La agonía de Mariátegui, según Luis Alberto Sánchez

The agony of Mariátegui, by Luis Alberto Sánchez

A agonia de Mariátegui, de acordo com Luis Alberto Sánchez

Osmar Gonzales Alvarado

RECIBIDO: 15-06-2014 ACEPTADO: 30-06-2014

 

Usualmente, cuando se aborda la relación que Luis Alberto Sánchez mantuvo con José Carlos Mariátegui, se lo hace considerando la militancia aprista del primero ubicándolo como un antagonista del Amauta, tal como lo fue Víctor Raúl Haya de la Torre y otros líderes apristas a partir de 1928. Pero esta lectura es extemporánea, pues no se suele considerar que mientras Mariátegui tuvo vida, Sánchez aún no se había inscrito en el APRA, y que recién lo haría en 1931, luego del regreso del exilio del líder trujillano al Perú.[1]

Debemos tener en cuenta, para un análisis desapasionado, que entre 1923 (cuando regresó Mariátegui al Perú) y 1930 (año de su muerte), Sánchez vivía exactamente entre los 23 y 30 años de edad, es decir, los de plena maduración personal e intelectual. Por ello no es de extrañar las sentidas palabras de homenaje a quien fuera su amigo cercano publicadas en la revista Mundial el 26 de abril de 1930. Pero no solo eso, hay otro texto de Sánchez aparecido en el primer número de la revista Presente. Periódico Inactual, de julio de 1930, titulado «Datos para una semblanza de J. Carlos Mariátegui», en el que ofrece, como su título lo indica, una apreciación de la importancia de la vida y el pensamiento del autor de 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana.[2]

Antes de pasar a revisar dicho artículo, me quiero referir a la revista Presente. Su comité de redacción lo componían el poeta César Barrio, el historiador Jorge Basadre, el crítico musical Carlos Raygada, el escritor Luis Alberto Sánchez y el educador Alcides Spelucín. Tuvo efímera vida, solo salieron tres números entre julio de 1930 y el segundo semestre de 1931, donde ya aparece como director Carlos Raygada. Lamentablemente, en la Biblioteca Nacional del Perú solo se conservan dos números, el primero y el tercero, pero ambos son suficientes para calibrar la importancia de esta publicación.

Esbozo la trascendencia de la publicación muy rápidamente. En la primera entrega, además de la de Sánchez, se encuentran firmas de alta significación de las letras y pensamiento social peruanos como las de Enrique Bustamante y Ballivián, Emilio Romero, José María Eguren, Estuardo Núñez, Martín Adán, Cristóbal Meza, además de la conmovedora carta enviada desde Nueva York por Waldo Frank a raíz de la muerte de Mariátegui,[3] un fragmento del cuento de José Diez Canseco, «Kilómetro 83», un adelanto del libro de Jorge Basadre, Iniciación de la República, y notas sobre arte de Carlos Raygada.


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En la tercera entrega, se puede leer un comentario de Honorio Delgado al libro La realidad nacional de Víctor Andrés Belaunde, quien también colabora con un artículo sobre «Fe y tolerancia», así como textos de José Jiménez Borja, Luis E. Valcárcel, Héctor Velarde, un poema de Carlos Oquendo de Amat, Alcides Spelucín, Jorge Basadre, entre otros. En otra oportunidad me detendré a hacer un análisis un poco más detenido del contenido de Presente. En estas líneas quiero centrarme en el mencionado homenaje de Sánchez a Mariátegui.[4]

El prolífico escritor inicia con estas palabras de tono contundente: «Todo periódico –revista, hoja– que aparezca en el Perú, tendrá por fuerza que referirse a la personalidad, la obra y el eco de José Carlos Mariátegui…» (p. 1, c. 1). Y señala que no basta referirse a él como socialista o revolucionario sin aludir al hombre mismo que fue. Está en desacuerdo con la afirmación del arequipeño Jorge Núñez Valdivia, quien en su trabajo «Mariáteguimarxista», decía que este «murió a tiempo para dejar que la obra del grupo socialista se desarrolle libremente». Para Sánchez, por el contrario, «nada más prematuro que su muerte» (p. 1, c. 2).

