Pacarina del Sur
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Estampas peruanas

 

I: Religión y política

Veo en la majestuosa plaza de armas de Lima la lenta procesión del Señor de los Milagros que recorrió por la mañana el camino de la iglesia de las Serenas hasta la catedral y ahora, por la tarde-noche invierte los pasos. Las cuadrillas de la Hermandad compuesta por decenas de varones muy trajeados de oscuro y arropados en una especie de túnicas solferinas con gruesos cordeles a manera de corbatas, se turnan en soportar la plataforma con la imagen. Me imagino estar en un tiempo ya ido, en las postrimerías del siglo XVIII de la época colonial, con sus cuerpos cerrados de órdenes religiosas y clérigos, sus cofradías y sus obispos-condes-marqueses. Años cuando a la entrada del nuevo virrey del Perú se cubrían las calles con barras de oro, mientras que en Madrid la corte real declinaba irremediablemente y exhibía sus penurias morales y políticas. La escena, sin embargo, parece menos insólita si se considera que los medios de comunicación han mantenido a la opinión pública mundial atenta a los detalles de dos acontecimientos notabilísimos...en la época de Carlomagno: que un Papa se convierta en santo y que un príncipe se case.

El Señor de los Milagros, la imagen mas venerada por los limeños, muestra bien el sincretismo entre los viejos cultos prehispánicos y el catolicismo idolátrico, con su multiplicidad de santos, vírgenes y ángeles mágicos. En lugar del Cristo rubio, europeo, aparece en la cruz uno moreno, tirando a negro, custodiado por dos astros, la luna y el sol,  brotados de la adoración de los antiguos en cualquiera de las innumerables Huacas o sitios sagrados que se encuentran en buena porción del Perú y de Bolivia.  "Los indios vibraban de emoción —escribió  Emilio Romero un reconocido autor peruano, a propósito de estos empalmes religiosos­— ante la solemnidad del rito católico. Vieron la imagen del Sol en los rutilantes bordados de brocados de las casullas y de las capas pluviales; y los colores del iris en los roquetes de finísimos hilos de seda en fondos violáceos...Así se explica el furor pagano con que las multitudes indígenas cuzqueñas vibraban de espanto ante la presencia del Señor de los Temblores en quien veían la imagen tangible de sus recuerdos y sus adoraciones, muy lejos el espíritu del pensamiento de los frailes. Vibraba el paganismo indígena en las fiestas religiosas. Por eso, los vemos llevar sus ofrendas a las iglesias, los productos de sus rebaños, las primicias de sus cosechas". Igual que en Mexico, donde la madre de Cristo es morena e hizo su milagrosa aparición justo en el mismo peñón donde los antiguos veneraban y ofrendaban sus bienes a Tonantzin, la diosa de la madre tierra.


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Muy pocos tienen presentes estos hechos, de ellos quedan solo los vestigios históricos y culturales. En su lugar subsiste y crece una religiosidad popular bien fijada y fincada en las nuevas deidades, alimentada desde hace siglos por los dueños del poder, cambiantes pero iguales: antes señores de la tierra, hoy magnates de los medios y de los bancos. Antes, obispos-ministros, reyes y virreyes. Hoy, presidentes, legisladores y líderes de partidos, quienes practican el mismo oficio y se valen del uso político de las creencias en lo sobrenatural, tan antiguo como el poder mismo. No en balde Gibbon el gran historiador inglés, afirmaba que en Roma para el pueblo todos los dioses eran verdaderos, para los filósofos todos eran falsos y para los gobernantes todos eran útiles. Tan útiles que en todas partes, aun los incrédulos y ateos funcionarios o dirigentes partidarios, rinden tributo a los cultos populares y desearían identificarse hasta donde pueden con el Señor de los Milagros o con la Guadalupana.

En el Perú, el presidente Alan Garcia y la candidata Keiko Fujimori escuchan reverentes (frente a las cámaras de televisión, por supuesto) al cardenal Juan Luis Cipriani el principal administrador de la fe católica, cuando éste les imparte la bendición  a los pies de la imagen sagrada. (Según  Mario Vargas Llosa, este dignatario pronunció una frase memorable que lo retrata: los derechos humanos son "cojonudeces", -"pendejadas" diríamos los mexicanos-, para cubrir en su momento  las atrocidades del fujimorismo). La escena montada en la catedral de Lima es inequívoca, los tres actores comparten la misma apuesta política: van con todo en la segunda vuelta electoral a favor de este reagrupamiento de las derechas tras la candidatura de la hija de Alberto Fujimori. En Mexico, mientras tanto, Jesus Zambrano el dirigente del PRD (al que todavía pertenezco) tiembla ante una tonta acusación del abogado de la mitra y se apresura a declarar su fe católica, agregando que le merece respeto "por ser la que profesa mas del ochenta por ciento de los mexicanos". ¿Hasta donde podremos retroceder con esta izquierda, a la cual se le rasca un poco y enseña el cobre confesional?

