Pacarina del Sur
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La revolución haitiana en C. L. R. James:
Leer Los jacobinos negros en los tiempos del bicentenario

La obra de Cyril Lionel Robert James (Trinidad, 1901-1989) publicada en 1938, Los jacobinos negros. Toussaint L’Ouverture y la Revolución de Santo Domingo, constituye un hito en la historiografía marxista en el siglo XX. Escritor y activista, James propone la primera interpretación historiográfica completa de la revolución haitiana del período 1791-1804 dentro de un explícito marco teórico marxista. Pero de manera original excede el molde teórico e introduce la cuestión de la raza como cuestión inescindible, en la colonia francesa de Saint Domingue, del problema de la clase social y la independencia, constituyéndolo en un precedente para la complejización actual de la teoría crítica. En este trabajo se evalúa la significación de la obra de James para la edificación de una historia social “desde abajo” que posibilita pensar una perspectiva revolucionaria del bicentenario de América Latina y el Caribe. La hipótesis que se defenderá sostiene que la fundación de la historiografía marxista en Nuestra América encuentra en la obra pionera de James su primera formulación coherente y define, por lo tanto, un hito en la constitución de un saber materialista-histórico sobre las revoluciones que vertebran la comprensión del bicentenario (hemos propuesto incluir a James en la trayectoria del complejo “marxismo latinoamericano”.[1] Es decir, establece un suelo que abre horizontes hacia nuevas perspectivas.

Palabras clave: Haití, revolución, Marx, Cyril Lionel Robert James

 

El bicentenario en América latina y las clasificaciones raciales: consecuencias para un debate actual

El concepto de bicentenario en América Latina abre el campo de la reflexión atizada por una conmemoración que oscila entre la unidad de la efemérides y la diversidad constitutiva de las realidades del subcontinente. Dicha diversidad comprende la variedad de situaciones regionales y nacionales, geográficas y políticas, culturales y sociales. No obstante, por razones que discutiremos, contamos con un “continente” dado por inercia político-cultural. Las denominaciones son múltiples. La más inclusiva de ellas es la de “Nuestra América”. Este nombre aspira a comprender las pertenencias hispanoamericanas y lusoamericanas, las caribeñas y de los “pueblos originarios”. En otras palabras, da relieve a las diferencias históricamente sedimentadas que condicionan el presente y perspectiva de la experiencia histórica en el largo plazo.

Uno de los ejes de la diversidad es la definida por lo que de modo más amplio relacionamos con el color. Esta dimensión es particularmente relevante para captar la singularidad diversa. La denominaremos “latinoamericana” para simplificar el nombre, con la advertencia de que simplifica una variedad que ninguna apelación podría agotar.


El nudo histórico de la diversidad tiene su fundamento en la herencia colonial. Como es sabido, la determinación de la multiplicidad de realidades latinoamericanas relativas al color, que no es sino la expresión cromática de la mezcla étnica creada por la conquista y colonización, matizada por los posteriores procesos migratorios que modificaron las derivas demográficas.

La pluralidad del color de piel es estructurante de la historia de América latina, derivada de una relación de dominación fundacional. La llegada de españoles y portugueses al continente tuvo el carácter de una conquista. La ocupación del territorio fue una apropiación, en la que por fuerza se debía despojar a una población preexistente. Dicha población comenzó a ser sometid  a desde el inicio mismo de la colonización.

Al respecto existe una discusión que debemos saldar previamente. El estatus colonial parece incompatible con la calidad jurídica de los territorios americanos en relación con los poderes metropolitanos. De acuerdo a las disposiciones legales, las realidades americanas no eran estrictamente coloniales. La tarea de evangelización justificaba la soberanía territorial de las autoridades imperiales de la península ibérica. Los espacios llamados indianos fueron incorporados a la órbita monárquica. No se presentaba como una ocupación sólo violenta. Los habitantes originarios fueron considerados súbditos de las respectivas coronas, y los individuos llegados de la península y sus descendientes gozaban de un estatus distinto.

