Pacarina del Sur
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Aportaciones teóricas y la mirada militante al estudio de las emisoras comunitarias, populares y alternativas en Argentina

Theoretical contributions and the militant look at the study of community, popular and alternative radio stations in Argentina

Contribuições teóricas e o olhar militante no estudo das rádios comunitárias, populares e alternativas na Argentina

Mireille Campos Arzeta[1]

Universidad Nacional Autónoma de México

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Recibido: 14-01-2021
Aceptado: 04-05-2022

 

 

La comunicación alternativa y el abandono teórico

La comunicación alternativa fue, en los años setenta del siglo XX, una de las primeras tradiciones e indagaciones teóricas latinoamericanas que ofreció un marco teórico conceptual para analizar el fenómeno de los medios alternativos que, en su mayoría, fueron gestionados por organizaciones campesinas, obreras, sindicales, indígenas, cooperativas, asociaciones de barrio y/o militantes de partidos de izquierda de la región entre las décadas de 1940 y 1970, estas experiencias se sistematizaron y analizaron en el libro Comunicación alternativa y cambio social: América Latina, publicado por la UNAM en 1981, en nuestra investigación consultamos la segunda edición publicada en 1989, editada por Premia.

Máximo Simpson, su compilador, sostiene que es el primer cuerpo orgánico que reúne textos que ofrecen una visión sobre el fenómeno de la comunicación alternativa “y el relato de algunos de los intentos más significativos de abrir cauces democratizadores a la práctica informativo-comunicativa” (Simpson, 1989, pág. 9).

En esta compilación se evidencia una polisemia de significados en las conceptualizaciones y experiencias en distintos países de América Latina sobre la comunicación alternativa, en algunos casos contrapuestos. Por ejemplo, en México se planteó el concepto de comunicación rural y la búsqueda de opciones de comunicación social; Venezuela abrió el debate sobre nombrarla política de comunicación o comunicación alternativa; en el caso de Bolivia y República Dominicana se abordó desde la descripción de las experiencias de las radios mineras bolivianas y el programa Club Mencía, un programa producido por mujeres campesinas dominicanas; en Perú se reflexionó sobre la alternativa de la alternativa;[2] en Uruguay se planteó romper la unidireccionalidad del mensaje entre emisor y receptor a través de la experiencia casete-foro;[3] en Colombia se investigó sobre prácticas de comunicación en la cultura popular; en Argentina giró en torno a la experiencia de comunicación intermedia en un proceso histórico de democratización; en Chile investigaron sobre la prensa alternativa a partir de los testimonios de sus protagonistas; y, por último, Brasil la denominó prensa nanica, es decir, prensa enana, en oposición a la prensa grande (Simpson, 1989).

Simpson fue uno de los principales teóricos que problematizó las “muy variadas dificultades” para el análisis conceptual de la comunicación alternativa; a él se le debe la sistematización de las primeras indagaciones teóricas y empíricas que surgieron en América Latina, en las que se reconoce que es un debate resultado de la preocupación por el concepto mismo “y de los límites impuestos al estudio de la comunicación alternativa” (1989, pág. 54). En ese sentido, propuso una definición “provisional”:

 

Diremos que es alternativo todo medio que, en un contexto caracterizado por  la existencia de sectores privilegiados que detentan el poder político, económico y cultual ¾en las distintas situaciones posibles desde el sistema de partido único y economía estatizada (Cuba) hasta los regímenes capitalistas de democracia parlamentaria y las dictaduras militares¾ implica una opción frente al discurso dominante; opción a la que confluyen, en grado variable, los sistemas de propiedad, las posibilidades de participación de los receptores en la elaboración de los mensajes, las fuentes de financiamiento y las redes de distribución, como elementos complementarios (ibid., pág. 149).

 

Esta definición resalta las directrices en torno a los principales problemas que promoverían la viabilidad del fenómeno de la comunicación alternativa. Si bien no es objetivo de este artículo presentar cuáles eran esos alcances y límites, Simpson proponía:

 

insertar la problemática de la comunicación alternativa en el proceso total de transformación, pues el carácter mismo del complejo global comunicación-información es una expresión de los sistemas económico y político-social. La eventual democratización de las estructuras comunicativo-informativas habrá de ser, sin duda, un signo de transformaciones que las trasciendan, y en ese proceso de cambio puede superarse en la medida de su profundidad, la falsa oposición entre medios alternativos y medios masivos dominantes. Articulación en lugar de oposición, interacción en lugar de irreductibles antinomias (ibid., págs. 153-154).

 

Esta falta de consenso en la definición de la comunicación alternativa ­‒si los medios alternativos deberían oponerse a los hegemónicos, y desde qué posiciones político-ideológicas tendría que repensarse la democratización de los medios de comunicación‒ fueron puntos de partida para las reflexiones posteriores en torno al abandono y regreso al debate del tema, por lo menos en Argentina.

En otro nivel de análisis, el Informe MacBride, publicado en su versión inglesa en 1980, incluye reflexiones en torno a las aportaciones democráticas de la comunicación alternativa. En este sentido, el autor enfatiza que “los individuos podrían dejar de encontrarse en el extremo receptor y convertirse en socios activos del proceso de comunicación, aumentaría la diversidad de los mensajes, y mejorarían el grado de calidad de la partición del público” (MacBride, 1993, pág. 144).

En este informe se reconoce que algunos casos en los que ha intervenido “la agitación popular y la iniciativa de ciertos individuos” (ídem.) detonaron una acotada libertad de prensa en contextos como los regímenes antidemocráticos o marcados por la pobreza. Estas prácticas informativas alternativas sucedieron tanto en países industrializados como en países en desarrollo, como es el caso de América Latina. “Han estado implicados grupos muy diferentes ‒grupos locales decididos a romper el monopolio de los sistemas de comunicaciones centralizadas, verticales; partidos políticos, sindicatos o disidentes; grupos contrarios al establecimiento, ecologistas y minorías‒, pero todos comparten la decisión de oponerse a la comunicación institucionalizada u oficial” (ibid., pág. 147).

Estas fueron las generalidades con las que se abordó la comunicación alternativa en el informe redactado por un organismo internacional. Sin embargo, Mata (2011) sostiene que se trató de una lectura acrítica:

 

Era justamente la politicidad de la comunicación popular y alternativa la que se desleía en las caracterizaciones y proposiciones del Informe MacBride. A las luchas por lograr una palabra propia sostenida en la igualdad económica, social y política, a los esfuerzos por diseñar proyectos contra-hegemónicos, se les sobreponía una dimensión tecno-administrativa que identificaba el acceso a medios y tecnologías con acceso al poder ser y decir (pág. 14).

 

En el Informe MacBride la comunicación alternativa no fue presentada como un debate que especificara las características de cada experiencia, ni se aclaraba que no sólo implicaba censura por parte de los gobiernos antidemocráticos, sino que también comenzaban a surgir conflictos por la concentración mediática. No obstante, uno de sus aciertos fue reconocer que existía un fenómeno comunicacional emergente que sentó un precedente para futuras discusiones.

Si la reflexión sobre la comunicación alternativa ya estaba presente en algunos teóricos militantes latinoamericanos y en el seno de un organismo internacional como la Unesco, la pregunta que surge es ¿cuáles fueron los factores que provocaron su abandono teórico? El artículo “Líneas de investigación preponderante sobre comunicación alternativa: de los orígenes a la era digital”, de Lemus (2017), aclara las causas que detonaron esta situación. La primera es que la Unesco abandonó la agenda sobre las recomendaciones para las Políticas Nacionales de Comunicación y, con ello, las recomendaciones incluidas en el Informe MacBride quedaron relegadas, por lo tanto:

 

Las líneas de investigación en la academia evadieron el término comunicación alternativa debido a la fuerte connotación ideológica, contrahegemónica y contestataria, pero emplearon otras categorías como fue la comunicación comunitaria y ‘otra comunicación’. Al realizar un análisis de la producción académica en esta etapa, fueron muy pocos los trabajos identificados en estas dos décadas, ya que hubo un progresivo abandono del tema. Otro elemento de este contexto fue el auge de los estudios culturalistas, centrados en la descripción etnográfica de las audiencias y las prácticas de consumo de la vida cotidiana de los sujetos (Lemus, 2017, pág. 58).

 

Lemus advierte que el desplazamiento teórico se enfocó más en cuestiones técnicas y economicistas y dejó de lado el interés por los sujetos como emisores-receptores de la comunicación. Asimismo, señala que los debates posteriores a la década de los setenta del siglo XX se centraron en la comunicación para el desarrollo, en la comunicación al servicio de la humanidad y en la documentación de estudios de caso. “La investigación políticamente reconocida, en cuanto a experiencias de comunicación alternativa, tendió a adoptar un carácter más técnico y a empezar a documentar las experiencias previas, no obstante, ya no destacó ninguna reflexión teórica que pusiera el tema bajo reflexión o actualización” (ibid., pág. 59).

