Pacarina del Sur
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Soy indígena, soy coleto… soy de San Cris”. Jóvenes indígenas cristianos en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas

"I am indigenous, I am coleto ... I'm from San Cris". Young indigenous Christians in San Cristobal de Las Casas, Chiapas

“Eu sou indígena, estou Coleto... Eu sou de San Cris”. Cristãos indígenas jovens em San Cristobal de Las Casas, Chiapas

Alan Llanos Velázquez[1]

Recibido: 05-02-2016 Aprobado: 22-02-2016

Resumen

Resumen: El presente artículo aborda la forma en que un grupo jóvenes indígenas habitantes de la zona periférica de San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, han articulado su condición juvenil, con la de indígenas y creyentes de Cristo, lo que ha dado por resultado una manifestación plural de las identidades que manifiestan en su acontecer diario. Mediante la música que componen y ejecutan con letras cantadas en tsotsil, tseltal, chol y español, mismas que tienen contenidos de carácter cristiano, político y críticos de las situaciones de vida a las que se han enfrentado y enfrentan, hacen visible su presencia y reconfiguran su herencia étnica en un espacio marcado por la diversidad pluricultural y sumido en vertiginosas transformaciones urbanas que alteran el imaginario colonial vertido sobre la ciudad.

Palabras clave: jóvenes, identidad, indígenas, música, cristianismo, San Cristóbal de Las Casas, Chiapas.

 

Introducción

San Cristóbal de Las Casas está situado en la región de los Altos de Chiapas, los municipios vecinos como Oxchuc, Chanal, San Juan Chamula, Huixtán, Tenejapa o Zinacantán, son habitados mayoritariamente por indígenas, lo que convierte a la ciudad en lugar de tránsito y vivienda de éstos.

San Cristóbal es un punto donde convergen personas provenientes de distintos lugares del estado y la región, ya sea para habitarla, trabajar en ella o llevar a cabo trámites administrativos. Por medio de distintos procesos sociales, se ha convertido en un centro receptor, no sólo de población indígena, sino también de personas que han visto en ella opciones de vida.

También ha sido, y es, refugio para creyentes de diferentes variantes del cristianismo quienes tras los acontecimientos sucedidos por la intolerancia religiosa presentada hacia finales de la década de 1960 en la región, entre los que pueden enunciarse expulsiones, persecuciones e incluso muertes por exteriorizar una fe distinta a las católica tradicional, se establecieron en las márgenes de la ciudad.[2]

Por otra parte, la deficiente o nula infraestructura de planteles educativos en distintos municipios cercanos propició que muchos sujetos, jóvenes en su mayoría, decidieran trasladarse a ella para acceder a los niveles educativos que no existían en sus comunidades de origen.

Al margen, la irrupción en la escena nacional e internacional del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) el 1º de enero de 1994, en demanda de mejores condiciones de vida para las comunidades originarias, convirtió a San Cristóbal en centro político y mediático de la lucha zapatista.

Su posterior desarrollo turístico, basado en la explotación de sus atractivos arquitectónicos, naturales, culturales e incluso étnicos, ha generado una transformación en el espacio y la sociedad. La ciudad, hoy día, es un punto pluriétnico, pluricultural y globalizado en donde la vivencia cotidiana de sus habitantes se da de manera compleja.

En ese contexto los jóvenes indígenas (algunos de ellos hijos o nietos de migrantes por motivos religiosos o económicos, y en otros casos movilizados por cuenta propia) son partícipes y actores de la manera en la que el otrora enclave colonial se ha ido transformando para dar paso a una incipiente ciudad cosmopolita en donde la diferenciación étnica comienza a ser vista con ojos de distingo y orgullo, nueva mirada que convive con aquella racista y discriminatoria que todavía perdura.

 

Jóvenes en consonancia con sus sociedades y culturas

Referirse a los jóvenes, en ocasiones, implica concebir imaginarios en los que la experiencia de vida funge como un elemento importante en su concepción, por ello son divergentes las percepciones que pueden tenerse.

En un intento por concebirlos como sujetos que se encuentran presentes en prácticamente todas las sociedades, se ha llegado a generalizar y estandarizar la condición juvenil de una forma universal (González y Feixa; 2013b: 9). Al respecto se anota, enfocándose en la idea de la juventud, lo siguiente:

Entendida como la fase de la vida individual comprendida entre la pubertad fisiológica (una condición natural) y el reconocimiento de status adulto (una condición cultural), se ha afirmado que la juventud constituye un universal de la cultura, una fase natural del desarrollo humano que se encontraría en todas las sociedades y momentos históricos explicado por la necesidad de un periodo de preparación entre la dependencia infantil y la plena inserción social. (Ibídem: 20).

Si bien los jóvenes atraviesan por una etapa etaria cargada de cambios y modificaciones biológicas, también se encuentran en una importante correlación tanto con el espacio que habitan y transitan como con los sujetos adultos, ancianos e infantes con los que conviven.

En este artículo, los jóvenes serán ubicados a partir de sus propios contextos, visiones y referentes, es decir, de acuerdo a su respectivo entorno sociocultural dentro del que se desenvuelven, resaltando a la vez, sus diversas formas de expresión, con lo cual nos alejaremos de una idea única y generalizable de ellos mismos.

Imagen 1. Integrantes de Slem K’ok Band durante un ensayo. Foto de Alan Llanos Velázquez
Imagen 1. Integrantes de Slem K’ok Band durante un ensayo. Foto de Alan Llanos Velázquez

Las culturas e identidades juveniles, la contextualización de los sujetos jóvenes en sus propios marcos sociohistóricos, políticos, económicos, culturales y geográficos y tener presente factores como clase, género, etnia y espacio, pueden servir como base de un entendimiento que permita tener una aproximación más horizontal hacia los jóvenes.

Lo anterior, forma parte de la manera en que diferentes autores (Feixa, 1996, 1998; Duarte, 2002; Reguillo, 2005; González, 2006; Valenzuela, 2005, 2010; Sánchez, 2010; Urteaga, 2011; González y Feixa, 2013) los han analizado como parte de una construcción sociocultural, colocándolos al frente de los estudios, no ya de manera relacional, ni insertados en temáticas que los refieren, sino como protagonistas y creadores de las mismas, en consonancia con su propio entorno y contexto.