Escribo estas reflexiones sentado en una banca del hermoso parque dedicado a Juan Pablo Vizcardo y Guzmán, en la ciudad de Arequipa, bajo la estatua erigida en memoria del exjesuita precursor e ideólogo de las independencias iberoamericanas. Cuando redactó su visionario texto "Carta a los españoles americanos" en 1793, no podía plantearse todavía la separación entre la iglesia y el estado y la libertad de conciencia, menos aun en los países sudeuropeos y en las colonias americanas. La batalla para alcanzar ambas emancipaciones tanto en las naciones del viejo continente como en las del nuevo, sería larga y sus episodios estelares ocuparán todo el siglo XIX. Sin embargo, llegamos al XXI y no acaban las sociedades de poner a la religión y a la política en el sitio que les corresponde a cada una, la esfera privada del individuo la primera y el ámbito público la segunda.

Ya no se declara a la religión católica como la única, prohibiendo a las otras, pero, polvos de aquellos lodos, se pretende -y se logra en muchas ocasiones- que los altos clérigos dicten el contenido de la ley civil, o inclinen la balanza electoral a favor de alguna candidatura tributaria de sus dogmas e intereses. También,  se busca asociar la confesión religiosa a la militancia política, demandando del creyente el voto a favor del candidato de su misma confesión y presentandose el político como su cofrade, regularmente católico, pero con frecuencia de alguno de los otros cultos cristianos que han cobrado auge en ciertas regiones.

Pensar América Latina, es navegar en un mar de cavilaciones que abarcan una gama inacabable de temas. Uno siempre presente es el de las relaciones entre las iglesias y el estado, que reververa en tiempos electorales, como acontece en el Perú hoy mismo. Quizá nunca logremos emancipar por completo a la política de los prejuicios religiosos. Sin embargo el  multisecular esfuerzo por evitar que la sinrazón se apodere de las mentes y haga inclinarse a los individuos ante fetiches bien aprovechados por los titiriteros, es el que ha permitido alcanzar todos los triunfos de la libertad y elevar la condición humana.  Así que, no podemos renunciar a esta causa.

Una última estampa peruana en este texto. La reunión de los presidentes de Mexico, Colombia, Chile y Perú  en el marco del foro económico  llamado Arco del Pacifico, el cual fue presentado como la alternativa neoliberal frente al Mercosur,  se enlaza bien con todo el empeño de las corrientes derechistas latinoamericanas por retener el poder político en este ultimo país. En unos comicios casi parejos, el candidato de centroizquierda  Ollanta Humala, tendrá que superar entre otros factores adversos, la negativa influencia ideológica de la iglesia y al mismo tiempo el apadrinamiento que de hecho le vinieron a brindar los tres mandatarios a su contrincante. Ya veremos que pasa el 4 de junio.


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II: Los uros del Titikaka

Puno es una ciudad asentada en una de las orillas del Titikaka (como insisten los lugareños que debe escribiese el nombre del lago sagrado de los incas, sesenta por ciento peruano, cuarenta por ciento boliviano). El aire enrarecido de sus tres mil ochocientos sesenta metros sobre el nivel del mar causa algunos problemas a casi todos los viajeros, sobre todo a los que llegan de las costas, quienes se sorprenden por el repentino cansancio cuando suben alguna de las callejuelas. Para la mayoría de los fuereños, el atractivo principal de esta población -que como otras del Perú, muestra decenas de casas a medio terminar, casi siempre con un segundo piso en obra negra- es visitar las islas flotantes de los descendientes de los uros, ancladas a unos cinco kilómetros del muelle repleto de barcazas que transportan pasajeros continuamente. Estos isleños son hablantes del aymara, como el grueso de los que habitan el altiplano peruano-boliviano, pero tienen como ancestros a los míticos constructores de las islas flotantes quienes se asumían superiores a todos. La tradición recoge el encuentro con el primer español que conocieron, el cual les preguntó que gentes eran, respondiéndosele: no somos gentes, somos uros, con la sangre negra. Para evitar la mezcla degradante con otras razas como dice la leyenda, o quizá mejor para salvarse de la esclavitud como apunta la historia, los uros caminaron hacia el Sur, pero ya no había más tierras desocupadas sino solo agua. Entonces, advirtieron que en las partes bajas del lago crecían en abundancia unas delgadas cañas de la totora, una planta que acabo por ser el factótum de sus vidas. Atando manojos de estos tallos y reuniendo a miles de ellos, construyeron canoas cuya forma se parece a las de los vikingos, con la cabeza del jaguar, su deidad animal en la elevada punta y tan fuertes que algunas transportan sin dificultad a treinta personas. Después conformaron espaciosas plataformas flotantes sobre las cuales edificaron sus chozas, primero integradas a las barcas, bajo el mismo procedimiento. También descubrieron que el blanquecino corazón de los tallos tiernos era comestible. Probablemente les hubiera acomodado mejor el mote de "hombres de la totora", como se dice "hombres del maíz" a los mesoamericanos.

