Pacarina del Sur
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Un siglo después. 10 días que estremecieron al mundo

A century later. 10 days that shook the world

Um século mais tarde. 10 dias que abalaram o mundo

Julio Roldán[1]

RECIBIDO: 13-09-2016 APROBADO: 09-11-2016

Resumen

Resumen. La presente investigación sintetiza algunos temas que tienen directa relación con los “10 días que estremecieron al mundo”. Se menciona el espíritu imperial con el cual se edificó la ciudad de San Petersburgo. Luego a los dos novelistas más famosos en lengua rusa, Tolstoi y Dostoievski, que anunciaron 50 años antes, en Guerra y paz y Los demonios, la cercanía de la revolución. De igual modo se tematiza el rol de los judíos, de los alemanes, en el triunfo de la revolución del 25 de octubre de 1917. Al mismo tiempo, los 10 días que estremecieron el mundo, propiamente dicho. Lo último se hace en base a la crónica escrita por el periodista John Reed que lleva dicho nombre. Finalmente, luego de una visita in situ, se menciona qué es lo que queda de este acontecimiento histórico, 100 años después, en la hoy ciudad de San Petersburgo.

Palabras claves: Rusia, San Petersburgo, Pedro el Grande, Catalina la Grande, los Romanov, Puschkin, Guerra y paz, Los demonios, judíos, alemanes, comunistas, bolcheviques, Reed, Lenin, Trotski, Putin.

 

San Petersburgo. El espíritu imperial

La ciudad de San Petersburgo fue imaginada, diseñada, finalmente construida, en los tiempos del Zar Pedro I (1672-1729), conocido también con el apelativo de Pedro el Grande. A comienzos de 1700 se dio inicio a la construcción de la misma. El cuartel San Pedro y San Pablo, denominado como la Bastilla rusa, es considerado como la primera piedra donde se edificó la futura capital del inmenso imperio de la dinastía Romanov. En 1712 fue elevado San Petersburgo a la condición de capital de la Federación Rusa. Esto se hizo en desmedro de la legendaria ciudad de Moscú.

Finalmente, hay que aclarar, que el nombre San Petersburgo no hace alusión al Zar fundador de ella. Más bien es un nombre, germanizado, en homenaje al apóstol San Pedro.

El Zar Pedro I había visitado las más importantes capitales imperiales europeas de aquellos tiempos. Él vivió, por algún tiempo, en los Países Bajos (Ámsterdam). Es posible que en este contacto directo haya concebido la idea de construir la ciudad siguiendo las dimensiones, el estilo, de algunas ciudades por él visitadas. En particular cómo aprovechar las condiciones geográficas dadas. Estamos pensando en las islas, el gran pantano, el Río Neva, las aguas en general. Venecia, Hamburgo, Ámsterdam, Estocolmo, entre otras, tienen estas características de ciudades “lagos”. Son ciudades edificadas, en parte, sobre bases ganadas a las aguas del mar, de los lagos y de los ríos.

El Poder, en cualquier tiempo y lugar, donde tiene presencia se exterioriza a través de una serie de figuras, de algunos signos, de ciertas señales, de diversos colores. La ciudad que comentamos fue concebida, de principio a fin, para convertirse en la capital de un poderoso imperio. Ésta es la razón del por qué las calles, las avenidas, los puentes, los canales, los palacios, las catedrales, los monumentos, los cuarteles, las plazas, los jardines y los parques, se construyeron en dimensiones superlativas. Por último, hasta las viviendas, para el común de los mortales, siguieron en alguna forma, estas dimensiones y estilo.

Lo descrito se acentúa, más aún, cuando se hace conscientemente. Cuando exprofesamente se edifica para exteriorizar el espíritu imperial. Éste es el caso de la ciudad de San Petersburgo. En el centro histórico de la ciudad, todo es imponente. Todo se manifiesta a un nivel mayúsculo. Ello se explica por dos razones. Primera, ella sería la capital del entonces imperio más grande del planeta. Y segunda, ella fue construida por un Zar apodado El Grande. Pedro I, El Grande. Sin duda él deseaba exteriorizar su espíritu de Poder en este gigantismo urbanístico, en este portento arquitectónico. No sólo al interior del inmenso Imperio de los Zares, sino, a la par, al resto del poder imperial europeo. No olvidemos que el Poder, lo decía Michael Foucault (1926-1984), es la verdad. En el peor de los casos, el Poder, construye la verdad.

Al pasear por las calles, desplazarse por jardines y plazas; observar los palacios, catedrales y monumentos, tiene el transeúnte la sensación de que estas enormes construcciones lo aplastan. Que estos gigantes lo apabullan. Que estos cíclopes lo ridiculizan. Ellos lo hacen sentir insignificante, humillado. Minúsculo. En ese plano meramente sensorial, se siente la fuerza del Poder que agobia. Sin mayor oposición, el espíritu imperial de sus mentores se impone a todo. A todos, irremediablemente.

En estas circunstancias se comprende por qué la inmensidad de la montaña, la vastedad el río, la oscuridad del bosque, han sido la cuna de muchos mitos en una determinada etapa del desarrollo de la humanidad. Mientras que, en otro momento, el caballo en cabresteo, el toro embistiendo, el león zarpando, fueron muy temibles por todos. Estos animales han sido adorados como totenes. En su antípoda, el mosquito, el ratón, la cucaracha, jamás han sido entes sagrados. Tampoco mitos. Menos aún, dioses.

El gigantismo, la vastedad, lo imponente, obliga, al mortal común, contemplar la figura de abajo hacia arriba. En este cruce de dimensiones arriba-abajo, largo-ancho, amplio-voluminoso, se manifiesta el poder del dominio de unos sobre otros. A la par, la cuasi sumisión de otros. La presencia del espíritu imperial, la imposición, es más que evidente.

Para no perdernos en las particularidades de la ciudad que nos ocupa, donde se manifiesta por todos lados el espíritu imperial, al margen del poder que emana el agua del Río Neva trabajado armoniosamente con canales y puentes, mencionemos la Avenida Nevsky. Ella es de doble vía. Con tres carriles por cada una de las aceras. La misma cruza gran parte de la ciudad. Esta vía fue considerada, hasta hace unas décadas atrás, como la avenida más larga y amplia de Europa.

Con la aparición de gigantescas vías urbanas en otras metrópolis, en los cuatro continentes restantes del planeta Tierra, en la segunda mitad del Siglo XX, posiblemente hoy sea esta avenida una más entre otras. Pero, para valorar mejor estas dimensiones, este espíritu imperial, hay que remitirnos 300 años atrás, tiempo en el cual la Avenida Nevsky fue construida.


Imagen 1. http://www.socialistworld.net

Esta exuberancia, esta enormidad, que comenzó con el Zar Pedro I, El Grande, anima todo lo que es considerado importante en la ciudad de San Petersburgo. Esta manifestación de espíritu de Poder, que hasta hoy es el orgullo de unos y la admiración de otros, fue materializado con el sudor, con la sangre, con la vida-muerte, de cientos de miles de siervos que fueron obligados, azote en mano, a construir esta gigantesca y bella metrópoli.

El Premio Nobel de Literatura Heinrich Böll (1917-1985), en un escrito titulado Dostoievski y San Petersburgo, menciona algunos de los costos humanos en la construcción de la ciudad. Leamos: “San Petersburgo es una ciudad decretada y abstracta, introducida a latigazos en la nada de los pantanos finlandeses. Nadie sabe si su construcción costó cien mil o doscientas mil vidas humanas. Los poetas rusos Pushkin, Gogol, Bieli y Block estaban firmemente convencidos de que el agua reivindicaría alguna vez la devolución de San Petersburgo.”

Luego, refiriéndose al novelista que nació aquí, muchas de cuyas obras fueron recreadas en esta ciudad, afirma: “A Dostoievski le dolía la sangre y la miseria de las víctimas, el gigantesco e invisible cementerio social sobre el cual se elevaba todo el lujo y la magnificencia basados en la violencia y la sumisión, con el apoyo intelectual. (…) Esta extraña realidad de San Petersburgo, también perseguía a Dostoievski en el extranjero; en todas las grandes urbes reconocía la extrañeza de San Petersburgo que se reprodujo en su interior lleno de odio y de venganza.” (Böll, 1976: 72).

El politólogo estadounidense Marshall Berman (1940-2013), en torno a los actores de carne y hueso que inyectaron sangre y savia a la enorme y hermosa ciudad en mención, escribió: “Pedro tenía el Poder absoluto sobre la fuerza de trabajo prácticamente infinita. Obligó a esos cautivos a trabajar sin respiro para abrirse paso a través de la vegetación, desecar los pantanos, dragar el río, excavar canales, levantar diques y presas de tierra, enterrar pilones en el suelo blando y construir la ciudad a una velocidad vertiginosa.”

A renglón seguido, el estudioso continúa: “Los sacrificios humanos fueron inmensos: en tres años la nueva ciudad había devorado un ejército de 150,000 trabajadores -destrozados físicamente o muertos- y el Estado tuvo que acudir constantemente al interior de Rusia en busca de más hombres.”

Finalmente, el politólogo añade: “Por su determinación y poderío para destruir a sus súbditos masivamente en aras de la construcción, Pedro estaba más cerca de los déspotas orientales de la Antigüedad -por ejemplo los faraones, con sus pirámides- que de los otros monarcas absolutos de Occidente. Los terroríficos costos humanos en San Petersburgo, los huesos de los muertos entremezclados en sus monumentos más grandiosos, ocuparon de inmediato un lugar central en el folclor y la mitología de la ciudad, incluso para quienes más la querían.” (Berman, 2010: 179)

Los que planificaron, los que dirigieron, la construcción de la ciudad, fueron profesionales, artistas, ingenieros, arquitectos, venidos de Inglaterra, Alemania, Francia e Italia. En la combinación del arte, con la simetría, con los colores, con la perspectiva, con la luz y con la solidez de lo construido y edificado, se observa, con cierta claridad, la mentalidad de los arriba mencionados.

Después de Pedro I, El Grande, fue principalmente otra grande quien se esmeró en mantener el prestigio y desarrollar la vida socio-cultural en San Petersburgo, también a lo grande. Nos referimos a la protestante alemana Catalina II (1729-1796), llamada La Grande. Teniendo a la mencionada Zarina como una de las figuras centrales de este período, el citado Berman escribió: “En el curso del Siglo XVIII, San Petersburgo se convirtió a la vez en la cuna y en el símbolo de una nueva cultura oficial secular. Pedro y sus sucesores estimularon e importaron matemáticos e ingenieros, juristas y teóricos de la política, fabricantes y economistas políticos, una Academia de Ciencias, un sistema educativo técnico financiado por el Estado. Leibniz y Christian Wolff, Voltaire y Diderot, Bentham y Herder disfrutaron del mecenazgo imperial; fueron traducidos y consultados, subvencionados y frecuentemente invitados a San Petersburgo por una serie de emperadores y emperatrices, que culminará con Catalina, La Grande, quien esperaba construir fachadas racionales y utilitarias para su poderío.” (Berman, 2012: 180)

Centrando en otro nivel, el autor continúa: “Al mismo tiempo, especialmente bajo las emperatrices Ana, Isabel y Catalina, la nueva capital fue profusamente decorada y embellecida, utilizando la arquitectura y el diseño occidental -la perspectiva y la simétrica clásica, la monumentalidad barroca, la extravagancia y el desenfado rococós- para convertir toda la ciudad en un teatro político, y la vida urbana de todos los días en un espectáculo. Dos de los hitos fundamentales fueron el Palacio de Invierno (1754-1762), de Bartolomeo Rastrelli, la primera residencia imperial permanente en la nueva capital, y la enorme estatua ecuestre de Etienne Falconet presentando a Pedro, El Grande, el Jinete de bronce (instalado en 1782) en la plaza del Senado, y dominando el Neva, en uno de los puntos focales de la ciudad.” (Berman, 2012: 180)

El año que comenzó el reinado de Catalina II, La Grande, se terminó de construir el Palacio de Invierno. En pleno mandato de la misma se instaló el monumento a Pedro I, El Grande, ya mencionado. Éste es conocido con el nombre de Jinete de bronce. En la producción literatura rusa es famoso el poema titulado El jinete de bronce. Éste fue escrito por uno de los padres de la literatura en dicha lengua. El autor nació en la mencionada ciudad. Su nombre, Alexandro Puschkin (1799-1837). El poeta describe, en alguna forma, la geografía, las construcciones y el significado del Zar en la vida de la ciudad.

La Introducción al escrito fue publicada en 1833. El poema, propiamente dicho, algunos años después. Por su importancia, transcribiremos la parte mencionada del extenso poema. Leamos lo que el autor, en nombre de Eugenio, dice: “En orilla de olas desoladas se irguió él, lleno de grandes pensamientos, y miró a la distancia. Ante sí el amplio río se apresuraba; una pobre barca sobre él languidecía solitaria. En las mohosas y pantanosas orillas, ennegrecidas islas aquí y allá. Refugio de fineses miserables; y el bosque, desconocido por los rayos del sol, oculto por la niebla, crujía alrededor. Y pensó él: desde aquí amenazaremos al sueco, aquí será fundada una ciudad para mal del vecino arrogante. La naturaleza nos ha destinado aquí para abrir una ventana a Europa, poner pie sólido frente al mar. Hacia aquí, sobre olas nuevas para ellas, todas las banderas nos visitarán y festejaremos en grande.”

Puschkin continúa haciendo hablar a su personaje: “Pasaron cien años, y la joven ciudad belleza y la maravilla del país del norte, desde el bosque oscuro, desde el abrigo del pantano, surgió arrogante, orgullosa; donde antes el pescador finés, triste hijastro de la naturaleza, solitario en la orilla baja lanzaba en aguas desconocidas su red maltrecha, hoy en día en la animada orilla masivas construcciones se apretujan palacios y torres; naves en masa de todo rincón de la Tierra con riquezas a los muelles se acercan; se vistió con granito Neva; puentes colgando sobre las aguas; jardines verde oscuro han cubierto sus islas, y ante la joven capital palidece el viejo Moscú, como ante la nueva zarina la viuda vestida en púrpura.”

Luego el poeta exterioriza el sentimiento de Eugenio, lo hace en estos términos: “Te quiero, creación de Pedro, amo tu austera y armoniosa vista, la corriente imperiosa del Neva, sus orillas de granito, tu armoniosa valla de hierro, tus noches contemplativas crepúsculo brillante, brillo sin luna, cuando yo en mi habitación escribo, leo sin lámpara, y claras masas adormiladas en las calles desiertas, y brillante aguja del Almirantazgo, no dejando la oscuridad nocturna en el cielo de oro, un amanecer sustituye al otro con premura, dando a la noche media hora.”

Continúa con lo que el personaje dice que ama: “Amo tu invierno cruel, el aire inmóvil y las heladas, la carrera del trineo a lo largo del ancho Neva, los rostros de muchachas rosados y brillantes y el brillo, y ruido y hablar en los bailes, en la hora de las fiestas de soltero silbante espuma de las copas, la flama azul del ponche. Amo la animación militar del espectáculo del Campo de Marte, infantería de combate y caballos monótona belleza, en sus bien formadas filas ondulantes sus desgarrados estandartes de victoria, al resplandor de estos cascos de cobre, perforados por una bala en la batalla. Amo, capital guerrera, el humo y el trueno de tu fortaleza, cuando la reina del norte alumbra un hijo en la casa real, o por la victoria sobre el enemigo Rusia se regocija de nuevo, o rompiendo su hielo azul el Neva al mar lo lanza y, sintiendo días de primavera, se alegra.”

