Pacarina del Sur
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El fantasma de la Comuna sobre el Río de la Plata (imágenes, tensiones y debates)

Daniel Omar de Lucia[1]

Instituto Superior Joaquín V. González, Argentina

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Recibido: 04-07-2021
Aceptado: 24-11-2021

 

 

A Fernando Muirragui, por una amistad desinteresada

 

Al producirse la insurrección de la Comuna de París, Argentina era una nación periférica que estaba consolidando su estructura capitalista como país exportador de productos agropecuarios. Era una sociedad muy distinta a la Francia contemporánea. No obstante, esas diferencias estructurales no eran óbice para que un episodio como el producido en el invierno y primavera de 1871 a orillas del Sena tuviera un fuerte impacto a orilla del Río de la Plata. El tema de la Comuna de París y sus repercusiones en nuestro país se relacionan con la evolución del estado de la cuestión de varios procesos históricos claves en la formación de la Argentina moderna. Dichos procesos son, según nuestro criterio: a) los debates sobre una serie de tareas no resueltas en el proceso de la formación del Estado Nación (secularización del aparato estatal, relaciones entre el estado central y las provincias, concepción de la ciudadanía, límites en las formas de disenso aceptadas, etc.); b) la identificación de modelos y sistemas de gobierno de los países centrales como horizonte institucional y político a adoptar; c) las transformaciones en el medio urbano en las primeras etapas de la masificación de Buenos Aires y otras ciudades del litoral argentino; d) la inserción en el medio local de distintas colectividades étnico-nacionales y las formación de poder en su seno en las primeras décadas del periodo de inmigración masiva; e) los conflictos de las clases subalternas en la etapa inmediatamente anterior al surgimiento del movimiento obrero; f) la consolidación de la estructura capitalista, la formación de un mercado del trabajo y el inicio de los conflictos típicos de una sociedad capitalista; g) los orígenes tempranos de las corrientes de izquierda y la organización de los trabajadores en la Argentina.

En el presente trabajo nos propusimos pasar revista a dicho estado de la cuestión con la intención de aportar algunos elementos para la mayor comprensión de la repercusión de los sucesos revolucionarios parisinos de 1871 en la Argentina, tomando como marco temporal las dos décadas siguientes a la insurrección del pueblo parisino. Para realizar dicha tarea hemos decidido tomar como ordenadores de nuestro trabajo los siguientes ejes: a) las imágenes y lecturas de la Comuna en una sociedad en transición, particularmente en la elite política del país; b) el exilio comunero como un fenómeno plural. Su incidencia en el universo de los militantes de izquierda que comenzaron a organizarse y protagonizaron una primer etapa de conflictos en Buenos Aires y su presencia en otros espacios y ámbitos sociales de la Argentina gringa; c) el fenómeno del “pánico comunero” durante la crisis económica y política (1873-1876); e) la crisis y el pánico de 1875 comunero como un punto de inflexión en las imágenes sobre el conflicto social y el desorden urbano en Buenos Aires; f) la proyección de la imagen de la revolución de la Comuna de París en distintos campos políticos intelectuales y sus huellas en debates axiales de la sociedad argentina en el último tercio del siglo XIX.

Communeux, La Barricade, Betral, 1871
Imagen 1. Communeux, La Barricade, Betral, 1871. Imagen de dominio público

Les Pétroleuses, Bertal, 1871
Imagen 2. Les Pétroleuses, Bertal, 1871. Imagen de dominio público

 

Las “petroleras incendiarias” de la Comuna

Una sociedad en transición no es el comunismo que la raza latina empobrecida por la extraviada educación que debilita la virilidad y su confianza que debe tener todo hombre en el trabajo, se inclina a confundir con la república. No, no es nada de eso.

(Juan María Gutiérrez, El año 1870 y La Reforma).

 

Si algún concepto define mejor la realidad estructural de la Argentina cuando en Francia se producía la revolución comunera de 1871 es el de una sociedad en transición. El país se acercaba a cumplir dos décadas desde la caída del Rosismo, tomado como punto de inflexión importante en la historia regional. En los veinte años siguientes se había acentuado la incorporación del país al mercado mundial como exportador de productos agropecuarios. Se había pasado del ciclo ganadero bovino a la etapa de la explotación ovina, se había favorecido un modesto desarrollo de la agricultura y se habían incorporado nuevas fuerzas productivas (ferrocarril, servicios urbanos, telégrafo, etc.). Había comenzado un proceso de inmigración masiva que permitió el desarrollo de un mercado de trabajo capitalista en las ciudades del litoral. En el plano político se fortaleció el ordenamiento institucional con la carta de 1853. En el decenio siguiente se resolvió el conflicto entre el interior y Buenos Aires, imponiéndose la hegemonía de este último centro político en 1861-1862. Después de Pavón se comenzó a consolidar un módico aparato estatal. El gobierno nacional avanzó en el fortalecimiento de su hegemonía política y militar, venciendo las últimas resistencias locales y triunfando en la guerra de la Triple Alianza que, en cierto sentido, fue también una guerra civil argentina. Subsistían como problemas irresueltos la cuestión de la capital, las resistencias federales en el litoral y la conquista de las tierras en manos de los señoríos aborígenes.

En 1868 la transición, compleja pero ordenada, de la presidencia de Bartolomé Mitre a la de Domingo Faustino Sarmiento confirmó el predominio de la continuidad sobre la ruptura en el centro del poder político argentino. La nueva administración llegó al poder aureolada por la expectativa de representar un potencial renovador superior al que había alcanzado el gobierno de Don Bartolo, desgastado en la tarea de consolidar un nuevo orden con muchos problemas estructurales qué resolver. La primera mitad del gobierno de Sarmiento estuvo signado por episodios que se podían considerar venturosos: el primer Censo Nacional (1869); la extensión del telégrafo y el ferrocarril hasta Córdoba y Rosario (1869); la fundación del Normal de Paraná (1870) y la realización de la Exposición Industrial en Córdoba (1871) como expresión de deseos de un futuro desarrollo manufacturero. No obstante, también se produjeron episodios que llamaban la atención sobre cuestiones no resueltas. Entre ellos el levantamiento de López Jordán en Entre Ríos o el fin de la Guerra de la Triple Alianza (1870), que dejaba una sensación de victoria a la pirro, y la herencia de un conflicto diplomático con el Brasil (Lettieri, 2009, págs. 44-51). Por otra parte, en 1871 se produce la epidemia de fiebre amarilla que, sumada a la de cólera (1867-1868), ponían en blanco sobre negro que las condiciones sanitarias de la capital argentina ya no serían más las de la Gran Aldea. Las epidemias contribuyeron a trazar una imagen del extranjero pobre como un peligro sanitario… pero también social. El mismo año que en Francia se aplastaba a sangre y fuego a la Comuna obrera, en la Argentina terminaba de tomar forma una alteridad estigmatizadora del inmigrante pobre, habitante de conventillos insalubres como una amenaza a la salud pública. Dos temporalidades distintas sin duda y ambas inquietantes. Al año siguiente, un inédito episodio de xenofobia genera el rechazo de una opinión pública, que de manera casi universal consideraba a la inmigración masiva como un proceso necesario para la modernización del país. Los crímenes de gringos de Tandil, alentados por Solane, un santón mesiánico, fueron condenados por una opinión pública porteña, que ya comenzaba a recelar de las consecuencias no deseadas de la inmigración (Nario, 1983).

Caricatura, Seminario satírico El Mosquito, 1871
Imagen 3. Caricatura, Seminario satírico El Mosquito, 1871.

 

La imagen de Francia en la Argentina liberal

Jacques era un hombre y tenía una patria que amaba; quería que, como el espíritu individual se emancipa por la ciencia y el estudio, el espíritu colectivo de la Francia se emancipara por la libertad.

(Miguel Cané, Juvenilia)

 

Para la elite política e intelectual de la Argentina de los años de la llamada “organización nacional”, Francia era uno de los países considerados un modelo a seguir. Rol en el cual solo era superado por Gran Bretaña y los países anglófonos. El origen galo de numerosos intelectuales, artistas, empresarios, científicos, periodistas y profesionales radicados en nuestro país, era considerado como un capital cultural acreditado. Situación que se hacía extensiva a aquellas figuras de origen francés que adherían a posiciones políticas más radicalizadas que las que solían prevalecer en la elite argentina. En la Argentina posterior a Caseros y Pavón, gozaron de buena prensa hombres que provenían de la experiencia del momento revolucionario francés de 1848. Eso incluía a los exiliados del golpe de 1852, como recordaría Miguel Cané en su novela Juvenilia al trazar el retrato de su maestro Amadeo Jacques (Cané, 1999, págs. 27-28). En 1856 un artículo periodístico les atribuía una importante presencia a las ideas socialistas, entendidas en un sentido amplio, entre los seis mil franceses que se estimaba vivían en Buenos Aires (El Nacional, 7 de junio de 1856). El principal diario de la colectividad francesa en la ciudad puerto fue Le Courrier de la Plata, fundado en 1866 por el judío alsaciano Joseph Alejandro Bernheim (Ojeda, 2019). Se trataba de un diario de fuerte orientación republicana, donde colaboraron personajes de la talla del socialista Alejandro Peyret, Alberto Larroque y Enrique Stein. Por oposición, el régimen bonapartista del Segundo Imperio estaba lejos de contar con grandes simpatías en las orillas del Río de la Plata. Se lo consideraba un gobierno clerical, defensor del papado frente a la unificación de Italia y empeñado en aventuras coloniales indefendibles, como la intervención en México en 1862. En 1870, las noticias sobre la crisis francesa que siguió tras la derrota militar de Sedán llegaron pronto a Buenos Aires y tuvieron amplia repercusión en la opinión pública. El esquema, en base al cual, la Argentina oficial leyó los acontecimientos de Francia en 1870-1871 incluyó como parte de un mismo proceso a) la derrota en la guerra franco-prusiana; b) la proclamación de La República en agosto de 1870; c) el ascenso y caída de la Comuna de París (febrero-mayo de 1871) y; d) el fortalecimiento de la Tercera República luego del aplastamiento de la Comuna.

En el Buenos Aires de fines de los años 60, no era poco el impacto que solían tener los procesos políticos e intelectuales internacionales. No solo se opinaba y se debatía sobre ellos. Incluso solían producirse movilizaciones, a favor o en contra, de distintas causas exógenas (Contra la intervención española en Perú, contra la intervención francesa en México, a favor de la revolución española de 1868, de la ocupación de Roma por las tropas italianas, etc.). Durante la guerra franco-prusiana la nación gala contó con la simpatía prácticamente unánime de la opinión pública porteña. Los diarios porteños difundieron las acciones de la colectividad francesa y sus instituciones (clubes, sociedades filantrópicas, organizaciones de voluntarios, órganos de prensa, sociedades musicales) en apoyo de su país. La derrota de Francia en Sedán fue vista como un triunfo de la prepotencia militarista alemana, pero también como el fin del gobierno autoritario de Luis Bonaparte. El 12 de octubre de 1870 se celebró la proclamación de la república en un meeting donde estuvo presente buena parte de la elite porteña sin distinción de partidos. Entre otros, hicieron uso de la palabra el expresidente Bartolomé Mitre y el poeta Carlos Guido y Spano, que había sido encarcelado durante el gobierno del primero por su oposición a la guerra de la Triple Alianza. El poeta Martín Coronado leyó un poema que festejaba el establecimiento del gobierno republicano:

 

¡Francia! Y ahora que, valiente, rompes
las cadenas de acero del imperio,
y en tu suelo, trocado en cementerio,
alzas a la República en altar,
no pueden, no, faltarte en esta América,
donde los reyes mueren cuando nacen;
hermanos cariñosos que te abracen
a través del océano y el mar
(Coronado, 1873, pág. 39).

 

Como indicio claro de la repercusión que los sucesos de Francia tenían en Buenos Aires señalemos que un artículo periodístico de fines de febrero de 1871 atribuía el poco brillo del carnaval de ese año a los efectos de la fiebre amarilla, la revolución jordanista en Entre Ríos y a: “…la paralización del comercio a causa de la guerra franco-prusiana y el duelo de la población francesa cuyo concurso fue tan importante y decidido en años anteriores” (El Nacional, 22 de febrero de 1871). Para el otoño de 1871 la llegada de las noticias de la insurrección del pueblo parisino marcaría un punto de inflexión en el tratamiento de los problemas de Francia por los diarios porteños. Los principales periódicos (La Nación, La Tribuna y El Nacional) incluyeron crónicas que demonizaron el proceso revolucionario junto a algunas miradas que intentaban un balance un poco más equilibrado del proceso y algunas pocas críticas a la represión que siguió a la derrota del movimiento. Se filtraron en las páginas de los diarios criollos algunas referencias tomadas de órganos controlados por la Comuna con una mirada más benévola a la revolución del pueblo parisino. Lo mismo pasó con las notas enviadas por liberales europeos que oficiaban de corresponsales (Castelar, Pi y Margall) que se inscribieron entre las miradas más matizadas. Por oposición las crónicas tomadas de diarios controlados por el gobierno de Versalles y las enviadas por algunos corresponsales argentinos establecidos en Francia y países vecinos (Juan Cruz Varela y el médico Ricardo Gutiérrez) planteaban las miradas más negativas. La imagen más generalizada que transmitían estas publicaciones era la de un proceso violento y expoliador conducido por demagogos y llevado adelante por hordas de ignorantes y seres violentos. De la misma manera se justificaba, en la mayoría de los casos, la dureza de la represión que siguió a la derrota de los comuneros. Las crónicas le atribuían un protagonismo relevante en la génesis de la insurrección comunera de la Internacional, a la que, en clave conspirativa, se describía como un contubernio satánico de todos los “subversivos” que pululaban por el mundo. Siendo el principal de ellos el “prusiano” Karl Marx que, según aporta Tarcus, fue noticia por primera vez en la prensa porteña el 10 de agosto de 1871 en las páginas de La Nación.[2] Leonardo Paso resaltó, en su momento, el papel del menos conocido diario La Verdad, dirigido por José María Cantilo (h), en la difusión de noticias sobre la Comuna. Esta publicación, identificada con el mitrismo, se pronunció en tono bastante crítico respecto a la revolución parisina. Pero incluyó mucho material y testimonios sobre el proceso europeo. Incluyendo la publicación de una carta de Víctor Hugo pidiendo amnistía para los revolucionarios, una carta del Secretariado de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) criticando la represión, una misiva de Mazzini criticando a la Internacional y varias notas sobre su actuación en España (Paso, 1988, págs. 241-242). Durante todo el año 1871, la prensa de Buenos Aires seguirá ocupándose de las consecuencias del proceso parisino y su repercusión en Francia y Europa. A la tarea de los cronistas seguirá la de los ensayistas y políticos que durante varios años se ocuparán repetidamente de los acontecimientos del invierno-otoño parisino de 1871.

Karl Marx en la sesión inaugural de la Primera Internacional, imagen publicada en panfleto, 1864
Imagen 4. Karl Marx en la sesión inaugural de la Primera Internacional, imagen publicada en panfleto, 1864.
Copyleft, Marx & Engels Internet Archive (marxists.org)

 

La sangre comunera y la Tercera República absuelta

Entre tendencias tan opuestas, y las monarquistas tan reaccionarias, las republicanas disolventes y revolucionarias, pues tuvo M. Thiers que defender la propiedad contra el axioma de Proudhon, “la propiedad es el robo”, con el cual se quería llevar, como un progreso, la sociedad a los tiempos de Adán y Eva, cuando la tierra estaba desierta…

 (Domingo F. Sarmiento, “Esas aguas del pasado”
en El Nacional, 11 de enero de 1879)

 

Luego de la mirada periodística contemporánea a los hechos la Comuna y sus consecuencias continuaron revistiendo una centralidad importante en los debates de la opinión pública, ese indicador tan tangible de las tendencias dominantes del país oficial. En realidad, puede hablarse de un consenso bastante general alrededor de dos puntos: a) la comuna fue un proceso insurreccional irracional a contramano de las líneas generales más básicas sobre las que se basaba la evolución de la civilización moderna; b) la Tercera República, nacida del aplastamiento de la Comuna, representó la consolidación de un modelo de orden político superador de una crisis terminal y con elementos dignos de ser imitados. En el decenio largo que siguió a la destrucción de la Comuna contamos con opiniones, comprendidas en los ejes antedichos, de figuras como: Domingo Faustino Sarmiento, Nicolás Avellaneda, José Manuel Estrada, Pedro Goyena, Félix Frías, Miguel Cané, Héctor Orión Varela, Lucio V. López, Vicente Navarro Viola, Dardo Rocha, Leandro Alem y hasta dos referentes políticos e intelectuales de la diáspora argentina en Europa, como Juan Manuel de Rosas y Juan Bautista Alberdi. Claro que por debajo del repudio generalizado al poder revolucionario de las masas obreras y la apología de la república conservadora que venció las líneas de interpretación del proceso, reconocían varios puntos de fuga.

 

a) La Comuna y el debate de laicistas y católicos

A nuestro juicio la versión más canónica del relato de la crisis francesa de 1870-1871 en la Argentina fue el elaborado por los políticos e intelectuales argentinos ligados a la iglesia católica. Esa fracción minoritaria de la elite de la Argentina posterior a Pavón que en la década de 1870-1880 ganaría visibilidad a caballo del aceleramiento de los debates sobre el proceso de secularización de la vida del país que llegaría a su punto culminante en la década siguiente. Es interesante tener en cuenta que el mismo año en que se produjo la revolución de la Comuna el tema religioso cobraba una centralidad desusada a raíz de la propuesta para la separación de la iglesia y del estado que planteó Eugenio Cambaceres (1871) en la convención constituyente bonaerense. Este joven escritor, de origen francés, exponente de los jóvenes autonomistas de 1870, defendió con una brillante pieza oratoria la necesidad de que el estado provincial se declarase neutral en materia confesional en nombre del creciente pluralismo religioso de la República Argentina, pero tomando distancia categórica de cualquier reivindicación del ateísmo. Dos meses después que la “impía” Commune hubiera sido aplastada, afirmaba Cambaceres en tono tranquilizador: “Yo no creo, señor presidente, en el ateísmo sincero y razonado; para mí, él es imposible, y me lo explico solo como la consecuencia absurda de una mala fe sistemada, o una completa obcecación mental” (Varela L. V., 1920, pág. 482).

Una posición bastante más crítica respecto al rol del clero en el mundo moderno sería la sostenida por Luis Varela, el único convencional que apoyó la moción de Cambaceres. Varela afirmaría que el contubernio histórico de la iglesia católica con los poderes políticos despóticos la había hecho cómplice, cuando no promotora principal, de ordenamientos y prácticas bárbaras como la intolerancia inquisitorial. Así habían llegado los días que corrían, arrastrando el descredito de los poderes retrógrados con que se habían coaligado viéndose envueltas en episodios como la violencia anticlerical rabiosa de la Comuna de París (ibid., págs. 564-571).[3] Los convencionales católicos, que impondrían su posición en el debate parlamentario, no quedaron conformes con estas afirmaciones balsámicas y reposadas. Los créditos pro-clericales Pedro Goyena y José Manuel Estrada refutaron al impetuoso Cambaceres y su conmilitón Varela. El crítico literario Goyena (1918) sostuvo que el planteó de Cambaceres, pese a la toma de distancia del ateísmo, en el fondo conducía a la irreligiosidad como norma general. Para este literato católico, la neutralidad del estado en materia confesional era, sin más, ateísmo encubierto. En esa línea de análisis no se le ocurre a Goyena nada más original que sostener que la Comuna de París era el único ejemplo llevado a la práctica de algo así en el mundo moderno (Varela, L. V., Op. Cit., págs. 556-561).[4] En otro momento de la convención, José Manuel Estrada desarrolló una argumentación más elaborada. Puso como ejemplo de países que entraron en decadencia a las dos naciones europeas que acaban de quebrar lanzas, por sus extravíos. Se refería a la militarista y protestante Prusia y a la liberal Francia que, según el convencional católico, había encubierto el ateísmo militante detrás de una falsa libertad de enseñanza que había conducido a los excesos comuneros (Estrada, 1942, págs. 65-94).[5] En 1878 propondría, en una conferencia, el siguiente balance de la revolución parisina de 1871:

 

Y repudiadas las patrias tradiciones y, renegada la bandera, la Comuna reemplaza a la nación y al Estado, y todo se empequeñece a medida de las viles escorias de la sociedad que el cataclismo sube al imperio; solo se agiganta el crimen, medida de su agente anónimo insaciable… y aun no basta; todavía braman las turbas: ¡queremos libertad! ¡nos esclaviza el capital, la propiedad nos despoja, nos agravia la riqueza acumulada en las manos impuras de los favoritos de la suerte!… El socialismo se precipita, bajo el cárdeno resplandor de los incendios, a luchas feroces animadas por la cólera, la envidia y la codicia (ibid., pág. 97).

 

Los referentes adultos de los jóvenes católicos compartían su condena de los revolucionarios parisinos agnósticos. Es el caso de Félix Frías que mencionara a la Comuna en una polémica con Sarmiento en el Senado de la Nación (1878) y que en otras alocuciones calificaría al proceso parisino de 1871 de “teas incendiarias” y a “la libertad de enseñanza” como “monstruo del socialismo” (Frías, 1884).[6] Opiniones semejantes fueron expresadas por Nicolás Avellaneda, ministro de instrucción pública católico del masón Sarmiento y presidente de la República luego de 1874. Taquito Avellaneda, como se lo denominaba jocosamente, fue un vehemente defensor del presidente francés Thiers por su política represiva de 1871, que había logrado establecer una república civilizada y estable a orillas del Sena.[7] Esa admiración por Thiers la refrendaba en una carta a Bartolomé Mitre comentando un análisis de este último que realizaba un balance relativamente crítico del político francés en su faceta de historiador.[8] En un comentario criticando un libro sobre Bismarck, Avellaneda criticaba al militarismo de la Prusia protestante, pero le atribuía la derrota francesa de 1870 y el posterior “caos” de la Comuna al liberalismo disolvente que la había carcomido por dentro (Avellaneda, 1910, pág. 116). Taquito debe haberse sentido halagado cuando en su discurso de entrega de la presidencia Sarmiento, en tono jocoso, le dijo que no se sintiera cohibido por su baja estatura, ya que compartía ese rasgo físico con un enérgico defensor de la democracia contra los extremistas como era el presidente francés Thiers (López Mato, 1874, pág. 85). En 1883 Avellaneda volverá a ocuparse de la historia reciente francesa en su famoso folleto La Escuela sin religión (1883), presentado ante el Congreso Pedagógico de 1883, antesala de la Ley de Educación 1420 aprobada en 1884. Avellaneda retomaba la línea interpretativa de sus anteriores escritos. El laicismo venía minando a Francia desde la revolución de 1848 y llegó a su clímax en 1871 donde Thiers puso un párate a la irreligiosidad militante. Avellaneda consideraba que la Ley Ferry (1879) y la legislación escolar laicista belga representaban un rebrote de irreligiosidad que se proyectaba sobre la Argentina con el proyecto de educación laica que en 1884 sería aprobado por el Congreso (Avellaneda, 1883, págs. 5-29).

A caballo de los debates sobre el proceso de secularización de la vida social, la sombra de la Comuna se proyectará más allá de la capital argentina. En Santa Fe, donde a fines de los años 60 el gobernador Nicasio Otoño había intentado avanzar con un proceso de racionalización bastante audaz (Ley de Matrimonio Civil, secularización de cementerios, laicización parcial de la educación) y donde la presencia de inmigrantes francófonos era numerosa, sobre todo en Rosario y los pueblos agrícolas. En el carnaval rosarino de 1872, una comparsa representó, en tono crítico satírico, a La Comuna. En el entierro del carnaval, el presidente de dicha comparsa recitó:

 

“La propiedad es un robo”, ha dicho Buffon, plagiando escandalosamente a Lafayette en el momento de pegarse una panzada de huevos fritos […]. He aquí la causa de La Comuna. Aunque su nombre despida mal olor, aunque al olfato se tapen las narices, yo protesto desde estas alturas, como Napoleón protestaba sobre la cumbre de los Alpes, al pie de los Apeninos y en la cordillera de los Andes, que nosotros vestidos, como nuestro padre Adán, o aunque sea en camisa o calzoncillo representamos a la civilización (La Tribuna, 22 de febrero de 1872).

 

En 1875 grupos pro-católicos realizarían en Santa Fe reuniones de repudio por el incendio de El Salvador que se atribuiría a agentes comuneros (El Mosquito, 14 de mayo de 1875).[9] Pero también hay noticias que en Rosario se celebraban los aniversarios de la Comuna a comienzos de la década de 1880 (Zaragoza, 1996, pág. 178). La reacción católica santafesina siempre agitó el fantasma comunero y la influencia de las ideas “ateas y materialistas”. En 1878 un folleto pro-católico santafesino con biografías de funcionarios provinciales incluye la del inspector general de escuelas de la provincia, el educador español Isidro Aliau que en términos elogiosos recordaba su oposición a la difusión en la provincia de la obra de Darwin, Brichner, Mata y Proudhon, el nombre más asociado a la Comuna en estas latitudes (Apuntes biográficos contemporáneos, 1878, pág. 23).

