Pacarina del Sur
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Nuestra América: riesgos, encrucijadas y esperanzas

a Pacarina del Sur, en nombre de todos sus integrantes, desea a su comunidad creciente de colaboradores y lectores un año 2016 pleno de realizaciones intelectuales y de mejores lecturas. De nuestra parte, renovamos nuestro compromiso de mejorar la presentación de la revista, así como la calidad de los escritos que nutren de pensamiento crítico continental sus páginas, número a número. Somos conscientes que Nuestra América tendrá que atender nuevos desafíos y nosotros como parte de ella desplegaremos nuestros mejores esfuerzos intelectuales y acciones ciudadanas en defensa de su inconclusa integración, sin sacrificar los derechos y aspiraciones colectivas de sus identidades etnoculturales. La voluntad de abatir la desigualdad, la injusticia, la discriminación, la opresión y la depredación ambiental se funda en necesidades reales de nuestros pueblos, tanto como los deseos de patrimonialización y renovación cultural y política. Este nuevo año, que ya iniciamos no puede hacernos olvidar el año que dejamos atrás, tampoco los legados y lastres de los procesos históricos de los que somos observadores críticos y protagonistas comprometidos.

2015 —como todo año que concluye— es objeto de reflexiones o pareceres intelectuales y políticos que modelan corrientes de opinión acerca de los acontecimientos más relevantes del país, del continente y del mundo que nos toca vivir. A lo anterior, se suman la reactualización o creación de algunas representaciones artísticas y literarias que significan o simbolizan relevantes aristas y tramas culturales. Este universo, mirado en su conjunto, se dibuja y opera como un caleidoscopio que permite visualizar actores, imágenes e ideas, prácticas sociales y productos culturales o de otra índole, entre desacuerdos y antagonismos, particularismos, énfasis y preferencias.

Sin embargo, las perspectivas de quienes adhieren a alguna de las corrientes del pensamiento crítico de Nuestra América han dejado en sus márgenes ciertas problemáticas que siendo nacionales trascienden los límites de sus fronteras. Y es precisamente este descuido que es capitalizado con mayor fuerza por las corporaciones mediáticas para reproducir zonas de penumbra. Los casos de Haití y Puerto Rico refrendan lo dicho. Haití, durante esta onda expansiva oficial de los bicentenarios de la Independencia que se proyectará hasta 2024, carece de visibilidad. Se borra el papel cumplido por Alexander Petión en el enriquecimiento de sus plataformas programáticas con sus ideas abolicionistas y la emancipación de los esclavos de origen o descendencia africana. Se olvida igualmente que Petión apoyó materialmente la expedición militar emancipadora de Simón Bolívar de 1816. Una desmemoria interesada y perversa con la heroica gesta haitiana y con su dramática contemporaneidad.

Va una década de ocupación militar de Haití a propuesta de Estados Unidos y bajo la cobertura de la llamada Misión de las Naciones Unidas para la Estabilización de Haití (MINUSTAH). La anunciada paz y seguridad se esfumaron para la población haitiana, al mismo tiempo que se debilitó la llamada ayuda humanitaria iniciada con motivo del devastador terremoto de enero de 2012. Las violaciones de los derechos humanos por parte de efectivos militares de la MINUSTAH comprometen a soldados y oficiales latinoamericanos. En general, prevalece una versión precaria y neocolonial de la ideología de la «seguridad» hemisférica, bajo cuyo manto se despliegan intereses corporativos sobre los recursos hídricos, pesqueros, submarinos y de control del tráfico naviero.

