Pacarina del Sur
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Academia y militancia. El exilio mexicano de Rodolfo Puiggrós

Academy and Militancy. Rodolfo Puiggrós's exile in Mexico

Academia e militância. O exílio mexicano de Rodolfo Puiggrós

José Miguel Candia

Universidad Nacional Autónoma de México

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Recibido: 22-02-2021
Aceptado: 10-06-2021

 

 

México en el imaginario de la izquierda sudamericana

La impronta social de la Revolución Mexicana llegó con fuerza a las mesas de debate de las izquierdas del continente. En Buenos Aires el impacto fue notorio. La editorial y después revista Claridad fue el principal testigo de ese nuevo amanecer libertario y transformador, para los países del continente. A mediados de 1926 se puso en marcha un emprendimiento editorial que marcó una época en la creación de los medios culturales y políticos del pensamiento de izquierda en Argentina. La aparición de la revista Claridad (1926-1941) fue el resultado del esfuerzo innovador de un migrante español afincado en Buenos Aires, don Antonio Zamora quien consagró buena parte de su vida militante, a fortalecer los espacios de reflexión y debate entre las diversas corrientes del pensamiento marxista y anarquista.

Quienes ocuparon las principales columnas de la revista seguían con mirada crítica la situación argentina y ponían también especial atención a los acontecimientos internacionales. La revolución soviética de 1917 y el debate en las filas de los dirigentes del flamante estado socialista, así como episodios relevantes de los países latinoamericanos, fueron objeto de análisis y toma de posición por parte de los animadores de Claridad. De esta forma, un acontecimiento sobresaliente de aquellos años, la Revolución Mexicana, ocupó un lugar central en la preocupación de académicos, dirigentes partidarios, periodistas y luchadores sociales, el perfil profesional y político dominante entre los colaboradores de la revista.

El movimiento social mexicano de 1910 presentó aristas sociales, culturales y políticas que encajaban en el centro de las preocupaciones de las distintas vertientes de la izquierda argentina de esos años. La distribución de la tierra entre millones de campesinos pobres, la promulgación en febrero de 1917, de una nueva constitución política con profundo sentido social, las banderas del laicismo, y el desplazamiento de la jerarquía eclesiástica de la educación pública y de las principales actividades culturales, así como la defensa de los recursos naturales, fueron temas de marcado impacto en las preocupaciones de los observadores y analistas argentinos de esa época.

Un joven Rodolfo del Plata, seudónimo de Rodolfo Puiggrós, ya mudado de las filas del anarquismo al comunismo, dejó constancia en varias notas de análisis, acerca de su opinión sobre las transformaciones que impulsaban los gobiernos de la Revolución Mexicana. El número 147 de Claridad (Año 6; 26-XI-1927) publicó un texto incendiario de “del Plata” sobre el papel político y económico del clero católico. El título de la nota, aunque muy austero, no deja espacio para el debate (“México y los curas”).

El tono dominante en los artículos era de exaltación de las políticas públicas que desplazaban a los viejos poderes conservadores y abrían un futuro prometedor para la sociedad mexicana. Resultaba difícil para los observadores de aquellos años, descubrir los matices políticos y pujas internas que fueron degradando las banderas históricas de los principales líderes populares. Se rescataba el legado libertario de Emiliano Zapata y Francisco Villa pero también se enaltecía la obra de gobierno de los generales Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles. Ambos caudillos políticos dominantes en el escenario dirigente de los años veinte, después del asesinato de Venustiano Carranza, fueron responsables de las primeras grandes operaciones institucionales que desvirtuaron el mandato popular de 1910 y sentaron progresivamente, las bases para nuevas formas autoritarias del ejercicio del poder público. La creación del partido oficial en 1929 –Partido Nacional Revolucionario– y el fraude electoral de ese mismo año contra el candidato José Vasconcelos, tienen una dimensión que no fue apreciada totalmente por la izquierda latinoamericana.

Existían otros logros del proceso revolucionario mexicano que resultaban más atractivos para quienes miraban a México desde el exterior. La distribución de la tierra y el impulso a formas asociativas como el ejido, aunque aplicadas de manera desigual en las distintas regiones del país al igual que la defensa del petróleo, fueron un valioso referente para la lucha contra el latifundio y la protección de los recursos naturales en América Latina. Esas medidas que revolucionaron al campo mexicano, coexistieron con reformas propiamente capitalistas orientadas a modernizar el aparato productivo y consolidar el nacimiento de una burguesía industrial y bancaria junto a una nueva clase política. Dos pilares fundamentales del régimen posrevolucionario, al que pronto se sumaría el sindicalismo corporativo, como actores capaces de responder al creciente consumo urbano y asumir el control del nuevo diseño institucional establecido por la Constitución de 1917 y las leyes dictadas con posterioridad.

