Pacarina del Sur
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Gustavo Pérez Hinojosa

 

Como muchos de mi generación, yo venía de padres militantes o simpatizantes apristas y en mi juventud me incorporé a la actividad política en alguno de los Partidos Comunistas o “ramas” de éste. En mi caso, milité en Patria Roja, una organización de corte maoísta entre 1975 y 1980.

Las contiendas internas que se susctiaron en Patria Roja, y el rompimiento y debates a nivel internacional entre el Partido del Trabajo de Albania (PTA) y el Partido Comunista Chino (PCCH) me llevaron a cuestionarme las estrategias planteadas tanto por “Patria Roja” como por su tronco original, “Bandera Roja”. Éstas se resumían en la apuesta por una Revolución Antimperialista y Antifeudal o Nacional Democrática conforme a las tareas principales que ésta debía cumplir: la liberación nacional del yugo imperialista y la revolución agraria.

El trabajo de autosostenimiento consumió mi actividad personal e investigatoria hasta el año 2005 en que me reencontré con un grupo de excompañeros que reestudiaban la obra de José Carlos Mariátegui. El grupo de estudio se autodenominó Foro Centenario José Carlos Mariátegui y era orientado por Ramón García Rodríguez y Miguel Aragón Ojeda.

En el grupo, discutimos que la aparente semifeudalidad de la sociedad peruana no solo no era estática ni inmóvil, sino que, más bien, constituía un capitalismo atrasado, como Mariátegui había dejado ver en su conocida entrevista publicada en La Sierra (1927),[1] así como en sus artículos sobre el leguiísmo).

Tras la independencia de España y la expulsión de los invasores chilenos del siglo XIX, la opresión y dominación de Perú provenía de nuestra propia burguesía nacional como intermediaria o aliada del capital imperialista. De allí que la solución no fuera la división y distribución de la propiedad terrateniente sino la entrega de la tierra a las comunidades campesinas organizadas. Es decir, aprovechar, mantener y desarrollar la propiedad colectiva de la tierra aún subsistente en los Andes. La transformación se daría a través de una Revolución socialista.

Bajo tales premisas y siguiendo el hilo de la historia del Partido Comunista Peruano, llegué a la conclusión que, cuando en su IV Conferencia Nacional éste acordó retomar las ideas de Mariátegui como guía para la Revolución, también retomó a la Revolución China como modelo. Sin embargo, en el “Punto de Vista Anti-imperialista” de Mariátegui (1929),[2] éste se había deslindado de la vía de la Revolución china, mencionándola incluso como (“…A diferencia de China”).

Fue en esa etapa de mi vida, a inicios del siglo XXI, que conocí a Ricardo Melgar Bao, quien era amigo de Miguel Aragón y del Foro Centenario José Carlos Mariátegui. De cuando en cuando Ricardo llegaba a Perú desde México, y en su calidad de profesional sobre la materia, exponía temas internacionales y nacionales de la revolución latinoamericana, haciendo énfasis en la obra de Mariátegui.

Pasando de mi etapa de seguidor de sus investigaciones a la de amigo personal de Ricardo, él reorientó mis búsquedas sobre este tema. La “importación” del modelo de Revolución Nacional Democrática, Antiimperialista Antifeudal no venía desde la avasalladora influencia del maoísmo en América Latina en 1964, sino que había sido prácticamente impuesto por la Internacional Comunista (IC) y Mariátegui había polemizado con ello.

Escultura de Mariátegui, Casa Museo Mariátegui, 28 de marzo de 2017
Imagen 1. Escultura de Mariátegui, Casa Museo Mariátegui, 28 de marzo de 2017.
Fuente: José Félix.