Bajo el mismo horizonte merece destacarse un viraje esperanzador anticolonialista en las Antillas. El Comité Especial de Descolonización de la ONU aprobó en junio una resolución que ratifica el derecho de Puerto Rico a la autodeterminación e independencia. La moción fue presentada por Cuba con el aval de cuatro países latinoamericanos, demandando a Estados Unidos que permita que el pueblo ejerza su derecho a la emancipación, en concordancia con el acuerdo y pronunciamiento de la Asamblea General de poner fin al colonialismo en el planeta del año de 1960, el cual sigue vigente. El silencio de los demás gobiernos del continente es censurable por su debilidad, falta de congruencia frente a principios consagrados por el derecho internacional y su inconfeso alineamiento con la política exterior estadounidense. Internamente, la base social y política en favor de la identidad y soberanía de Puerto Rico ha crecido, según lo prueban las declaraciones y posturas de un sector relevante del oficialista Partido Popular Democrático y otras organizaciones y corrientes sociales y políticas. En todas las instancias se ratificaron el derecho a que la lengua oficial sea el castellano. El proceso de politizar la resolución del idioma oficial fue solventado por su identidad cultural y fue respaldado por la mayoría de los portorriqueños.

Diera la impresión que en el horizonte político de la región asistimos a un giro hacia un conservadurismo de tono «modernizante», considerando las crisis de los gobiernos en Venezuela, Argentina y Brasil, los más importantes de América del Sur por su proyección económica, política y diplomática. Cerramos el 2015 con dos derrotas electorales, la del Frente para la Victoria (FpV) en la Argentina el pasado 22 de noviembre y la pérdida de los comicios parlamentarios del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) en las elecciones legislativas del 6 de diciembre. Pesa también, en este balance preliminar, la amenaza de juicio político contra la presidente Dilma Rouseff y el desgaste del Partido de los Trabajadores por sonados casos de corrupción gubernamental. Con este resultado se profundiza la crisis del proyecto neobolivariano en Venezuela y se consuma el arribo de una mayoría parlamentaria de oposición y orientación neoliberal y por ende, inclinada a favor de una política reprivatizadora que propicie el ingreso de las corporaciones transnacionales y el realineamiento geopolítico proestadounidense. El reciente retiro del retrato de Simón Bolívar, más que el de Hugo Chávez, del recinto parlamentario, ha abierto una fisura simbólica y política que tendrá significativo costo para las fuerzas de oposición. La sacralización del principal héroe patrio es anterior al chavismo, aunque éste le imprimió un sello político de contenido antiimperialista.

El gobierno de Mauricio Macri ha hecho pública su postura frente al Mercosur —reunión del 21 de diciembre en Paraguay—, UNASUR y la Alianza para el Pacífico, así como su voluntad de iniciar una estrategia económica «desreguladora» bajo promesas de remontar el proceso inflacionario, modernizar la economía y recuperar el crecimiento con el concurso de las corporaciones transnacionales y los más importantes grupos de poder nativo. El conjunto de medidas anunciadas afecta el horizonte del futuro nacional y continental, siendo una muestra del núcleo ideológico «duro» de su gestión el que haya iniciado su mandato clausurando el Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano «Manuel Dorrego», en lugar de proponer su reorganización bajo un marco de pluralidad ideológica. La anunciada reestructuración del «Centro Cultural Néstor Kirchner» sigue otro camino, no fue clausurado, pero los primeros síntomas de su nueva orientación suscitan fundadas dudas y preocupaciones. De manera explícita, el actual gobierno ha subrayado que el turismo, incluyendo su vertiente de mercantilización cultural, es una de sus principales prioridades. Grandes negocios se cuecen con celeridad, lejos del escrutinio público y bajo el novísimo paraguas del discurso macrista. La abolición de las restricciones a la importación de libros, según Pablo Avelluto ministro de Cultura, favorecerá la «bibliodiversidad» y con ello presuntamente a la comunidad lectora, incluida la académica. Lo que no dice el citado funcionario, es que favorecerá a las grandes corporaciones editoriales en detrimento de los pequeños y medianos editores nacionales. La medida es comprensible si recordamos que el señor ministro fue ejecutivo en la Editorial Planeta (1995-1999) y Random House Mondadori (2005- 2012) actualmente conocida como Penguin Random House.