Finalmente, Puschkin anuncia lo que será el contenido del extenso poema: “Muéstrate, ciudad de Pedro, y de pie resueltamente como Rusia, y tranquilícese contigo, el elemento victorioso; enemistad y el viejo cautiverio que las olas finesas olviden y vana malicia no vaya a perturbar el sueño eterno de Pedro. Fue entonces terrible, de ella frescos recuerdos de ella, mis amigos, para ustedes voy a empezar mi historia. Triste será mi relato.” (Puschkin, 1970: 22 y 23)

Efectivamente, como lo anuncia el poeta, “… triste será mi relato” en la medida que el autor se pone en el cuerpo, en la situación, en el alma, de Eugenio. Un individuo proveniente de la nobleza venida a menos. Posiblemente por los cambios políticos-geográficos iniciados por el Zar. Esta persona se lamenta primero, se rebela después, en contra de Pedro I. Además de colocarse en el mismo nivel del Jinete de bronce, reclama por los seres humanos de su clase y condición. Particularmente eleva su voz de protesta en contra de las desgracias naturales, inundaciones frecuentes, que azolaban la ciudad construida a orillas del Río Neva por deseo y voluntad de Pedro I, El Grande.


Imagen 2. http://www.armati.info

Eugenio pregunta al Jinete de bronce, en uno de los versos: ¿Por qué mandó construir la ciudad en un terreno inhóspito, pantanoso y húmedo? No encuentra respuesta. Moscú, posiblemente, era mucho más segura y saludable. A lo largo del poema, las dos figuras centrales están unidas y a la vez enfrentadas. Tienen una misma mirada; pero con perspectivas distintas. Dos ciudades se sobreponen. Dos mentalidades se cruzan. Un personaje real-histórico, Pedro I, El Grande, razona. El otro, imaginario, a-histórico, Eugenio, fantasea. Estos dos siameses, con sus avatares a cuestas, dan contenido al largo poema.

En esta etapa de confusión, el inmenso imperio de los Romanov, no sólo en el poema mencionado sino en términos generales, está imitando la figura mítica del Dios latino Jano. Los dos rostros en una misma cabeza. Una mirando al futuro, a Europa, a la modernidad, al capitalismo. Ella estaría asentada en San Petersburgo. La otra atalayando al pasado, al continente asiático, al medioevo, al feudalismo. Ella estaría encarnada por Moscú.

El gran poeta Alexandro Puschkin, a través de su poema, de sus dos personajes, se debate entre la seguridad que brinda todo pasado y el riesgo que entraña todo futuro. Lo viejo conocido, lo nuevo por conocer, están tensionados en el contenido de los versos. Ninguna de las dos fuerzas, de los dos tiempos, de los dos deseos, en el momento se rinde.

La verdad de las verdades es que en la vida real, como en el mundo fantástico, se pierde y se gana al mismo tiempo. Así como no se puede separar la vida de la muerte. Tampoco el dolor del placer. El disfrute y la penuria están unidos, como la luz y la sombra. Ellas antes que sobreponerse, viven en un permanente acometerse. Pensar de otra manera es una dulce quimera, cuando no una agradable ilusión.

*

Algo que particulariza a San Petersburgo, en relación a otras capitales imperiales occidentales, es que ha cambiado, consecuencia de hechos políticos sociales, frecuentemente de nombre. En sus más de tres siglos de existencia, ha tenido cuatro designaciones.  Nació con el nombre de San Petersburg (en lengua germana). Luego se llamó Petrograd (en lengua rusa). Continuó con Leningrad (en tiempo de la URSS). En las últimas décadas, nuevamente ha recuperado su antiguo nombre. Es San Petersburg. En esta dirección, sólo con Estambul se le puede comparar. Como es sabido, esta ciudad comenzó como Bizancio (griego), continuó como Constantinopla (latín) hasta terminar, momentáneamente, como Istambul (turco).

Las cuatro revoluciones más importantes ocurridas en ciudades del imperio ruso, en los últimos 150 años, han tenido como escenario la ciudad que estamos describiendo. A saber: la revolución decembrista de 1829. La revolución de 1905. Y las revoluciones de febrero y octubre de 1917. Ello es una muestra de que los hechos determinantes de la historia de este país, en los últimos 200 años, tuvieron su epicentro, su impulso, su realización, en esta moderna ciudad.

La construcción, el desarrollo, de San Petersburgo, es la expresión, en todos los niveles, de ese sector de la aristocracia zarista que intentaba el despegue económico, el desarrollo político-social, la modernización cultural del Imperio. Pedro I, El Grande, fue su mejor expresión en este proceso de europeización. Ellos se enfrentaban al otro sector que prefería mantener el Imperio con algunos cambios para que, en el fondo, no cambie nada. Estos últimos tenían su muestrario en la vida y la atmósfera que reinaba en la antigua capital, Moscú. El corolario de ese debate pudo haber sido: civilización o barbarie para unos. Modernidad capitalista o atraso feudal para otros.

En esta dirección, el ya citado Berman sostiene que: “San Petersburgo representa las fuerzas foráneas y cosmopolitas que fluía a través de la vida rusa y Moscú simbolizaba todas las tradiciones indígenas y aisladas acumuladas del narod ruso; San Petersburgo era la Ilustración y Moscú la contrailustración; Moscú era la pureza de la sangre y la tierra, San Petersburgo la polución y la mezcla racial; Moscú lo sagrado, San Petersburgo lo secular (o quizá lo ateo); San Petersburgo la cabeza de Rusia, Moscú su corazón. Este dualismo, uno de los ejes centrales de la historia y la cultura de Rusia moderna, ha sido analizado con mucho detalle y profundidad.” (Berman, 2010: 177).

Lo mencionado, que no es más que expresión del desarrollo del sistema capitalista en lo económico y la implantación de la modernidad en el plano cultural, por el estudioso citado, sería una de las claves que permitirían explicar las tres revoluciones, con sus resultados conocidos, en un corto lapso de 12 años, ocurridos en Rusia. Precisamente en la capital San Petersburgo, mas no en la ciudad de Moscú.

 

Dostoievski-Tolstoi. Heraldos de la revolución

Es idea plenamente aceptada, al interior de lingüistas y filólogos, que el Siglo XIX fue El siglo de oro de la literatura rusa. Los especialistas se refieren a las tres grandes expresiones, que para su elaboración-reelaboración, producción-recreación, en los cuales los tiempos-literarios se cumplen a cabalidad. Los historiadores y literatos se refieren a la poesía. La misma que podría ser versada, en un tiempo corto. En casos excepcionales, en minutos. Continúan con el cuento, que puede ser escrito en un lapso de tiempo medio. Estamos pensando, como en el caso anterior, en unas horas. Finalmente la novela que, para encandilar la sabana completa, requiere de un tiempo largo. Unas semanas, algunos meses y hasta años.

A los seguidores de la teoría del tiempo arriba mencionados, en el caso concreto de la producción en Rusia, no les falta razón. Para comprobarlo habría que traer a colación algunos nombres. A la par, leer parte de la producción en estos tres niveles, de la literatura producida en dicha lengua. El mencionado siglo de oro tendría, para unos, tres generaciones. Para otros, por ser menos excluyente, tres promociones. Este ciclo se iniciaría, entre los más representativos, con el ya citado poeta Alexandro Pushkin. Continuaría con el cuentista Nikolai Gógol (1809-1852), el novelista Ivan Turgénev (1818-1883) y el cuentista-dramaturgo Antón Chejov (1860-1904). Finalizaría con el novelista Máximo Gorki (1868-1936), el poeta Vladimir Majakoski (1893-1930) y, con una mujer,[2] la escritora Lou Salomé (1861-1937).

Entre el deceso del mayor de ellos, el poeta Pushkin, y la muerte de la benjamín de ellos, la escritora Salomé, ha transcurrido exactamente cien años. Por estas raras coincidencias de todos estos personajes en este lapso de la historia rusa, se denomina al Siglo XIX, con mucha razón, El siglo de oro de la literatura rusa.

Haciendo un alto en la lista de los arriba mencionados, hay que decir que los novelistas Fedor Dostoievski (1821-1881) y León Tolstoi (1828-1910) son las dos expresiones mayores de este productivo Siglo XIX. Para unos segundos, posiblemente, de toda la literatura escrita en esta lengua al correr de los siglos. Finalmente, para unos terceros, los dos mencionados serían los exponentes más altos de dicho género a nivel universal.

Por nuestra parte, no analizaremos la vida, menos la obra, de por sí gigantesca, de estos dos excelentes fabuladores. Tampoco sus diferencias-convergencias ideo-políticas. Menos aún sus formas artísticas y sus estilos literarios. Sólo nos limitaremos a transcribir algunos diálogos, comentar brevemente los mismos, en los cuales Dostoievski y Tolstoi anuncian la cercanía de la revolución en Rusia. Acción que proyectaban sus rayos en la lontananza, medio siglo antes de los hechos reales que pusieron fin al Imperio de los Zares.

Estos dos contemporáneos, con un profundo conocimiento histórico-cultural de la sociedad donde nacieron y se socializaron, pudieron graficar, en sus creaciones fantásticas, lo que muy pocos en su momento estaban en condiciones de avizorar. Es por ello que los dos fueron, en las novelas que después citaremos, una especie de heraldos de las revoluciones. Primero de la que ocurrió el año 1905, luego la de febrero, finalmente la revolución del 25 de octubre del año 1917.

Es menester incluir un hecho histórico más en este cuadro descriptivo. Sin coincidencia exacta en el tiempo como en el caso anterior, en el plano de la inteligencia que orientó su energía en la dirección política, cabe mencionar a algunos individuos que nacieron y actuaron en este siglo. Los que a su vez estuvieron secundados por otros que prolongaron su accionar hasta bien entrado el Siglo XX. A saber, los más conocidos: Alexandro Herzen (1812-19860), Michael Bakunín (1814-1876), Pedro Kropotkin (1842-1921), Jorge Plejanov (1856-1918), Vladimir Ilich Lenin (1870-1924), León Trotski (1879-1940) y José Stalin (1878-1953). Personajes, los cuatro primeros, indirectamente y los tres últimos directamente, que tuvieron incidencia capital en los 10 días que estremecieron al mundo, en octubre de 1917.

La aparición de este tipo de individuos descollantes en el mundo de la fantasía, su correlato en el accionar ideo-político, con lo que dicen y hacen, normalmente, son incomprendidos, en su momento, por las grandes mayorías. El común los considera chiflados. Cuando no, como desaforados. Sólo al pasar los años, digamos mejor los siglos, son comprendidos y valorados en su verdadera dimensión.

Dostoievski fue consciente de ello y lo expresó, en su novela El idiota, en los términos siguientes: “Inventores y hombres geniales no han sido considerados cosa mejor que locos en los inicios de su carrera, muy frecuentemente a su fin también. Ésta es cosa familiar y palmaria a todos.” (Dostoievski, 1971: 8)

De este grupo, mencionemos a los literatos primero y a los que accionaron políticamente después. Comencemos diciendo que la gran mayoría conoció directamente Europa Occidental. Otros respiraron, a la distancia, los vientos de transformación que soplan en esta parte del continente. De distintas formas vivieron los encantos y los desencantos, que significa la transformación radical de la anciana sociedad.

Todos estuvieron influenciados por el espíritu revolucionario, que animaba a miles de seres humanos por estos tiempos de cambios radicales. Particularmente las ideas, los deseos, que orientó y se concretizó en la gran revolución francesa de 1789. Los principios de igualdad, de libertad, de confraternidad; la idea de la democracia, el concepto de razón; la acción de transformar la persona común en ciudadano, que la Ilustración había anunciado, no les fue de ninguna manera ajenos.

Posteriormente, a partir de mediados del Siglo XIX, con el desarrollo político-social que llevó al descrédito de la razón burguesa, las ideas socialistas de los llamados utópicos, las teorías sistematizadas por los anarquistas libertarios después, las marxistas finalmente, tendrán una influencia ideológica en el accionar político y en la práctica militante de los seres humanos que materializaron los 10 días que estremecieron al mundo.

La interrogante que cabe es: ¿Por qué en Rusia pudieron florecer, reproducirse, recrearse, estas ideas a nivel de la juventud y la inteligencia fundamentalmente? La verdad es que los nutridos miembros, de las tres generaciones mencionadas, lograron hacerse eco de ese espíritu revolucionario porque la base económico-social de la sociedad rusa experimentaba transformaciones significativas por aquellos tiempos.

Ante el desarrollo de las fuerzas productivas, las zonas más atrasadas, feudales, evolucionaban a semifeudales. En las principales ciudades se daba inicio al desarrollo capitalista. Muy lentamente, es verdad, pero crecía inexorablemente. Los centros industriales se incrementaban. El mercado se ampliaba. Las mercancías fluían con mayor facilidad. Las clases sociales se diferenciaban cada día más. El sector medio letrado, pudiente, de la sociedad crecía en número y en calidad. Finalmente, el analfabetismo retrocedía inexorablemente.

Por lo tanto, las condiciones internas, no obstante moverse lentamente en el nivel económico-social, se daban la mano con las externas, especialmente en el plano ideológico-cultural. Esta influencia mutua, el movimiento de la sociedad con la producción de ideas, fue entendida por Tolstoi con meridiana claridad, leamos su argumentación al respecto: “Está fuera de duda que hay una relación entre todo lo contemporáneo; por eso mismo es posible encontrar cierta unión entre la actividad intelectual de los hombres y el momento histórico, lo mismo que se halla entre el movimiento de la humanidad y el comercio, la industria, la horticultura y cualquier otra actividad.” (Tolstoi, 1987: 1424)

Como ya es idea aceptada en todo el mundo, con diferencias más o con diferencias menos, se ha dado esa influencia de lo externo con lo interno. Advirtamos que los cambios histórico-sociales nunca son ciegos, sordos, mudos. Siempre están orientados, mal o bien, por un conjunto de ideas, que sistematizadas toman cuerpo en una ideología. En esta mistura, los productores de pensamientos, la inteligencia, juegan un papel fundamental en la difusión de ideas primero, en las transformaciones concretas después.

A la par, es oportuno mencionar que todos los arriba nombrados, tanto los artistas-literatos como los ideólogos-políticos, tuvieron relación con la ciudad donde se materializaron los 10 días que estremecieron al mundo, el 25 de octubre del año 1917, San Petersburgo. Algunos nacieron en ella. Otros vivieron allí. Unos terceros estuvieron de paso por ahí. Finalmente, unos cuartos murieron en la misma. La importancia de esta ciudad, para Europa y para Rusia, ya fue mencionada en la primera parte de esta investigación.

En el caso concreto del país que nos ocupa en este estudio, para no mencionar a los tratadistas que tan profusamente han evidenciado el rol de los intelectuales en la transformación de la sociedad, citemos a un personaje que estuvo por muchos años desempeñando el rol de jefe de la policía política del Imperio de los zares. Él fue el encargado de controlar a los intelectuales-políticos, especialmente revolucionarios, tanto en Rusia como en el extranjero. Arcadio Wassiliew (1859-1939) escribe en torno al tema lo siguiente: “Una vez más se ha manifestado cuán íntimamente va unida la inteligencia rusa al desorden revolucionario, y qué pequeño es, al fin y al cabo, la diferencia de espíritu que separa a los poderosos del Kremlin de sus burgueses precursores. En todo tiempo ha sido fatal para el Imperio ruso el intelectualismo de los liberales rusos, nada nacionalista y nacido de extraños influjos. Así, esta intelectualidad ha traicionado nuevamente a su patria en el extranjero.” (Wassiliew, 1966: 185)


Imagen 3. http://www.screendaily.com

El funcionario, en tono algo desengañado, compara a la inteligencia rusa con sus pares de algunos países europeos, leamos lo que dice: “… en Inglaterra, en Francia, en América los intelectuales han sido siempre verdaderos patriotas y han luchado por el mantenimiento de las instituciones del Estado, lo que en Rusia, por desgracia, no ocurrió desde los primeros decenios del Siglo XIX.” (Wassiliew, 1966: 186)

Finalmente el citado, intentando cubrirse con el manto del nacionalismo, con las banderas del “pan eslavismo” y con el lema del “alma rusa”, afirma: “ … a Rusia de las ideas de libertad europeas no podían causar más que perjuicios, ya que aquéllas habían nacido ante presuposiciones muy diferentes, contradictorias al espíritu de la población rusa, la intelectualidad se dispuso a formar una nueva Rusia sujetándose estrictamente al programa de los ideólogos occidentales, demoliendo a este fin todo lo que en muchos siglos de difícil  e incesante trabajo había realizado el zar y sus consejeros y servidores.” (Wassiliew, 1966: 187)

El mérito de los intelectuales, con mayor razón de la inteligencia comprometida. Es su compromiso con los más altos ideales humanos. Con la causa del progreso. Con la lucha por la justicia, levantando las banderas de la libertad. Es el motivo del por qué viven luchando. Al mismo tiempo es el motivo del por qué mueren luchando. De otra manera, su paso por este mundo sería tan miserable que no merecería llamarse vida. Tampoco vivir o morir por ella.

