le dice a Ernesto:

Más piensa que la fidelidad eterna es una bella utopía; cuando la primavera hace brotar y abrirse flores nuevas, nadie se cura de las que secó el invierno anterior. ¿Quién fue el necio que pensó alguna vez oponerse al ocaso de una estrella, a la metamorfosis de un insecto o al brote de una planta? Ley natural del corazón humano es también el continuo alternarse de amores viejos que se agostan y amores nuevos que florecen; y quien quisiera oponerse al cumplimiento de esta ley, sólo lograría labrar su desventura y contribuir a la ajena, pues la simulación del amor es más triste que el olvido y más dolora aun que el odio mismo. (Urzaiz 1982: 36)

 

Miguel ofrece el discurso de las posturas científicas que, como veremos, el médico yucateco va a defender décadas después, revestidas con metáforas de la naturaleza. La perspectiva del amor que le ofrecen a Ernesto es una “ley natural del corazón humano” que encuentra ejemplos en plantas e insectos. Esta es la forma de argumentación desde la que escribe también el narrador de Eugenia, a través de la cual se deja ver la visión clara de las apuestas científicas de Urzaiz y su forma de patologizar la sexualidad. En este caso en particular metaforizando la unión libre.

El utopismo de la novela ha sido interpretado como una proyección distópica, posiblemente porque la crítica no pudo acceder a estos artículos, donde el autor señala su visión científica del futuro. Como vemos, con el paso de los años sus propuestas sobre las relaciones humanas rebasan el plano de la ficción y se vuelven una crítica directa y explícita, desde el poder discursivo de la política y la ciencia. Esa crítica, sin duda, afiliada al movimiento eugénico, como también podemos encontrar en su ensayo “La esterilización y sus diversos aspectos”:

El fin eugénico en primer término en las leyes de esterilización (…) puede decirse que está universalmente aceptado: pues aunque muchos dudan de que llegue a lograrse con ella la humanidad perfecta con que soñaron sus iniciadores, nadie puede negar que es una medida de conveniencia inmediata impedir que se reproduzcan los idiotas, los epilépticos y ciertos enajenados incurables. (Urzaiz 2006: 121)

 

Va aún más lejos en el mismo artículo, paralelo al prólogo de Eugenia (1982: 11) que empieza con “¡Yo también sueño a menudo!”:

En tanto se llega a esa nueva organización social con que soñamos algunos ilusos y mientras los hijos sigan siendo una carga para los padres, la esterilización voluntaria es el único medio eficaz para deshacer el complejo que resulta del uso de los procedimientos anticoncepcionales. (Urzaiz 2006: 115)

 

Además de ser un discurso que sostuvo, dentro de la ficción, a sus 43 años, Eduardo Urzaiz seguirá insistiendo con estos argumentos a los 69 años en sus artículos. Incluso aunque la gran mayoría de los científicos se alejan de esta filosofía después de que la eugenesia negativa fuera llevada a sus últimas consecuencias en el genocidio del régimen nazi. Sin embargo, definitivamente hay matices en la distancia temporal y las diferencias de formatos textuales que aborda el autor. En la ficción, la esterilización la decide y controla el estado; en los artículos citados, aunque “es el único medio”, es una decisión “voluntaria”.

Leer la novela en clave científica, siguiendo los artículos de Urzaiz, ofrece una perspectiva particular. El blanqueamiento de la raza es visible no sólo en los argumentos en boca de los personajes, sino en la geografía de la novela y la construcción física de los personajes, como iremos revisando.

Dentro de Eugenia (1982: 63), las mujeres pierden el rol maternal y se concentran en el desempeño de una profesión. Pues recordemos que “liberado de su mero papel reproductor, la mujer de la clase media y baja empezaba alrededor de 1890 a trabajar (como obrera, empleada y maestra)” y esto fue impulsado por los socialistas, al igual que ciencia ficción eugenésica que se hacía en ese momento en los países anglosajones.

Este es precisamente el caso de Celiana, quien, además de ser una mujer de una “belleza inquietante”, y una “blancura absoluta” (Urzaiz 1982: 22), se dedica de tiempo completo a la ciencia. En las primeras páginas de la novela prepara sus conferencias, en las que “como todos los sábados, el público agotaría las localidades y colmaría el amplio salón del Ateneo, tan ansioso de contemplar a la bella conferencista, como de escuchar su palabra jugosa y fluida” (Urzaiz 1982: 22-23). En esa conferencia, justo como lo harán los artículos del doctor un cuarto de siglo después:

Proponíase seguir paso a paso la evolución de la familia en los tres últimos siglos. Señalaría las causas que fueron debilitando paulatinamente el estroma fisiológico de esta institución, antaño tan sólida, hasta hacerla desaparecer. Narraría cómo, desvaneciéndose poco a poco los prejuicios religiosos y simplificándose los trámites legales, la parejas humanas llegaron a constituirse y disolverse libremente. Recordaría cómo el problema de la prole pareció irresoluble por mucho tiempo; pues aunque los hijos dejan de ser una carga para los padres y el Estado fue tomando a su cargo el sostenimiento y educación de todos los niños, la mujer rehuía, cada vez más, el duro papel fisiológico que la naturaleza le asignara. La despoblación de las naciones tomaba proporciones alarmantes; seguramente la humanidad se hubiese extinguido, a no haber descubierto la manera de utilizar los óvulos humanos, apenas fecundados, genial descubrimiento que quitó al amor todas sus temibles consecuencias. (Urzaiz, 1982: 23)


Imagen 3. www.meridadeyucatan.com

En este fragmento el discurso indirecto pone en los argumentos de Celiana los del propio Urzaiz utilizando los verbos señalar, narrar y recordar conjugados en pospretérito. Esta es la válvula de escape por la que el autor de ficción proyecta la argumentación de su visión científica para los tres siglos que le siguen al momento de escribir la novela. Esto demuestra que se trata de una metalepsis de autor, definida por Gerard Genette (1972: 244), como “toda intromisión del narrador o del narratario extradiegético en el universo diegético”. Estas intervenciones del narrador son a las que Schlickers considera una intromisión en la vida privada del lector en el sentido de querer educarlo sexualmente, para el caso paralelo del naturalismo argentino. En ese sentido, Eugenia, en los ejemplos que ya vimos, utiliza la metalepsis de autor (Genette, 2004: 31), que se diferencia de la del narrador, por trascender la ficción y apelar a la realidad tanto del autor como de los lectores reales, muchas veces aleccionándolo, como cuando Miguel le dice a Ernesto que “la fidelidad eterna es una bella utopía”, argumento que el narrador defendía tanto desde sus artículos como de la ficción. Pero el argumento científico de la posibilidad de un amor libre no se sostiene ni siquiera dentro de la utopía yucateca, como puede verse en una de las numerosas digresiones que hace el narrador en las últimas páginas.