Sin embargo, existen espacios en donde la condición juvenil se encuentra en un proceso de configuración con respecto a las normas o pautas establecidas social y culturalmente hablando lo cual incide en la configuración de lo juvenil, me refiero a los jóvenes indígenas.

Ellos están intercalando la tradición cultural heredada o transmitida con las culturas juveniles, interactúan con tecnologías de la información y comunicación, y habitan lugares donde la migración, la reconfiguración del espacio geográfico en torno a nuevas necesidades creadas y, en este caso, introducen a sus vidas referentes de creencias religiosas que han adoptado o que han heredado.

 

Jóvenes indígenas en contextos urbanos

Los estudios sobre los jóvenes se han pluralizado y abarcado mayores espectros y espacios de análisis, pero por lo general se han hecho partiendo de contextos urbanos, en donde las culturas e identidades juveniles parecieran tener su espacio primordial de acción, desarrollo y conformación.[3] Partir de realidades occidentales amplía la visión de los jóvenes que habitan y se desarrollan en tales contextos histórico-sociales, pero al mismo tiempo conduce a generar una visión etnocéntrica en la conceptualización de la juventud (Feixa y González, 2006: 172).

Referirnos a la población indígena no necesariamente significa situarla exclusivamente en espacios rurales. En la actualidad, las ciencias sociales han visto transformarse al mismo, junto con ello se ha perdido el potencial explicativo de las categorías conceptuales con que éste era abordado (González, 2004: 195).

Al referirnos a los jóvenes indígenas y situándonos en el caso mexicano, se argumentaba que la mayor parte de los pueblos originarios no habrían reconocido históricamente una fase de ciclo vital equivalente a la “juventud” de la sociedad occidental. A decir de Saraví (2010:7), la juventud fue una categoría ausente en determinados tiempos históricos y espacios sociales.

Al elevarse a rango de paradigma el conocimiento sobre los jóvenes urbanos en los estudios de las juventudes, se pasó por alto a los rurales y, más aún, a los indígenas; en el mejor de los casos se les consideraba en tránsito hacia la modernización, pero no como sujetos portadores de un proyecto de sociedad. (Pacheco, 2010: 126).

Para Urteaga (2008: 675), en la actualidad es posible observar una tendencia dentro del fenómeno: la emergencia de algo que puede denominarse “periodo juvenil” entre la población indígena que habita tanto en los pueblos como en las ciudades.

La apropiación, adaptación y configuración de estilos, grupos y referentes juveniles, así como las relaciones sociales establecidas con los pares generacionales, nos conducen a pensar que los jóvenes indígenas surgen como sujetos en los que, por un lado, se marcan ideas de cambio y continuidad,[4] y por el otro generan visiones propias en las que entran en juego referentes significativos mismos que han decidido incorporar en el trayecto de sus vidas. Lo anterior se da de tal forma, en parte, debido al hecho de que las nuevas generaciones de jóvenes indígenas:

Son particularmente afectadas y al mismo tiempo protagonistas de muchas transformaciones y cambios motivados por las luchas por el reconocimiento de sus culturas, lenguas e identidades distintivas; por los procesos de migración y la vida en los grandes centros urbanos; así como la expansión de la escolarización entre sus generaciones más jóvenes. Ello les plantea nuevas experiencias y expectativas de vida. (Bertely y Saraví, 2013: 12).

En la experiencia de investigaciones recientes (Llanos, 2014; Verardi, 2013; Bordenave, 2013; Pérez, 2012; Serrano, 2012; García, 2012; Bertely y Saraví, 2011, 2013; Pacheco, 2010; Corpus, 2008; Cruz, 2006), el proceso de migración o vivencia dentro de espacios urbanos por parte de la población indígena joven, favorece un reforzamiento de las marcas étnicas por medio del empleo tanto de las tecnologías de la información y comunicación, la plástica artística, la educación escolarizada, el acceso a espacios laborales asalariados o de autoempleo e incluso el uso esencialista y estratégico de su condición indígena.

Al mismo tiempo, se generan tensiones al interior de las comunidades por la forma y manera en que el nuevo panorama social y de vida se va intercalando y añadiendo a los parámetros culturales heredados, que si bien no son estáticos, sufren un proceso acelerado de re-configuración.

Como lo remarcan Bertely y Saraví, la escuela, la migración o los medios de comunicación pueden ser simultáneamente asociados con contextos de discriminación y pérdida de identidad, pero también representan, para algunos grupos indígenas, nuevas oportunidades de afirmar su pertenencia étnica (2013: 72).

No se trata de asumir que el “cambio” proviene del exterior de las comunidades; al interior también se generan espacios en donde la condición indígena transita por resquicios diversos, es decir, no puede ser únicamente atribuible a lo que podría considerarse como “ajeno”.

Hay que tomar en cuenta diversos escenarios, situaciones y condiciones; como lo mencionan Bertely y Saraví:

Las experiencias de la población indígena joven están permeadas por las características que asumen la identidad indígena, la cual nuevamente no es homogénea si no que asume diferencias y particularidades dependiendo de los contextos en los que nos situemos: los contrastes en las maneras en que los adolescentes defienden sus identidades indígenas resultan notables así como elocuente el peso de los procesos sociopolíticos e históricos que caracterizan a sus comunidades y sentidos de pertenencia. (2013: 80).

Sin embargo, no se debe olvidar que existen jóvenes que se mantienen dentro de sus propios parámetros culturales heredados, regenerando así las tradiciones y manteniéndolas vivas, no sin antes dotarles de sentidos particulares y propios del contexto de desenvolvimiento.

Los jóvenes indígenas que habitan espacios urbanos se encuentran intercalando su herencia cultural y social con referentes culturales de su contemporaneidad, mismos que entreveran y van asociando de la manera que mejor les convenga o guste. En San Cristóbal la migración, las luchas sociopolíticas, el turismo, las historias regionales de movilidad y tránsito e incluso la belleza del lugar interactúan y convergen para dar por resultado un sitio liminal en el que convergen expresiones sociales tanto culturales, sociales, políticas y religiosas.