*

León Tolstoi escribió su novela Guerra y paz entre 1863 y 1869. Para comenzar, en relación al tópico que nos ocupa, transcribamos un diálogo entre dos miembros de la aristocracia rusa de entonces. El tema tratado es la situación político-social en el Imperio de los Romanov. Ellos responden al nombre de Denisov y Pierre.

El primero de los nombrados pregunta: “-sí, ¿a qué viene todo esto?” Pierre responde: “-Y así, todo está podrido. La corrupción y el latrocinio reinan en los tribunales; el palo es la única ley en el ejército. Ahogan la instrucción y tiranizan al pueblo. Persiguen todo lo que es joven y honrado. Todos ven que esto no puede seguir así. La cuerda está demasiado tirante y debe romperse -añadió Pierre (desde que existía Gobierno, todos los hombres que examinan sus actos han hablado así)-. En San Petersburgo se lo dije. -¿A quién?-preguntó Denisov. -Ya sabéis a quién -dijo Pierre, mirando con cierta importancia-. Al príncipe Fedor y a los demás: Atender a la instrucción y a las obras de beneficencia está muy bien, sin duda, y ese objetivo es magnífico; pero en las circunstancias actuales hay que hacer más.”

Tengamos presente el vocabulario que se usa en la plática: podrido, corrupción, latrocinio, con que denomina al comportamiento de los que tiranizan al pueblo, utilizados por uno de los príncipes. Ello evidenciaba simplemente la situación moral desastrosa por la que atravesaba ese Imperio. Imperio que, siendo de cartón, parecía de hierro, a decir de alguno de ellos.

A renglón seguido, el diálogo continúa: “En aquel instante, Nikolai advirtió la presencia de su sobrino. Su rostro tornose sombrío; se aproximó al muchacho. -¿Qué haces tú aquí? -Déjalo -dijo Pierre, tomando a Nikolai por el brazo; y prosiguió-  Les expliqué que eso es poco, que hay que hacer algo más que permanecer a la espera de que de un momento a otro se rompa la cuerda tensa. Cuando todo el mundo aguarda una convulsión inevitable, es urgente que el mayor número posible de hombres se mantenga firme para resistir a la catástrofe general. Todo lo que es joven y fuerte es atraído por ellos y cae en la corrupción: unos, seducidos por las mujeres; otros, por los honores y las ambiciones; los de más allá, por el dinero.” (Tolstoi, 1988: 1403)

Algunos párrafos después, el diálogo se reanuda en la misma dirección del tópico anterior, pero ahora con la presencia de otros miembros del entorno familiar: “Pierre sonrió, Natasha soltó la risa y Nikolai frunció más el ceño y trato de probar a Pierre que no se preveía revuelta alguna, que no existía ninguno de aquellos peligros de que hablaba, si no era en su imaginación; Pierre afirmó lo contrario, y como era más inteligente y manejaba mejor sus argumentos, no tardó en colocar a Nikolai en un callejón sin salida. Esto irritó más aún a Rostov, porque en el fondo de su alma tenía la seguridad de estar en lo cierto, no por razonamiento, sino por algo más fuerte.”

El tema en cuestión es finiquitado por uno de los dialogantes, Nikolai, de esta forma: “-Fíjate en lo que voy a decirte -dijo levantándose y dejando la pipa con un movimiento nervioso-. Yo no puedo darte pruebas; dices que todo va mal en Rusia y que vamos a llegar a una revolución; no lo veo así.” (Tolstoi, 1988: 1405)

Como se puede percibir, palabras más palabras menos, la corrupción, la tiranía, serán el caldo de cultivo para que “la cuerda tensa se rompa”. Ruptura que motivará la revolución en el vasto imperio que tenía a la cabeza la familia Romanov. Unos veían con mucha claridad lo que venía. Otros, por el contrario, decían que no, o sencillamente, no deseaban ver lo que tenían al alcance de la vista.

Por su lado, Fedor Dostoievski escribió su novela titulada Los demonios entre los años 1872 y 1873. En torno al punto que nos ocupa, se puede leer lo siguiente: “Era aquella una época singular. Despuntaba algo nuevo, algo en nada análogo a la calma anterior, algo raro, perceptible por doquier, incluso en Skvorenhniki. Circulaban rumores de toda clase. Los hechos eran, por lo general, más o menos conocidos, pero era evidente que iban acompañados de ciertas ideas y, lo que era aún más significativo, en cantidad muy considerable. Lo desconcertante era que no había medio de acomodarse a esas ideas, de enterarse en qué consistían precisamente.” (Dostoievski, 1984: 35)

Un aparente desconcierto se observa en lo transcrito. Muchas páginas después, el autor reproduce una plática entre dos amigos en torno al tema. Los conceptos, ahora, están mucho más claros. Y el panorama, algo más despejado. El tenor del diálogo es el siguiente: “-Y bien que lo creo. Acuéstese, pues. A propósito, aquí en el distrito hay algunos miembros de la secta de los castrados. Gente curiosa… Pero de esto, más tarde. Sin embargo, tengo una historia más. Esta hora en el distrito, un regimiento de infantería. El viernes por la noche estuve tomando unas copas con los oficiales. Tenemos tres amigos entre ellos, ¿vous comprenz? Hablaban de ateísmo y, como es de suponer, mandaron a Dios a paseo. Daban alaridos de gozo. A propósito, Shatov asegura que para hacer la revolución en Rusia es menester empezar con el ateísmo. Quizá sea verdad.” (Dostoievski, 1984: 272)

En este último diálogo aparecen algunos términos nuevos, como ateísmo, Dios, revolución, soldados. Posteriormente, muchas páginas después, otro diálogo comienza con esta pregunta: “-¿Quiere decir que ha cambiado la moda? -Yo lo que pienso es que no hay que desatender tampoco a los jóvenes. La gente grita que son comunistas, pero a mi modo de ver lo que hay que hacer es comprenderlos y apreciarlos.” (Dostoievski, 1984: 360)

Nueva terminología se integra en la historia. La de jóvenes y comunistas. Finalmente, en otro intercambio de palabras, se concluye así: “Yo estoy seguro del éxito de esa propaganda clandestina porque hoy Rusia es, ante todo, el único sitio del mundo donde puede suceder cualquier cosa sin la menor oposición. Entiendo demasiado bien por qué los rusos pudientes se van por sus pies al extranjero, y cada año en mayor número. Es sólo cuestión de instinto. Cuando el barco se hunde, las ratas son las primeras en abandonarlo. La Santa Rusia es un país de madera, de miserias y… de peligro, un país de mendigos vanidosos en los altos niveles sociales, mientras que la inmensa mayoría vive en chozas inmundas. Se alegrará de cualquier solución con tal que se le explique. El Gobierno es el único que todavía quiere oponerse, pero lo que hace es blandir el garrote en la oscuridad y apalear a sus propios partidarios. Aquí todo está sentenciado y condenado a muerte. Rusia, tal como es ahora, no tiene porvenir. Yo me he nacionalizado alemán y lo tengo a mucha honra.” (Dostoievski, 1984: 448 y 449)

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Las ideas vertidas por los dos novelistas citados son diáfanas. Ellas no ameritan mayores comentarios. Al mismo tiempo, no se prestan a nebulosas interpretaciones. Lo importante es entender como los creadores, recurriendo a lo que se denomina “la verdad psicológica y la mentira real” o “la verdad de las mentiras”, pudieron avizorar lo que sucedió en la realidad histórica, en la vida político-social, en Rusia cerca de medio siglo antes de los hechos reales.[3]

Pensamos que tiene que ver, primero, con el conocimiento de las tendencias históricas, políticas y sociales, que orientaban a las sociedades, por parte de los artistas. A ello agréguese las sensibilidad, que en los de su naturaleza, está mucho más finamente desarrollada que en los científicos sociales o personas comunes y corrientes. En otras palabras, en ellos se da ese amasijo entre razón-emoción. Entre lógica-fantasía. Entre presente-futuro, con mayor intensidad y profundidad.

Guerra y paz está ambientada en los años que van de 1810 a 1820. El tema central que se recrean en sus páginas es las guerras encabezadas por Napoleón Bonaparte (1769-1821) en su afán de imponer en el resto de Europa, dominada aún por las monarquías, algunos logros de la Revolución democrática burguesa de 1789. El código civil, por citar un caso. Como telón de fondo de lo mencionado, los movimientos, las preocupaciones, las angustias de un sector de la aristocracia rusa en acecho copan las mil y tantas páginas de la narración.


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Por su parte, la novela Los demonios tiene como punto de partida una acción político-militar, ocurrida en Moscú el año 1869. Ella estuvo orientada por los ideales nihilistas-anarquistas. Corriente que tenía, en el párrafo antes mencionado, a Michael Bakunin como su mentor. El autor recrea el ambiente, los movimientos, las figuras, los ideales, los sueños y los desvelos de los que son tildados como demonios. Es decir, los jóvenes revolucionarios de entonces.

Lo importante a destacar es que en el fondo, por lo menos en los diálogos transcritos, los dos novelistas coinciden en el “…pesimismo de la realidad y optimismo del ideal”, como decía José Carlos Mariátegui (1984-1930). Primero. El Imperio ruso es un gigante asentado sobre madera podrida, pronto va a caer. Segundo. Algo nuevo se avizora en el horizonte. Rusia será transformada desde sus cimientos. Todos estos presagios fueron escritos en el lapso de 10 años, entre 1863, año que se comenzó a escribir la novela de Tolstoi, y 1873, en que se escribió la novela de Dostoievski. Lo más probable es que el segundo no conoció lo que escribió el primero. No hay ningún dato que pruebe lo contrario.

Terminemos con estos dos heraldos de la revolución con un hecho que puede ser considerado anecdótico. De ser verdad, demostraría, una vez más, que las revoluciones no sólo se devoran a sus hijos y terminan con sus héroes, sino hasta con sus pitonisos.

Leamos este pasaje escrito por John Reed, ocurrido en las horas calientes de la revolución del 25 octubre de 1917.

Ella narra la supuesta detención del Conde León Tolstoi. Sus palabras: “Un amable marino nos condujo a la oficina del comandante, en una casita cerca de la Casa de la Moneda. Una media docena de guardias rojas, marinos y soldados estaban sentados en una habitación caliente, llena de humo, en la que un samovar humeaba alegremente. Nos acogieron con cordialidad y nos ofrecieron té. El comandante había salido. Acompañaba, nos dijeron, a una comisión de saboteadores de la Duma municipal que insistía en que se estaba matando a todos los junkers. Esto pareció divertirlos muchísimo.”

A renglón seguido, el autor continúa: “En un extremo de la habitación se hallaba sentado un hombrecillo calvo que tenía todo el aspecto de ser un viejo verde; vestido con levita y una pelliza lujosa, mordisqueaba su bigote y lanzaba a su alrededor miradas de rata acosada. Acababa de ser detenido. Alguien dijo, mirando con displicencia hacia donde estaba el hombre, que se trataba de un ministro o cosa parecida. El hombrecillo no pareció oír; estaba evidentemente aterrado, no obstante que los ocupantes de la habitación no mostraban animosidad alguna hacia él. Me encaminé hacia él y le dirigí la palabra en francés. -Conde Tolstoi- respondió, haciendo su presentación, mientras se inclinaba con rigidez. -No comprendo por qué he sido detenido. Cruzaba el puente Troitsky para ir a mi casa, cuando dos de estos… de estos individuos me detuvieron. Yo fui comisario del Gobierno provisional adjunto al Estado Mayor, pero de ninguna manera miembro del Gobierno.- -Vamos a dejarlo marchar- propuso un marino. -Es inofensivo-. -¡No!- respondió el soldado que lo había conducido. -Debemos preguntarle al comandante-. -¡El comandante!- rio burlón el marino. -¿Es que hemos hecho la revolución para continuar obedeciendo a los oficiales?-” (Reed, 1974: 222 y 223)

Sin entrar en el análisis de las órdenes y contraórdenes en una revolución, tampoco en la jerarquía o no en la misma, en el caso concreto del anciano detenido, que dijo a Reed ser el Conde Tolstoi, se puede especular mucho. ¿Fue una confusión? ¿Fue un homónimo? ¿Fue una coartada? La verdad de las verdades es que no podía ser el autor de Guerra y paz, que era también Conde y tenía como apellido Tolstoi. La razón es que el Conde León Tolstoi había muerto algunos años antes. Concretamente en el año 1910.

 

Judíos. Alemanes. Comunistas

Desde mucho antes del triunfo de la Revolución Bolchevique en Rusia, la tendencia de vincular las ideas y los ideales socialistas, anarquistas, comunistas, con el judaísmo ha sido una constante. Esto partía, particularmente, desde los grupos aristocráticos o de ciertas facciones de la misma burguesía en sus contradicciones con otros sectores.

Para ilustrarse esta corriente, la mayoría guiados por orientaciones ideológico-políticas fascistas, que vinculan el judaísmo con el comunismo, en el caso concreto de Rusia, con el Bolchevismo, recurramos a dos conocidos libros, los que sin mayores pruebas, dan por hecho este maridaje.

El primero tiene como autor al conocido empresario automotriz, el estadounidense, Henry Ford (1863-1947). El trabajo tiene por título El judío internacional. El libro apareció publicado en el año 1922. El segundo es del ya citado director de la policía política del imperio de los Romanov, Arcadio Wassiliew. El libro es titulado OCHRANA. Memorias del último director de la policía rusa, que fue publicado en el año 1936.

El primero de los nombrados toma como documento central, para su investigación, el libro de autor anónimo (atribuido a un sector de los sionistas que tenían su centro en Suiza, por unos. De igual manera a los servicios de inteligencia de Rusia, por otros) titulado Los protocolos de los sabios del Sion. Este libro apareció simultáneamente, en el año 1902, en varios países y diferentes idiomas.