Las situaciones fácticas que condicionaban la ocupación territorial (por ejemplo, la supervivencia de organizaciones de las poblaciones originarias de acuerdo a relaciones sociales y geográficas previas) fueron subsumidas en matrices institucionales en las que eran investidas según prácticas constituyentes. Pero la subsunción estuvo muy lejos de fundar una realidad social radicalmente nueva, en la que las inercias precedentes fueran neutralizadas por los nuevos procesos históricos. En otras palabras, la dominación colonial fue tal no tanto porque fuera así concebida en la discursividad jurídica, sino porque la persistencia de la dominación se hizo una misma realidad con las resistencias de lo real respecto de las dimensiones políticas y simbólicas de la ocupación y la construcción de un orden nuevo en América. Sólo la dominación absoluta, equivalente al genocidio total o a la carencia de cualquier resistencia, justificaría anular la condición colonial. Hay dominio colonial en la exacta medida en que hay resistencia.

Los poderes coloniales operaron sobre conjuntos poblacionales sometidos en dos planos. El primero fue el político, en el que estuvieron insertos dentro de un espectro de lugares subordinados en la trama social del Antiguo Régimen. El segundo fue de orden económico. Los grupos dominados de modo más preciso estuvieron constituidos por los grupos indígenas y los negros esclavizados. Las relaciones sociales de producción en que fueron inscriptos se modificaron con el correr de los siglos. Los sectores de población originaria fueron introducidos en lógicas sociales de tributación y trabajo en las formas de la mita y el yanaconazgo, mediadas por la permanencia de las pertenencias grupales. En cambio, los esclavizados traídos desde el África fueron arrancados de sus relaciones sociales cotidianas. Al emanciparse constituyeron la primera república revolucionaria en América Latina, extremaron hasta alcanzar el grado máximo de universalidad epocal de los principios proclamados por la Revolución Francesa y los realizaron aún contra las tendencias regresivas que pronto se adueñaron de la situación en la metrópoli. Veamos entonces, qué implica introducir el tema de la revolución en Haití.

 

La significación de las revoluciones en el Bicentenario y la Revolución Haitiana

Una de esas revoluciones que aprendimos a no olvidar al pensar el Bicentenario es la revolución haitiana que se extiende entre 1791 y 1804. Se trata de una revolución que no podía decir en principio que fuera una Revolución con mayúscula, un proyecto de transformación radical. El 1791 de los negros haitianos no se podría entender sin la estela de las revoluciones que atravesaron el Océano Atlántico en las últimas décadas del siglo XVIII.

Ninguna revolución es igual a sí misma de su comienzo al fin. Toda revolución, para ser tal, es un rayo en cielo sereno, incluso si hay mil razones que permitan explicarla. Es cierto que las revoluciones Francesa, Rusa o Cubana, por mencionar casos célebres, no se comprenden sin el examen de las transformaciones estructurales que se despliegan a lo largo de decenios, sin los acontecimientos de coyuntura, sin una consideración algunos enlaces causales y peculiaridades situacionales. Pero nadie podría hallar en la convocatoria a los Estados Generales el germen de la toma de la Bastilla.

Las peripecias de la revolución en Saint Domingue, la parte colonial francesa de la isla, parte luego denominada Haití, siguen un curso tan sinuoso como sostenido en un contradictorio combate por la libertad, en este caso, no como un ideal filosófico, sino en la lucha real, mortal, cuerpo a cuerpo contra la esclavización. Los hitos son bien conocidos.

Sabemos que en agosto de 1791 comenzaron a extenderse las insurrecciones de esclavos. La práctica de la huida hacia las zonas montañosas, la formación de campamentos de cimarrones, era habitual mucho antes de 1791; pero el sentido histórico de la resistencia de las personas esclavizadas adquirió entonces una dimensión diferente.