Hay noticias de que hace un siglo, había unas cuatro mil islas habitadas cada una por cuatro o cinco familias. Hoy quedan unas cuarenta, colocadas en un enorme círculo cuyo centro parecería la plaza de un pueblo, inca o hispano, por la cual circulan los andantes, intercambiando, pescando, en la fiesta o visitando. No solo viven allí los hombres y mujeres, sino que en otras islas pueden verse a unos pocos cerdos que hozan en el piso de yerbas e inexplicablemente no caen al agua. También se mira alguna vaca con su cría, atada, o anclada mejor podría decirse. Mantener activo y funcionando todo este hábitat, exige enormes cantidades de trabajo y de organización colectivos, pues la totora crece continuamente y la que queda en la parte baja del piso se deteriora, por tanto cada quince días debe renovarse la capa superior. Ello obliga a los uros -llamemosles así por economía de palabras, a sabiendas de que la última mujer de esta raza murió hace medio siglo-  a cortar, ajustar y colocar otros manojos de cañas permanentemente.

Alicia, una de las dueñas, nos muestra el interior de su pequeña casa, en la cual se encuentran unos escasísimos enseres y la ropa colgada de las paredes. Ella se las ha ingeniado para tener un patio, en el cual ha colocado macetas con flores "porque a mis hijos les gustan mucho" nos dice orgullosa. Nos platica muy animada de las telenovelas mexicanas, que pueden ver todos los de su isla gracias a que durante el gobierno de Fujimori, -recalca el guía- les instalaron una minúscula planta de paneles solares, los cuales proporcionan suficiente energía para alimentar un aparato de TV. Se queja de que solo puede mandar a uno de sus hijos a la escuela, porque no le alcanza para otro. Pero quiere que al menos el afortunado vaya a la universidad.

En uno de los claros que dejan las casas y una especie de torre de vigilancia -vestigios tal vez de otras épocas- las mujeres y los hombres colocan sus productos de artesanía: miniaturas de canoas, casas, islas y personas todas fabricadas con la prodigiosa yerba. También unos bordados rústicos en los cuales las mujeres recrean el pasado legendario de "nuestro pueblo" me dice la anfitriona. Le compro sin regateo un lienzo en la que aparece una colorida estampa con las aguas de fondo y sobre las mismas el tejido del jaguar, la serpiente y el cóndor, los antiguos uros con sus redondos sombreros, fabricando casas o pescando. Me recuerdo en ese momento a doña Añada, un personaje de las novelas de Manuel Scorza, el inmenso escritor peruano fallecido prematuramente en aquel fatídico avionazo de 1983, en el cual también perdió la vida el mexicano Jorge Ibargüengoitia. Aquella mujer era una anciana ciega, que bordaba día y noche misteriosas figuras en paisajes y secuencias que nadie alcanzaba a descifrar. Y era porque a diferencia de estas artesanas uras, que recuperan el pasado, doña Añada, vidente sin ojos, predecía el futuro.

