Democratización de la violencia: la fase violenta de las democracias modernas

Democratization of violence: a violent stage of modern democracies

Democratização da violência: a fase violenta das democracias modernas

Refugio Chávez Ramírez[1] y Horacio de la Cueva Salcedo[2]

RECIBIDO: 29-07-2015 APROBADO: 25-08-2015

 

Introducción: La violencia al alcance de todos alcanza a todos

En los últimos años los modelos y medios para ejercer violencia están al alcance de un número cada vez mayor de ciudadanos y agrupaciones, y, en el mismo sentido, su ejercicio se encuentra legitimado. Nos parece que la violencia es cotidiana para un número más grande de ciudadanos, sin que exista un argumento para que se conforme como parte de su entorno ni para que sea merecida. Por una parte, la violencia de Estado se dispersa cada vez más y rompe las estratificaciones sociales, por la otra, la sociedad interioriza y reproduce los comportamientos violentos, en ocasiones creando nuevos (con aún mejor control que los legitimizados y ejercidos por el Estado). Se trata de una instalación dinámica y polimorfa que opera en el nivel de arriba (creando y manteniendo instituciones y subjetividades) y en el de abajo, articulando a la sociedad por un común denominador: el rompimiento de las relaciones sociales (o, al menos, la confianza que las mantiene unidas).

No sorprende al revisar los medios informativos encontrar una lista larga y gráfica de violencia perpetrada con armas o explosivos de forma ubicua e indiscriminada en todo el planeta. No sólo porque estos encabezados venden más anuncios comerciales a un público sediento de sensaciones fuertes (pero pasajeras) sino porque nos genera la sensación de que estamos en un contexto donde hay más violencia pública.[3] Ni las bombas en Boston (el corazón intelectual del imperio Americano) o los Aparatos Explosivos Improvisados (IED)[4] en Irak, Irán o Afganistán, ni las masacres de refugiados en Gaza, ni los asesinatos masivos en Nigeria por el grupo terrorista Boko Haram, ni las víctimas de narcotraficantes, ni la desaparición de los 43 estudiantes en Ayotzinapa, ni las muertes programadas e incidentales de narcotraficantes a manos de fuerzas estatales (evitando todo juicio, sumario o procesal que legitime la ley por arriba de la venganza), ni los enfrentamientos entre autodefensas-ejército mexicano-cárteles de la droga, ni las múltiples muertes de migrantes en muchas de las fronteras del globo, ni los bombardeos indiscriminados contra civiles inocentes desde aves no tripuladas (drones), ni las bombas de fósforo blanco, ni los misiles scud o los Qassams palestinos, tampoco parece afectarnos la violencia que, casi inevitablemente, acompaña o perturba a muchas manifestaciones civiles alrededor del mundo, o las masacres irracionales e irrestrictas cuasi-constantes, en los Estados Unidos, el país con mayor libertad de adquisición y tráfico legales de armas... nada, ninguna de estas noticias escapa a los medios o nos deja una impresión perdurable.[5]

Imagen 1. Embarcación “patera” en el Mediterráneo. © ElMundo.es
Imagen 1. Embarcación “patera” en el Mediterráneo. © ElMundo.es

La violencia implica la acción lesiva de un individuo sobre otros, el uso de la fuerza (física, verbal, simbólica). Se manifiesta en aquellas conductas o situaciones que de forma deliberada, provocan, o amenazan con hacer, un daño o sometimiento grave (físico, sexual o psicológico) al individuo (incluido el yo) o a la colectividad (Blanco, 2001; 10), o los afectan de tal manera que limitan sus potencialidades presentes o futuras (Galtung, 1995) o niegan el pasado de un pueblo. La masificación de la violencia aparece con el uso y abuso, la conversión del proceso en espectáculo de masas, digerible y al alcance de todos, borrando la distinción entre lo que se consideraba como violencia legítima (desde el Estado y algunos otros cuerpos) de la ilegítima (emanada de entes privados), deviniendo incomprensible e inabarcable. Esta masificación ha sido posible por la creación y multiplicación de modos y métodos violentos ejercidos desde las esferas gubernamental, mercantil (económica, en general) y social, con tolerancia, aceptación y admiración de todas ellas.[6]

A nuestro parecer, la violencia es más cotidiana, ocurre en cada vez más escenarios y de manera más frecuente. Ya no es sólo el comportamiento “típico” o esperado (como se vislumbra desde el centro de las grandes ciudades) del campo y de las zonas marginadas de las grandes urbes, donde los “otros” incomprensibles y enajenados llevan a cabo sus actividades diarias y donde, además, las fuerzas del Estado no existen o, si existen, se transmiten a través de una relación tensa y violenta con los habitantes. La violencia indiscriminada se ha extendido en frecuencia e intensidad hacia muchos más estratos y áreas de la población (fondo), pero también hacia nuevas formas de aparición (forma). La violencia se ha convertido en la moneda de cambio de las transacciones cotidianas en toda clase social y entre ellas, aunque las formas en las que se desarrollan son completamente distintas en cada uno de los grupos.[7]

Es preciso aclarar que muchas de las formas en las que la violencia se manifiesta actualmente ya existían con mucha antelación, incluso es probable que acudamos a una disminución de los comportamientos violentos, y que, como decía Habermas, sólo ha habido un traslado del (ahora) "problema" al espacio de la opinión pública. Pero su existencia previa no conlleva a su aceptación y consecuente olvido por costumbre, al contrario, obliga a analizar las condiciones por las que esa masificación aparece ahora con tanta fuerza y en un rango muchísimo más amplio de la humanidad y sus relaciones.

Bajo el entendido de que toda sociedad es (siempre ha sido y lo será) compleja, dinámica e interactiva, entender y explicar un problema tan generalizado como la violencia es una empresa quizás naïve. No es nuestro interés explicar completa y complejamente un concepto tan polisémico, sería imposible, “nuestro lenguaje es inadecuado para describir verdades absolutas”, decía Kolakowski. Sin embargo, creemos conveniente resaltar algunos aspectos que nos podrían dar pistas del por qué prolifera la violencia indiscriminadamente en casi cualquier circunstancia y ámbito de la sociedad en su nuevo ámbito global. De manera que en este artículo buscamos establecer el vínculo a través del cual esta masificación ha devenido en un "proceso democratizador", es decir en discurso (in)formal, con el que se justifica toda acción individual, colectiva, pública o privada, y un modelo organizador de la sociedad, en el que la consecución de los fines se realiza no en base a la negociación de los individuos/actores (otrora facultad de la política), sino vía ejercicio (inequitativo) del poder violentador.

Para ello, partimos de un breve análisis conceptual que recupera algunas propuestas teóricas que enmarcan la violencia junto a la fundación del derecho y la democracia, pasando por el sistema capitalista, inherentemente violento. Luego retomamos el concepto de democracia para ilustrar cómo la violencia (más que la consecución de derechos) es, cada vez más, la base del actual orden social. Es importante destacar que hablar de violencia supone un esfuerzo teórico filosófico para el que no estamos capacitados, reconociendo esta enorme debilidad, las siguientes reflexiones orientan (consideramos) solamente sobre la forma en la que se ha diseminado vía sistemas de producción y orden social.

 

La violencia como base fundacional del Estado de derecho

La violencia se ejerce en casi todos los ámbitos (político, económico, social, cultural, jurídico) mediante la imposición de ideas, valores, conductas, normas, instituciones, etc., que se emiten desde quien(es) ostenta(n) el poder. Esto es particularmente visible desde los últimos dos siglos, quedando evidenciado que es desde el poder que ostenta el capitalismo que la violencia se ha erigido como una forma básica de organización social. Analicemos poco a poco el proceso mediante el cual se ha entronizado en la sociedad.

El Estado-nación (comprendido por una población dentro de un territorio, sujeta a un orden de gobierno) como identifica Sermeño (2004), ha sido, desde el inicio de la modernidad, el principal marco institucional para regular -por lo general de manera desigual pero igualmente de forma relativamente estable y eficiente- las relaciones recíprocas de comunicación y sobredeterminación a todo nivel de los pueblos del orbe. Su tarea, con el paso del tiempo, fue configurar una comunidad homogénea dentro de un escenario territorial definido bajo la guía de un ordenamiento centralizado. Su pretensión ha sido la de ser un cuerpo político unitario capaz de ejercer soberanía colectiva por medio de estructuras nacionales que mantenían el orden social, centralizaban y universalizaban la educación y la salud y unificaban la cultura. Todo con el objetivo de crear y mantener activo un modo de producción sobre el que se basaban las sociedades nacionales en conjunto. Así, el Estado pasó a convertirse en un espacio político donde la democracia se consolidó como régimen político. Su pilar sería la creación de ciudadanía: ficción igualitaria que convertiría paulatina y extensivamente a los súbditos del antiguo orden feudal en ciudadanos miembros iguales y plenos de la sociedad, es decir, sujetos jurídicos, titulares de derechos y sometidos a obligaciones dentro de ciertas fronteras bien definidas y aceptadas por la comunidad internacional. Con la creación de la ciudadanía, el Estado ganó integración social y legitimación de su forma de dominación (Guéhenno, 2000: 296).

La creación del Estado se acompañó, eventualmente, de un sistema de leyes e instituciones ordenándose en torno a una constitución, fundamento jurídico de las autoridades y funcionarios sometidos a esta normatividad. La creación del Estado de derecho hizo que cualquier actividad se encontrara sujeta o refiriera a una norma jurídica escrita. Así, el poder del Estado quedó subordinado al orden jurídico vigente. Es decir, el derecho se convirtió en el principal instrumento de gobierno (base y límite de acción), guiando, además, la conducta humana y demandando que los poderes de las instituciones le interpretaran y aplicaran congruentemente. Conforme se aplica el derecho[8] el Estado gana protagonismo, no sólo como legislador sino como garante de la eficacia de sus propias leyes mediante el monopolio del ejercicio del poder judicial. El derecho como conjunto de normas (posibilitador de la coexistencia social) reguló las relaciones de los individuos en la sociedad, dando un cuerpo al Estado (Raz, 1985). Este aspecto es sumamente importante, puesto que el derecho tiene parte de su base fundacional en la violencia. Analicemos algunas posturas filosóficas contemporáneas que abordan esta idea:[9]

Para Benjamin la violencia viene de la mano, indiscutiblemente, del derecho, aunque aparece en dos variantes, la primera como medio, emanada desde el derecho iusnaturalista, y la segunda como fin, vertiente del derecho positivista.[10] La primera considera que toda violencia es, como medio, poder que funda o conserva el derecho (si no aspira a ninguno de estos dos atributos, renuncia por sí misma a toda validez), (Benjamin, 1998:32). La segunda, asegura, es una forma mítica, una simple manifestación de los dioses. Es una manifestación de su voluntad y, sobre todo, manifestación de su ser. La función de la violencia en la creación jurídica es doble: en el tipo iusnaturalista persigue lo que es instaurado como derecho, como fin. En la variante positivista, como medio, no depone en modo alguno la violencia, sino que sólo ahora hace de ella, es decir inmediatamente, violencia creadora de derecho, en cuanto instaura como derecho, con el nombre de poder, no ya un fin inmune e independiente de la violencia, sino íntima y necesariamente ligado a ésta (Benjamin, 1998:39). El autor aclara que en estas dos posiciones si se elimina la aparente contradicción, el derecho es fundamental para explicar la violencia. Ambas posturas comparten un dogma fundamental: fines justos pueden ser alcanzados por medios legítimos, y medios legítimos pueden ser empleados para fines justos.