En este sentido, lo que distinguió a los debates que tuvieron lugar entre 1980 y 1990 fue la escasa reflexión teórica en relación con la comunicación alternativa y una tendencia a la institucionalización de la comunicación para el cambio social. Habría que preguntarse cuál fue el impacto de esta ausencia de discusiones en América Latina. Si bien no es objetivo de este artículo responder esta interrogante, sí se expondrá una síntesis del caso argentino, sobre cómo se desarrolló desde la teoría y la militancia el acercamiento a la comunicación alternativa y cuáles fueron los debates para explicar las nuevas irrupciones en el campo comunicacional, como lo son las radios comunitarias, populares y alternativas.

Esbozar el estado del arte de la investigación de este fenómeno comunicacional emergente e identificar las adscripciones teóricas que lo sustentan, fue un desafío, en principio, por la escasa recepción que han tenido estas discusiones en los espacios académicos de México; y en segundo lugar, porque actualmente en Argentina se están desarrollando investigaciones con nuevas líneas y grupos de investigación que antes no existían.

Congreso: Comunicación Alternativa: Medios, Estado y Política. Universidad Nacional de La Plata (octubre, 2010)
Imagen 1. Congreso: Comunicación Alternativa: Medios, Estado y Política. Universidad Nacional de La Plata (octubre, 2010). Foto de la autora.

 

La irrupción de las radios comunitarias en Argentina

Se comenzará por la descripción de la aparición de las primeras radios comunitarias en Argentina y los factores que la favorecieron. La reflexión teórica surgió a partir de su irrupción en el sistema mediático, y su caracterización no fue un proceso rápido, ni acabado, dada la diversidad de proyectos radiofónicos que se dio en el contexto de la recuperación de la democracia en la década de los ochenta del siglo XX:

 

A partir de la apertura democrática en 1983 comienzan a surgir las primeras radios comunitarias, alternativas y populares en nuestro país. Es difícil hallar registros precisos que den cuenta de los nombres, ubicaciones, fechas de nacimiento y objetivos de las primeras emisoras que nacieron entre 1983 y 1986. Una de las razones de esta dificultad es la clandestinidad en la que estas radios realizaban sus transmisiones por aquellos años (Kejval, 2009, pág. 32).

 

Otro aspecto que es importante considerar en relación con el surgimiento de estas experiencias fue el:

 

desarrollo de la tecnología de FM. Recién en la década de los ’80 ingresa a nuestro país la posibilidad de transmitir ondas hertzianas en frecuencia modulada. Para este tipo de transmisión la tecnología y equipamiento eran mucho más económicos y accesibles que los necesarios para las transmisiones en amplitud modulada. Ya sea a través de la fabricación de equipos caseros o de la adquisición de equipamiento a bajos costos (ibid., pág. 43).

 

Ante la aparición inesperada de este fenómeno comunicacional, tampoco había consenso en cuanto a su denominación, que en un principio fue radios de nuevo tipo o truchas. Para 1989 “había unas 3000 radios nuevas. La denominación popular fue ‘radios truchas’. No eran legales, no se sabía de dónde venían, quienes eran los realizadores, cuales sus objetivos. Se escuchaban mal, con interferencias, con programaciones precarias, muchas veces malas imitaciones de las radios legales” (Lamas y Lewin, 1995, pág. 70).

Lamas y Lewin (1995) las denominaron radios de nuevo tipo porque surgieron sin plan, sin proyecto político y sin programación; un fenómeno de explosión expresiva como consecuencia de vivir siete años de censura en los medios de comunicación durante la última dictadura cívico-militar en Argentina. En ese proceso de reorganización, de esas 3000 radios nuevas, 500 se autodenominaron como alternativas, comunitarias, populares, libres, participativas, asociativas, horizontales e independientes.

En esos inicios, cuando las radios emergentes trataban de definir su propio proyecto radiofónico, la consigna general fue la de defender una ética alternativa, en oposición a la ética liberal dominante. “Una ética que contuviera el acceso a la propiedad del medio, una relación horizontal en la toma de decisiones y que buscara la participación comunitaria en el diseño del proyecto, con la creación de instancias más allá del aire, como los clubes de oyentes” (Lamas y Lewin, Op. Cit., pág. 73).

El tema del acceso a la propiedad de los medios y su definición como un medio no comercial, sin fines de lucro, de carácter social y comunitario, ya estaba presente en la narrativa de ese nuevo medio de comunicación. Ello fue la antesala de las principales demandas del movimiento social por la democratización de la comunicación en Argentina y representó una aportación significativa a la redefinición de la comunicación alternativa y de los medios comunitarios.

Estas nuevas radios generaron sus propios recursos para financiarse, ya que, de acuerdo con Lamas y Lewin, no obtuvieron apoyo internacional porque Argentina no estaba catalogado como un país pobre. Así, se sostuvieron gracias a la creatividad de sus realizadores, la recaudación de cuotas, el trabajo voluntario y el aprovechamiento del aumento de la matrícula de las facultades y los institutos de comunicación y periodismo (ibid., págs. 74-75).

Otro aspecto interesante de ese periodo fue la preocupación por el tipo de contenidos y la eficacia estética de la radio, es decir, la profesionalización del medio. Dada la espontaneidad con la que surgieron estas nuevas emisoras, hubo una necesidad de plantearse cómo ser un nuevo tipo de medio que disputara la hegemonía mediática frente a la calidad del formato de presentación de las emisoras comerciales. Lamas y Lewin identificaron los principales retos para estas emisoras comunitarias:

 

No es ético para las radios comunitarias marginarse, cerrar los ojos ante los desafíos planteados, técnicos, legales, de capacitación, comerciales artísticos. Esos vicios de automarginación, asociando la precariedad con el compromiso ético, popularizó un purismo extremo, en la (no) planificación del medio, llevando a una competencia absurda y autodestructiva por ser ‘la más pobre de todas, la más precaria, la más desorganizada y por lo tanto la más alternativa de las radios’. Muchas de esas experiencias debieron dejar el aire en medio de una crisis sin salida (ibid., pág. 74).

 

La investigación de Lamas y Lewin fue importante en el campo teórico y militante de las emisoras comunitarias en Argentina, ya que identificaron sus potencialidades, debilidades y retos en los siguientes temas: audiencia y experiencia; la experimentación en el producto radiofónico: el armado de la agenda setting y la agenda building; cómo ser un medio contrahegemónico, disputar la construcción del relato social y equilibrar los excesos de la militancia de sus integrantes; y, por último, la generación de empleos que implica la sostenibilidad del medio.

La interrogante era cómo construir desde la precariedad, sin profesionalización y con excesos de militancia para audiencias acostumbradas a formatos profesionalizados pero sin calidad en sus contenidos. Para Lamas y Lewin estas nuevas radios tendrían que superarse a sí mismas.

 

El retorno del debate de la comunicación alternativa

La teoría sobre la comunicación alternativa y las emisoras comunitarias, barriales y/o populares en Argentina ha resultado ser un campo de investigación novedoso y desafiante para la academia y la militancia de quienes han impulsado estos proyectos comunicacionales en los últimos treinta años.

El abandono académico de la comunicación alternativa entre 1980 y 1990, sólo fue recuperado por la militancia para definir sus proyectos comunicacionales. Sin embargo, cuando la diversidad de experiencias radiofónicas se complejizó, el marco teórico resultó insuficiente para definir este sector emergente de la comunicación.

Estas irrupciones radiofónicas detonaron diversas definiciones conceptuales (alternativas, libres, barriales y populares) que dificultaron llegar a un consenso entre quienes integraban y promovían las radios comunitarias;  y de carácter negativo a la que contribuyeron las definiciones provenientes del Estado (ilegales)[4] y de los empresarios de la comunicación (truchas).[5] No obstante, es preciso tomar en cuenta los diferentes contextos sociopolíticos cuando se produjeron estas discusiones ‒como son el retorno de la democracia en los ochenta (1983-1989), las políticas neoliberales de los noventa (1990-2002) y, después, nuevamente los gobiernos de corte progresista (2003-2015)‒ para entender las dificultades que las encuadraran a un campo teórico-conceptual específico. Asimismo, ha existido un diálogo intelectual entrecruzado por la incipiente reflexión teórica y la perspectiva militante de quienes se dedican a la creación de las emisoras comunitarias, populares y/o alternativas.

A principios de la década de los noventa del siglo XX, los temas y la problemática referentes a la comunicación alternativa estuvieron ausentes en los encuentros y congresos de investigadores y/o profesionales de la comunicación (Rodríguez Esperón y Lamas, 1995, pág. 141).

Fueron los espacios militantes de las organizaciones de radios comunitarias los que impulsaron encuentros de carácter más reflexivo. El primer registro de estos debates fue el 5° Congreso Mundial de la Asociación Mundial de Radios Comunitarias (AMARC), realizado en 1992 en Cuernavaca, México, donde se reunieron 450 delegados de 55 países que representaron a emisoras de radio que se autodenominaban denominaban comunitarias, alternativas, participativas, populares y libres (Lamas, 1994, pág. 91).

