Pacarina del Sur
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Los intransigentes (La palabra y la acción)

 

De un modo u otro, al igual que millones de chilenos, me ha tocado (intermitentemente) ser testigo, protagonista, nuevamente testigo, nuevamente partícipe y siempre un asombrado de lo que es la historia de este país llamado Chile. Empinándome ya a la edad de los cincuenta años, el asombro no cede y el vaivén entre desazón y algarabía se mantiene, cual péndulo, y siempre, invariablemente, el componente “estudiantil” (aunque uno mismo haya dejado de ser estudiante hace exactamente 26 años, fuerza y represión mediante) ha sido siempre el motor de cuanto movimiento, cambio y esperanza se haya experimentado en esta franja de tierra arrasada.

Supongo, intentando ordenar los hitos de este movimiento pendular, que conviene hablar de una larga saga dividida en actos o episodios concretos y tangibles. En cada uno de estos episodios o actos de la trama, el dilema ha sido siempre el mismo: el todo o la nada. Y en cada uno de ellos el todo siempre ha quedado un poco más lejos y la nada, un poco menos vacía.

 

I ACTO (cuando las palabras tenían valor y sentido)

Un primer recuerdo, algo vago, desdibujado. Un mar de cabezas, un mar de cabezas y de banderas. Gritos, consignas. Recuerdo estar sentado sobre los hombros de mi padre, apenas asomándome por encima del mar de cabezas y banderas; escuchaba las consignas atronadoras. Hablaban de resistencia, de avanzar, de defender, de intransigir. Después, mi padre me baja de sus hombros y quedo a la altura de espaldas, caderas, sumido en el océano humano; me aferro a su mano, volteo a ver el rostro de mi madre. Llora. Me asusto. Me sonríe y por primera vez entiendo eso del llanto sin pena. Entonan todos una canción, coro de pulmón desgarrado, y me impacta el estribillo: “y el día que me muera, mi lugar lo ocupas tú”. No quiero que nadie se muera, no quiero. Ahora tengo un poco de miedo. “Y el día que me muera, mi lugar lo ocupas tú”. Una manota me revuelve los cabellos, “compañerito” me dice este hombre al que he visto antes, amigo de mis padres. Se estrechan en abrazos sentidos y se suma al canto. “Y el día que me muera, mi lugar lo ocupas  tú”.


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Eran estos los tiempos que a la derecha le da por llamar del caos.  Los tiempos que no nos tocaron ni construir, ni defender, a quienes éramos niños durante la Unidad Popular. Los tiempos en  que los chilenos de todo tamaño y aspecto tenían clara idea del mundo al que pertenecían, de sus compromisos, tareas, derechos y deberes. El tiempo de las grandes confusiones, de los abismales desaciertos, de las quiméricas batallas y las puras intenciones. Cordones Industriales, Asambleas Populares, Partidos Revolucionarios, Gremios, Uniones Sindicales, Juntas de Abastecimientos, Unidades de Autodefensa, La Patronal,  la conspiración, la amenaza, la soberbia... el desorden generador de vida, de movimiento. Cada ciudadano era consciente de ser un sujeto social.

¿Cómo se había llegado a ello? Hacer de un ciudadano un sujeto social activo y participante es dura tarea para la historia. Todo venía de una larga lucha, un cargado proceso de construcción de una  clase obrera a partir de las migraciones campesinas hacia los desiertos del Norte a finales del siglo XIX. Eran trabajadores desplazados desde sus zonas naturales, sus barrios, sus lomas, sus horizontes. Iban desprotegidos, sin amparo estatal, sin leyes laborales que los asistieran, en las peores condiciones de miseria, de hambre, de cesantía (o sea: peor que ahora). Y de esa masa de campesinos migrantes surgió en cosa de décadas una fuerza coherente, organizada, constituida en sujeto político con gran impacto en el proceso de industrialización, y que con Salvador Allende tuvo acceso al control del poder político del Estado. En cosa de minutos esa fuerza perdió coherencia y se hundió en la nada.  Resistieron algunos. Las verdaderas batallas las libraron generaciones posteriores.

Un segundo recuerdo, menos tangible. El uniforme del colegio, la mañana que despunta y las manos con olor a naranja de alguien que me abotona el cuello de la camisa. Huele a naranjas. Voy al comedor, mi hermana menor toma su leche. Entra mi padre, cruza miradas con mi madre; siento otro aroma, no lo distingo, otro ritmo, un frío que repta por la espalda y se aferra a mi nuca. Veo miedo en los ojos de mis padres, ellos, que nunca tienen miedo, que son grandes. No iremos al colegio ese día. Mi padre sale apurado de casa.  Mi madre prepara un maletín con ropa y me asusta ver que además mete en él una pistola. No hemos ido al colegio. El rugir de aviones volando a baja altura tiende a estropearlo todo aún más. “Pagaré con mi vida”, oigo decir al Presidente por la radio. Amanece de nuevo, salgo al balcón, el que da a la calle. A la izquierda veo el  patio de  mis vecinos. El papá de ellos, el hombre de la risa monstruosa, el de la fiesta alegre, el de las barbas locas y anteojos culo de botella, está sentado sobre una piedra, la cabeza enterrada entre sus manos. Veo salir de la casa a mi padre, lleva un machete en la mano, se acerca a la reja que separa ambos jardines, el vecino levanta la mirada, se observan en silencio. Sin decirse nada, ambos perforan la cerca, cada uno trabajando desde su lado. Mi padre atraviesa por el forado al patio de los vecinos. Se estrecha en un abrazo con el viejo loco de las barbas negras. Escucho el llanto de dos hombres grandes. Adentro de la casa, ante la chimenea encendida, mi madre quema papeles. El tocacintas funciona con volumen bajo, “y el día que me muera, mi lugar lo ocupas tú”. Pienso que ha dejado de ser una canción.

Los fértiles tiempos de las palabras activas; los fértiles momentos de  las tragedias. Un retazo de historia: Salvador Allende habla ante centenares de estudiantes de  la Universidad de La Serena. Cuatro horas lleva hablando el Compañero Presidente. Sus palabras envuelven, conducen, seducen. Las palabras que expresan ideas. Las ideas que contienen sensaciones. Las sensaciones que motivan a la acción. La acción que genera mundos. ¿Qué ha sido de todo ello? Los mundos de hoy no tienen nada de hermoso. Las acciones no son motivadas por sensaciones; por cálculo, sí. Las palabras no tienen valor, las ideas son pueriles. La infertilidad de la tierra arrasada, quemada; los estériles tiempos de la banalización absurda. Es que así están los paquetes; lo que va quedando de la  humanidad. ¿Y nosotros, los que quedamos en medio, atrapados? Los de inmediatamente antes hacían uso de las palabras para expresar ideas que encendieran sensaciones que motivaran a la acción para cambiar el mundo malo por uno bueno para el disfrute de los que veníamos llegando o los que estaban por venir.

