Pacarina del Sur
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Rosario Castellanos y su utopía

En apretada síntesis, este texto desarrolla aspectos relevantes de esta mujer fuera de serie que escribe sobre temas que nadie más trata: la mujer y el indio, en una época en que la guerra fría y las revoluciones latinoamericanas son el tema en boga, desafiando a la normalidad.

Palabras clave: utopía, poesía, feminismo, indigenismo

 

La época.

La producción mayor de la obra de Castellanos se realiza entre los años cincuenta y sesenta. Su pertenencia es a una generación, la de los 50, que recibió la estafeta de los Reyes y los Paz. Generación marcada por la Guerra Fría y su proyecto político, ideológico y cultural. El triunfo de la Revolución cubana incentiva su contraparte, la Pax (Norte)americana y la Alianza para el Progreso. En México, al despilfarro y frivolidad alemanista le sigue una inserción en los mercados trasnacionales y un relativo ascenso de capas medias y dos migraciones: del campo a la ciudad y de México hacia los Estados Unidos. Directa o indirectamente nos hemos uncido al carro occidental y, con ello, hemos anulado nuestro proyecto como nación original. El indigenismo en boga promueve la integración, desechando la diversidad cultural, y al indio se le contempla cual rémora que impide el avance al progreso. En las letras, Rosario es un ave rara pues escribe sobre dos temas extravagantes e intrascendentes: la mujer y el indio. ¡Ay, Chayito, siempre con sus marimachas y sus inditos! El desprecio, rechazo o indiferencia serán el leit motiv hacia una visionaria, Rosario Castellanos, que supo valorar el pasado y el porvenir.

 

El ensayo.


Quienes lean el ensayo Declaración de fe de Rosario Castellanos valorarán su madurez, su estilo depurado, sus juicios puntuales a mujeres mexicanas en cuatro etapas de nuestra historia: prehispánica, colonial,  independiente y contemporánea. Rosario no se anduvo con medias tintas en su Declaración de fe. Nada más ajeno a Castellanos la emisión de juicios complacientes o amistosos apelando a una falsa solidaridad de género. Ello, pudo acarrearle enojos y maledicencias aún en su propio género. Pero también en el ámbito masculino no sólo no hubo valoración sino indiferencia y hasta rechazo de quienes no deseaban “leer querellas de sufragistas”, dixit Fernando Benítez.  Mientras Simone de Beauvoir publica el canon feminista, al siguiente año Rosario  presenta su tesis Sobre Cultura femenina y no por ello, ¿o por lo mismo?, tuvo cabida alguno de sus ensayos en el Ensayo mexicano moderno de José Luis Martínez. Similar al síndrome de Tobi, posiblemente en los cincuenta el ensayo se consideraba espacio de varones.

 

La mujer.

Si el refrán misógino, y título de colección de ensayos de Rosario Castellanos, Mujer que sabe latín…ni tiene marido ni tiene buen fin, lo aplicó a variadas escritoras pudo también ser un bumerang que se le revirtió en una época y en una sociedad que llamaba sufragistas, lesbianas y demás lindezas a quienes se ocupaban de irrelevante tema y que no tuvieron buen fin. En 1949 se publica el Segundo sexo, fecha relevante mundial y en 1950 presenta Castellanos su tesis. La primera data es acontecimiento mundial, la segunda apenas una anécdota en ámbitos académicos. En esta, que realiza para obtener el grado de maestra en filosofía, ubica problemas centrales de la reflexión feminista: ¿existe una cultura femenina? ¿Es diferente a la masculina? ¿A qué se debe la subordinación de las mujeres y de su producción? Por estas interrogantes podemos considerarla como pionera en el feminismo mexicano. Su reflexión parte de su propia vivencia, de un cuerpo vivido que busca respuesta a contradicciones cada vez más evidentes. Así, señala que la problemática de las mujeres compartida en términos generales, posee una especificidad histórica y geográfica. Ser mujer y mexicana abre una dimensión novedosa en la problemática de género.

 

Su visión de lo indio.

La mayor parte de su obra la dedica Rosario a novelar, relatar, historiar, testimoniar sobre l@s indi@s mexican@s. Es decir, apostó por un sujeto que ya no era de prestigio ni representativo de la nación mexicana. El charro y la china poblana, hacendados, serían los estereotipos de la clase dominante de esa época: a caballo, con pistola al cinto y sombrero; es decir un triunfador frente al indio de calzón de manta. Con Balún-Canán -el robo del arca de la memoria que es la palabra-, Ciudad Real –“La muerte del tigre”, cual metáfora de una cultura- y Oficio de tinieblas -la inmolación de un adolescente indio a imagen del Cristo de Occidente- recrea un universo en resistencia, un segmento de la civilización mesoamericana que pervive al través de sus lenguas, sus mitos, ritos y su vínculo con la tierra de sus ancestros. Todo ello la convertía en blanco de críticos y analistas  que verán en el indigenismo y el costumbrismo, señales de decadencia y un pasado ya muerto o que debía de morir, y en una etapa que surge el rutilante boom literario. Intelectuales encandilados por el proyecto Occidente: la urbe, lo cosmopolita, lo moderno. Rosario resiste y viaja a Chiapas a escenificar obras de guiñol, a escribir libretos cívicos y educativos para tzotziles y tzetzales, para convivir con los indios.

 

La ironía.