Imagen 2. Revueltas en Ferguson, Missouri. ©Agencia Anadou / Getty images.
Imagen 2. Revueltas en Ferguson, Missouri. ©Agencia Anadou / Getty images.

Giorgio Agamben avanza sobre la tesis de Benjamin y afirma que la violencia a la que se expone el hombre (homo sacer) no es precisamente ninguna de las que Benjamin enuncia (iusnaturalista y positivista), sino una esfera de acción límite en la que se configura la zona de indiferencia. La violencia se aplica directamente desde un Estado soberano sobre la vida biológica, cuya lógica es aislar al ser humano de lo que hay de corporal, despojándolo de su vida política y convirtiéndola en lugar de excepción, de imposición violenta de los vínculos políticos. Las conclusiones de este autor son bastante cercanas a las de Benjamin, en tanto que la violencia que analiza es también vínculo entre ley y vida. Es decir, si es en el cuerpo vivo donde se realiza el verdadero estado de excepción, la vida humana se reduce al objeto implicado en el derecho. La nuda vida reducida y carente de todo significado es al mismo tiempo lo que define al humano: subjetivación extrema (Serratore, 2010).

Para Derrida (en Pereyra, 2011:34), la violencia es antecedente de todo derecho. Hacer la ley supone una violencia que no es justa o injusta en sí misma: hay una violencia neutra o espectral detrás de todo acto jurídico. Desde su perspectiva, tendríamos de un lado la justicia y el derecho y la violencia y el derecho por otro. En principio, la justicia se define en el espacio insalvable entre ésta y el derecho, pero el derecho no existe sin una fuerza realizativa que permite la aplicación de la ley. El derecho puede neutralizar la irrupción de la violencia injusta, pero no hay derecho sin la "violencia sin fundamento" que instituye y mantiene la aplicación de la ley. El acontecimiento de la justicia es un suceso no violento que, sin embargo, no puede borrar la violencia originaria de la relación en cuanto tal.

Estas tres posturas (de una enorme cantidad de investigaciones sobre el tema) argumentan que las instituciones originadas durante la modernidad son carentes de mediación racional, porque se originan en la inmediatez de la violencia, vía el derecho que marca y ordena los espacios público y privados. Así, el ordenamiento jurídico es, al mismo tiempo, reino de la violencia. Vemos cómo el derecho moderno ha vivido atravesado por la paradoja de controlar la violencia legitimándola y reproduciéndola. Esta paradoja, según Rivera (2003), se nutre de tres realidades básicas: 1) la violencia se encuentra en el origen de muchos ordenamientos jurídicos modernos (revoluciones, rebeliones, guerras civiles, ocupaciones militares, imposiciones, etc.) y en muchos casos la convierte en motivo de gloria para la experiencia comunitaria; 2) las sociedades modernas necesitan disciplinar la violencia para mantener el orden, esto no implica eliminarla totalmente, sino someterla a una racionalidad particular, la de quienes están en el poder y dictaminan quién está legitimado para usar la violencia, cuándo, en qué circunstancias y formas y con qué motivos; y, 3) el derecho depende parcialmente de la violencia para lograr su eficacia, es decir, no puede eliminarla en su totalidad, pero tampoco depender estrictamente de la persuasión.

En resumen, la violencia entraría a formar parte de los entramados jurídicos contemporáneos, y en tanto que aplicables sobre determinado territorio, obligarían a los sujetos dentro de él a ser persuadidos por la norma o coercionados por una sanción.[11]

 

El liberalismo, diseminador del germen de la violencia

La llegada del liberalismo, en el siglo XVIII, marcaría un cambio profundo en la forma en la que el Estado se organizaría. Particularmente por la idea de limitar los poderes del Estado (reducirlo a funciones mínimas como la seguridad, justicia y obras públicas, mismas que con el paso del tiempo serán privatizadas), al someterlo a una constitución se promovió la democracia liberal, desde donde se abogaría por la libertad económica que el absolutismo no permitía. Su objetivo era permitir el "desarrollo natural" de la economía de mercado, fomentando el surgimiento del capitalismo.[12] En este periodo, la economía se convierte en el nuevo fundamento desde el cual la violencia, vía Estado de derecho, se masifica a todas las esferas de interacción social.[13]

Con el liberalismo, cuyas ideas centrales son la libertad e igualdad,[14] la sociedad devino en una polarización desde donde el capitalismo y la clase dominante desarrollaron herramientas aplicables a través del Estado y sus estructuras socio-políticas (e ideológicas) para asegurar su propia reproducción, mismas que fueron materializables en las instituciones.

Bajo este nuevo orden, el capitalismo aseguró su reproducción con dos factores: a) la sustitución del factor subjetivo (trabajador) por el objetivo (medio de producción), desvalorizando lo vivo frente a lo no vivo, constituyendo un detrimento creciente de la vida y una deshumanización del trabajador (Marcuse, 1993:303); y, b) la imposición "dentro de cada empresa de un sistema anárquico de concurrencia que engendra el despilfarro más desenfrenado de medios sociales de producción y fuerza de trabajo, obligando además a sostener un sinnúmero de funciones inexcusables, perfectamente superfluas”[15] (Marx, 1978:443).

Para Marx, fue en la esfera de la circulación (base del modo de producción capitalista) donde se borró de manera sistemática la diferencia específica entre los individuos (sujetos que intercambian); estos aparecen en una relación de total igualdad entre sí, no es posible establecer diferencias entre ellos. Así mismo, la libertad aparece gracias a esta esfera, puesto que para que pueda realizarse el intercambio los individuos tienen que ser jurídicamente libres. Estas dos ideas se conforman sólo en meras apariencias. Al tener que tomar en consideración la voluntad de otro aparece el principio del cambio como algo objetivo, algo independiente de cada individuo: "el único poder que los une y los relaciona es el de su egoísmo, su ventaja particular, sus intereses privados" (Marx, 1978:189). En otras palabras, no puede comprenderse que los individuos sólo puedan relacionarse como sujetos libres e iguales en el proceso cuando la mayoría ha sido desposeída de medios de producción y debe convertirse en asalariada (Ruiz, 2014:141).

En los albores del siglo XXI surge lo que se aprecia como una de las consecuencias más importantes del modelo capitalista en el sistema de producción: la masificación de todos los aspectos de las relaciones humanas. Con los nuevos procesos de manufactura, el capitalismo comercial (basado en el intercambio) avanzó a una forma industrial orientada a la producción y en el ensanchamiento y expansión del mercado para satisfacer la demanda creciente de centros urbanos cada vez más grandes, que luego desembocaría en los modelos fordistas de producción en masa.[16] Esta nueva etapa no sólo provocó una revolución económica, sino una serie de transformaciones socio-culturales que devinieron en la llamada "cultura de masas" o "cultura popular".

Con la llegada del progreso tecnológico se hizo posible una producción barata de infraestructura (casas, edificios y obras viales que se producían de igual manera) y de bienes para el ámbito cultural (la sociedad estaba abierta al disfrute) permitiendo que la masificación alcanzara la producción y distribución de libros, periódicos, fotografías, música, edificios, etc., también creó nuevos medios como las películas y la televisión, especialmente adaptadas a la manufactura y distribución en masa. La cultura de masas se convirtió rápidamente en una forma de control al ser impuesta desde arriba, haciendo pasiva a su audiencia y limitando su elección entre consumir o no.[17] Al ser tan amplia restó importancia a las viejas barreras de clase, tradición y gusto, disolviendo toda distinción cultural (Macdonald, 1957). En esta "cultura homogeneizada" se destruyeron todos los valores, en tanto que el valor del juicio implicaba discriminación (aplicable sólo en la esfera del consumo, donde la cultura de masas es "democrática"). Esta masificación permaneció hasta muy avanzado el siglo XX y en lo posterior se revistió de nuevas formas de consumo.

Imagen 3. Policía comunitaria en Tixtla, Guerrero, 2013. © Notimex
Imagen 3. Policía comunitaria en Tixtla, Guerrero, 2013. © Notimex

Una vez que el Estado es penetrado por los mercados, las nuevas formas de violencia son impuestas directamente por los agentes económicos. El Estado ya no funge como mediador, sino como intermediario, a veces como (aparente) garante de protección de derechos humanos, en lo sucesivo se diseminan los individuos, también sus demandas, haciéndose poco útil un aparato que medie sus necesidades. El concepto de individuo, como ilustra Álvarez (2013:64), central para el individualismo liberal, es sustituido por la masa, conjunto amorfo de personas, donde cada ser humano se integra indiferente y despersonalizadamente. Dos características suyas lo corroboran: la uniformidad (que alude a una igualación en el sentido de la "necesidad de ser igual a los demás", de pertenecer a un grupo) y el anonimato[18] (vinculado a la despersonalización, y conformado en un escenario donde nadie se conoce y que el individuo desee perderse).

En la sociedad de masas los valores de la persona aparecen bloqueados por las condiciones en que se realiza su instalación en el organismo colectivo, se trata de una sociedad atomizada, donde los individuos no cuentan con la posibilidad de entablar relaciones solidarias ni afectivas (Núñez, 1978:26), su creatividad y dinamismo son reducidos (manifiesto con el consumo masivo, la propaganda política -de la mano de una falta de consciencia crítica y un conformismo- y una industria cultural) imposibilitando tanto la crítica interna como la posibilidad de rebelión. Bajo un acercamiento nietzcheano, la sociedad de masas implica una gregarización, que, en el fondo, suprime la conciencia crítica y reflexiva, aquella que examina la conducta individual en sus decisiones de trascendencia social (Klossowski, 1972). En consecuencia, la opinión pública no sería una manifestación reflexiva de la autonomía personal, sino una simplificación colectiva de esa autonomía[19] y el proceso democratizador sería ineludiblemente un proceso de igualación jurídica para el que, como afirman Bell et al (1992) se requiere la concurrencia de códigos especializados de decodificación reducida (mínimo esfuerzo).

