Pacarina del Sur
Pacarina del Sur
Pacarina del Sur

El vaso y la historia. El tiempo múltiple que contiene una modernidad alternativa

The glass and the history. The multiple time containing an alternative modernity

O vidro e história. O tempo de múltipla contendo uma modernidade alternativa

Daniel Inclán

Recibido: 16-06-2013; Aprobado: 01-07-2013

Resumen

Resumen: La representación del tiempo que acompaña a la modernidad capitalista es la de un movimiento homogéneo y ascendente, un acumulado de mejoras a las que, al menos de manera ideal, tendrían que llegar todos los habitantes del mundo. Esta es la figura del tiempo del progreso, que puede ser criticada desde una lectura que reconozca la multiplicidad de temporalidades que están presentes, de manera potencial o actual, en el universo de las cosas construido por la versión capitalista de la modernidad. En los objetos cotidianos están contenidas las disputas por llenar de sentidos los distintos tiempos sociales. Los aparentemente universales utensilios cotidianos son consecuencia de disputas históricas, no son resultados necesarios ni inevitables. A través de estas cosas podemos leer la presencia del pasado en el presente, por sus indicios, huellas o evidencias que llevan inscritas.

Mirar al presente como síntesis conflictiva de múltiples temporalidades, y no como un resultado necesario, nos permite entender la realidad desde lo que pudo ser, de aquello que permanece como inscripción silenciosa en la forma del mundo. Lo alternativo a la modernidad capitalista está no sólo en lo que se pueda hacer hacia futuro, también reside en las derrotas de los proyectos sociales del pasado, en lo potencial de las prácticas que denunciaban los límites de la modernidad capitalista y que anunciaban la posibilidad de otro mundo.

Palabras clave: historia, temporalidades, modernidad, mundo cotidiano

 En la mano crispada de un muerto,
en la memoria de un loco,
en la tristeza de un niño,
en la mano que busca el vaso,
en el vaso inalcanzable,
en la sed de siempre.

Alejandra Pizarnik, Moradas

 

¿Qué miramos cuando tenemos un vaso enfrente de nuestros ojos? ¿Qué procesos ocultos están guardados en ese peculiar objeto que contiene líquidos, bebidos o por beber? ¿De qué tiempos nos habla ese espacio tridimensional cóncavo? Tan acostumbrados estamos al uso de los vasos, que poco solemos preguntar por su genealogía, su existencia y su futuro. El vaso, en sus distintos materiales, diseños y tamaños, parece un resultado necesario del desarrollo humano; está entre nosotros como si su existencia respondiera a un llamado transhistórico. De la misma forma en la que procedemos con el vaso solemos hacerlo con la mayoría de los opacos objetos de la vida cotidiana, esos cuya presencia silenciosa y lenta transformación intentan sugerirnos que siempre han estado ahí: la cuchara, el cuchillo, la silla, la mesa, los espejos, las puertas, las ventanas y cientos más. Todos ellos conforman un estado de cosas que parecen acompañantes necesarios de la domesticación humana del mundo.


¿Sí al vaso le preguntáramos por lo que contiene, además de líquidos? ¿Si le preguntamos por lo que lo acompaña como posible, por lo que no puede ser en la forma-vaso pero aun así está presente en ella? Tal vez el vaso nos respondería que es un objeto triunfal de una larga batalla histórica por definir la forma de llevar líquidos (una batalla que aún no termina pero que avanza rápidamente sobre las diversas fuerzas de resistencia). El vaso reconocería que es uno de los símbolos translúcidos de una modernidad dominada por el capitalismo, de un proyecto civilizatorio que define y estandariza las prácticas y los cuerpos no sólo por la violencia directa, sino también por la violencia que los objetos representan. El vaso-triunfal esconde las batallas por definir las múltiples formas en las que lo humano se relaciona con los líquidos, se presenta como la forma más adecuada para el propósito que se persigue: contener bebidas en pequeña proporción y estar dispuestas al consumo humano.