En las primeras páginas, Ford subraya las actividades nada positivas de los judíos en 4 importantes países, leamos lo que escribió: “En Rusia se le responsabiliza del bolcheviquismo, acusación que, según de donde provenga, podrá considerarse fundada o infundada. Los estadounidenses, que fuimos testigos de la fanática elocuencia de los jóvenes judíos, apóstoles de una revolución social y económica, estamos en excelente posición para poder formar un claro juicio de lo que existiera de real y verdadero en tales acusaciones. En Alemania se achaca al judío la derrota experimentada, y una amplísima literatura con innumerables pruebas detalladas impele, en verdad, a muy serias cavilaciones. En Gran Bretaña, se dice que el judío es el amo verdadero del mundo, que la raza hebrea constituye una supranacionalidad que vive entre y sobre los pueblos, los domina por el poder del oro, y acicatea fríamente un pueblo contra otro, en tanto se oculta cautelosamente entre bastidores. Por último, en Estados Unidos llama la atención la insistencia con que los judíos -los viejos por apego al dinero, por ambición los jóvenes- se infiltran en todas las organizaciones militares, y particularmente en los rubros dedicados a los negocios industriales y mercantiles derivados de la guerra, criticándose en especial el cinismo con que dichos judíos explotan en provecho propio los innúmeros conocimientos que lograron en su calidad de funcionarios del Estado.” (Ford, 1961: 11 y 12)

Más concretamente, el empresario afirma que lo ocurrido en Rusia, la Revolución Bolchevique, obedece a un gran plan internacional de estos sectores. Sus palabras son como siguen: “Hasta se intenta conseguir otra descomposición más irreparable, y existen indicios de que tal plan está en pleno desarrollo. Los soviets nos ofrecen un ejemplo de cómo una baja capa social no-judía es guiada por sus portavoces judíos contra otra más elevada capa social no-judía. (…) Entonces y no justamente por amor al bien, ni tampoco por avaricia, sino solamente por odio contra las `clases privilegiadas´, las clases bajas de los infieles nos seguirán en la lucha contra nuestros rivales, o sea contra los infieles de las clases elevadas. (…) Nos seguirán los infieles de las capas intelectuales. Suponiendo que tal lucha estallara hoy, los jefes de los revolucionarios no-judíos contra el orden social no-judío serían, sin duda, judíos. Hoy mismo estos judíos ocupan las jefaturas principales, y no solamente en Rusia, sino también en Estados Unidos y en los demás países.” (Ford, 1961: 54 y 55)

Continuando con los comentarios a Los protocolos de los sabios del Sion, sin nombrarlos exprofesamente, afirma que las teorías sistematizadas por el “judío” Karl Marx han sido llevadas a la práctica por otro “judío”, León Trotski. Su argumentación es como sigue: “Afirman los Protocolos que contra estas fuerzas espirituales se dirigió el primer ataque, y a ello responde la propaganda hebrea en el mundo entero, tratando de alterar las opiniones colectivas. `Alterar´, propiamente dicho, nada significa en sí de detestable ni de deshonroso. Consiste la gran influencia de toda herejía, de toda protesta contra las ideas caducas, en el atractivo que ejercen siempre las ideas nuevas en el pensamiento y en la voluntad. La explicación de la razón por la cual arraigan en nuestra época estas ideas fundamentalmente falsas, radica en el hecho de que las verdades ficticias suelen presentarse apodícticas, rectilíneas, entusiasmando a la gente, y pareciendo buenas y veraces. Al actuar estos falsos ideales durante largo tiempo, se va descubriendo paulatinamente su falsedad en forma de hechos y circunstancias destructoras y desmoralizadoras. Aquel que estudie el desarrollo de la idea de libertad, tal como manifestóse en la historia de Rusia, desde su punto filosófico de origen (creado también por un judío) hasta su final actual (también por un judío), podrá darse cuenta cabal de este proceso.” (Ford, 1961: 60)

Luego el industrial pasa a esgrimir las supuestas pruebas de la participación del judaísmo organizado en favor de la revolución de octubre de 1917: “He aquí también testimonios genuinamente judíos en pro del bolcheviquismo. La revista `Crónica Judía´ de Londres, decía en 1919 lo siguiente: `De gran importancia es ya de por sí la existencia del bolcheviquismo, el hecho de que tantos judíos sean bolcheviques y el hecho de que los ideales del bolcheviquismo coincidan en numerosos puntos con los más altos ideales del judaísmo´.” Luego continúa: “Publica la misma revista en 1920 un discurso del conocido autor hebreo Israel Zangwill, en el cual entona un himno a la raza, que `produjo Beaconsfield (a) Kosmanowsky, Trotsky (a) Braunstein.´ Zangwill, en su exagerado entusiasmo, cita a los hebreos que fueron y son, respectivamente, miembros de Gobiernos británicos, en íntima relación con los judíos revolucionarios de las tragedias sangrientas de Rusia y Baviera. ¿Qué diferencia hay entre ellos? Ninguna; todos son israelitas para la mayor gloria de los de su raza.”


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A renglón seguido se blande una aparente prueba más del enjambre judaísmo internacional-revolución bolchevique: “Dijo el rabino J. L. Magnes en un discurso que pronunció en Nueva York en 1919: `Cuando el hebreo dedica su ingenio y sus energías a la causa de los obreros y de los desposeídos, su espíritu radical penetra hasta las raíces mismas del asunto. Se convierte en Alemania en un Marx o en un Lasalle, en un Haase o en un Bernstein. Surge en Austria un Víctor o un Federico Adler. En Rusia, Trotski. Imaginémonos por un instante la situación en Rusia y Alemania. Libró la revolución grandes energías productivas, y recordemos la multitud de hebreos que estaban dispuestos a utilizarlas. Social-revolucionarios y mencheviques, socialistas mayoritarios o minoritarios, llámense como se llamen: hebreos con sus cabezas más destacadas y de las fuerzas propulsoras de estos partidos revolucionarios.´” (Ford, 1961: 278)

Por su parte el ex director de la OCHRANA, Wassiliew, sobre algunos antecedentes del judaísmo en Rusia y sus actividades “subversivas” pre-revolucionarias en el vasto imperio de los Zares, escribe: “El elemento judío ha desempeñado en todo el tiempo un papel muy importante en los preparativos de la revolución. Ya en el año 1897 habíase fundado la Unión General de Obreros Judíos, que pronto se convirtió en una de las organizaciones revolucionarias más peligrosas. En esta Liga uníase una excelente organización a un fanatismo típicamente judío contra el régimen establecido. El órgano secreto de este grupo, que se llamaba Vanguardia Obrera, llegó rápidamente a ponerse a la cabeza de los periódicos revolucionarios de Rusia. Desde entonces hízose creer al mundo que en el Imperio de los Zares estaban los judíos vergonzosamente oprimidos, que no se les trataba como a los demás ciudadanos y que contra ellos poníanse pogromos en juego.” (Wassiliew, 1966: 59)

Enseguida hace extensiva la influencia judía a otros niveles de la sociedad de entonces, sus palabras: “Nadie puede negar que en toda Rusia la profesión médica, el Foro, el comercio, la Banca, la Prensa y la Bolsa estaban inundados de judíos, sin hacer mención a algunas otras profesiones y oficios, como la música, la relojería, la sastrería, que, en todo tiempo lucrativo, no siempre eran brillantes. (Wassiliew, 1966: 60)

Termina el ex policía siendo contundente en la vinculación judío-bolchevique: “Gracias a la Revolución, han vuelto al Poder y a la riqueza; de suerte que, respecto a quién tiene la culpa del derrumbamiento del Imperio de los Zares, puede responderse muy bien con el antiguo proverbio latino: Is fecit, cui prodest. Bastante significativo es que en los mapas de Europa, que ya hace siglos se han adjuntado a los Protocolos de los sabios del Sion, se señala a Rusia como un desierto. En la Embajada Soviética de Berlín se encuentran treinta libras de brillantes robados en Rusia, que han de servir para la propaganda mundial bolchevique-judía.” (Wasseliew, 1966: 64)

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Hagamos algunas atingencias. En primer lugar: Desvinculemos tajantemente los conceptos de judío y el de Israel como país-Estado. A la par, hagamos lo mismo con el sionismo como ideología política. En tercer lugar, desvinculémoslo, de igual modo, de la absurda idea de que “El judío es el pueblo elegido por Dios”. En cuarto lugar, recordemos que el tema no es muy claro. Ello se concretiza en estas dos preguntas: ¿Qué es lo judío? y ¿qué es el judaísmo? Las respuestas son múltiples. Ellas dependen del momento histórico, de la condición económico-social, de la concepción del mundo, de la experiencia de vida, de los odios y amores, de los que responden o intentan responder a las preguntas planteadas.

Para un buen sector calificado como, o auto-llamado como tal, el judaísmo es una religión basada en los libros “sagrados” llamados Tora-Talmud. Para otros es una “raza” que se hereda por vía materna. Para unos terceros es una lengua, el hebreo. Para unos cuartos es un pueblo. Para unos quintos es una cultura. Para unos sextos es un sentimiento. Finalmente. Una mayoría no sabe lo que es. Ni le interesa saber. Sólo vive considerándose como tal. Fueron los otros quienes los nombraron así. Las abstracciones no son de su agrado.

Nosotros pensamos que el judaísmo no es ni más ni menos que un sentimiento fraguado por una cultura históricamente moldeada. Es una construcción ideológica. Esta definición la hacemos extensiva a todos los países, nacionalidades, pueblos, grupos, tribus, como se llamen, que existen en el mundo. Es un sentimiento cultural labrado por el deseo de pertenencia. Por la necesidad psicológica de reconocimiento. Sabiendo que nadie puede caerse del planeta Tierra, a ellos los embarga ese temor, de allí el anhelo de encontrar algún apoyo.

Lo mencionado tiene sus primeras manifestaciones en el vientre materno. Al transcurrir los años se va almacigando en el hogar, cultivando en la sociedad. Al pasar el tiempo, deviene para algunos algo parecido a una “esencia”. Para otros como si fuera una “naturaleza”. Finalmente, para unos terceros, como si fuera algo “espiritual”. Todo ello es coronado con la llamada identidad.[4]

Concepto de moda en las últimas décadas, más allá de la historia y la filosofía, en el plano étnico-cultural. Identidad entendida como sustantivo. Como algo dado de comienzo a fin. Como una razón, en sí, para sí, para todos. Un algo sin tiempo. Identidad sustantivo que se diferencia claramente de la identificación como verbo reflexivo. Como fenómeno, como proceso. Como un ser que es y no es al mismo tiempo.

No obstante, sabiendo que las esencias por esencias son sólo deseos, que las naturalezas por las naturalezas son sólo ficciones; por último, que lo espiritual por lo espiritual sólo son quimeras; todo lo dicho, en el mejor de los casos, es un estado de ánimo que para unos es circunstancial, para otros puede ser algo más duradero. Lo cierto es que la esencialización de una cultura, la naturalización de una religión, la espiritualización de un pueblo, son acciones históricas, son hechos sociales, son creaciones-recreaciones culturales. En resumidas cuentas, lo chino, lo ruso, lo alemán, lo brasileño, todo lo que existe en esa dirección, en este caso “lo judío” o “el judaísmo”, lo repetimos, es un sentimiento fraguado por una cultura históricamente moldeada y nada más. Luego viene la prédica del Poder para mantenerlo, para reproducirlo, para construir el recuerdo, la memoria, la historia, que se corona con la versión oficial, con el logos del Poder. Ella es la verdad.

Lo determinante, por sobre las etiquetas religiosas, más allá de los clichés nacionales, es considerar, primero, al ser humano como tal. Como ser universal. Para G.W.F. Hegel (1770-1831), este acápite era muy claro. En Fundamentos de la filosofía del derecho, escribió: “Corresponde a la educación, al pensamiento en cuanto conciencia del individuo en la forma de universalidad, que yo sea tomado como persona universal, en la que todos son idénticos. Así el ser humano vale porque es ser humano, no por ser judío, católico, protestante, alemán, italiano, etc.” (Hegel, 1993: 640)

Luego la expresión de que los judíos, expresado así en términos latos, son socialistas, anarquistas, comunistas, tienen la misma connotación que cuando se dice que los judíos son avaros, son especuladores, que controlan la banca, que manipulan la bolsa. Ellos son los que dominan el mundo con la fuerza del dinero y la maquinaria de la especulación. En otros casos, que son emprendedores, inteligentes, artistas y sabios. En este grupo de seres humanos que son calificados con ese adjetivo, que se consideran como tales, hay de todo en todos los planos y en todos los niveles. Ello es el común denominador a todo grupo o sector social que hasta hoy conocemos.

Algunos de los argumentos que blanden para vincular al judío con la corriente ideológico-política, especialmente con el marxismo o comunismo, son: 1.- Los judíos esperan la venida del reino de un nuevo mundo. Los marxistas luchan por la sociedad sin clases sociales, el comunismo. 2.- La religiosa judía es válida para todo el orbe. La ideología comunista es universal. El principio de “¡Proletarios de todos los países, uníos!” lo evidencia. 3.- Muchos principios de la Tora y el Talmud se repiten en la ideología comunista. El humanismo, la confraternidad, la justicia. La frase expuesta por Karl Marx: “De cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades”, ya estaría anunciada, con otros términos, en los libros mencionados. 4.- Los judíos son apátridas. Su única patria es el mundo. Lo mismo dicen los comunistas en su slogan: “El proletariado no tiene patria”. 5.- Los principales teóricos de las ideas comunistas han sido judíos, comenzando por Marx. 6.- Los judíos, donde estén o vayan, son perseguidos. De igual manera los comunistas. 7.- Los judíos utilizan dos o más nombres para mimetizarse en la población. Los comunistas usan un seudónimo porque viven en la clandestinidad. 8.- Los judíos se ayudan mutuamente, se consideran hermanos. Los comunistas, de igual manera, se consideran compañeros, camaradas. 9.- La revolución rusa fue ideada por un judío, Marx. Materializada por otro judío, Trotski.

Que haya habido, que exista en la actualidad, gente que se reclame como judío, que se vincule, que se identifique, que luche y hasta que muera defendiendo los ideales del comunismo, adhiriendo a la concepción del mundo sistematizada por Marx, no significa que “los judíos”, expresado en términos generales, sean seguidores de esta concepción del mundo o de este ideal humano.

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Veamos muy brevemente el caso de Karl Marx sindicado, motejado, calificado, como judío. Que algunos de sus antepasados hayan sido seguidores de esa religión-cultura no es razón para pensar que él también lo fue. En principio su padre fue adherente de la religión judía hasta un determinado momento. Luego se convirtió al protestantismo. Él recibió una educación totalmente laica. No hay información de que en el hogar de Marx se haya practicado algún rito que tenga que ver con la cultura o religión judaica.


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La madre, en el plano religioso, fue una protestante practicante. En lo cultural, una alemana-renana. Ni rastro del idioma hindis se encuentra en su léxico. En el medio donde se socializó no aparece ninguna señal que tenga que ver con el judaísmo. La escuela que visitó en los dos niveles, primario y secundario, fue laica. Por no hablar de la universidad de Bonn primero, de Berlín luego y finalmente de Jena, dónde sustentó su trabajo de doctorado.

Lo mencionado es el ambiente que condicionó la vida del personaje. Es lo dado. Lo que se asimila inconsciente. Es el pasado. Ahora viene el otro aspecto, lo deseado. Lo consciente. El futuro. Lo último tiene que ver con la voluntad, con el libre albedrío, que todo ser humano dispone. En este nivel Marx no se sintió influenciado ni orientado por el judaísmo, sea religioso o cultural. Por el contrario, en muchos aspectos, los combatió, para algunos, hasta en exceso.