La última forma asumida por la cultura de masas se basa en una “pseudosingularidad”, haciéndonos creer únicos y capaces de decidir lo que deseamos consumir, aunque estemos atrapados por las cambiantes modas del marketing. Es la forma más sofisticada de masificación y consumo.[20] Esta promesa falsa reviste de cada vez formas más nuevas y cínicas de alebrestar nuestro consumo.[21] Jamás se promueve la creación de objetos únicos, o de producción limitada, todo se masifica y reviste de exclusividad, incluso lo “exclusivo” es masificable.[22] Los comportamientos individuales también son masificables, se repiten estereotípicamente en nuestra forma de ser (ligada indisolublemente al consumo), es la gran oferta de bienes consumibles la que nos engaña y mantiene dentro de los cánones globales.

Resumiendo lo expuesto hasta aquí. La creación del Estado de derecho supuso la incorporación de la violencia (a través del plano normativo) en todas las esferas relacionales de la población. La llegada del liberalismo y, posteriormente, el capitalismo tardío redujeron al Estado y masificaron determinados comportamientos sociales (anonimato, homogeneidad) sometiendo a mayor presión lo que quedó del Estado. Con los mercados como agentes normativos, la sociedad fue despojada de su autoconsciencia crítica y capacidad movilizadora, generando dos situaciones y un resultado:

Primero, la revisión de la idea y función del ciudadano dentro de un orden democrático universal (la pérdida de derechos o la no garantía de los mismos). El neoliberalismo[23] ha sabido vaciar de contenido muchas de las garantías ciudadanas, despojando al Estado, al mismo tiempo, de las capacidades e instituciones necesarias para poderlas brindar, remitiendo a una categoría sin vida, un significante vacío (ciudadanía imaginada, en términos de Escalante (2012)). En este primer aspecto cabe también destacar que el derecho y las leyes enfrentan el grave problema de poder interpretarse de muchas maneras, permitiendo que una ley sea justa, pero no así la interpretación o aplicación de los jueces[24] (hay que remarcar que los actuales sistemas de justicia tienen un doble rasero dependiendo la capacidad económica/política de los actores para cooptarlos).

Segundo, con la llegada de la globalización el Estado se encuentra presionado al punto de romper su unidad nacional en favor de instituciones suprarregionales que imposibilitan su función como monopolizador de la soberanía territorial (Guehénno. 2000:297). La llegada de la globalización supuso la pérdida de capacidades y acciones, tampoco pudo ya fijar los términos y los límites del actuar de entes económicos[25] (frente a la competencia desmedida la atracción de inversión suponía desregular todo y exponer abiertamente a su sociedad), se trata tan sólo de un tipo de organización problemático cuyo contorno no es del todo claro y definido.

El resultado es una reconfiguración directa sobre los cuerpos humanos. Napoli (2014) afirma que el fin último de este aparato ideológico es el cuerpo humano mismo (más que la masa), en tanto base originaria de toda política monetaria y productor de riqueza[26] (en toda cadena de producción económica (in)formal de una economía). La economía es la lógica de la dominación del cuerpo más débil por el más fuerte para ganar dinero, fácil o difícil, con el esfuerzo supremo del cuerpo (que trabaja).[27] La disputa por su control y reconfiguración no ocurre sólo por las habilidades que posee y las que pueden implantarse (como la asignación de tareas específicas y especializadas en las cadenas de montaje fabriles del taylorismo, fordimo y toyotismo) sino por el cuerpo mismo, productor de riqueza y consumidor de bienes. La economía actual, por tanto, es una relación social violenta para la que todo individuo que no se discipline o someta es sujeto de una violencia física mayor y más directa[28] (que va desde las infracciones económicas, los aislamientos carcelarios donde se busca su “reinserción social”, hasta los ataques directos que atentan contra la integridad de los individuos o causan su muerte).

Imagen 4. “Sweatshop” china que manufactura para Apple. ©BBC
Imagen 4. “Sweatshop” china que manufactura para Apple. ©BBC

Así, cuando un Estado ejerce la violencia, como formato de disciplinamiento a los cuerpos que se oponen a sus ideas, dispone sus estructuras (funcionarios estatales) a favor de ella en función de la disidencia económica (no sólo política, que en ambas formas es ideológica, Napoli, 2014).[29] Una vez sometido, el individuo (o aparente ciudadano) re-configurado por el capitalismo (Estado-Mercado) se encuentra condicionado no sólo en la forma en la que se relaciona socialmente, sino también en el tipo de política que emana por encima de él y que él cree esperar. Y, como consecuencia, condiciona el modelo democrático que encarna. Evidentemente, en condiciones extremas de desigualdad el ejercicio de la ciudadanía se encuentra severamente limitado, pues el presupuesto de igualdad formal que los procedimientos democráticos precisan para su funcionamiento eficiente no consideran la desigualdad real (no solo cultural sino fundamentalmente material expresada en términos de condiciones de vida) haciéndolos incapaces de echar a andar las instituciones democráticas.

Aún peor, si las condiciones son de pobreza mayoritaria (como gran parte de las democracias actuales) se rompe con el ideal de igualdad política (ciudadanía y derechos de participación), pues ésta señalan Offe y Schmitter (1995:12) puede no implicar la promesa de la igualdad económica. Si las democracias liberales no pueden cumplir esta promesa por un periodo sostenido y para grandes sectores de la ciudadanía, los principios constitutivos de la igualdad ciudadana y de la competencia política corren el riesgo de ser considerados inútiles.[30] En lo sucesivo, el sistema político se sustentará en la implantación del miedo antes que en la negociación[31].

A continuación analizaremos, la democracia y la forma en la que la violencia ha sido introducida en ella como forma de resolver el conflicto.

 

Democracia y violencia

Si afirmamos que la masificación a la que ha asistido la humanidad ha diseminado la violencia en las sociedades, democratizándola, es porque vemos aparecer por doquier un discurso/acción (in)formal con el que se justifica toda acción individual, colectiva, pública o privada, y un modelo organizador de la sociedad en el que la consecución de los fines se realiza no en base a la negociación de los individuos/actores sino vía ejercicio del poder y la violencia. Lo que a continuación se presenta no es una discusión teórica sobre las diferentes posturas interpretativas de la democracia. Si bien conocemos el espectro en el que se desarrollan, nos centramos en la consideración de que la violencia se ha erigido como nueva forma de organización socio-territorial y lo ejemplificamos con algunos de sus postulados clásicos.

La democracia liberal suplantó a las monarquías europeas durante el periodo de la Ilustración. Los principios de igualdad y libertad, guiados por la razón, serían la nueva forma de enfrentar los problemas en la sociedad.[32] Esta nueva organización política se basaba en el principio de representatividad, confiriendo a los representantes "electos" la capacidad para tomar decisiones en un Estado de derecho, limitándose a una Constitución que garantizaba determinados derechos, libertades individuales y colectivas y estableciendo límites tanto a líderes como al Estado (separación de poderes). La idea era que el poder pudiera perpetuarse a sí mismo sobre elecciones donde los grupos políticos tuviesen la misma oportunidad de alcanzar el poder.

Es decir, la democracia sería el método de organización social y del poder, que permitiría a los actores de un territorio la negociación,[33] propuesta y realización efectiva de sus demandas y derechos (generación de ciudadanía) (OAS y PNUD, 2010). Estas relaciones estarían modificándose constantemente puesto que la democracia no es estática, sino que se modifica en tanto que gobernantes y gobernados buscan poner al Estado a su servicio. Haciéndose necesario un proceso de consenso y disenso con procedimientos, mecanismos e instituciones (sistema de pesos y contrapesos en el ejercicio del poder) que regulen dichas relaciones (Sartori, 2003). Sin embargo, este modelo no ha podido actuar como debiese debido a que la fundación política (la erección de instituciones libres) se asienta en el poder, en la acción conjunta de los hombres, dice Arendt (en Hilb, 2001:39). Si bien la acción violenta no puede ella misma generar estas instituciones, si puede crear las condiciones para que surjan pero no puede constituir su esencia,[34] lo que generaría formas institucionalizadas de dominación política.

Por tanto, la violencia se encuentra dentro los fundamentos ideológicos de la democracia.[35] La ley de la mayoría no implica respeto por las minorías y menos aún por las tradiciones políticas y las libertades tradicionales.

Imagen 5. Inmigrantes frente al campo de golf situado al lado de la alambrada que separa Melilla, ciudad autónoma, de Marruecos. © José Palazón / Prodein
Imagen 5. Inmigrantes frente al campo de golf situado al lado de la alambrada que separa Melilla, ciudad autónoma, de Marruecos. © José Palazón / Prodein

 

La desigualdad como pecado original de la democracia

A pesar de sus apariencias, la democracia reposa sobre el principio de la exclusión. Autores como Maquiavelo, Hobbes y Weber ayudan a entender la importancia de esta en la actualidad. Para el primero, la amenaza o el uso de la fuerza es un recurso político común y la condición última de la eficacia de todos los demás. El segundo focaliza su atención sobre la violencia de todos contra todos y la angustia primordial que hace surgir, considera, el orden político nacido del contrato social como respuesta apropiada al caos permanente. El tercero coloca al monopolio tendencial de la violencia legítima como el principal criterio de poder político de naturaleza estatal. Cualquier análisis contemporáneo de ciencia política no puede menos que integrar esta noción entre sus principales instrumentos conceptuales (aunque en la actualidad el concepto de "conflicto" tiene mucha más acogida porque es menos abstracto y puede ser sujeto de medición empírica, aunque de cierta forma el conflicto es violencia) (Braud, 1993).