La palabra y la idea son duros de matar. No inmortales. A nosotros, los que llegamos para habitar ese mundo soñado; para nosotros, a los que nos tocó presenciar el descalabro desde nuestra altura de niños, los que vimos llorar a nuestros padres, morir a nuestros padres sin que pudieran no se diga defender el mundo nuevo, sino siquiera impedir la mutilación de las ideas, nos tocó  crecer en tierra arrasada. Pero las ideas (otras, quizás) estaban ahí, junto a las palabras (prohibidas), acompañando a las acciones (castigadas con muerte, encierro, dolor). Y peleamos, puta que peleamos, para que por lo menos quedara la dignidad; por la dignidad de los que habrían de llegar después de nosotros. ¿Pudimos? No hay ahora ideas ni palabras, no hay sensaciones ni acciones. ¿Mundo?, lo que va quedando. Creo que no pudimos todavía, y hay tanta gente cansada de intentarlo.

¿Cuál es la mayor pérdida? Haber dejado de ser sujetos sociales, habernos convertido en mera estadística. Borregos. ¿Cuándo pasó? ¿A cuántos les sucedió? Pobres, jóvenes, mujeres, homosexuales, tercera edad, jubilados, exonerados, profesionales jóvenes, clientes de hipermercados, tarjetahabientes. Aquí, donde los sujetos sociales supieron  reconocerse y desarrollaron identidad de pertenencia,  donde se formaron las grandes alianzas, una sangría puso fin a la que debía ser la gran transformación: Chile, un país habitado por ciudadanos-políticos, seres activos,  palabras, sensaciones, acciones y cambio transformador en disputa por el poder real, el único: el de cómo es la vida que queremos. Nos borraron del mapa con la banalización del discurso. Si matas a la palabra, cortas de raíz la acción que  genera el cambio.

 

II ACTO (cuando los niños se convirtieron en enemigos)

El golpe de estado de las Fuerzas Armadas, propiciado, instigado, financiado y planificado por el Departamento de Estado del único país del mundo sin nombre propio, contra el gobierno de Salvador Allende fue brutal y no necesita de más descripciones en estas palabras… salvo quizás recordar que, sólo durante los primeros seis años de dictadura, los organismos represivos ilegales detuvieron, torturaron, asesinaron e hicieron desaparecer a por lo menos 154 jóvenes estudiantes. De ellos, 54 tenían menos de 16 años de edad.

Me tocó en gracia ser estudiante universitario de la Pontificia Universidad Católica de Chile entre los años 1983 y 1986. Durante la primera etapa, bajo el reinado del Rector designado por la Junta Militar, el Almirante de la Armada Jorge Swett; la segunda y última mitad de mi “formación profesional” bajo la tutela implacable del Doctor en Ciencias Juan de Dios Vial Correa. Cursando el octavo y último semestre de la carrera de Ciencias Biológicas fui expulsado de la universidad por ser “una amenaza a la sana y pacífica convivencia que debe mantenerse al interior del claustro”, según el Rector, hombre del Vaticano. Agregó a la condena la aplicación de un infame Artículo Transitorio (nº41), mediante el que el Consejo de Rectores de todas las Universidades chilenas prohibía mi ingreso, de modo absoluto y per sécula, a cualquier institución de estudios superiores. Un mal menor, si ha de compararse con el destino de cientos de otros compañeros.

Sospechosamente, esta expulsión vino acompañada (extra-académicamente) de un mandato del Ministerio del Interior en que se ordenaba mi inmediata captura bajo acusaciones secretas incluidas en expedientes de la justicia militar y de la Ley Antiterrorista. Simultáneamente, fueron emitidas órdenes de captura por la Justicia Ordinaria. En suma, a los 23 años de edad, como lobos en el bosque andaban tras mis pasos de modo simultáneo funcionarios de la Policía de Investigaciones, Carabineros, CNI (Central Nacional de Inteligencia), DINE (Dirección de Inteligencia del Ejército) y miembros de un macabro club de voluntarios anónimos que se autodenominaba Comando Vengador de Mártires. De pasadita, como para salpimentar la pesadilla, la CNI secuestró a mi hermana, golpeó a mi madre (dejándola sin costilla buena), metió entre rejas sin justificación alguna a mi suegro. En fin, debe ser por ello que cada vez que mato el tiempo viendo alguna película gringa con temáticas que suceden en locaciones universitarias no logro entender eso de los amplios prados, los chicos lanzándose la pelota ovalada, las chicas porristas mostrando muslos, las fiestas en casas suntuosas, las capas y las togas, etcétera, y tengo la impresión que, en realidad, todo fue fruto de mi imaginación, que jamás pasé por la Universidad, que nunca fui uno de los primeros Presidentes de Centros de Estudiantes elegidos democráticamente, ni miembro del directivo de la Federación, y que la universidad no era eso de rayar pintas en los muros, dar discursos parado sobre las mesas de las aulas, armar barricadas incendiarias para cortar avenidas, lanzar lo que hubiera a mano contra las fuerzas represivas, encadenarse y tomarse por asalto las sedes universitarias, ni la clandestinidad, ni el andar por la calle sitiada con una pistola bajo el cinturón, ni andar arriesgando el pellejo, a la vez que aprendiendo algo, por poco que fuera, acerca de la mitocondria, de las membranas celulares, del concholepas concholepas o la proto taca-taca o el perumytilus purpuratus. En fin, todo terminó con una larga clandestinidad, un intenso exilio, un retorno ilegal y el abandono definitivo de los microscopios y tablas de equivalencias químicas.

Como muchos otros, al igual que lo hice yo (incautos quizás, inocentes probablemente, desquiciados según como se mire, pero intransigentes y juvenilmente entusiastas), reemplazamos laboratorios, calculadoras, mesas de dibujo, básculas, pizarrones y balances de calificaciones por explosivos, armas de fuego, planes conspirativos, medidas de aseguramiento, adrenalina, convicción, voluntarismo y un precariamente disimulado terror al día a día.

Hasta que de pronto aparecieron de la nada, como si resucitaran de las amarillentas páginas de periódicos de décadas anteriores, una tropa de señores de barriga y corbata que volvían de Roma, París, Londres, Washington, Buenos Aires, Moscú, La Habana, etcétera, a decirnos que muchas gracias, que habíamos sido un aporte relativo, pero que ahora el asunto era otro, estaba fuera de nuestro alcance y comprensión, que ellos se harían cargo y que ya creciéramos y formáramos familia porque el tiempo del todo o nada estaba obsoleto y habíase inaugurado una nueva era, algo tan manoseado como el fin del mundo “pronosticado” por el calendario Maya. Y todos para la casa, los que la tuvieran.