Veamos un par de ideas al respecto. Ellas aparecen en el libro La sagrada familia, en el título Sobre la cuestión judía, trabajo que fue escrito en 1843. Gran parte de su contenido es una polémica sobre la religión, el Estado, la sociedad civil, la emancipación del judío, la emancipación humana, la revolución de 1789, los derechos humanos, con el filósofo joven hegeliano Bruno Bauer (1809-1882). Marx sintetiza, en lo que sigue, la posición ideológica de Bauer al respecto, leamos: “Como vemos, Bauer convierte aquí el problema de la emancipación de los judíos en una cuestión puramente religiosa.” (Marx, 1967: 38)

En las dos páginas siguientes sustenta su punto de vista en torno a la cuestión en debate. Éste no sólo se limita a la emancipación religiosa del judío, sino que trasciende a la emancipación política, la emancipación social, la que apunta a la emancipación humana, pero como parte de la emancipación del mundo real como totalidad. Leamos: “Nosotros intentamos romper la formulación teológica del problema. El problema de la capacidad del judío para emanciparse se convierte, para nosotros, en el problema de cuál es el elemento social específico que hay que vencer para superar el judaísmo. La capacidad de emancipación del judío actual es la actitud del judaísmo ante la emancipación del mundo de hoy. Actitud que se desprende necesariamente de la posición especial que ocupa el judaísmo en el mundo esclavizado de nuestros días. Fijémonos en el judío real que anda por el mundo; no en el judío sabático, como hace Bauer, sino en el judío cotidiano. No busquemos el misterio del judío en su religión, sino busquemos el misterio de la religión en el judío real.” (Marx, 1967: 39)

Luego Marx se plantea tres preguntas sobre el judaísmo práctico, que él conoce, con cierto radicalismo. Enseguida él se responde: “¿Cuál es el fundamento secular del judaísmo? La necesidad práctica, el interés egoísta. ¿Cuál es el culto secular practicado por el judío? La usura. ¿Cuál su dios secular? El dinero. Pues bien, la emancipación de la usura y del dinero, es decir, del judaísmo práctico, real, sería la auto-emancipación de nuestra época. Una organización de la sociedad que acabase con las premisas de la usura y, por tanto, con la posibilidad de ésta, haría imposible el judío. Su conciencia religiosa se despejaría como un vapor turbio que flotara en la atmósfera real de la sociedad. Y, de otra parte, cuando el judío reconoce como nula ésta su esencia práctica y labora por su anulación, labora, al amparo de su desarrollo anterior, por la emancipación humana pura y simple y se manifiesta en contra de la expresión práctica suprema de la auto enajenación humana.” (Marx, 1967: 40)

Habiendo ubicado el debate sobre el terreno concreto de la realidad histórico-económico-social, en otro párrafo, continúa haciendo un paralelo entre el cristiano y el judío. En él, nuevamente, mide la distancia entre las alturas del subjetivismo religioso de unos y el realismo concreto de los otros: “El egoísmo cristiano de la bienaventuranza se trueca necesariamente, en su práctica ya acabada, en el egoísmo corpóreo del judío, la necesidad celestial en la terrenal, el subjetivismo en la utilidad propia. Nosotros no explicamos la tenacidad del judío partiendo de su religión, sino más bien arrancando del fundamento humano de su religión, de la necesidad práctica, del egoísmo.” (Marx, 1967: 41)

La importancia de este debate estriba en ubicar, muy concretamente, en qué tipo de sociedad se materializa el rol del judío práctico, él afirma: “Por realizarse y haberse realizado de un modo general en la sociedad burguesa la esencia real del judío, es por lo que la sociedad burguesa no ha podido convencer al judío de la irrealidad de su esencia religiosa, que no es, cabalmente, sino la concepción ideal de la necesidad práctica. No es, por tanto, en el Pentateuco o en el Talmud, sino en la sociedad actual, donde encontramos la esencia del judío de hoy, no como un ser abstracto, sino como un ser altamente empírico, no sólo como la limitación del judío, sino como la limitación judaica de la sociedad.” (Marx, 1967: 42)

En otra parte, nuevamente, insiste en el papel de la vida diaria. En la actividad concreta. La que gracias a su conexión directa con la existencia, casi siempre, despeja todas las teorías que por tanto repetirse terminan desvaneciéndose en el aire. Sus palabras: “Tan pronto logre la sociedad acabar con la esencia empírica del judaísmo, con la usura y con sus premisas, será imposible el judío, porque su conciencia carecerá ya de objeto, porque la base subjetiva del judaísmo, la necesidad práctica, se habrá humanizado, porque se habrá superado el conflicto entre la existencia individual-sensible y la existencia genérica del hombre.” Finalmente, si se trata de emancipar al judío, sentencia: “La emancipación social del judío es la emancipación de la sociedad del judaísmo.” (Marx, 1967: 44)

El caso de León Trotski es algo diferente. Los padres se reclamaban de la religión y de la cultura judía que habían heredado de sus antepasados. Los abuelos de él lograron obtener una hacienda mediana, llamada Yánovka, cerca de la ciudad de Jersón (Ucrania). No obstante que, por aquellos tiempos y lugares, no fue nada común que personas de este credo y cultura pudieran adquirir bienes raíces. En el ambiente familiar se respetaban ritos y se practicaba otros de la religión y la cultura judía. El padre y la madre, aceptando el judaísmo, eran practicantes mas no ortodoxos. Los primeros años de vida de Trotski asistió a una escuela con influencia judía.

Los años siguientes, en la ciudad de Odesa, asistió a una escuela alemana de orientación religiosa luterana. Y luego en la ciudad de Nikoláyev terminó este nivel de estudios sin influencia judía. Ingresó a la universidad para estudiar matemáticas, carrera que nunca terminó. En estos traslados de un lugar a otro, con varias lecturas realizadas, en contacto con mucha gente rebelde que criticaba al imperio, fue influenciado por las ideas socialistas primero, marxistas después.

Trotski en su adolescencia, 17 años, producto de lecturas, conversaciones y vivencias, se vuelve emocionalmente ateo. Convicción que lo racionalizó al pasar los años. Por lo tanto le sucedió, lo que sucede a mucha gente, siendo creyente, respetaba la cultura en la cual había nacido y socializado, luego se rebela en contra de ella. Hasta terminar alejándose en parte o totalmente de la misma. Él es por convicción ateo y marxista. Él práctica en la vida cotidiana el laicismo. Pero por su pasado familiar, ante los ojos de los demás, llevaba colgado en el pecho el San Benito de judío.

León Trotski fue consciente de ello. Siempre advirtió que los enemigos ideológico-políticos del marxismo, de la revolución, utilizarían este pasado religioso-cultural para descalificarlo ideológica y políticamente. No se equivocó, ello ocurrió. Especialmente después del triunfo de la revolución de octubre. Para prueba sólo hay que ver las caricaturas que aparecen en los miles de afiches de la época.

Finalmente, hay muchas personas que respetan la cultura del judaísmo, por haber nacido-socializado bajo esa influencia. Pero muchos de ellos se profesan ateos. Una cantidad de ellos han sido, son, seguidores de corrientes políticas como el anarquismo, el socialismo, el comunismo. Esta historia se repite con personas que se orientan ideológica y políticamente por el liberalismo, la socialdemocracia, el populismo y hasta el fascismo. La corriente anticomunista del sionismo es el mejor ejemplo de lo último.

Esta misma actitud se repite con otras personas que han nacido-socializado bajo la influencia de la religión-cultura del islam, de la religión-cultura cristiana, de la filosofía-cultura confuciana y budista. Este pasado-influencia no es óbice para que emocionalmente primero, racionalmente después, devengan ateos. Que terminen combatiendo, revolucionariamente, esas creencias, esa cultura, de la cual provienen, como todo lo contrario también es obvio.


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La razón es que todo ser humano, como parte de la sociedad, es simple y llanamente un proceso. Absolutamente nadie es dado de una vez para siempre. Todos son sinónimo de cambio, de transformación, de evolución. Lo último es lo constante. Es lo absoluto. Nadie en este mundo nace ateo o revolucionario. El enjambre de la vida real con las convicciones filosófico-políticas, hace en los menos, ateos. Hace en los menos, revolucionarios. De igual manera, no de una vez y para siempre, muchos regresan a sus antiguas fuentes-creencias.

*

Retomando el acápite de los judíos-comunistas, que haya algunas coincidencias para unos, muchas para otros, no implica necesariamente que sea un plan de antemano montado a nivel mundial. Que unos controlen el mundo a través de la fuerza de las finanzas, del arte de la especulación. Otros a través de los movimientos, métodos, revolucionarios.

Creemos que es pertinente detenernos, por un momento, a examinar por qué determinados grupos económicos, ciertas clases sociales, aparecen con mayor nitidez en determinadas etapas del desarrollo de la sociedad. Concreticemos en el modo capitalista de producción. En la cultura de la modernidad y su relación con los llamados o auto-calificados como judíos.

Las razones son de carácter histórico, económico, político y social. Leamos la argumentación hecha al respecto por José Carlos Mariátegui. Ella fue expuesta a mediados de los años 20 del Siglo XX. Sus palabras son como siguen: “La raza judía, bajo el régimen medieval, había sido mirada como una raza réproba. La aristocracia le había negado el derecho de ejercer toda profesión noble. Esta exclusión había hecho de los judíos en el mundo una raza de mercaderes y artesanos. Había impedido, al mismo tiempo, la diseminación de los judíos en los campos. Los judíos, obligados a vivir en las ciudades del comercio, de la usura y de la industria, quedaron solidarizados con la vida y el desarrollo urbanos. La revolución burguesa, por consiguiente se nutrió en parte de savia judía. Y en la formación de la economía capitalista les tocó a los judíos, comerciantes e industriales expertos, un rol principal y lógico. La decadencia de las `profesiones nobles´, la transformación de la propiedad agraria, la destrucción de los privilegios de la aristocracia, etc., dieron un puesto dominante en el orden capitalista, al banquero, al comerciante, al industrial. Los judíos, preparados para estas actividades, se beneficiaron con todas las manifestaciones de este proceso histórico, que trasladaba del agro a la urbe el dominio de la economía. El fenómeno más característico de la economía moderna -el desarrollo del capital financiero- acrecentó más aún el poder de la burguesía israelita. El judío aparecía, en la vida económica moderna, como uno de los más adecuados factores biológicos de sus movimientos sustantivos: capitalismo, industrialismo, urbanismo, internacionalismo. El capital financiero, que tejía por encima de las fronteras una sutil y recia malla de intereses, encontraba en los judíos, en todas las capitales de Occidente, sus más activos y diestros agentes.”

Del plano histórico-económico, el autor se traslada a explicar la conducta político social del sector, nada uniforme por cierto, en cuestión, leamos: “La burguesía israelita, por todas estas razones, se sentía mancomunada con las ideas y las instituciones del orden democrático-capitalista. Su posición en la economía la empujaba al lado del reformismo burgués. (En general, la banca tiende, en la política, a una táctica oportunista y democrática que colinda a veces con la demagogia. Los banqueros sostienen, normalmente, a los partidos progresistas de la burguesía. Los terratenientes, en cambio, se enrolan en los partidos conservadores). El reformismo burgués había creado la Sociedad de las Naciones, como un instrumento de su atenuado internacionalismo. Coherente con sus intereses, la burguesía israelita tenía lógicamente que simpatizar con un organismo que, en la práctica, no era sino una criatura del capital financiero.” (Mariátegui, 1976: 162)

Discrepando con la generalidad de “los judíos”, porque no fueron todos, y uso frecuente del término “raza israelí”, porque la raza no existe, suscribimos lo afirmado por el autor citado. Ello nos permite comprender esta particularidad de algunos de los judíos. La que en términos generales es el proceso que ha seguido la burguesía como clase en su desarrollo histórico-económico, político-social e ideológico-cultural.

Los comerciantes, los industriales, los banqueros, los especuladores, por sobre lo judío, lo inglés, lo francés o lo alemán, son capitalistas. Más allá de blancos, de amarillos, de negros, de indios, son burgueses. Éste es el hilo visible-invisible que los unió ayer, los une ahora, los unirá mañana. Sea en Asía, en África, en Europa o en América. Con discrepancias más, con discrepancias menos, su santo y su seña es la seguridad de sus finanzas, es la ganancia de sus capitales.

El interés económico, cristalizado en el dinero, se da la mano con lo ideológico, con lo político, con la cultura, con el arte. El dinero atraviesa el idioma, cruza la religión, moldea la cultura, somete a los sentimientos. Transforma la morfología. Crea talento e inventa inteligencia. Así lo advirtió Fedor Dostoievski cuando escribió: “Lo que el dinero tiene de más vil y despreciable es que incluso proporciona talentos. Y los proporcionará mientras el mundo sea mundo.” (Dostoievski, 1971: 178 y 179)

El capital, en función de su ganancia, de su seguridad, no es mudo, no es ciego y no es sordo. La clase que lo encarna, la burguesía, calcula, planifica, atalaya. Ella no tiene corazón ni sentimiento. Es por ello que la burguesía auténtica no perdona. El don del perdón es un rezago del pasado antiguo o feudal. Todos los seres humanos, si no se mueven atados en sus cadenas de plata, se crepitan en sus hornos de oro.

Los artistas, los genios, los libres pensadores, son puestos de rodillas bajo sus pies, recurriendo al virus de la fama individual o a la peste del triunfo personal. Es por ello que Marx y Engels tenían razón cuando tempranamente afirmaban: “La burguesía ha despojado de su aureola a todas las profesiones que hasta entonces se tenía por venerables y dignas de piadoso respeto. Al médico, al jurisconsulto, al sacerdote, al poeta, al hombre de ciencia, los ha convertido en sus servidores asalariados.” (Marx y Engels, 1970: 34)

No obstante su poder y grandeza, el capitalismo como sistema histórico-económico ha generado esa gran contradicción que lo autodestruye por dentro de manera irremediable. La producción social. La apropiación privada. Un conspicuo representante de este orden, el industrial Henry Ford, en esta investigación muchas veces citado, evidencia esta insalvable contradicción del sistema capitalista. Él lo expresa en estos términos: “Ésta es una de las grandes tragedias de nuestra época: el `capital´ y el `trabajo´ luchan entre sí, cuando ni uno ni otro poseen los medios para reformar las condiciones bajo las que ambos sufren de modo intolerable, a menos que en mancomunada colaboración hallasen un medio para arrebatarles el poder a aquellos financistas, que no sólo crean tales condiciones, sino que las explotan a su paladar.” (Ford, 1961: 29)

El primer paso, de cientos que tendrá la humanidad que dar, en función de solucionar esta contradicción capital-trabajo, producción social-apropiación privada, fueron los hechos de la Revolución de Octubre de 1917. Llamada también los 10 días que estremecieron al mundo.

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La presencia de los denominados alemanes en Rusia ha sido, como parte de la emigración de todos los pueblos en el mundo, una constante. Los de lengua germana tuvieron presencia, con alguna incidencia, en el territorio llamado Rusia desde comienzos del Siglo XVI. El principal centro donde se asentaron fue la ciudad capital, Moscú. Décadas después, de igual modo, en las orillas del Río Vístula. Esta presencia se acentúa mucho más en los tiempos de Catalina II, La Grande. Ella, en condición de Zarina, los invitó oficialmente. A la par les brindó facilidades para su estableciente en mejores condiciones en comparación con las inmigraciones anteriores. Recordemos que la mencionada Catalina fue alemana de nacimiento y socialización. Este último grupo migratorio se asentó en la ribera del Río Volga, principalmente.

En base a esta información, podemos deducir que la presencia de gente proveniente de los pueblos de habla alemana en Rusia, sin ser masiva, fue bastante significativa. De igual manera, como en el caso de los judíos, había alemanes en todas las clases sociales, con distintos intereses políticos y con diversas orientaciones ideológicas, en muchos de los casos hasta contrarias.

Mencionemos un momento muy concreto. Al interior de los partidos políticos que se disputaban el Poder entre febrero y octubre de 1917, encontramos personalidades con apellidos de raíz germana en todas las agrupaciones. Como prueba mencionemos los Dann, los Lieber, los Gotz, los Rutenberg, los Schreider, los Goldenberg, los Weintein, los Trupp, los Zalkid, etc.


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En base a estos antecedentes, no podía ser nada extraño que Lenin haya nacido, se haya socializado, en la ciudad de Uljanowsk. Ella está ubicada a orillas del Río Volga. Del mismo modo que su madre, María Blank (1835-1916), haya sido hija de un médico cirujano de procedencia alemana. El galeno tenía alguna influencia pálida de la religión y cultura judía. Lenin fue bilingüe. Además aprendió tempranamente el idioma francés con su madre.