Resulta comprensible que aquellos que seguían con atención el devenir de la política mexicana no apreciaran, en esos años, los matices y vericuetos del acontecer político y social mexicano. Las asignaturas pendientes eran muchas en los capitalismos de Centro y Sudamérica y la resolución favorable algunas de esas cuestiones por parte de los gobiernos emanados del proceso social de 1910, tenían tal gravitación que resultaba ocioso exigirles a los observadores externos que repararan en esos aspectos. Todos exaltaron la obra y la figura de José Vasconcelos, pero pocos profundizaron en el fraude electoral de 1929 que lo alejó de la presidencia de la república y de la vida política de México.

Sergio Bagú, otra joven expresión de la izquierda argentina de esos años, puso de relieve la obra de modernización educativa de Vasconcelos en un ensayo que apareció en el número 270 del 28 de octubre de 1933. El cierre lastimoso de este brillante intelectual y difusor de la educación y la cultura, es otro tema olvidado por los analistas sudamericanos que se expresaban en las columnas de Claridad. No hay referencias al contenido del semanario Timón (febrero-junio 1940) promovido y dirigido por el propio Vasconcelos como culminación de un proceso que lo llevó a la ruptura con las banderas de la revolución mexicana y al apoyo público del régimen franquista y del fascismo europeo.

El reconocimiento del arte revolucionario y nacionalista también fue objeto de juicios y ponderaciones frecuentes en las páginas de Claridad. Manuel Ugarte, intelectual y dirigente socialista, futuro embajador en México del gobierno peronista a fines de la década de 1940, publicó en 1937 un artículo elogioso acerca de la importancia del muralismo en México (“Diego Rivera y su expresión del arte”). También en el mundo de la filosofía y de la creación literaria las distintas secciones de la revista abrieron espacio para la reflexión y difusión de la obra de los pensadores mexicanos. Arnaldo Orfila Reynal, futuro director del Fondo de Cultura Económica en 1948 al sustituir a Daniel Cosío Villegas y creador de la editorial Siglo XXI en 1966, fue el principal orador en el acto de despedida de uno de los referentes culturales del movimiento social de 1910: el filósofo de origen dominicano Pedro Henríquez Ureña. La intervención de Orfila Reynal se publicó en el número 345 de Claridad en diciembre de 1940 (Ferreira de Cassone, 1998).

Más allá de las caracterizaciones propiamente políticas sobre la situación mexicana, muchas dictadas por las urgencias de los debates coyunturales, hubo temas nodales que marcaron la agenda de las discusiones académicas y de los análisis teóricos. De manera particular, el historiador Rodolfo Puiggrós centró sus reflexiones académicas en el estudio de las principales particularidades de los capitalismos latinoamericanos y en la definición de la naturaleza del modo de producción dominante en nuestros países durante la etapa colonial.

 

México en los sesenta. Primer exilio

La llegada del profesor Rodolfo Puiggrós en 1961, estuvo marcada en un doble contexto, el de la inestabilidad política de su país de origen y de riesgo para su libertad personal y la necesidad de encontrar un lugar de trabajo que le permitiera continuar con su labor de investigación y análisis de la realidad latinoamericana. Ya redactaba los borradores del quinto tomo de la colección “historia crítica de los partidos políticos argentinos” (El Peronismo. Sus Causas) y tenía el propósito de retomar la investigación acerca de las formaciones sociales latinoamericanas previas a la proclamación y lucha por la independencia de España. En los años cuarenta había escrito y publicado un estudio que se transformó en referencia obligada para el análisis del tema: Historia económica del Río de la Plata.

La tarea periodística fue otra actividad relevante en su primera estancia en México. A partir de una iniciativa empresarial de un reconocido político y ensayista mexicano, Enrique Ramírez y Ramírez, se estructuró el proyecto de formar un nuevo medio impreso de edición cotidiana –el diario El Día– del que Puiggrós fue un puntal en el área de análisis y difusión de las cuestiones latinoamericanas. Los constantes saltos del director fundador de una fuerza política a otra –perteneció, en diversos momentos, al partido oficial (PRI), en otros al Partido Popular de Lombardo Toledano y en otras circunstancias al Partido Comunista– además de acuñar una curiosa definición ideológica (marxista-priista) hizo que lo rebautizaran en el medio periodístico, como “maromas y maromas”. Ninguna de estas “rarezas” en un medio político de por sí bastante excéntrico y volátil, obstaculizaron las tareas de difusión y análisis de documentos y proclamas antimperialistas y de solidaridad militante con las causas populares de Centro y Sudamérica (Puiggrós, 2010).

Puiggrós mantuvo una columna semanal de análisis que le dio presencia y reconocimiento al periódico en los medios académicos y en sectores sociales interesados en la lectura de una visión crítica de los problemas latinoamericanos.