Fui a una  de las masivas manifestaciones convocadas por los líderes del retorno y sobre el escenario unos avejentados cantantes de poncho y barbas canas cantaban que “los estudiantes chilenos/ y latinoamericanos/ se tomaron de las manos/ y han dicho basta por fin…”. Sólo me quedó lo del “basta, por fin”, pero tenía otro sentido.

Pinochet entregó la banda presidencial; se inauguró la democracia de los consensos; el Capitán General siguió de Comandante en Jefe y luego de Senador por mérito propio. Después se fue a Londres a cobrar unas comisiones por ventas fraudulentas de armas (y de paso hacerse un arreglín en la espalda que algo le dolía) y quedó preso durante algunos meses hasta que rescatado de las garras de la implacable justicia por los operadores políticos democráticos de Chile y regresó como Ulises ante Penélope.

Después murió Pinochet. Un final que, aunque desde hacía tiempo ya resultaba "inminente" (más de 90 años, diabético, hipertenso, con deudas impagas con la vida y sobregirado con la pelona), nos agarró a todos de sorpresa. Tenía esa... ¿"virtud"?... el nefasto personaje, de siempre sorprendernos con sus más esperados y evidentes actos y dichos. ¡¡¿A quién pudo extrañarle que a su regreso de Londres se parara de la silla de ruedas?!! A nadie. Pero a todos sorprendió. Bueno, en realidad haciendo un poco de memoria, recordemos que el primer sorprendido fue el propio Salvador Allende, quien mientras resistía estoicamente, casco calado y arma en la mano, los embates furiosos sobre La Moneda, mantuvo durante buena parte de la mañana su preocupación "por la suerte de Augusto Pinochet". Pedía a sus colaboradores que averiguaran qué habrían hecho los golpistas con el pobre de Augusto. Trato de definir ese tipo de personajes, esos que sorprenden con lo evidente; esos que bajo la piel de lobo llevan un lobo; esos que de tan evidentes nos resultan insondables. Es como el charco de agua sucia, manchada de aceite espeso. No vemos el fondo, lo suponemos (en una fantasía) infinito, de profundidad inimaginable. Luego metemos el pie al charco y el agua no alcanza ni a sobrepasar la suela del zapato. Un charco sucio, pestilente, que nunca intentó pasar por cenote, y que... imposiblemente, nos sorprende al demostrarse charco. Un asesino disfrazado de asesino; un tirano personificando un tirano; un cobarde actuando de cobarde; un ladrón con cuentas de ladrón. Pinochet, en fin.

Como siempre, creo, nada de lo que la historia registra con profundidad tiene que ver con Pinochet. Pinochet es el charco sucio en el que no se ahoga ni una mosca. El pozo sin fin, el lleno de aguas venenosas, está constituido por esa caterva de personajes simulantes que desfilaron ante su féretro; por esos otros más hipócritas que se mordieron la lengua y se quedaron en casa sin ir a verle en su lecho de muerte. Los sucios disfrazados de sonrosados "hacedores de Chile". La muerte es como el cloro, todo lo blanquea.

Un trío de muchachos jóvenes, ante el cadáver de Pinochet, le saludaron a modo de despedida (¿o compromiso?) con la mano alzada al estilo nazi. Otro joven, un ratito después, escupió con ira sobre el cristal que le separaba del rostro tumefacto del dictador. Ese es Chile. Que nadie se alegre.

 

III ACTO (las olas en la arena)

Esto de crecer y hacerse adulto, como recomendaban paternalistamente quienes llegaron de sus exilios renovadores, nos produjo un cierto descalabro a muchos de mi generación. Llegué a pensar que los movimientos sociales en busca de la dignidad son como las olas que parecen morir en la arena de las playas; crecen, se agigantan, luego pierden fuerza y terminan convertidas en espuma. Sin embargo, detrás de una ola, viene la siguiente. Si pudiéramos ver en el tiempo, a través de décadas, de siglos, constataríamos que cada ola ha marcado la geografía de la costa; que no hay roca que no se pulverice en pequeños granitos luego del embate persistente de cada época. Quizás esto sea cierto, pero es en cámara lenta y la verdad es que la vida corre más rápido y no hay tiempo para dejar los avatares de la historia y sus urgencias a los geólogos y geógrafos.

Esto lo entendieron, para variar, los jóvenes estudiantes en el 2006 y el 2008, cansados ya de tanto cuento de buenas noches, y salieron a la calle en lo que se llamó la Revolución Pingüina (en directa alusión al aspecto que tienen los estudiantes chilenos cuando visten sus uniformes escolares diseñados por algún ornitólogo). Como se dice en Chile, “no les dieron ni la hora”. Los apóstatas del consenso no estaban para berrinches. Entonces, María Música, estudiante chilena de 14 años de edad, lanzó agua al rostro de la Ministra de Educación de Michelle Bachelet, Mónica Jiménez, cuando la Secretaria de Estado había dado unilateralmente por finalizado un “encuentro participativo en educación”.

La niña intentó, antes del hecho, buscar explicaciones (de boca de la Ministra) al por qué cuando ella y sus pares y profesores salen a las calles de las ciudades de Chile para demandar una ley de educación que signifique que en el futuro cercano y lejano nuestros compatriotas sean seres humanos y no alienígenas descerebrados, el Estado responda no con argumentos sino con bombas lacrimógenas, aguas urticantes, golpes de palo en las cabezas y patadas de energúmenos contra niños, niñas y maestros de escuela.

La Ministra que presidía el eufemístico “encuentro participativo” no contestó. Sus guardaespaldas suspendieron la cita. Lo de la niña, abrumada por el silencio y la indiferencia a modo de única y bastarda respuesta, es un argumento. Simbólico, pero tremendo argumento. “Era como hablarle a la pared”, dijo María Música horas más tarde al explicar su acción.


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La Presidenta de Chile destacó el hecho como un “acto antidemocrático”. El vocero del Gobierno y otras autoridades describieron el suceso como “magnífica demostración de la incapacidad de diálogo de los estudiantes de Chile”. Otras personalidades públicas sugirieron de inmediato la expulsión de la alumna de su escuela, el traslado del caso a tribunales de justicia. La querían castigar. Uno que otro estuvo pensando en colgarla del palo mayor o en lanzarla cerro abajo, para escarmiento y ejemplo. Antes abusaron de ella (ha estado cuatro veces detenida y ha quedado registro de sus hematomas en brazos y piernas) como han abusado de sus adolescentes pares con el guanaco, el zorrillo, la luma, el bototo, el silencio, la indiferencia, la sorna… pero, por encima de todo, con la tonta y vana convicción de que por ser chicos son nada y que están solos. Somos todos chicos y estamos todos solos.