Menos clara es la cuestión de si en 1791 lo que hoy entendemos como la Revolución Haitiana “comienza” con las sublevaciones de agosto. ¿No es preferible iniciar la narración del proceso en las estribaciones de julio de 1789, y entenderla como una forma específica de la revolución que recorre las dos orillas del Atlántico? O bien: ¿no es más adecuado rastrear la acumulación de odios y rebeldías desde el comienzo mismo de la trata esclavista? ¿Acaso la revolución puede ser comprendida como un episodio mayor, fundamental, de la resistencia de las personas arrancadas de sus vidas en África? Sobre esto volveremos.

Recordemos que hacia 1780 Saint Domingue era una próspera colonia francesa, próspera, ciertamente, para quienes se beneficiaban del trabajo esclavista. Como sea, su producción de café y azúcar era esencial para la economía de la metrópoli. Pero la situación en el sector de la isla dominado por el poder francés en modo alguno era pacífica. Los “grandes blancos”, es decir, los plantadores y mercaderes más importantes pero también los oficiales del gobierno y el ejército real, gozaban de una mal disimulada hostilidad de los “pequeños blancos”, de los mulatos propietarios y de los negros libres. En una sociedad organizada en castas, también las capas más pobres se enfrentaban entre sí. El color de la piel era un principio de diferenciación y jerarquización social.

Lo que es cierto es que entre 1793 y 1794 la conjunción de las contrariedades del dominio colonial entonces marcado por la Revolución Francesa y la breve pero esencial hegemonía jacobina dio paso a la abolición de la esclavitud. El jacobino Léger Felicité Sonthonax tomó esa medida en parte por convicción, en parte hostigado por la amenaza contrarrevolucionaria de los plantadores, tanto blancos franceses como mulatos. El año siguiente la Convención en París decretó esa medida, tornándola irrebatible al menos hasta que el dominio de Napoleón intentará luego retroceder en la situación.

Entre 1797 y 1798, el ex esclavo Toussaint L’Ouverture consolidó su poder militar y el ascendiente sobre las diversas fuerzas rebeldes. La estrategia de la lucha guerrillera y la vehemencia de la lucha que ofrecieron los nuevos hombres libres que no estaban dispuestos a regresar a la esclavitud se probó inexpugnable para diversos ejércitos coloniales.

Finalmente, conocemos las desventuras de la derrota y prisión de L’Ouverture en las mazmorras napoleónicas, pero también que bajo el comando de Jean-Jacques Dessalines en 1804 se proclama la independencia de Haití.

La revolución introduce un conjunto de temas fundamentales para la reflexión sobre el bicentenario. Desde nuestra perspectiva el bicentenario actualiza la noción de revolución como brújula de la historia en Nuestra América. Quizá no dispongamos de otro hilo conductor más adecuado para comprender el ya prolongado curso de la historia en nuestras regiones. Nuestra América nace, plural y diversa, en la estela de la revolución y en ella sigue. Pero más concretamente, ¿qué nos aporta la realidad haitiana del 1800?

Una importante perspectiva historiográfica desmiente hoy que las revoluciones independentistas expresaran la voluntad de corte del vínculo colonial y la construcción intencional de un orden nuevo nacional. Según esta lectura, las revoluciones del 1800 cuyo bicentenario hoy discutimos, son más bien el producto de reacomodamientos sociales y políticos al calor de unos imperios ibéricos en crisis profunda. Sería la caída de la soberanía española con la cesión del poder por Fernando VII lo que impulsó una “retroversión de la soberanía” en cuya tracción se desencadenaron los sucesos de fracturas profundas, y en su seno, la emergencia de un nuevo principio de lo político. No se trataría, entonces, de la concreción de un plan preconcebido sino de la difícil constitución de un nuevo poder, basado en élites locales. Lo revolucionario del período consistiría en la emergencia de la noción republicana de soberanía y la extensión del concepto de pueblo y ciudadanía. Esta lectura del período no es incompatible con la consideración de las tendencias económicas de mayor duración en las que se inserta el cambio político e ideológico.