La importancia de ese encuentro fue el abordaje de discusiones relativas tanto a las experiencias de comunicación alternativa como al concepto mismo (idem.). Uno de los aspectos detonantes fueron los cambios políticos que ocurrieron en la República de El Salvador en ese mismo año, cuando se firmaron los Acuerdos de Paz de Chapultepec entre el gobierno del El Salvador y el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, los cuales pusieron fin a una guerra civil que duró 12 años (1980-1992). A partir de este suceso, radios clandestinas, como la radio Farabundo Martí y Venceremos, se integraron al sistema oficial. En el caso de Radio Venceremos, fue autorizada a continuar sus transmisiones de manera legal y recibió una licencia de FM.

En los países de América Latina que estuvieron bajo el dominio de gobiernos militares, la transición a la democracia llevó a los medios de comunicación (prensa, radio, cine y televisión), que surgieron como respuesta a las políticas de censura y/o para informar a la propia militancia, a replantearse qué y cómo informar. El tono combativo de concientización social perdía sentido si no era necesaria la clandestinidad.

Si bien el retorno de la democracia en América Latina no implicó el fin del sistema capitalista, porque se trataba de un modelo de democracia liberal, era cuestionable seguir pensando la comunicación alternativa desde la premisa de la transformación social (Simpson, 1989). En Argentina fue, precisamente, el cambio político el tema de reflexión; más que sobre nuevas definiciones, el debate se centró en el análisis de los contextos sociopolíticos que las albergan y en la estructura mediática capitalista.

En ese eje de reflexión, la crítica de Crespi y Rodríguez Esperón (1994) apuntó hacia la concepción dicotómica y oposicionista del concepto de comunicación alternativa; modelo que resultaba insuficiente para explicar las transiciones de las radios desde la clandestinidad hacia lo oficial, tradicional y/o al sistema económico dominante.

Sus discusiones apuntaban a superar las perspectivas dicotómicas del debate teórico latinoamericano sobre las experiencias de los medios alternativos, militantes y clandestinos de los setenta del siglo XX: “tratando de evitar los dos vicios más comunes en el que incurrieron numerosos analistas interesados por este tipo de prácticas, y que genéricamente denominamos ‘romanticismo de la vanguardia’ y ‘fatalismo de la integración’” (Crespi y Rodríguez Esperón, 1994, pág. 106). El reto teórico demandaba un análisis crítico, comprometido con las diversas militancias de sus protagonistas pero, sobre todo, realista, consciente de los alcances y límites que impone un sistema capitalista.

Un segundo momento de reflexión sobre la comunicación alternativa en Argentina ocurrió en 1995, cuando los comunicadores y/o periodistas comunitarios y docentes del área de comunicación organizaron foros temáticos en universidades y espacios militantes. De ahí surgieron los análisis sobre el futuro de las emisoras comunitarias, alternativas, populares y/o barriales en el contexto del libre mercado y la concentración mediática; sin embargo, la presencia de definiciones teórico-analíticas fue escasa (Rodríguez Esperón y Lamas, 1995).

El primero fue organizado por la revista América Libre en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA; el segundo fue el Congreso de Radios Comunitarias y Populares, en el anfiteatro Eva Perón de la Asociación de Trabajadores del Estado (ATE) y, por último, las Terceras Jornadas Universitarias “La radio de fin de siglo”, que se llevaron a cabo en la ciudad de Paraná.

De acuerdo con Rodríguez Esperón y Lamas (1995), en las reuniones que tuvieron lugar en la UBA y en la ciudad de Paraná, la reflexión sobre comunicación alternativa ocupó un lugar periférico. En el caso del encuentro de la UBA, el debate se centró más en las perspectivas de intervención política de las izquierdas latinoamericanas, y el tema de la comunicación alternativa se debatió de manera paralela. De ahí la crítica al formato de la reunión, pues puso en evidencia la falta de claridad y perspectiva para entender de forma conjunta la construcción política y el papel de la comunicación alternativa:

 

En el marco de este debate, volvió a manifestarse la dificultad de la izquierda para afrontar el problema de las comunicaciones en general y de la comunicación alternativa en particular. Lo que relega a los medios al lugar de instrumentos adaptables, visión cargada de utilitarismo que se traduce en una marcada impotencia al momento de diseñar políticas comunicacionales (ibid., pág. 141).

 

La reunión de Paraná no tuvo mayor trascendencia y en el caso del Congreso de Radios Comunitarias y Populares, aunque logró convocar a más de cien personas ‒en su mayoría realizadores que discutieron sobre sus propias problemáticas, como el financiamiento, el equipamiento técnico y la situación legal‒ no abordaron la práctica de la comunicación alternativa.

De las ponencias presentadas en esos encuentros destacan algunos de los planteamientos de Carlos Mangone y Washington Uranga. Mangone consideró que para analizar el concepto de comunicación alternativa era preciso introducir, como punto de reflexión, el “papel de la vanguardia en ese proceso”, y describió los paradigmas extracomunicacionales[6] que influyeron en las definiciones de la comunicación alternativa, que las dotó de un carácter vanguardista, de iniciativa y concientización.

Además de esta carga extracomunicacional de la comunicación alternativa, Mangone advierte sobre su falta de autonomía política y su dependencia de las oscilaciones en las teorías culturales y comunicacionales; también afirma que no tendría futuro “si no se relaciona con un proyecto político revolucionario” (Mangone, Cit. en Rodríguez Esperón y Lamas, 1995, pág. 143).

Por otro lado, la preocupación de Uranga fue sobre las rigideces en las que pueden caer las radios comunitarias y/o populares al representar un espacio genuino de lo alternativo: “no debería pedírseles alineaciones innecesarias, encuadramientos estéticos u organizacionales que apunten más allá de garantizar su defensa o su propia subsistencia. Desde este punto de vista, ‘lo alternativo’ puede entenderse como un lugar y como una perspectiva” (Uranga, Cit. en Rodríguez Esperón y Lamas, 1995, págs. 143-144).

Estas ponencias no ofrecen una nueva definición sobre lo alternativo; más bien, hacen un balance crítico sobre cómo se ha definido desde su génesis y lo limitante que puede resultar para las nuevas experiencias de medios de comunicación alternativa en los periodos post dictatoriales de América Latina. En ese sentido, Rodríguez Esperón y Lamas se preguntan en qué etapa se encontraba Argentina al momento de caracterizar una experiencia como alternativa, ¿derrota, repliegue, acumulación, transición o acción?

Durante esos encuentros, el análisis de la comunicación alternativa quedó desplazado por la necesidad de discutir en torno a la estética, el sonido y el autofinanciamiento, así como a cuestiones relacionadas con el funcionamiento y la permanencia de las radios (Rodríguez Esperón y Lamas, 1995).

De las principales revelaciones de estos encuentros se destaca que antes de que el modelo neoliberal se asentara en Argentina, la primera generación de emisoras comunitarias, surgidas en la década de los ochenta del siglo XX, mantenía una postura más anclada en la defensa de un proyecto comunicacional alternativo y desdeñaba la problemática del campo estético, privilegiando contenidos artesanales o desprolijos.

Sin embargo, en la década de los noventa del siglo XX, la preocupación cambió hacia cómo hacer de la emisora comunitaria un proyecto en el que prevaleciera el cuidado de los aspectos estéticos. No obstante, el nuevo desafío que enfrentaban era que la radio había dejado de ser un ritual de escucha en un punto de reunión; esta práctica quedó casi desplazada cuando la radio empezó a ser móvil.[7]

Ante las dificultades conceptuales para definir la alternatividad en las radios comunitarias y la posibilidad de optar por comercializar sus espacios, “podríamos decir que la idea de servicio público, ya expulsada de la órbita estatal en la actual coyuntura de privatización salvaje, comienza a convertirse en hegemónica dentro del ámbito de las radios comunitarias” (ibid., pág. 149).

Desde nuestra perspectiva, la idea de servicio público se contrapone al sentido original de la comunicación alternativa, que era la transformación social. La única ventaja de optar por este modelo es tener mayor audiencia, lo cual no implica necesariamente independencia editorial, sobre todo si no existe una regulación por parte de un órgano autónomo del Estado que haga valer la independencia de los medios públicos; lo mismo sucede si se opta por la comercialización de espacios publicitarios.

Sede de la televisora Comunitaria Barricada TV (2010)
Imagen 2. Sede de la televisora Comunitaria Barricada TV (2010). Foto de la autora.

 

¿Desplazamiento de lo alternativo por lo comunitario?