Para muchos, realizar el cruce es complejo, sobre todo cuando se es indígena y se tiene tras de sí una carga de racismo o estigma. También están quienes difícilmente se asocian a la idea preconcebida de indígena rural. Ellos ya no están dentro de los marcos de referencia cultural en el que estuvieron sus padres y abuelos; son indígenas nacidos o criados en la ciudad, personas que no encuentran sus referentes inmediatos en la comunidad familiar; ya están dentro las dinámicas urbanas, en contacto con las sociedad global a la cual se puede acceder desde San Cristóbal y por supuesto con las culturas juveniles que los significan y dan sentido.

Los jóvenes cristianos de origen indígena que forman parte de este artículo deben ser vistos como sujetos que se encuentran en un momento de sus vidas en el que tanto las diversas experiencias por las que han atravesado y atraviesan, tanto a nivel social como individual, dan cuanta precisamente de la heterogeneidad que se ha mencionado.

 

San Cristóbal de Las Casas: pasado colonial, presente pluricultural

Fundada en el año de 1528 por Diego de Mazariegos bajo el nombre de Ciudad Real de los Llanos de Chiapas, San Cris, como la nombran algunos de sus habitantes en la actualidad, fue la tercera ciudad colonial establecida en el continente americano en el proceso de conquista española (Cañas, 2011: 168), además de haber sido la capital política del estado de Chiapas prácticamente desde su anexión a la República Mexicana y hasta finales del siglo XIX, cuando Tuxtla Gutiérrez ocupó dicha distinción.

Imagen 2. <em>Omar, bajista y “número dos” de </em>Slem K’ok Band. Facultad de Ciencias Sociales, UNACH. Foto de Alan Llanos Velázquez
Imagen 2. Omar, bajista y “número dos” de Slem K’ok Band. Facultad de Ciencias Sociales, UNACH. Foto de Alan Llanos Velázquez

En los últimos años ha experimentado un paulatino cambio propiciado, entre otros factores, por el potencial turístico que hace que gran parte de las actividades económicas e incluso sociales giren en torno a los calendarios y temporadas vacacionales de los visitantes.

Dado el carácter político que ha adquirido a partir de que se ha constituido como el centro de difusión mediática del zapatismo, hoy día se observa un transitar constante de sujetos provenientes de distintas partes de mundo dispuestos a externar su simpatía con el EZLN y si es posible aproximarse para colaborar con el proyecto zapatista.

También se ha ido posicionando como un espacio en donde distintos proyectos políticos y sociales altermundistas han encontrado un espacio de acción y desarrollo en abierta simpatía y correlación con algunos grupos de población indígena.

Sin embargo, más allá de sus zonas turísticas, existe la ciudad cotidiana, la ciudad de los habitantes del día a día. Se pueden nombrar a los “coletos”[5], mestizos, ladinos y la población indígena, que por lo general es de origen tsotsil o tseltal. Pese a que históricamente los coletos han desdeñado a los indígenas considerándolos inferiores, la historia de San Cristóbal, y su desarrollo, no puede prescindir de su presencia (Serrano, 2012: 42), en parte porque siempre han vivido en la ciudad, aunque anteriormente su presencia era marginal.

Si bien los indígenas han estado presentes desde siempre, fueron más notorios a partir de las décadas de 1960, a consecuencia de las expulsiones que se dieron en los municipios vecinos de San Cristóbal hacia quienes decidieron abrazar la fe protestante evangélica. A partir de ese momento el mapa de la ciudad comenzó a modificarse sustancialmente.

Con la ayuda de los liderazgos religiosos de los expulsados y con la negociación realizada con propietarios coletos, se logró la compra de algunos terrenos situados en los linderos de la ciudad. Ubicados al norte, sirvieron para que las personas afectadas por las expulsiones comenzaran a establecerse de manera temporal; en un principio se pensó que el conflicto tendría solución y se lograría el regreso de los expulsados a sus comunidades de origen.

Poco a poco los asentamientos comenzaron a adquirir el rostro de colonias que con nombres como Nueva Esperanza, Nueva Palestina o Nueva Jerusalén daban idea tanto de la convergencia religiosa de sus habitantes como del surgimiento de una “nueva” opción de vida.

El poblamiento de la zona conurbada de la ciudad también se vio caracterizado por la movilidad de sujetos que ya no encontraron sustento en la producción agrícola y decidieron emprender la migración a este espacio y otros más que les ofrecían una posibilidad tanto económica como de vivienda a la crisis que estaban experimentando. Al día de hoy el fenómeno continúa de manera intermitente, tanto de forma conjunta o individual.

La llegada a la ciudad significó, en algunos casos, dejar de ser perseguido religiosos o comenzar una nueva vida plagada de posibilidades idealizadas, en sentido estricto, también representó la reconfiguración del espacio y sus habitantes.

Si bien el tránsito cotidiano entre todos los sujetos que habitan el espacio se da sin mayores complicaciones no siempre las relaciones interétnicas se gesten de la mejor manera. Existe pluralidad étnica, pero ello no implica que se pueda hablar de socialización entre los distintos grupos sociales que comparten el espacio. En todo caso cada grupo y personas viven a su manera la ciudad. En medio de esto se encuentran los jóvenes, quienes desde su respectiva situación social, económica, cultural y étnica viven a su manera ésta, su ciudad.

Ellos tienen espacios en lo que su presencia es más visible. El centro histórico por las tardes, alguna esquina, plaza, templo religioso, escuelas, instalaciones deportivas municipales, algún bar en el centro o esporádicos conciertos o actividades culturales son puntos de encuentro que se transforman en lugares de jóvenes en la ciudad.

 

La zona norte, periferia que se vive

A quince minutos a pie, o diez en transporte público del centro histórico se encuentra la periferia norte de la ciudad. Se compone por cerca de 80 colonias con sus respectivos representantes en donde vive un número significativo de los habitantes de la ciudad. Pese a encontrarse en un contexto primordialmente urbano, es posible notar las particularidades de este espacio.