La revolución en Haití podría ser inscripta en esta trama del derrumbe, por ejemplo, del poder monárquico francés, de cuyas ruinas y consecuencias se derivaría la lucha múltiple y entrecruzada entre los propios franceses, y de estos con los mulatos y los negros, de los negros esclavizados contra los mulatos, en alianza con los franceses o a veces con los españoles, y las múltiples otras combinaciones y alteraciones propias de los convulsionados tiempos revolucionarios. Pero en todo caso, se observaría la inexistencia de una clase social y una élite estratégica que concibieran de antemano una transformación radical.

No obstante, quisiéramos aquí recuperar un argumento del historiador haitiano Michel-Rolph Trouillot sobre la invisibilidad de la revolución haitiana para las concepciones eurocéntricas y racistas. Trouillot (1995) muestra la continuidad de las evaluaciones político-conceptuales que hermanan las ideas coloniales sobre los negros esclavizados y ciertas interpretaciones historiográficas. Mientras en Europa y en la propia sociedad colonialista los esclavizados eran considerados infrahumanos, y por lo tanto incapaces de oponer una nueva manera de vivir colectivamente a la impuesta por los europeos, toda acción revolucionaria era inconcebible. La revolución era ininteligible para quienes negaban condición humana a los esclavizados. ¿Cómo podrían edificar una sociedad humana nueva, es decir, una sociedad revolucionaria, quienes carecen de la razón política? Pero esto no se limita a las expresiones de la misma época. También se reiteran en algunas ideas sobre el proceso histórico haitiano que subrayan la dimensión del furor y la venganza de los esclavos contra los blancos. Es en este panorama político-cultural donde aportó una novedad fundamental la obra de C. L. R. James.

 

El pensamiento histórico de James y la cuestión de cómo pensar el Bicentenario

Publicado por vez primera en 1938, Los jacobinos negros presenta una de las primeras versiones marxistas de las revoluciones extra europeas y extra norteamericana de lo que Eric Hobsbawm denominó “la era de las revoluciones”. Posiblemente también sea una de las narraciones más influyentes producidas por la izquierda durante el siglo XX, por cierto, no sólo por su importancia textual, sino dentro del marco de una obra teórica y política de primera magnitud que comprende estudios políticos y culturales de igual importancia. La obra de James y su perfil político-intelectual se han constituido en temas de especialización en la investigación. El carácter pionero de su obra y la peculiar condición de espacio de intercambios e hibridaciones del Caribe en el que se gesta la vida apasionada de James, habilitaron relecturas recientes en los que se enhebran perspectivas novedosas, desconocidas en los tiempos de escritura de Los jacobinos negros, tales como los estudios postcoloniales o la historia global. La obra de James fue exitosa en imponer su punto de vista, universalizando la relevancia de la Revolución Haitiana y de Toussaint L’Ouverture como actor trágico. Después de un lento proceso de reconocimiento, sus tesis, aunque discutidas y matizadas, contribuyeron a producir una estela intelectual que se diseminó por diversas disciplinas de las ciencias sociales y de las humanidades, e incluso de la reflexión filosófica y literaria.[2]

Veamos la estructura del índice de la obra:

I. La propiedad.

II. Los propietarios.

III. Parlamento y propiedad.

IV. Las masas de Santo Domingo comienzan.

V. Y las masas de París completan.

VI. La ascensión de Toussaint.

VII. Los mulatos lo intentan y fracasan.

VIII. Los propietarios blancos de esclavos, una vez más.

IX. La expulsión de los británicos.

X. Toussaint obtiene el poder.

XI. El cónsul negro.

XII. La burguesía se prepara para restablecer la esclavitud.

XIII. La Guerra de Independencia.

Como se puede observar en el índice, el libro está organizado como una composición de explicación marxista de la historia en la que se analiza el régimen de la propiedad (caps. I-III), la insurrección de los esclavizados en su diversidad (caps. IV-IX), la consolidación en el poder del personaje histórico-universal de la revolución, Toussaint (caps. X-XI), y la caída de Toussaint y el triunfo final conducido por sus continuadores una vez que aquél fue apresado en Francia (caps. XII-XIII). Oscila, entonces, entre una explicación global en el sentido actual (esto es, comprende procesos mundiales y fluidos, en los que lo universal y lo particular se conjugan conflictivamente), y la representatividad del héroe trágico que condensa la historia de toda una época.

James inicia su relato con las incursiones de captura que los traficantes europeos llevan a cabo en los territorios africanos de la costa atlántica. Los europeos irrumpieron en un extenso espacio “pacífico y felizmente civilizado”. (23) Pronto todo se tiñe de sangre y ferocidad, de una lucha a muerte mezclada con la sed de ganancias. James relata con detalle esa carga imborrable de la civilización europea, el genocidio extractivo que fue fundamental para el desarrollo del capitalismo. Luego de una veloz referencia al transporte oceánico de los esclavizados, James pasa a describir, también raudamente, las formas de resistencia. Refiere tanto a la aparente estolidez e insensibilidad de los esclavos ante el terror esclavista, como la elección del infanticidio para librar a los niños de la vida sojuzgada. Pero es preciso insistir en que estos temas se despliegan en pocas páginas. Eso sucede con su referencia al intento del esclavo del distrito de Limbé, Mackandal, de levantar a todos los negros en un movimiento convergente y expulsar a los blancos. Mackandal expresa el avance de los cimarrones, esclavos fugitivos y resistentes que se internan en las regiones menos accesibles de la geografía isleña. Es que para James el proceso revolucionario haitiano adquiere forma con la Revolución Francesa, si bien la excede en mucho. Para representar el intento de rebelión recién mencionado escribe: “La rebelión de Mackandal nunca dio frutos y fue el único conato de un intento organizado de revolución durante los cien años que precedieron a la Revolución Francesa” (36). Justamente, lo que impulsó a L’Ouverture fue una doble pulsión emancipatoria. Por un lado, una corriente de lucha de los negros esclavizados y arrancados de sus comunidades africanas. La rebelión y revolución en Haití continúan una prolongada resistencia negra que alcanza su radicalidad cuando se cruza con la otra pulsión: la promesa liberadora de la Revolución Francesa, que fractura el frente de los blancos en revolucionarios y contrarrevolucionarios, entorpeciendo la tarea represiva. Pero lo fundamental es que los principios emancipatorios de la Revolución se extienden a los negros y mulatos que comienzan a reclamar la extensión universal del declarado principio de la igualdad entre todos los seres humanos en una república.[3] De allí que L’Ouverture se encuentre a medio camino entre la lucha revolucionaria que implica cuestionar la propiedad y el racismo de los blancos, por un lado, y el respeto de la soberanía francesa como garante de los principios de liberación. L’Ouverture es un revolucionario que se mantiene hasta el final de su estadía en Santo Domingo como un ciudadano francés. Eso es lo que lo lleva a cometer “equivocaciones” enormes, según James, como cuando manda a ejecutar a su sobrino Moisés por la radicalidad con que este emprende la campaña contra los blancos y, posiblemente, por su ascenso en el favor de las multitudes insurrectas. Comparado con Moisés, L’Ouverture es un moderado debido a su intención de conservar la pertenencia a la república francesa. Esa creencia lo llevará a confiar en la palabra de Napoleón, quien había mostrado claramente su deseo de reimplantar la esclavitud en la isla, y viajar a Francia donde es apresado hasta su muerte.