En los apartados anteriores se puntualizaron las limitaciones del concepto de la comunicación alternativa para explicar a las nuevas radios denominadas alternativas, comunitarias y populares. Asimismo, se identificó que este fenómeno demandaba otro tipo de reflexiones y se refirió a las definiciones originarias de la radio popular y comunitaria (Mata, 1993; Villamayor y Lamas, 1998).

El debate que introdujo Mata (1993) fue para precisar el origen del término comunitaria/comunitarios y el de las radios populares latinoamericanas. A partir de la publicación de la CIESPAL: Radio apasionados: 21 experiencias de radio comunitaria en el mundo, Mata considera que estas experiencias no se definieron ni se conocieron bajo el término comunitario, sino como populares. En la edición del volumen se sostiene que: “‘las primeras experiencias de radios comunitarias se iniciaron en América Latina hace casi medio siglo’ cuando en realidad no hace una década que esa designación se oye por nuestras tierras” (pág. 57).

La crítica se centra en la omisión de las diferencias entre las radios populares latinoamericanas y las radios comunitarias. Si bien el término radio comunitaria es una denominación genérica, con modalidades que incluyen experiencias nacionales y continentales de gestión y producción alternativa, para Mata es pertinente reflexionar desde el cuestionamiento de lo que se entiende por comunidad (Mata, Op. Cit.). La diferencia que establece Mata entre las radios comunitarias y las populares es que:

 

los sectores populares ocupan un lugar central como sujeto, fuente y destino de su acción. Reconocerse populares implica un posicionamiento global frente a un sistema económico-social en el cual dichos sectores –sin importar de qué grupos se trate o dónde estén ubicados geográficamente‒ son marginados o excluidos también globalmente del poder. Y no sólo del poder comunicar (ibid., pág. 59).

 

Pone énfasis en la centralidad de los sujetos sociales y excluidos que protagonizan estos proyectos comunicacionales, en lugar de enfocarse en el tipo de medio que se pretende y en la forma en que se define frente a lo comercial y/o institucional, como hacen los debates de la comunicación alternativa. Hay, entonces, un desplazamiento de la discusión de lo alternativo a lo popular, y su diferenciación frente a lo comunitario. No obstante, esta convivencia entre diversidad de proyectos radiofónicos denominados alternativos, comunitarios, populares y libres, fueron emisoras:

 

que se propusieron un nuevo tipo de comunicación: dar voz pública a las mayorías excluidas del sistema político, económico y de medios (…) Estas nuevas experiencias crecieron asociadas a lo comunitario como concepto y con la intención de abrir sus espacios a las distintas comunidades que le dieron vida (Villamayor y Lamas, 1998, pág. 10).

 

En 1993, Mata delineó una diferenciación entre las radios comunitarias y populares a partir de la distinción entre comunidad (término asociado a los procesos radiofónicos europeos) y sujetos populares. En 1998 existían alrededor de mil radios en América Latina que se consideraban comunitarias, educativas, populares o ciudadanas. Villamayor y Lamas explican por qué prefirieron englobarlas bajo el nombre de comunitarias y ciudadanas:

 

Nuestras radios se identifican por tener fines públicos, aun cuando sean de propiedad privada, como el caso de radios que pertenecen a cooperativas de periodistas, iglesias, sindicatos, universidades o municipios. Se reconocen por ser participativas, por ejercer la libertad de expresión en su concepto más genuino que rechaza toda censura, por promover la organización ciudadana y acompañar las luchas, los reclamos y las alegrías de los pueblos (ibid., pág. 11).

 

Estas radios comunitarias y ciudadanas constituían una alternativa en tiempos de globalización y concentración mediática. Lo interesante del planteamiento de Villamayor y Lamas es que la alternatividad ya no representaba a un proyecto revolucionario, sino a: “la esperanza de la sociedad civil de tener voz pública y de contar con medios que expresen y acompañen transformaciones reales” (ídem.).

Este desplazamiento conceptual bien podría considerarse como el abandono de un proyecto revolucionario; las radios comunitarias y/o ciudadanas serían ahora los nuevos medios referentes para la sociedad civil; su espacio de articulación social, de lo político y de lo cultural (Villamayor y Lamas, Op. Cit.).

El manual de Villamayor y Lamas Gestión de la radio comunitaria y ciudadana, de 1998, contribuyó al debate sobre la concepción de las radios comunitarias y ciudadanas para pensar su inserción en el Tercer Sector, definido como el ámbito no lucrativo de la sociedad civil, compuesto por organizaciones ajenas al aparato formal del Estado.

A finales de la década de los noventa del siglo XX, la mirada hacia el Tercer Sector[8] se instaló en algunas radios comunitarias, principalmente en AMARC, como una posibilidad para conducir procesos democráticos. No obstante:

 

es importante tomar en cuenta que el Tercer Sector no es único ni uniforme, es múltiple en las agendas, en las formas de organización, en los actores sociales y en las identidades colectivas (de género, de generación, de sexualidad). Por lo tanto no es un sector exento de conflictos, diferencias y desigualdades, ni es un sector autónomo de los otros dos. La dimensión estatal está presente (en las leyes que lo regulan o en las obligaciones cívicas) y el mercado lo atraviesa configurando dentro del Tercer Sector nuevas áreas con sus propias lógicas (ibid., pág. 16).

 

Su recepción no fue acrítica. La lectura sobre el Tercer Sector fue consciente de las contradicciones y/o tensiones que pueden surgir al interactuar con las lógicas del Estado y el mercado, lo cual implicaría nuevos retos o desafíos conceptuales para definir a las radios comunitarias que desearan reconocerse en esa categoría. Incluso la adopción de una categoría anglosajona para agrupar a diversos proyectos comunicacionales provenientes de diferentes contextos sociopolíticos, en los que ha prevalecido la desigualdad en el acceso a los medios de comunicación, era compleja. Esto se sumaba a los debates inacabados sobre la orientación que debía tener un medio de comunicación.

Tras identificar los desplazamientos conceptuales de las emisoras comunitarias, durante la década de los noventa del siglo XX, se observa el predominio de una reflexión en gran medida militante por parte de sus protagonistas, así como la escasez de reflexiones teóricas que lograran una definición consensuada en el ámbito académico.

Las preguntas que destacaban eran sobre la viabilidad económica de los proyectos, el tipo de formato y cómo mantener su alternatividad o, en todo caso, decidir su abandono. Más adelante se identificó la pertinencia de diferenciar entre la radio popular y la comunitaria poniendo de relieve al sujeto social: ¿quién hace la radio?; una problematización ausente en el debate latinoamericano de los años setenta del siglo XX.

 

El incipiente campo de investigación de las radios comunitarias, alternativas y populares (2001-2009)

El retorno del debate sobre la comunicación alternativa responde a la necesidad de entender a una nueva generación de medios de comunicación alternativa basados en el uso y la apropiación de las nuevas tecnologías. La era digital detonó una revolución comunicacional inimaginable para quienes teorizaron sobre la comunicación alternativa en la década de los setenta del siglo XX. Esta revolución incluyó la búsqueda de la bidireccionalidad del proceso comunicativo, el rompimiento con la unidireccionalidad del medio, la masificación y el alcance con bajos costos, y la posibilidad de establecer un proceso dialógico entre el emisor y receptor, pero también: “ha generado que en este escenario virtual puedan darse procesos de comunicación que son unidireccionales, bidireccionales y multidireccionales, directos o diferidos, así como públicos o privados” (Lemus, 2017, pág. 60).

De acuerdo con los hallazgos de Lemus sobre la revisión de las nuevas investigaciones sobre comunicación alternativa, los principales postulados y las categorías analíticas que se usaron para explicarla desde los ochenta del siglo XX se mantienen vigentes: “su oposición al verticalismo, la participación, su vocación de transformación social y de contrahegemonía” (ibid., pág. 61). Sin embargo, advierte que también identificó: “una hiper-particularzación de problemáticas que se abordan en el contenido de estas propuestas alternativas, incorporando múltiples categorías, perspectivas teóricas, así como metodologías para explicar sociológicamente la triada: comunicación alternativa, poder y cambio social” (ídem.). Esta hiper-particularización que señala Lemus se expresa en nuevas líneas de investigación,[9]  en las que identifica cuál es el carácter alternativo que las distingue entre sí.

En Argentina, a mediados de la década de 2000, el interés por retomar la reflexión teórica de la comunicación alternativa surgió de la aparición de nuevos medios de comunicación alternativa por internet. Dichos medios fueron organizados por los nuevos movimientos sociales autodenominados anticapitalistas y autonomistas como consecuencia de la crisis económica, político-institucional y mediática de 2001.

El libro de Natalia Vinelli y Carlos Rodríguez Esperón Contrainformación. Medios alternativos para la acción política, publicado en 2004, representa un punto de partida. Los autores recuperan el término contrainformación propuesto por Cassigoli en 1980. El texto se propone como “un libro instrumental dirigido al activista de la comunicación, el militante de prensa de los movimientos sociales y políticos” (Vinelli y Rodríguez Esperón, 2008, pág. 5).