Tengo una hija que para lo de María Música tenía la misma edad que la estudiante del jarro de agua, y un hijo de por entonces quince años y otra de dos que aún no había sido bautizada por el lanza aguas. Habría sido el colmo. El de 15 ya había llegado a casa mojado y asustado luego de cada manifestación pingüina. Y al día siguiente partía otra vez. Claro, cada vez que iba, en casa quedábamos con los dientes apretados. Debe ser porque algunos padres de mi generación tenemos experiencia respecto de lo que se arriesga.

Pero quiero detenerme un instante en algo que no es menor: conocí a la ex Ministra Jiménez. Sé de lo que estoy hablando.

Mucho antes de que la niña del jarro de agua naciera, en aquel ahora lejano 1986, cuando fui expulsado de la Universidad Católica de Chile por participar activamente en el movimiento estudiantil que se agitaba en busca de democratizar la Universidad y el país, entró al baile la señora Mónica Jiménez, en aquella época  Presidenta de la Asociación de Académicos de la PUC y miembro del Consejo Superior de esa casa de estudios, sitio en el que coincidía regularmente conmigo, para su desgracia y la de las demás autoridades pontificias.

Haciendo demostración de su “espíritu democrático y profundas convicciones católicas”, propuso al rector solucionar el entuerto mediante el diálogo. Fui citado a la oficina de Vial Correa, donde Mónica Jiménez, la mojada Ministra de Educación, me brindó una clase magistral de conceptos democráticos y del significado profundo del arrepentimiento cristiano. Dijo la señora Jiménez que le recordaba enormemente a su padre cuando este tenía mi edad, “igual de vehemente, de apasionado, de arriesgado en la defensa de sus erróneos principios políticos –su padre, me explicó ella-, era militante de la ultraderecha de sus días”. Luego se extendió en una larga arenga en torno a un único concepto: a la Universidad se va a estudiar, no a hacer política. Para rematar, me hizo la propuesta que había convenido con el rector: que firmara un documento que habían preparado para tales efectos, mediante el cuál me comprometía a renunciar a mis convicciones políticas de izquierda; a renunciar a mis responsabilidades como dirigente estudiantil; a declarar públicamente ante la comunidad universitaria que me había equivocado al suponer que los recintos universitarios eran un campo de batalla más en la lucha contra la dictadura. “Firma este documento”, me sugirió, “y de inmediato la sentencia de expulsión quedará sin efecto”.

Soborno, incitación a la traición, cohecho, amedrentamiento. Aquella tarde de 1986 no encontré en esa oficina ningún jarro de agua a la mano. Sólo pude mirarla con lástima y desprecio, lanzarle una carcajada al rostro y salir de ahí con un portazo, cerrando para siempre cualquier posibilidad de convertirme en un profesional universitario, pero más convencido que nunca de todos aquellos principios de los que la señora Jiménez me intentó hacer abjurar.

Un dato relevante: hoy, cuando el Ejecutivo está en manos de Sebastián Piraña Piñera, la señora Jiménez sigue muy activa en su cargo de Directora del Fondo de Educación Superior Aequalis, cuyos socios estratégicos son el Banco Interamericano de Desarrollo y la Fundación Luksic (familia de las más poderosas de este país, familia propietaria de buena parte de la Gran Minería del cobre, familia asociada en negocios con la familia Bush por intermedio de Barrick Gold, familia que ha financiado numerosas campañas políticas, entre ellas la de Ricardo Lagos); los convocantes del Foro de la señora Jiménez no son otros que Chile 21 (think-tank de Ricardo Lagos) y el Instituto Libertad y Desarrollo, cuyos directivos son Carlos Cáceres (ministro de hacienda y de interior de la dictadura), Hernán Büchi (ministro de finanzas de la dictadura), Hernán Felipe Errázuriz (ministro de minería y de relaciones exteriores de la dictadura) y Juan Andrés Fontaine (fugaz exministro de economía de Piñera).

Este es el escenario real.

María Música, por mí y por todos mis compañeros.

 

IV ACTO (el tsunami, que no se desgaste el tsunami)

Hoy y desde hace cinco meses, el ambiente en Chile, en las calles, está sumamente enrarecido y tenso, como si una olla a presión se aprontara a hacer explosión. No es casualidad que los últimos meses nos recuerden, a muchos, el ambiente de Chile en los comienzos de la década de los años 80, cuando nosotros éramos estudiantes. Es una percepción, o sentimiento, contradictorio. Por una parte está la alegría y entusiasmo que genera constatar que, finalmente, este no era el "pueblo dormido y amaestrado" que nos querían hacer creer. Por otro, los que tenemos algo más de experiencia, sentimos síntomas inocultables que señalan que esto se dirige hacia un estallido que nadie puede predecir.

De todos modos, cualquier cosa, cualquier evento que rompa la nata gelatinosa en que Chile ha estado sumido durante los últimos 35 años, es una buena noticia. No es casualidad que sean precisamente los chilenos más jóvenes (de entre 13 y 27 años, en su mayoría), los que han remecido al país en una escala Richter superior a la del terremoto de febrero del 2010. Imagínense: ¡ninguno de ellos había nacido aún para las postrimerías de la época de la dictadura!

Lo que sucede acá, y es una constatación compartida por la gran mayoría de las opiniones circulantes, es que el sistema de esclavitud (créditos, consumo, endeudamiento imposible, pobreza de contenidos, etcétera) sumado al más aberrante y descarado proceso de enriquecimiento inmoral de un puñado de empresarios mediante el lucro en todas aquellas áreas que debieran ser consideradas como derechos de un pueblo (salud, educación, transporte público, pensiones, etcétera) ha llegado a su límite.