Algo parecido sucedía en la tradicionalista Córdoba, donde era fuerte la presencia de la masonería, incluyendo la publicación de un diario como La Carcajada (1871). En esta ciudad, que conocería una importante expansión económica con la llegada del ferrocarril en 1871, los ecos de las luchas obreras en Europa le pondrían los pelos de punta a mucha gente. En los años setenta grupos de gringos y criollos formarían sociedades mutualistas y agrupaciones de artesanos. A mediados de la década existió, incluso, una efímera sección de la Internacional formada por trabajadores y estudiantes (1874-1875). Durante la gobernación del laicista Antonio del Viso (1877-1880), se agudizó el conflicto entre católicos y liberales. El diario católico El Eco de Córdoba comenzó a agitar el fantasma de los comuneros incendiarios que se encubrían detrás de la brega por la escuela laica (Roitenburd, 1988). Con este periódico polemizará Sarmiento, descalificando sus temores sobre una posible revolución anti-religiosa y anti-civilización, asociándolos con la irracionalidad que alentaba a algunas dictaduras latinoamericanas y con los movimientos montoneros tardíos (El Nacional, 27 de noviembre de 1878 en Sarmiento, 1887, vol. LX, págs. 102-105).[10]

 

b) Sarmiento y su lectura de la Comuna como parámetro para medir problemas argentinos

Sin duda, Domingo Faustino Sarmiento fue el dirigente argentino que mayor centralidad le concedió a los hechos de la Comuna y sus proyecciones en su lectura de la realidad argentina y mundial. En el mensaje presidencial anual de inauguración de las sesiones parlamentarias el 18 de julio de 1871, retrasado por la fiebre amarilla, el cuyano expresó: “Conocéis los trastornos que Europa ha experimentado. Ellos deben influir en la marcha de las instituciones políticas del mundo y enseñarnos a evitar los escollos en los que otros fracasaron” (Diario de Sesiones de la Honorable Cámara de Diputados de la Nación Argentina, 4 de julio de 1871, pág. 9). Sarmiento invocará más minuciosamente el recuerdo de los “energúmenos de la Comuna” en su mensaje al parlamento de 1874 en apoyo de su pedido de mayores facultades para el Poder Ejecutivo para limitar la libertad de prensa durante la agitación que precedió a la revuelta mitrista de 1874 y la posible reedición de la insurgencia jordanista. El sanjuanino es categórico a la hora de relacionar los disturbios parisinos con los “excesos” de la libertad de prensa:

 

Cuando París fue incendiado a petróleo, destruido los monumentos y saqueados los archivos, una vez pasado el espanto que esos crímenes causaron se recordó que esta orgía era una parodia de ideas y de hechos que habían ocurrido en 1789; pero se recordó también que la población de París había estado durante un año aplaudiendo los desmanes de los diarios que aconsejaban repetir aquellos excesos, o recordaban con elogio las violencias de a fines del siglo pasado que ya parecían olvidadas. París era pues, cómplice del desastre que más tarde y como consecuencia inevitable le alcanzo cuando los dichos se convirtieron en hechos, y las muchedumbres extraviadas, sin excluir a las mujeres, se lanzaron a ejecutar los que le pintaban como santo y eficaz (Diario de Sesiones de la Honorable Cámara de Diputados de la Nación Argentina, 13 de mayo de 1874, pág. 14).

 

Durante los años de la presidencia de Nicolás Avellaneda, Sarmiento seguiría siendo un referente importante del sistema político, pero sin ejercer un liderazgo sobre ninguna fracción política relevante. En ese relativo aislamiento se opondrá a la Conciliación (1877) entre autonomistas y mitristas y mantendrá una línea dura frente a una política de amnistía para con los que se habían levantado en armas contra su administración y también contra los revolucionarios mitristas que se sublevaron en Corrientes en 1878. En los artículos periodísticos que escribirá en El Nacional volverá a invocar profusamente el ejemplo de la crisis francesa de 1870-1871, la emergencia de la Comuna y su posterior aplastamiento por los hombres de la Tercera República. En el artículo “Las revoluciones despóticas” (1878) Sarmiento, a la luz de los sucesos de Corrientes, recuerda el motín de los oficiales franceses después de Sedán como ejemplo de una sedición que sumió a su país en una crisis y desembocó en el posterior caos de la Comuna (El Nacional, 4 de enero de 1878 en Sarmiento, 1887, vol. LX, págs. 15-20).[11] A comienzos de 1879, prolegómenos de la campaña electoral que derivara en la crisis de 1880, Sarmiento publica el más antisocialista de los artículos que le dedicó a la Comuna. De Esas aguas del pasado extrajimos la cita que encabeza este punto de nuestro trabajo, con la apología a Thiers por haber aplastado a los utópicos que querían retrotraer el mundo al Jardín del Edén, pero sin la hoja de parra. El jocoso liberal Sarmiento coincidía con el católico Avellaneda en hacer una apología en toda la línea de la dureza de Thiers con los revolucionarios de 1871. No le quedaba duda que el “pequeño carnicero francés” había hecho lo que había que hacer. Pero al contrario de Avellaneda, que escribía desde un antisocialismo de inspiración católica, Sarmiento tenía que explicar más su posición. Recordaba que Thiers, a lo largo de su dilatada carrera política e intelectual, había sido un demócrata pragmático que incluso había desaconsejado a Luis Felipe usar la fuerza para aplastar la revolución de 1848. La situación en 1871 era muy diferente y la “democracia” se tuvo que preservar con sangre. Sarmiento incluso defendía los marcados cambios de posicionamiento ideológico de Thiers a lo largo de su vida como una muestra de versatilidad y madurez. Criticando versiones favorables a la Comuna que circulaban en el Buenos Aires de los años 70, el sanjuanino señala: “Aquí, en Buenos Aires y no en Francia […] se ha publicado por un comunista una diatriba contra M. Thiers, en que se acumulan los cargos que hacen pesar sobre su memoria, aquellos a quienes contuvo en sus ideas extremas. Pueden leerlo, los que quieran hallar inconsecuencias y contradicciones” (El Nacional, 11 de enero de 1879 en Sarmiento, 1887, vol. LX, pág. 32).[12] En medio del clima de calma chicha que se vivía en la Argentina de la “conciliación”, Sarmiento veía en el presidente francés un ejemplo de lo que significaba mantener la legalidad con firmeza. El artífice de un orden institucional:

 

…que ha puesto término en Francia al reinado de las Comunas, de los emperadores, de los orleanistas, de los socialistas, y del primero que pueda reunir un grupo de exaltados, a los que se juntan los criminales, y librar a la conquista del extranjero el territorio, y a la humillación la patria, que siempre es ese fruto el de todas aquellas patriadas” (El Nacional, 11 de enero de 1879 en Sarmiento, 1887, vol. LX, pág. 34).

 

Dos días después, Sarmiento volvería a ocuparse de los procesos políticos de la Francia moderna al reflexionar sobre que ningún gobierno nacido de una asonada o motín puede considerarse legítimo. Ironizaba que gobiernos nacidos de una sedición (El primer imperio, la monarquía orleanista, el gobierno de Cavaignac que aplastó a los socialistas de 1848, el Segundo Imperio) habían sido considerados “legítimos” mientras se mantuvieron en el poder: “La Comuna fue legítima, porque la fuerza, en ocho días de combate, la fuerza de los versailleses, como ellos decían, los sometió” (El Nacional, 13 de enero de 1879 en Sarmiento, 1887, vol. LX, pág. 45).[13] Un mes después le dedicaba un artículo al rechazo en la Asamblea francesa del proyecto de amnistía a los comuneros presentados por Louis Blanc y Víctor Hugo comparándolo con las amnistías que se le habían dado en Argentina a los mitristas y otros revolucionarios provincianos (El Nacional, 24 de febrero de 1879 en Sarmiento, 1887, vol. XXIII, págs. 208-214).[14]

La Comuna detenida por la ignorancia y la reacción (La Commune arretee par l'Ignorance & la Reaction), caricatura de Georges Pilotell, 18 de marzo de 1871
Imagen 5. La Comuna detenida por la ignorancia y la reacción (La Commune arretee par l'Ignorance & la Reaction), caricatura de Georges Pilotell, 18 de marzo de 1871. Imagen de dominio público.

 

C) La Comuna en Alberdi y Rosas y las tensiones del progreso

Es interesante comparar la mirada recurrente de Sarmiento sobre la Comuna con la lectura que sobre este mismo proceso hicieron dos de sus grandes rivales políticos e intelectuales. Nos referimos a Juan Manuel de Rosas y Juan Bautista Alberdi que vivieron el momento de la Comuna residiendo en Gran Bretaña y Francia respectivamente. Son conocidos los comentarios de Rosas sobre la Comuna y la Internacional recogidos por Carlos Ibarguren en su biografía del “Restaurador” y muy citados por distintos historiadores y novelistas interesados en desmentir la voluntad política “igualitarista” asociada, a veces, a la figura de Rosas que se hubiera sorprendido mucho de esa asociación con su ideario. Ya en 1869 Don Juan Manuel reflexionaba, en su exilio en Southampton, de la necesidad que el Papa Pio IX, que recientemente había sido declarado infalible por el Concilio, encabezara una “dictadura temporal” con el apoyo de los monarcas más conservadores para mantener el orden y la civilización amenazados por contestatarios de toda laya. El Rosas anciano y exiliado deploraba la derrota militar de Francia, el país que intervino dos veces en el Río de la Plata durante su gobierno. En la Europa que emergía de la guerra franco-prusiana veía cundir la miseria de las clases populares y con ella el desorden y la violencia. La principal usina que promueve el caos es la anarquía es La Internacional: “...sociedad de guerra y de odio que tiene como base el ateísmo y el comunismo, por objeto la destrucción del capital y el aniquilamiento de los que lo poseen, por medio de la fuerza brutal del gran numero que aplastará a todo cuando intente resistirle” (Ibarguren, 1935, pág. 377). Escribiendo luego de la derrota de la Comuna Don Juan Manuel ve solo en la convergencia de poderes extraordinarios, apoyados en un temor de cuño religioso, la única garantía para contener a las “clases vulgares”. Por su parte, Alberdi se ocupó de las consecuencias de la guerra franco-prusiana en su famoso ensayo El Crimen de la Guerra, que se ha leído principalmente como un texto inspirado en un análisis de la guerra de la Triple Alianza. En cambio, la lectura de Alberdi sobre la Comuna de París es más escueta y si se quiere bastante original. En Palabras de un ausente (1874) Alberdi polemizaba, tácitamente, con su antiguo rival Sarmiento y cuestionaba la clásica tesis del sanjuanino sobre la oposición ciudad/campaña leída en términos de progreso/atraso, civilización/barbarie. Para el tucumano el progreso no se medía solo por el progreso tecnológico o material sino por un compendio entre este y el progreso político, intelectual y moral. Alberdi sostenía que en el siglo XIX la civilización era por sobre todas las cosas “seguridad” en el plano político y del respeto de los derechos individuales y demás inmunidades:

 

La civilización no es el gas, no es el vapor, no es la electricidad, como piensan los que no ven sino su epidermis. Bajo la Comuna de París brillaba el gas, humeaba el vapor, transmitía la electricidad, ¿qué cosa? Que la flor de París, en la iglesia y en la magistratura, era fusilada, sin proceso, sin crimen, sin interés, sin odio. La Inglaterra del siglo XVIII no conocía el gas, ni el vapor, ni el telégrafo eléctrico, y sin embargo era ya un pueblo tan civilizado como hoy, pues allí estudiaba Montesquieu esa misma libertad, que un siglo después estudiaba Tocqueville en los Estados Unidos de América, ya civilizados también desde que eran libres, antes de conocer el vapor, el gas, la electricidad postal (Alberdi, 1845, pág. 166).

 

Es interesante ver como la Comuna reunió en su condena a tres hombres que habían constituido los vértices principales del triángulo de las tensiones políticas e intelectuales argentinas durante más de una generación. Aunque los presupuestos y perspectivas desde donde se condenaba el hecho maldito de la revolución de la turba parisina no fueran los mismos. Rosas, fiel a su concepción anti moderna, jerárquica y ultra montana de la sociedad, veía en la Comuna el fruto final de un largo relajamiento de un orden tradicional que venía siendo golpeado desde hace un siglo sin poder amortiguar las consecuencias no deseadas del progreso. Se parece a la posición de los intelectuales católicos criollos, todos muy anti rosistas, pero estos eran menos pesimistas que el Restaurador. En ese aspecto Avellaneda y sus muchachos estaban más cerca del liberal Sarmiento. Aun en su alarmismo y dureza el cuyano era optimista. Un creyente del progreso como el veía en la Comuna una anomalía peligrosa pero destinada a sucumbir. Un obstáculo molesto en la gran carrera de postas hacia el horizonte último de la civilización que contenía en su seno las fuerzas suficientes para anularlo como en la Argentina se había aplastado a las montoneras, sin “ahorrar sangre de gauchos” y a la casi entera población masculina del Paraguay en una guerra conscientemente genocida. Alberdi es el más reflexivo de las tres. El tucumano era tan devoto en el progreso como Sarmiento, pero creía que la carrera hacia el triunfo prometeico del hombre era más azarosa y planteaba muchos atajos peligrosos. Para el autor de Póstumos la Comuna fue más que un estorbo en la carrera hacia el progreso de la humanidad. Era un recordatorio que las relaciones entre los distintos valores ejes sobre las que avanzaba la modernidad capitalista eran mucho más complejos de lo que se pudiese pensar a priori.

 

El viaje accidentado. La Comuna y la memoria de los argentinos en París

En Francia nada hay grande sino la Francia misma. Observa a cualquiera de sus hijos; le verá vivo, arriscado, inquieto, voluble, zumbón como una abeja. Mas el hecho es que muchas abejas forman un panal, y el que han labrado los franceses es tan rico que, siguiendo el símil, allí acude el mundo entero a procurarse cera y miel; cera, para alumbrar los altares del arte y de la ciencia, miel, para endulzar la copa en el banquete de la vida.

 (Carlos Guido y Spano, Carta Confidencial).

 

La historiografía sobre la literatura argentina le ha concedido centralidad a la presencia de literatos y ensayistas argentinos en Francia durante la segunda mitad del siglo XIX. En un medio intelectual donde la literatura tardo bastante en autonomizarse del periodismo y el ensayo político la imagen y la memoria de la Comuna constituye toda una ventana a las mentalidades dominantes de la elite argentina y su mirada/ apropiación de los procesos que se producían en lo que era considerada la capital cultural del mundo o algo así. No nos referimos exclusivamente a los argentinos que vivían en Francia durante la crisis de 1870-1871, de los que ya mencionamos algunos aportes a las crónicas periodísticas en caliente, sino también a los que visitaron Francia en las dos décadas que siguieron al momento en que las masas tomaron el cielo por asalto. Los viajeros argentinos que visitarían París a partir del impacto de la Comuna ya no serían, mayormente, los exponentes típicos del “viaje consumidor” sino protagonistas de una temprana transición al “viaje ceremonial” y, un poco menos, al “viaje estético” como propone la tipología ideada por David Viñas (1964, págs. 3-80).

Ilustración s/f, publicada en Cent dessins: extraits des oeuvres: album specimen, pag. 18 (Victor Hugo, 1800)
Imagen 6. Ilustración s/f, publicada en Cent dessins: extraits des oeuvres: album specimen, pag. 18 (Victor Hugo, 1800).
Imagen de dominio público.

Durante el proceso de guerra y revolución que vivió Francia en 1870-1871 fueron varios los argentinos notables que habitaban o visitaron Francia y países vecinos. Aparte del solitario Juan Bautista Alberdi podemos mencionar a varios personajes ligados al gobierno argentino que estuvieron en la capital francesa, o en países aledaños, para entonces. El coronel y escritor gauchesco Hilario Ascasubi, representante del gobierno argentino para la compra de armas y contratación de mercenarios en el viejo mundo; el doctor Mariano Severo Balcarce, yerno del general San Martín y representante de la Argentina en Europa y el joven Miguel Cané que en 1870 partió para Europa como parte de un viaje no oficial que re editaría, años más tarde, cumpliendo funciones como diplomático de nuestro país. Ascasubi en la dedicatoria de su libro Santos Vega o los mellizos en flor recordaba: “los sinsabores e infortunios que pase en el tremendo Sitio de París, y durante los luctuosos días que siguieron en Buenos Aires en la mortífera epidemia” (1872, págs. 3-4) al agradecerle al porteño Jorge Atucha que le dio albergue en la campaña bonaerense luego de esas experiencias. Ascasubi estaría de vuelta en París para fines de ese mismo año de 1871. Al año siguiente edito, en la capital francesa, la primera edición del mencionado clásico de la literatura gauchesca y también la de Aniceto el Gallo: gacetero, prosista y gauchi poeta argentino. Ascasubi era un gran admirador de Francia y hasta escribió por ahí alguna graciosa poesía titulada La Invitación, fechada el 23 de septiembre de 1871 en París, donde en jerga gauchesca invitaba a un amigo a comer un puchero en Chivilcoy con algunas alusiones al medio francés.

 

De ahí Manco por gusto voy a darte un choclo cocido tiernito y bien parecido como los que da Chivilcoy, y es ralo, a fe de quien soy, el ver un choclo en París, como si a la emperatriz allá en el teatro Colon la vieses con Napolion bailando un gato mis-mis (Ascasubi, 1872).

 

Sin duda más completa y emblemática es la mirada sobre la Comuna de París del diplomático y médico argentino Mariano Severo Balcarce. Este hombre, hijo del general patriota Balcarce y yerno del general San Martín, cumplía funciones en Londres en el momento de la insurrección parisina, pero era un muy buen conocedor del medio francés donde había vivido muchos años, donde volvería como diplomático y moriría en 1885. Los informes de Balcarce al gobierno argentino deploraban la derrota de Francia en la guerra con Prusia y veía como una calamidad la toma del poder por los obreros en el París anarquizado de febrero de 1871. La crítica de Balcarce al proceso comunero es integral, completa y minuciosa. Para el representante argentino la Comuna no podía considerarse como la expresión, ni siquiera distorsionada, de la voluntad del pueblo. Fue una dictadura alentada por la irresponsabilidad de políticos demagogos que facilitaron la toma del poder por personajes inescrupulosos y violentos con el apoyo de masas brutales e ignorantes. Para Balcarce la Comuna fue un poder autoritario que arraso con el derecho al disenso y que encarcelo, de manera arbitraria, a cualquier sospechoso de oponerse a sus designios. Un poder que incluso aposto a la fragmentación del país buscándolo suplantar por una federación de comunas insurrectas al gobierno central. Una versión caricaturesca de la Comuna de 1792. El diplomático criollo es muy preciso a la hora de señalar los rasgos que, según su entender, diferenciaban a 1871 de las revoluciones anteriores que se habían producido en la capital francesa:

 

En mi opinión, la revolución de hoy es la más grave y la más peligrosa de cuantas la han precedido. Todas han sido de un carácter más o menos político, mientras que la presente es exclusivamente social, y encabezada por hombres desconocidos o de fatales antecedentes, que para consolidar su usurpado poder no trepidarán en derramar a torrentes la sangre de sus conciudadanos y cometerán toda clase de horrores para conservar su preponderancia aun cuando sea por el terror (Cit. en Rose, 2021. Subrayado mío).

 

En Balcarce aparecen tempranamente y con profusión imágenes que tendrán larga persistencia en las memorias hostiles de la revolución parisina. Las masas de vándalos violentos (“furias”) que demolían los monumentos, destruían los museos e incendiaban los palacios con teas y petróleo. El diplomático argentino incluso enjuiciaba severamente las vacilaciones y demoras del poder versallesco a la hora de reprimir a los comuneros. Luego de la derrota de la revolución describía los trabajos de los triunfadores buscando borrar de la escena parisina las barricadas y cualquier símbolo que recordasen lo que había sucedido en la ciudad.

Un tipo de lectura de la Comuna con un estilo menos vehemente que el de Balcarce, pero con puntos en común al nivel del sentido del relato, lo encontramos en las ediciones del Almanaque de Orión de 1873 y 1875 publicadas en castellano en París y Turín respectivamente. Su editor fue Héctor Florencio “Orión” Varela, miembro del clan de hermanos que editaba en Buenos Aires el diario La Tribuna.[15] Como vimos, La Tribuna de los Varela había trazado un cuadro fuertemente negativo de la Comuna en sus crónicas de 1871. En 1872 este porteño discutidor y aventurero estaba en París donde dio a conocer El Americano diario en castellano dirigido al público de residentes hispanoamericanos en la capital francesa. Este diario, que también llegaba a la Argentina, se publicó hasta 1874 cuando Orión se trasladó a Italia para cumplir funciones de agente colonizador del gobierno argento. La edición de El Americano se completaba con el Almanaque como una especie de compendio bianual. El Almanaque de 1873, se ocupó en extenso de la Comuna. Junto con artículos y referencias que hablaban de las bellezas parisinas. La publicación hacía un balance dramático de la crisis francesa de 1870-1871. Siete páginas del Almanaque reseñaban los sucesos de la Comuna en pequeñas notas sueltas acompañadas de ilustraciones. Esta sección se abre y se cierra con dos ilustraciones que llevan por título Imágenes del Bombardeo de París y Escenas del bombardeo de París y muestran a mujeres y niños desamparados en medio de la ciudad sitiada. Las notas sueltas pasan lista de los edificios destruidos o dañados durante los meses de la Comuna (Hotel de Villa, Palacio de las Tullerías, La Grande Opera, Teatro de Chatelet, Ministerio de Negocios Extranjeros, el Arco del Triunfo, El Louvre, La Columna Vendôme). “Cuando los miembros de la Commune se vieron cercados por las tropas de Versalles que entraron en París al cabo de varias semanas de lucha, en el furor de la desesperación no hallaron cosa mejor quehacer que prender fuego, con ayuda del petróleo, a los principales monumentos de París” (Varela H. F., 1873, pág. 32). Los sueltos al pie señalaban que el fuego arraso a numerosas casas particulares provocando la muerte de mucha gente inocente. El comentarista se detenía un poco más a hacer la crónica de los sucesos que llevaron al derrumbe del último de los monumentos mencionados. Luego de mencionar el llanto de Víctor Hugo, simpatizante del movimiento revolucionario, por el derrumbe del monumento que conmemoraba las victorias del primer imperio, se afirmaba:

 

Y en efecto, la columna fue demolida en la tarde del 16 de mayo de 1871 por los miembros de la Commune. No tenemos necesidad de hacer la historia de este monumento, pues nadie ignora que la columna destruida por los demagogos de aquella espantosa insurrección, fue elevada a la gloria de Francia con el bronce conquistado en cien campos de batalla por los ejércitos de Napoleón I (Varela, Op. Cit., pág. 37).

Portada del Almanaque Orión (1873), Imprenta Hispano-Americana de Rouge, Dunón y Fresné. Academia Argentina de Letras
Imagen 7. Portada del Almanaque Orión (1873), Imprenta Hispano-Americana de Rouge, Dunón y Fresné. Academia Argentina de Letras. Imagen de dominio público.