El vaso moderno va contra su propia historia, a pesar de su diferencia artificialmente producida (en diseños interminables, texturas asociadas a los líquidos a los que se destina su uso, colores que alteran la imagen del contenido) reniega de lo múltiple que está en la etimología misma de la palabra. En latín antiguo vasum nombraba cualquier recipiente cóncavo, independiente de su uso. Hoy el vaso se entiende como el recipiente para beber líquidos. Su existencia en la modernidad capitalista reduce su historia y acorta la riqueza la palabra. El vaso moderno, presente en numerosos rincones de la vida cotidiana, aunque no universal en su uso, esconde detrás de sí su propia historia y las historias humanas que en él están sintetizadas como borraduras: como batallas y derrotas. 

Lo que el vaso nos diga sobre su pasado nos permite darnos cuenta, en principio, que no es un resultado inevitable y, por tanto, tampoco es la mejor expresión de la necesidad humana de contener líquidos para ser consumidos. El vaso expresa lo que la modernidad capitalista hace con los objetos, vaciarlos de historia, presentarlos como resultados necesarios de su desarrollo y como únicas expresiones posibles para resolver problemas humanos (por ser las mejores soluciones).

El vaso se nos presenta como resultado de la racionalidad instrumental, que combate lo perecedero de las formas arcaicas de contener líquidos; el vaso expresa la asepsia del mundo moderno, contra las formas tradicionales, “insalubres y poco higiénicas”. No importa que el vaso globalizado, simbolizado en su forma plástica (ya sea de poliestireno –unicel– o polímero), sea dañino para la salud en el largo plazo. Su existencia anuncia la violencia histórica contenida en los objetos de la vida capitalista.  

¿Junto a la  diferencia artificial de los vasos, qué lugar ocupan las jícaras, los gaujes, las hojas de plátano, los tallos leñosos? En la modernidad capitalista su lugar es la borradura, la ausencia. Pero su existencia se presenta de múltiples maneras, a veces imperceptibles, otras como fulguraciones que convocan a una relación distinta con los objetos.

 

Pensar desde lo que pudo ser

Es triste, pero jamás comprenderé las aspirinas efervescentes, los alcaselser y las vitaminas C. Jamás comprenderé nada efervescente porque una medicina efervescente no se puede tomar mientras efervesce puesto que parte de la pastilla se te pega al paladar y qué cosquillas, por lo demás totalmente desprovistas de propiedades terapéuticas.

Julio Cortázar, En un vaso de agua fría o preferentemente tibia.

 

Un vaso no es sólo un objeto, es parte de una compleja cadena de significaciones; expresa, en su presencia y en su uso, un código cultural, una forma singular de existencia humana. Los distintos utensilios para contener líquidos son parte de la configuración del sentido de la vida colectiva, del sentido de las prácticas en común. No son simples objetos remplazables, menesteres que pueden ser retirados de la vida cotidiana sin que nada en ella se altere.


Los objetos de la vida cultural están cargados de tiempo histórico, son una forma en la que el pasado se materializa en el presente. Los objetos y sus prácticas concomitantes expresan el cultivo de una identidad singular concreta; por eso su existencia no puede reducirse a una utilidad pragmática, sustituible por mejores y eficientes maneras de hacer. En ellos habita el pasado como un problema pendiente de ser resuelto, como un eco polifónico de las experiencias vividas y de los proyectos por dar forma y dirección a la vida colectiva. 

El pasado está presente en los objetos y las prácticas al menos de cuatro formas: 1) como borradura, 2) como indicio, 3) como huella y 4) como evidencia.  Las cuatro se presentan de manera simultánea y expresan lo no-esencial de la vida cultural, sino la dinámica temporal del cultivo identitario. La evidencia demuestra que en el presente habitan múltiples matrices históricas, materializadas en objetos o en prácticas. La huella, por su parte, es la marca que queda del tiempo pretérito, una herida abierta que expresa las múltiples formas de vivir. El indicio es una presencia que nos remite a realidades no percibidas o no entendidas, una señal que nos lleva a pasados que parecen ausentes. La borradura juega un papel similar al del silencio en la organización de las significaciones: no tiene contenidos específico, pero se siente y tiene presencia.


Estas presencias del pasado tienen una peculiar material, pues si bien están en el ahora, lo están como una vocación  (un llamado) y como una provocación. Es decir, están incompletas, y reclaman ser completadas por los sujetos prácticos que habitan el presente. El dilema es si el sujeto práctico puede atender ese llamado y actuar en consecuencia, porque el pasado se cita en el presenta sin una forma específica, sin un código prestablecido, refulge (en la imagen de Benjamin es un relámpago). 