Hay en la historia de toda luna de miel un episodio casi reglamentario y ya de antiguo explotado por los novelistas, más o menos cursis; es aquel poético e interesante momento en que la esposa participa a su cónyuge la feliz nueva de que el éxito empieza a coronar sus desvelos en pro de la especie y que en sus entrañas palpita ya el fruto bendito de sus amores […]

Y es que al amor para merecer el calificativo de integral, no le basta con llenar por completo las aspiraciones fisiológicas, estéticas y sentimentales de la pareja humana. Tiene además que cumplir con su fin primero y natural, que es la perpetuidad de la especie; cuando no responde a todos y cada uno de estos fines, degenera en ardor de semental inconsciente y bruto, o se torna en estéril sentimentalismo, casi en los límites de lo patológico. (Urzaiz, 1982: 118)

 

Fragmento en el que se desploma el argumento del control total del Estado, la selección natal y prácticamente, todo el entramado político y social sobre el que se sostiene el porvenir que nos presenta Urzaiz en su novela. Una vez más, con el uso de la metalepsis de autor, se inserta en el texto patologizando la sexualidad a la manera del naturalismo.

¿De nada habrán de servirnos al fin las conquistas sociales, logradas a costa de tantas lágrimas? Libre es ya el amor de cuantas trabas y prejuicios se oponían antaño al cumplimiento de sus divinas leyes, pero aun no se liberta del yugo del dolor. (Urzaiz, 1982: 126)

 

En el antepenúltimo párrafo de la novela vemos que esta perspectiva del futuro plantea una paradoja y de ningún modo la eugenesia y la liberación femenina de la utopía le “quitó al amor todas sus temibles consecuencias”. Así se puede ver que se trata de una utopía paradójica, incapaz de sostener lo que plantea al inicio, aunque tampoco presenta los mundos desoladores que van a caracterizar a las novelas distópicas posteriores a la segunda guerra mundial.

 

El silencio y la ausencia

La metalepsis en Eugenia deja ver la intromisión del autor en la ficción, intervención extensiva al lector de la novela; esto, como veremos, explica otras maneras en que el argumento de las razas “inferiores” de la eugenesia de principios del siglo XX permea la novela de Eduardo Urzaiz. Con este fin es de gran utilidad una de las propuestas de Gayatri Spivak en su ensayo ¿Puede hablar el subalterno? (1984). En él, la traductora de Jacques Derrida, parte de Pierre Macherey para ofrecer una metodología que interroga al texto y su ideología. De ahí tomaremos únicamente la propuesta de “medir los silencios” (Spivak, 1998: 20) para contrastar algunos personajes.

El uso del discurso directo e indirecto y el contraste de los personajes que hablan frente a los que no, arroja luz sobre algunos de los puntos señalados del plano argumentativo de Urzaiz. Herramientas que utilizaremos para analizar sus personajes y las posibilidades de dialogar dentro del texto. Los indígenas, particularmente los mayas, aparentemente no subsisten hasta la sociedad futura que diseña el autor.

Con el fin de contrastar las posibilidades de diálogo acudimos a una pista que ofrece el narrador, en cuanto al adjetivo “hablador” y su construcción en la ficción, entendiéndolo como señala la primera acepción del diccionario de la RAE: “adjetivo. Que habla mucho, con impertinencia y molestia de quien lo oye”, no la segunda y tercera, que tiene más relación con la fanfarronería. Un elemento clave para detectar lo anterior dentro del texto es el personaje Miajitas:

Un fresco vividor que se hacía pasar por defensor de los trabajadores y se dejaba mantener sabrosamente por ellos, regalándoles los oídos con la feérica pirotecnia de unos discursos de brocha gorda en que vaticinaba, para un futuro muy próximo, el advenimiento de la igualdad social y económica más perfecta.(Urzaiz, 1982: 30).

 

Miajitas toma protagonismo al final del capítulo III, en el que Ernesto va a visitar a Miguel para platicar. Los “discursos de brocha gorda” sugieren una autocrítica de Urzaiz hacia el discurso político. El narrador señala en la descripción de Miajitas un problema que está sucediendo justo en esta etapa: la separación del escritor, decimonónico, que a su vez era político, es decir que actuaba públicamente fuera del papel y la pluma, como el propio Urzaiz; y el naciente intelectual del papel o la palabra, como Miajitas,  que se limita a decir o escribir ciertas ideas incendiaras que le bastan para vivir con holgura, como “los ímpetus oratorios de aquel farsante”[20] (Urzaiz, 1982: 32). A este respecto, Eduardo Urzaiz tiene un ensayo que resulta interesante, titulado “¿Se puede siempre predicar con el ejemplo?”, en él señala:

Fuera de estas condiciones, predicar con el ejemplo cuando nadie ha de seguirlo, es casi tonto. Es sobre todo en el terreno de las reformas sociales y de la lucha contra los prejuicios seculares, donde es imposible poner desde luego en práctica las innovaciones que se sueña. Puede un novelista casado y con familia, como Felipe Trigo por ejemplo, consagrar su obra literaria a la defensa del amor libre, sin que se le tache de farsante. Puede tal otro abogar por la desaparición del régimen capitalista, sin que se vea obligado a repartir los pocos pesos que posee; pues mientras llega la hora del reparto definitivo, nadie se va a encargar de mantenerlo. Y puede el de más allá ser partidario de que el Estado se encargue de sostener a los hijos de todos, sin que por eso tenga que echar a los suyos en el torno de la Inclusa como Juan Jacobo.