Sánchez destaca que Mariátegui desarrollaba una tarea «que no sé quién la pueda continuar», y es la de agrupar a personas por razones importantes olvidando discrepancias menores, fueran o no socialistas como por ejemplo Martín Adán, y, se puede agregar, a Eguren y al propio Sánchez. Este veía en el plan de Mariátegui un sentido «profundamente político»: «Los que, en una falta absoluta de sentido realista y político, pretendan barrer hacia afuera, cuando todavía no hay mucho que guardar adentro, demostrarán mayor celo doctrinario y apostólico si se quiere, pero menor tacto político. Y esa es una de las razones que, a mi juicio, hacen más lamentable la ausencia de Mariátegui» (p. 1, c. 2). Llama la atención el énfasis que pone Sánchez en destacar la agudeza política de Mariátegui, más aun si tomamos en cuenta que Haya de la Torre y otros pensadores apristas le negaban sistemáticamente esa cualidad, motejándolo de fantasioso. Incluso el propio Sánchez publicaría pocos años más tarde el libro Raúl Haya de la Torre o el político,[5] en donde presenta la figura del líder aprista como excluyente en la vida política peruana de aquellos años.

Iniciando el bosquejo biográfico de Mariátegui, Sánchez repite el error inducido por el propio pensador socialista, al afirmar que este nació en Lima en 1895, pero guarda una especial sensibilidad ante la prematura enfermedad de Mariátegui manifestada en Huacho. «Desde entonces quedó lisiado, con una pierna encogida. Padecía frecuentes crisis que lo ponían al borde de la muerte» (p. 1, c. 3). Nuevamente el contraste. Un tono muy diferente a las líneas irónicas firmadas por Haya de la Torre quien se burlaba «de sus fiebrecillas diarias» en cartas que algunos sostienen redactaba Magda Portal. Y ella misma tuvo expresiones crueles acerca del padecimiento de Mariátegui.

Mariátegui en el diario La Prensa, rememora Sánchez, llevaba cuartillas al taller y observaba desde lejos a las figuras de entonces: José María de la Jara, Leonidas Yerovi, Luis Fernán Cisneros, además de a Abraham Valdelomar. Y al mismo tiempo tomaba distancia del universitarismo y el continentalismo retórico del arielismo, dice Sánchez, quien sostiene que probablemente en ese momento naciera el anti universitarismo y el anti seudo americanismo de la generación del 900. Hacia 1912 Mariátegui ya redactaba algunos sueltos. Socialmente, se vivía la inquietud que despertaba en las calles la figura de Guillermo Billinghurst, de quien Valdelomar, «trocado en capitulero sanmarquino», fuera su más inteligente y tenaz seguidor. En 1914 adviene el golpe de Estado y el militarismo toma el poder: «Fecunda lección para el aprendiz de periodista y de político» (p. 14 c. 1), advierte Sánchez.


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Junto a More y Valdelomar paseaba Mariátegui por el centro de Lima. Era frecuente verlos irrumpir en el Palais Concert, el lugar de moda entonces, frecuentado por artistas, escritores y bohemios. Aprovecha Sánchez para describir a Mariátegui con su bastón bajo el brazo, con su voz chillona, risa aguda, hablando con afectación y utilizando palabras rebuscadas; nos informa también que el entonces muy joven periodista tenía como su cóctel favorito el americano y que las carreras de caballos era su deporte favorito. Dice Sánchez que su estimado amigo tenía una actitud teatral hacia la vida, que frecuentaba bailarinas, violinistas y pintores, y que sucumbió a los paraísos artificiales; que enamoraba románticamente a una muchacha aficionada al arte y que escribía versos «entre místicos y herreraeissignianos».[6]

Posteriormente, Mariátegui buscaría paz espiritual en el Convento de los Descalzos, quizás cansado «de tanto decadentismo y superficialidad»; buscaba algo más en lo ultraterreno. Analiza Sánchez: «Para la agonía de Mariátegui, la carrera de caballos significaba una liberación en su afán de aventurería» (p. 14, c. 3). «La agonía de Mariátegui», es la primera vez que alguien se refería así a la lucha vital del pensador socialista, y es título célebre del que quizás es el mejor libro que dejó el historiador Alberto Flores Galindo. Sánchez calibró perfectamente el sentido de la vida de Mariátegui.