Las derrotas electorales del PSUV y del FpV ante amplias coaliciones conservadoras dejan varias enseñanzas y abren espacios de obligada reflexión para el campo popular. No es prudente atribuir el resultado adverso solo al papel desestabilizador de las grandes corporaciones mediáticas y a la injerencia estadounidense. El repentino olvido de los beneficios obtenidos por sectores populares que voltearon la cara a la propuesta «kirchnerista» y optaron por la alternativa de promesas brindadas por la alianza «Cambiemos» se hunde en las urgencias y demandas de la vida cotidiana. Factores de peso como algunos casos de corrupción de funcionarios públicos vinculados al gobierno de Cristina Kirchner, asociados a los yerros políticos en la aplicación de la política agropecuaria y en el control de cambios de divisas, se agravaron con el proceso inflacionario apenas disimulado por las estadísticas oficiales. Todo contribuyó a que las preferencias electorales encontraran otro norte, plasmado en la propuesta neoliberal, un enunciado imaginario y un tanto engañoso, pero acorde a sus expectativas de vida.

Cabe decir, que la lucha contra la corrupción, ha sido mejor capitalizada electoralmente por las fuerzas políticas neoconservadoras que por las de sus oponentes de centro izquierda e izquierda. Lo paradójico del caso es que los partidos tradicionales y las élites políticas de derecha tienen en su haber un historial muy grande de saqueos de los recursos públicos y de operaciones mafiosas en materia de concesiones y licitaciones de bienes de propiedad estatal y recursos naturales; pero también es verdad, cubiertos por el manto de la impunidad que suele otorgar la complicidad del Poder Judicial.

Por otra parte, cabe señalar que los tiempos muestran que las disciplinas humanísticas, así como las Ciencias Sociales son nuevamente objeto de acoso y descalificación por parte de organismos internacionales, entidades financieras, empresariales y aun gubernamentales. No parece ser un asunto únicamente regional si tomamos en cuenta que el gobierno del Japón ha tomado decisiones relevantes en la materia. A mediados de septiembre del año pasado, Hakuban Shimura, ministro de Educación, envió una directiva a los rectores de 80 universidades estatales para que restrinjan o supriman las disciplinas humanísticas y de ciencias sociales, en favor de la expansión de las carreras científicas y técnicas. Un eco de esta onda descalificadora se ha hecho sentir con fuerza en Colombia. En dicho país sudamericano, la Convocatoria 727 que ofrece Colciencias para financiar doctorados en Colombia, descalificó en 2015 a todas las candidaturas dedicadas a las disciplinas humanísticas y de ciencias sociales.

La cultura institucionalizada y sus políticas revelan, por un lado, su marginación en los presupuestos nacionales. El uno por ciento del PBI recomendado por la UNESCO en favor de las políticas culturales de los estados de nuestro continente es una meta muy lejana. A los gobiernos la asignación de partidas presupuestales para la cultura les parece gastos superfluos. Refrendan lo dicho los congelamientos o recortes presupuestales de que son objeto con mucha frecuencia sus Ministerios de Educación y Cultura. La reciente creación de la Secretaría de Cultura en México arriba con el mismo presupuesto de las instituciones que integró, y que en los hechos, llega devaluado por la tasa anual de inflación. En general, la creación de Ministerios de Cultura respondió a una iniciativa del Banco Mundial acogida por UNESCO, con la finalidad de mercantilizar los bienes culturales de la nación, generando nuevos ingresos al servicio de los aparatos de recaudación fiscal y de operaciones de finanzas y hacienda. La llamada «economía cultural» es una prolongación del discurso de la economía neoclásica ad hoc, para estas nuevas orientaciones descentradas de los intereses de la sociedad y de la nación. Una somera revisión de la gestión de estos ministerios, país por país,en el continente, arroja una gama tan amplia de agravios que abonan el terreno para sostener la tesis acerca del fracaso de la escisión de los ramos de educación y cultura; fuera de sus prácticas contrarias a la defensa y al enriquecimiento del patrimonio histórico y cultural. Las políticas culturales en Nuestra América merecen otro trato y otra brújula. Está en la voluntad ciudadana, expresada en un enorme abanico de organizaciones sociales y partidarias; esa y muchas otras reorientaciones de las políticas de Estado.

 

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