No hay que olvidar que los que aspiran a una humanidad mejor que la presente, y en sus obra propugnan por ella, escriben para los siglos venideros; pero viven en el presente y algunos nacieron en el pasado. Si se preconizan reformas que sólo pueden trocarse en realidades dentro de un plazo más o menos largo, a nada conduce querer implantarlas desde luego empezando por la propia casa. De visionarios y hasta de locos han sido motejados tales escritores, sólo por preconizarlas; poco tardaría en verse entre las rejas de un manicomio el que las pusiese en práctica. (Urzaiz, 2006: 106).

 

Una vez más se puede ver a Urzaiz hablando de sí mismo indirectamente, los tres ejemplos que da (a favor del amor libre, el anticapitalismo y la eugenesia) nos remiten a él, de modo que otra vez cuida su reputación y le preocupa ser tachado de loco. Como con sus metáforas que patologizan, aquí él habla de otros para hablar de sí mismo, es decir se metaforiza a sí mismo. En esto se va a diferenciar de buena parte de la literatura de compromiso político de principios del siglo XX, pues en la construcción del porvenir en periódicos anarquistas como Regeneración (1900-1918) o La Protesta (1897-) y las propuestas educativas radicales de Francisco Ferrer Guardia, la relación amorosa, el salón de clase o la casa son un adelanto de la utopía que los militantes construyen fuera de esos espacios o relaciones. Ellos no escribieron ni actuaron para esperar a que lleguen los cambios en el futuro. Trataron de vivir en el presente un adelanto de la utopía que en Eduardo Urzaiz es sólo un motivo literario. Sin embargo, un estudio profundo de los cambios del papel del intelectual, y el bohemio, en el periodismo, la literatura, y los matices que diferencia a esta última en sus diferentes vertientes políticas y obreras de hace un siglo requerirían una investigación independiente. Otro ejemplos se encuentra dos capítulos después, en el personaje de Remigio Pérez Serrato, en un pasaje del capítulo V.

El doctor (…), presidente del Bureau de Eugenética de Villautopía, era uno de aquellos habladores incoercibles que, cuando no tienen auditorio hablan solos o con los muebles del despacho (…) Como el raudal inagotable de su instructiva elocuencia tenía propiedades hipnóticas, el hallazgo de un oyente atento era para él el más sabroso regalo. (Urzaiz, 1982: 41).

 

En ambos casos podemos notar cierto desprecio del narrador hacia los personajes que hablan demasiado. Miajitas, que “se hacía pasar por defensor de los trabajadores y se dejaba mantener sabrosamente por ellos”,  abucheado por todos dos capítulos atrás; y aquí el Dr. Remigio, con su verbalidad “inagotable” e hipnótica, a quien resulta un “hallazgo” escuchar.

En este capítulo (Urzaiz, 1982: 41), - citado también por Dziubinskyj y Ordiz-, el Dr. Remigio les enseña a Booker T. Kuzubé y Lincoln Mandínguez, quienes “al sonreír descubrieron el teclado de sus formidables dentadura de caníbales. Joven el uno, viejo el otro, los dos eran feos y bembones”. Pero la descripción el evolucionismo, fundamentando las teorías raciales de principios del siglo XX, va más lejos todavía en su descripción racista, pues “el viejo, con su collar de barba blanca, parecía un chimpancé domesticado”. En contraposición, por ejemplo, con la descripción de Consuelo y Federico en el capítulo IV:

Ella con los ojos enormes, de un azul oscuro, la boca pequeña y roja, los dientes menudos y muy blancos, las caderas estrechas, el seno casi infantil, los tobillos finos, los pies y las manos inverosímilmente pequeños, parecía una pastora de Wateau; la melena, rubia y rizada, le caía a media espalda. Él tenía los ojos verdes y muy claros; sus cabellos, también crespos, le formaban en lo alto de la cabeza un aúreo penacho; sobre el labio superior y en torno del óvalo del rostro, crecíale una pelusa virgen y casi incolora. (Urzaiz, 1982: 38).

 

El fragmento citado refleja que la representación del racismo en la novela aparece contrastando, en este caso, a personajes africanos “feos”, con Federico y Consuelo, que representan la belleza en la que el narrador encuentra la perfección, de tez blanca y ojos claros. Pero, retomando el hilo del pasaje, naturalmente, el Dr. Serrato habla durante todo el capítulo V, una de las secciones del texto donde es más visible el paralelismo con Looking Backward, como señaló Ordiz, por la densidad de las ideas que relegan la trama a un segundo grado, lo que podría calificarse de panfletario en ambos textos. Puesto que se trata de un ensayo, colocado en boca del personaje mencionado, sólo con una pequeña introducción – e intervención - de los personajes. Serrato, “satisfecho con la paciencia que sus oyentes habían soportado su primer chaparrón oratorio, se dignó a concederles la gracia de una breve pausa” (Urzaiz, 1982: 44). Más adelante, en el recorrido por el Bureau de Eugenética, se une el Dr. Suárez

Sin que amainase por un momento la terrible verbosidad del sabio presidente de la institución, que todo lo explicaba con lujo de detalles superfluos y citas de una erudición pesadísima e inoportuna. Por ratos se hacía agresivo: tomaba a uno cualquiera de sus interlocutores –el que más a mano le cayese- lo sujetaba un rato por la solapas o lo arrimaba a una pared y lo monopolizaba y abrumaba bajo un chaparrón de comentarios. (Urzaiz, 1982: 48).