Héctor Varela, que nunca simpatizó con “El Sobrino” lamentaba, en cambio, que se mancillara la gloriosa memoria de su “Tío”. La edición de 1873 del Almanaque Orión incluyó un artículo de más largo aliento sobre la crisis francesa escrita por José de Armas y Céspedes, un liberal cubano radicado en Estados Unidos. En La Marsellesa este patriota cubano presentaba a los sucesos de 1870-1871 como producto de la decadencia de una gran nación como Francia que había ayudado a parir un mundo nuevo. Armas hacía el elogio de la Gran Revolución de 1789 y se detenía en la proclamación de la República en 1792. La proclamación de la “leve en masee” por el nuevo gobierno republicano y el sacrificio del pueblo patriota habían vencido a la poderosa coalición de soberanos absolutistas. La Marsellesa sería el símbolo más universal de aquella hazaña histórica. Era un canto guerrero que había acompañado a los que lucharon por la creación de un mundo libre, igualitario y fraterno. Luego Armas pasaba a contraponer aquel momento histórico con 1870 (De Armas y Céspedes, 1873, pág. 69). Para Armas la guerra franco-prusiana había sido una innoble aventura imperialista de un gobierno autoritario y decadente como el de Napoleón III. En la Francia de 1870 las estrofas de La Marsellesa no acompañaban la lucha por la libertad sino su negación. La derrota gala fue merecida. No obstante, opinaba que el gobierno prusiano, agredido originalmente, se había convertido en agresor después de Sedán llevado también por sus apetitos expansionistas. Armas evocaba de manera emotiva la constitución de un gobierno republicano de defensa en la capital y rescataba la figura del liberal Gambetta más del gusto de los liberales más románticos. No obstante, no se repitió en 1870 el milagro de 1792. Una sociedad decadente luego de décadas de autoritarismo y venalidad se revelo corroída hasta el tuétano. Tanto en la clase alta como en las clases populares. En esta situación radicaban las causas del drama de 1871:

 

Moviéronse los nuevos reclutas cantando la Marsellesa, pero no sintiéndola, como una mujer liviana pudiera cantar canciones sentimentales, y fueron pronto vencidos, aunque no con tanta facilidad ni ignominia como los pintorroteados ejércitos de Napoleón III. y vinieron los buitres de la guerra civil a devorar las entrañas del pueblo caído. Durante la contienda de la Comuna también se cantó la Marsellesa. En los labios de los furiosos demagogos, así como en boca de sus contrarios, aquella canción no tenía sin duda más objeto que el de aturdirse, para no reparar que mientras ellos se despedazaban, el enemigo los contemplaba riendo, y gozoso oprimía con su planta el seno de la pobre Francia (De Armas y Céspedes, Op. Cit., pág. 69).

 

Concluye Armas diciendo que confiaba que Francia se levantaría de sus ruinas y volvería a ocupar el lugar que se merecía en la escena mundial. En el Almanaque de Orión de 1875, publicado en Turín, el clima es otro. Las páginas de este álbum están llenas de referencia al resurgir de la vida cultural, artística y política francesa. En un artículo presentación del Almanaque se citaba en sentido irónico el famoso axioma de Proudhon sobre la propiedad que tanto se asociaba con la Comuna. También se mencionaba la revolución Cantonalista de Cartagena en 1872 como una especie de contagio comunero al sur de los Pirineos (Orión, 1875, págs. 3-8). El álbum incluía una nota sobre una profetisa estigmatizada que en Nápoles suscitaba la devoción de los lazzaroni. Esta mujer había profetizado que pronto se volvería a desatar la guerra entre Francia y Prusia y se vería una nueva versión tenebrosa de la Comuna (ibid., págs. 62-64).[16]

Jules-Descartes Férat, 1871. Sede de París. Las ovejas entrando en París por la calle de Sèvres, distrito siete
Imagen 8. Jules-Descartes Férat, 1871. “Sede de París. Las ovejas entrando en París por la calle de Sèvres, distrito siete” [“Siège de Paris. Les moutons entrant à Paris par la rue de Sèvres, 7ème arrondissement”]. Imagen de dominio público.

Un argentino que conoció el París cercado por los prusianos fue el joven Miguel Cané, que había viajado a Francia junto a las familias de su primo Rufino Varela, hermano de Orión, y de Juan José Montes de Oca. Sorprendidos por la guerra franco-prusiana los viajeros se establecerían en Londres, pero Cané viajará al París sitiado. En su estadía en Londres y sus escapadas a Brasil y Bruselas Miguelito escribió varias notas sobre la guerra franco-prusiana para el diario La Tribuna. Estas han sido editadas recientemente en un volumen. Las simpatías de Cané estaban claramente con Francia. Describe la movilización patriótica con emoción y colorido. La forma de interpretar la derrota francesa es acorde con la forma que la opinión pública liberal de Buenos Aires recibió la noticia. Como el fin del imperio derrotado frente al militarismo prusiano, pero también como una “victoria” moral que permitiría el inicio de una era democrática y republicana que enterraría el bonapartismo.

 

El cañón prusiano, el instrumento de ese rey de derecho divino, ha despertado a la libertad, adormecida en las calles de París y sangrando aun de las heridas del 2 de diciembre. Una nueva era e abre para la Europa: la República Frances(a), la República Española y pronto la República Italiana cubrirán el mundo Europeo con los resplandores de sus instituciones. (Cané, 2021, pág. 214. Subrayado en el original)

 

En sus crónicas de los meses de la guerra y la crisis que siguió después Cané esboza una mirada de claro tono anti socialista: critica al rol de los parlamentarios de izquierda, descripción del momento republicano anticlerical de Marsella del que dice que estaba siendo ganado por el “socialismo extremo” (Cané, Op. Cit., págs. 203 y 268-270). Aunque lo anterior no sea óbice que en varios pasajes de sus crónicas se lamente por la pobreza y la marginalidad que vio en las urbes del viejo mundo. Cané estuvo de vuelta en Buenos Aires a fines de febrero de 1871. O sea que no fue testigo directo de la Comuna. Pero esta aparece mencionada en varias obras de este autor que volvería varias veces en su vida a la llamada Ciudad Luz.

En su primer libro publicado en 1877, mezclando los recuerdos del primer viaje, con otros que realizó en 1874, describía la vida artística y cultural francesa y la coexistencia de opulencia y la miseria en la gran ciudad. Describía su relación de amistad con Ricardo Gutiérrez que, como vimos, fue uno de los cronistas de la Comuna para la prensa argentina. Obviamente la posición de Cané frente a la Comuna es decididamente negativa. Así como es, igual de previsible, que fuese un admirador entusiasta del sistema político nacido de su derrota. Cané afirmaba, en tono de Dandy cínico: “La Comuna, por ejemplo, es un reflejo adulterado y absurdo de la república platónica” (Cané, 1884, pág. 23). Para el exalumno de Amadeo Jacques que en sus memorias de estudiantina expresaba su admiración por los estudiantes parisinos que combatieron en las barricadas de 1848, la nueva irrupción de las masas parisinas en la historia constituía una utopía desfasada y sin razón de ser. En los recuerdos de su viaje diplomático de 1879-1880 Cané describiría con emoción la vida parlamentaria francesa que consideraba un ejemplo de un orden político sólido y moderno superador de la barbarie y la inestabilidad. Cané fue un gran admirador de Thiers, pero también le deparo elogios a León Gambetta como el representante de una presunta “tercera vía” en la Francia de la Tercera República. La acción parlamentaria de la extrema izquierda era presentada en términos ridículos por el autor de Juvenilia: “He aquí un comunista melenudo que acaba de despeñarse desde la cúspide de la extrema izquierda para tomar la tribuna por asalto, donde gesticula y vocifera pidiendo la abolición del presupuesto de cultos” (Cané, 1937, pág. 51). No obstante, a pesar de tanta admiración, Cané le reprochaba a la Tercera República un pecado imperdonable: haber hecho extensivo el voto a los negros de las colonias francesas en América. En la crónica de su viaje por Guadalupe y Martinica Miguelito pintaba a los afro descendientes que vivían bajo la soberanía francesa como una masa sediciosa y ensoberbecida que esperaba la primera oportunidad para pasar a cuchillo a los colonos blancos. Los veía como dignos descendientes de la Comuna ya que afirmaba que todo negro es un comunista, en potencia, habido de saquear la propiedad del prójimo y segar su vida (Cané, Op. Cit., pág. 77).[17]

Otro joven escritor argentino que desarrollaría una lectura de la Comuna como parte del desarrollo político y francés europeo en una perspectiva temporal semejante a la de Cané fue Lucio V. López. Nieto de Vicente López y Planes e hijo del historiador Vicente Fidel López, Lucio fue parte de los jóvenes autonomistas que se iniciaron a la vida política e intelectual en los años 70 del siglo XIX. López viajó a Europa en plena crisis política porteña de 1880. Su libro Recuerdos de viaje, dedicado a Miguel Cané, describe con entusiasmo la vida política y cultural de Londres, París y otras ciudades de Europa. Estando en la capital británica presencio la agitación que rodeo la incorporación al parlamento ingles del célebre activista agnóstico Charles Bradlaugh. A la hora de trazar una semblanza de este personaje que escandalizaba a la Inglaterra oficial López lo pinta como: “un héroe de la demagogia latina, de larga melena, de traje estrafalario, teniendo á Dánton por modelo físico, y a los héroes de la Comuna por ejemplo moral” (López, 1881, pág. 84). Es interesante comprobar la similitud con la descripción que hacía Cané de un diputado de la extrema izquierda en el parlamento francés. Cruzando el canal López, igual que Cané y Orión, se extasía con el esplendor de la vida cultural y artística de la ciudad junto al Sena. Describe el circuito de monumentos y paseos históricos de París y se detiene para mencionar a los que considera los integrantes más conspicuos de la fauna urbana de las orillas del Sena. Los Moineau (gorriones) que unos años antes Sarmiento había introducido en la Argentina. Para López estos pájaros son como los testigos mudos de la historia de la ciudad desde el pasado profundo hasta el presente: “La Comuna no le quema sus palacios; y el Estado no le quita sus bienes; el moineau es rey eterno en París, con Luis Felipe, con Napoleón III o con Gambetta” (López, Op. Cit., pág. 132).

El escritor bonaerense se pone más serio en el capítulo de su libro titulado Política europea. López cree que la Europa que estaba entrando en la penúltima década del siglo XIX podía alumbrar nuevas conmociones revolucionarias. Ve conflictos potenciales en Gran Bretaña (la cuestión irlandesa), Alemania (la cuestión obrera), Rusia (el terrorismo nihilista), etc. No obstante, cree que justamente Francia es el mejor ejemplo de estabilidad y prosperidad que puede encontrarse en Europa. Así evaluaba López la situación de un país que, a menos de una década, había sufrido una derrota militar y una crisis revolucionaria que juzgaba negativa:

 

La Comuna debate en Francia sus principios y proclama sus delirios a la luz del día. Pero Francia es una nación singular, única y curiosa. Está rica como nunca; por sus campañas y ciudades diríase que corre el Pactolo. Hasta la fabulosa contribución de guerra de 1871, constituye una California para los tenedores de sus títulos (López, Op. Cit., pág. 278).

 

López critica ásperamente la actuación de la prensa de izquierda francesa que reivindica el legado de la Comuna. Le dedica varios párrafos a H. Rochefort, dramaturgo y excomunero deportado a Nueva Caledonia y retornado con la amnistía a los revolucionarios, y su diario El Intransigente. Menciona diatribas de este periodista con motivo de la muerte de la viuda de Thiers, así como una serie de controversias y escándalos en las que este excomunero se ha visto envuelto. López es categórico en afirmar que la libertad de prensa que se practica en Francia favorece las tendencias subversivas y asociales. Más aun elogia el control de la prensa que existe en la Alemania bisckmariana y lo propone como ejemplo a imitar. Como era, más que previsible, se muestra como un gran admirador del verdugo de la Comuna y del liberal Gambetta. Un dato interesante es que esa admiración por los ejecutores de una política contra revolucionaria se hace extensiva a la figura intelectual que en ese momento simbolizaba un poderoso intento de impugnación de los procesos revolucionarios en el plano de las ideas. Nos referimos a Taine, muy leído en la Argentina de entonces, a quien el autor de La Gran Aldea le atribuye una saludable acción a favor de desmitificar a la revolución francesa y los movimientos que se basaron en su ejemplo (López, Op. Cit., pág. 277). Resumiendo para López la Tercera República parecía constituir algo bastante cercano a un modelo político perfecto. Un modelo digno de ser imitado por los países jóvenes. Solo le criticaba no haber podido desarraigar completamente de su sistema político y su vida intelectual a los remanentes de la insurrección de 1871:

 

Entre tanto, a Dios gracias, y a la Francia, el gobierno republicano sigue su marcha inconmovible. Si algo se le puede reprochar es su indulgencia para con los promotores del escándalo periodístico. Los debates que promueve y sostiene El Intransigente, no representan por cierto la libertad de la prensa, son su más absoluta negación; son el motín y la Comuna, el incendio y la demagogia en el diario. Un extranjero de paso, podría formarse una pésima idea de la sociedad que los presencia y de la autoridad que no los corrige (López, Op. Cit., pág. 350).

Caricatura de Martín García Mérou hecha por Demócrito (Eduardo Sojo), 1899/1990
Imagen 9. Caricatura de Martín García Mérou hecha por Demócrito (Eduardo Sojo), 1899/1990.
Imagen de dominio público

Otro escritor y diplomático argentino, exsecretario de Miguel Cané, visito el París optimista de comienzos de los años 80. Martín García Mérou afirma, en tono entusiasta, que París se lee como un texto. Acá volvemos a encontrarnos con una descripción de la ciudad que toma sus principales monumentos y paseos para revisitar también la intensa historia de la urbe. Cada lugar simboliza un episodio en la historia de Francia que se proyecta sobre el mundo. Por sus páginas pasan la plaza de la Concordia y el recuerdo de la Gran Revolución, la Columna Vendôme y las glorias del imperio. En ese itinerario hay también un lugar para un recuerdo de la Comuna, si se quiere menos lineal, de los que venimos viendo. Porque se centra en el recuerdo de los muertos que siguieron a la derrota del movimiento revolucionario al que, así y todo, no se justifica:

 

[…] aquel parque silencioso y poético de Monceaux nos habla de los desórdenes de la Comune, nos recuerda las mujeres fusiladas en su seno; las Buttes Chau-mont aún guardan en su cumbre más alta las sombras de los ahorcados en Montfaucon, todas las orgías de la barbarie ensañándose en la masa humilde de los oprimidos (García Mérou, 1884, pág. 71).

 

Como se ve, el panorama de las miradas de los argentinos que viajaron a Francia sobre la Comuna en la década que siguió a la revolución presenta un panorama bastante unitario. Para los diplomáticos, literatos y periodistas que llegaban desde el “París del Sur” la revolución de 1871 había sido un episodio, bárbaro y retrogrado, que la nación francesa había logrado superar como había logrado sortear otras fuertes convulsiones en su historia. Más aun la Francia de la Tercera República, que emergió del aplastamiento de la revuelta comunera, era un espejo mucho más digno para mirarse que el Segundo Imperio de Napoleón III. En los testimonios que hemos reseñado se superponen los distintos tipos de “viajes”. En esa superposición la memoria de la crisis de 1870-1871 y la Comuna son como el fiel de la balanza. El testimonio de Ascasubi está más cerca del “viaje consumidor” con el agregado de dar a conocer en París su obra gauchesca que al ser publicada en Francia volvía aureolada por las preces de la capital cultural del mundo. El caso de Orión es más complejo. Su posicionamiento político en Europa lo acercan más al modelo más pretérito de “viaje” balzaciano, que Viñas identificaba con el relato sarmientino, como un ida y vuelta entre periferia/centro en el cual el ultimo termino de esta oposición cumplía un rol legitimador. El elemento americanista de las publicaciones de Varela le dan un tono particular. No por eso deja de aproximarse a lo que será el “Viaje Ceremonial” del que se buscaba volver investido por un capital político adquirido por su familiaridad con el medio político e intelectual europeo y también al “Viaje estético” que no puede separarse del todo del ceremonial. En Cané y López, y sus experiencias más tardías, vemos modelos más claros de “Viaje ceremonial”. Su ceremonia iniciática es la peregrinación a la Tercera República consolidada que lidiaba con el recuerdo de la Comuna, asociado al “viaje estético” que celebraba el renacimiento/permanencia del esplendor artístico y cultural galo. En el registro elegido por García Mérou entendemos que predomina el “Viaje estético” sobre la función iniciática/ceremonial que tampoco está del todo ausente.

En una fecha más tardía, asociada a una conmemoración clave de la historia francesa, el centenario de la toma de la Bastilla en 1889, situamos otro tipo de peregrinación a las fuentes que denominaremos “Viaje Institucional”. Lo identificamos con la misión de la delegación argentina a la Exposición Universal de París de ese año. Los gobiernos argentinos habían participado de las exposiciones celebradas en París en 1867 y 1878 pero sin duda el esfuerzo para participar del evento de 1889 fue inédito.[18] Mientras en París se inauguraba la Torre Eiffel y la Segunda Internacional realizaba su congreso fundacional, la Argentina oficial puso toda la carne en el asador para demostrar que era el país más europeo de América del Sur. Las ponencias argentinas premiadas y los informes sobre distinto eventos laterales serian compilados en un volumen por Santiago Alcorta y editado en Buenos Aires al año siguiente. Dentro de dicha publicación la sección redactada por el educador José B. Zubiaur buscaba resumir las características salientes del sistema educativo francés, que era el de la Ley Ferri, en paralelo con la escuela de la Argentina que estaba concluyendo el proceso de racionalización laica. En un significativo pasaje de este informe se remite a los sucesos franceses de comienzos de los años 70 como punto de partida de la renovación educativa gala y su contemporaneidad con el comienzo del proceso de modernización del aparato educativo argentino.

 

Tiene excepcional importancia esta fecha en la historia de la educación, porque en ellas se echan las bases de su progreso en dos países republicanos: la Francia, debido a un desastre terrible; la República Argentina gracias a un hombre ilustre que, desde el modesto puesto de maestro de escuela, se elevó hasta el sillón presidencial: Domingo Faustino Sarmiento, a quien la América del Sud, hija de la España de Felipe II, que era el absolutismo, y de Torquemada, que era la inquisición, es decir de dos negaciones de toda libertad política y de conciencia, le debe su iniciación, en lo que se considera, a justo título, como la base granítica del progreso de los pueblos: la educación (Alcorta, 1890, pág. 375).

 

En 1896 otro intelectual francés, largamente arraigado en nuestro medio, como Paul Groussac recorrió Europa visitando su país natal. Groussac constataba azorado el auge del anarquismo en el París del affaire Dreyfus y cierto recuerdo laudatorio de la Comuna un cuarto de siglo después de su derrota. Recuerdo expresado en la vigencia de la figura de Louis Michel. Pero para esta época las luchas obreras y la acción de las vanguardias de izquierda ya estaban fuertemente instaladas en la Argentina. En ese sentido el París con remembranzas comuneras que asustaba al liceísta galo director de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires se prestaba un paralelo cercano con la realidad efectiva que se vivía en nuestro medio (Groussac, 1920, págs. 94-107).

Pabellón Argentino de la Exposición Universal de París en Buenos Aires, 1910
Imagen 10. Pabellón Argentino de la Exposición Universal de París en Buenos Aires, 1910. Imagen de dominio público.

 

Exilio, crisis y lucha social

La Internacional, el comunismo, tal vez no sean puede ser sino formas expresivas y dañosas, también de un desequilibrio en orden semejante de diversos hechos; especialmente allí donde el pauperismo ilustrado es como un exceso de población sobre una tierra exhausta; y allí, también, donde se agregan la concentración absorbente de los capitales y la predica fascinadora de las innovaciones, como complicaciones difíciles de esa fiebre de las revoluciones radicales.

(Primer Censo de la República Argentina…, pág. XLIV).

 

Más allá de las, compactas y coherentes, lecturas de hombres de la elite sobre la Comuna, la revolución parisina de 1871 arrojaría otro tipo de influencias sobre la sociedad argentina. La palabra socialismo, en su acepción según distintas escuelas y formulas teóricas, era conocida en nuestro medio desde los años del rosismo y la oposición de exiliados a la dictadura. Se había visto reforzada, en las décadas de 1850 y 1860, por la llegada a la Argentina de exiliados franceses del Segundo Imperio, junto a españoles, italianos y figuras de otros horizontes. Hombres como Alejo Peyret, Victory y Suárez, Florencio Bilbao, Mariano Fragueiro, Serafín Álvarez darían a conocer libros, folletos y publicaciones periódicas que difundieron las primeras nociones socialistas románticas, pre marxistas en un medio que experimento una interesante expansión de la alfabetización y una diversificación de los consumos literarios e intelectuales como era la Buenos Aires posterior a Pavón. No obstante, el impacto de la Comuna y la posterior llegada de emigrados políticos a estas playas conllevaron elementos rupturistas en relación a las primeras etapas de la difusión de las ideas socialistas en nuestro país. Se relaciona con los primeros intentos de organización de movimientos de inspiración socialista con alguna inserción en los sectores de las clases subalternas de las ciudades del litoral argentino. Con las primigenias experiencias de lucha y participación en conflictos clásicos de una sociedad capitalista de parte los asalariados de nuestras ciudades.

 

a) Los exiliados de la Comuna y los franceses en Argentina

Hay demasiadas posibilidades de hacerse pequeño patrón y de explotar a los obreros recién desembarcados como para que se piense actuar de alguna manera

(Carta de Raymundo Wilmart a Karl Marx)

 

Según Hernán Otero la cantidad total de inmigrantes que llegaron de Francia en los años inmediatamente posteriores a la Comuna disminuyo en relación a los últimos años de la década de 1860 (2012, págs. 133-141). Como es obvio, no todos los franceses que llegaron a Argentina en los años siguientes a la crisis de 1870-1871 estuvieron relacionados con la Comuna. No obstante, el flujo de personas que luego de la guerra y la revolución partieron para la Argentina, principalmente desde los puertos meridionales de Bayona y Burdeos, no fue desdeñable En 1871 comenzaron a llegar a Buenos Aires hombres y mujeres que militaron en el movimiento comunero de París y sus secciones en otras ciudades franceses (Marsella, Lyon) El rol jugado por emigrados franceses de la Comuna, junto a militantes europeos provenientes de otros horizontes en los remotos orígenes de las organizaciones obreras y de izquierda en Argentina es un hecho que ya era mencionado en los primeros intentos de recoger testimonios sobre los orígenes del movimiento obrero criollo escritos a fines del siglo XIX. Un rasgo identitario de las izquierdas argentinas fue su origen primigenio mayormente ultramarino y más específicamente relacionado con la llegada de exiliados políticos. Algunas de las historias clásicas del movimiento obrero criollo y de las corrientes de las vanguardias también resaltaban esos orígenes. No obstante, la reconstrucción de un cuadro más o menos completo del rol jugado por los exiliados franceses en el Buenos Aires de la década de 1870 y su papel en la formación de las secciones de la AIT ha sido reconstruido en el último medio siglo por la tarea paciente de distintos investigadores (Segall, Ermolaev, Falcón, Tarcus, etc.).

Los primeros contactos porteños con la Internacional se relacionan con la correspondencia mantenida por miembros de la Sociedad Tipográfica Bonaerense, incluyendo el concurso del español Victory y Suárez, director de la Revista Masónica Americana, con la Federación Obrera Española y el dirigente Fernando Mora. Pero fueron franceses excomuneros que, en 1872, tomaron la iniciativa de formar una sección francesa de la Internacional en Buenos Aires. Junto a ellas se formarían una sección de italianos y otra de españoles. Las seccionales contaron entre sus adherentes a poco menos de trescientos hombres (Falcón, 1984, págs. 39-51). No obstante su membresía parece haber fluctuando bastante en los, un poco más de dos años, que duró este intento de instalación de la Internacional en el medio porteño. Al igual que pasaba en otras latitudes en las secciones de Buenos Aires convivieron, mal o bien, hombres de las distintas tendencias ideológicas presentes en la AIT. Al contrario de lo que sucedía en las secciones formadas contemporáneamente en Montevideo, de claro predominio “jurasiano”, en Buenos Aires los bakunianos parecen haber sido una minoría.[19] Entre los referentes conocidos parecen haber predominado militantes ligados a la corriente blanquista (Desire Jacob, Auguste Bergeron, Alexandre Picard) y algunos pocos alineados con las posiciones de Marx y la corriente hegemónica en el Consejo Federal de la AIT. Este parece haber sido el caso de E. Flasch, presidente de la sección francesa, y autor de una serie de misivas dirigidas al Consejo de Londres.[20] Un elemento que acentuaría el pluralismo de las secciones porteñas sería la incorporación de grupos republicanos radicales que actuaban en el espacio de los círculos anticlericales porteños (especialmente italianos mazzinianos). Elemento que se refleja en algunos documentos de las secciones que señalan cierta oposición a las posiciones colectivistas de algunos militantes.

Resalta el interés que despertaron estos pequeños grupos porteños, tanto en el Consejo Federal de la AIT como en la Federación Española, que vivía en la agitación que llevaría a la proclamación de la I República. Es conocido también él envió a Buenos Aires, por iniciativa de Marx, del belga Raymundo Wilmart con intención de orientar las secciones porteñas. Este vínculo posibilito la primera difusión en la Argentina de textos de Marx: los estatutos de la AIT redactados en 1872. Los internacionalistas publicaron un diario titulado El Trabajador (1872-1874), que estuvo a cargo de E. Dumas. De este periódico no se conservan ejemplares ni se sabe, a ciencia cierta, si estaba publicado en castellano o francés (Cúneo, 1994, pág. 25). Las secciones también publicaron anuncios en los principales diarios porteños dando a conocer sus reuniones y finalidades. A fines de 1874 las secciones porteñas estaban en proceso de disolución. Como señalábamos más arriba en 1874 se habría formado una sección en Córdoba, integrada por artesanos y estudiantes, cuya vida también habría sido efímera. Los principales trabajos de investigación sobre las secciones porteñas de la AIT coinciden en destacar los inconvenientes y límites que debieron enfrentar para insertarse en el medio porteño. Es el balance de una experiencia modesta en el terreno de logros y objetivos alcanzados. No obstante, existe también coincidencia en señalar, como uno de los rasgos más significativos de esta experiencia, su voluntad de vincularse con un ámbito obrero donde comenzaban a percibirse indicios favorables al desarrollo de una organización gremial y la posibilidad de promover acciones reivindicativas de los trabajadores (Sábato, 1998, págs. 270-279).