Este mecanismo, burla sutil en que se dice lo contrario de lo que se piensa, es más que un recurso literario para Rosario Castellanos: es la posibilidad de trascender como escritora y, a la vez, develar espacios prohibidos, ¿masculinos? En un universo patriarcal, la ironía es una tarjeta de presentación, un pasaporte que permitirá trascender espacios copados por el hombre, o por mujeres que piensan y actúan como varones. La ironía, en este sentido, será una concepción del universo, un punto de vista que permite armar y rearmar ese universo. Con el poder de esa burla sutil, una mujer se convierte en transgresora y, por lo mismo, mantiene un equilibrio con el mundo masculino. ¿Un espacio neutral? Una defensa contra el  mundo infame. Quien asume seguridad, fortaleza y alegría de vivir es capaz de ironizar pero también corre el riesgo de perderse en el océano de las contradicciones, cuando la ironía es un fin. La ironía es propia de las débiles, de las desamparadas y, por ello, un arma poderosa contra la necedad, la frivolidad y la intolerancia.

 

La escritora.

Tal vez por la  inseguridad juvenil empezó desde muy temprano a escribir poesía; ese género clandestino propio de sabias, magas y profetas y que sale a la luz cuando ya es irremediable la Trayectoria del polvo. El oficio de narradora lo asume con fuerza y valentía de las predestinadas y en la madurez de su vida, es decir en su plena juventud, a los treinta y dos años publica Balún-Canán. Después vendrá la relatora de Ciudad Real, metáfora de tiempos cíclicos que devela el esplendor y decadencia de San Cristóbal de las Casas con sus contradicciones y una vida campesina-indígena que se niega a ser pasto de los fulgores modernos. Abominó de sus obras teatrales y las consideró materia ideal de los grados farenheit. Escribió reseñas y análisis de escritoras feministas o no de la vanguardia occidental. Son memorables sus escritos sobre Virginia Wolf, Clarice Lispector  y las Simonas.  Ejerció tardíamente,  decía, el oficio de periodista en el Excélsior de Julio Scherer. Los primeros artículos los escribió con cincel y martillo, eso lo confesó también, pero más tarde evolucionó a la excelsitud editorialista. Sus notas periodísticas las comentábamos en la escuela con sus temas privilegiados: cosas de mujeres, el dedo en la llaga, los indios, y notas autobiográficas y cotidianas. Sin embargo, su personalidad, a través de su obra creativa, fue objeto de una semblanza psicoanalítica: la analista, Estela Franco, encontró vínculos sadomasoquistas, inseguridades, problemas incestuosos con su madre, envidia del pene y una serie de traumas y complejos derivados de una niñez desolada y de una ausencia de amor paternal. Años atrás, Rosario ironizaba sobre el sicoanalista Ludwig Pfandl que, como a ella, aplicó el arsenal freudiano en la persona de Sor Juana. Decía Rosario:

Allí la tenemos diseccionada… y su diagnóstico no le favorece mucho. Más que eso es un catálogo de todos los complejos, traumas y frustraciones de que puede ser víctima un ser humano. Naturalmente, en su relación con su familia hay todas esas ambivalencias que se explican gracias al comodín de Edipo. Naturalmente, por su belleza, por su talento, era narcisista. ¿Confiesa su ansia de saber? Es neurótica. ¿Usa un símbolo? ¿Es efusiva con alguien? ¡Cuidado! O hay un efecto equívoco o hay un deseo inconsciente de matar… Un libro así indigna, no por su parcialidad sino porque tales criterios han sido superados por otros más amplios. ¿No sería más justo pensar que Sor Juana, como cualquier ser humano, tuvo una columna vertebral, que era su vocación y que escogió entre todas las formas de vida a su alcance aquella en que contaba con más probabilidades de realizarla?

 

La utopía.

Cuando Rosario Castellanos, cual profeta, se refiere a Otro modo de ser, más humano y libre apela a la utopía pero difiere del razonamiento tradicional que percibe en ésta a lo irrealizable, lo fantasioso, las buenas intenciones. Efectivamente, escribir en su época sobre el indio y la cultura femenina no trascendía las buenas intenciones y, de ahí, los motes de fantasiosa, soñadora… utópica.  Pensar y comportarse en forma normal, en los estrechos márgenes de lo razonable, no era parte de su personalidad. Nunca se privó de la capacidad de soñar, como decía Pisarev, “de adelantarse y contemplar con su imaginación el cuadro completo de la obra que se bosquejaba en sus manos… en las penosas empresas en el terreno de las artes, de las ciencias y de la vida práctica… Cuando existe un contacto entre los sueños y la vida, todo va bien”. Bonfil Batalla, otro utópico que dedicó sus afanes a evidenciar el México Profundo, el indio contemporáneo, hablaba sobre la carencia de utopías: “si no tenemos una capacidad de imaginar un futuro mejor acorde con nuestra realidad, estamos rindiéndonos a la pérdida de nuestro futuro, y estamos aceptando un futuro impuesto”. Castellanos podría ufanarse de una de sus utopías hoy cristalizada a través de los caracoles y las Juntas de Buen Gobierno que los indios zapatistas crean en un futuro que ya llegó.

 


[1] Profesor-investigador de la UAM-A, Dpto. de Humanidades, Área de Literatura.

 

Bibliografía

-         Bonfil, Guillermo. México Profundo. México, SEP-Ciesas, 1987.

-         Castellanos Rosario. El uso de la palabra (Notas periodísticas. Edición, José Emilio Pacheco y Danubio Torres Fierro). México, Excélsior, 1974.

-         -------- Declaración de fe. México, Alfaguara, 1997.

-         -------- Sobre cultura femenina. México, FCE, 2005.

-         Colombres, Adolfo. América como civilización emergente. Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 2004

-         Franco, María Estela. Rosario Castellanos. Semblanza psicoanalítica. México, Plaza y Janes, 1984.

-          Villoro, Luis. . Los grandes momentos del indigenismo en México. México, Ciesas-SEP, 1985.

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