Pacarina del Sur
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La comunidad armada rebelde y el EZLN de Marco Estrada

El ambicioso estudio del sociólogo mexicano Marco Estrada Saavedra cumple de manera satisfactoria con el ofrecimiento del título, sin embargo, la ausencia de una delimitación más precisa del objeto de estudio lo convierte en una monografía bien estructurada y barnizada con algunos análisis de fondo sobre aspectos específicos.

Palabras clave: reseña, rebelde, EZLN

 

El ambicioso estudio del sociólogo mexicano Marco Estrada Saavedra cumple de manera satisfactoria con el ofrecimiento del título, sin embargo, la ausencia de una delimitación más precisa del objeto de estudio lo convierte en una monografía bien estructurada y barnizada con algunos análisis de fondo sobre aspectos específicos. Esto no demerita la calidad informativa de la obra, por el contrario, resulta evidente la gran cantidad de trabajo invertida, consistente en una revisión bibliohemerográfica muy completa, investigación de archivo, nueve estancias de trabajo de campo en Chiapas y ochenta y cinco entrevistas semiestructuradas, entre otras cosas. No obstante, la exposición inicial de los fundamentos teóricos es muy pobre, al grado que el autor remite a sus obras anteriores para conocer su postura teórica. Esto se debe a que no identifica claramente a qué tipo de público se dirige, pues a la par que suprime deliberadamente el capítulo sobre el marco teórico, bajo el argumento de que es de difícil comprensión para el lego, el nivel de especialización de la obra la vuelve inaccesible para una amplia audiencia.

Por otra parte, el libro transluce un notable eclecticismo y no ofrece diálogo o debate alguno con escuelas o corrientes en particular. Estrada opta por un enfoque multidisciplinario entre la Historia, la Sociología y la Ciencia Política, se mueve en las coordenadas espacio-temporales de la microrregión y la perspectiva de larga duración y se vale de la metodología cualitativa.  Si bien son muchas las preguntas que guían la obra, los núcleos problemáticos se constriñen a tres tipos ideales con los que se esquematiza la evolución de las comunidades tojolabales: la civitas christi, la comunidad republicana de masas y la comunidad armada rebelde. A la par que se acepta la superposición de dichos estadios, se les expone en orden cronológico, por lo que priva la idea de sucesión. En cada caso se estudian los procesos agrario, religioso y político-militar correspondientes.


El problema metodológico más grave es el concerniente a la cuestión de la ausencia de una política de traducibilidad. El autor se excusa en su falta de dominio sobre la antropología para eludir el problema del choque entre las cosmovisiones occidental y mesoamericana y, al presentar las entrevistas con los actores indígenas, no hace el menor esfuerzo por reflexionar si cuando se habla de valores como la democracia o la igualdad unos y otros están, en efecto, hablando de lo mismo. De esta manera, queda la impresión de que los actores y los entrevistadores comparten los mismos códigos lingüísticos y culturales, lo que en automático validaría algunas de las agudas críticas de Estrada hacia los zapatistas. En los hechos, lo que se refleja es una economía de esfuerzo, en la que el autor, en cuatro años de investigación, no se ha propuesto el aprendizaje del tojolabal, ni muestra interés por ejercicios como confrontar la conceptualización de las comunidades acerca de su propio proceso con lo que se dice de ellas desde el campo científico. De esta manera, a las comunidades se les imponen categorías completamente exógenas y, a pesar de que se citan fragmentos de testimonios indígenas, las voces de los subalternos (sean o no zapatistas) no se escuchan. En otras palabras, el enfoque adoptado por el autor niega al otro la calidad de sujeto y lo reduce a un informante del que se debe extraer información para confirmar o rechazar hipótesis de trabajo.

La debilidad en los cimientos de la obra se expresa, precisamente, en el terreno epistemológico. Estrada pareciera dejarse llevar por una preocupación exclusiva: la de demostrar que su trabajo, a diferencia del grueso de la copiosa producción en torno al EZLN, posee un carácter científico, objetivo e imparcial, mismo que lo reviste de excepcionalidad en un medio dominado por la propaganda y el partidismo. La ingenuidad epistemológica del autor se pone de manifiesto en su visión de la ciencia como un sistema social autónomo, que se produce al margen de la sociedad politizada e ideologizada. En lo que puede interpretarse como una declaración positivista, el autor señala que la ciencia exige “profundizar nuestro conocimiento sobre un objeto mediante el descubrimiento de errores, insuficiencias e incoherencias en nuestro saber acumulado al respecto” y que la tarea del científico es “conocer y explicar el mundo tal y como es”. En otras palabras la ciencia, al tomar una correcta distancia del entorno, puede aprehenderlo y criticarlo en términos de producción de verdad. Si bien el autor no comparte las tesis del “irracionalismo posmoderno”, nada hace por rebatir la evidencia de que la ciencia es un sistema de referencias y valores que la modernidad ha impuesto a todos los demás como el único instrumento de revelación del verdadero ser de las cosas. Para quienes apostamos a deconstruir el imperialismo científico y creemos que la ciencia genera mitos que también deben ser cazados, es posible y deseable establecer canales de comunicación con otros sistemas de conocimiento que cuentan con sus propios vehículos de legitimación. Por esta razón cabe insistir en que la epistemología de la intersubjetividad  o el diálogo entre cosmovisiones son mecanismos que permiten no invalidar a priori el conocimiento del que es portadora la otredad, el cual posee un valor intrínseco y  no sólo instrumental.