Fue durante esos años y a través de las páginas de ese periódico, cuando se produjo lo que constituyó la mayor polémica teórica protagonizada por Puiggrós en los años sesenta, el debate con el sociólogo alemán André Gunder Frank. Este investigador europeo se desempeñaba, al igual que Puiggrós, como docente en la llamada entonces, Escuela Nacional de Economía de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Un texto de su autoría acerca de la naturaleza socioeconómica de las formas de producción dominante en las colonias españolas de nuestra región, desató una fecunda y sostenida polémica con el historiador argentino. El suplemento cultural del periódico El Día, “El Gallo Ilustrado” fue el espacio para recibir los textos en los que se sustentaban las posiciones de uno y otro autor (octubre, 1965). Poco después diversas editoriales mexicanas y la propia Universidad, ofrecieron una publicación sistematizada de esos materiales.[1]

Para el investigador alemán –tributario de algunas posturas teóricas del trotskismo– las antiguas colonias se habían formado y crecido, desde su misma constitución, como sociedades capitalistas y apéndices del mercado mundial. La esfera de la circulación de las mercancías –algunos productos como alimentos, lana y pieles y minerales, principalmente– cuyo destino eran los mercados europeos constituían para Gunder Frank, la piedra de toque que definía la naturaleza capitalista de las sociedades coloniales. La realización de la plusvalía se llevaba a cabo en un mercado externo y en condiciones de transacción de las mercancías bajo formas de pago en dinero o metales reconocidos como válidos entre los países concurrentes a los mercados de la época (Frank, 1967).

Por el contrario, Rodolfo Puiggrós puso el centro de su abordaje teórico en el espacio de las relaciones de producción. El origen de las mercancías que viajaban en los galeones españoles hacia los puertos de Europa, era el trabajo esclavo o servil de millones de indios americanos y de los trabajadores africanos traídos a este continente como mano de obra esclava. Los medios de coerción extraeconómicos eran determinantes para lograr el sometimiento de la fuerza laboral al régimen de trabajo aplicado en minas y haciendas. Puiggrós agregaba una evidencia sustantiva, la presencia del trabajo asalariado –un vector medular para definir el carácter capitalista de las relaciones de producción– era marcadamente minoritario en los centros de producción mineros o agrícolas.

Sin definirlo de manera expresa en sus artículos, Puiggrós sostenía, de manera tácita, el concepto de “articulación de modos de producción”. El capitalismo dependiente latinoamericano no podía ser definido a partir de formaciones sociales “puras”, como de alguna manera sostenía Gunder Frank, sino de la coexistencia de patrones productivos múltiples con expresiones que podían corresponder a formas esclavistas, serviles, asalariadas y hasta comunales y cooperativas. Todas ellas funcionales a mercados locales de consumo o proveedoras de alimentos y materias primas para el mercado internacional.

Poco después, algunos pensadores “dependentistas” y otros estudiosos identificados con el concepto de “articulación de formas productivas diversas” bajo predominio del comercio internacional, retomaron estas categorías y protagonizaron un fecundo debate que enriqueció el acervo teórico de la sociología latinoamericana.

La polémica escaló en los medios universitarios y políticos de los años sesenta del siglo XX y abrió un amplio debate acerca de un tema que permanecía oculto o escasamente tratado por las ciencias sociales de la época. Sergio Friedemann ofrece dos valiosos estudios críticos de esta confrontación teórica en dos ensayos publicados en Argentina. Uno en la revista de Filosofía y Ciencias Sociales Diaporías de la Universidad de Buenos Aires (2014a) y otro editado como Documento de Jóvenes Investigadores núm. 39, editado en Buenos Aires (2014b).

Con respecto a la situación de México y acerca de los múltiples conflictos sociales de esos años, Puiggrós supo guardar un prudente distanciamiento público. Recordemos que llegó en 1961, durante el fin del mandato del presidente Adolfo López Mateos (1958-1964) y permaneció en México en los primeros cuatro años del gobierno del presidente Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970). Nunca dio a conocer en espacios abiertos, lo que de manera austera y con ajustada ponderación política, solía comentar en ámbitos privados. Fue un agudo observador, pero no quiso manifestar su inclinación por ninguna de las fuerzas en pugna o por los protagonistas de los debates que se ventilaban en los medios. Esta actitud nacía de un comprensible respeto al país anfitrión y a las normativas jurídicas y reglas establecidas para los extranjeros que residían en México. Ni en las notas que publicó en el diario El Día ni en su actividad docente que llevó adelante con pleno ejercicio de la libertad de cátedra, manifestó posiciones ideológicas o partidistas que involucraran a determinadas fuerzas políticas mexicanas.