Más allá de lo místico, Mariátegui, dice Sánchez, buscaba nuevos temas, y los encontró en la literatura. Se interesó en el circo y, naturalmente, en los caballos: «Circo proletario, vagabundo, dolido, con un signo fatal, sin raíz, anticapitalista, fingidor, proletario…» (p. 14, c. 3). Y: «Por lo que tiene de azar, de aventurero, de posibilidad, de infinito, de inesperado, iba a las carreras, las seguía con afán» (p. 14, c. 3). Posteriormente, Mariátegui se internaría, pero de manera fugaz, en «el pintoresquismo nacional». Escribió «Las Tapadas» con Julio Baudoin, «La Mariscala» con Valdelomar, y ganó un premio literario con «La procesión tradicional», entre otros versos. Pero advierte Sánchez que Mariátegui no amó realmente esta veta. No fue costumbrista ni lo sedujo lo pictórico nacional. «Mariátegui se definía mejor en esa fuga: místico, no ascético (es decir, no colonial); nacionalista, no costumbrista, revolucionario no levantisco» (p. 14, c. 4) o, más bien, insurgente, como lo revelan los debates en los que se enfrascó: sobre Oxandaberro, con José de la Riva Agüero o con Enrique López Albújar, así como su participación en el famoso caso de la danza en el Cementerio de Norka Rouskaya, y su colaboración en la revista Colónida de Valdelomar-More.

Pero la garra insurgente de Mariátegui, dice Sánchez, derivó también por la política, fundando el Partido Socialista. Disconforme con la política criolla, el marxista peruano, por medio de las páginas de El Tiempo, luego de La Razón y después de La Noche (en oposición a El Día de Octavio Espinosa) satirizó con suma inteligencia a nuestros políticos. Paralelamente emergía en su espíritu la vena antimilitarista que trasladó a sus columnas, lo que ocasionó un hecho bochornoso y abusivo: «un grupo de oficiales fue a buscar a la redacción de El Tiempo, al indefenso José Carlos, débil, enjuto, cojo, y le golpeó» (p. 14, c. 5-p. 15, c. 1).

Hacia 1918, en medio de protestas sociales diversas, «[a]puntaba la demagogia estudiantil de Haya de la Torre» (p. 15, c. 1). Mariátegui seguía de cerca los acontecimientos políticos. Augusto B. Leguía tomaba el poder y La Razón, en crisis, debió cerrar. Mariátegui, junto a su amigo César Falcón, se encontraron desempleados y «aceptaron viajar al extranjero». En Europa, a Mariátegui: «Le tocó asistir a la época más aguda de la política mundial» (p. 15, c. 2): auge del comunismo en Italia y la respuesta fascista, y en Alemania la experiencia de un gobierno socialista: «fue aquella una ocasión de confirmar sus ideas socialistas, ya fijadas en la campaña de Lima» (p. 15, c. 2). De esta manera, la mirada de Sánchez contradice a la confesión del propio Mariátegui quien prefería olvidar sus escritos decadentistas propios de antes de su viaje a Europa, precisamente por no haber abrazado convicciones ideológicas y políticas. Para Sánchez, como vemos, el aprendizaje político y la inclinación socialista ya se habían manifestado en Mariátegui antes de 1919.


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En el plano personal, Mariátegui conocería en Italia a quien sería su mujer hasta el final de su vida, Anna Chiappe, y en ese mismo país tendría a su primer hijo varón, Sandro. Sánchez no menciona la relación anterior que Mariátegui sostuvo con Victoria Ferrer, con quien tuvo a su primogénita, Gloria. Más parece prudencia que desconocimiento del cronista.

Entre las consecuencias fundamentales de la experiencia europea de Mariátegui, Sánchez menciona la siguiente: «convencimiento de la necesidad de organizar conciencia y grupo, antes de lanzarse a la acción, combatiendo el caudillismo, siempre provisional» (p. 15, c. 2). Si nos fijamos bien, reconoceremos que son casi los mismos términos que utilizó Mariátegui en su crítica a Haya de la Torre cuando este fundó el Partido Nacionalista Libertador. Sánchez los reitera conllevando implícita una crítica al líder del aprismo. Recordemos que aún no había pasado a las filas de APRA.

El regreso de Mariátegui al Perú no tuvo las resonancias que se cree, afirma Sánchez. Sus amigos estaban fuera del país o desperdigados, y Valdelomar ya había muerto. Haya de la Torre volvía de su viaje por Argentina y Chile (también Uruguay) «bastante cambiado». Juntos fundaron Claridad, señala Sánchez cayendo en un error, pues, como sabemos, quien creó dicha publicación fue Haya de la Torre y, ante su exilio en 1923, Mariátegui la dirigiría, al igual que la Universidad Popular Manuel González Prada. Ese mismo año, Sánchez viajaría fuera del Perú por largo tiempo, por ello confiesa que sus recuerdos no son muy claros, pero sí subraya que en Claridad Mariátegui llegaría a definirse proclamando la «fusión» del proletariado con los estudiantes universitarios.