Para autores como Rancière (2008) la democracia es una fuerza activa originada no en el consenso sino en el disenso. Es decir, en la redistribución de sitios e identidades que permitan a los desposeídos transformarse en habitantes de un espacio común. El problema aparece al percatarse que un gran porcentaje de la población se encuentra en franca desventaja respecto a un grupo particular. Ahí, una de las formas que tienen de hacerse visibles o de visibilizar sus problemas se encuentra en la violencia. Esto puede explicarse a través del ejercicio del poder en la política: si bien se manifiesta en una infinidad de formas de poder (en la empresa, la escuela, la religión o la familia) no todo poder es verdaderamente político pues hay una distribución estatutaria de las posiciones. En la democracia, el poder político se otorga naturalmente como un poder donde las posiciones no están predefinidas, como un poder ejercido en nombre de aquellos que no lo ejercen. Así pues, la democracia parte de un principio de desigualdad que sólo podría ser nivelado a través de la violencia,[36] ya que, afirma Segovia (1997:15) no es ajena a ningún sistema político en tanto que es consubstancial al comportamiento humano, y especialmente a las relaciones políticas,[37] haciéndose inexplicable en el plano individual (fenómeno sicológico personal), más bien, afirma, encuentra su origen en las formas de organización social y política de las comunidades humanas.

Un argumento clásico de la teoría política afirma que cuando un votante ve crecer la brecha que separa a los ricos de los pobres, utiliza su poder democrático para redistribuir los recursos de quienes más tienen hacia sí mismo. Sin embargo, diversos estudios han demostrado que lo que ocurre en realidad es que a pesar de la aplicación de dicho poder democrático, la distribución de los recursos es mucho menor en las capas más bajas según el ingreso económico, haciendo a los votantes pobres más pobres y alejando y profundizando la distribución de los recursos. Acemoglu et al (2013) denominan a este proceso “captura de la democracia”, a través de él cambia la distribución del poder institucional en la sociedad, de la que dependen los resultados de las políticas y la desigualdad. Así, las elites que vean aminorado su poder por la democratización incrementarían sus inversiones en el poder "de facto". Por ejemplo, controlando la aplicación de leyes locales, movilizando actores no estatales armados, mediante los lobbies o capturando los sistemas de partidos (como ha sucedido en Estados Unidos con los PACS y los SUPER PACS, o en México con los cárteles del narcotráfico y los concentradores de los medios de comunicación). De esta manera podrían continuar controlando el proceso político. Si no fuese por estos grupos, la democracia también podría estar capturada por instituciones de jure, como las constituciones, partidos políticos conservadores, o por amenazas directas como golpes de Estado, salida masiva de capitales, etc. (Acemoglu y Robinson, 2008). Esto derivaría en crecientes desigualdades: la libertad aplicada por igual a todos los actores produciría que la elite aproveche sus recursos y conexiones para incrementar la desigualdad en el mercado laboral sobre determinado grupo, generando una polarización mayor sobre toda la sociedad. Esto sucede, por ejemplo, con las universidades privadas, cuyos egresados tienen mayores posibilidades de encontrar trabajos mejor remunerados.

También, el sistema democrático puede transferir poder político a la clase media y superior, más que a la clase pobre, incrementando la desigualdad, como sucede con los impuestos, cuya redistribución es mayor en estos dos segmentos (aunque la competencia entre las clases media y alta termina favoreciendo a la segunda por poder político y recursos económicos) (Stigler, 1970).

En términos generales, las regiones más desiguales del mundo son también las más violentas. Esto no significa necesariamente que la desigualdad conduzca automáticamente a la violencia y que no existan casos de alta desigualdad y bajos niveles de violencia. Ciertamente, no hay un vínculo automático entre pobreza y violencia o entre desigualdad y violencia. Es decir, no es la pobreza en sí la causa de la violencia, pues, de hecho, la extrema privación puede minar las fuerzas requeridas para tratar de liberarse de la injusticia, dando lugar a un silencio y una paz aparentes (Uribe, 2010). Pero es razonable que la percepción de la injusticia producida por desigualdades sociales prolongadas conduzca al resentimiento, el cual tarde o temprano constituye un terreno fértil para la violencia.[38]

Esta combinación puede ser más desastrosa si consideramos que dentro de un Estado desigual operan mecanismos intermedios que parcializan la actuación estatal, violando la igualdad jurídica. Donde la igualdad jurídica no es asegurada por una democracia más o menos impermeable al particularismo, los gastos de seguridad pueden ir más hacia la protección de los más ricos.[39] Mayores desigualdades no sólo significan que los más ricos pueden proveerse su propia protección, sino también que éstos pueden ejercer una mayor influencia sobre la autoridad para que les proteja, lo que constituye una manera de menoscabar la igualdad ante la ley. Es así que la influencia del capitalismo no permite la existencia de un modelo donde los actores ostenten la misma capacidad para poder negociar. Por el contrario, numerosos instrumentos han puesto barreras en las instituciones y leyes que a los actores con menor peso político les resultan infranqueables.

Imagen 6. Un grupo de migrantes viaja en el tren conocido como La Bestia ©Albergue Hermanos del Camino
Imagen 6. Un grupo de migrantes viaja en el tren conocido como La Bestia ©Albergue Hermanos del Camino

 

La definición de la violencia en la democracia

Si consideramos las transformaciones políticas mundiales en el último medio siglo, sería imposible no percatarse que la violencia es un componente integral, e inevitable, de la lucha democrática, especialmente al ver los distintos grados, siempre presentes de violencia en este periodo. De hecho, la democracia tiene tanto sustento en la violencia que la construcción de su hegemonía, ha pasado a legitimar sólo aquellas acciones no violentas, descartando y criminalizando aquellas que lo son.[40] Por ejemplo, en las revueltas árabes, Bogaert (2013) nota cómo las historias sobre el activismo en red, las organizaciones civiles y los procesos de deliberación pública tenían una mejor acogida, incluso a veces intelectuales y críticos eran partidarios de esa narrativa dominante que desvinculaba revolución de violencia. La idea de la violencia como antitética de la democracia resultó dogmática, muchos teóricos occidentales fomentaron la línea narrativa de que en la revolución democrática no puede tener cabida la violencia.

Esta tesis es difícil de mantener, explica Rizk (2013), puesto que la violencia tiende a estar asociada con el poder de los estados autoritarios. Cuando la violencia ha surgido, se condena rápidamente como una falta de cultura democrática entre las masas, o como elemento cultural. La razón por la que es difícil asociar violencia y lucha democrática puede ser, según Žižek (2008:1), “la paradoja de la mayoría de reflexiones sobre la violencia: sólo es violencia aquella que se encuentra representada por actos de crimen y terror, disturbios civiles o conflicto internacional, que es subjetiva, directamente visible y realizada por un agente claramente identificable”. Sin embargo, el autor nota cómo en las revueltas árabes apareció otra violencia en las calles, de un tipo más objetivo, producido por la combinación de autoritarismo y las reformas neoliberales agresivas en las últimas décadas, impuesta desde el poder sobre los débiles en nombre de la libertad y la transición ordenada[41] (Bogaert, 2013). Se trataba de expresiones de una crisis más amplia en el orden social del capitalismo global: como los ajustes estructurales, la privatización y el desmantelamiento de los servicios públicos. En el mundo neoliberal las reestructuraciones económicas son consideradas inevitables, como eventos naturales (en una secuencia histórica similar pero opuesta al destino marxista), aun estando lejos de agradar a quienes las sufren.

Que la violencia objetiva sea invisible encuentra su explicación, según Dumouchel (2012:119), en la distinción entre la violencia política y el resto de la violencia. La primera es cualquier violencia que se convierte en legítima por el simple hecho de que ocurrió. Un acto violento constituye violencia política (o califica como tal) si gana legitimidad por ocurrir, su ocurrencia constituye la condición única y necesaria para que una acción violenta sea considerada violencia política. Si un acto violento no gana legitimidad por haber ocurrido, permanece como un acto criminal sin importar quién lo cometió, en qué circunstancias o por qué razón.[42] Cuando un Estado (o un actor con mucho poder sobre determinado territorio y su(s) comunidad(es) política(s)) ostenta el monopolio de la violencia legítima es esencialmente capaz de especificar la diferencia entre violencia “buena” (legítima y justificada) y “mala” (crimen).[43] Para mantener dicho monopolio, no basta con dirigirlo, también se debe ser capaz de dictar a todos la diferencia entre la violencia buena de la que no lo es (legitimándola).

La violencia política libera a los agentes de su propia violencia sin tener que cometer ningún acto de violencia. Esto es visible, por ejemplo, cuando una persona asimila el discurso sobre el terrorismo o sobre la xenofobia. Entonces, la violencia cesa de ser percibida como tal. Cuando se convierte en legítima a los ojos de todos ya no es más violencia, ni siquiera política, se convierte en coerción legítima. Desde luego que la postura de la víctima no reconoce la violencia como legítima, en este sentido, quien tiene el monopolio perseguirá dos estrategias: intentar que la víctima (o el resto de su clase) esté de acuerdo con la violencia que sufre (que la legitime) y exportar la violencia del estado fuera de su dominio, de su territorio donde se define el monopolio (guerras de conquista y colonizaciones) (Dumouchel, 2012:123).

En resumen, si se acepta que la democracia implica permitir el conflicto, pero no lleva implícita la igualdad (la existencia de mayorías frente a las minorías supone ya un desnivel en cuanto a producción de ciudadanía se refiere), la violencia no puede ser suprimida, puede, si, ser encubierta y legitimada por medio del Estado o de otros actores con capacidad de movilizar intenciones para poder definirla. Eso nos hace cuestionarnos ¿actualmente el conflicto violento es la única forma de aspirar a ser democrático? es decir ¿La masificación de la violencia deviene en una democratización de la violencia?

 

Democratización de la violencia

En el nuevo contexto dinamizado(r), la gran mayoría de las elecciones humanas son económicas y se cumplen casi exclusivamente sobre la consideración del máximo beneficio inmediato: la reducción de costos: esto es ser competitivo es una sociedad masificada. Afirma Berardi (2010:127) que si aplicamos este principio en el plano superestructural (producción capitalista global) la competición buscará la eliminación armada del competidor, pues el mejor competidor es aquel que elimina a su competencia. Así, se cancelan las reglas de la convivencia y se imponen las reglas de la violencia, se introducen automatismos cada vez más férreos en las relaciones materiales entre las personas que se vuelven más esclavas cuanto más libre es la empresa. Aparece un proceso de desregulación que permite la libre movilidad de los factores productivos y la expansión del capital, eliminando no sólo las formas de civilidad social y los derechos humanos sino también las convenciones culturales y jurídicas. Por eso, la violencia deviene eje articulador del capitalismo, porque con ella asegura su proceso de reproducción irrestricto (en el plano humano-social), como dice el autor:

"El crimen no es más una función marginal del sistema capitalista, sino el factor decisivo para vencer en un cuadro de competición desregulada. El chantaje, la violencia, la eliminación física de los adversarios, la tortura, el homicidio, la explotación de menores, la inducción a la prostitución, la producción de instrumentos para la destrucción masiva, la utilización delictiva de discapacitados se han vuelto técnicas insustituibles para la competencia económica. El crimen es el comportamiento que mejor responde al principio competitivo" (Berardi, 2010:127).