 

De vida o muerte. El exilio de Puiggrós en la década de 1970

El 25 de mayo de 1973 asumió la presidencia de la Argentina el candidato peronista Héctor J. Cámpora, triunfador en las elecciones que se celebraron el 11 de marzo de ese año y primer postulante al ejecutivo federal de histórica y reconocida adscripción al peronismo. Después de 18 años de proscripciones y fraudes electorales el Movimiento Justicialista participó con candidatos y nombres propios. Cabe recordar que el creador de ese vasto movimiento social –Juan Domingo Perón– se encontraba fuera del país y privado de sus derechos ciudadanos, después de su derrocamiento como resultado del golpe de Estado de septiembre de 1955.

El triunfo de la coalición electoral Frente Justicialista representó una bocanada de oxígeno para una sociedad que no lograba estabilidad institucional desde la destitución de Perón en 1955. El ascenso al gobierno del candidato Héctor Cámpora y poco más tarde la victoria del propio Perón, quien asumió la presidencia el 12 de octubre de 1973, generaron una amplia renovación de los cuadros de las administraciones públicas nacional y provincial. Las instituciones de educación superior no fueron la excepción y el historiador Rodolfo Puiggrós resultó designado Rector de la Universidad de Buenos Aires.

Aunque su gestión fue jaqueada desde el inicio por las expresiones más conservadoras del propio peronismo y por la derecha cultural, logró impulsar reformas significativas que marcaron uno de los momentos de mayores logros de esa institución educativa. Se normalizó la designación del personal docente mediante concursos de cátedra abiertos y con presencia y voto estudiantil, se estimuló la investigación en todas las ramas de las ciencias naturales y sociales y se apoyó a los estudiantes de bajos recursos con un amplio sistema de becas. El intercambio con otras instituciones académicas fue también un capítulo relevante, bajo la orientación del Rector Puiggrós se suscribieron convenios de intercambio y colaboración con varias universidades de América Latina y Europa.

Las condiciones políticas se fueron deteriorando como resultado de la marcada puja interna de las diversas corrientes del movimiento político gobernante y el ambicioso proyecto de la “Universidad Nacional y Popular de Buenos Aires” se quedó con escaso respaldo institucional. Rodolfo Puiggrós fue una de las primeras víctimas de esa confrontación y debió abandonar el rectorado por presión de núcleos conservadores que comenzaron a apoderarse paulatinamente, de los cargos públicos y del manejo de las políticas educativas. El ala izquierda del peronismo, en particular la que expresaban la organización Montoneros y la Juventud Peronista, corriente con la cual se identificaba el propio Puiggrós, sufrió los embates de grupos de choque y comandos para-policiales que pusieron en riesgo la integridad física de muchos de sus militantes y colaboradores. Al morir el presidente Juan Domingo Perón el uno de julio de 1974, las condiciones se volvieron insostenibles. Muchas personalidades de la izquierda peronista, dirigentes y exfuncionarios debieron emigrar. Rodolfo Puiggrós y su esposa Delia, encontraron refugio seguro en la Embajada de México en Buenos Aires. Poco después, en septiembre de ese año 1974 la cancillería de ese país les otorgó asilo oficial y pudieron viajar a la capital mexicana. Se iniciaba el segundo exilio de Puiggrós en un país caro a sus sentimientos y cuna de una parte importante de su producción intelectual.


Imagen 1. Archivo del autor.

 

Una sola comunidad exiliar. Nuevos debates y nuevos cauces políticos

La gradual conformación de la comunidad de exiliados argentinos dio lugar a la aparición de un cuadro variopinto de perfiles políticos y ocupacionales. El círculo de escritores, investigadores, cineastas, docentes, exfuncionarios y periodistas fue particularmente nutrido y logró una presencia destacada en los ámbitos universitarios, en las empresas editoriales y en la prensa mexicana. Una franja menos visible en los medios, pero de notoria participación en las tareas de denuncia y agitación anti-dictatorial, estaba formada por exdirigentes sindicales, delegados de fábrica y obreros calificados.

El horizonte común del apoyo a los connacionales perseguidos y la denuncia de las condiciones de seguridad, cada vez más precarias en Argentina, generó un espacio natural de convergencia. A fines de 1975 estas condiciones tomaron formas precisas en la conformación del primer organismo del exilio con objetivos explícitos de ofrecer soporte económico y contención emocional a los exiliados que por goteo, no dejaban de llegar a México desde fines de 1974. La Comisión Argentina de Solidaridad (Cas) ofreció lo que parecía ser el marco adecuado para tomar distancia del gobierno de Isabel Martínez (1974-1976) responsable de la violencia parapolicial y alertar sobre la inminencia de un golpe de Estado, entendido como el verdadero inicio de una estrategia de eliminación sistemática de los opositores.