 

Aunque la sabiduría justifica, en cierta medida, el hecho de que el Dr. Serrato hable incansablemente, hay una burla por parte del narrador. Los discursos de brocha gorda que Miajitas utiliza para engañar a lo demás, en este personaje lo empoderan debido a la cantidad de conocimientos que posee, lo que el narrador califica de una “erudición pesadísima e inoportuna”. Midiendo los silencios en este pasaje podemos notar que los “chaparrones” verbales en boca del científico cierran la posibilidad de hablar a los africanos y cuando se les permite es para evidenciar su “atraso” cultural, debido a su “inferioridad” racial y retraso científico. Es decir, aquí el discurso científico del Dr. Serrato silencia a las razas no caucásicas, y así adquiere sin duda un matiz colonizador y racista, como también sucedió, apuntalando las cuatro aristas, en la novela naturalista sudamericana, la francesa, la ciencia ficción eugenésica anglosajona y Eugenia. Al terminar el recorrido del capítulo V (Urzaiz, 1982: 53), “el doctor Pérez Serrato no se resignaba a soltar a su presa, y como lo hablador no quita lo cortés, se empeñó en que Ernesto, los dos negros y el interno almorzasen con él”. Así termina este pasaje y el personaje sigue hablando con sus “presas”.


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En el siguiente capítulo, VI (Urzaiz, 1982: 55), encontramos más ejemplos de este tipo. El Dr. Serrato vive con dos personas, Teodosio Reyes, quien “desde joven se distinguió por la paciencia con que lo escuchaba, por lo poco que lo interrumpía y por lo resistente que era a la acción soporífera de sus disertaciones” y el narrador se burla, pues Teodosio es mayor que el doctor, está “hemipléjico y afásico”, además: “padecía de insomnios. ¡Un oyente ideal! Por nada de este mundo se acostaba don Remigio sin dar unas cuantas horas de palique al inválido que lo escuchaba asintiendo de vez en cuando con la cabeza”. La otra persona con la que vive es Isabel, quien fue “la última amante del doctor”. Ella “había aprendido a escuchar y callar , cualidades que su compañero estimaba en ella sobre todas las cosas” (Urzaiz, 1982: 56). No siéndole suficiente con cerrar las posibilidades de conversación con los africanos, Serrato es también un eterno hablador con las personas con las que vive. Esta lectura podría aplicarse a otros fragmentos de la novela, pues, como vemos, es un valor que el narrador de esta utopía resalta constantemente con un tono satírico que Dziubinskyj percibió pero no pudo precisar en su investigación.

En este aspecto, aunque Urzaiz, como la novela naturalista, también hace uso de la metalepsis de autor para intervenir la ficción apelando al lector real, el tono es diametralmente opuesto. Las metalepsis del naturalismo son de una enorme solemnidad, mientras que los juicios que el médico yucateco hace sobre los personajes, a través del narrador, se presentan muchas veces, como acabamos de ver, en un tono cómico.

El discurso cientificista, así como el abanico de posibilidades para dejar hablar a los personajes de Eugenia, además de silenciar a los africanos y ausentar a los indígenas, se extiende a un tema de género. Esto recae en la protagonista, por quien el narrador, como los escritores de la ciencia ficción eugenésica y la prensa anarquista y socialista, expresa admiración constantemente.

Celiana no era una extraña a ninguna reunión de hombres de letras, su presencia, por tanto no fue obstáculo para que continuase la interrumpida controversia. Discutíase un punto de sociología, tema muy de su gusto por cierto; mujer cerebral y culta ante todo, ella olvidó pronto sus preocupaciones sentimentales, interesada en el debate, y aun terció gallardamente en él. (Urzaiz, 1982: 73. Las negritas son nuestras). 

 

Dentro del contexto, la palabra “aun” muestra que no se esperaba que Celiana hablara en esos espacios masculinos, a pesar de ser una mujer culta y de ciencias. Es una conversación que, en la tónica de los argumentos científicos dentro del texto, no fomentan la voz ni el desarrollo de todo lo que no sean personajes varones, blancos o sabios. Para que Celiana pudiera intervenir en semejante discusión, lo tuvo que hacer, como el último adverbio indica, con valentía pues, además de que no se le contempla dentro de la dinámica, el individuo que deja de ser pasivo en estos casos lo hace únicamente comportándose como un personaje fuerte, un valor tradicionalmente masculino.

Celiana sólo pudo participar de ese modo, pues recordemos que unas líneas atrás se señala que Matías Urrea y Luis estaban en una “acalorada discusión, y los gritos e interjecciones de ambos se oían desde media cuadra antes” (Urzaiz, 1982: 73). Razón por la cual, efectivamente, Celiana pudo intervenir contrariando lo que la feminidad tradicional enseña, es decir subiendo la voz, pero únicamente debido a que se trata de una mujer de ciencia la que toma estas cualidades tradicionalmente masculinas para intervenir. De otro modo, permanecería silenciosa o ausente como sucede con los personajes africanos e indígenas antes mencionados.

Esto ejemplifica una de las maneras en que la ideología cientificista, como forma de blanqueamiento, opera dentro de Eugenia. A pesar de que la novela en sí se podría tratar de un monólogo propio del Dr. Serrato, frente al texto y con Ordiz nos preguntamos ¿por qué los indígenas no tienen cabida en esta utopía? Al respecto, Margarite Shrimpton, en su libro Tejer historias en el caribe. La narrativa yucateca contemporánea, señala:

La posición del indígena en los textos narrativos [decimonónicos] resulta conflictiva, debido a que la elite criolla en el poder se autodenominaba <<yucateca>>; y los demás, <<indios>> (sic), quienes no podían compartir la identidad regional y no participaban en su construcción en los discursos políticos e intelectuales. Por tal razón, el indígena fue obviado en la mayoría de los textos narrativos hasta las últimas décadas del siglo [XIX].