De algunas de las casas o lotes se vislumbran pequeñas milpas en donde se siembra maíz, frijol, chiles y hortalizas en espacios reducidos, algunas veces se puede apreciar algún animal de granja como gallos, gallinas y guajolotes, en ocasiones se percibe el aroma de la leña, utilizada para cocinar los alimentos. Remanentes de lo rural que conviven con sonidos urbanos cotidianos como aquellos que emiten los camiones del gas que arrastran cadenas y anillos metálicos para anunciar su presencia.

También están los innumerables comercios que en cada cuadra se logran ver. El escenario lo dominan las tiendas de abarrotes que, seguidas de las papelerías, las verdulerías y los café internet. Se suman los puestos de frutas y legumbres y de elotes que por las tardes suelen ofrecer también esquites y atole. Los lotes de autos usados, los lavados de autos, las madererías y la venta de discos y películas “piratas” son elementos visibles que componen la atmosfera comercial de la zona periférica norte de la ciudad.

El espacio público está atravesado por calles, algunas aún sin pavimentar, pocos son los parques y canchas deportivas que uno puede encontrar. El escenario lo dominan las casas, los comercios y los templos de distintas denominaciones religiosas que por medio de sus construcciones sobresalen en el paisaje.

Es común que las mujeres vistan la ropa tradicional del grupo étnico de origen, imponiéndose el de San Juan Chamula. Algunos hombres suelen portar el chuj[6] cuando el frio se hace presente. Es recurrente escuchar que las personas hablen en tsotsil y en tseltal y algunas veces lo combinan con el español, dando por resultado una especie de tsotsiñol.

Los jóvenes, hombres y mujeres, son visibles a todas horas y por todas partes. Ya sea como encargados de los negocios familiares o empleados, conduciendo el transporte público, trasladándose camino a la escuela o algún trabajo en el centro de la ciudad, portando algún instrumento musical camino a sus clases o ensayos, reunidos en las inmediaciones del parque de la colonia Bosque del Pedregal; en solitario, con hijos en brazos o de la mano de su pareja, realizan su vida cotidiana.

En la zona periférica los padres y abuelos hablan lengua, la población indígena y migrante se aglutina, es donde jóvenes crecen en un contexto de diversidad de creencias y culturas, en donde las herencias familiares se configuran junto con los estilos de vida y las denominadas culturas juveniles, dando por resultado jóvenes heterogéneos con identidades múltiples.

Algunos se configuran principalmente en relación a la creencia en Cristo, posicionándose como jóvenes creyentes, unos de la mano de su congregación, otros al margen de la clerecía, pero en ambos casos convencidos de que ello es algo que los significa.

 

Auotadscripciones de jóvenes indígenas cristianos

Los jóvenes que participaron en esta investigación cuentan una serie de características que es preciso enunciar.[7] Algunos nacieron en San Cristóbal, otros migraron desde pequeños junto con sus familias y hay quienes emprendieron el camino a la ciudad de forma individual, buscando acceder a la educación media superior y superior o empleos. Casi todos se encuentran estudiando en bachilleratos públicos o en instituciones de nivel superior también de carácter público como la Universidad Autónoma de Chiapas (UNACH).

La mayoría cuenta con el apoyo económico de su familia. Quienes laboran lo hacen principalmente en el comercio, atendiendo locales familiares como tiendas de abarrotes o papelerías; existen quienes cuentan con locales comerciales propios dentro del llamado Mercadito II, en el centro de la ciudad. Algunos se emplean dentro del sector turístico, principalmente en los hostales para viajeros.

Quienes han iniciado una vida en pareja optan por buscar un espacio en renta donde comienzan a relacionarse en función de las necesidades de ambos. Prefieren esta modalidad antes que dar el paso al matrimonio.

Algunos de los padres de estos jóvenes son profesores bilingües que se desempeñan como maestros frente a grupo en alguna comunidad indígena cercana a San Cristóbal en los niveles básicos de educación, es decir, preescolar o primaria. Estos padres y madres en algún momento de su juventud migraron de sus comunidades de origen para acceder a la educación y se quedaron a residir en la ciudad, formando familias y obteniendo empleos en la misma ciudad o en alguna comunidad cercana.

Otros padres experimentaron la expulsión por motivos religiosos en sus comunidades. Por lo general, ejercen el comercio y se dedican a la vida congregacional como personas cercanas a los liderazgos y, en dos casos, como ministros de culto. También están quienes encuentran trabajos en el sector turístico ya sea en hoteles, restaurantes, bares, compañías turísticas o tiendas artesanales.

Los jóvenes se asumen como creyentes de Cristo y dicen no gustar de las religiones, por ello prefieren manifestar que lo que tienen es una relación, un vínculo directo con Jesús.[8]

Hay quienes desde niños han sido socializados en la creencia familiar, lo que los convierte, dentro de la jerga cristiana, en “nacidos en el evangelio”; otros han transitado, junto con sus familias, del catolicismo al protestantismo y de ahí al evangelismo, es decir, se presenta el fenómeno de la movilidad religiosa, pero también están aquellos que al margen de la tradición religiosa de la familia, que por lo general es católica, decidieron abrazar la fe cristiana.

El acercamiento a la creencia es diverso y se da a partir de la historia de vida propia, algunas veces por la evidencia de lo que consideran un milagro en la salud de algún familiar, es decir una sanación atribuida por completo a la fe. Otras por encontrar en las congregaciones espacios de socialización afectivos; también se llega después de transitar por el tabaquismo, el alcoholismo, la drogadicción, la delincuencia y el pandillerismo, encontrando en la creencia, entre otras cosas, un amortiguador a prácticas consideradas mundanas y negativas para la vida del cristiano.

Algunos se posicionaron como líderes de pandillas, mismas que tenían la intención de generar espacios de convivencia en los que se practicaba skate, break dance o grafiti, al mismo tiempo que se peleaba por los territorios de sus respectivas colonias, situación que en su momento atemorizó e hizo que los liderazgos de las colonias periféricas intervinieran para aminorar el impacto de las confrontaciones juveniles.