En éste, el país latinoamericano que presenta los más altos índices de "crecimiento económico" y que participa "de igual a igual" en el club de los países miembros de la OCDE, se da que la distribución de la riqueza (la brecha) lo sitúa entre las 10 naciones más injustas del planeta; que siendo éste el país con mayores reservas mundiales de cobre y oro y segunda reserva de litio (los recursos más apetecidos por la industria mundial), un 70% de la explotación minera está en manos de trasnacionales que NO TRIBUTAN; que las utilidades de la estatal CODELCO, que explota el 30% restante, se acumulan en instituciones financieras especulativas en bancas y corredoras de valores en Estados Unidos y Europa, sin que se destinen masivamente a programas de desarrollo social; que una familia promedio en Chile deba disponer del 45% de sus ingresos mensuales para cubrir gastos de educación de sus hijos, salud de sus miembros y transporte público (educación, salud y transporte de pésima calidad); que los subsidios estatales para la educación universitaria sean entregados por parejo a las Universidades del Estado y a las instituciones privadas (que lucran y sin embargo no hacen investigación); que la educación escolar, con una abrumadora mayoría de los niños chilenos atendiendo colegios públicos o semi-subvencionados, se administre mediante la figura de "sostenedores" municipales, es decir, empresarios de la educación que ganan cuotas por lista (por cada alumno que diga "presente" en el llamado de la mañana)... y bueno, un largo etcétera que, finalmente, puede resumirse en que -mal que mal- la constitución que rige el destino político de este país es aquella heredada de la dictadura y que en 20 años de gobiernos de la alianza demócrata cristiana-socialista jamás fue modificada. Hoy los gobernantes son directamente (y sin maquillaje) los empresarios. Todos son empresarios multimillonarios, todos, desde el presidente Piñera y hasta el último de sus ministros. Todos, sin falta, son socios en grandes conglomerados de los mismos rubros: educación, salud, transportes, inmobiliarias, banca, pesca industrial, forestales, salmones... ¡¡todos!! Como verán, tienen demasiado que perder en caso que se cuestione un ápice la "institucionalidad" que consagra el "derecho al lucro" como motor del desarrollo.

El conflicto de fondo en el tema de la movilización actual por la educación no es diferente al de otros requerimientos básicos: la desigualdad... en definitiva, el modelo capitalista a ultranza (que eufemísticamente llaman neoliberalismo). Chile ha funcionado históricamente como una especie de laboratorio social en el que se ponen a prueba "ensayos" para medir las reacciones y resultados. En este laboratorio es donde surge este Frankenstein del modernismo, un monstruo que trabaja más horas laborales que ningún otro trabajador del mundo; un monstruo que no tiene garantías constitucionales y al que las autoridades de turno le enrostran (textualmente, palabras del Presidente) "verdades" tales como que "la educación es un producto, no un servicio social; se transa y se debe transar en el mercado, pues es éste quien mejor lo regula". Pero lo mismo sucede en todos los otros ámbitos. El problema es que todo tiene su límite. Las demandas del movimiento social por la Educación son claras, contundentes y... para muchos, anacrónicas, fuera de esta época: educación (escolar y universitaria) gratuita, estatal, laica y de calidad, garantizada constitucionalmente por el Estado. Nada nuevo bajo el sol, pero esta vez se trata de una demanda que atenta frontalmente contra las bases mismas del proyecto de desarrollo desigualitario. Los estudiantes (nuevamente textual de parte de las autoridades) son clientes ante todo. Un niño o niña cualquiera en Chile tiene dos posibilidades en la lotería de la vida: nacer en el seno de una familia con recursos o nacer en una familia sin recursos. La apuesta es alta y estrecha, al punto que sólo  entre un 5 y un 8% de estos niños la ganan. Si eres de los afortunados, tienes una gama importante de posibilidades (todas caras, pero para eso está la fortuna de tus padres, la fuerza de trabajo esclava de sus empleados y la inmensa riqueza natural de “su país”). Si la pierdes, la cadena trófica te conduce invariablemente por el mismo sendero (este es el meollo del asunto): educación preescolar, básica y media en colegios sin infraestructura, con profesores muy mal pagados (que, además, surgen de las universidades a las que han accedido como premio de consuelo, pues la carrera docente en Chile es sólo la alternativa que está al alcance de aquellos alumnos que tienen malas calificaciones, que han tenido un mal desempeño en las pruebas de acceso a la educación superior, y que no pueden aspirar a salarios mayores que dos sueldos mínimos mensuales); y entonces, en la etapa escolar tienes la opción de acudir a un colegio (liceo) estatal o a uno administrado por tu municipio mediante la figura antes señalada de los "sostenedores"; al terminar tu formación escolar, y si eres parte del 30% de los egresados que ingresa a la Universidad, tienes que rendir un examen de admisión en que compites contra los que han vivido una formación escolar en colegios particulares (con infraestructura, con buenos profesores) y finalmente, si eres realmente una lumbrera, acceder a una carrera profesional que te prometa "movilidad social" como espejismo de la "meritocracia". Para ello, debes endeudarte. No hay universidades gratuitas en Chile. Las universidades chilenas se encuentran en el 2º puesto del ranking de las más caras del mundo, después de las de Estados Unidos, pero ninguna universidad chilena se encuentra en el ranking de las 150 mejores universidades del mundo. El promedio es el siguiente: para estudiar una carrera universitaria de cinco años de duración, tus padres o tú deben contratar un crédito estudiantil en un banco, con aval del Estado, con una tasa de interés del 5 al 6% (y que ahora el Gobierno propone mesiánicamente bajar al 2,8%), con cuotas pagaderas de 20 a 25 años. Eso significa, para la media, que una vez recibido como profesional, pagarás durante unos 20 años, algo equivalente al 40% de tu salario en cancelar una deuda crediticia bancaria usurera (por lo general, pagas entre 3 y 5 veces el monto prestado). Entonces, para ver vías de salida a este atolladero (que atenta frontalmente contra cualquier promesa, como las que hace la derecha y la Concertación, quienes pregonan que para el año 2018 Chile será un país desarrollado), los analistas críticos al modelo comparten una misma receta: aumentar el aporte estatal a la educación del 0,8% del PIB (el más bajo de los países de la OCDE) a un, por lo menos, 2% del PIB (para quedar en la media de la OCDE); una reforma tributaria que permita aumentar este aporte estatal (es decir, aumentar el impuesto al lujo, el impuesto a las utilidades, el impuesto a la renta, hacer realidad el impuesto a las trasnacionales de la minería, la celulosa, la salmonicultura y la pesca industrial); una nueva Constitución que entre otras cosas garantice la obligación del Estado en materias de desarrollo social; transformar la carrera docente de un infierno de consuelo a una profesión valorada y bien remunerada; invertir masivamente en infraestructura educacional. Esto, en dinero, significa aumentar el presupuesto de la nación destinado a educación en 4 mil millones de dólares anuales, para siempre (reajustables). Piñera, en su desesperación, ha propuesto un aporte extraordinario de 4 mil millones de dólares a ser invertidos de modo gradual y por única vez, en los próximos siete años. Ese es lo que llama su Gran Acuerdo Nacional por la Educación el GANE en el que Chile PIERDE. Es decir, hablando sólo de los próximos siete años, Piñera ofrece 4 mil millones de dólares; la realidad exige por lo muy bajo un piso de 28 mil millones de dólares en el mismo período. Es por eso que, desde los inicios del movimiento estudiantil en su etapa más visible, que comenzó hace unos cinco meses, se integró (aparte de las reclamaciones netamente educacionales), conceptos tales como: Asamblea Constituyente (una nueva constitución para Chile que emerja de un debate ciudadano); plebiscito (referendo) para aprobar-desaprobar la presencia del lucro en la educación; desmunicipalización y estatización de la educación; nacionalización del cobre y de los recursos naturales (para financiar las transformaciones), y reforma tributaria. La respuesta transversal a esta demandas "extra-educacionales" fue: dejen eso a los expertos, ¡¿qué hacen estos niños hablando cosas de grandes?!