En el flamante agrupamiento exiliar estaban latentes –y coexistían en un tenso equilibrio, apenas disimulado– enfoques e interpretaciones de la realidad argentina que no tardaron en tener mayor gravitación que las notas comunes que habían motivado la transitoria unidad del exilio. Las condiciones económicas y de seguridad del gobierno de la viuda de Perón se degradaban a ojos vista y a partir del segundo semestre de 1975 era cuestión de tiempo para que se produjera el golpe de las fuerzas armadas. No era difícil saber lo que vendría, los institutos armados serían los responsables de establecer un régimen dictatorial y una política sistemática de aniquilamiento de las organizaciones sociales, esta vez sin mediaciones parlamentarias ni obstáculos de carácter jurídico.

Ahora bien, frente a hechos consumados y en la peor de las condiciones de seguridad y frente al creciente deterioro institucional del gobierno de Isabel Martínez, era necesario definir, qué postura debía adoptar la comunidad de exiliados. ¿Era válido el golpeteo de las organizaciones guerrilleras sobre objetivos policiales y militares? ¿No se apresuraba el derrumbe de un gobierno constitucional ya debilitado, al polarizar a la sociedad en una opción de hierro guerrilla-fuerzas armadas? ¿Resultaba favorable para las organizaciones populares una dictadura sin cobertura institucional? El tema estaba subyacente en todas las definiciones de carácter político y también en el tono de las denuncias que el comité entregaba a los medios mexicanos. El debate fue subiendo de tono y profundizando las diferencias, dos operativos guerrilleros de gran magnitud y enorme repercusión política, actuaron como catalizadores y parecieron poner un límite a la coexistencia de las figuras más reconocidas del exilio. El 5 de octubre de 1975 varios comandos de la organización Montoneros tomaron el Regimiento de Infantería de Monte 29 en la provincia de Formosa. Poco después, el 23 de diciembre de ese mismo año, casi 300 militantes del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) asaltaron el Batallón Depósito de Arsenales 601 “Domingo Viejobueno” en la localidad de Monte Chingolo, próxima a la ciudad de Buenos Aires.

Los acontecimientos se precipitaban y el apoyo o la prescindencia con respecto al accionar de las organizaciones guerrilleras y de manera general, la aceptación o crítica de la lucha armada, como vía legitima de combate al sistema y de acceso al poder, marcaron la definitiva fractura de la primera comisión de solidaridad creada por los exiliados. A finales de 1975 se produjo la escisión en dos agrupamientos con enunciados genéricos similares –solidaridad, denuncia y protección– y diferencias políticas notables en cuanto al futuro institucional de Argentina y al replanteo de algunas cuestiones sustantivas de carácter estratégico (Bernetti y Giardinelli, 2003). Entre otros aspectos, el debate marcaba diferencias profundas sobre el papel de las fuerzas políticas tradicionales y la vía electoral como un instrumento de lucha eficaz para reestablecer la democracia. La Comisión Argentina de Solidaridad sostuvo su autonomía con respecto a las izquierdas armadas, tanto la de procedencia peronista –Montoneros­– como del guevarista Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Por su parte, la nueva organización exiliar, que asumió el nombre de Comité de Solidaridad con el Pueblo Argentino (Cospa) mantuvo su apoyo a todas las formas de lucha anti-dictatorial, incluyendo el accionar de las agrupaciones guerrilleras (Yankelevich y Jensen, 2007).

El golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 puso los términos de la confrontación política en una situación extrema. El debate se polarizó y en algunos sectores del exilio cobró fuerza la postura de ofrecer apoyo político a las organizaciones armadas de la guerrilla peronista y a la expresión de la izquierda no-peronista representada por el ERP. En la Cas las líneas políticas asumidas fueron defendidas, entre otros, por el abogado Esteban Righi, quien fue ministro del interior del presidente Héctor Cámpora y por el escritor Noé Jitrik a quienes se sumaron entre 1976 y 1977, un activo grupo de periodistas y docentes de filiación peronista pero críticos de las posturas expresadas por Montoneros. También convergieron en ese espacio, académicos de muy diversas corrientes de izquierda aunque alejados de las posiciones que sostenían las organizaciones guerrilleras. Entre las expresiones de la izquierda socialista de impronta “gramsciana”, se destacó la presencia de Jorge Tula, José Aricó, Juan Carlos Portantiero, Oscar Terán y Emilio de Ípola, como las voces más notorias de esa corriente marxista deudora teórica de la social-democracia y del “eurocomunismo” (Portantiero, 1979). El peronismo “no-montonero” tenía en Jorge Bernetti, Miguel Talento, Sergio Caletti, Nicolás Casullo y Mempo Giardinelli, a algunos de sus voceros más activos.