Aunque no es un texto académico, recupera planteamientos teóricos del debate latinoamericano de los años setenta del siglo XX y hace una revisión crítica de los conceptos de comunicación, medio alternativo y contrainformación, a partir de la necesidad de revisar las nuevas dinámicas en el tratamiento de las notas informativas de los conglomerados de medios de finales de los noventa.

Esta compilación incluye experiencias de medios alternativos, sobre todo bonaerenses y algunos de las provincias de Jujuy, Rosario, La Pampa y Río Negro. Algunos de estos textos fueron escritos antes de la crisis económica del 2001, mientras que otros surgieron en el contexto mismo de la crisis. Ello debido a que los conglomerados de medios (Clarín) desinformaban a la sociedad, tergiversaban los acontecimientos y criminalizaban las protestas callejeras y las asambleas barriales durante la crisis económica del 2001; en respuesta a esta situación surgieron los nuevos medios. 

Fue la manipulación mediática de los conflictos sociales lo que detonó la necesidad de replantear el concepto de la contrainformación y de los medios alternativos; es decir, una vez más, como resultado del cambio del contexto sociopolítico. Si antes se había pretendido eliminar el concepto de comunicación alternativa porque ya no era suficiente para explicar a las nuevas radios surgidas en el contexto del regreso de la democracia, el escenario cambió radicalmente a finales de los noventa del siglo XX: “las prácticas de comunicación alternativa que ya venían trabajando pegaron un salto cuanti-cualitativo; al mismo tiempo, nacieron otras nuevas: experiencias contrainformacionales, militantes, alternativas, de base y mil denominaciones distintas” (Vinelli y Rodríguez Esperón, Op. Cit., pág. 5).

Vinelli y Rodríguez Esperón recuperan el concepto de alternatividad de Graziano (1980), quien planteaba hacer del medio alternativo una “praxis transformadora de la estructura social en tanto totalidad”, es decir, que su elemento determinante es “su dependencia hacia un proyecto de cambio radical de la sociedad” (ibid., pág. 10).

Los autores ponen de relieve la importancia de volver al carácter militante del medio y una vez más plantean una dicotomía como enfrentamiento contra lo dominante, tanto en la estructura, como en las formas de gestión, el tipo de relación con los protagonistas, los contenidos y las formas de propiedad y de financiamiento.

Lo novedoso fue la recuperación del concepto de contrainformación y la reflexión sobre la efectividad del medio alternativo, que había sido cuestionada por Cassigoli (1989). Este autor sostenía que generaba ruido en la información frente al discurso dominante y, por ello, prefería el término contrainformación, porque hace una crítica y da vuelta a la información oficial sin necesidad de crear medios paralelos. Vinelli y Rodríguez Esperón, considerando esta crítica, argumentaron que no están disociados, que la contrainformación:

 

no se limita a dar vuelta a la información oficial; ésta es, en efecto, una forma de intervención, pero no la única. Segundo, porque la lectura crítica desde una perspectiva de clase no se limita a los hechos que pueden ser noticiables por los medios masivos sino que abarca la propia realidad tercero ¾y esto es lo más importante¾, porque las prácticas alternativas, contrainformacionales u oposicionales (…) que se enmarcan en un proyecto de cambio social definen su agenda de acuerdo a los objetivos políticos del grupo que integran (Vinelli y Rodríguez Esperón, Op. Cit., pág. 11).

 

Aclaran que no sólo se disputan el tipo de cobertura de los momentos de conflicto o tensión política, sino que también hacen agenda de aquellos acontecimientos que para los medios hegemónicos no son noticia.

Como respuesta a estos desafíos, apuestan por crear medios alternativos y contrainformativos de manera conjunta, colocándolos como parte de las políticas culturales de las clases populares.  La confrontación con los medios de comunicación hegemónicos será inevitable, y dependerán de un proyecto político cuyo objetivo sea la transformación social y la vigilancia de las tergiversaciones de los acontecimientos noticiosos para disputar esas narrativas. Así, Vinelli y Rodríguez Esperón inauguran el retorno de la reflexión sobre la comunicación alternativa en Argentina.

En otro nivel de análisis, la investigación de Kejval, Los proyectos político-culturales de las radios comunitarias, alternativas y populares (2009), tuvo por objetivo identificar la diversidad de proyectos que dieron origen a las radios comunitarias e intentar no ceñirlas al concepto de alternatividad y que albergan diferentes prácticas en momentos sociopolíticos y culturales diferenciados.  

Fue así que analizó los contextos en los que surgieron y se desarrollaron las radios comunitarias, alternativas y populares de los años ochenta del siglo XX e inicios del siglo XXI. Los contextos en los que se sitúan estas experiencias dan claves para identificar a las personas que crearon y dieron identidad a esas emisoras, así como los objetivos que guiaron su dirección y el tipo de relaciones que establecieron con otros actores sociales, como organizaciones de la sociedad civil, movimientos sociales y partidos políticos (Kejval, 2009, pág. 15).

Esta precisión en el análisis es fundamental para entender que entre las propias radios comunitarias pueden existir perspectivas diferentes para enunciarse y definirse. Ello, a su vez, determinará el tipo de argumentación conceptual y política que usarán para la disputa legal, es decir, para la forma en la que buscarán ser reconocidas en una legislación. No obstante, la falta de consenso en cuanto a su definición aumenta la complejidad para comprenderlas y definirlas. Al respecto, Kejval se cuestiona: “¿Cómo definir las radios comunitarias, alternativas y populares de modo tal de poder constituirlas como objeto de estudio? Intelectuales, comunicadores, organizaciones y estudiantes han intentado responder esta pregunta una y otra vez, alimentando debates que continúan abiertos” (ibid., pág. 17).

Una vez más, se hace énfasis en las diferentes formas de entender lo alternativo. Se parte de la premisa de Simpson (1989) de lo alternativo frente a lo hegemónico. Esta definición es defendida por militantes e integrantes de radios comunitarias que se adscriben al marco ideológico anticapitalista y/o autonomista, que subrayan el carácter político de sus medios para diferenciarlo de los contenidos y las políticas editoriales de los medios comerciales y públicos.

En algunos contextos, la comunicación alternativa es parte de las construcciones de espacios sociales no capitalistas; en otros, es arma de lucha contra un régimen. En todos los casos, el medio elegido abre, potencia, difunde o multiplica un proyecto de sociedad y las luchas o construcciones que éste orienta (Kejval, Op. Cit., págs. 18-19).

Kejval retoma las reflexiones de Vinelli y Rodríguez Esperón: “la comunicación alternativa no puede ser conceptualizada como un a priori a la experiencia. Según los autores el concepto se realiza en la práctica; fuera de la práctica no significa nada” (ibid., pág. 19). En ese sentido, la propuesta de Kejval no es optar por la distinción entre lo comunitario, lo alternativo y lo popular, sino tomarlos “como un conjunto de experiencias cuya diversidad no necesariamente se corresponde con los adjetivos que las radios eligen para nombrarse” (ídem.).

Por otro lado, es importante señalar que la investigación de Kejval (2009) profundizó en los objetivos que guiaron a los proyectos de las radios alternativas, comunitarias y populares, en relación con la democratización de la comunicación:

 

Democratizar la comunicación fue una de las frases que sintetizó la toma de posición de las nuevas emisoras frente a un sistema de medios caracterizado por la existencia de medios privados ‒guiados por el fin de lucro‒ y de medios públicos ‒guiados casi exclusivamente por intereses de gobiernos de turno‒, y que empezaba a mostrar las primeras señales de su posterior proceso de concentración. Así, la participación de nuevos actores sociales que hasta entonces no habían tenido acceso a los medios de comunicación fue uno de los propósitos que motorizó a las nuevas radios (pág. 63).

 

El periodo analizado se caracteriza por significativos intentos para sistematizar las experiencias, definirlas y aclarar cuál marco teórico-conceptual permitía su comprensión. Fue una etapa exploratoria de un fenómeno comunicacional emergente.

Previo a la sanción de la LSCA 26.522 en 2009, surgieron distintos enfoques para estudiar y definir a las radios comunitarias, alternativas y populares, que se entrecruzan con la mirada militante de los activistas de las radios comunitarias, populares y/o alternativas. Y ha logrado establecer puentes de entendimiento en relación con el fenómeno comunicacional desde una perspectiva crítica y cercana a la multiplicidad de las experiencias de radios comunitarias.

A partir de su aparición, la diversidad de estudios y enfoques que han proliferado, para caracterizarlas y problematizarlas, orientaron los debates para su defensa en el reconocimiento legal y conceptual y han llevado a una definición general en la legislación, como ocurrió con la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual 26.522, en la que se adoptó la definición final de las emisoras comunitarias.