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Ahora, ¿por qué son los estudiantes precisamente quienes tienen hoy en jaque al modelo, y no los trabajadores? En primerísimo lugar, porque está en la naturaleza de los más jóvenes el soñar más fuerte y más alto; también porque es en la educación donde son más palpables los estragos de la brecha social que secciona a este país; además, porque la promesa de "desarrollo" no es posible de cumplir con un pueblo mal educado. Vaya, nada nuevo bajo el sol; ya durante la dictadura la resistencia se concentró fuertemente en el mundo estudiantil.

¿Por qué no los trabajadores? Por trauma (alimentado por la persistente campaña del terror del Estado, de los medios de comunicación y de sus empleadores); por cobardía (pues el sindicalismo en Chile fue completamente desmantelado durante la dictadura -con sus leyes y código del trabajo-); por el enquistamiento del egoísmo como plataforma de movilidad social (los trabajadores de la gran minería, por ejemplo, realizan movilizaciones, paros y demandas que tienen que ver con el monto de los bonos de productividad de fin de año, pero no con la nacionalización de los recursos o la reformulación de las leyes laborales).

La pregunta del millón: ¿hay alguna estructura organizativa dentro del movimiento estudiantil chileno que permita tener expectativas realistas de que toda esta movilización y presión social desemboque en un cambio radical de proyecto de nación donde la derecha dueña del país deje de ser la que conduce al país?

Mi respuesta tentativa: No. No, porque el movimiento por la educación no está estructurado en torno a una organización única, ni en torno a una ideología común. No, porque se trata de un movimiento reivindicativo heterogéneo. No, porque no les corresponde a los estudiantes la titánica tarea de conducir un cambio de esa naturaleza. Sin la participación de los demás estamentos de la sociedad, que alcen y abracen y defiendan sus propias reivindicaciones y se sumen a las de corte nacional (nacionalización de los recursos naturales, reforma tributaria, nueva constitución, fin al binominalismo, etcétera), ese cambio no es posible… sólo surgirán modificaciones medianas, buenas pero medianas. Pero la pelea de fondo, que debe sumar a estudiantes, trabajadores, intelectuales, pequeños y medianos empresarios, profesionales es más conocida que el hilo negro y se llama revolución… Sin el estigma de caricatura de lo que HBO muestra cuando se habla de revolución. Pero de que significa guerra a muerte al modelo capitalista, eso no puede soslayarse.

Ahora bien, el gran mérito que hasta el momento ha tenido el movimiento netamente estudiantil por reformas al modelo de educación en Chile es, precisamente, que han desbordado su propia urgencia y consigna y han logrado establecer el debate nacional en un sitial de mucho más envergadura. Cuando los estudiantes secundarios (¡niños!) lograron sitiar en la discusión nacional temas como los estructurales (que van más allá de las reformas educacionales), abrieron una puerta que había estado sellada a plomo durante décadas.

Me parece adecuado, para entender lo que está sucediendo, hacer una analogía entre los movimientos sociales en el Chile de este momento y una flecha capaz de penetrar la dura coraza del sistema político, económico y social que se nos ha impuesto… y ojalá alcanzar al monstruo en pleno corazón.

En estos instantes la flecha tiene su parte más aguzada, la parte con más filo, en el sector de los estudiantes secundarios (aquellos de entre 13 y 18 años de edad y preponderantemente los alumnos de colegios municipalizados y liceos públicos y politécnicos, que son los más afectados por el modelo). Son ellos, sin dudas, los que van tirando la carreta para que ésta no se detenga ni se desvíe. Los llaman “intransigentes” y lo son. Es notable escucharles decir que por supuesto que están en disposición de conversar y de negociar con la contraparte, pero sólo y sólo si esta negociación parte desde un piso básico, no-negociable: una nueva Constitución que incorpore en su parte fundamental la obligación del Estado para garantizar una educación (secundaria y universitaria) gratuita, estatal, laica y de calidad. Sin ese piso, no se negocia. Lo complejo de esto es que lo que para los secundarios es el “piso”, para la contraparte es la azotea del “techo”.

Las otras tres estructuras que conforman la cabeza de la flecha son, en primer lugar, los estudiantes universitarios; en segundo, el Colegio de Profesores; y en tercero (incorporándose cada vez con más energía y presencia) los apoderados y las familias de los estudiantes.

Para que una flecha sea un arma contundente requiere, además de la afilada cabeza, una sólida y larga asta. Para que esta flecha contundente de en el blanco, le es imprescindible, además, la plumilla que oriente su recorrido. Creo que el asta está comenzando a dibujarse y ella se compone por la sumatoria de los más diversos actores que componen la sociedad chilena, el sector de los afectados negativamente por el modelo (es decir, todos, menos los grandes empresarios y la clase política a la que le acomoda el binominalismo). Estos son los trabajadores, los campesinos, las comunidades indígenas en lucha por su recuperación territorial y su autonomía, los profesionales, los intelectuales, los artistas, los sociólogos e historiadores, los pequeños y medianos empresarios. En cuanto a la plumilla que oriente el curso de la flecha, afortunadamente quienes en estos momentos “llevan la batuta” no están dispuestos a ser manipulados por ningún partido político… y plantean con claridad certera (y son acompañados en esta propuesta por una creciente mayoría), la conformación de una Asamblea Constituyente con participación de toda la sociedad. Y, fíjate qué curioso, los pasos de la movilización van encaminándose en esa dirección.

No hay que dejar de lado, además, que toda esta movilización se está dando en el contexto de una masiva desaprobación ciudadana al mundo político e institucional. La encuesta nacional previa al estallido de la crisis, le dió a Piñera un 26% de aprobación (y eso que ganó las elecciones presidenciales con el 52% de los sufragios). Lo mismo pasa con la Alianza (UDI, RN) y con la Concertación, en que ninguno de ellos logra aprobación ciudadana por encima del 30%. Y, al mismo tiempo, cerca del 80% de los encuestados aprueba o apoya los motivos de la movilización estudiantil.