 

El camino de oriente

Así, después de mucha insistencia mía, Ricardo me hizo conocer, con uno de sus trabajos (“De la historiografía y las fuentes sobre el marxismo latinoamericano en el período de la Internacional comunista”), en parte inédito, y que por razones que ignoro no fue publicado por la Escuela Nacional de Antropología e Historia, lo que él denominaba “el Camino de Oriente”, recogiendo la experiencia de la Internacional Comunista.[3]

En efecto, para el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista (en adelante CEIC), en vísperas de su II Congreso (1920), Oriente no significaba solo el continente asiático oprimido, sino también todo el mundo colonial, el mundo de los pueblos oprimidos de Asia, África y América Latina. Era realmente la “universalidad” del Camino de Oriente, el prisma ideológico a través del cual el CEIC trataba los problemas de quienes, como América Latina “carecían de fisonomía política y cultural propia”. Luego los rasgos agraristas de la Revolución Mexicana refrendaron que el Camino del Oriente “era necesario y viable en América Latina”.

Tras el IV Congreso de la IC, el CEIC se vio forzado por las circunstancias a plantear el debate sobre la unidad y heterogeneidad de los procesos revolucionarios del mundo colonial, partiendo de las experiencias asiáticas del Camino de Oriente.

En su Informe al VI Pleno Ampliado del CEIC (febrero-marzo de 1926, Zinoviev señaló que “no estaba lejos el momento en que América Latina se convirtiese en la China del Lejano Este y México en el Cantón de América Latina”, y en su Informe al VI Congreso de la IC, Kuusinen expresó la construcción del “paradigma de Oriente”, a partir de la revaloración de la práctica y la perspectiva de los comunistas en la Revolución China, ocupándose muy poco o nada del problema indígena.[4]

Finalmente, la Primera Conferencia de Partidos Comunistas de América Latina, de junio de 1929, en Buenos Aires, transparentó que los comunistas latinoamericanos sentían la falta de desarrollo de la forma nacional del marxismo, intuyendo la artificialidad de las fórmulas genéricas sobre los “países semicoloniales” y sus “vías orientales” de la Revolución.[5]

 

La Primera Conferencia Comunista Latinoamericana: escenario del debate entre Mariátegui y la Internacional Comunista

Como lo refleja magistralmente Ricardo Melgar, la Conferencia se convirtió en el debate de las posiciones del CEIC, representadas por el Secretariado Sudamericano, encabezado por Vittorio Codovilla con las tesis de Mariátegui, traídas a ésta por la delegación peruana conformada por Hugo Pesce y Julio C. Portocarrero (son las mismas que figuran en “Punto de Vista Anti-imperialista”, reproducido en Ideología y Política). En resumen, el debate se dio entre la ponencia peruana que partía de la impugnación del modelo asiático del Kuomintang, y que a la vez cuestionaba el formalismo analógico del Camino de Oriente, que volvía a prevalecer en el CEIC a partir del replanteamiento del curso de la Revolución China, y la impugnación del “particularismo” del planteamiento peruano, por parte de Codovilla, por afectar las tesis generales de la IC, sobre táctica a seguir en Asia y América Latina.

Composición de libro Mariátegui, Indoamérica y las crisis civilizatorias de Occidente de Ricardo Melgar y antigua estatua de madera de niño chino durante la Revolución cultural
Imagen 2. Composición de libro Mariátegui, Indoamérica y las crisis civilizatorias de Occidente de Ricardo Melgar y antigua estatua de madera de niño chino durante la Revolución cultural.
Fuente: Pacarina del Sur.

El Camino de oriente coincidía con las tesis apristas del Frente Único Antimperialista y Antifeudal. No en vano Haya calificaba al Apra como el “Kuomintang peruano” en El Antimperialismo y el Apra (1935).[6] A estos guiños ideológicos yo los denominé en borradores como el “aprismo-maoismo-pensamiento sun yat sen”. En este convergían las tesis de Sun Yat Sen sobre la necesidad de una Revolución Antimperialista y Antifeudal con la apuesta de Mao de avanzar hacia una posterior Revolución Socialista. No obstante, el proceso chino no continuó hacia el socialismo y decantó en una democracia revolucionaria.

Una relectura de “Punto de vista Anti-imperialista” de Mariátegui (1969) nos puede dar las dimensiones del debate del Amauta contra el Camino de Oriente impuesto en América Latina y en particular en el Perú.