En el Cospa, por su parte, sobresalían las figuras del historiador Rodolfo Puiggros, de Ricardo Obregón Cano, exgobernador de la provincia de Córdoba, de Julio Suárez abogado y exfuncionario público, del escritor Pedro Orgambide, de la historiadora Ana Lía Payró y del latinoamericanista José Steinsleger. Desde este Comité se extendió una vasta red de ayuda a los exiliados políticos con el fin de atender los problemas más urgentes de las familias recién llegadas: visas de trabajo, vivienda, salud y empleo. La guardería para hijos de exiliados, que se abrió y operó a instancias del Cospa, bajo la responsabilidad de Delia Carnelli de Puiggrós, fue un ejemplo de organización altruista reconocida por organismos internacionales de derechos humanos (Steinsleger, 2011).

Con una actividad militante cada vez más absorbente y con múltiples compromisos derivados de su labor en el comité donde era Secretario de Organización, Puiggrós mantuvo las tareas académicas y de colaboración con el periódico El Día hasta mediados de 1977. En abril de ese año la conducción de la organización Montoneros en el exilio hace pública la creación de un nuevo agrupamiento de carácter frentista destinado principalmente, a ganar el respaldo de las corrientes internas del peronismo que sostenían una postura anti-dictatorial. El lanzamiento del Movimiento Peronista Montonero (MPM) fue un punto de inflexión en la vida académica y política de Puiggrós quien quedó a cargo de la Rama de Profesionales del MPM. En la conducción del nuevo agrupamiento también participaban el exgobernador de Córdoba, Ricardo Obregón Cano, la médica psiquiatra Sylvia Bermann y Oscar Bidegain, exgobernador de la provincia de Buenos Aires. La Secretaría General del nuevo agrupamiento la desempeñaba Mario Firmenich, uno de los líderes históricos de Montoneros desde su aparición pública en mayo de 1970.

Las tareas partidarias derivadas de los crecientes compromisos políticos del MPM en el campo internacional, se hicieron cada vez más demandantes. Puiggrós participó en la primera línea de denuncia contra la dictadura durante la celebración del Campeonato Mundial de Fútbol “Argentina 78” y en 1979 contribuyó decididamente, en las labores de apoyo a la campaña de contra-ofensiva estratégica que el MPM promovió como una forma de arrebatar la iniciativa política al régimen del general Videla. Numerosas intervenciones públicas en medios de prensa, espacios académicos y partidarios, le sirvieron a Puiggrós como tribuna de debate y fundamentación para explicar la maniobra de alto voltaje político y enormes riesgos que había puesto en marcha el peronismo revolucionario. La revista Vencer (1979), órgano oficial del Consejo Superior del MPM, fue la expresión de prensa a través de la cual se fundamentó el paso de la fase de “resistencia” a la etapa superadora de la “contra-ofensiva” estratégica.


Imagen 2. Archivo del autor.

Las tormentas ideológicas y disidencias políticas de su propio espacio partidario –el MPM– lo encontraron siempre junto a la línea establecida por el Consejo Superior, cuyo Secretario General era el propio Mario Firmenich, dirigente histórico de Montoneros. No suscribió las posturas anunciadas desde París, por el poeta Juan Gelman y por el dirigente juvenil Rodolfo Galimberti, en su carta de ruptura en febrero de 1979. Tampoco se sumó a la separación de un grupo importante de cuadros militantes en febrero de 1980, entre los que figuraban Miguel Bonasso, Sylvia Bermann, Jaime Dri, Ernesto Jauretche, Olimpia Díaz y Eduardo Astiz.

 

A mi izquierda la pared. El debate con el peronismo disidente y el marxismo académico

En ese mismo año 1979 y en un plano más teórico, Puiggrós se enfrascó en un abierto debate con algunas expresiones del marxismo académico y de quienes desde el espacio peronista, cuestionaban duramente las propuestas del “peronismo montonero” y de la izquierda “guevarista”, en particular las posturas del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT/ERP). La aparición de la revista Controversia. Para el análisis de la realidad argentina (abril de ese año) potenció y dio notable visibilidad, a ciertas discusiones que se perdían en los claro-obscuros de los ámbitos partidarios (Lastra, 2012). Este medio impreso fue una de las expresiones teóricas y políticas de mayor confrontación con respecto al tratamiento de algunos temas y paradigmas que habían marcado el crecimiento de la izquierda política argentina durante las décadas de los sesenta y setenta del siglo XX (la formación y el rol del partido de vanguardia; las vías de acceso al poder y el papel de la lucha armada; el valor de la democracia representativa, de las libertades individuales y del pluralismo político; el socialismo como tarea de la hora; el papel y la gravitación de ciertos segmentos de la burguesía).