Sacudidos los criollos, a partir de 1847, por la Guerra de Castas y con una real amenaza de los indígenas contrarios al régimen, la literatura impresa se inclinaba hacia la producción de una obra que reflejara los ideales de esos criollos, sin dejar dudas sobre la deseada desaparición del indígena. Con este fin, es común encontrar en la narrativa de los principales escritores, escasa o ninguna mención de ese <<difícil objeto>> que era el indígena que más bien era silenciado. En cambio, la narrativa retrata los grupos mestizos urbanos y la burguesía criolla yucateca. (Shrimpton, 2006: 43. Las negritas y corchetes son nuestros)

 

Es decir, a nivel regional, Eugenia continúa con una tradición de la literatura yucateca de indígenas “silenciados”: Justo Sierra, Antonio Mediz Bolio, quien publica La tierra del faisán y del venado tres años después de Eugenia. Esta tradición del silenciadora cambiará hasta 1940 con Canek de Ermilo Abreu Gomez.

Sin embargo, en algunos textos y escritores posteriores persiste la idea del buen salvaje y el pasado prehispánico. En Eugenia, “los escritores podrían servirse entonces de un símbolo fuerte y glorioso [del pasado indígena], que había de legar su valor a una civilización futura (blanca, avanzada, civilizada)” (Shrimpton, 2006: 44). Así sucede, como veremos a continuación, en la descripción arquitéctónica “neomaya” de Villautopía, el único momento en que se hace una mención a la cultura que silencia Urzaiz en su novela.

 

Villautopía en la geografía nuestroamericana

Veintiocho años antes de publicada Eugenia, un compatriota de Urzaiz, José Martí, publica “Nuestra América”. Desde el título se anuncia el posicionamiento del cubano. Se trata de un llamado a los pueblos latinoamericanos para unirse a espaldas de Estados Unidos: “Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos”. En su convocatoria por la solidaridad de los pueblos latinoamericanos, Martí – como después lo intentará Eduardo Urzaiz desde una perspectiva racista- propone unir fuerzas haciendo la paz:

Los que, al amparo de una tradición criminal, cercenaron, con el sable tinto en la sangre de sus mismas venas, la tierra del hermano vencido, del hermano castigado más allá de sus culpas, si no quieren que les llame el pueblo ladrones, devuélvanle sus tierras al hermano. Las deudas del honor no las cobra el honrado en dinero, a tanto por la bofetada.

 

De igual modo que el narrador de Eugenia con Miajitas y el doctor Serrato, Martí señala: “cree el soberbio que la tierra fue hecha para servirle de pedestal, porque tiene la pluma fácil o la palabra de colores, y acusa de incapaz e irremediable a su república nativa”. A la usanza de la época, comparte también una forma de escribir que no escatima en metáforas y adjetivos, continuando un camino trazado por el pensamiento latinoamericano de la época, desemboca en un tercer texto.

En Ariel (1900) de José Enrique Rodó el uso constante de adjetivos y una prosa repleta de florituras, teje una relación entre ambos textos y el resto de la literatura que se producía a finales del siglo XIX y principios del XX, como la de Rubén Darío y Amado Nervo. También hay en Ariel una visión pertinente del quehacer intelectual, el porvenir y lo latinoamericano.

El motor que movió al Ariel en México fue su idealismo. En 1908 se hicieron dos ediciones del texto en el país, ambas sin permiso previo del autor. La quinta edición se llevó a cabo en Monterrey por el padre de Alfonso Reyes, el coronel Bernardo Reyes; y la segunda edición también estuvo a cargo del Ateneo de la Juventud, en conjunto con la Escuela Nacional Preparatoria en la Ciudad de México.

Ariel es un ensayo importante debido a que propone un itinerario para el pensamiento latinoamericano a inicios del siglo XX. Fue publicado en un momento en el que empezaba a ensancharse el poder estadunidense y sus valores. Frente a eso, Rodó propone recoger nuestras raíces. Proyectó su propuesta sobre el personaje Ariel, de la Tempestad de Shakespeare, en contraposición a Calibán, quien representa a Estados Unidos. El uruguayo incentiva la búsqueda de las raíces latinoamericanas, sobre todo la herencia grecolatina y cristiana en cuanto a la belleza y la caridad, articuladas dentro de un sistema democrático.

Sin duda alguna, esta recuperación de lo grecolatino es algo que Urzaiz, con su lenguaje cortesano, utiliza en Eugenia. Para describir a Ernesto hace un símil con “la robustez armónica del Doriforo de Policletes, algo más afinado, su rostro se asemejaba al del Mercurio de Praxiteles, pero con esa expresión de alta intelectualidad” (Urzaiz, 1982: 14) en el mismo capítulo, para indicar las relaciones sexuales entre Celiana y Ernesto, el narrador señala, en lenguaje cortesano que sugiere Rama, que “ella le abrió las puertas del jardín de Eros”. Justo como quería Rodó, una mezcla de la búsqueda raíces de la antigüedad Occidental con Latinoamericanas, como recuerda la descripción del hangar central de “elegante arquitectura, de estilo neomaya” (Urzaiz, 1982: 22). El majestuoso pasado indígena que deja su legado, y necesita desaparecer para abrirle las puertas a la modernidad, como ya vimos con Margarite Shrimpton.

Señala que “es inmensa la parte que corresponde al don de descubrir y revelar la íntima belleza de las ideas, en la eficacia de las grandes revoluciones morales” (Rodó, 1982: 31). De ese modo los individuos más destacados podrían ser líderes, generando con ello, una élite. Estos líderes deben ser, según Rodó, jóvenes intelectuales que construirán valores por encima del materialismo. Responsables de administrar “la belleza de las ideas” entre los demás.

La crítica que el narrador de Eugenia ejerce sobre los personajes habladores encuentra  valores similares a las propuestas de este texto. Intelectuales como Miajitas, sin duda alguna, son criticados desde la postura del arielismo. La manera en que el narrador lo describe – al igual que al Dr. Serrato – deja ver la falta de integridad de figuras como esas.

Aspirad, pues, a desarrollar en los posible, no un solo aspecto, sino la plenitud de vuestro ser. No os encojáis de hombros delante de ninguna noble y fecunda manifestación de la naturaleza humana, a pretexto de que vuestra organización individual os liga con preferencia a manifestaciones diferentes. Sed espectadores atentos allí donde no podáis ser actores. (Rodó, 1982: 22).