 

¿Hasta qué punto puede asimilarse la situación de las repúblicas latinoamericanas a la de los países semi-coloniales?

[…] las burguesías nacionales, que ven en la cooperación con el imperialismo la mejor fuente de provechos, se sienten lo bastante dueñas del poder político para no preocuparse seriamente de la soberanía nacional. Estas burguesías, en Sud América, que no conoce todavía, salvo Panamá, la ocupación militar yanqui, no tienen ninguna predisposición a admitir la necesidad de luchar por la segunda independencia, como suponía ingenuamente la propaganda aprista […]. Pretender que en esta capa social prenda un sentimiento de nacionalismo revolucionario, parecido al que en condiciones distintas representa un factor de la lucha antiimperialista en los países semi-coloniales avasallados por el imperialismo en los últimos decenios en Asia, sería un grave error […].

La colaboración con la burguesía, y aun de muchos elementos feudales, en la lucha antiimperialista china, se explica por razones de raza, de civilización nacional que entre nosotros no existen. El chino noble o burgués se siente entrañablemente chino […] El anti-imperialismo en la China puede, por tanto, descansar en el sentimiento y en el factor nacionalista. En Indo-América las circunstancias no son las mismas. La aristocracia y la burguesía criollas no se sienten solidarizadas con el pueblo por el lazo de una historia y de una cultura comunes. En el Perú, el aristócrata y el burgués blancos, desprecian lo popular, lo nacional. Se sienten, ante todo, blancos […]. El factor nacionalista, por estas razones objetivas que a ninguno de ustedes escapa seguramente, no es decisivo ni fundamental en la lucha anti-imperialista en nuestro medio […]. 

Mientras la política imperialista logre “manéger” los sentimientos y formalidades de la soberanía nacional de estos Estados, mientras no se vea obligada a recurrir a la intervención armada y a la ocupación militar, contará absolutamente con la colaboración de las burguesías […].

El anti-imperialismo resulta así elevado a la categoría de un programa, de una actitud política, de un movimiento que se basta a sí mismo y que conduce, espontáneamente, no sabemos en virtud de qué proceso, al socialismo, a la revolución social. Este concepto lleva a una desorbitada superestimación del movimiento anti-imperialista, a la exageración del mito de la lucha por la “segunda independencia”, al romanticismo de que estamos viviendo ya las jornadas de una nueva emancipación […].

El anti-imperialismo, para nosotros, no constituye ni puede constituir, por sí solo, un programa político, un movimiento de masas apto para la conquista del poder. El anti-imperialismo, admitido que pudiese movilizar al lado de las masas obreras y campesinas, a la burguesía y pequeña burguesía nacionalistas (ya hemos negado terminantemente esta posibilidad) no anula el antagonismo entre las clases, no suprime su diferencia de intereses.

Ni la burguesía, ni la pequeña burguesía en el poder pueden hacer una política anti-imperialista. Tenemos la experiencia de México, donde la pequeña burguesía ha acabado por pactar con el imperialismo yanqui […].

El asalto del poder por el anti-imperialismo, como movimiento demagógico populista, si fuese posible, no representaría nunca la conquista del poder, por las masas proletarias, por el socialismo. La revolución socialista encontraría su más encarnizado y peligroso enemigo, –peligroso por su confusionismo, por la demagogia–, en la pequeña burguesía afirmada en el poder, ganado mediante sus voces de orden.

Sin prescindir del empleo de ningún elemento de agitación anti-imperialista, ni de ningún medio de movilización de los sectores sociales que eventualmente pueden concurrir a esta lucha, nuestra misión es explicar y demostrar a las masas que solo la revolución socialista opondrá al avance del imperialismo una valla definitiva y verdadera (Mariátegui, 1969, págs. 87-91).