Puiggrós no negó la relevancia de los temas propuestos por la agenda que se desarrollaba –con ciertas pretensiones fundacionales– en las páginas de la revista Controversia o por medio de algunos enfoques teóricos de perfil “euro-comunista” editados en los cuadernos de Pasado y Presente pero se negó, de manera enfática, a abordar el debate en los términos políticos en que fueron propuestos por el marxismo académico y la disidencia peronista.

Las tensiones, tanto teóricas como políticas, se hicieron públicas pero solo adquirieron una marcada sistematización argumental de parte de quienes impugnaban las posiciones del peronismo montonero, de la guerrilla guevarista y de las formas de entender la política en los años sesenta y setenta del siglo XX. Por el lado del MPM y de otras agrupaciones de la izquierda como la Organización Comunista Poder Obrero (OCPO) o en el caso del PRT/ERP, a través de alguna de las dos expresiones en las que se dividió (Luis Mattini y Enrique Gorriarán Merlo) las posiciones se fijaban por medio de publicaciones específicamente partidarias. Resultaba notorio que las pretensiones teóricas eran menores y que los objetivos políticos ocupaban una preocupación marcadamente prioritaria. Los documentos y manifiestos tenían un fuerte tono militante que se hacía explícito en las referencias a la situación argentina y en las posiciones sobre la situación internacional. De esta manera, los espacios desde los cuales el exilio formulaba los argumentos y definía prioridades, quedaban claramente delimitados: destacado protagonismo académico y periodístico por un lado y mística militante con marcadas pertenencias político-partidarias, por el otro.

Como responsable de la Rama de Profesionales del MPM, Puiggrós admitía que el retroceso y descomposición del gobierno de Isabel Martínez y el derrumbe institucional que representó el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, constituían un punto de inflexión para todas las fuerzas representativas del campo popular, pero no aceptaba que esos dos procesos, marcaran un retroceso histórico de tal magnitud, que pusiera en entredicho los principios revolucionarios y las formas de entender y promover las luchas sociales. Y por si no fuera suficiente, el propio Puiggrós mantuvo un permanente respaldo público a la revolución cubana y a partir de julio de 1979, al triunfante Frente Sandinista de Liberación Nacional de Nicaragua.

Algunas definiciones teóricas y formulaciones políticas de ese momento, ayudan a comprender la profundidad de la brecha que dividió a estas dos corrientes de opinión del exilio argentino. Para los promotores de la revista Controversia en la hora de la derrota, era de elemental sinceramiento, hacer explícita la lectura que entendía que además de hacer el balance de lo actuado, se requería asumir, en todas sus consecuencias y dimensiones, la necesidad de abandonar los presupuestos ideológicos y marcos conceptuales –en particular el “guevarismo” y la teoría de la dependencia­– que permitieron el crecimiento de la izquierda argentina en los setenta del siglo XX. La centralidad de la propuesta estratégica cuyos ejes eran la lucha armada y el socialismo, como tareas a la orden del día, y abrir un parteaguas con la tradición reformista de la vieja izquierda, encontró tierra fértil en una década especialmente convulsa. El marco político de época, hay que recordarlo, fue un ciclo de auge de las luchas populares –del “cordobazo” de 1969 al “rodrigazo” de 1975– y de resistencia armada, potenciadas por un contexto internacional favorable con marcado crecimiento de los movimientos antimperialistas (Argelia, Congo, Cuba, Vietnam, Angola).

Ratificando esta posición de critica a todo lo actuado, la editorial de presentación del primer número de Controversia no dejaba dudas al respecto: “Muchos de nosotros pensamos, y lo decimos, que sufrimos una derrota, una derrota atroz. Derrota que no solo es la consecuencia de la superioridad del enemigo, sino de nuestra propia incapacidad para valorarlo, de la sobrevaloración de nuestras fuerzas, de nuestra manera de entender el país, de nuestra concepción de la política. Y es posible pensar que la recomposición de esas fuerzas, por ahora derrotadas, será tarea imposible si pretendemos seguir transitando el camino de siempre, si no alcanzamos a comprender que es necesario discutir incluso aquellos supuestos que creemos adquiridos de una vez para siempre para una teoría y práctica radicalmente transformadora de nuestra sociedad” (Controversia, núm. 1, octubre 1979, Cit. en Casco, 2007).

Otros participantes de este espacio fueron en sus análisis, y en la misma lógica, aún más lapidarios que la nota editorial referida. El filósofo cordobés Oscar del Barco, docente en la Universidad Autónoma de Puebla, sintetizó el ajuste de cuentas con la izquierda de la década de 1970, en lo que parecía ser una loza definitiva sobre algunos de los temas en discusión. Entre otras afirmaciones, escribió: “Tanto las versiones peronistas como de izquierda, tanto las estrategias insureccionalistas como guerrilleras, tanto el obrerismo clasista como el purismo armado, estuvieron fuertemente animados de pulsiones […] autoritarias que se tradujeron en el desconocimiento de la democracia como un valor sustantivo y en una escisión riesgosa entre la política y la moral” (del Barco 1980, Cit. en Casco, 2008).