La historia es movimiento de las identidades singulares, expresión de la libertad, pero no voluntarismo. Es un compromiso con el presente desde lo pasado, como única base posible de opciones de futuro. En este proceso el pasado es un problema y una condición. Un problema doble, primero porque no termina de ser, de ocupar un espacio en la vida de los grupos sociales; segundo, porque requiere de estrategias de entendimiento siempre renovadas, acordes al presente político y a las formas en las que lo pretérito es actual. La historia es una condición en tanto movimiento vivo que habita el presente; es la base de las fuerzas sociales, que se presenta como tradición y como memoria.

El reto analítico es por aprehender lo múltiple del pasado, como potencia de realidades derrotadas o enmudecidas. Bolívar Echeverría recuerdan “que lo que es no tiene más ‘derecho a ser’ que lo que no fue pero pudo ser.” O diría Walter Benjamin, que “nada de lo que tuvo lugar alguna vez debe darse por perdido para la historia.” Porque todo lo realmente existente lleva la huella de la contradicción, de la potencia de lo múltiple, de lo que no se reduce a la forma positiva que adquiere la existencia del acontecer.

Aquí el presente se entiende como un tiempo histórico, como el tiempo del ahora según Benjamin, el tiempo de lo posible que se alimenta de las experiencias pretéritas, de sus potencias ocultas, de sus fracasos o sus triunfos. El presente se piensa a partir de la historia y se forja a partir de la política.  El presente es el emplazamiento en el que se sintetiza lo que ha sido y lo que pudo ser; es el anclaje de toda historia que se opone a la eternidad pasiva del pasado mirado como simple historicidad. Esto no hace al presente eterno, sino un momento de detenimiento, de equilibrio relativo, en el que se reconfigura el sentido de lo común y el objetivo de la existencia colectiva.

 

Historia y transformación

Yo sueño con un vaso humilde y simple arcilla,
que guarde tus cenizas cerca de mis miradas;
y la pared del vaso te será mi mejilla,
y quedarán mi alma y tu alma apaciguadas.

    No quiero espolvorearlas en vaso de oro ardiente,
ni en la ánfora pagana que carnal línea ensaya:
sólo un vaso de arcilla te ciña simplemente,
humildemente, como un pliegue de mi saya.

Gabriela Mistral, El vaso

 

Ante la aparente inevitabilidad de lo dado es menester desempolvar la negatividad de la crítica, para pensar en otras realidades posibles y no sólo en mejorar lo inmejorable del proyecto civilizatorio capitalista. La crítica debe volver su objetivo a las raíces de la modernidad capitalista (hacerse nuevamente radical), con la intención de denunciarla, socavarla y construir las bases  de otra socialidad en la que no se ponga en riesgo la existencia múltiple de lo humano.

El primer paso de la crítica sería, entonces, reconocer en él ahora la contradicción inherente del tiempo histórico, en el que se materializan las diversas realidades sociales (potenciales o actuantes) que configuran una imagen de mundo que no es producto de la modernidad capitalista, sino que reclama por ser reconocida como opuesta a ella.


La reproducción de la lógica capitalista no depende de unos “malos”, que imponen por engaño o por la fuerza su visión del mundo; La reproductibilidad de este sistema depende, en menor o mayor medida, de una amplia multiplicidad de sujetos. Y es ahí donde reside también la posibilidad de construcción de otro orden, porque no es una imposición unilateral de una entidad suprahumana o malignamente humana, por tanto, es una actualización que puede ser negada o suspendida en función de nuevas formas del mundo de vida. Esto no elimina la dimensión ética, sino que la ubica en el reconocimiento de una pugna entre sujetos, sin reducir la lectura a dominadores y dominados; por el contrario, se requiere pensar al vencido como un sujeto que actúa su identidad, un sujeto político en pugna por cultivarse críticamente como particular en el orden de lo humano.