Una pregunta inevitable es: ¿Cuando desparecerán  los uros con sus islas amarradas al fondo del lago?. (Si no las aseguramos, bromea uno de ellos, vamos a parar una de estas noches a Bolivia y nos agarran por indocumentados, con todo y casas). Es probable que la siguiente generación ya no vea a residentes, sino a montajes completos para los turistas. Así ha ocurrido en otros sitios, por ejemplo enÁkoma, la ciudad del cielo, the sky city, ubicada en el norte de Nuevo Mexico. Allí, existe una extraña llanura en la cual se alzan unas colinas que no terminan en punta sino que parecen cortadas. En la más alta, los antiguos ákomas construyeron su ciudad, con paredes de adobe y escaleras exteriores para subir a los pisos altos. Fueron conquistados y masacrados por los españoles, quienes a su vez, evangelizando a los sobrevivientes, construyeron en la cima una iglesia dedicada a San Esteban ¿O San Sebastián?. Hasta principios del siglo pasado, al menos, todavía el pueblo estaba habitado. Cuando lo conocí, hace unos tres lustros, los ákomas ya no vivían allí, pero sus herederos habían construido un camino alrededor de la pequeña montaña para que ascendiera un camioncito lleno de visitantes, previo pago de diez dólares por persona.  Tal vez, siguiendo este ejemplo, los uros se cambiarán a las casas de bloques y ladrillos, a medio construir, de los alrededores de Puno, -empleándose unos pocos como guías de turistas de alguna empresa trasnacional-. Sin embargo, se antoja difícil o tal vez imposible que puedan conservarse por mucho tiempo las islas y sus chozas sin las manos que las mantienen en pié, antes de que la totora crezca por todas partes, levantando pisos y derribando muros.

Estos paisajes sociales forman parte de la contrastante realidad y de los abismos que se ofrecen en casi toda Latinoamérica. El Perú, como México, es pródigo en ellos. Caminar desde el suntuoso mall Lancomar, frente a las olas de la costa limeña, hasta las islas de los uros, es equivalente a ir desde los lujosos centros comerciales de Polanco en la capital mexicana hasta las miserables cuevas habitadas por los rarámuris en la salida de Creel, en el estado de Chihuahua. La opulencia y la miseria inseparables.

 

III: La exuberancia del pasado

En un pasaje que leí hace años, un historiador europeo sostenía que la arquitectura romana hablaba de la solidez de su civilización, así como de la intención de permanencia y prolongación a través de los siglos. Ponía como ejemplo el famoso puente y acueducto del Gard, construido sobre el río francés, que corre por el sur de la Galia. En la colocación de los bloques de piedra, su ensamble justo y su simetría, se manifestaba la armonía de las reglas y la aspiración de eternidad de la pax romana. Al mirar en la ciudad de Cusco los vestigios del templo inca del Coricancha, o Quri Kancha o Inti Kancha, sobre el cual se edificó el enorme convento de Santo Domingo, no puedo menos que cavilar en que los constructores del primero, también pensaban en la inmortalidad de su civilización. La perfección en el labrado de los poliedros que se encastran entre sí, en correspondencia exacta, deja un muro de piedra perfectamente plano, sin señas de mezclas en las juntas. Todavía, los arquitectos-artesanos-artistas se dieron tiempo y reservaron talento para figurar a un jaguar, a un cóndor o una serpiente ocultos en el mosaico y que el buen observador debe descubrir. La pared empieza ancha en la base y termina angosta en la altura. Es la forma trapezoidal también usada en las ventanas. Quizá por ello, en su tierra de temblores, sus muros han resistido una y otra vez, mientras que aquellos de los hispanos han sido derruidos y vueltos a levantar.  El templo dedicado a Inti (el Sol, la máxima deidad incaica) formó parte de un conjunto extenso de edificios urbanos que dieron forma a la antigua capital de los incas. La urbe es ahora, quizá de los pocos lugares del mundo en que todos los días se transitan calles flanqueadas por muros alzados hace más de cinco siglos, durante el apogeo de una civilización ahora desaparecida.

​La suerte del Cusco es la misma que corrió Tenochtitlán, aunque la barreta ibérica ejecutó su labor demoledora con mayor saña en la sede de los mexicas. Allá, los dominicos que recibieron el Coricancha –ya desnudo del cinturón de oro que recorría su muralla externa- como un regalo de Juan Pizarro, el hermano del conquistador del Perú, (a quien le tocó en el “reparto de lotes”), al menos dejaron varios recintos completos, o bien utilizaron como cimientos visibles a las firmes bardas de los incas. Algo parecido hicieron el resto de los conquistadores hispanos que tumbaron Cusco para levantar sobre sus ruinas el nuevo orden. En cambio, los mexicanos de hoy debemos escarbar y escarbar para descubrir apenas los desplantes de lo que fueron altos edificios.