Conventillo, Buenos Aires,1890
Imagen 11. Conventillo, Buenos Aires,1890. Imagen de dominio público.

No todos los que llegaron a estas playas por razones vinculadas a los sucesos parisinos de 1871 adscribieron a una misma lectura de la realidad de su patria de adopción. Cualquier contextualización que se quiera ensayar sobre el itinerario de los excomuneros refugiados debe tener en cuenta el panorama general de la colectividad francesa en la Argentina hacia 1870. Se trataba de una comunidad menos numerosa que la italiana y la española. Sin embargo, sus miembros tenían una mayor representación, en términos relativos, en: a) espacios directivos de distintos aparatos de estado (educación, cultura, colonización), b) en espacios artísticos, científicos y periodísticos; c) como propietarios, administradores y técnicos en diferentes espacios productivos y económicos y; d) como trabajadores especializados en distintas profesiones. La colectividad francesa, y en su versión ampliada de comunidad francófona (belgas, suizos), era un colectivo cuyo origen étnico-nacional y lingüístico representaba un cierto capital agregado a las capacidades de cada individuo. Lo anterior se aplica también a los exiliados políticos, cuya participación en el movimiento parisino en 1871, parecía presentar más motivos para ser ocultado que exhibido en su patria de adopción, pero sin que corresponda hacer lecturas muy unilaterales del tema.

A la hora de analizar casos específicos de esa Francia exiliada diferenciada de la de los militantes de las secciones porteña de la AIT comencemos por señalar una figura como Boudille, un comunero masón que fundo en la Argentina un diario de tendencia republicana radical como France en América de corta vida (Otero, Op. Cit., pág. 321). Le Republicaine fue un periódico de izquierda editado por Alfredo Ebelot en 1870 en apoyo a Francia en la guerra, y el cual dejó de imprimirse poco tiempo después de desatarse la fiebre amarilla. En este diario colaboró el socialista Alejo Peyret, quien llevaba años de residencia y trayectoria profesional (periodista, director de colonias, profesor) en la provincia de Entre Ríos.[21] El posicionamiento de Peyret ante la crisis francesa de 1870-1871 fue decididamente original. Fue un hombre ligado al proyecto de la Confederación y administrador de colonias en el Entre Ríos urquicista y redactó Project de Constitution pour la République Française, el cual era una propuesta de gobierno federativo para el país que inventó la tradición centralista jacobina. Peyret abrevaba en el federalismo de Proudhon y admiraba al cantonalismo de Pi y Margall. Su identificación con la tradición federal argentina lo condujo, incluso, a simpatizar con el movimiento de López Jordán. Su proyecto de constitución fue acompañado por una carta a Thiers en donde sintetizaba una evaluación bastante contemplativa con el ejecutor de la política de represión de la Comuna:

 

Es, pues, la consagración de la experiencia y dado que el pueblo francés os ha confiado la misión de hacer un nuevo ensayo de República, me atrevo a prometerle, y prometerle al pueblo mismo, que si acepta sus bases, será coronada con un éxito pleno y que nosotros saldremos de este temporal revolucionario, lleno de convulsiones y ansiedades, de catástrofes periódicas y reacciones sangrientas, para entrar en una era de desarrollo pacífico y regular que sabrá conciliar el progreso con la conservación, y la libertad con el orden (Cit. en Tarcus, 2020, pág. 133).

 

Estamos sin duda muy lejos del socialismo de la Internacional. Es interesante contraponer la lectura de la realidad de Peyret con la de Raymundo Wilmart, el belga enviado por Marx a organizar las secciones porteñas de la AIT. Los historiadores que han trabajado la correspondencia de Wilmart con el consejo de Londres han resaltado sus dificultades para comprender algunos aspectos de la realidad argentina. El carácter heterogéneo de los sectores populares porteños que el belga asociaba con el deseo de convertirse en pequeño patrono o propietario de tierra y su calificación de los movimientos federales provincianos como disputas intestinas inconcebibles en un estado moderno. La anterior evaluación lo llevó a alistarse junto a las fuerzas nacionales para combatir un movimiento como el de López Jordán que, es bueno no perder de vista, era contemplado desde los ámbitos gringos como sospechoso de contener algún rasgo xenófobo (Di Meglio, 2012, págs. 207-208). Es bueno aclarar que Peyret estaba en una completa soledad dentro del espacio republicano radical y socialista de la Argentina en su apoyo al movimiento entrerriano enfrentado al gobierno central que lo liquidaría a fuerza de ametralladora y Remington con la misma eficacia genocida con la que Thiers líquido a la Comuna. Es interesante comprobar que, así como a Wilmart, recién llegado de Europa, le costaba comprender los movimientos del “país profundo” a Peyret, radicado desde hacía casi dos décadas en la Argentina, le costaba comprender a los descamisados de París que se habían lanzado a tomar el cielo por asalto ante el derrumbe del imperialismo bonapartista. Ambos terminarían sus días en su patria de adopción como profesionales e intelectuales prestigiosos y muy alejados de los movimientos de las masas insurrectas.[22] En relación al espejismo del ascenso social que señalaba el enviado de la AIT en Buenos Aires podemos mencionar el trayecto en la argentina de Joseph Daumas, participante de la revolución española de 1868 y miembro del movimiento comunero en Marsella. Instalado en Buenos Aires, se convirtió en un próspero fabricante de cigarrillos. Fue miembro fundador del Club Industrial y parte de la delegación argentina en la Exposición Internacional de París en 1878. Daumas no abandonó su militancia socialista y años después estaría entre los fundadores del Partido Socialista.[23]

La Francia oficial en la Argentina expresada por el consulado francés y por la elite comunitaria que se reunía en el elegante Club Francés, calle del Buen Orden entre Victoria y Potosí, fue, por supuesto, hostil a la presencia comunera. Un informe consular de 1876 afirmaba que no se había registrado la presencia de ningún dirigente importante de la Comuna en Buenos Aires. Otro informe consular de 1880 señala que se había realizado una fiesta en Buenos Aires celebrando el 18 de marzo como aniversario del movimiento comunero: “los pobres no han aprendido ni han olvidado nada. Hablaron de revancha en sus discursos y emitieron la esperanza del próximo triunfo de sus criminales locuras” (Otero, Op. Cit., págs. 136-137). El ámbito de frecuentación comunitaria más propia de los franceses laburantes de tendencias socialistas, incluyendo excomuneros, fue el Hospital Francés, que funcionaba también como espacio mutualista. Así lo recordaba la dirigente socialista Alicia Moreau, hija de Armand Moreau un ex comunero, que llegó tardíamente a Buenos Aires, a fines de 1880 luego de un largo exilio en Londres (Alberti, 1985, págs. 27-34). En 1878 llegó a la Argentina Gobley un excomunero de ideología anarquista que había sido compañero de prisión de Eliseo Reclus (Rama y Cappelletti, 1990, págs. XIV-XV).[24] Otro caso de arribo diferido y tardío a nuestro territorio es el de Arturo Dupont, un excomunero que había trabajado junto a Louise Michel. Vivió un tiempo clandestino y, a fines de la década de 1870, emigró con su familia a Chile[25] desde donde pasó a Córdoba y luego a Rosario donde se estableció en 1880.[26] En 1885 un grupo de excomuneros que arribó tardíamente a Buenos Aires formó una cooperativa de consumo de vida efímera (Repetto, 1944, págs. 85-86).

Las historias de vida de los inmigrantes suelen ser densas, diferidas y susceptibles de ser recuperadas una y otra vez. En la Argentina la memoria de los sucesos de 1870-1871 se hizo también presente en la formación de sociedades de veteranos de la guerra contra Prusia. En las exprovincias francesas del este, devastadas por la guerra y anexadas al imperio alemán los agentes de emigración argentina hicieron bastante propaganda entre gente que cuando llegó a nuestro país lo hizo oficialmente como “alemanes” (Otero, Op. Cit., págs. 124-126). Gente que dejaría su huella en el mundo de la colonización agrícola del interior argento. Durante su épico recorrido por las colonias de la Argentina, en su carácter de socialista-funcionario, Don Alejo Peyret trazó un vivido retrato de aquella Argentina profunda y gringa a la vez. En este viaje, realizado en 1882, el colono socialista se topó con franceses revolucionarios de 1848, defensores franceses del Montevideo sitiado por Oribe, veteranos de la guerra de Crimea y soldados de 1870-1871 que, en algunos casos, también habían vivido la experiencia de la Comuna. Recorriendo el Paraguay, que se iba levantando de la postración que siguió a la guerra de la Triple Alianza, encontró a un francés agrimensor que había peleado contra los prusianos y otro camarada de armas del anterior (Peyret, 1889, vol. II, pág. 308). En las noveles colonias del Chaco encontró a un francés que había servido en el frente de batalla a las órdenes del futuro “revanchista” Boulanger (ibid., pág. 378). En Santa Fe a un polaco que había peleado con los franceses contra los prusianos (ibid., vol. I, págs. 245-246). En el Chaco austral Peyret conoció a un migrante lorenés que no pasaba desapercibido. Durante la guerra de 1870-1871 había integrado un cuerpo de francotiradores que no formaba parte formalmente del ejército galo. De esa forma hostilizaron a los alemanes en la frontera de los Vosgos atrincherados en bosques y desfiladeros. El francotirador relataba que cuando sus camaradas caían prisioneros de los prusianos estos los fusilaban sin proceso considerándolos “irregulares”.

 

Nuestro francotirador convertido en soldado regular fue hecho prisionero de guerra y llevado a Magdeburgo. En estos últimos tiempos leyó los folletos de los agentes de propaganda hacen repartir en Europa, y se decide a emigrar. La Francia, la Europa entera acosada por la guerra, la paz armada, por la militarización a todo trance, por las contribuciones exorbitantes, por un vicioso régimen económico, político y social, por agotamiento y empobrecimiento del suelo, en fin, por mil formas de decadencia, desde que no se resuelve a aplicar justicia en proporciones humanas, no tiene más remedio para salir de apuro: emigración, expatriación de sus hijos desheredados. La Europa se acerca a una crisis suprema, un cataclismo espantoso; parece atacada de locura, de monomanía furiosa, y no es extraño que sus hijos huyan de ese infierno del cual tantos errores acumulados y tantas preocupaciones egoístas, han desterrado la más remota esperanza. América debe prepararse para recoger los despojos de aquella, y sobre todo para no incurrir los mismos errores, porque si no, ¿para qué le servirían las lecciones de la historia? (Peyret, Op. Cit., vol. II, págs. 444-4458).

 

Luego de esta vigorosa declaración de fe en el progreso humano por las vías pacíficas Peyret sigue su gira. Lejos de cualquier chauvinismo nostalgioso Don Alejo visitó en Villa Libertad (Entre Ríos) la casa de un colono alemán veterano de la guerra austro-prusiana y de la guerra contra Francia que tenía en su casa retratos de Guillermo de Prusia y de oficiales alemanes. En el mismo pueblo vivía el francés Paulo Coulin que leía diarios en su lengua materna, publicados en Suiza, y que le preguntaba al profesor socialista si tenía noticias de como andaban las cosas en el viejo mundo y si la hegemonía la estaban arañando los germanos o los eslavos (Peyret, 1889, vol. I, pág. 104). ¡Visitas que le generaban a Peyret una reflexión marquetinera sobre porque los europeos en vez de seguir rompiendo lanzas entre ellos no emigraban a la Argentina a hacerse colonos! Peyret viajó en tren desde Colonia Esperanza a San Cristóbal, en compañía del cónsul galo Arturo Flajolet, excombatiente que había servido en un clásico regimiento de zuavos. En compañía del diplomático conocería a varios veteranos más. Entre ellos el señor Wart, un belga que trabajo de molinero, de periodista y fue representante de la casa Lejoune en Colonia Esperanza:

 

Refiere el señor de Wart que ha presenciado el sitio, o mejor dicho los dos sitios de París, en 1870-1871; estaba entonces empleado en los famosos molinos del señor Darblay, en Saint Maur, que abastecen la plaza de París. Encontrase varias veces en serios aprietos, sobre todo durante el reinado dé la comuna, faltando poco para quedar comprendido entre los proscriptos de aquella terrible lucha. El señor de Wart creé que los generales que defendían la capital de Francia no quisieron hacer la guerra seriamente, porque les sobraban elementos para llevar una ofensiva vigorosa al sitiador; los conservadores los reaccionistas, los bonapartistas querían a todo trance capitular para resucitar el imperio derribado o una monarquía cualquiera (ibid., págs. 225-226).

 

El recuerdo de la guerra y la revolución se proyectaba sobre la Pampa gringa. Es interesante el testimonio sobre estos colonos con experiencia militar, como soldados o revolucionarios, desparramados en la geografía de la Argentina en la época de la “Pax Roquista”. Aquel país donde el estado central había acabado con los levantamientos federalistas y los malones pampas, pero donde no se habían agotado completamente las posibilidades de emplear las armas. Como le pasaba a los colonos gringos del bosque chaqueño en combate contra los indios mocovíes y tobas; a los colonos santafesinos que solían protagonizar movimientos violentos contra las autoridades municipales, disputas entre colonias, menudos conflictos confesionales y luego en las revoluciones radicales; a los gringos establecidos en Tucumán o Catamarca que enfrentaron algunos levantamientos con connotaciones xenófobas en los años 80 o a los colonos de Entre Ríos, la provincia de Buenos Aires y los territorios patagónicos en guerra contra matreros y bandidos rurales. El colono con experiencia militar ultramarina era un personaje singular en ese mundo de pequeñas “repúblicas” gringas celosas de su particularismo y autonomía en el extenso territorio de un país en el cual el estado nación todavía no terminaba de afirmar su control en profundidad. Episodios que eran como la sombra de una argentina profunda que se negaba a morir y se proyectaba sobre el sueño de la argentina de la “Paz y la administración”.

 

b) El Buenos Aires de los Comuneros: epidemias, marginalidad y primeras huelgas

En términos estadísticos, el Buenos Aires al que llegaron los exiliados de la Comuna es el del primer censo nacional de 1869. El censo que arrojó como principales datos de la realidad que el país tenía 18,777,490 habitantes lo que se traducía en una muy baja densidad de población en todo el territorio dato que contrastaba con el crecimiento marcado de la población en las ciudades del litoral que concentraban un número cada vez mayor de la masa de inmigrantes que llegaban a nuestras playas. Las cifras del censo también permitían apreciar la paulatina formación de un mercado de trabajo capitalista en Buenos Aires y Rosario. De las conclusiones de este censo, publicadas en 1873, hemos extraído el párrafo que encabeza este punto del trabajo en donde se menciona palabras como “Internacional” y “Comunismo” y que expresa el temor a un estallido. Téngase en cuenta que estas palabras fueron dichas en vísperas de que sintieran en estas playas los efectos de la crisis económica de 1873-1876 que acentuarían los síntomas de conflicto social.

El Buenos Aires de 1871 era una sociedad en la que salían a la luz los efectos no deseados de las transformaciones estructurales que se estaban experimentando. Podemos sintetizar estos fenómenos alrededor de algunos ejes principales: a) Los efectos de las grandes epidemias incluyendo la estigmatización de los migrantes pobres; b) la visibilización del mundo de la marginalidad urbana en expansión por los efectos de la desocupación; c) Indicios de indisciplina laboral y descontento en el medio urbano. Ya la epidemia de cólera de 1867 había generado temor y alguna desusada manifestación de vecinos pidiendo la renuncia de la corporación municipal (Brailovsky y Foguelman, 1990). Los informes de las comisiones de higiene parroquiales, creadas durante las epidemias, describen episodios de resistencia en los desalojos violentos de conventillos de inmigrantes durante la epidemia de 1871. También recogen quejas de los vecinos del centro de la ciudad que se niegan a pagar contribuciones sino se garantiza la eliminación de mendigos de las calles y pedidos de expulsión de hornos de ladrillos, saladeros y otros establecimientos considerados insalubres (De Lucia, 1995b). Se trataba de un escenario social donde no eran desconocidas las tensiones entre ricos/pobres y aun esbozos de conflicto salarial aunque la organización de las clases subalternas se encontraba en un plano pre político siendo su principal espacio la sociedad de socorros mutuos. Sin embargo, contamos con noticias de protestas y conflictos laborales esporádicos, en Buenos Aires y otros lugares del litoral, desde la década de 1850. Acciones producidas, mayormente, sin organización previa y sin continuidad: a) una curiosa huelga de coristas en el Buenos Aires de 1855; b) episodios violentos en las obras del gasómetro de Buenos Aires (1856); c) distintos conflictos y abandonos de tareas en los saladeros enterrianos (1858-1862); d) abandono de tareas de serenos porteños (1871); e) una exitosa huelga de lancheros del Riachuelo (1871); f) huelga de costureras (1872); g) huelga de los aguateros en Rosario que dejan a la ciudad sin agua por tres días (1877).[27] Conflictos que precedieron a la gran huelga de los tipógrafos de 1878 que fue la primera que contó con una organización gremial previa. A partir de 1874 los efectos de la crisis económica mundial, combinados con la crisis política (Revolución mitrista de 1874 y sus coletazos hasta la Conciliación de 1877), acentuaron este clima de conflictividad. Esta atmosfera, parte de la crisis, incluyó alguna cuota de xenofobia en el interior de las clases subalternas. La correspondencia de las secciones de la AIT lo señala, pero también se mencionan en panfletos y otras referencias provenientes del medio porteño más tradicional. En el carnaval de 1876 la comparsa afro argentina 6 de enero cantaba:

 

Apolitanos
usurpadores
que todo oficio
quitan al pobre
si es que botines
sabes hacer.
Porque ese oficio
no lo ejerces.

(El Carnaval de Buenos Aires, 28, 29 y 30 de febrero de 1876)

 

Es en ese medio en que los internacionalistas, que comenzaron un proceso de reorganización en 1875, publicaron un manifiesto, redactado por el excomunero Stanislas Pourille, en el cual decían:

 

Vengan a nosotros trabajadores ricos o pobres, nosotros probaremos que la fraternidad no es una palabra vana, recurriremos a todos los medios para combatir la funesta asociación internacional de parásitos, es decir, la clase que vive y goza de los frutos de la tierra y de la industria a expensas de aquellos que trabajan y sufren. Queremos, ante todo y por sobre todo, hombres probos e inspirados en el amor a la libertad, a la igualdad y a la fraternidad; arrojamos de nosotros el egoísmo, la avaricia, el agio, el libertinaje y la prostitución. (Cit. en Sábato, 1998, pág. 257 [en francés]; Tarcus, 2013, pág. 110 [en castellano]).

 

Esta fue la forma en que un grupo de militantes heterogéneo y plural como los internacionalistas de 1870 interpelaba a ese mundo formado por artesanos independientes, jornaleros temporales, oficiales de oficios y hasta pequeños patronos azotados por la crisis. Se ha señalado (Sábato, 1998; Tarcus, 2013) las distancias entre este texto y los manifiestos políticos de la AIT y el socialismo europeo de esos años. El predominio de elementos moralistas sobre planteos programáticos y la ausencia de una delimitación más precisa del campo obrero en términos clasistas. No era la lucha de los proletarios contra los burgueses. Era la lucha de las “clases industriosas” contra los “parásitos” monopolizadores de la riqueza. Por nuestra parte queremos resaltar que los historiadores que estudiaron los comienzos de organización de los industriales porteños en 1870 (Chiaramonte, Panettieri, Cúneo) presentan un panorama semejante del otro lado de la frontera de las relaciones entre capital y trabajo. Los manifiestos y órganos del Club Industrial (1875) mezclan elementos programáticos con apelaciones pre políticas y una concepción no muy homogénea del sujeto a construir. Acá también nos encontramos con una base social donde convivían empresarios de pequeñas fábricas, con artesanos independientes o gente que alternaba la explotación de un pequeño taller con la concesión de un puesto en un mercado de abasto e incluso su trabajo temporal como asalariado. Estos industriales eran un bloque unido por su carácter marginal frente a la elite económica del país, por sus dificultades para poder gestionar mejores condiciones frente a los poderes públicos y por algunas reivindicaciones concretas (Reclamo por el acceso al crédito, por tarifas protectoras, etc.). Unidad que no siempre presentaban frente a las incipientes demandas de los trabajadores que no eran uniformes ni afectaban a todos los “industriales” por igual. No era raro encontrar en las páginas del Industrial, órgano del Club, artículos con citas de autores socialistas y aun de un personaje tan asociado al temido nombre de la Comuna, como Proudhon. No obstante durante la campaña de 1875-1876, a favor de una política arancelaria proteccionista, el órgano de los industriales afirmase que un arancel alto era la única solución posible para que no se produjera una revolución como la de París en 1871 (El Industrial, 1 de noviembre de 1875).[28] Sin duda una radiografía del mundo de los trabajadores y de los industriales porteños y sus formas incipientes de organización durante la crisis de 1873-1876 parecen apoyar la tesis thompsoniana de que las clases van definiendo su identidad a través de sus experiencias de lucha que le permiten ir identificando sus antagonistas sociales. En este caso también se aplica aquello de que la mejor forma de leer la realidad no es concibiéndola como una imagen fija sino como una imagen en movimiento.

 

c) El pánico “comunero” de 1875

Los propósitos de la asociación internacional, son subversivos del orden social, pues combate a los propietarios, a quienes denomina Internacional de parásitos, y del orden político, puesto que quiere hacer del Gobierno y de las leyes, un patrimonio exclusivo de la clase obrera, erigiéndola en una oligarquía organizada para su propio provecho, en una casta privilegiada.

(Dictamen del juez de la causa de los Internacionalistas
presos en Buenos Aires en marzo de 1875).

 

Los efectos de la crisis económica en la Argentina agroexportadora se dejaron sentir en el aumento de la desocupación y la marginalidad cuya percepción, como vimos, estaba instalada en el medio porteño, desde comienzos de la década. No obstante, en el bienio 1875-1876 se multiplican los testimonios (Discursos parlamentarios, correspondencia, informes consulares) que expresan el temor al desorden e informan sobre aspectos particulares de la crisis. Resaltemos como un elemento interesante las numerosas referencias al retorno de inmigrantes recién llegados por las dificultades de conchabarse en las ciudades argentinas a efectos de la recesión. La crisis económica se potenció con la inestabilidad política que caracterizo el primer bienio del gobierno de Nicolás Avellaneda. La puja entre los partidos políticos de la elite reforzó los vínculos entre sus cúpulas y las redes de dirigentes de distintos espacios pertenecientes a comunidades étnico nacionales (migrantes europeos, afroargentinos). Relaciones que no eran nuevas pero que adquirían una magnitud distinta en el actual contexto. Siendo una expresión directa de la reactivación de vínculos políticos de este tipo la agitación anticlerical que se viviría en 1875 con el protagonismo de varios referentes de las colectividades italiana y española.

Muchos fantasmas circulaban en Buenos Aires en el primer verano de la presidencia de Taquito Avellaneda. Un mes antes de la agitación que estallara en febrero, El Mosquito comentaba que un grupo de vecinos del radio céntrico estaba haciendo una campaña puerta en puerta para conseguir apoyo para un petitorio que solicitase que no se realice el carnaval de ese año invocando “El estado del País”. La publicación satírica, fuertemente alineada con el autonomismo, insinuaba que se trataba de manejos de caudillejos mitristas que estaban fomentando un clima de inestabilidad que favoreciese sus proyectos golpistas (El Mosquito, 24 de noviembre de 1875). Los sucesos que rodearon al incidente en el Colegio del Salvador son bastante conocidos. Ante la decisión del arzobispo Aneiros, militante del autonomismo, de reintegrar el control de establecimientos eclesiásticos a la orden jesuita, se formaron una serie de clubes universitarios y parroquiales oponiéndose a la medida. Pronto se hicieron eco de esta iniciativa varios de los principales diarios porteños y órganos periodísticos de corte anticlerical, en algunos casos con vínculos con el mitrismo. El 28 de febrero se realizó un Mitin en el Teatro Variedades, recinto habitual de este tipo de reuniones. Luego una nutrida manifestación partió de Plaza Victoria y recorrió las calles de la ciudad repitiendo consignas antijesuitas. Columnas de manifestantes exaltados se dirigieron hasta el Colegio de El Salvador al que invadieron de forma violenta y, ante la ausencia de la fuerza policial que llegó a las tardadas, prendieron fuego el establecimiento. Este episodio arrojó como saldo algunas víctimas fatales. Los días siguientes los clubes universitarios que convocaron la movilización y la mayor parte de la opinión pública tomaron distancia de los incidentes. El gobierno decretó el estado de sitio (Di Stefano, 2010, págs. 238-245). El 14 de marzo la policía allanaba la casa de Pedro Cuq, en el barrio de Monserrat, donde funcionaba la sección francesa de la AIT que, como vimos, estaba ensayando un proceso de reorganización. Durante un par de semanas los principales diarios porteños (La Tribuna y El Nacional) publicarían titulares alarmistas “La Internacional entre Nosotros”, “La Comuna en Buenos Aires”.