A mi parecer es la propia forma de organización de los estudiantes movilizados la que da garantía de su permanencia en el tiempo sin intervenciones desastrosas de terceras partes. No existe, a nivel de los secundarios, una única instancia de organización. Cada colegio en movilización tiene su propio centro de estudiantes elegido democráticamente entre el alumnado. Las decisiones se toman en asamblea. Los colegios luego se agrupan, para efectos de participar en movilizaciones o en las tomas, en la forma de cordones territoriales. Luego, existe la figura de las asambleas nacionales y metropolitana, a la que asisten las directivas de los centros de estudiantes de los distintos colegios. Es ahí donde se establecen los procedimientos y lineamientos políticos que determinan los pasos a seguir (previa consulta de las propuestas a sus bases). Entre los secundarios no hay predominancia de partidos políticos y la tendencia más notoria es la adhesión a principios más que nada inclinados hacia el anarquismo.

Los universitarios cuentan con Federaciones de cada universidad, de Arica a Punta Arenas; éstas son electas democráticamente en cada universidad, al igual que los centros de alumnos de las facultades. Luego, existe una coordinación o superestructura que conglomera a las distintas federaciones, la CONFECH, que a modo de asamblea consultiva, igualmente delinea las acciones y las políticas de los estudiantes de la educación superior. En la CONFECH solamente participan las universidades que conforman el “Consejo de Rectores”, es decir, Universidades públicas o semipúblicas. Las privadas son invitadas a discutir, pero no tienen voto. En el mundo universitario sí hay mucha más presencia e injerencia de los partidos políticos, en particular del PC, en el que militan al menos dos de los principales y más visibles dirigentes: la presidenta de la FECH (Universidad de Chile) y el Presidente de la FEUSACH (Universidad de Santiago)… pero en total suman más de 20 presidentes de federaciones universitarias y la mayoría pertenece a una suerte de “nueva izquierda”, con posiciones más radicales que las del PC.

El Colegio de Profesores, por su parte, está claramente dirigido por el PC.

Un tema que ha sido sumamente interesante en el último tiempo tiene que ver con la legitimidad del movimiento. A nivel de los secundarios, por ejemplo, los colegios se dividen entre los que están en clases de modo normal, los que están en clases pero con carácter de “movilizados” y los que persisten en toma (que son los menos). El Estado calcula que los estudiantes secundarios que se encuentran en toma desde hace dos a tres meses son no más del 9% del total, sin embargo, cuando las asambleas de estudiantes secundarios llaman a movilizarse a las calles, logran aglutinar entre 30 y 40 mil participantes, sólo en Santiago. Los Universitarios viven una situación similar, con más planteles en “paro” que en toma, pero cuando secundarios y universitarios convocan a la calle, aglutinan, a nivel nacional, a un número que oscila entre los 200 y los 300 mil participantes.

Otro asunto peculiar tiene que ver con el agotamiento o no agotamiento del movimiento. Imagínense que llevan cinco meses movilizados, con movilizaciones callejeras cada tres días en promedio… y siguen siendo muy masivas; de hecho, aumentan en número. La violencia, que tanto se teme pueda dañar el posicionamiento del movimiento y sus demandas en la sociedad en general, no ha tenido ese efecto. Claramente hay un reconocimiento generalizado que indica que es conocido el origen de la violencia en las manifestaciones: la represión… aun cuando nadie niega la existencia de entre mil y 2000 jóvenes que de modo persistente concitan a la violencia en las marchas. El día 4 de agosto, por ejemplo, fue uno de los más violentos; el gobierno había prohibido la marcha y llenó de Fuerzas Especiales el centro, que se convirtió en un campo de batalla espeluznante. Había una convocatoria a la gente, al ciudadano común y corriente, para que esa misma noche hiciera manifestación de su apoyo a las demandas estudiantiles mediante el ruido (de cacerolas, pitos, cascabeles, lo que fuera)… y a pesar de la violencia, Santiago se convirtió esa noche en una caja de resonancia impresionante.

En fin, quién sabe qué va a suceder. Las maniobras del gobierno han sido muy mal planificadas. Primero apostaron por el desgaste, pero eso no sucedió; por el contrario, el movimiento se incrementó y aumentó el apoyo a nivel de la opinión pública. Luego apostaron por prohibir las manifestaciones, y sólo lograron grandes niveles de violencia, sin que se perdiera el apoyo ciudadano. Ahora da la impresión que se aprontan a una represión más sofisticada, persecuciones directas a los dirigentes, desalojos por la fuerza de los colegios y universidades tomados y el as bajo la manga viene a ser nuevamente el desgaste, fertilizado por la cercanía del verano y el período de vacaciones… en fin. Los estudiantes siguen firmes y sin fisuras mayores entre ellos. Todos tienen claro que el riesgo de que se pierda el año académico es enorme, pero la mayoría de los estudiantes está dispuesta a perderlo. Han avanzado demasiado como para ceder ahora con amenazas que apelan al individualismo.

Acá por casa, el hijo mayor lleva unos seis meses apareciéndose muy de vez en cuando para descansar un poco, para alimentarse y ducharse (sobre todo después de cada jornada pasada en algún calabozo de las Fuerzas Especiales de Carabineros), entre refriega y refriega, marcha y marcha, asamblea y asamblea en su Facultad de Humanidades de la Chile. La que le sigue lleva cinco meses viviendo en el colegio, comiendo, durmiendo y resistiendo ahí en el Rai Mapu en toma. La más pequeña, que se devana los sesos en Kinder, juega a que sus muñequitos se van a la toma.

¿Cuáles son los tiburones que se comienzan a dejar ver en el horizonte cercano? El miedo de los más viejos porque esto de las movilizaciones sale caro… El miedo de los establecimientos educacionales porque esto de las movilizaciones sale caro… Y ahora la presión viene no sólo del sifón del lanzaguas, sino desde el interior de las propias trincheras del movimiento estudiantil. Los colegios exigen a los alumnos en toma deponer su actitud y chantajean a los padres. Ante todo, según entiendo, los caminos para que los alumnos depongan las tomas se reducen a tres:

1. la decisión de la propia asamblea de estudiantes, con base en sus propios análisis (aquellos que se generan tanto al interior del propio colegio, como en ámbitos más extendidos como cordón, asamblea metropolitana, encuentros nacionales, etc.);

2. la decisión del directorio del colegio que puede, según sus atribuciones, poner fin a la toma sin el consentimiento de los alumnos movilizados, mediante el desalojo por la Fuerza Pública.

3. que el movimiento cívico-estudiantil dé por satisfechas sus demandas luego de la derrota de las posturas predominantes tanto en el gobierno como en buena parte de la oposición, como en el empresariado… vaya, en el mundo “serio y adulto”, pues…

Nosotros, como padres y apoderados podemos incidir con nuestra opinión y acción (o falta de ambas) en los tres caminos.