Hemos mencionado, brevemente, la presencia en Rusia de gente venida del mundo germano ya que hay la idea, lo hemos expuesto párrafos arriba, que la Revolución Bolchevique fue ideada, financiada y materializada por supuestos judíos. A la par se sostiene, de igual modo, que fueron también los alemanes quienes financiaron la misma en los últimos tramos de la Primera Guerra Mundial. Finalmente, además de judíos, de alemanes, se habla de igual modo de los masones. Lenin habría sido masón.

Días después de la Revolución de febrero de 1917, se comenzó a hablar que los Bolcheviques eran “agentes de Alemania”. Esta propaganda provenía de los círculos cercanos al Zar. Semanas después, los Mencheviques repitieron el mismo rumor. La verdad es que nunca se presentó, por parte de los acusadores, prueba alguna que verifique sus acusaciones. En Rusia en ese tiempo se extendió hasta los años de la URSS, fue una costumbre, casi parte de la cultura, acusar a los enemigos reales o supuestos de “agente” de tal o cual sector, grupo, clase o país. Por muchas décadas después, este estilo de solucionar las divergencias, discrepancias, ideo-políticas, dio buenos resultados para unos, lo que significó la liquidación política, de por vida, para otros.

Retomemos el acápite de los alemanes como supuestos financiadores de los Bolcheviques. Para mostrar esto, recurramos a dos informaciones escritas que abordan el tema en cuestión. El varias veces citado Henry Ford, respecto al tópico, escribe: “Explicando el movimiento bolchevique, se dice que fue apoyado financieramente por Alemania, tesis sobre la cual se fundó la propaganda bélica en Estados Unidos. Cierto es que parte del dinero provino de Alemania, pero, otra parte fue estadounidense. La pura verdad es que la alta finanza hebrea de todos los países está interesada en el bolcheviquismo ruso, como una empresa internacional judía. Se ocultó durante la guerra el plan mundial judío tras uno u otro nombre nacional, echando los aliados la culpa a Alemania, y Alemania a los aliados, mientras todos los pueblos quedaban a oscuras sobre quiénes eran los verdaderos culpables”.

Como se puede leer, Ford utiliza la expresión “se dice”. Se puede decir mucho; pero si no se demuestra lógica o documentadamente, ese “se dice” queda como una simple especulación o rumor. En esa dirección termina siendo una calumnia. Que dicho sea de paso, en la propaganda, siempre da magníficos resultados. El autor, a los alemanes, agrega también a los estadounidenses. Pero insistiendo que detrás de los alemanes y yanquis están los judíos, con su conocido plan internacional.

En otro párrafo se extiende mucho más en esta dirección. Lo expresa en los siguientes términos: “Un funcionario del Estado francés dejó constancia de que un solo banquero hebreo participó con dos millones. Cuando abandonó Trotski Estados Unidos para cumplir con el encargo recibido, fue liberado de la prisión de Halifax por el Gobierno estadounidense, y de sobra sabemos quién representó al Gobierno de Estados Unidos durante la guerra.”

Dónde está la “constancia”, dónde está la “documentación” de lo que se menciona. Si habría algo de seriedad en su argumentación, debería mostrar esos documentos. Finalmente, para el industrial, además de los alemanes y los yanquis, puede haber otras fuerzas, grupos, sectores, clases, que apoyaron a los Bolcheviques. Al margen de ello, él insiste en su tesis cardinal: “Gracias a todos estos hechos, se arriba a la conclusión de que la revolución bolchevique fue una empresa larga y cuidadosamente preparada por la alta finanza internacional judía.” (Ford, 1961: 230)

Por su parte, el también varias veces citado, Wasseliew, en el libro en este estudio mencionado, sostiene que Lenin, como Trotski en EEUU según Ford, habría sido detenido por los agentes austríacos; pero por intereses fue liberado, leamos: “Al estallar la guerra detuviéronle los gendarmes austríacos, mas el presidente del Consejo de Ministros, conde Stürgkh, reconoció inmediatamente que Lenin podía más bien beneficiar que perjudicar la causa austroalemana, disponiendo por esto su liberación. Por un intermediario judío llamado Holfmann, más conocido como Parvus, entró entonces Lenin en negociaciones con el Gobierno alemán, y mediante una alta recompensa, tomó a su cargo la misión de provocar en Rusia desórdenes y huelgas, evitando por todos los medios que a las disposiciones del mando ruso les acompañase el éxito.” (Wasseliew, 1966; 124)

Ese “… intermediario judío llamado Holfmann, más conocido como Parvus”, si el agente no se confunde, podría haber sido Alexander Parvus (1864-1924), un personaje conocido que colaboró con los movimientos revolucionarios en muchos países europeos de la época. La verdad es que, como en el caso de Henry Ford y Trotski, no hay prueba tangible que demuestre la detención, menos los contactos entre alemanes y bolcheviques. Nada concreto hay respecto al financiamiento.

Una de las supuestas “pruebas” que, de igual manera, se blande es lo referente al tren que trasladó a Lenin desde el exilio de Zúrich, cruzando Alemania, hasta la frontera rusa con Finlandia. Ese tren habría sido de propiedad de un acaudalado comerciante hamburgués de apellido Jürgens. Él habría sido encomendado por el Káiser Wilhelm II (1859-1941) para realizar la empresa del traslado. Como en los casos anteriores, se queda en “se dice”, no hay ninguna prueba, por último nunca se ha mostrado categóricamente el supuesto tren o algo que se le parezca.

Tomando en cuenta el momento histórico general en el cual vivía Europa, la coyuntura particular de guerra entre el Imperio Ruso y el Segundo Imperio Alemán, la verdad es que en esa situación dada, las dos fuerzas se necesitaban mutualmente. Los intereses políticos-tácticos entre la monarquía alemana en guerra contra la monarquía rusa coincidían plenamente con los de los revolucionarios que deseaban firmar la paz, pero estando ellos en el Poder. Esta acción encajaba perfectamente en la consigna general de los bolcheviques de “Paz, pan y tierra.” que la venían agitando desde el inicio de la Primera Guerra Mundial.

Las especulaciones quedan despojadas en la actitud de los alemanes semanas, meses y años después, para con la joven revolución. El cerco, el boicot, el espionaje, la invasión, demostraban que ese entendimiento, si es que lo hubo, sólo fue interesado y momentáneo, en la medida que tenía un enemigo común. Sólo fue eso y nada más que eso. Pruebas, de algo más, no se encuentran un siglo después de haber ocurridos los acontecimientos.

 

10 días que estremecieron al mundo

Hemos tomado para designar a este subcapítulo, y el subtítulo en general de esta investigación, el conocido título de la crónica que publicó el periodista estadounidense John Reed (1887-1919). El libro apareció en 1919. Las razones son cuatro: 1.- El escrito es el que mejor sintetiza lo sucedido en los 10 días mencionados, particularmente en la capital del Imperio, San Petrogrado. 2.- El autor es un observador de excepción del acontecimiento. 3.- Es el documento menos interesado en “escribir o reescribir la historia” según intereses personales o políticos. 4.- Lenin y Nadeschda Krupskaya (1869-1939), leyeron la crónica. Luego escribieron sendos prólogos a la misma. Sin objeciones conocidas.

Que la crónica de Reed no se ajuste, cien por ciento, a la verdad de los hechos escapa a cualquier análisis. Las historias de la Revolución escritas, por dos actores directos, León Trotski Historia de la Revolución Rusa y José Stalin Historia del Partido Comunista (bolchevique) de la Unión Soviética, siendo sesgadas la una contra la otra, ayudan a marizar este acontecimiento importante de la historia universal.

Primero la Revolución de 1905, pero sobre todo el triunfo de la revolución democrática burguesa de febrero de 1917, fueron las primeras estocadas al cuerpo de la monarquía de los Romanov. De esa forma se demostraba que el Imperio de los Zares comenzaba el principio de su fin. Particularmente, después de esta última acción, los debates, las discusiones, las polémicas, en torno al destino de Rusia, y las posibles soluciones, salieron del hogar, escaparon del salón, trascendieron al club, desbordó a los partidos políticos, excedió a la Duma.

Este movimiento creció en el pueblo, su espíritu se expandió en la calle y tuvo su centro organizativo en los soviets. El pueblo se sentía con derecho a opinar. En la necesidad de discutir. El mencionado Reed, como testigo presencial de esta efervescencia ideológico-política, escribe: “Se refiere, sobre todo, a Petrogrado, que fue el centro, el corazón mismo de la insurrección. Pero el lector debe tener en cuenta que todo lo que acaeció en Petrogrado se repitió, casi exactamente, con una intensidad más o menos grande y a intervalos más o menos largos, en toda Rusia.” (Reed, 1874: 9)

Muchas páginas después, el mencionado periodista, se ratifica en su apreciación anterior y lo hace con estas palabras “En Petrogrado y en toda Rusia, la esquina de cada calle fue, durante meses, una tribuna pública. En los trenes, en los tranvías, en todas partes brotaba de improviso la discusión.” (Reed, 1974: 47)

En los primeros días del mes de abril se anuncia la llegada de Lenin a la ciudad capital. Él provenía, a través de Finlandia, del exilio suizo. En los documentos Cartas desde lejos, escritas en Suiza días antes del viaje, y el titulado Las tesis de abril, escritas en el tren en el trayecto con dirección a Rusia, se puede encontrar gran parte de lo que el dirigente Bolchevique tenía en mente hacer cuando pisara la capital del Imperio. Por su parte Trotski hacía su llegaba, en el mes de julio, del exilio estadounidense.

En los días previos, en las principales acciones del 25 de octubre, y en los días posteriores, fueron cuatro grandes dirigentes, para entonces todos bolcheviques, que aparecen copando la escena político-militar. Vladimir Ilich Lenin, Leon Trotski, Lew Kamenev (1883-1936) y Gregorio Zinoviev (1883-1936). Los otros, entre ellos José Stalin, por el tipo de actividad que desarrollaban se mantenían en la sombra.

La importancia de los dirigentes, su oportuna participación, en concreto en esta revolución, es innegable. Incluso un teórico que se encuentra en el otro extremo del espectro político de la ideología que orientó la Revolución Rusa así lo reconoce. Franz Fukuyama (1952-), sobre el tópico, escribe: “Hombres como como Lenin, Trotski, Stalin, no eran individuos que personalmente se esforzaran en ser meramente iguales a otras personas; de haber sido así, Lenin nunca hubiera dejado Samara y Stalin hubiera podido seguir siendo un seminarista de Tibilisi. Para hacer una revolución y crear una sociedad enteramente nueva se requiere individuos notables, con una dureza superior a la habitual, con visión, implacables e inteligentes, características que estos primeros bolcheviques poseían en abundancia.” (Fukuyama, 1992: 408)

Una atingencia a una idea del citado, él sostiene “… no eran individuos que personalmente se esforzaran en ser meramente iguales a otras personas…”. En algunos aspectos sí se esforzaban en ser iguales al común. En otros aspectos, no. Lo último está condicionado por el momento histórico, por la socialización, por el rol de la familia y más el libre albedrío que cada ser humano desarrolla. De una sociedad totalmente injusta, desigual, no se puede esperar que todos los dirigentes sean justo o iguales.[5]

Una sociedad con marcadas diferencias económicas, con clases sociales con intereses antagónicos, genera, necesariamente, seres humanos con determinadas características diferentes unos de otros. Incluso en una sociedad donde estas diferencias disminuyan, eventualmente desaparezcan, existirán seres humanos con personalidad, ambiciones, deseos, anhelos, diferente entre sí. La razón es porque las sociedades, los colectivos y los individuos son procesos abiertos. El ser es devenir, es perecer, esto es una constante. En una sociedad con o sin clases sociales, lo mencionado, es una norma que se repite.


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Retomando los prolegómenos de la revolución, a partir de estos días se menciona que: “En esta atmósfera de corrupción y de monstruosas verdades a medias, sólo se oía una nota clara, el llamamiento de los bolcheviques, más penetrante cada día: `¡Todo el Poder a los Soviets! ¡Todo el Poder a los representantes directos de millones de obreros, soldados y campesinos! ¡Tierra y pan! ¡Que acabe la guerra insensata! ¡Abajo la diplomacia secreta, la especulación y la traición! ¡La revolución está en peligro, y con ella la causa de todos los pueblos!´ La lucha entre el proletariado y la burguesía, entre los Soviets y el Gobierno, comenzada en los primeros días de febrero, iba a alcanzar su punto culminante. Rusia, que acababa de pasar, de un salto, de la Edad Media al Siglo XX, ofrecía al mundo estremecido el espectáculo de dos revoluciones: la revolución política y la revolución social, trabadas en una lucha a muerte!”

Todo ello en la medida que: “De hecho, el Tsik no representaba ya a los Soviets y se oponía ilegalmente a la convocatoria del nuevo Congreso de los Soviets de toda Rusia, que debía haberse reunido en septiembre. No le pasaba por la imaginación ni reunir dicho congreso, ni autorizar siquiera la convocatoria. Su órgano oficial, Izvestia, daba a entender que la actividad de los Soviets iba a terminar y que pronto sería posible disolverlos. Y, efectivamente, el nuevo Gobierno anunciaba, como uno de los artículos de su programa, la liquidación de las `organizaciones irresponsables´, es decir, de los Soviets.”

Es por ello que: “Los bolcheviques contestaron convocando a los Soviets para el 2 de noviembre en Petrogrado e invitándolos a tomar el Poder. Al mismo tiempo, se retiraron del Consejo de la República, declarando que se negaban a formar parte de un Gobierno que estaba traicionando al pueblo.” (Reed, 1974: 51)

Los detalles de la revolución son de dominio público. Nosotros nos limitaremos a transcribir los párrafos puntuales, que aparecen en el libro de Reed, al respecto. El cronista escribe: “Era verdad que el Sóviet de Petrogrado no había ordenado demostración armada alguna; pero el Comité Central del Partido bolchevique estaba considerando la eventualidad de una insurrección. La noche del 23 se reunió en sesión permanente. Todos los intelectuales del Partido, todos los jefes, así como los delegados de los obreros y de la guarnición de Petrogrado, estaban presentes. Entre los intelectuales, sólo Lenin y Trotski eran favorables a la insurrección. Incluso los militares se oponían a ella. Se votó. La idea de la insurrección fue derrotada.” (Reed, 1974: 73)

Luego describe el ambiente que dominaba en la ciudad capital. Sus palabras: “Petrogrado ofrecía por entonces un curioso espectáculo. En las fábricas estaban repletas de fusiles las salas de los comités; iban y venían correos; la guardia roja aprendía la instrucción. En todos los cuarteles se celebraban mítines cada noche, y los días transcurrían en medio de apasionados e interminables discusiones. En las calles, la multitud se concentraba a la caída de la tarde y se esparcía en lentas olas por la perspectiva Nevski, disputándose los periódicos... Los atracos a los transeúntes se sucedían con tanta frecuencia, que era peligroso aventurarse por las calles transversales. En la Sadóvaia vi en plena tarde a una muchedumbre de muchos centenares de personas pegando y pisoteando a un soldado, a quien habían sorprendido robando. Misteriosos individuos merodeaban entre las ateridas mujeres de las colas del pan y de la leche, cuchicheándoles que los judíos habían acaparado los stocks de víveres y que los miembros de los Soviets vivían en la opulencia, mientras el pueblo se moría de hambre...” (Reed, 1974: 77)

El día del día se avecinaba. El día 24 de octubre no había llegado aún la hora. El día 26 la hora se habría esfumado. El autor escribe: “Lenin había dicho: El 24 de octubre sería demasiado pronto. Es necesario que la insurrección se apoye en toda Rusia. Ahora bien, el 24 no habrán llegado aún todos los delegados al Congreso. Por otra parte, el 26 de octubre sería demasiado tarde. En esa fecha, estará organizado el Congreso y es difícil para una gran asamblea constituida tomar medidas rápidas y decisivas. Es el 25 cuando debemos proceder, o sea, el día de la apertura del Congreso, a fin de poderle decir: `Aquí está el Poder. ¿Qué vas a hacer con él?´” (Reed, 1974: 94)

En torno al plan político-militar concreto de la insurrección, se informa: “Durante este tiempo, en una de las habitaciones del piso superior, trabajaba un personaje de rostro delgado y largos cabellos, antiguo oficial de los ejércitos del zar, que después se hizo revolucionario y fue desterrado, un tal Ovseienko, llamado Antónov, matemático y jugador de ajedrez, el cual estaba ocupado en trazar un minucioso plan para apoderarse de la capital.” (Reed, 1974: 94)

Sobre el ambiente de la metrópoli, el autor de Los 10 días que estremecieron al mundo insiste: “La ciudad estaba nerviosa: se estremecía a cada ruido seco. Sin embargo, aún no había señal alguna de actividad de los bolcheviques; los soldados permanecían en sus cuarteles, los obreros en las fábricas… Entramos en un cine, cerca de la catedral de Kazan; estaban proyectando una película italiana: amor, intriga, sangre. En las primeras filas, soldados y marineros clavaban en la pantalla sus ojos asombrados de niños, totalmente incapaces de comprender el porqué de toda aquella agitación, de aquella violencia, de aquellos crímenes. Desde allí regresé apresuradamente al Smolny. En la habitación número 10 del último piso, el Comité Militar Revolucionario se hallaba reunido en sesión permanente, bajo la presidencia de un joven de dieciocho años, con cabellos de lino, llamado Lazimir. Al pasar cerca de mí, se detuvo tímidamente y me estrechó la mano.”