 

Aaa La Tribuna ha despertado a la población de Buenos Aires para avisarle que una sociedad infernal que se preparaba a asaltar a sangre y fuego a las autoridades nacional y provincial, así como a las personas expectables por su dinero, ha sido sorprendida por nuestra policía y reducidos a prisión sus caudillos principales, salvando así a este pueblo de un escándalo idéntico al de la Comuna de París (La Tribuna, 18 de noviembre de 1875).

 

El propio expresidente Sarmiento, en un artículo de La Tribuna, sostuvo que la noche de la manifestación se salvó por poco de la quemazón el Convento de los Franciscanos en Monserrat y agregaba que en Barracas se intentó quemar una iglesia. Menciona al pasar a los internacionalistas a los que describe como un grupo establecido hace cuatro años en La Boca integrado por criminales orgullosos de serlo (La Tribuna, 6 de marzo de 1875. Rep. en Sarmiento, 1887, vol. XLII, págs. 5-11).[29] Por oposición El Mosquito ironizaba sobre el “descubrimiento” de los comuneros incendiarios que había realizado la policía bonaerense en las seccionales de la AIT. La revista recordaba que las secciones publicaban anuncios sobre sus reuniones en los principales diarios porteños desde su aparición en 1872 (El Mosquito, 14 de marzo de 1875). Pocos días después el juez actuante en la causa que se abrió dejo en libertad a los internacionalistas. El eje de la discusión se fue desplazando a la puja entre gobierno y oposición sobre la pertinencia del estado de sitio y cosas así. La sección francesa de la Internacional no volvió a ponerse en pie. En julio de 1875 el Communards Stanislas Porille comenzaría a editar Le Révolutionnaire, revista quincenal en francés, pero como un emprendimiento particular.[30] No obstante el terror a los “incendiarios” no se esfumó así nomás. En septiembre el descubrimiento de un grupo conspirador liderado por Bookart, un tipógrafo mitrista, volvió a agitar el fantasma de levantamiento “comunero”. Se afirmaba que el referente masón de La Boca Spiro Ungaro pensaba a aportar a 1000 carbonarios italianos de su barrio y que el director del Correo Español Enrique Giménez, traería 700 catalanes (Chianeli y Galmarini, 1975). También gente de los Corrales donde el mitrismo pisaba fuerte. En San Isidro la policía encarcelo a un grupo de gringos masones acusados de promover una revuelta con tachos de petróleo y tea (La Pampa, 30 de septiembre de 1875). En noviembre se publicó en los diarios una carta del canciller Bernardo de Irigoyen que, luego de una reunión con agentes consulares extranjeros, mencionaba la posibilidad un posible levantamiento social protagonizado por gringos. Se veía comunistas por todos lados. En un tono irónico salía a la luz la revista anticlerical satírica, de filiación mitrista, El Petróleo órgano de las ultimas capas sociales y las primeras blusas comunistas con caricaturas de incendiarios y todo lo demás. Los diarios porteños publicaban noticias sobre procesos a indígenas que habían protagonizado levantamientos agrarios en la lejana Puna de Jujuy entre 1872 y 1875 y pintaba a estos quechuas y aimaras de pura cepa como sicarios de los “comunistas que incendiaron París”. [31]

Los autores que han trabajado en particular esta coyuntura tienden a resaltar la casi nula participación de los miembros de las secciones de la AIT en la manifestación del 28 de febrero. Nadie le atribuye una participación de tipo estratégica u orgánica a los internacionalistas en este suceso. Se ha destacado que el mismo día de la manifestación estaban reunidos sesionando. También que en las discusiones de los días posteriores se desistió de emitir un comunicado crítico contra los ataques a la masonería y que, a su vez, la Revista Masónica Americana también deslindo campos con la Internacional. Se resaltan los posibles vínculos del espacio internacionalista con la agitación revolucionaria mitrista y su relación lateral con la agitación anticlerical que ganaba una audiencia inédita hasta el momento. En el trabajo citado de Chianelli y Galmarini sobre la agitación de 1875 se resaltaba más la posibilidad de convergencia de sectores de izquierda en la agitación inter burguesa que atravesaba la capital argentina. Falcón no descartaba la posibilidad de alguna convergencia entre sectores socialistas y anticlericales en algún tipo de acción que excediera el marco de los conflictos políticos y partidarios entre mitristas y alsinistas (Chianeli y Galmarini, Op. Cit., pág. 55). No creía tan imposible la posibilidad de un estallido. Tarcus piensa que un espacio ideológicamente heterogéneo y poco consolidado como las secciones de la AIT, de no mediar la intervención policial, podrían haber llegado a constituir un polo de reagrupamiento de tipo anticlerical, un poco más a la izquierda, del espacio de las logias masónicas y los referentes laicistas (Tarcus, 2016, págs. 114-115). Tanto Tarcus como Sábato, que ampliaron la cantidad de fuertes documentales disponibles, tienden a minimizar la capacidad de este grupo en el sentido de poder lograr una inserción de cierta entidad en el medio obrero porteño. El hecho que el intento de refundación de la sección francesa no superase un desafío como la intervención policial y el encarcelamiento, por poco tiempo, de sus militantes parece abonar la idea de que se trataba de un grupo con serias dificultades para garantizar un mínimo de operatividad. No obstante, Sábato reconoce que su presencia y su convocatoria a los trabajadores porteños no pasó desapercibida para los poderes públicos en un medio atravesado por la crisis (1998, pág. 267). Falcón, aun reconociendo también las dificultades que tuvieron que enfrentar las secciones porteñas para funcionar, sostenía que parte de sus miembros habrían tenido alguna participación en los movimientos de trabajadores que se producirían en el trienio siguiente al pánico de 1875 (ibid., pág. 52).

¿Qué balance podemos hacer del pánico de 1875 en base al actual estado de la cuestión? Más allá de una serie de circunstancias que se relacionan con la dimensión fáctica del proceso (el uso de los internacionalistas como chivos expiatorios, el alarmismo oportunista de la prensa, los oscuros vínculos entre dirigentes del mitrismo con los ámbitos de inmigrantes y grupos marginales, etc.) es indudable que el clima que se vivió en Buenos Aires durante buena parte del año 1875 fue de una inquietud auténtica. Creemos que sería un error pensar las acciones llevadas adelante por las autoridades como un mero montaje instrumental a los objetivos del poder político de turno. La situación económico y social que atravesaba Buenos Aires revista un grado de deterioro que no tenía precedentes. Todos los testimonios que se conservan describen la manifestación del 28 de febrero como de una masividad desconocida en el medio porteño (varios miles de personas, veinte mil y hasta treinta mil manifestantes). El grado de virulencia de las acciones que la acompañaron, tomando como el objetivo espacios religiosos, también marcaban un elemento disruptivo cuya dimensión es difícil de exagerar. Hay razones como para pensar que el poder político se enfrentó ante una situación que sintió que no podía encarar con los criterios usados hasta el momento para conservar el orden en el medio urbano. Más allá de las diferencias que pudiera existir entre los pequeños núcleos de internacionalistas y los grupos anticlericales más clásicos, era prácticamente imposible que las secciones de la AIT, no cayeran bajo la lupa de los aparatos de estado con función represiva de la disidencia política y social. Más si tenemos en cuenta que las secciones habían expresado, públicamente, su vocación por ligarse al medio obrero para motorizar luchas reivindicativas de los derechos de los asalariados en medio de una crisis. Más allá de los inconvenientes estructurales que el espacio de las secciones había experimentado a la hora de lograr insertarse en el medio obrero desde su fundación en 1872 hubiera que hacerse la siguiente pregunta. ¿Qué posibilidades de ampliar su audiencia en el medio laboral y el mundo de los pobres urbanos se abrían para los grupos internacionalistas con el agudizamiento de los efectos negativos de la crisis económica y la crisis política, salpimentada con la agitación anticlerical que atravesaba la ciudad en el verano de 1875? Muchos testimonios de la época parecen indicar que dichas posibilidades no eran pocas y que sus consecuencias eran imprevisibles. El pánico comunero fue producto de una lectura impresionista, pero no completamente fuera de la realidad, que la opinión pública del Buenos Aires oficial realizó de una situación inédita en la vida de la gran urbe en transformación. La posibilidad de que las movilizaciones masivas de signo anticlerical pudieran re editarse alrededor de reivindicaciones económicas y sociales no era tan peregrina.

León Federico Aneiros
Imagen 12. León Federico Aneiros, imagen de dominio público.

De hecho, una mirada atenta al medio porteño en el trienio que siguió al pánico de 1875 parece abonar la idea de que no se trataba de una coyuntura tan impermeable para la acción de un grupo de militantes de izquierda que intentaran penetrar en los medios obreros y populares. No puede pasarse por alto que esos años asistieron a la realización de huelgas exitosas: aguateros de Rosario (1877), tipógrafos (1878) y cigarreros (1879) en Buenos Aires. Siendo la de los trabajadores de imprentas la primera organizada por un gremio y contando la de los cigarreros con la influencia de militantes del movimiento ácrata que había llegado para quedarse (Godio, 1988, págs. 64-66). Parece ser incluso que en 1879 hubo un intento de reflotar las secciones internacionalistas alineándose con la Internacional que habían armado los libertarios luego de la disolución de la AIT en 1876 (Giménez, 1927, pág. 33). Ese mismo año se produjo una masiva movilización popular contra el aumento de impuestos. En los últimos años de la década vieron a la luz diarios de inspiración socialista o anarquista, por lo general de vida efímera, (Révolutionnaire, Descamisado, La Luz, La Vanguardia) a la vez que los diarios de la comunidad afroporteña acentuaban su perfil reivindicativo en términos de igualdad racial pero también social.[32] La crisis producida en Buenos Aires alrededor del movimiento porteñista de Carlos Tejedor contra la candidatura de Roca (1879-1880) implicó una importante movilización de sectores populares tanto gringos como criollos. Movilización que no revistió rasgos de autonomía frente a la elite pero que habla a las claras del peso cada vez mayor que revestía la presencia plebeya en una coyuntura como la crisis de final de la década.[33] Como el estado de la cuestión lo indica la participación popular en el espacio público no comenzó en 1875 pero a fines de dicha década una parte de las movilizaciones y acciones reflejaban otra composición social, otras características y otros objetivos.

 

La comuna en la historia de los pánicos de la ciudad puerto

a) Esclavos, mazorqueros y mascaras

La máscara era inviolable hasta Sadowa, y bajo cuyo amparo se ejercían las intrigas políticas, las venganzas personales, las aventuras amorosas, etc.; que daban por resultados asesinatos, raptos, revoluciones y un sinnúmero de misterios que han perpetuado la fama de aquella fiesta. Tan bien pintada por Byron, interpretada por Regnanrd y cantada por Camps.

 (Pedro Scalabrini en El Librepensador, 6 de agosto de 1878).

 

Ochenta años antes de la paranoia comunera de 1875, la Buenos Aires colonial había sufrido otro pánico ligado a temores llegados desde territorio francés. En 1795 el descubrimiento de cierta inquietud entre esclavos y jornaleros de la zona cercana del Riachuelo derivó en la movilización de las milicias por el alcalde Álzaga y el encarcelamiento y tortura de los conjurados que se creía habían sido alentados por agentes franceses para promover un gran levantamiento de esclavos que haría empalidecer a la revolución de Santo Domingo. Un episodio que, según todo parece indicar, involucró una cantidad pequeña de personas pero que le paro los pelos de punta a los poderosos de la aldea capital del virreinato. La “conspiración de los franceses” sería el primer pánico revolucionario que la pequeña ciudad-puerto, ligada al espacio Atlántico, experimentaría a lo largo de su historia (Johnson, 2013, págs. 203-238). Para los tiempos que procedieron al terror comunero de la década de 1870 convivían en el imaginario social bonaerense una serie de imágenes de la violencia y el desorden relacionadas con los conflictos intestinos de un centro político neurálgico como era Buenos Aires desde la ruptura del orden colonial. Hasta comienzos de 1870 las imágenes de la violencia del miedo y la sedición remitían a una cierta concepción del espacio, físico y mental, concebido como a un pequeño mundo urbano, casi aldeano, donde las relaciones eran cara a cara y las formas de control social se ejercían persona a persona. Pensemos que Buenos Aires era una ciudad que nunca había conocido el “motín de hambre”, ni la revuelta antifiscal violenta típicos conflictos de la plebe urbana de las sociedades pre industriales de Europa Occidental pero que también habían tenido su versión en las ciudades coloniales de los Andes y Mesoamérica.

La Buenos Aires que comenzó una vida política moderna después de Caseros guardaba una memoria reciente de las formas de violencia política de la era rosista. Se trataba en ese caso no de la memoria de disturbios plebeyos sino de una violencia para estatal ejercida desde el poder. Se trataba de una memoria oficial integrada en la dimensión simbólica del orden político nacido de la derrota del rosismo y de la resistencia al asedio urquicista. La imagen del mazorquero degollador presente en la iconografía, en el folletín, en la novela (El Matadero, Amalia, Los misterios del Plata) y en los memorialistas (Wilde, Calzadilla, Berutti, etc.) era parte de un imaginario de la violencia en una pequeña ciudad, que había sido sede de un poder autoritario de base rural, apoyado en una “plebe bárbara”.[34] El Buenos Aires liberal y optimista de la década de 1850 leería ese pasado violento desde el punto de vista de un orden político que se identificaba con los valores de la vida urbana y la modernización. Uno de los elementos incorporados a la nueva cotidianeidad de la ciudad fue el carnaval prohibido en los años finales del rosismo. Para el periodismo porteño, desde los años del cisma, el Carnaval fue considerado una muestra de la solidez del orden político cuando se relajaban los controles sociales y la regimentación de los fastos populares.[35] Un artículo de La Tribuna, comentando los bailes de máscaras de 1854, aseguraba que Rosas habían mandado prohibir las fiestas del carnaval porque era un dictador paranoico que temía la concentración de gentes con máscaras (La Tribuna, 24 de julio de 1854). En esta suposición que un pequeño grupo de hombres enmascarados podría dar un golpe exitoso contra el aparato policial y militar rosista apreciamos un claro sabor a pasado aldeano que se resiste a morir. En el verano de 1857 un artículo de El Nacional, sobre los carnavales, resaltaba que en una ciudad atravesada por ácidas polémicas políticas los jefes de las distintas fracciones partidarias habían asistido, a cara descubierta, a los bailes en los teatros rodeados de hombres enmascarados (El Nacional, 23 de febrero de 1857). Los reglamentos municipales de esos años prohibían completar los disfraces con ningún tipo de armas, ni blancas ni de fuego. En una ciudad con más de cien mil habitantes había gente que aun asociaba el desorden y el motín con “una conspiración de máscaras” (Puccia, 1974, págs. 39-54).

Se trataba de una imagen incorporada a la vida cultural de la ciudad por la tradición de la ópera en especial las de ambientación veneciana. Nos referimos a la clásica imagen de los conjurados enmascarados, presente en el género lírico como Marino Faliero, El Baile de Máscaras, Hernani, Vísperas Sicilianas, etc. También por piezas dramáticas como La Conspiración Veneciana de Martínez de la Rosa. La atmósfera carnavalesca con conjurados con el rostro cubierto era conocida por los porteños por las obras del teatro del siglo de oro español y, en su versión bufa, por la comedia del arte italiana. La imagen del pequeño grupo de sicarios anónimos y las máscaras misteriosas estaban asociadas a la atmósfera de la Europa romántica y reflejada en crónicas históricas como La Sublevación de Nápoles, del Duque de Rivas; dramas como Lorenzaccio de Musset, La muerte de Wallerstein de Schiller o las novelas folletinescas de Alejandro Dumas (El Conde de Montecristo, La reina Margot, El Caballero de Harmental, El collar de la reina, Los Compañeros de Jehú).

Litografía de Roberto Focosí (1860) publicada en el frontispicio del programa de ópera
Imagen 13. Litografía de Roberto Focosí (1860) publicada en el frontispicio del programa de ópera “Un ballo in maschera: melodramma tragico in tre atti” de Giuseppe Verdi, Teatro Apollo, Roma.
Imagen de dominio público.

La imagen de la pequeña conspiración anónima estuve presente en la atmosfera mental de la generación del romanticismo argentino. El propio Sarmiento en su libro de Viajes, había contrapuesto la imagen del carnaval romano en la plaza como fiesta de la libertad con la persistencia de la Inquisición en Venecia y Roma y el heroísmo de los conspiradores liberales enfrentados al poder pontificio y a otros absolutismos a contra mano (Sarmiento, 1955, vol. I, págs. 159, 189). En Facundo mencionaba la conspiración veneciana del Tiepolo y el establecimiento del poder autoritario del Consejo de los X asociándolo con la dictadura de Rosas como versión “bárbara” recargada del régimen de fuerza de la Serenísima República (Sarmiento, 1887, vol. VIII, págs. 203-204). Alberdi (1845) repetía la ecuación cuando hablaba del esplendor de los bailes urbanos que vio en Génova y la prohibición de que los estudiantes liberales e iracundos participasen en ellos.

Las historias de pequeños grupos de hombres juramentados que tramaban un tiranicidio agitaban mucho la imaginación de los liberales porteños. Recuérdese que en 1852 un puñado de jóvenes liberales, que incluían a un bisoño Adolfo Alsina y a un tozudo Carlos Tejedor, había formado la logia Juan-Juan integrada por juramentados que se proponían eliminar a Urquiza. Luego de la unanimidad rosista había nacido una vida política con sabor a aldea. Donde pequeñas bandas de orilleros de distintas facciones se mataban en las calles por el honor o la divisa. El propio Sarmiento, en su crónica del incendio de El Salvador, reflexionaba sobre la persistencia de ese pasado urbano reciente en la forma que tenían los porteños de concebir el orden público:

 

La verdad es que la policía es una institución que no ha podido crearse hasta hoy.

En este punto como en tantos otros nos hemos quedado con las ideas de los tiempos patriarcales, en que la ciudad se extendía hasta la calle del Buen Orden, y todos nos tuteábamos porque todos nos conocíamos (La Tribuna, 6 de marzo de 1875).

Portada del libro Mazorca de Eduardo Gutiérrez, edición de 1880
Imagen 14. Portada del libro Mazorca de Eduardo Gutiérrez, edición de 1880.

 

b) De los gringos con cólera a los comuneros incendiarios

Pavor infunde a los conservadores el solo planteamiento de los problemas sociales… No se asusten. El socialismo no es solo el petróleo que incendia. Es también el gas que alumbra.

(El Descamisado, 13 de noviembre de 1879).

 

La Buenos Aires que recibiría las noticias de la Comuna incendiaria ya no era la pequeña ciudad que se aterraba por los fantasmas de los mazorqueros y las conspiraciones de máscaras. Como vimos las primeras imágenes que marcaron esa transición fueron la del inmigrante pobre, trasmisor de epidemias y de la masa creciente de mendigos y de marginales de una ciudad en crecimiento acelerado. Los nuevos temores son, a veces, una mezcla de lo viejo y lo nuevo. Durante el pico de cólera de 1873 Emilio Bunge, presidente de la Corporación Municipal, le envió una carta a los notables italianos que presidian la Comisión de Higiene parroquial de La Boca, de la cual extraemos el siguiente fragmento:

 

Pudiendo suceder que algunos de los cuaternarios procuren después de evadirse introducirse por la Boca del Riachuelo y a fin de impedir hasta donde sea posible que esto suceda se ha designado a Ud. Para que asociado a los Sres. D. Manuel Ballesteros, D. Juan Roncoroni, D. Espiro Ungaro, N. Aunani, Doctor De Cusatis y demás miembros de la Comisión de Salubridad tomen las medidas necesarias a este objeto, llevando una cuenta de los gastos que se originen que serán satisfechos (Memoria del presidente…, 1874, págs. 30-31).

 

En una parroquia portuaria y artesanal con mayoría de inmigrantes italianos que, como vimos, fueron de los peor afamados en la era de las epidemias, se sospechaba que los cuaternarios enviados al campo podían pasar desapercibidos y volver a entrar, mimetizados al espacio urbano. Otra vez ese sabor a jugada en pequeña escala y anónimas complicidades. Nótese que también son italianos los miembros de la comisión de salubridad que incluyen el nombre de un dirigente masón (“carbonario”) que durante el pánico Comunero de 1875 sería acusado de acaudillar hordas de peninsulares comuneros como Spiro Ungaro. Este documento reflejaba los problemas sanitarios de la ciudad masificada, pero reflejaba también la persistencia de un cierto esquema de ejercicio del control social persona a persona. También se presta a ser leído como un indicio de los alcances y los límites de solidaridad intra étnica en el seno de una nutrida comunidad inmigratoria que estaba atravesada por crecientes contradicciones de clase.

Caras y Caretas 7 (288), 1904
Imagen 15. Caras y Caretas 7 (288), 1904. Imagen digitalizada del Fondo Antiguo, Biblioteca de Ciencias Económicas y Estadísticas de la Universidad Nacional de Rosario, María Inés Sgrazzutti, Quantulumcumque, http://biblioeconomia.blogspot.com/2010/10/la-republica-de-la-boca.html

El pánico que siguió al incendio de El Salvador instaló en el centro de las representaciones sociales una imagen que marcó una ruptura radical con las imágenes de la sedición y el desorden pretéritas: el comunero incendiario. Sin duda se trata de una imagen que circulaba en el Río de la Plata desde que llegaron los primeros relatos sobre la Comuna. Pero tomaría forma de una imagen más persistente con el clima que siguió a las manifestaciones anti jesuíticas. La aparición del petrolero incendiario reflejaba una forma de leer el conflicto social fuertemente rupturista en relación a los anteriores temores. Eso se advierte tanto en los casos que esta imagen aparece asociada a enfoques alarmistas como cuando se relacionaba con miradas más satíricas o irónicas.[36] Estos elementos los encontramos resumidos en el discurso que Guillermo Rawson pronunció en el Senado de la Nación, oponiéndose al estado de sitio decretado por el gobierno de Avellaneda, donde le atribuía el hecho a gente que proviene de: “sedimentos sociales donde se encuentran a menudo elementos de desorden y barbarie”, que fueron ayudados por la pasividad de la fuerza pública:

 

De allí se encaminó el tumulto hacia el colegio de El Salvador, proclamando sus designios hostiles, y aun se dice, anunciando el propósito de incendiar la casa. Lo que allí paso lo saben todos. No se trataba ya de un establecimiento nacional, sino de un hogar privado; ese hogar fue violado despedazando las puertas, sus indefensos habitantes, débiles ancianos en su mayor parte, fueron atropellados en sus personas, maltratados y heridos gravemente con el evidente designio de asesinarlos; la casa fue saqueada y, finalmente, devorada por el incendio. Durante hora y media continuó la obra de devastación y solo al fin de este tiempo llegaba la fuerza pública en número reducido, bastando entonces la actitud decidida de esa fuerza de 25 hombres, para dispersar instantáneamente aquellos millares reunidos y excitados por la misma impunidad (Rawson, 1901, vol. II, pág. 370).

 

Desde el otro lado de las fronteras políticas que dividían a la elite Sarmiento expresó, en su artículo de La Tribuna, una lectura con puntos en común con la de Rawson, pero mostrándose menos optimista en el sentido de que desbordes como el sucedido pudieran neutralizarse de manera natural y sin medidas excepcionales. El expresidente, que buscaba en los sucesos de El Salvador, argumentos para fundamentar su propuesta de limitar las garantías constitucionales en nombre de la seguridad pública (“doctrina Sarmiento”) ponía aún más el acento en el carácter disruptivo de los episodios recientes. Insistía, incluso, en diferenciar una movilización que expresa una “opinión” o “interés”, como debía hacer sido la movilización convocada por los Clubes universitarios, de una manifestación propia de una turba masificada y violenta:

 

La escena se traslada a los suburbios. Las personas que expresaban una idea aflojan el paso, los que sienten en la raíz de los cabellos que algo siniestro, como la electricidad vecina del rayo, se agita y lanzará chispas fulminantes al menor contacto, se vuelven y alejan. La manifestación de urbana, clásica si es permitido decirlo, se ha convertido en movimiento plebeyo, de barrio, de alrededores de grandes ciudades. A la exaltada elocuencia del orador que expone el asunto y el agravio, se ha sustituido la voz de mando y la aclamación de asentimiento. ¡Síempre es el pueblo, no lo olvidemos, el actor! Nunca más pueblo que entonces. Cuanto mayor el número, más y mejor representa al pueblo (La Tribuna, 6 de marzo de 1875).