Imagen 3.<em> Meir Méndez</em>. Parque público de la colonia Bosque del Pedregal, San Cristóbal de Las Casas. Foto de Alan Llanos Velázquez
Imagen 3. Meir Méndez. Parque público de la colonia Bosque del Pedregal, San Cristóbal de Las Casas. Foto de Alan Llanos Velázquez

Lo anterior ha generado en ellos experiencias que se entremezclan ahora con creencias religiosas en las que se vinculan, por un lado, los referentes socioculturales de su entorno, y por el otro los gustos, actividades y vivencias propias, adquiridas en el conjunto pluricultural del cual forman parte.

Tienen sus prácticas y gustos particulares, pero convergen en un punto: el agrado de la música aglutinada en géneros como el rock, reggae, ska, punk, metal y pop que denominan cristiano. Algunos adquirieron sus habilidades musicales previo a asumirse como creyentes, otros al ser socializados en espacios en los que la música es utilizada para amenizar rituales religiosos fomentaron su gusto por la ejecución musical, así como su escucha. A ello se suma una atmósfera musical, que tanto cristiana como secular, es perceptible en la ciudad.

 

La música como transmisora de la identidad indígena y cristiana

Observar cómo los jóvenes indígenas cristianos asumen su origen étnico en un espacio urbano como San Cristóbal no solo conduce a mirar los significados que a sí mismos se están dando, sino que permite indagar las formas en que socialmente los sujetos con origen indígena viven en la ciudad.

Algunos reconocen que sus familias provienen de comunidades cercanas a San Cristóbal, pero no todos se asumen como originarios de esas localidades, no es para menos, el hecho de haber nacido o vivido parte de sus vidas en la ciudad propicia ese pensamiento. Los integrantes de Slem K´ok Band (Llamas de Fuego en tsotsil) manifiestan distintas posturas.[9] La discriminación y señalización por motivos raciales está presente en el acontecer cotidiano como jóvenes; algunos la viven, otros la visibilizan.

Tener algún indicio de connotación indígena, como es el color de piel o la apariencia física, se convierten en formas de apuntar despectivamente a las personas, principalmente dentro de las escuelas y en la cotidianidad del andar por la ciudad. En ocasiones se decide silenciar la lengua materna, aunque en lo privado se utilice para la comunicación cotidiana. En algunos casos, padres y madres optan por no transmitirla a sus hijos, con la intención de evitar que vivan la discriminación idiomática, eliminándoles al mismo tiempo una marca étnica que diferencie a sus hijos.

Sin embargo, también están quienes enaltecen lo anterior de diversas maneras, siendo la utilización y re-aprendizaje de la lengua materna en espacios públicos una de las principales formas. La música se ha convertido en uno de los espacios donde se exalta y propaga el hecho de tener orígenes indígenas. Participar en una banda musical que hace uso de la lengua materna, que en el caso que nos atañe se trata del tsotsil y chol, es actualmente en la región indígena de Chiapas un fenómeno de gran aceptación.[10]

Desde esa plataforma los jóvenes logran ser escuchados por quienes no hablan español o son bilingües y al mismo tiempo consiguen hacer llegar a más personas su música. Ello es un valor agregado y una forma de fomentar lo que denominan el rescate de las tradiciones y también una manera de enaltecer el origen étnico.

Omar, de 21 años de edad, es el bajista de la banda. Estudia la licenciatura en Economía en la Facultad de Ciencias Sociales de la UNACH. Es el mayor de cinco hermanos, quienes viven con sus padres en la colonia Morelos, en los linderos de la zona norte de la ciudad. Sus orígenes étnicos del lado paterno están en el municipio de Tenajapa y los maternos en el de Huixtán, es decir, sus padres son hablantes del tseltal y tsotsil respectivamente y maestros de educación básica, y pese a ello a él y sus hermanos, dice, decidieron no transmitirles estas lenguas. Sobre el hecho de cantar en tsotsil las letras de las canciones de la banda y la importancia de ello, comenta:

[Con la banda] también damos a conocer cultura, ya que casi se está perdiendo, los indígenas y todo eso. Si vas a Zinacantán o Chamula algunas gentes ya saben hablar el español y ya no hablan en las lenguas indígenas. Eso es una parte fundamental en la banda porque, a pesar de que nosotros somos cristianos, también damos a conocer nuestra música en español y tsotsil y para mí es algo importante porque algunos jóvenes ya se avergüenzan de dónde nacieron, de donde provienen. Así es como hemos visto que Slem K’ok Band ha ayudado a jóvenes. Cuando comenzamos nosotros no escuchábamos una banda en tsotsil y en español y ya después que nos volvimos a juntar ya escuchamos bandas de rock en tsotsil y nos decíamos: lo nuestro está produciendo frutos y es algo importante y padre, porque incluso ya fuimos a Tuxtla, usamos el chuj [la prenda distintiva de los hombres en los Altos de Chiapas] y fue algo atractivo. Esto es un impulso que hacemos también a la humanidad pues, también el dar a conocer nuestras raíces. (Omar, entrevista: 24/10/2012).

Desde la perspectiva de Omar, cantar en lengua materna propicia que los jóvenes revaloricen esta parte de su herencia familiar y cultural, al tiempo que se agiliza su habla y reaprendizaje, o en algunos casos induce a que se despierte un interés por su estudio, conocimiento y entendimiento.

De forma ambigua, se refiere a la población indígena, algunas veces como ajena a él, otras incluso dice que son parte de sus raíces. Quizá la identificación no puede darse, en principio por el espacio que habita y en segundo término porque su situación de vida se diferencia de la que pudiese tener un joven de su misma edad en una comunidad rural. Sin embargo, se observa el uso de un discurso cultural de la etnicidad resignificado y reelaborado.

Meir Méndez, nombre artístico de Marcos Méndez, líder de Slem K’ok Band, sí habla tsotsil, lengua con la que se comunicó hasta los doce años de edad, momento en el que ingresó a la secundaria y tuvo forzosamente que aprender a hablar y comunicarse en español, situación que lo colocó en desventaja con los demás alumnos y que lo expuso al racismo y el estigma por parte de sus compañeros, además de burlas ya que no podía expresarse con facilidad con una lengua que no dominaba.