 

La LSCA 26.522 y la proliferación de nuevos enfoques y estudios sobre las radios comunitarias, alternativas y populares en Argentina

A continuación, se expondrá el surgimiento de otras líneas de investigación a partir de la irrupción de un nuevo sector mediático: el social-comunitario sin fines de lucro, reconocido como emisoras comunitarias en el artículo 4° de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual 26.522. El objetivo es continuar con la reflexión sobre el fenómeno desde otras aristas.

En los primeros años de su aplicación, la LSCA 26.522 se colocaba en el centro del análisis relativo al diseño y la ejecución de las políticas públicas para cumplir con la exigibilidad del reconocimiento del nuevo sector mediático. El interés se debía a que era una de las primeras políticas públicas de comunicación que, además, provenía de una legislación considerada como el referente más democrático de América Latina. También por la necesidad intelectual de continuar la reflexión y el debate sobre lo comunitario, lo popular de las radios y el concepto de comunicación alternativa:

 

El debate y la posterior sanción de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual 26.522 revitalizó el campo de la comunicación alternativa, una zona de estudios e intervención política y comunicacional que tras los desplazamientos teóricos conceptuales de los 80 en las ciencias sociales había quedado secundarizada y relegada en la investigación académica. La discusión social alrededor de la democratización del sistema de medios en la Argentina favoreció la atención en esa ‘otra comunicación’, convocada para dar cuerpo a la idea de pluralidad y diversidad de voces y dignataria de la reserva del 33 por ciento del espectro radioeléctrico bajo la denominación medios ‘sin fines de lucro’ (Vinelli, 2014, pág. 37).

 

Vinelli sostiene que, después de que fue aprobada la legislación, se renovaron viejos planteos sobre la alternatividad; no obstante, el eje fundamental de la reflexión giró en torno a una necesidad política y práctica para un sector que se autodenomina comunitario, alternativo y popular, que quedó en el marco conceptual de las sin fines de lucro, las cuales se ven: “en situación de desigualdad frente a otras de mayor dimensión y capacidad financiera para hacer frente a los desafíos que implica la ley 26.522, su reglamentación y la traducción de la misma en pliegos concretos, particularmente en el caso de la televisión” (ibid., págs. 37-38).

La categoría sin fines de lucro es un concepto no ideológico, neutral, es decir, apto para ser incluido en la redacción de un documento jurídico, como lo es una legislación. No obstante, si el resto del articulado no toma en cuenta que hay factores sociopolíticos y económicos que pueden contrariar su sentido, tiende a entrar en conflicto con las radios comunitarias, alternativas y populares. Esa es la crítica principal de Vinelli sobre las consecuencias del término, por lo que propone no abusar de su ambigüedad y de las clasificaciones, pues reducen la complejidad y la simplifican. A partir de esa consideración, su propuesta teórica analítica es:

 

construir una zona para el análisis (un marco de referencia) que nos permita distinguir sociológicamente los medios alternativos, populares y comunitarios como actores diferenciados: 1) dentro de la categoría ‘sin fines de lucro’; 2) de los medios públicos; y 3) de las micro y pequeñas empresas que comparten muchas veces el mismo escenario local/territorial (Martínez Hermida, 2008, pág. 74, Cit. en Vinelli, 2014, pág. 39).

 

Vinelli (2014) invita a no abandonar la reflexión académica de la comunicación alternativa, ni la defensa y el derecho de estos medios a reivindicarse como comunitarios, alternativos y populares:

 

La idea es reconocer una tradición para la alternatividad en América Latina para luego realizar un plan de abordaje que responda a unos consensos generales, de manera de construir un objeto diferenciado sobre el cual indagar las formas de ejercicio periodístico, gestión y funcionamiento. Por eso se trabaja con la fórmula ‘alternativo, popular, comunitario’ en abanico (aun cuando cada uno de estos términos por separado genera sus propios ecos), para referirnos a un ámbito de producción cultural marcado por la articulación entre comunicación y lucha política (ibid., págs. 39-40).

 

Para Vinelli, la tradición latinoamericana de la alternatividad tiene suficiente peso teórico y práctico para realizar estas diferenciaciones, a fin de promover reflexiones sobre la relación entre comunicación, política y sociedad. Asimismo, señala que:

 

tiene antecedentes que permiten vislumbrar algunos consensos, y que hacen de ésta una zona teórica práctica dentro de las ciencias de la comunicación. Esto pese a que ‒como señalamos‒ ha sido relegada en la investigación académica, por considerarse ‘secundaria’ o como una suerte de ‘pariente pobre’ en las carreras de periodismo de casi todo el mundo (Gumucio Dagrón, 2004, pág. 13, Cit. en Vinelli, 2014, pág. 44).

 

Este lugar secundario que se le ha adjudicado a los estudios y teorizaciones de la comunicación alternativa dentro de los estudios de las ciencias de la comunicación, fue una percepción que prevaleció durante las décadas de los ochenta y noventa del siglo XX, situación que ya se analizó en los apartados anteriores.

Es claro que el concepto de comunicación alternativa no puede abarcar la diversidad de proyectos que han surgido en los diferentes contextos sociopolíticos. Es justo ahí donde radica su desafío teórico, es decir, en considerar cuáles disciplinas o categorías analíticas pueden contribuir al análisis para comprender en su totalidad este nuevo sector mediático.

Mata argumenta que los sujetos subalternos que hacen comunicación popular son los garantes de la acumulación de fuerzas sociales en la lucha por la democratización de la comunicación, frente a una ciudadanía fluctuante y endeble. Sostiene que ésta se caracteriza por ser emergente, lo cual la hace “fluctuante e inestable, no tiene muchas veces el carácter orgánico o institucional que se requiere para acumular fuerzas” (Mata, 2011, pág. 20).

La defensa de la comunicación popular fue el haber disputado el derecho a la información y la comunicación, tanto a los medios hegemónicos como a los públicos, que históricamente naturalizaron el ser los únicos depositarios legítimos de esos derechos. Mata reconoce que las organizaciones de comunicación popular son las que cuestionaron este modelo y ello las coloca como parte de los movimientos democratizadores de la comunicación. Sin embargo, nos advierte sobre el desafío de las conquistas obtenidas, pues es importante no confundir “logros y victorias legislativas con la transformación del orden hegemónico” (ibid., pág. 21).

Al aprobarse la LSCA 26.522, las organizaciones de comunicación popular contaron con nuevos instrumentos jurídicos; sin embargo, entraron en un proceso de confrontación con el tipo de contenidos y la propia ejecución de las políticas públicas, así como con la dificultad de identificar si llevarían a la profundización de la democracia. Para Mata, la legislación no representa la victoria definitiva de un proceso de democratización del sistema mediático: “La comunicación popular sigue siendo expresión del conflicto, enunciación de las palabras que lo nombran como única posibilidad de ejercicio de la política y de la profundización de la democracia” (idem.).

En ese sentido, también es fundamental recuperar la contribución de Kejval (2018) en su obra Libertad de antena. La identidad política de las radios comunitarias, populares y alternativas argentinas (1983-2015), quien identificó las identidades políticas colectivas de esos medios y cuestionó su transformación a partir de la sanción de la LSCA 26.522 y su inminente cambio institucional. Uno de los principales hallazgos de su investigación fue señalar que la sanción de la Ley desarticuló el antagonismo a partir del cual las radios habían configurado sus semejanzas y establecido una identidad compartida por más de 25 años. 

Esta investigación se inscribe en el campo académico de la comunicación comunitaria, popular y alternativa[10] de la Red Interuniversitaria de Comunicación Comunitaria, Alternativa y Popular (RICCAP) de Argentina, un área reciente de estudio que es parte del proceso de ampliación de la perspectiva académica para reflexionar, desde la tradición latinoamericana, sobre la comunicación comunitaria, alternativa, popular y descolonial, en diálogo con universidades, organizaciones, comunidades y movimientos sociales.

Manuales de capacitación para los medios comunitarios y populares de FARCO (2017)
Imagen 3. Manuales de capacitación para los medios comunitarios y populares de FARCO (2017). Foto de la autora.

 

El sector social-comunitario: su estudio desde las políticas de comunicación y la sociedad civil y los derechos a la comunicación y la cultura

Para contextualizar el estudio de las políticas de comunicación en Argentina es preciso mencionar algunos aspectos históricos que facilitaron la apertura de este campo de estudio y permitieron que se consolidara en la academia. Para la Universidad de Buenos Aires, el regreso de la democracia en Argentina (1983) significó la oportunidad de crear la carrera de Ciencias de la Comunicación, en 1986, que antes no había sido posible debido a la última dictadura cívico-militar (1976-1983) y a las presiones de las empresas mediáticas. Cabe destacar que su formalización sucedió en medio de la privatización del sistema mediático argentino (Causas y Azares, 1995).