Las horas pasan, el plan que se va cumpliendo, en esas circunstancias llega una excelente noticia para los revolucionarios: “-La fortaleza de Pedro y Pablo acaba de pasarse a nuestro lado -me dijo, con una sonrisa de satisfacción-. Hace un minuto, hemos recibido la delegación de un regimiento llamado por el Gobierno a Petrogrado. Los hombres, sospechando alguna cosa, habían detenido su tren en Gatchina. ‘¿Qué ocurre?’, nos han preguntado. ‘¿Qué tenéis que decirnos? Nuestro regimiento se ha pronunciado por la consigna ¡Todo el Poder a los Soviets!’”

El llamamiento del Comité Central del Gobierno provisional en conjunto con el ejército contra la insurrección lo hicieron en estos términos: “... Por encima de todo, insistimos en la ejecución inflexible de la voluntad organizada de la mayoría del pueblo, representada por el Gobierno provisional, obrando de acuerdo con el Consejo de la República y el Tsik. ‘Cualquier tentativa para deponer a este Poder por la violencia, en un momento en que una crisis gubernamental llevaría aparejados infaliblemente el caos, la ruina del país y la guerra civil, será considerada por el ejército como un acto contrarrevolucionario y reprimida por las armas...’… ‘Los intereses de grupos privados y de clases deben supeditarse a un interés único, el del aumento de la producción industrial y de una distribución equitativa de los artículos de primera necesidad’. ‘Todos los saboteadores, desorganizadores o incitadores al desorden, todos los desertores, los negligentes, los saqueadores, deben ser obligados a prestar servicios auxiliares en la retaguardia del ejército...’… ‘Invitamos al Gobierno a formar con esta gente que desafía a la voluntad popular, con estos enemigos de la revolución, compañías de trabajo que sean empleadas en la retaguardia, en el frente, en las trincheras, bajo el fuego del enemigo...’”

Por su lado el Comité Militar Revolucionario les responde, a los arriba nombrados, de la siguiente manera: “‘Hermanos, os saludamos en nombre de la revolución. Permaneced donde os encontráis y esperad nuestras instrucciones’.” Luego el autor informa una conversación con un acompañante: “Todas las líneas telefónicas -me advirtió también- estaban cortadas; pero las comunicaciones con los cuarteles y las fábricas se hallaban aseguradas por medio del teléfono de campaña. En la puerta había un constante desfile de correos y comisarios. Una docena de voluntarios aguardaba, dispuesta para llevar los mensajes a los barrios más apartados de la ciudad. Uno de ellos, con aire de bohemio y uniforme de teniente, me dijo en francés: ‘Todo está preparado; no hay más que apretar el botón’… Vi pasar a Podvoiski, delgado y barbudo, que fue el estratega de la insurrección; a Antónov, borracho de sueño, con su barba de muchos días y el cuello postizo grasiento; luego al soldado Krylenko, rechoncho, con su ancha cara siempre sonriente, sus gestos violentos y sus cascadas de palabras, y al marinero Dybenko, un barbado gigante de rostro plácido.”

Reed, tras una pequeña pausa, reflexiona: “Eran los hombres de la hora y de las horas que iban a seguir. En el piso inferior, en la oficina de los comités de fábrica, Serátov firmaba vales de armas para el Arsenal del Estado: ciento cincuenta fusiles por fábrica. Unos cuarenta delegados esperaban en la fila. En la sala, encontré algunos jefes bolcheviques de segundo rango. Uno de ellos me enseñó un revólver: -La partida está empeñada- dijo con el rostro pálido -Esta vez, nuestros adversarios saben que, no importa lo que emprendamos, si ellos no nos suprimen, seremos nosotros los que los suprimiremos a ellos. El Sóviet de Petrogrado estaba reunido noche y día. Al entrar yo en el gran salón, Trotski terminaba su discurso: `Se nos pregunta -decía- si tenemos la intención de lanzarnos a la calle. Puedo dar una respuesta clara a esta pregunta. El Sóviet de Petrogrado entiende que ha llegado, por fin, el momento de que el Poder pase a manos de los Soviets. Esta transferencia del Poder la llevará a cabo el Congreso de los Soviets de toda Rusia. ¿Será necesaria una acción armada? Eso dependerá de los que quieran oponerse al Congreso. Tenemos la convicción de que el actual Gobierno es un Gobierno impotente, lamentable, que sólo espera el escobazo de la historia para dejar su puesto a un Gobierno verdaderamente popular. Nosotros continuamos esforzándonos por evitar el conflicto. Esperamos que el Congreso podrá hacerse cargo de un Poder y de una autoridad que descansan en la libertad organizada del pueblo. Sin embargo, si el Gobierno trata de aprovechar el poco tiempo que le queda de vida -veinticuatro, cuarenta y ocho o setenta y dos horas- para atacarnos, nuestro contrataque no se hará esperar, golpe por golpe, acero contra hierro.´ En medio de los aplausos, anunció que los socialrevolucionarios de izquierda accedían a formar parte del Comité Militar Revolucionario.” (Reed, 1974: 98, 99, 100 y 101)

Algunas horas después, el periodista continúa su descripción: “Hacia las cuatro de la mañana, me encontré en el vestíbulo con Sorin, (46) que llevaba un fusil a la espalda: -Esto marcha- me dijo, en tono tranquilo, pero con aire de satisfacción-. Le hemos echado el guante al Viceministro de Justicia y al Ministro de Cultos. Están ahora a buen recaudo. Un regimiento va a apoderarse de la Central de Teléfonos, otro ocupará la Agencia de Telégrafos y otro se hará cargo del Banco del Estado. La Guardia Roja está en pie de guerra. (47) En los escalones del Smolny, bajo el fresco de la noche, vimos por primera vez a la Guardia Roja, personificada por un grupo de hombres jóvenes vestidos de obreros y armados con fusiles, la bayoneta calada, que hablaban nerviosamente entre ellos. Por encima de los tejados llegó a nuestros oídos, desde el Oeste, un ruido de tiroteo: eran los marinos de Cronstadt cerrando los puentes sobre el Netva, que los junkers se empeñaban a todo trance en mantener abiertos para impedir que los obreros de las fábricas y los soldados de la barriada de Vyborg se unieran a las fuerzas soviéticas del centro de la ciudad… A nuestra espalda, el vasto Smolny, todo iluminado, zumbaba como una colmena...” (Reed, 1974: 114)


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Por su parte, el ex jefe de la policía política del Zar resume su testimonio personal, del día del día de la revolución, en estos términos: “En la enfermería estaba el 25 de octubre, día en que estalló la revolución bolchevique, revolución que en julio hubo dominado el triunfante Gobierno de Kerenski, al paso que ahora fueron los bolcheviques los que, en pocas horas, dieron al traste con aquél. La sublevación estaba mejor organizada que la primera vez, y ni un solo regimiento de la guarnición de San Petersburgo se puso resueltamente del lado de dicho Gobierno. Trotski consiguió con su demagogia ganar la fortaleza de San Pedro y San Pablo para la causa bolchevique, de un modo muy sencillo, apareciendo en ella y exhortando a la sedición por medio de un discurso, tan eficaz como poco escrupuloso, a las fuerzas que la protegían. Con ello queda sellado el destino de la capital, pues las tropas revolucionarias y los obreros encontraron en la fortaleza las armas y las municiones necesarias.” (Wessiliew, 1966: 181 y 182)

Luego de ser liberado por los revolucionarios este personaje, antes de marcharse al autoexilio como muchos otros de su nivel y condición, confiesa lo siguiente: “… y hasta julio del año 1918 viví en San Petersburgo, sin ser molestado para nada.” (Wessiliew, 1966: 183)

Terminamos con esta parte de nuestra investigación con la opinión que vierte sobre esta revolución el cronista muchas veces aquí citado. Sus palabras son como siguen: “Independientemente de lo que se piense sobre el bolchevismo, es innegable que la revolución rusa es uno de los grandes acontecimientos de la historia de la humanidad, y la llegada de los bolcheviques al Poder, un hecho de importancia mundial. Así como los historiadores se interesan por reconstruir, en sus menores detalles, la historia de la Comuna de París, del mismo modo desearán conocer lo que sucedió en Petrogrado en noviembre de 1917, el estado de espíritu del pueblo, la fisonomía de sus jefes, sus palabras, sus actos. Pensando en ellos, he escrito yo este libro.” (Reed, 1974: 15)

Si la revolución fue anunciada por dos heraldos como Dostoievski y Tolstoi, el fin del imperio, se dice, fue anunciado por el supuesto consejero de la familia Romanov, el Monje Gregorio Rasputín (1869-1917). Leamos lo que al respecto informa una persona que lo trató, frecuentemente, en los últimos años, meses y días: “Rasputín no se ha dirigido al centro del circo político. Otros le han empujado hacia allí, es decir, gente que ponía su empeño en conmover el trono y el imperio ruso. Él mismo nunca llegó a ver claro esto. Cuando decía que con su muerte perecerá Rusia, desconocía el hecho de que él era sólo juguete en manos de los vergonzosos intrigantes.” (Wasseliew, 1966: 85)

Juguete o no, asesor o no, embustero o no,[6] de ser verdad lo que dijo Rasputin, que “… con su muerte perecerá Rusia”, coincidió con los hechos. Rasputín murió sólo semanas antes de la revolución de febrero, la misma que terminó con la monarquía. Y meses antes de la revolución de octubre que terminó con el sistema de transición, la democrática burguesa. Si bien Rusia no pereció, el régimen encarnado en la Monarquía de la familia Romanov, que controlaba el imperio desde hacía más de tres siglos, sí. De igual manera sus continuadores, los que fueron encabezados por Alejandro Kerenski (1881-1970)

El costo, en vidas humanas, de la revolución fue ínfimo si la comparamos con otras revoluciones. Se dice que fueron, algo así como 10 personas que perecieron a lo largo de la insurrección. Si se toma en cuenta la envergadura de este hecho histórico-político, se puede decir que fue una acción que bordeó los linderos de lo pacífico. El derramamiento de sangre fue mínimo. La fórmula ideal que todo acontecimiento de esta naturaleza reclama. ¡Máxima revolución. Mínima violencia! De igual manera. ¡La violencia no puede ser la vergüenza de la revolución! Se cumplieron a cabalidad.

Tomar el Poder político había sido tarea relativamente fácil. “El problema era cómo mantenerse en él”, en palabras de Lenin. La guerra civil que prosiguió fue fatal y brutal. Millones de muertos. Nadie, con excepción de los revolucionarios, deseaba la existencia de un nuevo poder revolucionario en el país más grande de la Tierra. En alguna medida, la actitud de la reacción mundial en contra de la Revolución Francesa después de su triunfo, se repetía con creces en contra de la revolución rusa más de un siglo después.

Lo que vino en los meses, los años, las décadas, posteriores, con millones de muertos de por medio, fue brutal para la joven revolución. Primero se tuvieron que enfrentar a las heladas y al frío. Segundo a la hambruna y a todo tipo de pestes. Tercero a los contrarrevolucionarios internos, la conocida guerra civil. Cuarto a las potencias extranjeras que la cercaron y la invadieron, entre ellas, Alemania.

A todo ello, agréguese las discrepancias internas, lucha de fracciones, al interior del Partido Bolchevique. Ellas se acentuaron después de la muerte de Lenin. Enfrentamientos que llegaron a liquidar a la mayoría de dirigentes que organizaron e hicieron posible el triunfo de la revolución. Esto demostraba, una vez más, como en la Revolución Francesa, que muchas veces la revolución se devora a sus héroes. El mito griego del Dios Cromos, el que devora a sus hijos para poder seguir viviendo, parece tener sus imitadores en la vida real. Especialmente en tiempos revolucionarios. El Dios tiempo fluye. En su fluir no perdona a nadie.

Todos estos datos nos permiten hacernos una idea, 100 años después de los 10 días que estremecieron al mundo, del supremo esfuerzo que tuvieron que hacer los revolucionarios bolcheviques para concretizar tamaña empresa e iniciar la construcción del sistema socialista, en un país capitalistamente atrasado, donde había muy poco que socializar. Y más, sin experiencia de práctica democrática en los dominios de la vida político-social.

Respecto a la democracia, su estilo, sus métodos, por último su razón de ser, no debe de ser soslayada, como lo fue en gran medida en la URSS durante su existencia. Haciendo la aclaración que se trata de la democracia que descansa en la justicia y la libertad. La democracia bajo las reglas generales de la construcción del socialismo. La construcción del socialismo no es ni debe ser contraria a la práctica de la democracia. Concepto y práctica que el capitalismo la ha instrumentalizado hasta su degeneración. Que la burguesía la ha prostituido hasta su putrefacción.

 

Un siglo después

De los muchos nombres y lugares, que frecuentemente se mencionan en la crónica titulada 10 días que estremecieron el mundo, un siglo después, ellos se mantienen. Transitar por las orillas del Río Neva o navegar sobre sus aguas, que de alguna forma domina la ciudad, nos configura el escenario de las acciones del 25 de octubre de 1917. Todo se acrecienta cuando se recuerda que desde las aguas del mencionado río, el Crucero Aurora anunció, a través de cañonazos, que la insurrección había comenzado.

Cruzar el puente Troitsky por donde, a paso ligero, marcharon los bolcheviques, encabezados por León Trotski, después de la toma del Palacio de Invierno hasta la pequeña isla donde está ubicado el fuerte San Pedro y San Pablo, agita. En ese cuarto de hora que dura la caminata, entre la sede del Poder político y la sede del Poder militar, se decidió, en gran medida, el triunfo de la insurrección.

Caminar sobre el asfalto, a lo largo de la gran Avenida Nevsky, por donde transitaron de ida y vuelta las fuerzas en pugna nos sobrecogen. Unos para tomar, otros para defender, el Palacio de Invierno. Sus veredas nos permiten imaginarnos los momentos cruciales cuando se decidía el destino de la revolución en el país más grande del planeta.