Y es que, el Estado, protector de la barbarie, no cumple ya con la función original, por el contrario, los cuerpos armados estatales gestionan la vida comunitaria desde que la política (capacidad de negociar) ha ido desapareciendo.[44] Cualquier tragedia contemporánea (Ayotzinapa, Ferguson, Lampedusa, etc.) da cuenta de este proceso, según Gareth Williams (en Muñoz y Dominguez, 2015), en ellos ya no es posible distinguir entre fuerzas estatales y bandas criminales, entre policías locales y políticos corruptos, quedando manifiesta la crisis de representación y legitimidad. Si durante más de un siglo se crearon y expandieron los mecanismos formales de legitimidad y contención, actualmente el orden policiaco global, y en un extremo como el caso mexicano, una criminopolítica (necropolítica, según Mbembe) los eliminan.[45] La justificación recae en las exigencias impuestas en nombre de la seguridad que, tarde o temprano, borran los bordes entre el Estado como eje del pacto social y la militarización del espacio público.

Precisamente porque el Estado ha perdido el poder en la conducción de la sociedad, su margen de acción es muy limitado y su acción cuando no puede cumplir su papel es básicamente la de servir de apoyo a la minoría que concentra el poder (perdiendo la legitimidad mayoritaria) consideramos que asistimos a un proceso de “democratización de la violencia”. Este alude a la disposición y muy posible uso de la violencia por cualquier, pero no necesariamente todos, actor (sociedad civil, el Estado y su cuerpo de instituciones, actores económicos privados, sindicatos, etc.) para acceder a la política institucional y modificar el orden actual y utilizar el poder a su favor. Se trataría de acciones o manifestaciones físicas y simbólicas por medio de las cuales se atenta contra objetos físicos (individuos, instituciones, infraestructura o instituciones) e inmateriales (el contenido de las constituciones, el diseño de las instituciones, las formas de acción de los cuerpos de control estatal, las políticas públicas, las acciones sociales). En resumen, formar parte y modificar al mismo tiempo la política y lo político, cuyo propósito, ocurrencia y efecto se encuentran cargados de una significación política. Esta “democratización” surgiría cuando todos los actores ven que los Estados, al poseer legítimo poder sobre el uso de la violencia y al mismo tiempo estar atravesados por actores privados, impiden su inclusión no sólo en la hechura de políticas sino en la participación de la política misma, viéndose confrontados a la utilización de la violencia como forma de superar estas barreras, no sólo por ser el último recurso que tienen a la mano, sino porque, indirectamente, verían en la violencia ejercida por los grupos de poder un espejo donde puedan reflejarse. Según Krug et al (2003:239) esta situación podría aparecer por:

  • Factores políticos: distribución excesivamente desigual de los recursos y diferencias en el acceso a estos recursos y al poder político (zona geográfica, clase social, religión, raza o grupo étnico), un liderazgo no democrático, especialmente represivo, la disminución de los servicios públicos, que suele afectar particularmente a los sectores más pobres de la sociedad.
  • Factores económicos: fragmentación y marginación económica de países y grupos sociales, movimientos frecuentemente grandes y rápidos de divisas en todo el mundo, y también las aspiraciones individuales y colectivas instigadas globalmente.
  • Recursos naturales: pugnas por controlar recursos naturales esenciales o de alto rendimiento.
  • Factores sociales y comunitarios: desigualdades en la distribución de recursos entre grupos sociales. Por ejemplo, un gobierno dominado por una sola comunidad y ejerce el poder político, militar y económico sobre otras diferentes (Balcanes). La disponibilidad inmediata de armas en la población puede aumentar el riesgo de conflicto (Ucrania), particularmente donde ha habido anteriormente conflictos, programas de desmovilización, etc.
  • Factores demográficos: un aumento de la densidad de población y de la proporción de jóvenes, combinados con la incapacidad del Estado de incrementar las oportunidades laborales y educativas (México). Pudiendo producir grandes desplazamientos humanos y aumentar el riesgo de violencia en las zonas a las que se trasladan.
  • Factores tecnológicos: El nivel tecnológico puede determinar la escala de cualquier conflicto y la magnitud de la destrucción que tendrá lugar (Israel - Estados Unidos y los drones).

Estos factores son resultado de un tipo de política particular, de corte liberal aplicada durante los últimos siglos. La misma política que Fanon describe desde un enfoque colonial-estructuralista (donde la violencia existe en “estado natural”),[46] en su análisis busca trascender la violencia, y proponer que: todo escenario de violencia sólo podrá ser erradicado con una violencia mayor, en tanto que su estructura de brutalidad genera resentimiento y más violencia en la población. Esta violencia reactiva es rechazada por las élites y los partidos políticos, causando una alienación y una organización popular mayores contra la brutalidad inicial. En algún momento, esta dialéctica se convierte en un camino de redención en tanto que la educación convertiría a los individuos violentos en ciudadanos (Frazer y Hutchings, 2008). El uso de la violencia por los actores es conceptualizado de una forma dual: como instrumento y como energía. Como instrumento es usada para alcanzar y mantener el poder político (poder de gobierno): tiene la capacidad de hacer el mundo. Como fuerza o energía sui generis, en el plano individual alude a la "limpieza", opera análogamente con las leyes físicas en las que la imposición de la fuerza provoca una reacción. Ambas trabajan en conjunto como una poderosa energía que podría ser canalizada hacia la creación de un nuevo y mejor mundo (Íbidem).

Imagen 7. Destrucción minera en México ©La Jornada de Oriente
Imagen 7. Destrucción minera en México ©La Jornada de Oriente

En la misma línea de Fanon, Anders afirma que como la democracia dejó de tener sentido y el individuo devino en consumidor, no sólo material sino, también de opiniones, vía una servidumbre masiva por la falta de libertad, todo actor que desee modificar el orden actual se enfrenta a un uso indiscriminado de la violencia desde el poder estatal, recibiendo como mensaje (in)directo que

“la violencia no sólo está permitida sino también legitimada moralmente en tanto es usada por el poder reconocido (...) Con la orden del poder no sólo está permitido ser violento sino mucho más: hay que ser violento. A nosotros los que actualmente sólo nos proponemos como meta impedir toda violencia se nos reprocha que perseguimos el caos con nuestra desobediencia civil, sí, a nosotros que queremos llegar al estado ideal de la no-violencia, a lo que Kant llamaba 'la paz eterna'. Una cosa debemos tener en claro: nuestra meta jamás tiene que ser la violencia. Pero que la violencia -cuando sólo con su ayuda se puede imponer la no-violencia- llegue a ser nuestro método, eso nadie nos lo puede negar”[47] (Anders en Bayer, 1987).

Matizando un poco más estas propuestas, consideramos, como Tilly (2003:20), que no se trata de que la violencia haya aparecido/aparezca como regla o ley general a lo largo del tiempo, en diferentes lugares y circunstancias sociales, sino que existirían explicaciones de su variabilidad. Y dependería de mecanismos robustos (ambientales, cognitivos y relacionales[48]) y procesos que causan cambios y variaciones. De cuyas combinaciones derivarían diversos posibles conflictos violentos (Tilly 2003: 25).

Más que regla, en este nuevo escenario toma lugar una acción conjunta que involucra a actores locales, regionales, estatales y supraestatales (internos y externos), individuos y organizaciones, armados y no. Esta acción (la violencia o su representación) es resultado y creadora de las alianzas en la búsqueda de sus objetivos (Kalyvas, 2003:487). Al mismo tiempo que permite la interacción entre actores con diferentes identidades e intereses, pero supeditados a imperativos (supra)nacionales, les dote (define) de un carácter particular, extendiendo la brecha entre lo público y lo privado, lo colectivo y lo individual. De manera que la(s) identidad(es) asume(n) forma en las decisiones tomadas por organismos/individuos, los discursos producidos y/o las ideologías derivadas por la división en el conflicto al corazón de un territorio. Es decir, las divisiones y dinámicas intracomunitarias. Ahora, esto no significa que el conflicto se reduzca a un mero mecanismo que permita la violencia indiscriminada, por el contrario, al restringirla a las modalidades de las alianzas establecidas dentro de un territorio, se convierte sencillamente en la nueva forma de negociar el conflicto.[49]

 Por tanto, este proceso que queremos describir, alude a una colectivización de las relaciones sociales (en las que se incluyen las acciones individuales) por medio de las cuales se procuran efectos, daños (no) materiales que, pudiendo no infligir daño sobre los demás, generan cierta propensión que desactive la violencia en los demás actores. Se trata de un fenómeno que actúa como causa/efecto, que se modifica y es modificado por los vínculos sociales, las estructuras y procesos. Tilly (2003:5) menciona que existen tres campos donde se desarrolla la violencia, ellos difieren en el entendimiento de las causas fundamentales en los asuntos humanos, estos son:

  • Ideas:[50] los individuos generalmente adquieren creencias, conceptos, reglas, metas y valores de sus ambientes, estos dan forma a sus propios impulsos (y a los mutuos). Las ideas concernientes al valor de los otros y el deseo de acciones agresivas afectan la propensión de personas o grupos para unirse a la violencia colectiva.
  • Comportamientos: en ellos se canaliza la autonomía de los motivos, impulsos y oportunidades.[51]
  • Relaciones: transacciones que involucran cierto grado de negociación y creatividad entre personas y grupos (más allá de ideas y comportamientos) por medio de las cuales los humanos desarrollan sus personalidades y prácticas.