En los planes de estudio de la nueva carrera de Ciencias de la Comunicación existían las siguientes orientaciones: Políticas y planificación de la comunicación, Comunicación y procesos educativos y Comunicación comunitaria (UBA Sociales, 2013) que se incluyó en 1989 como talleres llave orientados a: “conducir una reflexión sobre la relación entre comunicación y participación en ámbitos micro: barrios, comunidades, instituciones educativas, medios alternativos” (Méndez, et., al., 1995, pág. 41).

Estas orientaciones terminales, más que un campo de especialización, tenían el objetivo de abrir ciertas áreas temáticas: “las relaciones comunicación/educación, las relaciones comunicación/participación en ámbitos comunitarios, y los procesos de planificación desde niveles de intervención macro (políticas nacionales, planificación estatal) hasta experiencias institucionales, barriales, y aún en ámbitos privados” (ibid., págs. 38-39). En la UBA, el objetivo era formar estudiantes con un perfil de egreso de comunicadores sociales.

En 1994, dos factores llevaron a la fusión de las orientaciones terminales de Comunicación comunitaria y de Políticas y planificación. Por un lado, la transición al modelo neoliberal en Argentina tuvo efectos en sus sistemas mediáticos y había que atender a las demandas del mercado, como anteponer la formación técnica del uso de los medios a las consideraciones sociales y humanísticas. Por el otro, debido al escaso número de alumnos inscritos que en parte respondía a:

 

las transformaciones del mercado capitalista en general y el mercado mediático en particular, han tenido sobre la organización de la carrera de Ciencias de la Comunicación de la UBA: incorporación de nuevas prácticas y saberes, abandono de ciertas discusiones que años atrás caracterizaron el debate académico (Méndez, Op. Cit., pág. 41).

 

De este modo, la nueva cátedra Políticas y planificación de la comunicación se dedicó a analizar las políticas de comunicación en Argentina, en particular la historia de la radiodifusión y los primeros estudios sobre la estructura y concentración de las industrias culturales en América Latina.

Con la aprobación de la LSCA 26.522 y el reconocimiento de las emisoras comunitarias sin fines de lucro surgió un nuevo eje de análisis para el estudio de las políticas de comunicación. Su incorporación como un nuevo bloque al sistema de medios implicaba abordarlas no sólo desde el campo comunicacional-sociológico o el más reciente campo académico de la comunicación comunitaria, popular y alternativa, sino también analizar cómo se materializaba su existencia bajo las nuevas reglas jurídicas.

En el libro Medios en guerra. Balance, crítica y desguace de las políticas de comunicación 2003-2016 se compilan los primeros análisis de la implementación de las políticas públicas de comunicación derivada de la LSCA 26.522 y del órgano encargado de su planificación. El capítulo de Agustín Espada, “Una oportunidad perdida: la ley y los medios sin fines de lucro” (2017), ya desde su título indica que su aplicación no fue como se esperaba o como se prometió durante el proceso de discusión de la Ley de Medios. Espada exhibe el número de licencias y autorizaciones entregadas por el AFSCA al sector sin fines de lucro, que fue el más postergado en la distribución, y aclara cuáles fueron los factores que impidieron una implementación adecuada de los objetivos de la legislación.

Otro marco de investigación que surgió a partir de la sanción de la LSCA 26.522 fue el del equipo de investigación Sociedad civil y democratización de la comunicación y la cultura, del Centro de Investigaciones de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Córdoba, Argentina. Su enfoque analítico parte del papel que desempeña la sociedad civil en las disputas por la ampliación de los derechos a la comunicación y la cultura. Dentro de sus contribuciones, la publicación coordinada por María Soledad Segura y Cintia Weckssser, Los medios sin fines de lucro entre la Ley Audiovisual y los Decretos. Estrategias, desafíos y debates en el escenario 2009-2015 (2016), reúne perspectivas diversas sobre los primeros años de la implementación de la legislación.

Las discusiones de esta publicación comprenden cuatro perspectivas: I) Las asociaciones de medios sin fines de lucro;[11] II) Gremios del Sector Audiovisual;[12] III) Áreas del estado vinculadas a políticas de comunicación;[13] IV) Universidad Pública. Las líneas de investigación analizan los siguientes temas: la sostenibilidad del medio; modelos de gestión, organizativos y económicos; las nuevas radios comunitarias que surgieron a partir de la LSCA 26.522; diagnósticos sobre el acceso del sector sin fines de lucro a medios audiovisuales de Argentina; las audiencias de las radios populares y comunitarias del sur de la Ciudad de Buenos Aires; la producción audiovisual (cine); y comunicación alternativa en el marco de la LSCA.

Es una compilación que permite conocer, las nuevas líneas de investigación para analizar el desarrollo de este sector social comunitario sin fines de lucro. A finales del 2018, el mismo equipo de investigación de la Universidad Nacional de Córdoba publicó el artículo “Los públicos de medios comunitarios, populares y alternativos en América Latina. El caso argentino”, en el que se analiza el rol de las audiencias, la sostenibilidad de los medios comunitarios, populares y alternativos, así como su relación con las políticas públicas de fomento.[14]

Los autores advierten que el estudio se realizó con una muestra micro “con características legales, organizacionales, económicas, de posicionamiento ideológico y ubicación geográfica diversa” (Segura, et., al., 2018, pág. 34), y que los resultados son tentativos, pero “pueden marcar una tendencia que será necesario confrontar con nuevos estudios” (ídem.).

Como ya se explicó antes, Lamas y Lewin (1995) sostenían que los principales retos para la subsistencia de las radios comunitarias eran el tipo de contenidos, su profesionalización y si serían capaces de superar el exceso de militancia en la narrativa social, de romper con la lógica del autoconsumo de los ya convencidos y alcanzar la masividad del medio; en ese sentido, la investigación de Segura, et., al. (2018) contribuye a dar respuestas a esas interrogantes que prevalecieron en la década de los 90.

 

Conclusiones

Uno de los principales hallazgos del presente artículo fue ubicar en qué contexto se suscitó el retorno del debate teórico de la comunicación alternativa en Argentina y que tiene, ese suficiente peso teórico heredado de los teóricos de la tradición latinoamericana de los años setenta del siglo XX, tal como lo sostiene Vinelli (2014).  

También es un acto de justicia epistémica frente al desdén que padeció, sobre todo con la imposición de la lógica del libre mercado en los planes de estudio de las Ciencias de la Comunicación.

Por otro lado, el recorrido histórico-conceptual-teórico-militante, expuesto en los apartados anteriores, proporciona un mapa completo sobre los numerosos intentos por definir este campo de investigación. Así, se encontraron diversas perspectivas para analizar los procesos de democratización de los medios; la descripción e historización de las experiencias; las aproximaciones teóricas y militantes para definirlas; el análisis para caracterizar y problematizar su surgimiento; y metodologías incipientes para analizar la relación entre las audiencias y radios comunitarias, populares y alternativas en la nueva etapa posterior a su reconocimiento.

Una de las lecciones más sustanciales que nos deja esta síntesis de los debates teóricos y militantes sobre la comunicación alternativa en Argentina es que estamos frente a un nuevo sector mediático que necesita de enfoques interdisciplinarios para analizar si las condiciones económicas, jurídicas y sociales que prevalecen en un determinado contexto les permite consolidar sus proyectos comunicacionales. Esto implica la creación y permanencia de centros de investigación para observar cómo se desarrolla este sector y que estén en diálogo con las radios comunitarias, populares y alternativas.

 

Notas:

[1] Candidata a doctora en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Su línea de investigación versa sobre políticas de comunicación en América Latina. Ha realizado estancias de investigación en la Universidad Nacional de Quilmes (2017) y en la Universidad de San Martín (2010), ambas en Argentina. Fue analista de contenidos noticiosos en medios electrónicos y periodísticos en los procesos electorales de 2011 y 2012 y se ha desempeñado como docente en universidades públicas y privadas. Sus colaboraciones como periodista cultural aparecen en Ruta de Escape/RompevientoTv, Revista Consideraciones, Gaceta UNAM, Revista de Humanidades y Sociales de la UNAM y Revista Archipiélago. Correo: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

[2] Situada en la experiencia de Perú obedece a un contexto muy particular que se suscitó con la “Revolución de la Fuerza Armada, fue un proceso reformista, antioligárquico y nacionalista, como primer signo se dio la expropiación de la zona petrolera controlada por una transnacional norteamericana y uno de sus efectos discursivos fue un lenguaje anti imperialista lo cual sumó sectores progresistas. Respecto a la política comunicacional se dio un fenómeno interesante el gobierno militar expropió los diarios Expreso y Extra y los entrega en administración de sus trabajadores con miras a la formación de una cooperativa que asumiría la propiedad. Sin tomar en cuenta las formas legales, se estableció un Comité Especial de contacto entre el Gobierno y los trabajadores (periodistas, empleados y obreros gráficos) y se les alentó a enfrentarse a los otros medios (…) fueron los primeros ensayos de comunicación de la Segunda Opción” (Gargurevich, 1986, pág. 248). Esta Segunda Opción se convirtió en la Alternativa principal frente al modelo hegemónico de los medios en manos privadas, es por esta razón que el autor plantea la Alternativa de la Alternativa, promovía otra Alternativa donde surgieran medios como:  respuesta a la ineficiencia de los medios masivos ya convertidos en Segunda Opción que ya no satisfacían demandas de información. (ibid., pág. 247).