El libro de James se presenta entonces como una composición de dos estrategias explicativas y narrativas. De sus contrariedades o debilidades se ha querido ver tanto la productividad de una investigación novedosa como la imposibilidad de James para superar las contradicciones del iluminismo, del cual el marxismo[4] sería una expresión.

Es en este punto de convergencia de líneas contradictorias de construcción de una obra fundamental de la historiografía marxista en América Latina y el Caribe que nos interesa subrayar los elementos que aportan para una reflexión sobre el Bicentenario, la revolución y la emancipación.

En primer lugar debemos subrayar la composición del lugar intelectual de James, que se ha denominado “postcolonial”.[5] En efecto, James nace en Trinidad, pero la relación con Gran Bretaña introduce un desplazamiento en la estructuración subjetiva del intelectual, quien considera que el viaje es una necesidad para desplegar una obra, en la medida que por razones históricas Trinidad carece de tradiciones culturales densas. La importancia asignada al viaje no es el resultado de una convicción de dependencia intelectual, sino la asunción de la real debilidad cultural de una Trinidad y un Caribe que siempre estarán en el pensamiento de James. Por otra parte, la residencia en Londres no se instituye como un deseo cumplido. James se traslada luego a Estados Unidos donde es expulsado en tiempos del macartismo, y donde desarrolla preocupaciones que darán lugar a destacados estudios sobre la cultura popular y la política negra. La extraterritorialidad permanente de James tendrá otros planos de interés, tales como la del estudio del cricket.[6]

En segundo lugar, James produce una “historia mundial” a partir de la experiencia haitiana. Lo hace a través de una inflexión hegeliano-marxista en su interpretación. Pero esa inflexión no es puramente especulativa, sino que adquiere una prestancia explicativa consistente al situar la revolución de Haití en el cruce de diversos procesos atlánticos como la trata de esclavos, el colonialismo, la circulación mundial de mercancías que acompaña el despliegue del capitalismo y la dimensión transcontinental de la geopolítica europea. Es decir, James apela a factores observables y argumentables, y no a afirmaciones filosóficas sostenidas en la propia lógica de los conceptos. La historiografía propuesta por James es una práctica historiadora capaz de dialogar con la cuestión actual de una historia global, y no desde un enfoque de la expansión de las formas mercantiles de la economía-mundo wallersteiniana, sino a través de los conflictos impuestos por las múltiples tendencias, tanto económicas como políticas, que compusieron el crítico siglo que va de mediados del XVIII a mediados del XIX. La obra de James desbrozó el camino tanto para comprender la historia de Haití y del Caribe como una confluencia de corrientes históricas mundiales, y facilitó la pregunta por las consecuencias también mundiales de su novedad revolucionaria.[7]

En tercer lugar, se encuentra en Los jacobinos negros un dilema en torno al lugar otorgado a los “grandes individuos”, como L’Ouverture o Dessalines, en este caso, pero que están presentes de alguna u otra manera en ciertas interpretaciones de los bicentenarios latinoamericanos, sea que se referencien en Bolívar, San Martín u otros actores del proceso independentista. Pues también se encuentra en la reconstrucción de James un fuerte énfasis en la lucha insurreccional y democrática de los mulatos y los negros que se acaban de autoemancipar de las cadenas esclavistas. Las masas revolucionarias, como lo hemos indicado cuando mencionamos la emergencia de Moisés como peligro para la prevalencia de L’Ouverture, parecen estar más radicalizadas que el propio líder negro. Las deudas iluministas y marxistas del pensamiento de James son leídas como obstáculos para captar la significación de la capacidad de las masas para hacer la historia sin la supremacía de un lider que ve más lejos que ellas, cuando justamente el mismo autor revela que logran exceder las contradicciones de L’Ouverture.[8] No hay en Los jacobinos negros un análisis pormenorizado de las culturales negras-africanas que expliquen la persistencia de una sociabilidad de símbolos y prácticas posibilitadoras de la emergencia revolucionaria. Para James, los negros de Santo Domingo son más jacobinos porque extreman las promesas de la Revolución Francesa y llevan adelante medidas que ni siquiera los más jacobinos de los franceses se hubieran atrevido a impulsar. Como muestra Stuart Hall, hay una dimensión africana y de la persistencia de África (en sus múltiples sentidos para las masas forzadas por el esclavismo) que diluye la persistencia de tradiciones.[9] Lo que está en juego en esta discusión es si el proceso de las revoluciones de la independencia que presenta la problemática del bicentenario se pueden captar como contradicciones de la modernidad, o si es preciso una historia social y cultural que permita visualizar la actividades de los grupos, castas, nacientes clases sociales, etnias y otras identidades que actúan en el proceso.