Ello, contrario de convertir su lengua en vergonzante, se volvió algo que debía defender y poner en alto, aunque fuese a golpes. Sobre esa situación y el porqué de su decisión de ligarlo con la música, la creencia y el talento, menciona:

A veces nos olvidamos del tsotsil; hay jóvenes que usamos ropa o tenis de marca, entonces nos da pena que otros chavos ladinos o caxlanes como les decimos aquí nos oigan hablar aunque nuestra apariencia siempre es como la de los mayas. Vi la posibilidad de llevar la música con mi lengua y descubrí que hay puertas que se pueden abrir para darme a conocer con mi música mi letra y todas las cosas que hago.

Lo que quiero que se sepa es hablar la lengua, el tsotsil y aunque en Chamula tienen otras tradiciones como el sacrificio de animales o adorar otros dioses, he investigado y sé que han llegado hasta sacrificios humanos; yo no voy a que se conozca todo eso, yo voy a la tradición de hablar el tsotsil, que nunca se pierda. Esa es la mejor de las tradiciones que existe. (Meir, entrevista: 27/09/2012).

La experiencia de vida familiar juega un papel decisivo para configurar la forma en que se asume la condición indígena. Tener raíces en un espacio como San Juan Chamula propicia que Meir genere un criterio por el cual decide qué es lo rescatable de todas sus tradiciones.

Otro de los miembros fundadores de Slem K’ok Band es Juan, quien artísticamente es conocido como John Juan Xun. Tiene 20 años de edad y se presenta como el primer regguetonero cristiano en tsotsil. Sus padres son de San Juan Chamula, llegaron a vivir en la periferia de la ciudad debido al desplazamiento forzado provocado por el cambio de religión. Viven en la colonia Fraccionamiento La Hormiga, en una casa en la cual se encuentra también el negocio familiar, una tienda de abarrotes en la que trabaja por las tardes.

John Juan Xun nació en San Cristóbal y sí le transmitieron la lengua materna y así habla y canta tanto en tsotsil como en español. En su concepción, la labor de rescate de la lengua, como él nombra al cantar en tsotsil, es algo que considera:

Chido porque algunos chavos se avergüenzan de su cultura, cuando les preguntan dicen que no son de tal comunidad, eso es muy malo, porque se están avergonzando de sus raíces lo que creo que es una baja autoestima, pero qué chido que hay chavos que empiezan a levantarse, hacer bandas y a cantar en su lengua porque es muy interesante. Los chavos también ven que uno no se avergüenza de su lenguaje y eso hace que canten, se expresen con libertad, empiezan a sentir ese orgullo de quienes son, se sienten orgullosos de que son de la cultura, de la raza o de la comunidad; es muy chido porque es algo educativo, muy creativa esa forma de expresión. (Entrevista, John Juan Xun: 17/12/2012).

Lo anterior lo conduce a percibir que por medio de su banda, su música y su canto, realiza un rescate además de una revalorización de la lengua. En el fondo se convierte en una de las maneras en las que los jóvenes están configurando en su cotidianidad el hecho de ser indígenas y contar con una herencia cultural particular.

Son jóvenes que saben de la importancia cultural de su origen pero que, al mismo tiempo, se hallan en conflicto pues muchas de las tradiciones de sus respectivas comunidades de origen familiar se remiten hacia lo estrictamente religioso (catolicismo tradicionalista), algo que no reconocen, les es ajeno y critican.

Para ellos, dos aspectos destacan en lo referente a las culturas indígenas: la vestimenta y la lengua. Ese binomio es esencial en su manera de ser o al menos en lo que a la identidad étnica se refiere, particularmente en las presentaciones de la banda, conscientemente y de manera estratégica, resaltan su condición étnica lo que provoca el reconocimiento social.

Ello no quiere decir que no hablen en el tsotsil o tseltal en la cotidianidad, quienes dominan la lengua lo hacen como algo común que se realiza con la familia y los amigos; durante las presentaciones el idioma adquiere una dimensión mayor cuando se hace al cantarlo a un público amplio. Se enaltece la acción simbólica de la etnicidad.

Por otra parte, la vestimenta tradicional que se utiliza en las presentaciones adquiere más un sentido estético de identidad que de funcionalidad. Se usa en ocasiones espaciales, cuando hay un concierto, una entrevista o cuando hace mucho frío; adquirir un chuj no es fácil, los precios oscilan entre los dos mil y los quince mil pesos dependiendo el color y la calidad; los jóvenes cuentan con algunos que heredaron, pero principalmente son prestados.

Giovanni, el segundo trompetista de la banda quien dice ser coleto por el hecho de haber nacido en San Cristóbal, y que tiene un origen familiar en el municipio de Chanal, nos comparte su percepción sobre la vestimenta, el idioma y su incorporación en la banda y la vida cotidiana. Cantar en legua le despierta varias reflexiones:

Me he dado cuenta que el tsotsil y el tseltal son lenguas muy bonitas porque a través de ellas te puedes comunicar con otras personas, puedes llevarlas a las partes a donde nosotros vayamos; muchos jóvenes niegan su lengua materna o paterna, se avergüenzan de portar el traje regional, nosotros no somos de esos, siempre salimos con el traje de Chamula. El resto somos de otros lados, Oxchuc, Chanal, pero el que seamos de otras comunidades no quiere decir que no nos pongamos el chuj.

El chuj nos da mayor presentación porque eso llama la atención de cualquier persona a donde quiera que vayamos. Nos preguntan que por qué lo hacemos así y les contestamos: porque así damos a conocer lo que es nuestra lengua, les decimos que no nos avergonzamos porque es algo bello, bonito.

Aprendí a hablar tsotsil como algo curioso, cuando llegué a mi iglesia me di cuenta de que todos hablaban así y poco a poco fui practicándolo, también en mi casa porque mi papá y mi mamá hablan los dos idiomas [tsotsil y tseltal]. Así fui aprendiendo, también al entrar al Slem K’ok Band aprendí a cantar en tsotsil. (Giovanni, entrevista: 29/10/2012).