 

Así, Mariátegui deslindó el Camino de Oriente de la Revolución Antiimperialista y Antifeudal propuesta por la IC y por el Apra. A la par que diferenció que la alianza entre los intereses terratenientes feudales con los del imperialismo no coincidía con los del capitalismo leguiísta con el imperialismo estadounidense.

 

¿Los intereses del capitalismo imperialista coinciden necesaria y fatalmente en nuestros países con los intereses feudales y semifeudales de la clase terrateniente? ¿La lucha contra la feudalidad se identifica forzosa y completamente con la lucha anti-imperialista? Ciertamente, el capitalismo imperialista utiliza el poder de la clase feudal, en tanto que la considera la clase políticamente dominante. Pero, sus intereses económicos no son los mismos. La pequeña burguesía, sin exceptuar a la más demagógica, si atenúa en la práctica sus impulsos más marcadamente nacionalistas, puede llegar a la misma estrecha alianza con el capitalismo imperialista. El capital financiero se sentirá más seguro, si el poder está en manos de una clase social más numerosa, que, satisfaciendo ciertas reivindicaciones apremiosas y estorbando la orientación clasista de las masas, está en mejores condiciones que la vieja y odiada clase feudal de defender los intereses del capitalismo, de ser su custodio y su ujier. La creación de la pequeña propiedad, la expropiación de los latifundios, la liquidación de los privilegios feudales, no son contrarios a los intereses del imperialismo, de un modo inmediato. Por el contrario, en la medida en que los rezagos de feudalidad entraban el desenvolvimiento de una economía capitalista, ese movimiento de liquidación de la feudalidad, coincide con las exigencias del crecimiento capitalista, promovido por las inversiones y los técnicos del imperialismo; que desaparezcan los grandes latifundios, que en su lugar se constituya una economía agraria basada en lo que la demagogia burguesa llama la “democratización” de la propiedad del suelo, que las viejas aristocracias se vean desplazadas por una burguesía y una pequeña burguesía más poderosa e influyente –y por lo mismo más apta para garantizar la paz social–, nada de esto es contrario a los intereses del imperialismo. En el Perú el régimen leguiísta, aunque tímido en la práctica ante los intereses de los latifundistas y gamonales, que en gran parte le prestan su apoyo, no tiene ningún inconveniente en recurrir a la demagogia, en reclamar contra la feudalidad y sus privilegios, en tronar contra las antiguas oligarquías, en promover una distribución del suelo que hará de cada peón agrícola un pequeño propietario. De esta demagogia saca el leguiísmo, precisamente, sus mayores fuerzas. El leguiísmo no se atreve a tocar la gran propiedad. Pero el movimiento natural del desarrollo capitalista –obras de irrigación, explotación de nuevas minas, etc.– va contra los intereses y privilegios de la feudalidad[…].

¿Y la pequeña burguesía, cuyo rol en la lucha contra el imperialismo se superestima tanto, a como se dice, por razones de explotación económica, necesariamente opuesta a la penetración imperialista? La pequeña burguesía es, sin duda, la clase social más sensible al prestigio de los mitos nacionalistas. Pero el hecho económico que domina la cuestión, es el siguiente: en países de pauperismo español, donde la pequeña burguesía, por sus arraigados prejuicios de decencia, se resiste a la proletarización; donde ésta misma, por la miseria de los salarios no tiene fuerza económica para transformarla en parte en clase obrera; donde imperan la empleomanía, el recurso al pequeño puesto del Estado, la caza del sueldo y del puesto “decente”; el establecimiento de grandes empresas que, aunque explotan enormemente a sus empleados nacionales; representan siempre para esta clase un trabajo mejor remunerado, es recibido y considerado favorablemente por la gente de clase media. La empresa yanqui representa mejor sueldo, posibilidad de ascensión, emancipación de la empleomanía del Estado, donde no hay porvenir sino para los especuladores. Este hecho actúa, con una fuerza decisiva, sobre la conciencia del pequeño burgués, en busca o en goce de un puesto […].