Acá podemos recuperar una paráfrasis que hacía Bolívar Echeverría sobre Benjamin,  para hablar de “una débil fuerza revolucionaria”, un secreto compromiso con los otros, con los vivos y con los muertos, en el que se asume el riesgo de actualizar los esfuerzos por un orden de cosas distinto, en una actualidad inmediata que niegue la lógica capitalista mediante la defensa de pequeñas pero taladrantes lógicas singulares. La débil fuerza revolucionaria tendría lugar en la actualización de mundos inmediatos alimentados de los pasados de lucha. La débil fuerza revolucionaria sería ese compromiso que todos los días recuerda que vale la pena morir por algo, literal o metafóricamente, que la existencia no es un absoluto, sino  una entrega en la que la vida se arriesga por el compromiso de actualizar los contenidos del mundo común, por repolitizar la existencia. La muerte es, entonces, un acto de voluntad, pero más que tortuoso, lúdico, síntesis de la insumisión de la voluntad de forma. La pregunta está en el aire, no hay una sola respuesta que pueda definir por qué vale la pena morir, literal o metafóricamente.

 

Para qué historia hoy (Respuesta en citas)

Pobre amigo, ya pronto se vaciará tu vaso. 

No pienses que fue un vaso más grande que los otros. 
Hay en el mundo tanto dolor, que toca

a cada alma; la tuya recibió su porción 
bien servida..., mas ¡ay! cuántas almas mejores 
padecieron la dura preferencia de Cristo, 
que sólo a los más grandes concede el privilegio 
de los grandes dolores.
Pero vacío el cáliz, ya no es dulce ni amargo.
El paladar no tiene memoria de sabores,
y al salir del letargo,
¡quién piensa en lo bebido!
-¿Morir es por ventura como no haber vivido?
-¡Morir es un olvido
de todas las espinas. . . recordando las flores!

Amado Nervo, El vaso

 

“Sucedió el 7 de agosto de 2010, en la autopista México-Puebla a la altura del km. 28, conocido como caseta vieja, aproximadamente a las 11:30 o 12:00 de la noche, venia de su trabajo de serigrafía en su bicicleta, y según testigos, se le cayó su celular y se detuvo para levantarlo cuando se produjo el hecho. La versión de la Procuraduría fue un atropellamiento, sin embargo cuando fui a recoger su cuerpo no presentaba señales de tal, su ropa estaba intacta al igual que su mochila y solo presentaba un golpe en el rostro. En cuanto a justicia no se ha hecho nada al respecto, la procuraduría dio carpetazo con su versión de accidente.” Testimonio sobre el asesinato de Jesús Carreón Baltazar.


“El asombro ante el hecho de que las cosas que vivimos sean ‘aún’ posibles en el siglo veint[iuno] no tiene nada de filosófico. No está al comienzo de ningún conocimiento, a no ser el de que la idea de la historia de la cual proviene ya no puede sostenerse.

”La tradición de los oprimidos nos enseña que el ‘estado de excepción’ en que ahora vivimos es en verdad la regla. El concepto de historia al que lleguemos debe resultar coherente con ello. Promover el verdadero estado de excepción se nos presentará entonces como tarea nuestra, lo que mejorará nuestra posición en la lucha contra el fascismo. La oportunidad que éste tiene está, en parte no insignificante, en que sus adversarios lo enfrentan en nombre del progreso como norma histórica.” W. Benjamin, Tesis sobre la historia, tesis VIII

 

Bibliografía:

Benjamin, Walter (2008). Tesis sobre la historia. México, Ítaca.

Cortázar, Julio (2009). En un vaso de agua fría o preferentemente tibia. En Papeles inesperados. Madrid: Alfaguara.

Echeverría, Bolívar (1995). “Modernidad y capitalismo. 15 tesis”. En Ilusiones de la modernidad. México: El equilibrista-UNAM.

Mistral, Gabriela (2001). El vaso. En Antología poética. Santiago: Editorial Universitaria.

Nervo, Amado (1975). El vaso. En Poesía completa. Madrid:Aguilar.

Pizarnik, Alejandra (2003). Moradas. En Poesía completa. Madrid: Lumen.

 

Cómo citar este artículo:

INCLÁN, Daniel, (2013) “El vaso y la historia. El tiempo múltiple que contiene una modernidad alternativa”, Pacarina del Sur [En línea], año 4, núm. 16, julio-septiembre, 2013. ISSN: 2007-2309. Consultado el

Consultado el Martes, 17 de Octubre de 2017.
. Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.comindex.php?option=com_content&view=article&id=778&catid=11

Si deseas colaborar con nosotros, lee las indicaciones para publicar