Consideramos que el proceso democratizador ha sido posible precisamente por la interacción entre estos campos, y, por dos mecanismos relacionales fundamentales que atraviesan, generan y sostienen un amplio rango de desigualdades entre las categorías humanas (Tilly, 2003:10): la explotación (aparece cuando actores poderosos conectados coordinan los recursos de los que obtienen beneficios y de los que excluyen al resto) y el acaparamiento de oportunidades (opera cuando los miembros de una red categóricamente delimitada adquieren acceso a recursos valiosos, renovables y sujetos de monopolizar), estas dos prácticas pueden ser sostenidas, una vez en operación, vía adaptación (creación de prácticas que articulan vidas humanas con arreglos desiguales) y emulación (transferencia de prácticas relevantes, creencias y relaciones de un sitio a otro).[52]

La desigualdad no gubernamental también afecta profundamente estos procesos de violencia, los gobiernos generalmente se alían con los beneficiarios de las desigualdades existentes por tres razones: 1) porque gobernantes y clases dominantes son beneficiarios, 2) porque los beneficiarios tienen más y mejores medios para influenciar y organizar los gobiernos, y 3) porque los recursos gubernamentales (impuestos, cuerpos armados, armas, flotas, infraestructura, información, etc.) fluyen hacia otros sistemas de desigualdad fomentándola aún más. De manera que los resultados serán siempre un beneficio para los beneficiarios de la desigualdad, antes que para las víctimas de ella (Tilly, 2003:11). La acción política, así se convierte en una forma de crear, defender o disminuir los sistemas no gubernamentales de explotación y acaparamiento de oportunidades (en la mayoría de los conflictos indígenas por el uso de recursos naturales, son un ejemplo los dictámenes estatales que prohiben a las comunidades el acceso a los mismos, también las leyes antiaborto que controlan todo tipo de emancipación femenina).

Nuevamente ejemplos sobran y, particularmente, esta re-alimentación entre actores gubernamentales y no gubernamentales ha sido más que evidente en el último siglo. La violencia se ha convertido en instrumento de apología (la violencia del colonizado que describe Fanon), de legitimación política (anarquismo y estalinismo), de identificación de una raza superior (fascismo y nazismo) etc... En resumen, una forma de pensar circular que consiste en no calificar como violencia los comportamientos "legítimos", reservando a otros el uso de léxico eufémico como: coacción, intimidación, fuerza, etc. Discursos de estigmatización global de toda violencia física, dependiendo de quién la cometa. Se trata, como hemos dicho, de un concepto sumamente importante porque comprende todo trabajo de socialización y aculturación, toda explotación de una situación de necesidad en las relaciones de mercado, cualquier manifestación tecnológica de poder que re-modele brutalmente el espacio habitado por una comunidad, pero también, resultado de deseos artificiales y contradictorios que fragmentan la identidad personal (lo que Braud (1993) denomina como "Violencias de la seducción").

 

Conclusiones

Este artículo se ha centrado en un recuento de la violencia desde su conformación de los entramados jurídicos contemporáneos hasta los procesos democratizadores actuales. El derecho y el entramado jurídico, en tanto que aplicables sobre determinado territorio, obligarían a los sujetos dentro de él a ser persuadidos por la norma o coercionados por una sanción. La democracia, surgida con el pecado de la desigualdad (la existencia de mayorías frente a las minorías) supuso una producción de ciudadanía desniveladora que hizo que la violencia no pudiera suprimirse, sólo ser encubierta y legitimada por medio del Estado o de otros actores con capacidad de movilizar intenciones para poder definirla. El avance del capitalismo y la imposición vertical de la cultura de masas garantizaron que nuevas formas de violencia también se impusieran por agentes económicos eliminando la tarea mediadora del Estado, colocándolo como intermediario, (aparente) garante de protección de derechos humanos, haciendo que el ser humano fuese sustituido por la masa, conjunto amorfo y despersonalizado de personas. El anonimato de la explotación industrial, de la fuerza de trabajo como mercancía, y la abstracción y anarquía capitalista produjeron un proceso violentador donde la vida aparece como un objeto intercambiable (una suerte de biopolitización de la bio-política).

Es en torno a esta vinculación de la violencia al proceso democratizador sobre la que discurren la mayoría de negociaciones entre actores en el globo. Sin embargo, también hemos aclarado que toda generalización corre el riesgo de que se confunda con violencia toda forma de control social y entonces se le asigne una ubicuidad que prohiba todo análisis, complejizando la representación subjetiva de los agentes sociales, pues, como describía Michaud (2005:101), la violencia tiende más a la disolución de las reglas sociales unificadoras de la mirada social que a la realidad que puede tener, en el lenguaje constituye el índice de ruptura de consenso, de ahí que la denuncia de la violencia sea menos el índice de una violencia efectiva (existe por sobre aquellas que jamás son nombradas) que el cuestionamiento a las reglas intolerables y el rechazo de comportamientos considerados inaceptables, evidenciando el carácter performativo del concepto.

Pero, esta traba retórica no está en contradicción con la ampliación en la discusión sobre este fenómeno complejo. Por el contrario, parece evidente que mientras las democracias continúen existiendo como hasta ahora (con una lógica mercantil inherente), la violencia será una de las herramientas más utilizadas debido a los beneficios que pueden obtenerse con ella. Haciéndose presente tanto en aquellas situaciones donde se vislumbra una amenaza (interna/externa) que manifieste la existencia de un enemigo irreductible, o en aquellas donde la violencia crónica de baja intensidad se despliegue frecuentemente en los conflictos sociales, fuera de los canales institucionales pero vinculada a ellos, contribuyendo objetivamente a la expresión política de grupos socio-profesionales expoliados.

En cualquier caso, se trata de un nuevo escenario que precisa de un nuevo acercamiento en el análisis político, como dijimos al inicio, y obliga a considerar la violencia como un escenario cæteris paribus donde los actores se desenvuelven y procuran manifestarse políticamente para alcanzar sus objetivos.

 

Notas:

[1] Doctor en Gobierno y Administración Pública por la Universidad Complutense de Madrid y el Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset, Madrid, España. Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

[2] Doctor en Biología. Investigador titular del departamento de Biología de la conservación del Centro de Investigación Científica y Educación Superior de Ensenada, Baja California. Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

[3] No tenemos los medios para saber si los catos violentos se distribuyen igualitariamente o si este aumento en la violencia reportada es proporcional al aumento de la población mundial. Sin embargo, nos permea la idea de que es cada vez más fácil organizar y cometer este tipo de actos arbitrarios.

[4] Término que hace que los únicos y legítimos creadores de bombas sean aquellas industrias que proveen a los gobiernos de las mismas.

[5] Por razones de espacio evitaremos discutir aquí otras formas de violencia implícitas en la sociedad, como la violencia de género, contra la infancia, la discriminación contra lo diferente, etc. Nos centraremos, en cambio, en dar una perspectiva general mediante la cual creemos que la violencia se disemina, alcanza consenso y normaliza: se democratiza.

[6] Los ejemplos más graves refieren la venta irrestricta de armas o la fabricación de bombas, la recepción dirigida o indiscriminada de los ataques perpetrados con estas herramientas, los despidos masivos, los recortes a sanidad, educación y políticas de ayuda al desarrollo (en tanto que vulneran a los sujetos que dependen de ellas), las disminuciones salariales, el aumento de las jornadas laborales, pero también los comportamientos diarios de gobernantes y ciudadanos que legitiman estas actividades como expresiones auténticas de inconformidad o de justicia, ya sea por su aceptación tácita o implícita o por su misma indiferencia.

[7] Usando los conceptos de Fanon de la zona del ser/no-ser, Grosfoguel afirma que en la zona del ser los sujetos (racialmente superiores) no viven opresión sino privilegio racial, mientras que en la zona del no-ser, debido a que los sujetos son racializados como inferiores viven opresión (Grosfoguel, 2011a). Ambas zonas funcionan bajo criterios imperialistas/capitalistas/patriarcales dominados por élites masculinas heterosexuales occidentales/occidentalizadas, la experiencia en clase, sexualidad y género en cada zona es cualitativamente distinta y las implicaciones derivadas por igual (Grosfoguel 2011b; 98-101). Esta visión no refiere a una zona geográfica particular, sino que hablan de "posicionalidades en las relaciones raciales de poder que ocurre a escala global entre centros y periferias, pero que también ocurre a escala nacional y local contra diversos grupos racialmente inferiorizados. Existen zonas del ser y no-ser a escala global entre centros occidentalizados y periferias no-occidentales (colonialidad global) pero también existen zonas del ser y no-ser tanto en el interior de los centros metropolitanos como también dentro de las periferias (colonialismo interno)" (Grosfoguel, 2011b; 99). Para ahondar en el tema, ver el grupo Modernidad/Colonialidad (Anibal Quijano, Walter Mignolo, Enrique Dussel, Arturo Escobar, Ramón Grosfoguel, Zula Palermo, Catherine Walsh, y otros).

[8] El derecho precede al Estado, tanto cronológica como conceptualmente. En tanto que ordena la existencia humana, anterior está a cualquier tipo de organización política (ver El Erotismo, de Georges Bataille). Así, el Estado, comentarían los autores iusnaturalistas, se fundamenta, deriva y legitima por el derecho.

[9] El derecho surge para regular la venganza privada, la indemnización debida, para reparar ofensas físicas o morales, y/o para regular las relaciones entre sujetos de derecho.

[10] Para Bataille (2010:68)., la violencia no es efecto de un cálculo, se sitúa en un borde difuminado entre lo exterior y lo interior (transgresión/deseo), rechazada como ajena pero a la vez latiendo en nuestra experiencia interior. Es decir, no son los factores económicos (la riqueza o el hambre) los que determinan la guerra en sus orígenes, aunque esto suponga para el vencedor su gran utilidad. Los hombres se distinguen de los animales, además de no conocer prohibiciones, por el trabajo, que les da origen. Así, la violencia como empresa no se posibilita en la existencia de sometedores (guerreros) y sometidos (esclavos), la operación que hace del sometido una cosa supone la institución previa del trabajo, el sometedor sólo lo ha convertido en mercancía. La guerra moderna y su carácter utilitario es sólo una organización colectiva de las agresiones, sostiene, una violencia organizada. Lo que sobresale en el planteamiento de Bataille es que, mediante lo sagrado, los seres humanos pretenden romper la discontinuidad individual para establecer una continuidad con lo divino que cada cultura establece en sus mitos y rituales. Tal planteamiento articula a la antropología con el tema religioso y el misticismo, y con una economía política de los intercambios donde el campo del erotismo es el campo de la violencia (Sánchez, 2006). Según Darwin, en la misma línea, la violencia es un producto natural que no presenta problema alguno excepto en los casos en que se utiliza para fines injustos. Para de la Cueva (en prensa) la violencia ambiental es el uso y la extracción no sustentables de recursos naturales, la forma capitalista más pura de la explotación de la naturaleza… La violencia en la naturaleza parece obvia y trivial, aunque ese no es el caso pues se trata de un acto que implica la intención consciente del perpetrador para hacer mal a la víctima, no es parte de la naturaleza, a excepción de los humanos.

[11] Este principio es clave para entender la difuminación de las formas de violencia, puesto que en las sociedades actuales, complejas, que albergan a un grupo de ciudadanos con diferentes intereses, motivos, actitudes y valores, la violencia se convierte en el vector transversal de todos los mecanismos a su interior, la consecución de sus fines dependerá, en medida, de la violencia utilizada.