Finalmente, observar el edificio del Instituto Smolny, conservado en muy buenas condiciones, fue el cuartel general del Comité Militar Revolucionario. Está ubicado a cierta distancia del Palacio de Invierno, centro del Poder político imperial, nos da pie para imaginar cómo habrán sido los días y las noches de los 10 días que estremecieron al mundo. Acontecimiento con el cual se inició otra etapa en el proceso de desarrollo histórico de la humanidad.

Ahora, a comienzos de 2017, lo que queda de lo que fue el primer San Petersburg, Petrograd por unos años, Leningrad por algunas décadas, hoy nuevamente San Petersburg, del gran acontecimiento que estremeció al mundo por diez días, en realidad poco. Mejor dicho casi nada. De la gran Revolución del 25 de octubre de 1917 muy pocos hablan.

El común de los pobladores actuales de la portentosa ciudad, donde se consumó la revolución, tiene alguna información de ella. De igual manera saben algo de Lenin, de Trotsky, de Stalin. Mucho más conocen, hablan, de los dos grandes del pasado y los dos pequeños del presente. De Pedro I, El Grande y de Catalina II, La Grande. Del pequeño Vladimir Putin (1952-) y del pequeño Dimitri Medwedew (1965-).

De los dos últimos se hace una doble valoración. Externamente son aprobados. Internamente reprobados. Lo primero permite el desarrollo del nacionalismo venido a menos desde la implosión de la URSS. Lo segundo, con el sistema económico predominante, se profundiza cada día más las diferencias de las clases sociales. El común lo siente directamente. En este nivel, basta salir de la zona turística a la periferia para ver las penas y las miserias que el capitalismo, como sistema, engendra.

Lo mencionado en el párrafo anterior, sobre el recuerdo de la revolución, sobre lo que queda del socialismo en la memoria de la gente en San Petersburgo, nos lleva a poner en tela de juicio un par de conceptos, manejados como principios y, cuando no, como verdades por especialistas, particularmente historiadores y filósofos. El primero fue dicho, o atribuido, a Cicerón (106-43), que reza: “Los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla.” Todos los pueblos olvidan su historia. La historia no se repite. Ello, por la sencilla razón, que la historia no se desarrolla en círculos; más bien se desarrolla en espiral. Ésta es la razón de que sólo parece que se repite.

De este falso concepto se desprende el otro falso concepto, “la memoria colectiva”. Todas las memorias son porosas, son tramposas, son selectivas. Ellas reservan, conservan, casi siempre, lo que les conviene reservar o lo que les interesa conservar. Si así es en el plano individual, en el colectivo, no existe. Ellas se limitan a repetir las tramposas memorias individuales. Lo que existe sólo es la memoria individual, con las características arriba mencionadas. Ésta se hace pasar por colectiva. Aquí entra a tallar la ideología. Siempre, en unos casos directamente, en otras indirecta, vinculada al Poder.

San Petersburgo es una ciudad por el lado que se le mire, occidental y moderna. Lo que se puede observar, a primera vista, es el desarrollo pujante del capitalismo, en su versión neoliberal. La ciudad tiende a convertirse en un mercado, de todo y para todos los que disponen de poder adquisitivo, gigantesco. En este nivel, las diferencias con París o Berlín se reducen a una cuestión de idioma. Lo demás, la magia del consumo, se encarga de hermanar los opuestos.

El común de las damas rusas, de la clase media hacia arriba, jóvenes y de mediana edad, mantienen el buen estilo para vestirse y el exquisito paladar para degustar. La combinación de los colores de las prendas, de los zapatos, del peinado; más la elegancia en el caminar, nos dice una dama, es lo que aún queda de la influencia del estilo francés que llegó hace más de 200 años atrás a la ciudad capital. Elegancia francesa, pensamos nosotros, que en Francia, después de la revuelta de 1968 va camino a esfumarse; pero tiene aún sus últimos epígonos en San Petersburgo.

En el nivel morfológico es una ciudad mestiza. Se podría decir que su mestizaje, antes que mundial, es regional. Muchos tonos en colores de piel, varios rasgos faciales, se observa en la multitud que se mueve en las calles y plazas. El tono que marca este mestizaje lo dan, especialmente, la gente proveniente de lo que fueron las antiguas repúblicas soviéticas. Los tipificados como negros, asiáticos, latinos, árabes, son realmente escasos.

En el nivel religioso, la población rusa sigue siendo, en su mayoría, pasivamente cristiana. Pertenecen a la Iglesia Ortodoxa. La presencia de las sectas protestantes, que tienen su centro en Estados Unidos, aún no muestra señales de existencia. Las mujeres con velo en la cabeza, lo que delataría su credo islámico, no pasan de una media docena en las calles. Las pocas que pudimos ver en las vías son las que vienen de la República de Chechenia.

En el plano internacional, la presencia de personas leídas como chinos tiene una historia que se remonta cerca de 200 años atrás. Unas tres cuadras, de la ribera oriental del Río Neva, es lo que se denomina como el barrio chino. Lo más evidente son los sinnúmero de restaurantes que están ubicados allí. En el nivel turístico, los que muestran su presencia abrumadora son, de igual manera, los chinos. Se dice que hay convenios de Gobierno a Gobierno para intercambiar este tipo de visitantes.

En los meses de verano (junio, julio, agosto), muchísimas parejas del interior de Rusia visitan San Petersburgo para casarse. En los parques, las calles principales, en pequeñas y medianas embarcaciones, que se desplazan sobre el río y los canales, se ven nutridas parejas después de la ceremonia. Normalmente con un buen número de acompañantes. Esta costumbre viene desde los tiempos de los Romanov. San Petersburgo es para Rusia, en este acto civil-religioso, lo que es Venecia para el resto de Europa.

*

Finalmente, hacemos público nuestra coincidencia con aquellos teóricos que pensaban, que piensan, que los ciclos históricos-económicos, en términos generales, se tienen que cumplir en una determinada sociedad. Marx lo tenía muy claro cuando escribió: “Ninguna formación social desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella, y jamás aparecen nuevas y más elevadas relaciones de producción antes de que las condiciones materiales para su existencia hayan madurado dentro de la propia sociedad antigua. Por eso, la humanidad se propone siempre únicamente los objetivos que puede alcanzar, porque, mirando mejor, se encontrará siempre que estos objetivos sólo surgen cuando ya se dan o, por lo menos, se están gestando, las condiciones materiales para su realización.” (Marx, 1970: 183)

Con esta aclaración hay que comprender que la denominada socialización forzosa, como el gran salto adelante en China después, en los tiempos de Stalin sirvió para generar la acumulación originaria, poner las bases para el desarrollo del capitalismo, que hoy las clases dominantes rusas, la llamada oligarquía, están usufructuando.

La teoría de saltar etapas será posible cuando la mayoría de los países hayan trascendido el sistema capitalista. Los pocos que quedan rezagados, tendrán mejores condiciones internacionales que les permita dar el salto de un modo de producción social a otro. Lo contrario, los hechos han demostrado, que no es posible.

De la misma manera, el extraordinario esfuerzo que costó el triunfo de la revolución, más la construcción de lo que se llamó socialismo, fue para que la gran burguesía rusa disfrute de la democracia formal y hable de libertad en abstracto. En parte, de igual modo, para que coseche ciertos logros de la cultura de la modernidad.

No obstante la situación actual del país más grande del planeta Tierra, ello no niega la importancia de esa extraordinaria experiencia histórica, político-social, que fue la revolución. Acción que en otro momento, en otro lugar, en otras condiciones, con otros actores, se tendrá que reeditar. Sin repetirse, en la medida que la historia, sólo parece, que se repite.

 

Notas

[1] Julio Roldán (1952) es sociólogo y doctor en filosofía. Roldán fue docente en varias universidades en el Perú y en Alemania. Es, de igual modo, autor de varios libros de carácter histórico, político y filosófico. Contacto: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo..

[2] A partir de los años 70 del Siglo XIX fue conocida, en los círculos intelectuales europeos, la figura de la escritora y psicoanalítica, de padre francés, de madre alemana, nacida en San Petersburgo, Louise Andreas von Salomé Wilm. Más conocida como Lou Salomé. Ella fue una de las primeras en hacer público su práctica del “amor libre”. Tenía muchas parejas paralelas y hasta convivía con algunos de ellos. Es celebre la relación, los viajes, que la dama mantuvo con el filósofo Friedrich Nietzsche (1840-1990) y el filósofo Paul Rée (1849-1901). Los celos del primero de los nombrados fue el motivo para que se alejara totalmente, muy resentida, de los dos amigos. Ella terminó casándose con el primero. Pero siguiendo en la práctica el principio rector que orientaba su vida en este nivel “El amor es hija-hijo de la libertad” (Fromm, 1978: 121)

Lou Salomé, mujer culta, conocía perfectamente ese mito bíblico llamado Salomé. Según los evangelios, ella fue hijastra del Rey romano Herodes (73-4). Bailarina de gran talento, conocida en el mundo masculino como “La mujer fatal”. “La virgen maldita.” Por haber pedido, se le concedió el deseo, la cabeza de Juan el Bautista en una fuente de plata.

Inspirado en esta bíblica figura, Óscar Wilde (1854-1900) escribió un drama que lleva precisamente como nombre Salomé. En base a ello, el músico Richard Strauss (1854-1949) compuso una Ópera con ese motivo y con ese nombre.

Lou Salomé, además de conocer la producción sobre el mito, no llegó tan lejos como en la historia bíblica. Pero para Nietzsche debe haber significado, en alguna forma, Salomé “La mujer fatal”, “La virgen maldita”. Después de esta relación, el autor de Más allá del bien y del mal nunca más tuvo contacto con la mencionada dama y hasta terminó odiando a todas las mujeres. Algunas veces parece, sólo parece, que la historia se repite, debe haberse sentido, en alguna forma el filósofo, algo parecido a Juan el Bautista.

[3] En 2013 apareció, en Alemania, el libro Él está aquí nuevamente (Er ist Wieder da), la novela-comedia anuncia que Adolf Hitler (1889-1945) ha regresado y aparece en Berlín. En la presentación se dice: “Él está nuevamente -¿Pero qué puede conseguir Adolfo Hitler ahora? Esta mala y amarga sátira prueba que él ha regresado. Y la sátira encuentra que el Hitler es el auténtico protagonista.” (Vernes, 2012: presentación)

Más allá de la sátira, más allá de la imaginación que regrese, Hitler es un mito en Alemania y en el mundo entero. Fantasear que regresa es porque en la realidad hay una cantidad de alemanes que esperan que él regrese. El rebrote, en los últimos años, de los movimientos nazis en este país así lo evidencian. El hecho real es que, aunque regrese y encuentre apoyo, en la Alemania actual, ya no tiene cabida, por lo menos los métodos utilizados por el Nacional Socialismo. En esa dirección, de ser verdad, Vernes habría sido también un heraldo como los dos literatos rusos en los textos citados. El tiempo lo dirá.

[4] En el libro de nuestra autoría titulado La ciudadanía mundial (2014) hemos desarrollado, con alguna amplitud y profundidad, el concepto de Identidad. Desde la lógica y la filosofía, pasando por la historia y la teología, terminando en el plano étnico-cultural.

[5] La importancia de los individuos en la historia tiene dos caras. En principio, parecen ellos concentrar los intereses histórico-políticos de los pueblos en determinadas épocas. Con su acción permiten el avance de las sociedades y de la historia. El otro aspecto, su poder es muy grande, en muchos casos terminan siendo motivo de culto. El problema se acrecienta más cuando son detenidos o mueren. Allí se observa el gran vacío que es muy difícil de llenar. Lo último es la razón de que muchos teóricos vienen planteando La teoría de las direcciones colectivas. Se piensa que de esa manera se irá democratizando el Poder. Los cultos personales disminuirán. La horizontalidad ganará terreno sobre la verticalidad en la gobernabilidad.

[6] Sobre este personaje se han tejido una serie de chismes, rumores. Se ha dicho que era un Monje loco y malvado, que tenía poderes sobrenaturales, que fue un gran hipnotizador, que subyugó el corazón de la Zarina, etc. Ante este cúmulo de calificativos sobre Rasputín, el funcionario, muchas veces aquí citado, se pregunta: “¿Quién era Rasputín? Un labrador ruso, sencillo y completamente inculto, dotado de gran inteligencia natural”. (Wassiliew, 1966: 82)

En la página siguiente ahonda más sobre el supuesto poder del personaje: “Las particularidades de la llamada alta política caían muy lejos de su radio intelectual, y no comprendía en modo alguno qué se proponían los diferentes partidos, las fracciones de la Duma y los periódicos. Su principio político consistía sencillamente en tranquilizar por todos los medios a los enemigos del zar.” (Wasseleiw, 1966: 83)

Luego, el funcionario menciona su consigna, la que no pasa de ser un razonamiento elemental: “Su opinión sobre el extremo no la adornaba, al contrario que muchos políticos, con lenguaje florido, sino que decía sencillamente: `Hay que dar de comer al pueblo, y entonces estará tranquilo´” (Wasseleiw, 1966: 84)

Finalmente, el citado dice: “Los chismes de la sociedad eran, sin embargo, más fuertes que toda sensata reflexión. Así aconteció que en poco tiempo creyó toda Rusia en la omnipotencia de Rasputín, y se ha hablado de esto como de un hecho evidente, tanto en los salones y restaurantes como en los cuarteles, cocinas y aposentos de la servidumbre. Los revolucionarios lo utilizaban, naturalmente, para sublevar a la población contra un sistema por el cual Rusia era regida por un Monje sucio.” (Wasseliew, 1966: 86).

 

Bibliografía:

  • Berman, Marshall. Todo lo sólido se desvanece en el aire. Siglo XXI (México) 2010.
  • Böll. Heinrich. Nuevos escritos políticos y literarios. Editorial Noguer; S.A. (Barcelona) 1976.
  • Dostoievski, Fedor. Los demonios. Alianza editorial (Madrid) 1984.
  • _____. El idiota. Instituto cubano del libro (La Habana) 1971.
  • Ford, Henry. El judío internacional. Editorial Mateu (Barcelona) 1961.
  • Fromm, Erich. El arte de amar. Editorial Lozada (Buenos Aires) 1978.
  • Fukuyama, Francis. El fin de la historia y el último hombre. Editorial Planeta (Barcelona) 1992.
  • Hegel, G.W.F. Fundamentos de la filosofía del derecho. Prodhufi S.A. (Madrid) 1993.
  • Mariátegui, José Carlos. La escena contemporánea. Editorial Amauta (Lima) 1976.
  • Marx, Karl. La sagrada familia. Editorial Grijalbo (México) 1987.
  • Marx, Karl y Engels, Friedrich. Obras escogidas. Editorial Progreso (Moscú) 1970.
  • Puschkin, Alexandro. El jinete de bronce. Editorial Poesía Hipersión (Madrid) 1970.
  • Reed, John. 10 días que estremecieron al mundo. Imprenta nacional de Cuba 1974.
  • Tolstoi, Liev. Guerra y paz. Editorial Planeta (Barcelona) 1988.
  • Vermes, Timur. Er ist wieder da. Eichborn Verlag (Köln) 2012.
  • Wassiliew, Arkadij. OCHRANA. Memorias del último director de la policía rusa. Espasa Calpe (Madrid) 1966.

 

Cómo citar este artículo:

ROLDÁN, Julio, (2017) “Un siglo después. 10 días que estremecieron al mundo”, Pacarina del Sur [En línea], año 8, núm. 31, abril-junio, 2017. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Domingo, 28 de Mayo de 2017.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.com/index.php?option=com_content&view=article&id=1469&catid=5

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