 

Las reflexiones sobre la actitud y los valores de la integridad del quehacer intelectual latinoamericano son el cemento de las ideas del futuro y el deber en el Ariel. Tanto para Urzaiz como para Rodó, “la democracia y  la ciencia son, en efecto, los dos insustituibles soportes sobre los que nuestra civilización descansa” (Rodó, 1982: 44). Paralelismos alineados al naturalismo, que se concretan en la idea de América Latina como continente del futuro. En Urzaiz visible en Villautopía, espacio central de la novela, completamente desarrollado en comparación con países como África, y en varios pasajes de Ariel como el siguiente:

¿No la veréis vosotros, la América que nosotros soñamos; hospitalaria para las cosas del espíritu, y no tan sólo para las muchedumbres que se amparen a ella; pensadora, sin menoscabo de su aptitud para la acción; serena y firme a pesar de sus entusiasmos generosos; resplandeciente con el encanto de una seriedad temprana y suave, como la que realza la expresión de un rostro infantil cuando en él se revela, a través  de la gracia intacta que fulgura, el pensamiento inquieto que despierta…? Pensad en ella a lo menos; el honor de vuestra historia futura depende de que tengáis constantemente ante los ojos del alma la visión de esa América regenerada, cerniéndose en lo alto sobre las realidades del presente. (Rodó, 1982: 70).

 

Lo que propone Rodó en este fragmento de Ariel es precisamente la postura desde la que se narra Eugenia y los personajes que la constituyen. La América regenerada que proyecta el uruguayo no es otro lugar en el imaginario del doctor Urzaiz que la capital de la Subconfederación de la América Central. Es desde allí que los grandes científicos latinoamericanos lograron la paz universal en su utopía. Pero, como en el caso de Urzaiz, es precisamente el interés por conformar élites intelectuales y científicas las que restan fuerza a ambas propuestas.

Falta tal vez, en nuestro carácter colectivo, el contorno seguro de la “personalidad”. Pero en ausencia de esa índole perfectamente diferenciada y autonómica, tenemos – los americanos latinos- una herencia de raza, una gran tradición étnica que mantener, un vínculo sagrado que nos une a inmortales páginas de la historia, confiando a nuestro honor su continuación en lo futuro. (Rodó, 1982: 51).

 

El arielismo, cabe aclarar, está interesado sobre todo en nuestra raíz española y grecolatina. En el fragmento citado, la idea de retomar nuestra “herencia de raza”, pareciera que es un argumento únicamente esbozado para combatir el pensamiento estadunidense, no porque Rodó realmente esté interesado en valorar la raíz indígena de América Latina. En este sentido Urzaiz y Rodó resultan contrarios a Nuestra América, en la que Martí señala que “la universidad europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América, de los incas a acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria”.

La idea de Rodó, en su lado positivo, ofrece una serie de valores que permearon a la intelectualidad de la época, pero “en su aspecto negativo Ariel consolidó un mito maniqueo en el que la parte mala la llevaban los Estados Unidos, al considerar a ese país como carente de cultura y a su pueblo, poseído por la insana posesión materialista”. Urzaiz, por el contrario, con la perspectiva racista que despliega en su novela, es un antónimo a las propuestas de José Martí y el aspecto negativo de José Enrique Rodó.

Es importante señalar que el autor de Eugenia estudió en Nueva York en los años en que empezaba a circular el Ariel en México, y que Yucatán tenía una relación íntima con Estados Unidos desde el siglo XIX, al grado de apoyar su independencia de México, que se llevó a cabo en dos ocasiones en el siglo XIX; relación que se mantiene durante el Porfiriato debido a los intercambios que los hacendados de la península establecían con los comerciantes norteamericanos durante la fiebre del henequén.

Ahora bien, el carácter racista de Eugenia hace disonancia con las propuestas de Martí, que se tratan de todo lo contrario. Eduardo Urzaiz no entra en la tradición de intelectuales del pensamiento nuestroamericano. Él, como médico y funcionario público, estaba interesado en un futuro muy contrario incluso a la perspectiva de Felipe Carrillo Puerto, gobernador revolucionario con el que Urzaiz, entonces a cargo de la Jefatura del Departamento de Educación Pública, fundó la Universidad Nacional del Sureste que, junto con el establecimiento de la educación mixta en el estado de Yucatán, son sus mejores y únicos logros institucionales y modernizantes.

 

Consideraciones finales

Cuatro meses después de que el gobernador socialista Felipe Carillo Puerto fuera asesinado por el gobierno, se publicó un artículo suyo en la revista estadunidense Survey titulado “El nuevo Yucatán. Un mensaje a todos los americanos del martirizado líder de los mayas”:

Yucatán es maya. El extranjero que quiera entender nuestro problema y nuestras posibilidades, debe comprender ese hecho simple. Nuestro pueblo tiene una larga historia; tiene un pasado grande, una fabulosa, casi misteriosa historia, una tradición rica, una memoria tenaz y una paciencia infinita. Durante cuatrocientos años nuestro pueblo ha sido un pueblo de esclavos; esclavos de un extranjero que nada conocía de nuestra vida y quien condenó nuestra cultura como si ésta fuera el trabajo del diablo. Fuimos físicamente conquistados por el español, pero nuestra vida cultural persistió. No sólo retuvimos nuestro bello lenguaje, nuestras costumbre, nuestro tipo de habitación, nuestra religión bajo un nuevo nombre, nuestro vestido, nuestra comida, sino también nuestros cantos, nuestra danzas y relaciones sociales que ha seguido realizándose a través de los siglos, a pesar de la persecución  y a pesar de la negación. El español de Yucatán ha absorbido muchos de nuestros hábitos de vida y parece más maya que español. En otras partes de México, el mestizo (o mezclado de sangre) imita al hombre blanco. En Yucatán, usa nuestro vestido y canta nuestras canciones. Los indios conquistados han conquistado a su conquistador. (Paoli y Montalvo, 1980: 217).