Avanzando por descarte en sentido inverso de esta lista:

El tercer camino es lo que mantiene con vida no sólo al movimiento estudiantil, sino las esperanzas de una sociedad (global). Es una ruta larga, tortuosa, llena de trampas, pero transitable (con tiempo, dedicación, entereza, sacrificios inimaginables, etc… además de ser un camino tan viejo como la historia misma, pues sus adoquines son la estructura de la propia historia… son los mismos adoquines con que se construyen cárceles, iglesias, lápidas, caminos y barricadas).

El segundo camino, el más feo, está comenzando a hacerse efectivo en muchas escuelas del país.

El primer camino depende única y exclusivamente de la propia asamblea de los estudiantes quienes, en la mayoría de las votaciones en asambleas realizadas durante la semana que acaba, han decidido prolongar la ocupación de los colegios. Es decir, por ahora, es camino temporalmente cerrado.

Jorge Edwards, conocido escritor, en su columna de ayer en el diario El País (titulada “el tanto por ciento”), señala: “Los estudiantes chilenos hablan de 30 años de retroceso en el país y proponen, en algunas declaraciones, una tabla rasa completa, un cambio equivalente a una revolución. Tienen motivos serios, válidos… pero usan ese lenguaje del todo o nada, que parece inventado por ellos y que sin embargo se repite de generación en generación. El Gobierno, en cambio, habla de ayudar a pagar sus estudios al 40% de los estudiantes más pobres, de bajar los intereses de los créditos universitarios, de controlar mejor a las universidades privadas…”; para concluir, Edwards pontifica que el Gobierno, entonces, “recurre al incomprendido, al grisáceo lenguaje de la visión equilibrada de las cosas… Esta política del tanto por ciento es la de la razón razonante… El problema consiste en que las mejoras sólidas, duraderas, que están a nuestro alcance, ¡se construyen con políticas del tanto por ciento!”.

Hay opiniones circulando ya entre los profesores y apoderados de nuestros colegios que tienden a la razón razonante: la toma ya no sirve como medida de presión por sí misma y los muchachos debieran deponerla y buscar otros métodos para encauzar su activa participación en este proceso que busca… ¿qué busca? ¿El todo o el tanto por ciento? Discúlpenme si me aterra pensar que quizás las razones de una frase como “ese lenguaje del todo o nada, que parece inventado por ellos y que sin embargo se repite de generación en generación” tiene tanto de cierto, pues siempre, invariablemente, los movimientos sociales se han visto enfrentados al entronque de caminos que hoy tenemos ante nosotros.

La toma en sí no es la presión que vaya a derrotar al enemigo. Ni es el bastión sobre el que se edifica la resistencia generalizada. La toma es, a mi entender, la nave, la única nave con la que cuentan los muchachos para seguir navegando o transitando este largo camino en el que se han embarcado. Hablo de “nave” porque también se ha dicho que insistir con la toma es quemar todas las naves y quedar en mal pie para la continuación inevitable del conflicto el año que viene. Pero, perdón, creo que no se trata del año que viene, sino del futuro entero (una chingadera de años). Bajar la toma, que quizás sea una lanchita a remos en ocasiones, vista desde cierta perspectiva, o un acorazado desde otra, es quemar la nave.

“La educación comienza por casa” es el eslogan del Gobierno y se me viene a la mente aquella ocasión hace años cuando cierto final de invierno, a treinta y tantos años del golpe presencié el destino de una lata de duraznos al jugo. De aquellos de poco más de mil  pesos chilenos. Centauro era la marca, parece. Cabe mal en el bolsillo del pantalón gastado, se nota, abulta, delata. El hombre debe tener unos cincuenta años, algo más. Obrero, albañil, seguramente desempleado. El guardia de seguridad del supermercado de tercera, en el paradero 14 de Vicuña Mackenna, lleva la cabeza al rape con jopo rimbombante, como de gallina polaca; le tuerce el brazo mientras lo arrastra hacia el mesón de “servicio al cliente”. El guardia ha capturado a su presa,  ha cumplido su misión, ha justificado su existencia, va a mantener la pega. Miran tres o cuatro clientes, así como de reojo, como con  rabia, como con pena. Otro guardia acude a la llamada de emergencia, clave alfa, ayuda a torcer el brazo. Miro la escena, se me cierra la garganta. Quiero golpear a los guardias; quiero incendiar el supermercado; no quiero saber la razón del hurto; no quiero ni imaginar el rostro feliz que pudo haber sido; el postre de lujo que nunca fue. No quiero, principalmente, que mis hijos pequeños que me acompañan, sigan viendo esto. No quiero, ante todo, que mi hija me vea no hacer nada. No quiero,  por nada, tener que entrar en la conversación que -sé- viene a continuación, empujando el carrito por el pasillo de lácteos, eso de si acaso estaba robando ese señor, de por qué robaba, de si los guardias lo van a meter preso, o fusilar, y si yo, algún día, por alguna razón, robaría una lata de duraznos para el postre de la casa,  en mitades y  al jugo. Concluyo, sin saber por qué, en el colmo de la incorrección, que debo practicar métodos más apropiados para birlarme los duraznos al jugo que se me antojen, cuándo, dónde y a la maldita hora que se me antoje. ¿Estoy mal? No sé. Hoy, esos hijos han crecido. Ella lleva cinco meses viviendo día a día la defensa de la toma de su colegio; él lleva cinco meses viviendo día a día la defensa de la toma de su facultad de humanidades y enfrentando con cuanto tenga a mano y a la hora más insospechada a las hordas de Carabineros mutantes que como robots del terror asolan la ciudad. Concluyo que la alimentación en base a duraznos en almíbar puede no ser equilibrada desde un punto de vista científico, pediátrico, pero que sin dudas es un golpe vitamínico para crecer con la necesidad de querer el todo y ahora. No en gotas de veneno o analgésico espiritual.

Como padre, no llevaré los argumentos bancarios-contables a una discusión con mis hijos. Considero que ellos y sus compañeros y compañeras deben mantener sus mentes y esfuerzos concentrados en ese largo camino del todo o nada. Los platos rotos los pagaremos todos. Pero por lo menos habremos roto platos en este banquete de tiranos.

 

 

[div2 class="highlight1"]Cómo citar este artículo:

TÓTORO TAULIS, Dauno, (2012) “Los intransigentes (La Palabra y la Acción)”, Pacarina del Sur [En línea], año 3, núm. 10, enero-marzo, 2012. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Viernes, 19 de Julio de 2019.
. Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.comindex.php?option=com_content&view=article&id=377&catid=15[/div2]

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