[12] La economía de mercado es entendida por Braudel (2002:21) como la economía local de la época, dominada por las reglas y cambios de lealtad. El capitalismo avanza al someterla a la competencia y a la transparencia relativa en el comercio lejano, con el fin de librarse de reglas y de desarrollar cambios desiguales como nuevas fuentes de enriquecimiento (intercambio mercantil). Con estos intercambios desiguales se rompen las relaciones entre el productor y el destinatario final de la mercancía y se dispone de dinero en efectivo, lo que permite que la cadena mercantil entre producción y consumo se alargue y sea posible escapar a las reglas y controles habituales (emergencia del proceso capitalista).

[13] No hay que confundir esta afirmación con la inexistencia previa de violencia. Lo que queremos remarcar a lo largo de este análisis es el hecho de que la constitución actual del Estado permite que la violencia sea un mecanismo más, y de los más importantes, en la toma de decisiones, en la gestión y la articulación de actores, en la política misma, vamos. Por tanto, no debe entenderse lo aquí escrito como la génesis de la violencia, sino como su entronización en el seno del Estado, desde donde se expandiría como forma (a-i)legal en las sociedades humanas.

[14] Para Ogarrio (2013), los orígenes del capitalismo (la teoría liberal, particularmente) se encuentran asentados sobre la igualdad y libertad. Estos principios devinieron en la violencia. Cuando Locke habla de la naturalidad de la libertad y la igualdad de todos los hombres (“sin estar sometida a la autoridad o a la voluntad de otro hombre”), les vincula directamente "a un sistema de violencias coloniales que eran también su contraparte oscura, despótica y destructiva".

[15] Solano (2006:5) ejemplifica este despilfarro con el deterioro ecológico, las guerras imperialistas y la enorme cantidad de recursos destinados a un enorme aparato bélico, así como el desempleo y la precarización del trabajo.

[16] Además de la producción en serie, este esquema se caracteriza por la especialización (división del trabajo), reducción de costos, la profundización del control del tiempo productivo del obrero, posibilidad de negociación entre el trabajador y el empresario (vía sindicatos), el aumento de la circulación mercantil, el crecimiento del poder adquisitivo de los asalariados.

[17] Menciona Macdonald (1957:60) que si la cultura folk (el antecedente cultural de la sociedad de masas) "representaba la institución propia del pueblo, su pequeño jardín privado, aislado del gran parque de sus maestros, la cultura de masas rompió la muralla que les aislaba e integró las masas en una forma sin base de "alta cultura" y así convirtiéndose en un instrumento de dominación política".

[18] Para Zizek (1998:175), tras la universalidad del capital globalizante se esconde el hecho de que el capital efectivamente es una máquina global anónima que sigue su curso ciegamente, sin ningún agente secreto que lo anime. El horror no es el espíritu en la máquina, sino la máquina (universal muerta) en el corazón mismo de cada espíritu viviente particular. Lo que hay, por tanto, en el fondo de este sistema de organización social es la falta de rostro identificable, sujeto de objetivación. Es un modelo que replica esta despersonalización sobre los individuos en los que actúa. Es decir, el anonimato de la explotación industrial, el anonimato de la fuerza de trabajo como mercancía, y la abstracción y anarquía capitalista produjeron un proceso violentador donde la vida aparece como un objeto intercambiable. Podemos, por tanto, afirmar que son una serie de propiedades intrínsecas sobreentendidas y no cuestionadas del sistema que lo mantienen funcionando. Su manifestación son leyes, reglamentos y acciones punitivas que mantienen el statu quo.

[19] Es evidente que este análisis suprime la autoconsciencia y el lenguaje personal del colectivo (que son diferentes), así como también limita los canales de comunicación a aquellos donde el contenido es estrictamente político, sin considerar el resto de acciones políticas del sujeto. Tenemos consciencia de ello, pero consideramos que, en términos generales, este proceso masificador ilustra bastante bien la forma en la que se ha sometido a "la mayoría".

[20] Entendemos la pseudosingularidad como la confusión generada por la heterogeneidad de consumo ofrecida a un individuo honestamente diferenciable por su creatividad y criterio.

[21] Como afirma Pey (2010:64), el sujeto de consumo alude al individuo que rehúye una identidad fija y se multiplica entre las opciones inagotables que le ofrece el consumo. De este modo, parece crearse libremente a sí mismo a través de sus elecciones; se reinventa constantemente navegando entre las modas; se abandona a sus caprichos más íntimos, constantemente fomentados y cultivados por la industria, que incluso le ofrece productos que ni sabía que estaba buscando.

[22] Por ejemplo, el arte y el lujo, que suelen revestir exclusividad, han perdido importancia en la medida que existen demasiados productores/creadores, al nivel que cualquier asalariado puede consumir arte original. En el caso de las grandes marcas y productos de lujo también es destacable, si antes estos eran inalcanzables ahora han dejado de serlo conforme su mercado se masificó. El libro Deluxe: How luxury lost its luster menciona que la industria del lujo pasó de ofrecer productos artesanales y exclusivos a un grupo muy reducido a una industria que genera más de 157 mil millones de dólares al año, concentrado en pocas empresas como LVHM, Gucci, Prada, Armani, etc.

[23] El Neoliberalismo, para efectos de este texto, debe ser entendido más allá del conjunto de políticas de ajuste y privatización (Consenso de Washington), sino directamente como un modo de gobierno de lo social y una potente dinámica micropolítica (afectos, creencias, deseos), y como tal circula y domina diferentes esferas de la vida social (Mezzadra y Sztulwark, 2014).

[24] Legalidad y legitimidad son algo muy diferente: se puede ser legal cumpliendo la ley sin procurar su esencia, es decir, el mero cumplimiento de la ley, la legalidad, no tiene la fuerza de la legitimidad.

[25] La evidencia de esto se encuentra, según Habermas (1998:175) en las tendencias globalizadoras en el tráfico, las comunicaciones, la producción económica, la transferencia de armamentos, el comercio de drogas, la criminalidad, y, sobre todo, los peligros ecológicos, estos problemas no pueden solucionarse ya dentro del marco del Estado-nacional.

[26] Berardi (2013) entiende como “abstracción financiera” el conjunto de automatismos financieros que subyugan la vida real y la producción, vaciándolas de energía y de poder político. Las leyes han dejado de tener fuerza frente a la circulación global de los algoritmos financieros y frente a la potencia desterritorializada de las empresas globales. La abstracción financiera superpone un tiempo espasmódico a la sensibilidad individual y colectiva, desembocando en la ausencia de continuidad en la experiencia del trabajo. La patología por esta aceleración se manifiesta en los individuos generando una percepción de los otros como competidores y no como cuerpos afectivos, cercanos, colaboradores. A la abstracción financiera se le añade una abstracción digital, efecto de la aplicación de las tecnologías virtuales (virtualizadoras) a la comunicación humana que opera como un intercambio lingüístico sin cuerpo "escisión entre palabra, cuerpo y afectividad". La primera desmembra, desarticula y desposee de instrumentos a la sociedad, la segunda reduce la relación entre individuos a meros contactos funcionales dentro de estándares predeterminados.

[27] También menciona el autor que la existencia de la informalidad en la reproducción capitalista no es arbitraria ni de poca importancia, pues las operaciones económicas al margen de los mecanismos permitidos por el Estado y los mercados formales (delitos, robos, narcotráfico, trata de personas, venta de armas, etc.) crecen cada vez más y se han introducido en el mismo campo donde las otras permitidas operan. La interacción entre ambas es tan común en la actualidad que existen situaciones en muchas regiones del globo donde la informalidad se encuentra protegida por el Estado, sus cuerpos de seguridad (incluso muchas normas legislativas son creadas con laxitud para permitirlo).

[28] Este disciplinamiento, control o reconfiguración corporal se encuentra directamente vinculado a factores de orden político institucionales y, primordialmente, a los económicos. En la medida que el individuo se encuentre cerca de la política institucional o posea recursos económicos suficientes puede evitar dicho control.

[29] Napoli lo ejemplifica con la desaparición ciudadana en redes de trata o trabajo esclavo, violencia que tiene un fin meramente económico: “centenares de cuerpos secuestrados y esclavizados en campos agrícolas que cuando mueren van a parar como NN (Nomen Nescio/ningún nombre) a las necrópolis de cualquier ciudad. Otra parte de los cuerpos, destinados a la prostitución, también sometidos a una lógica económica perversa, que tienen el mismo final cuando se subvierten (cuerpos subversivos al orden) En cada una de las redes, funcionarios del Estado (médicos, policías, fiscales o jueces) determinan un camino de impunidad donde, con sus prácticas cotidianas, esconden esas desapariciones, pues el solvento económico es enorme” (Napoli, 2014).

[30] Przeworski (1997:25) también señala que la democracia es un sistema que garantiza derechos de ciudadanía a la mayoría de los individuos, pero que no genera de manera automática las condiciones sociales y económicas necesarias para un ejercicio efectivo de estos derechos, por tanto, en la medida que las desigualdades sociales y económicas limitan el acceso al sistema político, incluso los mecanismos de responsabilidad bien ideado pueden terminar por no hacer más que perpetuar las relaciones de clase.

[31] Existe toda una línea teórica desde el que se identifica el proceso de democratización con el de la masificación: Schopenhauer, Klossowski, Spengler, Tönnies y Le Bon.

[32] La constitución de la democracia, afirma Segovia (1997), tiene dos vertientes. Una en Francia donde colocó a la nación por encima de los ciudadanos, y otra en los Estados Unidos donde se buscó ante todo la protección de los individuos y las minorías. Ambos partían del sufragio universal para desembocar en sistemas políticos diametralmente opuestos. La idea norteamericana intentaba romper con el monopolio y trasladaba al individuo el derecho de ejercer la violencia, mientras la revolución francesa liquidaba los derechos individuales y confería al Estado el derecho exclusivo de mantener el orden por la fuerza. Esta limitación del individuo será la causa decisiva de la democratización de las sociedades contemporáneas.

[33] El antagonismo y la hostilidad de las relaciones humanas (manifiestos en las relaciones sociales y los conflictos de interés) organizarían, según Mouffe (1999:14) la coexistencia humana en condiciones que son siempre conflictivas, al estar atravesadas por "lo político”.