[3] Se refiere a que: “El casete-foro es un sistema de comunicación grupal y bidireccional. Mediante el intercambio de mensajes grabados en casete, permite establecer una comunicación de doble vía y entablar un diálogo a distancia entre los miembros de base de una organización popular y el núcleo dirigente de la misma, y entre los grupos de base entre sí”  (Kaplún, 1986, pág. 266).

[4] Para el año de 1989, el órgano que regulaba la administración de las frecuencias, el Comité Federal de Radiodifusión (COMFER), “tenía registradas para todo el país 175 radios comerciales con licencia y otras 91 administradas por el Estado o alguna institución pública como las universidades. Asimismo existían fuera de registro del COMFER entre dos mil y tres mil radios sin licencia o permiso legal” (Villamayor, Claudia. Informe Nacional Argentina. ALER. 2000, Cit. en Kejval, 2009, pág. 44). Respecto a la ilegalidad, fue una “opción casi obligada para la fundación de nuevas radios en el marco de las disposiciones legales vigentes, se volvió una tarea cada vez más riesgosa para los proyectos emergentes. Las emisoras que habían nacido en la década de los ’80 lo habían hecho en un marco de ilegalidad. De ahí que muchos las llamarán ´truchas’, ‘clandestinas’, ‘piratas’ o ilegales” (Kejval, 2009, pág. 44).

[5] De acuerdo con la definición de Kejval (2009), se trata de un número indeterminado de emisoras de baja potencia y objetivos heterogéneos que se reconocen como radios libres, otros prefieren llamarlas comunitarias y, como ya se ha dicho, los empresarios comerciales de la radiofonía las acusan de piratería, por ocupar frecuencias sin autorización legal.

[6] Estos paradigmas extracomunicacionales que influyeron  en el estudio, la práctica y el análisis de la alternativa en América Latina son las teorías globales, como: “el marxismo clásico para la denuncia de la injusticia social, teorías más puntualmente políticas como el leninismo y su concepto de vanguardia, la teoría de la dependencia, la teología de la liberación … también la teoría de los movimientos sociales, la teoría de los aparatos ideológicos de Althusser, la teoría ¾no definida como tal¾ del intelectual orgánico de Gramsci, la nueva pedagogía de Freire, y finalmente quizás, la teoría de la democracia” (Mangone, Cit. en Rodríguez Esperón y Lamas, 1995, pág. 145).

[7] Se refieren a lo móvil para explicar un fenómeno de transición en el acto de escuchar la radio. Inicialmente ésta se escuchaba en el espacio privado, en un acto en común de un grupo de personas alrededor de ese medio de difusión masiva, que no siempre se podía adquirir; sin embargo, con los avances tecnológicos, la radio se volvió móvil. En ese sentido, Rodríguez Esperón y Lamas explican que esta transición sería otro reto para las radios comunitarias, que tienen un limitado alcance para su transmisión. “En cambio, hoy la radio es el walkman, está en el automóvil y en el trabajo, mientras se estudia y se viaja, lo que determina un tipo de escucha fragmentada y desatenta. La radio comunitaria, en esta nueva visión que la motiva a competir con las grandes radios, se encuentra peleando con recursos de otras épocas” (Rodríguez Esperón y Lamas, 1995, págs. 148-149).

[8] El Tercer Sector es una categoría con orígenes anglosajones (Roitter, 2005, pág. 29) que se instaló en diversas partes del mundo para agrupar a las organizaciones de la sociedad civil e incentivar su actuación para mediar las relaciones sociopolíticas entre el Estado y la esfera económica, y aspirar, así, a sociedades democráticas en que las tres esferas pudieran regularse unas a otras. Lo interesante de este proceso de recepción es que cierto sector de las radios comunitarias latinoamericanas vio en él una ventana de oportunidad para avanzar y disputar la esfera social.

[9] La primera corresponde a la comunicación alternativa; su abordaje está asociado al desarrollo y ha sido analizada desde las investigaciones críticas y las provenientes de los movimientos populares. Desde la perspectiva de Lemus, lo alternativo “se distingue por un proyecto cultural, social o político, contrario al establecido en el orden dominante”. La segunda es la cultura popular y la identidad; reflexionada a partir del concepto de medios comunitarios, autóctonos e indígenas, la alternatividad “se nuclea en el concepto de identidad, y la apropiación de la comunicación es para la preservación de lenguas, tradiciones y construcción de lo común”. La tercera se refiere al análisis de la construcción del poder en los medios; su interés es identificar y evaluar la participación en la esfera pública y su carácter alternativo, “se define por la aspiración a una redistribución del poder que se refleja en el acceso a los medios de comunicación”. La crítica de Lemus es que esta aspiración “coloca en igualdad de condiciones y competencia a los medios de menor alcance y organización, olvidando los desequilibrios estructurales que provienen del monopolio, así como los obstáculos culturales”. La cuarta son los medios ciudadanos; su línea de estudio está asociada “a la defensa del derecho a la comunicación y la participación crítica de las audiencias”, y a que la alternatividad radica en su búsqueda por la apertura de una pluralidad de voces y perspectivas. Por último, están los medios alternativos o asociados a movimientos sociales (Lemus, 2017, pág. 61).

[10] Este nuevo campo de investigación forma parte de la “Red Interuniversitaria de Comunicación Comunitaria, Alternativa y Popular (RICCAP), integrada por: Universidad Nacional de Córdoba, Universidad de Buenos Aires, Universidad Nacional de la Plata, Universidad Nacional de Avellaneda, Universidad Nacional de Quilmes y Universidad Nacional de Entre Ríos a través del Área de Comunicación Comunitaria. La Red fue creada en el 2014, ante la necesidad de formar un ámbito interuniversitario de producción, reflexión e intercambio de investigaciones y saberes, que contribuya a fortalecer el vínculo entre las universidades nacionales, las comunidades, las organizaciones y los movimientos sociales en los territorios. Asimismo se busca reivindicar la potente tradición latinoamericana en relación a la Comunicación Comunitaria, Alternativa y Popular, en tanto expresión del pensamiento emancipador y la descolonización cultural y política. Entre los objetivos de este espacio interinstitucional, se destacan: generar un ámbito de discusión e intercambio de experiencias; llevar adelante acciones conjuntas de gestión, extensión, investigación, docencia y producción de conocimiento, promover la articulación con organizaciones, redes y movimientos sociales para fortalecer el desarrollo de la Comunicación Comunitaria, Alternativa y Popular, aportar a la plena vigencia de la Ley Nacional de Servicios de Comunicación Audiovisual y publicar y difundir producciones” (Área de Comunicación Comunitaria, 2015).

[11] Se incluyen las siguientes discusiones: la Ley Audiovisual: la construcción de un escenario de derechos y transformación (FARCO y UNC); Trabajadores y militantes de la comunicación popular (FARCO); La radio comunitaria, de asociación civil a cooperativa de trabajo (AMARC y UNC); No nos consideramos medios sin fines de lucro (RNMA); El camino es encontrarnos con otros y articular en conjunto (Red Colmena); La integración como respuesta para ocupar el 33 por ciento (Trama Audiovisual); Cooperativas de comunicación: una apuesta a la cultura y la economía local (Colsecor); La sustentabilidad es el otro (Trama Audiovisual); Televisión alternativa y Ley 26.522: diario de una presentación a concurso (Televisoras Alternativas, Populares y Comunitarias y UBA) (Segura y Weckesser, 2016).

[12] Los temas son: el trabajo autogestionado del medio; la búsqueda de sustentabilidad, salarios dignos y organización sindical; y los trabajadores de oficio: los locutores (Segura y Weckesser, Op. Cit.).

[13] En este apartado se exponen las políticas estatales para el sector sin fines de lucro: las políticas de fortalecimiento para los medios y sus trabajadores desde la Autoridad Federal de Servicios de Comunicación Audiovisual, el órgano regulador.

[14] Fue un estudio que analizó “los públicos de 7 emisoras de radio y 3 canales de televisión de Ciudad Autónoma de Buenos Aires (zona Metropolitana del país); (región Pampeana); y (Región Cuyo)” (Segura, et., al., 2018, pág. 8).

 

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Cómo citar este artículo:

CAMPOS ARZETA, Mireille, (2022) “Aportaciones teóricas y la mirada militante al estudio de las emisoras comunitarias, populares y alternativas en Argentina”, Pacarina del Sur [En línea], año 13, núm. 48, enero-junio, 2022. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Miércoles, 5 de Octubre de 2022.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.com/index.php?option=com_content&view=article&id=2040&catid=3

Edición 48

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