En 1924, continúa Sánchez, Manuel Seoane, antes opositor de Haya de la Torre, enmienda el rumbo «y constituyó un grupo beligerante». El resultado fue la partida obligada de quien sería el segundo de Haya de la Torre en la dirigencia aprista hacia el exterior. Mariátegui recae enfermo y deben amputarle la pierna que estaba sana quedando confinado a una silla de ruedas. Sánchez confiesa con orgullo haber propiciado desde la revista Mundial una cruzada de apoyo a favor de su amigo. Aun enfermo, Mariátegui colaboraba en distintas publicaciones abordando temas literarios y políticos, especialmente de la vida internacional. Cuenta Sánchez que para entonces Mariátegui manifestaba un nuevo ímpetu, y relata una anécdota notable: «Cuando, con [Percy] Gibson, fuimos –una noche a las doce, hora de brujas y parrandistas– hasta Leuro [donde vivía Mariátegui], para leer los versos presentados a los Juegos Florales, Mariátegui había recuperado su energía: era el mismo espíritu viril de siempre, optimista y agudo. Esa noche se resolvió premiar a Enrique Peña por ‘El aroma del silencio’» (p. 15, c. 5). Mariátegui, desde su silla de ruedas, desde «su cautiverio obligatorio», remarca Sánchez, iniciaría su etapa más fecunda. Nótese que se refiere a Mariátegui como viril y luchador, términos opuestos a los que Haya de la Torre le profiriera: doblegado por su enfermedad, débil e incapaz de asumir retos.

En la polémica que se entabló entre el poeta peruano José Santos Chocano y el filósofo mexicano José Vasconcelos, Mariátegui, Sánchez y otros se pusieron al lado del segundo. Como indica la historia, dicha polémica terminó en tragedia con el asesinato de Edwin Elmore a causa de un disparo de revólver por parte de Chocano. Inmediatamente, Mariátegui publicaría un artículo sobre Elmore en Mundial, que, a decir de Sánchez, fue «un voto de compañerismo y una inquisición en la conciencia del momento». Coincidentemente, Mariátegui funda la Editorial Minerva y la revista Amauta, luego de varias reuniones por definir el nombre con Basadre y el propio Sánchez. Dice este sobre Mariátegui y su revista: «Abogó por el vanguardismo literario, como peldaño del avancismo político, económico y social» (p. 16, c. 1). A contracorriente de lo que sostendrían después los líderes apristas, para Sánchez la literatura y la actividad política no estaban desconectadas, por el contrario, esta abría el camino a aquella.

También en Mundial Mariátegui asumiría la columna «Peruanicemos el Perú», sucediendo a otro gran periodista, Ezequiel Balarezo Pinillos. En esa época es cuando advino la famosa polémica del indigenismo con el propio Sánchez, quien le rinde un tributo ejemplar: «Mariátegui irrumpía, pues, decididamente campeonando en el problema indígena. Su ‘Proceso al gamonalismo’ de Amauta es una prueba elocuente de ello» (p. 16, c.3). Resulta una concesión amical de parte de Sánchez omitir el carácter ríspido de la polémica sostenida con Mariátegui, que además involucró a muchos otros escritores-intelectuales.


Imagen 4. socialismoperuanoamauta.blogspot.com

Siempre por medio de la Editorial Minerva, Mariátegui publicaría Labor, en cuyas páginas, sostiene Sánchez, «se traducía, mejor que en parte alguna, la pasión socialista de José Carlos» (p. 16, c. 4). Nuestro cronista afirma que el antecedente inmediato del socialismo de Mariátegui fue el aprismo, y en sus primeros momentos fue uno de sus integrantes más entusiastas. Pero aclara: «Consideraba al Apra como una estancia, como un pródromo, como un punto de partida» (p. 16, c. 4). Recuerda que en carta a Seoane, Mariátegui le advertía sobre los peligros de fomentar los «caudillismos incipientes» y que lo más conveniente era integrar al APRA al Partido Socialista que había ya fundado. Seoane contestaba que se abría una divergencia entre Mariátegui, Haya de la Torre y él mismo. Sánchez confiesa: «Charlando con Waldo Frank […] le oí decir a Mariátegui: ‘mi opinión es que antes que todo empeño, hay que organizar seriamente y formar conciencia de clase’. Frank aprobaba aquello, contra el criterio que exige acción inmediata con cargo de improvisación» (p. 16, c. 4). Por lo que podemos ver, en ese momento, Sánchez coincidía con Mariátegui y marcaba distancias con Haya de la Torre.