[34] Aunque también nota que las experiencias de gobierno asentadas en el poder recaen sobre bases mayoritarias- asentadas en la representación de intereses, donde en el mejor de los casos unos pocos actúan libremente y en donde la mayoría sólo dispone de poder en el momento de la elección.

[35] Para Moore (1973) la democracia occidental tiene detrás de sí una historia violenta. Las revoluciones democrático burguesas fueron las primeras en la historia, y se cristalizaron gracias a que el poder monárquico tenía restricciones evidentes, y gracias a que la aristocracia rural no gozaba de independencia irrestricta. La coalición entre la burguesía emergente y la aristocracia rural debilitada, proyectó una estrategia agrícola comercial que rompió el paradigma feudal del pasado. La violencia revolucionaria eliminó la rémora campesina, sentando las bases del capitalismo y la democracia. En Inglaterra, la guerra civil frenó el absolutismo y propulsó a los terratenientes capitalistas, la violencia habría destruido la sociedad campesina y allanado el camino para la agricultura comercial y el posterior desarrollo capitalista; En Francia, gracias a la Revolución de 1789, argumentó que se crearon nuevas instituciones según principios democráticos pese a mantenerse la aristocracia rural. Y en Estados Unidos, la guerra civil de 1861 habría destruido los privilegios de la elite agraria que erigió el esclavismo sureño de plantación. También la constitución estadounidense propone un sistema electoral para incluir a las “mayorías”, aunque se sabía de la esclavitud, de las diferencias económicas entre norte/sur y la emigración creciente. Hasta mediados del XX, el sufragio restringido era la frontera de la democracia, en principio de conservación del orden social y económico. Cuando este derecho se universaliza, las naciones no renuncian a la violencia, sino que la limitan en materia de política interna. Por ejemplo, la cultura belicista no es cuestionada en ningún ámbito, ni privado ni público, ni colectivo ni personal.

[36] Arendt considera que la violencia es per se ruinosa de la política (la violencia es lo opuesto del poder) al ver en la acción violenta el remedo de una de las últimas formas (que estima incompleta, desviada) de la capacidad del hombre como actor, misma que profundiza la crisis de la política (Hilb, 2001:11). La acción que genera poder y la acción violenta son diferentes por la incapacidad de la segunda por instituirse de manera duradera como poder. Aunque una vez que el poder se concentra en pocos actores, estos pueden generar un ambiente propicio para sí mismos, violentando los principios rectores de todo sistema político democrático.

[37] Menciona el autor que lo que el monopolio hace es maximizar constantemente la utilidad de la violencia, es decir, conseguir la máxima efectividad con una utilización menor de los procedimientos coercitivos. Así, busca transformar la violencia directa sobre el individuo en autoridad, respeto y obediencia de la norma convertida en ley.

[38] Wilkinson (2005) considera que mecanismos como la desigualdad económica, una medida que brinda una idea general de cuán jerárquica es una sociedad y cómo sus miembros están ordenados en la escala social, conducen a la violencia. Aunque, advierte en su análisis sobre la importancia de distinguir entre los casos (menos frecuentes) de violencia en los cuales pobres y ricos se enfrentan, de aquellos en los que lo hacen los pobres entre sí.

[39] Según Sullivan (2010), la percepción de la seguridad en los hogares estadounidenses se encuentra fuertemente vinculada a los sistemas de vigilancia y de patrullaje en los barrios. Por lo que las colonias ricas tienden a invertir grandes sumas en sistemas de alarmas y protección de hogares. Sin embargo, añade, "la clase muy rica necesita una capa más de protección en tanto que sus casas se encuentran expuestas en mayor medida debido a la existencia de bienes de elevado valor" haciéndose necesaria una pronta respuesta policial cuando sea cometido un delito. A un plano estatal, sucede algo similar, la protección ciudadana en esta era globalizante supone un compromiso por ampliar dicha protección más allá de las fronteras estatales frente a cualquier amenaza, otorgando una mayor facilidad a aquellos Estados ricos que puedan permitírselo (Glanville, 2012). Como ha sucedido con la repatriación del cura español infectado de ébola en Liberia que hacía misión en las comunidades africanas, cuyo costo, según el gobierno español ascendió a 200 mil euros, pero cuyo gastos finales ascendieron a 3.36 millones de euros).

[40] Incluso, afirma Bogaert (2013), la acción política no violenta ha devenido efectiva cuando provoca violencia, por ejemplo, un millón de personas murieron en el proceso independentista pacífico de Ghandi.

[41] Esta es invisible porque los ajustes neoliberales se convierten en un estado normal y pacífico de las cosas, mientras que las revueltas contra el sistema aparecen como violencia. Los ocupantes de las plazas públicas en norte de África expusieron las estructuras violentas que ordenan sus sociedades.

[42] La violencia política es una violencia que define la violencia legítima, que se erige como un ejemplo a imitar, un ideal. Por tanto, como acción no hay nada especial en ella que la separe de la violencia criminal. La única forma de distinción es el hecho de que algunos ven legítima una acción y otra no. Es por tanto no porque ciertos actos de violencia sean políticos (opuestos a la violencia criminal) que son legítimos, sino porque son considerados legítimos que son vistos como actos de violencia política (Dumouchel, 2012).

[43] Cada régimen político (democrático o no) tiende a etiquetar a algunos de sus oponentes como criminales (ya sea el terrorismo islámico en para las democracias occidentales, los activistas pro-derechos humanos en China, miembros de la oposición en Oriente Medio) más que ser considerados como oponentes políticos legítimos.

[44] La desaparición de la política parece coincidir, a su vez, con la intensificación de la desaparición forzada de la ciudadanía, y con su vulnerabilidad física, económica y jurídica, y Estados en retirada cuyas administraciones se limitan al espectáculo electoralista como derroche, cinismo y banalidad (Muñoz y Domínguez, 2015).

[45] “Y aquí aparece ya no sólo la legalidad que obtienen los procesos de extractivismo, explotación y megaminería, sino también en el nuevo formato que adquiere el narco dentro de este panorama: una segunda fuerza policial, una corporación económica vinculada a empresas transnacionales, narco-acumulación y acumulación demuestran el límite de la razón de un desarrollo desigual sobre los territorios diagramados sobre la esfera de la legalidad y el corporativismo” (Muñoz y Domínguez, 2015).

[46] Política que divide en tres formas. La primera se entiende como dominación (la capacidad para dominar yace en los mecanismos de la explotación capitalista y colonial, sus modos asociados de opresión y la imbricación de la violencia en estos) la segunda (en los partidos políticos corruptos y las élites emergentes) inútilmente trata de ignorar la realidad de la violencia colonial y la necesidad de la violencia revolucionaria, y la tercera alude a una forma virtuosa de la gente, en ella el uso ético de la violencia es posible. Es más, modela y presagia una nueva forma política sin violencia (Frazer y Hutchings, 2008).

[47] En la lucha antinuclear de los años ochenta, Jürgen Dahl se preguntaba si bastaban las protestas no violentas y las demandas a las instituciones para detener las amenazas que la competencia armamentista generó en la sociedad durante la Guerra Fría. Afirma: “La sagrada ira nos acomete cuando vemos qué poco podemos esperar porque la industria, la política, el comercio y el egoísmo se intrincan cada vez más profundamente en dependencias y en la presión de las circunstancias que a su vez van produciendo cada vez más estragos. La gran empresa Mundo, tal cual está organizada actualmente, aguanta y tolera pequeños cambios en los miembros pero ninguna gran modificación en la cabeza. ¿Qué es lo válido entonces: diagramar una nueva forma de organización para la gran empresa Mundo y llevarla a cabo? Pero nuestra actividad todo lo que puede obrar en esa dirección tiene apenas un efecto ridículo. Tener confianza en la actual adición de pequeñas mejoras es mentirse a sí mismo en tanto prosigue la diaria destrucción” (en Bayer, 2005).

[48] Ambientales: mecanismos que alteran las relaciones entre las circunstancias sociales en cuestión y su ambiente externo (por ejemplo: una sequía que agota la agricultura sobre la que dependen las guerrillas para su sobrevivencia diaria). Cognitivos: mecanismos que operan a través de alteraciones de percepciones individuales y colectivas, como cuando miembros de un grupo de pelea deciden colectivamente que han confundido un enemigo como amigo. Relacionales: Mecanismos que cambian las conexiones entre unidades sociales, como cuando el líder de un grupo criminal hace un trato con otro, convirtiendo así una relación de protección mutua en un negocio de alto riesgo.

[49] Hay que considerar, sin embargo, como menciona Tilly (2003:6) que al llevar el término violencia a todas las relaciones interpersonales y acciones solitarias se corre el riesgo de sub-explicarla pues bloquearía la posibilidad de preguntarse por unas relaciones casuales efectivas entre explotación o injusticia, por un lado, y daño físico por el otro. También obscurecería un hecho importante: que los especialistas en infligir daño físico (cuerpos armados) son parte importante de la violencia colectiva (su presencia o ausencia recurrentemente marca toda la diferencia entre resultados violentos o no).

[50] Algunos afirman que las ideas individuales y colectivas habitan en dominios parcialmente separados, mientras que otros creen en su continuidad

[51] Se explican de tres maneras, a) la evolución humana originó la acción agresiva (individual o colectiva), b) la extrema necesidad general y los incentivos por dominar, explotar, respetar, diferenciar, proteger o dar seguridad, subyacentes a la violencia colectiva; y c) una postura económica que ve la violencia como forma de adquirir bienes y servicios. Véase el análisis marxista que le entiende como resultado de las relaciones de producción y las clases sociales.

[52] Estas ganan efectividad cuando los límites categóricos en juego corresponden precisamente a un límite (por ejemplo, etnia, raza, religión, género o nacionalidad) que opera ya en la vida social y porta consigo una serie de creencias, prácticas y relaciones sociales que le mantienen Por ejemplo, los gobiernos siempre han practicado en determinada medida la explotación y han acaparado oportunidades, siendo los gobernantes y las clases dominantes los beneficiarios típicos de estos dos mecanismos, comúnmente incorporan los límites categóricos que ya operan en otros lugares (Tilly menciona el ejemplo de la exclusión de mujeres o de religiones heterodoxas de una ciudadanía completa).

 

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Cómo citar este artículo:

CHÁVEZ RAMÍREZ, Refugio; DE LA CUEVA SALCEDO, Horacio, (2015) “Democratización de la violencia: la fase violenta de las democracias modernas”, Pacarina del Sur [En línea], año 7, núm. 25, octubre-diciembre, 2015. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Martes, 16 de Julio de 2024.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.comindex.php?option=com_content&view=article&id=1210&catid=14