Ilustración de El Mosquito, semanario satírico, Argentina
Imagen 16. Ilustración de El Mosquito, semanario satírico, Argentina.
Imagen de dominio público.

Resumimos los siguientes significados que, en el contexto porteño de 1875-1876, trasmitía la figura del petrolero incendiario: a) la de una forma de sedición y violencia que ya no era la de la ciudad con rasgos aldeanos sino de una urbe en crecimiento y transformación; b) Su carácter masificado. Una violencia que no expresaba el descontento de un pequeño grupo o fracción sino las acciones de hordas con origen alógeno; c) la expresión de una convulsión no reversible, como habían sido las chirinadas a la criolla, sino de una subversión radical del orden social; d) la iconoclasia de la violencia con sus objetivos definidos (iglesias, edificios públicos, palacios, museos) como una expresión simbólica del desprecio por toda forma de orden e instituciones existentes. Lo anterior aparece resumido en un artículo de Juan María Gutiérrez en la Revista del Río de la Plata que expresa una de las tomas de distancia de los sucesos del 28 de febrero que pone más el acento en diferenciar la manifestación juvenil legítima del incendio de los bárbaros. Agregando una impronta xenófoba bastante virulenta:

 

El rencor que fermenta en las poblaciones meridionales de Europa contra los enemigos de la libertad, aprovechó esta ocasión para estallar, aconsejando y practicando desordenes que ni están en nuestra índole, ni conducen al goce real de la libertad de conciencia y de enseñanza que nos conduce nuestra ley fundamental. El suntuoso Colegio de los Jesuitas, edificado con limosnas, se redujo a cenizas por las llamas que levantó el petróleo de una asonada al Instar de París (Revista del Río de la Plata, 1875, Tomo XI, pág. 431. Subrayado en el original).

 

No obstante, es interesante señalar que mientras que este tipo de desorden en el espacio público fue vista como un episodio disruptivo, masivo y con un despliegue de violencia inédita los testimonios sobre los episodios menores que rodearon aquellos días agitados reproducen un poco la idea de la pequeña conjura en las sombras. Valga por ejemplo las discusiones de los internacionalistas, que recoge Hilda Sábato, en la cual los líderes de la seccional deslindan campos con la masonería a la que denominan “sociedad secreta” mientras la Internacional buscaba ganar a las masas por la propaganda y la acción al descubierto (1998, pág. 263).

Mientras el miedo a las masas de gringos incendiarios, y pronto huelguistas, pasaría paulatinamente a desplazar las viejas imágenes inquietantes de mazorqueros, enmascarados, conjurados, estas conocerían cierta resignificación como expresiones estéticas de un pasado que ya no representaba una amenaza. En el mismo momento en el que se demonizaba a las revoluciones obreras se idealizaba a la época de las revoluciones liberales y a las imágenes artísticas y culturales relacionadas con ella. El mismo Orión, que denostaba a los comuneros incendiarios, escribía en El Americano (1873) un elogio de la lírica como género que había acompañado las luchas contra el despotismo y recordaba que el estreno en Amberes de La muda de Portici, sobre la revolución de Masaniello en Nápoles, había alentado la revolución liberal e independentista belga de 1830 (El Americano, 15 de noviembre de 1873).

En esos términos también lo planteaba Pedro Scalabrini en un artículo que comentaba el subgénero de óperas de inspiración carnavalesca y del cual extrajimos el fragmento que encabeza el apartado a) de este punto. El imaginario de la pequeña conspiración y la conjura aldeana tendría expresiones tardías en las letras argentinas (El Librepensador, 6 de agosto de 1878). Pensamos en ese sabor a historia aldeana que tiene la descripción de los días previos a la revolución de 1810, por ese historiador pre positivista que era Vicente Fidel López, en La Gran semana de mayo (1885) lleno de imágenes de conspiración de pueblo chico (el abucheo del virrey en el teatro, las reuniones de catacumbas en lo de Vieytes, los hombres embozados, etc.). También en el sabor aldeano que atraviesa las memorias de José Antonio Wilde (Buenos Aires desde hace 70 años atrás, 1881) y su descripción del espionaje de los esclavos negros sobre las familias unitarias en épocas del Restaurador. En un folletín de “degolladores” como La Mazorca (1888) de Eduardo Gutiérrez. También en la descripción de los mini motines de los estudiantes jacobinos del Nacional de Buenos Aires con “bombas Orsini” como las que relataba Cané en Juvenilia (1901) En la imagen del pequeño entrevero electoral en la novela epónima sobre el Buenos Aires previo a la gran transformación, La Gran Aldea (1884) de Lucio V. López. Ni qué hablar de algunos curiosos episodios de la vida real del Buenos Aires de esos años. Por ejemplo, el curioso intento de un grupo de italianos carbonarios de proclamar una República Independiente de La Boca en 1876. Lo mismo un curioso episodio policial sucedido en Buenos Aires en 1881. Nos referimos a las fechorías de los Caballeros de la Noche. Aquella banda de ladrones de cadáveres organizados como una logia masónica (juramento secreto, nombres en clave, membresía de gringos), vestidos como funebreros, utilizando simbolismos que parecían sacados de un folletín de terror y redactando sus cartas extorsivas con un estilo que evocaba a las cartas anónimas de luditas y otros grupos por el estilo. Casi como un símbolo de la realidad transicional del periodo estos delincuentes bizarros no recibieron castigo por que el robo de cadáveres no estaba tipificado como delito en la legislación argentina. El viejo conspirador iba retirándose de a poco de la escena de la historia. Junto con el mazorquero, el montonero y el orillero se refugiarían en las páginas del folletín y, décadas después, en la pantalla del cinematógrafo.

 

C) Huellas y memorias del incendio comunero

Trasunto fiel de la Commune de París, de execrable memoria, ha paseado la tea del incendio reduciendo a cenizas uno de los más suntuosos establecimientos, y en su género tal vez el único, de toda América del Sur.

(El Católico Argentino, 6 de marzo de 1875)

 

Los incendiarios eran la masa de pobres urbanos marginales y de los inmigrantes transmisores de epidemias que ahora pasaba a la acción. El comunero con el tacho de petróleo y la antorcha encendida era concebido como más peligroso que el indio Pampa, la langosta o la conjuración mitrista. Con ellos no se podía negociar porque no tenían finalidades racionales. Aparte se trataba de un tipo de enemigo que, si no siempre en acto si en potencia, se presentaba como más numeroso y amenazante. Así lo planteaba La Libertad el día después del incendio:

 

Al meeting han ido más de diez almas, no de la Comuna de París, como lo dice algún diario ayer, puesto que reconocen que figuraban en el desorden “infinitos jóvenes”, y calcula en treinta mil el número de los actores del sangriento drama. Si fuesen treinta mil los comuneros en una ciudad de 200 mil almas, Buenos Aires desaparecería en manos del desquicio más espantoso (La Libertad, 12 de marzo de 1875).

 

Todo lo anterior se reflejó en la apropiación de la imagen del comunero incendiario desde formulaciones de cierta entidad teórica y con proyecciones de tiempo largo en el campo intelectual y político argentino. Por ejemplo, la idea del conflicto social como una enfermedad propagada por personajes en los que estados sanitarios y conductas morales se confundían. En 1878 José María Ramos Mejía dio a conocer Las neurosis de los hombres célebres…, donde buscaba establecer una relación directa entre las conmociones sociales y la proliferación de enfermedades mentales.[37] Aparte de relacionar la furia comunera con las antiguas violencias de la mazorca y de los montoneros el médico alienista elige centrarse en los sucesos del invierno-otoño parisino de 1871 para explicar los desórdenes modernos. Ramos Mejía cita estadísticas de hospitales de alineados franceses que arrojaban un crecimiento de los internados como consecuencia de la revolución parisina. Incluso sostiene que los personajes que formaron los tribunales populares comuneros sufrían de una paranoia persecutoria que los llevaba a ver enemigos en todos lados. Más aun la Comuna impulso en auge de la dipsomanía y, principalmente, de las tendencias incendiarias:

 

Los actos de la Comuna constituyen verdaderos accesos de una piromanía epidémica y furiosa (LABORDE-DESPIN) así como los excesos de la Mazorca y del pueblo que la acompañaba, tenían todo el tinte sombrío de una monomanía homicida furiosa. Esto se veía en una parte de la población, mientras que en la otra persistió por mucho tiempo un estado de depresión moral neuropático y epidémico también (Ramos Mejía, 1878, pág. 157).

Ilustración de Alfred Michon publicada en El Petróleo
Imagen 17. Ilustración de Alfred Michon publicada en El Petróleo. Órgano de las últimas capas sociales y de las primeras blusas comunistas (1), Eloy Perifián y Buxó (Edit.), 1875. De izquierda a derecha: A. Alsina, Sarmiento, Aneiros, Avellaneda. “Al verlos el padre eterno/los arrojará al infierno”.

La huella del piromaniaco imaginario no solo estuvo presente en el campo médico bonaerense, también asociada con el cuerpo policiaco de bomberos. En la década de 1870 el servicio de bomberos de Buenos Aires formaba parte de una concepción colonial genérica de “orden social”. Los bomberos eran una sección vinculada con la policía de los alcaldes de barrio por lo que se les denominaba Vigilantes Bomberos. Los bomberos portaban armas y además de combatir siniestros, durante las conmociones política de la época (levantamientos jordanistas, revuelta mitrista de 1874) realizaron operaciones de tipo militar décadas después aún cumpliría funciones de rompehuelgas e incluso de represión de los conflictos sindicales. En Las milicias del fuego, Romay da cuenta que los bomberos de la policía atribuyeron un incendio a una multitud integrada por españoles italianos anticlericales (“turbamulta”) que, de manera plenamente consciente, buscaron incendiar el edificio, agredir a los clérigos y saquear el lugar:

 

El fuego, que parece se produjo incendiando petróleo, ha consumido gran parte del edificio que da a la calle Parque (Lavalle) y la que corresponde al interior que se comunica con el cuerpo de la iglesia que está en la calle Callao esquina Tucumán; han robado gran cantidad de objetos durante la hora que le multitud penetro al Colegio; ha sido un saqueo general y lo que no han podido llevarse ha quedado inutilizado por el destrozo (Romay, 1955, págs. 164-165).

 

En estos anales de “servidores públicos” no se menciona a la Internacional, pero, en tono xenófobo, se afirma que los bomberos y policías fueron auxiliados por “hijos del país” en la lucha contra esta multitud de gringos come curas. También se relata que, a partir de este episodio, Manuel Rocha, nuevo jefe policial, se decidió a crear una sección de policía “secreta” para espiar a grupos de exaltados dispuestos a cometer desmanes semejantes. Con estos comuneros incendiarios se estaba bien lejos de los viejos disturbios aldeanos.

El incendio intencional constituía en esa época una preocupación importante para los aparatos de estado ligados al orden público. Tanto por los problemas derivados del crecimiento urbano y sus consecuencias sociales no deseadas como por la problemática más tradicional de incendios rurales de estancias, caseríos y otros episodios por el estilo. En la revisión del proyecto de Código penal de Tejedor, presentado por Sixto Villegas, Andrés Ugarriza y Juan Agustín García en 1881, el delito de incendio ocupa un lugar importante en el articulado. Siguiendo un criterio cuya lógica es fácil de discernir el proyecto le confiere la mayor gravedad al hecho de incendiar edificios públicos, militares y “edificios habitados”. Luego sigue estableciendo la gravedad del delito de incendiar establecimientos económicos, urbanos o rurales, a partir de un criterio pecuniario: el valor económico del lugar tasado en términos monetarios (arts. 337-340). Sugestivamente, algunos de los artículos del proyecto les prestan una atención aparte a episodios de sabotaje sobre espacios y maquinas desconocidas hasta hace poco (vías de tren, maquinas a vapor, locomotoras, obras de minería, etc.) (arts. 341-342). Finalmente, el art 343 expresa, con claridad, la preocupación por prevenir atentados de carácter político y destila un sabor a pánico incendiario:

 

El que fuera sorprendido con bomba explosiva, mezcla u otro preparativo conocidamente destinado para incendiar o causar algunos de los estragos indicados en este título sufrirá prisión menor si no se diesen explicaciones satisfactorias del fin al que se proponía aplicar ese elemento de destrucción (Villegas, Ugarriza y García, 1881, pág. 140).

 

Capitales populosas, comunas y utopías

El trabajo en Argentina, mejor pagado, permite a la clase pobre seguir un buen régimen alimentario y de gozar de un cierto bienestar que los obreros del viejo continente no tienen sino con muchos sacrificios. No sufren las causas que engendran las dos peores plagas: la huelga y el comunismo.

(Emilio Coni, Les progrès de l'hygiène publique
de la République Argentine
, 1887)

 

Venimos resaltando como un ordenador importante de nuestro trabajo la paradoja que la Comuna se produjo el mismo año de la gran epidemia de fiebre amarilla en Buenos Aires. La diferencia de contextos históricos es clara y transparente. En París la Comuna puso en evidencia los límites del modelo hausmaniano con la que se había buscado desterrar para siempre a las barricadas de la historia. En Buenos Aires la fiebre amarilla obligó a poner en la agenda de la elite criolla la búsqueda de soluciones a los problemas sanitarios urbanos y sus consecuencias sociales y políticas. Las teorías urbanistas, fortalecidas con los saberes de la medicina higienista, se presentaban en la Argentina con una lozanía en parte perdida en el viejo mundo que asistía al fin de la juventud del capital. Dentro de esa perspectiva se desarrolló en nuestro país el trabajo de los grandes higienistas que comenzarían a acumular un grado de poder importante en el aparato de estado. El corpus de los doctores ocupados de la medicina social incluyó una serie de propuestas pensadas sobre los siguientes ejes: a) las consecuencias sanitarias del crecimiento de la ciudad; b) la reformulación de funciones en el espacio de las grandes urbes; c) las concentraciones humanas y la previsión de los conflictos sociales. Todo esto en un marco teórico que proponía pensar la sociedad como un organismo y el conflicto social como una enfermedad. Es el mismo esquema que la psicología social positivista usaba para leer la realidad, pero en el caso de los higienistas más aplicado a un fin practico. La ciudad de los higienistas será, en lo fundamental, una utopía urbana, pero con eje en el control social. Había que pensar ciudades en donde se pudiera neutralizar los efectos de la miseria y el hacinamiento y donde no pudieran producirse levantamientos obreros violentos.

La Semana Médica, 30 de junio de 1921
Imagen 18. La Semana Médica, 30 de junio de 1921.
Imagen de dominio público.

La sombra de la revolución comunera estará presente en los debates sobre urbanización a lo largo de la década de 1870.[38] No solo en la discusión de problemas sanitarios. En 1873 durante el debate sobre la creación del Parque 3 de febrero en el Senado de la Nación, Nicolás Avellaneda, senador por Tucumán discutió con el higienista Guillermo Rawson, senador por San Juan, sobre las bondades del paseo que se proyectaba. Luego de un debate sobre las condiciones de salubridad del lugar, Rawson argumentó que era poco feliz la idea de convertir en un paseo público el lugar que había sido la residencia de un tirano como Rosas. Avellaneda invocó uno de los episodios más sonados de la revolución comunera en su respuesta:

 

El horror a la tiranía por sí mismo, sin ser vivificado por el amor a la libertad, puede convertirse en un sentimiento de destrucción; y si no, oigamos estas voces que todavía el viento hace llegar hasta nosotros. ¿No se ha levantado últimamente en las márgenes del Sena, aquella columna de París, que en nombre del horror a los tiranos intentó quemar el Louvre que edificaron los monarcas del derecho divino, quemar las Tullerías, porque allí se desplego en pompas imperiales aquel despotismo armado que gobernó la Europa al redoble de sus tambores, y destruir, en una palabra, todos los monumentos que hacen el orgullo de la Francia y la gloria del género humano (Cit. en Alonso Piñeiro, 1998, pág. 25).

 

La elite que se preocupaba por la dimensión simbólica del poder en el espacio urbano no descuidaba cuestiones más básicas que se dirimían en el recinto de la ciudad. Avellaneda, en cuya presidencia se llevaría adelante el proyecto del parque en Palermo, presidió un gobierno que asistió a la creciente importancia de la higiene en la escena de las políticas urbanas. En esos años se crearon cátedras de higiene en la universidad y se dieron cursos de higiene social por médicos que serían a la vez hombres de primera línea de la elite política criolla.[39] Tanto Guillermo Rawson, desde la cátedra de higiene de la Universidad de Buenos Aires y en varios foros internacionales, y Eduardo Wilde desde los Cursos de Higiene en el Colegio Nacional Buenos Aires, desarrollaron una visión de los problemas sanitarios de las grandes ciudades argentinas con muchos puntos en común: a) el modelo urbanista basado en las ciudades con calles amplias que faciliten la circulación (oxígeno, personas, bienes) y espacios verdes como organizadores de la planta urbana; b) la transformación de la infraestructura urbana y las obras de salubridad para prever epidemias y enfermedades; c) la descentralización de las actividades industriales y concentraciones de obreros; d) la intervención estatal en el medio urbano; d) la sustitución del conventillo por las casas baratas para obreros; e) la educación y moralización del obrero; f) la reeducación de los marginales superando las viejas concepciones caritativas; g) la caracterización de las huelgas e insurrecciones como una anormalidad producto del hacinamiento y las malas condiciones de vida; h) la impugnación del rol de los revolucionarios obreros. En ambos autores el análisis de los problemas sanitarios de Buenos Aires y otras ciudades argentinas es medido con el parámetro de los problemas y las soluciones ensayadas en grandes concentraciones urbanas; especialmente Londres, Nueva York y París. Pero mientras las megalópolis anglófonas eran vistas, en general, como más fecundas a la hora de rescatar soluciones posibles a los problemas locales. París tendía más a ser presentada como un reflejo de los males de una gran ciudad cuya historia social había sido mucho más convulsa que la de sus pares. La crisis francesa de 1870-1871 es mencionada por Rawson como muestra de los efectos que la guerra y la revolución tienen sobre la mortalidad y las tasas de crecimiento de la población (Rawson, Op. Cit., pág. 217). Wilde se ocupa de dicho periodo en su minucioso análisis de la relación ciudad/cementerios a partir de una situación de emergencia como son la guerra y las revoluciones sociales (1885, págs. 346-347).

Ambos rescatan elementos particulares de la urbe parisina (bulevares, parque, cementerios periféricos) pero no es tanto el modelo de ciudad que parecen tener en mente cuando piensan soluciones más de conjunto. En ambos médicos está presente el miedo a la reedición de revueltas como la Comuna de París y la necesidad de neutralizar esa posibilidad con políticas preventivas. Aunque en este último punto encontramos lecturas disimiles y propuestas no del todo convergentes.

Rawson creía que, junto con las malas condiciones de vida de los pobres en las grandes ciudades modernas, la responsabilidad de los conflictos y convulsiones violentas le debían mucho a las tendencias militaristas de los gobiernos y a la preparación de las grandes masas de la población para la guerra. Escribiendo al comienzo del periodo de la Pax Armada, Rawson ve en la historia reciente de Francia uno de los peores ejemplos disponibles. Los ideales imperialistas han volcado a la carrera armamentística numerosos recursos que pudieran haber sido volcados a actividades útiles y a generar mejores condiciones de vida atenuando las diferencias sociales. Nada de eso se hizo y se fomentó, indirectamente, el espíritu de rebelión de los hambrientos:

 

[…] Y finalmente, el pueblo armado necesita pelear. Si la ocasión no se presenta para hacer uso de esos grandes preparativos bélicos en luchas con el extranjero, aunque vaya a buscarlo a los antípodas, es muy probable, y la experiencia lo demuestra, que esas manos armadas se volverán unas contra otras, más tarde o más temprano, y producirán, con la guerra civil o con las revueltas comunistas o nihilistas, y aun con el asesinato cobarde y alevoso, una acentuación más pronunciada de las rivalidades internas (Rawson, Op. Cit., vol. I., pág. 220).

 

Wilde es menos optimista que Rawson. El futuro ministro de instrucción pública busca también la elevación del trabajador por sobre la miseria, pero cree que el obrero tiene que ser objeto de un proceso de regeneración social amplio. El obrero educado, limpio, con formación técnica y habitante de una casa barata en una colonia periférica de una gran urbe tiene también que ser moralizado. Junto con la educación se debe recurrir al correctivo de los poderes públicos representado por un minucioso código urbano y por una policía de los suburbios que lo haga cumplir. Incluso alerta con que la educación general del obrero no es la mejor solución. La educación de los trabajadores tiene que brindarle una formación técnica que mejore su capacidad como fuerza de trabajo, pero sin agregados que alienten pretensiones excesivamente igualitaristas. Más aun Wilde sostiene que algunos de los peores incendiarios y tira bombas que pululan por el mundo se encontraban entre los obreros más instruidos capaces de manipular a la masa ignorante:

 

Los que viven en contacto con la gente trabajadora pueden suministrarnos datos curiosos sobre esto. Ellos afirman que en general, no son los mejores trabajadores los más instruidos; más bien se encuentra entre estos a los promotores de revueltas, de huelgas, a los revolucionarios y a los que buscan el predominio sobre sus compañeros por otros medios que los del trabajo, cuyos caminos son largos y penosos. Y se comprende la razón fisiológica de ello. La instrucción tiende a elevar el sentimiento de la personalidad, aumenta el amor propio, engendra aspiraciones incompatibles con las aptitudes de sumisión y resignación; destruye natural y forzosamente las ideas de igualdad, desequilibra las facultades en su relación con las bajas posiciones sociales y mantiene el espíritu en estado de inquietud constante. De esto resulta que los obreros instruidos, desdeñan los trabajos exclusivamente mecánicos, que los asemejan a las máquinas, rechazan las profesiones inferiores y buscan por todos los medios, inclusive los malos, elevar su posición en el mundo a la altura señalada por sus ambiciones engendradas por una cultura intelectual superior al medio en que viven. Por esto la instrucción que se dé a los obreros debe ser limitada y hallarse en relación con su posición y con su oficio (Wilde, Op. Cit., pág. 374, subrayado mío).

 

La “utopía” de Wilde era crudamente clasista. Sin duda también reflejaba una agenda de problemas más amplia que la que tenía en mente Rawson. Por eso se ocupaba de temas como los hábitos de trabajo heredados del periodo pre industrial (San Lunes) y veía como positivo el desarrollo del mutualismo obrero, pero solo como una valla contra el sindicalismo reivindicativo. De la misma manera promovía las actitudes filantrópicas y paternalistas de parte de los patronos hacia los obreros como una forma de establecer una solidaridad acrítica de los segundos frente a los primeros (Wilde, Op. Cit., págs. 377-378). La lectura de la sociedad de Rawson pertenecía al universo de ideas del liberalismo más clásico, creyente en la integración gradual del mundo y de la sociedad, por el comercio y el desarrollo tecnológico. Wilde era un organicista spenceriano de pies a cabeza y creía que el organismo social para mantenerse sano debe eliminar o neutralizar todas las excrecencias que generaba utilizando a la vez la educación, diferenciada según las clases sociales, y la filantropía junto con la coerción disciplinaria.

El fantasma de la insurrección obrera violenta analizada desde el ángulo de un higienismo de vocación urbanista también se proyectó en esos años en los debates sobre la ciudad como espacio de poder y como ordenador de relaciones políticas. Menos de una década después de la Comuna de París Buenos Aires fue escenario de una mini guerra civil que arrojó como saldo la afirmación de la autoridad del gobierno central sobre el estado provincial y derivaría luego en la federalización de Buenos Aires. Al contrario de París en 1871 en Buenos Aires en 1880 no estaba en juego la continuidad del capitalismo ni se asistió a la autonomía de las masas como sujeto político. No obstante, leído en un nivel de superficie, el conflicto Tejedor/Roca podía prestarse a algunos paralelismos con la revolución parisina: a) en ambos casos la principal urbe del país adquirió un protagonismo antagónico frente al resto de la nación; b) tanto en Buenos Aires como en París se invocó como fuente de legitimidad la participación de un actor político presente en ambos países: la guardia nacional. Las tensiones cruzadas entre centralismo/ federalismo y ciudadanos en armas/ejército profesional podían acercar las lecturas de ambos procesos. Incluso no faltaron en la prensa comentarios alarmistas en el sentido que la movilización de milicias, en particular las formadas por gringos, pudieran facilitar que se colaran algunos “comuneros” en el tole tole (Sábato, 2008, pág. 199).