La idea de que en la Península de Yucatán el idioma maya ha sobrevivido y es hablado por miles de personas[21], y que los mestizos usan la ropa y cantan canciones indígenas sigue siendo un hecho casi 100 años después de lo que dijo Carrillo Puerto. Pero eso no debilita el racismo de intelectuales como Eduardo Urzaiz que, siguiendo a Margarite Shrimpton, deseaban la desaparición de los mayas, pues sólo podría inaugurarse la modernidad en Yucatán. Lo más interesante del caso que aquí se estudia es la inconciencia de ese racismo, pues Urzaiz, por ejemplo, fue una gran seguidor de Felipe Carrillo Puerto, y no veía la disonancia de sus propuestas con las del líder indígena. Para ejemplo unos versos del poema “A la memoria de Felipe Carrillo Puerto”:

Aquella frente que, cual limpio espejo,

Del alma hermosa y corazón ardiente

Era dócil reflejo.

Allí do residía poderosa

La llama que en su fuerza arrolladora

Miró de libertad la blanca aurora,

Y encendida después y enamorada

de la gentil utopia

levantó la inopia

a la raza de bronce esclavizada… (Urzaiz, 2006: 67)

 

Como podemos ver, el médico estaba consciente del tema de la raza, pues sabe que la raza de bronce es la esclavizada y que el primer discurso que dio Carillo Puerto, al tomar el poder en su gobierno posrevolucionario y socialista, lo dio completamente en lengua maya. De una manera parecida a la forma en que su narrador silencia y ausenta a los indígenas y a la mujeres en su novela, Urzaiz no alcanza a ver las disonancia entre su propuesta y la del líder indígena; por el contrario, como en el texto le sucede con Celiana, expresa su admiración por el gobernador socialista de Yucatán:

Felipe Carillo, el Caballero del Ideal que nos llevaba como imantados de la lucha redentora, cayó a los golpes de los paladines del prejuicio, de los que combaten por las añejas preocupaciones y las rutinas seculares. Hoy resurge del sepulcro convertido en símbolo y borradas por la muerte las mordida de la loba y la onza. A su vista, hasta el más rudo de sus discípulos, hasta el que lo negó tres veces en la hora del peligro, se siente obligado a continuar su obra, se siente capaz de predicar su doctrina por todas partes, de sellarla con su sangre, y hasta de realizar, para confirmarla, milagros de amor, de constancia, de fraternidad. (Urzaiz, 2006: 71)

 

En este fragmento, Eduardo Urzaiz declara la importancia que para él tenía el líder del Partido Socialista del Sureste. Además de haber fundado juntos lo que será la Universidad Autónoma de Yucatán, estos textos demuestran que el médico era un gran seguidor del luchador social. Desde los documentos del Partido Socialista del Sureste, en el que ambos militaron, podemos ver la importancia de un pensamiento futurista con tintes utópicos y radicales, particularmente en el acuerdo de los Congresos Obreros Socialistas; el de Motul, celebrado un año antes de publicada Eugenia, y el de Izamal, dos años después. Pensar Eugenia en el horizonte de un movimiento campesino e indígena que gana las elecciones y ejerce un régimen socialista durante dos años adquiere nuevos relieves a la luz de “La historia de las utopías” de Lewis Mumford.

Los mitos creados en una comunidad bajo determinada afluencias religiosas, políticas o económicas no pueden ser caracterizados como buenos o malos; su naturaleza se define por su capacidad para ayudar a los hombres a reaccionar creativamente frente a su entorno y para desarrollar una vida humana. (Mumford, 2013: 183)

 

Lamentablemente ni el espacio ni los documentos a los que pude acceder para esta investigación me permiten hacer un estudio de la recepción que tuvo en su momento la novela. No sé si Eugenia fue realmente un ejercicio útil de imaginación y construcción del futuro de los socialistas yucatecos de la segunda década del siglo XX. La poca cantidad de hablantes de español, y de personas alfabetizadas en aquel momento, no es un panorama favorable para la potencial recepción de la obra.

Hay pocas herramientas y prácticamente es nulo el estado de la cuestión. El pensamiento de Urzaiz, además de Eugenia, no ha sido estudiado ni recopilado dignamente, como sucede con la mayoría de la literatura obrera y radical en México. La biografía que hizo Carlos Urzaiz, hijo del autor, tampoco ayuda a profundizar en el pensamiento y las prácticas del doctor, pues por ejemplo, no se menciona nada sobre la interesante disputa que Eduardo Urzaiz sostiene con José de la Luz Mena, sobre la educación racionalista (inspirada en la Escuela Moderna del mártir de la educación anarquista, Francisco Ferrer Guardia) contra la escuela del trabajo (la educación socialista propiamente). De esta discusión nos enteramos únicamente debido a “El primer congreso pedagógico de Yucatán: la escuela del futuro contra la escuela cárcel”, del libro La escuela racionalista de Yucatán: una experiencia mexicana de educación anarquista (1915-1923) de Belinda Arteaga Castillo[22]. A este tipo de discusiones sustanciosas y acaloradas tampoco le ayuda El socialismo olvidado de Yucatán de Francisco Paoli y Enrique Montalvo, que dedica casi todo el libro al proceso por el que socialismo logra ganar la gubernatura de Yucatán, dedicando únicamente unas páginas a la manera en que se vivió durante los años socialistas, el factor utópico que lo impulsó y no hay análisis literario, ni cultural, ni de ningún tipo de la prensa obrera que acompañó este proceso histórico: Tierra, el periódico cultural del Partido Socialista del Sureste[23], en el que sabemos que Eduardo Urzaiz colaboró con cuentos; y el Popular, el periódico vespertino que confrontaba y desmentía a La revista de Yucatán, la prensa burguesa. Así como los indígenas en el futurismo de Urzaiz, brillan por la ausencias los estudios serios sobre estos tópicos y los pocos que hay nublan la distancia temporal que nos separa del objeto de estudio.

Sin embargo, me parece que la novela de Urzaiz fue una aportación a la construcción de una utopía social, la de Felipe Carrillo Puerto, que arranca poco después de que se publica el texto y es cortada de raíz con su asesinato. A mi parecer, y con los fundamentos que ofrezco a lo largo de esta investigación, los personajes y argumentos que Eduardo Urzaiz ofrece en Eugenia “manchaban de blanco el verde intenso de la campiña tropical” (Urzaiz, 1982: 21) y el rojo sueño indígena de su contexto.