En conclusión, somos anti-imperialistas porque somos marxistas, porque somos revolucionarios, porque oponemos al capitalismo el socialismo como sistema antagónico, llamado a sucederlo, porque en la lucha contra los imperialismos extranjeros cumplimos nuestros deberes de solidaridad con las masas revolucionarias de Europa (Mariátegui, 1969, págs. 92-95).

 

Obviamente, la acusación obtusa de Codovilla fue que Mariátegui otorgaba un papel progresista y desarrollista al imperialismo estadounidense.

Tras la celebración de la Conferencia de Partidos Comunistas de Latinoamérica se designó a Eudocio Ravines, quien expresaba una tendencia obsecuente al CEIC y al Secretariado Sudamericano de la IC, como secretario general del Grupo Organizador del Partido Socialista. La muerte de Mariátegui en abril de 1930 y la constitución del Partido Comunista del Perú-Sección Peruana de la IC (20 de mayo de 1930) significaron finalmente la imposición del “Camino de Oriente” para la Revolución Peruana y el deshecho u olvido de las tesis críticas de Mariátegui a este modelo importado.

Gil Castro Torres, José Félix, Miguel Aragón Ojeda, Gustavo Pérez Hinojosa y Ricardo Melgar Bao, 28 de marzo de 2017
Imagen 3. Gil Castro Torres, José Félix, Miguel Aragón Ojeda, Gustavo Pérez Hinojosa y Ricardo Melgar Bao, 28 de marzo de 2017.
Fuente: José Félix.

Ricardo Melgar y mural del Amauta de Casa Museo Mariátegui
Imagen 4. Ricardo Melgar y mural del Amauta de Casa Museo Mariátegui.
Fuente: Pacarina del Sur.

Miguel Aragón Ojeda, Gustavo Pérez Hinojosa y mural del Amauta de Casa Museo José Carlos Mariátegu
Imagen 5. Miguel Aragón Ojeda, Gustavo Pérez Hinojosa y mural del Amauta de Casa Museo José Carlos Mariátegui.
Fuente: Pacarina del Sur.

 

Notas:

[1] [N. E.]: Esta entrevista fue reproducida en el tomo 13 (Ideología y Política) de las Obras Completas de Mariátegui, publicadas por la Editorial Amauta.

[2] [N. E.]: Presentado originalmente en la Primera Conferencia Comunista Latinoamericana de Buenos Aires en 1929 y reproducido en el tomo 13 (Ideología y Política) de las Obras Completas de Mariátegui, bajo el sello de la Editorial Amauta.

[3] [N. E.]: Se trata del borrador inédito del libro Entre Mariátegui y el Comintern: crítica de los prismas de Oriente y Occidente.

[4] [N. E.]: Véase: Los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista (1973). Buenos Aires: Pasado y Presente.

[5] [N. E.]: Véase: Secretariado Sudamericano de la IC (1929). El movimiento revolucionario latinoamericano. Versiones de la Primera Conferencia Comunista Latino Americana (junio de 1929). Buenos Aires: La Correspondencia Sudamericana.

[6] [N. E.]: Este libro, escrito en 1928, tuvo una primera edición en 1935 que, debido a las condiciones políticas en el Perú de esa época, tuvo pocas repercusiones. Una segunda edición, publicada en Santiago de Chile un año después, logró tener un mayor impacto.

 

Referencias bibliográficas:

  • Haya de la Torre, V. R. (1936). El Antimperialismo y el Apra. Ediciones Ercilla.
  • Internacional Comunista. (1973). Los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista. Pasado y Presente.
  • Mariátegui, J. C. (1927). Respuesta al cuestionario No. 4 del Seminario de Cultura Peruana. La Sierra, III(29), 56-60.
  • Mariátegui, J. C. (1969). Punto de vista Anti-imperialista. En Ideología y política (87-95). Empresa Editora Amauta.
  • Secretariado Sudamericano de la IC. (1929). El movimiento revolucionario latinoamericano. Versiones de la Primera Conferencia Comunista Latino Americana (junio de 1929). La Correspondencia Sudamericana.

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