Luego de vencido el movimiento localista aquellas tensiones cruzadas se hicieron presentes en el debate parlamentario sobre la federalización de Buenos Aires. Leandro N Alem pronunció, en su célebre discurso de oposición a la federalización de la ciudad puerto, el canto del cisne de la era de equilibrios políticos y territoriales que había comenzado en Pavón. Para Leandro N Alem la federalización significaba la “Muerte de Buenos Aires” porque al separarse la ciudad del estado bonaerense la provincia perdía su entidad y poder de decisión. Para Alem Buenos Aires era una entidad histórica y moral con una identidad ligada al espacio bonaerense (ciudad-campaña). Si jugó un rol como sede de los poderes políticos lo hizo desde aquella singularidad. Buenos Aires federalizada, como remedo de París o Londres, pasaría a convertirse en una metrópolis absorbente concentrando toda la vida económica y política, de una república que había sido constituida por provincias que pretendían representar entidades históricas con perfil propio. Para el caudillo de Balvanera el centralismo francés no era compatible con la tradición argentina. Polemizando con Dardo Rocha que había sostenido que en cada gran imperio había existido una gran capital Alem recordaba que la Argentina no era un imperio y que el carácter de capital imperial de París es el que había terminado provocando su decadencia. El barbado dirigente mencionaba el golpe del 2 de diciembre de 1852 como ejemplo de cómo la suerte de la capital francesa había decidido la suerte de todo el país. Agregaba Alem que la concentración de las actividades económicas en un solo centro favorecía la agudización de las tensiones sociales con los desbordes consecuentes. Pero Alem rebatía también el argumento de los que sostenían que la federalización de Buenos Aires era una forma de equilibrar el poder entre las distintas provincias. La igualación de las provincias subordinadas a un poder central omnímodo no significaba, según Alem, la búsqueda un equilibrio, sino que era nivelar para abajo. Para impugnar tal aseveración no se le ocurría mejor idea de compararla con el comunismo. Los que proponen federalizar Buenos Aires sacándosela a la provincia para igualarla en influencia con los demás estados eran unos expropiadores territoriales:

 

Yo comprendería ese equilibrio y lo aplaudiría, con medidas eficaces para mejorar el estado de las otras Provincias, para levantar su situación moral y material; pero empobrecer al rico para hacerlo de igual suerte a los otros, en vez de enriquecer al pobre para que nadie se resienta en el organismo general; proceder de esta manera, decía, es practicar el comunismo en política y obrar con la mayor imprevisión en la República Argentina. Esta teoría del equilibrio, por fin, señor presidente, entraña una verdadera resistencia a la ley soberana del progreso y destruye completamente los más laudables esfuerzos y los más nobles estímulos (Alem, 1914, pág. 144).

 

Esa alteración “comunista” de los equilibrios, en la perspectiva de Alem, privaría incluso a Buenos Aires de su identidad como ciudad ya que descreía que el nuevo gobierno tuviera voluntad de concederle un régimen municipal de cierta entidad. Los prejuicios anti porteños que habían inspirado el proyecto de federalización actuarían como un párate en ese sentido. Alem compara la situación de Buenos Aires bajo la hegemonía roquista con la de París bajo el Primer Imperio y la Restauración donde fue castigada por su pasado de “Comuna revolucionaria” en 1792-1793. El legislador bonaerense vuelve a mencionar el proceso revolucionario francés en otra parte de su discurso. Cuando llama a profundizar la democracia siguiendo el ejemplo de la Tercera República que había desarrollado un régimen liberal luego de abatir a la monarquía y a la “Comuna incendiaria” (Alem, 1914, pág. 207).[40]

Leandro N. Alem, Archivo General de la Nación (República de Argentina), 1890
Imagen 19. Leandro N. Alem, Archivo General de la Nación (República de Argentina), 1890. Imagen de dominio público.

La federalización de Buenos Aires, hecho liminar del nuevo orden roquista, ayudó a estrechar más aun la relación entre los problemas de la capital como espacio político institucional y las reformas urbanísticas. Esta relación se proyectaría sobre dos cuestiones: a) la reforma urbana para la ciudad capital de la república y; b) la erección de una nueva ciudad capital para la provincia de Buenos Aires. Comenzaba la gestión municipal de Torcuato de Alvear que encararía una reforma de tipo haussmaniana de la ciudad de Buenos Aires. Esta política urbana sería objeto de críticas por los sectores de la política porteña vencidos en la década de 1880. Otra vez París y su agitada vida urbana y política se mentaría en los foros criollos. Unos días después que Alem pronunciara su discurso anti federalización en la legislatura El Mosquito se metía en la polémica sobre los planes de reforma urbana. Lo hacía comentando un artículo de La Tribuna que criticaba que se gastara tanta plata en la ciudad, ahora que esta había sido separada de la provincia, y relacionaba las pretensiones de modernizar la planta central con una especie de celebración de un orden político cesarista. El diario de los Varela asociaba la reforma haussmaniana con el gobierno de Napoleón III y con la dictadura de Latorre que había impulsado una reforma de ese tipo en Montevideo. El redactor de El Mosquito consideraba que La Tribuna, siguiendo razonamientos parecidos a los de Alem, pensaba que las virtudes republicanas solo podían florecer en un villorrio o aldea y que los edificios públicos y paseos modernos eran celebración de autoritarismo y signo de decadencia. En esa línea se preguntaba: “¿Por qué no justificar entonces los incendios de la Comuna y la destrucción de los monumentos celebres?” (El Mosquito, 5 de diciembre de 1880). En la perspectiva del diario humorístico la decadencia del París del Segundo Imperio no tuvo nada que ver con las reformas de Haussman. Sobreviviendo al naufragio del régimen oropelesco y corrupto que los erigió los paseos, bulevares y parques de París celebraban actualmente el orden republicano de la Tercera República y eran un ejemplo digno de ser imitado:

 

La tremenda catástrofe del año 1870, vino a hacer la limpieza en estos centros de corrupción; y los que han visto en estos últimos tiempos los bulevares y los paseos de modas de París, saben que no es, como la han pretendido algunos pesimistas, la Haussmanizacion de París que fue causa de la decadencia momentánea que se señaló en aquella época sino el mal ejemplo que venía de las altas regiones en donde la prostitución se había vuelto una fuerza y el escepticismo político un principio. El boulevardier infecto, ha desparecido. Los Boulevares de París han vuelto a ser hoy el centro de la elegancia, del espíritu y distinción europea. Los boulevares, las avenidas de Buenos Aires, serán lo mismo en la América del Sur (El Mosquito, 5 de diciembre de 1880, “La haussmanizacion de Buenos Aires”).

 

Por encima de decadencias e incendiarios París siempre sería París y Buenos Aires debía seguir sus pasos. Pero mientras Buenos Aires aspiraba a llenarse de bulevares, paseos y monumentos neoclásicos el país asistía al nacimiento de una ciudad, destinada a ser capital de su provincia más importante. La ciudad de La Plata nacería de la cabeza de Buenos Aires como Atenea del cerebro de Zeus con casco y lanza. ¿Fue La Plata pensada como una ciudad donde no pudiera producirse una revuelta como la de la Comuna? Se ha esbozado varias veces esa idea.[41] Nos interesa señalar que el fundador de La Plata, el gobernador roquista Dardo Rocha, fue uno de los miembros de la elite que, durante la crisis de mediados de la de década de 1870, se expresó con vehemencia por la necesidad de conjurar los males que podían llevar al país a un estallido social. En 1875 defendiendo, en el parlamento la necesidad de elevar las tarifas arancelarias había deslizado estas frases admonitorias:

 

Prevengámonos, ya que el germen de un peligro se incuba entre nosotros, si no queremos vernos envueltos por las furias de ese monstruo que tiene en subsidio constante a los pueblos de Europa, y cuya aparición empieza, como los pequeños incendios pero que, descuidados como ellos y favorecido por la ignorancia, toman fuerza y se extienden hasta devorarlo todo, convirtiendo los pueblos en una tenebrosa noche de luto, como durante algunos meses, París, la ciudad más hermosa del mundo, fuera sumergida en el duelo y la vergüenza por las furias de la Comuna (Cit. en Panettieri, 1984, pág. 36. Tomado del Diario de Sesiones de la HCDS; 10 de octubre de 1875).

Dibujo de Dardo Rocha hecho por Dibujo de E. Stein, Rep. en Historia Argentina, de Diego Abad de Santillán (1971)
Imagen 20. Dibujo de Dardo Rocha hecho por Dibujo de E. Stein, Rep. en Historia Argentina, de Diego Abad de Santillán (1971).
Imagen de dominio público.

Luego de actuar como una de las espadas principales del roquismo en el hostil espacio porteño de 1880, Rocha llegaría a la gobernación bonaerense y motorizaría su propuesta de construcción de una ciudad capital para la provincia de Buenos Aires como un proyecto político ambicioso y de largo aliento.[42] La mayoría de los trabajos de investigación sobre la fundación de la capital bonaerense ha resaltado su carácter de ciudad modélica pensada para estar libre de todas las miserias y amenazas de las grandes megalópolis decimonónicas. Se ha resaltado su trazado que responde a las líneas generales de un modelo haussmaniano (calles anchas, dos diagonales oblicuas y espacios verdes organizadores). En el actual estado de la cuestión no se tiende a resaltar tanto su carácter de un espacio urbano pensado a prueba de revueltas. No obstante, estas preocupaciones no estuvieron ajenas al grupo de decisión política que encaró la construcción de la capital bonaerense y a los profesionales que participación en la realización del proyecto. Se ha destacado el peso que tuvo en el equipo de arquitectos, ingenieros e higienistas que trabajaron en la erección de La Plata el modelo de utopismo urbano de Julio Verne expuesto en su libro Los quinientos millones de la Begún (1879) y en una utopía como Buenos Aires en el año 2080 (1879) del periodista francés Aquiles Sioen publicada en Buenos Aires.[43] La novela de Verne fue escrita en los años siguientes a la crisis de 1870-1871 y contiene varias referencias a la guerra franco-prusiana. El libro es, en algunos aspectos, un ejercicio de revanchismo literario. Los quinientos… contrapone dos modelos de ciudades futuras. La distópica Ciudad de Acero, una factoría industrial con obreros militarizados, inspirada en la factoría Krupp de Alemania, y la utópica France Ville, una ciudad higiénica basada en amplios bulevares, espacios verdes por donde circulan personas, bienes y oxígeno, y poblada por gente pacifista que se gobernaba democráticamente.

 

En primer término, el plano de la ciudad es esencialmente sencillo y regular, para que pueda prestarse a todas las modificaciones. Las calles, cruzadas en ángulos rectos, están trazadas a distancias iguales, de amplitud uniforme, plantadas de árboles y designadas por números de orden. De medio en medio kilómetro, la calle, tres veces más ancha, toma el nombre de paseo o avenida, y presenta en uno de sus lados una zanja que queda al descubierto para los tranvías y el metropolitano. En todos los cruces de las calles, hay un jardín público adornado con bellas copias de las obras maestras de la escultura, en espera de que los artistas de France-Ville produzcan monumentos originales dignos de substituirlas (Verne, 1933, pág. 62).

Portada de Los quinientos millones de La Begún, Julio Verne, Edición de Ramón Sopena, 1936)
Imagen 21. Portada de Los quinientos millones de La Begún, Julio Verne, Edición de Ramón Sopena, 1936.

France Ville tenía muchos puntos de contacto con la ciudad ideal de la utopía higienista. Sin duda es una imagen que estaba en la cabeza del grupo de higienistas y arquitectos que reunió a su alrededor Don Dardo para su proyecto de nueva capital provincial. Pero es la propia ciudad de La Plata, inaugurada en 1882, la que permite apreciar este vínculo. Lo podemos apreciar en su carácter de ciudad higiénica concebida como un organismo (infraestructura-planta) centrada en el aparato circulatorio (sangre/aire). En el ser la primera ciudad argentina, y una de las primeras del mundo, en contar con alumbrado público eléctrico. En la jerarquización espacial de los edificios (públicos/privados) simbolizando la solidez del orden republicano y la pujanza comercial de una ciudad que representaba el progreso sobre la llanura más allá de la cual se extendía el desierto indiviso. También en sus simbolismos masónicos y su impronta cientificista de futura ciudad universitaria (Vallejo, 2007, págs. 58-69). Pero principalmente por intentar llevar a la práctica una organización espacial de funciones urbanas que buscaba impedir la agudización de las tensiones sociales tan temidas en esos años. Lo antedicho se hace presente en los decretos que establecían las normas para venta de terrenos para viviendas y reservan los predios de mayores tamaños y mejor ubicados a técnicos y directivos y otros de menor magnitud a los empleados de menor rango. La Plata sería una ciudad con una población de funcionarios en su planta urbana. Por fuera de ella contaría con un apéndice portuario en Ensenada, donde florecía la industria del saladero desde la década de 1870 pero que no se convertiría en un puerto tan importante como soñaba Rocha. Contaría con los talleres ferroviarios en la estación Tolosa y un poblado, a prudente distancia, donde se establecerían los hornos de ladrillo que las disposiciones oficiales prohibían explícitamente establecer en el centro. Así nacería la localidad de Los Hornos, en un paraje al sudoeste de la capital bonaerense, donde en 1883 ya vivían 2000 personas que incluían la mano de obra de 83 hornos ladrilleros que proveían de materiales a la ciudad en construcción.[44] Por su parte Tolosa sería un campo de experimentación de unas de las propuestas higienistas más orgánicas. En 1886, fruto de una iniciativa filantrópica, se fundaría el barrio obrero modelo Las Mil Casas (1886), donde vivirían los obreros ferroviarios (Vallejo, 2000). En esa forma de organizar sus regularidades junto con sus asimetrías es que La Plata puede ser considerada como una especie de utopía anti comunera. Esa ciudad ideal, supuestamente a prueba de tensiones sociales, fue la que sería premiada en la Exposición mundial de París en 1889 cuando el propio Julio Verne se dio el gusto de felicitar a los diseñadores de una ciudad inspirada en una de sus novelas utópicas.

Plano urbano de la ciudad de La Plata, Dardo Rocha)
Imagen 22. Plano urbano de la ciudad de La Plata, Dardo Rocha.

 

Conclusiones

A la hora de ordenar el cumulo de imágenes, debates y tensiones relacionados con la Comuna en el medio argentino lo que sobresale en primer término es la multiplicidad y diversidad de las formas de apropiación del proceso revolucionario francés en Argentina. El hecho de que episodios sucedidos del otro lado del océano hayan dejado huellas en tantos campos temáticos relacionados con la realidad local confirman el carácter extrovertido que caracterizó a la escena política e intelectual argentina desde, por lo menos, la mitad del siglo XIX. En dicha perspectiva se perfila el esquema más general, básico e inmediato de la lectura de la crisis francesa de 1870-1871 (Guerra/Comuna/Tercera República) como un todo en el cual la revolución de las masas parisinas constituía el elemento más revulsivo y cargado de negatividad. Dentro de ese esquema es que proponemos analizar las lecturas de la Comuna nacidas en el seno de la elite política e intelectual argentina o solidarias con su visión de la realidad.

La imagen de la Comuna de París se introdujo por los intersticios de distintos debates claves para la elite criolla: a) el debate alrededor de la secularización de la vida social; b) los límites institucionales del sistema de acuerdos sobre la que se basaba el orden político nacido en Pavón; c) las primeras alarmas sobre los efectos no deseados del proceso de inmigración masiva. La inclusión de las imágenes de la Comuna en el debate entre católicos y laicistas perfila una tensión complementaria. La centralidad de las alarmas sobre los “horrores” comuneros, como consecuencia natural de la secularización, en los intelectuales católicos marca una clara asimetría, pero tampoco encontramos liberales que se identifiquen, ni siquiera críticamente, con el proceso del París insurrecto. Para los intelectuales católicos la Comuna es un horizonte negativo que les sirve de base para impugnar las políticas laicistas alertando sobre sus supuestos peligros. La apelación recurrente a la Comuna en el opus sarmientino también es, principalmente, la de un gobernante que impugnaba los movimientos de oposición armada a su gobierno y la persistencia de un clima de inestabilidad hasta el final de la década. La Comuna era una pieza clave en su argumentación a favor de restringir la libertad de prensa e impugnar la política conciliatoria contra los amotinados. Si bien Sarmiento no elude la demonización de los revolucionarios y el agitar el fantasma del estallido su preocupación principal parece haber sido la de contar con elementos para prevenir y repeler los movimientos armados incorporados a la cotidianeidad local. Las convulsiones de París servían de piedra de toque para marcar los límites de la “República de las Instituciones”. Más allá de su lectura coyuntural de la década de 1870 la interpretación de Sarmiento sobre los sucesos parisinos se inscribe en los esquemas más generales de la compresión de la realidad presente en su opus desde sus obras en los años del exilio. Es interesante contraponerlo con el esquema decadentista al que apela el ultramontano Rosas para leer el 71 parisino y la lectura menos lineal del Alberdi que lo hacía opinar que la carrera hacia el triunfo prometeico del hombre era muy azarosa y planteaba muchos atajos peligrosos. Es interesante constatar como la rebelión de las masas parisinas se insertaba en los esquemas con los que habían buscado leer la realidad argentina toda una generación de intelectuales y políticos que llegaba a su última estación. El esquema más complejo con el que el último Alberdi proponía insertar su lectura de la Comuna puede relacionarse con las formas contrapuestas que dos socialistas gringos como Peyret y Wilmart intentaban leer, como contradicciones cruzadas, los datos de la realidad argentina de la década de 1970: la xenofobia y los movimientos federalistas tardíos.

Postal Los miembros de la Comuna ante el Consejo de Guerra de Versalles
Imagen 23. Postal “Los miembros de la Comuna ante el Consejo de Guerra de Versalles - 3ª sentencia del 2 de septiembre de 1871 / Pascal, Grousset, Verdure, Ferat [sic], Descamps, Clément, Courbet, Ulysse Parent”, fotografía de Ernest Charles. Digitalizada por el Musée Carnavelet – Histoire de Paris, inv. PH40518 (Licencia CC BY 2.0)

Sarmiento, Rosas, Alberdi, los católicos, los diplomáticos y viajeros argentinos en Europa coinciden en ver en la Comuna como una amenaza que significaba atraso, barbarie e irracionalidad. Pero a medida que el tiempo le hizo perder a 1871 el sabor de lo inmediato el vector principal del corpus de textos, con pretensiones más analíticas, que trabajamos parece centrarse más en la justificación en la represión de Thiers y la celebración de la Tercera República como un horizonte a ser tenido en cuenta por una república sudamericana que pujaba por consolidar su sistema político como era la Argentina de esos años. El testimonio en caliente de Balcarce reviste el carácter de información de estado contextualizada, minuciosa y con un diagnóstico general de la cuestión. La mirada de Orión tenía mucho de ida y vuelta entre América/Europa, pero con autores como Cané y López estamos con un viaje que es, principalmente, de vuelta. Como continuación de estas experiencias y lecturas podemos mencionar otro tipo de viaje. El de agentes y comisiones gubernamentales criollas que marchaban a estudiar los adelantos de otros países en distintos campos (técnicas militares, sistemas educativos, adelantos agropecuarios, planes de urbanización, etc.) y a participar de eventos internacionales. Proceso en el cual también incluimos la participación de los higienistas criollos en foros y congresos. Denominaremos a estas acciones “Viaje Institucional”. Lo que caracteriza al Viaje Institucional” es la indagación y apropiación de saberes aplicables a distintos campos de la política estatal y, a la vez, difundir los adelantos del estado criollo en los países centrales. El tipo de texto que produce no es la crónica de viajeros, ni la novela sino la ponencia y el informe oficial. Se trata de una etapa superior del Viaje ceremonial. En esa perspectiva se inscribe él envió de una delegación con perfil alto a la Exposición internacional de París en 1889. Dentro de la búsqueda de legitimación por comparación con los países centrales se inscribe el informe sobre educación que encontraba su punto de fuga en el momento de 1870. En la contraposición entre la instrumentación de la política educativa de Sarmiento contemporánea a la crisis bélica y revolucionaria de donde nacería la Tercera República. La paradoja quiso que la participación criolla en la Exposición de 1889 coincidiera con una crisis económica que derivaría, al año siguiente, en la revolución del Parque. En ese sentido la peregrinación a las fuentes coincidió con el final de un periodo.

Por debajo de la celebración de los logros de un país cuya capital era denominada por alguno el “París Americano” los temores derivados de la revolución comunera antecedieron al embelesamiento de los “rastacueros” y los representantes oficiales que visitaban la ciudad luz. Desde las primeras noticias aparecidas en la prensa sobre la revolución parisina la alarma sobre el peligro “comunista” adquirió presencia y continuidad. A la hora de poner nombre y apellido a esos temores es el de Proudhon, de cierta difusión previa en el medio intelectual argentino, el que aparece de manera más recurrente. Paradójicamente aquel defensor de un orden utópico integrado por pequeños propietarios pasaría a ser, en la Argentina del setenta y pico, sinónimo del colectivismo más crudo. En el marco conceptual el término Comunismo, tan poco desconocido en Buenos Aires antes de 1871, aparecería asociado a una forma primaria, arbitraria, e incluso indefinida, de colectivismo que conducía al atraso y a la subversión de las jerarquías. Su consecuencia natural era el gobierno de tribunos despóticos y manipuladores de masas ignorantes, instrumentos inconscientes de una política centrada en la impiedad, el saqueo y la destrucción.

Desde comienzos de la década de 1870 se registran en la Argentina testimonios que señalan inquietud social e incluso la posibilidad de un estallido. Pero fue necesaria la crisis económica de la mitad de la década y los sucesos violentos del verano de 1875, identificados con el incendio comunero, para que esos temores difusos cristalizaran en imágenes más definidas. Es como si los miedos derivados de las epidemias y el crecimiento de la marginalidad dejasen de ser una amenaza latente para perfilarse como convulsiones prácticas y reales. Invitamos a leer los sucesos de 1875 en dos niveles: crisis/pánico con anclaje, respectivamente, en los procesos que se producían en la esfera económica y social y sus lecturas subjetivas. Los principales ordenadores del momento porteño de 1875 son tres procesos: a) la crisis política; b) la agitación anticlerical masiva; c) los indicios de inestabilidad y conflictividad social. En el actual estado de la cuestión predomina una tendencia a ver la crisis política, derivada de la revuelta de Mitre y sus coletazos, como el articulador principal de las demás tensiones del momento. Se trata de una lectura con cierta legitimidad, pero, entendemos, que no excluyente. Proponemos una lectura alternativa que situé los indicios de inestabilidad y conflictividad como un elemento condicionante del proceso en su conjunto. La situación social del Buenos Aires afectado por la crisis económica era un elemento nuevo que no había acompañado a ninguna crisis política anterior. En el plano intermedio la masividad de la agitación anticlerical también se puede considerar potenciada por un subsuelo social agitado. Estos procesos provocaban, como consecuencia lateral, un cierto acrecentamiento de sentimientos xenófobos. De la misma manera los redoblados esfuerzos mitristas por ampliar sus alianzas plebeyas, recurriendo a carbonarios y, llegado el caso, hasta socialistas, reflejarían una lectura política de la crisis social y sus consecuencias. Resumiendo, nos inclinamos a pensar que el pánico comunero fue, por lo menos parcialmente, una consecuencia natural de la crisis.

Entrando en el plano de la subjetividad el pánico a los comuneros incendiarios marca la elevación a un nivel superior de los temores de la víspera. La instalación del miedo a los comuneros piromaníacos representa un punto de arribo en una transformación de la forma de leer el conflicto violento en Buenos Aires. Lo anterior pese a las supervivencias tardías, en imaginarios y estéticas, de la memoria de las pequeñas conjuras y logias. En el nivel más político ya no sería esa la forma predominante del leer el conflicto urbano en la Buenos Aires de 1875. Los elementos que marcan esa transición son los siguientes:

 

Contraposiciones

Mascaras/logiados

Pánico comunero

Protagonistas

Pequeño grupo

Multitud

Espacio

Plaza-Salón

Calles

Carácter

Conspiración

Estallido

 

Es interesante señalar que, pese a no haber dejado de inspirar a caricaturistas e ilustradores, la imagen de los comuneros incendiarios encontró su soporte principal en las palabras más que en la iconografía. Como vimos, el pánico tuvo una primera versión inmediatista en una prensa porteña sensibilizada por los sucesos de El Salvador. En una perspectiva más amplia es sugestivo relacionar su reproducción, más escrita que ilustrada, con la creciente multiplicación y diversificación de medios escritos en la Argentina de esos años. Más lejos aún hemos constatado las huellas del pánico comunero incendiario en distintos campos institucionales y disciplinares en desarrollo. La imagen del comunero incendiario prefiguro la imagen del anarquista tira bombas que se instalara con fuerza en la última década del siglo XIX.