Puiggrós, no se negaba al debate ni desconocía la relevancia de examinar con espíritu crítico, tácticas y estrategias que habían demostrado insuficiencias en el ciclo de auge de las propuestas revolucionarias. Sin embargo, se resistía a iniciar la discusión desde el reconocimiento de una derrota estratégica que ponía fin a buena parte de los proyectos construidos en las dos décadas anteriores. El punto de partida debía ser otro, se trataba de un cambio radical en la correlación de fuerzas detonado por el golpe de Estado y la instauración de la dictadura terrorista pero que podía ser revertido a partir del inicio de un nuevo auge de luchas populares. La contra-ofensiva montonera de 1979 y 1980 se inscribía en esta interpretación de la coyuntura argentina. Las editoriales y notas firmadas que se publicaron en la revista Vencer expresaban esta lectura que afirmaba el cambio de etapa en la relación de fuerzas dictadura-campo popular (Vaca Narvaja, 1979).

La revaloración de la democracia representativa y del régimen pluripartidista –un tema caro a las preocupaciones de la versión latinoamericana de la izquierda “eurocomunista” y al nuevo peronismo social-demócrata– ofrecía otro flanco polémico, cuyo abordaje se empantanaba en términos similares al análisis del golpe de 1976. Para la conducción de Montoneros, y para el propio Puiggrós, detrás de las formas institucionales de la democracia burguesa, se ocultaba el dato determinante de ese régimen de gobierno: el encubrimiento de la desigualdad social y la explotación de las clases trabajadoras y el expediente perverso de conservar la capacidad de aniquilar alternativas populares acudiendo a subterfugios jurídicos y a la capacidad represiva del Estado.

Desde esta óptica se sostenía una visión más apegada a la tradición “leninista”. Las instancias democráticas no deben ser ignoradas, pero se trata de casamatas que pueden ocuparse transitoriamente, hasta que la misma dinámica de lucha popular genere las condiciones para el asalto final a la institucionalidad burguesa.

Entre 1977 y 1980, Puiggrós desarrolló una intensa labor militante desde las filas del MPM. Con ese compromiso y plena dedicación falleció el 12 de noviembre de 1980, mientras se realizaba en La Habana, una reunión del Consejo Superior de ese Movimiento. Ya no hubo tiempo de saber cuál hubiese sido el derrotero y las conclusiones, de un debate que transitó por caminos rijosos y cargados de pasiones.


Imagen 3. Archivo del autor.

Pero los procesos sociales suelen marchar con luz propia y no responden a caminos preestablecidos. Pocos años después la realidad se encargó de situar el debate en un espacio más propicio para formular y rebatir ideas y argumentos. Una cansada sociedad argentina, harta del horror y la violencia, votó para presidente de la república, a quien se ofreció como el candidato del “justo medio” y custodio de las garantías democráticas. Raúl Alfonsín, ponderado dirigente de la Unión Cívica Radical, una histórica fuerza de centro, asumió la titularidad del Poder Ejecutivo el 10 de diciembre de 1983 (Lesgart, 2005).

Esa fue la clausura del ciclo dictatorial. No hubo insurrecciones obreras que marcharan victoriosas con rumbo al Palacio de Invierno ni columnas de trabajadores rurales bajando de los montes que pusieran en jaque a la modernidad burguesa, la sociedad argentina prefirió optar por la “democracia posible”. Tal vez la decisión más sensata después del horrible capítulo que abrió el golpe de 1976. Y bajo esas condiciones, con mejor ánimo deliberativo, algo mermado el sectarismo partidario y menos “pulsión” ideológica que la conocida durante el exilio, los protagonistas retomaron desde la academia y en menor medida, desde ámbitos partidarios, el estudio de los temas que habían sido el desvelo y la pesadilla de las comunidades exiliadas.


Imagen 4. Archivo del autor.

 

Notas:

[1] Una versión completa de los mismos está disponible en amauta.lahine.org/debate-rodolfo-puiggros-andre-gunder-frank; Colectivo Amauta; Cátedra Che Guevara; www.amauta.lahaine.org

 

Referencias Bibliográficas

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Cómo citar este artículo:

CANDIA, José Miguel, (2022) “Academia y militancia. El exilio mexicano de Rodolfo Puiggrós”, Pacarina del Sur [En línea], año 13, núm. 48, enero-junio, 2022. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Miércoles, 5 de Octubre de 2022.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.com/index.php?option=com_content&view=article&id=2044&catid=4

Edición 48

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