La pérdida de la vergüenza, la revalorización de la lengua y el traje tradicional lo llevan a tener una postura de orgullo, tal forma de configurar una parte de su origen étnico hace que ahora decida aprender su idioma materno, para poderse comunicar con las personas de su congregación y para dar a conocer una parte de él mismo hacia los demás.

La lengua se torna en un transmisor de cultura y estandarte para comenzar a generar una nueva manera de asumirse como indígena en San Cristóbal, también se ha convertido en un distingo único que los convierte en sujetos distintos frente al resto de la población, no ya en sentido negativo, sino positivo, pues el hablarla es algo que no todos saben.

Las experiencias sociales y familiares, con las que han crecido y de las que tienen noticia, se convierten en una forma de generar un mensaje a los pares juveniles. Las expulsiones de la comunidad de origen o los cacicazgos indígenas presentes en los municipios de donde proviene la familia, la disyuntiva entre ser indígena pero ya no reconocerse en las costumbres y tradiciones de la comunidad de origen familiar, así como el posicionarse políticamente frente a los acontecimientos nacionales se vuelven temas relevantes en el contenido de las canciones al igual que la tradición familiar y la experiencia de vida propia.[11]

La música es un medio que también sirve para realizar una crítica hacia esos acontecimientos, situación que convierte en una herramienta de protesta y posicionamiento político frente a hechos cotidianos y condiciones sociales como son el ser indígenas, jóvenes y cristianos.

Ser joven en un contexto como el que se ha descrito se torna en una experiencia diversa en la que la revalorización de la cultura, de la herencia familiar y del mismo entrono se da en la medida en la que se convive en un espacio pluricultural y globalizado.

El orgullo, al menos entre estos jóvenes, se impone a la vergüenza, a la negación y así comienzan a asumirse como personas que tienen un origen particular pero que no por ello tendrán que actuar como se les imagina, ni ser lo que se piensa. Son en todo caso jóvenes que viven de una forma peculiar su condición étnica, mostrándola y mezclándola con el entorno de vida juvenil en el que se encuentran inmersos.

 

Nosotros los otros y viceversa. Identidades múltiples y cambiantes

La construcción social de los jóvenes indígenas en San Cristóbal es diversa, se nutre y alimenta de los sujetos que configuran a los individuos, pero también de los contextos sociales y de vida en los que están inmersos.

Aunado a ello está el espacio, la ciudad, la periferia, como un lugar de confluencia variada. Babel moderna que atrae por aportar nuevas tendencias, formas novedosas de entender los contextos, de comunicarse, de hacerse notar, de vivir y de incorporar en el estilo de vida propio. Pero el distingo no solo viene de afuera.

El rock, el reggae, el ska, el hip-hop, el rap, el pop, el metal, el punk, el break dance, el skate, el capoeira, el beat box, el grafiti, los tags, la poesía, las artes plásticas, adquieren un sentido y significado local, propio y único al estar inmersos en una cultura liminal entre lo urbano y lo rural, entre lo local y lo global, entre lo cristiano y lo secular.

Los jóvenes buscan configurarse y salir avante con su condición juvenil, su condición étnica y con su condición de creyentes de Cristo, todo entremezclado con las experiencias de vida propia, de la concepciones personales y las vivencias cotidianas del pasado inmediato en el que la criminalización y señalización por conductas socialmente no aceptables los marcaron y marcan aun hoy día.

A lo nuevo se suma lo propio dando por resultado algo novedoso que por lo mismo se observa como dinámico, destacado y que resalta a la vista. El pasado no se niega, se integra, se valoriza y se vive en consonancia con las creencias, con las modas, con las culturas juveniles. Dentro de ello van configurando sus identidades múltiples, movibles, dinámicas y cambiantes, visibilizando las problemáticas de sus comunidades de origen, de sus colonias, de sus pares.

Es así como se obtiene una de las muchas ideas que se generan sobre los jóvenes, de las tantas que existen y se configuran al unísono con ésta, una que nos da cuenta de aquellos que por medio de la música se expresan, hacen sentir su presencia y se manifiestan como lo que son: jóvenes indígenas creyentes de Cristo que gustan de ritmos musicales variados, mismos que usan para congraciarse con su fe y disfrutar con sus contemporáneos.

Con ello se hacen visibles en una ciudad en donde las diferencias comienzan a ser marcas de identidad valorizadas por el amplio componente social. Su música, más allá de ser un elemento cultural de su creencia, es también un canal por el cual logran comunicar a sus pares juveniles y al resto de quienes viven en San Cristóbal un extracto de quienes son, qué es lo que piensan y de qué forma lo manifiestan.

Los jóvenes, a su manera, son partícipes de configuraciones y reconfiguraciones sociales que van teniendo los pueblos, comunidades y sujetos indígenas, al tiempo que alimentan novedosas formas de manifestar y visibilizar su presencia social, mientras van delineando sus múltiples identidades frente a un contexto sociocultural que, más que complejo, es contrastante.

 

Notas:

[1] Licenciado en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México, Maestro en Antropología Social por el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, unidad D. F. Los temas de investigación que ha abordado son: las escuelas confesionales católicas durante el periodo cardenista; jóvenes indígenas en contextos urbanos; la música como representación juvenil; las manifestaciones de fe entre los jóvenes y las creencias religiosas subalternas. Forma parte de la Red de Investigadores del Fenómeno Religioso en México. Actualmente se desempeña laboralmente como Asistente de la Dirección del Museo Nacional de la Revolución, recinto ubicado en la Ciudad de México. Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

[2] Al respecto consultar Hernández 1994; Robledo, 1997; Rivera, 2005; De la Torre y Gutiérrez, 2007; Garma y Hernández, 2007; García; 2008; Hernández y Rivera, 2009.

[3] Una revisión teórica y epistemológica de la forma en que se han desarrollaron distintos abordajes en el terreno de las ciencias sociales, así como sus estudios emblemáticos, puede verse en Pérez Islas (2008a). También, para observar un panorama en el que se da cuenta de las representaciones de la juventud desde una perspectiva historicista en distintos momentos y culturas, así como un recorrido teórico del tema de los jóvenes en distintas disciplinas científicas, puede verse González y Feixa (2013b).