José María Ramos Mejía
Imagen 24. José María Ramos Mejía.
Fotografía de dominio público.

La imagen de la Comuna que se colaba por los debates políticos, institucionales y jurídicos no podía dejar de impactar en campos profesionales relacionados con las transformaciones más estructurales que se producían en las ciudades del litoral argentino. Obviamente que el punto de partida de la agenda de los higienistas hay que buscarlos en los problemas de la transformación de ciudades como Buenos Aires y Rosario en la década de 1870. Pero la referencia al disruptivo episodio parisino dejaría sus huellas en el corpus de los higienistas que experimentaba una creciente interacción con los debates ligados a los problemas urbanos. El crecimiento de las grandes ciudades que generaban hacinamiento, epidemias y marginalidad también incubaba insurrecciones. De manera más explícita o tácita el imaginario comunero jugó un rol en el creciente maridaje entre higiene social y planificación urbana en el medio argentino de la década de 1870 donde casi todo estaba por hacerse en materia de reformas urbanas. Es interesante contrastar la similitud en la propuesta de soluciones prácticas en Rawson y Wilde con la divergencia en sus lecturas más generales de la realidad. Situada entre el fin de una época y el comienzo de otra la utopía higienista podía ser optimista como en Rawson que pensaba que combatiendo el militarismo se quitaba razón de ser a las revueltas “comunistas nihilistas” o pesimista como en Wilde que confiaba menos en educación a los pobres que podía ser contraproducentes para mantener el orden social. Ambos encontraban puntos de convergencia con la impugnación que hacía Alberdi, aludiendo a la Comuna, de las lecturas más unilaterales sobre las vías del progreso. Rawson en la crítica alberdiana al militarismo de la Pax Armada y Wilde en el recordatorio que el progreso debía nacer de un equilibrio entre avances materiales, intelectuales, políticos y morales impulsados por una elite. El esquema organicista, presente en Wilde y en Ramos Mejía, representa uno de los instrumentos teóricos con que se intentaba leer las convulsiones sociales para conjurarlas en la era que comenzó con la Comuna. Es interesante también constatar como la asociación montoneros y amotinados criollos con los comuneros del viejo mundo, presente en el opus sarmientino, es reapropiada en la obra de Ramos Mejía en base a las categorías organicistas. La imagen de la Comuna también se cuela en la discusión por la relación entre los problemas sanitarios de las grandes ciudades y su carácter de centros de poder político y organizadores del espacio económico y social. Para Alem, la evolución histórica del orden político e institucional en la Argentina era incompatible con el centralismo jacobino francés. En relación a Francia este podía haber jugado un rol progresivo en tiempos de la Gran Revolución, pero en años más recientes se había revelado como una estructura asfixiante para la nación y había provocado el acentuamiento de tensiones sociales como las que derivaron en la “Comuna Incendiaria”. Para Don Leandro el roquismo con su “decapitación” de Buenos Aires estaba motorizando una especie de 18 Brumario territorial. Esa pretensión “comunista” de equilibrar para abajo podía derivar, en un futuro, en una distópica Comuna en el Río de la Plata. La defensa de la federalización que hace El Mosquito, en clave haussmaniana, invierte el esquema de Alem y religa la discusión política con el debate por la reforma urbana. La clave no estaba en la historia profunda de Bueno Aires sino en el rol que esta ciudad debía jugar, de ahora en más, en la gran carrera de postas del progreso. La Buenos Aires federalizada además de ser una ciudad moderna, a prueba de epidemias e insurrecciones, debía ser también una ciudad que expresase en su traza y en sus dimensiones simbólicas la solidez de un orden político fuerte que no se identificaba con la tiranía ni la corrupción de una metrópolis decadente. Si Buenos Aires debía exorcizar sus fantasmas convirtiéndose en una ciudad modelo, La Plata, debía nacer con los anticuerpos necesarios para evitar males pasados, presentes y futuros. Como una ciudad higiénica, verde, circulatoria y con una organización de funciones urbanas a pruebas de comunas y nihilistas.

Antonino Cambaceres, 1850. Archivo General de la Nación, Argentina
Imagen 25. Antonino Cambaceres, 1850. Archivo General de la Nación, Argentina. Imagen de dominio público.

A la hora de evaluar la inserción de hombres y mujeres que participaron de la experiencia de la Comuna, o fueron cercanos a ellas, en la sociedad argentina nos topamos con experiencias plurales y disimiles. Comprensiblemente la participación de excomuneros en la formación de las secciones porteñas de la AIT ha suscitado mucho más interés en los historiadores que otras experiencias más difusas. El recuerdo persistente en una izquierda con orígenes remotos en grupos de exiliados constituyó un elemento identitario importante hasta más allá de la consolidación de las vanguardias obreras en la última década del siglo XIX. Ya desde ese entonces comenzó un rescate, fragmentario y discontinuo, de los testimonios sobre la historia de las secciones porteñas. Tarea continuada por los compiladores del legado de las vanguardias, pero menos por los redactores de las historias clásicas del movimiento obrero. La superación del paradigma de una historia sindical institucional o centrada en la exaltación del rol de una corriente política o ideológica llevo a partir de las décadas de 1860 y 1870 a una ampliación en los campos temáticos en la historia de la clase obrera. Luego del gran párate ocasionado por el terrorismo de estado (1974-1983) los comuneros e internacionalistas porteños comenzarían, de a poco, a aparecer con sus rostros propios, sus contextos, sus alcances y sus límites. Fue la historiografía de la izquierda post final del siglo corto la que terminó reuniendo todas las fuentes sobre el tema. Una historiografía que se planteaba: a) revisar las formas más tradicionales de concebir la relación vanguardias/masas; b) pensar el origen de las identidades de clase a partir de un modelo centrado en acciones y experiencias; c) repensar los conflictos de clase como parte de un cúmulo de contradicciones complejas (culturales, territoriales, étnicas, de género, etc.). La consolidación de este nuevo marco teórico, aplicado al caso argentino, permitió instalar: a) una mayor centralidad del estudio de los espacios militantes en su relación con la formación de la estructura capitalista regional y los posicionamientos de la clase dominante hacia los movimientos y acciones de las clases subalternas; b) la superación de la oposición tajante, en términos temporales, entre los conflictos de las clases subalternas ligados a estructuras precapitalistas y los conflictos derivados de la formación de un mercado de trabajo capitalista. En el actual estado de la cuestión se acepta que las montoneras y otras formas de resistencia afines conocieron supervivencias más tardías de lo que tradicionalmente se aceptaba y que también se pueden encontrar indicios de conflictividad de los asalariados ante del surgimiento de los primeros sindicatos. Por su parte la historiografía sobre la inmigración ha permitido conocer mejor la partición política de los gringos en distintos conflictos de la sociedad argentina, mostrando un panorama mucho más complejo de lo que reconocía la escuela asimilacionista. En esa sociedad transicional es en la que se insertaba la realidad del mundo de colonos gringos y la imagen del francés, excomunero o soldado, junto al italiano garibaldino, el húsar prusiano, el español juntero o el suizo cantonalista, como personajes con experiencia armada en el extenso y no tan pacificado territorio argentino. Lo mismo podemos decir de la agitación de tipo anticlerical protagonizada por gringos cuya interacción con el mundo de las vanguardias obreras estaría llamada a ser una relación de tiempo largo.[45] La Argentina entre Pavón y la crisis de 1890 presenta una pluralidad de rostros, una superposición de temporalidades y un universo de tensiones mucho más plural del que se suponía hasta hace un tercio de siglo.

A nuestro juicio el marco necesario para evaluar la experiencia de las secciones de la AIT en su corta vida es el momento 1875 como punto de convergencia de la serie de elementos que señalábamos más arriba. El momento de una crisis, a la vez política y económica, que ejerció presión para que distintos actores sociales adquirieran mayor visibilidad, modificase parcialmente sus prácticas y comenzaran a plantearse nuevos objetivos y demandas. Sin duda el modesto espacio de las secciones de la AIT no puede sindicarse como el punto de partida de un movimiento obrero con continuidad y consolidación. No significó tampoco la instalación de los conceptos de un socialismo basado en el universo de ideas del marxismo que serían difundidos en el periodo 1880-1890 y el rol de los exiliados de la Alemania biskmariana. Pero las secciones si pueden ser consideradas como un elemento en la transición de una etapa en que socialismo había sido sinónimo de un periodismo de minorías radicalizadas y la organización obrera era exclusivamente mutual a un periodo donde se produce en Buenos Aires una primera y modesta instalación de los conflictos típicos entre el capital y el trabajo. Cuando los trabajadores y sus primeras asociaciones reivindicativas adquirieron visibilidad que iría incrementándose en la década larga siguiente. Nos identificamos con la perspectiva que proponía Ricardo Falcón rescatando la proyección de la modesta experiencia de los internacionalistas en las luchas que se producirían antes del fin de la década. Las acciones de la AIT, con sus comuneros refugiados, y su llamado a la organización obrera, habían representado la presencia de hombres y mujeres que se referenciaban en un proceso político, fuertemente estigmatizado desde el poder. Fueron el primer rostro de un socialismo asociado a la idea de lucha de los explotados en las orillas del Río de la Plata. Si partimos de la premisa que las clases sociales van desarrollando su conciencia y su identidad a partir de las acciones que la llevan a identificar sus antagonistas de clase la presencia y la acción de los refugiados de la Comuna en el conflictivo litoral argentino de fines de la década de 1870 contribuyó al desarrollo de un escenario inédito hasta entonces.

Comedor del Hotel de Inmigrantes. Buenos Aires, 1910
Imagen 26. Comedor del Hotel de Inmigrantes. Buenos Aires, 1910.
Imagen de dominio público.

 

Notas:

[1] El autor quiere agradecer a Hugo Eduardo Biagini y a Martín Cremonte por facilitarme materiales de su biblioteca y por sus observaciones y críticas útiles sobre el presente trabajo.

[2] Para un análisis general de la Comuna en la prensa argentina ver: Tarcus (2013, págs. 61-73).

[3] Sesión del 28 de julio de 1871.

[4] Sesión del 25 de julio de 1871.

[5] Discurso pronunciado en la sesión del 6 de octubre de 1871 en el marco de debate sobre la libertad de enseñanza

[6] De esta obra ver: “Un artículo crítico de la política laicista del gobernador santafesino Nicolás Oroño” (págs. 17-18) y el “Discurso pronunciado en el Senado de la Nación el 31 de julio de 1878” (pág. 389).

[7] En Avellaneda (1910, vol. III, pág. 102) se reproduce una carta de Avellaneda del 20 de septiembre de 1877 excusándose de no poder asistir a un homenaje a Thiers.

[8] En Archivo del General Mitre (1912, págs. 169-171 ) se reproduce una carta de Avellaneda a Bartolomé Mitre sobre un comentario de este último sobre la obra de Thiers como historiador.

[9] La información está en un comentario suelto.

[10] El artículo mencionado se titula ¿Que hará el pueblo?

[11] El artículo mencionado se titula “Las revoluciones despóticas”.

[12] El artículo mencionado se titula “Esas aguas del pasado”.

[13] El artículo mencionado se titula “Han de ser honrados en la discusión”.

[14] El artículo mencionado se titula “El proyecto de amnistía en Francia”.

[15] Héctor Orión Varela había recorrido Europa en las décadas de 1850 y 1860 viviendo aventuras propias de un dandi garibaldino. Orión era un liberal admirador de Víctor Hugo, Emilio Castelar, Benito Juárez y José Garibaldi, a quien conoció personalmente. A la vez fue siempre un fuerte crítico de Luis Bonaparte que en 1853 se negó a aceptar sus credenciales como cónsul del Estado de Buenos Aires en Francia a raíz de un artículo de este jacobino porteño que había criticado el célebre golpe del 2 de diciembre de 1851 (18 Brumario… para un tal Carlos Marx). De fuerte vocación americanista, Varela también había criticado duramente la intervención francesa en México y la coronación de Maximiliano I en tierra azteca. En julio de 1867 Orión y Ascasubi habían lanzado en París la candidatura presidencial de Sarmiento durante una visita del sanjuanino a la capital francesa durante la Exposición Mundial de ese año.

[16] El artículo citado se titula “Conversación profética”.

[17] Dos décadas después de sus primeras aproximaciones al tema, Cané ve confirmado sus temores juveniles. En un artículo de 1896 titulado Ola Roja sostiene que el crecimiento del socialismo y el anarquismo en la argentina debía ser frenado por la fuerza ya que las concesiones hechas al movimiento obrero no sirvieron para nada. Cané que, durante su desempeño como ministro de Julio Argentino Roca, sería el autor del proyecto de Ley de Residencia que legalizaba la expulsión de extranjeros (1902), sostenía que la historia había demostrado que la metodología utilizada por Thiers contra los comuneros había estado más que justificada.

[18] El gobierno de Juárez Celman desplegó un importante esfuerzo económico y organizativo para montar una delegación numerosa y de alto impacto en la muestra. Antonino Cambaceres, el representante argentino en Francia, mandó a construir un edificio de tipo gótico para albergar el Pabellón Argentino. Cambaceres, finalmente no pudo encabezar la delegación porque murió un año antes de que se realizara la muestra. La delegación estuvo integrada, entre otros, por el educador José B. Zubiaur, el exgobernador bonaerense Dardo Rocha, el educador y agente colonizador franco-argentino Alejo Peyret, Amancio Alcorta, Santiago Alcorta, Federico Latzina, José A. Terry, Emilio Stein, Julio Victorica, Julio Parera y dos batallones del ejército de línea. La representación argentina recibió numerosos premios ligados a temas educativos, científicos, urbanísticos, filantrópicos, culturales, en el campo de la colonización agrícola, política ganadera, etc. Entre el público que visitó la muestra e intercambió opiniones con la delegación argentina, se encontraba Julio Verne, en su carácter de concejal de la ciudad de Amiens. El 25 de mayo de 1889 se festejó el día patrio con una parada militar en el Pabellón Argentino a la que asistió el presidente francés Sadi Carnot y el vicepresidente argentino Carlos Pelegrini que se encontraba en Francia. Sobre el contexto de la participación argentina ver: Prislei y Geli (1990).

[19] El proceso de formación de secciones de la AIT en Montevideo se presta a cierto paralelismo con la Argentina. Al hacer una tipología del desarrollo de la Internacional en América Latina, Falcón resalta el carácter compartido de países de inmigración masiva. Al igual que en Buenos Aires existía una tradición de “socialismo romántico” que venía de la época del sitio de Montevideo por las fuerzas de Oribe. Era también fuerte la presencia de la masonería que vería con cierta simpatía al movimiento parisino. Los sucesos de la Comuna habían sido vistos por preocupación en la opinión pública de un país inestable como el Uruguay del gobierno de Luis Batlle que venía de enfrentar la Revolución de las Lanzas (1870) con vínculos con el federalismo entrerriano de López Jordán. Entre otros el diario La paz, del liberal laicista y positivista, José Pedro Varela realizó una cobertura bastante amplia del proceso parisino. Pero en Montevideo las secciones de la AIT serán de predominio claramente anarquista. En 1873 los internacionalistas uruguayos enviarán a Buenos Aires a Juanes, un delegado que debía organizar a los elementos ácratas porteños para disputarle el terreno a los “autoritarios”. Pero no tendría éxito. Un referente importante de los primeros grupos ácratas de Uruguay fue Pierre Bernard, activo dirigente de la Comuna de Paris, exiliado en Bélgica y luego radicado en Montevideo.

[20] Para un relevamiento de las biografías de los principales comuneros que llegaron a estas playas ver Tarcus (2013, págs. 73-84).

[21] Sobre una caracterización general de Peyret y su tiempo ver Biagini (1995).

[22] Para un temprano rescate de las figuras de Peyret y Wilmart ver el folleto Los precursores del socialismo en la República Argentina (1917) reproducido en Giménez (1927, págs. 5-41).

[23] Sobre la actuación de Joseph Daumas en el Club Industrial ver Cúneo (1984, págs. 31-51) y sobre su trayectoria socialista Tarcus (2020, págs. 176-178).

[24] Esta página corresponde a la selección y notas.

[25] En Chile también se sintió el pánico comunero en la década de 1870. La formación de los primeros núcleos de las vanguardias obreras en el país trasandino se remonta a la década de 1880 del siglo XIX, pero en la década de 1870 ya circulaba literatura anarquista y socialista. Amén de haberse vivido episodios inquietantes en términos sociales como el motín de la plebe de Santiago en 1851. En el Chile de la década de 1870 existían asociaciones de artesanos, mutuales y algunas sociedades que tempranas veleidades sindicales (tipógrafos, sastres, panaderos). En ella formaba parte gente de la colectividad francesa que incrementaría la presencia al oeste de los Andes luego de la crisis de 1870-1871. La influencia política y cultural francesa se había dejado sentir durante el Segundo Imperio y se continuaría en la Tercera República. Incluso se hablaba en Chile de un cierto afrancesamiento. En 1881 se fundó una primera agrupación socialista chilena donde habrían formado algunos excomuneros. Para un panorama de la imagen de la Comuna al oeste de los Andes, ver: Romero (1997) y Cid y Fernández (2020).

[26] Arturo Dupont fue militante del movimiento del movimiento anarquista y orador en la primera celebración del 1 de mayo en Rosario. En 1916 se estableció en la ciudad de Casilda. Sus últimos años de vida fue militante del Partido Comunista argentino.

[27] Los datos sobre conflictos laborales tempranos pueden consultarse en Sáenz Quesada (1982, págs. 208-213), Di Meglio, Fradkin y Thull (2019) y Leyes (2015).

[28] Sobre un panorama del Club Industrial y su actuación en la crisis de la década de 1870, ver: Cúneo (1984), Chiaramonte (1986) y Panettieri (1984).

[29] El artículo se titula “El incendio de El Salvador”.

[30] Sobre Le Révolutionnaire ver Cúneo (1994, págs. 25-29) y Tarcus (2016, págs. 155-119).

[31] Los levantamientos de las tierras altas de Jujuy entre 1872 y 1875 fueron acciones de las poblaciones indígenas en defensa los derechos a sus tierras comunitarias, ocupadas desde tiempos prehispánicos y reconocidas por la legislación de Indias. Desde la década de 1830 los gobiernos provinciales jujeños venían aprobando leyes que precarizaban los derechos de las comunidades convirtiendo paulatinamente a los aborígenes en arrendatarios de los grandes terratenientes. Esto derivó en levantamientos indígenas, medio mezclados con las pujas ficcionales de la elite jujeña, y ocupaciones de tierras en lugares como Yavi y otras localidades. En 1875 los comuneros collas fueron masacrados en la batalla de Quera. Ni con el mayor esfuerzo de imaginación podría afirmarse que estos movimientos estaban digitados por Marx, Proudhon, Bakunin o algún otro “tira bombas”. Sin embargo, esta asociación apareció en folletos y discursos de los gobiernos jujeños que circularon en Buenos Aires. Ver: Paz (2013).

[32] Desde fines de 1858 se publicaron en Buenos Aires diarios representativos de la comunidad afroargentina reclamando por los derechos de los exlibertos. Muchos de estos diarios también levantan reivindicaciones sectoriales de los artesanos, pequeños comerciantes y trabajadores. Parte de su contenido refleja alguna influencia de corrientes socialistas pre marxistas. Ver: Andrews (1989, págs. 179-235 ) y Cirio (2009).

[33] Sobre la participación de sectores populares en la crisis de 1880 ver: Sábato (2008, págs. 187-212) y Di Meglio (2012, pág. 199).

[34] Junto a estos temores urbanos la Buenos Aires de la primera mitad del siglo XIX conoció temores nacidos de las tensiones políticas y sociales entre el campo y la ciudad. La “ruralización de las bases del poder” post revolucionaria se proyectó sobre la ciudad-puerto en tres momentos: a) la derrota de Cepeda frente a López y Ramírez y la subsiguiente anarquía de 1820; b) el levantamiento rural que siguió al fusilamiento de Dorrego en 1829; c) el asedio de Buenos Aires por las tropas de Urquiza aliada a las milicias rurales del rosismo residual en 1853. La derrota frente a las tropas de la Confederación en 1859 no llegó a constituir un momento de pánico inquietante. En este trabajo nos centramos en las tensiones urbanas por eso no profundizaremos en estos casos.

[35] Sobre este tema se puede ver más en De Lucia (1995a; 1999; 2003).

[36] La publicación satírica El Mosquito llevó una crónica bastante original del pánico de 1875. Utilizando distintos formatos (Diálogos, poesías, sueltos, grageas) ironizó sobre el exagerado alarmismo de la prensa pero sin poner en duda de que era necesario evitar cualquier desborde violento. Esa ironía, planteada desde un campo común, puede apreciarse en el siguiente fragmento de un poema publicado en los días que se encarcelaba a los internacionalistas: “¡Continuad pestañeando, / y buscad con impaciencia / “del astro de la victoria / La deslumbradora estela” / que entre tanto, se alzara/el arma potente y fiera/de la patria dignidad / para aplastar las cabezas / de todos los petroleros / que a turbar el orden vengan” (“Epístola… a los hambrientos”, El Mosquito, 14 de marzo de 1875. Subrayado en el original).

[37] La furia anticomunera de La neurosis de los hombres celebres (1878) preanuncia Las Multitudes argentinas (1899) que sintetiza la impugnación ramosmejiana de las masas, principalmente criollas, pero también gringas, en la historia argentina. Entre ambos libros se produjo la publicación de La Psicología de las Masas (1896) de Gustave Le Bon, que marcará el horizonte teórico de la sociología de Ramos Mejía.

[38] Sobre los proyectos de reforma urbana en las primeras décadas de la expansión de Buenos Aires ver: Radovanovic (2002, págs. 37-132).

[39] En Recalde (1997) encontramos una revisión histórica de los médicos argentinos pioneros de las concepciones higienistas en el país. Este autor señala, correctamente, que la visión higienista de los problemas sociales representa una visión diferenciada dentro del universo de ideas de la clase dominante. Habla incluso de “utopía higienista”. Coincidimos, en buena medida, con estas consideraciones. No obstante, nuestra aproximación al corpus de médicos como Rawson, Wilde o Coni nos hace llegar a la conclusión que el ordenador principal de su trabajo estaba relacionado con una búsqueda de asegurar el control social de las clases subalternas para impedir desbordes revolucionarios. La utopía, en este caso, fue un antídoto contra una distocia a la que se consideraba amenazante.

[40] Para profundizar en el contexto del debate ver: Martínez (1990).

[41] Sobre la preocupación de Rocha por construir un modelo de ciudad a prueba de revueltas comuneras, ver el testimonio de su bisnieto Alberto Belisario Arana en el sitio web Misterios de la ciudad de La Plata (https://www.facebook.com/MisteriosDeLaPlata/).

[42] El proyecto de la construcción de la ciudad de La Plata fue objeto de distintos tipos de críticas. Desde objeciones de carácter presupuestario, otras relacionadas con la pertinencia del lugar que se había elegido para el emplazamiento (Las Lomas de la Ensenada) y otras sobre las características urbanísticas y edilicias del proyecto. En la escena política nacional la iniciativa fue sindicada como parte de un proyecto personalista de Dardo Rocha que, con base en el autonomismo porteño, aspiraba a suceder a Roca en la presidencia en 1886 y a consagrar a La Plata como capital de la república. Más sobre este tema se puede consultar en Alonso, P. (2003).

[43] Buenos Aires en 2080 de Aquiles Sioen propone también una especie de modelo de ciudad higienes, circulacionista y llena de espacios verdes, como en la novela de Verne. No obstante, pone más el acento en imaginar un hipotético futuro ultra tecnocrático para Buenos Aires junto a especulaciones sobre el escenario político, religioso y artístico a fines del siglo XXI. La impronta futurista de esta obra se relaciona menos con la posibilidad de extraer esquemas y conceptos aplicables a un modelo real. No obstante, era una obra conocida por los diseñadores de La Plata y está dedicada a Antonio Cambaceres que apoyo el proyecto de Rocha.

[44] Ver más en Coni (1885, págs. 48-50); (hornos) págs. 158; (puerto) págs. 183-188 (loteo de terrenos a funcionarios) y; 189-190 (talleres ferroviarios).

[45] Sobre este tema se puede leer más De Lucia (2002).

 

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  • El Industrial (1 de noviembre de 1875)

 

Cómo citar este artículo:

DE LUCIA, Daniel Omar, (2022) “El fantasma de la Comuna sobre el Río de la Plata (imágenes, tensiones y debates)”, Pacarina del Sur [En línea], año 13, núm. 48, enero-junio, 2022. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Miércoles, 5 de Octubre de 2022.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.com/index.php?option=com_content&view=article&id=2046&catid=5

Edición 48

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