 

Notas:

[1] Estudió la Lic. en Lengua y Literatura Modernas en Mérida, Yucatán, se tituló con la tesis Las dos caras de Cecilia Valdés: aproximación intertextual a Reinaldo Arenas y Cirilo Villaverde, dirigida por el Dr. Adrián Curiel Rivera. Estudió maya en la Academia de lengua maya “Itzamná”. Fue becario del proyecto “La reinvención decimonónica de Yucatán 1821-1915” a cargo del Dr. Arturo Taracena; investigador del seminario “Poéticas y pensamiento: relaciones entre literatura y filosofía” y del proyecto “Literatura, filosofía y ciencia. Hacia una “metaforización” del mundo como problema transdisciplinario” del CEPHCIS-UNAM. Acaba de terminar la especialidad de literatura mexicana del siglo XX en la UAM-A. Desde el 2015 coordina el Seminario de Fuentes Literarias del Anarquismo Latinoamericano con el Dr. Rafael Mondragón en el Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM al igual que el Círculo de Estudios Anárquicos de la Cooperativa Crater Invertido. Correo: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

[2] La Sociedad Teosófica fue fundada en 1875 en Nueva York, se trata de un espiritismo resultante de la combinación de las principales religiones del mundo.

[3] Ángel Rama, La Ciudad Letrada, Uruguay, 1998, p. 44

[4] Sabine Schlickers. El lado oscuro de la modernización: estudios sobre la novela naturalista hispanoamericana. Vervuert-Iberoamericana, Frankfurt/M.-Madrid, 2003, pp. 66-67

[5] ibid p. 67

[6] ibid p. 381

[7] ibid p. 68

[8] Sizigias y cuadraturas lunares ajustadas al meridiano de Mérida de Yucatán por un anctítona o habitador de la luna y dirigidas al bachiller don Ambrosio de Echeverría, entonador que ha sido de kyries funerales en la parroquia del Jesús de dicha ciudad y al presente profesor de logarítmica en el pueblo de Mama de la península de Yucatán, para el año del señor 1775 de Manuel Antonio de Rivas fue redescubierto por Pablo González Casanova en La literatura perseguida en la Crisis de la Colonia en 1958, posteriormente es trabajado por diferentes investigadores (Cármen Fernández Galán, 1998; José Joaquín Blanco y Gabriel Trujillo Muñoz, 2000; Carolina Depetris y Adrián Curiel, 2001; al igual que Ana María Morales –sin fecha- en Tiempo y escritura, una revista de la UAM).

[9] Aaron Dziubinskyj, The Birth of Science Fiction in Spanish America. Science Fiction Studies 30 (1): 21–32, 2003.

[10] Op.cit p. 382

[11] Ibid p. 69

[12] Laura Luz Suárez y Lopez Guazo, Eugenesia y racismo en México, México, UNAM, 2005, p. 113

[13] Ibid p.114

[14] Ibid p.110

[15] Ibid p.115

[16] Beatríz Urías Horcasitas, Fisiología y moral en los estudios sobre las razas mexicanas: continuidades y rupturas (Siglos XIX y XX). Revista de indias, vol. LXV, núm. 234, 2005, p.38

[17] Francisco J. Paoli y Enrique Montalvo, El socialismo olvidado de Yucatán, México, Siglo XXI, 1980

[18] Ibid, pp. 93-119

[19] Uno de los retratos mejores logrados al respecto de esta problemática es México Bárbaro (1908) de John Kenneth Turner, un periodista, amigo de los pelemistas, que se hizo pasar de inversionista para descubrir lo que sus amigos anarquistas mexicanos le contaban sobre México.

[20] Un caso interesante de literatura política en el que también puede verse este problema es Sembrando Flores (1906) del anarquista español Federico Urales, una novela infantil de la Escuela Moderna de Barcelona – aunque existen varias pistas en la prensa obrera para pensar que también se leyó en México-, a manera de bildungsroman. En ella, Floreal, el protagonista, después de formarse en una escuela racionalista se vuelve un prolífico escritor a favor de los desposeídos, pero al enamorarse deja de participar activamente en el cambio social. El tío de su esposa, Armonía, un día lo confronta al respecto de su papel como luchador exclusivamente de la pluma en un pasaje emotivo de la cultura literaria de los movimientos anticapitalistas de hace un siglo.

[21] Como señala Fidencio Briceño Chel en Lengua e identidad entre los mayas de la península de Yucatán: “El Estado de Yucatán vive una situación distinta a la de los otros Estados de la Península, pues de los 106 municipios en los cuales se encuentra distribuido el número de 1'188,433 habitantes (XI Censo de Población y Vivienda 1990), no existe uno solo de esos municipios donde no se hable la lengua nativa.
    Según dicho Censo, en el Estado de Yucatán 525,264 personas de 5 años y más declararon hablar la lengua maya, situándose de esta manera, en el ámbito nacional, como la entidad federativa con el mayor porcentaje de hablantes de lengua indígena, aproximadamente el 44%.

[22] Belinda Arteaga Castillo, La escuela racionalista de Yucatán: una experiencia mexicana de educación anarquista (1915-1923). México, Universidad Pedagógica Nacional, 2005.

[23] Por artículos publicados en el periódico ¡Por Esto! y videos de youtube sabemos que Damiana A. Leyva Loría (1983) hizo una tesis de maestría sobre Tierra, que tuvo una vida de seis meses. Desgraciadamente la investigación no está disponible en internet y no pudimos consultarla para este trabajo.

 

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Cómo citar este artículo:

BOJÓRQUEZ, Alfredo, (2017) “El silencio en Eugenia (1919)”, Pacarina del Sur [En línea], año 8, núm. 30, enero-marzo, 2017. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Jueves, 20 de Julio de 2017.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.com/index.php?option=com_content&view=article&id=1439&catid=11

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