[4] Pérez Ruiz (2008: 65) pone a debate los retos que se enfrentan al abordar la temática de estudio de los jóvenes indígenas en México; resalta que “un sector identificable y diferenciado entre los indígenas y también un sector clave en ámbitos rurales y urbanos son los jóvenes, porque en ellos se expresa con nitidez los conflictos y las disyuntivas sobre el cambio y la continuidad de sus grupos culturales, así como el impacto de los medios masivos de comunicación y del consumo de bienes culturales, exacerbado por la globalización económica y la mundialización de la cultura”.

[5] La palabra coleto se emplea para referirse a los habitantes de la ciudad que se asumen como descendientes directos de españoles o habitantes originarios. Es utilizada como un signo de identidad, distingo y orgullo frente al resto de la población que habita San Cristóbal.

[6] El chuj es una prenda distintiva de la población indígena que habita los Altos de Chipas, principalmente en San Juan Chamula. Asemeja un chaleco elaborado con lana; existe en color negro y blanco. La calidad y el color simbolizan jerarquías y poder económico de quien lo porta, ya que su precio es elevado. Algunos jóvenes indígenas se han reapropiado del chuj ya que simboliza el origen étnico y reafirma su orgullo; lo combinan con prendas de su agrado como lo son jeans de mezclilla, sudaderas y tenis deportivos, configurando así una identidad en la manera de vestir.

[7] La información y extractos de entrevistas y charlas que se leerán en las siguientes páginas forma parte de la investigación realizada entre agosto 2012 y enero de 2013 para la realización de la tesis de maestría titulada Entre lo sacro y lo mundano. Música, creencias y vivencias de jóvenes indígenas cristianos en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas (Llanos, 2014).

[8] La creencia religiosa a la cual se hará referencia, y a la que se adscriben los jóvenes, es la creencia en Cristo cercana al rito cristiano pentecostés, mismo que se deriva de la denominación pentecostal, la cual proviene de las referencias bíblicas en las que se hace mención del denominado “día del pentecostés”, un acontecimiento en el que el “Espíritu Santo” otorgó a los doce apóstoles tres dones “divinos”: sanación, lenguas y profecías. El nacimiento y desarrollo de dicha vertiente del cristianismo denominacional surgió a principios del siglo XX en los Estados Unidos, concretamente en su zona sureña en donde la presencia de población afroamericana y migrante era mayoritaria. Dentro de sus principales características están que cuenta con un ritual emocional, liderazgos carismáticos, congregaciones aglutinantes, cohesivas y delimitadas, así como música que acompaña tanto el rito como la cotidianidad de los creyentes. Este tipo de cristianismo es notorio y se encuentra ampliamente difundido en Chiapas, así como en el sureste mexicano y Centroamérica. Para mayor referencia y consulta de la diferenciación así como las características del pentecostalismo consultar: Garma 1989, 2000a, 2000b, 2004, 2007; Hernández, 2007; Rivera y Juárez 2007; Rivera, 2008; Vallverdú, 2008; De la Luz, 2010.

[9] Slem K’ok Band es el nombre de la banda cristiana nacida en 2008 que a través de sus letras y música ha logrado tener un acercamiento a sus pares generacionales, tanto creyentes como laicos. Por medio de sus letras se posicionan como indígenas, jóvenes y cristianos además de manifestar su sentir respecto a la situación política actual en temas como las denominadas reformas estructurales, la lucha magisterial acontecida durante el año 2013 y el zapatismo. Una de sus canciones más representativas, en las que la disyuntiva entre ser creyente de Cristo y provenir de un lugar como San Juan Chamula, es Mauk Maxun (“Yo no vengo del mono” en tsotsil), la cual se puede escuchar en el siguiente enlace: https://www.youtube.com/watch?v=DmOy4ezEknM. Su trascendencia como grupo que conjuga tanto la creencia cristiana como la identidad indígena y su posicionamiento político en temas de carácter político puede ser analizado en: De la Cruz y Ascencio, 2011, y Llanos, 2014a.

[10] Ello no es privativo de San Cristóbal ni de Chiapas. En México se presenta el fenómeno del surgimiento de grupos musicales, principalmente en el género del rock, pero también en el metal, el hip-hop, reggae, ska y tropical, que están conformados por jóvenes indígenas de distintos pueblos originarios quienes han ido compaginando tanto tradiciones culturales con ritmos musicales de su propio gusto. Distintos investigadores (Urteaga, 1998; De la Cruz y Ascencio, 2009, 2011; Higuera, 2011; Bordenave, 2013) han abordado el tema, visibilizando lo que genéricamente algunos investigadores han llamado etnorock. También existe una compilación que agrupa investigaciones que dan cuenta de las manifestaciones del etnorock en estados como Veracruz, Guerrero y Chiapas (De la Cruz, Ascencio y Zebadúa, 2014).

[11] Otro tema musical en el que se puede escuchar el sentido político que estos jóvenes dan a sus posturas frente a los acontecimientos actuales que se viven en el país se puede escuchar en la canción Tema Anti-Peña del proyecto R.I.CH. colaboración de Meir Méndez y Mr. Chars, rapero chol originario de Tumbalá Chiapas. Pese a la creencia religiosa de estos jóvenes, esta no es impedimento para hacer visible, por medio de la música, qué es lo que piensan políticamente hablando. En ese sentido su música también es una forma de legitimar la fe en esferas diversas y hacer ver que ser cristiano no significa ser apolítico. La canción se puede escuchar en el siguiente enlace: https://www.youtube.com/watch?v=y1Ql6eOXVic

 

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Cómo citar este artículo:

LLANOS VELÁZQUEZ, Alan, (2016) ““Soy indígena, soy coleto… soy de San Cris”. Jóvenes indígenas cristianos en San Cristóbal de Las Casas, Chiapas”, Pacarina del Sur [En línea], año 7, núm. 27, abril-junio, 2016. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Viernes, 23 de Junio de 2017.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.comindex.php?option=com_content&view=article&id=1289&catid=6

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