Por otra parte, el tomar el partido de la ciencia (o, como señala el autor, el de la razón y la crítica), no garantiza estar en un terreno libre de política. En términos generales, en el ámbito académico se sobreentiende que escribir una obra sobre un grupo armado entraña un grado de dificultad muy alto por razones como: 1) el sigilo al que están obligados los actores colectivos por razones de seguridad; 2) el contexto de guerra en que dichos actores se desenvuelven, el cual obstaculiza el acceso a la información que se produce en el lugar de los hechos; 3) la necesidad que tiene el grupo rebelde de presentar una imagen positiva de su lucha, en aras de construir un discurso contrahegemónico que en determinado momento pueda sobrepasar al hegemónico instituido y 4) la polarización de la opinión pública y la imposibilidad de mantener una posición extraideológica, entre otros puntos. Aún admitiendo algunos de estos factores, el autor es especialmente crítico para juzgar a los zapatistas por no tener una posición abierta para compartir información con los académicos (ironiza incluso respecto a los censores ideológicos), como si en el fondo rechazara la existencia del registro oculto como un capital fundamental en una lucha que precisamente se ha caracterizado por haber hecho del manejo de la información uno de sus principales sostenes. Del mismo modo, hay un afán persistente por demostrar que el neozapatismo, contrariamente a lo que pregona, no es en lo absoluto democrático. Si se hiciera un análisis comparativo amplio y se comprendiese a profundidad el funcionamiento de toda guerrilla, su interacción con sus bases de apoyo y el papel central que juega la información, las contradicciones entre el discurso público y la praxis no deberían ser motivo de sorpresa, malestar o reprobación, como es patente en la obra de Estrada. Además, ante la ausencia de una visión sobre la especificidad cultural indígena (probable síntoma de rechazo al relativismo cultural), el académico no se cuestiona si esas formas de participación política y de toma de decisiones que él visualiza como autoritarias, no son en verdad el máximo nivel de democracia al que aspiran algunas comunidades zapatistas en función de su trayectoria y contexto actual.


Otro ejemplo de la introducción subrepticia de rasgos ideológicos en la obra es la selección de autores con los que Estrada polemiza. Es evidente que mientras descalifica con denuedo a intelectuales prozapatistas como Adolfo Gilly y Carlos Lenkersdorf, es absolutamente complaciente con los que formaron parte del proyecto intelectual contrainsurgente, como Carlos Tello, Maité Rico, Bertrand de la Grange y Maricarmen Legorreta, asumiendo que sus obras son fuentes confiables. De hecho, llega al extremo de excusarse de introducir la historia de las Fuerzas de Liberación Nacional (el grupo fundador del EZLN) con el argumento de que Tello, con “buen juicio historiográfico”, había agotado el tema. Como alguien que ha trabajado a las FLN durante seis años, puedo asegurar que sólo desde una posición poco ética y muy política se podría dar semejante certificación a La rebelión de las cañadas, obra basada en la transcripción de reportes policiacos y militares y en delaciones de desertores, cuyo objetivo era incitar al linchamiento de la Diócesis de San Cristóbal y de los dirigentes mestizos de las FLN-EZLN. La invisibilidad de las FLN es quizá la principal falencia de la monografía de Estrada, puesto que esta organización dirigió el destino del EZLN entre 1983 y 1992 y las luchas por el poder en su seno explican aspectos tan importantes como la decisión final de ir a la guerra, o el viraje discursivo que dio el EZLN en los albores de la rebelión.

Estrada deseaba que su obra no fuera recibida como una “sofisticada perorata política antizapatista” (a pesar de que gasta más tinta en criticar a los zapatistas que al resto de los actores del conflicto) y, tanto en la Introducción como en las Conclusiones, insiste en su neutralidad. A diferencia de otros colegas que ubican al autor como parte del proyecto cultural contrainsurgente, en mi opinión él ha asumido una postura más riesgosa aún, que es hacer del ropaje científico un equivalente de verdad-objetividad-imparcialidad que no responde por los usos que se le den al conocimiento. Si estos usos implican descalificar a comunidades indígenas que a lo largo de un siglo han buscado por todos los medios a su alcance su liberación, estamos definitivamente ante un caso de banalidad del mal, donde el sujeto que cumple con su trabajo no es responsable por las consecuencias morales que éste desencadena.

 

Bibliografía:

Marco Estrada Saavedra. La comunidad armada rebelde y el EZLN. Un estudio histórico y sociológico sobre las bases de apoyo zapatistas en las cañadas tojolabales de la selva lacandona (1930-1995). México, El Colegio de México, 2007. 625 p.

Crédito de las fotografías: Juan E. García (México).

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