Si bien durante mil años que duró el Medioevo en Europa, el coliseo, los templos, el foro, las termas, los teatros, los acueductos y puentes romanos fueron saqueados y usadas sus piedras, nunca la destrucción fue tan acelerada, sistemática y organizada como en América. Aquí, la civilización-bárbara de los europeos acabó con urbes y complejos arquitectónicos que igualaban o superaban a cualquiera de sus pares en otros lugares del mundo. Todavía no se conocía el turismo, porque de haber sabido los codiciosos y mesiánicos españoles del siglo XVI que en el futuro la contemplación de las cosas del pasado podía convertirse en el principal ingreso de los gobiernos, quizá hubieran dejado a la vista el templo mayor de Tenochtitlán y en lugar del convento de Santo Domingo montado arriba del Coricancha, podríamos admirar la magnificencia completa de éste. En Roma, los papas que la gobernaron durante siglos, no fueron especialmente cuidadosos para conservar la cultura material de los antiguos, pero tampoco se empeñaron en su destrucción. Alguno hubo que se conformó con plantar la cruz cristiana en medio del coliseo o convertir el antiguo panteón en iglesia, decisión afortunada por cierto, pues llegó intacto hasta la actualidad. Quedaron en pié de esta suerte, enfrentando el pillaje y la incuria de siglos, tantas ruinas como para que las finanzas de la comuna –el municipio- de Roma pudieran vivir de este pasado glorioso.


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Machu-Pichu otra ciudadela inca menor, se escapó de la destrucción. Quizá haya de considerarse este hecho un milagro, concedido por el dios cristiano apiadado ante tanto destrozo realizado por sus celosos adoradores. O, con mayor verosimilitud, a que se encuentra  ubicada  a la mitad de una gigantesca montaña, arriba de un valle casi inaccesible en los tiempos de la guerra de conquista. Se cuenta que los incas optaron por abandonarla cuando vieron la suerte del Cusco y sabiendo que la selva cubriría hasta el último rincón en unos pocos años. El caso es que permaneció escondida por más de cuatro centurias. Lo que se puede admirar ahora, no es desde luego todo lo que existió. Sin embargo, aparte de las edificaciones, es posible apreciar el orden de la sociedad inca. En un lado, la parte agrícola con la montaña dividida en terrazas en cada una de las cuales se cultivaba una planta diferente según la altitud. En el otro extremo, los templos, el equivalente de los graneros o bodegas, talleres o escuelas, las habitaciones. Están allí las maquetas-proyectos, realizados en piedra y se pueden mirar los ingeniosos instrumentos de nivelación, indispensables para construir estos portentos de edificios. Pero, dicen los estudiosos, el 60% de Machu Pichu está oculto y se refieren a las obras de drenaje, sin las cuales no habría podido sobrevivir ni un lustro, teniendo en cuenta la cantidad de lluvia que cae en esta ceja de la selva.

En el Perú se han sucedido una civilización tras otra durante milenios. Lo mismo que en México. Siglos antes de la llegada de los administradores incas a las tierras desérticas de la costa ocupada por Lima, floreció allí la cultura Ichma. Para los norteños de México, el parecido con Paquimé salta a la vista. Plantas similares propias del clima árido como nopales y cactus, pero sobre todo los complejos levantados con tierra, ya sea pegando adobes o rellenando moldes. Hablamos largo con José Nizama, el dinámico arqueólogo curador del museo de sitio allí ubicado y me informo que son culturas contemporáneas o muy cercanas en el tiempo. Es muy probable que esté descubriendo el hilo negro, me temo, pero aún así le pregunto: ¿Y porque no entablamos un diálogo entre Paquimé y el Parque de las Leyendas? (Donde se encuentras las huacas de los ichman). Quedamos en armar visitas recíprocas de los especialistas, exposiciones fotográficas y conferencias. Ojalá que prospere la iniciativa.

La riqueza arqueológica del Perú es abrumadora. Se empalman allí una oleada humana tras otra, cada una de las cuales ha dejado su impronta. La ferocidad con la cual los ganados por el ansia del dinero o por los dogmas religiosos devastaron este patrimonio histórico, no es ajena a los embates emprendidos contra el medio ambiente en sus diversas expresiones. Me asalta este pensamiento cuando miro en el cañón del Colca el vuelo de los cóndores, la gigantesca ave símbolo de los pueblos andinos, ahora en peligro de extinción. Dicen que allí queda un medio centenar. Tal vez en poco tiempo serán piezas disecadas en un museo, como le sucedió a la paloma americana que no soportó al brutal siglo XIX norteamericano. O, en otro ámbito, el de lo intangible, como aconteció con la perdida poesía indígena mexicana, que según Alfonso Reyes, estudiador de los fragmentos que sobrevivieron, alcanzó la excelsitud en los ritmos, la hondura de los pensamientos y la belleza de la expresión.

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