Hemos presentado en esta ponencia algunas facetas de la rica cantera de elementos que provee Los jacobinos negros y el pensamiento de James para pensar cuestiones del Bicentenario. La obra de James tiene todavía una escasa visibilidad en la teoría e investigación críticas de América Latina. Su influencia es vigorosa en Trinidad y el Caribe, y goza de un reconocimiento en la academia anglosajona, pero creemos que es preciso estudiarla como parte de la cultura radical en Nuestra América. El interés que suscita no es, entonces, sólo el de un objeto para la “historia de la historiografía” que analiza un texto perteneciente al pasado. La obra de James continúa viva en la construcción de un saber crítico en el mundo global. Por lo tanto, pertenece a la biblioteca esencial de los debates del Bicentenario y las revoluciones.

 


Notas:

[1] Acha-D’Antonio, 2010

[2] Nesbitt, 2004; Munro, 2004

[3] Nesbitt, 2005; Blackburn, 2006

[4] y particularmente el trotskismo de James durante el periodo de composición de Los jacobinos negros

[5] Farred, 1994

[6] Hall, 1998

[7] Geggus, ed., 2001

[8] Miller, 2001

[9] Hall, 1998

 

Bibliografía

Acha, Omar y Débora D’Antonio, “Cartografía y perspectivas en el ‘marxismo latinoamericano’”, en A Contracorriente. Una Revista de Historia Social y Literatura de América Latina, vol. 8, n° 2, Winter 2010.

http://www.ncsu.edu/acontracorriente/winter_10/articles/Acha_DAntonio.pdf

Blackburn, Robin (2006), “Haiti, Slavery, and the Age of Democratic Revolution”, en William and Mary Quarterly, vol. 63, nº 4.

Cudjoe, Selwyn R. (1992), “C. L. R. James Misbound”, en Transition, nº 58.

Farred, Grant (1994), “‘Victorian with the Rebel Seed’. C. L. R. James, Postcolonial Intellectual”, en Social Text, nº 38.

Geggus, David P. ed. (2001), The Impact of the Haitian Revolution in the Atlantic World, University of South Carolina.

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Miller, Paul B. (2001), “Enlightened Hesitations: Black Masses and Tragic Heroes in C. L. R. James’s The Black Jacobins”, en MLN, vol 116, nº 5.

Munro, Martin (2004), “Can’t  Stand Up for Falling Down: Haiti, its Revolutions, and Twentieth-Century Negritudes”, en Research in African Literatures, vol. 35, nº 2.

Nesbitt, Nick (2004), “Troping Toussaint, Reading Revolution”, en Research in African Literatures, vol. 35, nº 2.

--. (2005), “The Idea of 1804”, en Yale French Studies, nº 107.

Thibaud, Clément (2005), “Coupé têtes, brûle cazes. Temores y deseos de Haití en el Caribe hispánico”, en Izaskun Álvarez Cuartero y Julio Sánchez Gómez, eds., Visiones y revisiones de la independencia americana, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca.

Trouillot, Michel-Rolph (1995), Silencing the Past. Power and the Production of History, Boston, Beacon Press.

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