La invitación a Frank, según Sánchez, cimentó el optimismo de Mariátegui acerca de que sí era posible agrupar, reunir a gente diversa. Fue el propio escritor estadounidense quien, junto con el periodista argentino Samuel Glusberg, lo animó a viajar a Argentina para establecerse, además de su interés por mejorar su salud. Sánchez partió para Santiago y en la universidad planteó la posibilidad de que Mariátegui ofreciera algunas charlas. «La muchachada chilena aclamó su nombre» (p. 16, c. 5), rememora. Mariátegui les dirigió una carta.

La gestión académica de Sánchez a favor de Mariátegui no puede disociarse de su gestión política. Promovió la reunión secreta de este con los representantes de las células apristas en el exterior a celebrarse en Chile. Mariátegui no pudo llegar a tiempo para cumplir con estos compromisos: se le fue la vida. Eduardo Barrios algo intuía cuando le comentó a Sánchez que «Hay tan desesperado optimismo en esta carta, que tiene un sabor a testamento». Para el 10 de abril Mariátegui ya estaba en la clínica y moriría pocos días después, el 16 de ese mismo mes.[7] Los homenajes se sucedieron en Argentina, Uruguay, Chile y Cuba. El más insignificante fue el que le brindó la prensa peruana. «Hay quien le ha enrostrado, después de muerto, el haber sido dueño de un bello estilo, sin reparar que más bella fue su actitud moral y que bajo el estilo afluía un pensamiento robusto y definidamente sistematizado y porvenirista» (p. 16, c. 5). Hubo que realizar colecta para su entierro. Más allá de las discrepancias en torno a su figura y obra, Sánchez encuentra «un punto de concentración […] la de que fue un Hombre». Así, con mayúscula, enfatiza Sánchez para dar fuerza a la idea de la agonía de Mariátegui, quien desde niño debió superar muchas y diversas adversidades. Las palabras de Sánchez revelan la afinidad y ponderación de un entrañable amigo.



Notas:

[1] Agradezco los comentarios y sugerencias de Ricardo Melgar Bao.

[2] Reproducido en Manuel Aquézolo (compilador), José Carlos Mariátegui-Luis Alberto Sánchez. La polémica del indigenismo, Mosca Azul editores, Lima, 1976.

[3] Vale la pena transcribir las líneas con las que Frank terminaba su carta (sin fecha, pero se colige que fue escrita en el mes de mayo): “Ese hombre, en la tranquila y apasionada ternura de su visión, fue luz para nosotros todos. Su ausencia proyecta oscuridad sobre nuestro futuro. El está en ese futuro –sí, él está en aquella oscuridad del futuro. De hoy más, no podremos retroceder: debemos vivir y seguir adelante” (p. 12).

[4] «Datos para una semblanza de J. Carlos Mariátegui» es un extenso artículo escrito a cinco columnas que ocupa la parte superior de la primera página y la totalidad de las páginas 14, 15 y 16.

[5] Luis Alberto Sánchez, Raúl Haya de la Torre o el político, Editorial Ercilla, Santiago, 1934

[6] Sánchez describe la rutina de Mariátegui: «A media noche, cenaba en los Balkanes. Nunca, ni aun cuando mayor fue su mal, tuvo el perfil más aguileño, la tez más pálida, los ojos más profundos, negros y brillantes que en esas jornadas de bohemia aristocrática y turfística […] Lo llamaban solo Juan Croniqueur. Con el cholo Meza compartía a menudo polémica, chop y salchichas de Frankfort en el café Berlín; helados de biscuits o guindas donde Giacoletti de la esquina de Boza; naranjitas con Yerovi en Giacoletti de la Avenida de la Colmena…» (p. 14, c. 2).

[7] Sánchez refiere en este texto, como en muchos otros, que se enteró del fallecimiento de Mariátegui el 19 de abril, leyendo en el periódico sobre su sepelio, en el puerto del Callao, cuando regresaba de Chile.

 

Cómo citar este artículo:

GONZALES ALVARADO, Osmar, (2014) “La agonía de Mariátegui, según Luis Alberto Sánchez”, Pacarina del Sur [En línea], año 5, núm. 20, julio-septiembre, 2014. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Miércoles, 19 de Junio de 2024.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.comindex.php?option=com_content&view=article&id=989&catid=5